La ira, Primera Parte: Entender la Ira

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English: Anger Part 1: Understanding Anger

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Por David Powlison sobre Enojo
Una parte de la serie Journal of Biblical Counseling

Traducción por Pasqual Jabaloyas



Todos los seres humanos se enfrentan en un momento u otro con la ira. En un mundo lleno de desilusiones, imperfecciones, miserias y pecados, los nuestros y los de los demás, la ira es una certeza. Vosotros os enfadáis, yo me enfado, al igual que aquellos a los que aconsejáis. Por esta razón la Biblia está repleta de historias, enseñanzas y comentarios acerca de ello. Dios quiere que la entendamos y que sepamos cómo resolver los problemas que conlleva.

Este artículo consta de tres partes. “Entender la ira” se centra en la manera que tenemos de entender la ira. La segunda y la tercera parte, que aparecerán en futuras ediciones, analizarán sus implicaciones y cómo aconsejar a gente enfadada.

¿Qué es la ira? ¿Cómo se entiende? Comenzaremos con cinco afirmaciones generales acerca de algo que experimentamos a menudo, pero en lo que raramente nos paramos a pensar.

1. La Biblia se centra en la ira

La Biblia se centra en la ira. ¿Quién es la persona más enfadada en la Biblia? Dios. Cuando Dios ve la maldad, “Su ira no se aparta”, tal y como Isaías repite constantemente. En Romanos, Pablo menciona la ira de Dios y sus efectos más de cincuenta veces, comenzando con: “La ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres” (Romanos 1:18) y Juan dice que la ira de Dios “caerá” sobre todos aquellos que no creen en Su Hijo por piedad: esta ira estuvo, continúa estando y permanecerá sobre sus cabezas1


El hecho de que Dios esté enfadado nos comunica algo muy importante. La ira puede ser totalmente correcta, buena, apropiada, bella, la única respuesta a algo maligno y la respuesta cariñosa por parte de las víctimas de la maldad. De hecho, “sería imposible para un ser moral permanecer indiferente e impasible ante la presencia de un error aparente”2 No nos sorprende por tanto que Jesucristo estuviera tan enfadado cuando se topó con gente que pervertía el culto a Dios y que contribuía o era insensible al sufrimiento de los demás.3

La ira de Dios nunca es caprichosa o malhumorada, es la respuesta justa a las cosas que están mal o son ofensivas. Pero Él: “No se complace en la muerte del impío en lugar de que se aparte de sus caminos y viva” (Ezequiel 18:23). Los seres humanos fueron hechos para amar al que los creó y los mantiene, cuya “riqueza de bondad, tolerancia y paciencia” todos han tenido ocasión de disfrutar (Romanos 2:4). Pero “sus corazones adúlteros se apararon de Él...y sus ojos se prostituyeron tras sus ídolos” (Ezequiel 6:9). ¿Es la ira de Dios injusta? Al preguntarle, Dios da una respuesta directa: “¿No son rectas Mis maneras de actuar? ¿No son vuestras maneras de actuar las que no son rectas?...Según tus maneras de actuar y según tus obras te juzgaré”.4

Los crímenes que despiertan la ira de Dios son los capitales: la traición, la rebelión, el engaño y las creencias blasfemas. El corazón humano es traicionero, hace que deseemos cualquier cosa excepto lo que realmente es verdadero acerca de Dios. Los sentimientos que se despiertan en nosotros cuando oímos describir a alguien como un “traidor” nos pueden dar una idea del razonamiento que produce la ira de Dios. Los seres humanos fueron hechos para escuchar la voz de Dios que da la vida y para relacionarse los unos a los otros con amor. Pero tenemos el corazón de piedra y somos testarudos: “Cada uno de vosotros anda tras la terquedad de su malvado corazón sin escucharme”; “Cada uno hacía lo que le parecía bien ante sus ojos.”5 Dios no sería tan bueno sino odiara tales maldades.

Por supuesto Dios es la persona más cariñosa de la Biblia y Su Hijo es la expresión de la plenitud de Su amor. A menudo no nos damos cuenta que la ira y el amor de Dios no se contradicen entre ellos sino que son expresiones diferentes de Su bondad y Su gloria. Los dos funcionan juntos: “Jesús se consumía de rabia al observar las injusticias en Su viaje a través de la vida humana, así como le inundaba la piedad al ver la miseria del mundo y el resultado de estas dos emociones fue el causante de Su misericordia.6 No podréis entender el amor de Dios si no entendéis Su ira. Porque Él ama, Él se enfada ante lo que hace daño.

Pero daos cuenta de la manera en que los hijos de Dios sufren Su ira. ¡Se expresa hacia ellos como un amor supremamente tierno! Como veremos, la biblia es constante acerca de esta verdad. A pesar de ello, la ira, por definición, va en contra de las cosas, con la intención de destruirlas, entonces, ¿cómo puede la ira de Dios convertirse en el amor y la confianza de Sus hijos en lugar de algo que temen o que no les gusta? ¿Hasta qué punto es la ira de Dios una expresión de su posición a nuestro favor en lugar de en contra nuestra? La buena nueva siempre se presenta explicando la manera en que se entiende esta contradicción de amor y odio. Dios muestra Su amor por Su pueblo en cada una de las tres mismas maneras en que expresa su ira contra lo que está mal. Él promete liberar a los creyentes de tres cosas.

Primero, con amor, la ira que merecen vuestros pecados cayó sobre Jesús. La ira de Dios por los pecados se manifestó, pero lo hizo de manera que sirvió para vuestro bienestar. De una vez para siempre, en el pasado, Dios os libró de sufrir Su ira por vuestros pecados. Por su amor inquebrantable, Él ofreció a su hijo inocente para que sobre el recayera el peso de la ira desencadenada por los culpables. La ira de Dios castiga y destruye, dándole su merecido a nuestros pecados, pero Jesús es el que recibe todo esto, el Cordero Amado, el Salvador de los pecadores. Porque Él nos ama, se ofrece a Si mismo para recibir el peso del fuego de la ira y así nuestra liberación se produce para su gloria y nuestro regocijo. La ira cariñosa de Dios, expresada de manera que nos proporciona una bendición, es la base de la vida a partir de la muerte: nos asegura un perdón real. La justificación por la fe y la adopción como hijos de Dios se apoyan en una forma de amor denominada expiación sustitucional, la que nos merecemos y es otra carga porque Él tomó la opción de amarnos. En este acto supremo de darse amor a uno mismo, sentimos la ira de Dios actuando POR nosotros y en respuesta nos arrepentimos y creemos con toda seguridad.

Segundo, con amor, la ira de Dios elimina el poder de vuestros pecados. Su rabia contra el pecado se manifiesta para vuestro propio bienestar. En la actualidad Él se enfrenta continuamente con la esencia del pecado en si misma.7 El Espíritu Santo, que vierte el amor de Dios en vuestro interior, es una llama ardiente de ira contra la maldad, no para destruiros sino para renovaros. Con ese amor inquebrantable Él nos hace nuevos, no al tolerar nuestros pecados, sino al odiarlos de una manera que aprendemos a amar. El proceso no es siempre agradable porque el sufrimiento, la reprobación, la culpa y la confesión no son acciones que nos hagan sentir bien. Pero la liberación, misericordia, ánimo y tener la conciencia limpia sí nos hacen sentir bien. Dios nos reconstruye gradualmente con amor, alegría, paz y sabiduría, a Su propia imagen. Su ira soluciona y destruye al pecado continuado. Porque nos ama, se enfada ante nuestra naturaleza pecaminosa autodestructiva; nuestra fe y obediencia crecientes son Su gloria y nuestra alegría. La ira cariñosa de Dios actúa de nuestra parte para alimentar y animar la fe, y nos da la seguridad que Él continuará trabajando tanto en nuestro interior como a nuestro alrededor para liberarnos del mal que habita en nosotros.8 En el nuevo nacimiento y la santificación, el poder destructivo de Dios opera dentro de nosotros contra aquello que está mal. Él está ahí para nosotros, haciéndonos nuevos, enseñándonos a escuchar, modelándonos a imagen de Jesús. En la tarea diaria del amor, disfrutamos de la ira de Dios trabajando PARA nosotros y, a modo de respuesta, nosotros cooperamos y obedecemos energéticamente.

Tercero, con amor, la ira de Dios os liberará del dolor causado por los pecados de otros. Su rabia ante el pecado se manifestará de nuevo para vuestro bienestar. Él promete acabar en el futuro con todo el sufrimiento de la naturaleza pecaminosa de otros.9 Dios odia la manera en que algunos hacen daño a otra gente y en Su odio cariñoso, nos liberará de nuestros enemigos; en el último día, destruirá todas las causas de dolor para siempre. Al mismo tiempo, la Biblia deja bien claro que aquellos que se oponen a Dios y causan dolor a Su pueblo existen por un motivo específico: son agentes involuntarios de Dios en la tarea de santificación, actúan por sus propias razones pecadoras, pero también ayudan a conseguir los propósitos de Dios para siempre ya que Él nos pone a prueba y nos transforma a través del sufrimiento. Son agentes de la disciplina cariñosa de Dios hacia Su gente a través de los que aprendemos a tener paciencia, fe, amor hacia nuestros enemigos, valor y todos los frutos positivos que sólo se obtienen a través de los malos tiempos. A pesar de esto, ellos también sufren la ira por la maldad con la que hacen lo que hacen.10 La ira de Dios castigará y destruirá a Sus enemigos, porque Él ama a Sus hijos y se glorifica al liberarnos de nuestro sufrimiento. Así, crecemos en el dolor, porque lo que es doloroso continúa doliendo, pero también aumenta la esperanza porque sabemos lo que ha de venir.11 Porque Él nos ama, se enfada con los que intentan hacernos daño, nuestra bendición es Su gloria y nuestra alegría. La ira cariñosa de Dios de nuestra parte alimenta y anima nuestra fe. Los amados hijos de Dios esperan y confían que, a la vuelta de Cristo, Su ira solucionará todas las cosas.12 Nosotros gruñimos y esperamos ansiosos con anticipación.

