Para el Enfermo y el Afligido

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English: For the Sick and Afflicted

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Por Charles H. Spurgeon sobre Sufrimiento
Una parte de la serie Metropolitan Tabernacle Pulpit

Traducción por Allan Aviles


"De seguro conviene que se diga a Dios: he llevado ya castigo, no ofenderé ya más; enséñame tú lo que yo no veo; si hice mal, no lo haré más." -- Job 34: 31, 32.

Nuestro lenguaje debe ser siempre el adecuado, aun cuando nos dirigimos simplemente a quienes nos rodean; por eso Salomón representa al predicador buscando las palabras aceptables, o las palabras necesarias para la ocasión. Cuando nos acercamos a quienes poseen una elevada autoridad, esta necesidad se vuelve imperiosa, y por lo tanto los hombres que solicitan algo en las cortes de los príncipes son muy cuidadosos de utilizar el lenguaje preciso. Con mucha más razón, entonces, cuando hablamos ante el Señor, debemos considerar, como lo hace el texto, la conveniencia de nuestras palabras.

En la presencia divina, hay un lenguaje que nunca debe ser utilizado, y aun aquel lenguaje que es permitido debe ser sopesado, y expresado con solemne humildad. Por esto Eliú hace bien en sugerir en el texto un lenguaje que "conviene que se diga a Dios."

Que nuestros labios sean siempre resguardados por un centinela que vigila, para que no nos sea permitido expresar a través de ellos nada deshonroso para el Altísimo. En la presencia divina, y siempre estamos allí, nos corresponde establecer una doble guardia sobre cada palabra que sale de nuestra boca.

Recuerden que cada pensamiento nuestro es un discurso ante Dios. El pensamiento no es un discurso dirigido al hombre, pues los hombres no pueden leer los pensamientos de otros si no son expresados mediante palabras u otros signos exteriores, pero Dios que lee los corazones, considera los pensamientos como discursos no expresados, y nos oye decir en nuestras almas muchas cosas que nunca fueron dichas por nuestras lenguas.

Amados, hay pensamientos que no es conveniente que pensemos ante el Señor; y es recomendable que nosotros, especialmente los que nos encontramos afligidos, seamos sumamente cuidadosos de esos pensamientos, para que el Señor no nos escuche decir en nuestros corazones cosas que vayan a contristar Su Espíritu, y lo provoquen a celos. Oh santos, puesto que cada vez que ustedes piensan, lo hacen en la inmediata presencia de su Padre celestial, estén conscientes de cada uno de sus pensamientos, para que no pequen en las cámaras secretas de su ser, y acusen a Dios insensatamente. Eliú nos dice que es necesario que pensemos y digamos: "De seguro conviene que se diga a Dios: he llevado ya castigo, no ofenderé ya más; enséñame tú lo que yo no veo; si hice mal, no lo haré más."

En este sermón, usaremos este texto en referencia a quienes están siendo disciplinados; y luego veremos si no hay una enseñanza en él para quienes, no se están doliendo bajo la vara. En tercer lugar, encontraremos una palabra en nuestro texto para quienes no son hijos de Dios, y, por lo tanto, no saben nada de la dolorosa vara de la corrección paternal. Tal vez también a ellos Dios les hable por medio de este texto. Oh, que Su Santo Espíritu se digne hacerlo.

I. Pero primero, queridos amigos, comentemos este texto en su aplicación más natural, es decir, como dirigido A QUIEN ESTÁ AFLIGIDO. La instrucción del sabio es especialmente para ellos; y encontramos aquí tres deberes que son prescritos para esas personas, o más bien tres privilegios que son sugeridos, por lo que deben orar al Espíritu Santo para que les capacite para disfrutarlos.

La primera lección es, es necesario que ellos acepten la aflicción que el Señor les envía, y que le digan a Dios: "He llevado ya castigo." Notemos que la palabra "castigo" no se encuentra en el original hebreo, aunque el hebreo no podría ser interpretado adecuadamente si no se le agregara esa palabra. Puede ser exacta y literalmente traducida como "yo llevo" o "he llevado." Es el corazón de carne que le dice a Dios: "Yo llevo lo que Tú quieres que lleve; lo he llevado, todavía lo llevo, y lo llevaré, lo que Tú quieras ordenar que yo lleve. Me someto enteramente a Ti, y acepto la carga que Tú quieras poner sobre mis hombros."

Ahora, debemos hacer esto, queridos amigos, y lo haremos si tenemos el corazón dispuesto. Nos debemos someter alegremente, porque ninguna aflicción que suframos ha venido por casualidad. No somos abandonados a la miseria de creer que las cosas suceden al azar, y que son independientes del control de un poder divino. Sabemos que no cae en nuestras copas ni una sola gota de amargura a menos que sea colocada allí por la sabiduría de nuestro Padre celestial.

No hemos sido puestos en un mundo gobernado por ángeles, o regido por querubines; habitamos allí donde cada cosa es ordenada por Dios mismo. ¿Acaso nos vamos a rebelar en contra del Altísimo? ¿Acaso le impediremos hacer lo que Él considera bueno? ¿No cubriremos nuestro labio para que calle cuando sabemos que el mal viene del Señor? Debería avergonzarnos, si somos Sus hijos, si éste no es el espíritu que prevalece en nuestras mentes: "Jehová es; haga lo que bien le pareciere."

