Amigo, puedes prepararte para morir

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English: Friend, You Can Be Ready to Die

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Por Ray Ortlund sobre Santificación y Crecimiento

Traducción por Alicia Mateos Castro


Hace años leí en algún sitio que durante la época victoriana la gente hablaba con frecuencia de la muerte y que el sexo era un tema tabú. Ahora han cambiado las tornas. Hablamos libremente sobre sexo y la muerte es el tema tabú. A mí me resulta extraña una cosa: hasta los cristianos evitan hablar de la muerte. ¡Por el amor de Dios, vamos a ir al cielo! ¿Por qué deberíamos temer nada? Nuestro Señor murió y resucitó —por nosotros.

Sí, la cruda verdad puede parecer intimidante. Hela aquí: no necesitamos salir a buscarla. Tarde o temprano nos encontrará algo malo y se nos llevará por delante. ¿Pero por qué no aceptarlo, prepararnos y regocijarnos en nuestro camino hasta ahí? Gracias a Jesús resucitado la muerte ya no es una crisis. Ahora es nuestra liberación. Y Muerte, pobre diablo, te sobreviviremos para la eternidad. Hasta bailaremos sobre tu tumba cuando “ya no habrá muerte” (Apocalipsis 21:4).

Pero, por ahora, además de las muchas formas de prepararse para la muerte, como comprar un seguro de vida, hacer un testamento formal, entre otras, he aquí dos verdades que pueden ayudarte a prevalecer cuando te llegue el momento. Ambas provienen de un pasaje oscuro cerca del final de Deuteronomio.

Tu última obediencia

La primera: tu muerte será tu último acto de obediencia en este mundo. Cerca del final de su vida terrenal, Moisés recibió una orden de Dios sorprendente:

Sube a estos montes. . . y mira hacia la tierra de Canaán, la cual doy en posesión a los israelitas. Morirás en el monte al cual subes . . . (Deuteronomio 32:49–50)

Moisés obedeció la orden por la gracia de Dios. Su muerte, sin embargo, no fue su derrota patética y aplastante, fue su acto final y culminante de obediencia. Como puedes ver en el versículo, es incluso lo que llamamos una experiencia cumbre.

Nuestras muertes son normalmente, por desgracia, dolorosas y humillantes. Pero eso es obvio. Bajo la superficie de las apariencias, la realidad es que tu muerte también será un acto de obediencia, pues tú también eres siervo de Dios, como Moisés. La Biblia dice sobre todos nosotros “Estimada a los ojos del Señor es la muerte de sus santos” (Salmos 116:15). No te tirará como la basura. Te recibirá como su amigo apreciado. Tu muerte tal vez sea desagradable en la tierra, pero no asqueará a Dios en lo alto. Será para él “estimada” — es decir, valorada y honrada. Será tú obedeciendo a Aquel que dijo “Seguidme” (Mateo 4:19). Le seguiste con un primer paso y le seguirás con el último. Y cuando pienses en ello no te preocupes por fallarle en ese momento final. Aquel que ordena también te llevará.

Debo admitir que, dada la grandeza de la muerte cristiana, nunca he visto un funeral cristiano hacerle justicia a la magnitud del momento. Lo intentamos, pero nuestros servicios se quedan cortos. Solo mediante la fe, mirando más allá de nuestros pobres esfuerzos por hacerle honor, podemos saborear de verdad la maravilla de una gloria cristiana suprema. Aún así, hagamos que cada funeral cristiano sea lo más significativo posible creyendo y declarando la verdad. Un pecador comprado con sangre le ha pisado el cuello a Satanás y saltado hacia la felicidad eterna, por la gracia de Dios y su gloria. El día de tu funeral, este desconcertado mundo se tropezará con su propia ingenuidad. Pero tu familia y amigos creyentes entenderán lo que está pasando de verdad. Y se regocijarán.