Dios manifiesta Su amor por Su pueblo de cada una de estas tres maneras. También expresa Su rabia hacia lo que está mal. La ira cariñosa de Dios resuelve el problema de la maldad completamente de una manera que Le llena de gloria y que nos proporciona una bendición imposible de describir: condenando al mal justamente, destruyendo el poder del mal residual y proporcionando un alivio contra el sufrimiento. Un elevado número de salmos conectan Su amor inquebrantable y Su misericordia a esta ira cariñosa por la cual Él libera a Sus hijos no sólo de sus propios pecados sino también de aquellos que les causan sufrimiento.13 “Si Dios está con nosotros, ¿Quién estará en contra nuestra?”. (Romanos 8:31).

Es importante señalar esta distinción correctamente, la ira de Dios se ha convertido en la esperanza de Sus hijos a pesar de ser el desespero de Sus enemigos. Pero aquellos enemigos que estén dispuestos a creer en el mensaje asombroso acerca de cómo la ira se convierte en gracia a través de Jesucristo, se convertirán en amigos. La realidad es que no podéis entender el amor de Dios si no comprendéis Su ira. Este es sencillamente el mensaje del libro de los Salmos, ese camino real al corazón de la humanidad redimida, con un entrelazamiento, que no tendría explicación de otro modo, de la alegría y la pena, esperanza y angustia, confianza y miedo, satisfacción y rabia. No podéis entender el amor de Dios si no comprendéis Su ira. Este es sencillamente el mensaje del libro de los Romanos, ese camino real a la mente de Dios: “¡Oh, profundidad de las riquezas y de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son Sus juicios e inescrutables Sus caminos!....A Él sea la gloria para siempre. Amén” (Romanos 11:33, 36).

Veamos la pregunta inicial desde otro punto de vista. ¿Quién es la persona más enfadada en la Biblia? Satanás. Su rabia tampoco se disipa, ya que él tiene “una gran ira” por ser “el asesino desde los principios” hasta el presente.14 Esta rabia nace de sus malas intenciones y del deseo de causar dolor a las personas y es el paradigma de toda la ira pecadora, la antítesis de la ira de Dios. La hostilidad de Satanás tiene como meta estropear todas las cosas, para servir a sus propios antojos. Esto también nos indica algo muy importante, que la ira puede ser una respuesta absolutamente incorrecta, mala, inadecuada, desagradable y completamente destructiva. Una ira como esta resume la verdadera esencia del mal: “Quiero que las cosas sean a mi manera y no a la de Dios, pero como esto no puede ser, me pongo furioso.”

Es curioso y a veces confunde, el hecho de que la misma palabra, “ira”, nos habla de los sentimientos y los actos más magníficos y de los más repugnantes. Tened clara la diferencia entre ellos porque aquellos a los que aconsejéis normalmente también estarán tan confundidos acerca de la ira como lo están acerca del amor.15 La ira pecadora usurpa el poder de Dios y hace daño; la ira divina ama, consagra a Dios y hace el bien a la gente.

La Biblia se centra en la ira. En la primera conversación después de caer en pecado, Adán le echó la culpa a Eva y a Dios por lo que habían hecho. Culpar a otros puede provocar un sentimiento de ausencia de emociones, pero aquí ya aparecen los temas de la ira pecadora: la acusación de los otros, la actitud de supuesta superioridad e inocencia. Y tan sólo en el siguiente capítulo la ira estalla en emociones y violencia. “Y Caín se enojó mucho” y su semblante se demudó y mató a su hermano (Génesis 4:5). El resultado de la ira pecadora se describe más adelante en la historia de Noé: “estaba la tierra llena de violencia” (Génesis 6:11).

Las Escrituras nos describen muchos aspectos de la ira. Por ejemplo, que se puede despertar con falsedades. En Génesis 39, la rabia de Potafar se encendió tan sólo con pensar que José había estado jugando con su esposa. Y la ira también se puede esconder tras la inocencia. La esposa de Potifar también estaba enojada: fría, taimada, manipuladora y vengativa, se hizo la víctima para destruir a un hombre inocente que había rechazado sus deseos. Una misma persona puede expresar tanto la ira justa como la pecadora. Cuando la rabia de Moisés se encendió contra aquellos que adoraban al becerro de oro, el ardió a imagen de Dios.16 La ira de proporcionó la energía para resolver el problema, pero cuando maldijo a la gente y golpeó la roca, el ardió a imagen del pecado. La ira de dio la energía para deshonrar al Dios de la gracia.16

Dios a menudo nos dice lo que piensa de la ira de una manera proposicional incluyendo el sexto mandamiento, “No matarás”, en el grupo de reacciones de juicio que incluyen la ira pecadora. Los comentarios de Jesús sobre este mandamiento (Mateo 5:21f) desarrollan más el alcance de sus consecuencias, para así incluir actitudes y palabras. El Señor nos dio este mandamiento para “amar al prójimo como a nosotros mismos” en un contexto (Levítico 19:14-18) que contrasta el amor con asuntos relacionados con la ira pecadora: herir intencionadamente a personas indefensas, difamación, daños físicos, odio interior, venganza y guardar rencor. Es interesante observar que el mismo pasaje define el amor de manera positiva en términos relacionados con la ira: una reprobación clara y cariñosa surge de la preocupación por el bienestar de otros. La sabiduría, un regalo adquirido de Dios pacientemente, comenta con frecuencia acerca de la ira: se puede distinguir a los sabios y a los locos por la manera en que se enfadan.18 Los mensajeros de Jesús transmitían con frecuencia palabras sobre la ira. Variaciones sobre este mismo tema constituyen la lista de actos creada por Pablo que indican una carne pecadora: “disputas por enemistad, celos, arrebatos de ira, disputas, disensiones, facciones.” Todos los aspectos del fruto del Espíritu son explícitamente lo contrario de la ira pecadora.19

Tanto por precepto como por ejemplo, la Biblia continuamente nos ilumina acerca de la ira con la intención de cambiarnos. La motivación de la ira pecadora se expone en las Escrituras: incredulidad y deseos específicos. ¿Por qué se quejaban los israelitas repetidamente en el desierto? La Biblia no nos deja ninguna duda y responde explicando que ellos no consiguieron lo que deseaban y no creyeron que Dios era bueno, poderoso y sabio. Los pasajes del Éxodo y Números en los que también hay quejas registran lo específicos que son los motivos de enojo y cómo las razones del corazón se relacionan con detalles de la situación. Cuando la comida era sosa, la gente se moría por comer pepinos, melones, puerros, cebollas y ajos. Cuando Moisés actuó como el portavoz de Dios, Miriam y Aarón se morían por compartir el micrófono. Cuando los enemigos acechaban amenazantes, le gente temía la muerte al no creer que Dios les ayudaría. Cuando no había agua, la gente se moría por el grano de regadío, higos, uvas, granadas y agua.20 La ira puede ser adusta y asesina como Caín; también puede consumirse de emoción como Potifar; o planificar con malvadas y frías intenciones, como su esposa, también puede gruñir y quejarse, apoyándose en quejas, infelicidad y peleas como los que andaban por el desierto. Pero en todos los casos, la causa de la ira pecaminosa se debía a mentiras y deseos que dominaban el corazón humano. Vosotros y aquellos a quienes aconsejáis sois exactamente igual.

La ira también conlleva unas consecuencias devastadoras y Dios se enfada justamente ante nuestra ira pecadora. Por ejemplo, cuando Moisés se enojó con su gente, otro caso típico de enfadarse con la gente enfadada, quejarse de los que se quejan, esto le costó la tierra prometida. Por supuesto otros tienden a responder de manera desagradable frente a gente enojada: “El hombre airado suscita rencillas” (Proverbios 29:22). Las personas enfadadas son divisivas y viceversa, por tanto a menudo seréis testigos de las consecuencias inmediatas en las vidas de aquellos a quienes aconsejáis: niños asustados, cónyuges amargados, amistades rotas, problemas de salud, dificultades en el trabajo y distanciamiento de la iglesia. Las dificultades seguirán los pasos de la persona enojada: “El hombre de gran ira llevará el castigo, porque si tú lo rescatas, tendrás que hacerlo de nuevo” (Proverbios 19:19).

La ira se alimenta de sí misma y crece por sí sola. Saúl era normalmente un hombre con disposición propia pero la sangre le hervía bajo la piel. El harpa dulce y los extraordinarios actos de misericordia de David calmaban su temperamento temporalmente, hasta que volvía a explotar. Las Escrituras están llenas de ejemplos de ira, en sus diferentes formas, con sus diferentes causas y efectos. Jonás, Jezabel, Naval y los fariseos son tan sólo algunos de los ejemplos de vidas bajo el yugo de este mal tan habitual y tan potente. En todas las listas de pecados comunes, y recordad que no hay tentación que no afecte a todos, siempre nos encontramos la ira en un lugar prominente.

Demos gracias a Dios que la Biblia también se centra en su palabra que perdona y cambia a la gente enfadada. Los libros de los efesios, de proverbios y de Santiago son algunos de los que analizan la ira para redimirla y transformarla, de manera que Dios nunca nos hace ver nuestros errores sin ofrecernos ayuda para corregirlos. Él habla a menudo y con plenitud acerca de Su misericordia hacia la gente enojada, así como de las alternativas a la ira pecadora: confianza, perdón, paciencia, satisfacción, la búsqueda de la justicia, la confrontación pía, todas las diferentes estrategias y actitudes para establecer la paz, el auto control y el conocerse a uno mismo. La ira justa es buena y constructiva. Tanto Moisés, Sansón, David como Pablo, al igual que Jesús, en algunas ocasiones se encendieron con este tipo de justicia inusual.

