La Crítica y la Cruz

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English: The Cross and Criticism

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Por Alfred Poirier sobre Consejería Bíblica
Una parte de la serie Journal of Biblical Counseling

Traducción por Ana Villoslada


El 28 de enero de 1986, la lanzadera espacial Challenger y su tripulación se embarcaron en una misión con el fin de ampliar los horizontes didácticos y promover la evolución del conocimiento científico. El principal objetivo de la misión “Challenger 51-L” era la impartición de lecciones educativas desde el espacio por la profesora Christa McAuliffe. Desde luego se impartió una lección, pero no la que todo el mundo esperaba.

75 segundos tras el despegue se desató la tragedia. Ante la mirada de todo el planeta, de repente la lanzadera estalló por lo alto, desintegrándose la cabina junto con la tripulación. Los restos de metal, sangre y huesos cayeron en picado hacia la tierra con la gloria de nuestra nación.

¿Qué había ido mal? Esa era la insistente pregunta que todo el mundo se hacía. El equipo de investigadores descubrió en seguida la causa concreta mientras examinaba los restos. El problema se encontró en las juntas tóricas (anillos de goma) diseñadas para adaptarse perfectamente a las juntas de las ranuras del motor del cohete. Obviamente, las juntas tóricas se habían vuelto defectuosos ante condiciones adversas y el fallo mecánico resultante acabó en tragedia. ¿Esa era toda la historia?

Al final la verdad salió a la luz. El New York Times lo anunció con franqueza: la causa final del desastre de la lanzadera espacial fue el orgullo. Un equipo compuesto por los mejores managers hizo caso omiso de las advertencias, consejos y críticas hechas por aquéllos con vistas en el futuro preocupados por la fiabilidad operativa de algunas partes del motor de la lanzadera en condiciones de presión anormales. Sólo piense:haber hecho caso de las críticas podría haber salvado siete vidas humanas.

Como pastor, líder en la iglesia y profesor para Peacemaker Ministries, estoy bendecido gracias a la oportunidad de ministrar a personas y congregaciones en conflicto. Entre muchas de las cosas que he podido aprender, una de ellas es el papel dominante que tiene el criticar y recibir críticas a la hora de agravar un conflicto. Y con más razón he aprendido que el remedio ofrecido maravillosamente por Dios nos exige que volvamos a la cruz de Cristo. Para el propósito que tenemos por delante, quiero que examinemos el problema de recibir críticas.


La dinámica defensiva contra la crítica


En primer lugar, voy a definir lo que quiero expresar con crítica. Estoy usando este término en un sentido amplio refiriéndome a cualquier juicio que alguien hace de usted porque no puede cumplir con un criterio. El criterio puede ser de Dios o de un hombre. El juicio puede ser verdadero o falso, puede hacerse con amabilidad con intención de corregir o con dureza y de forma condenatoria, puede hacerlo un amigo o un enemigo, pero en cualquier caso es un juicio o una crítica sobre usted porque no ha cumplido con un criterio.

Sea como sea, la mayoría de nosotros estaremos de acuerdo en que la crítica es difícil de aceptar. ¿Quién de nosotros no conoce a alguien con quien hay que tener especial cuidado con nuestras observaciones no sea que exploten en respuesta a las correcciones que sugerimos? Desgraciadamente, cuando viajo por el país, la historia que se escucha a menudo es la de que muchas personas nunca se atreverían a enfrentarse o a criticar a sus pastores o líderes por miedo a las represalias. Muchos simplemente buscan otra organización para la que trabajar u otra iglesia a la que asistir.

De hecho, ¿no conoce a líderes que eligen para su círculo íntimo a las personas que son más complacientes con ellos? ¿Cuántas veces lo han advertido de “andarse con pies de plomo” con esa persona?

Por muy triste que pueda parecer, esas personas no son muy diferentes de mí. A mí tampoco me gusta la crítica. Me cuesta aceptar cualquier tipo de crítica. Preferiría mucho más ser elogiado que corregido, alabado que reprendido. ¡Preferiría mucho más juzgar que ser juzgado! Y no creo que sea el único. Cuánto más escucho, más oigo la dinámica defensiva contra la crítica.

Cuando aconsejo, veo esa dinámica en la manera chistosa en la que una pareja se distrae con cualquier tema a mano para discutir sobre quién dijo qué, cuándo y dónde; o en cómo las personas debaten una y otra vez si fue el martes o el miércoles cuando hicieron algo.

