Predicadores, perfeccionen su voz

De Libros y Sermones Bíblicos

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English: Preachers, Perfect Your Voice

© Desiring God

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Por Greg Morse sobre Santificación y Crecimiento

Traducción por Ian Bepmale


Pastores, muchos de ustedes han pasado años en entrenamiento, décadas estudiando la Biblia, los idiomas originales y los libros de teología, incontables horas de rodillas en oración y en los hogares de su gente. Pero ¿cuánto tiempo han dedicado a ese instrumento que da a luz nuestro aprendizaje, nuestro afecto, nuestros destellos de gloria, las mismas palabras de Dios y, en cierto sentido, a nuestro propio ser? ¿Cuánto hemos pensado sobre nuestras voces?

Claro, consideramos cuándo están roncas por un resfriado o necesitan agua durante un sermón, pero ¿les prestamos más atención? Estamos en una misión de repartir alimento para el alma a las multitudes, pero ¿cuidamos el camino principal por el que debemos viajar? Llevamos pan en nuestros carros, pero nuestras calles tienen baches. Muchas veces, una predicación entrecortada, débil, titubeante y monótona termina arruinando un buen bosquejo y una exposición sólida.

Más de uno sufre de malos hábitos vocales que obstaculizan su efectividad, pero ¿cuántos podemos decir que hemos hecho algo para corregir esos malos hábitos?

Algunos murmuran. Algunas empiezan las frases pero no las terminan. Algunos predicadores solo gritan fuerte e intensamente. Otros, solo hablan suave y apaciblemente. Algunos pintan un mundo con un solo color. La culpa no es de Dios; Él nos dio un instrumento glorioso, capaz de muchas notas y sonidos. Sin embargo, nos sentamos ante ese gran piano y tocamos solo las pocas notas con las que nos sentimos cómodos. Hemos perdido la melodía, repitiendo sin música ese mensaje que los ángeles anhelan oír.

Algunos, descuidando la práctica, simplemente esperan que el micrófono se encienda, que las Biblias se abran y que nuestras voces se eleven o desciendan, construyan o declinen, resuenen o crezcan en perfecta armonía con lo que sentimos, vemos y tenemos para decir. Esto es como el saxofonista cristiano que espera levantarse y tocar jazz impecable solo porque tiene al Espíritu, un saxofón y toca una vez por semana. ¿Es posible que nuestra gente no se alimente tan bien como podría porque no somos tan capaces como deberíamos?

¿Qué desea decir el hablador?

No es una virtud ser ignorantes de los secretos de la voz. Algunos sospechamos que el púlpito merece algo más que la “ropa vocal” que usamos el resto de la semana. Sin embargo, a menudo, cuando llega el momento que exige más que el habla ordinaria, tratamos de vestir nuestro sonido, pero terminamos con la notoria voz del predicador, marcada por una inflexión antinatural y un drama amateur. Qué tragedia, el portavoz de Dios, equipado con el Espíritu de Dios y con el glorioso evangelio a proclamar, conocido por la baja calidad de su voz; La voz del predicador.

Pocos de nosotros estudiamos sobre elocuencia u oratoria, tal vez con buenas preocupaciones. No queremos parecer artificiales o estudiados. No queremos ese tono profesional donde el hombre detrás parece haber sido pulido hasta desaparecer. Nos avergonzaría tener una cadencia incómoda o un dialecto que distraiga. Y finalmente, no queremos ser seducidos a creer que el poder está en cómo hablamos y no en lo que hablamos. Sabemos que la mejor oratoria en la tierra o en el cielo no puede despertar a los muertos.

Aún más, lees sobre el discurso tembloroso de Pablo en Corinto y su negativa a predicar el evangelio con "palabras de sabiduría elocuente", aunque "elocuente" no está en el original, "para que la cruz de Cristo no sea despojada de su poder" (1 Corintios 1:17). Preferiríamos no predicar nunca más antes que, al predicar, vaciar la cruz de Cristo de su poder. Así que seguimos con nuestro murmullo justo, nuestra falta de claridad sin unción, o un pregonar apenas audible… porque tememos las alternativas.

Se debate si Pablo rechazaba un estilo de predica o el mensaje filosófico en sí mismo en Corinto. Pero el punto es que cómo hablamos afecta cómo se recibe el mensaje. Cómo hablamos no es decisivo, ni el poder del evangelio depende de la habilidad vocal del hombre. Pero esto no vuelve la voz irrelevante (así como el Espíritu no “necesita” nuestra planificación, preparación, oración o práctica, y, sin embargo, nos entregamos a todas ellas).