Dios, en toda Su gracia, derrama bondad sobre aquellos que “eran esclavos de los placeres y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles y odiándonos unos a otros” (Tito 3:3). Y ¿qué se puede esperar de esta gracia? La creación de personas sabias, que se auto controlan, personas cariñosas que son capaces de pasar a la acción y hacer el bien en este mundo lleno de hostilidad (Tito 2:11-3:8). Todos los elementos que encontramos en la definición de amor en 1 Corintios 13 son exactamente lo contrario de la ira pecadora. Entender vuestra ira es comprender algo que yace en el centro de la oscuridad y por tanto, cambiar, aprendiendo la misericordia y la ira justa, es entrar en el corazón de la luz. Por naturaleza, todos tenemos una tendencia a causar conflicto; bienaventurados sean los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

La ira proporciona una oportunidad excelente para aconsejar porque los problemas se vuelven muy obvios. Cuando una persona está enfadada su interior se expone de manera muy clara sin dejar nada oculto. A menudo las vidas de las personas que reciben consejo son muy confusas, con unas complicaciones uniéndose a otros y unos problemas acuciando otros. ¿Por dónde comenzar entonces? Muchas veces la ira es el mejor punto. Los comportamientos son generalmente muy claros por el tono de voz, las palabras cortantes, el brillo en los ojos y la expresión de desagrado. Su presencia se reconoce fácilmente por los gruñidos, las quejas, la hostilidad, la actitud crítica, la amargura, el rencor, la negatividad, el odio, las ganas de discutir, el descontento, la manipulación y la coerción. Los motivos no son difíciles de descubrir, un mosaico de deseos, miedos, creencias equivocadas y demandas muy específicos. Los efectos son claramente negativos, desde relaciones rotas a problemas de salud y sufrimiento. La Palabra de Dios se puede utilizar inmediatamente y de muchas maneras: proporcionando un mayor conocimiento de uno mismo, convicción, misericordia, esperanza, alternativas constructivas y ayuda específica y real. No nos sorprende por tanto que la Biblia dedique tanto tiempo a la ira y sus alternativas.

Al igual que no nos debe sorprender la importancia de comprender los mensajes que nos da acerca de ella, puesto que hay mucho en juego. Por una parte, la violencia, el odio, la ira y el descontento en la familia son unos de los pecados más típicamente humanos. Todos sabemos lo que es la ira pecadora y todos necesitamos ayuda. Por otra parte, Dios manifiesta Su gloria y Su misericordia mediante la ira justa. Lo que nosotros necesitamos, Él nos lo da libremente al revelarse a Sí mismo por nuestro bienestar.

2. La ira es algo que se manifiesta

La ira es algo que MANIFESTÁIS con TODO vuestro ser y entender esto os ayudará a ver a través de las medias verdades con las que nuestra cultura disimula la ira.21 Todas las partes de la naturaleza humana toman parte en este proceso. Comenzando con el cuerpo, que muestra elementos marcadamente fisiológicos: la cara roja, la subida de adrenalina, los músculos en tensión, el malestar en el estómago y la tensión nerviosa. Es interesante ver como la mayoría de las palabras que se utilizan en la Escrituras para describir la ira utilizan metáforas claramente corporales. Las dos palabras clave en el Viejo Testamento son “nariz” y “arder”, y si alguna vez habéis visto a una persona enfadada de verdad, os habréis dado cuenta de cómo se hincha la nariz, la respiración se vuelve irregular y más fuerte, aumenta el flujo de la sangre a los capilares y la piel se calienta. De la misma manera, las principales palabras en griego para la ira, dan un sentido de “humeante” e “hinchado”, reflejando la sensación de calor y la hinchazón de la cara y los ojos. Por ello, no es una coincidencia que las expresiones que utilizamos en nuestra lengua se basan también en aspectos fisiológicos: “a punto de estallar”, “acalorado”, “cegado”. Esto nos lleva a las teorías médicas, que ven la ira como un problema puramente físico que se puede calmar a base de medicamentos. Pero aunque nuestras hormonas, flujo sanguíneo, músculos y muecas indican enfado, no son los únicos componentes. Según la Biblia, la persona en su totalidad manifiesta esta condición.

Cuando alguien dice “estoy enfadado”, normalmente pensamos primero en los sentimientos y la rabia es una “pasión”. La gente se siente enfadada, su equilibrio emocional se ha “alterado”. Por supuesto que los niveles de intensidad variarán tremendamente; la escala Richter de los sentimientos puede llegar desde una irritabilidad suave hasta una furia ciega. No hace falta gritar como un desaforado para demostrar que existe un problema con la ira pecadora, el malhumor, los comentarios mordaces, la autocompasión enfurruñada y la actitud crítica también son demostraciones de ello. Curiosamente, algunas de las demostraciones de ira que más asustan parecen estar más allá de los sentimientos, son más bien frías en lugar de ardientes. Nunca olvidaré la conversación que tuve con una chica de 16 hace ya muchos años. Aparentemente ella estaba enfadada con sus padres y cuando le pregunté acerca de ello, me dirigió una mirada fría, como la de las fotos de la ficha policial de los asesinos profesionales, y me contestó en un tono sin sentimiento: “yo no me enfado, yo ajusto cuentas”. Existe una amplia gama de colores que expresan el descontento y la hostilidad, y los podéis encontrar todos en el asesoramiento de los psicólogos. Pero mucha gente prefiere pensar que la ira es sólo un sentimiento y, quizá de manera neutral, incluso como uno que ha sido otorgado por Dios. Sin embargo, ¿por qué limitar la ira tan sólo a la fisiología o a los sentimientos cuando claramente se trata de mucho más?

La ira también está formada por pensamientos, palabras e imágenes mentales, actitudes y juicios. En ella se incluye la razón, la imaginación, la memoria, la consciencia y todas y cada una de las facultades internas. Incluso sin palabras ni acciones, la persona enfadada piensa con intensidad: “Eres estúpido, esto no es justo, no puedo creer lo que ella me está haciendo”. La cámara de vídeo interna repite una y otra vez las imágenes de lo que ha ocurrido, o puede crear guiones y ensayar escenas imaginarias de venganza violenta. El sistema judicial al completo, excepto el abogado defensor del acusado, desempeña su papel en el tribunal que es la mente: el investigador, el fiscal, los testigos, el juez, el jurado, los carceleros y el verdugo. Esta actitud de juzgar algo forma parte de la naturaleza de la ira, es una actitud de juicio, condena y desagrado de la persona o las cosas. Las palabras y acciones se piensan y se planean, independientemente de si se expresan en algún momento o no.

La ira no sólo se produce en la mente, sino que se transforma en comportamiento. Yo conozco a una pareja que concluyeron una discusión específica en una pelea con pistolas, él desde la planta de arriba y ella desde abajo. Yo nunca he hecho eso, pero en su lugar le comunico mi enfado a mi mujer cuando me oculto detrás de mi periódico tras un comentario que no es de mi agrado. La ira pasa a la acción, se muestra en palabras sarcásticas o acusatorias, maldiciones, exageraciones, gestos, golpes, suspiros de desagrado, al abandonar la habitación, al aumentar el volumen, con amenazas y al fruncir el ceño. Vosotros manifestáis la ira con todo vuestro ser.

Y esto aún se complica más, porque la ira, al igual que los otros pecados, raramente ocurre sola, sino que a menudo se entrelaza con otros problemas personales. Es muy común que la ira y el miedo vayan de la mano. Yo he visto a una madre gritar como una energúmena a su hijo que llora en el suelo después de un accidente en el parque. Debido al miedo, ella grita en lugar de consolar al niño. Algunas teorías acerca de la ira intentan presentarla como secundaria al miedo, pero esto es un error. Cuando las cosas no van ben, los pecadores se sienten acorralados, tienen que luchar o echar a correr según sean las probabilidades, ira y miedo coexisten.

La ira complica muchos otros problemas, por ejemplo, el abuso de sustancias tóxicas puede estar relacionado con ella de diferentes maneras. Una amiga de la familia me contó una vez, hablando de su marido, que “él bebe para poder controlarse a sí mismo contra su propia ira”. Cuando no había bebido, su hostilidad hacia ella, su jefe y el mundo en general iba en aumento y rencores antiguos le perseguían. Cuando bebía, sin embargo, se sentía más apacible y mucho mejor. El alcohol ere su medicina contra la ira. También vemos comportamientos diferentes, una mujer bebía para poder expresar su ira contra unos padres demasiado estrictos. Avergonzar a todo el mundo y acabar en la cuneta era su manera de vengarse.

La falta de moralidad sexual también puede estar conectada a la ira. Un hombre soltero nos habló de cómo utilizó la pornografía “como una rabieta contra Dios por no darme una mujer”. Muchos adulterios se producen a modo de venganza. El suicidio también puede ser una expresión de lo mismo: “Me has herido mucho y no tengo ninguna otra forma de vengarme, pero seguro que te sentirás mal después de que me quite la vida y tendrás que vivir con lo que me hiciste el resto de tus días”. La ira contra uno mismo es un fenómeno común: “No puedo creer que yo mismo cometiera tal estupidez, si tan solo fuera más bien parecido, rico, inteligente y tuviera una conversación cautivadora…pero soy feo, pobre, estúpido y aburrido”. La recriminación, las acusaciones e incluso la tortura contra uno mismo (quemaduras de cigarrillo, golpearse la cabeza contra la pared, etc.) pueden ser una manifestación de impotencia, odio hacia uno mismo debido a un sentimiento de no ser lo suficientemente bueno.

Hasta ahora hemos descrito la ira pecadora como un problema personal, pero normalmente es un acontecimiento interpersonal, porque tiene un objetivo, un blanco.22 Obviamente se trata de una característica central en los conflictos interpersonales sea cual sea la situación: matrimonios, familias, iglesias, ambientes laborales, vecindarios o naciones. Es una estrategia interpersonal, un acontecimiento social y político. Una guerra consta tanto de estrategias ofensivas como defensivas. Al igual que pequeños caudillos preparándose para luchar, la gente arroja acusaciones con malicia como si fueran flechas y levantan murallas de superioridad moral herida, miedo y dolor. En estos casos, la ira desempeña tanto un papel militar como judicial y se convierte en un arma ideal para conseguir lo que queréis, la ira coacciona, intimida y manipula. Vosotros aconsejaréis a algunas familias que se “anden con cuidado” o que “caminen con pies de plomo” en lo que respecta a algunos de sus miembros con temperamentos más explosivos.