Más aún, no sólo debemos llevar todas las cosas porque el Señor las ha ordenado, sino porque Él ordena todas las cosas de conformidad a un propósito sabio, amable y beneficioso. Él no aflige arbitrariamente. No se deleita en los sufrimientos de Sus hijos. Siempre que viene la adversidad es con un propósito; y, si un propósito de Dios debe cumplirse por mi sufrimiento, ¿desearía yo escapar de él? Si Él es glorificado por ese medio, no anhelaré yo el honor de ser el agente de Su gloria, aunque sea aguantando pasivamente y soportando en angustia.

Sí, amados, puesto que sabemos que Dios puede afligir a Sus criaturas regeneradas sólo con algún propósito de amor, debemos aceptar voluntariamente cualquier dolor que Él quiera colocar sobre nosotros. Y además tenemos Su garantía que todas las cosas nos ayudan a bien. Nuestras pruebas no son enviadas simplemente con un buen fin, sino con un buen fin para nosotros mismos, un propósito que está siendo cumplido por cada ramita de la vara de nuestro Padre celestial. "La copa que nuestro Padre nos ha dado, ¿no la beberemos?" Es medicina que sana y no un veneno mortal, por lo tanto, llevémosla a nuestros labios sin murmurar, ay, bebámosla hasta el fondo, y digamos: "no sea como yo quiero, sino como tú."

Un sometimiento constante a la voluntad divina debe ser exactamente la atmósfera en la que viva un cristiano. Debe dar una negativa sincera a su propia voluntad, exclamando: "Nomi voluntad," y luego debe suplicar al Señor, con una calidez santa, que ejecute Su propósito, diciendo, "que se haga la voluntad del Señor." Debe entregar todo el vigor de su alma a la voluntad del Señor, y mostrar algo más que sumisión, es decir, una aceptación devota a todo lo que el Señor determine.

Queridos amigos, no debemos quedarnos contentos con llevar lo que el Señor nos envía con la frialdad que dice: "así debe ser, y, por tanto, debo resignarme." Esa sumisión forzada está muy por debajo de la gracia de un cristiano, pues muchos paganos la han alcanzado. El estoico impasible aceptaba lo que le otorgaba la predestinación, y el musulmán todavía hace lo mismo. Debemos ir más allá de una sumisión insensible. No debemos endurecer tanto nuestros corazones ante la aflicción, como para no ser afectados por ella. Esa disciplina que no logra que nos dolamos, ha fracasado en su propósito.

Los azotes que hieren, dice Salomón, son medicina para el malo; y si no hay verdaderos azotes que hieren, si sólo se trata de un rasguño superficial, no será muy buena medicina. "Ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos," dice el apóstol, "en diversas pruebas," y no sólo la prueba, sino el abatimiento que se deriva de ella, son necesarios para nosotros. Dios no quiere que Sus hijos se conviertan como el buey o el asno, que presentan una piel dura a los duros golpes, sino que quiere que seamos tiernos y sensibles.

Existe algo así como el desprecio de la disciplina del Señor, mediante una actitud desafiante que parece retar al Señor para saque una lágrima o arranque un suspiro de nosotros. Estemos en guardia para no caer en eso.

Por otro lado, tampoco debemos recibir la aflicción con un espíritu rebelde. Dura cosa nos es dar coces contra el aguijón, como el buey que cuando es puyado, se pone irritado y da coces y se entierra el hierro más profundamente de lo que hubiera penetrado al principio. Nosotros podemos hacer esto fácilmente al quejarnos que Dios es demasiado severo con nosotros. En este espíritu podemos "tomar las armas en contra de un mar de problemas;" pero no vamos a acabar con ellos oponiéndonos a ellos, sino que incrementaremos su furia. Mediante un orgulloso espíritu murmurador sólo atraemos sobre nosotros prueba tras prueba. "Dios resiste a los soberbios," y un espíritu elevado reta su propia oposición.

Tampoco, queridos amigos, como creyentes en Dios, debemos desesperar en medio de los problemas pues eso no es llevar la cruz, sino más bien sería acostarnos bajo ella. Nosotros debemos levantar la carga que nos ha sido asignada, y llevarla, y no sentarnos con un malhumor malvado, y murmurar que ya no podemos hacer más. Algunos tienen una mente perversa, y sus espíritus taciturnos dicen entre dientes que si Dios es tan severo con ellos, entonces deben someterse, pero que han perdido todo ánimo, y toda fe, y lo único que piden es licencia para morir.

Un hijo de Dios no debe quejarse. Todavía no ha "resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado"; y si hubiera resistido, aun así debería decir: "He aquí, aunque él me matare, en él esperaré." Puesto que Jesús, el varón de dolores, nunca murmuró, no es bueno que ninguno de Sus seguidores lo haga. Debemos controlar nuestras almas en paciencia. Tal vez ustedes piensen que es más fácil decirlo que hacerlo; y sin embargo, por la gracia Todopoderosa, un santo puede soportar hasta el límite que se pueda soportar, sufrir hasta el límite que se pueda sufrir, perder hasta el máximo que se pueda perder, y hasta puede morir la peor muerte cada día, y sin embargo triunfar por medio de la vida divina, pues Dios, que obra en nosotros tanto el querer como el hacer, es todopoderoso, y hace fuerte nuestra debilidad.