¿Por qué empleamos tanto tiempo y energía aplastando con mazos estas moscas? ¿Por qué nuestras mentes y nuestros corazones se implican instantáneamente y nuestras emociones surgen con tanto vigor en nuestra defensa? La respuesta es sencilla. Estos temas no son secundarios o insignificantes. Defendemos lo que consideramos de gran valor. Pensamos que es nuestra vida lo que estamos salvando; creemos que algo mucho mayor se perderá si no empleamos todos nuestros medios para salvarlo. Nuestro nombre, nuestra reputación, nuestro honor, nuestra gloria.

“Si no señalo que me han malinterpretado, tergiversado mis palabras o acusado falsamente, entonces los demás no sabrán que yo tengo razón. Y si yo no señalo mi razón, nadie lo hará. Seré desdeñado y condenado ante los ojos de los demás”.

¿Ve al ídolo del yo aquí? ¿El deseo de autojustificación? Los ídolos tienen piernas. A causa de este profundo deseo idólatra de autojustificación, la tragedia de la lanzadera espacial se agota una y otra vez en nuestras relaciones. Destruye nuestra capacidad para escuchar y aprender y nos lleva a disputas.

De este modo, por nuestro orgullo y necedad, sufrimos voluntariamente la pérdida de amigos, esposa o personas queridas. Algo de esta destrucción viene en forma de breve tregua. Aguantamos una guerra fría, firmamos una paz falsa. Nos comprometemos los unos con los otros para debatir sólo aquello que tiene muy poca importancia para el bien de nuestras almas. Plantamos minas terrestres y amenazamos a alguien con que explotaremos de ira si sacan el tema tabú de mi equivocación, error o mi pecado.

Así es como progresan las divisiones y las facciones en las iglesias. Nos rodeamos de hombres “sí”, personas dispuestas a no cuestionarnos, aconsejarnos o criticarnos.

Aún así, mientras seguimos defendiéndonos de las críticas, vemos que las Escrituras enseñan algo distinto.


Crítica elogiada


La habilidad para escuchar y hacer caso de la corrección o la crítica es elogiada en las Escrituras, sobre todo en Proverbios. Ser una persona enseñable, capaz y dispuesta a recibir corrección es de sabios. Y un padre o madre sabio promoverá e inspirará esa actitud en sus hijos e hijas.

“El camino del necio es recto a sus propios ojos, mas el que escucha consejos es sabio” (Pr. 12:15).

“Por la soberbia sólo viene la contienda, mas con los que reciben consejos está la sabiduría" (Pr. 13:10).

“La reprensión penetra más en el que tiene entendimiento que cien azotes en el necio” (Pr. 17:10).

La capacidad para recibir un consejo, corrección o reprensión no sólo se considera una característica del sabio y la incapacidad una característica del necio, sino que tanto el sabio como el necio cosechan según su capacidad para recibir críticas:

“El que desprecia la palabra pagará por ello, pero el que teme el mandamiento será recompensado” (Pr. 13:13).

“Da instrucción al sabio, y será aún más sabio, enseña al justo, y aumentará su saber” (Pr. 9:9).

“El que tiene en poco la disciplina se desprecia a sí mismo, mas el que escucha las reprensiones adquiere entendimiento” (Pr. 15:32).

Hay ganancia al recibir críticas. No extraña que David lo exclamase en el salmo 141:5: “Que el justo me hiera con bondad y me reprenda; es aceite sobre la cabeza; no lo rechace mi cabeza”. David conoce el beneficio de adquirir entendimiento, conocimiento y sabiduría. Sabe que la reprensión es una bondad, una bendición, un honor.

¿Cómo podemos pasar de ser siempre prontos para defendernos contra todo tipo de críticas a al contrario, pasar a ser como David que lo veía como una ganancia? La respuesta es mediante entendimiento, creyendo y declarando todo lo que Dios dice sobre nosotros en la cruz de Cristo.

