Salmo 103: Aprendiendo a hablar (contigo mismo)

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Sobre esta Traducción
English: Psalm 103: Learning How to Talk (to Yourself)

© Desiring God

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Por Ryan Griffith sobre Santificación y Crecimiento

Traducción por Yura Gonzalez


¿Hablas contigo mismo?

No me refiero a cuando estas batallando con los impuestos o revisando tu lista de cosas pendientes.¿ Realmente, te hablas a ti mismo? ¿Encomiendas tu alma al Señor cuando sientes miedo? ¿Cuando tienes necesidad de afecto le ruegas a tu corazón que bendiga al Señor? Como le gusta decir a Paul Tripp, “nadie es más influyente en tu vida que tú porque eres con quien más hablas”.

¿Cómo te hablas en los momentos más difíciles del día? ¿Cómo te animas a poner tu fe en Dios?

El salmo 103 me ha servido de inmensa ayuda como patrón para encomendar mi alma en períodos de desaliento. El salmo comienza (Salmo 103:1–2) y termina (Salmo 103:20–22) con el ruego de David a su propia alma para bendecir al Señor. Si bien hay mucho que extraer de este valioso texto, me gustaría resaltar dos observaciones:

1. Recuerda lo que el Señor ha hecho

El pecado, el dolor y la tristeza pudieran no dejarnos ver la obra de Dios. A veces no podemos ver la manera en que milagrosamente ha obrado en nuestras vidas. Y si bien pudiéramos entrar en contradicción con nuestro diario o nuestros recuerdos, la obra de Dios en la historia redentora es irrefutable.

El Señor hace justicia, y juicios a favor de todos los oprimidos. A Moisés dio a conocer sus caminos, y a los hijos de Israel sus obras.

David nos lleva (y a sí mismo) de vuelta al momento más importante que puede imaginar. Y no es en el valle de Ela con tres piedras lisas en la mano y una honda a su lado. De hecho, ni siquiera es un suceso de su vida.

En cambio, David nos lleva de vuelta al Sinaí (véase Éxodo 6: 6-9). Al momento en que el Señor trabajó con vehemencia, firmeza y decisión para redimir a su pueblo de la esclavitud egipcia. Nos lleva de vuelta a los momentos en que Dios demostró su pacto de amor.

En la lucha por encomendar nuestras almas para bendecir al Señor, no sólo consideramos las cosas generales sobre Él que son ciertas (véase Salmo 103: 3- 5), sino que seguimos el ejemplo de David y abrazamos las realidades concretas e indiscutibles de su obra en la historia redentora. Levantamos nuestra mirada por encima de nuestras propias circunstancias y la fijamos en las pasadas obras de provisión y salvación del Señor. Recordamos lo que Dios ha hecho en la historia por nosotros.

2. Aférrate a una verdad específica sobre el Señor

David hace algo muy instructivo a continuación. Recordando quién es Dios y su obra en la historia redentora, se aferra a un texto específico, el salmo 103:8,

Compasivo y clemente es el Señor, lento para la ira y grande en misericordia.

David cita el Éxodo 34: 6. En el fondo de su auto exhortación (cf. ¡véase también el Salmo 145: 8!), David tiene en mente un texto específico, uno frecuentemente recordado por autores del Antiguo Testamento en medio del pecado (Joel 2:12), la tristeza (Lamentaciones 3: 21–23) y el dolor (Salmo 86:15).

David, Moisés, Jonás, Jeremías, Joel, Nehemías y Ezequías acudieron aquí por ayuda (Jonás 4: 2; Nehemías 9:16; 2 Crónicas 30: 9). Y David teniendo en cuenta este texto comienza a argumentar su significado. --La ira de Dios no dura para siempre, el pecado ha sido expulsado tan lejos como el oriente está del occidente, la compasión de Dios no falla porque suyo es David (véase103: 9- 19).

David está conmovido. Un corazón que antes vacilaba, ahora se eleva. Una inmensa gratitud se transforma en expresión que él no logra guardar para sí: "Bendice, alma mía, al Señor" (véase Salmo 103: 20–22).

¿Al hablar contigo mismo sueles recordar lo que Dios ha hecho por ti en Cristo Jesús? ¿Tienes textos específicos con los que encomiendas tu alma? En los días más oscuros no permitas que tu alma tome el mando. Invoca tu alma para bendecir al Señor. Busca textos específicos con los que puedas enfrentar la batalla de la fe – quizás algunos breves como estos: Mateo 28:20; Hebreos 13: 5–6; Isaías 41:10) o extensos (Romanos 8: 26–39; Juan 10: 7–18; ¡Salmo 103!).

“Que la palabra de Cristo habite en abundancia en vosotros…” (Colosenses 3:16).


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