Ninguno de mis sufrimientos sorprende a Dios

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Última versión de 14:17 30 abr 2020

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English: Nothing I Suffer Surprises God

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Por Vaneetha Rendall Risner sobre Sufrimiento

Traducción por Yura Gonzalez

¿Cómo va a terminar esto? ¿Cuán duro será? ¿Cuán larga será esta prueba?

A menudo estas preguntas son el centro de mis preocupaciones. Quiero pensar que se trata de un problema pasajero. Que mis miedos carecen de fundamento y que lo que está sucediendo va a terminar bien.

Hace unos días estuve preocupada por un nuevo problema de salud inexplicable, no sabía cuál podría ser el problema subyacente. Esto, sumado al intenso dolor que ya me causa el postpolio. La situación me venía molestando durante semanas sin respuesta alguna. Tenía demasiadas interrogantes. Estaba sentada frente a la Biblia, leyendo la palabra de Dios en las Escrituras, pero mi mente andaba por algún lugar lejano.

Tomé el teléfono y escribí las preguntas en Google. Busqué y busqué utilizando diferentes términos para descifrar lo que mis síntomas indicaban. Me preguntaba si debería estar preocupada. Quería seguridad de que iba a estar bien. Encontré algunas respuestas esperanzadoras pero aún no me sentía convencida. Entonces regresé a la leer la Biblia deseando no haber interrumpido mi tiempo con Dios.

La respuesta no está en la información

Entonces leí, “Dios es nuestro refugio y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos aunque la tierra sufra cambios, y aunque los montes se deslicen al fondo de los mares” (Salmo 46:1–2). Me di cuenta de lo tonta que había sido. ¿Por qué estuve buscando repuestas en otro lugar primero? ¿Por qué pensé que mi problema era la falta de información? ¿Por qué preferí buscar consuelo en Google antes que en Dios?

No soy la única que busca repuestas en Internet. Algunas estadísticas estiman que cada día se inician 5.5 mil millones de búsquedas, lo que significan 63 000 búsquedas por segundo. Todo el mundo quiere información, como si la información fuera la solución a todos nuestros problemas.

Con el Salmo 46 en mente comencé a escribir un diario, recordando la verdad sobre la que a menudo escribo y la que imperiosamente deseo vivir. Todo lo que sucede ha sido determinado por Dios (Isaías 37: 26). Dios, que llama a las cosas que no existen, como si existieran (Romanos 4: 17). Ningún gorrión caerá a tierra sin permitirlo vuestro Padre (Mateo 10:29). Nada es imposible para él (Jeremías 32: 17).

Dios sabe de botes

“Dios conoce todo sobre los botes”, escribí instintivamente.

Esta frase la leí por vez primera en el libro de Elisabeth Elliot “Be Still My Soul (Tranquila, alma mía)”, donde relata la experiencia de Amy Carmichael. Amy, entonces una joven misionera en Japón, viajaba con una pareja mayor de misioneros cuando se retrasaron por un bote que nunca llegó. Esperaron días por el próximo bote y Amy se preocupó por el tiempo perdido y las molestias ocasionadas a los demás, a lo que el veterano misionero respondió con calma “Dios sabe todo sobre los botes.”

“Dios sabe todo sobre los botes” se convirtió en una máxima de por vida para Amy y ahora para mí, recordándonos que Dios tiene todo bajo control y conoce cada detalle de lo que está sucediendo. Incluso cuando estamos esperando respuestas, no necesitamos preocuparnos.

¿Qué bien pudiera hacer Dios?

Mientras rezaba allí sentada, admití que muchas veces no traigo a Dios a mis preocupaciones.

Pudiera decir una pequeña oración pero prácticamente actúo como si todo dependiera de mi sabiduría. E instintivamente asumo que la sabiduría proviene de la información. Pero cuando recuerdo que Dios ha hecho que la sabiduría de este mundo sea necedad (1 Corintios 1:20), y que la necedad de Dios es más sabia que los hombres (1 Corintios 1:25); me doy cuenta de que tener más información no me ayudará, al menos no de la manera que necesito.

Puedo frenar el loco deseo de asegurarme de que estaré bien y de que todo saldrá bien. De hecho, nosotros los que estamos en Cristo tenemos la garantía de que todo saldrá bien en nuestras vidas; algún día incluso agradeceremos por lo que lloramos hoy en la tierra. Estamos seguros de que Dios siempre nos dará lo mejor.

No quiero decir que no deba investigar dentro de lo razonable o tratar de comprender lo inaudito que sucede en mí o alrededor mío. Quizás haya pasos que deba tomar. De igual manera necesito invitar a Dios en el proceso, buscando la guía del Espíritu Santo. Además, no necesito entrar en pánico frente a lo inesperado. Nada de lo que me está sucediendo es una sorpresa para Dios.

Cambiando “Y si…” por “Incluso si…”

Aquel de quién hablé al inicio, el Dios del universo, cuyas palabras encontramos en las Escrituras, es el único que puede cambiar mi situación y a mí en ella. Lo que necesito es su sabiduría y su consuelo, no el conocimiento colectivo del hombre en Internet.

Hace algunos años escribí un artículo para recordarme a mí misma (y a otros) que incluso si mis pesadillas se hicieran realidad, Dios estaría allí como mi sostén y apoyo. Cuando buscamos obsesivamente en Google, nos preguntamos qué haríamos si pasara lo peor o tratamos de convencernos de que lo peor no pasará. Esperamos calmar nuestros temores a través del conocimiento colectivo de los otros, más datos, un poco de información que serene nuestra mente.

La verdad es que lo peor puede pasarle a cualquiera de nosotros.

Creer en Dios significa que incluso si pasase lo peor, Dios será suficiente. Sustituir “y si” por “incluso si” es uno de los cambios más liberadores que podamos hacer. Cambiamos nuestros miedos irracionales de un futuro incierto por el amor seguro de un Dios inmutable.

Incluso si sucede lo peor

Mientras escribo se propaga el coronavirus causando mucho miedo. Muchos se preguntan cuántas muertes pudiera provocar esta pandemia. Pudieran ser innumerables. O pudiera no ser tan letal y peligrosa como se ha pronosticado. Pero incluso si sucede lo peor, Dios estará allí.

No se adormecerá el que te guarda. Él es nuestro guardador, y sólo él protege nuestra vida (Salmo 121:3, 5, 7). A pesar de lo que pase -- aunque falten las ovejas del aprisco, y no haya vacas en los establos, -- me regocijaré en el Dios de mi salvación (Habacuc 3:17-18).

Por eso, la próxima vez que algo me preocupe, dándome vueltas en la cabeza día y noche, rezo para no seguir recurriendo al mundo por consuelo. Rezo para recordar que aquel que decide cuán lejos pueden llegar las olas del océano (Job 38:11), tiene perfectamente la situación bajo control. Rezo para no sentir temor por lo que está sucediendo, que no iré a Google antes que a Dios y que permaneceré tranquila a sabiendas de que si sucede lo peor, aunque pase por el valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque Dios está conmigo (Salmos 23:4).


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