Tampoco nos sorprenderá que la ira interfiera en la relación interpersonal más básica, nuestra relación con Dios. Mucha gente se enfada con Él y le tratan de la misma manera que tratan a otras personas (esta observación os ayudará sobremanera cuando aconsejéis a otros). Los israelitas se quejaban indiscriminadamente, acusando tanto a Moisés como al Señor. La gente a menudo se ceba en Dios con burlas, maldiciones, amargura y tergiversaciones provocadas. Cuando el Hijo de Dios caminó entre nosotros, la gente fue a por Él. A menudo aconsejaréis a personas que ven a Dios a través de un cristal de ira acusadora, como si de hecho Dios fuera el demonio, un aguafiestas cuya naturaleza es maliciosa, legalista, cruel, distante e indiferente. Esto no es una sorpresa. Si realmente creo que Dios existe para darme lo que yo quiera, cuando no me proporcione los resultados que yo espero, me consumirá la ira. De hecho, considerándolo desde el punto de vista de la motivación del corazón humano, toda ira pecadora tiene una referencia inmediata a Dios. Si maldigo el calor y la humedad, estoy atacando a Dios de tres maneras: primero renuncio a Él, a la fuente de la vida, al actuar como si no existiera; en segundo lugar, me comporto como si yo fuera Dios, al anteponer mi voluntad por comodidad ante el estado supremo de mi universo; tercero, me quejo contra Dios al criticar implícitamente al Autor del mal tiempo por la molestia que me he producido.

La ira es corporal, emocional, mental y de conducta. Se entrelaza con otros muchos problemas. Es decididamente interpersonal, tanto con respecto a Dios como a otras personas. En pocas palabras, la ira la HACÉIS con TODO lo que sois. Pero, ¿de dónde proviene?

3. La ira es natural

La ira es inherente, natural en los seres humanos de dos maneras diferentes. Es natural porque fuimos creados a imagen y semejanza de Dios y porque caímos en el pecado. Dios nos creó, y además lo hizo ni más ni menos que a su imagen, con la capacidad de enfadarnos, y pensó que esto era muy bueno. De hecho, Adán y Eva deberían haberse enfadado terriblemente cuando la serpiente les mintió acerca de la vida y la muerte, de Dios y de la sabiduría. Deberían haber reaccionado con emociones fuertes, argumentos claros y acciones violentas. Deberían haber cuestionado esas mentiras, haber arrojado piedras a la serpiente y haberla matado. La ira es algo bueno que se ha integrado en la naturaleza humana.

Como seres humano hechos a la imagen de un Dios santo, estamos programados para tener la capacidad de enfadarnos ante lo que está mal, a modo de expresión de nuestro amor por Dios y por aquellos que sufren las consecuencias. Y como pecadores que hemos recibido misericordia en lugar de odio, tenemos la capacidad inexplicable de odiar simultáneamente a lo que está mal y de amar a los que hacen el mal: “de otros tened misericordia con temor, aborreciendo aun la ropa contaminada por la carne” (Judas 1:23).Cuando al aconsejar os encontréis con situaciones de adulterio o violencia hacia los débiles o palabras crueles, sentiréis el dolor y el odio por los hechos y sus efectos sobre otros. Y aún así, al mismo tiempo, tendréis la suficiente misericordia para ayudar generosamente a los causantes de esas maldades.

Existen numerosas implicaciones a la hora de aconsejar. Por ejemplo, no debemos olvidar la diversidad de la creación de Dios, no todas las personas son iguales. No nos debe sorprender que algunos nazcan con una mayor afinidad por la justicia o con una mayor fuerza emocional que otros. Las diferencias de carácter entre mis tres hijos se pudieron apreciar desde el día en que nacieron: diferentes capacidades para las reacciones emocionales, para reacciones ante las injusticias y para racionalizar los acontecimientos. La relación de Dios con la ira y otros problemas, no ignora la diversidad humana, sino que trabaja con ella.

Así que la ira es, por creación, natural. Pero desde la Caída, la ira pecadora también es inherente. Como seres humanos corrompidos a la imagen de un acusador profano, hemos sido programados para ese resentimiento y odio. Y en un mundo caído, la ira humana es tal desorden que Santiago pudo hacer una acusación generalizada: “que cada uno sea tardo para la ira; pues la ira del hombre no obra la justicia de Dios” (Santiago 1:20). Sólo un tonto no se lo pensaría dos veces antes de enfadarse, pero nosotros nos comportamos como tontos fácilmente. Incluso la ira que se produce de manera justa se transforma fácilmente en una superioridad moral engreída, cotilleo, lástima por uno mismo, venganza, cinismo y acusaciones despiadadas.

Nuestra capacidad para la ira pecadora aparece desde muy temprano, nadie tiene que enseñarle a un niño como tener una rabieta. La primera vez que una de mis hijas se tiró al suelo, comenzó a dar patadas y gritó como si la estuvieran matando, mi mujer y yo nos miramos con asombro. Nuestra hija no había visto a nadie comportarse de esa manera, al menos que nosotros supiéramos. Ella era muy jovencita y no se había relacionado mucho con otros niños. De hecho, ella siempre había estado con nosotros en todo momento, excepto por breves momentos con sus niñeras, que nosotros no creemos le hubieran podido enseñar lo que estábamos presenciando. Sin embargo, ahí la teníamos, loca como una cabra porque no se había salido con la suya. Fue un acto de maldad creativa y no aprendida. Debemos recordar que la depravación total incluye nuestra ira ni más ni menos que cualquier otra cosa específicamente humana.

4. La ira se aprende

La ira también se aprende de dos maneras distintas. En primer lugar se nos enseña y se modela a nosotros, la aprendemos de otra gente, para bien o para mal, aprendemos las cosas que nos enfadan y cómo mostrar nuestro desagrado.23 Costumbres, estilos y tendencias hacia la ira pecadora se toman fácilmente de otros, muchos niños que nunca habrían pensado en echar una maldición airada, que nunca han escuchado siquiera una palabrota, se sorprenden a sí mismos cuando de repente se les escapa una después de haber viajado en el autobús del colegio. La sorpresa de los padres puede cortar esta costumbre de raíz, pero más adelante, cuando viven en la residencia de estudiantes o cuando consiguen su primer trabajo con una cuadrilla de albañiles, en una fábrica o en el ejército, las palabrotas surgen como acompañamiento en cualquier situación: “Pásame el %$#@! Cubo” y no son el resultado de lo que se ha aprendido en casa.

Pero a base de copiar, las maldiciones airadas y hostiles se convierten en la manera habitual de responder a las frustraciones más pequeñas. Y así, con sobrados motivos la Biblia dice: “No te asocies con el hombre iracundo; ni andes con el hombre violento, no sea que aprendas sus maneras, y tiendas lazo para tu vida” (Proverbios 22:24f). Los que se dedican a aconsejar a otros, buscarán compañeros de los que la gente a la que aconsejan ha aprendido como enfadarse o contra los que se enfadan. Un padre que siempre maldice el tiempo, el tráfico o a su cónyuge, está enseñando a sus hijos a hacer lo mismo. La ira divina y constructiva también se aprende a base de hábitos y estilos, pero la tendencia a este tipo de ira no se consigue fácilmente de otros. A pesar de ellos: “El que anda con sabios será sabio” (Proverbios 13:20) y si caminos junto al hombre más sabio que ha existido, aprenderemos a “andar como Él anduvo” (1 Juan 2:6).

Muchos de los detalles de la ira de una persona están influidos por padres, compañeros o grupos étnicos, ya que las diferencias culturales a la hora de expresar tanto la ira pecadora como la justa pueden ser marcadas. La ira italiana y la noruega difieren drásticamente en la manera en que se expresan.24 La ira pecadora siempre sale “de adentro del corazón” (Marcos 7:20-23) pero la forma exacta de esa ira a menudo se cultiva. Los que se dedican a aconsejar a otros deben esperar que tanto la ira pecadora como la justa tengan diferentes aspectos, según sean las diferencias culturales e individuales, y no deben imponer su propio estilo de personalidad sobre aquellos a los que aconsejan.

La ira también se aprende de una segunda manera, se practica y se puede convertir en una “naturaleza arraigada”, una manera habitual de vivir. Nuestros patrones de ira se convierten en característicos, algunas personas se suben por las paredes y a continuación se les pasa; otras se ocultan en su caparazón; otras experimentan una furia desenfrenada durante días. Algunas personas alzan su voz y otras se callan; algunas muestran claramente que están enfadadas y otras utilizan tácticas de guerrilla aparentemente sin ningún motivo; algunas utilizan la ira para intimidar y controlar a otra gente, otras la utilizan para enfurruñarse y evitar a otra gente. Los consejeros se deben familiarizar con la carne de su rebaño.25

5. La ira es un asunto moral

La ira es intrínsecamente un asunto moral. Me refiero a esto de dos maneras diferentes; la ira evalúa y además es evaluada. Aunque esto estaba implícito en nuestros comentarios anteriores, vale la pena que lo observemos atentamente. En primer lugar, la ira evalúa, o sea, valora a algo o a alguien y lo encuentra con faltas, equivocado o desagradable; a continuación pasa a la acción. La ira nos anima a que ataquemos aquello que no nos gusta y en ocasiones se ha descrito correctamente como una “sentimiento moral”. Es un sistema de juicio contenido en sí mismo, que reacciona con energía contra los errores percibidos. En este artículo he expandido típicamente nuestra definición de “ira” y he incluido el ser demasiado crítico, el quejarse, el pasarle la culpa a otros, el odio, la violencia, y todos los sentimientos similares. Todos ellos son juicios contra un mal percibido. Lo que conocemos típicamente como “ira” – alzar la voz, palabras acusadoras, intensidad emocional, actitud hostil- probablemente se defina mejor como “la expresión acalorada de un juicio contra un mal percibido”.

En este artículo nos ocupamos de la naturaleza esencial de la ira, no de distinguir entre las distintas intensidades y matices. Esta naturaleza básica es la de realizar un juicio moral contra algo que pensamos que está mal y que es importante. Me preocupo lo suficiente acerca de algo para que me conmueve: la “moción” incluida en la emoción, el “motivo” de la “motivación”. Me siento lo suficientemente motivado para hacer algo al respecto. La ira, por su propia naturaleza, adopta una posición moral, juzga.

