Día de reposo de la pantalla

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Por Scott Hubbard sobre Santificación y Crecimiento

Traducción por Adriana Blasi


Contenido

Una propuesta modesta para un mundo digital

Hace algunos años, un grupo de psicólogos cognitivos conducturales, tomó unos quinientos estudiantes universitarios, los dividieron en tres grupos, y les dieron dos pruebas. Los grupos se parecían en todo salvo en la colocación de sus teléfonos móviles. El primer grupo tenía la pantalla de sus teléfonos mirando hacia abajo, el segundo grupo tenía sus celulares en sus bolsillos, el tercer grupo no tenía teléfonos. Ya se pueden dar una idea a dónde va todo esto.

Aunque los teléfonos de los tres grupos estaban silenciados, y aunque algunos pocos estudiantes dijeron que se sentían distraídos por sus teléfonos, el resultado de la prueba fue inversamente proporcional a la cercanía del dispositivo. En promedio, cuanto más cerca el teléfono, menor el resultado. Nicholas Carr, que en 2020 analiza esta prueba en el epílogo de su libro The Shallows, brevemente señala la preocupante conclusión de los psicólogos:

Los teléfonos inteligentes están tan vinculados a nuestras vidas que, aun cuando no los espiemos o toquemos, despiertan nuestra atención desviando recursos cognitivos. Simplemente suprimiendo el deseo de revisar el teléfono, que hacemos rutinariamente y subconscientemente a través del día, debilita nuestro modo de pensar. (230)

El hallazgo -corroborado a través de estudios similares- da pie a la vaga manera en que muchos percibimos: nuestros teléfonos nos moldean no solo, quizás ni principalmente siquiera, por el contenido que nos entregan, sino por la mera presencia de algo tan agradable, tan poco exigente, tan infinitamente interesante. Los teléfonos inteligentes, aun pequeños, ejercen una atracción gravitante (subconsciente) sobre nuestra atención, conduciendo nuestros pensamientos y sensaciones a su órbita, aun cuando las pantallas están oscuras.

Esto significa que, si los cristianos van a prestar atención de la convocatoria de Romanos 12:2 en la era de los teléfonos inteligentes — “No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente” — tendremos que hacer más que resistir el falso contenido en nuestros teléfonos. Tendremos que resistir a la falsa presencia gravitacional que nuestros teléfonos tan sutilmente ejercen sobre nosotros.

Y a tal efecto, podríamos encontrar ayuda de una práctica antigua: El día de reposo.

Nuestro amigo íntimo

Antes de sopesar el significado del día de reposo en nuestras pantallas, hagamos un inventario de dónde estamos parados. Los teléfonos inteligentes entraron en el mercado en 2007, y ya en el 2011, todos teníamos uno. Ahora, una década más tarde, la mayoría de nosotros tenemos dificultades en recordar la vida sin uno. Las pantallas se han vuelto ubicuas, aparentemente ineludibles —son los Alejandros digitales que conquistan nuestra mente de la noche a la mañana.

Para muchos, nuestros teléfonos son las primeras caras que vemos en la mañana, la última a la noche y en gran medida los que más vemos entre medio. Nos hemos convertido en un mar de cabezas inclinadas y pulgares doloridos, peritos en navegar con una visión periférica en las aceras y pasillos de las tiendas. Los teléfonos se han arraigado de tal manera en nuestra mente y cuerpo que muchos perciben una vibración fantasma y encuentran repetidamente que su mano comienza a moverse hacia su bolsillo. Dos años atrás, el norteamericano promedio pasaba al menos la mitad de sus horas de vigilia en la pantalla.

¿Dónde ir de este espíritu digital? ¿Dónde huir de su presencia? Si volamos al cielo, los aviones nos ofrecen Wi-Fi. Si tendemos la cama en la oscuridad, algo zumba en la mesa de noche. Aun cuando estamos pasivos y en un lugar remoto en el mar, incluso allí la cobertura de 5G nos mantendrá dentro de su alcance.

El maravilloso predominio de nuestros teléfonos no sería un problema, si supiéramos que la existencia saturada de una pantalla mejorase nuestra calidad de vida y nos ayudase a seguir a Jesús más fielmente. Desafortunadamente, tenemos muchas razones para pensar lo contrario.

