Para tu gozo/¿Cómo es posible que Dios me ame?

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Sobre esta Traducción
English: For Your Joy/How Can God Love Me?

© Desiring God

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Por John Piper sobre El Evangelio
Capítulo 3 del Libro Para tu gozo

Traducción por Desiring God


En [Él] tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia.- Efesios 1.7

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna.- Juan 3.16

Difícilmente habrá quien muera por un justo, aunque tal vez haya quien se atreva a morir por una persona buena. Pero Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros. - Romanos 5.7-8 (NVI)

LA medida del amor que Dios siente por nosotros se refl eja en dos cosas: una es el grado de su sacrifi cio al salvarnos del castigo por nuestro pecado; la otra es el grado de nuestra indignidad cuando nos salvó.

Podemos comprobar la medida de su sacrifi cio en las palabras: “ha dado a su Hijo unigénito”. La palabra “Cristo” también refl eja la medida del amor de Dios. Es un nombre basado en el griego Cristos, que signifi ca “Ungido”, o “Mesías”, un término de gran dignidad. El Mesías sería el rey de Israel, quien conquistaría a los romanos y le traería paz y seguridad a Israel. Resumiendo, pues, la persona que Dios envió para salvar a los pecadores era su propio Hijo divino, su único Hijo, y rey ungido de Israel —de hecho, el rey del mundo (Isaías 9.6-7).

Cuando a esto le añadimos la muerte tan horrible que sufrió Jesús en la cruz, resulta evidente que el sacrifi cio que hicieron el Padre y el Hijo fue tan grande que no se puede describir; podríamos decir que fue infi nito si tenemos en cuenta la distancia entre lo divino y lo humano. Aun así, Dios eligió hacer este sacrifi cio para salvarnos.

La medida de su amor aumenta aún más cuando nos fi jamos en lo indignos que somos nosotros. “Difícilmente habrá quien muera por un justo, aunque tal vez haya quien se atreva a morir por una persona buena. Pero Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5.7-8, NVI). Merecíamos el castigo divino, no el sacrifi cio divino.

He oído decir: “Dios murió por las personas, no por la ranas. Fue una respuesta al valor que tenemos como seres humanos.” Esto tergiversa el concepto de la gracia. Nosotros somos peores que las ranas. Ellas no han pecado, no se han rebelado contra Dios ni lo han tratado con desprecio, como si no tuviera ninguna importancia en su vida. No hacía falta que Dios muriera por las ranas. Ellas no tienen la maldad que tenemos nosotros. Nuestra deuda es tan grande que sólo se puede saldar con el sacrifi cio divino. Sólo existe una explicación para el sacrifi cio que hizo Dios por nosotros, y no está en nosotros, sino en “las riquezas de su gracia”. Es absolutamente gratuito. No es una respuesta a nuestro valor, sino a la abundancia del infi nito valor de Dios. De hecho, al fi n y al cabo, en eso consiste el amor divino: la pasión de Dios por cautivar a los indignos pecadores, a un gran precio, con aquello que nos hará supremamente felices para siempre: su infi nita belleza.



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