Entonces el cristiano no debe tratar la cruz que Dios ha puesto sobre él de ninguna de las maneras que he descrito, sino que debe aceptarla humildemente, mirando hacia Dios, y diciendo: "yo considero que podría recibir cosas peores como Tu hijo; pues la disciplina de Tu casa requiere la vara, y muy bien puedo esperar ser castigado cada mañana." El hijo de Dios debe sentir que es en verdadera fidelidad que el Señor lo aflige, y que cada golpe conlleva amor. Cualquier cosa por encima del más bajo abismo del infierno es una grandiosa misericordia para nosotros.

Si tuviéramos que guardar cama por enfermedad durante cincuenta años y tener escasamente un minuto libre de dolor, aún así, puesto que el Señor ha perdonado nuestro pecados, y nos ha aceptado en Cristo Jesús, y nos ha hecho Sus hijos, debemos estar agradecidos por cada dolor y todavía bendecir al Señor estando en nuestros lechos, y cantar sus alabanzas en medio del incendio. Por tanto, humildemente, como pecadores que merecemos la ira divina, estamos obligados a aceptar la disciplina del Señor.

Debemos recibir el castigo con mansa sumisión, presentándonos a Dios para que Él haga todavía con nosotros conforme a Sus tratos con nosotros: no deseando desviarnos a mano derecha ni a mano izquierda. Pidiéndole, si es Su voluntad, que quite la carga, que sane el dolor, que nos libre del luto, y cosas semejantes, pero aún así, siempre dejando un amplio margen para la total resignación de espíritu. El oro no debe rebelarse en contra del orfebre, pero debe ceder de inmediato para que sea colocado en el crisol y arrojado al fuego. El trigo, cuando va a ser trillado, no debe tener una voluntad propia, sino tiene que estar anuente a soportar los golpes del desgranador para que la broza pueda ser separada del precioso grano.

Nosotros no estamos muy lejos de ser purgados de la escoria y limpiados de la broza cuando estamos perfectamente dispuestos a sufrir cualquier proceso que quiera asignarnos la divina sabiduría. El yo y el pecado están casados, y nunca se van a divorciar, y hasta que nuestro yo sea aplastado, la semilla del pecado tendrá abundante vitalidad en ella; pero cuando es "ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí," entonces nos hemos acercado a ese objetivo al que Dios nos ha llamado, y al que nos está guiando por Su Espíritu.

Pero debemos ir más lejos. Debemos aceptar el castigo alegremente. Es una dura lección, pero es una lección que el Consolador es capaz de enseñarnos: estar contentos con que Dios haga lo que quiera. ¿Saben lo que es estar muy contentos de hacer lo que no queremos hacer algunas veces? Quiero decir que no hubieran querido hacer eso, pero se dan cuenta que eso agrada a alguien que aman, y de inmediato la fastidiosa tarea se vuelve un placer. ¿No han sentido algunas veces, cuando alguien que ustedes estiman mucho, está enfermo o indispuesto, que a ustedes les daría gusto soportar ese dolor, al menos por un día o dos, para así poder dar un pequeño descanso a la persona que sufre? ¿No les daría placer ser un inválido durante un tiempo para que la persona que aman goce una temporada de salud?

¡Dejen que ese mismo motivo, en un grado más elevado, influencie sus espíritus! Traten de sentir, "si agrada a Dios, me agrada a mí. Señor, si es tu voluntad, será mi voluntad. Que se multipliquen los azotes del flagelo, si así eres más honrado, y que se me permita darte algún grado de gloria." La cruz se torna dulce cuando nuestro corazón es endulzado así por el Espíritu y nuestra voluntad corre paralela a la voluntad de Dios. Debemos aprender a decir con Eliú "He llevado ya, llevo, yo lo acepto todo." Ser como arcilla plástica en la rueda del alfarero, o como cera en las manos del modelador, debe ser nuestro gran deseo. Esa debe ser la prioridad de la persona que sufre.

El siguiente deber es abandonar el pecado que puede haber ocasionado el castigo. "De seguro conviene que se diga a Dios: he llevado ya castigo, no ofenderé ya más." Hay una conexión entre pecado y castigo en cada caso. Sería muy erróneo que nosotros supusiéramos que cada hombre que sufre es porque es más culpable que otros: ese fue precisamente el error de los amigos de Job; un error que se comete demasiado comúnmente cada día: pero es correcto que la propia persona que sufre juzgue su propio caso por un estándar que nosotros no podemos usar en relación a esa persona. Debería decir: "¿no habrá alguna conexión entre este castigo y el pecado que mora en mí?" Y aquí él no se debe juzgar injustamente, aún para Dios, para que no se hunda en un sufrimiento innecesario.

Hay aflicciones que vienen de Dios, no debido al pecado pasado, sino para prevenir el pecado en el futuro. Hay también podas drásticas que tienen el objetivo que produzcamos más fruto: no son enviadas, no porque no hayamos producido ningún fruto, sino más bien somos ramas cargadas de fruto y somos dignos que nos poden. "Todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto."

También hay aflicciones que son enviadas a manera de prueba y de examen, y de comprobación, tanto para la gloria de Dios y para la manifestación de Su poder, como también para el consuelo de otros, para que los santos temblorosos puedan ver cómo hombres débiles y endebles pueden llevar la cruz más pesada por causa de Cristo, y pueden triunfar bajo su peso. No debemos estar seguros que cada dolor nos viene es a causa de algún pecado cometido; sin embargo, lo mejor sería que fuéramos más severos con nosotros mismos de lo que quisiéramos ser con otros, preguntándonos siempre: "¿no hay algún motivo para este castigo? ¿No habrá algo de lo que Dios me quiere liberar, o algo que Lo ha agraviado que ha motivado que Él me aflija a mí?

