Evaluándonos A Nosotros Mismos Con La Medida De Fe Que Dios Nos Asignó, II Parte

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English: Assessing Ourselves With Our God-Assigned Measure of Faith, Part 2

© Desiring God

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Por John Piper sobre Santificación & Crecimiento
Una parte de la serie Romans: The Greatest Letter Ever Written

Traducción por Desiring God

Romanos 12:1-8
Por consiguiente, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios, que es vuestro culto racional. Y no os adaptéis a este mundo, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente, para que verifiquéis cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, aceptable y perfecto. Porque en virtud de la gracia que me ha sido dada, digo a cada uno de vosotros que no piense más alto de sí que lo que debe pensar, sino que piense con buen juicio, según la medida de fe que Dios ha distribuido a cada uno. Pues así como en un cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los miembros tienen la misma función, así nosotros, que somos muchos, somos un cuerpo en Cristo e individualmente miembros los unos de los otros. Pero teniendo dones que difieren, según la gracia que nos ha sido dada, usémoslos: si el de profecía, úsese en proporción a la fe; si el de servicio, en servir; o el que enseña, en la enseñanza; el que exhorta, en la exhortación; el que da, con liberalidad; el que dirige, con diligencia; el que muestra misericordia, con alegría”

La semana pasada comenzamos con nuestro esfuerzo por comprender y aplicar Romanos 12:3. Vimos que este versículo es el principio de una explicación a la mente renovada mencionada en el versículo 2: “no os adaptéis a este mundo, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente”. El primer tema que Pablo aborda, respecto a qué es nuevo en la mente renovada, es la manera de pensar de esta mente renovada acerca de sí misma en relación a Dios y a los demás. Pienso que Pablo aborda este tema primero, no porque sea lo más importante que hace la nueva mente, sino lo más peligroso. La manera en que pensemos acerca de nosotros mismos no puede salvarnos, pero sí puede destruirnos.

Así, Romanos 12:3 comienza con una advertencia: “Porque en virtud de la gracia que me ha sido dada, digo a cada uno de vosotros [¡incluido usted que me escucha en este momento!] que no piense más alto de sí que lo que debe pensar”. Ahí está el peligro. Pensar demasiado elevado acerca de nosotros mismos es muy peligroso para el alma. En Norteamérica creemos lo contrario, en especial las agencias de publicidad. Exaltar al ego no es peligroso; es beneficioso. En 6th Street, tras nuestra iglesia, hay una valla publicitaria donde pueden leer un anuncio de McDonalds: “Me, myself and my salad” [Yo, yo mismo, y mi ensalada]. Los anunciantes, educadores, concejeros, administradores de recursos humanos, entrenadores, políticos, y pastores, un día rendirán cuentas por la forma en que explotaron esa tendencia suicida que tiene la mente humana de inclinarse hacia el orgullo.

Pablo hace todo lo contrario. Hace lo que demanda el amor. En el versículo 3 nos previene contra el orgullo: “digo a cada uno de vosotros que no piense más alto de sí que lo que debe pensar”. En otras palabras, Pablo hace que la primera tarea de la mente cristiana renovada sea erradicar el orgullo y cultivar la humildad ¿Qué es lo nuevo en la mente renovada? El orgullo es condenado a muerte; la humidad comienza a crecer.

Después, en la segunda mitad del versículo, Pablo da la alternativa positiva para pensar muy alto de nosotros mismos. Él dice: “…sino que piense con buen juicio, según la medida de fe que Dios ha distribuido a cada uno”. Y preguntamos: ¿por qué, Pablo, usted hace que la fe y la medida en que Dios la asignó a cada uno, sea la norma —el modelo— que determine cómo debe pensar la nueva mente cristiana de uno mismo? ¿Qué logra para nosotros al decirnos que el buen juicio propio proviene la definición y valoración según la medida de fe que Dios ha asignado a cada uno? Y dije que vi en el texto cuatro respuestas para esa pregunta. Dos de ellas las tratamos la vez pasada. Hoy abordaremos una más. Realmente es más apropiado que la cuarta que mencioné forme parte de la serie sobre los dones espirituales, que comenzará en nuestro próximo encuentro.


¿Por qué Pablo Hace que la Fe Sea el Modelo que Mida al Ego?