Pablo lo resumió cuando dijo: “He sido crucificado con Cristo”. Un creyente es aquel que se identifica con todo lo que Dios declara y condena en la crucifixión de Cristo. Dios declara en la crucifixión de Cristo la verdad completa sobre Él mismo: Su santidad, benignidad, justicia, misericordia y verdad revelada y mostrada en Su Hijo, Jesús. Del mismo modo, Dios condena la mentira en la cruz: pecado, engaño y el corazón idólatra. Condena mi naturaleza pecadora tanto como mis pecados concretos. Veamos cómo se aplica esto a la hora criticar y recibir críticas.


Primero. En la Cruz de Cristo estoy de acuerdo con el Juicio de Dios


Me veo como Dios me ve: un pecador. No hay manera de escapar a la verdad: "No hay justo, ni aun uno" (Ro. 3:9-18). Como respuesta a mi pecado, la cruz me ha criticado y juzgado de la manera más intensa, profunda, penetrante y verdadera como nadie hubiera podido jamás. Este conocimiento nos permite decir de otras críticas hacia nosotros: sólo son una parte muy pequeña de ellas.

“Maldito todo el que no permanece en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas” (Gá. 3:10).

"Porque cualquiera que guarda toda la ley, pero tropieza en un punto, se ha hecho culpable de todos” (Stg. 2:10).

Por fe, yo confirmo el juicio de Dios conmigo, que soy un pecador. También creo que la respuesta a mi pecado está puesta en la cruz.

“Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive” (Gá. 2:20).

“Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado con Él [Jesús], para que nuestro cuerpo de pecado fuera destruido, a fin de que ya no seamos esclavos del pecado” (Ro. 6:6).

Si la cruz habla de algo, habla de mi pecado. La persona que dice: "con Cristo he sido crucificado” es una persona bien al corriente de su naturaleza pecadora. Usted nunca conseguirá que la vida vaya bien mediante sus propios esfuerzos y sin ayuda porque todos los que dependen de cumplir la ley están bajo maldición. “Maldito todo el que no permanece en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas” (Gá. 3:10). De este modo la cruz no se limita a criticarnos o juzgarnos, nos condena por no hacer todas las cosas escritas en la ley de Dios. ¿Usted lo cree? ¿Siente la fuerza de esa crítica? ¿Valora la minuciosidad del juicio de Dios?

La persona crucificada también sabe que no puede defenderse por si sola contra el juicio de Dios compensando su pecado con buenas obras. Piense en este hecho: “Porque cualquiera que guarda toda la ley, pero tropieza en un punto, se ha hecho culpable de todos” (Santiago 2:10).

Afirmar ser cristiano es estar de acuerdo con todo lo que Dios dice de nuestro pecado. Como persona “crucificada con Cristo”, admitimos, estamos de acuerdo y aprobamos el juicio de Dios contra nosotros: “No hay justo, ni aun uno” (Ro. 3:10).


Segundo. En la cruz de Cristo estoy de acuerdo con la justificación de Dios


En la cruz de Cristo, no sólo tengo que estar de acuerdo con el juicio de Dios hacia mí como pecador sino también tengo que estar de acuerdo con la justificación que Dios ha hecho de mí como pecador. Mediante el sacrifico de amor de Jesús, Dios justifica a impíos (Ro. 3:21-26).

“Y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”. (Gá. 2:20). Mi objetivo es gloriarme en la justificación en Cristo, no en mí.

“Porque por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Él [Dios]” (Ro. 3:20).

“Es decir, la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen” (Ro. 3:22).

El orgullo alimenta las disputas, decía Salomón. A menudo las disputas consisten en quién tiene la razón. Las disputas estallan en nuestra necesidad idólatra de autojustificación pero no si estoy apelando a la cruz. Porque la cruz no solo declara el veredicto justo de Dios contra mí como pecador sino también Su declaración de justificación mediante la gracia por la fe en Cristo.

La cruz de Cristo me recuerda que el Hijo de Dios me amó y dio su vida por mí; y por ello, Dios me ha aceptado completamente y para siempre en Cristo. Así funciona la gracia: Cristo nos redimió de la maldición de la ley haciéndose maldito por nosotros, porque está escrito: "Maldito todo el que cuelga de un madero”. Él nos redimió, a fin de que en Cristo Jesús la bendición de Abraham viniera a los gentiles, para que recibiéramos la promesa del Espíritu mediante la fe (Ga. 3:13f).

¡Qué cimientos más seguro para el alma! Ahora, ya no practico la autojustificación sino que me glorío, me glorío en la justicia de Cristo para mí.