Hermanos y hermanas, los exhorto a que no sean indulgentes con ustedes mismos. Nosotros somos hombres y aún en nuestra mejor condición tenemos mucho que lamentar en la presencia del Altísimo. Siempre es bueno que estemos insatisfechos con nosotros mismos, y que nos esforcemos por alcanzar algo que todavía se encuentra lejos; siempre rogando que se forme en nosotros la semejanza de Cristo. A menudo hay espinas colocadas en el nido con el objeto que busquemos los males ocultos. "¿En tan poco tienes las consolaciones de Dios, y las palabras que con dulzura se te dicen?" ¿Ha habido una derrota en Hai? ¿No habrá un Acán en el campamento? ¿No ha escondido un traidor un precioso manto babilónico y un lingote de oro? ¿Acaso la prueba no sugiere que puede haber algo fuera de lugar?

Amados, me pido y les pido que miren ahora, no sólo su carácter exterior, sino su vida más privada y su caminar ante Dios, y que vean si hay alguna falla. ¿Hay problemas en la familia? ¿Has actuado siempre con tus hijos y con tus sirvientes como debías haberlo hecho como un jefe y como un padre? Pregúntense. El hijo te preocupa. Buena madre, ¿has orado siempre por tu hijo como debiste haberlo hecho? ¿No será que la conducta de tu hijo para contigo es un buen reflejo de tu propia conducta hacia tu Padre celestial? Yo no menciono todo esto para incrementar tu aflicción, sino para que puedas poner tu dedo en el mal que provoca al Señor Dios, y lo puedas desterrar.

¿Ha habido pérdidas en el negocio? ¿Estás seguro, hermano, que cuando tú estás haciendo dinero siempre lo has usado para Dios como debías? ¿Has sido un buen mayordomo? ¿Le diste al Señor lo que le correspondía, el diezmo sagrado de todo lo que recibías? ¿O no será que has sido demasiado egoísta, y no será esa la causa que te ha llevado de la riqueza a una comparativa pobreza? ¿Es así? ¿Azota a tu cuerpo la aflicción? ¿Entonces, no será que tus hábitos son los indebidos? ¿Ha predominado la carne sobre el espíritu? ¿Ha habido una falla en la consagración completa de la vasija al Señor? ¿La prueba se da en una persona amada? Puede ser que no estén conscientes de algo malo allí, ¡pero de todas formas miren, queridos amigos! Escudriñen toda su conducta como los espías reconocieron antiguamente la tierra de Canaán.

Si tu pecado es deslumbrante, hay poca necesidad de castigo para hacértelo ver, pues tú debes verlo sin necesidad de eso; pero puede haber un pecado secreto entre tú y tu Señor por el cual Él te ha enviado castigo, y después de esto debes sonar la alarma. Tú sabes que no quiero decir que el Señor te está castigando por el pecado como un juez castiga a un criminal, pues Él no hará eso; debido a que Él ha puesto el castigo del pecado sobre Cristo, y Cristo lo ha llevado como un asunto de la justicia punitiva. Él, como un padre, castiga a Su hijo, pero nunca sin causa: los exhorto a que vean si no habrá por ahí alguna causa para la dolorosa disciplina presente. Nunca caigan en el error de algunos que suponen que el pecado en los hijos de Dios es algo sin importancia. Pues bien, si hay algún lugar donde el pecado es horrible es un hijo de Dios. Por eso el texto dice: "no ofenderé ya más."

El pecado es algo ofensivo para Dios, Él no puede soportarlo. A mí me desagradaría ver la mancha de alguna plaga en la cara de alguien, pero yo temblaría más que nada si viera manchas por toda la cara de mi propio hijo. El pecado es más visible en un buen hombre que en cualquiera otro. Yo puedo dejar caer una gota de tinta en un pañuelo negro y no se verá, pero en un pañuelo blanco se puede percibir directamente, y resalta más debido a la blancura de la tela que ha sido manchada.

Tú, hijo de Dios, debes saber que precisamente en la proporción que eres santificado (en la medida que vives cerca de Dios) tu pecado será más atroz para el Altísimo. Es gloriosamente terrible vivir cerca de Dios. Me pregunto si me entienden, todos ustedes. Caminar con un monarca como un cortesano favorito es un asunto muy delicado. Los favoritos tienen que cuidar sus pasos; pues aunque estén cerca de un rey ellos saben muy bien cuán pronto pueden caer de su elevada posición.

Nosotros servimos a un Dios celoso. Esta es una pregunta maravillosa: "¿Quién de nosotros morará con el fuego consumidor? ¿Quién de nosotros habitará con las llamas eternas?" Dios es ese fuego consumidor. Dios es las llamas eternas. ¿Quién de nosotros morará con Él? La respuesta es: "El limpio de manos y puro de corazón, éste habitará en las alturas. Fortaleza de rocas será su lugar de refugio." Pero es sólo el hombre que es muy celoso de sí mismo el que podrá soportar esa fiera luz que circunda el trono de Dios: esa llama devoradora que es Dios mismo, como dijo el apóstol: "Nuestro Dios es fuego consumidor."

La esposa de César no sólo tenía que ser sin mancha, sino que tenía que estar por encima de cualquier sospecha, y así debe ser el carácter del hijo de Dios quien, como Moisés, vive en el círculo interior: que está en la cima de la montaña, que sabe lo que significan los picos del Sinaí, y lo que es estar en comunión con el Altísimo durante cuarenta días.

