¿Llevas una vida cristiana muy discreta?
De Libros y Sermones BÃblicos
Por Greg Morse sobre Santificación y Crecimiento
Traducción por María Belén
¿Mantienes tu vida cristiana en privado o a puertas cerradas?
Muchos de nosotros buscamos probar lo que nos dice nuestro Señor: “Ustedes son la luz del mundo”, “¿Cómo se puede esconder una ciudad asentada sobre un monte?” (Mateo 5: 14). Para garantizar el bienestar de la sociedad, podemos hablar sobre Jesús tan alto como queramos en nuestros hogares y en la iglesia, pero no debemos hacerlo en público, fuera de esas cuatro paredes. ¿Cómo puede prosperar una comunidad multicultural y de diferentes religiones si los cristianos insisten en que no existen otros dioses y que Jesús es el único al que hay que seguir para llegar al Cielo? ¿Qué hay de los ateos, los musulmanes o los judíos?
Nuestros ideales enaltecedores nos dicen que debemos dejar en paz a los santuarios altos. A pesar de que el Cielo no pueda contener a nuestro Señor porque la tierra es el estrado de sus pies, nosotros, que somos los saltamontes de su jardín, ¿tratamos de encarcelar al Dios vivo en los templos y alrededor de las mesas de comedor? Ellos afirman que liberarlo en la comunidad es demasiado salvaje y transgresor y no están equivocados. Él vino a separar la luz de la oscuridad, la verdad de la mentira y a sus hijos de los de Satanás. Dios enaltece a su hijo, mientras que su hijo levanta su anillo para que hombres y dioses lo besen; quienes se rehúsen despertarán su ira, ya que solo bendice a los que se refugian en él.
Al hombre no le gusta un Dios que reivindica a todo y a todos. Y nosotros, sus embajadores, también nos cansamos de hacer que los hombres se conviertan en los discípulos que cumplan con todos sus mandatos. Obedecemos las exigencias de la sociedad, las ponemos por encima de las palabras de nuestro Salvador y nos convertimos en siervos que felizmente se avergüenzan.
Es así como el Domingo del Señor se convierte rápidamente en el único lugar —al menos virtualmente— en donde se habla de la vida cristiana. No se puede hablar de Cristo en centros comerciales, eventos deportivos, restaurantes, oficinas o cualquier otro lugar donde no sea bienvenido. Nos amontonamos una vez a la semana en el santuario y sentimos que hemos hecho lo suficiente porque, al fin y al cabo, estamos bien alimentados, somos lo suficientemente felices y dormimos bien.
¿Llorarán las piedras?
Charles Spurgeon, un hombre que predicaba y evangelizaba abiertamente con la gente, representa mi angustia a la perfección:
Lo que en realidad debemos hacer es ir a las calles, sendas y carreteras… Los atletas no deben andar primero a casa a esperar a que los pájaros se acerquen para poder dispararles, así como los pescadores no lanzan sus redes dentro del bote con la esperanza de atrapar muchos peces. Los comerciantes van a los mercados, están detrás de sus clientes y salen a buscar posibles compradores si estos no llegan; eso mismo debemos hacer nosotros. (Discurso a mis estudiantes, 224)
¿Cómo llevamos el evangelio a las personas? Cristo nos enseña a ser pescadores de hombres, pero, ¿debemos lanzar las redes dentro del bote en vez de en el mar?
¿Con cuánta de nuestra vida cristiana convivimos realmente? El encuentro de los siervos de Dios es el evento más importante en el calendario. El Cielo y la tierra se encuentran mientras que los santos se reúnen para escuchar al Señor. Sin embargo, a pesar de que la iglesia es un fin, nos las arreglamos para incluir a otras personas. Estamos frescos, equipados y animados para salir a misionar y regresar en unas semanas con más seguidores.
¿No les molesta que no haya nuevas adiciones a la iglesia? ¿No les preocupa que tantas personas en el mundo fallezcan sin haber escuchado la palabra de Cristo? Si el Domingo del Señor continúa, los programas para niños funcionan correctamente y el beneficio espiritual se comparte de domingo a domingo, ¿nuestra alma está realmente en paz?
