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		<title>Libros y Sermones BÃ­blicos - Contribuciones del usuario [es]</title>
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		<subtitle>De Libros y Sermones BÃ­blicos</subtitle>
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		<id>http://es.gospeltranslations.org/wiki/El_Lugar_Vac%C3%ADo:Un_serm%C3%B3n_del_D%C3%ADa_de_Navidad</id>
		<title>El Lugar Vacío:Un sermón del Día de Navidad</title>
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				<updated>2011-03-14T16:54:07Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|The Empty Place - A Christmas Day Sermon}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“Y el lugar de David quedó vacío”. ''1 Samuel 20: 25.&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Puede haber mucho que aprender de un lugar vacío. El mundo tiene en alta estimación a los lugares que han quedado vacíos por la partida al hogar de sus hombres ilustres. El mundo recuerda a quienes le han servido; quienes han servido a la Iglesia también son recordados, y las sillas que quedan vacías en el mundo, en la Iglesia, y en la familia, despiertan muchísimos recuerdos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No pretendo ceñirme a un solo tema esta noche; pienso que tengo, en estas palabras sobre el lugar de David, una encomienda móvil y, sujetándome siempre a mi texto, podré considerar una gran cantidad de temas, y hablar brevemente sobre cada uno de ellos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''Entonces, primero, hemos de considerar EL LUGAR VACÍO EN LA CASA DEL PERSEGUIDOR: “El lugar de David quedó vacío”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
David tuvo un buen motivo para dejar vacío su lugar en torno a la mesa de Saúl, pues el apasionado rey era tan malicioso y estaba tan amargado en su contra que buscaba acabar con su vida. Saúl, en sus arranques de cólera insana, en varias ocasiones había arrojado jabalinas contra el hombre al que tanto debía, y el envidioso rey dispuso matar a su rival en la primera oportunidad propicia. Por tanto, David, muy apropiadamente, abandonó el lugar donde su vida corría continuamente peligro. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, cuán felices somos, en estos días, porque no estamos sujetos a los fieros sufrimientos ni a las crueles persecuciones que los primeros cristianos e incluso nuestros propios antepasados, tuvieron que sufrir! Con cuánta frecuencia, en una familia judía, tan pronto como un joven se convertía en un seguidor de Cristo, era desconocido por todos los de su casa a partir de ese momento. ¡Era un seguidor del odiado Nazareno! “Caiga sobre él la maldición”, decía su padre, e incluso la ternura de una madre parecía extinguirse, de tal manera que no podía pensar en su hijo sin amargura ni hiel. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Algo semejante ocurría en las antiguas familias romanas. El hijo de un noble romano entraba en un pequeño lugar donde una gente humilde e iletrada se reunía para oír la predicación del Evangelio, para cantar himnos al nombre de Jesús y para santificar un día de la semana; y allí, aquel joven corazón aprendía la historia de la cruz, y por la gracia de Dios era llevado al amor del Salvador. Tan pronto como el hecho se conocía, los oficiales de justicia le arrebataban el hijo al padre de la casa y arrastraban al joven creyente a prisión, y de esta manera otro asiento quedaba vacío. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando la persecución empeoró gravemente en los antiguos tiempos romanos, ustedes saben cómo los hombres buenos, y los grandes, y los veraces, los fuertes y los viejos, el hombre joven y la doncella, todos tenían igualmente que huir para salvar sus vidas. Si se hubieran quedado, habría sido únicamente para ser arrastrados delante del pretor romano para que acabara con ellos rápidamente en la hoguera o en la arena del circo. Al poco tiempo nada quedaba de ellos excepto un montón de cenizas del fuego que consumió al mártir o unos cuantos huesos que las bestias salvajes no quisieron comer. De esta manera, otra vez “el lugar de David quedó vacío”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Un horrible trabajo fue realizado, también, cuando la Iglesia de Roma tenía plenos poderes y los oficiales de la Inquisición, en altas horas de la noche, tocaban a la puerta del hogar de algún hombre cristiano, y lo apresaban, ya fuera a él, o a su esposa, o a su hijo o a su hija. Tenían que entregarse sin decir palabra, para ser emparedados en las húmedas y tenebrosas bóvedas de esa institución infernal para no ser vistos nunca más, excepto, en algún terrible día cuando eran sacados en medio de burlas, para ser quemados vivos porque rehusaban inclinarse delante de imágenes de marfil y de madera y llamar a esos ídolos el Cristo a quien debería rendirse homenaje y reverencia. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ustedes saben lo que sucedió en nuestra propia tierra: cómo muchos asientos quedaron vacíos durante las persecuciones de la Reina María; y posteriormente, cuando nuestros nobles señores no aceptaron conformarse a la Iglesia establecida de esta tierra, eran acosados hasta las guaridas y cavernas de la tierra, como si hubiesen sido bestias salvajes en vez de hombres de quienes el mundo no era digno. Muchos de los más valerosos y mejores hijos de Inglaterra huyeron a América y encontraron otro hogar más seguro allá, en Nueva Inglaterra, donde las rocas silvestres eran menos empedernidas que los corazones de los hombres de aquí, de Inglaterra. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cada vez y cuando, cuando se ha levantado la persecución en contra de la verdad, el asiento de David ha quedado vacío. Si los días de los mártires volvieran a presentarse, ¿podríamos dejar vacíos nuestros lugares? ¿Podría el esposo dejar que su esposa y sus hijos siguieran la causa de Cristo? ¿Podría el hijo renunciar otra vez al amor del padre? ¿Podrían apartarse de todos sus seres queridos para demostrar que, verdaderamente, le pertenecen a Cristo, y que le aman más que a padre o madre, esposo o esposa, o a cualquier miembro de su parentela cercana? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Que Dios nos conceda que el verdadero espíritu del mártir no se desvanezca en nuestros corazones, aun si, en la agraciada providencia de Dios, no es llamado a ejercitarse terriblemente como entre los valerosos campesinos de Suiza, o los nobles ‘covenanters’ (firmantes del pacto escocés de la reforma religiosa) o los viejos disconformes de este país! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡De cualquier manera, sea lo que fuere que seamos llamados a soportar, hemos de ser fieles y leales al Evangelio por cuya causa nuestros padres se desangraron y murieron; y si retornaren alguna vez los tiempos de persecución -y pudieran regresar- hemos de estar dispuestos a abandonar de nuevo el lugar de comodidad, lujo y paz, por la causa de nuestro Señor Jesucristo! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''Hay otro lugar que algunas veces queda vacío, esto es, EL LUGAR DE LOS PLACERES PECAMINOSOS. Este lugar vacío es el resultado de la obra de la gracia de Dios en el corazón. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo sé que, en cuanto a algunos presentes, podría decirse con gran agradecimiento, que el lugar de David está vacío. Ah, querido amigo, ¿dónde estaba tu lugar, hace siete años, en una noche como ésta en nuestra así llamada tierra cristiana? Ah, bien, no queremos que digas dónde estaba; es mejor que calles con respecto a eso; pero, con un santo rubor, y luego con devoto agradecimiento a Dios, regocíjate porque, en lo que a ti concierne, el lugar de David en el sitio de los escarnecedores está ahora vacío. Tú sabes que el asiento de la cantina no te convendría ahora, como tampoco el lugar donde el canto lascivo despierta el entusiasta aplauso de la libidinosa concurrencia; estarías fuera de lugar en la compañía de los insolentes, los necios, los blasfemos y de aquellos que encuentran sus placeres olvidando a su Dios, y no consideran pecado quebrantar Sus leyes. ¡No, gracias a Dios, ese lugar está vacío ahora! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La gracia realiza un maravilloso cambio en un hombre. No es tanto que no se atreva a ir donde solía encontrar deleite; no querría ir ni que le pagaran por ello, es más, incluso si le azotaran para obligarlo a ir. Nosotros no renunciamos a los antiguos placeres simplemente porque pensemos que sean malos; sabemos que lo son y eso bastaría para abandonarlos; pero también renunciamos a ellos porque ya no son más placeres para nosotros. Ya no tenemos ahora ningún deleite en absoluto en ellos, ni lo tendríamos aunque fuéramos libres de elegirlos para nosotros. Si la ley de Dios fuera suspendida y se nos permitiera tomar del placer del pecado todo lo que quisiéramos, no tomaríamos nada, puesto que ya no es un placer para nosotros. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oh, da gracias, querido amigo, porque la gracia ha operado tal cambio en ti y has de resolver en tu corazón que, como la gracia ha hecho esto por ti, harás tu mejor esfuerzo para que la gracia realice la misma obra de gracia a favor de tus amigos, para que otros sean rescatados de las filas de Satanás. ¡Oh, qué boquete abre Dios algunas veces en el ejército del diablo cuando toma a uno de sus más activos soldados, y lo alista en el ejército de Jesucristo, y luego lo convierte en un sargento reclutador para alistar a otros bajo las órdenes de su nuevo Capitán! No hay siervos de Dios como aquellos que han sido valerosos soldados de Satanás. Saulo de Tarso, una vez que fue convertido en apóstol, no sólo no estaba un ápice detrás del propio líder, sino que podríamos aventurarnos a decir que era el más destacado de todos los apóstoles, y que hizo más por Cristo que cualquiera de ellos. ¡Oh, que muchos lugares de David entre aquellos que buscan los placeres pecaminosos queden rápidamente vacíos por medio de la gracia todopoderosa de Dios! Y si el diablo lo llenara con otro de sus necios adoradores, ¡pedimos a Dios que se agrade en vaciar ese lugar una y otra vez! Que muchos, como Moisés, escojan antes ser maltratados con el pueblo de Dios, que gozar de los placeres del pecado por un tiempo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''III.''' Ahora voy a hablar de otros lugares vacíos que son mejores que los ya mencionados. Durante el año pasado, nos sucedió varias veces a nosotros que el lugar de David quedó vacío. Quiero decir que, por un tiempo, EL LUGAR DE NUESTRA OFICIO HA ESTADO VACÍO. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tal vez algunos de ustedes no hayan tenido ni una sola hora de enfermedad durante el año pasado; entonces, voy a recordarles sobre sus misericordias para que estén muy agradecidos con Dios por ellas. Pero algunos de nosotros hemos experimentado días, algunos hemos experimentado semanas y algunos incluso hasta meses, en los que el lugar de David quedó vacío. Tal vez no por largo tiempo cada vez, pero usualmente este púlpito ha tenido que quedar vacío en algún momento u otro durante el año con respecto al predicador regular. Las enfermedades dejaron imposibilitado de algún modo al predicador por algún tiempo; y muchas personas experimentan, cada vez y cuando, una época en la que tienen que ausentarse de la capilla, y del negocio y del círculo familiar, y se requiere de una vigilancia extra en el hogar y de un especial cuidado, y pudiera ser que, algunas veces, haya motivo de ansiedad y miedo. Tal vez, en algunos de los casos ha habido mucha preocupación válida. Recuerda aquellas noches cuando la fiebre estaba a punto de empeorar, aquellas horas cuando había ansiosos susurros de los seres queridos en torno a tu cama: “¿logrará sobreponerse? ¿Podrá sobrevivir?” Tú recuerdas esas experiencias difíciles de soportar; quiero que las recuerdes para que bendigas al Señor, que te ha perdonado la vida y te ha devuelto la salud y la fortaleza. Si el lugar de David no ha quedado vacío con frecuencia, debes estar agradecido por la salud que Dios te ha dado; si ha quedado vacío por algún tiempo, pero estás aún en la tierra de los vivos, debes agradecer la restauración que el Señor te ha concedido. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, hermanos y hermanas, quiero preguntarles y preguntarme: ¿damos a Dios la recompensa debida por todo lo que nos ha dado? Él nos ha favorecido con una vida prolongada; ¿está siendo invertida esa vida para Él? Pudiera ser que, en aquel lecho de enfermo, volvimos el rostro hacia la pared y oramos en la amargura de nuestro espíritu, y luego hicimos votos de lo que haríamos si el Señor nos salvara la vida; o, si no lo pusimos en absoluto en la forma de un voto, resolvimos que si éramos restaurados, seríamos más fervientes y más diligentes en la causa del Señor de lo que habíamos sido hasta entonces. ¿Hemos redimido esas promesas? ¿Despierto tal vez algunos recuerdos vergonzosos? Me parece que debería; los despierto en mi propio corazón, y no me sorprendería si lo hiciera también en el suyo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si así fuera, entonces esta oración debe elevarse desde cada corazón: “Señor mío, Tú me has redimido con Tu sangre preciosa, y me has hecho Tuyo; Tus promesas están sobre mí, y yo vengo ante Ti la noche de este último domingo de otro año e instruyo que atemos víctimas con cuerdas a los cuernos del altar. &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“Mi vida, que Tú has convertido en Tu cuidado,&amp;lt;br&amp;gt;Señor, yo la entrego a Ti”.''&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
¡Indícame qué quieres que haga; dame fuerzas y sabiduría para hacerlo; guárdame diligente en Tu servicio y firme en Tu temor, hasta que el lugar de David quede vacío aquí abajo por última vez y me lleves a lo alto, para llenar el otro lugar que has preparado para mí a Tu diestra!” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pensé que sería bueno despertar estos pensamientos en las mentes de aquellos que tienen un especial interés en esta parte de mi tema. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''IV. '''Durante el último año, muchos de ustedes aquí presentes han tenido UN LUGAR EN LA ASAMBLEA DEL PUEBLO DE DIOS. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No me gusta mucho hacer la pregunta de cuán a menudo el lugar de David en la congregación de los justos ha quedado vacío. Tengo muy poca necesidad de decirles jamás algo a ustedes, queridos amigos, acerca de cualquier falta continua de asistencia a los medios de gracia. Creo que no hay personas de quienes me haya enterado jamás que sean encontradas más regularmente escuchando la predicación de la Palabra, o participando en algún servicio religioso. Sin embargo, podría haber algunos entre ustedes que se han ausentado cuando debían estar presentes; o podría haber miembros de otras congregaciones que han caído en hábitos laxos y relajados dejando de congregarse, “como algunos tienen por costumbre”, tal como ocurría en los días de Pablo. Aquellos que son así entre nosotros deben poner un alto a esos hábitos tan pronto como se presenten. Son de gran detrimento para todo crecimiento espiritual. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No creo que encuentren a un hombre sano que tome sus comidas a todo tipo de intervalos irregulares. Como regla general, el cuerpo necesita sus períodos regulares para recibir alimento y sustento; y lo mismo ocurre con el alma. Difícilmente encontrarían que un cristiano goza de buena salud si descuida el tiempo señalado para ser alimentado con el alimento espiritual. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ustedes que son inconversos deberían prestar una especial atención a esta parte de mi tema. Creo que no necesito decirle mucho al cristiano sobre la necesidad de asistir a la casa del Señor, pues él ama el lugar donde mora la honra de Dios. Puede decir: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“He estado allí, e iré todavía,&amp;lt;br&amp;gt;Es como un pequeño cielo aquí abajo”.''&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Pero en cuanto a ustedes, que no son convertidos, me deleita verlos en la casa de Dios, dispuestos y hasta ansiosos de escuchar Su Palabra, pues ¿qué sabemos, qué sabemos, qué sabemos si Dios pudiera bendecir ahora la palabra para ustedes? “La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios”. Cuando estás lejos del sonido de la voz del predicador, hay menos probabilidad de que la gracia se encuentre contigo para despertar tu conciencia y volverte a Cristo. Mientras estás congregado con el pueblo de Dios, espero gustosamente que Dios bendiga la verdad predicada para la salvación de tu alma. Acude a menudo, entonces, a ese lugar de adoración donde Jesucristo es ensalzado, y busca tener un interés personal en Su grandiosa salvación. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me encanta verlos revoloteando en torno a la Palabra, escuchando la predicación del Evangelio; pero no permitan, se los suplico, que siempre sea válido que son únicamente oyentes; pues, si sólo son oyentes y no hacedores de la Palabra, están simplemente destruyendo sus propias almas. ¿Saben cuál es su gran peligro, el peligro de ustedes que solamente son oyentes, y no siempre asisten para oír? Ustedes corren el terrible peligro de perder sus almas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lo que me temo en relación a algunos de ustedes es que pospondrán su decisión, y esperarán, y esperarán, y esperarán y esperarán hasta que no sientan más interés del que sienten ahora de escuchar el Evangelio, y gradualmente vendrán a la casa de oración menos frecuentemente, y el lugar de David estará más a menudo vacío; y muy pronto el Evangelio se volverá rancio para ustedes, y esta mi pobre voz sonará con un tono tan apagado, y mi mensaje sonará tan a lugares comunes, que su asiento será encontrado siempre vacío. Cuando esto llegue a suceder, me temo que serán encontrados descarriados más lejos y más lejos de los senderos del bien, y de la verdad, y de la esperanza, y que estarán completa y desesperadamente perdidos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Que Dios los conduzca a decidir por Cristo Jesús antes de que este año de gracia pase! ¡Que pueda ser, incluso ahora, el año de nuestro Señor para su alma, el año en el que el propio Señor entre en su espíritu y tome posesión de su naturaleza entera! Entonces sé que el asiento de David en la asamblea del pueblo de Dios no estará vacío con frecuencia. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''V. '''Ahora tengo que decir sólo unas cuantas palabras especiales para los miembros de la iglesia acerca de SU LUGAR EN LA REUNIÓN DE ORACIÓN. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“El lugar de David quedó vacío”. ¿Qué era lo que se estaba llevando a cabo? “Bien, ¡era ''únicamente una reunión de oración''!” Sí, pero, pero, pero, pero, pero, pero, eso es decir mucho. ¿Dio algún miembro de la iglesia esa respuesta? No creo que ni uno s0lo lo hiciera; pero quisiera preguntarles a todos los miembros de esta iglesia: “¿cuántas veces han asistido a la reunión de oración en este año?” Hay algunos de ustedes que nunca están ausentes a menos que algo les imposibilite para asistir del todo. Me alegra incluso ver a algunos de ustedes que llegan tarde los lunes por la noche. Si no pueden venir a las siete, vengan a las siete y media o vengan a las ocho; vengan a cualquier hora que puedan, para poder insertar su porción de suplicación con el resto de los hermanos y de las hermanas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero estoy avergonzado de algunos de nuestros miembros. Ellos dirán: “¿a quiénes te refieres?” El domingo pasado un niñito vino a este Tabernáculo por primera vez; entonces, cuando me paré en el púlpito y comencé a predicar, el pequeño amigo le dijo a su niñera: “Señorita, ¿el señor Spurgeon me está hablando a mí?” Yo quisiera que todos ustedes dijeran lo mismo, si mis palabras fueran aplicables a ustedes; pues estoy hablando a algunos de los miembros de la iglesia cuando digo que me avergüenzo de ustedes porque no asisten nunca a las reuniones de oración. No incluyo en esta censura a quienes viven a una gran distancia, o están plenamente ocupados con sus familias o con los cuidados de negocios, pues harían mal en venir. ¡Dios no quiera que les pida que le presenten un deber manchado con la sangre de otro deber! Pero hay algunos que podrían estar aquí y deberían estar aquí en nuestras reuniones de oración, y están sufriendo espiritualmente un daño positivo en sus propias almas por causa de su ausencia, además de la pérdida que están ocasionando al tesoro de la iglesia, pues la riqueza de la iglesia radica en el poder de intercesión. Descubriremos que la medida de la influencia de la iglesia está en una exacta proporción a la cantidad de oración presentada por los miembros; si no hay mucha oración, no puede haber mucho poder. “Pero podemos orar en casa”, dirá alguien. Sí, yo sé que pueden hacerlo; pero, como regla, pienso que la gente que ora en casa es la gente que ora también en las reuniones de oración. El hecho de que nos congreguemos para la oración es muy generalmente (tomando en consideración las circunstancias especiales) el exponente de nuestra oración privada. Permítanme aguijonear a cualquiera de ustedes cuyo lugar en las reuniones de oración ha estado vacío, para que no suceda eso de nuevo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amados míos en el Señor, compañeros soldados de Cristo, ¿cuál ha sido la fuente y el secreto de nuestra fuerza, como iglesia, hasta este punto? Ha sido nuestra oración. ¡Cuán bien recuerdo aquellas reuniones de oración que tuvieron lugar en la Capilla de Park Street! Cuando comenzamos, éramos sólo unas cuantas criaturas débiles que, en la mayoría de las reuniones de oración que tuvimos, nos reuníamos en una pequeña sacristía; pero pronto tuvimos que abrir nuestras puertas de par en par, y pasar a la capilla, y nunca hemos regresado a la sacristía desde entonces. Y, ¡oh, el poder que el Señor graciosamente nos concedió por la oración! Sentí allí, y muchos de ustedes también lo sintieron, que parecía que por nuestra súplica hacíamos descender la bendición de Dios sobre nosotros; y entonces nuestros números se vieron rápidamente incrementados, las almas fueron convertidas y Dios fue glorificado. Si decaemos en la oración, nos condenaremos a nosotros mismos. Hemos comprobado, no por rumores sino por experiencia personal, que la oración es poder; y si relajamos nuestra oración y la reducimos en alcance o incluso en tiempo, mereceremos que este lugar sea convertido en un refrán y un objeto de rechiflas, y que toda nuestra prosperidad nos sea quitada, y que se escriba ‘Icabod’ sobre nuestros muros. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Que Dios conceda que esta voz quede silenciada por la muerte antes de que este pueblo deje de ser jamás un pueblo de oración! Antes bien, que nuestra entrega a la oración sea avivada y nuestras intercesiones sean multiplicadas; y que no se diga de ningún hombre o mujer temerosos del Señor, que su lugar está vacío cuando el pueblo de Dios se congrega para orar. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''VI. '''Hay otro lugar de David que algunas veces queda vacío, y eso no debería ser, y es EL LUGAR DEL SERVICIO CRISTIANO. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mis queridos hermanos y hermanas, nuestros dones son variados; le ha agradado a Dios colocarnos en diferentes posiciones, y darnos diferentes talentos; pero todo hombre y mujer salvados tienen alguna obra que hacer para Cristo. ¿Estamos haciendo esa obra? Allí está nuestra escuela dominical; me conturba siempre que me entero que se necesitan maestros allí. Hay muchas otras escuelas en las que los miembros de esta iglesia están ocupados como maestros. Nosotros estamos supliendo, podría decirlo sin ninguna exageración, la mitad de los maestros de las escuelas dominicales de la mitad de las denominaciones en el distrito, pues siempre les he dicho: “Vayan a cualquier parte que puedan para encontrar una oportunidad de hacer el bien; no se preocupen dónde esté. Si tienen la habilidad para enseñar, vayan y enseñen en cualquier escuela en la que sus servicios sean necesarios”. Sin embargo, hay algunos entre ustedes que esconden sus talentos en un pañuelo y no los usan; y, como consecuencia, hay algún lugar de David que está vacío. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ustedes no son llamados a la misma obra para Cristo. Me agrada echar de menos a algunos en esta noche a quienes vi aquí esta mañana; y no me preocuparía echar de menos a algunos de ustedes por la misma razón. ¿Por qué? Porque se han ido a enseñar a escuelas gratuitas para pobres, o para hablar en las estaciones de misiones o en los albergues. Cuando un cristiano me dice: “se necesitan obreros en tal y tal escuela gratuita o en tal salón de misión: me gustaría estar oyendo un sermón, pero prefiero hacer el bien que volverme bueno”, yo le digo: “correcto, hermano mío, mientras Londres es lo que es, has de contentarte con recibir un sermón al día, y alimentar tu alma con eso, y luego ir y hacer todo lo que puedas por tu Señor el resto del día domingo”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sería bueno que los miembros más jóvenes de nuestras iglesias asistan constantemente a los medios de gracia, porque necesitan ser instruidos en las cosas divinas; pero todo cristiano instruido está obligado a ser un obrero para Cristo en medio de las masas que perecen a nuestro alrededor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Busquen servir a su Salvador dondequiera que Él abra una puerta de utilidad. No necesitan salir a la calle esta noche para predicar, pues el clima no es el adecuado para los servicios al aire libre justo ahora, pero cuando llegue el verano, cada esquina de la calle debe contar con su evangelista, y todo hombre, mujer y niño que amen al Señor, deben hacer la obra que Él desea que hagan; y que no se diga de ninguno de nosotros que “el lugar de David quedó vacío”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, el gozo de hacer el bien! Hermanos, después del cielo, el mayor gozo que puede ser encontrado es el gozo de hacer el bien a los demás. ¿Te encontraste alguna vez con algún pobre hombre que te dijera: “Bendito sea su corazón porque usted me condujo al Salvador”? ¿Viste alguna vez a una mujer que te mirara al rostro con un amor indecible, y te dijera: “usted es mi padre en Cristo Jesús; usted me llevó a los pies del Salvador”? Si una vez conociste ese gozo, tendrías siempre mucho apetito de más de ese gozo; nunca estarías plenamente satisfecho con lo que has hecho, y siempre estarías necesitando hacer todavía más y más. Yo he saboreado esta dulzura y la he encontrado tan refrescante para mi espíritu que quisiera que cada miembro de esta iglesia la probara también. Cuando nuestro Señor pase lista de aquellos que están haciendo todo el bien que pueden en la escuela dominical, y en la escuela gratuita para niños pobres, y en la predicación, y en la enseñanza, y en las visitas, y distribuyendo opúsculos y no sé cuántas cosas más, yo espero que todos serán capaces de responder, humilde pero firmemente: “Heme aquí, Señor mío, haciendo Tu obra conforme Tú me has dotado”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo creo que muchos de ustedes harían mejor la obra de Cristo en el hogar. No necesitan enseñar en la escuela dominical, pues pueden tener una escuela en su propio hogar. Muchas hijas están mejor ocupadas en vigilar a los más jóvenes de su propia familia que en cualquier otra parte. Sin embargo, con excepciones como ésas, les ruego que tomen el sentido general de lo que he dicho; me dirijo a hombres sabios, entonces, juzguen lo que digo y créanme que hay algo por hacer para cada quien que ame al Señor. Ustedes no tienen que rendirme cuentas a mí, ni a los ancianos de la iglesia, sino que deben rendir cuentas al Príncipe de la Corona, al Príncipe Imperial del cielo, a Cristo Jesús, nuestro Señor. Él les compró con Su sangre preciosa; son Suyos. Entonces, sírvanle; no permitan que esté vacante jamás el lugar de servicio por causa de su negligencia o indolencia. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''VII. '''Además, “el lugar de David quedó vacío”. Yo espero que NUESTRO LUGAR EN LA MESA DEL SEÑOR no quede vacío nunca mientras sea posible que lo ocupemos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No hay nadie en esta iglesia, que yo conozca, que se ausente de la mesa del Señor muy crasamente; pero aun así hay espacio para mejoras en este asunto para el caso de algunos de nosotros. A mí me gusta asistir a la mesa de la comunión cada semana; y mi propia convicción solemne es que eso no es demasiado frecuente. Si hubiera alguna regla al respecto en la Escritura, ciertamente no hay ninguna regla para asistir una vez al mes, y mucho menos para asistir una vez al trimestre; si hubiera alguna regla, es que, en el primer día de la semana, cuando nos reunimos en la asamblea, deberíamos partir el pan en memoria del amor agonizante de nuestro Salvador. Yo les recomiendo a nuestros hermanos y hermanas que consideren si guardan la fiesta con la frecuencia que deberían, recordando la asombrosa pasión y muerte de nuestro Señor. Pudiera ser que pierden mucho beneficio espiritual porque su lugar en la mesa del Señor está vacío, cuando debería estar lleno. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''VIII. '''Pero he de apresurarme a la conclusión. Hermanos, mañana, cuando guardemos la fiesta de Navidad, habrá muchas reuniones familiares y en esas reuniones familiares habrá ALGUNOS HOGARES EN LOS QUE EL LUGAR DE DAVID ESTARÁ VACÍO. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando venía hacia acá, estaba pensando en qué incursiones ha hecho la muerte en esta congregación este año. Muchos lugares han quedado vacíos, y habrá más lugares vacíos el siguiente año. Yo echo de menos en un asiento a una hermana a quien visité en su lecho de muerte; y, en otra parte del edificio, a un hermano cuyas palabras alentadoras en sus últimos momentos hicieron bien a mi alma. Echo de menos, aquí y allá, a otros; podría recorrer con mi dedo a lo largo de estas bancas en toda el área, y subir a esta plataforma y decir seguramente, en relación a uno que ha sido llamado al hogar este año: “el lugar de David quedó vacío”. Sería difícil decir eso literalmente, porque su hijo lo llena, y ¡esperamos que lo llene por largo tiempo, y que la bendición de Dios descanse sobre él! Pero, aquí y allá, y en todas partes en este Tabernáculo, echo de menos a alguien que se ha marchado a casa. Nuestra reunión familiar se está desmoronando gradualmente; gracias a Dios, está siendo reformada allá en lo alto, donde no habrá ni muertes ni separaciones. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando llegues a tu reunión familiar, tal vez tendrás que recordar que tu madre ha muerto este año, o pudiera ser que fue tu padre quien se marchó a casa, o tal vez fue el hijo mayor, o esa dulce niña de cabellos rizados. Tal vez mañana estés jubiloso y yo no te digo a ti: “no lo estés”, pero deja que estos recuerdos te sobrevengan, deja que orienten tus pensamientos hacia arriba, deja que te recuerden que las reuniones familiares son sólo por un tiempo, y que la gran reunión será arriba. Allí se reúnen los inmortales, allí no termina nunca la fiesta. Aparta tu mirada de la tierra con todos sus goces. Los que tienen esposas que sean como si no las tuvieren y los que tienen hijos miren a sus hijos como que van a morir. Que las relaciones familiares, y las amistades, y todas estas cosas sean consideradas como lo que son, como evanescentes, como cosas que perecen con el uso. Oigan el sonido de la trompeta: “arriba y a lo alto”, y que sus corazones estén donde Jesús está, y que su tesoro esté allí también. Esos seres queridos que están en el cielo les hacen señas para que los sigan, y nosotros hacemos señales para avisarles que estamos en camino. Seguramente nos mirarían con asombro si nos vieran abrazando las cosas de la tierra como si fuéramos a quedarnos aquí para siempre. Nuestra conversación debe estar en el cielo, y nuestro afecto debe estar puesto en la cosas de arriba y no en las cosas de la tierra. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''IX.''' Mi última reflexión es esta: NO HABRÁ NINGÚN LUGAR VACÍO EN EL CIELO. En esa gran reunión de arriba, no se podrá decir: “el lugar de David quedó vacío”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amado, si tú eres un creyente en Cristo, si eres el santo más pobre y el menos digno de consideración de toda la casa, tendrás tu lugar en el cielo; ''has de ''tenerlo, pues Dios no tendrá un solo lugar vacío allí, y nadie sino tú, puede llenar tu lugar. Nuestro Señor Jesucristo dice - fíjate bien en Sus palabras-: “''Voy, pues, a preparar lugar''”. Eso es algo; pero noten las siguientes palabras: “Voy, pues, a preparar un lugar ''para vosotros''”, para ti, no para alguien más, sino para ''ti''. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si tú eres un creyente en Jesucristo,''tienes que ''tener el lugar que Jesucristo fue a preparar para ti. Hay una corona en el cielo que no se ajusta a la cabeza de nadie sino a la mía; y hay un arpa en el cielo de la cual ningunos otros dedos sino los míos pueden extraer música. Hay una mansión en los cielos que nadie sino tú puede ocupar; y hay gozos para ti únicamente, y un lugar en el círculo completo de los elegidos de Dios que ha de ser llenado, y tiene que ser llenado por ti. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, qué gozo es este! Prosigue adelante, hermano mío, prosigue valerosamente; si las tinieblas se ponen más densas, y los peligros se multiplican, Cristo es tu vida y no puedes morir. Las alas eternas te cubrirán, y los brazos sempiternos estarán debajo de ti. Te reunirás con nosotros en el lugar en el que toda la familia estará presente, y el grandioso Padre y el Hermano mayor nos darán la bienvenida a todos, y ningún “lugar de David” estará vacío. ¡Que pueda yo estar allí, que todos podamos estar allí, y Dios recibirá la alabanza! Amén y amén.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

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		<title>La Primera Palabra desde la Cruz</title>
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				<updated>2011-03-14T16:40:03Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|The First Cry from the Cross}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. ''Lucas 23: 34.&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Nuestro Señor estaba soportando en aquel momento los primeros dolores de la crucifixión; los verdugos acababan de meter entonces los clavos en Sus manos y pies. Además, Él debe de haber estado grandemente deprimido y reducido a una condición de extrema debilidad por la agonía de la noche en Getsemaní, y por los azotes y las crueles burlas que había soportado de Caifás, de Pilato, de Herodes y de los guardias pretorianos a lo largo de toda aquella mañana. Sin embargo, ni la debilidad del pasado ni el dolor del presente impidieron que continuara en oración. El Cordero de Dios guardaba silencio con los hombres mas no con Dios. Enmudeció como oveja delante de Sus trasquiladores, y no tenía ni una palabra que decir en defensa propia ante hombre alguno, pero continúa clamando a Su Padre en Su corazón, y ni el dolor ni la debilidad pueden acallar Sus santas suplicaciones. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amados, ¡qué gran ejemplo nos presenta nuestro Señor en este punto! Hemos de continuar en oración en tanto que nuestro corazón palpite; ningún exceso de sufrimiento debe apartarnos del trono de la gracia, sino que más bien debe acercarnos a él. &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“Los cristianos han de orar en tanto vivan,&amp;lt;br&amp;gt;Pues sólo cuando oran, viven”.''&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Dejar de orar es renunciar a las consolaciones que nuestro caso requiere. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En todas las perturbaciones del espíritu y opresiones del corazón, grandioso Dios, ayúdanos a seguir orando, y que nuestras pisadas no se alejen nunca del propiciatorio, llevadas por la desesperación. Nuestro bendito Redentor perseveró en oración aun cuando el hierro cruel desgarraba Sus nervios sensibles y los repetidos golpes del martillo hacían trepidar todo Su cuerpo con angustia; y esta perseverancia se explica por el hecho de que tenía un hábito tan acendrado de orar que no podía dejar de hacerlo; Él había adquirido una poderosa velocidad de intercesión que le impedía detenerse. Esas largas noches en la fría ladera del monte, los muchos días que había pasado en soledad, esas perpetuas jaculatorias que solía elevar al cielo, todas esas cosas habían desarrollado en Él un hábito tan arraigado que ni siquiera los más severos tormentos podían detener su fuerza. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sin embargo, era algo más que un hábito. Nuestro Señor fue bautizado en el espíritu de oración; vivía en ese espíritu y ese espíritu vivía en Él; había llegado a ser un elemento de Su naturaleza. Él era como esa preciosa especia que al ser machacada no cesa de exhalar su perfume y que más bien lo produce con mucha mayor abundancia debido a los golpes del mazo, ya que su fragancia no es una cualidad externa y superficial sino un virtud interior esencial a su naturaleza, que es extraída por los golpeteos sobre el mortero que hacen que revele su alma secreta de dulzura. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Como produce su aroma un manojo de mirra o como cantan los pájaros porque no pueden hacer otra cosa, así también ora Jesús. La oración cubría Su propia alma como si fuera un manto, y Su corazón salía vestido de esa manera. Yo repito que este debe ser nuestro ejemplo y no debemos cesar de orar nunca, bajo ninguna circunstancia, por grande que sea la severidad de la tribulación o por deprimente que sea la dificultad. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, observen en la oración que estamos considerando que nuestro Señor permanece en el vigor de la fe en cuanto a Su condición de Hijo. La extrema prueba a la que se sometía ahora no podía impedir que se aferrara firmemente a Su condición de Hijo. Su oración comienza así: “Padre”. No fue algo desprovisto de significado que nos enseñara a decir cuando oramos: “Padre nuestro”, pues nuestro predominio en la oración dependerá en mucho de nuestra confianza en nuestra relación con Dios. Bajo el peso de grandes pérdidas y cruces, uno es propenso a pensar que Dios no está tratando con nosotros como un padre con su hijo, sino más bien como un juez severo con un criminal condenado; pero el clamor de Cristo, cuando es conducido al extremo que nosotros nunca experimentaremos, no delata ninguna vacilación en el espíritu de Su condición de hijo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando el sudor sangriento caía raudamente sobre el suelo en Getsemaní, Su clamor más amargo comenzó así: “''Padre mío''”, pidiendo que si fuera posible, la copa de hiel pasara de Él; argumentaba con el Padre como Su Padre, tal como le llamó una y otra vez en aquella oscura y doliente noche. Aquí dice otra vez, en ésta, la primera de las siete palabras pronunciadas cuando expiraba: “Padre”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, que el Espíritu que nos hace clamar: “Abba, Padre”, no deje nunca Sus operaciones! Que nunca seamos conducidos a la servidumbre espiritual por la sugerencia: “si eres Hijo de Dios”; o si el tentador nos asedia, que podamos triunfar como lo hizo Jesús en el páramo hambriento. Que el Espíritu que clama: “¡Abba, Padre!”, repela cada miedo incrédulo. Cuando somos disciplinados, como hemos de serlo (porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina?), que podamos estar en una amorosa sujeción al Padre de nuestros espíritus, y vivir, pero que nunca nos volvamos cautivos del espíritu de servidumbre como para dudar del amor de nuestro clemente Padre, o de nuestra porción en Su adopción. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Más notable, empero, es el hecho de que la oración de nuestro Señor a Su Padre no pedía algo para Sí mismo. Es cierto que en la cruz continuó orando por Sí mismo, y que Su palabra de lamento: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”, muestra la personalidad de Su oración; pero la primera de las siete grandiosas palabras pronunciadas desde la cruz no tiene ni siquiera una escasa referencia indirecta a Sí mismo. Dice: “Padre, perdóna''los''”. La petición es enteramente para otros, y aunque hay una alusión a las crueldades que estaban aplicándole es, sin embargo, remota; y ustedes observarán que no dice: “Yo los perdono” –eso se da por sentado-; pareciera perder de vista el hecho de que le estaban haciendo daño; en Su mente está el mal que le estaban haciendo al Padre, el insulto que estaban lanzando al Padre en la persona del Hijo; no piensa en Sí mismo para nada. El clamor: “Padre, perdónales”, es completamente desinteresado. Él propio es, en la oración, como si no fuera; tan completa es su autoaniquilación que pierde de vista Su persona y Sus aflicciones. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos míos, si hubiera habido un tiempo en la vida del Hijo del hombre cuando pudo haber confinado rígidamente Su oración para Sí mismo, sin merecer ninguna crítica por hacerlo, seguramente habría sido cuando estaban comenzando Sus angustias de muerte. Si un hombre fuera sujetado en la hoguera o clavado en una cruz, no podría asombrarnos si su primera oración, e incluso su última, y todas sus oraciones fueran peticiones personales de apoyo bajo una tribulación tan ardua. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero vean, el Señor Jesús comenzó Su oración pidiendo por otros. ¿No ven qué grandioso corazón es revelado aquí? ¡Qué alma de compasión había en el Crucificado! ¡Cuán semejante a Dios, cuán divino! ¿Hubo alguien jamás antes que Él, que, aun en los propios dolores de muerte, ofreciera como su primera oración una intercesión por otros? Ese mismo espíritu de abnegación debe estar en ustedes también, hermanos míos. Que nadie mire por sus propias cosas, antes bien, todo hombre debe mirar por las cosas de los demás. Amen a sus semejantes como a ustedes mismos, y como Cristo ha puesto ante ustedes este excelente modelo de abnegación, procuren seguirle pisando sobre Sus pasos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sin embargo, hay una joya suprema en esta diadema de glorioso amor. El Sol de Justicia se oculta en el Calvario en un portentoso esplendor; pero en medio de los brillantes colores que glorifican Su partida, hay uno en particular: la oración no era sólo por otros, sino que pedía por Sus más crueles enemigos. Sus enemigos, dije, pero hay que considerar algo más. No era una oración por enemigos que le habían hecho un mal años antes, sino que era por quienes estaban allí asesinándole en ese momento. No a sangre fría oró el Salvador, después de haber olvidado el daño y de poder perdonarlo más fácilmente, sino que oraba mientras las primeras gotas rojas de sangre manchaban las manos que metían los clavos, cuando el martillo estaba todavía salpicado de coágulos de color carmesí, Su boca bendita pronunciaba la fresca oración cálida: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Digo que esa oración no estaba limitada a Sus verdugos inmediatos. Yo creo que era una oración de gran alcance que incluía a los escribas y a los fariseos, a Pilato y a Herodes, a los judíos y a los gentiles, sí, a toda la raza humana en un cierto sentido, pues todos estábamos involucrados en ese asesinato; pero ciertamente las personas inmediatas, sobre quienes fue pronunciada esa oración como precioso perfume de nardo, eran aquellas que estaban allí en aquel momento cometiendo el acto brutal de clavarlo en el madero maldito. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Cuán sublime es esta oración cuando es considerada bajo esa luz! Es única y está sobre un monte de gloria solitaria. Ninguna otra oración como esa había sido musitada antes. Es cierto que Abraham, y Moisés y los profetas habían orado por los malvados; pero no por hombres perversos que habían perforado sus manos y pies. Es cierto que los cristianos han ofrecido esa misma oración desde aquel día, tal como Esteban clamó: “No les tomes en cuenta este pecado”; y las últimas palabras de muchos mártires en la hoguera han sido palabras de piadosa intercesión por sus perseguidores; pero ustedes saben dónde aprendieron esto. Mas déjenme preguntarles: ¿dónde lo aprendió ''Él''? ¿No fue Jesús el original divino? Él no lo aprendió en ninguna parte; brotó de Su propia naturaleza semejante a Dios. Una compasión peculiar hacia Sí mismo dictó la originalidad de esta oración; la íntima realeza de Su amor le sugirió una intercesión tan memorable que puede servirnos de modelo, pero de la cual no existía ningún modelo anteriormente. Pienso que sería mejor que me arrodillara en este momento delante de la cruz de mi Señor en vez de estar parado en este púlpito dirigiéndome a ustedes. Quiero adorarle, quiero venerarle en el corazón por esa oración; aunque no conociera nada más excepto esta oración, debo adorarle, pues esa súplica sin par pidiendo misericordia me convence de la deidad de quien la ofreció, de manera sumamente contundente, y llena mi corazón de reverente afecto. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
De esta manera les he presentado la primera oración vocal de nuestro Señor en la cruz. Ahora, con la ayuda del Espíritu Santo de Dios, voy a darle una aplicación. Primero, la veremos como una oración''ilustrativa de la intercesión de nuestro Salvador''; en segundo lugar, consideraremos el texto como ''instructivo para la obra de la iglesia''; en tercer lugar, la consideraremos como ''sugestiva para los inconversos''. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''Primero, mis queridos hermanos, veamos este texto tan maravilloso como ILUSTRATIVO DE LA INTERCESIÓN DE NUESTRO SEÑOR. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Él oró entonces por Sus enemigos, y sigue orando por Sus enemigos ahora; el pasado en la cruz fue la señal del presente en el trono. Está ahora en un lugar más encumbrado y en una condición más noble, pero Su ocupación es la misma; Él continúa todavía delante del trono eterno presentando súplicas a favor de los hombres culpables, clamando: “Padre, perdónalos”. Toda Su intercesión es, en una medida, como la intercesión en el Calvario, y las palabras del Calvario pueden ayudarnos a adivinar el carácter de toda Su intercesión en lo alto. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El primer punto en que podemos ver el carácter de Su intercesión es éste: que es ''sumamente misericorde''. Aquellos por quienes nuestro Señor oró, de acuerdo al texto, no merecían Su oración. No habían hecho nada que pudiera motivar en Él una bendición como recompensa por sus esfuerzos en Su servicio; por el contrario, eran personas sumamente indignas que habían conspirado para sentenciarlo a muerte. Lo habían crucificado, y lo habían hecho injustificable y malignamente; estaban incluso quitándole en aquel momento Su vida inocente. Sus clientes eran personas que, muy lejos de ser meritorias, eran completamente indignas de un solo buen deseo del corazón del Salvador. Ellos ciertamente nunca le pidieron que orara por ellos; el último pensamiento de su mente era decirle: “¡Intercede por nosotros, moribundo Rey! ¡Ofrece peticiones a favor nuestro, Hijo de Dios!” Me aventuraría a creer que la propia oración, cuando fue escuchada por ellos, fue ignorada o pasada por alto con despreciativa indiferencia, o tal vez fuera tomada como un tema de burla. Admito que pareciera demasiado severo para con la humanidad suponer que sea posible que semejante oración pudiera haber sido tema de risas burlonas, y, sin embargo, hubo otras cosas implementadas en torno a la cruz que fueron igualmente brutales, y entonces puedo imaginar que esto pudo haber sucedido también. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sin embargo nuestro Salvador oró por personas que no merecían la oración, y, por el contrario, merecían una maldición: eran personas que no solicitaron la oración e incluso se burlaron de ella cuando la oyeron. De igual manera el grandioso Sumo Sacerdote está allá en el cielo suplicando por hombres culpables: por hombres''culpables'', queridos oyentes. No suplica por nadie basándose en la suposición de que en verdad lo merece. Está allá para interceder como el Justo a favor de los injustos. No intercede como si alguien fuera justo, sino que “si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Recuerden también que nuestro grandioso Intercesor suplica por aquellos que nunca le pidieron que intercediera por ellos. Sus elegidos son el objeto de Sus intercesiones compasivas estando todavía muertos en delitos y pecados y, mientras ellos se burlan incluso de Su Evangelio, Su corazón de amor está implorando el favor del cielo para ellos. Vean, entonces, amados, si tal es la verdad, cuán seguros están de tener éxito con Dios aquellos que le piden sinceramente al Señor Jesucristo que interceda por ellos. Algunos de ustedes, con muchas lágrimas y mucha vehemencia, han estado pidiéndole al Salvador que sea su abogado. ¿Acaso los rechazará? ¿Es lógico pensar que pueda hacerlo? Él intercede por aquellos que rechazan Sus súplicas; con mucha más razón lo hará por ti que las valoras más que el oro. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Recuerda, mi querido oyente, que si no hay nada bueno en ti y que hay todo lo concebible que es maligno y malo, nada de eso puede ser una barrera para impedir que Cristo ejerza el oficio de Intercesor por ti. Él suplicará incluso por ti. Vamos, pon tu caso en Sus manos, pues Él encontrará súplicas que tú no podrías descubrir por ti mismo, y presentará tu caso ante Dios como lo hizo por Sus asesinos: “Padre, perdónalos”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Una segunda cualidad de Su intercesión es: ''su espíritu cuidadoso''. Lo notan en la oración: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Por decirlo así, nuestro Salvador esculcó a Sus enemigos para encontrar en ellos algo que pudiera ser argumentado en su favor; pero no pudo ver nada hasta que Sus ojos sabiamente afectuosos se posaron en su ignorancia: “no saben lo que hacen”. ¡Cuán cuidadosamente inspeccionó las circunstancias y los caracteres de aquellos por quienes importunaba! Lo mismo hace ahora en el cielo. Cristo no es un abogado negligente para con Su pueblo. Él conoce tu precisa condición en este momento y el estado exacto de tu corazón en relación a la tentación por la que atraviesas; más aún, Él ve anticipadamente la tentación que está esperándote, y en Su intercesión toma nota del evento futuro que Su mirada ya contempla. “Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, la condescendiente ternura de nuestro grandioso Sumo Sacerdote! Él nos conoce mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos. Él entiende cada dolor y cada gemido secretos. No necesitas preocuparte acerca de la fraseología de tu oración, pues Él rectificará su texto. E incluso en cuanto al entendimiento de la petición exacta, aunque tú falles en entenderla, Él no puede fallar, puesto que conoce la mente de Dios y conoce también lo que está en tu mente. Él puede atisbar alguna razón para tener misericordia de ti que tú mismo no podrías detectar, y cuando todo está tan oscuro y nublado en tu alma que no puedes discernir un punto de apoyo para una petición que pudieras solicitar ante el cielo, el Señor Jesús tiene preparadas las súplicas que han de ser formuladas, y tiene las peticiones redactadas, y puede presentarlas de manera aceptable delante del propiciatorio. Observarán, entonces, que Su intercesión es muy clemente y en segundo lugar, muy ponderada. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A continuación debemos notar su ''vehemencia''. Quienquiera que lea estas palabras: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”, no puede dudar que traspasaban el cielo en su fervor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos, ustedes están seguros, incluso sin pensarlo, de que Cristo era terriblemente vehemente en esa oración. Pero hay un argumento para demostrarlo. Las personas vehementes son usualmente ingeniosas y de rápido entendimiento para descubrir cualquier cosa que les ayude en su propósito. Si están pidiendo por su vida, y se les solicitara un argumento para ser perdonadas, les garantizo que pensarían en uno cuando nadie más podría hacerlo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, Jesús estaba tan ávido de la salvación de Sus enemigos que recurrió a un argumento para la misericordia que un espíritu menos ansioso no habría podido concebir: “No saben lo que hacen”. Vamos, señores, eso fue, en la más estricta justicia, una escasa razón para la misericordia; y en verdad, la ignorancia, si es deliberada, no atenúa el pecado y, sin embargo, la ignorancia de muchos que estaban al pie de la cruz era una ignorancia deliberada. Ellos deberían haber sabido que Él era el Señor de gloria. ¿Acaso no fue Moisés lo suficientemente claro? ¿Acaso Isaías no había sido muy valiente en su mensaje? ¿No eran los signos y señales tan claros que dudar de los argumentos de que Jesús es el Mesías era como dudar de cuál es el sol en el firmamento? Sin embargo, a pesar de todo eso, el Salvador, con maravillosa vehemencia y consiguiente destreza, convierte en un argumento lo que no habría podido ser un argumento, y lo expresa así: “Padre, perdónalos, ''porque'' no saben lo que hacen”. ¡Oh, entonces, cuán poderosos en su vehemencia son Sus argumentos en el cielo! No supongan que Su entendimiento es menos rápido allá, o que Sus peticiones son menos intensas en la vehemencia. No, hermanos míos, el corazón de Cristo todavía labora arduamente con el Dios eterno. Él no es un intercesor adormecido, antes bien, por la causa de Sion, no calla y no descansa, ni descansará, hasta que salga como resplandor Su justicia, y Su salvación se encienda como una antorcha. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es interesante notar, en cuarto lugar, que la oración allí ofrecida nos ayuda a juzgar Su intercesión en el cielo en lo tocante a su ''persistencia'', perseverancia y perpetuidad. Como comenté antes, si nuestro Salvador tuvo una oportunidad de hacer una pausa en Su oración intercesora, ciertamente fue cuando lo clavaron al madero; cuando eran culpables de actos directos de violencia mortal contra Su divina persona, habría podido cesar entonces de presentar peticiones en favor de ellos. Pero el pecado no puede atar la lengua de nuestro Amigo intercesor. ¡Oh, cuánto consuelo hay aquí! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tú has pecado, creyente, tú has contristado al Espíritu, pero no has detenido a esa poderosa lengua que intercede por ti. Tú has sido infructuoso, tal vez, hermano mío, y como el árbol estéril, mereces ser derribado; pero tu falta de fertilidad no ha retirado al Intercesor de Su lugar. Él interviene en este momento, clamando: “Déjala todavía este año”. Pecador, tú has provocado a Dios al rechazar por largo tiempo Su misericordia y al ir de mal en peor, pero ni la blasfemia, ni la injusticia ni la infidelidad habrán de detener al Cristo de Dios de litigar el caso del primerísimo de los pecadores. Él vive, y en tanto que vive Él intercede; y mientras haya un pecador en la tierra que deba ser salvado, habrá un intercesor en el cielo que argumente en favor de él. Estos son sólo fragmentos de pensamiento, pero les ayudarán a entender, espero, la intercesión de su grandioso Sumo Sacerdote. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, piensen que esta oración de nuestro Señor en la tierra es semejante a Su oración en el cielo, en razón de su ''sabiduría''. Él busca lo mejor y lo que Sus clientes necesitan: “Padre, ''perdónalos''”. Este fue un gran punto entre manos; ellos necesitaban, allí y entonces, el perdón de Dios. Él no dice: “Padre, ilumínalos, pues no saben lo que hacen”, pues la simple iluminación no habría creado sino tortura de conciencia y habría acelerado su infierno: pero clama: “Padre, perdona”; y al tiempo que usaba Su voz, las preciosas gotas de sangre que estaban destilando entonces de las heridas de los clavos, estaban intercediendo también, y Dios oyó, y sin duda perdonó. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La primera misericordia que es necesaria para los pecadores culpables es el perdón del pecado. Cristo ora sabiamente por la bendición más necesaria. Lo mismo sucede en el cielo; Él intercede sabia y prudentemente. Déjenlo tranquilo; Él sabe qué es lo que ha de pedir de la mano divina. Vete tú al propiciatorio, y derrama allí tus deseos de la mejor manera que puedas, pero cuando hayas hecho eso, exprésalo siempre así: “Oh, mi Señor Jesús, no respondas a ningún deseo mío si no es acorde con Tu juicio; y si en algo que he pedido he fallado en buscar lo que necesito, enmienda mi súplica, pues Tú eres infinitamente más sabio que yo”. Oh, es dulce tener un amigo en la corte que perfecciona nuestras peticiones antes de que lleguen al grandioso Rey. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo creo que lo único que se le presenta a Dios ahora es una perfecta oración; quiero decir que delante del grandioso Padre de todos nosotros, ninguna oración de Su pueblo sube de manera imperfecta; no queda nada afuera, y no hay nada que deba ser borrado; y esto, no porque las oraciones suyas fueran perfectas en sí mismas originalmente, sino porque el Mediador las hace perfectas por medio de Su infinita sabiduría, y se elevan delante del propiciatorio moldeadas de acuerdo a la mente del propio Dios, y Él responderá con seguridad a esas oraciones. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, esta memorable oración de nuestro Señor crucificado era semejante a Su intercesión universal en el asunto de su ''predominio''. Aquéllos por quienes oró fueron, muchos de ellos, perdonados. ¿Recuerdan que Él les dijo a Sus discípulos cuando les ordenó predicar: “comiencen en Jerusalén”, y en aquel día cuando Pedro se puso en pie con los once, y acusó al pueblo de que con manos impías habían crucificado e inmolado al Salvador, tres mil personas que fueron así justamente acusadas de Su crucifixión se convirtieron en creyentes en Él, y fueron bautizadas en Su nombre? Esa fue una respuesta a la oración de Jesús. Los sacerdotes estaban en el fondo del asesinato de nuestro Señor, y ellos eran los más culpables; pero se dice que: “Muchos de los sacerdotes obedecían a la fe”. Aquí está otra respuesta a la oración. Puesto que todos los hombres participaron representativamente, gentiles así como judíos, en la muerte de Jesús, el Evangelio fue predicado pronto a los judíos y en un breve tiempo fue predicado también a los gentiles. ¿No fue esta oración: “Padre, perdónalos”, como una piedra arrojada en un lago, que forma primero un estrecho círculo, y luego un anillo más amplio, y pronto una esfera más grande, hasta que todo el lago queda cubierto con olas en forma de círculos? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Una oración como ésta, arrojada en todo el mundo, creó primero un pequeño anillo de judíos y de sacerdotes convertidos, y luego un círculo más amplio de quienes estaban bajo la influencia romana; y hoy su circunferencia es tan amplia como el globo entero, de tal forma que decenas de miles son salvados por medio del predominio de esta precisa intercesión: “Padre, perdónalos”. Sucede exactamente así con Él en el cielo; nunca intercede en vano. Con manos sangrantes, tuvo éxito; con pies clavados al madero, fue victorioso; desamparado por Dios y despreciado por el pueblo, triunfó con Sus argumentos; ¡cuánto más ahora que la tiara ciñe Sus sienes, que Su mano sostiene el cetro universal y Sus pies están calzados con sandalias de plata, y que Él es coronado Rey de reyes y Señor de señores! Si las lágrimas y los clamores producidos por la debilidad son omnipotentes, mucho más poderosa tiene que ser –si fuera posible- esa sagrada autoridad que, como Sacerdote resucitado, intercede cuando está delante del trono del Padre y menciona el pacto que el Padre hizo con Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, ustedes, trémulos creyentes, confíen a Él sus preocupaciones! Acérquense, ustedes que son culpables, y pídanle que interceda por ustedes. Oh, ustedes, que no pueden orar, vamos, pídanle que interceda por ustedes. Corazones quebrantados, y cabezas rendidas y pechos desconsolados, acérquense a Aquel que pondrá Sus méritos en el incensario de oro, y que luego colocará las oraciones suyas junto a Sus méritos, de tal forma que se elevarán como el humo del perfume, como una fragante nube para la nariz del Señor Dios de los ejércitos, que olerá un dulce aroma, y te aceptará a ti y a tus oraciones en el Amado. Hemos abierto ahora un espacio más que suficiente para sus meditaciones en casa esta tarde, y, por tanto, dejamos este primer punto. Hemos recibido una ilustración, en la oración de Cristo en la cruz, de lo que son siempre Sus oraciones en el cielo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''En segundo lugar, el texto es ALECCIONADOR PARA LA OBRA DE LA IGLESIA. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Como fue Cristo, así tiene que ser Su iglesia en este mundo. Cristo vino a este mundo no para ser servido, sino para servir, no para ser honrado sino para salvar a otros. Su iglesia, cuando entienda su obra, percibirá que no está aquí para acumular para sí riqueza u honor, o para buscar cualquier engrandecimiento y posición temporales; la iglesia está aquí para vivir abnegadamente, y si fuese necesario, para morir abnegadamente para la liberación de las ovejas perdidas, para la salvación de los hombres perdidos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos, les dije que la oración de Cristo en la cruz fue completamente desinteresada. Él no se incluye en ella. Así debería ser la vida de oración de la iglesia, la activa intervención de la iglesia en favor de los pecadores. No ha de vivir nunca para sus ministros o para sí misma, sino que ha de hacerlo siempre para los hijos perdidos de los hombres. ¿Se imaginan acaso que las iglesias son formadas para mantener ministros? ¿Conciben ustedes que la iglesia existe en esta tierra para que simplemente se pueda dar un cierto salario a los obispos y diáconos, y prebendas y curatos, y no sé qué otras cosas más? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos míos, sería bueno que la institución entera fuera abolida si ése fuera su único objetivo. El objetivo de la iglesia no es proveer alivio externo para los más jóvenes hijos de la nobleza; cuando no tengan el suficiente cerebro para ganar de alguna otra manera su sustento, deben permanecer en las viviendas familiares. Las iglesias no son establecidas para que los hombres de fácil palabra se pongan en pie los domingos y hablen, y así obtengan de sus admiradores el pan diario. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es más, hay otro fin y objetivo distintos a éste. Estos lugares de adoración no son construidos para que ustedes puedan sentarse aquí confortablemente, y oír algo que les haga pasar sus domingos placenteramente. Una iglesia en Londres que no exista para hacer el bien en los barrios bajos, y en las guaridas y cubiles de la ciudad, es una iglesia que no tiene razón para justificar su existencia por más tiempo. Una iglesia que no existe para rescatar al paganismo, para luchar contra el mal, para destruir el error, para derribar la falsedad, una iglesia que no existe para ponerse del lado de los pobres, para denunciar la injusticia y sostener en alto a la justicia, es una iglesia que no tiene derecho de existir. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No para ti misma, oh iglesia, existes tú, así como tampoco Cristo existió para Sí mismo. Su gloria consistió en que hizo de lado Su gloria, y la gloria de la iglesia se da cuando hace de lado su respetabilidad y su dignidad, y considera que su gloria es atraer a los desechados, y que su más excelso honor es buscar, en medio del cieno más inmundo, las joyas invaluables por las que Jesús derramó Su sangre. Su ocupación celestial es rescatar del infierno a las almas y conducirlas a Dios, a la esperanza, al cielo. ¡Oh, que la iglesia sintiera esto siempre! Que tenga sus obispos y sus predicadores, y que sean sostenidos, y que todo sea hecho decentemente y en orden por Cristo, pero el fin debe ser considerado, es decir, la conversión de los descarriados, la instrucción de los ignorantes, la ayuda de los pobres, el mantenimiento del bien, el abatimiento del mal y el sostenimiento a cualquier riesgo de la corona y el reinado de nuestro Señor Jesucristo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, la oración de Cristo tenía una''gran espiritualidad de propósito''. Ustedes notarán que no se busca nada para estas personas excepto aquello que concierne a sus almas: “Padre, ''perdona'' a ellos”. Y yo creo que la iglesia haría bien en recordar que lucha no es con carne ni sangre, ni con principados y potestades, sino con la maldad espiritual, y que lo que debe ofrecer no es la ley y el orden por los cuales los magistrados puedan ser respaldados, o las tiranías demolidas, sino el gobierno espiritual por el cual los corazones son conquistados para Cristo, y los juicios son sometidos a Su verdad. Yo creo que entre más se esfuerce la iglesia de Dios, ante Dios, por el perdón de los pecadores, y entre más busque en su vida de oración enseñar a los pecadores lo que es el pecado, y lo que es la sangre de Cristo, y el infierno que les espera si el pecado no es limpiado, y lo que es el cielo que es garantizado a todos aquellos que son limpiados del pecado, entre más se apegue a esto, será mejor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Prosigan como un solo hombre, hermanos míos, para asegurar la raíz del asunto en el perdón de los pecados. En cuanto a todos los males que afligen a la humanidad, cueste lo que cueste, participen en la lucha contra ellos; la temperancia ha de ser mantenida, la educación ha de ser apoyada; las reformas políticas y eclesiásticas han de ser llevadas adelante en la medida del tiempo y del esfuerzo disponibles, pero la primera ocupación de cada cristiano y de cada cristiana está con los corazones y las conciencias de los hombres en cuanto a su posición delante del Dios eterno. Oh, que nada los aparte de su divina encomienda de misericordia para almas imperecederas. Éste debe ser su único negocio: deben decirles a los pecadores que el pecado los condenará, que sólo Cristo puede quitar el pecado, y deben hacer de esto la única pasión de sus almas: “¡Padre, perdónalos, perdónalos! Hazles saber cómo han de ser perdonados. Haz que sean realmente perdonados, y que yo no descanse a menos que sea el instrumento de conducir a los pecadores a ser perdonados, incluso a los más culpables de ellos”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La oración de nuestro Salvador le enseña a la iglesia que si bien es cierto que su espíritu debe ser de abnegación y que su propósito debe ser espiritual, ''el alcance de su misión'' debe ser ilimitado. ¡Cristo oró por los malvados, y qué si digo que fue por los más malvados de los malvados, esa turba procaz que rodeaba Su cruz! Él oró por los ignorantes. ¿Acaso no dice: “No saben lo que hacen”? Él oró por Sus perseguidores; las propias personas que estaban más enemistadas con Él, estaban más cerca de Su corazón. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Iglesia de Dios, tu misión no está encaminada hacia los pocos seres respetables que se congregan en torno a tus ministros para escuchar respetuosamente sus palabras; tu misión no es para la ''élite'' y para los eclécticos, los inteligentes que criticarán tus palabras y harán juicios sobre cada sílaba de tu enseñanza; tu misión no es para aquellos que te tratan amablemente, generosamente, afectuosamente, quiero decir, no solamente para éstos, aunque ciertamente es para éstos como parte del resto; pero tu gran encargo es para la ramera, para la prostituta, para el ladrón, para el blasfemo y para el borracho, para los más depravados y pervertidos. Aunque nadie más se preocupe por ellos, la iglesia siempre debe hacerlo, y si alguien ha de ocupar el primer lugar en sus oraciones deberían ser éstos que, ¡ay!, son generalmente los últimos en nuestros pensamientos. Debemos considerar diligentemente a los ignorantes. No basta que el predicador predique de tal manera que quienes son instruidos desde su juventud puedan entenderle; tiene que pensar en aquéllos para quienes las frases más comunes de la verdad teológica son tan carentes de significado como la jerga de un lenguaje desconocido; él tiene que predicar con el objeto de conseguir la más mínima comprensión; y si los muchos ignorantes no se acercan a oírlo, él debe usar los mejores medios que pueda para inducirlos, es más, para forzarlos a oír las buenas nuevas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El Evangelio está dirigido también para aquéllos que persiguen a la religión; apunta sus flechas de amor contra los corazones de sus enemigos. Si hay algunos a quienes debemos buscar primero para llevarlos a Jesús, deben ser justamente aquéllos que están más lejos y más opuestos al Evangelio de Cristo. “Padre, perdóna''los''; aunque no perdones a nadie más, agrádate en perdonarlos a ''ellos''”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
De igual manera, la iglesia debe ser''vehemente ''como Cristo lo fue; y si lo fuera, advertiría rápidamente cualquier base de esperanza en aquéllos con quienes trata y observaría rápidamente cualquier argumento que pudiera usar para su salvación. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tiene que estar también llena de ''esperanzas'', y ciertamente ninguna iglesia tuvo jamás una esfera más esperanzadora que la iglesia de la época presente. Si la ignorancia es un argumento para con Dios, miren a los paganos de este tiempo: millones de ellos nunca oyeron el nombre del Mesías. Perdónalos, grandioso Dios, en verdad ellos no saben lo que hacen. Si la ignorancia es alguna base para la esperanza, hay suficiente esperanza en esta gran ciudad de Londres, pues ¿acaso no tenemos cientos de miles para quienes las verdades más sencillas del Evangelio serían las novedades más grandes? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos, es triste pensar que este país todavía esté bajo el palio de la ignorancia, pero el aguijón de un hecho tan terrible es entorpecido por la esperanza, cuando leemos correctamente la oración del Salvador; nos ayuda a esperar mientras clamamos: “Perdónalos, porque no saben lo que hacen”. La actividad de la iglesia tiene que ser buscar a los más caídos y a los más ignorantes, y buscarlos perseverantemente. No debe nunca detener su mano de hacer el bien. Si el Señor viniera mañana, no hay razón para que ustedes, personas cristianas, se conviertan en meros habladores y lectores, reuniéndose para el consuelo mutuo, y olvidándose de miríadas de almas que perecen. Si fuera cierto que este mundo se puede hacer pedazos en un par de semanas y que Luis Napoleón es la bestia apocalíptica, o si no fuera cierto, no me importa en absoluto, eso no modifica mi deber en nada, ni cambia mi servicio. Que mi Señor venga cuando quiera, pues mientras yo trabaje para Él, estoy listo para Su venida. El propósito de la iglesia sigue siendo todavía mirar por la salvación de las almas. Si se quedara contemplando, como los profetas modernos quisieran que lo hiciera, si estuviera anuente a entregarse a interpretaciones especulativas, haría bien en temer la venida de su Señor; pero si continúa haciendo su trabajo, y con una labor agotadora busca las preciosas joyas de su Señor, no será avergonzada cuando venga el Esposo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mi tiempo ha sido demasiado breve para un tema tan vasto como el que he abordado, pero quisiera poder pronunciar unas palabras que fueran tan fuertes como el trueno, con un sentido y una vehemencia tan poderosos como el rayo. Quisiera poder motivar a cada cristiano aquí presente, y avivar en él una idea correcta de lo que es su trabajo como una parte de la iglesia de Cristo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos míos, no han de vivir para ustedes; la acumulación de dinero, la educación de sus hijos, la edificación de casas, la obtención de su pan diario, todo esto pueden hacerlo; pero tiene que haber un propósito más grande que este si han de ser semejantes a Cristo, como deberían serlo, puesto que han sido comprados con la sangre de Jesús. Comiencen a vivir para otros, hagan evidente para todos los hombres que ustedes mismos no son el fin de todo ni el ser de todo de su propia existencia, sino que gastan lo suyo y aun ustedes mismos se gastarán del todo para que por el bien que hacen a los hombres Dios sea glorificado y Cristo vea en ustedes Su propia imagen y quede satisfecho. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''III. '''El tiempo se me ha agotado, pero el último punto es una palabra de SUGERENCIA PARA LOS INCONVERSOS. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Escuchen atentamente estas frases. Las haré tan tersas y condensadas como sea posible. Algunos de los presentes no son salvos. Ahora, algunos de ustedes han sido muy ignorantes, y cuando pecaron no sabían lo que hacían. Ustedes sabían que eran pecadores, sabían eso, pero no conocían el gran alcance de la culpa del pecado. No han asistido a la casa de oración por largo tiempo, no han leído su Biblia, no tienen padres cristianos. Ahora están comenzando a estar ansiosos por sus almas. Recuerden que su ignorancia no los excusa; de otra manera Cristo no diría: “Perdónalos”; tienen que ser perdonados incluso aquellos que no saben lo que hacen; de ahí que sean individualmente culpables; pero aún así esa ignorancia suya les da justo un pequeño rayo de esperanza. Dios pasó por alto los tiempos de su ignorancia, pero ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan. Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento. El Dios a quien han olvidado ignorantemente está dispuesto a perdonar y listo a absolver. El Evangelio es justamente esto: confíen en Jesucristo que murió por los culpables, y serán salvos. Oh, que Dios los ayude a hacer esto esta misma mañana, y se convertirán en hombres nuevos y nuevas mujeres; un cambio tendrá lugar en ustedes igual a un nuevo nacimiento; serán nuevas criaturas en Cristo Jesús. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, ¡ah!, amigos míos, hay algunos presentes para quienes Cristo mismo no podría hacer esta oración, al menos en el sentido más amplio: “Padre, perdónalos, pues no saben lo que hacen”, pues ustedes saben lo que hacen y cada sermón que oyen, y especialmente cada impresión que es grabada en su entendimiento y en su conciencia por el Evangelio, aumenta su responsabilidad, y les suprime la excusa de no saber lo que hacen. ¡Ah!, señores, ustedes saben que está el mundo y está Cristo y que no pueden tener ambos. Ustedes saben que está el pecado y está Dios, y que no pueden servir a ambos. Ustedes saben que están el placer del mal y los placeres del cielo, y que no pueden tener a los dos. ¡Oh!, a la luz que Dios les ha dado, que se una Su Espíritu también y les ayude a escoger aquello que la verdadera sabiduría los induciría a escoger. Decidan hoy por Dios, por Cristo, por el cielo. Que el Señor los conduzca a decidir eso por causa de Su nombre. Amén.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