1. Resumiendo, la primera razón por la que Pablo hace que la fe sea el modelo que mide al ego, es que la esencia de la fe es que ella aparta la vista del ego para ponerla en Cristo y atesorarlo como infinitamente valioso, importante, y digno de estima. Cuando la fe se para frente a un espejo, éste se vuelve una ventana en la que ve, del otro, lado la gloria de Cristo.

La medida de nuestro nuevo ser en Cristo —la mente renovada— depende del grado en que seamos capaces de apartar la vista de nosotros mismos y ponerla en Cristo como nuestro único tesoro. Si Cristo significa mucho para usted, usted es mucho. Si Cristo significa menos para usted, usted es menos. Su medida se incrementará o disminuirá dependiendo de la manera en que usted mida a Cristo. El valor que él signifique para usted, será el valor que usted tendrá. Cuán capaz sea de atesorar a Cristo, definirá cuán valioso será usted. Esa fue la primera respuesta.

2. La segunda respuesta fue: Pablo hace que la fe sea el modelo que mide nuestra identidad propia y el punto de referencia para auto-valorarnos, porque la fe es un don de Dios y por tanto pone fin a la jactancia. Romanos 12:3b: “digo a cada uno de vosotros que no piense más alto de sí que lo que debe pensar, sino que piense con buen juicio, según la medida de fe que Dios ha distribuido a cada uno”. La cantidad de fe que tenemos es un don de Dios. Por tanto, ningún cristiano debe gloriarse frente a un no cristiano, como si el cristiano hubiera alcanzado algo por su propia fuerza, sabiduría, o virtud « ¡Oh, nosotros creímos! Respondimos al llamado de Dios. Renunciamos al pecado y postramos nuestros rostros para seguir a Jesús. Y en todo lo que hicimos, sabíamos que estábamos siendo llevados».

Es por gracia que mi corazón aprendió a temer.

Y fue la gracia quien mis temores alivió.
Qué precioso fue que apareciese la gracia.

En el primer momento en que creí.

“Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8). Si mi temor, mi alivio, y mi fe son definitiva y decisivamente una obra de la gracia soberana de Dios, entonces la jactancia queda excluida. Y así, haciendo que la medida de fe que Dios asignó a cada uno sea el modelo a tener en cuenta al definir y valorar al cristiano, Pablo corta el nervio de la jactancia.

Ahora bien, hoy llegamos a la tercera razón por la que Pablo convierte a la fe en el modelo que determina cuándo pensamos con buen juicio acerca de nosotros, específicamente que:

3. Dios asigna la fe en diferentes proporciones a su gente, porque así produce una humilde independencia con todos nosotros sirviendo y siendo servidos, hecho que conlleva a una unidad dentro de esa diversidad, que es más difícil, y da más gloria Dios que si todos tuviésemos el mismo grado de fe.

Si llega a este texto con la típica suposición de que usted es un centro de consciencia, autónomo, capaz de determinar sus propios actos en el universo; entonces esta afirmación puede trastornar su celebro. La Biblia no tiene esa suposición. Examinemos cuidadosamente Romanos 12:3b: “digo a cada uno de vosotros que no piense más alto de sí que lo que debe pensar, sino que piense con buen juicio, según la medida de fe que Dios ha distribuido a cada uno”. La medida de fe que Dios ha asignado difiere de un cristiano a otro. De hecho, en un mismo cristiano es diferente en distintos momentos de su vida.

Permítanme lidiar con tres preguntas que surgen de este hecho:

3.1 ¿Experimentamos la fe en diferentes grados?
3.2 ¿Conocer que esa diferencia es definitivamente una obra de Dios, nos ayudará o nos lastimará?
3.3 ¿Por qué Dios asignó diversos grados de fe en la iglesia, cuando su voluntad revelada es que todos seamos fuertes en la fe?

3.1 ¿Experimentamos la Fe en Diferentes Grados?

Por experiencia propia, todos conocemos la respuesta a esta pregunta. La respuesta es sí. Si la fe es dejar de poner la vista en nosotros para ponerla en el infinito valor de Cristo, a fin de que seamos satisfechos con todo lo que Dios es para nosotros en Cristo —con toda su perfección y con toda su obra como Profeta, Pastor, Rey, y con su sacrificio— entonces todos sabemos que nuestra visión de Cristo en ocasiones es oscurecida por cientos de motivos, y que nuestra satisfacción en Cristo aumenta y disminuye en algunas etapas de nuestras vidas, y aun en algunos momentos de un mismo día ¿Quién puede negar algo así —a no ser aquellos que definen la fe como algo tan mecánico que ni siquiera tiene vida, ni exhala sensibilidad hacia Cristo día a día? Esto lo sabemos por experiencia. Por tanto, nosotros sí experimentamos la fe en diferentes grados de uno a otro, y en nuestras propias vidas.

