Por el amor de Dios, volumen 1/3 de diciembre

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Sobre esta Traducción
English: For the Love of God, Volume 1/December 3

© The Gospel Coalition

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Por D.A. Carson sobre Vida Devocional
Capítulo 339 del Libro Por el amor de Dios, volumen 1

Traducción por Beatriz G. Negron


3 DE DICIEMBRE

2 Crónicas 2; 1 John 2; Nahum 1; Lucas 17

UNO PODRÍA PREGUNTARSE POR QUÉ Dios debiera ser alabado por amar al mundo (Juan 3:16) cuando a los cristianos les está prohibido hacerlo (1 Juan 2:15-17).

El mundo, como suele aparecer en Juan y en 1 Juan, es el orden moral en rebelión contra Dios. Cuando se nos dice que Dios ama al mundo, su amor es de admirar porque el mundo es muy malo. El amor de Dios es lo que origina su obra redentora. Ya que su santidad está vinculada a su ira (Juan 3:36), su carácter, que es amor (1 John 4:8, 16), crea su misión redentora.

Lo que Dios prohibe en 1 Juan 2:15-17, sin embargo, es algo totalmente diferente. Dios ama al mundo con su santo amor redentor; él nos prohibe amar al mundo con el amor esquálido de participación. Dios ama al mundo con el amor sacrificial que costó la vida de su Hijo; nosotros no hemos de amar al mundo con el amor egoísta de querer probar todos sus pecados. Dios ama al mundo con ese amor redentor que transforma individuos, de tal manera que ya no pertenecen al mundo; se nos prohibe amar al mundo con la debilidad moral que desea aumentar el número de mundanalidades al convertirnos en participantes activos. El amor de Dios por el mundo es de admirar por su combinación única de pureza y auto-sacrificio; el nuestro provoca horror y repugnancia por su impureza y voraz maldad.

El mundo que Juan contempla en estos versos no es hermoso. Está caracterizado por todos sus lujurias y naturaleza pecaminosa (“la pasión de la carne,” 2:16), todas las cosas de afuera que nos asaltan y tientan a alejarnos del Dios vivo (“la pasión de los ojos,” 2:16), toda la arrogancia de poseer, dominar y controlar (“la arrogancia de la vida,” 2:16). Nada de esto viene del Padre sino del mundo.

Pero los cristianos hacen sus evaluaciones a la luz de la eternidad. “El mundo pasa, y también sus pasiones, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (2:17). Ten lástima de la persona cuya identidad y esperanza descansan en las cosas transitorias. De aquí a diez billones de años en la eternidad, parecerá una pequeña tontería el alardear del carro que ahora manejas, la cantidad de dinero o educación que has recibido, la cantidad de libros que posees, el número de veces que tu nombre ha salido en los titulares. Hayas o no ganado un premio de la Academia resultará ser menos importante que haber sido o no fiel a tu cónyugue. Hayas sido o no una estrella del balancesto significará menos que cuanto de tus riquezas hayas dado generosamente. El que “hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (2:17).


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