Nadie debería avergonzarse de ser “una voz que clama en el desierto” como Juan el Bautista, o de ser conocido como un “varón elocuente” como Apolos (Hechos 18:24), o de persuadir con habilidad retórica como hace Pablo en 1 Corintios. Y la mayoría de nosotros podemos dedicarnos seriamente a mejorar la voz y el arte de predicar sin caer en la vanidad de la celebridad. Consideremos nuestro llamado: no muchos de nosotros somos naturalmente claros o expresivos. Y pasar horas sentados, encorvados sobre un escritorio, solos y sin hablar, no ayuda.

Domina tu corcel

Mientras el mundo resuena con voces profesionales y seductoras, los hombres de Dios suelen presentar voces afinadas solo por el uso, más o menos, regular. Podemos imaginarnos como aficionados felices, incorruptos por los trucos paganos del oficio, y terminamos midiendo la mitad de lo que podríamos en el púlpito. Necesitamos prestar atención al llamado del Príncipe de los Predicadores:

“Estamos obligados a usar todos los medios posibles para perfeccionar la voz con la que hemos de anunciar el glorioso evangelio del Dios bendito. Cuida mucho las consonantes, enuncia cada una claramente; ellas son los rasgos y la expresión de las palabras. Practica incansablemente hasta dar a cada consonante lo que le corresponde; las vocales tienen su propia voz y pueden hablar por sí mismas. En todo lo demás, ejercita una disciplina rigurosa hasta que hayas dominado tu voz y la tengas en mano como a un corcel bien entrenado”. (Lectures to My Students, p. 110)

“En mano como un corcel bien entrenado”: ¿es esta tu voz? Una “disciplina rigurosa” para dominar tu instrumento: ¿es esta tu práctica? ¿O la siguiente observación es más precisa?

"La mayor parte de los predicadores son esclavos de su voz; los controla a ellos en lugar de que ellos la controlen. La voz posee capacidades maravillosas, pero es un instrumento rebelde." (Adolphe Monod, citado en For the Work of the Ministry, de William Blaikie, p. 155)

Si bien la voz no lo es todo en nuestra obra, tampoco es nada. Tiene grandes consecuencias para muchos. Nuestro objetivo es entrenar la voz en su trabajo: agregar algo de trueno a sus pasos, algo de brillo a sus colores, algo de confiabilidad a su servicio, para que puedas olvidarte de su sonido y darle bienvenida a todos a la visión de Cristo crucificado y resucitado de los muertos.

El objetivo, sin disculpas, es la excelencia. El que apunta a ser mediocre lo logra; pero el que apunta a la excelencia al menos será mejor que cuando comenzó. Demasiado está en juego como para quedarnos estancados. Los heraldos del rey no son hombres que hablan más descuidadamente, débilmente y llanamente que los hombres que los escuchan. Somos vasijas de barro a las que se confió un gran tesoro, pero oh, que nuestras voces estén afinadas para sacar ese oro. Para esto debemos desaprender malos hábitos, desarrollar buenas disciplinas y experimentar en oración, para la gloria de Dios y el bien de su iglesia.

Oh voz, ¿dónde estás?

Hermanos, estamos llamados a sumergirnos en estas cosas, a practicar para que todos vean nuestro progreso (1 Timoteo 4:15). Así que prestamos atención a la forma que comunicamos, especialmente a nuestras voces. Requiere trabajo hablar como Dios nos creó para hablar. Es probable que tu voz natural no sea natural para ti ahora. Algunos de nuestros jardines tienen más maleza que pasto.

Sin embargo, el objetivo es hablar como tú, no como Crisóstomo, Whitefield, Spurgeon o tu predicador favorito, aunque aprendemos de ellos. Dios te hizo para que suenes como tú. El objetivo es descubrir lo que se ha enterrado, redescubrir lo que se ha perdido: un cierto sonido, una cualidad, un rango, un destello y una llama que ha sido embotada y domesticada por el descuido, la irreflexión y la falta de conocimiento y práctica. Algunos de nosotros necesitamos comenzar de nuevo con lo básico. Abogados, políticos, celebridades, actores, podcasters, YouTubers, todos se entrenan para mejorar sus voces, ¿por qué no quienes hablan los oráculos mismos de Dios?


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