Si realmente cree esto de corazón, el mundo entero podrá levantarse contra usted, denunciarle o criticarle, y usted será capaz de responder: "Si Dios me ha justificado, ¿quién me condenará?" "Si Dios me ha justificado, aceptado y nunca me abandonará, ¿entonces porqué debería sentirme inseguro y temer a las críticas?” “Cristo cargó con mis pecados y yo recibí Su Espíritu. Cristo cargó con mi condena y yo recibí su justicia”.


Implicaciones de tratar con la crítica


Teniendo en cuenta el juicio y la justificación de Dios para el pecador en la cruz de Cristo, podemos empezar a descubrir la manera de trata con todo tipo de críticas. Al estar de acuerdo la crítica de Diospuedo enfrentarme a cualquier crítica que el hombre pueda lanzar contra mí. En otras palabras, nadie puede criticarme más de lo que lo hizo la cruz. Y la crítica más devastadora acaba siendo la más misericordiosa. Si por tanto usted sabe que ha sido crucificado con Cristo, entonces puede responder a cualquier crítica, incluso a las malentendidas u hostiles sin amargura, sin ir a la defensiva y sin insultarse. Esas reacciones suelen agravar e intensificar los conflictos y conducen a la ruptura de las relaciones. Usted puede aprender a escuchar las críticas como constructivas y no condenatorias porque Dios lo ha justificado.

“¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condena?” (Ro. 8-33:34a).

“Que el justo me hiera con bondad y me reprenda; es aceite sobre la cabeza; no lo rechace mi cabeza” (Sal. 141:5).

Si sé que he sido crucificado con Cristo, ahora puedo recibir la crítica de alguien con esta actitud: “Usted no ha descubierto una fracción de mi culpabilidad. Cristo ha dicho más sobre mi pecado, mis fallos, mi rebelión y mi necedad que lo que cualquier hombre pueda decir de mí. Le agradezco sus correcciones. Son una bendición y una gentileza para mí ya que incluso si son erróneas o inadecuadas, me recuerdan mis verdaderos fallos y pecados por los que mi Señor y Salvador pagó caro cuando Él fue crucificado por mí. Quiero escuchar sus críticas cuando sean legítimas”.

La corrección y el consejo que oímos nos lo envía nuestro Padre celestial. Son Sus correcciones, reprensiones, advertencias y reprimendas. Sus recordatorios quieren humillarme, eliminar la raíz del orgullo y sustituirla con un corazón y un modo de vida de creciente sabiduría, entendimiento, benignidad y verdad. Por ejemplo, si usted puede recibir críticas (ya sean justas o injustas), aprenderá a criticar con un propósito misericordioso y resultados constructivos. Vea la separata “Criticar a la manera de Dios" (Giving Criticism God’s Way).

Ya no temo la crítica del hombre porque ya he aceptado la crítica de Dios. Y ya no busco como fin la aprobación del hombre porque por medio de la gracia he ganado la aprobación de Dios. De hecho, Su amor por mí me ayuda a escuchar las correcciones y las críticas como una bondad, aceite sobre mi cabeza de parte de mi Padre que me ama y me dice: “Hijo mío, no tengas en poco la disciplina del Señor, ni te desanimes al ser reprendido por Él; porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo” (He. 12: 5-6).


Aplicando lo que hemos aprendido


1. Critíquese a sí mismo. ¿Cómo reacciono típicamente ante la corrección? ¿Hago pucheros cuando me critican o me corrigen? ¿Cuál es mi primera reacción cuando alguien me dice que estoy equivocado? ¿Tiendo a atacar a la persona? ¿Tiendo a rechazar el contenido de las críticas? ¿Reacciono con educación? ¿Hasta qué punto acepto los consejos? ¿Hasta qué punto los busco? ¿Puede la gente acercarse a mí para corregirme? ¿Soy enseñable? ¿Albergo ira contra la persona que me está criticando?

¿Busco la defensa inmediatamente, desempacando mis actos justos y opiniones personales para auto-defenderme y demostrar mi justicia? ¿Pueden corregirme mi esposa, mis padres, mis hijos, hermanos, hermanas o mis amigos?


2. Pídale al Señor que le dé un anhelo por ser sabio en lugar de necio. Utilice los proverbios para encomendarse a sí mismo las bondades de estar dispuesto y ser capaz de recibir críticas, consejos, reprensiones, asesoramiento o corrección. Medite en los pasajes dados anteriormente: Proverbios 9:9; 12:15; 13:10,13; 15:32; 17:10; Salmo 141:5.


