Deje a un lado el peso de "Nunca cambiaré"

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English: Lay Aside the Weight of “I’ll Never Change”

© Desiring God

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Por Jon Bloom sobre Santificación y Crecimiento

Traducción por Jeannette Blanco


Todos debemos aceptar nuestra forma de ser. Pero hay dos formas de hacerlo. La primera es cultivar la satisfacción con lo que Dios diseñó que fuéramos, lo que resulta en una maravillosa liberación de tratar de ser alguien que no somos. La segunda es dejar a un lado el pesado peso de la resignación fatalista de que nunca seremos diferentes de lo que somos, lo que resulta en una esclavitud de nuestras predilecciones infundidas por el pecado.

Contenido

Cultivando la satisfacción y luchando contra el fatalismo

Cultivar el contentamiento en la persona que Dios diseñó que seamos se basa en nuestra creencia en las gloriosas verdades del evangelio de que Dios nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4), nos entretejió en el vientre de nuestra madre (Salmo 139:13), nos hizo nacer de nuevo (1 Pedro 1:3) para que ahora seamos una nueva creación (2 Corintios 5:17) que vive por fe (Gálatas 2:20) en el Dios que provee todo lo que necesitamos (Filipenses 4:19) para que podamos exclamar con gozo: “por la gracia de Dios soy lo que soy” (1 Corintios 15:10).

Creer en estas cosas nos libera para buscar cada vez más vivir en la libertad que Jesús nos ha dado (Juan 8:36).

Pero esto puede ser difícil de creer frente a nuestros persistentes pecados y debilidades, cosas de las que estamos muy conscientes. En cambio, nos sentimos tentados a creer las horribles y pesadas mentiras de que, de hecho, la gracia de Dios resultó vana en mí (1 Corintios 15:10) o simplemente fue retenida por un Padre Celestial insatisfecho y que nos desaprueba porque seguimos tropezando en “las muchas maneras” de siempre (Santiago 3: 2) y nunca, al menos en esta era, nunca seremos “más que vencedores” (Romanos 8:37).

Creer en estas cosas nos confina a vivir con miedo, vergüenza y con la apatía de la resignación fatalista. Aceptamos el seductor, consumidor de esperanza, agotador de energía y autocompasivo engaño de que "nunca cambiaré". La destructividad de esta mentira va más allá de un pecado o debilidad en particular. Crea una mentalidad de rendición que nos lleva a otros tipos de autocomplacencia, agravando nuestro problema y sensación de derrota.

Debemos luchar para llevar estas mentiras cautivas y destruir sus argumentos fatalistas (2 Corintios 10: 5) y así poder dejar a un lado el peso del pecado (Hebreos 12:1).

La clave para el poder transformador

La verdad es que lo que nos impide experimentar el cambio no es la falta de poder, sino la falta de fe. Cuando Jesús dijo, “sin mí nada podéis hacer” (Juan 15:5), su punto fue que “podemos hacer todas las cosas en Aquel que nos fortalece” (Filipenses 4:13). Porque “al que cree todo le es posible” (Marcos 9:23).

En la batalla contra el pecado y búsqueda de la transformación, la Biblia apela casi exclusivamente a nuestra creencia como el conducto a través del cual fluye el poder del Espíritu. Aquí hay un ejemplo muy conocido:

No adopten las costumbres de este mundo, sino transfórmense por medio de la renovación de su mente, para que comprueben cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno, agradable y perfecto. (Romanos 12: 2)

La clave para no ser presionado hacia el pecado mundano, la clave para el poder transformador es un cambio (una renovación) de mente. ¿Cómo vemos este cambio de mente? Parece un cambio de creencia. Es creer y escoger actuar en lo que Jesús promete y no en lo que promete el mundo y todos sus vicios que esclavizan.

¡Hártese!

