Los profetas: Durante el exilio

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English: The Prophets: During the Exile

© Ligonier Ministries

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Por O. Palmer Robertson sobre Figuras Bíblicas
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Traducción por Maria Luisa Yudice


Ezequiel y Daniel experimentaron el exilio. Las palabras resbalan con facilidad sobre la lengua. Nos complace conocer “esta brutal realidad” sobre estos dos profetas. La próxima vez que participemos en un concurso de preguntas sobre la Biblia, estaremos seguros de al menos una respuesta: Ezequiel y Daniel fueron profetas en el exilio.

Pero tener esta clase de actitud hacia la “realidad” del exilio de Israel es como saber que un Huracán categoría cinco golpeara la ciudad donde naciste en Florida dentro de las próximas horas. ¿Cómo puedes tratar esto de manera calmada y simple? Un huracán significa devastación, destrucción y muerte. El exilio significa la misma cosa. Exilio significa devastación, destrucción, demolición y muerte.

Entonces, ¿Qué estaba haciendo el Diosque todo lo controla? No tenemos problemas con el llamado de Abraham de su vida pagana como un adorador de ídolos. Creemos que Él liberó soberanamente a Israel de la esclavitud de Egipto y que instituyó la alianza con Moisés y David. Pero, ¿Cómo encaja el exilio dentro del progreso de redención? ¿Había determinado Dios seguir un curso diferente con su gloriosa promesa?

El exilio del pueblo de Dios, la aparente reversión de todo el proceso de redención, significa diferentes cosas para diferentes personas. Para los rebeldes apostatas, significa el infierno de la separación de Dios. Ellos ya no podían reclamar la salvación del Señor como expectativa personal. Habían sido desheredados de la promesa del Señor, solemnemente declarados ser “Lo Ami”, “No mi pueblo”. Para otros, el exilio, significaba corrección del tipo más severo. La mano del Señor se posó fuertemente sobre los creyentes desobedientes, que ponían la fe en compromiso , quienes no habían caminado fielmente en el camino del Señor.

Pero ¿Qué sobre Ezequiel y Daniel? Ellos estaban entre los pocos fieles. ¿Por qué debían someterse al dolor agonizante de ser arrancados de su tierra que fluye leche y miel, de su familia, de sus amigos, del templo, del sacerdocio y del sacrificio?

Por el exilio estos profetas se convirtieron en los recipientes de la revelación redentora en una forma que nunca antes había sido experimentada por el pueblo de Dios. Llegaron a entender los planes y propósitos de su soberano Dios que iban más allá de todas las revelaciones anteriores de sus gloriosas intenciones.

Miren a Ezequiel. Primero lo encontramos junto al río de Babilonia, entre los primeros cautivos esclavizados de Israel. Pero desde aquella improbable posición ventajosa, ¿Qué ve? Él no es como Moisés que tuvo ante él la visión panorámica de la Tierra Prometida desde la cumbre del Pisga. No es como Salomón, parado en el monte de Sión ofreciendo una majestuosa oración de consagración ante el templo terminado. Él está muy, muy lejos, luchando por una vida bajo el látigo de los gobernantes opresivos de Babilonia.

Entonces, ¿Qué ve? ¿Qué visión de la Gloria del Señor ilumina sus circunstancias?

El ve la Shekinah, la gloria de Dios con todo su esplendor. Ve ruedas girando, zumbando que sostienen el trono del carro del Todopoderoso, el Omnipotente, Omnipresente, el Omnisciente.

Pero, ¿Cómo podía ser esto? ¿No había designado el Señor el Monte de Sión en Jerusalén como el lugar de Su permanente morada?, ¿No llenó la gloria del Señor el templo de Salomón? Y ¿No había estado Él allí y no en ningún otro lado en todo Su esplendor entre las naciones de los hombres? Entonces, ¿Qué hacía la Shekinah, la Gloria de Dios en Babilonia?

Estos profetas del exilio tienen algo para enseñarnos que no debemos olvidar. Dios no está atado por los lugares y desempeños de los hombres. No puede ser localizado en un edificio en particular hecho por manos humanas o en una organización política o religiosa específica, no importa lo pura o recta que pueda ser dicha organización. Él puede (y lo hará) demostrar su gloria en Babilonia entre un pueblo esclavo tan fácilmente como lo hizo en Jerusalén entre un pueblo sacerdotal. Como dice el Señor por medio de Su profeta: “Aunque yo los había echado lejos entre las naciones, y aunque yo los había dispersado por las tierras, sin embargo fui para ellos un santuario por poco tiempo en las tierras adonde habían ido”. (Ezequiel 11:16, LBLA).

