Los niños, la Iglesia, y los escogidos

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English: The Children, The Church, and the Chosen

© Desiring God

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Por John Piper sobre Niños

Traducción por Carina Alejandra Rojas


Mensaje de un domingo por la tarde

El factor principal en la Biblia sobre los niños es el hecho de que ellos son indefensos y sus vidas totalmente dependientes de los adultos. Nosotros debemos brindarles comida, vestimenta, refugio y protección. De lo contrario, morirían de hambre o de frío, o podrían ahogarse o caerse. Un niño pequeño no sabe nada de la autosuficiencia. Él confía en sus padres para todo, y, por un tiempo al menos, no le importa en absoluto. A él le encanta eso. Y a los buenos padres también.

Ya que el hecho principal sobre los niños pequeños es que son indefensos y dependientes, la Biblia tiene dos cosas generales que decir sobre cómo los adultos deben relacionarse con ellos. Por un lado, el hecho de que no puedan valerse por si mismos nos da a entender que somos llamados a ayudarles, y por otro lado, también ellos nos muestran un ejemplo claro de cómo debería ser nuestra relación con Dios. Tal vez podríamos resumir el panorama total así: debemos ser como los niños en relación con Dios y ser como Dios en relación con los niños. O, para expresarlo de otra forma: Descansar en el cuidado paternal de Dios para suplir todas sus necesidades y usar todas esas provisiones para atender las necesidades de los niños.

Creo que esto es un resumen de lo que la Biblia enseña acerca de los niños y su relación con los adultos. Lo que quiero hacer ahora es explicar con más detalle estas dos advertencias: 1) ayudar a los niños, y 2) ser como niños. Comencemos con la primera: Los niños llegan a este mundo completamente indefensos y Dios nos designa para suplir sus necesidades. El no lo hace independientemente de nosotros, sino sólo a través nuestro.

La primera cosa que debemos poner delante de nosotros es la importancia crucial de los años de la juventud. Eclesiastés 12:1 dice, “Acuérdate, pues, de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos, y se acerquen los años en que digas: No tengo en ellos placer.” De cierto les digo que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que el que un viejo hombre se convierta y entre en el reino de Dios. Perro viejo no aprende nuevos trucos. Y más difícil aún si uno de esos trucos es admitir que ha tirado toda su vida por la borda.

Pero por otro lado, cuanta fortaleza puede surgir del alma de una persona que se ha zambullido en el tema de la fe cristiana y cuya esperanza en el Dios de Abraham, Isaac y Jacob se remonta desde tanto tiempo atrás como pueda recordar. El Salmo 71 fue escrito por un anciano que mira hacia atrás, en su caminar con Dios y dice:

“Oh Dios, tú me has enseñado desde mi juventud, y hasta ahora he anunciado tus maravillas. Y aun en la vejez y las canas, no me desampares, oh Dios, hasta que anuncie tu poder a esta generación… Tú que has hecho grandes cosas; oh Dios, ¿quién como tú? Tú que me has hecho ver muchas angustias y aflicciones, me volverás a dar vida…” (Vers. 17-20).

Es una cosa magnífica cuando un anciano puede ponerse de pie y decir: “Dios ha sido mi esperanza desde mi juventud. He visto muchas angustias y aflicciones pero nunca he sido desamparado, y por la gracia de Dios nunca lo he abandonado.” Deseo que mis hijos puedan decir esto mismo dentro de 70 años. No quiero que ellos tengan que dar ninguna reluciente historia de conversión. Quiero que ellos digan lo mismo que espero yo decir junto con el salmista, “Porque tú eres mi esperanza; oh Señor DIOS, tú eres mi confianza desde mi juventud” (71:5).

Después que el objetivo para los niños se hace evidente, entonces oímos la comisión de Dios para nosotros, formar a los hijos en la fe. Aquí voy a dejar un gran hueco en mi mensaje para ser llenado en otro momento, es sobre la responsabilidad de los padres ─ especialmente de los papás ─ de educar a sus hijos en la fe cristiana en su propio hogar. Suficiente con escuchar a Moisés decir, “Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y diligentemente las enseñarás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes” (Deut. 6:6,7). Estas palabras no pueden ser honestamente parafraseadas como, “Dejarás a tus hijos en la Escuela Dominical para su formación religiosa.” Los padres que hacen eso están básicamente desobedeciendo a Dios. Pero hablaremos más de esto en otra ocasión.

