La soledad en el sufrimiento

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English: The Loneliness of Suffering

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Por Vaneetha Rendall Risner sobre Sufrimiento

Traducción por Cielo Melisa Schmura

Una de las peores cosas sobre el sufrimiento es la soledad.

Es inevitable sentirme sola. Aunque mis amigos puedan ayudarme no pueden compartir mi tristeza. Es algo muy profundo.

Cuando la pérdida es reciente las personas están cerca: llaman, ofrecen ayuda, envían cartas y te acercan algo rico de comer. La forma en la que se preocupan aminora ese dolor punzante, pero solo por un tiempo.

Luego dejan de preocuparse. No más comida rica, el teléfono deja de sonar, la casilla de mensajes está vacía.

Nadie sabe qué decir. No saben bien qué preguntar, y generalmente, no dicen nada.

A veces está bien, es difícil hablar del dolor. Yo no quiero su lástima, no quiero ver sus ojos llenos de pena, no quiero sus palmadas en la espalda y mucho menos quiero escuchar la pregunta... “¿Cómo estás hoy?”

No sé cómo responder esa pregunta, no sé cómo estoy. Una parte de mi está rota, nunca seré la misma de antes. Mi vida cambió por completo.

Pero otra parte de mi quiere volver a la normalidad, a lo que conocía, a pasar desapercibida en la multitud.

No sé qué es lo que quiero

No quiero ser desagradecida con el apoyo que me brindan mis amigos. Y en mis mejores días puedo ver y apreciar todos sus esfuerzos. Pero en mis peores días estoy enojada y frustrada. Me pregunto por qué las personas no pueden darme lo que quiero. ¿No saben qué es lo que quiero? ¿Acaso no saben leer las señales? ¿Por qué no pueden saber qué es eso que me haría sentir mejor?

El problema es que no pueden saberlo, porque ni yo misma lo sé.

Esta es la parte más rara del dolor, no sé qué es lo que quiero. No sé qué es lo que me va a satisfacer. Y de alguna forma, nada de lo que hagan los demás puede satisfacerme. Porque mis expectativas son inestables, injustas y reflejan mi egoísmo.

Y eso es lo que hace un dolor profundo, ya sea físico o emocional. Solo me importo yo: mis necesidades, mi dolor, mi vida. De alguna forma olvido que los otros también tienen problemas, que lidian con sus propias vidas y dolores. Quieren ayudarme, pero no pueden hacer mucho.

Sola con Dios

Al estar frustrada con la situación de que otros no pueden calmar mi dolor, debo recordar que yo debo llevar una parte de mi sufrimiento.

Pablo habla sobre esto en Gálatas 6:2 y dice: “Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo.” Y luego, tres versículos después les recuerda: “porque cada uno llevará su propia carga.” (Gálatas 6:5).

La palabra que Pablo usa para ‘carga’ implica cargas que sobrepasan nuestras fuerzas. En aquellos días, los viajantes solían llevar cargas pesadas y otros los ayudarían llevando ese peso por un tiempo. Sin ayuda, esas cargas podrían ser devastadoras. Esto es similar a la ayuda tangible que ofrecemos: actos de servicio, oraciones, estar ahí para otros.

La palabra ‘carga’ es algo proporcionado para nuestra fuerza individual. Podría ser un soldado llevando un paquete y podría ser un trabajo constante de procesar nuestro dolor, las partes de nuestro sufrimiento que nadie más puede llevar por nosotros, cargas que debemos llevar nosotros mismos.

Ni siquiera nuestros amigos más cercanos, los que más se preocupan por nosotros, ellos no pueden estar con nosotros en nuestro dolor. Pueden llorar con nosotros, pero no pueden caminar con nosotros.

Y Jesús lo comprende. En los momentos en los que necesitó de alguien, sus amigos lo abandonaron. Esos amigos que dijeron que morirían por el no pudieron mantenerse despiertos y orar con él.

Y en ese momento Jesús estaba solo. Con Dios.

Tal como nosotros. Al final, todos estamos solos con Dios.

¿A dónde voy?

¿Qué hacemos cuando nos sentimos vacíos, sin nada? Cuando nadie comprende nuestro sufrimiento, y a nadie le importa. Cuando no tenemos esperanza, cuando estamos cansados e insoportablemente solos.

Leer la Biblia, y orar.

Lee la Biblia, aunque sientas que no tiene sentido. Ora aun cuando sientas que estás hablando con una pared.

¿Suena sencillo? Lo es.

¿Suena difícil? También lo es.

Pero leer la Biblia y orar es la única forma en la que aprendí de mi sufrimiento.

No existen atajos para sanar. A veces desearía que existan, porque quiero seguir adelante. Pero en muchas formas estoy agradecida por este proceso de transformación por el que estoy pasando.

Un proceso que requiere leer la Biblia y orar.

No es solo leer

Cuando leo, no se trata solo leer palabras por una cierta cantidad de horas. Hay que meditar en la palabra, escribir lo que Dios nos está diciendo, pedirle que se nos revele creyendo que Dios usa sus escrituras para enseñar y aliviar, que nos enseñe cosas maravillosas en su ley (Salmos 119:18) y que nos anime con sus promesas (Salmos 119:76).

Si leemos de esta forma, cobrará sentido y estaremos recibiendo maná. Cito a Jeremías que dijo: “Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón; porque tu nombre se invocó sobre mí, oh Jehová Dios de los ejércitos.” (Jeremías 15:16).

No es solo orar

Cuando digo orar, no me refiero a recitar palabras sin sentido y sacar nuestra lista de necesidades. Quiero decir que oremos de verdad. Hablemos con Dios con toda honestidad, como lo haríamos con un amigo. Oremos leyendo un salmo, llorándole desesperadamente, pidiéndole ayuda específica y sabiendo que responderá.

Lo que me transforma es pasar tiempo con Jesús, sentarme con él, lamentarme con él, hablar con él y escucharlo.

Y aunque me encantaría que mis amigos puedan consolarme, nadie me conoció como Dios me conoce. Nadie me dijo nada que me haya transformado como lo hicieron las escrituras, y ninguna presencia jamás me alentó como la presencia del Espíritu Santo.

Mis amigos pueden ayudarme, pero no pueden sanarme.

Solo el Dios vivo y su palabra viva pueden hacerlo.

Este camino de sufrimiento, de desesperanza y soledad me llevan directamente con mi Salvador. Este es el único camino que vale la pena seguir,

Porque solo Jesús puede sanarme.


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