Si esto es cierto, ¿por qué no tener ganas de morir? Pablo esperaba con tanto entusiasmo el día de su liberación que de verdad no se decidía entre seguir sirviendo a Jesús aquí o reunirse con Jesús allí: “no sé cuál escoger, pues de ambos lados me siento apremiado” (Filipenses 1:22–23 NIV). Cuando nuestra obra aquí esté al fin completa, ¿por qué quedarnos más? Por supuesto, igual que Dios decide el día de nuestro nacimiento (sabemos cuál es), decide el día de nuestra muerte (no sabemos cuál es). Cedamos a su calendario. Pero ahora, por fe, empecemos también a esperar en nuestros asientos con ganas sinceras. Y cuando él nos dé la orden: “Muere” podremos decir: “¡Sí, Señor! ¡Al fin!” Y moriremos. Incluso entonces él nos ayudará a obedecerle, especialmente entonces.

Tu feliz reunión

Segunda, tu muerte será tu feliz reunión con los santos en ese mundo en lo alto. Dios no solo ordenó a Moisés que muriera, sino que ahondó y enriqueció las expectativas de Moisés sobre su muerte:

Morirás en el monte al cual subes, y serás reunido a tu pueblo, así como murió tu hermano Aarón sobre el monte Hor, y fue reunido a su pueblo. (Deuteronomio 32:50)

Estar en el cielo con nuestro Señor es la mayor experiencia humana. Pero él mismo incluye en ese privilegio sagrado “la comunión de los santos” por citar el Credo de los Apóstoles. Cuando mueras, como Moisés, serás reunido a tu pueblo —todos los que creen en Jesús que fueron a la presencia de Dios antes que tú.

El Cielo no será un lugar solitario solo contigo y Jesús. Será tú con muchos otros, rodeando su trono de gracia, todos glorificando y disfrutando de él juntos con un entusiasmo explosivo (Apocalipsis 7:9–10). Ahora, en este mundo, somos “la iglesia militante”, por usar la denominación tradicional. Pero, incluso ahora, somos uno con “la iglesia triunfante” de arriba. Y cuando muramos, entraremos al fin en la experiencia completa de la comunión de los santos comprada con sangre.

Piénsalo. Ni divisiones en la iglesia, ni relaciones rotas, ni siquiera fría indiferencia. Todos estaremos unidos ante Cristo en una celebración de su salvación, demasiado alegres para que cualquier minucia insignificante entre en nuestros corazones. Te caerá bien todo el mundo y allí le caerás bien a todo el mundo. Se te incluirá. Se te entenderá. Estarás a salvo. Nadie te echará, ni te acosará ni te difamará —no en presencia del Rey. Y nunca jamás volverás a decepcionar a nadie, ni a herir sus sentimientos o defraudarle, ni siquiera un poco. Serás magnífico, igual que todo el mundo a tu alrededor, pues Jesús impondrá su gloria en todos nosotros.

Encarar la muerte con confianza calma

Incluso ahora, por la gracia de Dios hemos llegado a

la Jerusalén celestial y a miríadas de ángeles, a la asamblea general e iglesia de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios, el Juez de todos, a los espíritus de los justos hechos ya perfectos, a Jesús, en fin mediador del nuevo pacto. (Hebreos 12:22–24)

Ahí están todos, en este momento, en el reino invisible. A apenas un paso. Y en el instante que siga a tu último aliento en este mundo oscuro despertarás en ese mundo brillante de arriba, donde se te dará la bienvenida con regocijo. San Agustín tal vez sonría y asienta con dignidad grave. Martín Lutero tal vez te dé un gran abrazo. Elisabeth Elliot quizá te dé la mano con amabilidad. Y, quizá por primera vez, descubrirás lo bien que sienta encajar.

Esta es mi opinión. ¿Por qué deberíamos nosotros, ciudadanos de la ciudad celestial, temer nada de la muerte terrenal? Preparémonos ya con fe en las promesas de Dios en el evangelio para afrontarlo en ese momento con confianza calma —e incluso con audacia desafiante.


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