¿La edificación que vio nuestra luz testificará en nuestra contra el último día? ¿Las paredes testificarán que nosotros sabíamos el nombre de quien salvaría a los hombres, que sabíamos que las almas externas a la iglesia estaban muriendo, que sabíamos que una gran eternidad se presenta ante cada alma y que muchas caen en la ruina y todavía —tal como el hombre rico con Lázaro— siguen deleitándose?
¿Qué hay de las ventanas? ¿Cuánto de ese hermoso vitral está manchado por nuestro rechazo a la gente que pertenece al otro extremo? ¿Cuántas de estas ventanas pintadas son usadas como caleidoscopios para que podamos mirar a las personas que no nos han escuchado hablar del evangelio?
¿Qué hay de los bancos? Seguramente protestarán su inocencia. Debían ser un campo de entrenamiento o un lugar de acondicionamiento destinado a enviar a aquellos que los empleaban directamente a su misión. En vez de esto, los bancos, testigos de tantos zapatos de vestir, tacones y botas en nuestra congregación, vieron solo unos pocos pies que hermosamente iban a publicar las buenas noticias de felicidad y salvación entre la gente (Isaías 52: 7).
¿Qué hay de los caminos que nos llevan y nos alejan del encuentro? Ellos habían escuchado los rumores de “la gran comisión” a pesar de que muchos la catalogaran como una mera “sugerencia”. Las piedras —los predicadores voluntarios del Señor— pudieron haber llorado si tan solo hubiesen tenido la oportunidad. Apuntaron hacia un mundo amplio que necesita de Cristo, pero por desgracia, solo unos pocos regresaban cada semana con un testimonio de conquista.
Vayan
Horatius Bonar dice lo que preferimos callar:
El ojo no ha visto, el oído no ha escuchado, ni ha entrado en el corazón del hombre lo que el alma en el infierno tiene que sufrir para siempre. ¡Señor, bríndanos la misericordia! Nosotros también debemos rezar: “Danos las lágrimas para llorar, porque, Señor, nuestro corazón está endurecido hacia nuestros semejantes. Podemos ver a miles morir a nuestro alrededor, y en nuestro profundo sueño ni nos inquietamos; nunca nos asusta la visión de su terrible condenación, ni lloramos por sus almas perdidas, transformando nuestra paz en amargura” (Palabras para el ganador de almas, 12).
Hermanos y hermanas, hay almas que están muriendo, la boca del infierno se abre y a los que perecen les espera una terrible perdición. Nos han encargado el evangelio de Jesucristo, así que vayan a predicarlo en las montañas, en las colinas y en todos lados. Vayan a evangelizar en la calle, repartan folletos sobre el evangelio, toquen las puertas, prediquen al aire libre, múdense al extranjero como misioneros o involúcrense en ministerios de la misericordia, testifiquen sobre el aborto o escriban cartas. Vayan y recorran el océano, la calle o incluso un tabú; sean sencillos o pónganse creativos. Vayan con esos miembros de la familia, compañeros de clase o de equipo y vecinos que no son creyentes. Vayan con las minorías, con los que son olvidados en la prisión o en el asilo, con los pobres, huérfanos y viudas. Vayan.
¿Por qué nuestro Señor nos ha dejado aquí? “Ustedes son una raza elegida, un reino de sacerdotes, una nación consagrada, un pueblo que Dios hizo suyo para proclamar sus maravillas, pues él los ha llamado de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pedro 2: 9). Si conocen las maravillas de Cristo, quién es, qué ha hecho y qué ha hecho por ustedes, vayan y anúncienlo.
Y si dicen: “Bueno… pero ellos no quieren oír sobre sus maravillas,” pues que así sea. Jesús no nos recuerda su autoridad suprema para que sea ignorada: “Me ha sido dada toda la autoridad en el Cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos” (Mateo 28: 18–19). Gracias a su autoridad suprema sobre el Cielo y la tierra, no existe lugar donde el evangelio no sea bienvenido. Cuando el Rey nos dice ¡Vayan!, deberíamos ir —debemos ir— sin importar las amenazas del hombre. Cuando nos exigen estrictamente que no hablemos en el nombre de Jesús, los discípulos de la cruz responden: “Juzguen ustedes si es correcto delante de Dios que les hagamos caso a ustedes, en vez de obedecer a Dios. Nosotros no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (Hechos 4: 19–20).
Llevemos a Cristo a las personas para que podamos llevar a las personas a Cristo.
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