Él es, fue y será

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English: He Is, He Was, He Will Be

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Por Jon Bloom sobre Santificación y Crecimiento

Traducción por Paula De Monte


Contenido

Adorar al Alfa y la Omega

“¿Quién es este Hijo del Hombre?”. Desde el momento en que apareció por primera vez en el mundo, en una noche desesperada en una ciudad llena de gente, Jesús ha provocado esta pregunta.

“¿Quién es este Hijo del Hombre?” se ha convertido en la gran pregunta de la historia con respecto a Aquel cuyo nacimiento se convirtió en el punto de división de toda la historia.

Pero esta pregunta no ha quedado sin respuesta. Y de todas las respuestas de la Biblia a esa pregunta, una de las más gloriosas e impresionantes está en el libro de Apocalipsis. Aquí el Padre y el Hijo responden juntos, en el primer y el último capítulo de Apocalipsis:

En conjunto, el Señor Dios y el Señor Cristo ofrecen una sola respuesta de dos partes:

Como Padre eterno, como Hijo eterno;
Abarca el tiempo infinito, dos personas divinas en una.
Alfa y Omega, el primero y el último;
Existe eternamente, en el presente, el futuro y el pasado.

El que es

Al igual que Dios el Padre, Dios el Hijo también es “el que es y que era y que ha de venir”. Esta cronología nos resulta extraña: primero el presente, luego el pasado, después el futuro. Tal vez nos gustaría corregir la propia descripción divina para decir: “el que era y que es y que ha de venir”. Pero esto sería un error.

La realidad más importante y fundamental en la existencia es que Dios es. De hecho, el nombre más sagrado que Dios reveló al pueblo del primer pacto, su más santa revelación, es aquella en la que le dijo a Moisés: “Yo soy el que soy” (Éxodo 3:14; también 33:19; 34:6). Por eso en la cronología divina el hecho de que Dios es viene en primer lugar.

El tiempo es un misterio para nosotros, así que no es ninguna sorpresa que la forma que tiene Dios de interactuar con el tiempo nos resulta misteriosa. Pero podemos suponer con seguridad que cuando Dios habla del tiempo en maneras que al menos comprendemos parcialmente, es gentilmente condescendiente. Entonces, cuando nos dice que “fue” y que “ha de venir”, es para ayudar a las criaturas limitadas por el tiempo a entender que “desde la eternidad y hasta la eternidad” él es Dios (Salmos 90:2). Y es para ayudarnos a entender que Jesús, al igual que su Padre, “es el mismo ayer y hoy y por los siglos” (Hebreos 13:8). Siempre lo es.

Sin embargo, el gran misterio es que el Verbo eterno del Padre entró en el mundo en tiempo y espacio, el verbo que él mismo había creado (Juan 1:10). “Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14). Al aparecer entre nosotros, Dios el Hijo reveló en forma maravillosa quién es:

Una revelación aun más maravillosa y al mismo tiempo condenatoria se produjo durante el juicio de Jesús. Cuando le preguntaron: “¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?”, la respuesta gloriosa y letal de Jesús fue simplemente: “Yo soy” (Marcos 14:61-62).

¿Quién es este Hijo del Hombre? Es Padre eterno, es Hijo eterno. Es el “Yo soy”. Es el Hijo del Padre Bendito. Es el Señor Cristo, quien al igual que el Señor Dios, siempre es.

El que fue

El hecho de que el Hijo siempre es implica que el Hijo siempre fue. Para algunos, este es el concepto de la existencia de Dios más difícil de comprender.

La dificultad es totalmente comprensible. Somos seres creados que intentan comprender a un Ser no creado, ni hablemos de un Ser trino no creado. Dios no es solo totalmente comprensible para nosotros porque es santo, ninguna otra cosa en la existencia comparte su existencia no creada.

Pero Jesús lleva nuestra lucha a un nivel totalmente nuevo, cuando en la encarnación, el Creador se vuelve criatura:

“En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho… Y el Verbo se hizo carne” (Juan 1:1-3, 14).