La digitalización, deshumaniza

No se me escapa la ironía de que estoy mirando una pantalla, y probablemente, tu también. A menos que me perjudique, establezcamos que: Nuestros teléfonos y otras pantallas son un regalos por el cual agradecer a Dios. Se puede hace mucho bien con ellos y a través de ellos. La mayor preocupación no es apuntar a estos sementales salvajes, pero domesticarlos y colocarles un arnés al poder que tienen.

Pero oh, ¡cómo necesitan ser dominados! Jean Twenge, en su libro minuciosamente investigado iGen, incluye un gráfico que muestra cuánto contribuyen a la felicidad de los adolescentes ciertas actividades en la pantalla (como juegos, mensajes de texto y redes sociales) y ciertas actividades no en la pantalla (como hacer ejercicio, leer y pasar tiempo con amigos). Ella escribe:

El resultado no puede ser más claro: los adolescentes que pasan más tiempo en las actividades de pantalla… tiene más posibilidades de ser infelices, y aquellos que pasan más tiempo en actividades que no incluye la pantalla… tienen más posibilidades a ser felices. No hay una sola excepción: todas las actividades de la pantalla están asociadas a ser menos felices, y todas las actividades sin la pantalla a más felicidad. (77-78)

Y así como sucede respecto a la felicidad, de igual manera sucede con las demás categorías de saluda mental. “Más tiempo de pantalla causa ansiedad, depresión, soledad, y menos conexión emocional” (112).

Como cristianos, ¿podemos atestiguar que existe una correlación similar entre las pantallas y la vida espiritual? Aunque los teléfonos pueden servir a nuestro discipulado de Jesús (tal como brindar acceso a herramientas de estudio de las Escritura), lo hacen con un alto costo. En lugar de ayudarnos a meditar, a menudo interrumpen, atraen nuestra atención y cultivan hábitos de lectura superficial. En lugar de ayudarnos a orar, llenan los momentos vacíos de nuestros días. En lugar de ayudarnos a evangelizar, a menudo hace que miremos hacia abajo cuando nos cruzamos con nuestros vecinos.

Aquellos con una sólida antropología bíblica miran sin sorpresa los efectos perjudiciales que causan nuestros teléfonos. ¿A caso no somos criaturas sociales, creadas para vivir en comunidad que va más allá de la pluma y la tinta, la pantalla y el teclado (2 Juan 12)? ¿A caso no somos criaturas encarnadas, hechas para deleitarnos en la palabra de Dios con todos nuestros cinco sentidos (Génesis 2:7; Salmo 104)? ¿A caso no somos criaturas intelectuales, hechas para pensar en profundidad y no meramente superficialmente (2 Timoteo 2:7)? ¿Y acaso no somos, ante todo, criaturas de Dios, hechas para vivir coram Deo (Colosenses 3:17) y no coram teléfono inteligente?

Tal vez, en un mundo digital como el nuestro, algunos cristianos pueden proteger y hacer crecer su naturaleza social, encarnada, intelectual y divina, aparte de tomar algunas contramedidas extremas. Para mí, el esfuerzo que eso requiere es como dormir con la luz prendida, pero aún más fuerte de lo que es.

Día de reposo en la pantalla

Ingresa al Día de Reposo. Desde el éxodo en adelante, el día de reposo de los israelitas sirvió como un recordatorio semanal de la realidad. Y no tan solo como un recordatorio de la realidad (como si el día de reposo fuese simplemente un ejercicio mental), sino como un sentido pleno de lo que significa. Dios se reveló como el Creador reparador de Israel (Éxodo 20:11) y como el Redentor que ofrece descanso (Deuteronomio 5:15). Pero dado lo profundamente en que habían sido moldeados por un Egipto obsesionado con el trabajo, y dada la inclinación de sus propios corazones inquietantes, necesitaban una acción que obrara profundamente en cada tendón del alma.

Por ende, Dios les dio el día de reposo, que cambió la centralidad sobre Egipto, con un faraón inquieto, a una realidad con un Dios pacificador, modificando una semana de trabajo de siete días por el formato de seis días de Dios (Génesis 2: 1-3). Por lo tanto, el día de reposos se ubica junto a las festividades y fiestas, el día y noche de meditación del salmista (Salmo 1: 1-2), la oración de Daniel (Daniel 6:10), y la soledad matutina de Jesús (Marcos 1:35, Lucas 5:16) como una práctica de resistencia disciplinada contra la influencia del mundo circundante.

