El Menguar y Flujo del Gozo Cristiano

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La palabra gozo aparece 120 veces en la Biblia en español, y sesenta y cinco en el Nuevo Testamento. El gozo no es una nota secundaria en la Palabra de Dios, sino un tema masivo e inevitable. Sin embargo, de las sesenta y cinco menciones en el Nuevo Testamento, solo cuatro veces oímos hablar del “gran gozo”. La atención cuidadosa a la palabra ''gran'' puede ayudar a aclarar la confusión para algunos y aliviar la culpa innecesaria para otros.
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La palabra gozo aparece 120 veces en la Biblia en español, y mas de cesenta veces en el Nuevo Testamento. El gozo no es una nota secundaria en la Palabra de Dios, sino un tema masivo e inevitable. Sin embargo, de las sesenta y cinco menciones en el Nuevo Testamento, solo cuatro veces oímos hablar del “gran gozo”. La atención cuidadosa a la palabra ''gran'' puede ayudar a aclarar la confusión para algunos y aliviar la culpa innecesaria para otros.
Algunos de nosotros somos propensos a confundir el gozo cotidiano de la vida cristiana en esta era —con toda su profundidad y poder y dulzura— por el “gran gozo” que por ahora es ocasional y que viene en plenitud futura. Y otros pasan por alto la preciosidad del gozo que Dios nos da en esta era porque todavía no es el ''gran gozo'' que se avecina.
Algunos de nosotros somos propensos a confundir el gozo cotidiano de la vida cristiana en esta era —con toda su profundidad y poder y dulzura— por el “gran gozo” que por ahora es ocasional y que viene en plenitud futura. Y otros pasan por alto la preciosidad del gozo que Dios nos da en esta era porque todavía no es el ''gran gozo'' que se avecina.

Revisión de 13:20 4 mar 2019

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English: The Ebb and Flow of Christian Happiness

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Por David Mathis sobre el Gozo

Traducción por Javier Matus


Contenido

Por qué el “gran gozo” no es normal todavía

Dios ha planeado, por ahora, que nuestro gozo no siempre sea grande.

La palabra gozo aparece 120 veces en la Biblia en español, y mas de cesenta veces en el Nuevo Testamento. El gozo no es una nota secundaria en la Palabra de Dios, sino un tema masivo e inevitable. Sin embargo, de las sesenta y cinco menciones en el Nuevo Testamento, solo cuatro veces oímos hablar del “gran gozo”. La atención cuidadosa a la palabra gran puede ayudar a aclarar la confusión para algunos y aliviar la culpa innecesaria para otros.

Algunos de nosotros somos propensos a confundir el gozo cotidiano de la vida cristiana en esta era —con toda su profundidad y poder y dulzura— por el “gran gozo” que por ahora es ocasional y que viene en plenitud futura. Y otros pasan por alto la preciosidad del gozo que Dios nos da en esta era porque todavía no es el gran gozo que se avecina.

Jesús vino para que tengamos vida y la tengamos en abundancia (Juan 10:10), pero no la tenemos toda ahora. Él vino para que pudiéramos tener gozo, gozo verdadero, gozo maravilloso, “gozo inefable y glorioso” (1 Pedro 1:8), y aún queda un “gran gozo” que muestreamos por ahora y experimentaremos sin interrupción en la era por venir.

Cuatro vistazos del gran gozo

Nace el Mesías

Tanto Mateo como Lucas hablan del “gran gozo” en la primera venida de Jesús. Primero los magos: “Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo” (Mateo 2:10). Luego, mientras los ángeles heraldos anunciaron a ciertos pastores: “No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo” (Lucas 2:10).

Finalmente, el Mesías prometido de Israel había venido —y no solo el descendiente ungido del rey David, sino el mismo Dios en la Persona de su Hijo. Él Se ha vestido de nuestra carne y sangre, y ha venido a salvarnos. En tales momentos, el gozo ordinario no bastará. Tal es una ocasión de gran gozo.

El señor ha resucitado

¿Cuánto más, entonces, cuando las tinieblas de Su tortura y crucifixión han pasado, y las noticias de que Él está vivo comienzan a extenderse?

De nuevo, Mateo y Lucas hablan del gran gozo. “Ellas, saliendo del sepulcro con temor y gran gozo, fueron corriendo a dar las nuevas a sus discípulos” (Mateo 28:8). “Ellos, después de haberle adorado, volvieron a Jerusalén con gran gozo; y estaban siempre en el templo, alabando y bendiciendo a Dios” (Lucas 24:52-53). El gozo de la resurrección no es el gozo cotidiano.