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		<title>La Resurrección Venidera</title>
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				<updated>2011-03-11T16:34:06Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|The Coming Resurrection}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación”. ''Juan 5: 28, 29.&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
La doctrina de la resurrección de los muertos es característicamente una creencia cristiana. Utilizando la razón natural y con la ayuda de alguna escasa luz proveniente de la tradición o tomada en préstamo de los judíos, unos cuantos filósofos han entrevisto la inmortalidad del alma; pero que el cuerpo habrá de resucitar, que habrá otra vida para esta estructura corporal, es una esperanza iluminada únicamente por la revelación de Cristo Jesús. Los hombres no hubieran podido imaginar un portento tan grande, y por ende demuestran su incapacidad de inventar esa doctrina por el hecho de que todavía -igual que lo hicieron en Atenas- cuando oyen acerca de la resurrección por primera vez, se dedican a burlarse de ella. “¿Vivirán estos huesos secos?”, sigue siendo todavía la burla del incrédulo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La doctrina de la resurrección es una lámpara encendida por la mano que una vez fue perforada. Es en verdad, en algunos aspectos, la piedra angular del arco cristiano. En nuestra santa fe está vinculada con la persona de Jesucristo, y es una de las joyas más resplandecientes de Su corona. ¿Qué tal si la llamo: la sortija del sello que está en Su dedo, del sello con el cual ha demostrado, de manera concluyente, que posee la autoridad de Rey y que ha salido de Dios? Puesto que la doctrina de la resurrección es vital para el Evangelio, debería ser predicada mucho más frecuentemente de lo que es expuesta. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Escuchen al apóstol Pablo cuando describe el Evangelio que predicaba, y por medio del cual los verdaderos creyentes eran salvados: “Primeramente os he enseñado”, -dice el apóstol- “lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras”. A partir de la resurrección de Cristo el apóstol argumenta la resurrección de todos los muertos, e insiste en que si Cristo no hubiera resucitado, serían vanas tanto la fe de ellos como la predicación de Pablo. En la iglesia primitiva la doctrina de la resurrección fue la principal hacha de combate y el arma de guerra del predicador. Doquiera que iban los primeros misioneros presentaban este mensaje de manera prominente: que habrá un juicio, y que los muertos resucitarán para ser juzgados por el Hombre Cristo Jesús, de conformidad al Evangelio. Si queremos honrar a Cristo Jesús, el resucitado, debemos darle prominencia a esta verdad. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, la doctrina de la resurrección recibe la bendición de Dios para despertar a las mentes de los hombres. Cuando nos imaginamos que nuestras acciones están confinadas a esta vida presente, las hacemos descuidadamente, pero cuando descubrimos que son de largo alcance y que, para bien o para mal, proyectan influencias a lo largo de un destino eterno, entonces las consideramos con una mayor seriedad. ¿Qué sonido de trompeta pudiera ser más sorprendente, qué voz de alerta pudiera ser más eficaz para despertar que estas noticias dadas al pecador negligente de que hay una vida en el más allá y que los hombres tienen que presentarse delante del tribunal de Cristo para recibir el veredicto por las cosas hechas en sus cuerpos, sean buenas o sean malas? Voy a tratar de predicar esta doctrina esta mañana precisamente para estos fines: para honrar a Cristo y para despertar a los negligentes. Que Dios nos bendiga y nos dé abundantemente los resultados deseados. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Primero ''expondremos el texto'', y luego, en segundo lugar, ''procuraremos aprender sus lecciones''. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''Primero, vamos a EXPONER EL TEXTO. Ninguna exposición sería más instructiva que un examen verbal. Tomaremos cada palabra y ponderaremos su significado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces, observen primero que en el texto hay una prohibición de maravillarse. “''No os maravilléis de esto''”. Nuestro Salvador había estado hablando de dos formas de otorgar vida que le pertenecen a Él, como el Hijo del hombre. La primera forma es el poder de hacer salir a los muertos de sus sepulcros, a una vida natural renovada. Él demostró ese poder en una o dos ocasiones durante Su vida, a las puertas de Naín, en el aposento de la hija de Jairo, y una vez más en la tumba del casi putrefacto Lázaro. Jesús tenía poder cuando estaba en la tierra y tiene todavía poder, si así lo quisiera, para hablarles a aquéllos que han partido y pedirles que regresen de nuevo a esta condición mortal y que reasuman los gozos, las aflicciones y los deberes de la vida. “Porque como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Después que nuestro Señor hubo comentado por un momento acerca de esa faceta de Su prerrogativa de dar vida, pasó a una segunda manifestación de ella, y testificó que ya había llegado el tiempo cuando Su voz se escucharía para la vivificación de los seres espiritualmente muertos. Los seres muertos espiritualmente, las personas que están muertas para la santidad y muertas para la vida, muertas para Dios y muertas para la gracia; las personas que yacen en sus tumbas cubiertas totalmente con las vendas de los malos hábitos; que están pudriéndose en los ataúdes de su depravación y que permanecen acostadas en la profundidad de sus transgresiones, esas mismas personas reciben la vida cuando Jesús habla en el Evangelio; entonces les es dada una vida espiritual, sus almas muertas son despertadas de su largo y horrible letargo, y son vivificadas con la vida de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, ambas formas de vivificación son dignas de nuestro maravillado asombro. La resurrección del hombre natural a una vida natural es un gran portento; ¿quién no recorrería mil kilómetros para ver la realización de una obra así? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero la resurrección del espíritu muerto a una vida espiritual es, por mucho, un portento todavía mayor. Pero a pesar de que estas cosas son maravillosas y que es legítimo que nos maravillemos por ellas con gran admiración, hay sin embargo un asombro de incredulidad desconfiada que es insultante para el Señor, y que es, por tanto, prohibido. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Como para anonadar a los impugnadores que estaban estupefactos ante Sus reivindicaciones, nuestro afable Maestro se dirigió a ellos de la siguiente manera: “No necesitan maravillarse de estas dos reivindicaciones mías; Yo afirmo tener otro poder de vivificación que los maravillará mucho más. En breve ocurrirá un evento que para ustedes, de cualquier manera, será mucho más maravilloso que cualquier cosa que me han visto hacer, o que afirmo que puedo realizar. El tiempo vendrá cuando, a Mi voz, todos los muertos que están en sus tumbas, las multitudes de multitudes que yacen en los valles de muerte, se despertarán instantáneamente a la vida y se presentarán ante Mi trono de juicio”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Para ustedes, amados hermanos en la fe, la resurrección de los muertos no es un portento tan grande como lo es la salvación de las almas muertas; y, en verdad, la resurrección de un cadáver de su tumba no es de ninguna manera un portento tan grande como lo es la vivificación de un alma muerta que duerme el sueño del pecado pues, en la resurrección de un cadáver no hay ninguna oposición al ‘fiat’ (hágase) de la Omnipotencia. Dios habla, y se hace; pero en la salvación de un alma muerta, los elementos de muerte que están dentro son potentes y oponen resistencia al poder vivificador de la gracia, de tal manera que la regeneración es una victoria así como una creación, un milagro complejo y una gloriosa exhibición de gracia y poder. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sin embargo, por diversas razones, para unos pocos y para todos los que todavía son gobernados por la mente carnal, para el mero ojo externo, la resurrección del cuerpo pareciera ser un mayor portento. Comparativamente, en el día de nuestro Salvador, pocas personas fueron vivificadas espiritualmente, pero la resurrección consistirá en la vivificación de todos los cadáveres de los seres humanos que han existido a lo largo de toda la historia. Grande maravilla es ésta, si se considera las huestes de los hijos de Adán que han engrosado el suelo y engordado a los gusanos y, sin embargo, cada uno de ellos resucitará. Muchas almas fueron revividas en el día de nuestro Salvador y también lo son en nuestro día, una por una, por aquí una y otra por allá. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Largos años siguen transcurriendo; la historia entera de la humanidad se interpone antes de que se lleve a cabo la regeneración de todos los elegidos; pero la resurrección de los muertos tendrá lugar de inmediato; al sonido de la trompeta del arcángel, los justos resucitarán a su gloria; y después de ellos, los impíos resucitarán a su vergüenza; pero la resurrección no será un levantamiento gradual, un desarrollo progresivo, ya que de inmediato miríadas de seres invadirán la tierra y el mar. ¡Conciban, entonces, cuán maravilloso habrá de ser ésto para una simple mente natural! Un cementerio súbitamente convertido en una animada asamblea; un campo de batalla en el que cayeron decenas de miles de personas, que vomita súbitamente a todos sus muertos. El carácter repentino de ésto asombraría y sobresaltaría a la mente más carnal, y haría que el milagro pareciera grande más allá de toda comparación. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, hermanos míos, la resurrección de los muertos es algo que ciertas personas como los judíos podían apreciar, pues tenía que ver con el materialismo, tenía que ver con cuerpos humanos. Había algo que ver, algo que tocar, algo que pudiera ser manejado, algo que las personas no espirituales llaman ‘una realidad’. Para ustedes y para mí la resurrección espiritual, si somos hombres espirituales, es el mayor portento, pero para ellos la resurrección parecía ser todavía más maravillosa, porque podían comprender y formarse un concepto de ella en sus mentes no espirituales. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces el Salvador les dice que si las dos cosas anteriores los hacían maravillarse, y los hacían dudar, ¿qué haría esta doctrina: que todos los muertos serán resucitados en un instante por la voz de Cristo? Hermanos, aprendamos humildemente una lección de ésto. Nosotros somos por naturaleza muy semejantes a los judíos; nos asombramos desconfiadamente y nos sorprendemos incrédulamente cuando vemos u oímos acerca de unas renovadas manifestaciones de la grandeza de nuestro Señor Jesucristo. Nuestros corazones son tan estrechos que no podemos recibir Su gloria en su plenitud. Ah, nosotros lo amamos, y confiamos en Él, y creemos que Él es el más hermoso, y el más grande, y el mejor y el más poderoso, pero si tuviéramos una visión más plena de lo que Él puede hacer, es muy probable que nuestro asombro se vería mezclado con una porción de duda sustancial. Hasta este momento poseemos sólo unas ideas débiles de la gloria y del poder de nuestro Señor. Nosotros sostenemos la doctrina de Su deidad, pues somos lo suficientemente ortodoxos, pero no hemos captado enteramente el hecho de que Él es Señor Dios Todopoderoso. ¿No te parece a veces imposible que Fulano de Tal, un hombre aflictivamente impío, pudiera ser convertido? Pero, ¿por qué considerarlo imposible para Aquel que puede resucitar a los muertos? ¿No parecería imposible que pudieras ser sostenido a través de tu presente tribulación? Pero, ¿cuán imposible es para Aquel que hará que los huesos secos vivan y que el sepulcro vomite su contenido? Parecería improbable a veces que tus corrupciones sean quitadas alguna vez, y que llegues a ser perfecto y sin mancha. Pero, ¿por qué habría de parecerlo? Aquel que es capaz de presentar delante de Su trono a decenas de miles de cuerpos que han dormido durante largo tiempo en el sepulcro, y que ya están convertidos en polvo, ¿qué no podría realizar para con Su pueblo? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oh, no duden más, y no permitan que las mayores maravillas de Su amor, de Su gracia, de Su poder o de Su gloria, los conduzcan a maravillarse incrédulamente, sino que más bien digan conforme cada nuevo prodigio de Su poder divino se haga manifiesto delante de ustedes: “Yo esperaba ésto de alguien como Él. Yo concluí que Él podría lograr ésto, pues entiendo que fue capaz de someter a todas las cosas para Sí. Yo sabía que Él diseñó los mundos, y construyó los cielos, y guió a las estrellas y que por Él todas las cosas existen; por tanto, no estoy anonadado aunque contemple las más grandes maravillas de Su poder”. Las primeras palabras del texto, entonces, nos exhortan a la fe y censuran toda estupefacción incrédula. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora les pido su atención a la segunda frase. La hora venidera. “''Vendrá hora''”, dice Cristo. Yo supongo que Él la llama ‘hora’ para indicar cuán cercana está en su estimación, puesto que nosotros no comenzamos a mirar la hora exacta de un evento cuando es extremadamente remoto. Un evento que no ha de ocurrir durante cientos de años es esperado y notado inicialmente cada año, y sólo cuando estamos razonablemente cercanos a él, los hombres hablan de día y del mes, y cuando ya nos estamos aproximando mucho a él es cuando nos fijamos en la hora precisa. Cristo nos da a entender que, ya sea que nosotros lo pensemos o no, el día de la resurrección está muy cercano en el pensamiento de Dios; y aunque ahora estuviera todavía a mil años de distancia, aun así, para Dios no es sino un día, y Él quiere que nos esforcemos a pensar según el pensamiento de Dios al respecto, sin considerar ningún tiempo como largo, puesto que tratándose del tiempo, tiene que ser breve, y así será considerado por nosotros cuando el tiempo haya pasado y el día hubiere llegado. Ésta es sabiduría práctica: acercar a nosotros lo que es inevitable, y actuar al respecto como si fuese mañana mismo cuando suene la trompeta y seamos juzgados. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Vendrá hora”, dice el Salvador. Él nos enseña aquí la certeza de ese juicio. Hay algunos eventos que pudieran darse o no; los emperadores pueden vivir o morir, sus hijos pueden ascender a sus tronos o el trono pudiera ser destruido hasta el polvo y esparcido a todos los vientos del cielo; las dinastías pueden durar o podrían marchitarse como la hojas de otoño; los eventos más grandes que suponemos inevitables podrían no ocurrir nunca; otra rueda que no ha sido vista por nosotros en la gran maquinaria de la Providencia, puede hacer que los eventos den un giro de una manera completa en relación a lo que nuestra insignificante sabiduría anticiparía; pero la hora de la resurrección es cierta, sin importar qué otras cosas sean contingentes o dudosas. ‘Vendrá hora’; viene con toda seguridad. En el decreto divino este es el día para el que todos los demás días fueron creados; y si fuera posible que cualquier determinación del Todopoderoso pudiera ser cambiada, ésta no será cambiada nunca, por cuanto “ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos”. “Vendrá hora”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Reflexionen, hermanos míos, que esa hora sumamente solemne está acercándose a cada instante. Cada segundo la acerca más. Mientras están todavía sentados en esta casa, siguen siendo conducidos hacia ese gran evento. Como el péndulo de aquel reloj que continúa latiendo incesantemente como el corazón del tiempo, como la alborada que da lugar a la sombra de la noche, y como las estaciones que se siguen en constantes ciclos, así somos arrastrados a lo largo del río del tiempo cada vez más cerca del océano de la eternidad. Llevados como sobre las alas de algún poderoso ángel que nunca hace una pausa en su vuelo incomparable, prosigo mi viaje hacia el tribunal de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos míos, ustedes son transportados velozmente en ese mismísimo vuelo. Entonces, miren a la resurrección como algo que siempre está aproximándose, acercándose silenciosamente más y más en cada hora transcurrida. Tales contemplaciones serán de un servicio supremo para ustedes. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Las palabras de nuestro Señor se leen como si la hora especial de la que habló sumiera completamente en la sombra a todos los demás eventos; como si la hora, esa hora especial, la última hora, LA hora ''par excellence (por excelencia), ''la hora maestra, la hora regia, fuera, de todas las horas, la única hora venidera digna de mención, por ser inevitable e importante. Como la vara de Aarón, la hora del juicio se traga a todas las demás horas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oímos acerca de horas que han sido grandes para el destino de las naciones, de horas en que el bienestar de millones se cimbró sobre la balanza, de horas en que los dados deben ser echados para paz o para guerra, de horas que han sido llamadas ‘crisis de la historia’; y somos propensos a pensar que períodos así ocurren en la historia del mundo: pero aquí está la crisis culminante sobre todas las demás, aquí está la hora de hierro de la severidad, la hora de oro de la verdad, la hora de claro zafiro de las manifestaciones. En aquella hora augusta habrá proclamaciones de las decisiones imparciales del Señor Cristo con relación a todas las almas y cuerpos de los hombres. ¡Oh, qué hora es ésta que está llegando aprisa! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mis queridos hermanos, de vez en cuando ambiciono la lengua de los seres elocuentes, y ahora lo hago porque quisiera poder encender sus imaginaciones e inflamar sus corazones sobre un tema como éste; pero permítanme suplicarles que me ayuden ahora por un instante, y puesto que esta hora viene, que procuren pensar que está muy, muy cerca. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Supongan que viniera ''ahora'', mientras nos encontramos reunidos aquí; supongan que ahora mismo los muertos resucitaran, que en un instante esta asamblea se transformara en una asamblea infinitamente más grande, y que ningún ojo se posara en el olvidado predicador, y más bien que todos los ojos se fijaran en el grandioso Juez que desciende, sentado en majestad sobre Su gran trono blanco; yo les ruego que consideren como si la cortina hubiere sido corrida en este instante; anticipen la sentencia que será dictada para ustedes procedente del trono de justicia; consideren como si en este preciso instante fuera pronunciada la sentencia para ustedes! Oh, ahora les ruego que se examinen a ustedes mismos como si los días de prueba hubieren llegado, pues tal examen será para beneficio de sus almas si son salvos, y podría ser para que despierten sus almas si ustedes son inconversos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero debemos proseguir. “No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros”. Noten ésto muy cuidadosamente: “''todos los que están en los sepulcros''”; esa expresión significa, no únicamente todos aquellos cuyos cuerpos están realmente en la tumba en este momento, sino todos lo que fueron enterrados alguna vez aunque pudieran haber sido desenterrados y cuyos huesos pudieran haberse mezclado con los elementos, o ser esparcidos por los vientos, o disueltos en las olas o transformados en formas vegetales. Todos los que han vivido y han muerto, ciertamente, resucitarán. ¡Todos! ¡Calculen, entonces, el número incalculable! ¿Cuántas personas vivieron antes del diluvio? Se ha creído, y yo creo que acertadamente, que los habitantes de este mundo fueron más numerosos en el tiempo del diluvio de lo que probablemente son ahora, debido a la enorme longevidad de la vida humana; los números de los hombres no eran disminuidos tan terriblemente por la muerte como lo son ahora. Piensen, por favor, en toda la progenie de Adán desde los tiempos del diluvio en adelante. De Tarsis a Sinim, los hombres cubrían las tierras. Nínive, Babilonia, Caldea, Persia, Grecia, Roma, todos éstos lugares fueron vastos imperios de hombres. ¿Quién podría calcular las hordas de partos, escitas y tártaros? En cuanto a esos enjambres de godos y hunos y vándalos, ellos fluían continuamente como provenientes de una poblada colmena, en la edad media, y los francos, sajones y celtas se multiplicaban a su medida. Sin embargo, estas naciones eran sólo tipos de un grupo numeroso de naciones todavía más multitudinario. Piensen en Etiopía y en todo el continente de África; recuerden a la India y Japón, y la tierra del sol poniente; en todas las tierras, grandes tribus de hombres han llegado y se han ido a descansar en sus sepulcros. ¡Cuántos millones de millones han de yacer en China y en Birmania! ¡Cuántas innumerables huestes dormitan en la tierra de las pirámides y de los sarcófagos de las momias! ¿Quién podría competir con el número de todos los embalsamados en Egipto en los tiempos antiguos, tanto grandes como pequeños? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces, oigan y crean: de todos los que jamás han vivido nacidos de mujer, ni uno solo quedará en su tumba; todos, todos resucitarán. Muy bien podría yo decir igual que lo hizo el salmista sobre otro asunto: “Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; alto es, no lo puedo comprender”. ¿Cómo ha marcado Dios todos estos cuerpos, cómo ha rastreado la forma de cada estructura corporal? ¿Cómo podrá Jesucristo resucitarlos a todos ellos? No lo sé, pero lo hará, pues eso es lo que declara y eso es lo que Dios ha resuelto. “Todos los que están en los sepulcros oirán su voz”. Todos los justos, todos los impíos, todos los que han sido engullidos por el mar, todos los que dormitan en el regazo de la tierra; todos los grandes, todas las multitudes de los hijos del arduo trabajo; todos los sabios y todos los necios, todos los bienamados y todos los despreciados; ni un solo individuo será omitido. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mi querido amigo, lo mejor para ti es considerar el asunto bajo una luz más personal;''tú'' no serás olvidado; tu espíritu separado tendrá su lugar señalado, y ese cuerpo que una vez lo contuvo, tendrá su vigilante que lo cuide, hasta que por el poder de Dios sea restaurado de nuevo a tu espíritu, al sonido de la última trompeta. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tú, mi oyente, resucitarás. Tan ciertamente como estás sentado aquí esta mañana, tú estarás delante del Hijo del Hombre que una vez fue crucificado. No es posible que seas olvidado; no se permitirá que te pudras hasta llegar a la aniquilación, para ser dejado en las tinieblas de la oscuridad; has de resucitar, resucitarás; todos y cada uno lo haremos sin una solitaria excepción. Es una maravillosa verdad y, sin embargo, no podemos maravillarnos como para dudar de ella, aunque sí podemos maravillarnos de ella y admirar al Señor que hará que esto suceda. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Prosigamos. “Todos los que están en los sepulcros ''oirán su voz''”. ¡Oír! ¡Vamos, el oído ha desaparecido! Hace mil años un hombre fue enterrado, y su oído –no queda ni la más mínima reliquia de su oído- ha desaparecido por completo; ¿podrá oír jamás ese oído? Sí, puesto que Aquel que lo hizo oír la primera vez, obró entonces un portento tan grande como cuando lo haga oír una segunda vez. Se necesitaba un Dios para hacer el oído que oye de un bebé recién nacido; no se necesitará más para renovar el oído que oiga la segunda vez. ¡Sí, oirá el oído perdido en el silencio por tan largo tiempo! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y ¿cuál será el sonido que despertará a ese oído recién despertado y recién diseñado? Será la voz del Hijo de Dios; la voz del propio Jesucristo. ¿No es maravilloso que esa misma voz de Jesús esté ahora resonando en este preciso lugar, y ha resonado miles de veces, y que hay hombres que tienen oídos que jamás han oído antes esa voz?; sin embargo, cuando hable esa voz a los hombres que no tienen oídos, la oirán y se levantarán a vida. ¡Cuán sordos han de ser quienes son más sordos que los muertos! ¡Cuál no será la culpa de quienes tienen oídos para oír, pero no oyen! Y cuando la voz de Cristo resuena a través del edificio, una y otra vez, en la predicación del Evangelio, no son más conmovidos por esa voz que las tejas que los cubren de la lluvia. ¡Cuán muertos, digo, han de estar aquéllos que no son conmovidos por la palabra que despierta incluso a los muertos que están en sus tumbas, que han yacido ahí estos mil años! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ah, hermanos míos, a la vez que ésto nos enseña la impasibilidad de la naturaleza humana y cuán depravado es el corazón, también les recuerda a ustedes, que son negligentes, que no hay escapatoria para ustedes; si no oyen la voz de Jesús ahora,''tendrán que ''oírla entonces. Podrían insertar esos dedos en sus oídos hoy, pero no podrán hacer eso en el día de la última trompeta que entonces tendrán que oír. ¡Oh, que oyeran ahora! Tienen que oír las citaciones a juicio; que Dios les conceda poder oír las citaciones a la misericordia, y que se vuelvan obedientes a ellas y vivan. “Todos los que están en los sepulcros ''oirán'' su voz”; sin importar quiénes hubieran sido, estarán sujetos al poder de Su omnipotente mandato, y se presentarán delante de Su soberano tribunal. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Noten las palabras que siguen, “''y saldrán''”. Es decir, por supuesto, que sus cuerpos saldrán del sepulcro, fuera de la tierra, o del agua, o del aire, o de cualquier otra parte en que estén esos cuerpos. Pero yo creo que estas palabras: “y saldrán”, significan algo más que eso. Parecieran implicar ‘manifestación’, como si todo el tiempo los hombres hubieran estado aquí, y mientras estaban en sus tumbas estaban escondidos y ocultos, pero así como la voz de Dios en el trueno desnuda los bosques y desgaja las encinas, así también la voz de Dios en la resurrección desnudará los secretos de los hombres, y los hará sacar su más verdadero ‘yo’ a la luz, para ser revelado a todos. El hipócrita, siendo como es un villano enmascarado, no es descubierto ahora, pero cuando la voz de Cristo resuene, saldrá en un sentido que será horrible para él, privado de todos los ornamentos de su disfraz y con la máscara de su profesión destrozada, estará delante de los hombres y de los ángeles con la lepra sobre su frente, siendo objeto de una mofa universal, aborrecido por Dios y despreciado por los hombres. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Ah!, queridos oyentes, ¿están listos para salir incluso ahora? ¿Estarían dispuestos a que se leyeran sus corazones? ¿Los colgarían de sus mangas para que todos los vieran? ¿Acaso no hay mucho en ustedes que no podría soportar la luz del sol? ¡Cuánto más sería incapaz de soportar la luz de Aquel cuyos ojos son una llama de fuego, que lo ven todo y lo prueban todo por un juicio que no puede errar! Su salida en aquel día no sólo será una reaparición desde el centro de las sombras del sepulcro, sino una salida a la luz de la verdad del cielo que los revelará con claridad meridiana. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y luego el texto procede a decir que saldrán como ''los que hicieron lo bueno ''y los que hicieron lo malo. De lo cual hemos de deducir la siguiente verdad: que la muerte no produce ningún cambio en el carácter del hombre y que después de la muerte no hemos de esperar que ocurran mejoras. Aquél que es santo es santo todavía, y el que es inmundo es inmundo todavía. Cuando fueron colocados en la tumba eran hombres que habían hecho lo bueno, y resucitan como hombres que hicieron lo bueno; o cuando fueron enterrados, eran hombres que habían hecho lo malo, y resucitan como quienes hicieron lo malo. Por tanto, no esperen ninguna oportunidad para el arrepentimiento después de esta vida, ninguna oportunidad de reforma, ninguna proclamación adicional de misericordia o algunas puertas de esperanza. Es ahora o nunca en cuanto a ustedes, recuerden eso. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Noten, además, que ''únicamente dos tipos de personas resucitan'', pues, en verdad, sólo hay dos tipos de personas que vivieron jamás, y, por tanto, dos tipos que son enterrados y dos tipos que resucitan: quienes hicieron lo bueno y quienes hicieron lo malo. ¿Dónde estaban aquéllos de carácter combinado, cuya conducta no era ni buena ni mala, o era de ambas formas? No existían esos seres. Tú dices: ¿no hacen los buenos el mal? ¿No podrían algunos que son malos hacer algún bien? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo respondo: quien hace el bien es un hombre que habiendo creído en Jesucristo, y habiendo recibido la nueva vida, hace el bien en su nueva naturaleza y con su espíritu nacido de nuevo, con toda la intensidad de su corazón. En cuanto a sus pecados y a sus debilidades en los que cae en razón de su vieja naturaleza, siendo éstos lavados por la sangre preciosa de Jesús, no son mencionados en el día de cuentas, y resucita como un hombre que ha hecho lo bueno; lo bueno que hizo es recordado, pero lo malo es limpiado por completo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En cuanto a los malos, de quienes se afirma que pueden hacer algo bueno, nosotros respondemos: ellos podrían hacer lo bueno según el juicio de sus semejantes, y para con sus semejantes mortales, pero de un corazón malo no puede proceder lo bueno para con Dios. Si la fuente está contaminada, cada torrente tiene que estar también contaminado. Lo ‘bueno’ es una palabra que puede ser medida de acuerdo a quienes la usan. Lo bueno del hombre malo es bueno para ti, su hijo, su esposa, su amigo, pero a él Dios no le importa, y no tiene ninguna reverencia y ninguna estima para el grandioso Legislador. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Por tanto, aquello que podría ser bueno para ti podría ser malo para Dios, porque no fue realizado por algún motivo recto, e incluso fue hecho tal vez por un motivo erróneo; de tal manera que el hombre está deshonrando a Dios mientras ayuda a su amigo. Dios juzgará a los hombres por sus obras, pero sólo habrá dos tipos de personas, los buenos y los malos; y esto hace que sea una solemne tarea para cada hombre conocer dónde estará, y cuál ha sido el tenor general de su vida, y cuál es el verdadero veredicto sobre todo ello. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oh, señores, hay algunos de ustedes que, con todas sus excelencias y moralidades, no han hecho nunca lo bueno según mide Dios lo bueno, pues nunca han pensado en Dios para honrarlo, nunca han confesado que le han deshonrado; de hecho, han permanecido altivamente indiferentes al juicio de Dios sobre ustedes como pecadores, y se han erigido como seres que son todo lo que tienen que ser. ¿Cómo podría ser posible, mientras descreen de su Dios, que pudieran hacer algo que le agrade? Su vida entera es mala a los ojos de Dios; es únicamente mala. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y en cuanto a ustedes que temen Su nombre o que confían que lo hacen, pongan mucha atención a sus acciones, se los ruego, viendo que sólo hay quienes hacen lo bueno, y quienes hacen lo malo. Aclárenle muy bien a su conciencia, aclárenle muy bien al juicio de aquellos que los vigilan (aunque ésto es de menor importancia), y aclárenlo muy bien delante de Dios, que sus obras son buenas, que su corazón es recto porque su conducta exterior está conformada a la ley de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No los retendré por más tiempo en la exposición, excepto para notar que el modo de juzgar es notable. Quienes escudriñan las Escrituras saben que el modo de juzgar en el último día será enteramente de acuerdo a las obras. ¿Serán entonces salvados los hombres por sus obras? No, de ninguna manera. La salvación es en cada caso la obra y el don de la gracia. Pero el juicio será guiado por nuestras obras. Es asunto de justicia que aquéllos que habrán de ser juzgados sean todos juzgados de acuerdo a la misma regla. Ahora, ninguna regla puede ser común para los santos y para los pecadores, excepto la regla de su conducta moral, y por esta regla todos los hombres habrán de ser juzgados. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si Dios no encuentra en ti, amigo mío, ninguna santidad de vida en absoluto, no te aceptará. “¿Qué hay”, -dirá alguien- “del ladrón moribundo entonces?” Había la justicia de la fe en él, y produjo todos los actos santos que las circunstancias permitieron; en el preciso momento que creyó en Cristo, confesó a Cristo y habló por Cristo, y ese acto solitario está como evidencia de que era un amigo de Dios, mientras que todos sus pecados fueron lavados. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Que Dios les conceda la gracia de confesar sus pecados, y de creer en Jesús, para que toda su transgresión les pueda ser perdonada. Tiene que haber alguna evidencia de su fe. Delante de la multitud congregada de hombres no habrá ninguna evidencia de su fe que fuere tomada de sus sentimientos íntimos, sino que la evidencia será encontrada en sus acciones externas. Será todavía: “Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí”. Presten atención, entonces, a lo relacionado con la piedad práctica, y aborrezcan toda predicación que quisiera hacer de la santidad de vida algo secundario. Somos justificados por la fe, pero no por una fe muerta; la fe que justifica es la que produce santidad, “sin la cual nadie verá al Señor”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Vean, entonces, las dos clases en las que son divididos los hombres, y la severa regla por la cual Dios los juzgará, y júzguense ustedes mismos para que no sean condenados con los malvados. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los diferentes destinos de las dos clases son mencionados en el texto. Una clase resucitará a ''la resurrección de vida''. Esto no quiere decir una mera existencia; ambas clases existirán, ambas existirán para siempre, pero “vida” quiere decir, cuando es entendida debidamente, felicidad, poder, actividad, privilegio, capacidad; de hecho es un término tan integral que yo necesitaría mucho tiempo para exponer todos sus significados. Hay una muerte en vida que los impíos han de tener, pero la nuestra será una vida en vida: una verdadera vida; no será simplemente una existencia, sino una existencia en energía, existencia en honor, existencia en paz, existencia en bendición, existencia en perfección. Esta es la resurrección para vida. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En cuanto a los impíos, hay una resurrección para condenación, por la cual sus cuerpos y sus almas caerán manifiestamente bajo la condenación de Dios; para usar la palabra de nuestro Salvador, serán ''condenados''. ¡Oh, qué resurrección!, y, sin embargo, no podemos escapar de ella si descuidamos la gran salvación. Si pudiéramos acostarnos y dormir, y nunca despertáramos de nuevo, ¡oh, qué bendición sería para un hombre impío!, si esa tumba pudiera ser lo último de él, y fuera como un perro no se despertara nunca del sueño, ¡qué bendición sería! Pero es una bendición que no es suya, y no puede serlo nunca. Sus almas han de vivir, y sus cuerpos han de vivir. “Oh, temed a aquel, -se los ruego- que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno. Sí, les digo, temed”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''Nuestro tiempo casi se ha acabado, pero debo ocupar los minutos restantes en EXTRAER LECCIONES DEL TEXTO. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La primera, es la lección de una ''reverencia adoradora''. Si es cierto que todos los muertos habrán de resucitar a la voz de Cristo, entonces, adorémosle. ¡Cuán grande Salvador fue el que se desangró en la cruz! ¡Cuán gloriosamente es exaltado quien fue despreciado y desechado! Oh, hermanos, si pudiéramos alcanzar a ver siquiera las faldas de esta verdad, que Él resucitará de sus tumbas a todos los muertos, si comenzáramos siquiera a percibir su grandiosidad de significado, me parece que deberíamos caer a los pies del Salvador como lo hizo Juan según dijo: “Caí como muerto a sus pies”. ¡Oh, cuán asombroso es Tu poder, mi Señor y mi Dios! ¡Qué homenaje ha de ser rendido a Ti! ¡Salve, Emanuel! Tú tienes las llaves de la muerte y del infierno. Mi alma te ama y te adora a Ti, que eres grandioso Príncipe entronizado, Admirable, Consejero, Rey de reyes y Señor de señores. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La siguiente lección es de ''consuelo'' para nuestros espíritus heridos en relación a nuestros amigos que han partido. Nunca nos afligimos en cuanto a las almas de los justos, pues están para siempre con el Señor. La única lamentación que permitimos entre cristianos concierne al cuerpo que es arruinado como una flor marchita. Cuando leemos, en los funerales, aquel famoso capítulo de la epístola a los Corintios, no encontramos en él ningún consuelo para los espíritus inmortales, pues no se requiere, pero encontramos mucha consolación en relación a lo que “se siembra en deshonra”, pero “resucitará en gloria”. Tus muertos vivirán; ese polvo descompuesto vivirá otra vez. No llores como si hubieras arrojado tu tesoro al mar, donde no lo podrás encontrar nunca; sólo lo has puesto en un ataúd, desde donde lo recibirás de nuevo más resplandeciente que antes. Has de mirar de nuevo con tus propios ojos a esos ojos que te han hablado de amor con tanta frecuencia, pero que ahora están cerrados en tinieblas sepulcrales. Tu hijo te verá una vez más; tú reconocerás a tu hijo; la mismísima forma resucitará. Tu amigo que se ha ido regresará a ti, y habiendo amado a su Señor como lo haces tú, te regocijarás con él en la tierra donde ya no mueren más. Es sólo una breve separación, pero será un eterno reencuentro. Para siempre con el Señor, por siempre estaremos también los unos con los otros. Consolémonos unos a otros, entonces, con estas palabras. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La última lección es la del ''autoexamen''. Si hemos de resucitar, algunos para recibir recompensas y algunos para recibir castigos, ¿cuál será mi posición? Cada conciencia debe preguntarse: “¿Cuál será mi posición?” ¿Cómo se sienten mis oyentes ante la perspectiva de resucitar? ¿Les produce ese pensamiento algún rayo de gozo? ¿No les crea un grado de alarma? Si su corazón tiembla ante las noticias, ¿cómo han de soportar cuando el hecho real esté ante ustedes, y no simplemente el pensamiento? ¿Cómo ha sido su vida? Si van a ser juzgados por esa vida, ¿qué ha sido? ¿Cuál ha sido el principio prevaleciente hasta ahora? ¿Le has creído a Dios? ¿Vives por la fe en el Hijo de Dios? Sé que eres imperfecto, pero, ¿estás luchando para alcanzar la santidad? ¿Deseas honrar a Dios? Esto gobernará el juicio de tu vida; ¿cuál fue su propósito, su objetivo, su sentido y su objeto? Ha habido imperfección, pero, ¿ha habido sinceridad? ¿Ha demostrado estar en ti la gracia divina, esa gracia que lava a los pecadores en la sangre de Cristo, apartándote de los pecados que amabas y guiándote a los deberes que una vez descuidaste? Tengo que insistir en hacerte estas preguntas; sé que son enfadosas para quienes no pueden responderlas cómodamente. Sí, tengo que volver a hacerles las preguntas. Les suplico, esta mañana, que se coloquen en el crisol del autoexamen, pues del fuego del refinador no serán capaces de escapar al final. Ah, si yo puedo decir: “Sí, mi Dios, con diez mil pecados, y sin embargo, desde el día en que Tu gracia me encontró, he buscado honrarte”; ¡oh, feliz, feliz pensamiento saber en aquella terrible hora que la sangre me ha lavado, y que la justicia de Cristo me ha envuelto, y que estoy a salvo! Pero si me veo obligado a decir: “No, hasta este momento no he considerado a Dios; mis acciones no han tenido respeto para Él; un sentido de Su majestad nunca me ha constreñido a realizar ni un solo acto, y nunca me impidió cometer ni un solo pecado”, ¡oh, entonces ya has sido juzgado! Te ruego que tiembles y huyas a Él, que puede librarte de toda iniquidad, y que además puede presentarte sin mancha delante de la presencia de Su Padre con un grandísimo gozo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Te voy a hacer otra pregunta: si no te sientes a gusto ante el pensamiento de ti mismo, ¿estás muy tranquilo en relación a la resurrección de todos los demás? ¿Estás preparado para encontrar delante de Dios a aquéllos con quienes has pecado entre los hombres? ¡Es una pregunta digna del pensamiento del pecador, de cuál habrán de ser los terrores de los hombres y mujeres que tendrán que enfrentarse a los compañeros de sus pecados! ¿No estaba ésto en el fondo del deseo de Epulón de que Lázaro fuera enviado otra vez al mundo para advertir a sus cinco hermanos para que no fueran al lugar de tormento? ¿No sería que tenía miedo de verlos ahí porque sus recriminaciones aumentarían su miseria? ¡Será algo terrible cuando un hombre que ha sido un villano depravado resucite y confronte a sus víctimas a quienes sus lascivias arrastraron al infierno! ¡Cómo se acobardará cuando los oiga poner a su puerta la condenación de ellos, y maldecirle por su lascivia! “Oh, ella fue enterrada hace mucho tiempo”, dices tú, y sigues adelante alegremente en tu júbilo; pero ella te verá, y sus ojos serán como los ojos de un basilisco cuando transmitan venganza sobre ti a la luz de la eternidad, considerándote haber sido el demonio que la destruyó. Que tiemble cada individuo aquí que ha pecado contra su semejante; que cada persona presente aquí que ha enviado a alguien al infierno, se arrepienta, no vaya a ser que perezca ahora. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oh, hombre, tu pecado no está muerto y enterrado, y el pecador con quien juntaste tus manos en la iniquidad, resucitará para dar testimonio en tu contra. El crimen, la culpa, el castigo y el culpable, resucitarán igualmente, y tú vivirás para siempre en el remordimiento para lamentar el día en que transgrediste de esa manera. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Otra pregunta es que puesto que será terrible para muchos ver resucitar a los muertos, ¿cómo soportarán verle a Él, al propio Juez, al Salvador? De todos los hombres que jamás han vivido, Él es el único de quien verdaderamente tienen que tener miedo, porque es Él a quien en este día deberían amar más, pero lo tienen olvidado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Cuántas veces desde este púlpito les he pedido que se entreguen a Jesucristo, y cuán frecuentemente le han dado un claro rechazo! Pudiera ser que algunos no han llegado a hacer eso, pero han pospuesto su decisión, y han dicho: “Cuando tenga oportunidad te llamaré”. Cuando Él venga, ¿cómo le responderán? Hombre, ¿cómo le responderás? ¿Qué excusas encontrarán? No querían recibirlo como un Salvador pero habrán de tenerle como su Juez, para pronunciar su sentencia. Despreciaron Su gracia, pero no podrán escapar de su ira. Basta que miren a Jesús ahora, y encontrarán la salvación en esa mirada, pero al rehusar hacerlo, amontonarán ira para ustedes cuando esa terrible pero inevitable mirada sea suya, de la cual dicen los profetas: “Todos los linajes de la tierra harán lamentación por él”. ¡Oh, entonces, no lo desdeñen! ¡No desprecien al Crucificado! Les ruego que no pisoteen Su sangre, sino que vengan a Él, para que cuando lo vean sobre Su trono no tengan miedo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amados, podría haber continuado haciendo más preguntas, pero voy a concluir con éstas dos. Una de las mejores maneras para saber cuál será nuestra porción en el futuro, es inquirir cuál es nuestra porción en el presente. ¿Tienen vida ahora, me refiero a la vida espiritual, a la vida que se aflige por el pecado, a la vida que confía en un Salvador? Si es así, tendrán ciertamente la resurrección para vida. Por otro lado, ¿tienen condenación ahora?, pues el que no cree ya es condenado. ¿Eres un incrédulo? Entonces tú estás condenado ahora, y sufrirás la resurrección para condenación. ¿Cómo podría ser de otra manera? Busquen, entonces, para que puedan poseer la vida de Dios ahora por fe, y la tendrán para siempre con fruición. Escapen de la condenación ahora, y escaparán de la condenación en el más allá. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Que Dios los bendiga a todos con la abundancia de Su salvación, por Cristo nuestro Señor. Amén.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

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		<id>http://es.gospeltranslations.org/wiki/%E2%80%9CLa_Iglesia_de_los_Primog%C3%A9nitos%E2%80%9D</id>
		<title>“La Iglesia de los Primogénitos”</title>
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				<updated>2011-03-09T19:46:11Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|The Church of the First Born}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“La congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos.” ''Hebreos 12: 23.&amp;lt;br&amp;gt;''“La asamblea general e iglesia de los primogénitos que están inscritos en los cielos.” ''La Biblia de las Américas&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Pablo cabalmente había estado dando una breve descripción de la gran asamblea de los hijos de Israel alrededor del monte Sinaí, “el monte que se podía palpar, y que ardía en fuego”, como un volcán gigantesco. Había pintado con viveza “la oscuridad, las tinieblas y la tempestad, y el sonido de la trompeta y la voz que hablaba”, y las aterradas multitudes que permanecían, trémulas, a cierta distancia, e incluso a Moisés, su gran líder, que estaba tan alarmado que dijo: “Estoy espantado y temblando.” Pablo se propone que esa descripción nos enseñe el efecto que produce la dispensación legal: puede alarmar y condenar, pero no puede salvar. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ustedes, que están bajo la ley, ustedes, que están procurando ganar el favor de Dios mediante sus buenas obras, ustedes, que suponen que el mérito humano puede traerles la salvación, miren a las llamas que vio Moisés, e inclínense humildemente, y tiemblen y desesperen. Ustedes, que piensan que pueden vivir como lo requiere la ley y alcanzar así la vida eterna, bien harían en quedarse tiritando y temblando delante de este todopoderoso aunque invisible Dios, cuyos rayos se descargan delante de sus ojos, y cuya voz de trueno debe alarmar al más empedernido corazón. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Terrible es la difícil situación del hombre que tiene que depender de lo que el Sinaí pueda darle; es desgraciado en la vida, será turbado en la muerte, y se perderá para siempre en la eternidad. “Por las obras de la ley nadie será justificado”. “Todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición”. “Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Habiendo hecho esa descripción del Sinaí por vía de contraste, Pablo presenta ahora un cuadro mucho más agradable de la dispensación del Evangelio. Los cristianos tendrán también su grandiosa asamblea; hay un monte sobre el cual todos aquellos que están bajo la gracia se congregarán un día: un monte que no humea, pues es el monte de Sion, la ciudad del Dios viviente, la Jerusalén celestial. Habrá palabras allí, pero serán palabras de cantos sagrados y notas de santa alegría. Podría haber trompetas allí, pero serán las trompetas de plata que proclamarán el jubileo eterno. Moisés estará allí, pero no estará espantado ni temblando, pues, cuando llegue a ese monte de Dios, olvidará todos sus temores, y se gozará incesantemente en el Señor su Dios. Los creyentes conforman esa multitud, la cual nadie podría contar, que se habrá de congregar sobre ese monte glorioso para guardar un sempiterno día de fiesta. En verdad seremos felices cuando, por gracia, acudamos a la asamblea general y congregación de los primogénitos, cuyos nombres están inscritos en los cielos; cuando veamos ese espectáculo que le fue revelado a Juan en Patmos: un Cordero que está en pie sobre el monte de Sion, y con Él aquellos que tienen el nombre de Su Padre escrito en sus frentes, que siguen al Cordero por dondequiera que va, y que son sin mancha delante del trono de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El primer punto al cual quiero dirigir su atención es ''la descripción dada de los creyentes como la iglesia de los primogénitos''. A continuación, quiero recordarles ''aquello que se dice de su inscripción'': están registrados o inscritos (como lo traduce la lectura marginal) en el cielo; y luego, en tercer lugar, tendré algo que decir concerniente a su ''gran asamblea general'', cuando todos los justos sean reunidos a Cristo, para no apartarse de Él nunca jamás. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''Para comenzar, entonces, de nuestro texto deducimos que los CREYENTES EN CRISTO SON DESCRITOS COMO LA IGLESIA DE LOS PRIMOGÉNITOS. Trataré de autoexaminarme por medio de mis propios comentarios, según los vaya expresando, y espero que todos podamos cuestionarnos para ver si pertenecemos a esta asamblea general. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mediante el término “primogénito” se significa, con frecuencia, en la Escritura, ''el más excelente, el principal''. De Jesucristo, debido a la excelencia de Su carácter, se dice que es “el primogénito entre muchos hermanos”, “el primogénito de toda creación”, “el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así, aunque los creyentes son por naturaleza hijos de ira, igual que todos los demás, sin embargo, después de que Cristo los ha renovado, se convierten en los excelentes de la tierra en quienes está todo Su deleite. Muéstrenme a un hombre que haga una profesión de religión, pero que sea un borracho, y yo les diría de inmediato que su profesión es una mentira. Muéstrenme a otro hombre que diga que es un seguidor de Cristo, aunque oprima a los pobres, les robe su salario a los trabajadores, un hombre codicioso que sólo se preocupe por sí mismo, y cierre contra sus hermanos necesitados su corazón, y yo no dudaría en preguntarles: “¿Cómo mora el amor de Dios en él?” Si la “gracia” que profesamos tener no nos hace mejores que otros, entre más rápido nos deshagamos de ella, sería mejor. “¿Qué hacéis de más?”, fue la pregunta de Cristo a Sus discípulos. “Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores prestan a los pecadores, para recibir otro tanto.” De los cristianos hay algo que debe esperarse que no ha de buscarse en los demás; ellos profesan haber nacido dos veces y tener a Dios morando en ellos, como Pablo les dice a los corintios: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” Los cristianos profesan ser herederos del cielo, y miembros del cuerpo místico de Cristo. Entonces, ¿acaso han de hablar y actuar como lo hacen los impíos, y degradarse como aquellos que no han recibido nunca esa vida nueva y más excelsa? ¡Dios no lo quiera! Donde llega la gracia, nos levanta, y nos mantiene en alto y nos hace nuevas criaturas en Cristo Jesús, de tal forma que las cosas perversas en las que una vez nos deleitamos, ya ni siquiera las nombramos, mientras que suspiramos por todo lo que sea virtuoso o de buena reputación para exhibirlo para alabanza de la gracia del que nos llamó según el designio de Su voluntad. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, queridos amigos, pueden hacer de esto una prueba para un autoexamen. Hombre, ¿cuál es tu vida? ¿Qué frutos produces? Si produces espinas, ciertamente eres una zarza. Si produces las uvas de Gomorra, en verdad perteneces al valle de Sodoma. “¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos?” Si la corriente está sucia, ¿cómo estará la fuente? Si lo de fuera del vaso y del plato está mugriento, por dentro, ¿cómo estarán? Si lo que ven los hombres está sucio, ¡cuán sucio ha de estar el lugar donde solamente Dios puede verte! Ninguno de nosotros es mejor de lo que parece, pero todos nosotros somos peores de lo que pensamos. ¡Que Dios rasgue todo velo que nos oculta de nosotros mismos, para que nos veamos tal como somos a Sus ojos! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así que pueden ver que los primogénitos de Dios son “un pueblo propio, celoso de buenas obras”, que busca adornar la doctrina de Dios su Salvador, en todas las cosas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero el término “primogénito” tiene un segundo significado en la Escritura. Los primogénitos, bajo la antigua economía mosaica, eran ''elegidos por Dios para Sí''. Cuando hirió a los primogénitos de Egipto, apartó para Sí a todos los primogénitos de Israel. Habría podido seleccionar a los más jóvenes de la familia, o a todo segundo hijo, si hubiera decidido hacerlo así, pues Dios hace lo que quiere, y “Él no da cuenta de ninguna de sus razones.” Podrían preguntarle por qué hace esto o lo otro, pero no se digna responder a sus preguntas inquisitivas o impertinentes. Él no se turba por sus preguntas. Nunca explica las razones por las cuales elige a algún hombre para salvación. Está lo suficientemente claro, por la Escritura, que en efecto los elige; tan claro, que incluso un incrédulo como Bolingbroke le dijo un día al señor Whitefield: “si se acepta que la Biblia es verdadera, entonces ninguna otra doctrina excepto el calvinismo puede ser verdadera, pues la Biblia enseña eso de principio a fin.” Ciertamente, si las mentes de los hombres no estuvieran obstinadamente pervertidas, deberían leer esta verdad en palabras como estas: “Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca. Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Y qué dice la Escritura cuando el pecador comienza a altercar con esta verdad? “Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?” Es un hecho que Dios ha ordenado para vida eterna a una multitud que nadie puede contar; y justo como los primogénitos entre los judíos eran electos típicamente, así los santos se convierten en santos como resultado del decreto divino establecido antes de que la tierra fuese creada. Cuando todavía este mundo, y el sol, la luna y las estrellas dormían en la mente de Dios, como bosques por nacer en la copa de una bellota, aun entonces el Todopoderoso había escrito ya los nombres de todos Sus escogidos en el libro de la vida del Cordero, y había fijado el lugar, la fecha, el momento preciso cuando debían nacer, y cuándo habían de nacer una segunda vez, cuándo debían venir a Cristo, y así, cuándo debían encontrar la salvación y la vida eterna. Esta doctrina está lejos de ser apetitosa para los hombres; pero, puesto que glorifica a Dios y hace que el hombre no sea sino un saltamontes delante del Eterno, nos deleitamos en ella, y humildemente nos inclinamos delante del Soberano Disponedor de todos los eventos, y decimos: “Jehová es; haga lo que bien le pareciere.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Luego, en tercer lugar, los primogénitos eran ''herederos de grandes privilegios'', de los cuales no podemos hablar particularmente en este momento, pero lo haremos más adelante; y ''se convertían en herederos enteramente por nacimiento''. Los derechos de los primogénitos radicaban únicamente en su primogenitura; no en su estatura, no en su donosura o belleza, no en su capacidad mental y ni siquiera en sus virtudes morales. Aunque fuera tan lisiado como Mefi-boset, pero si era el primogénito, no podía ser desheredado; o si, en lugar de tener la imponente estatura de un Saúl, era tan diminuto como Zaqueo, pero si era el primogénito, ni sus padres ni todas las cortes judiciales podían revertir los derechos de la primogenitura. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces, amados, todos aquellos que son creyentes en Cristo, que son conocidos por los hombres por su excelencia de carácter, -en tanto que Dios los conoce por haberlos escogido por Su gracia- son conducidos a tiempo a ejercer sus privilegios a través del nuevo nacimiento que es obrado en ellos por el Espíritu Santo. Si sólo nacemos una vez, hemos de morir dos veces; pero si nacemos dos veces, morimos una sola vez, y después de esa única muerte, que no es realmente muerte, entramos en la vida eterna. La regeneración nos hace en realidad los hijos de Dios, justo como la adopción nos hizo virtualmente hijos de Dios. Por la regeneración, nos volvemos real y verdaderamente herederos de Dios, y coherederos con Cristo; y nuestro derecho al cielo, a todas las bendiciones del pacto de la gracia y a las promesas de Dios, surge de este nuevo nacimiento celestial. El cielo es la herencia de los hijos de Dios; no es una posesión comprada con su dinero, o ganada por cualesquiera obras que hubieren realizado. Esta herencia es el derecho de nacimiento de todos los que han nacido de nuevo, nacidos de arriba; así que la pregunta que debe hacerse cada uno de nosotros es: “¿He experimentado este nuevo nacimiento?” “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios”. “Lo que es nacido de la carne, carne es”, y es sólo carne; “y lo que es nacido del Espíritu, Espíritu es”; y como el cielo y todas las otras bendiciones del pacto son espirituales, no podemos poseerlas hasta que nosotros mismos seamos “nacidos del Espíritu”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces, los primogénitos tenían ciertos derechos atribuibles a su nacimiento, y los primogénitos, espiritualmente, tienen ciertos derechos atribuibles a su nuevo nacimiento. ¡Que el Señor les ayude a todos ustedes a asegurarse muy bien de esto! Les ruego que no den por sentado que todo está bien con su alma, ni que traten esta pregunta como si fuera algo de escasa importancia. Del hecho de que sean nacidos de nuevo, o de que no sean nacidos de nuevo, ha de pender su destino eterno. Si viven y mueren sin ser regenerados, un ay interminable será su porción eterna. Si pasan de muerte a vida, todas las glorias del paraíso de Dios se vuelven suyas por un vínculo que ni la muerte ni el demonio mismo pueden romper. ¿Has pasado de muerte a vida? ¿Cómo puedes saber eso? “Por sus frutos los conoceréis”, es la prueba de nuestro Señor. ¿Crees tú en el Señor Jesucristo? ¿Estás confiando únicamente en Él? Estas son preguntas vitales; si puedes decir verdaderamente: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“Mi esperanza tiene su único fundamento&amp;lt;br&amp;gt;En la sangre y en la justicia de Jesús,”''&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
y si esa esperanza va acompañada por la fe que obra por amor, y que purifica el corazón y la vida, entonces tú eres uno de los hijos de Dios, y en ese hecho bien puedes “alegrarte con gozo inefable y glorioso”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, en cuarto lugar, ''en los primogénitos, más que en cualesquiera otros, le agradó a Dios multiplicar los tipos de la redención'', para mostrarnos muy claramente que los herederos del cielo son un pueblo redimido. Ante todo, la gran mayoría de los primogénitos fueron redimidos con sangre. En la oscura y horrenda noche, el ángel exterminador anda libre, con alas silenciosas y con una filosa espada que siempre acierta en el blanco; vuela con presteza, de casa en casa, por toda la tierra de Egipto, y desde el primogénito del Faraón en el trono al primogénito de la esclava que trabaja en el molino, todos ellos caen muertos, y el llanto de Egipto asciende al cielo en la forma de un grito sumamente amargo y desgarrador. Pero en todas las casas de los israelitas se puede contemplar una escena diferente. Las puertas permanecen cerradas; hay un cordero asado sobre la mesa, y hombres y mujeres están de pie a su alrededor, ceñidos para un viaje, con sus bordones en sus manos, y lo comen apresuradamente. Hay un niño primogénito en los brazos de su madre, o un varón primogénito que ya ha crecido, pero ellos no muestran ningún signo de azoramiento, aunque es bien sabido que, en esa noche, los primogénitos han de morir. ¿Por qué están tan tranquilos? Si hubieras estado presente, una o dos horas antes, habrías visto que el padre, cuando sacrificó al cordero, drenó la tibia sangre de la vida en un tazón, y sus hijos se congregaron a su alrededor, y él les dijo: “vengan, síganme”; y tomando con él un manojo de hisopo, salió al exterior de su puerta, y golpeó el dintel hasta que lo pintó de rojo con la sangre del cordero, y luego roció los postes a cada uno de los lados, de tal manera que la marca de la sangre era visible en la puerta por todos lados. “Y ahora”, -les dijo- “hijos míos, estamos a salvo, pues, cuando Dios vea la sangre, pasará por encima de nosotros, y nuestros primogénitos no serán exterminados, pues la sangre los protegerá.” De manera semejante, nosotros, que somos los primogénitos de Dios, somos salvos por la sangre de Jesús. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Puedes tú, amigo, decir por fe: “Mi confianza está únicamente en esa sangre”? ¿Ha sido aplicada a tu corazón y a tu conciencia? ¿Ha hablado paz a tu alma? ¿Te lava de todo pecado? ¿Te alegras ahora porque no hay condenación para ti, puesto que estás en Cristo Jesús, y Él ha soportado toda la ira divina que era tu porción por causa de tu pecado? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, para que no dejemos de aprender esta grandiosa verdad por medio de un solo tipo, Dios nos ha dado otro. En el curso de dos años, más de veintidós mil niños le nacieron a esa gran población, y esos no habían sido redimidos por la sangre de los corderos pascuales, pues no tenían entonces el ser, así que se adoptó otro método; un levita tenía que sustituir a cada niño primogénito varón, y Dios aceptaba al levita y permitía que el niño permaneciera en la casa de su padre. Allí estaba un símbolo de la grandiosa verdad de la sustitución, pero los privilegios que correspondían a algunos de los primogénitos judíos en el tipo, pertenecen a todos los hijos primogénitos espirituales de Dios. Cristo es el Levita que está delante de Dios en nuestro lugar, y posición, y sitio, y allí ministra a favor nuestro, y honra la ley de Su Padre y cumple hasta la última jota y tilde a nombre nuestro. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hubo doscientos setenta y tres niños primogénitos judíos para quienes no se pudo encontrar levitas sustitutos, así que se tuvo que pagar a Aarón y a sus hijos cinco siclos por cabeza como dinero de rescate por ellos; y, de igual manera, el plan divino de la redención es muy correctamente expuesto por el apóstol Pedro cuando dice: “Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pongan estas tres cosas juntas: redención por la sangre, redención por sustitución, y redención por compra, y entonces tendrán una idea muy clara de lo que significa la expiación en referencia a los primogénitos. Cualquiera de las tres bastaría para el santo iluminado, pero las tres juntas proyectarán una hermosa luz sobre la cruz de Cristo, y bajo esa luz podremos ver claramente cómo llevó nuestros pecados en Su propio cuerpo en el madero, y trajo una redención eterna para todos Sus elegidos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cada uno de nosotros ha de hacerse estas preguntas: “¿Soy redimido por la preciosa sangre de Cristo? ¿Se interpuso Él como Sustituto y Fianza por mí? ¿Soy comprado con el precio que Él pagó por Su pueblo en la cruz? Pues, si no fuera así, no podría ser contado entre los primogénitos, pues todos los primogénitos deben ser redimidos de esta manera.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nuestro tiempo vuela tan rápidamente que me temo que las otras dos divisiones de mi discurso tendrán que sufrir una merma; pero debo recordarles, tal como prometí hacerlo, que ''los primogénitos, habiendo sido redimidos, tenían privilegios muy especiales''. Primero, tenían una doble porción de los bienes de sus padres. Por esta razón Eliseo, quien fue, en el sentido profético, el primogénito de Elías, como su hijo espiritual le imploró: “Te ruego que una doble porción de tu espíritu sea sobre mí.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, Dios es bueno para todos los hombres, y Sus piedades son sobre todas Sus obras, pero Su favor especial está reservado para los llamados y escogidos y fieles a quienes ha redimido. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los primogénitos tenían también el privilegio del sacerdocio en los antiguos tiempos patriarcales, y todo verdadero hijo de Dios es hecho un rey y un sacerdote para Dios, para ofrecer, diariamente, sacrificios espirituales y aceptables por medio de Jesucristo. El primogénito era, en muchos aspectos, un gobernante sobre toda la casa; y Cristo, el grandioso Primogénito, es el Gobernante supremo de Su Iglesia, y nosotros, en Él y por medio de Él, somos hechos gobernantes sobre muchas cosas, y Él nos invita para que ascendamos al trono, y para que reinemos con Él como primogénitos de Dios, reyes y sacerdotes para Él para siempre. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''Ahora, en segundo lugar, y muy brevemente, hagámonos la siguiente pregunta: ¿CUÁL ES EL SIGNIFICADO DEL EMPADRONAMIENTO DE LOS PRIMOGÉNITOS? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Moisés tenía que registrar los nombres de los primogénitos judíos, y descubrimos que, hasta la era de los apóstoles, había algunas personas muy ocupadas acerca de lo que Pablo llama: “genealogías interminables, que acarrean disputas más bien que edificación de Dios que es por fe”; pero, queridos amigos, hay un empadronamiento acerca del cual deberíamos estar altamente interesados. Hay ciertos nombres escritos en el libro de vida del Cordero, y debería ser para ustedes y para mí, un asunto de solemne interés investigar si nuestros nombres están escritos allí. ¿Están sus nombres y mi nombre inscritos en ese sagrado rollo secreto de los elegidos de Dios? Nosotros no podemos escalar a las alturas del cielo para escudriñar las páginas de ese libro sellado, ni tampoco podemos descubrir los secretos que el Altísimo ha registrado allí. Es imposible que leamos nuestros nombres allí, pero hay ciertas evidencias mediante las cuales podemos decir si están o no están allí. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ante todo, ¿piensan que están allí? ¿Acaso no hay muchas personas aquí que han de decir verazmente: “No, no tenemos ninguna razón para pensar que están allí”? Cuando se pasa revista a nuestras tropas, si tú estás allí puedes oír los nombres y las respuestas a los hombres: “Juan _____”, “presente, señor”; “Tomás _____”, “presente, señor”; “presente, señor”; “presente, señor”, y así prosiguen a través de todos los rangos. Ahora, supón que fuera posible que un ángel pasara revista a los redimidos desde este púlpito, ¿crees que leería tu nombre y que tú serías capaz de responderle: “presente, señor”? “No”, -dices tú- “a menos que dijera una falsedad voluntaria, no me atrevería a decir que mi nombre está en el libro de vida del Cordero.” Bien, entonces, si sus propios corazones los condenan, recuerden que Dios es mayor que sus corazones, y sabe todas las cosas; entonces, ¡cuánto más deberá condenarlos! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Posiblemente, habrá algunas personas que digan: “nosotros esperamos que nuestros nombres estén escritos allí”. Así que les pregunto, queridos amigos, ''¿son ustedes como aquellos cuyos nombres están inscritos indudablemente allí?'' ¿Tienen la fe de Abraham, o algo parecido a esa fe? ¿Desean tener una santidad como la que Pablo ambicionaba? Cuando leen la historia de la vida de un hombre piadoso, ¿sienten que la vida de ustedes es conforme con la suya? Pues, después de todo, el carácter,''el carácter'', EL CARÁCTER ha de ser el gran fundamento del juicio; y si tu vida no fuera como la vida de los santos, ¿cómo puedes esperar encontrar tu nombre registrado donde sus nombres están inscritos? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, ''todos los elegidos tienen sus nombres escritos debajo del nombre de su Señor, el Cordero''; entonces, ¿están confiando en Cristo? ¿Están descansando en Él? ¿Está la vida de ustedes vinculada a la Suya? ¿Sienten que hay un vínculo que no puede ser cortado, que los une a ustedes y a Cristo estrechamente, de tal forma que nadie, ni nada que pudiera suceder, serían capaces de separarlos del amor de Dios, que es en Cristo Jesús su Señor? Muy bien, entonces, si este es el caso en cuanto a ustedes, tengan la seguridad de que su nombre está en ese libro; pero, “sin Cristo”, ustedes están sin esperanza; separados de Él, hay certeza de que su nombre no está escrito en el cielo, como uno de “la congregación de los primogénitos.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Te hago otra pregunta: ''¿eres realmente un hijo de Dios?'' ¿Puedes decirle: “Abba, Padre”? ¿Es Dios tu Padre? ¿Has aprendido a confiar en Él como confían en Él Sus hijos, y a amarle como le aman Sus hijos? ¿Dependes enteramente de Él? ¿Buscas someterte enteramente a Su voluntad, y caminar en Su senda? Pues, si no eres un hijo de Dios en absoluto, ciertamente no eres uno de Sus primogénitos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Debo preguntarles también: ''¿Han pasado de muerte a vida?'' ¿Ha habido un cambio vital en ustedes en algún momento, un cambio de tal naturaleza que sólo puede ser obrado por el Espíritu Santo? No me refiero a un cambio del tipo que algunas personas necias dicen que han visto, algunas veces, cuando un hombre está muriendo. Podría no haber habido ningún signo de gracia en el hombre, y, sin embargo, alguien dijo: “Vi venir tal cambio sobre él, que su rostro se veía muy diferente.” Muy posiblemente se veía; pero no es un cambio de rostro lo que se necesita, sino un cambio de corazón; no es un cambio físico, sino un cambio mental, moral, espiritual y divino, el que es obrado en la regeneración. Nadie de ustedes ha de quedarse satisfecho a menos que tengan una incuestionable evidencia de que este cambio ha sido obrado en ustedes por la obra eficaz del Espíritu Santo; pues, a menos que nazcan de nuevo, sus nombres no serán encontrados inscritos en el rollo de los primogénitos de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, para concluir, permítanme recordarles nada más que, para todos estos primogénitos de Dios, cuyos nombres están escritos en el cielo, viene el día cuando serán congregados en gloria alrededor del trono de Dios. ¡Qué reunión será esa! No habrá ni una sola persona impía allí, pues todos habrán sido lavados y emblanquecidos en la sangre del Cordero. ¡Cuán felices serán todos ellos! No habrá ni una lágrima en ningún ojo, ni un gemido en ningún espíritu, ni una sola nota de angustia en ninguna lengua, pues los días de su aflicción habrán terminado para siempre. ¡Será una asamblea sumamente unida! No habrá ninguna herejía, ningún cisma, ninguna discordia, ninguna frialdad de corazón; todos ellos amarán así como han sido amados. ¡Cuán vasta será esa asamblea, y, cuando millones de millones se reúnan juntos allí, qué grito de sagrado júbilo se dará cuando eleven un aleluya tras otro! Juan dice: “Oí una voz del cielo como estruendo de muchas aguas.” Tal vez hayan oído al océano rugir en la plenitud de su fuerza; posiblemente, han oído al poderoso Océano Atlántico bramando en la costa cuando es azotado con furia por la tormenta. Así ha de ser la grandeza de los cantos delante del trono de Dios, en la congregación general y en la iglesia de los primogénitos; sólo que no ha de ser meramente como estruendo de un agua sino de muchas aguas; los océanos se amontonan sobre los océanos, el Atlántico sobre el Pacífico, y el Ártico y el Antártico, y todos los demás océanos apilados sobre estos; y así habrá de ser la música de los santos, así habrá de ser el canto de los bienaventurados cuando vean el rostro de su Padre sin un velo interpuesto, y derramen su vasto volumen de alabanza “como estruendo de muchas aguas.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cada uno de nosotros debe hacerse la pregunta: “¿estaré yo allí?” Si alguien dijera: “tengo miedo de que no estaré allí”, ha de clamar fuertemente al Altísimo para que lo saque de ese horrible pozo y ponga sus pies sobre la roca y establezca sus salidas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pecador, tú estarás, ya sea allí o en aquel terrible lugar donde los lamentos serán más terribles que el grito de los hombres en una batalla o los alaridos de la mujeres en una masacre. Tú estarás ya sea allá en la gloria, o, de lo contrario, allá abajo donde las tinieblas, la muerte y la larga desesperación se sientan sobre sus tronos de aflicción. ¡Acude presuroso, pecador, acude presuroso a Cristo! Sus heridas, como hendiduras en la roca, están abiertas para las palomas que necesitan un refugio. ¡Vuela, pecador, vuela! El vengador de la sangre te persigue; oigo el sonido de sus pies tras de ti, y está a punto de darte un golpe mortal; pero la ciudad de refugio está cerca, a la mano, y está con las puertas abiertas de par en par para darte la bienvenida. ¡Vuela, pecador, vuela! “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo”. “El que creyere y fuere bautizado, será salvo”. Creer en Jesús es confiar en Él; ser bautizado es ser sumergido en el agua con base en la profesión de esa fe. Yo no me atrevo a alterar la comisión de mi Señor: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado”. No hay otra alternativa. La opción es:''volverse ''o perderse; creer y ser salvo o descreer y ser condenado. Que Dios, en Su misericordia, haga la elección por ti, pecador, en este preciso momento, y te conduzca a la senda eterna; y ¡al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo sea toda la gloria eternamente y para siempre! Amén.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