En segundo lugar, la ira es evaluada, Dios juzga nuestro juicio, moralmente analiza cada ocasión en que nos enfadamos. ¿Fui capaz de distinguir el bien y el mal con precisión? ¿Reaccioné frente al mal que distinguí de manera pía. Si me malhumoro cuando el teléfono suena y rompe my concentración, murmurando una serie de improperios, mi ira está diciendo: “Esta llamada es mala y debería ser maldecida”. Dios evaluará tanto mis criterios para realizar este juicio como mi reacción y verá que ambos son incorrectos. Si maldigo a un adúltero y cotilleo acerca de él, mi rabia proclama: “El adulterio está mal y se debe combatir con maldiciones y cotilleo”. Dios analiza mis criterios y decide que están bien, pero evalúe la manera de reaccionar y ve que está mal. Si me enfado cuando mi hijo se burla de su madre y le respondo con una reprobación vigorosa y afectuosa, mi ira proclama: “La falta de respeto está mal y se debe combatir enérgicamente con respeto, desafío y misericordia”. Dios evalúa mi ira, tanto mis criterios para juzgar como mi reacción, y ve que son correctos. Esta ira demuestra el amor por mi mujer y mi hijo. El poder emocional de esta ira afectuosa hace muchas cosas buenas, me motiva para que intervenga, protege a mi mujer y le hace entender a mi hijo el significado de lo que está mal y le da ejemplo de cómo reaccionar frente a los pecados de otros.

La Cristiandad no consiste en una apatía estoica, estando por “encima” de cualquier reacción emocional.26 Muchas personas se convierten en indiferentes u obtusas en nombre del “autocontrol”. Ellos pecan por omisión, se muestran distantes y no ayudan en ocasiones donde la piedad se alteraría y buscaría maneras para contribuir. Pero la Cristiandad tampoco se trata de dar rienda suelta a las emociones. “El lento para la ira tiene gran prudencia, pero el que es irascible ensalza la necedad” (Proverbios 14:29). La ira no es neutra. La línea entre la sabiduría y la necedad se encuentra en el punto medio de cada ocasión de ira, que es pía o malvada.

Aquí, el pensamiento bíblico va directamente en contra de nuestra cultura, que típicamente dice: “La ira no es buena ni mala, sólo existe”. La teoría de que las emociones son neutrales se ha convertido en la frase favorita de la cultura terapéutica. Pero no es verdad que la ira “sólo es”. Mucha gente, con la excusa de “ser sinceros”, o “desahogarse” se comportan de una manera totalmente egoísta. Pecan por omisión; son impulsivos y hacen daño, donde la piedad consideraría el impacto de las palabras. Aprender a discernir entre la ira justa y la ira pecadora es extremadamente importante y no siempre fácil.

Debemos ajustar con mucha precisión nuestro juicio. – “por la práctica tienen los sentidos ejercitados para discernir el bien y el mal” (Hebreos 5:14) – para poder distinguir entre ira justa e ira pecadora. Dios y el demonio están ambos enfadados todo el tiempo, pero ¿de qué parte está tu ira? Las escrituras dan muchos criterios con los que Dios nos ayuda a practicar para hacer esta distinción. Vamos a considerar siete.

Prueba número 1: ¿Os enfadáis por las cosas correctas?


La ira se enfrenta con las cosas aparentemente malas, pero ¿percibís correctamente? Esta es la primera distinción importante. Una persona se puede enfadar por cosas por las que no debería enfadarse. La gente genera su propio conjunto de expectativas, sus propias “leyes”, sus propios criterios de lo que está bien y mal, y reaccionan con rabia cuando se rompen estas “leyes”. Jonás es el ejemplo típico; la ira le consumió dos veces y en ambas ocasiones Dios le preguntó: “¿Tienes acaso razón para enojarte?” (Jonás 4). El había percibido la compasión de Dios por la gente y que se secara la planta que le hacía sombra como dos males serios. Gran parte de la ira pecadora surge del mismo tipo de percepciones erróneas. Por ejemplo, quizá yo espere comer asado para la cena, pero cuando me siento a la mesa me sirven macarrones con queso. Si gruño irritado, ¿es mi ira neutral? No, es pecadora porque he percibido como malo algo que es bueno y que debería estar agradecido al recibir. Muchas veces la ira surge por percepciones deformadas por nuestras creencias, ansias y expectativas que sustituyen a la ley de Dios en nuestros corazones.

Una amiga mía vino a hablar conmigo después de una misa y dijo: “Quiero que me perdones por algo que he hecho. He estado enfadada contigo durante ocho meses y he intentado evitar perdonarte. Pero Dios me ha condenado y quiero que resolvamos nuestros problemas”. Yo me sentí muy agradecido porque ella quería resolver los problemas y tuvo el coraje y la humildad para sacarlo a la luz. Pero a medida que intentaba describir un incidente a la entrada de la iglesia donde yo la había ignorado, me perdí. ¿De qué me estaba hablando? Yo no podía recordar haber hecho nada contra ella. Finalmente conseguimos aclarar la historia. Una mañana durante el servicio comencé a sentir nauseas. Mientras me dirigía hacia el baño, pasé por su lado sin apenas darme cuenta, sin saludar ni dar conversación y con una mirada de pocos amigos. Ella pensó que esto iba dirigido hacia ella y ocho meses de ira se habían producido por percibir un mal que realmente no se había producido. Su deseo por ser aceptada había prevalecido, o mejor dicho, sus ansias por ser aceptada habían entrado en conflicto con el Espíritu en ella. El ser ignorada aparentemente y mal vista por un amigo no es algo agradable. Cuando gobierna Dios, el dolor y la ira nos impulsarán a resolver cosas de manera pía, comprobando nuestras percepciones. Y esto es lo que finalmente hizo ella, por la Gracia de Dios, y nos reconciliamos efusivamente. Pero cuando gobiernan las falsas creencias y las ansias, nuestra percepción permanece retorcida y nos atascamos en el dolor y la ira. Esto ocurrió hasta cierto punto y retrasó la reconciliación durante muchos meses. La ira siempre refleja los estándares morales de una persona, su definición del bien y el mal, los correcto y lo incorrecto. ¡Comprobadlos! 27

Puede que os enfadéis por algo que deberíais odiar. Puede que percibáis algo que está mal correctamente, o que ese mal sea contra vosotros: severidad de un padre o cónyuge, falta de respeto por parte de vuestros hijos, que os mienta uno de vuestros empleados, fraude de un vendedor, violación de un familiar. Puede que veáis el mal hecho públicamente o a otro individuo: abuso de niños, crueldad verbal, propaganda a favor del aborto o la homosexualidad, mentiras y manipulaciones de los tele evangelistas, atrocidades en tiempos de guerra. La ira es la respuesta Cristiana apropiada. Seríais una piedra, unos sentimentales o unos estoicos si no sintierais algo de ira. Pero a estas alturas nos enfrentamos con otra distinción.

Prueba número 2: ¿Expresáis la ira de la manera adecuada?

Es posible ver el mal con precisión en las vidas de otros y sin embargo, expresar la ira de una manera pecaminosa. La parábola de Jesús sobre “la mota de polvo y la viga” trata sobre este tema.28 La ira que se levanta de manera justa (superando la prueba número 1) es a menudo las más difícil de controlar. Lo que ocurrió “ahí fuera” es tan malo que me ciego al mal que hay “aquí”. Los pecados de pretensión de superioridad moral son increíblemente engañosos respecto a uno mismo.

La mejor pauta para determinar si la expresión de la ira es correcta o no es saber si actúa para condenar o para ayudar. Se nos pide que utilicemos nuestra fe en el hecho que: “Mía es la venganza, dice el Señor, yo pagaré” (Romanos 12:19). Nuestra ira no debe ser punitiva ni para ajustar cuentas. En primer lugar ha de ser buena para ayudar a las víctimas reales o potenciales del mal. En segundo lugar ha de ser buena, y no de manera tan obvia, para ayudar a los autores de ese mal. La ira nos hace intervenir para detener el mal, para proteger a los débiles, para enfrentarnos a los tiranos (algunos de los cuales se sientan delante de nosotros en oficinas de consejeros), para reprender, para avisar a los indisciplinados, para avisar a la gente de algún peligro. Pero la dinámica de pacificar y dar la gracia debe en todo caso filtrarse en nuestra ira, de lo contrario seremos culpables de un juicio sin misericordia, de quitar la mota de polvo en el ojo ajeno con vigas en los nuestros.

Es siempre verdad lo que se dice en Efesios 4:29: “No salga de vuestra boca ninguna palabra mala, sino sólo la que sea buena para edificación, según la necesidad del momento, para que imparta gracia a los que escuchan”. La percepción de las malas acciones y de los enemigos de la ira no nos da un auto de medidas cautelares permanentes escrito específicamente para ayudar a la gente a enfrentarse con el desagrado frente a las malas acciones de otros.29 Incluso, y sobre todo, cuando nos enfrentamos contra grandes pecados o herejías. Siempre se puede utilizar 2 Timoteo 2:24-25: “Y el siervo del Señor no debe ser rencilloso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido, corrigiendo tiernamente a los que se oponen, por si acaso Dios les da el arrepentimiento que conduce al pleno conocimiento de la verdad”.

Jesús dirigió Su diatriba más feroz contra los líderes religiosos en Jerusalén (Mateos 23). La ira proporcionó a Sus palabras enfoque, nitidez e impacto acumulativo. Pero Él no estaba destruyendo gente sino ayudándoles. Jesús habló de rescatar a aquellos a quien los líderes habían inducido a considerarse moralmente superiores de una manera legalista y a no creer en el Cristo que se encontraba entre ellos. Y Él se dirigió a esos líderes, avisándoles de que se enfrentaban a la cólera: "Pobres de vosotros". Incluso en esta ocasión extrema de ira, Jesús no proporcionó ningún castigo, Él no fue pendenciero, cruel, falso, impaciente o amargado. Cuando sangró en la cruz, en su intercesión se incluyeron muchos líderes - Nicodemo, José de Arimatea, Pablo Apóstol y otros -. "Padre perdónales" y se protegieron bajo la sangre del cordero que los amó.

