¿Excusas Tu Propio Pecado?

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English: Do You Excuse Your Own Sin?

© Desiring God

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Por Don Straka sobre Santificación y Crecimiento

Traducción por Javier Matus


Todos conocemos la naturaleza mortal del pecado, pero a menudo desconocemos su compañero sutil —la excusa.

Las excusas convierten la seriedad del pecado en un simple encogimiento de hombros. “Fue solo un error en una noche cansada”. No es gran cosa. No es mi culpa. Y así, degradamos nuestras ofensas más grandes contra Dios a algo ligero, incluso sin sentido. En vez de reconocer nuestro pecado, lo excusamos. En vez de matar el pecado, lo explicamos. Nuestros pecados se convierten en nada peor, en nuestras mentes, que la clase de errores que los niños hacen jugando al fútbol.

Contenido

Excusas de adultos

Este era el momento —el pase perfecto justo en frente de la portería. Finalmente podría ser la estrella de fútbol de doce años que fui hecho para ser. Podía oír a mi madre gritando porras alocadamente en el fondo mientras movía mi pierna hacia la pelota.

Pero fallé. Abaniqué por completo. La oportunidad se acabó. El sueño se fue.

¿A dónde fue mi mente en el siguiente momento? El pasto estaba resbaladizo, el sol estaba en mis ojos, mi taco se atoró en el pasto justo antes del paso. Y así fueron sucesivamente. Necesitaba excusas para calmarme. Realmente no fue mi culpa.

Las excusas simpáticas no se quedan en el campo de fútbol juvenil. A medida que crecemos, también lo hacen nuestras excusas. Pasamos de desestimar los goles del fútbol a desestimar los ataques de ira; desde explicar las habitaciones sucias hasta racionalizar los clics en sitios web sexualmente explícitos. Decimos sin pensar: “Me enojé con mi esposa porque estaba cansado”. Y con esa pequeña excusa, reconocemos el pecado, pero razonamos que está bien. Pero no está bien.

Una herencia de echar la culpa

Ciertamente no somos los primeros en excusar nuestros pecados. Piensa en el puñado de echadores de culpas bíblicos. Todos ellos saben que han pecado, pero tratan de explicarlo. Adán ofreció su excusa en el jardín mientras apuntaba a Eva con su dedo (Génesis 3:12). Aarón dejó que la culpa del becerro de oro recayera sobre el pueblo (Éxodo 32:21-24). Saúl intentó excusar su sacrificio ilícito con el tecnicismo de que Samuel había llegado tarde (1 Samuel 13:11-12). Las excusas han estado causando estragos desde el principio. Y la peor parte es que, en un día cualquiera, ni siquiera nos damos cuenta de que estamos poniendo excusas.

Al igual que el monóxido de carbono, las excusas acechan sin ser detectadas y acarrean un veneno mortal. Cada excusa tiene su propia fórmula tóxica:

Lo hice porque… tenía tanta prisa. Estaban gritando, así que comencé a gritar. Yo tenía razón y ellos no estaban escuchando.

Estas excusas intentan engañarnos para que aceptemos el pecado porque fue culpa de mi esposa, o culpa del tráfico, o porque fue el resultado de mi agotamiento. En resumen, las excusas hacen que el pecado sea un resultado inevitable, en vez de un asesino mortal.

El problema real

Las situaciones no causan que la gente peque; elegimos pecar. El trabajo puede estresarte, pero tú eliges tomar atajos. Tu esposa puede criticarte injustamente, pero tú eliges responder con agresión pasiva. El tráfico puede ser pesado, pero tú eliges responder con arrebatos de ira durante todo el camino al trabajo. Las circunstancias no nos obligan a pecar. Solo ayudan a revelar nuestro pecado. No importa cuánto puedan las circunstancias parecer estar en contra nuestra, nuestro pecado siempre es una elección que hacemos.

No solo eso, Dios nos llama a luchar contra el pecado sin importar la causa. El llamado a matar el pecado sigue siendo tan vigente cuando estamos cansados como cuando estamos despiertos y contentos. Pablo nos recuerda: “Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno” (Efesios 6:16). Esta mentalidad no toma vacaciones cuando la vida se pone desafiante. Más bien, Pablo nos recuerda que Dios nos llama a matar el pecado todo el tiempo. No podemos dejar de luchar contra el pecado solo porque podemos explicar cómo sucedió.

Reconócelo

Finalmente, cada vez que usamos excusas, tenemos que aceptar el hecho de que hemos intercambiado la confesión por el sustituto barato de una excusa. Cualquiera que sea la excusa, de repente nos encontramos caminando en tinieblas mientras afirmamos estar en la luz (1 Juan 1:8). Hemos caído en el pecado, y en vez de reconocer el pecado, caminamos diciendo: Nada que ver aquí. Esto no fue mi culpa. No hay pecado aquí.

Pero este intercambio tiene un gran costo. En este momento, nuestras excusas no solo permiten que el pecado nos drene la vida lentamente; nos roban el gozo que Dios quiere darnos al perdonarnos y limpiarnos de nuestro pecado.

Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad (1 Juan 1:9)

Cada vez que desestimamos estos pecados, nos perdemos de la gracia que Dios ha hecho a la medida para cubrir nuestros pecados. Dios realmente tiene gracia para enfrentar a cada fracaso, pero recibir esa gracia comienza por confesar el pecado:

De hecho, no limpié la cocina hoy porque lucho con el egoísmo. Fui a ese sitio web de nuevo para satisfacer la fea lujuria en mi corazón. Anoche me enojé porque antepuse mis intereses a los tuyos.

Después de confesar esas verdades a Dios (y el uno al otro), podemos descansar, sabiendo que 1 Juan 1:9 no tiene una lista negra de pecados que no reciben la gracia generosa que Dios tiene para ofrecer. No importa qué tan oscuras se pongan las cosas cuando desechamos las excusas y exponemos el pecado, la gracia de Dios brillará más.

Con esta confesión, Dios no solo promete perdonarnos, sino también limpiarnos. Él quiere que confesemos nuestro pecado y luego sintamos la gracia inconmensurable que lo lava todo con la declaración: “Ahora, pues, ninguna condenación hay” (Romanos 8:1). Y esta limpieza está destinada a llevarnos a una nueva vida. Juan dice: “Estas cosas os escribo para que no pequéis” (1 Juan 2:1). Entonces la confesión no es solo la esperanza del perdón y la promesa de la limpieza, sino también nuestra única esperanza de cambio.

No esconderse más

La buena noticia es que la gracia de Dios nos asegura que podemos ser la clase de personas que son felices de reconocer nuestros defectos —la clase de personas que han dejado de esconderse detrás de las excusas.

Tan feo como puede llegar a ser nuestro pecado, la gracia nos permite abandonar las excusas porque la promesa del perdón y la limpieza se encuentran al otro lado de la confesión. Cada confesión saca el pecado de su escondite y lo trae a la luz (Juan 3:19-21). Y Dios ha prometido que cuando traemos el pecado a la luz “abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el Justo” (1 Juan 2:1).



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