Hasta la venida encarnada del Señor no pudo ser entendido todo el peso de esta visión profética. El mismo Señor Jesucristo resaltó las implicaciones de esta perspectiva distintiva del exilio: “La hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre…. Dios es espíritu, y los que le adoran deben adorarle en espíritu y en verdad.” (Juan 4:21,24, LBLA).

Entonces para Ezequiel la gloria de Dios parte del templo en Jerusalén. El exilio significa la salida de la perdurable y bendita presencia de Dios de las antiguas costumbres y de los antiguos días. Pero cuando finaliza el majestuoso libro el profeta tiene una visión del regreso de la gloria de Dios a un ensanchado templo que se extiende mucho más allá de los picos del Monte Sión. Proféticamente anticipa la gloria expandida de la morada de Dios entre todas las naciones del mundo.

Hoy podemos entender el mensaje del profeta mejor de lo que él pudo entenderlo. Hoy somos testigos de la gloria perdurable de Dios en las asambleas de la iglesia de Cristo y en los corazones de los hombres a través de todo el mundo.

Simultáneamente con la visión del profeta Ezequiel vinieron las ideas inspiradas de Daniel, el estadista. Ezequiel como sacerdote se concentra en el templo como centro de adoración del pueblo de Dios. Daniel como estadista político se enfoca en el reino de Dios en su relación con los poderes nacionales de sus días así también como en los días que vendrían.

Daniel primero describe un coloso con cuatro segmentos (Dan.2). Estas cuatro secciones de la estatua representan cuatro imperios mundiales sucesivos y corresponde estrechamente a la visión posterior de Daniel de las cuatro bestias (Dan.7). Estas cuatro imágenes sucesivas anticipan tan precisamente los Reinos de Babilonia, Medo-Persa, Griego y Romano que los críticos incrédulos argumentan que el libro de Daniel debe haber sido escrito después de que al menos tres de estos cuatro reinos ya hubiesen aparecido sobre la escena de la historia.

Pero nada puede privar a Dios de Su prerrogativa de tener un plan para este mundo, de ejercitar su plan a través de la historia humana, y revelar este mismo plan a Sus siervos los profetas. Culminante para ambas visiones es la apariencia de una imagen que suplanta todos los poderes políticos del mundo para realizar los propósitos de redención de Dios. Primero, una piedra, “no cortada por manos humanas” destruye la estatua gigante y luego se expande para llenar toda la tierra (Dan. 2:34-35). Luego en la segunda visión, uno, “como un Hijo de Hombre” viene con las nubes del cielo, indicando Su naturaleza divina. Esta persona gloriosa que viene “como un Hijo de Hombre” recibe autoridad, gloria y poder soberano sobre todas las naciones del mundo. Su dominio nunca pasará. (Dan. 7:13-14).

Estas visiones de la extensión universal del reino mesiánico de Dios aparecen en el contexto de la vida del Daniel exiliado en la corte del poderoso monarca de Babilonia. En contraste duro con el provincialismo que podría asociarse con un evangelio exclusivamente judío, las buenas noticias de estas visiones concedidas a Daniel en el exilio muestran el reino del Mesías abrazando y reemplazando todos los Imperios terrenales. Más tarde Daniel aprende que el Todopoderoso ha decretado un tiempo específico “para poner fin a la transgresión, para terminar con el pecado, para expiar la iniquidad, para traer justicia eterna, para sellar la visión y la profecía, y para ungir el lugar santísimo.” (Dan- 9:24). A causa de la percepción de Daniel del establecimiento de un dominio mundial para el reino mesiánico, este mensaje trae la esperanza a todos los pueblos del mundo. Por la dispersión del pueblo Dios por el exilio, el carácter universal de este mensaje de salvación para los pecadores puede ser totalmente comprendido ahora.

Así que la experiencia del exilio de Israel no debe verse desde una perspectiva totalmente negativa. En cambio, el exilio subraya algunas de las verdades más significativas de la fe cristiana. El Reino Mesiánico no está limitado a una comunidad geopolítica. En lugar de eso, los objetivos redentores de Dios abrazan a todas las naciones y pueblos del mundo.


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