Ordeñando al Carnero

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English: Milking the Ram

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Por R.C. Sproul sobre Santificación & Crecimiento
Una parte de la serie Right Now Counts Forever

Traducción por Maria Gustafson


De entre todas las formas de legalismo, ninguna es más mortal que aquella que reemplaza la fe con obras o la gracia con mérito como base de la justificación.

La Reforma del siglo dieciséis fue una batalla a muerte respecto a este tema. Fue una lucha por el verdadero Evangelio, el cuál había sido eclipsado durante la iglesia medieval. Sin embargo, la erosión de la doctrina de la justificación por fe solamente no comenzó en la Edad Media. Tenía sus raíces en la era del Nuevo Testamento con la aparición de la “Herejía de los Gálatas”.

Los agitadores Gálatas, quienes buscaban quitar la autoridad del apóstol Pablo, argumentaban por un evangelio que requería de obras de la ley no meramente como evidencia de la justificación sino como prerrequisitos para ella. El neo-nomianismo, o “nuevo legalismo” fue una contradicción directa a las enseñanzas de Pablo a los romanos: "Ahora bien, sabemos que cuanto dice la ley, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se calle y todo el mundo sea hecho responsable ante Dios; porque por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de El; pues por medio de la ley viene el conocimiento del pecado” (3:19–20).

Los denominados Judaizantes de Galacia buscaban añadir obras a la fe como base necesaria para la justificación. Al hacerlo, corrompían el Evangelio de gracia gratuita por el cual somos justificados solamente por la fe. Esta distorsión provocó en Pablo su más vehemente repudio respecto a cualquiera de las herejías que alguna vez combatió. Después de haber afirmado que no había ningún otro evangelio que aquél que él proclamaba y de haber declarado anatema a aquel que predicara “cualquier otro evangelio” (Gal. 1), luego corrigió a los Gálatas:

"¡Oh, gálatas insensatos! ¿Quién os ha fascinado a vosotros, ante cuyos ojos Jesucristo fue presentado públicamente como crucificado? Esto es lo único que quiero averiguar de vosotros: ¿recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe? . . . Y que nadie es justificado ante Dios por la ley es evidente, porque el justo vivirá por la fe” (Gal. 3:1–2, 11)

Al principio de la epístola, Pablo expresó su sorpresa ante la rapidez con la que los Gálatas se habían separado del verdadero Evangelio y habían aceptado un evangelio “diferente” que no era evangelio en lo absoluto. Sin embargo, la voz seductiva del legalismo ha sido poderosa desde el principio. Confabulaciones de justificación por obras han suplantado al Evangelio en cada era de la historia de la iglesia. Pensamos en el Pelagianismo en el siglo cuarto, el Socinianismo en el siglo dieciséis, y el Liberalismo y Finneyismo en el siglo diecinueve, tan solo para nombrar algunos. Pero ninguno de estos movimientos ha sido tan complejo y sistemático en su abarcamiento del punto de justificación legalista como lo ha sido la Iglesia Católica Romana. Roma, agregando obras a la fe y mérito a la gracia como prerrequisitos para la justificación, ha reavivado las llamas de la herejía Galacia.

A pesar de que Roma, contra el puro Pelagianismo, insiste que la gracia es necesaria para la justificación, niega que la gracia sola justifica. Aunque enseña que la fe es necesaria como la iniciación, el fundamento, y la raíz de la justificación, niega que somos justificados solo por la fe. Agrega obras a la fe como un requisito para la justificación. Para que Dios nos declare justos, debemos ser inherentemente justos, conforme a Roma.

Roma agrega mérito a la gracia de dos formas distintas. En primer lugar, existe un “mérito congruente” (meritum de congruo), mérito que una persona adquiere desempeñando obras de satisfacción dentro del contexto del sacramento de la penitencia. Estas obras, hechas con la ayuda de la gracia, hacen que sea “congruente” o “adecuado” para Dios justificar a dicha persona.

En segundo lugar, existen las obras de superogación. Estas obras se encuentran por encima y más allá del llamado del deber, de este modo, ceden al mérito en exceso. Roma dice que cuando los santos logran mayor mérito que el que necesitan para entrar al cielo, el exceso se deposita en el “Tesoro del Mérito”. Roma lo denomina “bienes espirituales de la comunión de los santos”.

A partir de este tesoro, la iglesia puede dispensar mérito a aquellos que carecen de él en cantidad suficiente. Esto se realiza mediante “indulgencias”. El Catequismo de la Iglesia Católica define la indulgencia de la siguiente manera: “Una remisión ante Dios del castigo temporal debido a pecados cuya culpa ya ha sido perdonada, que el cristiano fiel quien debidamente dispone de ganancias conforme a determinadas condiciones prescriptas a través de la acción de la iglesia – que, como ministro de redención, dispensa y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos”.

Durante la Reforma, creció una gran controversia alrededor de las indulgencias. Los Reformistas insistían que la única persona cuyas obras tuvieron verdadero mérito ante Dios fue Cristo. Es por Sus obras y Su mérito solamente que podemos ser justificados. El valor del mérito de Cristo no puede ser aumentado ni disminuido por las obras de otros. Sin embargo, en el sistema romano, nuestras obras no solamente avalan nuestra propia justificación, sino que si son suficientemente buenas, pueden ayudar a los que están en el purgatorio que carecen de mérito suficiente para entrar al cielo.

Martín Lutero declaró que el punto de vista del mérito de Roma no era más que vanos productos de su imaginación y especulaciones de sueño acerca de cosas sin valor. Argumentaba que cualquier punto de vista que incluyera nuestras obras en nuestra justificación no sólo era blasfemia sino también ridículo. Él dijo: “Buscar ser justificados por la Ley es como si un hombre, ya enfermo y débil, fuera en busca de algún mal mayor por medio del cual tuviera la esperanza de curarse, mientras que, obviamente, le traería la ruina completa, como si un hombre afectado con epilepsia agregara la pestilencia a esta . . . He aquí como lo expone el proverbio, uno ordeña al carnero mientras que el otro sostiene un cernidor por debajo”.
 
El proverbio de Lutero declara una insensatez doble. Intentar ordeñar a un carnero es lo suficientemente tonto. Pero traer un cernidor para poner la leche meramente acrecenta la necedad. Del mismo modo, intentar ser justificado por cualquier forma de legalismo es tan necio como intentar ordeñar leche de un carnero – pero con mucho más severas consecuencias.

La gran tragedia de nuestros días no yace tan sólo en que el Catolicismo Romano ni en otras religiones, tales como el islamismo, codifican obras como una base necesaria para la justificación. En términos prácticos, temo que la gran mayoría de los protestantes también dejan sus esperanzas en sus propias obras. Hasta que no perdamos las esperanzas de buscar nuestra justificación por las obras, no habremos entendido el Evangelio.


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