3. Céntrese en su crucifixión con Cristo. Aunque puedo decir que tengo fe en Cristo e incluso decir como Pablo: “Con Cristo he sido crucificado”, aún no me encuentro viviendo a la luz de la cruz. Entonces me reto con dos preguntas. La primera: si nunca sé dónde meterme ante la crítica de los demás, ¿cómo puedo decir que conozco y estoy de acuerdo con la crítica de la cruz? Segunda: si me justifico todo el tiempo, ¿cómo puedo decir que conozco, amo y me agarro a la justificación de Dios mediante la cruz de Cristo? Esto me lleva a reconsiderar el juicio y la justificación de Dios hacia el pecador en Cristo en la cruz. Cuando medito en lo que Dios ha hecho por mí en Cristo, encuentro la resolución para estar de acuerdo y declarar todo lo que Dios dice de mí en Cristo con quien he sido crucificado.


4. Aprender a hablar palabras enriquecedoras para los demás. Yo quiero recibir críticas como un pecador viviendo en la misericordia de Jesús, ¿así que cómo puedo criticar de manera que trasmita misericordia a otro? Una crítica acertada, equilibrada hecha con misericordia es la más fácil de escuchar (e incluso mi orgullo se rebela contra esa); una crítica injusta o áspera (ya sea justa o injusta) no tiene porqué ser duro de oír. ¿Cómo puedo hacer críticas acertadas, justas, templadas con misericordia y afirmación?


Mi oración es para que en su lucha contra el pecado de la autojustificación su amor profundice para la gloria de Dios como fue revelado en el evangelio de Su Hijo, y que usted crezca como un sabio mediante la fe.


CRITICAR A LA MANERA DE DIOS (GIVING CRITICISM GOD’S WAY)


Veo a mi hermano y hermana como alguien por quien Cristo murió (1 Co. 8:11). “Permanezca el amor fraternal” (He. 13:1).

Vengo como otro igual que también es pecador. “¿Entonces qué? ¿Somos nosotros mejores que ellos? De ninguna manera. No hay justo... por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios” (Ro. 3:9, 23).

Preparo mi corazón no sea que hable con un espíritu equivocado. “Todos los caminos del hombre son limpios ante sus propios ojos, pero el SEÑOR sondea los espíritus” (Pr. 16:2). “El corazón del justo medita cómo responder, mas la boca de los impíos habla lo malo” (Pr. 15:28). “El corazón del sabio enseña a su boca y añade persuasión a sus labios” (Pr. 16:23).

Examino mi propia mi vida y confieso primero mi pecado. “¿Y por qué miras la mota que está en el ojo de tu hermano, y no te das cuenta de la viga que está en tu propio ojo? ¿O cómo puedes decir a tu hermano: "Déjame sacarte la mota del ojo", cuando la viga está en tu ojo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás con claridad para sacar la mota del ojo de tu hermano” (Mt. 7:3-5).

Siempre soy paciente durante el largo recorrido (Ef. 4:2). “El amor es paciente, es bondadoso; el amor no tiene envidia; el amor no es jactancioso, no es arrogante” (1 Co. 13:4).

Mi objetivo no es condenar debatiendo sino edificar con crítica constructiva. “No salga de vuestra boca ninguna palabra mala, sino sólo la que sea buena para edificación, según la necesidad del momento, para que imparta gracia a los que escuchan” (Ef. 4:29).

Yo corrijo y reprendo a mi hermano con amabilidad, con la esperanza de que Dios le otorgue la gracia del arrepentimiento incluso cuando yo mismo me arrepiento sólo mediante Su gracia. “Y el siervo del Señor no debe ser rencilloso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido, corrigiendo tiernamente a los que se oponen, por si acaso Dios les da el arrepentimiento que conduce al pleno conocimiento de la verdad...” (2 Tim. 2:24-25).



Alfred J. Poirier es pastor en la iglesia Rocky Mountain Community Church, OPC, y también sirve como profesor adjunto para Peacemaker Ministries en asuntos que implican aconsejar sobre conflictos y mediación. Es candidato doctoral en el ministerio de consejo pastoral en Westminster Theological Seminary en Glenside, PA.


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