Amados amigos, los exhorto a una búsqueda minuciosa de cuál puede ser la trasgresión que ha traído la corrección sobre ustedes, pues puede ser en ustedes una ofensa que escasamente sería pecado en otra persona. Otra persona puede caer en la misma falta que tú, como un pecado de ignorancia, pero por tu conocimiento el pecado es más negro en ti. El Señor será santificado en quienes se acercan a Él, y ay de ellos si se manchan.

La tercera lección del texto para los afligidos, claramente les enseña que es su deber y su privilegio pedir por más luz. El texto dice: "Enséñame tú lo que yo no veo; si hice mal, no lo haré más." ¿Ven lo que significa esto? Se trata del hijo de Dios, despierto y que busca el pecado indicado por el castigo; y puesto que él no puede ver todo el mal que pueda haber en él, se vuelve a Dios con esta oración: "Enséñame tú lo que yo no veo."

Amados amigos, puede ser que, al examinar su vida pasada y al escudriñar su corazón, no vean su pecado, porque tal vez está donde menos sospechan. Ustedes han estado buscando en otra área. Su propia opinión es que son débiles en un punto, pero posiblemente ustedes son más débiles en la dirección opuesta. En ninguna otra cosa los hombres cometen más errores que en lo concerniente a su propio carácter.

He sabido que un hermano confiesa que es deficiente en firmeza, cuando, en mi opinión, era obstinado como el que más. Otro hombre ha dicho que siempre necesita serenidad, y sin embargo yo pensaba que si yo necesitaba llenar un pozo con hielo, sólo tenía que colocar a ese hombre en el pozo. Las personas no se juzgan adecuadamente a sí mismas. Personas que no sienten dicen que son demasiado sensibles, y personas egoístas se imaginan víctimas por el bien de otros.

Así que puede ser que ustedes han estado buscando el pecado en un área, cuando su falla se encuentra en el punto opuesto del cuadrante. Oren, entonces, diciendo: "Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y enséñame tú lo que yo no veo." Recuerden, hermanos, que nuestros peores pecados pueden esconderse tras nuestras cosas más santas. Oh, cómo se esconden estos males; no bajo las zarzas ni las ortigas del estercolero, sino tras los lirios y las rosas del jardín. Ellos se esconden en las copas de las flores. Ellos no revolotean en nuestras almas como diablos con alas de dragón; más bien vuelan como ángeles de luz, con alas pintadas con los colores del arco iris. Vienen como ovejas, que parecen estar muy gordas, pero son lobos con piel de ovejas. Estén en guardia, entonces, muy cuidadosamente, contra los pecados de sus cosas santas. En nuestras cosas santas estamos más cerca de Dios que en cualquier otro momento, y es por eso que cualquier contaminación nos trae más rápidamente el golpe de la vara de nuestro Padre celestial.

Tal vez su pecado está escondido bajo algo muy querido para ustedes. Jacob realizó una intensa búsqueda de las imágenes: los terafines que Labán adoraba. No los pudo encontrar. No; él no quería turbar a Raquel, y tampoco Labán quería turbarla. Una esposa favorita no debe ser molestada como tampoco una hija. Ella pudo sentarse tranquila en la albarda del camello, pero escondió las imágenes allí. De la misma manera ustedes no quieren explorar en ciertas áreas de su naturaleza; es un tema muy delicado. Algo que les molesta mucho si alguien lo sugiere siquiera: es precisamente allí donde el pecado se encuentra alojado.

Hermanos y hermanas míos, seamos honestos con el Señor. Debemos realmente desear saber dónde estamos mal, y anhelar de todo corazón ser corregidos. ¿Creen ustedes que todos nosotros honestamente queremos conocer nuestros errores? ¿Acaso no hay capítulos de la Biblia que no nos gusta leer? Si los hay, si cualquier texto tiene una contienda con ustedes, contiendan con ustedes mismos, pero sométanse completamente a la palabra de Dios. ¿Hay alguna doctrina que ustedes casi creen que es verdad, pero sus amigos no creen en ella, y podrían pensar que ustedes son herejes si la aceptan, y por lo tanto no se atreven a investigarla más profundamente? Oh, queridos amigos, abandonemos tal deshonestidad. Tanto de eso se ha infiltrado en la iglesia, que muchas personas no ven cosas que son muy obvias. No quieren ver pues la verdad les podría costar muy caro. Ellos cubren y esconden algunas porciones de la Escritura que podrían ser difíciles para ellos a causa de su relación con una iglesia o su posición en cierto círculo. Esto es odioso, y no nos debería sorprender si Dios castiga al hombre que permite ser arrastrado a esto.

¡Sé honesto, hermano! No puedes engañar a Dios. No lo intentes. Pídele que te escudriñe de manera completa. Que el deseo de ustedes sea: "que el fuego que refina recorra mi corazón con una llama poderosa que consuma todo lo que sea mentira, lo que no sea santo, lo que sea egoísta, mundano, para que yo sea consagrado totalmente al Señor mi Dios." Esta es la manera correcta de tratar nuestros castigos. "Si hice mal, no lo haré más; enséñame tú lo que yo no veo."