Pero sería bueno probar y confirmar nuestra experiencia desde el punto de vista bíblico. Entonces consideremos 2da a los Tesalonicenses 1:3: “Siempre tenemos que dar gracias a Dios por vosotros, hermanos, como es justo, porque vuestra fe aumenta grandemente, y el amor de cada uno de vosotros hacia los demás abunda más y más”. Aquí hay una afirmación clara de que la fe no es estática. La fe puede crecer. Y por implicación puede debilitarse y marchitarse. Aquí mismo, en Romanos, consideren el capitulo 14:1: “Aceptad al que es débil en la fe”. En otras palabras, algunos son más débiles en la fe y otros más fuertes. Así que la respuesta es sí, experimentamos la fe en diferentes grados de uno a otro, y en nuestras propias vidas.

3.2 ¿Conocer que Esa Diferencia es Definitivamente una Obra de Dios, Nos Ayudará o Nos Lastimará?

Leámoslo de nuevo. Romanos 12:3b: “digo a cada uno de vosotros que no piense más alto de sí que lo que debe pensar, sino que piense con buen juicio, según la medida de fe que Dios ha distribuido a cada uno”. Hay muchas objeciones que las personas levantan ante la enseñanza bíblica que afirma que la cantidad de fe que poseemos es un don de Dios, y que Dios permanece soberano rigiendo nuestras vidas, aún después que creemos. De modo que la explicación definitiva a ¿Por qué creemos y en qué medida lo hacemos? Siempre será Dios. Nosotros no somos quienes tenemos la última palabra, es Dios.

Una de las objeciones es que tener esa convicción simplemente nos volverá fatalistas y pasivos. Lo que ha de ser, que sea. Si definitivamente es Dios quien decide si creemos o no, y cuánto, entonces pelear la batalla de la fe (1ra a Timoteo 6:12) carecería de sentido. Esta es la objeción.

Mi respuesta a esta objeción es que no es cierto. Si Dios es soberano, y puede traer a la vida a aquellos que están muertos en delitos y pecados (Efesios 2:1-5), y puede restaurar a los reincidentes una y otra vez (Lucas 22:31-32; Lamentaciones 5:21), entonces la batalla de la fe no se vuelve un hecho carente de sentido, se convierte en una batalla posible. Sin la intervención decisiva de Dios es imposible llegar a la fe, perseverar en la fe, y crecer en la fe (Marcos 10:27).

El problema con esta objeción es que asume que comenzamos desde una posición relativamente neutra, y que por tanto podemos lo mismo volvernos creyentes o no creyentes, y después fortalecernos o debilitarnos. Pero según la Biblia no comenzamos desde una posición neutra, comenzamos desde una mente depravada. Somos duros, rebeldes, ciegos, y espiritualmente muertos para la gloria de Cristo. Si alguna vez vamos a creer, Dios tiene que ablandarnos, dominarnos, darnos la vista, y levantarnos de entre los muertos. Si tiene el más mínimo ápice de fe salvadora, es por lo que Dios ha hecho por usted.

De modo que según la Biblia, los creyentes no dicen que el poder soberano de Dios hace que la batalla por la fe carezca de sentido, dicen que el poder soberano de Dios hace que la batalla de la fe sea posible. He aquí la forma de hablar de los creyentes:

Filipenses 2:12-13: “ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor; 13 porque Dios es quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer, para su beneplácito”. El querer y el hacer de Dios en nosotros, no hace que nuestro trabajo carezca de sentido; al contrario, hace que sea posible. 1ra a los Corintios 15:10: “Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no resultó vana; antes bien he trabajado mucho más que todos ellos, aunque no yo, sino la gracia de Dios en mí”.

La soberana gracia de Dios no hizo que el trabajo de Pablo careciera de sentido; lo hizo posible.

