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English: Find a Storm to Stir You

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Por Marshall Segal sobre Santificación y Crecimiento

Traducción por Romina Amisano


La complacencia cae suave, incluso de forma agradable, sobre un alma que se encuentra dormida. Es el secreto de su atractivo y poder sobre nosotros. La persona indulgente anhela el confort, la tranquilidad, la facilidad: una vida interior que se asemeja a un lago sereno, justo antes del atardecer. Las aves huyeron, los peces descendieron, los demás animales se escondieron con la llegada de la noche. Hasta el agua se detiene para descansar. Sereno. Pacífico. Sin molestias.

Las personas indulgentes pueden realizar muchas cosas, pero no lo más importante, lo que nos exige más. Pocos de nosotros nos consideramos indulgentes, por supuesto. La vida es complicada y dura, y a menudo te abruma. Pero debajo yace una quietud inquietante, no se trata de la quietud de la paz, la seguridad y la alegría, sino de un estancamiento espiritual. Tal como un niño en el asiento del auto, el ritmo acelerado de la vida lentamente adormece nuestras almas.

La biblia se mantiene cerrada por días a veces. Las plegarias son más rápidas y menos frecuentes. Mantenemos un ojo en nuestro e-mail, nuestros mensajes, nuestras respuestas. Las conversaciones son superficiales y se sienten incómodas. Se multiplican las excusas por faltar a la iglesia. Las necesidades a nuestro al rededor pasan desapercibidas. Nos vamos a dormir y nos despertamos con ansiedad y distraídos, y no sabemos bien por qué. El mar espiritual dentro nuestro pasa de estar inquieto, a perezoso, adormecido.

A menos, claro, que Dios nos envíe, amorosamente, una tormenta para despabilarnos:

Pensemos cómo hacer para incitarnos unos a otros hacia el amor y las buenas obras.

Contenido

Provocar el bien.

El encargo pastoral en Hebreo 10:24—25 es tan familiar que ya no resulta provocativo. La tormenta que describe puede sonar más como una suave brisa.

Pensemos cómo hacer para incitarnos unos a otros hacia el amor y las buenas obras, sin descuidar el encuentro, como es habitual en algunos, sino alentándonos unos a otros especialmente, al ver que se acerca el Día.

Incitar en griego significa “provocar” o “agitar”. La misma palabra se usó en el nuevo testamento, y describe —sorpresivamente— el fuerte desacuerdo entre Pablo y Bernabé en relación con Juan Marcos (actos 15:39). Hay cierta agudeza en el imaginario. Sacúdanse, descolóquense, moléstense mutuamente, con una sagrada interrupción, hasta que el amor desborde y las buenas obras florezcan.

¿Por qué utilizar un lenguaje tan duro para describir la vida diaria en la iglesia? Porque, como cualquier otro predicador, el escritor de los Hebreos sabe lo fácil que es para cualquiera de nosotros caer en vidas en las que reinan poco el amor y las buenas obras. Sabe cuánto necesitamos de tormentas fraternales para mantener nuestros espíritus alertas y vivos para Dios.

Primer paso para una buena sacudida.

¿Cómo enviamos estas tormentas fraternales con amor? EL primer paso para sacudirnos unos a otros puede ser tan obvio que lo pasamos por alto. Como figura en el siguiente verso: “sin descuidar el encuentro, como es habitual en algunos...” EL primer paso para sacudirnos mutuamente es, simplemente, vernos cara a cara, encontrarnos asiduamente en el mismo lugar con el fin de disfrutar y obedecer a Jesús.

Muchos sentimos la dolorosa ausencia de ello en los últimos años, con los cierres y el distanciamiento social. Nos esforzamos por tratar de salvar las distancias con el uso de la tecnología, pero lo sentimos insuficiente. Más allá de toda la confusión, tensión, pérdidas y angustia, una de las lecciones que nos estaba enseñando Dios era que necesitamos que nos sacudan, que necesitamos más que llamadas a través de Zoom y transmisiones en directo, necesitamos el encuentro. Dios le ha dado a la presencia un poder de conmover el alma que los textos y las pantallas no pueden reemplazar.