Felizmente, de la misma manera que Dios se reveló en el Antiguo Testamento, Jesús reveló este aspecto de su gloria en forma progresiva.

Uno de los primeros en ver la gloria preexistente de Jesús fue Juan el Bautista, el primo mayor de Jesús, quien a pesar de todo dijo: “El que viene después de mí, es antes de mí, porque era primero que yo” (Juan 1:15).

Pero cuando se acercó el tiempo para que Jesús cumpliera el propósito redentor para el que vino, reveló más de su naturaleza preexistente y eterna, como en su famosa discusión con los líderes judíos:

“‘Vuestro padre Abraham se regocijó esperando ver mi día; y lo vio y se alegró’. Por esto los judíos le dijeron: ‘Aún no tienes cincuenta años, ¿y has visto a Abraham?’ Jesús les dijo: ‘En verdad, en verdad os digo: antes que Abraham naciera, yo soy’” (Juan 8:56-58).

Tan único, tan santo es Dios el Hijo, que su naturaleza se sale de las normas de la gramática humana. Usa en tiempo presente un verbo en contexto de pasado para comunicar su punto cristológico. Más adelante, el apóstol Pablo haría lo mismo cuando declaró que Jesús “es antes de todas las cosas” (Colosenses 1:17).

¿Quién es este Hijo del Hombre? Es Padre eterno, es Hijo eterno. Es el Alfa. Es el principio. Es aquel que siempre fue.

El que ha de venir

Que Jesús siempre es también implica que Jesús siempre será, es aquel que ha de venir. Él reveló esto con una claridad inconfundible y gloriosa. Al describir el final de los tiempos a sus discípulos, dijo:

“Entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del Hombre; y entonces todas las tribus de la tierra harán duelo, y verán al Hijo del Hombre que viene sobre las nubes del cielo con poder y gran gloria. Y Él enviará a sus ángeles con una gran trompeta y reunirán a sus escogidos de los cuatro vientos, desde un extremo de los cielos hasta el otro” (Mateo 24:30-31).

Declaró esta misma venida a los líderes judíos durante el juicio, después de proclamarse a sí mismo el “Yo soy”: “Veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder y viniendo con las nubes del cielo” (Marcos 14:62).

Estos oyentes judíos sabían exactamente lo que Jesús quería decir. Se estaba identificando como el “hijo del hombre” profetizado por el profeta Daniel, a quien “todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran” y quienes recibirían del Dios Todopoderoso “un dominio eterno que nunca pasará, y [un] reino… que no será destruido” (Daniel 7:14).

Pero Jesús no estaba simplemente haciendo una advertencia. Estaba expresando su gran anhelo, el propósito de su encarnación, el punto culminante de la historia y la recompensa de su sufrimiento.

¡El reino! El tiempo en el que, finalmente, Dios mismo vendrá a vivir con los hombres; el tiempo en el que terminará nuestra espera, y Dios “enjugará toda lágrima de [nuestros] ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor”, el tiempo en el que “las primeras cosas [habrán] pasado”, el tiempo en el que Dios hará “nuevas todas las cosas” (Apocalipsis 21:3-5).

¡El reino! La “esperanza bienaventurada” de todos los que han amado “la corona de justicia que el Señor, el Juez justo, me entregará en aquel día” (Tito 2:13; 2 Timoteo 4:8). Y el cumplimiento de esta esperanza bienaventurada que nuestro maravilloso Dios y Salvador, el Hijo del Hombre profetizado, ha prometido: “He aquí, yo vengo pronto” (Apocalipsis 22:12).

¿Quién es este Hijo del Hombre?

Como Padre eterno, como Hijo eterno;
Abarca el tiempo infinito, dos personas divinas en una.
Alfa y Omega, la fuente y la suma;
El que es y que era y que ha de venir.

Y así la gran pregunta de la historia recibirá su respuesta culminante cuando el Señor Dios envíe al Señor Cristo para poner fin a la historia que conocemos e inaugurar su reino eterno. Todos los que tenemos esta esperanza bienaventurada decimos: “Amén. Ven, Señor Jesús”.


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