Ahora bien, ¿cómo podemos aplicar la disciplina del día de reposo a nuestros seres saturados digitalmente? La propuesta no es ni complicada ni novedosa: para resistir el tirón de tus dispositivos digitales y vivir como un seguidor más presente de Jesús, tómate un descanso de las pantallas un día a la semana. Ya sea por todas las 24 horas o por algún otro tiempo apartado, apaga el teléfono, cierra la computadora y sumérgete en el mundo creado por Dios, encarnado y atento a las personas y todo el entorno. Llámalo el día de reposo de la pantalla

La idea puede sonar extrema o impráctico en un mundo donde las pantallas intervienen tanto en la vida. (¿Sin textos, correos, instrucciones, podcasts o cámara?) Consideración, sin embargo, no solo lo que puedes perder en un día como este, pero también lo que puedes ganar.

Una vida fuera de la red

¿Qué pasaría si, por un día o una semana, silenciaras el murmullo y oscurecieras el resplandor del dispositivo? ¿Si superas que no oirías el timbre ni percibieras vibración alguna? ¿Si cada impulso de enviar, recibir o reenviar un texto fuese frustrado por un bolsillo vacío? ¿Qué pasaría en un día tal como este?

Podrías correr las cortinas a un resplandor diferente, observar como el sol comienza su función matutina (Salmo 19:5). Podrías escuchar voces que tantas veces fueron calladas por el zumbido digital: un cardenal catando desde el poste del alambrado a una rama, el estribillo oculto del grillo, el maullido del gato del vecino al estirar su patas. En lugar de vagar sin cuerpo a través del éter digital, podrías cavar tus manos en la tierra o caminar por las sendas en el lugar que se te asignó vivir (Hechos 17:26).

O tal vez, verías a tu vecino gruñón, o un padre impaciente en el parque, como más que una figura bidimensional, y quizás comenzar a imaginar las esperanzas y los temores que golpean su pecho. Tal vez, tal visión daría lugar a hablar, y hablar para ser amigo, y ser amigo para orar y testificar. Más tarde, quizás te sientes al otro lado de la mesa de tu cónyuge, amigo o hijo y encuentres el tipo de silencio interior sin distracciones que te permita estar listo para escuchar y lento para hablar (Santiago 1:19).

O quizás descubras una nueva paciencia para leer la Biblia u orar. En vez de pasar la vista superficialmente sobre un pasaje, tal vez quieras voltear cuidadosamente algunas de sus piedras, meditando como el hombre bendito y encontrándote bendecido (Salmo 1:1-3). Podrías ralentizarte al responder a la palabra de Dios, quizás por vez primera y en mucho tiempo, llevar a su presencia tus asuntos uno por uno (1 Pedro 5:6-7). Podrías sentir la exhalación del alma.

Y cuando llegue el momento de volver a encender el teléfono, es posible que te hayas llevado algo de este descanso del séptimo día contigo.

Espíritu del séptimo día

Desde luego, debemos tener cuidado con el idealismo. Un día sin pantalla sigue siendo un día en un mundo caído, un día cuando nuestra carne se niega a descansar y cuando a veces encontramos, muy a pesar nuestro, que nuestra atención se dispersa y nuestra devoción a Dios decae. Sin duda los santos en Israel antiguo dejarían atrás el día de reposo sintiéndose aún inquietos. A través del tiempo, de todas maneras, el día de reposo semanal tuvo impacto en aquellos que lo recibieron por fe, los recalibraba lentamente a tener una realidad Dios céntrica, permitiendo que el espírtu inquieto del séptimo día pasase a los seis restantes.

De igual manera podría suceder con el día de reposo. Tomar tiempo disciplinado lejos de pantallas puede no ser la única manera de vivir en el mundo digital sin ser conformado a él, pero es una buena manera. Con el correr del tiempo, el tironeo de la gravitación de nuestros teléfonos puede que sea más débil, y que nos encontremos atraídos hacia una órbita mejor: el de Dios mismo como dador de vida.


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