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Por David Mathis sobre Santificación y Crecimiento

Traducción por Javier Matus


¿Alguna vez te has detenido para considerar la fuerza y el poder de Dios?

Es bueno para nosotros reconocer cómo Su fuerza sobrepasa todo lo que puede parecer muy fuerte en comparación con nosotros. Ya sean levantadores de pesas olímpicos, o el cuerpo musculoso de un gorila de 180 kilos, o las fauces de un gran tiburón blanco, o el notable poder erosivo del agua que cae, o un terremoto o un volcán, no es demasiado difícil para nosotros dejarnos impresionar por tanta fuerza, y luego razonar fácilmente que el Creador de tales cosas debe ser infinitamente más fuerte. Pero solo podemos llegar hasta cierto punto tratando de hacer que nuestras mentes comprendan la fuerza infinita.

Y, sin embargo, Dios no quiere que pensemos sobre Su poder meramente como una cosa física. Si lo quisiera, la Biblia sería un libro muy diferente. Se leería más como un libro de texto de ciencias y dedicaría más tiempo a contarnos sobre el tipo de cosas que aprendemos del mundo natural.

Romanos 1:19-20 dice que “lo que de Dios se conoce les es manifiesto” para todos nosotros, porque Dios nos ha mostrado “Su eterno poder y deidad… por medio de las cosas hechas”. La fuerza física de Dios debería ser evidente para todos nosotros al hacer las observaciones más simples sobre el mundo en el que vivimos.

Pero en las Escrituras, Dios quiere enseñarnos acerca de Su fuerza de maneras más importantes y significativas que solo las físicas.

A través de la tormenta y a través del fuego

Una manera esencial en la que Dios muestra Su fuerza es en el ámbito moral. La llamamos santidad. Y Él muestra Su fuerza no solo a la defensiva, sino también a la ofensiva. Dios Mismo no solo no sucumbe al poder del pecado, sino que Su poder es más fuerte que el poder del pecado. Su fuerza rompe la fuerza del pecado. Su habilidad para redimir supera la habilidad del pecado para arruinar.

Otra manera en la que Dios se muestra fuerte es en Su capacidad para sostenernos en las circunstancias más difíciles de la vida. Hay un “poder que Dios da, para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo” (1 Pedro 4:11), y Su poder está en su nivel más poderoso cuando estamos en nuestros momentos de mayor necesidad.

El verdadero campo de pruebas de Su poder no es nuestros días tranquilos, soleados y felices, sino los momentos en que las nubes se juntan. Él flexiona más Su fuerza no en la calma, sino en la tormenta. No en lo fresco de nuestras vidas, sino cuando nos encontramos en el fuego.

Jesús es más fuerte

Lo que nos une a la fuerza de Dios, tanto para romper nuestro pecado como para sostenernos en nuestro mayor sufrimiento y dolor, es la gran manera culminante en la que Dios se muestra fuerte: en la cruz de Cristo.

Cuando Satanás parece estar en su nivel más fuerte, Jesús está listo para mostrarse más fuerte de una manera tras otra. “El dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos” (2 Corintios 4:4), pero Jesús abre los ojos de los ciegos. “El príncipe de la potestad del aire… ahora opera en los hijos de desobediencia” (Efesios 2:2), pero Jesús está obrando en nosotros, transformándonos lentamente en hijos de justicia. Tal como 1 Juan 4:4 nos da estas palabras profundamente alentadoras: “Mayor es El Que está en vosotros, que el que está en el mundo”.

Por más fuerte que parezca Satanás, por más poderoso que sea la atracción del pecado, por más esclavizante que se sienta nuestra vergüenza, por más funestas que parezcan nuestras circunstancias, Jesús es más fuerte. Él es más fuerte que Satanás, más fuerte que el pecado, más fuerte que la vergüenza, más fuerte que cualquier tormenta y fuego de sufrimiento y dolor, y aun más fuerte que la muerte misma.

Jesús verdaderamente es el Señor de todos.


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