Ahora, si usted visita habitualmente este blog o ha sido cristiano por algún tiempo, lo sabe. Quizás se digas a sí mismo: "Es mucho más fácil decirlo que hacerlo". Punto concedido. Todos lo admitimos: es difícil romper los hábitos de pecado y las adicciones, algunos más que otras. Soy un pecador con un terrible pecado interior. Sé, por experiencia propia, que la lucha por cambiar una mentalidad puede ser difícil. Y tengo seres amados que han atravesado o están atravesando problemas de pecado muy difíciles, algunos son efectos de indescriptibles pecados cometidos contra ellos.

Pero también admitamos esto: necesitamos menos lloriqueos y quejas sobre lo difícil que es cambiar y que no sabemos cómo o por dónde empezar y que nunca podemos mantener nuestras resoluciones, etc., hasta la saciedad. Con demasiada frecuencia, esto ha sido una pantalla para nuestra falta de deseo de hacer un cambio. O hemos sido cobardes, dejando que el pecado nos mantenga prisioneros porque apreciamos tanto nuestra preciosa reputación que no pedimos ayuda a nadie. Con demasiada frecuencia, nuestros intentos de transformación han sido a medias porque somos orgullosos, indulgentes y autocompasivos. Y no le hemos creído a Jesús.

Llega un momento en que ya no necesitamos más sermones o seminarios, libros o pasos a seguir frente a nosotros. Lo que necesitamos es tener una justa indignación por haber permitido que un pecado habitual e indulgencia nos mantuviera cautivos debido a una mentalidad – ¡a un argumento malvado! (2 Corintios 10:5) Necesitamos estar hartos de "luchar" y comenzar a creerle a Dios. Necesitamos tomar la determinación de dejar de no creerle a Jesús y empezar a creerle (Juan 20:27) y empezar a tomar en serio textos como estos:

¡Debemos hartarnos de tener una felicidad del tamaño de un diminuto charco de agua! Las promesas de Jesús son diez mil veces mejores y vale la pena soportar alguna incomodidad o sufrimiento para obtenerlas.

La gracia de un cambio lento

Buscar la transformación a través de una mente renovada no significa que el cambio necesariamente llegará rápido. El cambio suele ser muy lento. A veces esto se debe a que somos “lentos de corazón para creer” (Lucas 24:25). Pero Dios también tiene sus maravillosos propósitos al santificarnos lentamente.

El cambio lento produce en nosotros frutos espirituales que Dios valora mucho, quizás más que nosotros, frutos como la paciencia, la humildad, la bondad, la mansedumbre, la perseverancia y el dominio propio. Y fe. El cambio lento a menudo nos lleva a escudriñar la Palabra en busca de promesas en las que podemos confiar, un ejercicio que tiene muchos beneficios.

El cambio lento también nos da una idea de otros propósitos de Dios. Hay un motivo fuerte y consistente en toda la Biblia para los santos que esperan en Dios. Piense en cómo Dios llamó a Abraham, a Jacob, a José, a Israel en Egipto, a Ana, a David, a Daniel y muchos otros para que lo esperaran. Piense en cuánto tiempo esperó Israel al tan esperado Jesús. Y piense en cómo la iglesia ha esperado la tan esperada “revelación de nuestro Señor Jesucristo” (1 Corintios 1:7).

A menudo hay más en nuestra espera de lo que entendemos. El concepto que Dios tiene del tiempo es diferente al nuestro y, por lo tanto, Dios no es lento, como solemos pensar (2 Pedro 3:9). Él está obrando pacientemente conformándonos a su imagen (Romanos 8:29) y, por lo tanto, está realizando una excelente obra en nuestra espera. “Bueno es el Señor para los que en Él esperan” (Lamentaciones 3:25); ellos “renovarán sus fuerzas” (Isaías 40:31).

Deje la mentira a un lado

No hay necesidad de cargar con el peso de la mentira de que nunca más cambiaremos. Podemos dejarlo a un lado hoy y correr la carrera creyendo en la gozosa promesa de que “el que comenzó la buena obra en [nosotros] la completará en el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6).

Y el trabajo de hoy: Termine con las excusas y sea transformado por la renovación de su mente.


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