Quisiera que no enfoquemos nuestra atención en eso sino en dos enseñanzas poco comunes en las Escrituras. Hace dos domingos atrás todos los niños desde el primer grado en adelante comenzaron a asistir al culto de adoración del domingo a la mañana acompañados por sus padres o algún adulto responsable en lugar de tener su tiempo de clases especial. Creo que esto se produjo principalmente por mi insistencia, así que pensé que sería bueno decirle a la asamblea completa el por qué de este proceder, tal como se lo dije al Comité de Ed. Cristiana.

Después que Josué hubo guiado a los Israelitas a tomar posesión de la Tierra Prometida y capturado varias ciudades, construyó un altar sobre el monte Ebal y leyó la ley en medio de una gran ceremonia. Josué 8:34-35 declara,

Después Josué leyó todas las palabras de la ley, la bendición y la maldición, conforme a todo lo que está escrito en el libro de la ley. No hubo ni una palabra de todo lo que había ordenado Moisés que Josué no leyera delante de toda la asamblea de Israel, incluyendo las mujeres, los niños y los forasteros que vivían entre ellos.

Por lo menos unas cuantas veces en el Antiguo Testamento los niños fueron incluidos en el culto de adoración.

Existen tres razones, como mínimo, de porqué fui tan insistente en que al menos los niños desde el primer grado en adelante se reúnan con sus padres en el culto. En primer lugar, vivimos en una época en que la familia está siendo presionada desde todos lados para lograr ser fracturada y pulverizada. Padres que trabajan hasta el cansancio y que están demasiado agobiados como para pasar un buen tiempo de calidad con sus hijos; madres que son atraídas y alejadas de sus hijos por causa del trabajo: niños que tienen sus propias actividades, y la única cosa que los atrae hacia la misma habitación es la misma que los convierte en zombis a todos ellos: la televisión. Agregue a esto una cultura cuyo espíritu general es el de “yo primero”, mis propios derechos y mi realización personal, y obtendrá un poderoso ambiente anti-familiar. Es dentro de esta atmósfera que la iglesia, como preservadora de los principios bíblicos, debe encontrar maneras de decir “no” a este tipo de presión y afirmar la profundidad y la belleza de los lazos familiares. Pero ¿dónde y cómo hacerlo? Me parece que el punto principal en nuestra vida corporativa es el punto de partida. Hagamos todo cuanto esté a nuestro alcance para hacer de la adoración un asunto familiar.

En segundo lugar, niños de cinco, seis, siete y ochos años se beneficiarán enormemente de participar en el culto. Muchos niños de seis años han hecho una profesión de fe luego de presenciar un servicio de adoración. Y aun cuando la mayor parte del sermón les resulta difícil de entender, resultan beneficiados de igual manera. Aprenden más teología y devoción de los himnos de lo que nos imaginamos, y llegan a sentirse tan cómodos como en su casa con la forma del culto, de vez en cuando experimentan largos y maravillosos momentos de quietud y pueden llegar a estallar por dentro con el preludio de un órgano o la ferviente oración de un anciano. Semana tras semana ven a cientos de adultos aburrirse en el culto, y a menos que le enseñemos lo contrario, ellos crecerán pensando, “Este es mi lugar los domingos a la mañana, y esta es la forma en que debo comportarme en el culto.” Nunca les entrará en la cabeza la posibilidad de no de asistir al culto y esperar de ellos e insistir en que tengan un buen comportamiento.

Lo que me conduce a la tercera razón para querer que los niños participen de los cultos. Quiero que nosotros, como iglesia, digamos “¡No!” a la actitud indiferente hacia la formación de los niños y a las tan dañinas escasas expectativas puestas en los niños de hoy en día. Pablo dijo en 1 Timoteo 3:4 lo que un obispo o anciano debe hacer: “Que gobierne bien su casa, teniendo a sus hijos sujetos con toda dignidad.” Y puesto que esto se requiere de los ancianos y diáconos (vs.12), también es un ideal para todos nosotros. Los niños deben mantenerse sumisos y respetuosos en todo. Lo opuesto de la sumisión es la insubordinación o desobediencia. Por lo tanto, los niños pequeños deben ser enseñados a obedecer incondicionalmente, sin respuestas insolentes ni demoras. Es una parodia de la paternidad bíblica cuando a un niño se le dice qué debe y qué no debe hacer, y luego cuando desobedece nada sucede, tal vez se le de una molesta repetición de la orden antes dada, y esto por dos o tres veces hasta que se termina con una explosión de ira. Al niño desobediente se le debe dar una nalgada, sin ira, rencor ni humillación, pero si inmediata, consistente y severamente, conforme a las circunstancias, hasta que obedezca. El proverbio nunca dejará de destilar sabiduría: “El que escatima la vara odia a su hijo, mas el que lo ama lo disciplina con diligencia.” Esperar que un niño de seis años permanezca sentado y tranquilo por una o dos horas por semana para honrar a Dios no es una alta expectativa, y nosotros deberíamos exigir esto de nuestros hijos.