"Ay," dirá alguien, "nosotros no podemos decir que no haremos más mal." Sí, podemos decirlo mucho más fácilmente de lo que podemos practicarlo, y por tanto sería una lástima que lo digamos excepto en el espíritu evangélico, descansando plenamente en la fuerza divina. Aquel que diga: "no haré más mal" ha hecho el mal allí mismo si ha hecho el voto basándose en su propia fuerza, pues se ha exaltado a sí mismo al lugar de Dios, por la confianza en sí mismo. Debemos sentir en lo más íntimo de nuestros corazones que deseamos apartarnos de todas las iniquidades. Debe haber una intención sincera y hecha de todo corazón de tal manera que, como Pablo sacudió la víbora en el fuego, así nosotros también, con la ayuda de Dios, sacudiremos el pecado, cualquiera que sea, que nos trae la prueba, o que causa que el Señor retire de nosotros la luz de Su rostro.

Oh, con cuánta convicción quiero exhortar a mis hermanos y hermanas que son probados, que busquen este excelente fruto de la aflicción. Que venga a cada uno de nosotros conforme venga la aflicción, para que nunca perdamos el dulce fruto de este árbol amargo. Que Dios bendiga a todos los que son probados, y los apoye en medio de sus aflicciones; pero sobre todo, que los santifique por medio de la tribulación, pues ese es el punto principal, y no importa cuán dolorosas sean las llamas si ustedes son purificados por el fuego.

II. Y ahora, brevemente, voy a usar el texto para AQUELLOS DE USTEDES QUE TAL VEZ NO HAN SIDO AFLIGIDOS. ¿Qué es lo que dice el texto para ustedes si no han sido afligidos? ¿Acaso no dice esto: "Si el afligido debe decir 'yo lo llevo' y tomar su yugo con gozo, cuán alegremente debes tomar tu yugo de cada día de tu labor cristiana"? Hermano, hermana, te sientes cansado alguna vez? ¿Acaso la escuela dominical te agota? ¿Esa clase de Biblia se ha convertido en una pesadez? Esas visitas hechas casa por casa, ¿se han vuelto aburridas? La distribución de folletos y libros, ¿se ha vuelto monótona y tediosa? Ahora mira, hermano mío, mira allá a aquel querido santo de Dios que ha tenido que guardar cama por muchos meses a tal punto que las plumas de su cama se han endurecido. Se voltea a un lado y al otro pero no encuentra reposo, no duerme en la noche y no tiene sosiego en el día. ¿Te gustaría tomar su lugar? Sin embargo escúchalo, cómo alaba a Dios en medio de sus muchos dolores, y tremenda debilidad, y pobreza. ¿Prefieres tu suerte a la de él?

Entonces, en el nombre de todo lo que es bueno, acepta tu porción con gozo, y dedica tu alma al servicio del Señor. El grandioso capitán podría decirte: "¡Cómo! ¿Estás cansado de la marcha? Te enviaré de regreso a las trincheras y te quedarás allí hasta que sientas que tu corazón está enfermo por tu inactividad. ¡Cómo! ¿Estás cansado de pelear? Serás trasladado al hospital con los huesos rotos y estarás acostado, y languideciendo, y a ver qué piensas entonces de tu inactividad forzada." Si tengo algún mensaje que dar desde mi propia cama de enfermo sería éste: si no quieren estar llenos de pesadumbre cuando sean obligados a guardar cama, trabajen mientras puedan. Si desean que su cama de enfermos sea tan suave como sea posible, no la llenen con la reflexión lamentable que desperdiciaron su tiempo cuando estaban sanos y tenían fortaleza.

La gente me decía hace años: "usted va a acabar con su salud al predicar diez veces a la semana," y cosas parecidas. Bien, si lo he logrado, me alegro. Haría lo mismo otra vez. Si tuviera cincuenta cuerpos me gozaría en acabarlos al servicio del Señor Jesucristo. Ustedes jóvenes que son fuertes, dominen al malvado y peleen por el Señor mientras puedan. Nunca van a lamentar haber hecho todo lo que está en ustedes por nuestro bendito Dios y Señor. Hagan lo más que puedan cada día, y no pospongan ningún trabajo para el día siguiente. "Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas."

Todavía tenemos otra observación para quienes son fuertes. Los favores de Dios, ¿no deberían llevarnos a escudriñar nuestros pecados? El castigo actúa como dedo negro que señala nuestras fallas: ¿no debería el amor de Dios hacer lo mismo con Su mano deslumbrante de joyas? Señor, ¿Tú me das buena salud? Señor, ¿Tú preservas a mi esposa y a mis hijos? ¿Me das riqueza para vivir y ahorrar? Entonces, Señor, ¿hay algo en mí que no Te agrade? ¿Guardo algo en mi alma que pueda vejar Tu Espíritu? Que tu amor me guíe para que pueda escapar de estos males.

Este es un texto muy dulce: "No seáis como el caballo, o como el mulo, sin entendimiento, que han de ser sujetados con cabestro y con freno, porque si no, no se acercan a ti." Tu hijo sólo necesita una breve mirada y corre hacia ti; pero tu caballo o tu mulo no harán eso, necesitas poner un freno en sus bocas, y algunos necesitan frenos especialmente duros, y hay que lograr que sus bocas se vuelvan dóciles para que puedan ser guiados. Ustedes son hombres, no sean como las bestias. Sin embargo, algunos de los propios hijos de Dios son muy brutos. No quieren obedecer Sus palabras, y así su Dios tiene que darles golpes, pues Él quiere que Sus hijos le obedezcan: si quieren ser atraídos con cuerdas de amor, lo serán, pero si no quieren, serán llevados con la vara. Si ustedes se convierten en caballos o mulos, Él los tratará como caballos y mulos, o tendrán razón para pensar eso; tal vez la mejor manera de prevenir que ustedes se conviertan en mulos es tratarlos como si lo fueran, y así sacarlos de ese estado, dejándoles ver el efecto de su insensatez. Que nuestras misericordias actúen como una dulce medicina, y entonces no necesitaremos pociones amargas.