Existe una buena razón para que la función punitiva limitada que Dios concede al hombre – “la espada”- se mantenga en fideicomiso por el estado para el bienestar general. Cuando el “rey”, el departamento magistral, castiga justamente, se produce justicia. Cuanto mayor es la falta, más necesario es el castigo y menor debería ser el papel de la ira personal. Cuando la ira tiene como objetivo el castigo, se produce una justicia por manos propias, a ella le sigue la injusticia y finalmente Dios se enoja. Dejad que la pregunta os encuentre a vosotros, asumid que vuestra ira se ha despertado de manera incorrecta, ¿la estáis expresando de manera constructiva, para la gloria de Dios? ¿O está vuestro enfado lleno de la irritabilidad, santurronería y castigo de la ira pecadora?

Me acuerdo de una ocasión muy dramática en la que mi ira era muy intensa y, por lo que yo sé, sencillamente justa. El incidente se produjo cuando me acababa de convertir en un Cristiano nuevo y trabajaba en un hospital mental. Uno de los pacientes era un hombre gigantesco de casi 2 metros y 120 kg, con antecedentes de ser violento. “John” esperó hasta que todo el personal se fue a comer menos yo (que estoy lejos de parecer el increíble Hulk) y una enfermera de metro y medio y unos 45 kg. Él eligió ese momento para empezar a arrasar con todo. Yo oí el ruido de como rompía los muebles en la sala de estar y al salir de la enfermería me encontré con John corriendo por el pasillo en mi dirección con un televisor sobre su cabeza.

De repente me enfadé, intensamente. Quizá fue una locura enfadarse, pero no tuve miedo sino que me di cuenta de estar muy enojado. Yo no sé de donde surgió una voz tan potente, pero de repente me di cuenta de que estaba diciendo: "¡JOHN DEJA ESO Y VUELVE A TU HABITACIÓN!". Mis palabras fueron intensas y fuertes, mi respuesta tenía mucha energía, tenía mando y autoridad. La ira justa produce unos efectos increíbles. John se detuvo de inmediato, dejó el televisor en el suelo y dócilmente se fue por el pasillo hacia su habitación.

Al poco, mientras todavía estaba respirando fuertemente, pensé: “¿De dónde ha salido eso? Gracias, Dios mío”. Una vez me tranquilicé y mi corazón volvió a su ritmo normal, seguí a John por el pasillo para hablar con él. Tuvimos una buena conversación en la que no le regañé ni le moralicé. De hecho él demostró arrepentirse de lo que había hecho. Cuando pensé en este incidente más tarde, la naturaleza de la ira justa se volvió más clara. Yo no odiaba a John, de hecho, sería más justo decir que lo amaba, aunque en esos momentos no sentía un cálido afecto por él. Lo que yo hice le sirvió de mucho, a pesar de que en aquellos momentos me consumiera la ira por el mal que él estaba haciendo. Pero yo no fui a por él ni le guardé rencor, ni mis palabras fueron vengativas. Aunque fueron agresivas, estaban dirigidas a resolver el problema y recuperar la calma. Yo no le menosprecié ni actué como si fuera superior a él. De hecho no quedó ninguna amargura latente y nuestra relación se volvió más fuerte. Esta ira no estuvo fuera de lugar, sino que se despertó de manera adecuada, basándose en una percepción correcta del problema. La expresé de manera apropiada, con la intención de conseguir el bienestar de la gente y la gloria de Dios.

Dios no nos ofrece a menudo momentos heroicos, pero en los momentos que no son tan obvios, nos enfrentamos a los mismos problemas de una manera más suave. ¿El adolescente cabezón? ¿El marido enfurruñado?¿El compañero de trabajo que habla demasiado? ¿El atasco de tráfico? ¿El comité que se desvía en una dirección inútil? ¿Las interrupciones que se producen en el peor de los momentos? “Algo malo está ocurriendo, ¿cómo voy a seguir amando? ¿Reaccionaré mal ante el mal o como puedo hacer que mis palabras sean constructivas? Tanto si mi respuesta es fuerte o suave, ¿le proporcionará la gracia a aquellos que la escuchen?”.

Prueba número 3: ¿Cuánto tiempo dura vuestra ira?

¿De qué otras maneras se puede determinar si la ira es pía? Una indicación es su duración. Si dura un día, una semana, una década, una vida entera, algo ha ido mal. Cuando la ira se convierte en amargura y hostilidad, el diablo ha ganado la partida y nos convertimos en lo mismo que nuestros opresores, pagando el mal con mal. En Efesios se establece el principio de manera memorable: “no se ponga el sol sobre vuestro enojo” (4:26). Hacer esto es pecar, como la primera mitad de este versículo nos indica claramente.

La ira puede ser limpia y justa, pero la intención de Dios es que la gracia triunfe en aquellos a los que hace a Su imagen. Esto no significa que no odiaremos el mal, sino que nos tomaremos muy en serio la oración diaria que establece nuestra necesidad: “Perdona nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”. ¿Superáis vuestra ira? ¿O dejáis que se encone? ¿Se envenena vuestra actitud hacia los demás con malas intenciones, desdén y condena? Si confesáis vuestros propios pecados, incluyendo los muchos pecados de la ira, la misericordia fluirá continuamente en vuestra vida y os hará misericordiosos hacia los demás.

Prueba número 4: ¿Cuánto controláis vuestra ira?

La ira pía es un sentimiento controlado por un objetivo que Dios Nuestro Señor nos impone y que está en consonancia con esos frutos del Espíritu denominados autocontrol, gentileza y paciencia. La ira impía es un sentimiento controlado por los impulsos de nuestro propio corazón, que corre descontrolada, violenta y que es provocada fácilmente. Jay Adams lo describió bien: “La ira es un sentimiento que Dios nos da para combatir los problemas…. Las energías de la ira [deben ser] liberadas de manera productiva y bajo control hacia el problema. [La ira] debe dirigirse hacia la destrucción del problema, no hacia la destrucción de la persona… A la ira, como a un buen caballo, hay que controlarle bien las riendas”.30 ¿Está vuestra ira controlada por un motivo pío, por confianza en la soberanía de Dios, por la sumisión a sus objetivos? ¿O está fuera del control de Dios, es impredecible, se toma la justicia por su cuenta, es o bien ofensiva o agresiva? ¿Vuestra ira proporciona la gracia o sólo juzga?

Los objetivos de Dios son dar gracia a través de nosotros. ¿Está vuestra ira entrelazada con la misericordia? No podréis evitar ser provocados: “Es inevitable que vengan tropiezos” (Lucas 17:1). Cuando vuestros hijos se burlan de vosotros u os desafían como padres, vosotros no os limitáis a mirar con desapego, “Ah mira que interesante, creo que ahora estoy escuchando y viendo algo que quizá se pueda clasificar como un “pecado”. Mira, de hecho, cuanto más lo pienso, ese patrón de comportamiento y de palabras no se parece en nada al respeto obediente. Me pregunto cómo debería enfrentarme a ello”. ¡No, no, no! Vosotros reaccionáis emocionalmente, se supone que un niño no debe burlarse de sus padres. La ofensa rápidamente pulsa los botones y despierta algo en vosotros.31 Entonces esa ira se puede volver pecadora muy fácilmente, sin necesidad realmente de hacerlo, pero se puede controlar: “Enfrentémonos a esto”. La ira proporciona la energía para distinguir claramente lo que está mal, para ejercer la disciplina con el niño, para hablar con él, consolarle y darle amor. La ira es pecadora y destructiva si se convierte en punitiva, justa y cariñosa si se convierte en disciplinaria.

¿El autocontrol significa que vuestra ira no será tan intensa? Esto es una pregunta difícil porque la Biblia no hace de la intensidad un criterio. Un desdén frío o una ligera repulsión pueden ser expresiones malvadas de “juicios contra un mal percibido”. El genocidio, literalmente o por actitud, se puede producir sin sentimientos fuertes, sino más bien como si se extermina algún bicho o como si se saca la basura. Estas formas de odio tan intensas pueden estar desprovistas del acaloramiento emocional, pero son profundamente malvadas. La actitud distante de tales “seres superiores” sencillamente rechaza a aquellas personas desagradables o aquellos puntos de vista que no pasan su prueba de tener una existencia significativa. Por el contrario, a Jesús le “consumió” la ira cuando expulso a los mercaderes del Su templo (Juan 2:17). Tanto en esa ocasión como cuando condenó a los Fariseos, parece que Jesús registró un 10 en la escala Richter de fuerza emocional. Y aún así, Su ira estuvo siempre bajo el control de Su devoción a la gloria de Dios y al bienestar del pueblo de Dios, tal y como ocurrirá el día en que se revele “la ira del Cordero” (Apocalipsis 6:16f).

Quizá sea justo decir que la mayor parte de la intensidad de la ira disminuye cuando el Espíritu la controla, ya que una gran proporción es imprudente, vengativa y equivocada. Las personas misericordiosas, pacientes y sabias sencillamente no explotan, mientras que los necios le dan rienda suelta a su odio (Proverbios 29:11). El sabio mantiene una auto sospecha humilde con respecto a la validez de su ira: ¿pasaría la prueba de Dios? De la misma manera, muchos episodios de ira desparecen porque no nos excitaremos por las muchas cosas que desatan la ira irritable. A pesar de todo ello, siempre habrá alguna ocasión de ira que requerirá sentimientos más fuertes.

Prueba número 5: ¿Qué motiva vuestra ira?