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		<title>“Tomad, comed”</title>
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				<updated>2011-03-09T15:31:45Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|Take, Eat}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“Y mientras comían, tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo partió, y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo”. ''Mateo 26: 26&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Todos nosotros estamos de acuerdo sobre este punto en particular: que la cena del Señor es un emblema de la muerte de Jesucristo y de la manera por medio de la cual recibimos beneficios de Él. El pan representa Su cuerpo quebrantado, y la copa, Su sangre derramada; éstos, cada uno separadamente, representan Su muerte. La manera mediante la cual recibimos este pan y este vino es comiéndolo y bebiéndolo, y ésto representa la manera en que recibimos el mérito y la virtud del Señor Jesucristo, por una fe: que es como comer, y por una confianza: que es como beber, por la recepción de Cristo en nuestros corazones espiritualmente, tal como recibimos el pan y el fruto del vino en nuestros cuerpos en el plano físico. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces, esas dos palabras, “Tomad, comed”, son las instrucciones prácticas relativas a la cena del Señor, y entendidas espiritualmente, son el Evangelio de la gracia de Dios. Cada discípulo del Señor Jesús puede oír una voz espiritual que le dice, concerniente a Cristo: “Toma, come”; y a ustedes, que temen no ser Sus discípulos, si desean serlo, si hay una gran urgencia en su corazón de poseerlo a Él, si están comenzando a buscarlo a tientas, me aventuro a decirles también a ustedes: “Tomen, coman”. Ésta es la manera de recibir a Cristo: tomarle, participar de Él. Entonces es suyo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ustedes probablemente recuerden la extraordinaria historia de la conversión de Agustín, quien, después de una vida de pecado, experimentó remordimientos de conciencia. Su aflicción de corazón era muy grande, y no encontraba la paz hasta que oyó una voz, que pudo haber sido probablemente la voz de un niño al otro lado de la pared –no podría decirlo- pero oyó esa voz, que le repetía una y otra vez: “''Tolle, lege; tolle, lege; tolle, lege''”; esto es, “Toma y lee; toma y lee”; y Agustín tomó el Libro, lo leyó, lo estudió con fe y encontró la paz con Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo he orado pidiendo que pueda haber algún joven ‘Agustín’ aquí esta noche. En este momento su nombre pudiera ser ‘detestable’, pues vive en el pecado y la iniquidad. Oro pidiendo que sea atribulado en su conciencia y que pueda ser llevado a Cristo por estas palabras del texto, “Tomad, comed”. ¡Que este mandamiento cale hondamente en ustedes, que lo tomen y lo pongan en práctica y que mi Señor haga un gran santo del algún gran pecador -incluso un Agustín- que defienda valerosamente el Evangelio de la gracia de Dios, aunque ahora peque desesperadamente contra el amor todopoderoso! ¡Oh, que así sea! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Con ese objetivo en mente, paso a considerar mi texto. No podemos dividirlo en muchas partes, ¿no es cierto? No hay sino dos palabras sobre las cuales deseo hablar especialmente, así que ésas serán las divisiones de mi tema. Primero, “''Tomad''”, y en segundo lugar, “''comed''”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I.''' La primera palabra que quiero que noten es: “TOMAD”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así como un doctor puede escribir al comienzo de una receta, “Tomar tales y tales medicinas”, así también el Señor Jesús les dijo a Sus discípulos: “Tomad”. La palabra se traduce a menudo en nuestro Nuevo Testamento: “Recibid”. Jesús extiende Su mano con el pan, y dice: “Recíbanlo; tómenlo en sus manos”. “Tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo partió”, y luego presentándolo a Sus discípulos, les dijo: “Tomad, tomad, tomad”, y ellos lo tomaron, y el pan fue suyo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ésta es la manera en que los santos reciben las bendiciones: las toman. Ésta es la manera en que los pecadores reciben también bendiciones: por la gracia de Dios, las toman. Ellos no las hacen, ni las ganan, ni las merecen, antes bien, las reciben. Jesucristo les dice: “Tomad”, y ellos obedecen Su voz, y las toman. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ninguno de los que estaban a la mesa dijo: “Señor, no me atrevo a tomarlo”; mas cuando Jesús les dijo: “Tomad”, ellos lo tomaron. El mejor plan es aceptar siempre cualquier cosa buena que te fuere ofrecida. Si fueras un hombre muy pobre, y alguien te ofreciera un chelín (moneda), yo me aventuro a darte este consejo: debes tomarlo. No te quedes ahí diciéndole a la persona: “Mi querido señor, pienso que la caridad indiscriminada está mal; usted no ha investigado nunca mi carácter; usted no sabe si yo soy realmente uno de los desempleados”. Si alguien te ofreciera un chelín (moneda), amigo mío, es mejor que lo recibas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si tienes mucha hambre, y hay algún pan disponible que te ofrecen, es mejor que te lo comas. Si te lo ofrecen libremente, recíbelo libremente. Si ese fuera mi caso, yo no haría ninguna pregunta, no solamente por motivos de conciencia, sino por motivo de mi necesidad; y yo haría especialmente eso cuando, por la gracia de Dios, el don me fuere presentado por el Señor Jesucristo. Si Él dice: “Toma”, yo lo tomo. Nada hay más libre que un don, en verdad, excepto que tal vez soy más libre de tomar que de dar; pues nuestras pobres naturalezas están contraídas y no siempre somos libres de dar; pero, ciertamente, incluso el egoísmo puede hacernos libres de tomar. Un santo deseo de su propio bien y de su propia salvación, puede impulsarlos a decir: “Sí, Señor, si Tú das libremente, sin duda lo tomaré libremente”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y yo no supongo que el Maestro haya extendido Su mano a Pedro con ese trozo de pan, durante media hora. Él le dijo: “Toma”, y Pedro lo tomó. “Toma”, le dijo a Juan; y Juan lo tomó. “Toma”, le dijo a Felipe; y Felipe lo tomó de inmediato. Bienaventurados son quienes aceptan a Cristo la primera vez que oyen acerca de Él. Bienaventurados son todos aquellos que simplemente lo aceptan; pero tres veces bienaventurados son aquellos que, cuando Él dice: “Tomad”, por medio de Su gracia, responden prontamente: “¡Sí, Señor, eso haré; y te doy las gracias, también, de todo corazón!” Recuerden aquellas palabras que hemos cantado con mucha frecuencia: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“La vida se encuentra sólo en Jesús,&amp;lt;br&amp;gt;Sólo allí te es ofrecida,&amp;lt;br&amp;gt;Ofrecida sin dinero y sin precio,&amp;lt;br&amp;gt;Es el don de Dios enviado gratuitamente;&amp;lt;br&amp;gt;Toma la salvación&amp;lt;br&amp;gt;Tómala ahora, y sé feliz”.''&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Yo anticipo que alguien diga: “¿He de tener a Jesucristo al tomarlo simplemente?” Precisamente así es. ¿Necesitas un Salvador? Allí está Él; tómalo. ¿Deseas ser liberado del poder del pecado? Él puede liberarte; tómalo para que lo haga. ¿Deseas llevar una vida santa y piadosa? Aquí hay Uno que puede lavarte y hacerte capaz de vivir así. Tómalo, pues Él es tan libre como el aire; no tienes que pagar por Cristo más de lo que tienes que pagar por la siguiente bocanada de aire que ingrese en tus pulmones. Recíbelo dentro de ti; recíbelo dentro de ti; eso es todo lo que tienes que hacer. Si te oyera decir: “Difícilmente puedo pensar que yo, un pobre pecador indigno, tal como soy, y precisamente como soy, pueda tomar a Cristo”, yo te respondería: éste es el Evangelio que tengo que darte, pues Jesús dijo: “Tomad, comed”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El Señor Jesús les dijo a Sus discípulos: “Tomad, comed; esto es mi cuerpo”. Bien, entonces, antes que nada, vean cuán libre ha de ser Cristo para los pecadores, porque ''Él tenía un cuerpo''. En una época, Él no tenía un cuerpo; el bendito Hijo de Dios era espíritu puro; pero condescendió a nacer de María. Me parece verlo como un infante acunado en el pesebre. El Señor de todo se abatió tan bajo que reposó en el pecho de una mujer, y permitió que le pusieran pañales como a cualquier otro bebé. El Señor de la vida y de la gloria ha asumido la naturaleza humana; vive en Nazaret como un niño, crece como un obrero, el reputado Hijo de un carpintero. ¡Obrero, tu Dios se hizo un Carpintero! Tómalo. Ciertamente, el propio hecho de que haya venido en medio de los hombres y que tomara un cuerpo como el nuestro, debería animarnos a sentir que podemos tomarlo libremente. Su nombre es Emanuel, Dios con nosotros; y si es Dios con nosotros, hueso de nuestro hueso y carne de nuestra carne; si ha llegado tan lejos como para bendecirnos, no hemos de dudar de que podemos tomar libremente lo que vino a traernos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Habiendo tomado un cuerpo, además, recuerden a continuación que ''en ese cuerpo sufrió''. Si tuviera que decirles que Jesucristo ''estaba dispuesto ''a morir para redimirlos, tal vez estaría probando su fe; pero cuando tengo que decirles que murió, que la obra de su redención ha sido consumada, que Jesús clamó: “Consumado es” antes de inclinar Su cabeza y entregar Su espíritu, que Él ha pagado la deuda suya hasta el último centavo, y que cargó con sus pecados en Su propio cuerpo sobre el madero, éstas son, en verdad, buenas nuevas; pues me conduce a decir además que, si Él ha hecho todo ésto, y murió, “el justo por los injustos, para llevarnos a Dios”, podemos tomarle libremente, pueden estar seguros de ello. Dios ha establecido a Su Hijo para ser la propiciación por el pecado; por tanto, oigámosle decir: “Tomad, tomad, tomad”, y tomemos lo que nos es presentado libremente. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mis queridos amigos, recuerden que como Jesús tenía un cuerpo, y murió en ese cuerpo, ''el propósito de esa muerte ha de estar fuera de Él mismo''. Él no se hizo hombre para ganar algo con ello. Él no murió por cualquier propósito que tuviera que ver con Su gloria exclusivamente. Él no tenía ninguna necesidad de poner un velo a los esplendores de Su Deidad con un cuerpo mortal, y morir en ese cuerpo; entonces tuvo que haber muerto por otras personas; por tanto, tómenle, tómenle. ¿Acaso no ven que estos frutos no están en el árbol para el árbol mismo, sino para que el transeúnte hambriento pueda alzar su mano, y tomar y comer? ¡Oh, que tuvieran el sentido de ver que Cristo murió para expiar unos pecados que no son suyos, y que, por tanto, pueden tomarle, y tomarle de manera sumamente libre! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, ''Jesús mismo ofrece lo que se nos pide que tomemos''. Noten el contenido del versículo: “Tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo partió, y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed”. Lo que Jesús da, tú puedes en verdad tomarlo. Yo no puedo ir y tomar los bienes de otro hombre; pero puedo tomar lo que Él me da. Si me arrestaran por robar algo, y yo pudiera decir verdaderamente: “Éste hombre me lo dio”, no sería un ladrón, ¿no es cierto? Y si Jesucristo te da la gracia, y tú la tomas, no eres ningún ladrón; de hecho, ningún hombre se aferra a Cristo sin un derecho legal para hacerlo. Si un perro se introduce en la carnicería, y se roba un trozo de carne, el carnicero podría tal vez quitárselo, e impedirle que coma lo que se ha robado; pero no hubo nunca ningún pecador que viniera y se asiera de la misericordia de Cristo, y que Cristo se la arrebatara luego. Tómala pecador, y la tienes garantizada; si te atreves a tomarla, Dios hace que la apropiación por fe sea algo adecuado, pues Él te pide que lo hagas. Tú nunca puedes tener un derecho para con Cristo, excepto este derecho: que Él les da libremente a los necesitados, conforme a las riquezas de Su gracia. Por tanto, oigan esta palabra que dice: “Tomad, tomad, tomad”. Reciban, acepten, agarren, aprópiense y tomen. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando Jesucristo les dijo a Sus discípulos: “Tomad”, era su Maestro, ''y la palabra de Cristo era ley para los discípulos''. No había ni uno solo de ellos que hubiera podido decir: “Yo no lo tomaré”, sin ser culpable de desobediencia. Oh, que alguna pobre alma que está aquí esta noche dijera: “¿Hay un Salvador? Entonces yo lo recibiré; yo lo tomaré”. Que el Espíritu de amor infinito se mueva en la mente de ustedes para hacerlos decir, impulsados por una especie de santa desesperación: “Yo voy a tomarlo ahora mismo. Ya sea que pueda o no pueda, yo lo tomaré. Aunque mi sentido de pecado me diga; ‘no debes hacerlo’, y aunque el diablo me diga: ‘no te atrevas’, yo lo tomaré. Yo creo en verdad, yo voy a creer, debo creer que Jesús murió por mí, y yo lo tomaré para que sea mi Salvador y me voy a apoyar entera y únicamente en Él”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si tú hicieras ésto, no perecerás nunca; pues a ti, y a todos los que son discípulos de Cristo, o que se conviertan en Sus discípulos, viene esta palabra de mando: “Tomad, tomad, tomad, tomad, tomad”. ¡Oh benditas nuevas, y dulce mandamiento; que el Divino Espíritu los conduzca ahora a obedecerlo, y a tomar a Cristo como su Salvador! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''El segundo encabezado del sermón es COMED: “Tomad, comed”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Comer es una cosa tan simple que no creo que deba tratar de explicarlo. Regresen a casa y tomen su cena, y lo entenderán; cada hombre hambriento, es más, cada hombre viviente, sabe qué es comer. Bien, ¿qué es comer? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Comer es''la recepción de tipo más íntimo''. Es introducir, dentro de su propio ser, el alimento puesto ante ustedes. Bien, ahora, ustedes que son Sus discípulos, tomen a Cristo; tomen a Cristo mismo, a Su obra, Su sangre, Su justicia; tómenlo en su propio interior. Digan: “Ésto es para mí; lo tomo para mí”. Yo no tengo un socio en nada de lo que como; lo que he comido, lo he comido para mí. Yo no puedo comer por tu esposa o por tu hijo; debes hacer eso por ti mismo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, querido corazón, ¡sé lo suficientemente valeroso para tomar a Cristo todo para ti mismo! Di; “Este Salvador moribundo es mío, este Salvador resucitado es mío. Yo espero que multitudes de otras personas lo tomen, pero en cuanto a mí, yo voy a tomarlo”. Cuando como, estoy haciendo una acción para mí mismo; ha de ser así. Y ahora, por fe, tomo al bendito Hijo de Dios, que se hizo hombre, y vivió, murió y resucitó y lo tomo para mí dentro de mí. Yo les suplico que hagan eso esta noche. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Es una acción egoísta”, dirán ustedes. ¡Ah, pero es una acción necesaria! Ustedes han pecado personalmente y deben tomar personalmente a Cristo. Ustedes están personalmente hambrientos y deben comer personalmente. ¿Quién ha de condenarlos por ello? Ustedes no podrían ser egoístas para con otros si ustedes mismos no comieran, porque no estarían vivos durante largo tiempo para ser egoístas o no. Vean con cuidado esto, entonces. “Tomad, comed”. Reciban a Cristo con la más íntima recepción. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Comer es también ''un tipo de recepción muy familiar''. Es algo que puede ser llevado a cabo por un obrero así como por un noble; en verdad, pienso que es realizado mejor por el obrero que por el noble. ¡Cómo ''pueden'' comer, algunos de ellos! ¡Y cómo ''pueden'' comer las personas de sencillo corazón cuando vienen a Cristo! Si quieren ver comer, no traigan a “mi señor y a mi señora” a los exquisitos bocadillos de un festín; antes bien inviten a muchos hombres pobres y de rudo trabajo, quiero decir, hombres que no han tenido suficiente que comer durante un mes; y hay muchas de esas personas a nuestro alrededor. Siéntenlos y pónganles enfrente un buen trozo de carne y verán cómo comen. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Comer es un tipo de acción muy familiar; y, por tanto, en relación a la gran salvación de Jesucristo, nosotros decimos: “Tomad, comed”; introdúzcanlo dentro de ustedes; pueden hacer ésto igual que toman sus comidas; así como los que están hambrientos y famélicos devoran su alimento, así tomen dentro de ustedes al Señor Jesucristo, confiando en Él, recibiéndolo dentro de ustedes, diciendo: “Él es y Él será completamente mío”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, cuando tiene que comerse la comida, no sólo se trata de tragarla, sino que ''tiene que ser masticada''. Está en la boca, y se le da vueltas y vueltas de tal manera que se discierne su sabor. Piensen mucho en el Señor Jesucristo y en Su obra redentora de esta manera, ahora. Lean, reflexionen, aprendan y digieran internamente la verdad. Si piensan que no pueden creer, piensen mucho en lo que deben creer, y en Aquel en quien deben creer. Esta masticación será una admirable forma de alimentarse del alimento celestial. Jesús murió por los pecadores; Jesús murió en el lugar, en la posición y en sustitución de los pecadores. Mastiquen esa gran verdad, y denle vueltas y vueltas; muerdan esa grandiosa doctrina con los dientes de su pensamiento, hasta que introduzcan en sus almas su propia médula y su propia esencia. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Luego hay ''una asimilación interna ''que va con los alimentos. Pasando a nuestras partes más interiores, comienza a reconstruir nuestro cuerpo, hasta que el alimento que era pan hacía un rato, se convierte en carne y sangre. Retengan a Cristo en su pensamiento, en su fe y en su corazón, hasta que al fin Cristo se haga uno con ustedes, y alimente su alma así como su alimento reconstituye su cuerpo. “Tomad, comed”. Ustedes saben que toda la actividad de comer es, después de todo, introducir los alimentos dentro de la persona. Ese es el punto principal, introducirlo de tal manera que se vuelva propio y sea parte de uno. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, hagan eso con el bendito Señor Jesucristo y con toda Su obra portentosa por los pecadores. Tómenlo hasta que se introduzca en ustedes, y se vuelva parte y porción de ustedes mismos, y tengan vida por ello. “Tomad, comed”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me parece que oigo decir a alguien: “¡Oh, pero parece ser algo demasiado extraordinario que yo, un pobre ser, un ser indigno, haya de tomar a Cristo para que sea mío, igual que tomo un pedazo de pan para que sea mi alimento!” Bien, escucha ésto: ''Él ordena que lo hagas''; ésa garantía te basta. Aunque yo fuera el más indigno ser que todavía está fuera del infierno, si Jesús me pide que confíe en Él, puedo confiar en Él. Su mandato es suficiente garantía para que yo lo haga. ¡Oh hijo de Dios, y oh tú que deseas en verdad ser Su hijo, Él les ordena que coman; yo les suplico que no vacilen, y que Su mandato sea la garantía de ustedes! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Jesucristo condesciende a compararse con el pan; pero ¿''cuál es el bien del pan si no fuera comido''? ¿Por qué se elabora el pan excepto para ser comido? ¿Por qué es colocado en hileras en las panaderías? ¿Para ser mirado? ¡Cómo! ¿Habiendo hombres hambrientos en las calles, el pan es puesto allí como un ornamento sólo para ser contemplado? No, la propia confección del pan significa alimento para los hombres, y cuando el Señor Jesucristo se compara con el pan, quiere decirnos que Él se ha puesto en esa figura y en esa forma en el pacto de gracia, porque pretende que lo recibamos. Pan que no es comido, ¿en qué puede convertirse? El maná del desierto que no era comido, sino almacenado, engendraba gusanos y apestaba. Nuestro Señor Jesucristo no es útil a menos que los pecadores sean salvados por Él. ¡Un Salvador que no salve a nadie! ¡Vamos, es como un hombre que abre una tienda pero que no vende ningún bien nunca, o como un doctor que llega a un pueblo, pero que nunca recibe a ningún paciente! Cristo debe salvar a los pecadores, quiere salvar a los pecadores y anhela salvar a los pecadores. Vengan y tómenlo, entonces. Vengan y coman de ese pan que deja de cumplir su propósito, su designio y su objetivo, si no es comido. Cristo como pan, pero que no es comido, se vuelve un Cristo deshonrado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Tomad, ''comed''”. Bien, ¿qué significa comer? Yo les diré. Cuando dos hombres, en el oriente, tomaban una pieza de pan, y la partían, y uno comía una pieza, y el otro comía la otra pieza, eso ''significaba amistad''. Si yo entrara en la tienda de un árabe, no podría decir de qué clase de individuo se trataba. Podría matarme durante la noche, y robarme; pero si me ofrece un pedazo de pan, y yo como con él, no me hará daño. Los derechos de hospitalidad han asegurado mi seguridad, y hay amistad entre él y yo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, vean, Dios se deleita grandemente en Jesucristo; ¿acaso no se han de deleitar ustedes también en Él? Entonces, vean, han partido juntos el pan, pues ustedes se deleitan en la misma Persona. Dios confía Su honor a Cristo; ¿confiarán ustedes su alma a Cristo? Entonces ustedes han partido el pan con Dios. “Tomad, comed”, dice Jesús, y en el momento en que lo hagan, hay una amistad, es más, hay un pacto establecido entre ustedes y el grandioso Padre. Yo sé que Dios ama a Jesucristo más que yo; pero pienso que casi podría decir que Él no lo ama más verdaderamente que yo. ¡Oh, cuán grande Cristo es Él para mi alma! Y Dios le ama también, así que Él y yo estamos de acuerdo en una cosa; estamos de acuerdo sobre un precioso Salvador, y hay un lugar donde estrechamos nuestras manos y somos amigos para siempre. Nuestro pacto es realizado sobre el sacrificio de Cristo. En el instante en que has comido de Cristo por la fe, hay una eterna amistad establecida entre tu Dios y tú. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, cuando Jesús dice; “Tomad, comed”, Sus palabras nos declaran que ''Él ha de convertirse en el verdadero alimento de nuestra alma''. Las almas tienen que ser nutridas por la verdad de Dios, que es su alimento espiritual; y el Señor Jesucristo se convierte en el alimento de nuestro corazón y en el sustento de nuestro espíritu, cuando pensamos en Él y meditamos en Él. Entonces piensen mucho en Él; confíen mucho en Él; mediten mucho sobre Él, pues así se volverán fuertes en el Señor y serán reconstituidos para alcanzar la estatura de un varón perfecto en Cristo Jesús. Esto es lo que quiere decir el texto: “Tomad, comed”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ésto también retrata ''la maravillosa unión que hay entre Cristo y Su pueblo''. Aquello de lo que el hombre se ha alimentado se convierte en algo unido indisolublemente a él mismo. No puedes quitarle a un hombre lo que comió ayer; se ha convertido en una parte de él mismo. Me he enterado de un sacerdote que le quitó un Nuevo Testamento a un niñito irlandés. El muchacho le dijo: “Hay diez capítulos que no me puede quitar”. “¿Por qué?”, le preguntó el sacerdote. “Porque me los aprendí de memoria”. Y así, cuando ustedes reciben a Cristo dentro de su corazón, no puede ser apartado de ustedes. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? Hay tal unión entre Cristo y el creyente, que no puede haber una separación entre ellos sin la destrucción de Cristo y también del creyente. Están tan entretejidos, enlazados y entremezclados, que no hay ninguna posibilidad de separarlos. Entonces, el Salvador les dice a ustedes, que son Sus discípulos, y a ustedes, que desean serlo: “Tomad, comed”. Cuando nos vean tomar el pan y comerlo en unos momentos más, sentados a la mesa de la comunión, así tomen ustedes a Cristo y aliméntense de Él, pues Él les ordena hacerlo así. “Tomad, comed”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Queridos corazones, no se les dice nada en relación a ganarlo, no se les dice nada en relación a comprarlo, no se les dice nada acerca de estar preparado para ello; vengan entonces, tomen al Señor Jesucristo, y Él es suyo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“¡Oh!”, dice uno: “yo voy a confiar en Cristo, yo lo voy a tomar ahora”. Ustedes, jóvenes y jovencitas que están presentes aquí esta noche, en el primer domingo de mi retorno después de mi descanso: sería una noche muy feliz para mí si se atrevieran a tomar a Cristo. Cuando experimentaba turbación de alma, me parecía como si no debería tomar a Cristo. Hace años, cuando era un muchacho de quince años, ese solía ser mi problema. No me atrevía a pensar que Cristo murió por mí, y tenía miedo de confiar en Él con mi alma. Gradualmente caí en la cuenta de que, si me atrevía a hacerlo, podría hacerlo; y que, si en verdad lo hacía, estaría hecho y nunca sería deshecho; que si aprovechaba la oportunidad de que cuando Jesucristo pasara yo tocara el borde de Su manto, aunque fuera una terrible muestra de presunción como parecía serlo, sería, a pesar de todo, una presunción santa y bendita, y Cristo no se enojaría conmigo por ello. Y yo sé que, cuando creí por primera vez, parecía ser un ladrón que había robado una salvación; pero luego el Señor Jesús nunca me la quitó. Me aventuré, me arriesgué, me atreví a decir: “Yo creo en verdad que Él puede salvarme, y que me ha salvado”. Me apoyé en Él, y entonces encontré la paz. Hagan eso esta noche. Jesús dijo: “El que cree en mí, tiene vida eterna”. La posee ahora, es eterna y nunca la perderá. El que cree en Jesucristo no es condenado, a pesar de toda su culpa y de sus pecados pasados. “El que creyere y fuere bautizado, será salvo”. Ahora les he dado el Evangelio completo; así es como el Maestro lo expuso, y yo no he dejado fuera ninguna cláusula. “El que creyere y fuere bautizado, será salvo”. “Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Tomad, comed; tomad, comed; tomad, comed”. Me gustaría decirles estas palabras de tal manera que ustedes, que están allá arriba en los balcones, las oyeran dentro de veinte años, si vivieran; de tal manera que, cuando recuerden estas lámparas y estas hileras de personas, les parezca oír todavía una voz que clama, ''tal vez, desde mi tumba'': “Tomad, comed”. Pero no esperen veinte años, “Tomad, comed”; háganlo esta noche. ¡Que Dios les ayude a todos a hacerlo, por Jesucristo nuestro Señor! Amén.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

	<entry>
		<id>http://es.gospeltranslations.org/wiki/El_Martirio_de_Esteban</id>
		<title>El Martirio de Esteban</title>
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				<updated>2011-03-04T17:36:57Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|Stephan's Martyrdom}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios, y dijo: He aquí veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios”. ''Hechos 7: 55, 56.&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
El verdadero celo cristiano procura realizar la obra más excelsa entre todas aquellas que puede hacer la humanidad santificada. Primero, Esteban nos es presentado como un repartidor de las limosnas de la iglesia entre las viudas necesitadas. Él ejercía lo que era virtualmente, si no nominalmente, el oficio de diácono. Como era honesto y sin doblez, y guardaba el misterio de la fe con limpia conciencia, estaba muy bien preparado para su obra. Sin duda había ejercido bien el diaconado, ganando para sí un grado honroso, y mucha confianza en la fe que es en Cristo Jesús. Aunque el oneroso deber de servir a las mesas podría haberle excusado de cualquier otro servicio, pronto le encontramos, lleno de fe y de poder, haciendo grandes portentos y milagros entre la gente; y no contento ni siquiera con eso, le vemos defendiendo la fe ante una sinagoga de sutiles y filosóficos negadores de la verdad. Éstos, junto con sus aliados, convirtieron al valiente diácono en blanco de sus ataques, y él se levantó de inmediato para convertirse en un testigo irresistible en favor del Evangelio. Esteban, el diácono, se convirtió en Esteban, el predicador. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Este hombre santo, no solamente usaba en un área los dones que poseía, sino que teniendo habilidades para una forma de servicio más espiritual, las puso de inmediato sobre el altar de Cristo. Y eso no fue todo, pues recibió una promoción más excelsa: cuando se hubo convertido en Esteban, el sabio apologista y valeroso defensor de la fe, no se detuvo allí, sino que se remontó al rango más elevado del ejército cristiano pues ganó la dignidad incomparable, la nobleza más distinguida, la gloria más esplendente: me estoy refiriendo al nombre y al honor del mártir. Esteban, el diácono, es primero Esteban, el predicador, y posteriormente Esteban, el testigo fiel y veraz, que entrega su vida para sellar su testimonio con su sangre. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si se pusiera a la vanguardia a un hombre sin celo, gradualmente regresaría a su insignificancia innata o se quedaría al frente solamente para ser un impedimento y un estorbo; pero si pusieran en la retaguardia del ejército de los elegidos de Dios, a un hombre cuya alma estuviera llena de un fuego santo, pronto se enterarían de ese Sansón desconocido en los campamentos de Dan, y pronto se abriría paso hasta la vanguardia y haría saber a los enemigos de la iglesia de Dios que el Espíritu Santo mora todavía en medio de Sion, en los hombres que ha elegido. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si aquí hubiera algunos hermanos y hermanas cuyas habilidades están dormidas todavía, si han sido útiles en cualquiera de los caminos de la vida, yo espero que inquieran si no tienen talentos para una esfera más amplia todavía -sin buscar ambiciosamente los principales lugares de la sinagoga- ya que en estos días malos tenemos necesidad de usar a cada soldado del ejército al máximo de su capacidad. Cuando el mundo está tan oscuro, necesitamos que cada lámpara proyecte alguna luz y que queme todo el aceite que contenga, para que su luz sea lo más brillante posible. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esteban es expuesto ante nosotros, en las palabras de nuestro texto, como un mártir. No me voy a concentrar tanto en el testimonio que Esteban da de la verdad, sino más bien les voy a pedir que miren, primero, ''el poder del Espíritu Santo en él, para que aprendan a confiar en ese poder divino''; en segundo lugar, les voy a ''pedir que contemplen la fuente de su consuelo al morir, para que aprendan a contemplar esa misma visión encantadora''; y, en tercer lugar, ''voy a pedirles que noten el efecto de este consuelo celestial en él, con la esperanza de que vivamos en paz y que nos quedemos dormidos en tranquilidad, por la fe en la misma gran visión que alentó a sus ojos moribundos''. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''Primero, entonces, esta mañana quiero que toda mente devota OBSERVE EL PODER DEL ESPÍRITU SANTO SEGÚN FUE REVELADO EN LA MUERTE DE ESTEBAN, CON EL OBJETO DE QUE APRENDAMOS A CONFIAR EN ESE PODER. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En este punto nuestras uvas cuelgan en racimos, y quisiéramos que los notaran por separado. Quisiera que observaran, primero, que a pesar de que Esteban estaba rodeado de acérrimos enemigos que sin duda lo denigraban y criticaban y hacían observaciones para turbarlo y distraer su mente, ''su defensa es maravillosamente lógica, clara, coherente y convincente''. Si leen todo el capítulo séptimo, podrían pensar que fue predicado desde este púlpito a una audiencia tan afectuosa, apreciativa y atenta como podrían serlo ustedes: no se lee como un mensaje dirigido a una turba furiosa de intolerantes que crujían sus dientes ante el hombre valeroso y solitario. En un lenguaje calmado, apacible, deliberado, valeroso y punzante, trata con ellos sin temor y sin reservas. Toma el afilado cuchillo de la Palabra y hace pedazos los pecados del pueblo, poniendo al descubierto lo íntimo de sus corazones y los secretos de sus almas: inserta deliberadamente la espada de dos filos entre las junturas y la médula y descubre los pensamientos y las intenciones de sus corazones. No habría podido predicar ese escrutador mensaje con mayor temeridad si hubiera tenido la seguridad de que le agradecerían esa operación; el hecho de que su muerte era cierta no tuvo en él ningún otro efecto que volverlo todavía más celoso. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Qué secreto espíritu le ayudó a hablar así? ¿Había preparado ese discurso mediante una larga elaboración y con mucha previsión? ¿Había compuesto cuidadosamente esa oración, y la había revisado y se la había aprendido de memoria? Nada de eso. No había desatendido las palabras de nuestro Salvador: “Mas cuando os entreguen, no os preocupéis por cómo o qué hablaréis; porque en aquella hora os será dado lo que habéis de hablar. Porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros”. Apresado, sin duda, sin un aviso previo, y arrastrado delante del concilio sin que se le permitiera algún momento para deliberación, Esteban se puso en pie y defendió la verdad que está en Jesús y se defendió a sí mismo con toda la habilidad de un experimentado polemista, con toda la deliberación de alguien que se había preparado laboriosamente, y con todo el vigor de alguien cuyo celo era como fuego en sus huesos. ¿A qué atribuimos esa oratoria y esa sabiduría que sus enemigos no podían impugnar? ¿A qué, en verdad, sino al Espíritu Santo? El Espíritu Santo ejerce tal poder sobre la mente humana que si es Su voluntad, habilita a Sus siervos a recoger sus pensamientos dispersos, a concentrar todos sus poderes en un solo tópico, y a decir las palabras de verdad y sobriedad con un poder inusual. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, el Señor puede también tocar la lengua tartamudeante, y hacerla tan elocuente como lo hizo con Isaías en otros tiempos, para que proclame la verdad en el nombre del Señor. No voy a argüir, hermanos míos, que un ministro, cuando es llamado a hablar por Cristo, debe hablar improvisadamente en todo momento. Yo difiero por completo de esa opinión, pues creo conscientemente que cuando tenemos la oportunidad de estudiar la Palabra, si la desperdiciáramos en la ociosidad, sería una clara presunción confiar en la inmediata inspiración del momento; pero ésto diré: que si el ministro cristiano o cualquiera de ustedes, fueran llamados a hablar por su Maestro no habiendo tenido ninguna preparación, pueden depender confiadamente del Espíritu de Dios para que les ayude en su hora de dificultad, sí, y voy a ir más lejos, y voy a decir que si un mayor número de nuestros ministros creyeran en el poder del Espíritu de Dios para que les ayude en su predicación, ésta sería más efectiva, y Dios la bendeciría más grandemente para la conversión de las almas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me parece que es algo completamente absurdo y hasta pudiera constituir un ejemplo de blasfemia, que un predicador pida la ayuda del Espíritu Santo para su predicación, pero que luego extraiga su manuscrito de su bolsillo. ¿Dónde está el espacio para la obra del Espíritu Santo? ¿Acaso no ha corrido el pestillo y no ha atrancado la puerta para que no entre? ¿Qué pensamientos podría sugerirle? ¿Qué emociones podría despertarle? El papel es la guía de la hora. Vamos, entonces, ¿habrían de burlarse del Espíritu Santo pidiéndole una ayuda que no utilizarán? O, si me aprendiera de memoria cada una de las palabras, y me aprendiera cada frase, y luego llegara al púlpito y pidiera recibir la unción del Santo para que me ayude a hablar, ¿qué haría sino pedirle que hiciera lo que no quiero que haga, pues me puedo valer tan bien con Él como sin Él, y si me ayudara tendría que ser apartado fuera de mi camino? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me parece que después del debido estudio de la Palabra, si el predicador o si tú, querido amigo, un maestro, te entregaras a la enseñanza del Espíritu de Dios, aunque ocurran distracciones, aunque en la congregación o en la clase de la escuela dominical haya mucho que te pudiera distraer y hacerte perder el hilo de tu discurso, si te apoyaras en el Espíritu de Dios, Él te capacitaría para hablar con poder, relevancia, propiedad y personalidad. Es mejor ser enseñado por el Espíritu Santo que aprender la elocuencia partiendo de las reglas de la oratoria, o sentado a los pies de maestros de retórica. El Espíritu de Dios debe ser honrado en la iglesia en ese sentido. Estoy muy seguro de que si Él fuera más glorificado encontraríamos más personas que hablarían con poder, porque encontraríamos más personas que hablan con el Espíritu Santo. Que esta primer comentario sea aceptable para ustedes en lo que vale, pero estoy persuadido de que hay muchísimo más en ello de lo que algunos quisieran ver. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Noten, a continuación, ''la energía del Espíritu Santo mostrada conspicuamente en la actitud y el porte del mártir''. ¡Qué porte tan real y triunfante tiene el hombre! No está en medio de la rugiente multitud con sus ojos fijos en el suelo como si, humildemente paciente y obstinadamente resignado, se sintiera aplastado y consternado; tampoco lanza su mirada en torno suyo para observar alguna brecha en el denso anillo de crueles perseguidores; no tiene ningún deseo de eludir el castigo por dar testimonio. Mira empeñosamente al cielo. Sus oponentes pueden crujir sus dientes pero no pueden turbar esa fija mirada. Su alboroto y su vehemencia pueden tronar como las rugientes olas del mar; pero desde la serena profundidad de su paz interior, su alma mira a lo alto, al trono eterno, y queda embelesado con un deleite indecible. Desprecia el tumulto del pueblo, no porque lo desdeñe, sino porque su alma entera está absorta en una bienaventurada adoración de su Dios. Mira hacia el cielo, y lo que contempla a través de sus portales abiertos, lo conduce a ser indiferente a los enemigos sedientos de sangre de la tierra. ¡Es un asombroso cuadro! Contemplen al hombre de rostro resplandeciente que mira fijamente a lo alto, como si siguiera el camino en el que su alma pronto batiría sus alas; como si viera a los grupos angélicos ascendiendo y descendiendo para ministrarle; como si tuviera una comunión perpetua y permanente con el grandioso Padre de los espíritus, y no debía ser turbado ni ser distraído por la furia de los hombres. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El porte de muchos mártires ha sido singularmente heroico. Si leyeran el libro de Fox: “Actas y Monumentos”, se sorprenderían al comprobar cuántos de los hombres y mujeres más humildes se comportaron como si hubieran sido herederos de la sangre más noble. En cada época el linaje de los mártires ha sido de una verdadera nobleza. Cuando el rey de Francia le dijo a Bernard Palissy que si no cambiaba sus sentimientos se vería forzado a entregarlo a la Inquisición, el valeroso alfarero le dijo al rey: “Usted dice que se vería forzado y, sin embargo, usted es un rey; pero yo, que soy sólo un pobre alfarero, no podría ser forzado a hacer nada que yo no considerara correcto”. Seguramente el alfarero era de una condición más regia que el rey. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Son innumerables los casos -y deberían ser como palabras de uso corriente entre ustedes- en los que hombres humildes, débiles mujeres débiles y tiernos niñitos han mostrado un heroísmo que la hidalguía nunca podría igualar. El Espíritu de Dios ha tomado a los sabios en su propia astucia, y ha respondido a los instruidos con la boca de los bebés. Las respuestas de personas sin educación entre los mártires eran frecuentemente tan apropiadas para el punto y daban tan bien en la propia cabeza del clavo, que casi podría suponerse que hubieran sido elaboradas en una asamblea de teólogos; pero provenían de una mejor fuente, pues fueron proporcionadas por el Espíritu Santo. El porte de los sangrantes testigos de nuestro Señor ha sido digno de su oficio, y muy bien se han ganado el título de “El ''noble'' ejército de los mártires”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, hermanos míos, si ustedes y yo deseamos caminar entre los hijos de los hombres sin orgullo, pero con un porte que fuera digno de nuestro llamamiento y adopción como príncipes de la sangre real del cielo, debemos ser entrenados por el Espíritu Santo. Esos hombres que son cobardes, cuya profesión de religión es tan tímida que difícilmente se puede saber si la han hecho o no; esos hombres que van pusilánimemente por el mundo pidiendo permiso para vivir, no saben nada del Espíritu Santo. Pero cuando el Espíritu Santo mora en un hombre, entonces conoce lo que es recto y lo sostiene, y no es un siervo de los hombres. Tratándose de un asunto de conciencia, el hombre más humilde entre los humildes desde cualquier perspectiva, no reconoce a ningún amo sino a su Señor que está en el cielo. Ningún hijo de Dios necesita temer el rostro de los grandes, pues él es mayor que ellos; él es el verdadero aristócrata de Dios: Dios ha puesto en su interior un espíritu de rectitud y de entereza para lo recto, que el mundo no podría doblegar, sin importar que sus ráfagas aúllen cuanto quieran. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo le pido a Dios que podamos aprender la valentía del cristianismo, pues mucho daño ha recibido la fe por causa de profesantes que adoptan otro modo de proceder, y se vuelven serviles y se inclinan ante los poderosos. Esa mirada a lo alto pareciera decirnos: “¡Mira a lo alto, cristiano! Vuélvete a lo alto; deja que tu corazón se remonte al cielo; que tus deseos se eleven; que tu alma íntegra vuele hacia el cielo”. Con el cielo en nuestra mira, podríamos caminar en medio de multitudes de hombres así como el león camina en medio de un rebaño de ovejas, y nuestros semejantes reconocerían involuntariamente nuestro poder. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El poder del Espíritu fue visto también, muy conspicuamente, en el caso de Esteban, en otro sentido, es decir, en ''el espíritu apacible y feliz que manifestaba''. No veo ningún miedo, no observo ningún signo de trepidación; no limpia de su frente ningún sudor cálido; no desmaya, ni mucho menos ofrece alguna súplica por medio de la cual pueda escapar de sus crueles manos. Nunca había salido por esa puerta de Jerusalén con un espíritu más gozoso y tranquilo en el día más resplandeciente del verano, que en aquella ocasión cuando lo arrastraron fuera para matarlo: estaba tranquilo, resignado, calmado y feliz. Es algo grandioso que un cristiano esté tranquilo internamente mientras la turbulencia reina en el exterior. Cuando la mente se distrae, no somos capaces de juzgar qué es lo sabio. Un espíritu turbado y distraído generalmente se apresura con una insensata premura a escapar de la dificultad, y así cae en el pecado de alguna manera u otra. Tener calma en medio del clamor desconcertante, confiado de la victoria; estar sereno y saber que Dios es Dios; quedarse quieto con los hijos de Israel junto al Mar Rojo y ver la salvación de Dios, ésto es difícil, es tan difícil que únicamente la paloma divina, el Consolador, puede traernos el poder de arriba para aquí sea; pero una vez que el arte de quedarse quieto es aprendido plenamente, ¡qué fortaleza y bienaventuranza hay en él! ¿Cuántos de nosotros, enfrentados a la muerte, podríamos devolver la mirada pétrea de la muerte? Si fuera decretado ahora que en este momento tienes que entregar tu vida, ¿podrías sonreír? Vamos, el simple pensamiento de ello te turba, pero el hecho te alarmaría más allá de toda medida. Pero no sucedió así con Esteban, pues su alma estaba anclada en una plácida bahía protegida. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh!, es en estos solemnes momentos de prueba, cuando no solamente estamos hablando de la muerte y jactándonos vanagloriosamente de nuestro amor por Cristo, sino cuando llega realmente la muerte y nuestro amor es puesto a prueba severamente, es entonces que la omnipotencia del Espíritu Santo es vista, cuando Él da a sus siervos esa dulce paz que nadie conoce excepto el hombre que la disfruta. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Todavía no he declarado todas las gloriosas obras del Espíritu Santo en este primer mártir cristiano: en adición a la veracidad de su defensa, a la realeza de su comportamiento y a la felicidad de su espíritu, el Espíritu de Dios fue visto todavía más claramente en ''su temple santo y perdonador''. En su oración al morir imita a su Señor: “No les tomes en cuenta este pecado”. Permaneció erguido cuando oró por sí mismo, y no sé que hablara en voz alta; pero cuando le tocó orar por la multitud que le rodeaba, su espíritu adquirió una mayor vehemencia y denuedo. Se nos dice, en primer lugar, que se arrodilló, como para hacerles ver cómo oraba, y luego oró en voz alta, para que oyeran al tiempo que veían; gastó su último aliento al expirar en un estentóreo clamor al cielo, pidiendo que su asesinato no fuera puesto a la puerta de sus perseguidores. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh dulce Espíritu del Hijo del Hombre que permaneces todavía en la tierra! “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”, ha sido la oración modelo y la precursora de diez mil oraciones de un carácter celestial similar. Morir pacientemente, con el perdón en sus labios, ha sido la marca del cristiano. Miles de aquéllos que portan coronas de rubíes en este día, y que son &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“Los más destacados de los hijos de la luz,&amp;lt;br&amp;gt;Doblemente brillantes en medio de seres resplandecientes”,''&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
dejaron este mundo con esas precisas palabras en sus labios. ¡En verdad, ésta es una de las obras del Espíritu Santo! Nosotros difícilmente perdonamos a aquellos que nos ofenden sólo un poco; no encontramos que sea fácil ''vivir ''en paz con todos los hombres, pero ''morir ''en paz con ellos, y morir en paz con nuestros asesinos, ¿qué diré de eso? Ciertamente, ésto es lo que el mundo no puede entender: una virtud celestial y divina que tiene que ser implantada en los corazones humanos por Dios mismo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Noten, además, que el poder del Espíritu fue visible cuando capacitó a Esteban, en semejante coyuntura, cuando las piedras pasaban zumbando junto a sus oídos y su cuerpo era magullado y destrozado por ellas, a ''orar una de las oraciones más prevalecientes que jamás se hayan remontado al cielo''. La oración que acabamos de mencionar no se desvaneció en el aire afuera de la puerta de Jerusalén; atravesó las puertas de perla, alcanzó el corazón de Dios y obtuvo una respuesta. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Miren a ese joven impetuoso y ávido, por allá, que tiene unos treinta años de edad. Las ropas de los testigos fueron puestas a sus pies; él desea tener una prominente participación en la lapidación del odiado nazareno; él es uno de los más fogosos entre los feroces fanáticos; pertenece a la sinagoga de Cilicia y, habiendo sido derrotado en la argumentación, se goza porque hay disponibles unas armas más contundentes; se alegra al ver que el hereje muere; sacia sus ojos con el espectáculo, pues siente que Moisés, y la ley, y los rabinos y las tradiciones, son vengados en este día. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Observen bien a ese joven, pues Esteban eleva su oración por él, aunque él no lo sabe. Pudiera ser que oyera la petición quejumbrosa y la despreciara. Es posible que habiéndola oído, se alejara para escarnecerla, y para comentar sobre el carácter hipócrita de esos discípulos de Jesús que musitaban las palabras agonizantes de su líder como si fuesen propias. Sin embargo, me parece que esa bendita petición se debió de haber enconado en su corazón; debió sentir que había allí un espíritu mucho mejor que el suyo. Ya sea que esa oración permaneciera con él desde ese entonces o no, en años posteriores debe de haber considerado a Esteban como a su padre espiritual -si alguien lo era- por medio de cuya oración fue engendrado para Dios. Al hablar de su conversión, seguramente Pablo debe de haber pensado para sí que fue la oración de Esteban la que sirvió de instrumento para transformar a Saulo, el perseguidor, en Pablo, el apóstol del Hijo crucificado de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Ah!, bien, amigos míos, ustedes y yo no siempre prevalecemos en la oración, incluso en climas radiantes de sol, pero cuán grande Espíritu ha de ser aquél que ayudó a Esteban a abrir las puertas del cielo en el sombrío ‘artículo de la muerte’, a tener poder con Dios, a tomar al Salvador por la manga y llevarle para que salvara a ese frenético perseguidor culpable, justo cuando las piedras estaban cayendo sobre él y su carne estaba siendo golpeada y destrozada. ¡Oh bendito Espíritu, aunque el hombre exterior se pudra, Tú renuevas cada día al hombre interior! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Contemplen, amados, cuán independiente de las circunstancias externas el Espíritu Santo vuelve al cristiano! ¡Vean qué brillante luz resplandece en nuestro interior cuando todo está oscuro afuera! ¡Vean cuán firmes, cuán felices, cuán tranquilos, cuán apacibles podemos estar cuando el mundo se sacude de un lado a otro, y los pilares de la tierra desaparecen! ¡Vean cómo incluso la muerte misma, con todas sus terribles influencias, no tiene ningún poder para suspender la música del corazón de un cristiano, antes bien, hace que esa música se vuelva más dulce, más clara, más celestial, hasta que el último acto amable que la muerte hace es permitir que la tonada terrenal se integre al coro celestial y el gozo temporal se convierta en eterna bienaventuranza! Entonces, debemos tener confianza en el bendito Espíritu. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amado hermano mío, ¿anticipas pobreza en el futuro? ¿Decae tu negocio? ¿Ves claramente ante ti que pronto tendrás que soportar las aflicciones de la penuria? No temas; el divino Espíritu puede darte en tu carencia una mayor abundancia de la que gozan los ricos en su opulencia. No sabes cuáles gozos pudieran estar reservados para ti en la casucha que la gracia convertirá en la casa del contento. ¿Estás consciente de un creciente debilitamiento en las potencias de tu cuerpo? ¿Esperas sufrir largas noches de languidez y días de dolor? ¡Oh, no estés triste! Esa cama puede volverse un trono para ti. No sabes en qué medida cada dolor que hiere tu cuerpo puede ser un fuego refinador que consuma tu escoria y un rayo de gloria que ilumine las partes secretas de tu alma. ¿Te falla tu vista? ¿Esperas que te sobrevenga la ceguera? Jesús será tu luz. ¿Te fallan tus oídos? ¿Oyes sólo unos cuantos sonidos? El nombre de Jesús será la mejor música para tu alma y Su persona será tu deleite favorito. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sócrates solía decir lo siguiente: “Los filósofos pueden ser felices sin música”; y nosotros, los cristianos, podemos ser más felices que los filósofos cuando son suprimidas todas las causas externas para el regocijo. ¡En ti, Dios mío, mi corazón triunfará, venga lo que venga en cuanto a males exteriores! Por Tu poder, oh bendito Espíritu, mi corazón será sumamente feliz, incluso si me faltaran todas las cosas de aquí abajo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Espero que este primer punto sea de utilidad práctica para ustedes! Confíen en el Espíritu Santo: apóyense firmemente en Él, y no permitirá que sean confundidos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''A continuación SE INDICARÁ LA FUENTE DEL MÁS RICO CONSUELO, CON LA ESPERANZA DE QUE APRENDAMOS A MIRAR HACIA ALLÁ. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El propósito y la meta del Espíritu Santo era hacer feliz a Esteban. ¿Cómo podía hacerse éso? Revelándole al Salvador viviente y reinante a la diestra de Dios. Si Esteban vio literalmente con sus ojos al Señor Jesús estando a la diestra de Dios o no, no lo sabemos. Es posible que lo que se quiera decir es que su fe se volvió tan inusualmente fuerte que tenía el sentido más claro y vívido de Cristo reinando en el cielo, a tal punto que era adecuado decir que en realidad vio al Señor Jesús estando a la diestra de Dios. Si fuera realmente una visión sobrenatural, ustedes y yo no tenemos ninguna base para esperar una repetición de ella, pero, si fuera una visión de fe, como creo que lo fue, no hay ninguna razón para que nosotros no podamos gozarla incluso ahora. Si tuviéramos una fe semejante a la de Esteban, como es un grandioso hecho que Cristo está allá, no hay razón para que nuestra fe no vea lo que la fe de Esteban vio, y en este día los ojos de nuestra alma pueden ver a Jesús, y nuestras almas pueden recibir el mismo gozo y alegría con motivo de una visión de Cristo como la que tuvo Esteban. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces, ¿qué fue lo que vio Esteban? Primero, vio que Jesús vivía. Ésto no es poca cosa. &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“Él vive, el grandioso Redentor vive,&amp;lt;br&amp;gt;¡Cuánto gozo proporciona esa bendita seguridad!”''&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
¡Con vida, también, después de la crucifixión! Esteban sabía que Cristo había muerto en la cruz. La confianza de su alma estaba depositada en ese hecho; pero él vio que aunque murió una vez y fue enterrado, Jesús vivía todavía. En eso había gran consuelo para Esteban; no estaba sirviendo a un Cristo muerto; no defendía el honor de un profeta que había partido; hablaba por un amigo que todavía existía para oír las súplicas, y aceptar su testimonio. Esteban argumentaba dentro de sí: “Si Cristo vive después de la crucifixión, ¿por qué Esteban no habría de vivir, por medio de Cristo, después de la lapidación? Si los clavos de la cruz no bastaron para dejar muerto al Salvador, tampoco las piedras de los judíos servirían para robarle a Esteban la resurrección. Jesús se levantó de Su sepulcro, y Esteban también se levantaría. No es una seguridad insignificante. Es una rica fuente de consuelo para ustedes y para mí en este día, si estamos conscientes de nuestra fragilidad y de la cercanía de la muerte, porque Jesús vive, nosotros también viviremos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, no sólo vio Esteban que Jesús vivía, sino que sabía que ''Jesús le veía y que se identificaba con él''. ¿Acaso no es ése el significado de la actitud que el Señor asumió? Se nos informa que nuestro Señor está sentado a la diestra de Dios “esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies”, y sin embargo, no es visto como estando sentado, sino como estando de pie. ¿Por qué estando de pie? Uno de los antiguos padres dice que era como si el Señor Jesús se pusiera de pie horrorizado ante el acto que estaba siendo cometido; como si estuviera a punto de interceder para ayudarle a morir a su siervo, o liberarlo de sus manos. Está de pie, y simpatiza activamente con Su sufriente testigo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Bien, amados, ésto es justo lo que vemos en el cielo. El varón de dolores está vivo, y se identifica todavía con Su pueblo. Aunque fue levantado al trono de gloria, no se olvida de nuestra vergüenza y de nuestra aflicción. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No pienses, oh hijo de la tierra, que el Hijo del Hombre se ha olvidado de lo que significa la tentación, y que ahora es un extraño en cuanto a la debilidad humana y la flaqueza. “En toda angustia de ellos él fue angustiado”. Él se identifica profundamente con cada uno de Sus atribulados hermanos, y en su medida sufre de nuevo lo que cada miembro soporta. No supongan que Él es un espectador frío y desinteresado del dolor de ustedes. Yo te digo, hijo de Dios, que Cristo se ha levantado de Su trono para socorrerte. Está de pie en este momento, en la hora de tu extrema necesidad, dispuesto a ayudarte. Él te enviará consuelos cuando los necesites, y se asegurará de que tus fuerzas sean las necesarias para tu día. ¡Qué visión fue ésta para Esteban al momento de su muerte! Jesús vive, y vive con el mismo amor en Su corazón que el que mostró en la tierra, con la misma tierna simpatía que manifestaba entre los doce mientras permaneció entre los hijos de los hombres. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El punto más resplandeciente en la visión fue éste: él vio a ''Jesús estando a la diestra de Dios''. Ése era el punto en disputa. Los judíos decían que el Nazareno era un impostor. “No”, -dijo Esteban- “allá está: está a la diestra de Dios”. Para la mente de Esteban, el punto quedaba resuelto por lo que vio. Ésto era lo principal: lo único, en verdad, que a Esteban le interesaba; ansiaba que su Señor fuera exaltado, y le vio exaltado. El pueblo piensa cosas vanas, los príncipes consultan unidos, pero allá está el Rey sobre el monte santo de Dios; sin duda Él es un monarca reinante, y para el corazón de Esteban, eso era todo lo que deseaba. Si Esteban había sentido algún miedo, no era por sí mismo, sino por la iglesia. Pensó: “Estos lobos me despedazan primero a mí: ¿qué será del resto de las ovejas? ¿Cómo escapará alguien de sus colmillos?” Contempló hacia lo alto, y allá estaba el Pastor mirando hacia abajo, a los lobos, y diciéndole a Su oveja comprada con un alto precio: “No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino”. Esa me parece que es la parte más grandiosa de la visión: que Cristo vive, que Cristo ama, y Cristo reina, triunfante Salvador, a la diestra de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos y hermanas míos, esta doctrina ha sido para mi propia alma la única que me alentado en tiempos de depresión extremadamente profunda de espíritu. Tal como se los he dicho antes, así se los digo ahora: yo he sabido en qué consiste ser abatido hasta lo más bajo en el corazón, al punto de que ninguna promesa de la Palabra de Dios me ha dado algún rayo de luz, ni una sola doctrina me ha proporcionado algún destello de consuelo y, sin embargo, cuantas veces he leído este texto: “Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre”, he encontrado siempre que una corriente de gozo prorrumpe en mi alma, pues me he dicho: “Bien, no tiene ninguna importancia lo que sea de mí si mi nombre es desechado como malvado, y si yo mismo soy dejado en las tinieblas; si los dolores se multiplicaran; si las aflicciones se incrementaran hasta ser incontables, no importa; no voy a levantar un solo dedo en tanto que mi Señor Jesús sea exaltado”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo creo que todo corazón cristiano genuino que ama al Salvador siente justo eso. Como el soldado moribundo en la hora de la batalla, que es animado por el pensamiento: “el general está a salvo; la victoria está de nuestro lado; mi sangre está bien derramada y mi vida bien inmolada, para ganar la victoria”. Si Cristo reina no pretendo hacer ningún trueque con Dios en cuanto a mí mismo. Si Jesús es Rey sobre todo el mundo, no me importa nada más; Él debe llevar puesta la corona; que la voluntad del Señor sea en su mano prosperada; que los propósitos de Su pacto sean cumplidos; que Sus elegidos sean salvos; que los reinos de este mundo se conviertan en reinos de nuestro Dios y de Su Cristo, vamos, ¡qué importa si incluso diez mil de nosotros vamos languideciendo a lo largo del valle de sombras de muerte! Nuestras vidas y nuestras muertes estarían bien gastadas para ganar una recompensa tan grande como es ver a Jesús glorificado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Quisiera poner este telescopio a los ojos de cada cristiano afligido aquí presente, porque habiendo tenido una influencia tan dulce sobre mi propio corazón, seguramente podría consolar al suyo. Querido amigo, tú estás turbado esta mañana, estás abatido, no prosperas en las cosas celestiales como lo desearías; bien, pero Cristo no está turbado; Él no está abatido; y la dura lucha, después de todo, va por muy buen camino; los grandiosos propósitos de Dios son cumplidos; Cristo es glorificado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aquí hay dos o tres perlas para ustedes; mírenlas con detenimiento y valórenlas. Primero, recuerden que su exaltado Salvador es exaltado para ''interceder'' por ustedes. Él tiene poder y lo usa en oración por ustedes. Cristo no tiene algún mérito que no argumente en favor de ustedes. Jesús no ha recibido ninguna recompensa debida a Su muerte que no comparta con ustedes. Él es amado del Padre, pero usa esa influencia en favor tuyo. José le dijo al jefe de los coperos: “Acuérdate, pues, de mí cuando tengas ese bien”; pero el jefe de los coperos lo olvidó. A Jesús le va bien hoy, y, pueden estar seguros de que les va bien a ustedes también, pues el Bienamado no puede olvidarlos; y como el Padre siempre lo escucha, Él orará al Padre por ustedes, y cualquier cosa que necesiten Él ciertamente se las dará. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Recuerden también, que Cristo tiene poder, no únicamente de interceder por ustedes, sino de ''prepararles un lugar''. Cristiano, si Cristo es un Rey de riquezas sin límites, no desdeña usar la riqueza de Su tesorería real para decorar tu mansión más ricamente, para hacerla digna del dador que te la ha obsequiado. Además, Jesús está en la gloria como ''representante de ustedes''. Ustedes están virtualmente en el cielo en este preciso momento en la estimación de Dios. Su representante está allá. Mi cabeza está en el cielo, entonces, ¿por qué habría de temer? ¿Cómo podría Dios darle el cielo a la cabeza, y el infierno al pie? Tan ciertamente como que Cristo está allá, todos aquellos que están virtualmente unidos a Él estarán allá también. Sólo demuestren que Cristo está en el cielo, y habrán comprobado que todo creyente tiene que estar allá. El cuerpo de Cristo no puede ser mutilado. No pueden cortar en pedazos el cuerpo espiritual de Jesús, y arrojar una extremidad de ese cuerpo en el infierno, mientras la cabeza asciende a la gloria. Porque Él vive, nosotros viviremos también; y es Su voluntad que donde Él esté, allí también ha de estar Su pueblo. Jesús está en el cielo lleno de poder y allí intercede, representa y prepara; pero ese poder de largo alcance arroja sus rayos a la tierra. Las llaves de la ''providencia'' se balancean en el cinturón de Cristo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Créelo, cristiano, no ocurre nada aquí sin el permiso o el decreto de tu Salvador, que te amó y se entregó por ti. ¿Se enfurece el enemigo? Jesús pondrá un freno entre sus mandíbulas, y hará que retroceda. “Ciertamente la ira del hombre te alabará; Tú reprimirás el resto de las iras”. Tu Señor Jesucristo tiene todo el poder en el cielo y en la tierra, y Él ejercerá todo este poder para llevar a cada uno, incluso al más débil de Sus hijos, hasta Su pecho. ¡Bendito sea el dulce amor de Dios que nos ha dado un Pastor omnipotente que nos vigila de noche y de día! Su cabeza está coronada porque ha vencido a todos Sus enemigos. Ciertamente, podemos ver en esa corona de victoria la indicación de que ningún enemigo será capaz jamás de vencernos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo desearía poder extraer para ustedes la dulzura del pensamiento de Jesús glorificado, como yo la he gozado en mi propio corazón; pero me encanta pensar algunas veces que tan ciertamente como el pecado, la muerte y el infierno están bajo los pies del Hijo del Hombre, así también estos propios pies míos hollarán el cuello del dragón. Si yo estoy en Cristo, tan ciertamente como Jesús es vencedor, así también yo seré más que vencedor por medio de Él que me ha amado. ¿Qué visión más dulce que ésta podría ver Esteban, que cuando el enemigo se ensañaba más, aun así Cristo fue invencible? Y Esteban pudo leer en eso, el hecho de que él también sería invencible; las piedras que le cayeron encima y lo aplastaron no le destruirían; la voz de su sangre clamaría desde la tierra, y el Esteban espiritual se convertiría en un vencedor sobre las huestes del error; la verdad surgiría del polvo, y florecería como una dulce flor, y Dios sería glorificado cuando Su siervo fuera asesinado. De esta manera les he indicado la visión deleitable que nos puede proporcionar consuelo. Señor, abre nuestros ojos para que la veamos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''III. '''Finalmente, EL PROPIO CONSUELO es digno de ser considerado unos momentos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No vemos que la aparición de Jesús en los cielos detuviera las piedras. Cuando el Hijo del Hombre entró en el horno con Sadrac, Mesac y Abed-nego, el fuego no quemó a los tres jóvenes santos, pero en esta ocasión, aunque el Hijo del Hombre estaba allí, el fuego sí quemó a Esteban. Esteban perdió la vida. Murió tan ciertamente como si Jesús no hubiese estado allí. Ese es el plan de la presente dispensación. El Señor Jesús no viene a nosotros para impedir nuestros sufrimientos, ni eliminar nuestras aflicciones, pero nos sostiene a través de ellas. Nosotros le imploramos al Señor tres veces que esto o eso se aparte de nosotros; no se aparta –esa no es la manera general con Dios- pero obtenemos la respuesta: “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad”. Así sucedió con Esteban. Las piedras cayeron; golpearon en toda su cabeza; acallaron su lengua elocuente; se alojaron violentamente en sus pulmones; hirieron su tierno corazón. Allí yacía su cuerpo mutilado, siendo objeto de amor y lamentación para los santos que estaban en Jerusalén. El amor de Cristo no había preservado la carne. ¿Y quién habría de esperarlo? Hemos oído decir: “Si Cristo murió por Su pueblo, ¿cómo es que ''ellos'' mueren?” Esos inquisidores olvidan que el pueblo de Dios debe morir porque Jesús murió: la muerte de la carne no es ningún mal, sino una bendición. Nos incumbe hollar las pisadas del Salvador, para que nosotros también muramos a la carne y seamos vivificados en el Espíritu. Nosotros no vemos a la muerte de Esteban como una calamidad. La muerte de la carne no fue sino una comunión necesaria con el Redentor crucificado, pues Él no murió en cuanto a Su espíritu, que gozaba de una inmortalidad que los ásperos trozos de rocas que fueron apilados sobre Él no pudieron dañar. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El glorioso consuelo de Esteban estaba siendo alimentado internamente, aunque no estaba siendo protegido externamente; estaba siendo preservado en cuanto a su hombre interior, aunque el hombre exterior fue herido y destrozado. Este es el consuelo que ustedes y yo podemos esperar. Debemos caminar entre dardos, y han de insertarse en nuestra carne, pero no envenenarán la sangre de nuestra alma. Hemos de estar bajo la despiadada tormenta de granizo, y sin embargo, ninguna piedra de granizo será capaz de golpear nuestro corazón para lesionarlo. Hemos de entrar en el horno, y el olor del fuego debe cubrirnos pero saldremos incólumes del calor de las llamas de un fuego ardiente. Nos corresponde sufrir y, sin embargo, vencer; morir y, sin embargo, vivir; ser enterrados y, sin embargo, resucitar. Cuán dulcemente es retratado el triunfo de Esteban en esas últimas palabras: “Durmió”. Esa es la vida así como también la muerte de un cristiano. Cuando el mundo ha estado más alzado en armas contra un creyente, es asombroso cómo Dios ha dado a Su amado el sueño, cómo el santo ha permanecido con perfecta compostura a la vista de sus enemigos, y cómo su copa se ha derramado en el tiempo de sequía. Ha puesto su cabeza apaciblemente sobre el pecho de Su Dios, y ha dejado que sus aflicciones sean llevadas por su Dios. Esa será la muerte del cristiano. Aunque su muerte fuera tan dolorosa como la de Esteban, sería igual de serena. Habrá de cerrar sus ojos a la tierra y de abrirlos al cielo. Su cuerpo dormirá en ese sepulcro real en que Cristo mismo reposó una vez, para ser despertado por ese trompetista celestial que traerá las nuevas de la resurrección a las durmientes miríadas de los santos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tengan valor, hermanos y hermanas, porque el Espíritu Santo mora en nosotros, y porque Cristo triunfa allá arriba por nosotros. Aunque nuestras tribulaciones abunden, nuestras consolaciones también abundarán por Jesucristo, y seremos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Deseo que todos ustedes hayan participado de estas cosas preciosas. Si han participado, no importa qué tan mal haya hablado de ellas; estas cosas encantarían a sus almas. Pero si no las entienden, ruego que puedan hacerlo. Que el Espíritu del Señor abra sus ojos para ver el poder del Espíritu y la gloria de Cristo, y que ustedes y yo, en breve, le veamos cara a cara en el paraíso. Amén&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