Para aquellos de nosotros que saben cuán voluble y frágil es nuestra voluntad, resulta muy reconfortante y de gran confianza, saber que el Dios de nuestro Pacto se ha comprometido consigo mismo a sustentar nuestra fe, y a no dejar que dependa de nosotros: “estando convencido precisamente de esto: que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús” (Filipenses 1:6). Entonces no es en vano cuando los discípulos le dicen a Jesús —y cuando le decimos a Jesús— “¡Auméntanos la fe!” (Lucas 17:5). Jesús no escucha esa oración desesperada y responde, “eso no es trabajo mío, es asunto de ustedes”.

Y no carece de sentido que en la batalla por la fe abramos nuestras Biblias y leamos, o escuchemos una exhortación bíblica de algún consejero espiritual, o nos sentemos bajo la oración de la Palabra de Dios, el propio Dios ha establecido este medio cuando dice en Romanos 10:17: “la fe viene del oír, y el oír, por la palabra de Cristo”.

Dios es el obrero decisivo y definitivo en nuestra vida espiritual, y ha establecido medios —como la oración y la Palabra de Cristo— para que su obra se cumpla. Saberlo es muy útil y precioso.

3.3 ¿Por qué Dios Asignó Diversos Grados de Fe en la Iglesia, Cuando su Voluntad Revelada es que Todos Seamos Fuertes en la Fe (Efesios 6:10)?

Aquí tenemos que confiar en la sabiduría de Dios cuando no tenemos la respuesta completa. Creo que puedo ver parte de la respuesta. Se las leeré desde Romanos 15:5-6: “Y que el Dios de la paciencia y del consuelo os conceda tener el mismo sentir los unos para con los otros conforme a Cristo Jesús 6 para que unánimes, a una voz, glorifiquéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo”. Obviamente, Dios sabe que un cuerpo de creyentes, que no solo tenga diferentes dones, sino también diferentes grados de fe, le traerá mayor gloria cuando finalmente sean capaces, por gracia, de vivir en dulce armonía (sin sentir orgullo por tengan mucha fe, o desesperación por saber que tienen menos fe); más gloria que si todos fueran simplemente idénticos en la fe y en la fuerza espiritual.

Piensen de este modo. 1ra a los Tesalonicenses 5:14 dice: “Y os exhortamos, hermanos, a que amonestéis a los indisciplinados, animéis a los desalentados, sostengáis a los débiles y seáis pacientes con todos”. Nada de esa clase de amor tan hermoso y particular, sería posible si no existieran cristianos pasivos, cristianos desalentados, y cristianos débiles. Esa amonestación, esa exhortación, esa ayuda, esa paciencia, no fueran necesarias. Todos serían iguales.

Dios ha ordenado que sea de otra manera en el cuerpo de Cristo hasta que Jesús venga. Dentro de nuestra mente depravada y pecaminosa por naturaleza, ha ordenado que seamos transformados gradualmente, con diferentes pasos, con diferentes consistencias, y en diferente medida. Y de esta forma hace que el propio pecado que él aborrece sirva a la belleza del cuerpo de Cristo. Sus métodos producen una humilde independencia donde todos servimos y somos servidos. Esta interdependencia conlleva a una unidad mucho más difícil de lograr dentro de toda esa diversidad, y a una glorificación de Dios mucho más buena y hermosa que si todos tuviésemos la misma fe.

Resumen a Modo de Exhortación

Entonces concluyo con este sumario a modo de exhortación:

1.Teniendo en cuenta nuestra propia experiencia y la Biblia, hemos aprendido que la fe aumenta y disminuye. Y que no debemos sentirnos sorprendidos ni volvernos pasivos ante los diferentes grados de fe existentes dentro de la iglesia y dentro de nosotros mismos.
2.Aprendimos desde la Biblia que si nosotros, pecadores por naturaleza, fuésemos dejados a nuestra cuenta, nuestra fe solo decaería. Por tanto, regocijémonos de que Dios no nos ha dejado a nuestra cuenta, sino que está obrando en nosotros “tanto el querer como el hacer, para su beneplácito”. Que una persona no crea en lo absoluto, y a la mañana siguiente se haya convertido en un creyente, es posible por una sola razón: Dios es soberano, y su gracia abundante. ¡Regocijémonos en esto!
3.No nos contentemos nunca con una condición de fe baja, o débil, porque Dios ordena, “Fortaleceos en el Señor y en el poder de su fuerza (Efesios 6:10). Más bien tornemos cada debilidad y cada fortaleza en una hermosa ocasión para el amor, ya sea para servir, o para ser servido “según la medida de fe que Dios ha asignado a cada uno”.

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