Por estas tres razones quisiera que el culto de adoración se vuelva un asunto familiar. Creo que esto concuerda con los principios de las Escrituras y es algo muy necesario, especialmente en nuestros días.

Ahora voy a poner en claro donde nos encontramos. Comencé dividiendo la enseñanza bíblica en dos partes: 1) Debemos ayudarles, y 2) debemos ser como ellos. En la primera parte nos hemos ocupado de cómo ayudarles en la adoración y a participar de los servicios de adoración. Ahora hay otro texto que quiero estudiar bajo esta primera división, la de ayudar a los niños: Lucas 9:46-48:

Y se suscitó una discusión entre ellos, sobre quién de ellos sería el mayor. Entonces Jesús, sabiendo lo que pensaban en sus corazones, tomó a un niño y lo puso a su lado, y les dijo: “El que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe a aquel que me envió; porque el que es más pequeño entre todos vosotros, ése es grande.”

¿Quiénes son los más grandes dentro de la Iglesia Bautista de Belén? ¿El pastor que les predique a todas esas personas el domingo? ¿Los administradores que velan por el movimiento de fondos de la iglesia? ¿Los diáconos, “el principal órgano de coordinación de la iglesia,” responsable de redactar planes y metas? Según Jesús, los más grandes son aquellos que reciben a los pequeñitos en Su nombre. Aquellos que abren las puertas de la casa de Dios y dan la bienvenida dentro de sus grupos a esos preciosos y pequeños pillos por la causa de Cristo ─ éstos son los más grandes. Si somos como Jesús; nunca nos olvidaremos de ellos. Nos alborotaríamos, así como ellos, y daríamos entrada a un rebaño de barrio. Y, sabiendo que la mayoría de ellos llorisquean ante una noche tormentosa, nos pondríamos a orar por ellos durante la tormenta. Y cuando Dios ve esa combinación ─ a los niños pequeños siendo recibidos en Su nombre y a los niños grandes orando en Su nombre ─ entonces derramará como lluvia Sus bendiciones sobre la Iglesia Bautista de Belén.

Ahora bien, la frase “niños grandes” nos lleva a la segunda parte de lo que la Biblia dice sobre los Escogidos y los Niños, es decir, que debemos ser como niños. En Mateo 18:1-4 Jesús dice,

En aquel momento se acercaron los discípulos a Jesús, diciendo: ¿Quién es, entonces, el mayor en el reino de los cielos? Y El, llamando a un niño, lo puso en medio de ellos, y dijo: “En verdad os digo que si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así pues, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos.”

La iglesia no es sólo una asamblea de escogidos sino también una asamblea de infantiles. En el versículo 4 Jesús pone la mira sobre la humildad, “cualquiera que se humille como este niño…” Todos sabemos que los niños no son humildes. Son egoístas y exigentes, y por lo general creen que el mundo entero debe girar en torno a ellos hasta que uno les enseña lo contrario. Pero ellos sí son humildes en un sentido, en que son indefensos y dependen mucho de sus padres para lo que necesitan para vivir y no tratan (al menos cuando son pequeños) de negar o escapar de esta dependencia. Ellos, normalmente aceptan y están felices por la provisión que les brindan mamá y papá, y en sus primeros años ellos viven prácticamente despreocupados porque saben que mamá y papá siempre cuidan de ellos. Duermen cuando todo el mundo está agitado; ríen cuando todo el mundo se queja; reposan lánguidamente en el cochecito mientras todo el mundo está tenso. Y en estos tiempos son para nosotros la imagen de esa confianza infantil que deberíamos tener en Dios, nuestro Padre. Usted tiene que ser humilde para reconocer su impotencia ante Dios y aceptar la condición de un niño en su cochecito. Pero el resultado es fantástico: estimulamos todo ese celoso y paternal amor de Dios hacia nosotros y somos libres de toda ansiedad.

Para resumir, entonces, lo que creo que la Biblia enseña principalmente acerca de nosotros y de los niños: Debemos descansar en el cuidado paternal de Dios para suplir todas nuestras necesidades y luego utilizar todas esas provisiones para satisfacer las necesidades de los niños en casa y en la iglesia. Debemos ser como niños en relación con Dios y ser como Dios en relación con los niños.


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