Todos los que creen luchan contra la incredulidad

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English: All Who Believe Battle Unbelief

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Por Jon Bloom sobre Santificación y Crecimiento

Traducción por Javier Matus


“Creo; ¡ayuda mi incredulidad!” (Marcos 9:24). Esta súplica —esta oración— de un padre desesperado, que estaba intercediendo ante Jesús por su hijo afligido, expresa en cuatro simples palabras una experiencia profunda, difícil, confusa y común. Todos los seguidores de Jesús tienen tanto la fe como la incredulidad, tanto la fe como la duda, presentes en nosotros al mismo tiempo.

Vemos esta presencia paradójica en otras partes de las Escrituras. La vemos en Pedro, quien caminó sobre el agua solo para comenzar a hundirse cuando la incredulidad se apoderó de él (Mateo 14:28-31). La vemos en Tomás, quien declaró: “Nunca creeré” sin una prueba física de la resurrección de Jesús, mientras todavía creía lo suficiente como para quedarse con los otros discípulos hasta que Jesús finalmente se le apareció (Juan 20:25-26). La vemos entrelazada a través de los Salmos, como el Salmo 73, donde los santos luchan en voz alta contra su incredulidad. Y la vemos con demasiada frecuencia en nosotros mismos, por eso nos identificamos con la oración del padre desesperado. La incredulidad es una tentación “común al hombre” para los creyentes (1 Corintios 10:13).

Pero, aunque es una tentación común (y a menudo una tentación sutil), es una espiritualmente peligrosa, una que puede llevarnos a “apartarnos del Dios vivo” (Hebreos 3:12). Es un enemigo contra el que debemos luchar vigorosamente.

Cada uno de nosotros lucha en batallas únicas contra este enemigo, porque cada uno de nosotros tiene experiencias y temperamentos únicos que nos hacen especialmente vulnerables a ciertas formas de incredulidad. Obtener ayuda para ver nuestras vulnerabilidades a la incredulidad es crucial para ganar nuestras batallas. Y es algo en lo que Jesús está feliz de ayudarnos, si se lo pedimos.

Contenido

Padre desesperado y vulnerable

El padre del niño afligido en Marcos 9:14-29 seguramente tenía una vulnerabilidad única a la incredulidad. Y no es difícil entender por qué. Imagínate cómo había sido su experiencia hasta el momento en que se encontró con Jesús.

Había pasado varios años probablemente haciendo todo lo que podía, para ayudar a su hijo (Marcos 9:21). La terrible aflicción tenía una fuente demoníaca, que había atormentado al niño desde la infancia temprana, provocando convulsiones violentas e impidiéndole hablar (Marcos 9:17-18). El padre, y sin duda su esposa, había salvado a su precioso hijo —su único hijo unigénito (Lucas 9:38)— de la muerte en numerosas ocasiones, rescatándolo del fuego y del agua (Marcos 9:22). Lo que significa que vivían con el temor diario de no estar allí a tiempo para salvarlo la próxima vez. Y vivían con el futuro temor de lo que sería de él cuando uno o ambos ya no estuvieran allí para salvarlo.

También es probable que vivían con una profunda fatiga provocada por la vigilancia continua día y noche. Puede que hayan soportado una especie de tensión relacional recurrente en su matrimonio que a menudo acompaña a situaciones de crianza estresantes y dolorosas. Probablemente vivieron con las numerosas maneras en que la aflicción de su hijo los afectó financieramente, desde los costos directos de buscar ayuda para él, hasta los costos indirectos de tener menos tiempo dedicado a ganarse la vida. Y encima de todo eso, probablemente vivieron con la vergüenza de que tal vez ellos, o su hijo, de alguna manera habían pecado y traído esta maldición sobre el niño —una vergüenza agravada por saber que otros probablemente se preguntaban lo mismo (como en Juan 9:1-2).

Batallas únicas en una guerra común

Seguramente este padre atribulado había orado a menudo por su hijo invaluable, pero sin resultados visibles. Seguramente había buscado previamente a otros líderes espirituales o exorcistas para expulsar al demonio, pero fue en vano.

Escuchar historias sobre el poder de Jesús sobre las enfermedades y los demonios despertó en él suficiente esperanza para llevar a su hijo a ver a Jesús. Al no encontrar al famoso Rabino, pidió ayuda a los discípulos de Jesús. Pero no fueron más efectivos que cualquier otra persona había sido (Marcos 9:18). Podemos entender por qué su esperanza, y por lo tanto su fe, parecían menguar cuando Jesús apareció.

La razón por la que digo todo esto es para mostrar cómo este padre era mucho como nosotros. Su incredulidad tenía sus raíces en su experiencia única. La nuestra también. Sus temores y decepciones dieron forma a sus expectativas. Las nuestras también. Era vulnerable, en lugares profundamente personales, a perder la batalla por la fe. Nosotros también lo somos. Podemos simpatizar con este hombre cuando le suplicó a Jesús: “Si puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros, y ayúdanos” (Marcos 9:22), porque probablemente hemos orado o pensado cosas similares.

Podríamos esperar que Jesús respondiera con tanta gentileza y bondad a este padre desesperado como lo hizo con el leproso que buscaba sanidad, a quien Jesús, con compasión, extendió la mano y tocó, diciendo: “Quiero; sé limpio” (Marcos 1:40-42). Pero no fue así como respondió Jesús.

