Las mujeres cristianas no siempre se someten

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English: Christian Women Don’t Always Submit

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Por Abigail Dodds sobre Santificación y Crecimiento

Traducción por Adriana Blasi


Estoy convencida que nosotras las mujeres tenemos un problema para someternos. Un problema de sumisión enorme. No es simplemente que no nos sometemos a nuestros maridos —sino que no nos detendremos en someternos ante el mundo. El problema de las mujeres y la sumisión es que el énfasis está colocado en los lugares equivocados. Nos sometemos voluntariamente a las normas de este mundo.

En Colosenses 3:18, Pablo se dirige a las mujeres cristianas y les dice "sométanse a sus maridos, como conviene en el Señor". Juntamente con pasajes tales como Efesios 5:22-24 y 1 Pedro 3:1-6, donde éste último versículo tiende a ser tristemente célebre. Hay también de Colosenses un versículo quizás menos conocido sobre "la sumisión".

Si con Cristo ya haz muerto a los principios de este mundo, ¿por qué, como si todavía pertenecieran al mundo, te someten a preceptos, "no manejes, no pruebes, no toques", en conformidad con los preceptos y normas humanas? Estás en apariencia contienen sabiduría, pero de poco valor para evitar la satisfacción de la carne. (Colosenses 2: 20-23)

Las mujeres están llenas de las enseñanzas y dogmas del mundo. Y la gran tragedia es que ellas voluntariamente se ubican bajo esa autoridad. Algunas ni siquiera se dan cuenta de lo que están haciendo.

Ahogándose en un mar de reglas

¿Esto te suena familiar? Nos exigimos llevar ciertos estilos, hasta calzados apretados, para seguir los mandatos de las tiendas que indica que estamos a la moda. Limpiamos nuestros hogares solo con determinados productos. Seguimos toda norma y sugerencia consabida que "ellos" nos dan respecto a cómo ser padres y cómo proteger a nuestros hijos de todo indicio de riesgo. Ejercitamos nuestros músculos, como mínimo tres veces por semana, porque creemos que es "lo correcto" y quizás, simplemente quizás, mantendremos la muerte a raya (o al menos tendremos un vientre plano hasta que ella venga por nosotros). Somos religiosos respecto a la clase de vela que prendemos en nuestros hogares, y el perfume y esencias de aceites que flotan en el aire cuando estamos presente, porque estamos convenidos que nos proveen el remedio "adecuado" que necesitamos.

Reglas son reglas. Come esto. No comas aquello. "No manipule, No pruebe, No toque". Estas no son las reglas de Dios, pero son reglas de todas maneras. ¿Quién puede estar al día con los cambios interminables de las normas de este mundo (y de nuestras propias normas religiosas) al que nos somete el mundo?

¿Estoy diciendo que seguir una dieta es incorrecto? ¿O hacer ejercicio? ¿O limpiar de una manera determinada? ¿O echar mano a ciertos remedios de salud? De ninguna manera. Pero es incorrecto pensar que realizar algunas de ellas es "correcto". Es incorrecto porque confías en el mundo (o en ti mismo) más que en Cristo.

Cristo nos ha dejado muchos para hacer hasta su regreso. Lo último que necesitamos es dedicarnos a realizar una lista de obligaciones que el mundo nos solicita. Debemos "buscar las cosas de arriba" (Colosenses 3:1). Esto significa que debemos "revestirnos de afecto entrañable, bondad, humildad, amabilidad y paciencia" (Colosenses 3:12), de manera de tolerarse unos a otros, y, sobre todo, amar (Colosenses 3:13-14).

Promesas baratas, un manto raído

El hombre ofrece promesas a través de las reglas que construye. Nos manda e indica, "si nos sigues, serás feliz". Pero ninguna cumple realmente. Ninguna cumple su promesa. Aun cuando en un principio cumplen —cuando la dieta nos adelgaza y mejora nuestra digestión, o cuando el cinturón de seguridad correctamente colocado disminuye los riesgos, o cuando los medicamentos o vacunas nos libran de enfermedades— no pueden proporcionarnos felicidad. No pueden proporcionarnos paz y reemplazar nuestros temores más profundos. Las reglas hechas por hombres no pueden curarnos de nuestras enfermedades más severas.

En ocasiones, podemos utilizar las reglas como un manto de confort. Preferimos cumplir con miles de normas que gobiernen cada aspecto práctico de nuestras vidas antes de vivir en la libertad que Cristo nos ofrece. Preferimos "quince reglas en cómo limpiar mejor", "diez reglas en cómo cargar el lavavajillas" y "101 reglas sobre las comidas que no debemos consumir". Las reglas nos dan un sentido de valía, de estar haciendo lo correcto, y de estar en control.

Y, ¿qué pasaría si utilizamos una escala de valores totalmente diferente? ¿Qué pasaría si aceptamos que la búsqueda incansable de valía a través de reglas es contraria al evangelio? Qué pasaría si nos preguntamos, "¿he doblado la ropa con humildad? ¿Lavé los platos con amor? ¿Preparé la cena con paciencia? ¿Trabajé con mansedumbre? ¿Coloqué el cinturón de seguridad con fe al niño?"

Someterse al Señor de la libertad

En otras palabras, deberíamos preguntarnos si estamos viviendo como cristianos. En lugar de creer que la cena es un éxito porque dejamos de incluir todos los ingredientes que no deberíamos comer, podríamos ver la cena como una manera de glorificar a Dios porque la servimos "para agradar al Señor" (Colosenses 1:10), en otras palabras, con amor.

Los cristianos deberíamos asociar todo lo que hacemos o dejamos de hacer, para glorificar a Dios (1 Corintios 10:31) —ya sea que comamos, bebamos, doblemos ropa o compremos comestibles. El punto no es que dejaríamos de pensar acerca de la mejor manera de hacer las cosas, sino que nuestros pensamientos serían los de personas libres que buscan glorificar a Dios. Sabemos que el evangelio de Cristo da fruto en nosotros, cuando aceptamos que ni la comida, ni la ropa, ni la limpieza o doblar la ropa puede elogiar a Dios (1 Corintios 8:8), pero Cristo sí puede —y lo hace.

Debemos comenzar a preguntarnos a quién nos estamos sometiendo. La próxima vez que sientas la obsesión de hacer algo de una manera determinada, en pos de "todo desaparece" (Colosenses 2:22), debes preguntarte, ¿por qué? ¿Es a raíz del miedo o de la fe? ¿Bajo qué autoridad? Propongamos hacer todas las cosas bajo la autoridad y la libertad de Cristo y rechacemos atarnos al yugo de la esclavitud.

Somos mujeres cristianas, esto significa que estamos marcadas por nuestra sumisión y libertad, tanto en las situaciones en que decimos que sí como en las que decimos que no.


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