Va de nuevo. ¿No creen ustedes que mientras gozamos la misericordia de Dios, deberíamos estar ansiosos de ser analizados por la luz del amor de Dios? ¿No deberíamos desear usar la luz del rostro divino para que podamos descubrir todo nuestro pecado y dominarlo? Yo conozco a algunos cristianos que no harán eso. Tienen un feo carácter, y dicen: "bien, tú sabes, eso es constitucional." Abandonen para siempre esas excusas. Es inútil decir: "no puedo evitarlo, así es mi temperamento." Tu temperamento te destruirá, tan cierto como que ahora vives, si la gracia de Dios no destruye tu temperamento. Si tales excusas fueran permitidas no habría ni un solo crimen, no importa cuán abominable, frente al cual no se pudiera argumentar el temperamento. Ladrones, prostitutas, borrachos, asesinos, todos ellos pueden establecer esta justificación, pues todos tienen sus malvados temperamentos. ¿Acaso encuentran en la ley, que cualquier pecado es excusado sobre la base que es "constitucional"?

¿Encuentras algo en el ejemplo de Cristo, o en los preceptos del Evangelio, que justifiquen que un hombre diga: "debo ser tratado con indulgencia, pues mi naturaleza está tan inclinada a cierto pecado que no puedo evitar rendirme a él? Hermano mío, no debes decir tonterías. Tu prioridad es conquistar el pecado que más amas; dirige todos tus esfuerzos contra él y recibirás gracia en la medida de tus esfuerzos. Jericó debe ser sitiada primero, pues es el principal fuerte del enemigo, y mientras no pueda ser tomada no puede hacerse nada. Yo he notado en general, en la conversión, que el cambio más completo tiene lugar en el preciso punto en que el hombre era constitucionalmente más débil. La fuerza de Dios es hecha perfecta en nuestra debilidad.

"Bien," dirá alguno, "supón que yo tengo un pecado que me acosa, ¿qué puedo hacer yo?" Yo respondo, si yo supiera que cuatro individuos me van a asaltar esta noche en Clapham Common (un distrito de Londres) llevaría conmigo suficientes policías para que encierren a esos tipos. Cuando un hombre sabe que tiene un pecado que le asedia, no debe decir "es un pecado que me acorrala y yo no puedo contra él;" más bien, él debe pedir ayuda celestial contra este asedio. Si tienes pecados que te acosan y tú lo sabes, lucha contra ellos, y domínalos por la sangre del Cordero. Mediante la fe en Jesucristo, los pecados que acosan serán llevados cautivos, y deben ser llevados cautivos, pues el hijo de Dios debe vencer hasta el fin. Será más que conquistador por medio de Aquel que lo ha amado. Que el amor de Dios, entonces, los guíe a escudriñarse a ustedes mismos y decir: "Enséñame tú lo que yo no veo; si hice mal, no lo haré más."

III. El último comentario que debo hacer es para EL INCONVERSO. Tal vez haya personas que no pertenecen al pueblo de Dios, y sin embargo son muy felices y prósperos. Ellos tienen todo lo que el corazón puede desear, y cuando me oyen hablar acerca del castigo de los hijos de Dios, dicen: "yo no quiero ser uno de ellos, si tal es su suerte." Ustedes prefieren continuar siendo lo que son ¿no es cierto? "Sí," responden. ¡Escuchen, por favor!

Vamos a suponer que tenemos ante nosotros a un príncipe heredero que un día será rey. Él ha hecho algo malo, y su padre lo ha castigado con la vara. Allí está el joven príncipe con lágrimas rodándole por sus mejillas; y por allá vemos a un árabe callejero, que no ha conocido a su padre; ciertamente no experimentó un padre que lo corrigiera para su propio bien. Él puede hacer lo que quiera; usar cualquier tipo de lenguaje, robar, mentir, jurar, si así lo quiere, y nadie lo castigará. Él se para de cabeza, hace piruetas en la calle, se revuelca en el lodo, pero ningún padre le aplica la vara. Ve al joven príncipe llorando, y se ríe de él, "tú no tienes la libertad que yo tengo. No se te permite pararte de cabeza como yo. Tu padre no te permitiría pedir dinero junto a los autobuses como yo lo hago. Tú no duermes bajo los puentes como yo. No quisiera estar en tu lugar para no ser azotado. ¡Prefiero ser un vagabundo que un príncipe!" El joven príncipe pronto se enjuga sus lágrimas, y responde: "yo no estoy de acuerdo contigo. ¡Yo prefiero ser castigado cada día y ser un príncipe y heredar el reino, que ser como tú con toda tu pretendida libertad!" Él mira al pobre vagabundo harapiento con la mayor piedad concebible, a pesar de que se está doliendo del castigo.