Reprensión sorprendente y misericordiosa

La respuesta de Jesús a este padre nos toma desprevenidos: “Si puedes creer, al que cree todo le es posible” (Marcos 9:23). Esto nos sorprende. Y la razón es que la mayoría de nosotros podemos identificarnos más con la lucha del padre que con la del leproso. Esperamos que Jesús consuele a este hombre, pero en cambio lo reprende. Nos hace preguntarnos: ¿Es así como Jesús se siente acerca de nuestra incredulidad?

Una forma de responder eso es que, en los Evangelios, Jesús afirma consistentemente a quienes expresan fe y reprende a quienes expresan duda e incredulidad. El leproso que sanó es un buen ejemplo. Este hombre le dijo a Jesús: “Si quieres, puedes limpiarme” (Marcos 1:40). Esta es una declaración de fe, y movió a Jesús a una respuesta compasiva de sanidad.

Pero el padre de este niño afligido le dijo a Jesús: “Si puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros, y ayúdanos” (Marcos 9:22). Hay fe en esta petición; la fe es la razón por la que buscó a Jesús en primer lugar. Pero también hay incredulidad; parte de él no espera que Jesús tenga más éxito que otros habían tenido. Así que recibe la reprensión de Jesús, al igual que Pedro en el agua y Tomás cuando Jesús finalmente se le apareció (Mateo 14:31; Juan 20:27-29).

Y esto es lo que debemos recordar: la reprensión de Jesús es una gran misericordia a un creyente que está permitiendo que la incredulidad infecte y debilite su fe y gobierne su comportamiento.

Misericordia de la disciplina

La fe es el canal a través del cual fluyen las gracias de Dios de salvación, santificación y los dones espirituales. La incredulidad obstruye el canal y por lo tanto inhibe el fluir de la gracia de Dios (Santiago 1:5-8). Entonces, la reprensión de Jesús por la incredulidad del hombre es la disciplina momentánea y misericordiosamente dolorosa del Señor que tiene la intención de exponer la enfermedad de la incredulidad (para usar una metáfora diferente) para que el creyente pueda verla por lo que es y luchar contra ella; porque si no lo hace, no compartirá la santidad del Señor y no dará el fruto apacible de justicia (Hebreos 12:10-11).

En ese sentido, Jesús es el buen doctor. No mima la duda ni la incredulidad, al igual que un buen doctor no mima el cáncer en un paciente. Si se deja invisible y sin tratar, matará. Entonces, lo que Jesús está haciendo es ayudar a este padre en lucha a ver claramente su pecado de incredulidad, tal como lo hizo con Pedro y Tomás.

Y funcionó. Vemos esto en el grito desesperado del padre a Jesús: “Creo; ¡ayuda a mi incredulidad!”. Y como Jesús sacando a Pedro del agua y mostrando a Tomás Sus manos y Su costado, honró la fe del padre, por defectuosa que fuera, y liberó al niño (Marcos 9:25-27).

Jesús te ayudará a ver tu incredulidad

Todos los que creemos en Jesús también tenemos incredulidad en Jesús. No es sorprendente, porque todos vivimos con un pecado interno engañoso (Hebreos 3:13). Y todos vivimos en un mundo caído y engañoso. Así que todos debemos frecuentemente luchar por la fe (1 Timoteo 6:12) luchando contra la incredulidad.

Pero la presencia de la incredulidad en nosotros a menudo es sutil. No siempre la vemos con claridad. Tiene sus raíces en nuestras experiencias únicas y en nuestros temperamentos únicos, que nos hacen especialmente vulnerables a su engaño. Nuestras dudas pueden parecernos comprensibles, incluso justificables. Pero como todo pecado y toda caída, la incredulidad es espiritualmente peligrosa. Lo que realmente necesitamos, aunque preferimos evitarlo, es que Jesús nos ayude misericordiosamente a ver nuestra incredulidad, incluso si eso significa Su disciplina momentáneamente dolorosa.

Habiendo seguido a Jesús durante décadas, he experimentado Su disciplina en numerosas ocasiones, incluso recientemente. Hasta he aprendido a pedirle que me discipline cuando reconozco los síntomas de la incredulidad (que, para mí, son una presencia persistente y oscura de duda, escepticismo, autocompasión y autocomplacencia). Le pido a Jesús que me discipline, no porque disfrute del dolor y la humillación de la exposición de mi incredulidad, sino porque quiero el gozo de creer plenamente que Dios existe y es Galardonador de quienes lo buscan (Hebreos 11:6). Y quiero desatascar el canal de Su gracia hacia mí. Y entonces oro con el salmista:

Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón;
Pruébame y conoce mis pensamientos;
Y ve si hay en mí camino de perversidad,
Y guíame en el camino eterno. (Salmo 139:23-24)
He descubierto que Jesús responde.

Y Él te responderá. Él responderá la oración: “Creo; ¡ayuda a mi incredulidad!”. Y Él te ayudará a luchar contra tu incredulidad al exponerla, al exponer ese lugar que quieres ocultar. Pero no temas Su disciplina; teme la incredulidad. La incredulidad bloqueará los canales de la fe, te robará el gozo y, si no se trata, te destruirá. Sin embargo, el dolor momentáneo de la disciplina es el camino hacia un gozo mayor, ya que abre los canales a más de la gracia de Dios —a más de Dios.


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