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		<title>Transformaciones Espirituales</title>
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				<updated>2011-03-01T18:55:45Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|Spiritual Transformations}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“En lugar de la zarza crecerá ciprés, y en lugar de la ortiga crecerá arrayán; y será a Jehová por nombre, por señal eterna que nunca será raída.”'' Isaías 55: 13.&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Por muchos siglos Tierra Santa ha estado cubierta de zarzas y ortigas. Los viajeros nos informan que es tan extremamente árida, que con la excepción del desolado desierto del Sahara, no se podría encontrar otra desolación tan absoluta como la que existe en muchas partes de Judea e Israel. Pero la tierra no permanecerá siendo sempiternamente tan improductiva. Incluso ahora, en las zonas en las que puede ser cultivada, fluye leche y miel; y vendrá el día cuando el pueblo escogido retornará a la tierra de su propiedad, dada por Dios a ellos y a sus padres mediante un pacto de sal, y comenzarán a irrigar otra vez los montes, a plantar los valles, a cultivar las vides y a esparcir extensamente la semilla en los surcos arados con esmero. Tierra Santa florecerá de nuevo: “En lugar de la zarza crecerá ciprés, y en lugar de la ortiga crecerá arrayán.” Cuando esto sea cumplido, el mundo entero resonará con la fama que se habrá propagado. Se dirá: “¿es esta la Sion que nadie pretendía? ¿Es esta la tierra que fue llamada desolada? ¿Es esta la ciudad cuyo nombre fue olvidado?” Entonces el monte Sion será de nuevo “Hermosa provincia, el gozo de toda la tierra”; y entonces toda esa tierra fluirá con fertilidad, “y será a Jehová por nombre, por señal eterna que nunca será raída.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero el significado espiritual de nuestro texto, al cual queremos atraer su más inmediata atención en esta noche, es este: Dios, por Su gracia, obra transformaciones morales y espirituales. Los hombres, - comparables a zarzas y ortigas- son cambiados y renovados por la gracia soberana de Dios, al punto que pueden ser entonces comparados a cipreses y arrayanes. Esta portentosa transformación es para gloria de Dios, y es para él “por señal eterna que nunca será raída”. Hablemos un poco entre nosotros, primero, ''en cuanto a estas transformaciones''; en segundo lugar, ''en relación a cómo son realizadas''; y, en tercer lugar, contemplemos su feliz resultado: “serán a Jehová por nombre, por señal eterna que nunca será raída.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''Hablemos EN RELACIÓN A ESTAS TRANSFORMACIONES. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pareciera, partiendo de nuestro texto, que hay algunos seres que pudieran ser comparados adecuadamente a espinos y cardos. ''La similitud puede ser aplicada a su original''. Aquí todos hemos de asumir nuestra parte. El espino es el hijo de la maldición; el cardo es el vástago de la Caída. No había cardos ni espinos que hicieran brotar el sudor en el rostro de Adán mientras no hubo pecado. Entonces el Señor le dijo: “Maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá.” Y nosotros somos también los vástagos de la maldición. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Qué dice David? “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre.” Nacemos bajo pecado; estamos sujetos a él desde nuestros primeros instantes, y nos descarriamos, no meramente por una imitación del mal ejemplo, sino por la fuerza de nuestra naturaleza corrupta. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pudiera ser que haya algunos aquí, esta noche, que sientan que están bajo la maldición. No pueden mirar en retrospectiva hacia su ‘original’ sin descubrir esto. Pudiera ser, amigos míos, que sus padres les hubieran enseñado a pecar; no pueden recordar haber sido instruidos alguna vez en el camino de Dios. Pudiera ser que, en este preciso instante, recuerden algo de su más temprano entrenamiento recibido, y recuerden que fue de naturaleza tal que pudo hacerlos aptos para el servicio de Satanás, mas no podía conducirlos a la cruz de Cristo. Sienten que están bajo la maldición, y se han enfrentado con tales aflicciones y su corazón está tan desfallecido, que, que si yo procediera a registrar a algunos como hijos de la maldición, valerosamente me dirían: “Pon mi nombre en la lista. En verdad, soy nacido de un traidor, y siento en mi sangre la mácula de su pecado.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aun cuando esto es cierto en cuanto a nosotros, no obstante hay consuelo para nosotros. Somos zarzas, pero el Señor puede transformarnos en arrayanes. Jehová sabe cómo suprimir la maldición del primer Adán mediante la bendición del segundo Adán. Él puede arrancar de raíz todo lo que es vil, y pecaminoso y maldito, y puede plantar, en lugar de todo ello, todo lo amable y de buen nombre, y así heredaremos Su bendición. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces, tengan buen ánimo; aunque ustedes están justamente ahora bajo la maldición, el Señor Jesús, que fue hecho una maldición por nosotros, puede pronunciarlos bendecidos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, ''el espino es la imagen verdadera del pecador porque no presta ningún tipo de servicio''. Yo supongo que casi todas las cosas tienen su uso, pero desconozco si se haya descubierto algún uso para la zarza y la ortiga. Lo mismo ha sucedido con muchos de nosotros, y lo mismo sucede con algunos de ustedes esta noche. ¿Qué han hecho por Dios? Jovencito, veinte años te han conducido a la madurez, ¿pero qué servicio ha recibido de ti el Todopoderoso alguna vez? Tal vez cuarenta años han sazonado tu adultez, pero, hasta este punto, ¿qué cánticos de alabanza han ascendido al cielo proferidos por ti? ¿Qué frutos aceptables has colocado ante el altar de Dios? Tú eres Su viña: ¿cuántas uvas maduras le han sido entregadas alguna vez provenientes de ti? Él ha cavado alrededor de ti, te ha protegido con el muro de Su providencia, y te ha vigilado con el más tierno cuidado. ¿Cómo es que Él busca uvas y tú solamente produces uvas amargas? Si Él espera recibir algún retorno por el talento que ha confiado a tu cuidado, ¿cómo es que lo envolviste en un pañuelo, y escondiste el dinero de tu Señor? Has sido un inútil: pero no has sido así para con tus semejantes; tus hijos han recibido tu cuidado; tal vez has sido de alguna ayuda para tus vecinos y amigos; pero, en lo concerniente a Dios, el hombre natural es perfectamente inútil; no aporta ninguna cosecha para el grandioso Propietario de la tierra. ¿Comenté, justo ahora, que tenías cuarenta años de edad? ¿Qué pasaría si hubiera, en este lugar, alguna persona inconversa de sesenta, setenta o incluso de ochenta años de edad? Y en vano ha brillado todos estos años la luz del cielo para ti; en vano la paciencia divina ha dicho: “Déjala todavía este año”; en vano la predicación de la Palabra de Dios para ti junto con todas las ordenanzas de Su casa. Todavía estás desnudo, sin hojas, sin fruto. Has vivido para ti mismo únicamente, y no has glorificado a tu Creador y Preservador en modo alguno. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tú eres una zarza y una ortiga. Sin embargo, ten buen ánimo; si tienes un corazón para cosas mejores, Dios puede convertirte en un ciprés o en un arrayán que produzcan una sombra benéfica y alegren los huertos del Señor. Él puede transformar todavía tu inutilidad en un verdadero servicio, y tomarte de en medio de los ociosos en la plaza para que vayas y trabajes activa y exitosamente en Su viña. ''La zarza,'' (apenas hemos comenzado a tocar este punto), ''desperdicia también influencias benéficas que, si hubiesen caído en el buen grano, habrían producido una cosecha''. La lluvia cayó hoy, pero cayó sobre espinos y abrojos a la par que sobre las verdes hebras del trigo. Las gotas del rocío serán vertidas, y caerán tan copiosamente sobre los espinos espesamente entrelazados y las enredadas ortigas, como en el bien desherbado huerto del labrador; y cuando el sol brille con un rayo vivificador, proyectará sus rayos benéficos tanto sobre los espinos y las ortigas como sobre los árboles frutales y la cebada y el trigo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lo mismo sucede con ustedes, hombres y mujeres inconversos. Ustedes han recibido los favores diarios con una abundancia tan grande como lo han hecho los justos. Es más, tal vez hasta hayan recibido más: han llevado una vida holgada y visten de lino fino, como Epulón, mientras los propios santos de Dios han estado consumiéndose a sus puertas, como Lázaro. No han tenido que lamentar la falta de influencias externas de los medios de la gracia. Algunos de ustedes son asiduos oyentes de sermones; están constantemente dentro de las puertas de la casa de Dios; frecuentan el lugar donde se hace libremente la proclamación de la misericordia; sus Biblias no son desconocidas para ustedes; y, sin embargo, todo esto ha sido un desperdicio en ustedes. ¿Acaso no están próximos a blasfemar? Han sido visitados por el favor diario, censurados por la conciencia, sacudidos a veces por la moción natural de su propio corazón, despertados por el Espíritu de Dios, atemorizados bajo Su Palabra, y, sin embargo, a pesar de todo esto, son forasteros en cuanto a la mancomunidad de Israel; pero, ¡no desesperen! Si sus almas persiguen cosas mejores, Dios es capaz de transformar esas inútiles zarzas, esas ortigas infructíferas, en cipreses que esparcirán en derredor su delicioso fruto. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Fue insensata la expresión de un cierto predicador cuando dijo que la cizaña no se convertirá nunca en trigo; no le incumbía retorcer la parábola de Cristo. Pero esto sí sé: por la gracia divina, la zarza se convertirá en ciprés, y la ortiga puede tornarse en un arrayán. ¿Tenía ese hombre el propósito de negar la posibilidad de la conversión? ¿Quiso decir que la gracia todopoderosa no podía convertir al león en un cordero, o al cuervo en una paloma? Si así fuera, expresó una blasfemia directa, pues no hay ningún milagro de gracia que Dios no pueda efectuar. Él puede tomar las negras protuberancias del ébano, y convertirlas en alabastro. Él puede sumergir en las aguas amargas de Mara el árbol de la cruz, y endulzarlas como el agua del pozo de Belén que David anhelaba con vehemencia. Él puede extraerle el veneno al áspid y el aguijón al basilisco, y hacerlos útiles para Dios y el hombre. El camello puede atravesar el ojo de la aguja. Debes saber, con toda certeza, que nada es demasiado difícil para el Señor. Él puede hacer lo que le plazca. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero continuando con nuestras observaciones sobre el espino y su transformación en un ciprés, ''¿no es acaso el espino algo nocivo? ''El espino rasga y desgarra a los viandantes. Algunas veces, si yo quisiera seguir mi camino de manera directa hasta aquel punto, debo atravesar un vallado de zarzas; y, ¡cuán a menudo ha sido el cristiano atormentado y desgarrado por los espinos de los impíos! La edad de los mártires podrá decirnos en qué medida los santos de Dios han visto su carne desgarrada hasta los huesos por esos espinos y esas ortigas; y la madre sollozante habrá de decirnos cómo han quebrantado su corazón y han encanecido prematuramente sus cabellos; y la esposa afligida habrá de confiarnos cómo un esposo impío la ha enviado a su aposento con lágrimas amargas brotando de sus ojos; y todos nosotros habremos de decir cómo algunas veces nuestros parientes impíos han hecho palpitar aceleradamente nuestros corazones al sentir una terrible ansiedad por ellos. Lot no puede vivir en Sodoma sin ser vejado, y David no puede permanecer en Mesec sin clamar: “¡Ay de mí, que moro en Mesec, y habito entre las tiendas de Cedar!” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero recuerden que por mucho que hayan perseguido a los santos de Dios, por duro que hayan tratado a los seguidores de Cristo, el Señor puede transformarlos en uno de ellos. Pablo no se imaginaba, cuando iba cabalgando hacia Damasco, que eso le sucedería. Él tenía sus preciosos documentos completamente seguros. “Voy a asolar a los nazarenos”, parecía decir; “voy a conducirlos al poste de los flagelos; los voy a arrastrar fuera de la sinagoga, y los voy a forzar a blasfemar.” Ni te imaginas siquiera, Pablo, que pronto vas a doblar la rodilla ante ese mismo Jesús de Nazaret a quien odias. Una luz resplandece a su alrededor, más brillante que el sol del mediodía; cae de su cabalgadura; escucha una voz que le dice: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Entonces pregunta mansamente: “¿Quién eres, Señor?”, y le llega la respuesta: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ah, pecador, tal vez no sepas que ''estás persiguiendo a Jesús''. Tú piensas que se trata solamente de tu hijo, o de tu esposa, o de tu madre; pero, al perseguir a los miembros del cuerpo de Cristo, persigues a la Cabeza. Saulo de Tarso es llevado de la mano hasta Damasco; y después de su conversión, ¿quién es más arrojado que él? El predicador sobre la colina de Marte, el testigo delante de Nerón, el anciano de Dios sentado en el calabozo, el hijo de Dios con su cabeza apoyada en el tajo, éste es el hombre que perseguía a los santos de Dios; pero ahora está lleno de celo, aventajando a todos los demás en la difusión del conocimiento de Cristo. La zarza es convertida en un ciprés, y la ortiga en un arrayán. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y todavía no he agotado la figura. ''El espino siembra su propia simiente''; y cuando los vientos se levantan, llevan sobre sus alas el vilano del cardo, y la simiente es dejada caer por aquí y por allá y por todas partes. No puedes mantener a las ortigas aisladas. Si las cultivas en tu propio jardín, muy pronto estarán en el jardín de tu vecino; y si tu vecino las cultiva, te será difícil mantenerlas fuera de tu solar. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y este es el peor punto acerca de un hombre inconverso. Si has estado haciendo el mal, tus hijos crecen según tu propia imagen, o tus siervos imitan a su señor. Si eres un comerciante inescrupuloso, ayudas a que otros comerciantes sean a su vez, si no palpablemente deshonestos, sí escandalosamente laxos. Tu lenguaje contamina el aire que respiras; o si controlas eso tolerablemente bien, tus sentimientos no están desprovistos de influencia sobre tus semejantes. Tú no vives para ti mismo. Si fueras a llevar la vida de un ermitaño, tu propia ausencia de la sociedad tendría su influencia. Si eres literalmente un leproso, yo podría encerrarte, y hacer que cubrieras tu labio, y que te pusieras ceniza sobre tu cabeza, y gritaras: “¡Inmundo! ¡Inmundo!” Pero con tu lepra espiritual, no puedo excluirte de esa manera. Tú contaminarás el aire doquiera vayas; no tienes otra opción que diseminar la contaminación a tu alrededor. ¡Oh, espino que multiplicas tu semilla, que Dios te cambie! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Me estoy dirigiendo esta noche a algún infiel que ha sido muy diligente en la propagación de sus puntos de vista? ¡Cómo saltaría de gozo mi corazón si el Señor te hiciera tan diligente en ensalzar la cruz que has hollado! Él puede hacerlo; le pido a Dios que lo haga. ¿Le estoy hablando esta noche a alguien que ha estado furiosamente en contra de las cosas de Dios? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos, los peores pecadores se convierten en los mejores santos; y si el Señor quisiera tocarlos, se volverán tan ardientes por Él como ahora lo son contra Él. Aquel a quien se le ha perdonado mucho, amará mucho. Nadie podría quebrar un frasco de alabastro de precioso ungüento sino la mujer que era una pecadora. John Bunyan solía decir que él creía que habría un gran grupo de santos en la siguiente generación, pues su propia generación era notable por sus muchos y grandes pecadores; y él en verdad esperaba que cuando estos grandes pecadores crecieran, Dios los transformaría en grandes santos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nosotros podríamos mencionar muchos nombres de hombres que han sido, por decirlo así, sargentos del diablo, pero que, una vez que Dios los ha transformado en Sus propios soldados, se han convertido en los más bienaventurados sargentos reclutadores para el reino de Cristo. Miren a John Newton y a John Bunyan y a otros hombres de ese calibre, y vean lo que puede hacer la gracia soberana en casos similares. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y tengo otra observación. No puedo evitar señalar que fueron las zarzas y las ortigas las que conformaron la corona que traspasó las sienes del Salvador; y son nuestros pecados, nuestros crueles pecados, los que han sido Sus principales atormentadores. Cada alma que vive sin Cristo, después de haber oído de Él, está atravesando otra vez las sienes de Cristo. Cuando piensas que Él no está dispuesto a perdonarte, ese pensamiento poco generoso le hiere más que cualquier otra cosa. Y cuando hablas mal de Su nombre, cuando calumnias a Su pueblo y desprecias a Sus santos, ¿qué estás haciendo sino tejiendo otra corona de espinas para ponerla sobre Su cabeza? Sin embargo, tú, tú que has atravesado la frente del Salvador, tú puedes convertirte todavía en un ciprés que corone esa frente de victoria. El Salvador, habiendo combatido por ti, habiéndote ganado, y habiéndote comprado con la sangre de Su corazón, te pondrá como una guirnalda alrededor de Su frente, “y será a Jehová por nombre, por señal eterna que nunca será raída.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El significado del todo es que Dios transforma verdaderamente a Sus enemigos en Sus amigos por el poder del Evangelio; Él vuelve a los hombres de las tinieblas a la luz, del poder de Satanás al reino de Cristo, de ser poseídos por demonios a llenarse del Espíritu Santo, de ser un escondrijo de dragones, lleno de pecado, a ser templos donde toda gracia brillará para reflejar la gloria del Altísimo. Algunos de ustedes pueden dar testimonio a favor de este asunto por experiencia; otros lo contemplan con un intenso deseo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''En segundo lugar, hemos de considerar CÓMO ES OBRADA ESTA TRANSFORMACIÓN EN LOS HOMBRES. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es obrada ''por la agencia misteriosa y secreta de Dios el Espíritu Santo''. Ciertamente, queridos amigos, no puede ser obrada nunca en nosotros por el poder del hombre. Deberíamos temblar si nuestra religión se apoyara en cualquier hombre, pues ese es un cimiento inestable y pobre. Yo conozco más y más, cada día, mi total incapacidad para hacer el bien a mis semejantes aparte del Espíritu de Dios. Me llegan casos, algunas veces, que me sacuden por completo. Por ejemplo, procuro consolar a un corazón quebrantado. Busco, en vano, todo tipo de metáforas para presentar la verdad con claridad; cito las promesas, doblo mis rodillas en oración, y, sin embargo, después de todo, el pobre espíritu atribulado tiene que irse sin creer todavía, pues únicamente Dios puede darle la fe. Hay otros casos en los que nos enteramos de hombres que han vivido en pecado y le ha agradado a Dios poner Su aflictiva mano en ellos, y no sabemos qué decirles. Ellos profesan arrepentimiento, pero tenemos temor de que sólo sea remordimiento; hablan de fe en Cristo, pero tememos que sea un engaño. Quisiéramos convencerlos de pecado si pudiésemos; les recordamos el pasado, y dan su asentimiento a cada frase que expresamos contra ellos, mas no sienten el mal de sus propios caminos. ¡Oh, tratar con pecadores es una tarea difícil! Se requiere de una herramienta más eficaz de las que el hombre puede guardar en su caja de herramientas. Únicamente Dios puede quebrar los corazones; y cuando están quebrantados, únicamente la misma mano que los quebró puede vendarlos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces, el Espíritu Santo, que está en todas partes en medio de Su Iglesia, es quien sale y se pone en contacto directo con el espíritu humano, y entonces, efectúa un cambio inmediato. Yo no podría decirles con qué parte del hombre comienza el Espíritu Santo; pero sí puedo decirles que cambia al hombre entero. El juicio no toma más a las tinieblas por luz y a la luz por tinieblas; la voluntad no está apuntando obstinadamente contra Dios, sino que inclina su cuello al yugo de Cristo; los afectos no están puestos más en el placer pecaminoso, sino que están puestos en Cristo. Es verdad que la corrupción permanece todavía en el corazón, pero nos son otorgados un corazón nuevo y un espíritu recto. Una simiente viva es colocada en el alma vivificada, que no puede pecar, porque es nacida de Dios: una simiente viva que vive y permanece para siempre. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Yo no sé”, -dijo alguien- “si el mundo es un mundo nuevo, o si yo soy una nueva criatura, pero tiene que ser alguna de las dos cosas, pues ‘las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas’. Cuando Cristo desciende al corazón humano para reinar, pareciera tomar el lema: “He aquí, yo hago nuevas todas las cosas”. Hay “cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia”, dentro del corazón de ese pobre pecador. Es un cambio completo. Ustedes podrán observar que no se trata del espino recortado y podado; no se trata de la ortiga que se hace crecer sobre un muro, y es moldeada según un orden: eso es reforma. Se trata de un espino convertido en un ciprés: esta es una perfecta recreación, es hacer a un hombre de nuevo; y esto debe sucedernos a cada uno de nosotros, por el poder y la energía del Espíritu Divino, pues, de otra manera, nunca floreceremos en el huerto del Señor, ni deberíamos unirnos a la Iglesia de Dios en la tierra, pues no tenemos parte ni porción en el asunto. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, mientras digo que es el Espíritu el que obra este cambio, ustedes se están preguntando ''por qué medios lo hace''. Les pido amablemente que se refieran al capítulo del que es tomado mi texto, y observarán que el Señor Jesús tiene que ver con esto: “He aquí que yo lo dí por testigo a los pueblos, por jefe y por maestro a las naciones.” Ese versículo está ubicado antes de mi texto. Debemos conocer a Cristo antes de que podamos ser cambiados jamás. Algunas personas piensan que han de cambiarse ellas mismas para entonces venir a Cristo. ¡Oh, no! ¡Vengan a Cristo tal como son! La obra del Espíritu es cambiarlos. Ustedes no han de obrar un milagro, y entonces venir a Cristo para mostrarle el milagro; sino que han de venir a Cristo para sea obrado el milagro en ustedes. La obra de Cristo es comenzar con el pecador como pecador, lo mismo que hizo el buen samaritano con el hombre que cayó entre ladrones. No esperó que fuera curado antes de ayudarle, sino que derramó aceite y vino en sus heridas, lo colocó sobre su cabalgadura, y luego lo transportó al mesón; y Cristo puede también salvar perpetuamente a los que por Él se acercan a Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero el capítulo pareciera enseñar otra lección. Tú dices: “yo sé que el Espíritu Santo hace que el corazón y la conciencia vean a Cristo, pero, ¿cómo puedo alcanzar a Cristo?” El capítulo te lo dice. Dice que la Palabra de Dios no regresará a Él vacía. La forma en que Cristo es descubierto y encontrado por un pecador, es mediante la predicación de Cristo a ese pecador. “Oíd, y vivirá vuestra alma”. Ese es el Evangelio. La vía por la que Cristo viene al alma es a través de la puerta del Oído. “Satanás trata de tapar la puerta del Oído con lodo”, comenta John Bunyan; pero, oh, es algo glorioso cuando Dios limpia el lodo del prejuicio, de tal manera que los hombres están dispuesto a oír la verdad. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Había un anciano, un miembro de esta iglesia, que solía predicar cada domingo en Billinsgate, y muchas personas trataban de iniciar una controversia con él; pero era un viejo soldado en más de un sentido, y su respuesta, cuando alguien trataba de disputar o iniciar una controversia con él, era, “Oíd, y vivirá vuestra alma”; no he venido para dar inicio a una controversia, sino para predicar la verdad, “Oíd, y vivirá vuestra alma”. Esa era, verdaderamente, una respuesta muy clara. Ahora, ustedes saben que la simple confianza en Cristo es todo lo que Él les pide, e incluso eso, Él se los da. Es la obra de Su propio Espíritu. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oigan esto, entonces, ustedes, espinos y ortigas, antes de que Dios se disponga en orden de batalla contra ustedes, antes de que Sus fuegos los devoren. Oigan las delicadas notas del corazón de un Padre cuando habla en invitaciones evangélicas para ustedes. “Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche.” “A todos los sedientos: Venid a las aguas.” ¡Que todos ustedes sean llevados allí! ¡Que la gracia de Dios los lleve a todos a tomar a Cristo! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''III. '''Y entonces, para concluir, ¿CUÁL ES EL RESULTADO DE ESTA TRANSFORMACIÓN? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿En honor de quién redundará un cambio tan beneficioso? “Será a Jehová por nombre”. Tan pronto como ese gran pecador es convertido, genera un murmullo y un ruido en el taller en el que labora. “¡Cómo!”, preguntan ellos, “¿se ha vuelto un santo ese infeliz?” Solía maldecir, pero, “¡He aquí, él ora!” Podía beber con el borracho, pero ahora camina en el temor de Dios “en todo dominio propio y sobriedad”. No se podía confiar en él, pero ahora la tentación no puede apartarlo de su integridad. El nombre de Cristo, en una época, le agolpaba la sangre en sus mejillas, pero ahora, &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“Sonidos más dulces de los que conoce la música&amp;lt;br&amp;gt;Embelésanlo en el nombre de Emanuel.”''&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Digo que hay un murmullo en torno al taller; los hombres se dicen unos a otros: “¿Cuál es el significado de esto? ¿Cómo se produjo esto?”, y, aunque odian el cambio, lo miran con atención, y lo admiran. No pueden entenderlo; son como los magos de Egipto: no pueden hacer estas cosas con sus encantamientos, y por ello se ven obligados a decir: “Dedo de Dios es éste”. Si Dios convierte a algunos pecadores ordinarios, no recibe ni la mitad de la gloria por ellos de la que recibe por estos seres extraordinarios. El hombre cuyo carácter vil era conocido en todo un distrito, cuyo nombre era detestable en el barrio en que vivía, que había adquirido una reputación de malvado en todo el vecindario, cuando este espino se convierte en un ciprés, entonces todo mundo es presa del asombro. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si yo tuviera en mi huerto una gran ortiga que una vez rasgara mi mano, y un día, al pasar por allí viera, en lugar de esa ortiga, un ciprés en crecimiento, que proyecta un benéfica sombra que puede ser disfrutada bajo sus ramas, ¡cuán asombrado me quedaría! “¿Quién pudo haber transformado esta ortiga en un ciprés?” Y así, cuando un gran pecador es convertido, el dedo de Dios es identificado y Dios es glorificado. Incluso los impíos son forzados a honrar el nombre del Altísimo cuando otros impíos son salvados. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y luego, ''en cuanto a la iglesia'', los miembros tal vez son al principio un poco tímidos, y no pueden creer que sea verdad; oyen que aquel que una vez persiguió a los hermanos, ahora profesa el nombre de su Maestro; y, por fin, obtienen una buena evidencia de la verdad de ello; y, ¡oh, qué reverente alegría hay entre los hijos de Dios! Hay una reunión de la iglesia y él pasa al frente para confesar su fe; ellos saben cuán suciamente ha errado, y se gozan al verle de regreso. Podrá haber un “hermano mayor” que esté enojado, y no entre; pero, en su mayoría, la casa está muy contenta cuando el hijo pródigo regresa; y el que más goza en medio de todos ustedes, cuando ocurre una escena así, es aquel que les ha predicado el Evangelio. ¡Oh, el gozo que hubo en mi alma cuando algunos de ustedes fueron llevados a Cristo! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Recuerdo las alentadoras noches que experimenté, y cómo me fui a casa gozándome triunfante en mi Dios por causa de algunos de ustedes. Una vez fueron inmundos, “mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios”, y, ciertamente, habría más de tal gozo si más fueran llevados a Cristo. Algunos de los mejores miembros de esta iglesia son aquellos que fueron tizones arrebatados del incendio. ¡Que tuviéramos más de esos pecadores por la sangre de Jesús! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y esto no es todo. ''Un ángel ''estaba presente cuando el acto fue realizado; ellos están siempre presentes en las asambleas de los santos; por esto es que las mujeres llevan sus cabezas cubiertas: “por causa de los ángeles”. Si nadie más lo viera, los ángeles, que cubren sus rostros cuando se inclinan delante de Dios, quisieran que entráramos en Su presencia en decencia y orden. Este ángel nos oye llorar; una corriente de luz asciende a las regiones de los bienaventurados; de inmediato la bienaventuranza se esparce por todos los campos celestiales, y, conforme se propagan las noticias: “un hijo pródigo ha regresado, otro heredero de la gloria ha nacido”, toman sus arpas, y afinan de nuevo sus cuerdas; se inclinan con mayor reverencia; cantan con un gozo más excelso; alzan sus voces con una alabanza más gloriosa: “Al que amó las almas de los hombres, y las lavó en Su sangre, a Él sea la gloria, el honor, el poder y el dominio por siempre y para siempre”; y así los cánticos del cielo son henchidos, se escuchan más profundos y más potentes y con un gozo tumultuoso debido a los pecadores salvados en la tierra. Sí, comentan en el cielo que el espinar se ha convertido en una alameda de cipreses y que el abrojo se ha convertido en un arrayán; y, ¿qué me atreveré a decir?: ''incluso la Divina Trinidad irrumpe en gozo''. Su gozo no puede ser incrementado, pues es Dios sobre todas las cosas “bendito por los siglos”; pero, aun así, está escrito, “Se gozará sobre ti con alegría, callará de amor, se regocijará sobre ti con cánticos”. ¿No se dice, acaso, que cuando el pródigo aún estaba lejos, lo vio su padre? ¿Acaso es posible que entre los siervos y amigos hubiera gozo, y no lo hubiera en el corazón del padre? ¡Imposible! El Dios Eterno, Jehová mismo, ve con deleite a los elegidos de Su corazón; Jesús ve la compra que hizo con Su sangre; el Espíritu ve el resultado de Su propio poder; y así, hasta el propio trono de Dios, es sentido el impulso de un pecador. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ella vino del burdel; él vino de la prisión; y, sin embargo, incluso el cielo siente una viva emoción con las noticias. Ella se había manchado a sí misma con el pecado; él había contaminado a otros con sus crímenes; y, sin embargo, los ángeles afinan sus arpas para las loas a Jehová por su causa. ¿Fue profético el acto de la mujer de quebrar el frasco de alabastro y llenar la casa con el olor del perfume? ¿Fue ese acto una profecía de lo que todo pecador penitente hace cuando su corazón quebrantado llena el cielo y la tierra con el dulce perfume de gozo porque es salvado? Y cuando lavó los pies del Salvador, y los secó con los cabellos de su cabeza, ¿fue eso también profético? ¿Mostró cómo Jesús recibe Su mayor honor, Su más puro amor, Su más hermosa alabanza y Su más dulce solaz de parte de los pecadores salvados por la sangre? Me parece que así fue. ¡Tal vez reciba tal gozo de nosotros! En verdad Jesús murió por mí; y ahora estoy llorando al pie de Su cruz, para contar la historia de su verdadero amor por los pecadores; y, ¡oh, pobre pecador, Cristo es capaz de salvarte! Quienquiera que venga a Él, no le echará fuera. ¡Oh, que quisieras venir! ¡Que la gracia soberana te forzara a entrar! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esta tarde estuve compartiendo con una persona que tenía un semblante marchito y sus mejillas hundidas, marcado por la muerte, que fue miembro de esta iglesia alguna vez, pero que cayó inmundamente, y se descarrió; y yo recuerdo a dos o tres de su edad, que profesaron también una vez, quienes, es extraño decirlo, se apartaron de Dios, igual que él. Cuando le hablé del Señor, de Su infinita compasión, no podía hacer otra cosa que tener en el ojo de mi mente al hijo pródigo que desperdició su herencia en una vida disipada, y sin embargo, su padre no lo menospreció, y ni siquiera lo censuró, sino que: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“______ fue estrechado contra el pecho de su Padre,&amp;lt;br&amp;gt;Otra vez un hijo confeso,&amp;lt;br&amp;gt;Que no habría de apartarse más de su casa.”''&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Y pensé que les diría esta noche: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“Ven y sé bienvenido, pecador, ven.”''&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
No piensen que Dios es duro: no piensen que Dios es áspero. No hay un pecho tan suave como el Suyo, ni un corazón tan profundamente lleno de simpatía. Él clama sobre los peores de ustedes: “¿Cómo podré abandonarte, oh Efraín? ¿Te entregaré yo, Israel? ¿Cómo podré yo hacerte como Adma, oponerte como Zeboim? Mi corazón se conmueve dentro de mí, se inflama toda mi compasión. No ejecutaré el ardor de mi ira, ni volveré para destruir a Efraín; porque Dios soy, y no hombre.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oh, ¿los interpelará en vano mi Salvador? ¿Rodarán hasta el suelo las lágrimas de Jesús? ¿Acaso no tendrá una influencia atractiva el amor de Dios? ¿No los atraerá la misericordia al festín de amor, cuando suena su campana de plata? ¡Oh!, ¿por qué habrían de morir? ¿Es tan dulce el pecado que habrán de sufrir por siempre por su causa? ¿Acaso son las vanidades de este mundo tan importantes en su estimación como para permitir que pierdan el cielo y la vida eterna? Les pido que “Busquen a Jehová mientras pueda ser hallado, que le llamen en tanto que está cercano”, y no crean que Él los rechazará, pues “será amplio en perdonar”. ¡Oh, que lo haga esta noche! &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“Dios mío, siento la funesta escena;&amp;lt;br&amp;gt;Mis entrañas suspiran por los hombres moribundos;&amp;lt;br&amp;gt;Y mi piedad desea recuperar,&amp;lt;br&amp;gt;Y arrebatar los tizones de la llama.&amp;lt;br&amp;gt;&amp;lt;br&amp;gt;“Pero mi compasión resulta ser débil,&amp;lt;br&amp;gt;Y no puede sino llorar cuando más amo;&amp;lt;br&amp;gt;Emplea Tu propio brazo salvador,&amp;lt;br&amp;gt;Y cambia estas gotas de dolor en gozo.”''&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
¡Oh Señor, te pedimos que lo hagas, pues Tú puedes hacerlo! ¡Sal, oh Jesús; sube ahora a Tu carroza! El infierno vacila ante Tu majestad; el cielo adora Tu presencia; la tierra no puede resistirte; las puertas de bronce se abren de par en par, y las barras de hierro son quebradas. Ven, Vencedor, ahora, y cabalga a lo largo de las calles de esta ciudad, y a través de los corazones de todos nosotros, y serán tuyos, “y será a Jehová por nombre, por señal eterna que nunca será raída.” ¡Que Dios derrame Su bendición sobre ustedes, por Jesucristo nuestro Señor! Amén.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

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		<id>http://es.gospeltranslations.org/wiki/Razones_en_Defensa_de_Dios</id>
		<title>Razones en Defensa de Dios</title>
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				<updated>2011-02-28T19:00:14Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|Speaking on God's Behalf}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Todavía tengo razones en defensa de Dios”. ''Job 36: 2.&amp;lt;br&amp;gt;“''Todavía hay palabras en favor de Dios”. ''Job 36: 2.&amp;lt;br&amp;gt;Biblia de Jerusalén &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Ésto dijo Eliú, y ciertamente muchos de nosotros podríamos tomar una resolución semejante. Hemos gustado la benignidad del Señor. Cuando venimos a Él por primera vez, cargados de culpa y llenos de ayes, lo encontramos dispuesto al perdón. Es un Dios en quien hay abundante redención. &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“Muchos días han pasado desde entonces,&amp;lt;br&amp;gt;Muchos cambios hemos visto”.''&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Con todo, hemos de contar la misma historia. Dios ha sido fiel con nosotros bajo toda circunstancia. Él ha pasado por alto nuestras rebeldías, ha sido paciente con todos nuestros defectos y ha sido indulgente con nuestros descarríos. Su merced no se ha agotado hasta este día, Su promesa no ha sido abandonada y Su pacto está intacto. No nos ha fallado nunca. Por un deber necesario, pero con jubilosa gratitud, nos vemos constreñidos a decir que el Señor es bueno, y para siempre es Su misericordia. Entonces, debemos decir palabras en favor de Dios. Tenemos muchas razones para hacerlo. Mientras el mundo se mofa o desprecia, mientras algunos dudan y otros blasfeman, mientras la idolatría y la infidelidad cuentan con sus respectivos paladines, nosotros ofreceremos nuestro testimonio personal en presencia de todos los adversarios del Señor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Bienaventurado sea Su nombre, porque Él es un Dios fiel y verdadero, y aunque todos los moradores de la tierra lo contradigan y lo abandonen, Su amor nos sujeta con firmeza. No podemos permitir ahora, ni en el futuro, que nuestra confianza en Él sea desplazada o que nuestro testimonio en favor de Él sea silenciado. Me parece que la ocupación principal del cristiano mientras viva en la tierra, es hablar en favor de Dios. ¿Por qué ha sido colocado aquí? Fines rastreros o ruines propósitos no me parecieran responder a esta pregunta. Un peregrino en ruta a la ciudad celestial, que simplemente trabaje y se esfuerce arduamente y cumpla sus días como un asalariado en común con el resto de sus semejantes, rendiría muy pobres cuentas. ¿Acaso no se le concede una residencia temporal aquí para que glorifique a su Dios hablando en Su favor? ¿Acaso cada uno de nosotros no es destinado a permanecer en estas tierras bajas, para dar personalmente testimonio de lo que hemos visto y oído, gustado y palpado, probado y comprobado como verdadero, de la buena Palabra de Vida? Esta sagrada obligación podría ser un buen examen de conciencia para algunos de ustedes. Me temo que hay algunas lenguas mudas que no hablan en favor de Dios. ¿Y quién de nosotros podría evitar una severa reprimenda por este motivo? Pues quienes hablan entre nosotros, no hablan como deberían hacerlo; no siempre proporcionamos la evidencia ni damos el testimonio que conviene que demos en favor de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esta noche me propongo mencionar ''algunas de las ocasiones en las que todavía debemos hablar en favor de Dios; algunas prevalecientes excusas para guardar silencio; algunas razones imperativas para dar testimonio; y algunas conspicuas sugerencias para quienes se sienten constreñidos a abrir valientemente su boca para la honra de Dios''. Para mi mente pareciera obvio que: &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I.''' HAY CIERTAS OCASIONES EN LAS QUE CADA PERSONA SALVADA DEBERÍA HABLAR EN FAVOR DE DIOS. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Acaso no nos incumbe hacerlo especialmente ''inmediatamente después de haber encontrado la paz al poner nuestra confianza en el Señor Jesucristo''? Quien cree con su corazón, inevitablemente lo confesará también con su boca, de acuerdo a la regla evangélica. ¿Has oído las buenas nuevas del camino de salvación, has creído en él y has recibido la plenitud de su bendición? Entonces tienes la prohibición de ocultar tu luz bajo un almud; tienes la advertencia de hacerla visible para todos los que están en la casa. No debes ocultar tu lealtad a tu Señor como un cobarde, antes bien, cual guerrero, debes portar la librea del Rey, debes unirte a las filas e integrarte con el resto de Su pueblo. ¿Acaso no es éste el mensaje que se nos pide que divulguemos: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo”? ¿No deberías, por tanto, declarar tu fe y confesar a tu Señor en el bautismo? Entonces, habiendo creído en Su Palabra y habiendo obedecido Su precepto, toma Su cruz como alguien que está muerto y enterrado con Él, en el tipo externo y en el símbolo, para seguirlo a partir de ahora adondequiera que te guíe. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Conforme leo la Palabra de Dios, me parece a mí que éste ha sido el derrotero de todos los primeros cristianos. Ellos creyeron y fueron bautizados. No lo pospusieron ni le dieron largas, sino que tan pronto fueron cristianos, confesaron su cristianismo en el bautismo. ¿Y por qué no es así ahora? Quiera Dios que Su pueblo regrese a los simples métodos de las primeras iglesias, y sienta que, habiendo sido salvado, su siguiente paso es dar la respuesta de una buena conciencia para con Dios, hablando así en Su favor y declarando ser ellos mismos elementos del pueblo de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Este es un prefacio apropiado para una vida de testimonio. La carrera entera de un cristiano debería resonar con poder espiritual. Por la permanencia de Dios el Espíritu Santo en su interior, debería hacer resonar con plateadas notas, en toda su conversación, un testimonio hermoso, agradecido y lleno de gracia tanto en la Iglesia como en el mundo: “Todavía tengo razones en defensa de Dios. Aun si he hablado durante los últimos veinte años, me es necesario hablar en favor de Dios”. Pudiera tener mis cabellos grises, pudiera apoyarme en mi bastón, pudiera acercarme a los propios límites de la breve duración de la vida del hombre en esta pobre etapa, pero “Todavía tengo razones en defensa de Dios”. Aun cuando las almohadas sostuvieran mi doliente cabeza y mi carne y mi corazón fallaran al punto de que el pulso de mi vida decayera, y me faltara el habla, nuestro testimonio para los hijos de los hombres nunca debería vacilar, ni menos llegar a un innoble fin. “Todavía tengo razones en defensa de Dios”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando conocí por primera vez al Señor, me sentí constreñido a hablar. Yo quisiera que todo hombre convertido fuera inducido instantáneamente a confesar a su Señor. Pero si tenemos algo que lamentar en cuanto al pasado, no debemos estar indecisos ahora. Dilo, decídelo, decláralo.''Todavía tengo y todavía ''tendré razones en defensa de Dios, hasta que el habla me falte, hasta que, agonizante: “Estreche en mis brazos a mi Salvador, el antídoto de la muerte”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y, ¡oh, cuán especialmente obligado está el cristiano a expresar palabras en favor de Dios ''cuando se encuentra en medio de hombres y mujeres impíos''! En la casa donde vives podría no haber ningún amante de Jesús excepto tú mismo. Pon cuidado para que tu conversación dé a conocer a los demás que tú has estado con Jesús, y que has aprendido de Él. No hay ningún otro cirio en la casa; ¡oh!, entonces no le apliques el extintor a ese único cirio. Tú eres la única sal; entonces pon cuidado para que seas rociado sobre la masa. Que el olor de tu caminar y de tu conversación se difunda entre tus asociados. Tal vez, algunas veces el nombre de Cristo pudiera ser blasfemado en tu presencia; o, pudiera ser que alguna conversación profana e incluso depravada embistiera tus oídos. Te corresponde expresar tu disgusto por cualquier cosa que fuere desagradable para Aquel a quien sirves. Debes expresar una palabra -aunque la declares débilmente, de pasada- en favor del Cristo a quien calumnian las lenguas impías. No te puedes quedar quieto si oyeras que hablan mal de tu mejor amigo; eso sería ser ingrato en extremo. Bien podría preguntarte: “¿Es esta tu amabilidad para con tu amigo?” Si sonrieras, ellos pensarían que eso te divierte, pero si te rieras con ellos por alguna broma profana, ellos dirían que disfrutas eso. “Tú también eras como uno de ellos” fue una acusación levantada antaño en contra de un profesante. ¡Oh!, que nunca sea levantada en contra de ninguno de nosotros. Si vemos que nuestro vecino peca, y no lo censuramos cuando se presente la oportunidad, nos volvemos partícipes de su pecado. Recuerda ésto: en tales ocasiones es nuestro deber imprescindible hablar en favor de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y además, nos encontramos con''hermanos sumidos en la aflicción''. Se afligen y se lamentan por ellos mismos y por sus adversidades. El propio pueblo de Dios descubre comúnmente que en todas sus aflicciones es asediado con tentaciones. ¡Cuán propensos son a hablar imprudentemente porque piensan adversamente del orden de la providencia de Dios y de la expresión de Su amor! Yo desearía que esta malsana condición del corazón y este mal hábito de los labios fuera menos predominante de lo que infelizmente es. Hablan como si sirviesen a un duro Señor, y murmuran como si Su providencia fuera peculiarmente severa para con ellos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo les suplico que aprovechen el momento propicio para hablar en favor de Dios. ¡Hija de la pobreza!, tú has experimentado el aguijón de la carencia; entonces cuenta la fidelidad de Dios que te sustentó. ¡Hijo del dolor!, habla tú que te has revolcado durante tanto tiempo sobre un lecho de aflicción, cambiando tu postura una y otra vez, hasta que tus huesos comenzaron a mostrarse a través de la piel; hablen ustedes, pacientes sufridores -y hay muchos entre ustedes cuyos dolores son punzantes y cuyas heridas son incurables- y cuenten cómo los ha socorrido Dios. No se queden callados, ustedes que han andado en medio del fuego y del agua, del horno y de la inundación. Testifiquen ustedes, padres en la Iglesia, y ustedes, madres en Israel; hablen en defensa de Dios acerca de la benignidad, de la guía, y de la gracia que han probado. No permitan que los jóvenes reclutas alberguen duros pensamientos acerca de su Señor y Maestro. Díganles que la batalla de la vida, aunque sea dura, no logra desconcertar el consejo o el cuidado del Señor. Aquel que te ha sostenido a ti los llevará a ellos a través de diez mil olas, y los mantendrá vivos en medio de ardientes aflicciones como un horno recalentado siete veces, y demostrará que es su Dios benigno hasta el fin. Todavía tienes que hablar en favor de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, hermanos y hermanas, algunos de ustedes no sólo tendrán que hablar así en los aposentos donde están confinados los afligidos, y en la escuela dominical donde los niñitos se juntan alrededor de sus rodillas, y en sus propias familias y talleres, sino que ''podrían tener un llamado para hablar en las calles, o en los púlpitos de sus santuarios''. Yo les ruego, entonces, que si tienen la habilidad para un trabajo así en este día de blasfemia y censura, pasen al frente. Estoy persuadido de que algunos de mis hermanos esperan mayores talentos antes de hablar por Cristo, de los que tienen derecho a esperar al principio. Si a nadie se le permitiera hablar en favor de Dios excepto quienes tuvieran diez talentos, seguramente el reino de Dios debe de estar profundamente endeudado con la educación y la erudición de los hombres letrados. Pero si leo esta Palabra correctamente, no es así. Más bien le agradó a Dios escoger lo débil y lo necio para avergonzar a los poderosos y a los sabios. Por tanto, que el hermano de baja condición no reprima su testimonio. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si tú puedes decir sólo unas escasas buenas palabras, dilas. ¿Quién le negaría unas cuantas gotas de humedad a las flores del jardín sólo porque no tuviera abundantes torrentes bajo su control? ¿Acaso cada rutilante estrella debería cesar de brillar por no ser un sol? ¡Cuán negra sería la noche! ¡Cómo quedaría desprovisto de belleza el firmamento! ¡Si cada gota de lluvia rehusara caer sólo por ser una gota, tendríamos carencia de lluvias refrescantes que alegren el suelo sediento! Haz lo que puedas si es que no pudieras hacer lo que quieres, pues tú, sí, tú, tienes que hablar todavía en favor de Dios. Y es posible que tengas más talento del que piensas; un poco de ejercicio podría revelar tus poderes latentes. Los hombres no crecen para llegar al estado adulto en una semana o en un año. Roma no se hizo en un día. ¿Cómo puedes esperar estar calificado para servir con mucho éxito a tu Dios, a menos que recibas entrenamiento con ejercicios repetidos y disciplina? Si comienzas a caminar, o incluso a andar a gatas, posteriormente puedes aprender a correr. Debes contentarte con usar los poderes que tienes, al máximo de su capacidad, pues Él ha dicho: “No te desampararé, ni te dejaré”. No reserves tu fuerza, antes bien consagra toda la que tengas, “Pues él da mayor gracia”; cultiva diligentemente cada facultad, sabiendo que Él da gracia sobre gracia. “Todavía tengo razones en defensa de Dios”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo no sé si soy ahora precisamente como el serafín que voló con un carbón encendido tomado del altar con unas tenazas, para tocar algunos labios, para ponerlo en la boca de cualquier persona, y decirle: “He aquí que esto tocó tus labios”. Pudiera ser. Algún hijo de Dios que ha estado mudo hasta ahora, pudiera ser llamado en adelante a hablar en favor de su Maestro. Si tú oyes ahora una voz diciendo: “¿Quién irá por nosotros? ¿A quién enviaremos?”, tu respuesta debe ser: “Heme aquí, envíame a mí”. Responde, en las palabras de nuestro texto: “Todavía tengo razones en defensa de Dios”. Ahora vamos a considerar: &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''AQUELLOS ARGUMENTOS QUE SURGEN NATURALMENTE EN ALGUNAS MENTES EN FAVOR DE GUARDAR SILENCIO. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Tengo todavía razones en defensa de Dios? “No” –dice alguien- “perdóname, pero ''decir palabras en favor de Dios no puede ser considerado esencial para la salvación''. ¿No hay algunas personas que vienen, como Nicodemo, de noche? ¿No podría haber muchos creyentes en Jesús que no tienen el valor de hablar sin tapujos lo proveniente de la plenitud de su corazón? ¿Por qué no podría ser yo uno de esos creyentes secretos y, sin embargo, entrar en el cielo? Tú piensas ir a la ciudad celestial por un atajo, sin ser visto ni advertido, esperando estar seguro al final. Suponiendo que sea cierto que declarar tu fe no fuera absolutamente esencial para la salvación, yo te pregunto: ¿acaso no es absolutamente esencial para la obediencia, y pregunto de nuevo si la obediencia no es esencial para todo creyente como una vindicación de su fe? Aunque me dijeras que hay muchos creyentes secretos, me aventuro a afirmar que no conociste nunca a ninguno, o si piensas que lo has conocido, el secreto no fue guardado debidamente, puesto que llegaste a saberlo. Obviamente, si hubiera sido un secreto genuino, habría estado fuera del alcance de tu conocimiento, o también del mío, por lo que no podemos argumentar justamente al respecto, y como no sabemos que tal cosa haya existido, no tenemos ningún hecho sobre el cual elucubrar. Ciertamente ese gracioso secreto se le tuvo que dar a conocer a una persona u otra; o lo que trataste de ocultar, alguien lo habría descubierto. Yo pensaría que si tu carácter y tu conducta cristianos no fueran palpables, tu cristianismo difícilmente podría ser genuino. ¿Quién podría ocultar al fuego en su pecho? ¿Acaso no habría de manifestarse tarde o temprano? Entre más malvadas fueran las personas que te rodean, más fácilmente descubrirían la diferencia entre un cristiano y ellas mismas. Muy difícilmente podrías ocultar la luz; tiene que revelarse. Entonces, ¿por qué deberías intentar ocultarla? Hacer simplemente lo que es absolutamente necesario para la salvación, es algo mezquino y egoísta. Estar pensando siempre si esto o aquello es necesario para que seas salvo, ¿es así como quisieras mostrar tu lealtad al Salvador? ¿Acaso la abnegación de nuestro bendito Señor y Maestro habría de ser correspondida con el egoísmo de los seguidores que siempre están mascullando: “''Cui bono''? ¿Qué provecho puedo obtener de Su servicio?” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, que pudiéramos ser liberados de esa disposición tan poco generosa! Sabiendo que Cristo ha hecho tanto por nosotros, y sintiendo el poder estimulante del amor, hemos de alegrarnos de servirle, independientemente de que el servicio sea grato para nuestro gusto, o mortificante para nuestro orgullo; haciendo eso, descubriremos pronto que, en guardar Sus mandamientos, hay una gran recompensa. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Pero, ¿por casualidad eres tú de una disposición muy retraída?” Esa es una hermosa disposición, no lo dudo, y bastante rara en algunos círculos selectos como para reclamar la admiración, pero es indeseable, en verdad, en algunos campos particulares y en algunas coyunturas críticas. Para un soldado, cuando la batalla arrecia, ser de una disposición retraída no sería ni patriótico ni algo digno de elogio. Si este temperamento delicado hubiese sido la principal virtud de los ejércitos de donde surgieron los héroes británicos, la trompeta de la fama habría cesado de resonar, desde hace mucho tiempo, las gestas de proezas de las que todo ciudadano inglés está orgulloso. Un soldado de Cristo hace bien en ser modesto cuando se valora a sí mismo, pero tiene que ser poderoso cuando sirve al Señor. Si fuera demasiado modesto al profesar a su Maestro, esta desvergonzada modestia revelaría un espíritu pusilánime, ante el cual sus compañeros bien podrían estremecerse. &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“¡Avergonzado de Jesús! ¿De ese amado Amigo&amp;lt;br&amp;gt;De quien dependen mis esperanzas del cielo?&amp;lt;br&amp;gt;¡No!, si me sonrojo, que esta sea mi vergüenza,&amp;lt;br&amp;gt;Que ya no reverencio más Su nombre”.''&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
¡Avergonzado de Jesús! Realmente las palabras parecen tan duras que implican un insulto. Sin embargo, esta hermosa disposición de retraimiento, cuando es traducida de las finas palabras con las que la envuelves, significa ni más ni menos una deslealtad que es casi equivalente a una traición. ¡Avergonzado de Jesús, que derramó Su sangre por ti! ¡Ah!, todos ustedes deben confesar que no hay ninguna violación de la modestia genuina cuando se profesa el intenso apego y la lealtad personal para con el Señor Jesucristo. Esto podría ser un verdadero retraimiento, después de todo, pues podrías renunciar por ello a las loas del mundo, repudiar sus honores, atraer sobre ti su más sonora censura, y ser correspondido con un frío recibimiento cuando tomas tu cruz y le sigues. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, ¿acaso no he oído decir con frecuencia a algunas personas: “Por qué habría yo de hablar en favor de Dios, cuando ya ''algunos que sí hablan son hipócritas''?” Esta me parece ser una razón para que hables el doble, para contrarrestar su falso testimonio, y para que hables con el mayor cuidado e integridad, haciendo de su ejemplo un faro para que no caigas en la misma condenación. Si algún amigo mío tuviera un enemigo que fuera una serpiente en la hierba, alguien que pretendiera ser amable mientras trama maldad, ¿habría yo de decir: “Voy a abandonar a mi amigo, y no voy a reconocerlo, porque otro individuo le ha traicionado”? Un tal razonamiento se refutaría a sí mismo; por tanto, no hemos de engañarnos con su sutileza. Entre más hipócritas haya, más necesidad habrá de hombres honestos que enarbolen el estandarte de la cruz. Entre más engañadores haya, mayor razón habrá para que los fieles y los verdaderos vengan y se integren a las filas, e impidan que la batalla sea entregada en manos del enemigo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿O dudan de hablar en favor de Dios ''porque tienen miedo de que su testimonio sea muy débil''? ¿Pero por qué inquietarse a ustedes mismos por ese motivo? ¿Acaso las grandes cosas no son la sumatoria total de pequeñas cosas? ¿Y no podría haber algo grande involucrado en el movimiento de lo pequeño? Una buena palabra salida de tu boca podría provocar un pensamiento o una serie de pensamientos que podrían redundar en la conversión de alguien cuya elocuencia habrá de sacudir a la nación. Tú emites tan sólo una chispa, pero sólo el cielo sabe qué conflagración podrá causar; sólo el cielo lo sabe. Qué importa que sólo parezcas alguien nimio e insignificante como el insecto del coral; con todo, si haces para con tus semejantes lo que te corresponde del trabajo, podrías ayudar a apilar una isla que será abundante en fertilidad y estará adornada con belleza. Tú no eres llamado a hacer algo que exceda tu poder o tu capacidad. Basta con que hagas lo que puedas. Dios no exige según aquello que el hombre no tiene, sino de acuerdo a lo que el hombre tiene. Por tanto, que no sirva de excusa para tu silencio que no puedes hablar con una voz de trueno. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Pero” -dice uno- “si yo fuera a hablar en favor de Dios, ''sentiría después y por siempre, un peso de responsabilidad del que no podría escapar''. Un hombre de Dios, estando junto a la pila del bautismo no hace muchas semanas, me dijo: “No me atrevo a ser bautizado a pesar de que creo que es una ordenanza de las Escrituras, porque siento que involucra una profesión muy solemne. No podría vivir a la altura de sus exigencias”. Mi respuesta para él fue: “¿no es ésa la razón precisa de por qué deberías entregarte al Señor de inmediato, pues entre más nos sintamos obligados a la santidad es mejor?” “Sobre mí… están tus votos”. Si la profesión de nuestra fe en Cristo se vuelve una restricción para nosotros, no debemos lamentarlo por ese motivo. Necesitamos esas restricciones. Si nos sentimos obligados a ser más precisos, es porque servimos a un Dios preciso; y si nos sentimos obligados a ser más celosos, es porque servimos a un Dios celoso. Me gusta ver que los hombres estén llenos de bríos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Miembros de esta iglesia: siempre que el mundo los denigre y los vigile, yo le agradezco al mundo que lo haga. Es bueno para nuestro bienestar que tengamos un ojo de águila vigilando sobre nosotros. Qué importa que el severo Argos use todos sus ojos; nosotros hemos de ser lo que debemos ser, y no necesitamos preocuparnos de quién nos critica o se queja de nosotros. Si no somos lo que deberíamos ser, sino somos meros hipócritas, entonces, en verdad, bien podemos desear estar ocultos. Confiesa el nombre de Jesús, conviértete en un verdadero seguidor de Sus pasos, y camina con toda humildad y esmero, conforme Su gracia te capacite, y procura ser digno de tu excelso llamamiento. Sé valeroso para confesar Su nombre mucho más, y ciertamente no mucho menos, porque esa confesión te colocará bajo solemnes obligaciones de vivir más cerca de Él que antes. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Todavía puedo imaginar que hay muchas personas aquí que están buscando una u otra excusa que no les gustaría mencionar. Dicen que van a esperar un poco; que se dilatarán un poco. Otros no dicen nada, pero simplemente están descuidando el deber. Bien, no voy a detenerme para argumentar con ellos, sino que más bien voy a orar pidiendo que Dios el Espíritu Santo los convenza, si es que han sido revividos de su muerte espiritual, y son hoy herederos de Dios, para que enfrenten el deber que les corresponde y su bendito privilegio de todos los modos y aprovechen todas las oportunidades prudentes de hablar en favor de Dios. Pero hay: &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''III. '''RAZONES CONVINCENTES PARA QUE HABLEMOS EN FAVOR DE DIOS, y les pido su atención para que las consideremos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ciertamente eso ''se exige a todos los creyentes''. Se nos pide confesar con la boca si es que hemos creído con el corazón. Además, tenemos la promesa de que “con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación”; y de igual forma tenemos ésta: “A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos”. La alternativa está cargada de juicio: “Y a cualquiera que me niegue” – lo cual significa lo opuesto de una confesión- “Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos”. Entonces, si ésa es la voluntad del Señor pero la olvidas o la descuidas, has de atenerte a las consecuencias. “Aquel siervo que conociendo la voluntad de su señor, no se preparó, ni hizo conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes”. Date prisa, entonces, cristiano remiso. Apresúrate y no te dilates en guardar este mandamiento; has de estar convencido de que todavía tienes que hablar en favor de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ten la seguridad de que el testimonio que puedas y debas dar ''será un gran consuelo para el pueblo del Señor''. Ustedes no saben, - algunos de ustedes que son salvos, pero que nunca han confesado su fe- qué placer le proporcionaría eso al ministro. Yo no conozco ningún gozo comparable al de oír que alguien fue convertido en el instrumento de la conversión de un alma. Eso mantiene nuestros espíritus en alto, y nuestro Maestro sabe que tenemos algunas veces una gran necesidad de algún éxito que pueda animarnos. Quien crea que el ministerio cristiano es una fácil ocupación, exenta de cuidados y libre de pruebas, sería bueno que lo experimentara. Sería mejor ser un galeote encadenado al remo, que ser un ministro del Evangelio, si no fuera por las poderosas consolaciones que nos sustentan en el presente y por la divina recompensa que habrá al final. Aquel que cumpla diligentemente esta vocación solemne, no conoce nunca el descanso ni la liberación de la ansiedad. Su mente está siempre activamente involucrada en el servicio de su Maestro; su corazón carga continuamente un peso del que no puede desprenderse. Sueña con algunos que caminan desordenadamente, y se despierta para suspirar y llorar por otros que se tornan fríos o tibios. Tiene que arar el terreno pedregoso, y tiene que lamentar la pérdida de su simiente. Él esparce la buena semilla al pasar, y si no brota pronto, conforme a la promesa, clama: “¿Quién ha creído a nuestro anuncio? ¿Y sobre quién se ha manifestado el brazo de Jehová?” Como agua refrescante para un alma sedienta, así serían las buenas nuevas de tu conversión. Por esa razón, ustedes que son salvos, tienen que hablar en favor de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Y cuán alentador es para la Iglesia entera! Estoy seguro de que en la asamblea de la iglesia tenemos con frecuencia una música sencilla que es más apasionante que cualquiera de los himnos entonados en sus catedrales. Hay una gozosa melodía en nuestros corazones delante del Señor, cuando nos enteramos de un penitente con un corazón quebrantado que encuentra la paz, de un desechado que es recuperado de los parajes desolados, de un pecador escandaloso que es conducido a los senderos de la obediencia y de la santidad. Incluso los ángeles consideran que se trata de una música que ha de ser disfrutada intensamente. Pienso que arrancan una melodía más noble de sus arpas de oro cuando se enteran de que algunos hijos pródigos han buscado el rostro de su Padre. Todavía tienen que hablar en favor de Dios por causa de Su Iglesia, para que sea animada. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
También les incumbe grandemente hablar en favor de Dios, ''en bien de los indecisos''. Probablemente algunos de ellos serían plenamente persuadidos si vieran su ejemplo. ¡Cuántas personas hay en el mundo que son guiadas por la influencia que otros ejercen sobre ellas! Miles han sido conducidos a Jesús tal como aquellos primeros discípulos de quienes leemos que Andrés siguió a Jesús, y pronto trajo a Jesús a su propio hermano Simón; o Felipe, el cual, después de ser encontrado por Jesús, encuentra a Natanael, y se lo dice y se lo cuenta y lo lleva al Salvador. Todos nosotros podemos ejercer una influencia de algún tipo; contemos lo que Dios ha obrado en nosotros, y más de uno que claudica entre dos opiniones podría ser inducido, por la gracia divina, a echar su suerte con el pueblo de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mira con detenimiento al gran mundo circundante. ¡Qué cantidad de criaturas cuyas ''vidas descubrirán por experiencia una bendición o una maldición''! ¿Acaso no hablarás en favor de Dios por el bien de ellas? ¿No te sientes constreñido a dar tu testimonio contra su negligencia, su descarrío, y su deliberada desobediencia al grandioso Padre? Con habitual negligencia y constante olvido, menosprecian a Aquel que nunca los olvida, a Aquel que, con ojos que no duermen, vigila por el bien de ellos. Pongan ésto en su corazón, y salgan, se los ruego; apártense, y no toquen lo inmundo. Cuentan con la promesa de su Padre que asegura que Él será un Padre para ustedes, y ustedes serán Sus hijos. Ustedes no son del mundo, como tampoco Cristo es del mundo; ¿por qué, entonces, habrían de buscar que su nombre permanezca mezclado con el mundo? Pongan una distancia y apártense; tomen la cruz diariamente, y sigan a su Maestro. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Para su propio beneficio, también, me aventuraré a insistirle sobre ésto a cualquiera de ustedes que esté renuente a declarar su fe. No pueden concebir qué bendición sería para ustedes si hablaran clara y persistentemente en favor de Jesús. Esa timidez que ahora hace que te sonrojes, rápidamente cesaría de reprimir tu celo. Después que hubieres profesado abiertamente a Cristo una vez, dones que ahora dormitan sin que los percibas conscientemente, serían desarrollados por su ejercicio. El servicio de Dios te brindaría entonces un abundante consuelo. Si alguna vez ganaras un alma para Jesucristo, serías más feliz que el mercader cuando encontró la valiosa perla. Tú pensarías que toda la felicidad que jamás conocieras antes era menos que nada comparada con el gozo de salvar un alma de la muerte, y rescatar a un pecador para que no caiga en el abismo. La bienaventuranza de decir una palabra que afecte a tres mundos, haciendo un cambio en el cielo, y en la tierra y el infierno, cuando los demonios crujen sus dientes en ira debido a que una de sus víctimas es arrebatada de sus fauces; cuando los hombres en la tierra se maravillan y admiran el cambio que la gracia ha obrado; y cuando los ángeles se regocijan cuando se enteran acerca de pecadores salvados. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
''Por causa de Aquel que te compró con Su sangre preciosa'', busca a otros que han sido redimidos por el mismo precio inestimable. Por causa de ese Espíritu bendito que te llevó a Jesús, y que ahora se mueve en ti para que muevas a otros a venir a Jesús, levántate y ponte en acción, firme, inconmovible, abundando siempre en la obra del Señor, puesto que tú sabes que tu labor no es vano en el Señor. Todavía tienes razones en defensa de Dios, y éstos son los motivos que deberían impulsarte. Y ahora permítanme concluir con: &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''IV. '''UNA O DOS SUGERENCIAS. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si ustedes sintieran, queridos amigos, que deben hablar en favor de Dios –y yo espero que lo sientan- ya sea que se trate de hermanos en el ministerio público, o de hermanas en la privacidad de los círculos sociales, yo les aconsejaría que antes que comenzaran a hablar, ''buscaran la guía de Dios en cuanto a cómo han de hablar en favor de Él''. Los ignorantes, cuando se apoyan en Dios, presentan mejores defensas que los sabios cuando expresan el contenido de su propia cabeza. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es maravilloso leer las respuestas que algunos de los mártires dieron a sus acusadores. Piensen en aquella mujer, Anne Askew, cómo, después de ser atormentada en el potro y de ser torturada, dejó perplejos a los sacerdotes. Es realmente maravilloso leer cómo los venció. ¡Y allí estaba ‘su señoría el alcalde de Londres’ y ella lo hizo ver como un tonto! El alcalde le hizo esta pregunta: “Mujer, si un ratón se comiera el bendito sacramento que contiene el cuerpo y la sangre de Cristo, ¿qué piensas que le pasaría al ratón? “Su señoría – respondió ella- “ésa es una pregunta muy profunda; yo preferiría que usted mismo la responda. Mi señor alcalde, ¿qué piensa usted que le sucedería al ratón que hiciera eso?” “Yo creo verdaderamente”, dijo el señor alcalde, cuyo oídos deben de haber estado preternaturalmente largos, “¡yo creo verdaderamente que el ratón sería condenado!” ¿Y qué dijo Anne Askew? Bien, ¿qué mejor respuesta podría dar que ésta?: “¡Ay!, pobre ratón”. A menudo unas cuantas palabras breves, incluso tres o cuatro palabras, han sido las adecuadas cuando los mártires han esperado en Dios, y han hecho ver a sus adversarios tan ridículos que me parece que podrían oír de inmediato unas carcajadas provenientes tanto del cielo como del infierno, provocadas por su insensatez, pues los siervos de Dios los han declarado culpables de decir disparates y los han puesto en vergüenza. Pregunta qué es lo que debes decir, particularmente cuando los hombres quisieran tergiversar tus palabras, y cuando quisieran enredarte en tu propio discurso. Sé como tu Maestro algunas veces: inclínate hacia el suelo y escribe en tierra; espera un poco. Algunas veces una pregunta es respondida de la mejor manera por medio de otra pregunta. Pídele a tu Maestro que te enseñe esa retórica que confunde a los hombres que quisieran enredarte en tu discurso. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y si buscas la conversión de otros, recuerda especialmente que ''son las palabras salidas de la boca de Dios, más bien que las palabras de tu boca, lo que lo lograrán''; pregúntale al Maestro, pues Él sabe cómo disparar el arco cuando tú no puedes. Tú podrías dispararlo a la ventura, pero Él puede dispararlo con precisión, de tal forma que las flechas traspasarán entre las junturas de la armadura. Aquí está una oración para todo hombre y para toda mujer que tiene que hablar en favor de Jesús: “… Abre mis labios, y publicará mi boca tu alabanza”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y mira ''al Espíritu Santo para que bendiga aquello que te guía a decir''. Sería mejor decir cinco palabras dictadas por el Espíritu Santo, que expresar volúmenes enteros sin Su guía. Es mejor ser llenado de silenciosas reflexiones por el bendito Espíritu de Dios, que verter torrentes de palabras y frases, por ingeniosas que sean, sin Su influencia. Hay un irresistible poder en torno al hombre que tiene una unción del Espíritu Santo, que Demóstenes o Pericles, Cicerón o Sócrates, nunca soñaron. Pon al hombre que está dotado con este misterioso poder a hablarles a sus semejantes, y hará que se derritan los corazones de piedra, y abrirá paso para la verdad de Dios a través de las puertas de bronce y de barras de triple acero. Donde el Testigo Divino confirma la palabra hablada, hay una majestad en las expresiones más sencillas que transmite convicción al corazón, al tiempo que pone a temblar a Satanás y a todos sus leales seguidores. Busca este poder. Quédate en Jerusalén hasta que seas dotado de poder de lo alto, y luego habla valerosamente en favor de Dios. Independientemente de cuál sea tu llamamiento y de cuándo se presente tu oportunidad, habla como uno cuyo corazón ha sido agrandado, como uno cuya boca ha sido abierta, como uno que es llenado con el Espíritu. Quisiera advertirles muy encarecidamente a ustedes, jóvenes cristianos, que no pospongan ni se demoren en hablar, pues de otra manera carecerían de la facilidad de hacerlo que podrían adquirir rápidamente si la practicaran habitualmente. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Una aptitud para hablarle a la gente individualmente es muy deseable. Yo conozco a algunos hermanos en el ministerio a quienes envidio grandemente porque poseen un talento que yo no poseo en la misma proporción que ellos. Poseen el genio de una conversación tan santificada, con la que uno puede ser personal y sin embargo prudente; sencillo y directo, y sin embargo, agradable; administran una censura sin arriesgar una repulsa; ganan la confianza de un hombre al tiempo que hieren su orgullo, y recomiendan el Evangelio por la afabilidad con la que es expuesto; ese es un poder de predicación que ha de ser emulado por todos nosotros. Nosotros somos propensos a ser ambiciosos de hablar a los muchos, y olvidadizos del poder de expresión que puede hablarle con habilidad a un amigo. Comienza pronto, entonces, después de tu conversión, a hablarles individualmente a tus parientes y conocidos. Continúa esa práctica. Si te descubrieras que te estás volviendo haragán al punto que se hace fastidioso para ti, busca al Señor, y confiesa tu pecado delante de Él. El tacto requerido para hablarles a las personas de manera individual es digno de todo el estudio y de toda la atención que puedas brindarle. Ora pidiendo sabiduría y prudencia para saber cuándo hablar y cómo hablar. No todo pescador es capaz de pescar. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay una destreza involucrada en ello, misma que también hay en cuanto a hablar en favor de Cristo. Hay un tiempo oportuno y hay una manera adecuada. Bien, hay algunas personas que, si fueran a intentar hablar en favor de Cristo, harían daño. Tienen tales rostros adustos, tales modales desgarbados, tal forma tosca de expresarse que, a pesar de las buenas intenciones, más bien estorban en vez de ayudar. Esperan atrapar sus moscas con vinagre, pero nunca tendrán éxito ni serían capaces de hacerlo. Si pudiesen aprender a ser amables y cordiales, afables y comprensivos, sería mucho más probable que tuviesen éxito. Hay hombres que exponen la verdad de tal forma que más bien parece una mentira. Hay otros hombres que logran mucho con tan poca delicadeza que afrentan a aquéllos con quienes quieren quedar bien. Cuando hablemos en favor de Dios, hemos de aprender a hablar de la mejor manera posible, ejercitando todas las gracias cristianas. De nuestro bendito Señor se dijo: “¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!” Que pudiera observarse en nosotros, que somos Sus humildes seguidores, que hemos estado con Jesús y hemos aprendido de Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Que Dios les conceda, creyentes todos, gracia para hablar en favor de Dios; y ustedes, incrédulos, que puedan ser conducidos a confiar en el Señor, y a amarlo, y luego ha hablar en favor de Él; y Suya sea la alabanza y para ustedes el beneficio. Amén.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