La razón para que una ira sea pía o pecadora está en su motivo. La gente motivada por su deseo por la gloria de Dios, por su conformidad con el modelo y la voluntad de Jesús y por el bienestar de los demás, se enfadará de una manera. La gente motivada por los “deseos del cuerpo y de la mente” (Efesios 2:3), por orgullo y creencias falsas, se enfadará de una manera diferente. La pregunta más sencilla acerca de lo que subyace a la ira es: “¿Qué queremos realmente?” Si sois sinceros, y con la ayuda de Dios, podréis daros cuenta de si estáis intentado vengaros, o hacerle daño a alguien, o que no os molesten, o demostrar que alguien está equivocado, o acumular méritos, o que so os valore y aprecie, o humillar, o ganar o saliros con la vuestra. Vosotros os guiáis por lo que la Biblia llama “el yo”, y con la ayuda de Dios podréis daros cuenta de si realmente queréis honrar al Señor de la vida de palabra, obra, actitud e intención. El consejo de hermanos y hermanas nos puede ayudar a resolver cosas cuando estamos cegados por algo y no lo podemos ver con claridad. El consejo nos puede ayudar cuando nos engañamos a nosotros mismos acerca de nuestros motivos, disimulando algo que no nos gusta para que parezca la voluntad de Dios.

Una de las cosas agradables al aconsejar a gente enfadada, y al resolver nuestra propia ira, es la accesibilidad de la unión entre su raíz y su fruto. Por ejemplo, ¿cómo responderíais si, tras plantear una pregunta razonable, yo la clasificara como estúpida, os diera un bofetón y os insultara? Sentiríais dolor, shock, consternación, humillación, ira, quizá miedo. ¿A dónde iría? Alabado sea el Señor si el sentimiento de que os hayan tratado mal os motivara a que os enfrentarais a mí con sinceridad, con un espíritu dulce, con la intención de comprobar mi locura y devolverme el sentido común, con la seguridad de que en primer lugar necesito la gracia de Dios y, a continuación, vuestro perdón. Puede que incluso os sintierais motivados por Jesucristo por encima de todo. Si en lugar de esto os amargáis y empezáis a darle vueltas a las maneras de vengaros, es muy probable que tuvierais una mayor necesidad y una mayor sed por la justicia y respeto que por la rectitud. ¿Qué ocurriría si os debilitarais ante la tentación de responder de este segundo modo? Alabado sea Dios si sintierais la tentación de alejaros de la segunda respuesta a favor de la primera. Dios se ve honrado y da su gracia tanto en lo que se dirige hacia lo justo como en el logro de la justicia misma.

Prueba número 6: ¿Está vuestra ira “preparada y lista” para responder a los pecados habituales de otra persona?

Nuestros hermanos y hermanas (¡sin mencionar a nuestros enemigos!) a menudo repiten sus pecados una y otra vez. Jesús habló de “setenta veces siete” y “siete veces al día”.32 ¿Es vuestra reacción airada tan repetitiva? Las discusiones que se repiten, en las cuales los intercambios verbales repiten el mismo patrón una y otra vez, indican que hay algo equivocado en vuestra ira.

Cuando me enfrento a problemas a diario, mi ira no está a la espera para producirse, la bomba no está a punto para reaccionar. Si cometéis un error hoy no voy a sacar vuestros antecedentes penales de otros errores cometidos con anterioridad. No voy a decir: “¿Cuántas veces te he dicho que…? Te lo he dicho mil veces…Tú siempre… Tú nunca…Ya estamos otra vez… No puedo creer que lo hayas hecho de nuevo”. La ira piadosa es parte de la gracia y de intentar mantener la paz. La gracia rompe el ciclo de provocación-reacción tan característico de la vida en un mundo pecador. Los pecados, incluida la ira pecadora, normalmente son repetitivos. Pero la ira piadosa empieza de nuevo porque no se guarda los errores pasados, sino que observa cómo actúa Dios en la otra persona y en la situación, de la misma manera que Él actúa en nosotros.

Prueba número 7: ¿Cuáles son los efectos de vuestra ira?

Una última manera de distinguir la ira piadosa de la ira pecadora es a través de sus efectos. La ira pecadora crea más problemas, complica las cosas, hiere a la gente y los pone a la defensiva. La manera en que os presentáis a la otra persona les incita a esconderse o a luchar. Vuestras palabras son “palabras podridas” (Efesios 4:29). Este adjetivo se utiliza también para fruta o pescado podrido. Si alguien se comiera vuestras palabras, su contenido condenatorio y despreciador, su tono de voz, se atragantarían. Las palabras podridas son difíciles de digerir. La ira pecadora crea círculos viciosos, el mal crea el mal y este a su vez crea el mal.

Puede que la gente igual se esconda o ataque al enfrentarse a las palabras justas, acertadas y misericordiosas de la ira piadosa, pero vosotros no seréis el motivo de este tropiezo, sino que ellos estarán siendo tentados por el pecado de sus propios corazones. Las palabras llenas de gracia son dulces al gusto, incluso cuando contienen verdades duras siguen apareciendo como una ayuda. La ira piadosa es parte de la resolución de los problemas y generalmente crea círculo de gracia. El mal crea el bien y este a su vez… ¿qué? Nunca se sabe. La locura del pecado es tal que a veces la gente responderá con maldad a vuestra bondad, pero a la larga, el bien vence al mal. La gente a menudo responde sorprendentemente bien a la verdad dicha con amor. Incluso cuando una persona reacciona mal al principio, la manera en que actuasteis permanecerá en sus mentes y ellos no podrán negar el buen sentido común de lo que dijisteis, ni la humildad y falta de condena de la manera en que os expresasteis. Frustrareis sus intentos de defenderse arrojando acusaciones hacia vosotros. No los habréis tratado de la manera que os están tratando. Esta es la fuerza más poderosa en el planeta.

Observad a Jesús. El mal se acercó a Él, y quizás sus reprobaciones fueron fuertes y agresivas a veces, pero Él tenía que actuar de esa manera para mostrar el mal tal y como es, para proteger el honor de Dios y para servir al bienestar de aquellos pobres de espíritu que tenían sus esperanzas puestas en el Mesías. Sí, mucha gente respondió con el mal a su bondad, pero Él amó a Sus enemigos sin lugar a dudas. Mientras que fuimos enemigos, Cristo murió por nosotros, incluso en su ira no condenó al mundo sino que lo salvó. Vino a transformar enemigos en amigos. El mal causa el bien y este a su vez causa el bien.

La ira piadosa no necesita “ganar”, no tiene que conseguir ajusticiar a los malhechores. Sus objetivos son más modestos en la superficie pero mucho más extensos si se profundiza: la gloria de Dios y el bienestar eterno de su pueblo. La ira piadosa tiene efectos positivos para todos los involucrados. Así que cuando os enfrentáis a el mal sin arrepentimiento, cuando vuestros mayores esfuerzos parecen no tener ningún efecto bueno o duradero, no hace falta que os enfadéis aún más. En lugar de ello os podéis volver más objetivos y prácticos. En el interior, la misericordia trabaja para ablandar vuestros corazones. Jesús os haría rezar por el bienestar de ellos, que incluye su arrepentimiento en vida (Lucas 6:28). En el exterior, se os pide que realicéis actos persistentes y directos de bondad inmerecida: “Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer, y si tiene sed, dale de beber” (Romanos 12:20). En el exterior también se os puede pedir que os unáis a otros en actividades comunitarias que impongan consecuencias objetivas para castigar el comportamiento equivocado: disciplina de la iglesia, retirada de la ayuda económica, despido del trabajo, avisos de desahucio, avisar a la policía, tomar acción legal, implementación de leyes mejores, votar por líderes nuevos y cosas similares. Estas actividades positivas también son “juicios contra un mal percibido”, pero funcionan de una manera más imparcial, son necesidades sobrias y objetivas, establecen límites en nuestras labores más personales para ayudar a la gente. Como tales, son buenas y cómodas. A menudo suponen un gran alivio para una persona que se enfrente a un mal persistente saber que otros también están tomando la responsabilidad para corregirlo. Esto reduce la tentación de las tendencias a tomarse la justicia por mano propia.

La ira es un asunto moral. Por su propia naturaleza evalúa e intenta destruir un mal percibido. Por la misma naturaleza de Dios, nuestra ira está siendo evaluada siempre.

Estas afirmaciones generales acerca de la ira son puntos de enclave de nuestra manera de pensar. La Biblia se ocupa de ira en gran detalle a través de ejemplos y proposiciones. La ira es corporal, mental y de comportamiento; además es definitivamente interpersonal, siempre relacionada con Dios y a menudo con otra gente. Es tanto natural como aprendida, para bien y para mal. Es un asunto moral. Dios nos da un punto de vista global desde el cual podemos analizar la ira y enfrentarnos a los diversos fenómenos relacionados con ella que se nos presentarán. Muchas aplicaciones para aconsejar se han presentado por las páginas anteriores y seguramente los lectores podrán deducir muchas más. En el próximo número consideraremos algunas de las aplicaciones más importantes con más detenimiento.

1 John 3:36; cf. 3:14-21.

2 B. B. Warfield, “The Emotional Life of Our Lord,” The Person and Work of Christ (Philadelphia: Presbyterian & Reformed, 1950, pp. 93-145), p. 107.

3 Véase, e.g., Marcos 3:5 y 10:14; Mateo 18:6f y 23:2-36; Juan 2:14-17.

4 Ezequiel 18:29 y 24:14.

5 Jeremías 16:12; Jueces 21:25.

6 Warfield, p. 122.

7 Un trabajo que se completará cuando veamos a Jesús volver el día de la cólera. Véase por ejemplo, Filipenses 1:6; 1 Tesalonicenses 5:23; 1 Juan 3:2.

8 Hebreos 12:5-11.

9 Apocalipsis 21:4 llega a la culminación de un tema presente en todo el libro acerca del consuelo del pueblo de Dios afligido: la ira del Cordero (6:16f) proporciona misericordia y vida para el pueblo del Cordero (7:16f). Y ahora en parte podemos disfrutar de entregas temporales (como la promesas de los Salmos 31 y 121, y muchas historias de la Biblia). De hecho, en general Dios raramente permite que el pecado humano se desarrolle fuera de su lógica violenta. Cuando esto se produce (genocidio, tortura, aborto, violación, abuso de menores) tanto las víctimas como aquellos que las aman o bien aprenden a esperar el día en que esos males serán destruidos o bien se convierten en personas como las que los atormentaron.