Así, pecadores, eso es precisamente lo que pensamos de ustedes y su falta de disciplina celestial. Cuando ustedes son más felices, y dichosos, y están llenos de su gozo, no quisiéramos estar en su lugar por nada del mundo; cuando ustedes han sido electrificados por ese espléndido espectáculo en el teatro, o han disfrutado al máximo un baile licencioso o, tal vez algo peor, no quisiéramos ser como ustedes. Aun en nuestra peor condición: cuando estamos muy enfermos, muy desalentados, cuando somos probados más, y somos más penitentes ante Dios, no quisiéramos intercambiar posiciones con ustedes, aunque ustedes estén en su mejor condición. ¿Acaso quisiéramos ocupar sus lugares, con toda su alegría e hilaridad pecaminosa? ¡No, no queremos eso!

Pregúntenle a esa señora anciana en el invierno, que sólo posee un par de leños para encender un fuego, y no tiene de qué vivir excepto lo que la tierna misericordia de su iglesia le otorga, pregúntenle si quiere estar en el lugar del hombre rico que viste de púrpura y de lino fino. Mírenla. Se pone un viejo manto rojo para cubrir sus piernas que sufren de severo reumatismo; su alacena está vacía, su pobre marido descansa en el cementerio, y no tiene ningún hijo que venga a visitarla. Ah, allí está. Ustedes podrán decir: "ella es un objeto miserable." Y aquí vemos a un joven caballero con sus botas de montar, que regresa a casa de una cacería. Se para frente a ella. Podría decirle, con todas sus múltiples posesiones y sus vastas tierras, "tú quisieras estar en mi lugar, madre, ¿no es cierto?" Ella conoce su carácter, y sabe que no ama a Dios, y que no tiene unión con Cristo, y por tanto responde: "¿Estar en tu lugar? No, no quisiera estar en tu lugar, ni siquiera por mil mundos."

"Ve tú que presumes de todas tus riquezas,
Y pregona cuán brillantes son;
Tus montones de polvo brillante son tuyos,
Pero el Redentor es mío."

Todavía tengo otra palabra para ustedes que no temen a Dios. Quisiera que reflexionaran por un momento qué será de ustedes uno de estos días. Dios ama mucho a Sus queridos hijos: los ama tanto que Jesús murió para salvarlos, y sin embargo no pasa por alto sus pecados, sino que los castiga con vara de hombres. Ahora, si hace eso con Sus hijos, ¿qué hará con ustedes que son Sus enemigos? Si el juicio comienza en la casa de Dios; si cuando Su ira humea suavemente es tan caliente, ¿cómo será cuando los vientos de justicia soplen una llama llena de furia? Así como cuando el fuego quema los bosques de las montañas, o como cuando la vasta pradera se convierte en una sábana de fuego, así será en aquel día terrible cuando Dios lance toda Su venganza contra los pecados de los impíos.

Les suplico que piensen en esto. Él no perdonó a Su propio Hijo, sino que lo condenó a una muerte cruel sobre el madero por los pecados de otros: ¿acaso perdonará a Sus enemigos, creen ustedes, que se han rebelado en contra Suya, y han rechazado Su misericordia, cuando los visite por sus propios pecados personales? "Entended ahora esto, los que os olvidáis de Dios, no sea que os despedace, y no haya quien os libre."

Un pensamiento más, pues no puedo enviarlos a casa con esa terrible advertencia y sin ningún aliento del Evangelio. Aprendan una lección de los hijos de Señor. Cuando Sus hijos son castigados, ellos se someten, y cuando se someten obtienen la paz. Pecador, te suplico, aprende sabiduría; y si has tenido problemas recientemente, si has tenido pruebas de Dios, sométete a Él, sométete a Él.

El viejo Master Quarles presenta un cuadro original de un hombre que está golpeando a un enemigo con un desgranador. La persona asaltada corre directo a los brazos de quien lo está golpeando y así escapa a la fuerza del golpe, y Quarles agrega la siguiente observación: "entre más lejos, el golpe es más duro." Pecador, acércate, corre hacia el pecho de Dios hoy. Di: "Me levantaré e iré a mi padre. Dios no te va a golpear si vas allá. ¿Cómo podría hacerlo? El Señor dice: "¿O forzará alguien mi fortaleza? Haga conmigo paz; sí, haga paz conmigo." Cuando ese brazo esté levantado para golpearte, aférrate a él. Aférrate a ese brazo de fortaleza como es revelado en Jesucristo, pues en Él Dios ha desnudado Su santo brazo ante los ojos de todo Su pueblo. Cuélgate del brazo que de otra manera te aplastaría.

Confía en el Señor, pecador, a través de Jesucristo, el sacrificio de expiación, y encontrarás paz en Él. Pídele con humilde sumisión que quite el pecado que te ha hecho sufrir, y que por poco te cuesta el alma.

Pídele que te escudriñe y encuentre el pecado. Arrepiéntete y cree en el Evangelio. Abandona el mal y aférrate al Salvador, el grandioso Médico que cura la enfermedad del pecado, y vivirás. Ven ahora a la casa de tu Padre. Esos harapos, ese estómago hambriento, esos cerdos y platos sucios, esos ciudadanos que no te quisieron ayudar, el más blando de todos los ciudadanos cuya sola bondad consistió en degradarte aún más de lo que estabas: todo esto te fue enviado para traerte de regreso a casa. Créelo, alma, y di: "Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti." Y mientras estás diciendo eso, tendrás el beso de Su amor, el abrazo de Su afecto, el manto de Su justicia, y el becerro engordado de alimento espiritual, y habrá gozo en lo concerniente a ti, tanto en la tierra como en el cielo. Que el Señor los bendiga, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.


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