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		<id>http://es.gospeltranslations.org/wiki/Un_Hecho_B%C3%A1sico_y_Una_Fe_B%C3%A1sica</id>
		<title>Un Hecho Básico y Una Fe Básica</title>
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				<updated>2011-02-27T19:50:20Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|Simple Fact and Simple Faith}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“Sabed, pues, esto, varones hermanos: que por medio de él se os anuncia perdón de pecados, y que de todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo aquel que cree”.'' Hechos 13: 38, 39.&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
La predicación apostólica difería ampliamente del típico sermonear de nuestra época. Cuando los apóstoles se dirigían a las asambleas de creyentes, indudablemente seleccionaban temas definidos y se apegaban a ellos, y abrían y exponían las verdades específicas que tenían a la vista. Pero cuando se dirigían al mundo exterior, y cuando hacían sus llamamientos a los incrédulos, no tenemos la impresión de que seleccionaran alguna doctrina especial como tópico. La manera en la cual ellos predicaron no consistía tanto en la inculcación de alguna doctrina específica acompañada de la demostración de las inferencias provenientes de ella, sino más bien en la declaración de ciertos hechos de los cuales habían sido testigos presenciales. Habían sido elegidos para dar su testimonio de esos hechos a los demás. Vean el sermón de Pedro en Pentecostés, o el sermón del mismo apóstol dirigido a Cornelio, o el registro de la predicación de Pablo en Perge o en Antioquía, y encontrarán que esos discursos eran un argumento tomado de las Escrituras que declaraba que, como Dios había prometido desde tiempos antiguos enviar a un Salvador, entonces Jesucristo vino al mundo, vivió una vida santa, fue muerto después de ser falsamente acusado y fue puesto en el sepulcro, resucitó de nuevo al tercer día y después ascendió al cielo, de conformidad al testimonio de los profetas. De Él dijeron que todo aquel que creyera en este hombre -que era Dios verdadero- sería salvado por Él. Ésta es la declaración que hicieron. Por lo general no los descubro exponiendo la doctrina de la elección en asambleas promiscuas con incrédulos presentes; no los veo argumentando los sutiles temas del libre albedrío y de la predestinación, o disputando sobre palabras sin ningún provecho para menoscabo de los oyentes. Su firme propósito era declarar aquellas cosas directamente vinculadas con la salvación del alma, que era el asunto de fundamental importancia al cual querían que todos los hombres prestaran su atención. Es así que exhortaban a todos los que los oían -con peligro de sus almas si dejaban de hacerlo- a que aceptaran la revelación y abrazaran la fe del Evangelio. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Escuchen al apóstol Pablo en el famoso capítulo quince de la primera Epístola a los Corintios, que es leída usualmente en los funerales. Dice allí: “Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado”. Ahora, ustedes esperarían que comenzara con una larga lista de doctrinas pero, en lugar de eso, dice: “Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras”. Eso es lo que Pablo describe enfáticamente como ‘el Evangelio’. Aseverar estos hechos, exhortar a los hombres a creerlos y a poner su confianza en el Hombre que así vivió, y murió y resucitó, fue la predicación del Evangelio que antaño sacudió a los vetustos sistemas de superstición -aunque parecieran estar establecidos sobre sus tronos de manera muy segura- que iluminó las tinieblas del paganismo, y que hizo que en esas primeras etapas del cristianismo, el mundo entero quedara asombrado con la luz y la gloria de Cristo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces, debemos esforzarnos por imitar a los apóstoles y debemos procurar predicar un sencillo sermón evangélico, si no con la habilidad de ellos o con su inspiración, sí al menos con su empeño y con el mismo deseo que ardía en sus pechos, para que por su medio lo hombres sean salvados. De conformidad con eso, vamos a tratar, primero, con ''la historia de Jesús, a quien exponemos como un Salvador''; en segundo lugar, con ''las demandas de Jesús''; y, en tercer lugar, con ''las bendiciones que Jesús proporciona''. Con respecto a: &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''LA HISTORIA DE JESÚS, si hacen el favor de buscar en sus Biblias, encontrarán que el apóstol comenzó su sermón notando aquí que ''muchos profetas hablaron de la venida de Jesús''. En el versículo veintitrés, Pablo menciona especialmente la promesa hecha a David: que de su simiente Dios levantaría a un Príncipe y Salvador para la casa de Israel. Hermanos, permítanme recordarles que con suma frecuencia han aparecido sabios en la historia del mundo que han reclamado tener una inspiración divina, cuyos anuncios fortalecieron la esperanza de la venida de un hombre que habría de redimir de la esclavitud al mundo, y que se convertiría en el Salvador de nuestra raza. Todos los videntes cuyos ojos fueron ungidos por Dios para mirar al futuro, anunciaban con antelación el advenimiento de un grandioso Profeta, de un Príncipe y Salvador, que reclamaría que se le rindiera homenaje y que sería muy peligroso y absurdo rechazarlo. Estos profetas han aparecido en varios tiempos y en diversos lugares, y sin ninguna connivencia han proclamado al unísono lo mismo. La mayoría de ellos selló con su sangre su testimonio. “¿A cuál de los profetas no persiguieron vuestros padres?” Con todo, pese al extremo sufrimiento o a la muerte violenta, parecieran haber sido impelidos por un divino ''furor'' interno para proclamar, incluso hasta el fin, que vendría Uno que destronaría al antiguo reino de terror y al antiguo orden de ceremonias externas, para introducir un reino espiritual y para redimir al mundo de sus pecados y aflicciones. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esa refulgente estrella de esperanza resplandeció de manera sumamente brillante en la tierra favorecida de Judea, a través de la noche oscura de largos años y lúgubres vigilias. Finalmente apareció un notable individuo que había sido anunciado con antelación por algunos de aquellos profetas. Ellos habían dado a entender que antes de que llegara el Hombre prometido, el Mesías, habría un precursor, alguien como Elías. Elías vendría primero. Ahora, el Tisbita, cuya carrera había sido tan memorable en Israel, era un hombre de mucha santidad pero de poco refinamiento. Su vestimenta era tosca, su dieta frugal, su porte austero, y su forma de expresión era enfática e incluso vehemente. Parecía ser un fuego personificado, si pudiera darse tal cosa, pues así de fuerte era su pasión y así de audaz era su valor. Puso el hacha a la raíz de todo pecado, y no se acobardó delante del rostro de ningún hombre, sin importar su alta posición o sus elevadas pretensiones. Bastaba que detectara un mal y lo denunciaba con todo su poder. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Dieciocho siglos han transcurrido desde que apareció en el desierto, cerca del río Jordán, otro hombre cuyo vestido era de pelo de camello, y cuya comida era langostas y miel silvestre. Un hijo del desierto, asceta en sus hábitos, con un ministerio que le pertenecía específicamente, censuraba los vicios de la época con aire desafiante, y llamaba a los hombres al arrepentimiento con clangores de trompeta, hasta que toda Judea se sorprendió con el fenómeno, y las multitudes provenientes de ciudades y aldeas se agolpaban para oír su predicación: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado”. El punto culminante de sus exhortaciones fue éste: “He aquí el Cordero de Dios”. Búsquenlo, mírenlo, recurran a Él pues Él quita el pecado del mundo. Su misión era enderezar calzada en la soledad para la venida del Señor, de quien se declaró indigno de desatar la correa de su calzado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Finalmente llegó el Salvador, el Salvador prometido desde hacía mucho tiempo. De la privacidad de Su hogar en Nazaret, donde había sido criado, llegó al río Jordán. Me abstengo de hablar de Su nacimiento milagroso y de Su infancia. Apareció en el desierto donde Juan ministraba junto a los vados del Jordán y solicitó el bautismo; y cuando salía del agua, el Espíritu Santo descendió sobre Él como paloma, y muchos testigos oyeron una voz que decía: “Este es mi Hijo amado. A él oíd”. Este hombre, este portentoso individuo que ahora se había vuelto abiertamente manifiesto, vivió una vida pública de extraordinaria benevolencia, en la que había una mezcla de humildad profunda y de poder divino, la vida más memorable que haya sido registrada. La imaginación no ha soñado nunca algo que la iguale. Quienes han reflexionado mucho sobre la virtud, han sido totalmente incapaces de construir, partiendo de su invención, la historia de una vida que pudiera asemejársele o compararse con ella en pureza o simetría, una vida en la que no había tanto una virtud prominente como todas las virtudes divinamente mezcladas. Manso como un cordero, intrépido como un león, severo en contra de la hipocresía, siempre tierno para con el pecador, especialmente cuando las gotas de las lágrimas del arrepentimiento relucían en sus ojos. Un hombre que rasgó en pedazos todas las antiguas formalidades, que denunció el conocimiento de los rabinos, y que vino sólo con Su propia fuerza de carácter y el testimonio de Dios para decir verdades que, como la luz, son evidentes en sí mismas, verdades que soportan la prueba del tiempo y que resisten los cambios de las circunstancias; verdades que habrán de soportar incólumes cuando el viejo mundo haya pasado; verdades que han liberado a las mentes de los hombres de los grilletes de la superstición; verdades que han alegrado a las hijas de la desesperación; verdades que han sido siempre sumamente aceptables para los pobres y los necesitados; verdades que han elevado a la humanidad desde la misma primera hora en que fueron proclamadas por primera vez; verdades que han atraído discípulos a lo largo de las edades, y han llenado el cielo con sus admiradores que se postran delante del glorioso Hijo de Dios y lo adoran; verdades que todavía harán brillar a este mundo con la luz del cielo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, ese Hombre vivió una vida perfectamente intachable, tan irreprochable que cuando Sus enemigos buscaron Su muerte, no encontraron nada que pudieran imputarle y, por tanto, tuvieron que acusarlo y condenarlo por medio de falsos testigos. El punto culminante de Su historia, para el cual les pedimos siempre su más devota atención y del cual los apóstoles dieron siempre el más vehemente testimonio, fue éste: que fue crucificado. Algunos suponen que sería prudente ocultar eso. Este grandioso Maestro, este Ser Prometido, este Hombre Divino -pues fue hombre, y sin embargo Dios, Dios perfecto y hombre perfecto- en realidad murió la muerte de un criminal. Fue tomado por manos impías, azotado, obligado a cargar Su cruz, y luego fue clavado al madero en el Calvario, y allí murió. Pero debemos decirles la interpretación que presta un encanto a esta información. Murió allí en sustitución del hombre. No tenía ninguna culpa propia, pero fue designado por Dios para cargar con todos los pecados de Su pueblo, de hecho, con el pecado de todos los hombres que creen en Él. Él fue castigado para que ellos no fueran castigados. Llevó el castigo que correspondía a todos los creyentes, para que ellos fueran liberados del espantoso castigo que la justicia exigía de ellos. De hecho, subió a ese madero con la carga de toda la culpa de todos los que habían creído y de todos los que habrían de creer, hacinada sobre Sus hombros; y debido a la excelencia de Su naturaleza, siendo Dios, Sus sufrimientos hicieron expiación por toda la culpa de toda esa vasta multitud. Fue una vindicación de la justicia de Dios, de tal magnitud, como si todos esos millones de millones hubiesen sido arrojados en el infierno para siempre. Aquí estaba el hecho. El castigo debido a todas esas almas fue colocado en una copa amarga, y Jesús, sobre el madero, llevó esa copa a Sus labios y &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“En un trago enorme de amor,&amp;lt;br&amp;gt;Consumió toda la condenación”.''&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Bebió hasta las heces toda la ira que Dios tenía contra Su pueblo ofensor, pecador, culpable y condenado, y por ello el pueblo fue absuelto. Ésta es la grandiosa doctrina de la Cruz. “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados”. Cuando fue bajado de la cruz, fue puesto en el sepulcro. Allí permaneció Su cuerpo sagrado durante tres días, pero en la mañana del tercer día, por Su propio eterno poder y Deidad, resucitó del sepulcro puesto que no podía ser retenido por las ataduras de la muerte, y ahora vive, y en adelante vive para siempre. En este instante, el Hombre que nació de la Virgen en Belén, que fue muerto en debilidad por Poncio Pilato pero que fue resucitado en poder, habiendo ascendido a lo alto después de Su resurrección, se sienta a la diestra del Padre, donde como hombre, aunque siendo Dios, intercede con Dios incesantemente por nosotros, y por Su eterno mérito salva a todos los que ponen su confianza en Él. Éstos son hechos históricos expuestos por el Evangelio para ser creídos con seguridad. Algunos los consideran fábulas de ancianas. Que piensen lo que quieran; se pierden del beneficio que la fe básica seguramente les proporcionaría. Sobre sus propias cabezas recaiga la culpa, pues sobre sus propias almas vendrá la aflicción. Muchos de nosotros podemos aseverar, con nuestras manos sobre el pecho, que hemos probado la verdad de todo lo que está escrito en el Libro. Estas preciosas verdades han ejercido una poderosa fascinación en nuestras propias vidas. Creer en ellas nos ha capacitado para vencer a nuestras pasiones, y ha sido la palanca que nos ha levantado y sacado de nuestra depravación. Estas verdades son nuestro indefectible solaz mientras como criaturas estemos sujetos a la vanidad, y en la hora de la muerte serán nuestro socorro y apoyo tal como decenas de miles de personas antes que nosotros han comprobado que lo son. Con la historia de Jesús tan claramente ante nuestra vista, preguntemos ahora: &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''¿Cuáles son las exigencias de Jesús? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Él demanda, como el Ser que vive eternamente, ''que aceptemos que es lo que profesa ser si queremos obtener cualquier beneficio de Él''. Profesa ser el Mesías, ungido y comisionado de Dios. ¿Crees tú eso? Leyendo las profecías concernientes a Él, ¿ves tú cuán exactamente encaja como la llave encaja en las guardas de la cerradura? Si ves eso, me alegro. Además, Él exige que lo recibas como Dios. Ésta es Su profesión: que Él es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos, Dios encarnado. Él caminó sobre las olas del lago de Genesaret; resucitó a los muertos; sanó a los enfermos; multiplicó los panes y los peces; detuvo a los vientos; calmó a la tormenta. Él ha hecho todas las cosas que sólo Dios puede hacer. Él fue omnipotente incluso aquí abajo como hombre. Acéptalo, entonces, como Dios verdadero. Si tú lo haces inteligentemente y sinceramente, me alegro. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Y lo aceptarás ahora como tu Sacerdote, y no aceptarás a nadie más en la tierra? Para tenerlo a Él, debes renunciar a todo lo demás, pues has de saber con toda seguridad que nuestro Sumo Sacerdote no estará junto a ningún otro sacerdote. Recurre únicamente a Él para la expiación, para la intercesión y para la bendición. Él se ofreció a Sí mismo como un sacrificio; se entregó por los pecados de Su pueblo. Cree en Él como tu Sacerdote, y cree en Sus sufrimientos y muerte como tu sacrificio. ¡Lárguense ustedes, sacerdotes de Roma! ¡Váyanse también ustedes, sacerdotes de cualquier otro orden! ¡Que se marche cualquier vano pretendiente al sacerdocio! A quien ha entrado al lugar santísimo no hecho con manos, le pertenece el privilegio exclusivo del sacerdocio. Nuestro Señor Jesucristo es el único Sacerdote de la casa de Dios. Los miembros de Su pueblo se convierten en sacerdotes a través de Él, cada uno de ellos. Sí, reyes y sacerdotes según el orden de Melquisedec, pero ahora no reconocemos ninguna superchería sacerdotal. La religión de Jesús desaprueba y denuncia todas las pretensiones prelaticias. Proclama para siempre el derrumbe de la jerarquía de los hombres, con todo su vacío engreimiento y su inflada arrogancia; sus sotanas y sus vestimentas, sus roquetes de mangas estrechas y sus gorros, su vana jactancia y sus mojigatos juegos con los dedos, con toda su influencia preternatural que se supone que emana de las manos de un obispo. Jesús es el único Sacerdote. ¿Lo recibirás como tal? Entonces yo me regocijo de que seas iluminado así. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sin embargo, has de saber que Él reclama ser tu Rey. Tienes que hacer lo que te pida. Debes ser Su súbdito, debes observar Sus estatutos y debes guardar Sus mandamientos. ¿Eres Su súbdito? Entonces Él es tu amigo. Tú serás incluso Su hermano, y vivirás cerca de Él como alguien muy amado para Él, en afectuosa comunión con Él. Aunque esté en el cielo, se revelará a ti en la tierra. Ahora, ¿estás dispuesto a aceptarlo como tal? Como tu Profeta, de tal manera que has de creer todo lo que te enseña; como tu Sacerdote, de tal manera que habrás de confiar en Su mediación; como tu Rey, de tal manera que le servirás. Y, ¡oh, con qué acentos de ternura Jesús demanda ''que confiemos en Él''! Éste es un bendito mensaje para algunos de ustedes que tal vez no hayan escuchado antes. Si confiaran en este Hombre glorioso, en este Dios bendito, serán salvados en este instante. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cristo exige que confiemos en Él. Dice: “Yo soy Dios; confíen incuestionablemente en Mí. Yo soy un Hombre perfecto; por amor a ellos morí por mis enemigos. Todo poder me ha sido dado en el cielo y en la tierra, y con mi sangre rociada sobre el trono de mi Padre, reino supremamente en el dominio de la misericordia. Sólo confía en Mí, y Yo te salvaré, te salvaré de la culpa del pasado, te salvaré del poder de la pasión en tu alma, te salvaré del dominio del pecado, y en el futuro te cambiaré, te haré un hombre nuevo. Te daré un corazón nuevo y un espíritu recto. Toda mi gracia será tuya, si confías ''en Mí”. Jesús mismo nos da incluso el poder de confiar, pues todo es por Su gracia de principio a fin, y todo aquél que confíe en Él será salvo''. Mi Señor tiene el derecho a ésto, y no aceptará nada que no sea ésto, pues estas son Sus propias palabras: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado”. Él no admite ningún término medio. O crees o no crees; y si no crees, Su ira cae sobre ti. “El que no cree a Dios, le ha hecho mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo, Jesucristo”. “El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado”. “El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida”. Yo en verdad espero estar expresándome claramente. Mi ferviente deseo y la oración de mi corazón son que todos ustedes conozcan el Evangelio si es que no lo han conocido antes. Si lo han conocido antes, quisiera que pudieran discernirlo más claramente. Si lo rechazaran, la falla no sería mía. Dios es mi testigo de que he tratado de evitar cualquier idea de tratar de ser elocuente o declamatorio en mi predicación. No me importa para nada el espectáculo llamativo de elaborar discursos. Yo sólo quiero decirles simplemente estas verdades contenidas en un mensaje sin adornos. Pudiera ser que despierten prejuicios, y ustedes que las escuchan, digan tal vez que son aburridas y trilladas. Esas verdades trilladas y manoseados, sin embargo, contienen la propia médula y el meollo del Evangelio por el que pueden ser guiados al cielo. Por aburridas que las consideren, si las rechazaran, negra y terrible sería la ruina de sus almas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los exhorto, por tanto, delante de Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos, a que recuerden estas pocas cosas elementales, viendo que involucran su esperanza o su desesperación, su salvación o su perdición, por toda la eternidad. No hay otra puerta al cielo fuera de ésta; no hay ningún otro portón de entrada al Paraíso fuera de éste. “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación”. Él ha diseñado para nosotros un camino de redención. Confiando en Él, seremos salvos; rechazándolo, estaremos perdidos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Jesús exige de ustedes que no confíen en ustedes mismos; que no piensen que son lo suficientemente buenos; que no imaginen que alguna vez puedan ser lo suficientemente buenos por ustedes mismos; que no confíen en ninguna ceremonia; que no dependan de ningún hombre; que no alienten alguna esperanza del cielo por medio de algún razonamiento o resolución propios, sino que justo ahora pongan toda su confianza en Él. Aunque pareciera ser demasiado bueno para ser cierto, con todo, es cierto que si tú fueras el peor de los pecadores, contaminado con las más viles lascivias y degradado con los crímenes más horrendos, y aunque tus pecados fueran de un tinte escarlata, y su recuerdo te persiguiera como espectros fantasmales, si tú confías en Jesús, a quien Dios ha puesto como propiciación, recibirás un perfecto perdón de Dios, el Padre eterno, y se te dará poder para vencer esas mismas transgresiones a las cuales estás inclinado, para que no caigas en ellas de nuevo. ¡Oh, glorioso Evangelio del siempre bendito Dios! ¡Quisiera que los hombres tuvieran corazones para recibir y dar la bienvenida a sus provisiones de gracia! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''III. '''LAS BENDICIONES QUE JESUCRISTO OTORGA A TODOS LOS QUE CONFÍAN EN Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nuestro poder para enumerar esas bendiciones se ve sobrepasado con creces. “''Por medio de él se os anuncia perdón de pecados''”. No es indulgencia, sino perdón, ''el perdón de todos los pecados''. Los pecados de ochenta años desde tu niñez hasta tu vejez, si has vivido todos esos años, tus delitos menores públicos, tus transgresiones privadas, tus actos visibles, tus pensamientos secretos, tus palabras expresadas, tus deseos reprimidos, el catálogo enrollado de tus transgresiones y desviaciones completamente desenrollado será borrado de inmediato del libro del recuerdo de Dios, si confías en Jesucristo. No serás inculpado por ellos. Por negra que sea la lista o por largo que sea el inventario, sólo confía en este Hombre, y todos tus pecados te serán perdonados. Quien confiesa su pecado, y viene a Jesús, encontrará misericordia, y encontrará misericordia de inmediato. ¿Hay alguien aquí que se sienta culpable? ¡Qué buenas nuevas han de ser éstas para su doliente corazón! Yo deseo que todos ustedes sepan cuán culpables han sido, y cuán profundamente manchados están. Un pecador de corazón realmente quebrantado es una joya en dondequiera que te lo encuentres. No hay música en el mundo como las notas de perdón para el pecador que experimenta un remordimiento de conciencia y un convencimiento de su culpabilidad. Jesús otorga perdón para todo pecado. Para quienes creen en Él, les otorga un ''perdón inmediato'', no un perdón en potencia, no un perdón que ha de ser revelado cuando estés a punto de morir, sino un perdón ahora, un perdón que alcanza a los pecados que han de venir todavía, un perdón que comprende la totalidad de tu vida de pecado, puesto en tu mano para ser leído por el ojo de tu fe, y para ser conocido tan claramente como si te fuera entregado en un pergamino escrito por la mano de un ángel y sellado con la sangre del Salvador. Cristo Jesús otorga un perdón que nunca será revocado, un perdón que no puede ser cancelado en lo sucesivo. Dios no juega nunca al estira y encoge con los hombres. No condena nunca al que ya fue perdonado una vez. Si declara que un hombre es perdonado, es perdonado y será perdonado cuando el mundo esté envuelto en llamas. ¡Qué gozo indecible habrá de llenar el alma de aquél que aclama en esta santa hora un perdón de los cielos! Su carga ha sido suprimida; sus esposas le son quitadas; sus grilletes soltados; la fiebre curada; su salud restaurada; cómo saltará de deleite, y danzará con placer, y cantará con santo júbilo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pobre pecador, cree en el Hijo de Dios que fue inmolado pero que vive eternamente, y te será dado este rapto celestial para que lo experimentes. Éste es un perdón de pura buena voluntad que no retiene residuos de animosidad. Un hombre perdona a su hijo y renuncia al uso de la vara, pero podría decirle: “No olvidaré tu conducta, pues en el futuro no podré confiar en ti”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero cuando Dios perdona, no reprocha. Recibe al hijo pródigo en su pecho. No lo sienta en el extremo más lejano de la mesa para recordarle su descarrío, sino que mata al novillo engordado para convencerlo de que es bienvenido. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pone tal confianza en algunos de nosotros, que éramos lo peores pecadores, que nos da una comisión de predicar a otros el Evangelio mediante el cual nosotros mismos somos salvados, y nos envía con el asunto que está más cerca de Su corazón, y que más concierne a Su propia gloria. ¡Oh, sí, es un bendito perdón que barre toda la extensión de la ruina humana y nos redime, y nos resarce de las pérdidas experimentadas por haber pecado! Y no sólo eso, sino que por Él, por Jesús, todos los que creen son ''justificados'' así como son perdonados; somos justificados de todas las cosas de las que no podríamos ser justificados por la ley de Moisés. Aquí tenemos una comparación, o más bien un contraste. ¿Qué significa ésto? Cuando los hombres venían, según la ley de Moisés, traían un novillo que ofrecían por su pecado. Hecho ésto, ¿con cuáles sentimientos se alejaban del altar? El hombre venía consciente de culpa y se marchaba convencido de que había cumplido con un estatuto. Pero su conciencia no estaba limpia. La mancha no se había quitado. Aunque la sangre de la bestia aquietaba algunos de sus escrúpulos y aliviaba algunos de sus terrores, no le daba una perfecta paz y no podía dársela. Debe de haber sabido que la sangre de los novillos y los machos cabríos, y las cenizas de una vaquilla no podían quitar el pecado, ni podían expiar su culpa o erradicar su veneno. En esa misma medida es superior el Evangelio de Cristo a la ley de Moisés. Si vinieran y confiaran en Cristo, sentirían que ya no son más culpables. Hasta ahora ustedes han vivido en la culpa y el pecado, pero a partir de ahora todo el peso del pecado sobre la conciencia se habría desvanecido. Tendrían paz con Dios por medio de Jesucristo nuestro Señor. Sentirían que el pasado está tan borrado que ya no lo cargan más en su conciencia. Podrían cantar: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“Estoy limpio por la sangre de Jesús”.''&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
¡Cuán grande misericordia es esta perfecta limpieza de la culpa en la conciencia! Quien venía al altar bajo la ley de Moisés no siempre sentía que podía venir a Dios. La sangre era rociada, y había un camino de acceso; pero sólo el Sumo Sacerdote pasaba detrás del velo una vez al año. La ley de Moisés no podía justificar a un hombre de tal manera que tuviera acceso al propiciatorio, pero Jesucristo justifica de tal manera a Su pueblo, que pueden ir directo a Dios y hablarle como un hijo le habla a su padre; le cuentan todas sus necesidades y debilidades, toda su gratitud y su gozo. Derraman a Sus propios oídos sus amantes corazones. ¡Cuán dulce es el acceso de la criatura humana a su Dios del pacto, una vez que conoce a Cristo! Yo en verdad declaro que algunos de nosotros hemos hablado con Dios tan verdaderamente como hablamos con los hombres; y hemos estado tan seguros que nos encontrábamos en la presencia de nuestro Padre celestial, y tan conscientes de estar bajo esa portentosa sombra como hemos estado conscientes de que hemos estado en comunión con cualquier hombre o mujer nacidos en este mundo. ¡Oh!, si lo supieran, Dios no parecería tan lejano de ustedes una vez que confiaran en Cristo. No pensarían de Él como el Dios del trueno guiando Su ruidoso carro por el cielo con una lanza centelleante de relámpago, sino que cantarían acerca de Él: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“El Dios que gobierna en lo alto,&amp;lt;br&amp;gt;Y truena cuando le place,&amp;lt;br&amp;gt;Que cabalga sobre el cielo de tormenta,&amp;lt;br&amp;gt;Y controla los mares.&amp;lt;br&amp;gt;&amp;lt;br&amp;gt;Este terrible Dios es nuestro,&amp;lt;br&amp;gt;Nuestro Padre y nuestro Amor;&amp;lt;br&amp;gt;Él hará descender Sus poderes celestiales&amp;lt;br&amp;gt;Para llevarnos a lo alto”.''&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Lo verían por doquier en torno a ustedes con los ojos de su espíritu, y se regocijarían en Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aquellos que venían al altar por la ley de Moisés, no eran justificados de aprensiones del futuro; cuando cada adorador regresaba a casa, después de todos los sacrificios de corderos, y carneros y novillos, tenía miedo de morir. Pero quien confía en Jesús siente que, en lo concerniente al futuro, está perfectamente seguro. “Ahora” –dice- “Dios ha prometido salvar a quienes confían en Cristo. Yo en verdad confío en Cristo; Dios ha de salvarme. Él está obligado a hacerlo, por Su justicia”. Sobre el león de la justicia cabalga la hermosa doncella de la fe, y no tiene ningún temor. En tanto que Dios sea justo, ningún discípulo de Jesús podría ser destruido. ¿Qué pasa si la Justicia me acusara de ser un pecador? Yo respondería: “Es cierto que lo soy, y sin embargo no soy alguien que debiera ser sometido a juicio, pues todos los pecados me fueron quitados. Fueron colocados sobre mi bendita Fianza. No me queda ni uno solo. Cristo ha sido castigado por mi pecado; ¿acaso podrían ser castigados dos por una ofensa? ¿Habría de morir mi Sustituto, y también yo? ¿Seríamos condenados Cristo y yo también, por la mismísima ofensa? Dios no es injusto como para castigar primero al Sustituto y luego al hombre en cuyo lugar estuvo el Sustituto”. ¡Oh!, esto es algo sobre lo que uno se puede apoyar. Esta es una almohada para una cabeza que experimenta dolores; este es un bote seguro en el cual navegar en medio de las tormentas de la vida y a través de los mares de la muerte. Jesucristo, en mi lugar, derramó la sangre de Su corazón como la grandiosa Víctima de Dios fuera de las puertas de la ciudad. Yo confío en Él. Confiando en Él, no puedo perecer. Él ha jurado y no se arrepentirá. Por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, Él ha dado un sólido consuelo a quienes huyen en busca de refugio hacia la esperanza puesta ante ellos en el Evangelio. ¡Oh, amados!, ciertamente podemos vivir sobre esta promesa, y morir sobre esta promesa. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Quiera Dios que todos ustedes confíen en Él! Que muchísimos de ustedes confíen en Él por primera vez ahora. La predicación de este Evangelio es digna de confianza porque la promesa es digna de confianza. No me avergüenzo del Evangelio de Cristo, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree. ¿Crees tú? Di: “sí” o “no”, pues hay consecuencias que se hacen presentes en cualquiera de los casos. Di: “sí” y dilo ahora. Amén.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

	<entry>
		<id>http://es.gospeltranslations.org/wiki/Los_Pecados_Secretos_Echados_Fuera_porAvispas_Exterminadoras</id>
		<title>Los Pecados Secretos Echados Fuera porAvispas Exterminadoras</title>
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				<updated>2011-02-25T17:06:23Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|Secret Sins Driven Out by Stinging Hornets}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“También enviará Jehová tu Dios avispas sobre ellos, hasta que perezcan los que quedaren y los que se hubieren escondido de delante de ti.” ''Deuteronomio 7: 20.&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Podemos ver la historia de la conquista de Canaán llevada a cabo por los hijos de Israel, desde un punto de vista espiritual. La tierra de Canaán le fue dada a Abraham y a su simiente en un pacto de sal. Nuestro cuerpo, alma y espíritu son entregados a Cristo Jesús como Su porción y Su herencia, y el principio recién nacido en nosotros representado por la simiente de Israel, ha de conquistar la totalidad de nuestro ser para Cristo, para que Él la posea incluyendo todos sus poderes y pasiones, todas sus partes y facultades. Cuando nuestro Señor Jesucristo murió, no sólo murió por nuestras almas, sino también por nuestros cuerpos, y no compró un derecho sobre una parte de nosotros, sino sobre el hombre entero. Él contempló en Su pasión nuestra completa santificación: espíritu, alma y cuerpo, para que en este triple reino Él reine supremamente sin ningún rival. La tarea de la naturaleza recién nacida que Dios ha dado al hombre regenerado, es hacer valer los derechos del Señor Jesucristo. “Alma mía, en tanto que eres hija de Dios, has de vencer a todo el resto que permanece todavía en ti sin la bendición; has de sojuzgar todos tus poderes y pasiones bajo el cetro de plata del reino de gracia de Jesús, y no debes estar satisfecha nunca hasta que quien es el Rey por haberla comprado, se convierta también en el Rey por la insigne coronación, y reine supremo en ti.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aunque Israel poseía a Canaán por derecho, los heveos y los jebuseos y siete poderosas naciones mantenían la posesión, y, ¡ay!, somos llevados a sentir dolorosamente que, aunque Cristo tiene todo el derecho sobre nosotros, y Él únicamente ha de reinar en nuestros cuerpos mortales, sin embargo, el pecado tiene una morada en nosotros. Esos viejos pecados que nacieron con nosotros, y que parece que nunca morirán hasta que nosotros mismos seamos envueltos en nuestra mortaja, han entrado en nosotros y morarán en nosotros. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo podría decir acerca de nuestra naturaleza lo que se dijo en Egipto durante la plaga de las ranas: “He aquí estas inmundas criaturas han llegado a nuestros aposentos, y nuestras artesas”; no hay ninguna parte de nuestro corazón que sea demasiado ardiente o demasiado sagrado para que el pecado no se entrometa allí. Toda la cabeza está enferma, y todo el corazón está apocado: desde la planta del pie hasta la cabeza, naturalmente, no hay nada sino heridas y raspones y llagas putrefactas. El pecado se ha atrincherado en nuestra naturaleza, y no permitirá ser echado fuera por nuestra simple plática sobre él ni por nuestras mejores resoluciones. Nuestros pecados tienen carros de hierro, como bien sabemos los que tenemos que contender contra ellos, y sus ciudades tienen murallas que llegan hasta el cielo; su sistema de trincheras es muy sólido. Nuestros pecados se han afianzado de tal manera en nuestra carne, que clama: “no los maten”. “Ciertamente ya pasó la amargura de la muerte”, dijo Agag, cuando se presentó alegremente delante de Samuel. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y así, nuestros pecados vienen tan alegremente ante nosotros, y asumen formas tan agradables y son tan simpáticos, que algo nos susurra: “déjalos que vivan; es difícil eliminarlos: es muy difícil cortarlos y no dejar ni una raíz ni una rama, pues mantienen la posesión y la nueva naturaleza es tan solo un bebé; pero la vieja naturaleza es el viejo hombre, y es una lucha muy desigual entre un bebé y un hombre viejo.” La nueva naturaleza acaba de emerger a una atmósfera que no es propicia para ella, en tanto que la vieja naturaleza tiene todo lo que necesita como ayuda; el diablo, desde abajo, el mundo, desde afuera, e incluso los cuidados de los negocios y de la vida, todos parecen actuar como aliados de la vieja naturaleza: mientras tanto, la nueva naturaleza tiene que luchar sola, excepto que el Espíritu Eterno es nuestro ayudador, y Aquel que es el Padre de nuestra nueva naturaleza es también su apoyo y su socorro; de lo contrario habría muerto desde hace tiempo, y habría sido eliminada por las huestes de sus enemigos. Cristo y la santidad tienen un derecho sobre nosotros, pero el pecado mantiene la posesión. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Entonces qué pasa, amados? Pues sucede esto: ya que el pecado no tiene derecho alguno sobre ninguna parte de nosotros, emprendemos una guerra buena y legal cuando buscamos, en el nombre de Dios, echarlo fuera. Oh, cuerpo mío, tú eres un miembro de Cristo; ¿acaso he de tomarte y sujetarte al Príncipe de las Tinieblas? Oh alma mía, Cristo sufrió por mis pecados y te redimió con Su sangre sumamente preciosa; ¿acaso he de permitir que tu memoria se convierta en una bodega de maldad, o que tus pasiones se conviertan en tizones de la iniquidad? ¿He de entregar mi juicio para que sea pervertido por el error, o mi voluntad para que sea conducida con los grilletes de la iniquidad? No, alma mía, tú le perteneces a Cristo y el pecado no tiene ningún derecho sobre ti. El pecado no tendrá dominio sobre nosotros, pues no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia. Cristo nos ha comprado, y pagó por nosotros. Dios nos ha heredado para que seamos de Cristo; le pertenecemos; nosotros somos Su porción y Su recompensa. Entonces, el pecado no tiene ningún derecho legal, pero tiene la posesión, y ustedes saben que eso equivale a nueve puntos de la ley. Pero vamos a disputar los nueve puntos: vamos a presentar el punto más importante: que Dios, el Juez de todo, ha decidido que los comprados con sangre le pertenecen a Cristo, y lucharemos incluso hasta la muerte en contra de estos pecados. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si leemos este capítulo en un sentido espiritual, se nos instruye que no hemos de tolerar de ninguna manera ningún tipo o suerte de tregua con el pecado. Yo creo que muchos creyentes, –espero que sean creyentes– han renunciado a combatir una parte de sus pecados. No son borrachos, no son rateros; no son dados a la inmundicia de vida o de lenguaje; pero, tal vez, el suyo sea un temperamento irascible, y no tratan de dominarlo. Piensan que eso es constitucional, y suplican por esa condición como si debieran dejarla tranquila. Esta tribu especial –estos jebusitas– han de ser perdonados, según su palabrería pecaminosa. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, oh, amados, como cristiano, no tengo más derecho a permitir que el mal carácter more en mí, del derecho que tengo de permitir que el propio demonio more allí. Yo sé que se ha dicho, muy a menudo, que la gracia es injertada frecuentemente en una rama de manzano silvestre. Así es; pero, en la labranza espiritual, el injerto tendrá una influencia sobre todo lo que esté debajo de él así como sobre todo lo que esté encima. ¿Cuál es su fruto? ¿Es un manzano silvestre? El fruto no viene del manzano silvestre, sino de la naturaleza superior; y aunque yo sea injertado en un manzano silvestre, mi fruto debe participar de la nueva naturaleza y debo producir un dulce fruto. Algunas personas piensan –o tal vez no lo sepan– que son atormentados ''naturalmente'' por el orgullo, que tienen ''naturalmente'' un espíritu altivo, o un temperamento arrogante, y cuando se les informa de eso, se vuelven ásperos para con cualquier persona que se atreva a mencionarlo, y piensan que eso no es pecado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, oh amados, en un cristiano la soberbia es uno de los vicios más abominables. ¿Qué podría haber en ustedes y en mí de lo que debiéramos estar orgullosos? Si debemos todo lo que tenemos al don de Dios, si no tenemos nada excepto lo que Él nos da, y si retornaríamos a nuestra propia pobreza a menos que Dios nos guarde, ¿cómo nos atrevemos a alzar nuestras cabezas? Dios hirió a Nabucodonosor, y le hizo ir y comer hierba como el buey, y sus cabellos crecieron como plumas de águila, y sus uñas semejaban garras de aves de rapiña, todo por causa de su orgullo; y a algunos de los amados hijos de Dios se les ha permitido tener terribles caídas por ello, y todo debido a que fueron levantados a lo alto y dijeron: “No seré movido jamás, mi monte está firme.” Hemos de cuidarnos de estos pecados, y no hacer una tregua ni conferenciar con ellos. No he de decir de ningún pecado: “no puedo evitarlo, por tanto, no voy a contender con él”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amados, ¡hay que derrotar a los pecados! ¡Hay que combatirlos! En el nombre de Dios, hemos de destruirlos, pues de lo contrario ellos nos destruirán. Podría decir de nuestros pecados lo que un oficial escocés les dijo a sus soldados cuando fue sorprendido en una posición desventajosa. Dijo él: “¡mis muchachos, allá está el enemigo! Mátenlos o ellos los matarán a ustedes”; y yo he decir lo mismo de todos los pecados. ¡Allá están! Destrúyanlos, o ellos los destruirán a ustedes. La única forma de entrar a la vida eterna es siendo más que vencedores por medio de Él, que nos ha amado. Ustedes saben que está escrito: “Al que venciere, daré a comer del maná escondido”, pero sólo a los que vencieren. “No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y así como no hemos de excusar algunos pecados ni permitirles que vivan, así también, sobre todo, no hemos de caer en un estado de desaliento, y no hemos de suponer que nunca echaremos fuera a los pecados. No creo que seremos perfectos jamás en esta vida, pero, cuán cerca de la perfección puede llegar un cristiano, es un asunto que no me gustaría discutir con palabras, sino que preferiría esforzarme por descubrirlo en la práctica. Cuán semejante a Cristo puede ser un creyente, no me aventuraría a afirmarlo, pero, ciertamente, ha habido algunos hombres de quienes podríamos decir sin exageración que podríamos tomarlos como un ejemplo, pues su Señor parecía vivir de nuevo en ellos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No hay necesidad de que tengan que ceder siempre el paso al orgullo, o a la pereza, o a la avaricia, o a cualquier otra forma de pecado. Ustedes son capaces de vencerlos –no con su propia fuerza, pues los débiles de ellos serían demasiado fuertes para ustedes– pero pueden vencerlos por medio de la sangre del Cordero. “Esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe”, y nuestra fe será capaz de dominar a estos pecados. Así como la fe de antaño hizo huir a los ejércitos de los extranjeros, puede hacer lo mismo en este día. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces, queridos amigos, no pregunten: “¿Cómo los podré exterminar, pues son más grandes y más fuertes que yo?” Han de acudir al fuerte para obtener fuerza, y confiar humildemente en Dios, y Él, el poderoso Dios de Jacob, vendrá seguramente en su rescate, y cantarán victoria por medio de Su gracia. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay una palabra de aliento dada en el capítulo para aquellos que tienen una propensión a dudar de este asunto. A Israel se le recordó que Dios lo había sacado de Egipto. Lo liberó de la casa de servidumbre. Y a ustedes se les recuerda, queridos amigos, que son salvos. Cristo ya ha hecho una obra mayor por ustedes que la que todavía queda por ser completada. Llevar el peso de sus pecados y romper el yugo de hierro de la servidumbre espiritual que estaba en sus cuellos, requirió la muerte de Cristo; pero habiendo sido ya hecho eso, comparativamente, es sólo una ligera labor liberarlos del pecado que mora todavía en ustedes. El trabajo más importante ya ha sido hecho. Jehová se hizo hombre. Vivió en la tierra. Dios, el Verbo, se hizo carne y habitó entre nosotros, y a su debido tiempo se humilló en Su obediencia incluso hasta la muerte, y muerte de cruz. Todos los pecados de ustedes han sido destruidos por Cristo, y no hay condenación que deban temer, puesto que Cristo murió. Ustedes son perdonados; el yugo ha sido quitado de sus hombros; ustedes han sido liberados por el Hijo, y son, en verdad, libres. Es cierto que se encuentran en el desierto, pero han llegado a través del Mar Rojo, donde sus pecados murieron ahogados. No verán jamás a sus enemigos, sus viejos pecados. El maná cae en torno a su campamento, y la columna de fuego y de nube los conduce a través del desierto. Y ya que han visto lo que Dios ha hecho, ¿tendrán miedo en cuanto al futuro? ¡Ánimo, ánimo! Él nunca comienza algo sin tener la intención de terminarlo. Nunca se dirá de Él: “Este hombre comenzó a construir, pero no fue capaz de completar la estructura.” ¡Ánimo, ánimo! No los sacó de Egipto para que fueran destruidos. ¿Qué dirían los paganos en cuanto a su Dios, si, después de todo, cayeran y perecieran? Saldrán airosos, entrarán en posesión de cada pulgada de la tierra prometida, sólo sean fuertes y muy valientes, pues el Señor, ciertamente, echará fuera sus pecados, y tomará su cuerpo, alma y espíritu, como posesión consagrada y santa por siempre. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero hay una creencia entre algunos cristianos –que son poco instruidos y que no conocen nada por experiencia– que la santificación es una obra instantánea. Hay algunos que piensan que desde el momento en que creen en Jesús, nunca serán atormentados de nuevo por ningún pecado, cuando es precisamente entonces que comienza la batalla. En el instante en que el pecado es perdonado, deja de ser mi amigo y se convierte en mi mortal enemigo. Cuando la culpa por el pecado ha desaparecido, entonces el poder del pecado se vuelve detestable y comenzamos a contender contra él. Cada vez y cuando nos enteramos de amigos que no pueden entender mi enseñanza sobre este punto. Afirman que no sienten nada del pecado que se subleva en ellos. Oh, amados, desearía que lo sintieran, pues me temo que no saben nada de la vida del Evangelio si no lo sienten. No daría un centavo por su religión, si no tienen un conflicto interno. Incluso los paganos virtuosos han ido más lejos que eso, pues algunos de ellos han escrito que sintieron que eran como dos partes contendiendo o peleando; y, ciertamente, los cristianos han ido más lejos todavía, o deberían haber ido más lejos. Esto, lo sé –sea lo que sea en cuanto a ustedes– tengo que pelear cada día para acercarme una sola pulgada más cerca del cielo, y siento que será una lucha hasta el último momento, y que tendré una reyerta con mis corrupciones incluso a la orilla del Jordán. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Recuerden la experiencia de John Knox. Había luchado con los hombres, y yo podría decir que había luchado con bestias en Éfeso, y, sin embargo, en sus últimos momentos antes de expirar, sostuvo la lucha más dura que enfrentó jamás con la justicia propia. Ustedes habrían pensado: ciertamente John Knox no podría ser justo con justicia propia. El hombre que había denunciado toda confianza en las buenas obras, fue todavía vejado con el propio error que había denunciado. Y lo mismo sucederá con ustedes. No importa cuán cerca vivan de Dios, o cuán estrechamente sigan a Cristo, tendrán una mayor o menor medida de mal con la que contender todavía; es más, podría decir que entre más santo seas, más tendrás que luchar contra el pecado. Entre más blanco se vuelva un vestido, más fácilmente se ve una mancha, y entre más te asemejes a Cristo, más detectarás cuán desemejante a Él eres. Un sentido espiritual será despertado, de tal manera que descubrirás que es pecado aquello que no considerabas que era pecado; y a menudo sentirás, entre más estés progresando en la gracia, como si no estuvieses creciendo del todo, o como si, ciertamente, pareciera que vas hacia abajo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando pienso que soy más malvado, soy más santo, y cuando lamento mi propia pecaminosidad, entonces soy más propenso a ser aceptado por Dios. Es mejor tener una baja opinión de uno mismo; pero ya sea que sí o que no, puedes tener esto por cierto: has de echar fuera tus pecados de poquito en poquito; no serán echados fuera de inmediato: será la labor de toda una vida, y nunca tendrás que quitarte tu armadura ni envainar tu espada hasta que llegues al lecho del guerrero y descanses en la tumba. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora deseo llamar su atención especialmente al versículo que estamos considerando. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Vemos que después de un largo conflicto con Canaán, algunos de esos antiguos habitantes existían todavía. Se ocultaban en cuevas y en otros lugares; pero debían de ser sacados por un arma muy singular, es decir, por avispas. Estas avispas debían encontrarlos y sacarlos, tal vez, debían picarlos y matarlos, o si no, debían hacerlos salir para que fueran eliminados por los hijos de Israel. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tres cosas han de ser advertidas, entonces, esta mañana. La primera es: ''pecados que son dejados y guardados en nosotros, incluso en nosotros, que durante muchos años hemos sido seguidores de Cristo''; en segundo lugar, ''un medio muy singular de destruirlos''; y, luego, en tercer lugar,''una lección sugerente para todos nosotros, que nos enseña a examinar nuestros propios corazones para descubrir estos pecados secretos''. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''Y primero, queridos amigos, veremos LOS PECADOS QUE PERMANECEN Y QUEDAN ESCONDIDOS. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
John Bunyan, muy sabiamente describe la ciudad de Almahumana después de que fue tomada por Príncipe Emanuel. El Príncipe cabalgó al Castillo llamado Corazón y tomó posesión de él, y la ciudad entera fue suya; pero había ciertos Diabolonianos, seguidores de Diábolo, que nunca abandonaron la ciudad. No podían ser vistos en las calles, no podían ser oídos en los mercados, no se atrevían nunca a ocupar ninguna casa, pero andaban espiando en ciertas viejas guaridas y cuevas. Algunos de ellos se volvieron lo suficientemente impudentes para ofrecerse como siervos a los hombres de Almahumana bajo otros nombres. Estaba el señor Codicia, que era llamado el señor Prudencia Económica, y estaba el señor Lujuria, que era llamado el señor Júbilo Inofensivo. Adoptaban otros nombres, y vivían todavía allí, para suma molestia de la ciudad de Almahumana, andando a escondidas en hoyos y en rincones, y sólo saliendo en los días oscuros, cuando podían hacer la maldad y servir al Príncipe Negro. Ahora, en todos nosotros, por vigilantes que seamos, aunque pongamos al señor Buen Fisgón a escuchar a la puerta, y vigile, y mi Señor Alcalde, el Señor Entendimiento, sean muy cuidadosos para buscarlos a todos ellos, aun así, muchos pecados ocultos aún permanecerán. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pienso que deberíamos siempre orar a Dios pidiéndole que nos perdone aquellos pecados de los que no sabemos nada. “Tus agonías desconocidas”, reza la antigua liturgia griega; y hay pecados desconocidos para los cuales esas agonías hacen expiación. Tal vez, los pecados que ustedes y yo confesamos no sean ni la décima parte de los que realmente cometemos. Nuestros ojos no están lo suficientemente abiertos para conocer la atrocidad de nuestro propio pecado, y es posible que si pudiéramos conocer plenamente el alcance de nuestra propia pecaminosidad, nos volvería locos. Es posible que Dios, en Su misericordia, permita que seamos algo ciegos para con la maldición abominable del pecado. Nos da lo suficiente de ello para hacer que lo odiemos, pero no lo suficiente que nos conduzca a desesperar absolutamente. Nuestro pecado es sumamente pecaminoso. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, permítanme sugerir que entre los pecados que acechan en nosotros está el viejo pecado de incredulidad. Tú has experimentado una grandiosa liberación, mi querido hermano, y piensas que ya no hay más incredulidad que permanezca en ti. No sabes que a ese viejo villano Incredulidad nunca se le podría dar alcance, o si fuese encerrado pronto se las arreglaría para escapar y obtener su libertad. Experimentarás la incredulidad esta misma tarde, si llegaras a encontrarte con un problema, y aunque ahora dices: “nunca tendría dudas de la promesa por causa de la incredulidad”, no me sorprendería que una pequeña depresión de espíritu, tal vez un desgano en el servicio de Dios, pudiera conducirte a dudar como siempre dudaste en tu vida. No albergues el placentero engaño que tu incredulidad está muerta. Está oculta, pero saldrá de nuevo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
He de mencionar especialmente dentro de estos espías a la soberbia. Oh, nosotros pensamos: “¿cómo podría ser orgulloso? Vamos, yo… yo he tenido tales experiencias acerca de mi propia debilidad y pecaminosidad, que no puedo ser orgulloso”, sin tomar en cuenta que todo el tiempo que hablamos estamos diciendo la cosa más altiva que pudiéramos decir. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hablé una vez, lo recuerdo, con un hombre que se consideraba a sí mismo un cristiano muy eminente. Me dijo que con toda la aflicción y experiencia por las que había atravesado, el Señor había eliminado completamente el orgullo que había en él. Yo le comenté: “te debe haber golpeado muy duro, hermano.” Mientras me hablaba, yo pensé que él era la encarnación del orgullo, pero no me acordé que yo mismo era probablemente tan malo como él al pensar que no me habría gustado hablar como hablaba él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El orgullo es una cosa muy astuta; le gusta vestir las ropas de un príncipe, pero, si no puede hacerlo, se queda satisfecho con llevar los harapos de un mendigo. En tanto que se pueda introducir en nuestros corazones, no le importa qué forma tenga asumir. Ese detestable pecado del orgullo todos lo podemos condenar en otras personas, y, sin embargo, probablemente cada uno de nosotros tiene algo de su levadura, incluso en nuestros espíritus en este preciso instante. Tú eres alguien muy soberbio, hermano mío; tú eres alguien muy soberbia, hermana mía. El orgullo todavía acecha en todos nosotros. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y junto a estas cosas, hay también una gran cantidad de ira y mal carácter en nosotros. ¡Oh, creemos que no hay nadie de tan buen carácter como nosotros, y que no nos hemos dicho ni una sola palabra de enfado durante meses. Sí, pero es muy fácil tener buen carácter cuando todo te sale a pedir de boca. Es algo muy fácil ser amigable, y amable, y cortés, y amoroso, y nunca estar enojado cuando la esposa es muy amable, y los hijos son obedientes, y los siervos son serviciales, y el negocio prospera; pero, mi querido hermano, ¿cómo sería si los asuntos hubieren de cambiar… y pudieran hacerlo muy pronto? Supón que estuvieras irritado como el hermano Fulano de Tal lo está: ¿qué pasa entonces? Tú sabes que no has de juzgar al hombre por las circunstancias: hemos de juzgarle intrínsecamente por sí mismo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Un barril de pólvora no es muy peligroso si uno se sienta sobre él o lo guarda bajo la cama en la noche, o si se le usa como almohada; es algo muy seguro, en verdad, siempre que no haya ningún fuego cerca de él. No ha explotado, y, sin embargo, ha estado bajo nuestro propio sillón todo el tiempo. ¡Ah, pero si las chispas hubieran volado, como vuelan en la casa de tu vecino, al otro lado del camino, ¿podrías decir que tu pólvora es muy diferente de la suya? Y yo creo, a veces, que cuando pensamos que hemos destruido a la ira y hemos abatido la tendencia al enojo, es sólo porque el cananeo se ha escondido y no podemos verle, pero él todavía está allí, y puede salir un día de nuevo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lo mismo sucede con nuestro descontento y rebelión. No me doy cuenta de que estoy descontento; varios de ustedes pueden decir lo mismo. Se sienten felices esta mañana, y llenos de gratitud y agradecidos; podrían cantar: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“No cambiaría mi bienaventurado estado&amp;lt;br&amp;gt;Por nada de lo que la tierra llama buen o grandioso.”''&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Sí, pero no debes estar demasiado seguro de que no ha quedado ningún descontento en tu corazón. Ahora supón –y esa suposición es tan fácil de hacerse– supón que uno de tus seres más queridos se enfermera y muriera; puedes bendecir a un Dios dador, pero, ¿podrías bendecir a un Dios que quita? Supón que tus riquezas desarrollaran alas y cada una de ellas volara lejos; ¿podrías todavía alabar al Dios que es tan bueno cuando quita como cuando da? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos, no sabemos de qué espíritu somos. Cuando nos figuramos que podemos correr con la caballería, sería bueno recordar que no siempre hemos sido capaces de correr con la infantería; y cuando nos imaginamos que tal y tal amigo se comportó mal en la honda aflicción, sería bueno que nos recordáramos a nosotros mismos con frecuencia, para que no nos quejemos, pues el descontento podría ser uno de los pecados que acechan en nuestra alma. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, la idolatría es un pecado que a menudo es encontrado allí. Tú no sabes que idolatras a tu hijo, y nunca lo sabrás hasta que ese niño muera y entonces lo descubrirás. Tú no sabes que idolatras tus riquezas; pero si desaparecieran, y tuvieras que renunciar a ellas, y estuvieras listo a decir, como la esposa de Job: “Maldice a Dios, y muérete”, descubrirías entonces que era tu becerro de oro. La idolatría ha sido el pecado de todas las edades y de todos los tiempos. Estos amados hijos de Dios, cuyos corazones deberían contar de Jehová y sólo de Jehová, tienen la necesidad de vigilar cuidadosamente, para evitar que al mismo tiempo se entreguen a la confianza propia, que es sólo otra forma de idolatría, la adoración de nosotros mismos en vez de la adoración a Dios. Hemos de cuidarnos de no entregarnos a la satisfacción en nosotros mismos, y pensar que nuestra justicia es algo satisfactorio después de todo. Es algo bendito descubrir la idolatría, pero se esconderá si puede hacerlo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es bueno considerar la pregunta: “¿Cómo es que estas cosas es esconden en nosotros? Otras personas las encuentran, ¿cómo es que nosotros no podemos encontrarlas?” Es cierto que ustedes pueden detectar las faltas de otras personas, pero no pueden detectar las suyas. Los espectadores ven con frecuencia más que los jugadores, y nosotros percibimos algunas veces más a la distancia que cuando nos acercamos más. El hecho es que la parcialidad para con nosotros mismos, nos ciega a nuestras propias imperfecciones, y nos hace ver la mota en el ojo de nuestro hermano aunque haya una viga en nuestro propio ojo. En muchos casos esta ignorancia surge de la falta de análisis; no es un trabajo agradable buscar nuestras faltas: “Cazadnos las zorras, las zorras pequeñas, que echan a perder las viñas”; no es un trabajo fácil; no nos gusta descubrir nuestro pecado. Demasiados entre nosotros son haraganes en cuanto a la religión; hacen el trabajo de Dios engañosamente, no escudriñan sus corazones con lámparas ni se prueban como con el crisol, como en un horno; no son purificados siete veces, y así, el pecado escapa por falta de una sincera búsqueda para descubrirlo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, el pecado es tan sutil que cambia su forma. Si Satanás no puede dispararnos desde arriba, lo hará desde un costado; si no puede atacarnos en la cabeza, buscará hacernos caer metiéndonos una zancadilla. Pecados de todas las formas, y estilos y tonalidades, nos abruman, y la gran probabilidad es que al tratar de eliminar un pecado caeremos en otro. A menudo, al intentar alcanzar una virtud, hemos tirado por encima del blanco, y nos hemos ido a un vicio. Hemos querido honrar a Dios y humillarnos, pero entonces nos hemos vuelto ruines en espíritu. Queríamos ser nobles y valerosos, pero entonces nos hemos vuelto intimidantes. Queríamos ser amorosos, pero nos hicimos falsamente caritativos, tolerando el pecado. Queríamos ser severos contra el pecado, pero nos hemos vuelto amargos contra los amigos que han caído en él. Confundimos el camino angosto, y rompemos la valla, ya sea a la derecha o a la izquierda. Es la sutileza del pecado la que hace difícil que lo descubramos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, amados, hemos caído en el mal hábito de compararnos y contrastarnos con otros. Constantemente estamos entregándonos a la suposición: “Oh, bien, yo soy mejor que algunos.” Miramos a nuestros compañeros cristianos y vemos sus inconsistencias, y decimos: “Bien, yo no hago eso.” Me temo que aquella oración farisaica en muy común incluso entre los cristianos: “Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres”. El propio predicador, aunque pudiera predicarles la humildad, algunas veces se pone a compararse con otros predicadores, y sus oyentes, él no lo duda, hacen lo mismo. Oh, tú piensas: “yo soy más rápido en la obra de Dios, más denodado que algunos cristianos; yo quisiera que despertaran también”; pero, mientras estamos censurándolos, estamos realmente poniendo una unción aduladora en nuestras propias almas, al suponer que somos mucho mejores, y que hemos eliminado mucho de nuestros propios pecados. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oh, amados, cuídense de estarse comparando con otros, pues esto no es sabio. Acudan a Cristo, y mírenle, y entonces sus faltas serán aparentes. Contemplen Su perfección, y a la luz de eso, sus propias debilidades pronto serán descubiertas; pero si ustedes miran la justicia de su hermano, que no es sino un poco mejor que la suya y tal vez no sea tan buena, serán propensos a enorgullecerse y ser altivos, y así caerán en pecado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sin embargo, no voy a extenderme sobre este punto. Hay, sin duda, en todos nosotros, cananeos que todavía moran en la tierra, que serán espinas en nuestro costado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''Ahora, en segundo lugar: UN INSTRUMENTO SINGULAR PARA SU DESTRUCCIÓN: “TAMBIÉN ENVIARÁ JEHOVÁ TU DIOS AVISPAS SOBRE ELLOS.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Estos individuos recurrieron a cuevas y madrigueras: Dios empleó los mejores instrumentos para su destrucción. Yo supongo que estas avispas eran avispas grandes; dos o tres veces, tal vez, más grandes que una avispa normal, con muy terribles aguijones. No es un caso histórico inusual, encontrar distritos que han sido despoblados por insectos que pican. En conexión con el viaje del doctor Livingstone, no podemos olvidar nunca aquel extraño tipo de huésped que es tal plaga para el ganado en cualquier distrito, que en el momento que apareció, tenían que huir o morir por causa de ellos. La avispa debe de haber sido una criatura muy terrible; pero no es del todo extraordinario que hubiera avispas capaces de echar fuera a una nación. La avispa constituyó un instrumento muy simple. No era el sonido de una trompeta, ni siquiera el centelleo de milagros; era un instrumento simple y natural para hacer salir a estos pueblos de sus guaridas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es bien sabido que los insectos, en algunos países, pican a una raza de personas y no a otras. Algunas veces, los habitantes de un país no son cuidadosos en absoluto de los mosquitos o criaturas semejantes, mientras que los extranjeros son grandemente vejados por ellos. Dios, por tanto, podía traer avispas que picarían a los heveos y a los jebusitas pero no molestarían a los israelitas, y de esta manera los cananeos eran obligados a salir de sus cuevas; algunos murieron por las picaduras de las avispas, y otros fueron puestos en el camino de las filosas espadas de los hombres de Israel, y así murieron ellos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La analogía espiritual para esto es, la aflicción diaria que Dios nos envía a cada uno de nosotros. Yo supongo que todos ustedes tienen sus avispas. Algunos tienen avispas en la familia; tu hijo podría ser una avispa para ti; tu esposa, tu esposo, tu hermano, el más querido amigo que tienes, pueden ser una cruz diaria para ti; y, aunque una cruz inerte es muy pesada, una cruz viva es mucho más pesada. Enterrar a un hijo es un gran dolor, pero que ese niño viva y peque contra ti es diez veces peor. Podrías tener avispas que te perseguirán hasta tu recámara –algunos de ustedes saben lo que eso significa– de tal manera que donde deberías encontrar tu reposo y tu más dulce solaz, es allí donde recibes tu picadura más amarga de la aflicción. La avispa viene algunas veces en la forma del negocio. Tú estás perplejo –no puedes prosperar– una cosa viene detrás de la otra. Pareces haber nacido para tener más problemas que otras personas. Te has aventurado hacia la derecha, pero fue un fracaso; empujaste hacia la izquierda, pero eso fue un derrumbe. Casi todo el mundo en el que confías falla inmediatamente, y aquellos en quienes no confías son las personas en quienes habrías podido confiar seguramente. Parecieras estar infestado con esas avispas en tu negocio, para hacer que todo te salga mal; experimentas perplejidad tras perplejidad; nada es tan serio como para ser tu ruina, pero representan cierta cantidad de problemas molestos que te mantienen inquieto. Otros tienen avispas en sus cuerpos. Algunos tienen constantes dolores de cabeza; achaques y dolores pasan y disparan a lo largo de los nervios de otras personas. Si pudieras estar libre de ellos, –piensas–cuán feliz serías; pero tienes tu avispa, y esa avispa está siempre contigo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero si tratara mencionar la lista completa de avispas, necesitaría toda la mañana, pues hay una aflicción particular para cada persona. Cada hombre tiene su propia forma de picadura ofensiva que tiene que sentir. Acudirás corriendo a tus amigos algunas veces, y dirás: “Oh, tengo tal problema. Fulano de Tal ha estado diciendo tal y tal cosa de mí; si no tuviera tantos malos vecinos podría continuar. Este es el peor problema que un hombre podría experimentar.” Tú no sabes, tú no sabes. El corazón conoce su propia amargura. Hay un esqueleto en cada hogar; todo hombre tiene un zapato que aprieta más o menos; y no hay un solo cristiano en la tierra que no tenga una avispa. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, ¿para qué son las avispas? Son enviadas con el mismo objetivo por el que Dios envió las avispas a Canaán, es decir, para echar fuera a los cananeos; y tendré que mostrar que precisamente hacen eso. Las avispas te llevan a la oración. Sólo pongan la palabra avispa al verso que hemos estado cantando: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“Las avispas hacen dulce la promesa,&amp;lt;br&amp;gt;Las avispas dan nueva vida a la oración,&amp;lt;br&amp;gt;Las avispas me conducen a Sus pies,&amp;lt;br&amp;gt;Me humillan y me mantienen allí”,''&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
y entonces acaban de ver el sentido de lo que hacen estas avispas diarias. Tú no orarías si no tuvieras ningún problema; me temo que te volverías indolente, frío, indiferente; pero estos te pican, y tú dices: “he de ir a mi Dios en busca de consuelo para esta plaga, esta molestia.” ¡Vamos, qué bendición es para ti ser picado y conducido a los pies de tu Padre! La picadura que te lleva allí es bendita. No valorarías ni a la mitad las promesas, si no fuera por las avispas; pero te diriges a alguna preciosa palabra de Dios que se adecua precisamente a tu caso, y dices: “Nunca vi tal dulzura en ello como la veo ahora. Bendito sea Dios por enviar un pasaje tan adecuado a mi condición.” Las avispas te llevan a la promesa, y parecieran señalarte el lugar donde fluyen la leche y la miel. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y cómo tienden también a ponerte a Sus pies después de que has sido de un temperamento irascible. Después de que has sentido cuán orgulloso debes haber sido, todo debido a que la avispa echó fuera el orgullo, has acudido a Dios y has dicho: “Señor, no pensé que fuera tan insensato; no lo habría creído. Si alguien me hubiera dicho ayer: ‘harías tal y tal cosa’, yo le habría respondido: ‘¿es tu siervo un perro para que haga tan grandes cosas?’ Pero esto me ha turbado tanto, me mordió en una llaga, me irritó, al punto que no podía soportarlo, que he hecho lo que no habría hecho por todo el mundo.” Eso sólo muestra lo que estaba allí antes. Mira, si el pecado no hubiera estado en ti, no habría podido salir. Toda la aflicción del mundo no pone al pecado en el cristiano, pero lo saca. Y justo como la enfermedad es mejor cuando es sacada a la superficie, para que así su poder en el interior pueda ser destruido, así también es una bendición –una dolorosa bendición– cuando la avispa llega y nos hace ver el mal que de otra manera habría permanecido oculto en nosotros. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ustedes saben, mis queridos amigos, prácticamente, me atrevería a decir, lo que quiero decir. El otro día tú te encontrabas en un marco mental tan celestial, habías gozado de media hora a solas, o acababas de llegar a casa procedente del Tabernáculo y gozaste del servicio, y algo te palmeó en la espalda y te dijo: “¡cómo has crecido en la gracia!” No lo dijiste en palabras, pero, en verdad, pensaste realmente: “bien, estoy progresando; hay algo bueno en mí después de todo.” Cuando llegaste a casa, tal vez la carne estuvo mal cocinada, o hubo algo que fue preparado de manera totalmente opuesta a lo que hubieras deseado, y te pareció que fue hecho a propósito para irritarte. Pensaste así, y sin considerarlo ni un momento, dijiste algunas palabras muy duras, ¡muy duras! Entonces, algo vino y te tocó en el otro hombro y dijo: “¡Ah!, ¿es esto crecer en la gracia?”, y te sentiste muy humillado, te sentiste rebajado muchos grados en la escala; y cuando subiste a tu alcoba, si hubieras subido allí sin esa avispa, tu oración habría sido la oración de un fariseo, pero según sucedió, cuando llegaste a la alcoba, todo lo que podías decir era: “Dios, sé propicio a mí, pecador.” La avispa te había hecho un mundo de bien. Pudo haber sacado un poco de mal carácter, pero, a pesar de eso, sacó tu orgullo y tu arrogancia. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los problemas diarios que enfrentamos tienen el propósito de conducirnos a Dios, de conducirnos a la promesa, y también de mostrarnos dónde están nuestros puntos débiles, para que podamos contender con todo nuestro poder contra ellos. Yo creo, mis queridos amigos, que los seres de corazón más duro, los más corrugados, y los cristianos más desagradables de todo el mundo son aquellos que nunca han experimentado mayores problemas, y aquellos que son más sensibles, amorosos, y semejantes a Cristo, son generalmente aquellos que ha tenido las mayores aflicciones. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La peor cosa que pudiera ocurrirnos a cualquiera de nosotros es que nuestra senda sea nivelada demasiado, y una de las mayores bendiciones que el Señor nos dio jamás fue una cruz. “Nunca habría sido capaz de ver”, –dijo alguien– “si no hubiera estado ciego”; y otro dijo: “nunca habría podido correr la carrera puesta delante de mí si no me hubiera roto la pierna”. Nuestras debilidades son canales de bendición; nuestras dificultades, pruebas y perplejidades, son los más dulces y benditos instrumentos de gracia para nuestras almas. Pienso que debemos estar muy agradecidos con Dios por la avispa. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Uno dice: “yo no lo estoy”. “Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia.” Cuando tienes una mente sana, mi querido hermano, y Dios el Espíritu Santo te enseña realmente a ser sabio, irás y agradecerás a Dios por las avispas. “Señor, yo te bendigo porque no me has dejado sin disciplina. Te alabo por los cuidados y los problemas que son tan desagradables para mi carne, por los cuales esa carne es mortificada. Yo te doy gracias, Padre.” Nunca oyes a un hijo decir eso, pero si fuera un hijo sabio, lo diría. “Yo te doy gracias, Padre mío, por la vara. Yo te doy gracias, oh mi Dios, porque no me has permitido que haga mi voluntad, has ensombrecido mis panoramas, has frustrado mis esperanzas, has echado a perder mis planes, has derrumbado mis expectativas, y me has quitado mis gozos: te doy gracias, oh Tú, grandioso Liberador, por haber quebrantado las barras de oro de mi jaula para dar libertad a mi espíritu, y por haber roto las ataduras de mi cautividad que me ligaban a la tierra, para que me pueda remontar a lo alto, hasta Ti.” Siempre que estés cantando las alabanzas de Dios, di: “Él nos envió avispas, porque Su misericordia es eterna: sea bendito eternamente.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay un punto que quiero que adviertan en el texto; sería una culpa de mi parte pasarlo por alto sin ninguna observación; y es que se nos dice expresamente que las avispas vinieron de Dios. Él las envió. “Enviará Jehová tu Dios avispas sobre ellos.” Tal vez, esto te ayudará a soportar sus picaduras otra vez. Dios pesa tus pesares en balanzas, y mide tus aflicciones, cada dracma y cada escrúpulo de ellas; y como provienen directamente de la mano de un Padre amante, acéptalas con alegría agradecida, y pide en oración que el resultado que la Sabiduría Divina ha ordenado que fluya de ellas, pueda redundar abundantemente en tu santificación, en ser hecho a semejanza de Cristo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''III.''' Y ahora debo concluir observando que aquí tenemos UNA LECCIÓN MUY SUGERENTE PARA NOSOTROS MISMOS, una lección que ya hemos anticipado, pero que hemos de repetir. Es esta. ¿Cuál es mi particular pecado acosante? ¿He sido cuidadoso en mi autoexamen? ¿He emitido una constante orden de cateo contra las formas sutiles del mal? Si no lo he hecho, he de esperar tener a la avispa. Dios nunca castiga penalmente a Sus hijos por el pecado, pero los disciplina paternalmente por ese pecado. A menudo puedes descubrir cuál es tu pecado, por el castigo, pues puedes ver el rostro del pecado en el castigo: el uno es muy semejante al otro. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Querido amigo, ¿cuál es tu particular aflicción hoy? ¿Qué avispa te pica? Acude a Dios con la petición de Job: “Hazme entender por qué contiendes conmigo”; pues si las consolaciones de Dios son poca cosa contigo, es debido a que hay algún pecado secreto en ti. Mira la aflicción que experimentas hoy, y ve si no puedes descubrir el pecado. Un hijo desobediente: ¿es posible que tú también estés viviendo en algún acto de desobediencia hacia tu Padre celestial? ¿Es algún sirviente el que te fastidia? ¿Es posible que tú también seas un mal siervo del Rey, ocioso e indiferente a Su mandato? ¿Se trata de una pérdida en los negocios? ¿No sería posible que no estés atendiendo el negocio de Dios, y, por tanto, Su Iglesia es la perdedora, y, por tanto, Él te hace un perdedor en tu propio negocio? ¿Se trata de una enfermedad en la carne? ¿No podría haber alguna enfermedad espiritual allí, que es necesario mantener a raya y someter? ¿Te ha tratado altivamente alguien más? ¿No podrías ser altivo tú también? ¿Te ha calumniado alguien, y te dueles por esa calumnia? ¿Nunca has hablado en contra de los hijos de Dios? ¿No podrías tener una lengua que tiene comezón, y Dios te está haciendo sentir el escozor de eso, para que te preocupes acerca de cómo quitas el freno de esa lengua ingobernable? ¿Ha subvalorado alguien tu labor, y ha hablado despreciativamente de tus motivos? ¿No podrías haber tenido tú también pensamientos severos en relación a algunos de tus hermanos en las labores cristianas? ¿Te sientes, precisamente ahora, bajo una gran depresión de espíritu? ¿No es posible que hayas descuidado entrar en comunión con Cristo en Su sufrimiento, y, por tanto, Él te está sujetando y llevándote a esa comunión por una fuerza mayor? No sé lo que suceda contigo, amado, pero esto sé, que no he escudriñado mi propia alma como desearía hacerlo en el futuro. Yo desearía descubrir todo lo que está dentro de mí que sea malo, para que pueda ser arrastrado y eliminado de inmediato. Es un trabajo muy duro. Es un trabajo que no podría ser hecho, si no fuera por esa preciosa seguridad de que Dios está con nosotros. Dios, el poderoso Dios de Jacob, quiere que seamos Su pueblo. Él ha preparado un cielo para un pueblo perfecto, y Él nos hará perfectos, para no perdernos a nosotros ni el lugar que nos ha preparado. Él ha jurado por Sí mismo que nunca te dejará. Él echará fuera, con una mano poderosa y un brazo extendido, tus lascivias y corrupciones, hasta que seas perfecto como tu Padre en el cielo es perfecto. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Vengan, entonces, ustedes, hombres de guerra, tomen sus arneses, y pónganse su armadura, y vigoricen sus almas para el combate. “Aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado.” “Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar”, y, ahora, a partir de este momento y para siempre, pelear la buena batalla por la corona incorruptible de gloria. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
He estado hablando a personas salvas, y sólo a personas salvas. Pero ustedes que no han sido salvados tendrán también las avispas, sólo que esas avispas no serán de utilidad para ustedes. Les picarán y los apartarán de Dios, en vez de acercarlos a Él. Sus pruebas sólo los harán sentir antipatía y odiar más al Altísimo. ¡Oh, que esta gracia los visitara, y cambiara su corazón! Y entonces, tal vez, sus pruebas podrían ser santificadas para llevarlos ante el rostro de su Padre. Que así sea, y Suya será la gloria eternamente. Amén.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

