¿Qué pasa si ocurre lo peor?

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English: What If the Worst Happens?

© Desiring God

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Por Vaneetha Rendall sobre Sufrimiento

Traducción por Laura Coloma


Cada vez me encuentro más temerosa. No es un miedo que paraliza el corazón o que lo abarca todo, sino más bien el tipo de miedo persistente que se produce cuando veo las tendencias desalentadoras del presente y asumo que las cosas nunca cambiarán. Cuando piensas en el futuro y te preguntas, “¿Qué pasa si ocurre lo peor?”

Que pasa si.

He pasado una vida entera pensando en los “qué pasa si”. Esas preguntas de alguna manera me inquietan, perturban mi paz, me dejan insegura.

Los personajes de la Biblia también se sentían incómodos con las preguntas de tipo “qué pasa si”. Cuando se le pidió guiar a los israelitas, Moisés le preguntó a Dios, “¿Qué pasa si no me creen?” El sirviente de Abraham preguntó acerca de la futura esposa de Isaac, “¿Qué pasa si la joven se niega a venir conmigo?” Los hermanos de José preguntaron, “¿Qué pasa si José nos guarda rencor?” Todos se preguntaron qué pasaría si las cosas salían mal. Tal como lo hacemos nosotros.

Todos enfrentamos una variedad asombrosa de “qué pasa si”. Algunas situaciones son insignificantes, mientras que otras tienen consecuencias que cambian la vida. ¿Qué pasa si mi hijo muere? ¿Qué pasa si me da cáncer? ¿Qué pasa si mi cónyuge me deja?

La dura realidad es que, cualquiera de estas cosas podría ocurrir. Nadie está libre de tragedias o de dolor. No hay garantía de una vida fácil. Para ninguno de nosotros. Nunca.

Estaba pensando en esta aleccionadora realidad hace unos meses. En el transcurso de varios días, traje ante el Señor numerosos deseos y peticiones. Los quería cumplidos. Pero la pregunta inimaginable me atormentó: ¿Qué pasa si mis deseos más íntimos nunca se cumplen y mis pesadillas se hacen realidad?

Mientras estaba sentada meditando en mi Biblia, me acordé de las preguntas con las que he luchado por décadas. “¿Es suficiente Dios? Si mis miedos más profundos se hacen realidad, ¿seguirá Él siendo suficiente?” En el pasado, cada vez que estas preguntas aparecían, las alejaba de mi mente. Pero esta vez sabía que necesitaba afrontarlas.

Me pregunto: si mi salud se deteriora y termino en un asilo, ¿será suficiente Dios? Si mis hijos se rebelan y nunca caminan cerca del Señor, ¿será suficiente Dios? Si nunca vuelvo a casarme ni a sentirme amada por un hombre otra vez, ¿será suficiente Dios? Si mi ministerio no prospera y nunca veo sus frutos, ¿será suficiente Dios? Si mi sufrimiento continúa y nunca le encuentro razón, ¿será suficiente Dios? Desearía haber podido decir automáticamente, “Sí, por supuesto que Dios será suficiente”. Pero me costó. No quise abandonar mis sueños, entregar aquellas cosas que me son queridas, renunciar a lo que sentía que tenía derecho.

Reflexioné sobre mi contrato unilateral no escrito con Dios, donde prometí cumplir con mi parte si Él cumplía mis deseos. De mala gana admití que parte de mi deseo de ser fiel estaba arraigado a la idea de una recompensa. ¿No me debía Dios algo?

A regañadientes abrí mis manos, llenas de mis sueños, y se los entregué. No quería amar a Dios por lo que Él podía hacer por mí. Quería amar a Dios por lo que Él es. Adorarlo porque lo merece.

La presencia de Dios me abrumó mientras renunciaba a mis expectativas. Me hizo recordar que tengo algo mucho mejor que la reafirmación de que mis temidos “qué pasa si” no ocurrirán. Tengo la seguridad de que aun cuando ocurra, Él estará en el medio de todo. Él me llevará. Él me consolará. Él me cuidará con ternura. Dios no nos promete una vida libre de problemas. Pero si promete que estará allí en medio de nuestras penas.

En la Biblia, a Sadrac, Mesac y Abed-nego no les fue garantizada la salvación. Justo antes de que Nabucodonosor los echara al fuego, pronunciaron unas de las palabras más valientes que se hayan dicho. “Ciertamente nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiente . . . Pero si no lo hace, has de saber, oh rey, que no serviremos a tus dioses . . . ” (Daniel 3:17-18, LBLA)

Si no.

Aunque pase lo peor, la gracia de Dios es suficiente. Esos tres jóvenes enfrentaron el fuego sin miedo porque sabían que cualquiera que fuese el desenlace sería finalmente por su bien y por la gloria de Dios. No preguntaron “qué pasa si” ocurre lo peor. Estaban satisfechos sabiendo que “aunque” pasara lo peor, Dios los cuidaría.

Aunque.

Esta simple palabra eliminó el miedo de mi vida. Reemplazar “qué pasa si” por “aunque” es uno de los intercambios más liberadores que podemos hacer. Cambiamos nuestros miedos irracionales de un futuro incierto por la seguridad tranquila de un Dios que no cambia. Vemos que aunque pase lo peor, Dios nos llevará. Él seguirá siendo bueno. Y nunca nos dejará.

Habacuc describe este intercambio de una manera hermosa. A pesar de que había rogado a Dios salvar a su gente, cierra su libro con este bellísimo “aunque” . . .

Aunque la higuera no eche brotes,
ni haya fruto en las viñas;
aunque falte el producto del olivo,
y los campos no produzcan alimento;
aunque falten las ovejas del aprisco,
y no haya vacas en los establos,

con todo yo me alegraré en el Señor,
me regocijaré en el Dios de mi salvación (Habacuc 3:17-18, LBLA)

Amén


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