Y, sin embargo, tanto antes como ahora, algunos no le dan importancia al regalo y a la necesidad de la presencia. ¿Por qué algunos hicieron de evitar el encuentro, un hábito? Puede haber muchas y variadas excusas, pero es probable que comparta una misma raíz: algún pecado sin arrepentimiento (próximo verso: Hebreos 10:26). Bien sabían que los pecados mueren en la iglesia, de manera que hallaron la forma de mantenerse lejos de ella. Tal vez fue un pecado sexual secreto. Tal vez, alguna amargura por una herida del pasado. Quizá fue envidia por el matrimonio de otros, o los hijos, o el hogar, o el éxito. O, tal vez, un ídolo para el propio disfrute. Primero, tuvieron una mala mañana y se perdieron la misa una vez. Después, un par de veces en un mes. Luego, casi todo el verano. Y con el tiempo, la ausencia pasó de ser una rareza a ser la norma. Un hábito.

Las tormentas que necesitamos solo llegarán cuando continuemos invirtiendo lo que cuesta encontrarnos. Semana tras semana, necesitamos que nos despierten. Necesitamos que nos recuerden que Dios existe. Necesitamos que nos recuerden que Él vino realmente en carne y hueso, que murió sin haber pecado en nuestro lugar, y que tres días después regresó de su tumba. Precisamos que nos recuerden que todas las cargas y responsabilidades que se sienten tan pesadas y demandantes son pequeñas y livianas comparadas al premio que nos espera. Necesitamos que nos recuerden que el pecado nos arruinará. Precisamos liberarnos de esa neblina espiritual que nos adormece, y que se instala con tanta facilidad. En otras palabras, necesitamos encontarnos.

Amor preparado para nosotros.

Cuando nos incitamos unos a otros hacia el amor y las buenas obras, nos unimos a lo que Dios ha estado concibiendo por siglos. Estamos siendo utilizados por Dios para llevar a cabo un plan que Él ideó antes del nacimiento del mundo. “Somos obra suya —escribe el apóstol Pablo— creados en Cristo Jesús para las buenas obras, las cuales Dios creó de antemano para que camináramos en ellas” (Ephesians 2:10). Cualquier obra buena que realicemos hoy, es una buena obra que Dios mismo preparó para nosotros.

“Dios nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo, para que seamos santos e irreprochables ante él” (Ephesians 1:4). Y sabía qué formas y colores tomaría esa santidad. Él conocía y planeó los detalles de nuestro amor, nuestra paciencia, nuestra amabilidad, nuestra generosidad y hospitalidad. Los pasos correctos que damos, con su ayuda, son pasos que él puso delante de nosotros. Antes de que Dios vertiera el océano Pacífico, había planeado maneras para que nosotros interviniéramos y nos sacrificáramos por los demás. Antes de que Dios diseñara los campos de girasoles en Italia, había plantado necesidades que descubriríamos y enfrentaríamos. Antes de formar los Himalayas o de esculpir el Gran Cañón, había preparado conversaciones fructíferas para que mantuviéramos, incluso esta semana.

Y nos ayudamos unos a otros en el camino a las buenas obras, obras escritas específicamente para nosotros, antes de que supiéramos que era una buena obra. De hecho, incitar a otros a este amor cristiano es una de las buenas obras que Dios nos preparó de antemano.

Considerarnos unos a otros

Sin embargo, quizá la dimensión mas ignorada de la orden de incitarse unos a otros sea cuán personal es: “Pensemos cómo hacer para incitarnos unos a otros hacia el amor y las buenas obras”. Literalmente, “unos a otros” es el objeto del verbo pensar: “Considerémonos unos a otros...” Provocar bien a los demás comienza con estudiar bien a los demás. Significa prestar suficiente atención para conocer las habilidades y los planes particulares, las tentaciones y los temores, los desafíos y las oportunidades de cada uno. Estas son las preguntas tipo que podríamos realizar al pensar en los demás:

A menudo, bastan las preguntas correctas para despertar la consciencia, el altruismo, la creatividad y el amor adecuados. Y si las personas que nos aman y nos conocen bien nos lo preguntan con constancia, pueden servir como una especie de reloj despertador espiritual que nos llama para salir del adormecimiento.

Entonces, ¿quién saca tu corazón de la calma tranquilizadora de la complacencia? ¿Qué amistad despierta la convicción, la ambición y la alegría adecuadas? Y, ¿quién podría necesitar que tú seas su tormenta de amor?


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