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		<title>El Texto de Robinson Crusoe</title>
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				<updated>2011-02-21T00:35:36Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|Robinson Crusoe's Text}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“E invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás”. ''Salmos 50: 15.&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Hay un libro que nos fascinó a todos en los días de nuestra juventud. ¿Hay acaso algún muchacho que no lo haya leído? “Robinson Crusoe” fue un caudal de maravillas para mí: pude haberlo leído una veintena de veces y nunca me habría cansado. No me da vergüenza confesar que podría leerlo incluso ahora con un deleite renovado. Robinson y su compañero Viernes, aunque son meras invenciones de la ficción, son sorprendentemente reales para la mayoría de nosotros. Pero, ¿por qué hago estos comentarios un domingo por la noche? ¿No está esta plática completamente fuera de lugar? Espero que no. Al leer mi texto esta noche, ha venido vívidamente a mi memoria un pasaje de ese libro, y descubro en ello algo más que una excusa. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Robinson Crusoe naufraga. Queda completamente solo en una isla desierta. Su caso es verdaderamente digno de lástima. Se retira a su lecho y cae enfermo de fiebre. Esta fiebre le consume por largo tiempo, y no tiene a nadie que le cuide, a nadie que le traiga un poco de agua fresca. Está a punto de perecer. Había estado acostumbrado a pecar, y tenía todos los vicios de un marinero; pero su difícil condición lo llevó a reflexionar. Abre una Biblia que encontró en su baúl, y se tropieza con este pasaje: ''“E invócame en el día de la angustia; te libraré y tú me honrarás.” ''Aquella noche oró por primera vez en su vida, y de allí en adelante hubo en él una esperanza en Dios que marcó el nacimiento de la vida celestial. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Como ustedes saben, Defoe, el escritor de la historia, era un ministro presbiteriano; y aunque no desbordaba espiritualidad, sabía lo suficiente de religión como para describir muy vívidamente la experiencia de un hombre sumido en la desesperación, y que encuentra la paz confiando en su Dios. Como novelista, tenía un ojo perspicaz para lo probable, y no pudo concebir un pasaje más apropiado para impresionar a un pobre espíritu quebrantado que éste. Instintivamente percibía la mina de consuelo contenida en estas palabras. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora cuento ya con toda su atención, y esa es una razón por la que he comenzado de esta manera mi sermón. Pero tengo un propósito ulterior; pues aunque Robinson Crusoe no está aquí, ni tampoco su compañero Viernes, sin embargo, podría haber aquí alguien muy semejante a él, alguien que ha sufrido un naufragio en la vida, y que ahora se ha vuelto una criatura solitaria y anda a la deriva. Recuerda mejores días pero, por sus pecados, se ha convertido en un náufrago que ya nadie busca. Está aquí esta noche, arrojado a la costa por las olas, sin un amigo, sufriendo en el cuerpo, arruinado en su patrimonio y abrumado en su espíritu. En medio de una ciudad llena de gente, no cuenta con ningún amigo, ni con nadie que quiera reconocer que alguna vez le conoció. Ha llegado ahora a lo más descarnado de la existencia. No hay nada delante de él sino pobreza, miseria y muerte. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así te dice el Señor, amigo mío, esta noche: ''“Invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás”. ''Has venido aquí esperando a medias que pudiera haber una palabra de Dios para tu alma; “esperando a medias”, dije, pues tú estás por igual bajo la influencia del terror y de la esperanza. Estás lleno de desesperación. A ti te parece que Dios ha olvidado ser clemente y que, en Su ira, ha cerrado contra ti Su corazón. El demonio mentiroso te ha persuadido de que no hay esperanza, con el propósito de encadenarte con los grilletes de bronce de la desesperación, y de retenerte como cautivo para que trabajes mientras vivas en el molino de la impiedad. Tú escribes cosas amargas contra ti mismo, pero son cosas tan falsas como amargas. Las misericordias del Señor no decaen. Su misericordia es eterna; y así, te habla en misericordia, pobre espíritu turbado, incluso a ti: ''“Invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás”.''&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Presiento que en este momento, con la ayuda de Dios, hablaré al corazón de algún pobre espíritu turbado. En una congregación como esta, no todo el mundo recibe una bendición por la palabra que se predica, pero algunas mentes son preparadas por el Señor para esta palabra. Él prepara la semilla que se siembra y la tierra que la recibe. Él da un sentido de necesidad que es la mejor preparación para la promesa. ¿De qué sirve el consuelo a quienes no tienen angustias? La palabra de esta noche no será de ningún provecho ni contendrá cosas de interés para quienes no tienen zozobra alguna en el corazón. Pero, por mal que yo hable, aquellos corazones que necesitan una certidumbre alentadora de un Dios clemente, danzarán de gozo, y serán preparados para recibirla cuando resplandezca en este texto de oro: ''“Invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás”.'' Es un texto que quisiera ver escrito en las estrellas a lo largo del cielo, o proclamado con trompeta desde todas las torres al mediodía, o impreso en cada hoja de papel que pasa a través del correo. Debería ser conocido y leído por toda la humanidad. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me vienen a la mente cuatro cosas. ¡Que el Espíritu Santo bendiga lo que pueda yo decir al respecto! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''La primera observación no está en mi texto únicamente, sino en el texto y en el contexto. EL REALISMO ES PREFERIDO AL RITUALISMO. Si leen cuidadosamente el resto del Salmo, verán que el Señor está hablando de los ritos y ceremonias de Israel, y está mostrando que poco le importan las formalidades de la adoración cuando el corazón no está presente en ellas. Creo que debemos leer el pasaje completo: “No te reprenderé por tus sacrificios, ni por tus holocaustos, que están continuamente delante de mí. No tomaré de tu casa becerros, ni machos cabríos de tus apriscos. Porque mía es toda bestia del bosque, y los millares de animales en los collados. Conozco a todas las aves de los montes, y todo lo que se mueve en los campos me pertenece. Si yo tuviese hambre, no te lo diría a ti; porque mío es el mundo y su plenitud. ¿He de comer yo carne de toros, o de beber sangre de machos cabríos? Sacrifica a Dios alabanza, y paga tus votos al Altísimo; e invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás.” Así, la alabanza y la oración son aceptadas de preferencia a cualquier otra forma de ofrenda que los judíos podían presentar delante del Señor. ¿Cuál es la razón de esto? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ante todo, yo respondería que la oración real es mucho mejor que el mero ritual, porque ''hay un significado en ella'', y en el ritual no hay ningún significado si la gracia está ausente; es tan absurdo como el juego de un idiota. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Han estado alguna vez en alguna catedral católica y vieron el servicio de ese día, especialmente si celebraban una fiesta? Vamos, con los muchachos vestidos de blanco, y con los hombres con casullas de color violeta, o rosa, o rojo, o negro, había suficientes actores como para llenar una aldea de buen tamaño. Vamos, con los que sostenían palmatorias, y los que cargaban cruces, y los que llevaban recipientes y cuencos, y cojines y libros, y los que tocaban las campanas, y los que echaban incienso, y los que rociaban agua, y los que inclinaban sus cabezas, y los que doblaban sus rodillas, todo el espectáculo era maravilloso para ser contemplado, muy asombroso, muy divertido, muy pueril. Al verlo uno se pregunta: ¿de qué se trata todo esto, y qué tipo de personas resultan realmente cambiadas para bien por todo esto? Uno se pregunta también qué idea de Dios han de tener los católicos piadosos, si se imaginan que Él se agrada con tales funciones. ¿Acaso no se preguntan ustedes cómo soporta esto el buen Señor? ¿Qué pensará de todo esto Su mente gloriosa? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aunque el incienso es dulce, y las flores son bellas, y los ornamentos son finos, y todo va de acuerdo con la rúbrica antigua, ¿qué relevancia hay en todo eso? ¿Cuál es el propósito de la procesión? ¿Qué fin tiene ese sacerdote revestido y ese suntuoso altar? ¿Significan algo estas cosas? ¿No son acaso un espectáculo absurdo? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Al Dios glorioso no le interesan para nada la pompa y el espectáculo; pero cuando le invocas en el día de la angustia, y le pides que te libere, entonces hay un significado en tu gemido angustioso. No se trata de una forma vacía; el corazón está involucrado en ello, ¿no es cierto? Hay un significado en la súplica de la aflicción, y por eso, Dios prefiere la oración de un corazón quebrantado al servicio de los sacerdotes y de los coros, por espectacular que sea. Hay un significado en el grito amargo del alma pero, en cambio, no hay un sentido en la ceremonia pomposa. En la oración del hombre pobre hay mente, corazón y alma y, por esto, la oración es real para el Señor. He allí un alma viviente buscando contacto con el Dios viviente, en realidad y verdad. He allí un corazón quebrantado clamando al Espíritu compasivo. ¡Ah!, podrían ordenar al órgano que lance sus notas más dulces y más sonoras, pero, ¿cuál es el significado del simple viento que pasa a través de los tubos? Un niño llora, y hay un significado en ''eso''. Un hombre que está parado en aquella esquina gime: “¡Oh Dios, mi corazón está destrozado!” Hay más fuerza en su gemido que en mil de las más grandes trompetas, címbalos, panderos, y cualesquiera otros instrumentos de música con los que los hombres buscan agradar a Dios hoy en día. ¡Qué locura pensar que a Dios le interesan los sonidos musicales, o las marchas ordenadas, o las coloridas casullas! En una lágrima, o en un sollozo, o en un grito, hay un significado, pero en el mero sonido no hay un sentido, y a Dios no le importan las cosas que no tienen un sentido. A Él le importa lo que contenga pensamiento y sentimiento. ¿Por qué prefiere Dios el realismo al ‘ritualismo’? Es también por la razón de que ''hay algo espiritual en el clamor de un corazón turbado''; y “Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren”. Supongan que yo repitiera con toda precisión esta noche el mejor credo que haya sido elaborado jamás por hombres instruidos y ortodoxos; sin embargo, si no tuviera fe en él, y ustedes tampoco, ¿de qué serviría la repetición de las palabras? No hay nada espiritual en una mera declaración ortodoxa si no tenemos una fe real en lo que decimos: sería lo mismo que si repitiéramos el alfabeto y llamáramos a eso: devoción. Y si prorrumpiéramos esta noche en el más grandioso aleluya que haya sido pronunciado jamás por labios mortales, y no pusiéramos el corazón en lo que decimos, no habría nada espiritual en ello, y no significaría nada para Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero cuando una pobre alma se aleja a su aposento, y dobla su rodilla y clama: “¡Dios, sé propicio a mí! ¡Dios, sálvame! ¡Dios, ayúdame en este día de angustia!”, hay vida espiritual en ese clamor y, por tanto, Dios lo aprueba y responde. Él quiere adoración espiritual, y es la adoración que acepta, y no aceptará otra cosa. “Los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.” Él ha abolido la ley ceremonial, destruyó el altar que estaba en Jerusalén, quemó el Templo, abolió el sacerdocio de Aarón, y puso para siempre un fin a toda función ritualística, pues Él busca únicamente verdaderos adoradores , que le adoren en espíritu y en verdad. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, el Señor ama el clamor del corazón quebrantado porque ''claramente le reconoce como el Dios vivo'', y le busca en verdad en oración. Dios está ausente de gran parte de la devoción externa. Pero ¡cómo nos mofamos de Dios cuando no discernimos Su presencia, y no nos acercamos a Su ser! Cuando el corazón, la mente y el alma, atraviesan su propia barrera para llegar a su Dios, entonces es que Dios es glorificado, pero no es glorificado por algún ejercicio corporal en el que es olvidado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, cuán real es Dios para un hombre que está pereciendo, y siente que sólo Dios puede salvarle! Ese hombre cree que Dios existe, pues, de lo contrario, no elevaría una oración tan lastimera hacia a Él. Antes, decía sus oraciones y poco le importaba si Dios le escuchaba o no; pero ahora ora, y su principal ansiedad es que Dios le oiga. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, queridos amigos, Dios se deleita en gran manera cuando clamamos a Él en el día de la angustia porque entonces ''hay sinceridad en ello''. Me temo que en la hora de nuestro regocijo y en el día de nuestra prosperidad, muchas de nuestras oraciones y nuestras acciones de gracias son pura hipocresía. Una gran mayoría de nosotros es como los trompos de los niños, que cesan de girar si no se les impulsa. Ciertamente nosotros oramos con una mayor intensidad cuando estamos sumidos en gran turbación. Un hombre es muy pobre: está sin trabajo; ha gastado las suelas de sus zapatos buscando un empleo; no sabe de dónde provendrá la siguiente comida para sus hijos; y si ora ahora es muy probable que se trate de una oración sincera, pues está realmente empeñado debido a un problema real. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A veces he deseado que algunos cristianos muy caballerosos –que parecieran tratar a la religión como si siempre se requirieran guantes de cabritilla– experimentaran un breve tiempo de “asperezas” y se vieran realmente en dificultades. Una vida de tranquilidad engendra enjambres de falsedades y pretensiones que pronto se desvanecen ante la presencia de tribulaciones reales. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Muchos individuos se han convertido a Dios en las espesuras de Australia por causa del hambre, y del cansancio y de la soledad, quienes, cuando eran hombres acaudalados y estaban rodeados de alegres aduladores, nunca pensaron en Dios en absoluto. Ha sucedido que muchos hombres a bordo de algún barco, allá, en el Atlántico, han aprendido a orar en el frío glacial de un témpano de hielo, o en los horrores del seno de una ola que el barco no podía evadir. Cuando el mástil era arrojado por la borda y cada madero se iba desprendiendo por la presión, y el barco parecía condenado al naufragio, entonces los corazones comenzaron a orar con sinceridad; y Dios ama la sinceridad. Cuando hablamos con el corazón; cuando el alma se derrite en oración; cuando decimos: “he de recibirlo o estaré perdido”; cuando no es una impostura, ni una vana ceremonia, sino un agonizante clamor de un corazón quebrantado, entonces Dios lo acepta. De aquí que diga: “Invócame en el día de la angustia.” Un clamor así es el tipo de adoración que a Él le importa, porque allí hay sinceridad, y esto es aceptable para el Dios de la verdad. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, en el clamor del hombre atribulado ''hay humildad''. Podríamos asistir a una ceremonia religiosa notoriamente brillante, según el ritual de alguna iglesia estrafalaria; o podríamos participar en nuestros propios ritos, que son sumamente sencillos; y podríamos estar diciéndonos todo el tiempo: “la ceremonia ha sido primorosa”. El predicador podría preguntarse: “¿acaso no estoy predicando bien?” El hermano que participa en la reunión de oración podría decirse: “¡Con qué deleitable soltura oro!” Siempre que haya ese espíritu en nosotros, Dios no aceptará nuestra adoración. La adoración no es aceptable si está desprovista de humildad. Ahora, cuando en el día de la angustia un hombre acude a Dios, y le pide: “¡Señor, ayúdame! Yo no puedo ayudarme a mí mismo, y necesito que Tú intervengas en mi ayuda”, hay humildad en esa confesión y en ese clamor y por esto el Señor se complace en ellos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tú, pobre mujer que estás por allá, que fuiste abandonada por tu marido y que casi estás deseando la muerte, yo te exhorto a que invoques a Dios en el día de tu angustia, pues sé que elevarás una humilde oración. Tú, pobre sujeto trémulo que estás por allí; tú has actuado muy mal, y es probable que te descubran y seas deshonrado por ello, pero yo te exhorto a que clames a Dios en oración, pues estoy seguro de que no habrá soberbia en tu petición. Estarás quebrantado en espíritu, y humillado delante de Dios, y “al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, el Señor se complace con tales súplicas porque ''hay una medida de fe en ellas''. Cuando el hombre angustiado clama: “¡Señor, líbrame!”, está mirando fuera de sí mismo. Vean, él es echado fuera de sí por causa de la hambruna que hay en la tierra. No puede encontrar esperanza o ayuda en la tierra, y por eso mira hacia el cielo. Tal vez ha acudido a algunos amigos, y le han fallado y, entonces, en clara desesperación, busca a su Amigo verdadero. Al fin acude a Dios; y aunque no puede decir que cree en la bondad de Dios como debería creer, tiene alguna fe débil y vaga, pues de lo contrario no estaría acudiendo a Dios en este tiempo de extrema necesidad. A Dios le agrada descubrir incluso una sombra de fe en Su criatura incrédula. Cuando la fe atraviesa, por decirlo así, el campo de la cámara, de tal forma que a través de la fotografía hay una traza opaca de que la fe estuvo allí, Dios puede detectarla, y puede aceptar y aceptará la oración por causa de esa poca fe. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oh, querido corazón, ¿dónde está tú? ¿Estás destrozado por la angustia? ¿Estás muy penosamente turbado? ¿Estás solo? ¿Has sido desechado? Entonces clama a Dios. Nadie más podría ayudarte; ahora no tienes otra salida más que Él. ¡Bendita condición! Clama a Él, pues Él puede ayudarte; y yo te digo que en tu clamor habrá una adoración pura y verdadera, del tipo que Dios desea, mucho más que el sacrificio de diez mil novillos, o que el derramamiento de ríos de aceite. Con toda certeza es cierto, por las Escrituras, que el gemido de un espíritu abrumado está entre los más dulces sonidos que son oídos jamás por el oído del Altísimo. Los clamores quejumbrosos son antífonas para Él, para quien todos los simples arreglos de sonidos han de ser simples juegos de niños. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces, pobres seres sollozantes y aturdidos, ustedes deben ver que lo que constituye el sacrificio más aceptable que su espíritu puede presentar delante del trono de Dios, no es el ‘ritualismo’, no es la realización de pomposas ceremonias, no es inclinarse en una reverencia ni decir letanías, no es el uso de palabras sagradas, sino consiste en clamar a Dios en la hora de su angustia. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''Llegamos ahora a la segunda observación. ¡Que Dios la grabe en todos nosotros! En nuestro texto vemos a la ADVERSIDAD CONVERTIDA EN VENTAJA. “Invócame en el día de la angustia; te libraré.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Decimos esto con toda reverencia, pero Dios mismo no puede librar a un hombre que no esté sumido en la angustia, y, por ello, tiene alguna ventaja estar en angustia, porque entonces Dios puede librarte. Incluso Jesucristo, el Sanador de los hombres, no puede sanar a un hombre que no esté enfermo; así que, estar enfermos se convierte en algo ventajoso para nosotros, para que Cristo nos sane. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así, querido oyente, tu adversidad puede resultar en una ventaja al ofrecer una ocasión y una oportunidad para el despliegue de la gracia divina. Es una gran sabiduría aprender el arte de fabricar miel a partir de la hiel, y el texto nos enseña cómo hacer eso; muestra cómo la angustia se puede convertir en ganancia. Entonces, cuando estés sumido en la adversidad, clama a Dios, y experimentarás una liberación que será una experiencia más rica y más dulce para tu alma que si nunca hubieses conocido la angustia. He aquí el arte y la ciencia de obtener ganancias de las pérdidas y ventajas de las adversidades. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, permítanme suponer que hay aquí alguna persona en angustia. Tal vez otro Robinson Crusoe perdido se encuentre entre nosotros. No estoy suponiendo ociosamente que algún individuo atribulado esté aquí. Sabemos que está atribulado. Ahora bien, cuando ores –y ¡oh!, deseo que ores ahora– ¿no ves qué argumentos tienes ahora? Primero tienes el argumento ''del tiempo'': “Invócame en el día de la angustia.” Puedes argumentar: “¡Señor, este es un día de angustia! Me encuentro en medio de una gran aflicción, y mi caso es urgente en esta hora.” Luego declara cuál es tu angustia: esa esposa enferma, ese niño moribundo, ese negocio que se hunde, la salud que falla, ese trabajo que has perdido, esa pobreza que te mira a la cara. Dile al Señor de misericordia: “Señor mío, si alguna vez algún hombre estuvo en un día de angustia, yo soy ese hombre; y, por eso, me tomo el atrevimiento y la licencia de pedirte ahora, porque Tú has dicho: ‘Invócame en el día de la angustia.’ Esta es la hora que Tú has establecido para que apele a Ti: este día tenebroso y tormentoso. Si existió alguna vez un hombre que tenía un derecho para orar que le fue otorgado por Tu propia palabra, yo soy ese hombre, pues estoy en angustia y, por tanto, haré uso del tiempo oportuno como un argumento contigo. Escucha el clamor de Tu siervo, te lo suplico, en esta hora de medianoche”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, no sólo puedes hacer uso del tiempo como un argumento; puedes argumentar también ''la angustia misma''. Puedes argumentar de esta manera: “Tú has dicho: ‘Invócame en el día de la angustia’. Oh Señor, Tú ves cuán grande es mi angustia. Es sumamente pesada. No puedo soportarla ni deshacerme de ella. Me persigue a mi lecho; no me deja dormir. Cuando me levanto está todavía conmigo, no puedo sacudirla de mí. Señor, mi angustia es inusual: pocos son angustiados como yo lo estoy; por tanto, ¡concédeme un socorro extraordinario! Señor, mi angustia es sobrecogedora; si Tú no me ayudas, ¡pronto seré quebrantado por ella! Ese es un buen razonamiento y una argumentación prevaleciente. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, tu adversidad se convierte en una ventaja si argumentas ''el mandamiento''. Tú puedes acudir al Señor ahora, en este preciso instante, y decirle: “¡Señor, te ruego que me oigas, pues Tú me has ordenado orar! Aunque soy malvado, yo no le diría a un hombre que me pidiera algo si tuviera la intención de negárselo; yo no lo exhortaría a que pidiera ayuda, si tuviera la intención de rechazarlo.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Acaso no saben, hermanos, que con frecuencia imputamos al buen Señor una conducta de la cual nos sentiríamos avergonzados nosotros mismos? Esto no puede ser. Si le dijeras a un pobre: “tú estás atravesando circunstancias muy tristes; escríbeme mañana, y yo me haré cargo de tus asuntos”, y te escribiera, no tratarías su carta con desprecio. Estarías obligado a considerar su caso. Cuando le dijiste que te escribiera, querías decirle que le ayudarías si pudieras hacerlo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y cuando Dios te dice que le invoques, no se burla de ti: tiene la intención de tratar amablemente contigo. No eres exhortado a orar en la hora de angustia, para que experimentes más bien una desilusión más profunda. Dios sabe que tienes la suficiente angustia para que agregues la nueva angustia que representa una oración sin respuesta. El Señor no agregará innecesariamente ni siquiera la cuarta parte de una onza a tu carga; y si te pide que le invoques, puedes invocarle sin temer un fracaso. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No sé quién seas tú. Nada me extrañaría que fueras Robinson Crusoe, pero puedes invocar al Señor, ya que te ordena que lo hagas; y si, en efecto, le invocas, incluye este argumento en tu oración: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“Señor, Tú me has mandado que busque Tu rostro,&amp;lt;br&amp;gt;Y ¿acaso he de buscar en vano?&amp;lt;br&amp;gt;Y el oído de la gracia soberana&amp;lt;br&amp;gt;¿Ha de ser sordo a mis gemidos?”''&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Entonces, argumenten el tiempo, y argumenten la angustia, y argumenten el mandamiento; y luego, argumenten con Dios ''Su propio carácter''. Hablen con Él reverentemente, pero con fe, de esta manera: “Señor, es a Ti mismo a quien apelo. Tú has dicho: ‘Invócame’. Si mi vecino me hubiera indicado que lo hiciera, podría haber temido que tal vez no me oyera, y que cambiara de opinión; pero Tú eres sumamente grandioso y sumamente bueno para cambiar. Señor, por Tu verdad y por Tu fidelidad, por Tu inmutabilidad y por Tu amor, yo, pobre pecador, con mi corazón quebrantado y estrujado, ¡te invoco en el día de la angustia! ¡Oh, ayúdame y ayúdame pronto o moriré!” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Con toda seguridad tú que estás sumido en la angustia tienes muchos y poderosos argumentos. Tú estás en un terreno firme con el ángel del pacto, y puedes apoderarte valerosamente de la bendición. Yo no siento esta noche como si el texto ''me'' alentara a mí ni la mitad de lo que debía alentar a otras personas, pues yo no estoy en angustia justo ahora y ustedes sí lo están. Yo doy gracias a Dios porque estoy lleno de gozo y de tranquilidad; pero estoy medio inclinado a ver si no pudiera tener un poco de angustia para mí; seguramente si estuviera en angustia y estuviera sentado en esas bancas, abriría mi boca y abrevaría en el texto, y oraría como David, o Elías, o Daniel, apoyado en el poder de esta promesa, “Invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, atribulados, salten al sonido de esta palabra! Créanla. Dejen que penetre en sus almas. “Jehová liberta a los cautivos.” Él ha venido a librarte. Puedo ver a mi Señor vestido con Sus ropas de seda; Su semblante es jubiloso como el cielo, Su faz es resplandeciente como una mañana sin nubes, y en Su mano sostiene una llave de plata. “¿Dónde vas, Señor mío, con esa llave de plata?” “Voy” –responde– “a abrirle la puerta a los cautivos, y a libertar a todos los que están presos.” Bendito Señor, cumple Tu misión; ¡pero no pases por alto a estos prisioneros de la esperanza! No te obstaculizaremos ni por un instante; ¡pero no te olvides de estos seres dolientes! Camina por estas galerías, y a lo largo de aquellos pasillos, y libra a los prisioneros del Gigante Desesperación, y haz que sus corazones canten de regocijo porque te han invocado en el día de la angustia, y ¡Tú los has librado, y ellos te honrarán! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''III. '''Mi tercer encabezado está claramente indicado en el texto. Aquí tenemos a la GRACIA INMERECIDA ENCADENADA. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nada en el cielo o en la tierra puede ser más libre que la gracia, pero aquí vemos a la gracia sujetándose a las cadenas de la promesa y del pacto. Escuchen. “Invócame en el día de la angustia; ''te libraré”. ''Si una persona te dijera una vez: “yo lo haré”, tú lo considerarías válido; él mismo se ha puesto a la orden de su propia declaración. Si es un hombre veraz, y ha dicho claramente: “yo lo haré”, lo tienes en tu mano. Después de hacer una promesa ya no es libre como lo era antes; se ha establecido un cierto camino y debe mantenerse en él. ¿No es así? Yo digo con la más profunda reverencia para con mi Dios y Señor, que Él mismo se ha atado en el texto con cuerdas que no puede romper. Ahora debe oír y ayudar a quienes le invocan en el día de la angustia. Ha prometido solemnemente, y cumplirá plenamente. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Noten que este texto es ''incondicional en cuanto a las personas''. Contiene lo esencial de aquella otra promesa: “Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.” Las personas a las que se hace especial referencia en el texto se habían burlado de Dios; habían presentado sus sacrificios sin un corazón verdadero; sin embargo, el Señor les dijo a cada uno de ellos: “Invócame en el día de la angustia; te libraré”. De esto deduzco que Él no excluye a nadie de la promesa. ¡Tú, ateo; tú, blasfemo; tú, que eres lascivo e impuro, si tú invocaras al Señor ahora, en este día de tu angustia, Él te librará! Ven y pruébalo. “Si hubiera un Dios” –dices tú–. Pero yo respondo: ‘hay un Dios’; ven, ponlo a prueba, y ve. Él dice: “Invócame en el día de la angustia; te libraré.” ¿No le probarás ahora? ¡Vengan aquí, ustedes que están encadenados, y vean si Él no los libera! ¡Vengan a Cristo, todos ustedes que están trabajados y cargados, y Él los hará descansar! En las cosas temporales y en las espirituales, pero especialmente en las cosas espirituales, invóquenle en el día de la angustia, y Él los librará. Él está obligado por esta grandiosa palabra irrestricta Suya, alrededor de la cual no ha puesto ni zanja ni vallado; quienquiera que le invoque en el día de la angustia, será librado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, noten que este “Yo lo haré” ''incluy e todo el poder necesario que pudiera requerirse para la liberación''. “Invócame en el día de la angustia; te libraré.” “Pero, ¿cómo puede ser esto?”, clama alguien. ¡Ah!, eso no puedo decírtelo, y no me siento obligado a hacerlo: corresponde al Señor encontrar las formas y las maneras adecuadas de hacerlo. Dios dice: “Yo lo haré”, y puedes estar seguro de que cumplirá Su palabra. Si fuera necesario sacudir el cielo y la tierra, Él lo hará, pues no le falta poder, y ciertamente no le falta honestidad; y un hombre honesto mantiene su palabra a costa de lo que sea, y eso hará un Dios fiel. Óyelo decir: “Te libraré”, y no hagas más preguntas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo supongo que Daniel no sabía cómo le libraría Dios del foso de los leones. Yo supongo que José no sabía cómo sería librado de la prisión cuando la señora de la casa calumnió su carácter tan vergonzosamente. Yo supongo que esos antiguos creyentes no tenían una idea de la forma de la liberación del Señor; pero se abandonaron en las manos de Dios. Confiaron en Dios, y Él los libró de la mejor manera posible. Él hará algo semejante por ti; sólo invócale, y quédate quieto, y ve la salvación de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Noten que ''el texto no dice exactamente cuándo''. “Te libraré” es lo suficientemente claro; pero no queda claro si ha de ser mañana, o la próxima semana, o el próximo año. Tú tienes mucha prisa, pero el Señor no. Pudiera ser que tu aflicción no hubiere obrado todavía en ti todo el bien por el que fue enviada y, por tanto, ha de durar más tiempo. Cuando el oro es introducido en el crisol, podría clamar al orfebre: “Déjame salir”. “No” –le responde– “no te has desprendido todavía de tu escoria. Debes permanecer en el fuego hasta que yo te purifique.” Dios, por tanto, puede sujetarnos a muchas pruebas; y, sin embargo, si Él dice: “Te libraré”, puedes estar seguro de que cumplirá Su palabra. La promesa del Señor es como un válido compromiso de pago de una firma solvente. Ese compromiso podría estar fechado para dentro de tres meses; pero cualquier persona lo descontaría si muestra un nombre confiable. Cuando recibes el “Yo haré” de Dios, siempre puedes hacerlo efectivo por la fe; y no se necesita obtener ningún descuento, pues es dinero en efectivo del comerciante, aun cuando solamente consiste en “Yo haré”. La promesa de Dios para el futuro es buen material ''bona fide (buena fe) ''para el presente, si sólo tienes la fe de usarla; “Invócame en el día de la angustia; te libraré”, es equivalente a una liberación ya recibida. Significa: “Si no te libro ahora, te libraré en un momento que es mejor que ahora, cuando, si fueras tan sabio como Yo, tú mismo preferirías a ser librado y no ahora.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
''Pero la prontitud está implícita'', pues de lo contrario la liberación no sería llevada a cabo. “¡Ah!”, –dirá alguien– “estoy sumido en tal angustia que si no obtengo una pronta liberación, voy a morirme.” Ten la seguridad de que no morirás. Serás librado y, por tanto, serás librado antes de que llegues a morir de desesperación. Él te librará en el mejor tiempo posible. El Señor es siempre puntual. Nunca te ha hecho esperar. Tú sí le has hecho esperar demasiado tiempo; pero Él tiene una puntualidad precisa. Él nunca hace esperar a Sus siervos ni un segundo más del tiempo señalado, sabio y apropiado. “Te libraré”, implica que Sus demoras no serán demasiado prolongadas, para que el espíritu del hombre no desfallezca por causa de la esperanza diferida. El Señor cabalga sobre las alas del viento cuando viene al rescate de quienes le buscan. Por tanto, ten mucho ánimo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, este es un texto bendito!, y sin embargo, ¿qué puedo hacer con él? No puedo introducirlo en el alma de aquellos que más lo necesitan. ¡Espíritu del Dios viviente, ven Tú, y aplica estas ricas consolaciones a aquellos corazones que están sangrando y a punto de morir! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Noten, por favor, este texto, una vez más. Permítanme repetirlo, poniendo el énfasis de una manera diferente: “Invócame ''a mí ''en el día de la angustia, y ''Yo'' te libraré; los hombres no querrían hacerlo; los ángeles no podrían hacerlo; pero Yo lo haré.” Dios mismo se dará a la tarea de rescatar al hombre que le invoca. A ustedes les corresponde invocar, y a Dios le corresponde responder. ¡Pobre hombre trémulo, tú comienzas a intentar responder a tus propias oraciones! Entonces, ¿por qué elevas tu oración a Dios? Una vez que has orado, deja que Dios cumpla Su propia promesa. Él dice: “Invócame, y ''Yo'' te libraré”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora toma esa otra palabra: “Te libraré ''a ti.” ''Sé lo que estás pensando, amigo Juan. Tú estás murmurando: “Dios librará a todo el mundo, menos ''a mí”. ''Pero el texto dice: “Te libraré ''a ti”. ''El hombre que invoca es el que recibirá la respuesta. María, ¿dónde estás? Si tú invocas a Dios, Él te responderá ''a ti''. Te dará ''a ti ''la bendición, la dará a tu propio corazón y espíritu y en tu propia experiencia personal. “Invócame” –dice Él– “en el día de la angustia; te libraré ''a ti.”''&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, que recibieran gracia para que ese pronombre personal se grabara en el alma de ustedes, y tuvieran la certeza de él como si pudieran verlo con sus propios ojos! El apóstol nos dice: “Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios”. Yo sé con toda seguridad que los mundos fueron hechos por Dios. Estoy seguro de ello; y, sin embargo, yo no le vi haciéndolos. Yo no le vi cuando la luz existió porque Él dijo: “Sea la luz”. Yo no le vi separar la luz de las tinieblas, ni las aguas que estaban debajo de la expansión, de las aguas que estaban sobre la expansión, pero estoy muy seguro de que Él hizo todo esto. Todos los caballeros del mundo que creen en la evolución no pueden eliminar mi convicción de que la creación fue obrada por Dios, aunque yo no estaba allí para verle crear aunque sólo fuera un pájaro o una flor. ¿Por qué no habría de tener yo el mismo tipo de fe esta noche acerca de la respuesta de Dios a mi oración si me encuentro sumido en la angustia? Si no puedo ver cómo me librará, ¿por qué desearía verlo? Él creó el mundo lo suficientemente bien sin que yo supiera cómo iba a hacerlo, y Él me librará sin que intervenga mi dedo. No es asunto mío ver cómo obra Él. Lo que me toca a mí es confiar en mi Dios, y glorificarle creyendo que es capaz de cumplir lo que ha prometido. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''IV. '''De esta manera hemos tenido tres cosas dulces para recordar; y concluimos con una cuarta, que es: aquí COMPARTEN DIOS Y EL HOMBRE QUE ORA. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esa es una extraña expresión para concluir, pero quiero que la noten. Estas son las partes. Primero, esta es tu parte: “Invócame en el día de la angustia.” En segundo lugar, esta es la parte de Dios: “Te libraré”. De nuevo, tú tienes una parte, pues serás librado. Y luego, es el turno del Señor: “Tú me honrarás.” Este es un convenio, un pacto que Dios establece contigo, que elevas tus oraciones a Él, y a quien Él ayuda. Él dice: “tú tendrás la liberación, pero Yo he de tener la honra. Tú orarás. Yo bendeciré, y luego tú honrarás Mi santo nombre.” Aquí hay una deleitable sociedad: nosotros obtenemos lo que nos es altamente necesario, y todo lo que Dios recibe es la gloria que es debida a Su nombre. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Pobre corazón angustiado! Estoy seguro de que tú no objetas estos términos. “Pecadores” –dice el Señor– “Yo les otorgaré el perdón, pero ustedes han de darme la gloria por ello”. Nuestra única respuesta es: “Ay, Señor, eso haremos, por los siglos de los siglos.” &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“¿Quién es un Dios perdonador como Tú?&amp;lt;br&amp;gt;¿Quién tiene gracia tan rica y gratuita?''&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
“Vengan, almas” –dice Él– “Yo las justificaré, pero he de recibir la gloria por ello”. Y nuestra respuesta es: “¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe.” Dios ha de tener la gloria si somos justificados por Cristo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Vengan” –dice Él– “voy a ponerlos en mi familia, pero mi gracia ha de tener la gloria por ello”; y nosotros decimos: “¡Ay, así será, buen Señor! Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Ahora” –dice Él– “Yo los santificaré, los haré santos, pero he de tener la gloria de ello”; y nuestra respuesta es: “Sí, por siempre cantaremos: ‘Hemos lavado nuestras ropas, y las hemos emblanquecido en la sangre del Cordero. Por esto le servimos día y noche en su templo, y le damos toda la alabanza.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Los llevaré a casa, al cielo” –dice Dios–: “los libraré del pecado y de la muerte y del infierno; pero he de tener la gloria por ello.” “Ciertamente” –decimos– “Tú serás engrandecido. Por los siglos de los siglos cantaremos: ‘Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos’.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Alto allí, ladrón! ¿Qué es lo que pretendes? ¿Estás huyendo con una porción de la gloria de Dios? ¡Qué ladrón has de ser! He aquí un hombre que últimamente fue un borracho, y Dios le amó y le volvió sobrio, y él está portentosamente orgulloso de ser sobrio. ¡Qué insensatez! ¡Acaba con eso, amigo! ¡Acaba con eso! Dale a Dios la gloria de tu liberación del vicio degradante pues, de lo contrario, todavía estás degradado por la ingratitud. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
He aquí, otro hombre. Él solía jurar antes; pero ha estado orando ahora; incluso predicó un sermón la otra noche, o al menos se trató de un mensaje al aire libre. Ha estado tan orgulloso en cuanto a esto como cualquier pavorreal. ¡Oh, pájaro altivo, cuando veas tus soberbias plumas, recuerda tus negras patas, y tu horrible voz! ¡Oh, pecador rescatado, recuerda tu antiguo carácter, y avergüénzate! Dale a Dios la gloria si has dejado de ser profano. Dale a Dios la gloria por cada una de las partes de tu salvación. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Ay!, incluso algunos teólogos quieren darle al hombre un poco de gloria. El hombre tiene libre albedrío, ¿no es cierto? ¡Oh, ese Dagón del libre albedrío! ¡Cómo lo quieren adorar los hombres! ¡El hombre hizo algo para su salvación, en virtud de lo cual ha de recibir alguna medida de honra! ¿Realmente piensas eso? Entonces di lo que piensas. Pero nosotros sostendremos desde este púlpito, y lo declararemos al mundo entero, que cuando un hombre llegue al cielo ni una sola partícula de gloria le será debida a él mismo; él no atribuirá de ninguna manera alguna honra a sus débiles esfuerzos propios, sino que la gloria ha de ser únicamente para Dios. “Tributad a Jehová, oh hijos de los poderosos, dad a Jehová la gloria y el poder. Dad a Jehová la gloria debida a su nombre.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Invócame en el día de la angustia; te libraré.” Esa es la parte que te corresponde. Pero “tú me honrarás”, es la parte de Dios. Él ha de recibir toda la honra de principio a fin. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Vayan por todas partes, ustedes que han sido salvados, y declaren lo que el Señor ha hecho por ustedes. Una anciana dijo una vez que si el Señor Jesucristo en realidad la salvó, nunca dejaría de oírla al respecto. Únanse a ella en esa resolución. En verdad mi alma hace votos de que mi Señor liberador nunca dejará de oírme por mi salvación. &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“Le alabaré en la vida, y le alabaré en la muerte,&amp;lt;br&amp;gt;Y le alabaré en tanto que me preste aliento;&amp;lt;br&amp;gt;Y diré cuando el frío rocío de la muerte cubra mi frente,&amp;lt;br&amp;gt;Si alguna vez te amé, Jesús mío, ‘es ahora’.”''&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
¡Vamos, pobre alma, tú que viniste aquí esta noche en la más profunda angustia, Dios quiere glorificarse en ti! Todavía ha de venir el día cuando tú consueles a otros seres dolientes por la repetición de tu feliz experiencia. Todavía podría venir el día en que tú, que eres un perdido, prediques el Evangelio a los perdidos. ¡Todavía ha de venir el día, pobre mujer caída, en el que tú conduzcas a otros pecadores a los pies del Salvador, donde ahora te encuentras llorando! ¡Tú, abandonado del diablo, de quien incluso Satanás se ha cansado, a quien el mundo rechaza porque estás acabado y echado a perder, todavía ha de llegar el día en que, con un corazón renovado, y lavado en la sangre del Cordero, resplandecerás como una estrella en el firmamento, para la alabanza de la gloria de Su gracia que te ha hecho acepto en el Amado! ¡Oh pecador desesperado, ven a Jesús! ¡Invócale, te lo suplico! Debes persuadirte de invocar a tu Dios y Padre. Si no puedes hacer otra cosa que gemir, gime ante Dios. Derrama una lágrima, exhala un suspiro, y que tu corazón le diga al Señor: “¡Oh Dios, líbrame, por Tu Hijo Jesucristo! Sálvame de mi pecado y de sus consecuencias.” Si oras así, Dios te oirá con toda seguridad, y te dirá: “Tus pecados te son perdonados. Vé en paz. Que así sea. Amén.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