El evangelio va a las naciones

También es apropiado cuando se esparcen las noticias en la iglesia primitiva que los gentiles —¡incluso los gentiles!— están acogiendo al Mesías judío como su Señor. “[Pablo y Bernabé] pasaron por Fenicia y Samaria, contando la conversión de los gentiles; y causaban gran gozo a todos los hermanos” (Hechos 15:3).

Si hay gozo ante los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente (Lucas 15:10), ¿cómo puede el estallido del evangelio desde los judíos hacia las naciones no ser ocasión de gran gozo?

Finalmente en Su presencia

Los tres primeros son eventos pasados, pero la poderosa doxología de Judas nos da un vistazo futuro de lo que nos depara el último gran gozo: “Y a Aquel que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de Su gloria con gran alegría [gozo] …” (Judas 24).

El día que estemos ante nuestro Dios y veamos a Jesús cara a cara no será un día ordinario. Este no será un gozo ordinario. Este será un día de gran gozo que dará paso a una eternidad de gozo grande y cada vez mayor.

Gozo más profundo que la tristeza

Por ahora, sin embargo, el gozo cristiano está atrapado en la tensión del ya y el todavía no. Ya Cristo ha venido la primera vez. Ya ha pagado por nuestros pecados y ha resucitado como nuestra esperanza viva. Ya está sentado en gloria al lado de Su Padre y nos ha dado Su Espíritu. Ya Dios nos ha hecho nacer de nuevo, para probar y ver Su bondad, y para experimentar un gozo en Él en esta vida que es más profundo y más duradero que cualquier cosa que el mundo pueda ofrecer.

Pero todavía no estamos en casa. Hay “plenitud de gozo” en Su presencia (Salmo 16:11), donde ascendemos por la fe, a través del Espíritu, pero todavía no estamos completamente y finalmente allí. Vivimos con “las aflicciones del tiempo presente” (Romanos 8:18), por devastadoras que puedan ser. Y las sobrellevamos no solo en el gozo que tenemos, sino en la luz del gran gozo que se nos promete. De hecho, el gran gozo que se nos promete es esencial para el gozo que tenemos. Las cosas que sobrellevamos por ahora “no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse” (Romanos 8:18). Nuestro mundo no solo gime bajo la maldición del pecado, sino que “nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo” (Romanos 8:23).

En esta era, nuestro gozo rara vez se escapa de la carga de las tristezas regulares, algunas de ellas grandes. Pero el gozo y la tristeza no son iguales. Incluso nuestro gozo del todavía no es más profundo que nuestros sufrimientos actuales y más perdurable que nuestros muchos dolores. Estamos “entristecidos, mas siempre gozosos” (2 Corintios 6:10).

Áspero, Mixto, Real

Cuando Jesús nos invita al gozo, no promete ni espera un gran gozo en cada momento. Todavía no. Y Él no quiere decir que esperemos una euforia cotidiana y un júbilo exaltador. Tendremos nuestros momentos de gran gozo. Dios nos da ocasiones que hacen eco de la alegría explosiva que vino con el nacimiento y la resurrección de Su Hijo y que anticipan nuestra futura aparición cara a cara ante Él. Estas son maravillosas; que Dios las aumente.

Y, sin embargo, el “gran gozo” no es la experiencia o la demanda de la vida cristiana cotidiana en esta era. Nuestra porción, por ahora, no es el éxtasis diario. Todavía no hemos llegado a la dicha final. Nuestro gozo, por ahora, es áspero. Está mezclado. No es simple. No está sin alterar, sin manchar, sin diluir. Y sin embargo es real. Y es poderoso para demostrar el valor y la excelencia de Dios, porque nuestro gozo es desafiado desde adentro y desde afuera por tantos obstáculos.

El gran gozo por venir ciertamente glorificará a Cristo, pero parte de por qué será tan poderoso es porque sigue el gozo real pero agredido que vivimos aquí. El gozo y el gran gozo tienen su lugar en magnificar el valor de Dios. Primero el uno; luego el otro. Cualquiera sin el otro no sería tan glorioso para Dios, ni tan finalmente satisfactorio para nuestras almas, como lo son los dos juntos en su momento adecuado.


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