10 Este tema es muy rico. El demonio desempeña este papel durante su vida profesional. Y lo mismo hacen los babilonios, Judas y todos los opresores de la historia que han tenido algún momento de importancia. Por ejemplo, Babilonia era la “copa de oro [de odio]” y una “destrozadora” en las manos del Señor, un agente actuando por la ira justa en el escenario de la historia.(Jeremías 46:10; 51:7; 51:20-23). Isaías, Jeremías y Habacuc presentan cinco temas de discusión diferentes acerca de Babilonia que se entrecruzan. (1) Porque el pueblo de Dios pecó, Babilonia impuso la ira justiciera, siempre evitando a aquellos que cuya fe permaneció pura o fue purificada durante el periodo problemático. (2) Debido al orgullo humano impío (“Toda la humanidad es necia, falta de conocimiento”, Jeremías 51:17) Babilonia impuso su ira castigadora sobre las naciones que se encontraban en la oscuridad. (3) Porque Babilonia también pecó por arrogante, ella también bebió de la copa del odio. (4) Porque Dios ama a Su pueblo, aunque ahora ellos agonicen en medio de sufrimientos, ellos gozarán de la liberación misericordiosa a un lugar lleno de paz. (5) Porque Dios tenía planes de bendecir a toda la humanidad, él elegiría en los “últimos días” otros creyentes de entre las naciones que ahora se encuentran en la oscuridad.

11 Este tema de esperanza durante las aflicciones está presente por toda la biblia. Tan solo hace falta que miremos en los Salmos, Lamentaciones, Romanos 8, 2 Corintios, Hebreos, Apocalipsis….

12 Romanos 12:19.

13 Podemos hablar con seguridad del “amor/ira inquenbrantable del Señor, de su “amor-ira-bondad”. Los “desafortunados, los necesitados y los afligidos” que soportan la maldad airada de otros cuentan con el amor de la ira de Dios para que las cosas se resuelvan (Salmos 9-10). La ira de Dios hacia los pecados de otros es un objeto de fe en muchos salmos. Por ejemplo, en el Salmo 37, no hace falta irritarme ni enfadarme cuando el mal se acerca a mi si me refugio en el Señor y confío que Su ira se encargará de los malhechores. Pero aquellos que son sinceros nunca se harán estoicos o creerán tener una superioridad moral. El sufrimiento da lugar al dolor y a la protesta enfadada, a la auto reflexión que pone en evidencia mi propio mal. Muchos Salmos (Habacuc) muestran una extraña combinación de (1) saber que me merezco la ira de Dios al descubrir mi necesidad de misericordia y cambio y al mismo tiempo (2) saber que no me merezco la hostilidad injusta de los hombres que son los instrumentos de Dios. En el Salmo 38, la ira de Dios contra mis pecados, sintiéndola con dolor, al final produce el arrepentimiento, la esperanza y la fe, una protesta contra aquellos que causaron el dolor. En el Salmo 39, la lucha contra mi ira y el mal que está a mi alrededor al final me lleva a la esperanza por mi liberación de mi propio mal, y del mal a mi alrededor. En el Salmo 40, la ira/amor inquebrantables de Dios de Nuevo me liberan de mis propios pecados y de aquellos que me causan daño.

14 Apocalipsis 12:12; Juan 8:44.

15 Al igual que “ira”, la palabra “amor” se utiliza tanto en la Biblia como en la vida diaria y se puede referir a cosas totalmente contradictorias. Realmente debemos presionar una palabra para obtener todos los significados que se esconden tras ella. Cuando las definiciones se entremezclan, el resultado puede ser malicioso. Se ha abusado tanto de “ira” como de “amor” por no discernir constantemente la fina línea entre el bien y el mal que transcurre por en medio de ellas. El filósofo Thomas Hobbes una vez comentó astutamente: “Las palabras son las fichas del hombre sabio, que piensa con ellas, pero ellas son el dinero de los necios” (Leviatán, Parte 1, Capítulo 4).

16 Comparad Éxodo 32:19 con 32:11.

17 Números 20:7-13.

21 C. S. Lewis una vez hizo el siguiente comentario: “La peor mentira es una media verdad.” J. I. Packer de manera similar comentó: “Una media verdad que se hace pasar por la verdad completa se hace totalmente falsa” (del Ensayo Introductorio a The Death of Death in the Death of Christ, de John Owen, re impreso como Life by His Death!, London: Grace Publications Trust, 1992). Por cierto, la ira, la hostilidad y la calumnia son maestros de estas mentiras de medias verdades.

22 Por supuesto la gente se puede enfadar con objetos no humanos también. Balaam le pegaba a su burro cuando se enfadaba con él. Quejarse de la comida y del tiempo parecen ser males endémicos de la naturaleza humana.

23 En lo que se refiere a explicar la ira, los Cristianos de la Biblia no se deciden por que se tenga por naturaleza o se aprenda, o por una combinación de ambas. La división entre el bien y el mal transcurre a través de todo, de manera que podemos diferenciar cuatro factores. Al evaluar los efectos de “naturaleza”, no se puede entender la gente sin percibir las relaciones entre creación/naturaleza y pecado/naturaleza tal y como vimos en el apartado anterior. De la misma manera, al evaluar los efectos del “aprendizaje”, debemos prestar atención también a las relaciones pecado/aprendizaje y gracia/aprendizaje. Los patrones del pecado y la sabiduría se pueden aprender (Proverbios 13:20). Ni naturaleza ni aprendizaje son neutrales.

24 Los admiradores de Woody Allen recordarán la famosa escena con la pantalla dividida en la película Annie Hall. El civismo silencioso de la clase alta, los anglo sajones de Westchester, comparada con los altibajos emocionales de la clase trabajadora, los judíos de Brooklyn. Las costumbres de los primeros no deberían formar nuestra imagen del autocontrol que se describe en la Biblia. Las costumbres de los segundos no deberían formar nuestra imagen de la expresión emocional descrita en la Biblia.

25 “La carne característica” es el término provocativo que Richard Lovelace utiliza para designar los patrones relativamente estables del pecado que nos caracterizan a cada uno de nosotros y que difieren de una persona a otra. Dynamics of Spiritual Life (Downers Grove, Illinois: InterVarsity Press, 1979), p. 110.

26 Mucahs filosofías de vida populares son estoicas. Las terapias cognitivas y de comportamiento por ejemplo, consideran un sentimiento “negativo” (ira, desánimo) como un producto de creencias falsas acerca de un acontecimiento. Intentan enseñar un conjunto de creencias racionales que producirán un equilibrio, pase lo que pase. Mientras que no existe ninguna duda de que las creencias falsas producen la ira pecadora, las creencias verdaderas también darán lugar a veces a la ira, la consternación y la angustia. Véase Salmos. Del mismo modo las creencias y prácticas del Hinduismo, considerando el mundo sensorial como una ilusión y enseñando técnicas de meditación tranquilizante, son en esencia estoicas. Por supuesto las creencias erróneas a menudo producen reacciones innecesarias y pecadoras hacia provocaciones ilusorias, pero la fe verdadera no provoca el éxtasis. Jesús no vivió una vida calmada, Él se preocupaba demasiado.

27 Una dinámica similar se produce a menudo en la ira contra uno mismo, que nuestra cultura denomina “baja auto estima”. Por ejemplo, una madre de niños que todavía no van al colegio puede deprimirse por considerar que ha fallado en la vida al ser incapaz de mantener su casa tan limpia y ordenada como las que se ven en las revistas. Los cristianos a menudo se equivocan en esto de dos formas. En primer lugar, muchos denominan esta ira dirigida a ella misma “culpabilidad falsa” y dicen que ella no ha hecho nada malo. A continuación añaden casi un evangelio, como por ejemplo, “Jesús te acepta tal y como eres, así que tranquilízate y acéptate a ti misma”. Esta fórmula que se repite a menudo parece correcta pero no es verdadera. En segundo lugar, otros se toman su culpa en serio y le ofrecen el verdadero evangelio: “Jesús te perdona la culpa de tu pecado y te ayuda a cambiar”. Pero esto también presenta la dificultad de que el problema no se ha definido adecuadamente. La misericordia y ayuda que Jesús proporciona no tienen como objetivo perdonar el exceso de desorden y ayudar al orden y la limpieza excesivos. Sería más apropiado decir que su ira auto castigadora expresa una “culpa deformada”. Sus sentimientos de culpabilidad son el resultado de una ley falsa. Ella realmente es culpable de seguir esa normativa falsa y de fracasar de acuerdo a esa ley falsa. Sus criterios de juicio están deformados y su manera de actuar no considera a Cristo. La verdad de Dios, tanto ley como misericordia, pueden renovar su mente. Así como la idea de una culpa falsa no es apropiada, tampoco lo es ofrecerla algo parecido al evangelio que dice que Jesús la acepta. Jesús no la acepta tal y como es porque Él se opone a sus pecados verdaderos. Pero porque su culpa esta deformada por criterios falsos, tampoco es apropiado decir que Jesús simplemente la perdona sin que haga ni una pizca de trabajo para definir con precisión sus verdaderas necesidades. Jesús no la perdona por no tener una casa como de exposición, eso no es un pecado. Él la perdonará por adorar sus propios falsos estándares (y los de su cultura) y Él le ayudará a que viva agradecida por la gracia, en lugar de intentar sin éxito demostrar su valía. Cuando ella entienda su verdadero pecado, la gracia verdadera cobrará un sentido maravilloso.

28 Mateo 7:1-5 y Lucas 6:39-45.

29 Éste es el énfasis tanto en el contexto inmediato (4:25-5:2) como en el más general (desde el principio del capítulo 4).

30 Jay Adams, What Do You Do When Anger Gets the Upper Hand?, Phillipsburg, New Jersey: Presbyterian & Reformed, 1975.

31 Algunos padres por supuesto saltan por cosas que no son pecado. Se enfadan por cosas que no están mal o por infracciones sin importancia de las normas y tradiciones familiares. Sus botones son pecaminosos. Véase la prueba nº 1. Algunos padres se “vuelven locos” tanto cuando les pulsan los botones pecaminosos como los los legítimos. Véase la prueba nº2. Algunos botones se quedaron pulsados en un 98% por algo que ocurrió la semana anterior, de manera que la ira de los padres está a flor de piel. Véase la prueba nº3.

32 Mateo 18:22 y Lucas 17:4.


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