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		<title>La Resurrección con Cristo</title>
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				<updated>2011-02-20T22:15:20Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|Resurrection with Christ}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos)”.'' Efesios 2: 4, 5.&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Ha habido últimamente convenciones de todo tipo de personas sobre toda clase de temas, pero, ¡cuán notable sería una convención, si fuera posible hacerla, con personas que han sido resucitadas de los muertos! Si de alguna manera u otra se pudiera juntar al hijo de la sunamita, a la hija de Jairo, al hijo de la viuda a las puertas de Naín, a Lázaro y a Eutico, ¡cuán extrañas confidencias podrían compartir los unos con los otros! ¡Qué preguntas tan singulares podrían formularse, y qué notables revelaciones podrían presentarnos a nosotros! Eso no es posible y, sin embargo, una mejor y más notable convención podría ser convocada prestamente sobre las mismas condiciones, y de las confesiones de sus miembros se podría obtener una información todavía más importante. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esta mañana celebramos una convención en esta casa de ese mismo carácter, pues muchos de nosotros estábamos muertos en delitos y pecados, lo mismo que los demás, pero confiamos en que por la energía divina hemos sido vivificados de esa muerte espiritual y ahora somos seres que viven para alabar a Dios. Sería bueno que nos reuniéramos para conversar, para repasar el pasado, para regocijarnos en el presente y para esperar con ánimo el futuro. “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados”; y como están participando juntos en una convención de hombres poseedores de la vida de resurrección, ustedes constituyen un cónclave más notable que si fueran simplemente participantes cuyos cuerpos hubieren sido revividos, mas no sus espíritus. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La primera parte del discurso de esta mañana será ocupada por ''un solemne evento en el que los llevaremos al osario''; en segundo lugar, dedicaremos algún tiempo ''a revisar un milagro'', y ''observaremos que los muertos reviven''; luego nos volveremos para observar ''una afinidad ''indicada en el texto; y concluiremos con un cántico, pues el texto se lee de alguna manera como música: está lleno de agradecimiento, y el agradecimiento es la esencia del verdadero canto; está lleno de un asombro santo y adorador; es siempre verdadera poesía aunque esté expresada en prosa. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''Celebremos primero una gran ACTIVIDAD SOLEMNE, y descendamos al osario de nuestra pobre humanidad. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Conforme a la enseñanza de la sagrada Escritura, los hombres están muertos, muertos espiritualmente. Ciertas personas vanas opinan que los hombres quedaron un poco desordenados y magullados por la caída, heridos en algunos miembros significativos, pero no mortalmente lesionados. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sin embargo, la palabra de Dios es muy explícita en este asunto y declara que nuestra raza no está herida, que no está meramente lesionada, sino que está categóricamente muerta y que permanece muerta en delitos y pecados. Hay quienes fantasean opinando que la naturaleza humana caída sufre únicamente de una especie de síncope o desmayo y que sólo necesita de un proceso que la reanime para devolverle la normalidad. Sólo tienen que poner en movimiento sus torrentes vitales por medio de la educación y por otras manipulaciones, y excitar en su interior algún grado de acción, y entonces la vida se desarrollará rápidamente. Hay muchas cosas buenas en todo hombre, dicen, y sólo tienen que extraerlo por medio del entrenamiento y del ejemplo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esta es una ficción que es exactamente opuesta a la enseñanza de la sagrada Escritura. Dentro de esas páginas veraces no leemos de ningún desmayo ni de ninguna parálisis temporal, antes bien, el nombre para la condición de la naturaleza es: muerte, y su gran necesidad es la vivificación. El hombre no está parcialmente muerto, como lo está el marinero medio ahogado en quien podría permanecer todavía alguna chispa de vida si es atendido debidamente y es cuidado sabiamente. En el hombre no queda ninguna chispa de vida espiritual; su condición es la de un absoluto cadáver para todas las cosas espirituales. “El día que de él comieres, ciertamente morirás”, les dijo Dios a nuestros primeros padres, y en verdad murieron una muerte espiritual; y de igual manera, todos sus hijos yacen en esta muerte espiritual, no una muerte fingida, o metafórica, sino una muerte real, absoluta y espiritual. Sin embargo, se preguntarán: “¿acaso no están vivos?” En verdad sí, pero no espiritualmente. Hay diferentes grados de vida. Primero te encuentras la vida vegetal; pero el vegetal es algo muerto comparado con la vitalidad del animal. Por encima de la vida animal se ubica la vida mental, una vida vastamente superior; la criatura que es únicamente un animal está muerta tanto a los gozos como a las aflicciones de la vida mental. Luego, muy por encima de la vida mental, y en la misma proporción que la vida mental está por encima de la vida animal, se levanta lo que la Escritura llama: la vida espiritual, la vida en Cristo Jesús. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Todos los hombres gozan en mayor o menor proporción de la vida mental, y es bueno que la cultiven, que obtengan lo más que puedan de ella, que la apliquen a los mejores usos y que la hagan servir a los más excelsos fines. El hombre, aún considerando que vive meramente mentalmente, no ha de ser despreciado ni tratado con ligereza, pero aún así, la vida mental no puede elevarse por sí misma a la vida espiritual, no puede penetrar más allá de esa pared mística que separa por siempre la mera vida de la mente, de la vida de ese nuevo principio, el Espíritu, que es el vástago de Dios, y que es lo vivo y lo incorruptible que Él deposita en el alma. Si ustedes pudieran concebir a un hombre que fuera en todos los sentidos como ustedes mismos pero con esta única diferencia: que su alma no estuviera presente; que poseyera únicamente sus facultades animales, pero que careciera de facultades intelectuales, de tal manera que pudiera respirar y caminar, dormir y comer, beber y hacer ruidos, pero que todo el poder mental hubiere desaparecido, entonces se referirían a él como a alguien enteramente muerto para las ocupaciones mentales. Podría ser un animal sumamente vigoroso y bien desarrollado, pero su condición humana estaría muerta. No serviría de nada explicarle una proposición, o resolver algún problema en el pizarrón para su instrucción, u ofrecerle siquiera el libro escolar más sencillo, pues si no tuviera una mente para entenderlo, ¿cómo podrías impartirle el conocimiento? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora bien, espiritualmente, ésta es la condición de todo hombre no regenerado. Es enteramente inútil, aparte del Espíritu de Dios, esperar lograr que el hombre entienda las cosas espirituales, pues son discernidas espiritualmente, dice el apóstol. La mente carnal no puede entender las cosas que son de Dios pues, después de su mejor instrucción, no tiene ninguna vislumbre del sentido interior de las cosas espirituales; tropieza con la letra y pierde el significado real, no por falta de capacidad mental, sino debido a la ausencia de vida espiritual. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oh hijos de los hombres, si quieren conocer a Dios, “Os es necesario nacer de nuevo”; “El que no naciere de nuevo, ''no puede ''ver el reino de Dios”, no puede entenderlo, no puede conocerlo. El hombre carnal no puede entender las cosas que son de Dios, porque son eternas e invisibles, de la misma manera que un buey no puede entender astronomía, o un pez admirar a los clásicos. La pobre humanidad está muerta, no en un sentido moral, ni en un sentido mental, sino en un sentido espiritual, y así la describe la palabra de Dios una y otra vez de manera sumamente clara. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Caminemos juntos, entonces, al camposanto, y ¿qué observas en aquellos cuerpos que están dormitando allí? ¿Están totalmente inconscientes? Cualquier cosa que suceda en torno suyo no les causa gozo ni les provoca aflicción. Ejércitos triunfantes podrían marchar sobre las tumbas de los muertos sin que ellos gritaran con los que triunfaron. Algunos amigos que han dejado atrás podrían sentarse allí y regar con sus lágrimas el pasto sobre el verde montículo, pero ningún suspiro de respuesta provendría de la lúgubre caverna de la tumba. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lo mismo sucede con los hombres muertos espiritualmente; no son afectados por las cosas espirituales. Pueden oír acerca de un Salvador agonizante cuyos gemidos conmueven al más empedernido y hacen que las rocas se disuelvan, pero permanecen inconmovibles. Incluso no pueden percibir al Espíritu presente en todo, ni pueden reconocer Su poder. Los ángeles, los hombres santos, los ejercicios piadosos, las aspiraciones devotas, todo esto está más allá y por encima de su mundo. Los terrores del infierno no los alarman, y los gozos del cielo no los seducen. Oyen en un sentido mental, pero el oído del espíritu está cerrado por completo y no oyen nada. Están inconscientes de todas las cosas que son de un carácter espiritual: tienen ojos, pero no ven, y oídos, pero no oyen. Podrías interesarlos en los hechos de la geología o en los descubrimientos del arte, pero no puedes ganar sus corazones para las emociones y ocupaciones espirituales, porque están tan inconscientes de su significado como una ostra o un caracol de mar están poco familiarizados con la separación entre la iglesia de Irlanda y el Estado. Los hombres carnales se confunden con las primeras palabras del conocimiento espiritual, tal como le sucedió a Nicodemo quien, cuando se le dijo que le era necesario nacer de nuevo, comenzó a preguntar: “¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo?” O, como la mujer samaritana, quien, cuando se le informó del agua viva, no pudo entender la verdad espiritual y exclamó asombrada: “No tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva?” Los hombres están espiritualmente inconscientes de la verdad espiritual, y están muertos para ella. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Observen aquel cadáver: podrían golpearlo, podrían magullarlo, pero no gritaría; podrían apilar pesados bultos sobre él, pero no se cansaría; podrían encerrarlo en una completa oscuridad, pero no se percataría de la lobreguez. Así el hombre inconverso está cargado con el peso de su pecado, pero no se siente cansado por ese peso; está encerrado en la prisión de la justicia de Dios, pero no anhela la libertad; está bajo la maldición de Dios, como está escrito: “Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas”, pero esa maldición no le causa ninguna conmoción en su espíritu, porque está muerto. Bien pueden algunos de ustedes estar tranquilos porque no están conscientes de los terrores que los rodean. Un hombre que es completamente sordo, no se asusta con los estruendos del trueno; si es completamente ciego, no se alarma por los fulgores del rayo, ni teme a la tempestad que es incapaz de reconocer. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lo mismo sucede con ustedes, que se sienten a sus anchas en sus pecados; ustedes no pueden discernir el peligro de su pecado, no perciben el terror que asciende de él, pues, permítanme decirles que de otra manera no habría sueño para esos ojos libidinosos, ni descanso para esos frívolos espíritus; ustedes gritarían de dolor en el preciso momento en que recibieran la vida, y no descansarían hasta ser liberados de aquellos males que ahora les garantizan una segura condenación. ¡Oh!, si estuvieran vivos, nunca estarían tranquilos mientras no fueran salvados de la ira venidera. El hombre permanece inconsciente de las cosas espirituales, y es inconmovible por ellas porque está muerto en un sentido espiritual. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Invita a aquel cadáver para que te ayude en las obras de filantropía más necesarias. La pestilencia se ha desatado: pídele al hombre sepultado que se arrodille contigo y que invoque el poder del cielo para que ordene el regreso del terrible mensajero; o, si lo prefieres, pídele que te ayude a purificar el aire y que atienda los arreglos sanitarios. Le pedirías en vano pues, sin importar cuán necesario o sencillo sea el acto, no podría ayudarte con eso. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y en las cosas espirituales sucede lo mismo con aquellas personas que carecen de la gracia. El hombre carnal puede ponerse en la postura para orar, pero no puede orar; puede abrir su boca y producir dulces sonidos de una música que es producto de la tierra, pero es un perfecto extraño en cuanto a la verdadera alabanza. Incluso el arrepentimiento, esa dulce y meliflua gracia que debería ser natural para el pecador, está más allá de su alcance. ¿Cómo se arrepentiría de un pecado cuyo peso no puede sentir? ¿Cómo podría orar pidiendo una bendición cuyo valor no tiene el poder de percibir? ¿Cómo podría alabar a Dios, por quien no siente ningún interés y en cuya existencia no se deleita? Yo afirmo que, para todas las cosas espirituales, ese hombre es tan incapaz como son incapaces los muertos de realizar los trabajos y servicios naturales de la vida cotidiana. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Y, sin embargo”, -dirá alguien- “el domingo pasado te oímos decirles a estos muertos que se arrepintieran y se convirtieran”. Yo sé que me oyeron hacerlo, y me oirán de nuevo decir lo mismo. Pero ¿por qué les hablo así a los muertos y les digo que realicen acciones que no pueden realizar? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Porque mi Maestro me lo ordena, y cuando obedezco el encargo de mi Maestro, sale un poder con la palabra hablada, y los muertos se sobresaltan en su sueño y se despiertan por causa del poder vivificador del Espíritu Santo, y aquéllos que no pueden arrepentirse y creer naturalmente, ''en efecto ''se arrepienten y creen en Jesús, y escapan de sus pecados pasados y viven; sin embargo, créanme que no es un poder propio el que los lleva a sobresaltarse dentro de su sueño de muerte, y que no es ningún poder mío el que se apodera de la conciencia culpable y adormilada; es un poder divino que Dios ha enyugado con la palabra y que da cuando esa palabra es predicada fiel y plenamente. Por eso nos hemos ejercitado en nuestro llamamiento diario de ordenarles a los muertos que vivan, porque la vida llega con el mandato divino. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero ellos están muertos, están completamente muertos, y entre más tiempo vivimos más sentimos que así es; y entre más concienzudamente revisamos nuestra propia condición antes de nuestra conversión, y entre más escudriñamos cuidadosamente nuestra propia condición incluso ahora, más plenamente sabemos que el hombre está muerto en el pecado, y que la vida es un don, un don del cielo, un don del amor inmerecido y de la gracia soberana, de tal forma que los vivos, cada uno de ellos, deben alabar a Dios y no a sí mismos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Una de las reflexiones más tristes acerca de la pobre naturaleza humana muerta es: en qué se ha de convertir. La muerte en sí misma, aunque es un asunto solemne, no es tan terrible como lo que resulta de ella. Muchas veces, cuando ese amado cadáver es abandonado por el alma, aquéllos que han perdido a un ser querido han estado dispuestos a imprimir todavía sobre esa frente fría muchos besos. El semblante se veía incluso más encantador que en vida, y cuando los amigos le han echado la última mirada, no había nada repugnante sino más bien había mucho que era atractivo. Nuestros muertos sonreían como ángeles dormidos incluso cuando estábamos a punto de colocarlos en la tumba. ¡Ah!, pero no podemos desprendernos de un desventurado sentido de lo que con certeza habrá de revelarse muy pronto. Es sólo un asunto de tiempo, y la corrupción habrá de adueñarse y traerá con ella a su hija: la putridez, y pronto todo será tan malsano que si lo hubieras conservado junto a ti por más tiempo, clamarías vehementemente con Abraham: “¡Sepultaré mi muerta de delante de mí!”, pues el resultado natural e inevitable de la muerte es la corrupción. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lo mismo sucede con todos nosotros. ¡Algunos son manifiestamente corruptos, ah, cuán pronto! Cuando todavía son jóvenes los vemos sumergirse en el vicio infame. Son corruptos en la lengua con palabras mentirosas y conversación lasciva; son corruptos en el ojo con miradas licenciosas; son ciertamente corruptos en el corazón y luego son enteramente corruptos en la vida. Cada día hay muchas personas a nuestro alrededor, en las calles, cuya corrupción apesta y nos fuerza a echarlos fuera de la sociedad, pues nosotros somos muy decentes; incluso los mismos que están muertos son muy escrupulosos de no asociarse con quienes se han adentrado demasiado en la corrupción. Los muertos entierran a sus muertos, y ruedan la piedra y recluyen a los depravados y a los disolutos. Nosotros no invitamos a los pecadores corruptos a nuestros hogares, porque podrían corrompernos demasiado rápido; y nos adulamos porque somos muy superiores, pero la verdad es que ellos se encuentran únicamente en una etapa o dos adelante en una carrera en la que están corriendo todos los hombres no regenerados. Aunque esta corrupción no está desarrollada visiblemente en todos al mismo grado, será lo suficientemente clara al final, en el otro mundo. Cuando Dios nos encuentre muertos, nos echará fuera donde el gusano no muere y el fuego no se apaga. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuál habrá de ser el desarrollo de un carácter no regenerado en el infierno yo no podría decirlo, pero estoy seguro de que será algo que mi imaginación no se atreve ahora a intentar bosquejar, pues todas las restricciones de esta vida, que han mantenido a los hombres siendo decentes y morales, se habrán esfumado cuando entren en el mundo futuro de pecado; y así como el cielo habrá de ser la perfección de la santidad de los santos, así el infierno será la perfección de la repugnancia del pecador, y allí descubrirá él, y otros descubrirán también lo que es el pecado cuando alcance su peor condición. “La concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte”; y ésto, querido oyente, te lo recordamos solemnemente, será tu porción por los siglos de los siglos, a menos que Dios se agrade en revivirte. A menos que recibas vida conjuntamente con Cristo, estarás muerto en este mundo, y tal vez corrupto en este mundo, pero ciertamente lo estarás en el mundo venidero, donde todas las terribles influencias del pecado serán desarrolladas y manifestadas en su plenitud, y serás echado fuera de la presencia de Dios y de la gloria de Su poder. No puede haber muerte en el cielo; tampoco la corrupción puede heredar la incorrupción, y si no has sido renovado en el espíritu de tu mente, no puedes tener nunca tu porción dentro de esas puertas de perla, y tu suerte no puede ser echada nunca donde la luz del cielo brilla en un perpetuo mediodía. Sopesa estos pensamientos, te lo suplico; si no son acordes con este libro, te ruego que los rechaces, pero como muy ciertamente lo son, rehúsalos bajo tu propio riesgo, pero más bien déjalos que tomen posesión de tu espíritu cuidadoso y que te conduzcan a buscar y a encontrar la vida eterna en Cristo Jesús, el Señor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''Cambiamos ahora el tema por otro más agradable, y les pido que observen UN MILAGRO, o sea, muertos que son vivificados. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El gran propósito del Evangelio de Cristo es crear hombres nuevos en Cristo Jesús. Apunta a la resurrección, y la lleva a cabo. El Evangelio no vino a este mundo para restringir meramente las pasiones o para educar los principios de los hombres, sino para infundir en ellos una nueva vida que, como hombres caídos, no poseían. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Vi ayer lo que me pareció ser un cuadro de esos predicadores cuyo único objetivo y propósito es el de moralizar a sus oyentes, pero que no han aprendido la necesidad de la vida sobrenatural. No muy lejos de la costa estaba en el mar una docena o más de barcos dragando en busca de dos cadáveres. Estaban usando sus cadenas y sus ganchos de hierro, y en parte remando arduamente y en parte navegando hábilmente, estaban haciendo lo mejor que podían y lo hacían muy encomiablemente, para rescatar del despiadado mar a los ahogados. Yo no sé si tendrían éxito, pero si lo tuvieron, ¿qué más podrían hacer con los dos cadáveres sino depositarlos decentemente en la madre tierra? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El proceso de educación y todo lo demás, aparte del Espíritu Santo, es un dragado en busca de hombres muertos, sólo para dejarlos tendidos, uno al lado del otro en el orden y decoro de la muerte, pero el hombre no puede hacer nada más por el hombre. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El Evangelio de Jesucristo tiene una tarea muy diferente y más excelsa: no niega el valor de los esfuerzos del moralista ni denuncia los resultados de la educación, pero pregunta qué más puedes hacer tú y la respuesta es: “Nada”. Luego les ordena a los que portan el féretro que se aparten y que dejen pasar a Jesús, a cuya voz los muertos se levantan. El predicador del Evangelio no puede estar satisfecho con lo que se hace al sacar a los hombres fuera del mar del pecado visible; anhela ver que la vida perdida sea restaurada, desea que sea infundida en ellos una vida nueva, una vida superior a la que poseían antes. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sigue tu camino, educación, haz lo mejor que puedas, pues tú también eres útil a tu propia manera; pero cuando se trata de lo que el hombre realmente necesita para la eternidad, tú, considerándolo todo, vales muy poco; el Evangelio, y sólo el Evangelio, responde a los requerimientos de los hombres: el hombre debe ser regenerado, vivificado, y hecho nuevo, ha de tener un fresco aliento del cielo infundido en él, o la obra su salvación no ha comenzado. El texto nos informa que Dios ha hecho esto por Su pueblo, por quienes confían en Él. Observemos los huesos secos cuando se agitan y se ponen en pie delante del Señor, y observando, alabemos al Señor, porque según Su gran amor con el que nos amó, nos dio vida juntamente con Cristo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En esta idea de la vivificación hay un ''misterio''. ¿Qué es ese algo invisible que da vida a un hombre? ¿Quién podría descorrer el velo del secreto? ¿Quién podría rastrear la vida hasta su oculta fuente? Hermano, tú eres un hijo viviente de Dios: ¿qué fue lo que te hizo vivir? Tú sabes que fue por el poder del Espíritu Santo. En el lenguaje del texto, lo rastreas hasta Dios; tú crees que la nueva vida viene por la implantación divina. Tú eres un creyente en lo sobrenatural; tú crees que Dios te ha visitado como no ha visitado a otros hombres, y que ha soplado en ti la vida. Lo crees correctamente, pero no puedes explicarlo. En cuanto al viento, no sabemos de dónde viene ni a dónde va: lo mismo sucede con todo aquél que es nacido del Espíritu. Quien se siente deliberadamente para intentar explicar la regeneración, y su fuente, podría estar sentado hasta llegar a convertirse en una estatua de mármol antes de que pudiera cumplir su tarea. El Espíritu Santo entra en nosotros, y quienes antes estábamos muertos para las cosas espirituales, comenzamos a vivir por Su poder y por Su morada en nosotros. Él es el grandioso operador, pero cómo obra el Espíritu Santo es un secreto que está reservado para Dios mismo. No necesitamos desear entender el modo; nos basta participar del resultado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces es un gran misterio, pero a la vez que es un misterio, es una gran ''realidad''. Nosotros sabemos y efectivamente damos testimonio y tenemos el derecho de ser creídos, pues confiamos que no hemos falsificado nuestro carácter; sabemos y efectivamente testificamos que ahora somos poseedores de una vida que desconocíamos hace algunos años, que hemos llegado a existir en un nuevo mundo, y que la apariencia de todas las cosas fuera de nosotros es diferente totalmente de lo que solía ser. “Las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”. Yo doy testimonio de que soy objeto en este día de aflicciones que antes de conocer al Señor no eran aflicciones para mí, y que soy alzado con gozos de los que me habría reído al simplemente pensar en ellos, si alguien me hubiera susurrado su nombre a mi oído antes de que la vida divina me hubiera vivificado. Este es el testimonio de cientos de nosotros, y aunque otros no nos creen, no tienen ningún derecho de negar nuestro estado de conciencia por no haber experimentado algo semejante. Si nunca lo han probado, ¿qué podrían saber al respecto? Si hubiera una reunión de ciegos, y uno de ellos tuviera sus ojos abiertos y comenzara a hablar de lo que estuviera viendo, puedo imaginar a todos los demás ciegos diciendo: “¡qué insensato es ese hombre! No existen tales cosas”. “Yo he vivido en este mundo setenta años”, -dice uno- “y nunca vi eso que él llama ‘color’, y no creo en su absurda necedad acerca del color escarlata y el violeta, del negro y el blanco; todo eso es una solemne tontería”. Otro sabihondo declara: “yo he andado de arriba para abajo en el mundo, por todas partes, durante cuarenta años, y declaro que nunca tuve la más remota idea del azul o del verde, ni tampoco mi padre la tuvo antes que yo. Él era un alma muy buena, y siempre defendió la grande y vieja oscuridad. ‘Denme’, -decía- ‘un buen bastón y un perro entrenado y todas su ideas descabelladas acerca de estrellas y de soles y lunas, las dejo a los necios como ellos”. El hombre ciego no ha entrado en el mundo de la luz y del color, y el hombre no regenerado no ha entrado en el mundo del espíritu y de aquí que ninguno de ellos sea capaz de juzgar correctamente. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo me encontraba un día en una comida pública, enfrente de un caballero clasificable como glotón, que parecía un hombre de vasta erudición en cuanto a los vinos y licores y a todas las viandas que estaban sobre la mesa; juzgaba y criticaba a tal velocidad que pensé que debería ser empleado por nuestros comerciantes de provisiones como un probador en general. Tenía labios sutilmente desarrollados, y los chasqueaba frecuentemente. Su paladar se encontraba en una buena condición crítica. Era también muy competente en la cantidad así como en la calidad, y consumía los alimentos y las bebidas al por mayor. Su frente hundida, su nariz morada, y sus labios protuberantes le hacían, al menos mientras comía, más semejante a un animal que a un hombre. Por fin, oyendo un poco de la conversación en torno suyo sobre asuntos religiosos, abrió sus pequeños ojos y su gran boca, y pronunció esta sabia frase: “yo he vivido sesenta años en este mundo, y nunca sentí o creí en algo espiritual en toda mi vida”. El discurso fue una innecesaria distracción de sus energías entregadas al pato asado. No necesitábamos que nos dijera eso. Yo, por lo menos, estaba muy claro al respecto de éso antes de que hablara. Si el gato echado bajo la mesa saltara súbitamente a una silla y dijera lo mismo, yo le habría atribuido la misma importancia a la expresión del uno como a la declaración del otro; y así, por un pecado en un hombre y por otro pecado en otro hombre, se delata su muerte espiritual. Mientras una persona no haya recibido la vida divina, sus comentarios al respecto, así sean de un arzobispo, no valen nada. No sabe nada al respecto de esa vida de conformidad a su propio testimonio; entonces, ¿por qué debía continuar intentando hacer morder el polvo con burlas y sarcasmos a quienes confiesan solemnemente que poseen tal vida, y que su vida se ha vuelto real para ellos, tan real que la vida mental es obligada a relegarse a una condición subordinada comparada con la vida espiritual que reina dentro de su alma? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esta vida trae consigo el ''ejercicio de unas facultades renovadas''. El hombre que comienza a vivir para Dios tiene ahora poderes que nunca tuvo antes: poder para orar realmente, poder para alabar de todo corazón, poder para tener de verdad comunión con Dios, poder para ver a Dios, poder para hablar con Dios, poder para recibir buenas nuevas desde el mundo invisible, y poder para enviar mensajes a lo alto a través del velo que oculta lo invisible que lleguen hasta el propio trono de Dios. Ahora, en vez de que el hombre diga: “¿Existe Dios?”, siente que no hay un lugar donde Dios no esté, ve a Dios en todo, le oye en el viento y le discierne en cada criatura que le rodea. Ahora, en vez de que el hombre tenga miedo de Dios, y en vez de practicar sólo formas externas, ceremonias, y otras maneras exteriores de empujar a Dios para alejarlo más, desecha sus ceremonias, echa fuera los míseros elementos que algún día pudieron agradarle, y se acerca a su Dios en espíritu y habla con Él. “Padre”, -dice- y Dios reconoce a su familiar. Yo desearía que todos poseyéramos esta vida, y si no la tenemos, ruego que Dios nos la envíe a nosotros, pues si no la poseemos, el testimonio de la palabra es que estamos muertos a pesar de dar una clara impresión de estar vivos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sin embargo, no los voy a detener más tiempo hablando sobre esta vivificación, excepto para decirles que ustedes podrían imaginarse fácilmente la experiencia interna de un hombre que recibe la nueva vida estando entre los muertos. Podrían concebirlo mediante el siguiente cuadro. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Supongan que un hombre ha estado muerto, y que ha estado enterrado como todos los demás, en alguna gran necrópolis, en alguna ciudad de los muertos, en las catacumbas. Un ángel lo visita, y por el toque de la misericordia, vive. Ahora, ¿pueden ustedes concebir la primera emoción de ese hombre cuando comienza a respirar? Allí está en el féretro; siente que se asfixia, se siente encerrado. Había estado allí durante veinte años, pero nunca se sintió incómodo hasta ahora. Se sentía lo suficientemente a gusto en su estrecha celda si es que pudiera haber holgura donde no hay vida. En el instante en que vive, experimenta un horripilante sentido de sofocación pues la vida no tolera estar tan horriblemente comprimida, y comienza a luchar para liberarse. ¡Levanta con todo su poder esa terrífica tapa del féretro! ¡Qué alivio experimenta cuando el tablón podrido cede a su presión! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
De igual manera, el hombre impío está lo suficientemente contento con su pecado, con su quebrantamiento del día domingo, con su avaricia y con su mundanalidad, pero al momento que Dios lo revive, al tener vida, su pecado es como sepulcro, se siente indeciblemente desgraciado, no se encuentra en una posición agradable y lucha para escapar. Con frecuencia, al primer esfuerzo, la gran tapa negra de la blasfemia se despega volando, y ya no es sustituida nunca más. Satanás pensaba que estaba atornillada muy firmemente, y sí lo estaba para un muerto, pero la vida la desatornilla rápidamente, y muchas otras iniquidades siguen la misma suerte. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero regresando a nuestra resurrección en la bóveda: el hombre jadea un minuto y se siente refrescado por el aire que la catacumba le suministra; pero pronto experimenta una humedad pegajosa en torno suyo, y siente desvanecerse y estar a punto de expirar. Así el hombre renovado siente un poco al principio su incapacidad, y gime anhelando poder y clama: “necesito arrepentirme; necesito creer en Jesús; necesito ser salvado”. ¡Pobre desgraciado! Nunca había sentido eso antes, -por supuesto que no lo había sentido- porque estaba muerto; ahora está vivo, y de aquí que anhele las señales, los signos, los frutos y los refrigerios de la vida. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Acaso no ven a nuestro pobre amigo que acaba de resucitar? Se ha deslizado hacia abajo desde su nicho en la pared, donde lo habían colocado, y descubriéndose en una bóveda oscura, se frota los ojos para verificar que realmente está vivo o si sólo se trata de un sueño, pues es una cosa muy novedosa; y como por medio de un pequeño destello de luz que penetra, detecta que hay cientos de otras personas que permanecen en el último sueño, se dice: “¡Grandioso Dios!, qué horrible lugar es éste para una persona viva! ¿Podré acaso estar vivo?” Comienza a deambular en busca de una puerta a través de la cual escapar. Desprecia esas vendas con las que lo envolvieron; comienza a desatarlas; están húmedas y enmohecidas; no son apropiadas para una persona viva. Pronto grita; tal vez alguien pase por ahí y le oiga, y podría ser liberado de su confinamiento. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así un hombre que ha sido renovado por la gracia, cuando descubre parcialmente dónde está, grita: “Este no es un lugar para mí”. Ese frívolo salón de baile, vamos, estaba bien para alguien que no conocía nada mejor. La silla de la cantina era apropiada para un alma no regenerada; pero, ¿qué puede hacer un heredero del cielo en un lugar así? Señor, líbrame. Dame luz y libertad. Saca a mi alma de la prisión, para que pueda vivir y alabar Tu nombre. El hombre añora la libertad y si, por fin, a tropezones llega hasta la puerta de la bóveda y accede al aire libre, ¡pienso que bebe profundas bocanadas del bendito oxígeno! Qué feliz está de mirar los verdes campos y las frescas flores. No nos podemos imaginar que desearía retornar de nuevo a las bóvedas. Abandonará por completo esas lúgubres moradas. Se estremece ante el recuerdo del pasado, y por nada del mundo experimentaría de nuevo aquello por lo que tuvo que pasar. Está vivamente afectado por cada recuerdo del pasado, y especialmente atento pues podría haber otras personas recién vivificadas como él mismo que podrían necesitar la mano de un hermano para liberarlas. Desprecia el lugar donde durmió una vez tan tranquilamente. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
De igual manera, el hombre convertido tiene terror ante el pensamiento de regresar a los goces que una vez lo fascinaron de manera tan absorbente. “No”, -dice- “no son gozos para mí. Fueron muy buenos para mi antiguo estado de existencia, pero ahora, habiendo ingresado en una nueva vida, en un mundo nuevo, ya no son más goces para mí, de la misma manera que las vendas y el sudario no son gozos para un vivo, y sólo puedo pensar en ellos con dolor, y pensar en mi liberación con gratitud. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''III. '''He de proseguir muy brevemente al tercer punto. El texto nos indica una AFINIDAD. “Nos dio vida ''juntamente con Cristo''”. ¿Qué significa eso? Significa que la vida que vive en un hombre salvo es la misma vida que mora en Cristo. Para expresarlo sencillamente: después de que Eliseo estuvo enterrado unos cuantos años, leemos que arrojaron a un hombre que estaba muerto en el sepulcro en el que se encontraban los huesos de Eliseo, y tan pronto como el muerto tocó los huesos del profeta, se levantó de inmediato sobre sus pies. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Allá está la cruz de Cristo, y el alma vive de inmediato tan pronto como toca al Salvador crucificado, pues el Padre le ha dado tener vida en Sí mismo, y vida para comunicar a los demás. Todo aquél que confíe en Cristo, le ha tocado, y al tocarlo recibe el poder de la vida eterna: confiar en el Salvador del mundo es ser vivificado por medio de Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hemos recibido vida juntamente con Cristo en tres sentidos: el primero, ''representativamente''. Cristo nos representa ante el trono eterno. Él es el segundo Adán para Su pueblo. En tanto que el primer Adán vivía, la raza vivía, y en tanto que el segundo Adán vive, la raza representada por Él vive delante de Dios. Cristo es aceptado y los creyentes son aceptados; Cristo es justificado, y los santos son justificados; Cristo vive, y los santos gozan de una vida que está escondida con Cristo en Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A continuación, nosotros vivimos por ''la unión ''con Cristo. Si la cabeza vive, los miembros tienen vida. A menos que un miembro sea separado de la cabeza, o a menos que el cuerpo sea mutilado, vive en tanto que haya vida en la cabeza. Porque Jesús vive, cada alma que está vitalmente unida a Él y es un miembro de Su cuerpo, vive según la propia palabra de nuestro Señor: “Porque yo vivo, vosotros también viviréis”. La pobre Marta estaba muy sorprendida porque Cristo resucitaría a su hermano de los muertos, pero Él le dijo como para sorprenderla más: “Todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?” Ésta es una de las cosas que hemos de creer: que cuando recibimos la vida espiritual, lo hacemos por la unión con la vida de Cristo, y por consiguiente, no podemos morir nunca; porque Cristo vive, nuestra vida permanecerá eternamente en nosotros. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Luego, también vivimos juntamente con Cristo en cuanto a ''semejanza''. Somos vivificados juntamente con Cristo, esto es, de la misma manera. Ahora, la resurrección de Cristo fue de esa manera. Él murió por causa de la ley, pero la ley no tiene más dominio sobre Él, ahora que vive de nuevo. Así también, tú, cristiano, eres maldecido por la antigua ley del Sinaí, pero esa ley no tiene ningún poder para maldecirte ahora, pues has resucitado en Cristo. No estás bajo la ley; sus terrores y sus amenazas no tienen nada que ver contigo. De nuestro Señor está escrito: “En cuanto vive”, -se dice- “para Dios vive”. La vida de Cristo es una vida para Dios. Así es la vida de ustedes. A partir de ahora no han de vivir para la carne ni para involucrarse en sus cosas; sólo Dios, que les dio la vida, ha de ser el gran propósito de su vida; ''en'' Él viven, y ''para'' Él viven. Además, está escrito: “Sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, yo no muere; la muerte no se enseñorea más de él”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
De esa misma manera vive el cristiano; nunca regresará a su muerte espiritual: habiendo recibido una vez la vida divina, nunca la perderá. Dios no juega al estira y afloja con Sus elegidos; Él no salva hoy y condena mañana. Él no nos vivifica con la vida interior, para luego dejar que perezcamos; la gracia es una simiente viva e incorruptible que vive y permanece para siempre. “El agua que yo le daré”, -dice Jesús- “será en él una fuente de agua que salte para vida eterna”. Gloria sea dada a Dios, entonces, porque ustedes que viven por la fe en Cristo, viven una vida inmortal, una vida dedicada a Dios, una vida de liberación de la servidumbre de la ley; ¡regocíjense en ello, y denle a su Dios toda la alabanza! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''IV. '''Y ésto nos lleva a la última palabra, que fue UN CÁNTICO. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No tenemos tiempo para cantarlo; sólo escribiremos la partitura ante sus ojos, y les pedimos que lo canten en sus momentos de sosiego, y que sus corazones canten una melodía para Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos y hermanas, si han recibido una vida así, a diferencia de otros que no la han recibido, en el lenguaje del texto, antes que nada tienen que alabar ''el gran amor ''de Dios, grande más allá de todo precedente. Fue el amor el que le condujo a soplar en Adán el aliento de vida, y hacer que la pobre arcilla caminara y hablara; pero es un amor mucho mayor el que le conduce ahora, después de que la caída nos ha corrompido, a renovarnos con una segunda vida que es más excelsa. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Él pudo haber creado millones de nuevas criaturas de la nada. Sólo tenía que hablar, y los ángeles habrían atestado el aire, o, seres como nosotros, sólo que puros y no caídos, habrían sido multiplicados por miríadas sobre el césped. Si Él hubiera dejado que nos hundiéramos en el infierno como los ángeles caídos se hundieron antes que nosotros, ¿quién habría podido impugnar Su justicia? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero Su grandioso amor no le permitió dejar perecer a Sus elegidos. Él amó a Su pueblo, y por tanto, haría que nacieran de nuevo. Su gran amor con el que nos amó, desafió a la muerte, al infierno y al pecado. ¡Reflexionen sobre este tema, ustedes que han participado de este amor! Él ''nos'' amó, a los más indignos, que no teníamos ningún derecho a tal amor: no había nada que amar en nosotros y, sin embargo, Él nos amó, y nos amó cuando estábamos muertos. Aquí Su grandioso amor parece henchirse y elevarse a dimensiones gigantescas: amor a pecadores miserables, amor a pecadores despreciables, amor por los muertos y los corruptos. Oh, alturas y profundidades de la gracia soberana, ¿dónde están las notas que podrían proclamar de manera suficiente tu alabanza? Canten, oh ustedes, los redimidos, acerca de Su grandioso amor con el que nos amó, incluso cuando estábamos muertos en pecados. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y no cesen ustedes de alabar a Dios, cuando piensen en las riquezas de Su misericordia, pues se nos dice que Él es rico en misericordia, rico en Su naturaleza en cuanto a misericordia, rico en Su pacto en cuanto a misericordia atesorada, rico en la persona de Su amado Hijo en cuanto a misericordia comprada, rico en misericordia providencial, pero es el más rico de todos en la misericordia que salva al alma. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amigos, si pueden, exploren las minas de la riqueza de Jehová. Tomen la llave y abran los graneros de su Dios, y vean los acopios de amor que ha almacenado para ustedes. Toquen sus más dulces notas para la alabanza de Dios, que es rico en misericordia, por Su gran amor con el que nos ha amado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y que la última nota y la más excelsa y la más fuerte de su canto sea la nota con la que concluye el texto: “Por gracia sois salvos”. Oh, nunca tartamudeen allí; hermanos y hermanas, sin importar lo que hagan, si sostienen la nota o no la sostienen, nunca sean lentos para decir ésto: “si soy salvado, soy salvado por gracia; gracia en contraste con el mérito humano, pues yo no tengo ningún mérito; gracia en contraste con mi propio libre albedrío, pues mi propio libre albedrío me habría conducido más y más lejos de Dios. La gracia preventiva me llevó cerca de Él”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Bendigan y engrandezcan la gracia de Dios, y puesto que todo se lo deben a ella, clamen: “Que perezca todo pensamiento altivo”. Conságrense enteramente al Dios a quien le deben todo. Deseen ayudar a esparcir el olor de esa gracia que les ha acarreado tantas cosas buenas, y hagan votos, en el nombre del Espíritu vivificador, de que Aquel que les ha dado vida por la fe tendrá, a partir de este día y hasta que entren en el cielo, lo mejor de sus pensamientos, y de sus palabras y de sus acciones, pues ustedes no se pertenecen; ustedes han sido resucitados de los muertos, y han de vivir en novedad de vida. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Que el Señor los bendiga, queridos amigos; si no han vivido jamás espiritualmente, que el Señor les dé gracia para creer en Jesús esta mañana, y entonces vivan entre los muertos; y si ya están vivos, que los vivifique más y más por Su eterno Espíritu, hasta que los lleve a la tierra de los vivos al otro lado del Jordán. Amén.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

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		<id>http://es.gospeltranslations.org/wiki/Reclutas_para_el_Rey</id>
		<title>Reclutas para el Rey</title>
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				<updated>2011-02-17T18:47:58Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|Recruits for the King}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“Yéndose luego David de allí, huyó a la cueva de Adulam; y cuando sus hermanos y toda la casa de su padre lo supieron, vinieron allí a él. Y se juntaron con él todos los afligidos, y todo el que estaba endeudado, y todos los que se hallaban en amargura de espíritu, y fue hecho jefe de ellos; y tuvo consigo como cuatrocientos hombres”.'' 1 Samuel 22: 1, 2.&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
David, en las cavernas de Adulam, es un tipo de nuestro Señor Jesucristo, que fue despreciado y desechado entre los hijos de los hombres. Cristo es el ungido de Dios, pero los hombres no perciben esa unción. Él es perseguido por Su gran enemigo, el mundo, así como David fue perseguido por Saúl, y ahora prefiere morar en la cueva de Adulam que sentarse en Su trono. Cuando David experimentaba su deshonra fue el momento preciso en que sus verdaderos amigos se replegaron en torno a él. De igual manera, en esta hora cuando el nombre de Cristo es cubierto de mucha deshonra y censura, es el momento preciso de que los verdaderos seguidores del Salvador se replieguen en torno a Su estandarte y defiendan Su causa. Unirse a David después de que fuera coronado rey, hubiera sido una acción irrelevante; los hijos de Belial podrían hacerlo; pero aliarse con David cuando se vio obligado a ocultarse de sus crueles enemigos en los refugios del monte, comprobaba que aquellos hombres eran verdaderos amigos y leales súbditos de David. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Bienaventurados aquéllos a quienes les es dado alistarse bajo el estandarte de Cristo en este momento presente; bienaventurados aquéllos que no se avergüenzan de confesarlo delante de los hijos de los hombres ni de tomar valerosamente Su cruz, y bienaventurados aquéllos que sufren las pérdidas y persecuciones que a Su providencia le agrade ordenar que enfrenten. Puesto que esta noche no me propongo hablarles sobre David, sino sobre el más grandioso Hijo de David, permítanme pronunciar unas cuantas palabras iniciales, dirigidas a: &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''QUIENES YA SE HAN ALISTADO EN SU TROPA BENDITA. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sobresalen entre aquellos miembros de la tropa de David, sus ''hermanos y los hombres de la casa de su padre''. Así también, amados en Cristo, nosotros, los que hemos sido llamados por la gracia divina, somos considerados por Él: Sus hermanos y los hombres de la casa de Su Padre. Cuando estuvo aquí abajo, mirando a los discípulos en torno Suyo, nuestro bendito Señor dijo: “He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo aquel que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre”. Tal es Su condescendencia, que no se avergüenza de llamarnos a nosotros: hermanos. Todos cuantos le hemos entregado nuestros corazones, cuantos confiamos en Él y le amamos, somos, real y verdaderamente, Sus hermanos y los hombres de la casa de Su Padre. Su Padre es nuestro Padre, Su gozo es nuestro gozo y Su cielo será nuestro cielo en breve. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos míos en Jesucristo, sólo les diré ahora esto a ustedes: pongamos todo el empeño en confesar valerosamente nuestro parentesco con David, nuestro Señor, y no nos avergoncemos nunca de defender la causa de Cristo. Hay diferentes maneras de hacer el papel de cobardes; procuremos evitarlas todas. El ministro que tiene suficiente valor cuando predica ante la multitud, podría sentir que su labio tiembla cuando le tiene que hablar a un individuo cara a cara. ¡Oh Dios, libra a tus siervos de esa forma de cobardía! También algunos entre ustedes podrían ser capaces de hablar con una o dos personas, pero, tal vez, si se mezclaran con algún pequeño grupo promiscuo y tuvieran que confesar su lealtad a su Señor, se quedarían callados y perderían esa oportunidad por carecer de valor. Dios libre también a Su siervos de esa otra forma de cobardía. En cualquier compañía, en cualquier ocasión y bajo cualquier circunstancia, sean fieles a su Señor. No lo nieguen, antes bien, confiésenlo abiertamente delante de los hijos de los hombres. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Cuánto merece ser reconocido por nosotros, ya que Él se ocupó de nosotros y nos reconoció cuando éramos infinitamente indignos de que se fijara en nosotros! ¡Oh!, diez mil rubores deberían de cubrir nuestros rostros al pensar que, en cualquier momento dado, consideremos difícil reconocer que Él es nuestro Dios y Señor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oren pidiendo valor, hermanos míos; yo estoy seguro de que nos hace falta. El valor pareciera florecer naturalmente en los cristianos en tiempos de persecución; pero en estos días blandos y sedosos de resonante paz, ustedes se mezclan con la así llamada sociedad que otorga tanta deferencia a la moda, y entran y salen de sus salas con tan vanos engreimientos y conversan tan complacientemente con sus amigos, y son damas y caballeros tan bien educados en su propia opinión, que a menudo olvidan que son cristianos obligados en honor a guardar la fe y a dar testimonio de Cristo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tal vez sea más fácil que los pobres confiesen valerosamente el nombre del Redentor, que las personas que se desenvuelven en circunstancias de mayor prosperidad. ¡Ay, ay!, si es que la buena fortuna pone en peligro su fidelidad. Eso es perverso, en verdad. Es lamentable tener que reprochar esto desde un púlpito cristiano. Debería ser exactamente lo contrario. Su independencia pecuniaria no debería esclavizarlos. ¡Dios libre a quienes aman a Cristo, de cualquier cosa semejante a la timidez en conexión con el reino de su exaltada Cabeza! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Al tiempo de que confiesen valerosamente a Cristo, permítanme exhortarlos también ''a que se aparten del mundo y se unan a Él''. Se nos informa, en cuanto a David, que sus hermanos y los hombres de la casa de su padre abandonaron el territorio de Saúl, y se fueron a Adulam para estar con los perseguidos. Hagamos lo mismo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Ah, hay demasiada conformidad con el mundo en torno a cada uno de nosotros! No voy a intentar señalar con el dedo a ninguno de mis hermanos, ni voy a exponer sus faltas, pero se necesitaría estar ciego para no percibir que muchos cristianos hacen lo más que pueden para ser tan mundanos como quieren serlo, pero siendo consistentes con su idea de llegar al cielo al final. ¿Acaso no hay muchas personas que en su vestido, en el arreglo de sus casas y en la conducción de sus negocios, se conforman tan íntimamente a los tiempos y a las modas, que si no fueran conocidos como cristianos por algunas otras evidencias, no serían clasificados nunca, por ningún observador, entre aquéllos que están del lado del Señor? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No considero que sea posible que seamos exageradamente disconformes con las máximas, los usos y las vanidades del presente siglo malo. ¿Qué significa este texto: “Salid de en medio de ellos”? ¿Acaso no bastaba con eso? No. “Y apartaos”. ¿No bastaba con eso? No. “Y no toquéis lo inmundo”. La separación debe ser tan completa que tiene que ocurrir un ‘salir’ y un ‘cortar’ de todo vínculo que mantenga alguna conexión con el mal, y debemos evitar la renovación de cualquier relación, incluso la que fuere implicada por el más mínimo contacto. Opten por la parte de David, ustedes que aman a David. Renuncien a todo por David, ¡oh, ustedes, hombres cristianos! Si aman a Jesús, deben saber que Él vale diez mil mundos. Él debe ser estimado más que toda la pompa y el alborozo de este pobre mundo, aunque sus encantos y seducciones fueren multiplicados un millón de veces. Él debe ser preferido infinitamente por encima de la búsqueda de las sonrisas de los grandes, o del gozo del amor de sus amigos, o del halago de las buenas opiniones de sus parientes. Por tanto, les ruego que dejen todo para seguirlo a Él, y que abandonen todo lo demás para asirse de Él y sólo de Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Pero no me estoy dirigiendo acaso a muchas personas que han confesado a Cristo, que lo confiesan y que en verdad practican, más o menos cada día de sus vidas, una abnegada disconformidad con el mundo? ¡Oh, varones y hermanos, anhelo que nuestro sentido del deber se encienda hasta convertirse en un ardiente entusiasmo! ¿No podemos hacer algo heroico, o enfrentarnos a algo peligroso, en señal de nuestra lealtad a Cristo? Mi corazón se ensancha a menudo por un fuerte deseo de ver en este lugar a una iglesia que sea preeminente por su consagración al Capitán de nuestra Salvación. Acabo de orar pidiendo eso. Si sólo diéramos algo de nuestra vasta propiedad o de nuestra escasa pitanza, en la medida que todos nosotros debiéramos dar, o si sólo trabajáramos para Cristo en la medida en que Él merece que lo hagamos, o hiciéramos algo parecido a eso, -si sólo viviéramos para Jesús en cualquier medida en que la gratitud pudiera impulsarnos- ¡qué frente presentaríamos y qué poder ejerceríamos! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Como una gran iglesia, ¡cómo podríamos influenciar a esta gran ciudad; qué marca podríamos dejar sobre nuestra época! Pero, ¿por qué estoy hablando acerca de toda la comunidad, cuando yo mismo todavía no he alcanzado esa devoción pura? Aun así, Dios sabe que estoy deseando seguir adelante. Pretendo olvidar lo que ha quedado atrás, mientras me esfuerzo por lograr más y seguir avanzando. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos, ustedes recuerdan la historia de aquellos tres valientes que, cuando David suspiraba por un trago de agua del pozo de Belén, arriesgaron sus vidas para conseguirlo. ¿Acaso no hay hombres fuertes aquí –hombres de fe, hombres de valor- que se atrevan a realizar proezas para mi Señor? Él clama por la conversión de las almas; ¿no se consagrará ninguno de ustedes a esa obra? ¿Acaso ninguno de ustedes se abrirá paso a través de los convencionalismos de la sociedad en pos de los buscadores? Él dice: “Dame de beber”, tal como le dijo a la mujer junto al pozo de Samaria, y Su fe es saciada cuando ve cumplida la voluntad de Su Padre. ¿Acaso no hay aquí hombres fuertes, valerosos y generosos, que prediquen a Cristo allí donde no ha sido predicado nunca antes? Hubo otros hombres entre los seguidores de David que realizaron hazañas como esas; uno de ellos mató a un león en medio de un foso, cuando estaba nevando, mientras que de otro se nos informa que mató a muchos filisteos y que el Señor obró una gran victoria. ¿Y no podríamos hacer nosotros algo que exceda y sobrepase el servicio ordinario del cristianismo moderno? Me avergüenza el cristianismo moderno. Su oro se ha vuelto opaco; su oro más fino está cambiado; su gloria ha partido. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los primeros cristianos estaban llenos de un entusiasmo que no hubiera podido tolerar la lánguida indiferencia de estos tiempos. Eran tan devotos, tan intensos, tan apasionados y tan llenos de un divino ardor por la extensión del reino del Redentor, que hicieron que su influencia se sintiera dondequiera que moraban, o incluso donde estuvieron en una breve estadía. ¡Que Dios nos envíe ahora algo de ese sagrado celo! Necesitamos más del entusiasmo que ardía en los corazones de Wesley y de Whitefield. ¿Adónde buscaremos ahora el refulgente ardor y las incansables labores del apóstol Pablo? ¿Dónde están ahora los discípulos que emulan el celo del bendito Señor, cuya carne y cuya bebida era hacer la voluntad del que le envió? ¡Que ese celo nos sea dado a todos nosotros! Que Dios nos lo envíe, que nos lo envíe ahora, que nos lo envíe aquí, que me lo envíe a mí, que se los envíe a ustedes, hermanos míos, y que lo envíe desde ahora y a lo largo de toda su vida. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No creo que necesite decir más, a menos que sea implorarles que mantengan su valor sabiendo que están involucrados en la causa de Cristo. Hay una gran lucha que se está librando en torno nuestro. La nación entera se ve convulsionada de tiempo en tiempo por serias preguntas en las que está grandemente involucrada la honra del Señor Jesucristo. Que todos aquellos que le aman prosigan con resuelta integridad. ''Conveniencia'' es la perversa palabra que describe a la moral elástica de la época, pero ''justicia'' es el principio eterno y sin desvíos por el que el universo es gobernado. El reino de Cristo no es de este mundo. A nosotros nos debe corresponder ayudar a los oprimidos, socorrer a los débiles y dar libertad de conciencia a todos los hombres. Que Dios defienda el bien. Él lo defenderá. Si nuestros nombres son suprimidos como malvados, si somos malentendidos y malinterpretados, calumniados y difamados, que así sea; no estamos sorprendidos ni nos sentimos desfallecidos. El bien debe ser mantenido siempre, pese a la calumnia y al abuso. Pero, en nombre de Dios, no seamos pusilánimes ni cobardes. Cumplamos siempre con nuestro deber viril y legalmente. Mantengamos nuestra profesión alegremente. Adhirámonos con confianza y firmeza al reino de nuestro Señor Jesucristo. La estrella de David va en ascenso y la casa de Saúl se debilita más y más. Habiéndome dirigido así a los soldados, paso ahora, durante breves minutos a: &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''ACTUAR COMO UN SARGENTO RECLUTADOR. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además de sus propios parientes, había otras personas que se habían unido a David. Ahora, ¿por qué se le unieron? Podría responder que por una razón muy semejante a la que nos ha movido a muchos de nosotros. Era porque tenían necesidad de él. Ellos pudieran haber acudido a David porque su carácter era muy bueno y su conducta muy recta. Pudieran haberle ayudado porque su disposición era muy amable y benevolente. Ellos pudieran haberse replegado bajo su estandarte porque era el ungido del Señor. Ellos pudieran haber unido su suerte con David porque había una profecía y una promesa de su triunfo y de su reino sobre la nación. Pero ellos fueron, realmente, influenciados por otros motivos. Vinieron a David por tres razones: porque estaban afligidos, porque estaban endeudados y porque se hallaban en amargura de espíritu. Ellos buscaron refugio y socorro debido a un espantoso desánimo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, tal vez, habría sido bueno que yo les hablara acerca del dulce carácter del Señor Jesús, pero aunque hiciera eso, ustedes no vendrían a Él. Habría sido bueno que les comentara acerca de las proezas de mi Señor, y cómo venció a Goliat, y mató a los enemigos que nos tiranizaban. Habría sido bueno que les dijera que Él es el Salvador designado por Dios, que está destinado a reinar como Rey, y que quienes le confiesan ahora serán exaltados con Él cuando venga en Su reino. Atractivo como podría ser para algunas mentes, la atracción principal es siempre que Él es idóneo para ustedes en sus presentes necesidades, en esos dilemas que ahora pesan terriblemente sobre sus almas. Entonces, me propongo dirigirme a los tres tipos de personas que son más propensas a venir a Jesús, esperando que se aprovechen de esta hora propicia, y que se alisten bajo Su estandarte de inmediato, sin dilación ni duda. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El primer tipo de personas que vino a David fue el de los ''afligidos''. Esas personas eran de “escasos recursos” como decimos. Habían gastado sus riquezas. Estaban en bancarrota. Tanto sus recursos como sus esperanzas se habían agotado; por lo tanto, vinieron a David. Parecían decir: “Nuestro caso es tan grave que no podría ser 7 peor; es mejor que vayamos a David”. El caso de ellos era como el de ustedes, muy bien descrito en nuestro himno: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
“''Podría perecer si voy,&amp;lt;br&amp;gt;Pero estoy resuelto a probar,&amp;lt;br&amp;gt;Pues si permanezco alejado, yo sé&amp;lt;br&amp;gt;Que he de morir para siempre”.''&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Yo sé que se encuentran aquí algunas personas afligidas. He venido para reclutarlas para el andrajoso regimiento de mi Señor. Es sólo así que la desesperación se disipará, y sólo así revivirá la esperanza, pues siendo reclutados por Él, pueden recobrar el valor mientras pelean Sus batallas y recibir Su bendición. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ustedes están afligidos ''porque sienten que no tienen ningún mérito propio''. Ese sentimiento es muy justo, pues no tienen ninguno; nunca tuvieron mérito alguno y nunca tendrán ninguno. En un tiempo pensaron que eran tan buenos como la demás gente, o tal vez pensaron incluso ser mejores. Ese pensamiento vano ha desaparecido ahora. Sus buenas obras, sus méritos, sus mejores empeños, sus más selectas oraciones, todo eso se disuelve y ya no se glorían en nada. Vengan a Cristo, entonces. Él tiene méritos para quienes no tienen ninguno. Su causa es buena, aunque la de ustedes sea mala. Ustedes son el preciso tipo de gente que Él vino a rescatar, la gente por la que Él murió. Él vino, no a llamar a los justos, sino a los pecadores al arrepentimiento. En la medida en que sean evidentemente pecadores, vengan; vengan al Salvador de los pecadores; pongan su confianza en Él, y vivan. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Otros están afligidos porque ''sienten que no tienen ningún poder''. Ustedes dicen que no pueden creer, que no pueden arrepentirse, de hecho, dicen que no pueden hacer nada como quisieran hacerlo. Entre más lo intentan, más desprovistos de poder se descubren. Quisieran orar, pero no pueden hacerlo; se sienten tan muertos, tan fríos… Si intentan moverse, todo pareciera concluir en una decepción. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Bien, mis queridos oyentes, Jesucristo murió por aquellos que no tienen ninguna fuerza, pues así está escrito: “Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos”. ¡Oh, ustedes, que no tienen ningún poder, cobren ánimo, porque Cristo es el poder de Dios! Hay suficiente capacidad en Él para compensar toda la impotencia de ustedes. Vengan, y apóyense con toda su atenuada debilidad sobre Su irresistible poder y así tendrán un suministro completo de todo lo que sus almas necesitan. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero yo sé que hay algunas personas presentes que están afligidas porque, en adición a que no tienen ningún mérito y ningún poder, ''no tienen ninguna sensibilidad''. “Yo no siento mi necesidad como debería sentirla”, dice otro. ¡Oh, amado!, Jesucristo vino para resucitar a los muertos. Él vino para dar sensibilidad a quienes son empedernidos y negligentes, y vino para convertir a los corazones de piedra en corazones de carne. Yo creo que aquellas personas que piensan que no sienten su necesidad, son aquéllas que realmente sienten más su necesidad. No hay un sentido de necesidad tan grande como cuando un hombre siente que no siente, y piensa que no capta la profundidad de su propia necesidad, pues entonces él está evidentemente vivo en cuanto a su verdadera condición. Posiblemente haya dentro de ustedes una mayor obra del Espíritu Santo que en otras personas, cuyo sentido de necesidad se muestra más vívidamente, aunque comprueba ser menos duradero. No es despreciable esa profunda y terrible solicitud que los hace temer porque no sienten, y que los hace gemir porque no pueden dolerse, pues, frecuentemente, es una experiencia asociada con las operaciones de gracia del Espíritu de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si es así en su caso o no, no den lugar al descorazonamiento, antes bien, crean que Cristo puede salvarlos, pues Él es capaz de hacerlo y está dispuesto a hacerlo. Si no pueden venir con un corazón quebrantado, vengan por un corazón quebrantado. Si no pueden venir a Él arrepentidos, vengan a Él para recibir el arrepentimiento, pues Él es exaltado en lo alto para dar el arrepentimiento así como la remisión de pecados. Él no exige ninguna preparación de parte de ustedes. Él mismo prepara toda la preparación requerida, que es la obra de Su Espíritu en sus almas. Vengan, entonces, ustedes, que están afligidos y desconfiados, ustedes, que no tienen ninguna cosa buena que les recomiende como criaturas, ni ningún buen deseo que los mitigue como pecadores; vengan, ustedes, que son tan conscientemente malos que no se podría encontrar una buena apología para ustedes, incluso ni en su propia estima, aun si fueran torturados una y otra vez. Vengan a Jesús, tal como estén, todos los perdidos, arruinados, fracasados y golpeados por la pobreza; vengan y confíen en mi Señor, el Hijo de David. La manera de ser alistados al servicio de Su Majestad, ustedes lo saben, es ‘recibir el chelín’. La manera de alistarse en el servicio de Cristo es simplemente confiar en Él. No necesitas traer nada ni tomar nada, sino simplemente confiar en Él, y te convertirás en un soldado de la cruz. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Las siguientes personas que vinieron a David mencionadas en el texto ''eran todas aquellas que estaban endeudadas''. Me siento constreñido a pedirles a los que están endeudados que vengan a Jesús. El hombre que está muy endeudado, dice: “Tengo que pagar con mi vida; he pecado, y Dios ha dicho que el pecador tiene que morir. Sin embargo, no puedo permitirme perder mi vida. ¿Cómo podría atreverme a morir? No tengo ninguna esperanza, ninguna confianza con la cual atravesar las puertas de hierro de la muerte; y luego, después de la muerte, está el terror del juicio para mi alma, puesto que he quebrantado la ley de Dios; y la ley me condena y exige mi destierro de Su presencia y mi destrucción final. ¿Qué haré? No puedo pagar la deuda, y es terrible para mí el pensamiento de ser metido en una prisión para siempre. ¿Cómo, cómo, ¡oh!, díganme cómo puedo escapar?” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Ah, bien!, yo estaría contento, en verdad, si hubiese algunas personas aquí que reconocieran, de esta manera, sus deudas y su incapacidad de pagarlas. ¡Feliz el predicador que tenga que dirigirse a una audiencia despierta de esa manera! ¡Felices los oyentes que se sienten conmovidos por tales ansiedades esperanzadoras! Bienaventurado sería en verdad nuestro trabajo si siempre tuviéramos delante de nosotros a quienes conocen la deuda del pecado, que sienten su aflictivo demérito y temen su irremediable condenación. Acepten el consejo, entonces; cualquiera que sea su deuda, ya sea grande o pequeña, vengan y confíen en Jesús, y serán aliviados de la responsabilidad. Vengan y confíen en Él, que sufrió en lugar del pecador, y que fue castigado por los impíos, llevando sus iniquidades en Su propio cuerpo en el madero. Una mirada a Él, una mirada de fe, les revelará la transferencia de toda deuda y de todo pecado, de ustedes hacia Él. Ustedes verán cómo los arroja en el Mar Rojo de Su sangre expiadora, donde, aunque fueren buscados, no serán encontrados nunca más. Me siento constreñido a reclutarte, pobre deudor, y sacarte de la Prisión del Deudor para conducirte a la mesa de mi Señor. Los deudores en bancarrota constituyen buenos soldados para el rey; vengan, entonces, sin mayor problema, y alístense en el ejército del Rey. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Otra categoría de hombres que vino a David fue la de ''quienes se hallaban en amargura de espíritu''. Existen esas personas, y no tenemos que ir lejos para encontrarlas. Por allá está alguien a quien quisiera hablarle ahora: &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hace muy poco tiempo tú eras un joven feliz. Podías acudir a todo tipo de juergas, y tenías poca cautela para el pecado, pues disfrutabas todos tus pecados. Ahora no puedes hacer eso. No entiendes la razón de ello, pero el agudo filo de tu apetito pareciera haberse embotado y tu gusto por la disipación se ha disipado. Aquellos compañeros que una vez fueron personajes especialmente joviales, han cesado de alegrarte con su plática; ahora ya no disfrutas su conversación incoherente, pues te parece muy sosa, y rancia y necia. Ya no puedes reírte de sus bromas obscenas, ni beber a grandes sorbos la copa burbujeante, como solías hacerlo antes. Has estado detrás del escenario de este pobre mundo, y has sentido lástima de las pálidas mejillas que están pintadas con el matiz de una floreciente juventud. Has oído los pesados suspiros de quienes lanzan las joviales carcajadas, y has sido testigo de tanto disfraz disoluto que te ha llenado de un triste disgusto. Has visto lo suficiente para saber cómo habrá de terminar. No es una sorpresa que estés descontento. Tú eres el hombre que necesito, tuyo es el oído que quiero interesar, tuyo es el corazón que desearía alcanzar. Es algo bienaventurado cuando un hombre se torna descontento con este mundo vano, pues entonces, tal vez, busque otro mundo, una esfera más brillante y mejor. Cuando está hastiado de sí mismo y de sus necios compañeros, entonces, tal vez, haga amistad con el exiliado pero ungido Hombre de Belén, y encuentre en Él a un amigo, a un consejero quien será su ayudador que le hable amablemente, que le aconseje sabiamente y que le guíe triunfalmente, hasta llamarlo a participar en el reino de Su gloria. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ustedes están descontentos de ustedes mismos. Sus propias reflexiones los reprenden amargamente. Cuando se sientan para pensar un poco -un hábito que, tal vez, han adoptado sólo recientemente- descubren que las cosas están fuera de su lugar. No pueden sentirse satisfechos. Extraños esfuerzos y múltiples recelos los dejan perplejos, y no obtienen ninguna paz. Por mi parte yo estoy agradecido, mil veces agradecido, porque han sido conducidos a estar tan incómodos cuando había tantas causas para el desasosiego. Ahora hay alguna esperanza de que confíen su futuro y su destino al Hijo de David. Que alcancen los ofrecimientos de Su gracia y que sean salvados por Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me acuerdo de un viejo marinero que, después de haber sido un borracho y un blasfemo y todo lo que era malo, durante casi sesenta años, oyó un sermón evangélico que tocó su corazón, y cuando pasó al frente para hacer una profesión de su fe en Cristo, dijo: “He navegado durante sesenta años para un empresario muy perverso, y bajo una bandera muy malvada, pero ahora he subido a cubierta un nuevo cargamento, y me dirijo hacia un puerto muy diferente, bajo un estandarte muy diferente”. Confío que así suceda con algunos de ustedes pronto, es decir, que cambien su cargamento, que cambien su bandera y que cambien todo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Después de predicar un día en la capilla wesleyana en Boulogne, hace ya algún tiempo, una persona me reconoció, y me comentaba cómo había encontrado a Cristo como resultado de la lectura de los sermones y, en aquel momento, un viejo marinero se me acercó y me dijo: “¿Me reconoce? Mi nombre fue una vez ‘Satanás’; yo lo recuerdo bien a usted. Ahora, ‘Satanás’ asistió aquí un domingo por la mañana, y merecía justificadamente su nombre, pues era tan parecido a ‘Satanás’ como podría serlo un hombre”. Se había sentado allí, y después del sermón, el Señor tocó al viejo ‘Satanás’, y además le dio otro nombre”. Aquel hombre vino a Cristo porque estaba descontento consigo mismo, y entonces se entregó a Jesús, y fue salvado por Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Acaso no hay aquí ningún viejo marinero que haga eso ahora? ¿No podría haber algún marinero, algún soldado, algún forastero en algún lugar aquí, que diga esta noche: “Me voy a acercar al Rey, y voy a pedirle que me acepte, incluso a mí”? Si no te aceptara, por favor, háznoslo saber, pues todavía no nos hemos encontrado nunca con un caso en el que Jesús rechazara a un pobre pecador que viniera a Él. Él ha dicho: “Al que a mí viene, no le echo fuera”. Si te echara fuera, sería algo nuevo que ocurriera bajo el cielo. Pero Él no puede hacerlo. Aunque estuvieras negro por haber sido manchado por el pecado, pero si vinieras a Él, serías conducido al pecho del Salvador, serías lavado en la fuente repleta con sangre, serías lanzado a una nueva carrera, y serías ayudado a servirle todos tus días. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero he de llegar a una conclusión. Hasta aquí me he dirigido al pueblo del Señor; he estado insistiendo para conseguir reclutas para el Rey Jesús, y ahora quiero: &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''III. '''DECIRLES A LOS RECLUTAS ALGO ACERCA DEL SERVICIO, y luego habré concluido. Recuerden las últimas palabras del texto: “Y fue hecho jefe de ellos”. Quienquiera, entonces, que venga a Cristo, tiene que someterse a las reglas de Cristo. ¿Cuáles son? Una de las primeras reglas es: ''tú no has de ser nada en absoluto, y el Rey Jesús debe serlo todo''. ¿Te someterías a esto: que no tendrás honor, que no asumirás ningún crédito, que nunca te apoyarás en tu propia fuerza o sabiduría, sino que lo tomarás a Él para que te sea hecho por Dios sabiduría, y justicia, y santificación y redención? Espero que no des coces contra eso. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Otra de las reglas de nuestro Señor en Su reino es que: ''si le amas, debes guardar Sus mandamientos''. Después de confiar en Él, has de obedecerle. Uno de los mandamientos es, que debes ser bautizado. ¡No tropieces con eso! Yo pienso que si hay algo claro en la Escritura –sólo puedo hablar por mí mismo, pues no puedo hablar por nadie más- es que todo creyente debe ser sumergido en agua como una confesión de su fe. Pienso que es lo mismo dudar que la Deidad de Cristo haya sido declarada, como dudar que el bautismo de los creyentes sea obligatorio, pues lo primero me parece que es revelado tan claramente en la Escritura, como lo segundo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Te ruego, hermano, que no desobedezcas los mandamientos del Señor, antes bien, que recuerdes el Evangelio que predicamos: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo”. Apéguense a los dos puntos, y reclamen la promesa. Luego está la Mesa del Señor, de la cual, si ustedes se unen a Cristo, tienen el derecho de participar. No lo olviden. Dulcemente les recordará de todo lo que su Salvador ha hecho y sufrido por ustedes. No es nada más que un recordatorio; pero cuídense de no descuidar un memorial tan bendito. Todos los preceptos y estatutos de nuestro Señor Jesucristo han de ser obedecidos de corazón. Aunque Cristo abra un hospital para todos los enfermos, no tiene la intención de que ustedes sean siempre unos lisiados, sino que Su propósito es sanarlos, y después de eso, es enseñarles cómo caminar. Él funda Su reino como Rómulo fundó Roma. Él recibe a todos los vagabundos del vecindario, pero entonces los convierte en hombres nuevos. De la misma manera, aquéllos que son recogidos de entre los marginados, han de ser convertidos en personas fieles en Cristo Jesús. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Borracho, tienes que acabar con tus copas. Blasfemo, tu boca ha de ser limpiada; no debes expresar más tus sucios juramentos. Ustedes que se han entregado a los placeres carnales, deben ser purgados de todas sus impurezas. Ustedes, que han sido frívolos y joviales, deben renunciar a esas vanidades y perseguir los intereses eternos, solemnes y sustanciales. Ustedes, que han tenido antes corazones duros, tienen que pedirle al Maestro que los haga blandos, y cualquier cosa que Él les diga, tienen que hacerla. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, mi joven recluta, ¿qué dices a ésto? Ustedes, que quieren llevar el nombre de Cristo y llegar al cielo, ¿están dispuestos a venir a Él y a entregarse a Él, abandonando a partir de ahora todos sus pecados? Aquél que no renuncie a sus pecados comete un grave error si piensa escapar de la ira de Dios, o si espera encontrar gracia a Sus ojos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh!, ¿no quieres renunciar a tus pecados? Son víboras; únicamente envenenarán tu alma; te destruirán. ¡Oh, hombre, renuncia a ellos! Renuncia a ellos, pues ¿de qué te serviría conservarlos, si perdieras tu propia alma? Ven a Jesús primero. Confía en Su mérito; apóyate en Su sangre preciosa, y luego, con Su ayuda, renuncia a todo camino malo, y busca obedecerle a Él, que te ha redimido con Su sangre. Así, la bendición del Señor estará contigo para siempre. Amén.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

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		<title>Predicar a Cristo Crucificado</title>
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				<updated>2011-02-16T17:03:46Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|Preaching Christ Crucified}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado”. ''2 Corintios 1: 23. &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
En el versículo que precede a nuestro texto, Pablo escribe: “Los judíos piden señales”. Decían: “Moisés obró milagros; si vemos que se obran milagros, entonces, creeremos”, olvidando que todos los portentos que obró Moisés, fueron totalmente eclipsados por los milagros obrados por Jesús en la carne, cuando estuvo en la tierra. Luego hubo ciertos maestros judaizantes que, para ganarse a los judíos, predicaban la circuncisión, exaltaban la pascua y procuraban demostrar que el judaísmo podía existir al lado del cristianismo, y que los antiguos ritos podían ser practicados todavía por los seguidores de Cristo. Entonces, Pablo, ‘que a todos los hombres fue hecho de todo, para que de todos modos salvara a algunos’, tomó una determinación, y dijo, en efecto: “Independientemente de lo que hagan otros, nosotros predicamos a Cristo crucificado; y no nos atreveríamos a alterar, ni podríamos alterar, ni alteraríamos el tema grandioso de nuestra predicación, ‘Jesucristo, y a éste crucificado’.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Luego agregó: “y los griegos buscan sabiduría”. Corinto era el ojo mismo de Grecia, y los griegos de Corinto buscaban ávidamente aquello que valoraban como la sabiduría, es decir, la sabiduría de este mundo, no la sabiduría de Dios que Pablo predicaba. Los griegos atesoraban asimismo el recuerdo de la elocuencia de Demóstenes y otros oradores famosos, y pensaban que la verdadera sabiduría debía ser proclamada con los adornos de una elocución magistral; pero Pablo escribe a esos griegos de Corinto: “Me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado… y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora hay algunas personas, en estos días, que se alegrarían si nosotros predicáramos cualquier cosa excepto a Cristo crucificado. Acaso los más peligrosos de ellos sean los que piden a gritos una predicación intelectual, con lo que quieren decir, una predicación que ni los oyentes ni los predicadores mismos puedan entender, el tipo de predicación que tiene poco o nada que ver con las Escrituras, y que requiere, para su explicación, más bien de un diccionario que de una Biblia. Estas son las personas que continuamente van de un lado a otro preguntando: “¿Han escuchado a nuestro ministro? Nos dio un asombroso discurso el domingo pasado por la mañana; mencionó citas en hebreo, y en griego, y en latín, y recitó trozos encantadores de poesía; de hecho, fue por completo un festín intelectual.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sí, y yo he comprobado que, usualmente, esos festines intelectuales conducen a la ruina de las almas; ese no es el tipo de predicación que Dios bendice generalmente para la salvación de las almas, y, entonces, aunque otros prediquen la filosofía de Platón, o adopten los argumentos de Aristóteles, “nosotros predicamos a Cristo crucificado”, al Cristo que murió por los pecadores, al Cristo del pueblo, y “nosotros predicamos a Cristo crucificado” en un lenguaje sencillo y en un mensaje claro que la gente común pueda entender. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Voy a procurar dar a nuestro texto una aplicación práctica, diciéndoles, primero, ''lo que predicamos''; en segundo lugar, ''a quiénes lo predicamos''; y, en tercer lugar,''cómo lo predicamos''. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I.''' En primer lugar, LO QUE PREDICAMOS. Pablo es un modelo para todos los predicadores, y él dice: “nosotros predicamos a Cristo crucificado.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Para poder predicar el Evangelio plenamente, debe haber una muy clara descripción de ''la persona de Cristo''; y nosotros predicamos a Cristo como Dios; no un hombre convertido en Dios, no un Dios degradado al nivel del hombre, no alguien entre un hombre y un Dios, sino “Dios verdadero de Dios verdadero”, uno con Su Padre en todos los atributos: eterno, que ni tiene principio de días, ni fin de vida; omnipresente, llenando todo espacio; omnipotente, teniendo todo poder en el cielo y en la tierra; omnisciente, sabiendo todas las cosas desde la eternidad; el grandioso Creador, Preservador, y Juez de todo, en todas las cosas la misma y expresa imagen del Dios invisible. Si erramos en lo relativo a la Deidad de Cristo, erramos en todo. El evangelio que no revela al Salvador Divino no es un evangelio en absoluto. Es como un barco sin timón. El primer viento contrario que sopla la encamina a la destrucción, y, ay de las almas que confían en él. No hay hombros, excepto los hombros poderosos que sostienen las gigantescas columnas de la tierra que pudieran sostener jamás el enorme peso de la culpa y la necesidad humanas. Nosotros les predicamos a Cristo, el Hijo de María, que una vez durmió en los brazos de Su madre, y, sin embargo, el Infinito, incluso cuando era un infante; Cristo, el conocido Hijo de José, trabajando en el taller de carpintería, pero siendo todo el tiempo el Dios que hizo los cielos y la tierra; Cristo, que no tenía dónde recostar Su cabeza, despreciado y rechazado entre los hombres, que es, sin embargo, “Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos”; Cristo clavado al madero maldito, sangrando por cada uno de Sus poros, y muriendo en la cruz, y, sin embargo, viviendo para siempre; Cristo sufriendo agonías que son indescriptibles, pero siendo al mismo tiempo el Dios a cuya diestra hay placeres para siempre. Si Cristo no hubiese sido hombre, no habría podido identificarse ni con ustedes ni conmigo, ni habría podido sufrir en lugar nuestro. ¿Cómo hubiera podido ser la Cabeza del pacto de los hijos e hijas de Adán, si no hubiese sido hecho en todo según la semejanza de ellos, excepto que no tenía pecado? Con esa sola excepción, Él era tal como somos, hueso de nuestros huesos y carne de nuestra carne, y, sin embargo, era tan verdaderamente Dios como era hombre, el Ser de quien Isaías fue inspirado a profetizar: “Se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz.” Entonces, cuando predicamos a Cristo crucificado, predicamos la gloria del cielo conjuntamente con la belleza de la tierra, la perfección de la humanidad reunida con la gloria y la dignidad de la Deidad. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A continuación, debemos predicar muy claramente a Cristo como ''el Mesías, el Enviado de Dios''. Desde mucho tiempo atrás, había sido profetizado que un grandioso Libertador debía venir, que sería: “Luz para revelación a los gentiles”, y gloria de Su pueblo Israel, y Jesús de Nazaret fue ese Libertador prometido, de quien, tanto Moisés en la ley como los profetas, escribieron. Él fue enviado por Dios para ser el Salvador de los pecadores. No asumió este oficio sin autoridad, sino que podía decir en verdad: “He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad.” Él se convirtió en el Sustituto de los pecadores, pero esto no sucedió accidentalmente, sino por un decreto divino, pues leemos: “mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros.” Un sacerdote que no ha sido ordenado, un profeta que no ha sido enviado por Dios, un rey sin la autoridad divina habría sido únicamente una burla; pero nuestro grandioso Sumo Sacerdote fue ungido divinamente, nuestro Profeta sin par fue enviado por Dios, y nuestro Rey es Rey de reyes y Señor de señores, reinando justamente como el Hijo eterno del eterno Padre. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pecador, esta verdad, debería proporcionarte esperanza y consuelo: el Cristo que predicamos es el Ungido del Señor; y lo que Él hace, lo hace por decreto. Cuando Él te dice: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”, habla a nombre de Su Padre como también a nombre propio, pues tiene la garantía del Eterno que avala Su declaración. Por tanto, vengan confiadamente a Él, y pongan Su confianza en Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Una vez que el predicador ha puesto un fundamento bueno y sólido por medio de la predicación de la persona de Cristo y la condición de Mesías de Cristo, ha de continuar predicando ''la obra de Cristo''. Sólo puedo proporcionar un breve resumen de lo que tomaría toda la eternidad para explicarlo. Hemos de predicar de tal manera que mostremos cómo, en el pacto eterno, Cristo tomó el lugar de Fianza y Representante de Su pueblo; y cómo, en la plenitud del tiempo, salió de los palacios de mármol llevando las vestiduras de la carne; y, cómo cumplió primero una justicia activa por la perfecta obediencia de Su vida cotidiana, y al final cumplió una justicia pasiva por Sus sufrimientos y muerte en la cruz. Comenzando en la encarnación, prosiguiendo a la obra grandiosa de la redención, hablando de la sepultura de Cristo, de la resurrección, ascensión, intercesión ante el trono de Su Padre y la gloriosa segunda venida, tenemos un tema que los ángeles muy bien podrían codiciar, un tema que muy bien podría despertar la esperanza en el corazón del pecador. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero es especialmente ''a Cristo crucificado ''a quien hemos de predicar. Sus heridas e hinchazones nos recuerdan que debemos decirles que “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.” La salvación debe ser encontrada en el Calvario; donde Jesús inclinó Su cabeza, y entregó Su espíritu, venció a los poderes de las tinieblas y abrió el reino de los cielos a todos los creyentes. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay una palabra que todo verdadero siervo de Cristo debe ser capaz de explicar muy claramente; y esa palabra es: sustitución. Yo creo que ‘sustitución’ es la palabra clave para toda la teología: Cristo ocupa el lugar de los pecadores, y es contado entre los transgresores por causa de las transgresiones de ellos, no las Suyas propias; Cristo paga nuestras deudas y salda todos nuestros pasivos. Esta verdad implica, por supuesto, que nosotros tomamos el lugar de Cristo cuando Él toma el nuestro, de tal forma que todos los creyentes son amados, aceptados, hechos herederos de Dios, y, en el tiempo señalado, son glorificados con Cristo para siempre. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos ministros, si no predican otra cosa, hagan que sus oyentes entiendan siempre, claramente, que hay un Sustituto divino y suficiente en todo para los pecadores, y que, todos los que ponen su confianza en Él, serán salvados eternamente. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando hemos predicado así a Cristo, debemos predicar también ''Sus oficios''. Debemos predicar a Cristo como el grandioso Sumo Sacerdote que vive para siempre e intercede por nosotros. Debemos predicarle como el Profeta cuyas palabras son divinas, y, por tanto, llegan a nosotros con una autoridad de la que no puede hacerse caso omiso. Debemos asegurarnos de predicarle siempre como Rey, poniendo la corona de alabanza sobre Su cabeza real, y reclamando de Su pueblo la inalterable fidelidad y lealtad de sus corazones, y el servicio indiviso de sus vidas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Debemos predicar también ''los derechos de Cristo para Sus oficios''. ¿Es un Esposo? Debemos decirle cuán amoroso y cuán tierno es. ¿Es un Pastor? Debemos proclamar Su paciencia, Su poder, Su perseverancia, y debemos publicar, especialmente, Su abnegado amor demostrado al entregar Su vida por Sus ovejas. ¿Es un Salvador? Debemos mostrar cómo Él puede salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios. Debemos hablar mucho sobre la mansedumbre que no quiebra la caña cascada, ni apaga el pábilo que humeare. Nos debe deleitar hablar de Cristo, que se inclina hacia el hombre de quebrantado corazón y le sana las heridas, y tiene Su oído abierto para el oír el clamor de un espíritu contrito. El carácter de Cristo es el imán que atrae a los pecadores a Sí, y sobre este bendito tema podría seguir hablando sin cesar. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando, en una ocasión, Rutherford estaba hablando de las bellezas del Cristo a quien amamos tan encarecidamente, uno de sus oyentes se vio constreñido a gritar: “Vamos, hombre, tienes el tono correcto, sigue así”; y, en verdad, este es un tema que podría inducir al tartamudo a hablar con poder, y hacer que el propio mudo fuera elocuente por Cristo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, cuán glorioso es nuestro bendito Señor! Podemos decir muy bien con la esposa: “Todo él es codiciable.” No podemos exagerar Sus excelencias y encantos, y nuestra meta constante ha de ser pintar tal retrato de Él que los pecadores se enamoren de Él, y confíen en Él para ser salvados con Su grandiosa salvación. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Debemos hacernos el propósito de predicar siempre a Cristo como ''la única esperanza del pecador''. En tiempos antiguos, había ciertas personas ingenuas que pretendían encontrar un remedio universal para todas las enfermedades, una panacea; pero su búsqueda fue en vano. Todos los anuncios de medicinas de curanderos que pudieran engañar a la gente ingenua, no convencerán nunca a la gente juiciosa de que se descubrió o será descubierta jamás una panacea para todas las enfermedades heredadas por la carne. Sin embargo, hay un remedio universal para las enfermedades del alma, y ese remedio universal es Cristo. Cualquiera que sea tu enfermedad: la furibunda fiebre de la lujuria, la trémula calentura intermitente de las dudas y temores o la feroz destrucción de la desesperación, Jesucristo puede sanarte. Sin importar la forma que pueda tomar el pecado -ya fuera un ojo ciego, o un oído sordo, o el duro corazón de piedra, o una conciencia embotada y cauterizada- hay una medicina en las venas de Jesús que muy bien podríamos llamar el ‘divino curalotodo’. Ningún caso sometido alguna vez a Cristo ha desconcertado Su habilidad, y Él es aún “grande para salvar”. Debemos ser muy claros en decirle al pecador que no hay esperanza para él en ninguna parte excepto en Cristo. Nueve de diez de las flechas que están en la aljaba de un ministro deben ser disparadas contra las buenas obras del pecador, pues estas son sus peores enemigos. Esas “obras de muerte” que necesitan ser arrojadas “a los pies de Jesús”, -ese procurar ser o sentir algo para poder salvarse a sí mismos-, esa es la maldición de muchos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oh, pecador, aunque desde la coronilla de tu cabeza hasta la planta de tus pies no haya una parte sana en ti, y sólo estés lleno de heridas y contusiones y de llagas putrefactas, si crees en Jesús, Él sanará cada partícula de tu ser, y proseguirás tu camino como un pecador salvado por la gracia. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Debemos predicar también a Cristo como ''el único deleite del cristiano''. Necesitábamos a Cristo como un salvavidas cuando nos estábamos hundiendo en las olas del pecado, pero ahora que nos ha puesto a salvo en tierra, necesitamos que sea nuestro alimento y nuestra bebida. Cuando estábamos enfermos por medio del pecado, necesitábamos a Cristo como nuestra medicina; pero ahora que ha restaurado nuestra alma, le necesitamos como nuestro sustento continuo. No hay ninguna carencia que pudiera experimentar un cristiano que Cristo no pueda suplir, y no hay nada en Cristo que no sea útil para un cristiano. Ustedes saben que algunas cosas que poseemos son buenas, pero no todas son completamente útiles para nosotros. Por ejemplo, la fruta es buena, pero tiene una cáscara que ha de ser mondada, y una semilla que ha de ser desechada; pero cuando Cristo se da a nosotros, podemos tomarlo todo, y gozarlo para deleite de nuestro corazón. Todo lo que Cristo es, y todo lo que Cristo tiene, es nuestro. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Por tanto, cristiano, haz un pacto con tu mano, de que te asirás de la cruz de Cristo para sea tu única confianza; haz un pacto con tus ojos, de que no buscarás la luz en ninguna otra parte excepto en el Sol de justicia; haz un pacto con tu ser entero, de que serás crucificado con Cristo, y luego serás llevado al cielo para vivir y reinar con él eternamente. Sí, esta ha de ser la expresión de tu corazón: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Tú, oh Cristo, Tú eres todo lo que necesito,&amp;lt;br&amp;gt;Lo que encuentro en Ti no tiene límites.”'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
'''II. '''Ahora, en segundo lugar, ¿A QUIÉN DEBEMOS PREDICAR ESTO? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Posiblemente algún hermano diga: “debes predicar a Cristo a los elegidos.” Pero, ¿cómo podríamos saber quiénes son los elegidos? Leí un sermón, hace algún tiempo, en el que el ministro decía: “he estado predicando a los vivos en Sion; el resto de ustedes está muerto, y no tengo nada que decirles a ustedes. La elección lo ha logrado pero el resto está enceguecido.” Los predicadores de ese tipo tienen vida, para predicarla a los vivos, y medicina, para prescribirla a quienes están sanos, pero ¿de qué sirve eso? Imaginen a Pedro poniéndose de pie con los once el día de Pentecostés, y diciéndole a la multitud congregada alrededor de ellos: “yo no sé cuántos de los que están aquí son elegidos, pero he de decirles que la elección lo ha logrado, y el resto está enceguecido.” ¿Cuántos habrían sido convertidos y agregados a la iglesia por medio de un mensaje como ése? Ahora, Pedro estaba en aquel momento lleno del Espíritu Santo, y fue por inspiración divina que predicó a Cristo crucificado a toda aquella mezclada multitud; y, entonces cuando se compungieron de corazón, y preguntaron: “Varones hermanos, ¿qué haremos?, Pedro estaba igualmente inspirado cuando respondió: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo pretendo hacer lo que Pedro hizo, pues considero que la comisión de Cristo para Sus discípulos es obligatoria para nosotros hoy: “Id por todo el mundo y ''predicad el evangelio a toda criatura''. Yo no puedo saber si toda criatura a la que predico es elegida o no, pero mi oficio consiste en predicar el Evangelio a todos los que me encuentro, teniendo la garantía de que todos aquellos a quienes Dios ha elegido para vida eterna, ciertamente la aceptarán. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando un cierto clérigo le preguntó al Duque de Wellington: “¿Piensa, su gracia, que sirve de algo predicar el Evangelio a los hindúes?”, él simplemente respondió: “¿Cuáles son tus órdenes de marcha?” Como soldado, él creía en obedecer órdenes; y cuando el clérigo le respondió que las órdenes eran: “Predicad el evangelio a toda criatura”, el duque replicó: “Entonces tu deber es muy claro; obedece las órdenes de tu Señor, y no debes preocuparte por la opinión de alguien más”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El principal oficio de un verdadero ministro es ''predicar el Evangelio a los pecadores'', y nunca está tan contento como cuando les está predicando a quienes se reconocen pecadores. Cuando les está predicando a los que tienen justicia propia, tiene grandes problemas en cuanto a los efectos del mensaje, pues teme que podría resultar ser olor de muerte para muerte para ellos; pero cuando se reúne con aquellos que confiesan, llenos de aflicción, que son culpables, y que están perdidos y arruinados, entonces se deleita en la esperanza de resultados bendecidos provenientes de su predicación. Siente que ahora está entre peces que picarán la carnada, así que tira el sedal en el río, y pronto experimenta el gozo de sacar a tierra muchos peces. Sabe que el pan es siempre mucho más delicioso para los hambrientos, y que incluso la medicina amarga será tragada ávidamente por el hombre que está muy enfermo y anhela ser curado. Entiende que son los desnudos quienes necesitan ser vestidos, y quienes no tienen dinero son los que claman pidiendo limosna. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oh, pecadores, si ustedes se dan cuenta de que son viles e inmundos, repletos de toda forma de mal, que no cuentan con nada propio que sea digno de ser llamado bueno, y si están anhelando ser liberados de todo tipo del mal, y ser hechos santos como Dios es santo, me alegra que mi Señor me haya dado en Su Palabra un mensaje como éste para ustedes: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aun así, un verdadero ministro de Cristo no limita su predicación a los pecadores que están persuadidos de su culpa, sino que ''predica el Evangelio a pecadores de cualquier edad''. A los menores, cuyas vidas no han sido manchadas todavía por los vicios de la edad, les predica a Cristo crucificado como el Salvador de los niños, y se alegra en verdad, cuando los muchachos y muchachas confían en Jesús, y son salvados. A ustedes, que han alcanzado la mitad de la vida, se les predica a Cristo crucificado como el bálsamo que cura toda herida, el cordial usado para toda preocupación, y queda agradecido cuando ustedes son salvados también por la gracia por medio de la fe en Jesús. A los ancianos y a los que tienen grises sus cabellos, a los decrépitos, a quienes están al propio borde de la tumba, les predica a Cristo crucificado; si pudiese encontrar un pecador que hubiere alcanzado la edad de Matusalén, todavía le predicaría el mismo Evangelio, pues sabe que no hay ningún Salvador excepto el Cristo crucificado del Calvario, y sabe también que, sean viejos o jóvenes, o no viejos ni jóvenes, todos los que confían en Él, son salvados inmediatamente y salvados para siempre. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y a la vez que predica a Cristo a los pecadores de todas las edades, él también ''predica de Cristo a los pecadores de todos los rangos''. Para las reinas, y príncipes y nobles no tiene nada mejor que predicar que Cristo, y no tiene nada menos que Cristo para predicarles a los campesinos y artesanos, o a los indigentes; Cristo crucificado para los hombres de letras y de erudición, y Cristo crucificado, igualmente, para los ignorantes y los analfabetas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Él también ''predica de Cristo a los pecadores de todo tipo'', incluso a los ateos, al hombre que dice que no hay Dios, y lo exhorta a que crea y viva. Predica de Cristo a los hombres abiertamente profanos; cuando hacen una pausa momentánea en sus blasfemias, les habla de ese grandioso juramento que Dios ha jurado: “Vivo yo, dice Jehová el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva.” Nosotros predicamos a Cristo a las rameras en las calles; y, ¡oh, cuán gozosamente muchas de ellas le recibieron, y cuán alegremente han encontrado limpieza de sus inmundas manchas en la preciosa sangre de Jesús! Predicamos a Cristo al borracho, pues nosotros creemos que nada, salvo la gracia de Dios, puede rescatarle de su degradación y pecado, y hemos visto muchos pecadores de esos que han sido recuperados por el Evangelio. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La predicación de Cristo crucificado, el izamiento del Hijo de Dios agonizante “como Moisés levantó la serpiente en el desierto”, tiene el poder suficiente para trastornar al mundo entero, y para convertir en santos a los pecadores, por tanto, tenemos la intención de continuar ''predicando a Cristo a todos los pecadores de todo tipo''. No tenemos la intención de dejar fuera a nadie, ni siquiera ''a ti'', amigo mío, que piensas que has sido dejado fuera, o que deberías ser dejado fuera. Sabemos que hay un libro de la vida delante del trono de Dios, y que no pueden ser escritos más nombres en él; todos fueron registrados antes de la fundación del mundo cuando el Padre le dio a Cristo aquellos que han de ser eternamente suyos. Nosotros no podemos remontarnos al cielo para leer los nombres de los redimidos que están escritos allí, pero creemos que la lista contiene millones y millones de nombres de aquellos que todavía no han confiado en Cristo, por lo que tenemos la intención de seguir predicando de Cristo a los pecadores de toda edad, de toda condición, de todo tipo, de todo grado de negrura y vileza, y creemos que “aún hay lugar”, que aún hay misericordia para el miserable, que aún hay perdón para el culpable que venga y confíe en Jesucristo, y en Él crucificado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''III. '''Ahora, por último, ¿CÓMO DEBEMOS PREDICAR A CRISTO CRUCIFICADO? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo creo, primero, que debemos predicar a Cristo ''muy valerosamente''. Recuerdo a un joven que subió a un púlpito, para dirigirse a una pequeña congregación, y comenzó diciendo que esperaba que perdonaran su juventud, y que excusaran su impertinencia al venir a hablarles. Algún viejo caballero insensato dijo: “¡cuán humilde es ese joven, ya que habla así!”, pero otro, que era más sabio que él, aunque era más joven, dijo: “¡Qué deshonra para su Señor y Maestro! Si Dios le envió con un mensaje para esas personas, ¡qué importa que sea joven o sea viejo! Una modestia fingida como esa está fuera de lugar en el púlpito.” Yo pienso que el segundo hombre estaba en lo correcto, y que el primero estaba equivocado. Un verdadero ministro del Evangelio es un embajador de Cristo, y ¿acaso nuestros embajadores van a las cortes extranjeras con disculpas por llevar mensajes de su soberano? Sería un grave insulto contra la corona de esos reinos si ellos mostraran una humildad así en su capacidad oficial. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los ministros del Evangelio deben guardar su modestia para otras ocasiones, cuando deba ser manifestada, pero no deben deshonrar a su Maestro ni desacreditar Su mensaje como lo hizo aquel joven necio. Cuando predicamos a Cristo crucificado, no tenemos ninguna razón para tartamudear, o balbucear, o dudar, o disculparnos; no hay nada en el Evangelio de lo que tengamos un motivo para avergonzarnos. Si un ministro no está seguro acerca de su mensaje, que se quede callado hasta que esté seguro acerca de él; pero nosotros creemos, y, por tanto, hablamos con el acento de la convicción. Si no he probado el poder del Evangelio en mi propio corazón y en mi vida, soy un vil impostor al estar en este púlpito para predicar ese Evangelio a otras personas; pero como yo sé con toda seguridad que soy salvo por la gracia por medio de la fe en Jesucristo, y como tengo la certeza de que he sido llamado divinamente a predicar Su Evangelio: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“¿Acaso por miedo al hombre enclenque,&amp;lt;br&amp;gt;Restringiré el curso del Espíritu en mí?”&amp;lt;br&amp;gt;¿O, sin desfallecer en obras ni palabras,&amp;lt;br&amp;gt;Seré un verdadero testigo para mi Señor?”'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Pero a la vez que predicamos a Cristo valerosamente, también hemos de predicarle ''afectuosamente''. Ha de haber un grande amor en nuestra proclamación de la verdad. No debemos dudar de señalar a los pecadores el estado de ruina a la que los ha llevado el pecado, y debemos exponerles claramente el remedio divinamente prescrito; pero hemos de combinar la ternura de una madre con la severidad de un padre. Pablo parecía tanto una madre como un padre, en un sentido espiritual, en su ministerio. Escribió a los gálatas: “Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros”; y a los de Corinto escribió: “en Cristo Jesús yo os engendré por medio del evangelio”; y todo verdadero ministro de Cristo, a su medida, puede identificarse con él en esas dos experiencias. Sí, pecadores, en verdad, nosotros les amamos; con frecuencia, nuestro corazón está a punto de ser quebrantado por el anhelo que tenemos de verlos salvos. Desearíamos poder predicarles con los ojos bañados en llanto de un Baxter; no, más bien, con el corazón que se derrite y con el celo consumidor del Salvador. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces, a continuación, debemos predicar ''solamente a Cristo''. Con Pablo, todo verdadero ministro debería ser capaz de decirles a sus oyentes; “Me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado”. El predicador no debe mezclar nunca ninguna otra cosa con el Evangelio. Cada vez que predica, debe tratar siempre el mismo viejo tema, “Jesucristo, y a éste crucificado.” Cristo es el Alfa del Evangelio, y Él es la Omega también; la primera letra del alfabeto del Evangelio, y la última letra, y todas las letras que están entre ellas. Debe ser Cristo, ''Cristo'', CRISTO de principio a fin. No debe haber ningún tráfico de obras ni ninguna otra cosa mezclados con Cristo. No debe haber ningún recubrimiento con lodo suelto en nuestra edificación sobre Cristo, el único cimiento que está puesto de una vez para siempre. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El predicador debe proponerse predicar a Cristo ''muy sencillamente''. Debe demoler sus grandes palabras y sus largas frases, y debe orar pidiendo protección contra la tentación de usarlas. Usualmente son las frases cortas, -como dagas-, las que hacen el mejor trabajo. Un verdadero siervo de Cristo no debe intentar nunca dejar que la gente vea cuán bien predica; nunca debe desviarse de su camino para insertar un hermoso trozo de poesía en su sermón, ni debe introducir excelentes citas de los clásicos. Debe emplear un estilo sencillo y casero, o cualquier estilo que Dios le hubiere dado; ha de predicar a Cristo tan claramente que sus oyentes no sólo puedan entenderle sino que no puedan malinterpretarle incluso si trataran de hacerlo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, mi tiempo se ha agotado, y debo concluir diciendo que debemos procurar predicar a Cristo ''salvadoramente''. ¡Oh, pecadores, yo quisiera que ustedes confiaran en Cristo en este preciso instante! ¿Se dan cuenta de cuán grande es su peligro? ¡Alma inconversa, tú estás parada, por decirlo así, sobre la boca del infierno, sobre una sola tabla, y esa tabla está podrida! ¡Hombre, tú podrías estar en tu tumba antes de que amanezca otro día domingo; y, entonces, si no eres salvo, estarás en el infierno! Te cuidado de no ser llevado sin que estés preparado; pues, si esa fuera tu infeliz porción, no habrá recompensa que pudiera librar a tu alma de descender al abismo. Mira tu necesidad de Cristo, pecador, y aférrate a Él, por la fe. Nadie sino Cristo puede salvarte. Cristo es el Camino; tú puedes andar por todos lados, toda tu vida, tratando de encontrar otra entrada al cielo, pero no la encontrarás, pues éste es el único camino. ¿Por qué no habrías de venir a Dios por medio de Cristo? ¿Por qué razón eres tan ingrato como para despreciar la misericordia paciente de Dios? ¿No te conducirá la bondad de Dios al arrepentimiento? ¿Acaso morirá Cristo por los pecadores, y tú, pecador, te apartarás de Él, que es el único que puede darte la vida? Basta que creas en Él, y Él te salvará; tus pecados, que son muchos, te serán perdonados todos; tú serás adoptado en la familia de Dios, y a su debido tiempo, te encontrarás en el cielo para no salir jamás. Si quieres ser feliz, si quieres gozar de la paz que sobrepasa todo entendimiento, si quieres tener dos cielos –un cielo abajo y un cielo arriba- confía en Jesús, pecador, confía en Jesús en este preciso instante. No salgas de este edificio como un réprobo. Una mirada creyente te traerá la salvación, pues: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''&amp;quot;Hay vida en una mirada al Crucificado:&amp;lt;br&amp;gt;Hay vida en este instante para ti;&amp;lt;br&amp;gt;Entonces mira, pecador: míralo y sé salvo,&amp;lt;br&amp;gt;A Él, que fue clavado al madero.”'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
¡Míralo a Él, míralo a Él ahora; que el Espíritu Santo los habilite para mirar y vivir, por Jesucristo nuestro Señor! Amén.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

	<entry>
		<id>http://es.gospeltranslations.org/wiki/La_Oraci%C3%B3n,_el_Remedio_para_la_Ansiedad</id>
		<title>La Oración, el Remedio para la Ansiedad</title>
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				<updated>2011-02-14T23:11:27Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|Prayer, the Cure for Care}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”.'' Filipenses 4: 6, 7.&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Nosotros tenemos la facultad de la previsión; pero, como todas nuestras facultades, ha sido pervertida y a menudo ha sido objeto de abuso. Es bueno que un hombre tenga un santo afán, y preste la debida atención a cada detalle de su vida; pero, ¡ay!, es muy fácil convertirlo en un afán profano, y tratar de arrebatar de la mano de Dios, ese oficio de la providencia que le pertenece a Él, y no a nosotros. ¡Con cuánta frecuencia le gustaba a Lutero hablar acerca de los pájaros, y de la manera en que Dios cuida de ellos! Cuando estaba lleno de sus ansiedades, solía envidiar constantemente a los pájaros porque llevaban una vida tan libre y feliz. Lutero habla del ‘doctor Gorrión’ y del ‘doctor Zorzal’, y de otros pájaros que solían acercarse y hablar con el ‘doctor Lutero’, y decirle muchas cosas buenas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ustedes saben, hermanos, que a las aves del cielo, cuidadas por Dios, les va mejor que a los pájaros cuidados por el hombre. Una pequeña niña londinense que fue al campo, dijo en una ocasión: “¡Mamá, mira a ese pobre pajarito; no tiene ninguna jaula!” Eso no me habría parecido a mí como una pérdida para el pájaro; y si ustedes y yo estuviésemos sin nuestra jaula, y sin la cajita de semillas, y sin un recipiente de agua, no sería una gran pérdida, si fuésemos arrojados a la ventura hacia la gloriosa libertad de una vida de humilde dependencia de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esa jaula de confianza carnal y esa caja de semillas que siempre estamos esforzándonos por llenar, constituyen la preocupación de esta vida mortal; pero aquél que tiene gracia para extender sus alas y remontarse a lo lejos hasta llegar al cielo de la confianza divina, puede cantar todo el día y tener esta tonada como propia: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“Mortal, cesa de afanarte y de afligirte;&amp;lt;br&amp;gt;Dios provee para el mañana”.''&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Entonces, aquí está la enseñanza del texto: “Por nada estéis llenos de cuidado”. La palabra “llenos de cuidado” no significa exactamente ahora lo mismo que significaba cuando la Biblia fue traducida (1); al menos, me transmite un significado diferente del que transmitía a los traductores. Yo diría que debemos ‘tener cuidado’. “Tengan cuidado” es una buena lección para los muchachos y los jóvenes cuando comienzan en la vida; pero, en el sentido en que la palabra “cuidado” era entendida en el tiempo de los traductores, era que no debemos tener ‘afán’, esto es, que no debemos estar ‘llenos de afanes’. El texto quiere decir: no estén ‘ansiosos’; no estén pensando constantemente acerca de las necesidades de esta vida mortal. Voy a leerlo otra vez, estirando un poco la palabra, y entonces entenderán su significado: “No estén llenos de afán por nada”. ¡Oh, que Dios nos enseñara cómo evitar el mal que es prohibido aquí, y a vivir con esa santa despreocupación que es la mismísima belleza de la vida cristiana, cuando toda nuestra ansiedad es echada sobre Dios, y nosotros podemos gozarnos y regocijarnos en Su providencial cuidado de nosotros! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“¡Ah!”, -dice alguien- “no puedo evitar afanarme”. Bien, el tema de esta noche es para ayudarte a abandonar el afán; y, primero, consideren aquí ''lo que sustituye a la ansiedad''. Por nada estén afanosos, sino que deben orar por todo; éste es el sustituto del afán: “oración y ruego”. En segundo lugar, noten ''el carácter especial de esta oración'', que ha de convertirse en el sustituto de la ansiedad: “Sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias”. Y luego espero que nos queden unos minutos para considerar ''el dulce efecto de esta oración'': “La paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''Para comenzar, entonces, aquí está, primero, EL SUSTITUTO DE LA ANSIEDAD. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo supongo que para muchos de nosotros es cierto que ''nuestros afanes son múltiples''. Una vez que te vuelves afanoso, ansioso e inquieto, nunca serías capaz de contar tus afanes, aun cuando pudieras contar los cabellos de tu cabeza. Los afanes son propensos a multiplicarse para quienes están llenos de ellos; y cuando estás tan lleno de ansiedades que piensas que has llegado al límite, con seguridad recibirás otra cosecha de ansiedades que han crecido a tu alrededor. La propensión a dejarse dominar por este hábito maligno de la ansiedad conduce a permitirle que establezca su dominio sobre la vida, hasta el punto de que no vale la pena vivir la vida en razón de la ansiedad que tenemos por ella. Los afanes son múltiples; por tanto, las oraciones suyas deben ser múltiples. Conviertan en una oración todo lo que sea un afán. Las ansiedades deben ser la materia prima de sus oraciones; y, así como los alquimistas esperaban convertir la escoria en oro, así ustedes, por una santa alquimia, de hecho convierten en un tesoro espiritual lo que naturalmente habría sido un afán, en la forma de una oración. Bauticen cada ansiedad en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, y así, conviértanla en una bendición. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Tienes ansiedad de poseer? Ten cuidado para que la ansiedad no te posea. ¿Quieres realizar una ganancia? Preocúpate de no perder más de lo que ganas con tus ganancias. Te suplico encarecidamente que no tengas ansiedad de ganar más de lo que te atrevas a convertir en una oración. No desees tener aquello que no te atrevas a pedirle a Dios que te dé. Mide tus deseos de acuerdo a una norma espiritual, y así serás guardado de todo lo que se asemeje a la codicia. A muchas personas les vienen sus afanes por sus pérdidas; pierden lo que han ganado. Bien, éste es un mundo en el que existe la tendencia a perder. Los reflujos siguen a las crecidas, y los inviernos aplastan a las flores del verano. No se sorprendan si ustedes pierden como lo hacen otras personas; antes bien, oren acerca de sus pérdidas. Acudan a Dios con ellas y en vez de inquietarse, conviértanlas en una ocasión para esperar en el Señor, y para decir: “Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito. ¡Hazme entender por qué contiendes conmigo, y libra a Tu siervo de quejarse alguna vez de Ti, sin importar lo que Tú permitas que pierda!” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tal vez tú digas que tu ansiedad no es ni por tus ganancias ni por tus pérdidas, sino sólo acerca de tu pan diario. ¡Ah, bien, tú tienes promesas para eso, y lo sabes! El Señor ha dicho: “Habitarás en la tierra, y te apacentarás de la verdad”. Él te da un dulce aliciente cuando dice que Él viste a la hierba del campo, y ¿no te vestirá mucho más a ti, hombre de poca fe? Y el Señor Jesús te manda que consideres a las aves del cielo, que ni siembran ni recogen en graneros y, sin embargo, tu Padre celestial las alimenta. Acude a tu Dios, entonces, con todos tus afanes. Si tienes una gran familia y un ingreso raquítico, y enfrentas muchos problemas para subsistir y para proveer cosas honestas a los ojos de todos los hombres, tienes muchas excusas para tocar a la puerta de Dios, y muchísimas razones para ser encontrado a menudo en el trono de la gracia. Yo les ruego que conviertan los afanes en algo de mucho provecho. Yo me siento en libertad para apelar a un amigo cuando realmente tengo que tratar algo con él; y ustedes pueden ser osados para apelar a Dios cuando las necesidades los opriman. En vez de preocuparse por cualquier cosa con un inquieto afán, conviértanla de inmediato en una razón para una renovada entrega a la oración. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“¡Ah!”, -dirá alguno- “pero yo me encuentro perplejo; yo no sé qué hacer”. Bien, entonces, querido amigo, deberías ciertamente orar cuando no puedes saber si debes tomar el camino de la mano derecha, o de la mano izquierda, o debes continuar en línea recta, o si deberías regresar. En verdad, cuando estás en medio de tal niebla que no puedes ver la siguiente lámpara, entonces es tiempo de que ores. El camino se esclarecerá delante de ti muy repentinamente. Con frecuencia he tenido que probar este plan yo mismo; y doy testimonio de que, cuando he confiado en mí mismo, he sido un gigantesco insensato, pero cuando he confiado en Dios, entonces me ha conducido y me ha mantenido en la vía correcta, y no ha habido ningún error al respecto. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo creo que los hijos de Dios cometen a menudo mayores disparates en cuanto a cosas sencillas, de los que cometen en cuanto a asuntos difíciles. Ustedes saben lo que pasó con Israel cuando llegaron aquellos gabaonitas con sus zapatos viejos y recosidos, y mostraron el pan que estaba mohoso, que, según dijeron, habían tomado caliente de sus hornos. Los hijos de Israel pensaron: “Este es un caso claro; estos hombres son forasteros y han venido de un país lejano; podemos hacer alianza con ellos”. Estaban seguros de que la evidencia de sus ojos confirmaba que ellos no eran cananeos; así que no consultaron a Dios; todo el asunto parecía tan claro, que hicieron una alianza con los gabaonitas, lo cual fue un problema para ellos posteriormente. Si acudiéramos a Dios en oración para todo, nuestras perplejidades no nos conducirían a más errores que nuestras simplicidades; y, en casos simples, y en casos difíciles, debemos ser guiados siempre por el Altísimo”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tal vez otro amigo diga: “Pero yo estoy pensando en el futuro”. ¿Lo estás? Bien, primero, me permito preguntarte qué tienes que ver con el futuro. ¿Sabes tú lo que traerá un día? Has estado pensando acerca de lo que será de ti cuando seas viejo; pero, ¿estás seguro de que serás viejo alguna vez? Yo conocí a una mujer cristiana que solía preocuparse acerca de cómo sería enterrada. Esa pregunta nunca me turbó a mí; y hay muchos otros asuntos acerca de los cuales no debemos preocuparnos. Pueden encontrar siempre un palo para golpear a un perro; y si necesitan una ansiedad, ustedes pueden generalmente encontrar una ansiedad con la cual golpear a sus propias almas; pero ésa es una pobre ocupación para cualquiera de ustedes. En lugar de hacer eso, conviertan cada cosa que pudiera ser un tema de ansiedad, en un tema de oración. No pasará mucho tiempo antes de que tengan un tema de ansiedad, así que no pasará mucho tiempo sin que tengan un tema de oración. Eliminen esa palabra: “ansiedad”, y escriban simplemente en su lugar esta palabra: “oración”; y entonces, aunque sus afanes sean múltiples, sus oraciones también serán múltiples. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Noten, a continuación, queridos amigos, que ''un afán indebido es una intrusión en la esfera de Dios''. Es hacerte, tú mismo, el padre de la casa, en lugar de ser un hijo; es hacerte, tú mismo, el señor, en vez de ser un siervo para quien el señor provee sus raciones. Ahora, si en lugar de hacer eso, convirtieras el afán en oración, no habría intrusión, pues puedes acudir a Dios en oración sin ser acusado de presunción. Él te invita a orar; es más, aquí, por medio de Su siervo, te manda que “sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, ''los afanes no nos sirven de nada, y nos causan un gran daño''. Si fueras a preocuparte tanto como lo desearas, no te podrías hacer una pulgada más alto, ni hacer crecer otro cabello en tu cabeza, ni cambiar el color de un cabello a blanco o a negro. Eso nos dice el Salvador; y Él pregunta: si el afán falla en cosas tan pequeñas, ¿qué podría hacer el afán en los más elevados asuntos de la providencia? No puede hacer nada. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Un agricultor visitó sus campos y dijo: “No sé qué sucederá con todos nosotros. Si esta lluvia continúa, el trigo será destruido; no tendremos ninguna cosecha a menos que tengamos algún buen clima”. Caminaba de arriba para abajo, estrujando sus manos, y preocupándose, e incomodando a todos los miembros de la familia; pero no produjo ni un solo rayo de luz del sol, a pesar de toda su preocupación; con todo su lenguaje petulante, no pudo dispersar ninguna nube ni pudo detener ni una sola gota de lluvia, no obstante todas sus murmuraciones. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces, ¿de qué sirve que sigan royendo su propio corazón, si no pueden obtener nada con ello? Además, eso debilita nuestro poder de ayudarnos y, especialmente, nuestro poder para glorificar a Dios. Un corazón lleno de ansiedades nos impide juzgar rectamente en muchos asuntos. A menudo he usado el ejemplo (no conozco otro mejor) de tomar un telescopio, soplar sobre él el cálido aliento de nuestra ansiedad, acercarlo al ojo, y luego decir que no podemos ver nada sino nubes. Por supuesto que no podemos, y nunca lo haremos mientras exhalemos aliento sobre él. Si fuéramos imperturbables, tranquilos, serenos y poseídos por Dios, haríamos lo correcto. Deberíamos tener, como decimos, “presencia de ánimo” en el tiempo de dificultad. El hombre que tiene la presencia de Dios, puede esperar tener presencia de ánimo. Si olvidamos orar, ¿se sorprenden de que estemos todos inquietos, y preocupados, y que hagamos lo primero que se nos ocurre, que es generalmente lo peor, en vez de esperar hasta ver lo que deba hacerse, y luego hacerlo confiadamente y con fe, como a los ojos de Dios? La ansiedad es perjudicial; pero basta que conviertan esta angustia en oración y entonces toda ansiedad se tornará en un beneficio para ustedes. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La oración es un material maravilloso para construir la estructura espiritual, pues nosotros mismos somos edificados por la oración; crecemos en gracia por la oración; y si acudimos a Dios con peticiones en todo momento, seremos cristianos que crecen rápido. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo le dije a una persona esta mañana: “Ore por mí, porque es un tiempo de necesidad”; y ella me respondió: “No he hecho otra cosa desde que desperté”. Les he hecho la misma petición a varias personas más, y todas me han dicho que han estado orando por mí. Me sentí tan contento, no solamente por mí mismo, al recibir el beneficio de sus oraciones, sino por causa de ellos mismos, pues seguramente crecerán por ese motivo. Cuando los pajaritos se mantienen batiendo sus alas, están aprendiendo a volar. Los tendones se fortalecen, y los pájaros abandonan el nido en breve; ese preciso batir de alas, es una educación, y el intento de orar, el gemir, el suspirar, el clamar de un espíritu lleno de oración es, en sí mismo, una bendición. Acaben, entonces, con ese hábito perjudicial de la ansiedad, y practiquen el hábito enriquecedor de la oración. Vean cómo logran así una doble ganancia: primero, evitando una pérdida, y en segundo lugar, obteniendo aquello que realmente los beneficiará a ustedes y a otros, también. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Luego, además, ''los afanes son el efecto del olvido de la cercanía de Cristo con nosotros''. ¿Notaron cuál es el sentido del contexto? “El Señor está cerca. Por nada estéis afanosos”. El Señor Jesucristo ha prometido venir de nuevo, y Él podría venir esta noche; Él podría aparecer en cualquier momento. Entonces Pablo escribe: “El Señor está cerca. Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, si sólo pudiéramos estar en esta tierra como en una mera sombra, y vivir como aquellos que habrán terminado pronto con esta pobre vida transitoria; si sostuviéramos toda cosa terrenal con una mano muy laxa, entonces no estaríamos afanándonos, y preocupándonos, e inquietándonos, sino que nos dedicaríamos a orar, pues así asiríamos lo real y lo sustancial, y plantaríamos nuestro pie sobre lo invisible, que es, después de todo, lo eterno! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, queridos amigos, que el texto que les he leído una y otra vez, caiga ahora dentro de sus corazones así como un guijarro cae dentro de un lago de montaña, y al penetrar, genere círculos de consuelo sobre la propia superficie de sus almas! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''Ahora necesitamos analizar el texto un poco más detenidamente para ver, en segundo lugar, EL CARÁCTER ESPECIAL DE ESTA ORACIÓN. ¿Qué tipo de oración es la que apaciguará nuestra ansiedad? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Bien, primero, es ''una oración que trata con todo''. “En toda oración y ruego”, “sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios”. Ustedes pueden orar acerca de la cosa más insignificante y acerca de lo más grande; no sólo pueden orar pidiendo el Espíritu Santo, sino que pueden orar por un nuevo par de botas. Pueden acudir a Dios acerca del pan que comen, del agua que beben y del vestido que usan, y orar a Él sobre todas las cosas. No pinten ninguna raya, diciendo: “Hasta aquí las cosas han de estar bajo el cuidado de Dios”. Válgame Dios, entonces, ¿qué van a hacer con el resto de su vida? ¿Ha de ser vivida esa parte bajo el añublo marchitante de un tipo de ateísmo? ¡Dios no lo quiera! ¡Oh, que vivamos en Dios en cuanto a la totalidad de nuestro ser, pues nuestro ser es de tal naturaleza que no lo podemos dividir! Nuestro cuerpo, alma y espíritu son uno, y mientras Dios nos deja en este mundo, y nosotros tenemos necesidades que surgen de la condición de nuestros cuerpos, debemos presentar nuestras necesidades corporales delante de Dios en oración. Y ustedes descubrirán que el grandioso Dios los oye en estos asuntos. No digan que son demasiado nimios para que Él los note; todo es pequeño en comparación con Él. Cuando pienso en cuán grande Dios es Él, me parece que este pobre mundito nuestro es simplemente un insignificante grano de arena en la costa del universo, y que no es digno de ser advertido del todo. La tierra entera es una simple mota en el grandioso mundo de la creación; y si Dios condesciende a considerarlo, muy bien puede inclinarse un poco más bajo, y considerarnos a nosotros; y Él hace eso, pues dice: “Aun los cabellos de vuestra cabeza están todos contados”. Por tanto, ‘sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego’. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El tipo de oración que nos salva de la ansiedad es ''la oración que es repetida'': “En toda oración y ruego”. Oren a Dios, y luego oren de nuevo: “en… oración y ruego”. Si el Señor no les responde la primera vez, estén muy agradecidos por tener una buena razón para orar de nuevo. Si no les concediera la petición la segunda vez, crean que Él los ama tanto que quiere oír su voz nuevamente; y si los mantiene esperando hasta haber acudido a Él siete veces, díganse: “Ahora sé que adoro al Dios de Elías, pues el Dios de Elías dejó que fuera siete veces antes de que la bendición fuera otorgada”. Consideren un honor que se les permita luchar con el ángel. Ésta es la manera en que Dios hace a Sus príncipes. Jacob no hubiera sido nunca Israel si hubiera obtenido la bendición del ángel al pedirla la primera vez; pero cuando tuvo que seguir luchando hasta prevalecer, entonces se convirtió en un príncipe con Dios. La oración que mata la ansiedad es una oración que es continua e importuna. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A continuación, es ''oración inteligente''. “Sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios”. Me enteré de un musulmán que pasaba, pienso, seis horas en oración cada día; y para no dormirse, cuando estaba a bordo de un bote, se mantenía erguido, y sólo tenía una cuerda estirada a todo lo largo, de tal manera que pudiera apoyarse contra ella, y si se dormía, caería. Su objetivo era proseguir durante seis horas con lo que él llamaba: oración. “Bien”, -le dije a una persona que lo conocía y que le había visto a bordo de una ‘dahabeya’, (una típica embarcación egipcia) en el Nilo: “¿Qué tipo de oración era esa?” “Bien”, -me respondió mi amigo- “se mantenía repitiendo: ‘No hay Dios sino Dios, y Mahoma es el profeta de Dios’; decía lo mismo, una y otra vez, y una vez más”. Yo pregunté: “¿Pedía alguna cosa?” “¡Oh, no!” “¿Le suplicaba a Dios que le diera algo?” “No, simplemente seguía con esa repetición perpetua de ciertas palabras, justo como una bruja podría repetir un ensalmo”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Piensan que hay algo en ese estilo de oración? Y si se ponen de rodillas y simplemente repiten una cierta fórmula, sólo será un desembuchar de palabras. ¿Qué le interesa a Dios ese tipo de oración? “Sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios”. Ésa es la verdadera oración. Dios ciertamente conoce cuáles son tus peticiones; pero has de pedirle a Él como si Él no las conociera. Debes hacer conocer tus peticiones, no porque el Señor no sepa, sino porque, tal vez, tú no las conozcas; y cuando le has dado a conocer a Él tus peticiones, como te dice el texto, tú te las habrás dado a conocer a ti mismo más claramente. Cuando has pedido inteligentemente, sabiendo lo que has pedido, y sabiendo por qué lo has pedido, tal vez te detendrás, y te dirás: “No, después de todo, no debo hacer esa petición”. Algunas veces, cuando has seguido orando y pidiendo aquello que Dios no te da, podría ser que entre subrepticiamente en tu mente la convicción de que no vas por el camino correcto; y ese resultado de tu oración, en sí mismo, te hará bien, y será una bendición para ti. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero debes orar dando a conocer tus peticiones delante de Dios. Eso es, en claro inglés, decir lo que necesitas, pues ésa es la verdadera oración. A solas, dile al Señor lo que necesitas; derrama tu corazón delante de Él. No imagines que Dios exija un lenguaje refinado. No, no necesitas correr escaleras arriba por tu libro de oración, y buscar una breve oración que contenga una invocación, una petición y una conclusión; te tomaría mucho tiempo encontrar una oración así descrita que te sea útil si realmente estás orando. Ora pidiendo lo que necesitas tal como si le estuvieras diciendo a tu madre o a tu más querido amigo cuál es tu necesidad. Acude a Dios de esa manera, pues ésa es una oración real, y ese es el tipo de oración que echará fuera tu ansiedad. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, queridos amigos, el tipo de oración que trae libertad de la ansiedad es ''comunión con Dios''. Si no le has hablado a Dios, no has orado realmente. Se ha sabido de un niñito (me atrevería a decir que sus hijos también lo han hecho) que fue y puso una carta debajo de la rejilla de un desagüe; y, por supuesto que no hubo nunca ninguna respuesta a una carta enviada de esa manera. Si la carta no es puesta en el buzón para que sea enviada a la persona a la cual está destinada, ¿de qué serviría? Entonces, la oración es una comunicación real con Dios. Tienes que creer que le hay, y que es galardonador de los que le buscan, o de lo contrario no podrías orar. Él tiene que ser una realidad para ti, una realidad viva; y tienes que creer que, en verdad, Él oye la oración, y entonces debes hablar con Él, creer que vas a recibir la petición que le haces a Él, y así habrás de recibirla. Él todavía no ha dejado de honrar nunca una oración de fe. Puede ser que te haga esperar por un tiempo, pero las demoras no son denegaciones, y Él ha respondido a menudo una oración que pedía plata, dando oro. Podría haber denegado el tesoro terrenal, pero ha otorgado riquezas celestiales equivalentes a diez mil veces el valor, y el suplicante ha quedado más que satisfecho con el intercambio. “Sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo sé lo que haces cuando tienes problemas; recurres a tu vecino, pero tu vecino no quiere verte tan a menudo en relación a una cierta carencia. Posiblemente recurras a tu hermano; pero hay un texto que te advierte que no vayas a la casa de tu hermano en el día de tu calamidad. Cuando estás en apuros de dinero, no puedes visitar a un amigo con demasiada frecuencia; él podría estar muy contento de verte sólo hasta oír qué pretendes. Pero si acudes a tu Dios, Él nunca te dará la espalda; Él nunca dirá que acudes con demasiada frecuencia. Por el contrario, incluso te reprochará porque no acudes a Él con suficiente frecuencia. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay una palabra que acabo de pasar por alto ahora, porque quería dejarla para mi última observación sobre este punto: “Sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, ''con acción de gracias''”. Ahora, ¿qué quiere decir eso? Quiere decir que el tipo de oración que mata al afán es ''una oración que pide alegremente, gozosamente, agradecidamente''. “Señor, yo soy pobre; he de bendecirte por mi pobreza, y entonces, oh Señor, ¿no suplirás todas mis necesidades?” Ésa es la manera de orar. “Señor, estoy enfermo; yo te bendigo por esta aflicción, pues estoy seguro de que quiere decir algo bueno para mí. ¡Ahora yo te suplico que te dignes sanarme!” “Señor, me encuentro en una gran tribulación; pero yo te alabo por la tribulación, pues yo sé que contiene una bendición, aunque el sobre tenga una cinta negra; y entonces, ¡Señor, ayúdame a lo largo de mi tribulación!” Ese es el tipo de oración que mata a la ansiedad: “oración y ruego, con acción de gracias”. Combinen bien estas dos cosas; un dracma, no, dos dracmas de oración -oración y ruego- y luego un dracma de acción de gracias. Agítalas juntas muy bien, y constituirán un bendito remedio para el afán. ¡Que el Señor nos enseñe a practicar este arte santo del boticario! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''III. '''Concluyo con este tercer punto, EL DULCE EFECTO DE ESTA ORACIÓN: “Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si pueden orar de esta manera, en vez de entregarse a la ansiedad maligna, el resultado será que ''una paz inusual ''se introducirá furtivamente en su corazón y mente, pues será “la paz de Dios”. ¿Qué es la paz de Dios? Es la plácida serenidad del Dios infinitamente feliz, la eterna compostura del absolutamente muy contento Dios. Ésto poseerá tu corazón y mente. Noten cómo la describe Pablo: “La paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento”. Otras personas no lo entenderían; no serían capaces de explicarse por qué estás tan tranquilo. Es más, tú no serías capaz de decírselos, pues si sobrepasa todo entendimiento, ciertamente sobrepasa toda expresión; y lo que es todavía más maravilloso es que tú mismo no lo entenderás. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Será una paz tal que para ti será ''insondable e inmensurable''. Cuando uno de los mártires estaba a punto de arder en la hoguera por Cristo, le dijo al juez que estaba dando las órdenes para encender la pira: “¿Quisiera acercarse y poner su mano sobre mi corazón?” El juez lo hizo. “¿Late muy aprisa?”, preguntó el mártir. “¿Muestro alguna señal de miedo?” “No”, respondió el juez. “Ahora ponga su mano sobre su propio corazón, y compruebe si no está más excitado usted que yo”. Piensen en ese hombre de Dios que en la mañana debía ser quemado, pero que estaba tan profundamente dormido que tuvieron que sacudirlo para despertarlo; tenía que levantarse para ser quemado y, sin embargo, sabiendo que así debía ser, tenía tal confianza en Dios que dormía profundamente. Ésta es “la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En aquellas antiguas persecuciones de Dioclesiano, cuando los mártires iban al anfiteatro para ser destrozados por bestias salvajes, cuando uno era colocado en una silla caliente al rojo vivo, y otro era untado con miel para ser picado hasta morir por avispas y abejas, nunca se acobardaron. Piensen en aquel hombre valiente que fue colocado sobre una parrilla para ser rostizado hasta la muerte, y que les dijo a sus perseguidores: “Ya me han cocido de un lado; ahora denme vuelta hacia el otro lado”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Por qué existía esa paz bajo tales circunstancias? Era “la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento”. Nosotros no tenemos que sufrir así en nuestros días; pero si se llegara a ese punto alguna vez, es portentosa la paz que goza un cristiano. Después de que había habido una gran tormenta, el Maestro se puso de pie en la proa del barco, y le dijo al viento: “Enmudece”, y leemos que “se hizo grande bonanza”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Han sentido ésto alguna vez? Ustedes, en verdad, lo sienten esta noche, si han aprendido este arte sagrado de hacer que sean conocidas sus peticiones en todo ante Dios, y la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento habrá de guardar sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esta bendita paz que guarda sus corazones y sus pensamientos es ''una paz que custodia''. La palabra griega implica una guarnición. ¿No es acaso algo extraño que un término militar sea usado aquí, y que sea una paz que actúa como un custodio para el corazón y la mente? Es la paz de Dios que debe proteger al hijo de Dios. ¡Es una extraña pero hermosa figura! He oído que el miedo es como el ama de llaves para un cristiano. Bien, el miedo puede ser un buen guardián para mantener alejados a los perros; pero no tiene una alacena llena. Pero la paz, aunque parezca debilidad, es la esencia de la fortaleza y, mientras vigila, también nos alimenta y suple nuestras necesidades. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es también ''una paz que nos vincula a Jesús'': “La paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos”, esto es, sus afectos y su mente, sus deseos y su intelecto; guardará su corazón, de tal manera que no temerá; guardará su mente, de tal manera que no conocerá ningún tipo de perplejidad. “La paz de Dios… guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”. Todo es “en Cristo Jesús”, y por tanto, es doblemente dulce y precioso para nosotros. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oh mis queridos oyentes, algunos de ustedes vienen aquí los jueves por la noche, y no saben nada acerca de esta paz de Dios, y tal vez se pregunten por qué, nosotros los cristianos, hacemos tal alboroto acerca de nuestra religión. Ah, si lo supieran, ustedes, tal vez, harían más alboroto acerca de ella del que hacemos nosotros; pues aunque no hubiera un más allá –y nosotros sabemos que lo hay- el hábito bendito de acudir a Dios en oración, y de echar toda nuestra ansiedad sobre Él, nos ayuda a vivir de manera sumamente gozosa, incluso en esta vida. Nosotros no creemos en el secularismo; pero si lo hiciéramos, no habría preparación para la vida terrenal como este vivir para Dios, y vivir en Dios. Si ustedes tienen un dios falso, y simplemente van a la iglesia o a la capilla, y llevan su libro de oración o su himnario y por eso piensan que son cristianos, se están engañando a ustedes mismos; pero si tienen a un Dios viviente, y tienen una comunión real y constante con Él, como un hábito, y viven bajo la sombra de las alas del Todopoderoso, entonces gozarán de una paz que hará que los demás se asombren, y los conducirá a ustedes mismos a asombrarse, también, pues es “la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento”. ¡Que Dios les conceda eso, mis queridos oyentes, por Cristo nuestro Señor! Amén.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

	<entry>
		<id>http://es.gospeltranslations.org/wiki/El_Poder_con_Dios</id>
		<title>El Poder con Dios</title>
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				<updated>2011-02-14T00:48:06Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|Power with God}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Has luchado con Dios.”'' Génesis 32: 28. &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Los hombres tienen en muy alta consideración a cualquiera que ostente poder con la realeza. Si yo dijera, en relación a cualquier persona aquí presente: “Ese individuo tiene gran poder con la reina”, muchísimos de ustedes se voltearían de inmediato para ver a esa persona. Quien tiene un gran poder con algún príncipe terrenal, puede estar seguro de que tendrá muchos aduladores a su alrededor, que le rendirán homenaje por causa del beneficio que esperarían obtener a través de su mediación. Pero, queridos amigos, ¡qué mayor honor es todavía tener poder con el Rey de reyes! El poder con los hombres podría ser algo malo, pero, ¡qué bendición proviene del poder con Dios! ¡Cómo ennoblece el alma del hombre que lo posee! Este hombre, Jacob, que tiene poder con Dios, es llamado Israel, un príncipe, pues lo es; sólo que los príncipes no tienen una dignidad como la suya, a menos que tengan también poder con Dios, pues es “un príncipe de Dios”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Qué bendición tan completa debe ser tener poder con Dios, pues quien tiene poder con Dios tiene que tener poder con los hombres. Las criaturas deben someterse allí donde el Creador mismo ha cedido. Si puedes prevalecer con el Maestro, puedes esta r seguro de prevalecer también con Sus siervos. El hombre que tiene poder con Dios, está a salvo. “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?” Ningún arma que sea apuntada contra ese hombre puede prosperar, y más bien puede condenar a cada lengua que se alce contra él en juicio, pues teniendo po der con Dios, será capaz de plantar su pie sobre el cuello de sus adversarios y reinar sobre quienes se rebelan contra él. Un hombre así no puede estar necesitado. Si tiene poder con Dios, le contará acerca de sus necesidades, y todas ellas serán suplidas. Confesará sus pecados y le serán perdonados. Dios tratará bien con el hombre que tiene poder con Él. Hay aquí un rango tan amplio de bendición que no debo detenerme para tratarlo más extensamente. Si ustedes tienen poder con Dios, verán que esta es un arma que, como la espada encendida a la puerta de huerto del Edén, se revuelve por todos lados. También podría decir de él lo mismo que dijo David de la espada de Goliat: “Ninguna como ella; dámela.” El lenguaje humano no puede expresar nunca ni la milésima parte del valor del poder con Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''Quiero que noten, primero, LO QUE ESTE PODER NO PUEDE SER: “poder con Dios”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Casi no necesitan que les diga que este poder ''no tiene nada de parecido a la fuerza física en oposición a Dios''. El poder que es mencionado en nuestro texto es poder con Dios, no poder contra Dios. Ninguna criatura, por poderosa que sea, tiene poder alguno para estar en oposición a la Omnipotencia. ¿Quiénes somos nosotros para que nos levantemos alguna vez para oponernos al Altísimo? Que la estopa contienda con la fiera llama, o la cera con el calor abrasador, pero nosotros no contendamos con Dios. Si lo hiciéramos así, como la mariposa en la vela, seríamos totalmente consumidos. Los hombres más fuertes y altivos sólo habrán de ser como hojarasca en el día de la ira de Dios. De hecho, pensar que el hombre tiene algún poder contra Dios es pura locura, pues no tenemos ningún poder en absoluto aparte de Dios. Existimos únicamente porque Él lo quiere. La respiración de nuestra nariz es un don Suyo minuto a minuto; si Él retirara Su mano sustentadora por un solo instante, regresaríamos a la nada de la que provenimos. El hombre no tiene poder contra Dios. ¡Oh, pecadores necios que le resisten, renuncien a esa batalla desigual! Los exhorto, delante de Dios, a que calculen el costo de una contienda con su Hacedor antes de comenzarla. Lo mismo da que un tiesto dis pute con quien lo moldeó, que ustedes, simples criaturas, contiendan con su Creador. Él los desmenuzará, como vasos de alfarero, en el día de Su ira. Por tanto, sean sabios, y pongan fin a la pelea, y estén en paz con Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Este “poder con Dios” tampoco quiere decir ''poder mental''. Hay personas que parecieran exaltar su intelecto incluso por encima de Dios mismo. Es algo excelente ser dotado con poderes de argumentación y tener una aguda facultad de razonamiento, pero, al mismo tiempo, para algunas personas, estas son posesiones muy peligrosas. Conozco a ciertos individuos que dicen que nunca creerán aquello que no puedan entender. Si se adhieren a esa determinación, nunca creerán en su propia existencia, pues, en verdad, no pueden entenderla. Buscan demoler la Palabra de Dios y las doctrinas del Evangelio con su ingenio sutil y su pensamiento profundo, pero es pura locura que la insensatez humana pretenda contender con la sabiduría divina. Que los hombres consideren que sus intelectos son un digno contrincante de la omnisciencia de Dios, equivale a la demencia llevada al punto culminante, pues “lo insensato de Dios es más sabio que los hombres”. Tanto la sencillez del Evangelio, -que es muy sencillo- como “la locura de la predicación”, -que en la consideración de algunas personas es total necedad- obtendrán la victoria, mientras que quienes se imaginan que son sabios resultarán ser necios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos y hermanas, no debemos intentar argüir nunca ningún caso en oposición a la voluntad de Dios, pues no podemos tener ningún poder con Él de esa manera. Hemos de someter siempre nuestro juicio a la enseñanza de Su Palabra, y conformar nuestra voluntad a Su voluntad. Si pensáramos alguna vez que un cierto curso es el mejor, pero que fuera evidente, por la obra de la providencia de Dios, que Él no lo considerara así, no sostengamos ningún debate con Él ni por un instante, sino que debemos decir, como David: “Enmudecí, no abrí mi boca, porque tú lo hiciste.” Si Dios hace algo, eso nos basta. Si Dios dice algo, eso nos basta. En vez de alegar y razonar, “Escrito está”, o “dijo Dios”, nos deben bastar para dirimir cualquier dilema que concierna al cristiano. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es casi indispensable decir, -en estos días de superstición- que ''nadie puede tener algún poder mágico con Dios''; pues, si bien en estos tiempos la gente se sentiría avergonzada de confesar que cree en las artes mágicas, sin embargo, algo muy semejante a eso pareciera subsistir todavía en la humanidad. Las personas suponen que hay alguna eficacia en la mera repetición de ciertas palabras. Estoy seguro de que han de pensar así, pues no ponen su corazón en sus palabras, sino que están contentos si han galopado a través de una breve plegaria, o de alguna forma establecida de oración. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Otra suposición es que la oración es mucho mejor cuando es ofrecida por un cierto individuo que es ordenado para esa labor especial, así que quienes están enfermos mandan a llamar a un oficial para que venga y “ore por ellos”. Yo he escuchado a menudo esa expresión, como si se pensara que dicha persona, cuando lee una oración de un libro, pudiera, por una suerte de magia, hacer bien al enfermo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh señores, las meras palabras ensartadas en una ristra, ya sea que estén en hebreo, en griego, en latín, o en inglés, no sirven de nada delante de Dios! Es la expresión del corazón lo que Él oye, y no deben imaginar nunca que hay alguna excelencia en un cierto arreglo de letras y sonidos, o que ciertos individuos, mediante el uso de estas palabras, pueden atraer de lo alto las bendiciones. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oh, no; Jacob no poseía ningún ''abracadabra'', ni talismán, ni magia, ni hechizo, ni encanto; ¡y Dios no quiera que ustedes y yo seamos jamás semejantes paganos como para creer que hay poder alguno con Dios en tales cosas! Necedades de este tipo no pueden prevalecer ante Dios para que Él otorgue Sus bendiciones. Él las aborrece por completo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y, además, cuando hablamos de tener poder con Dios, ''no hemos de suponer que algún hombre pueda tener algún poder meritorio con Dios''. Algunas personas han pensado que un hombre puede alcanzar un cierto grado de mérito, y que, entonces, recibirá bendiciones del cielo: si ofrece un cierto número de oraciones, si hace esto o siente aquello o sufre lo otro, entonces gozará de elevado favor con Dios. Muchos están viviendo bajo este engaño, y, a su manera, están tratando de conseguir poder con Dios por lo que son, o por lo que hacen o por lo que sufren. Piensan que alcanzarían poder con Dios si sintieran más el pecado, o si lloraran más, o si se arrepintieran más. Se trata siempre de algo que tienen que hacer, o de algo que han de generar en sí mismos, que deben traer delante de Dios, para que, cuando Él lo vea, diga: “Ahora voy a tener misericordia para contigo, y voy a concederte la bendición que imploras.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, queridos amigos, todo esto es contrario al espíritu del Evangelio de Jesucristo! Hay mucho más poder con Dios en el humilde reconocimiento de la condición pecaminosa , que en un jactancioso reclamo de limpieza; mucho más poder al suplicar que la gracia perdone, que en pedir que la justicia sea recompensada, porque cuando argumentamos nuestro vacío y nuestro pecado, estamos argumentando la verdad. Pero cuando hablamos de nuestra bondad y de nuestros actos meritorios, argumentamos una mentira, y las mentiras no pueden tener nunca algún poder en la presencia del Dios de la verdad. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, hermanos y hermanas, sacudamos por siempre de nosotros, como sacudiríamos de nuestra mano una víbora, toda idea de que, por alguna bondad nuestra que incluso el Espíritu de Dios pudiera obrar en nosotros, seamos capaces de merecer algo de las manos de Dios, y reclamar algo de la justicia de nuestro Hacedor como un derecho! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''Ahora, en segundo lugar, investiguemos DE DÓNDE PROCEDE ESTE PODER. Si alguien preguntara: “¿Cómo puede tener un hombre poder con Dios?”, la respuesta es: “no es porque el poder esté en él, sino que puede tener poder con Dios debido a algo que está en Dios.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Primero, ''el pueblo de Dios obtiene poder con Él por causa del propio carácter de la naturaleza de Dios''. Ustedes verán pronto lo que quiero decir. ¿Has visitado alguna vez a una familia sumida en las profundidades de la pobreza, encontrándola con unos cuantos harapos con los que duermen, sin nada en su alacena, con un niño moribundo por falta de alimento, su madre y su padre con semblantes decaídos, y te dicen que, en las últimas cuarenta y ocho horas no han comido absolutamente nada? ¿Y no sentiste que tuvieron poder sobre ti, de tal forma que no pudiste evitar socorrerles? Estoy seguro de que así ha sido, si tienes un corazón tierno y eres de un espíritu generoso y misericordioso. El poder que tienen sobre ti no se origina en sus riquezas, sino que es totalmente lo contrario, se origina en su pobreza. Su poder sobre ti no radica en que sean respetables y prósperos, sino que es todo lo contrario, ya que el poder sobre ti radica en que se encuentran sumidos en la abyecta miseria. Su miseria tiene poder para excitar tu piedad. Debido a que los ves en un estado tan triste, tú, que eres un hombre de espíritu compasivo, eres movido de inmediato a tratar de socorrerle s. Hay muchos espectáculos de sufrimiento y aflicción en este mundo, que incluso un hombre fuerte no puede soportar mirar, especialmente si es incapaz de aliviar a quienes están sumidos en la zozobra. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, si nosotros, siendo malos, reaccionamos ante la contemplación de la miseria humana, cuánto más no es movido a la piedad por la miseria de Sus hijos, nuestro Padre celestial, que es todo bondad, y ternura, y delicadeza y amor. Siempre que ustedes y yo vengamos a Él, es sabio que argumentemos delante de Él nuestra debilidad, para que tenga piedad de nosotros, y nos haga fuertes; que argumentemos nuestra pobreza, para que tenga piedad de nosotros, y nos enriquezca; que argumentemos nuestra terrible necesidad, para que tenga piedad de nosotros y supla toda nuestra necesidad, nuestro abatimiento, nuestro corazón desfallecido, nuestro espíritu trémulo, nuestra completa nada. De esta manera tendremos poder con Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si han acostumbrado visitar al pobre, ustedes saben cómo aquellos que han llegado a ser “veteranos” en recibir caridades, nunca exponen primero su mejor pierna cuando quieren impresionarte con un debido sentido de su necesidad. Si tuvieran algo en la casa, se cuidarían de que no lo vieras. Si hubiera habido cualquier mejora en sus circunstancias desde que los visitaste la última vez, tendrías que pescar un buen rato antes de descubrirlo. Pero son muy propensos a mostrar el lado negro de su caso, porque su poder radica precisamente en eso con quienes tienen un corazón generoso. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y así, hermanos, nuestro poder con Dios, cuando acudimos a Él como pecadores, no está en lo que somos, sino en lo que Dios es. Él es amor, es misericordia, es ternura, es delicadeza. Él no quiere la muerte del pecador, sino que se deleita en mostrar Su misericordia salvadora, y en manifestar la abundancia de Su gracia. El cimiento de nuestro poder con Dios debe apoyarse siempre en el amor y la ternura de Dios. Él es susceptible de piedad, sí, Él es la ternura misma. Él es un Dios de compasión, y, por tanto, esa es la razón por la que los pobres y débiles hijos de Adán tienen poder con Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero obtenemos una visión adicional de la fuente de la que proviene este poder con Dios, cuando llegamos al siguiente punto, es decir, ''a la promesa de Dios''. Dios ha querido decir en Su Palabra que Él hará esto y lo otro, y que dará esto y aquello. Él era muy libre, una vez, de hacer lo que quisiera, pero ahora que Dios nos ha dado Su promesa, ya no es libre de quebrantarla, y sería inconsistente co n Sus gloriosos atributos si lo hiciera. Tampoco dejará jamás sin cumplimiento una sola sílaba que hubiere brotado de Su boca. Cuando Dios dio Su promesa, se puso efectivamente a Sí mismo, por decirlo así, en poder de quienes saben cómo argumentar la promesa. Cada promesa es una dosis de vigor dada al hombre que tiene fe en esa promesa, pues con ella puede vencer incluso al propio Dios omnipotente. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Vamos, hermanos, si su carácter es lo que debiera ser, y una persona se acercara a ustedes, y les dijera: “tú prometiste darme tal y tal cosa”, ¿acaso la persona que puede decir eso no tiene poder sobre ustedes hasta el límite máximo de su promesa? Si tú eres un hombre veraz, te logra vencer de inmediato. Si tú le dijeras: “¿pero cuándo te di yo esa promesa? Podrías haber malinterpretado lo que te dije”; entonces él metería su mano en el bolsillo y sacaría tu promesa en blanco y negro, con tu nombre firmado allí y ya no habría forma de escaparse de eso, ¿no es cierto? Ahora, esa es precisamente la manera en la que Dios nos da poder con Él, pues nos ha dado Su promesa en blanco y negro, y se encuentra aquí, en el Libro que conocemos como Su Libro, Su propia Palabra infalible. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es una bendición poder llegar delante de Dios de rodillas, y poner tu dedo en una promesa que está en la Biblia, y decir: “Señor, esto es lo que has prometido que harás; yo te suplico que lo hagas, porque Tú eres el Dios de la verdad. Yo sé que Tú no puedes mentir, así que te recuerdo Tu promesa, y te suplico que hagas como has dicho.” ¿No ven qué poder tienen con Dios cuando Él les ha otorgado fe para que se aferren a Él de esta manera, trayendo Su propia promesa graciosa en la mano? Hay un poder conquistador en la fe, porque la fe argumenta la promesa de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
De esa manera ustedes ven que hay dos fuentes de poder: la naturaleza de Dios y la promesa de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero el verdadero hijo de Dios conoce otras fuentes de poder con Dios; así, a continuación, ''él argumenta las relaciones de gracia''. Dios, en Su infinita misericordia, se ha agradado en elegir a un cierto grupo de elegidos para que sean Sus hijos. “Vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso.” No había en ellos mismos ninguna razón para que fueran Sus hijos e hijas, pero Su gracia soberana los adoptó, y Su Espíritu los regeneró. Pero en el momento en que Dios hizo a cualquiera de nosotros Su hijo, le otorgó otra vez poder con Él, -y hablo con toda reverencia - y se puso en sus manos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Quién de nosotros no conoce el poder de un hijo con su padre? Hay algunos hijos que tienen demasiado poder. Hay una historia griega acerca de un pequeño niño que gobernaba Atenas entera, porque gobernaba a su madre, y su madre gobernaba a su padre, y su padre gobernaba el senado, y el senado gobernaba a Atenas; y así, de esa manera, el muchachito prácticamente gobernaba toda la ciudad; y me temo que hay algunos hijos que tienen en gran medida demasiado poder en ese sentido. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero nuestro Padre Celestial, aunque es demasiado sabio para no consentirnos de esa manera, es tan bueno que no nos negará ningún privilegio que, por derecho, pertenece a la posición de un hijo. Cuando el hijo suyo apela a ustedes porque hay algo que realmente necesita, pero que no le han otorgado, y les dice, por fin, “pero, padre querido, ¿no me concederás esto?”, o si le han castigado, y les dice: “padre, detén tu mano; ¿no soy acaso tu hijo?”, no pueden resistir su petición. Él tiene poder con ustedes; ustedes saben que lo tiene. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y qué poder tan maravilloso tenemos cuando podemos decir, en verdad, “¡Abba, Padre!” Tendremos poder con Dios en nuestros tiempos de mayor debilidad si podemos clamar: “¡Abba, Padre!” No puedo olvidar nunca una cierta enfermedad que tuve, cuando fui atormentado con dolor, y fui muy abatido con angustia de espíritu por causa de la naturaleza del mal que me aquejaba, y me sentía impelido casi a desesperar una noche, hasta que me aferré a Dios, en una agonía de oración, y argumenté con Él algo parecido a esto: “si mi hijo estuviera sumido en una angustia como yo lo estoy, yo le escucharía, y le aliviaría si pudiera. Tú eres mi Padre, y yo soy Tu hijo, entonces, ¿no me tratarás como a un hijo?” Casi al instante que presenté ese argumento delante de Dios, mi dolor cesó, y caí en un dulce sueño del que desperté con un “¡Abba, Padre!” en mis labios y en mi corazón. Yo creo que este es un argumento invencible, porque, cuando Dios se llama a Sí mismo Padre, lo dice en serio. Hay algunos padres, en este mundo, que no actúan para nada como deberían hacerlo los padres; deberían sentirse avergonzados, pero eso no se dirá nunca de nuestro Padre Celestial. Él es un verdadero Padre, y tiene entrañas de compasión para con Sus hijos, y no aflige ni lastima voluntariamente a los hijos de los hombres; y cuando sabemos cómo apelar a Su Paternidad, prevaleceremos con Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, queridos amigos, ''el poder que tenemos con Dios proviene también de Sus acciones pas''adas. Miren lo que ha hecho por Su propio pueblo. Primero, Él lo escogió. Bien, entonces, como Él lo escogió, no puede desecharlo, porque Él es un Dios inmutable; como Él hizo Su elección, la mantiene. Pablo pregunta: “ ¿Ha desechado Dios a su pueblo? Y él responde a su propia pregunta: “No ha desechado Dios a su pueblo, al cual desde antes conoció.” Eso es lo que no ha hecho nunca. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Luego, además de elegirnos, Él también nos ha redimido; y después de que nos redimió de la destrucción por la sangre de Su Hijo, ¿puede permitir que nos perdamos? ¿Podría pagar por nosotros tal precio, y, sin embargo, desentenderse de guardarnos hasta el fin? Eso no puede ser. Cuando entregó a Su Hijo como recompensa por nosotros, en verdad, se puso en nuestras manos, pues “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Basta que sepas que Dios entregó a Su Hijo por ti, querido amigo, que sepas que Jesucristo es tuyo, y entonces la lógica de tu oración es bastante clara, y bastante potente cuando dices: “¿qué podrías negarme, oh Padre mío? Tú me has dado a Tu Hijo; entonces, por Su sangre y heridas, por Su vida, y muerte, y por la gloria de la resurrección, concede a mi espíritu la gracia que necesita, puesto que Tú me has dado a Jesucristo.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿No ven, queridos hermanos y hermanas en Cristo, que cada misericordia que Dios les ha otorgado les da poder sobre Él? Por eso, ustedes cantan con John Newton, &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Su amor en tiempos pasados me prohíbe pensar&amp;lt;br&amp;gt;Que me abandonará al final para que me hunda en la tribula ción;&amp;lt;br&amp;gt;Cada dulce Eben-ezer al que paso revista,&amp;lt;br&amp;gt;Confirma Su disposición de ayudarme por completo.”'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Si ha hecho tanto por nosotros, ¿acaso no hará más todavía? ¿Acaso cada bendición que es otorgada por Dios, no nos llega con este mensaje de Su boca: “vendrán más cosas todavía”, ¿y no podemos estar muy seguros de que Él, que nos ha bendecido ahora durante cuarenta años, o durante cincuenta, sesenta, setenta, -y veo a algunos que han sumado ochenta años, y que han tenido la bendición de Dios todo el tiempo- entonces, ¿acaso no se ha comprometido y obligado, por todos estos años de favor y misericordia, a bendecirles incluso hasta el final? Ciertamente así es. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''III. '''Ahora noten, en tercer lugar, CÓMO PUEDE SER EJERCIDO, ESTE PODER CON DIOS, POR LOS CRISTIANOS. ¿Qué forma toma el poder con Dios? Por supuesto que toma la forma de la oración. Los cristianos ejercen el poder que tienen con Dios cuando se acercan a Él para pedir bendiciones para ellos y para otros; pero no todo el que ora tiene poder con Dios, o sa be cómo usar el poder que realmente existe. ¿Cuál es la gente que tiene realmente poder con Dios? Les diré. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Primero, ''este poder es ejercido por quienes son profundamente sensibles de su propia debilidad''. Nadie que piense que es fuerte tiene poder con Dios, excepto en el sentido en el que Pablo escribió, “Cuando soy débil, entonces soy fuerte.” Yo tengo una idea, -y pienso que la Escritura la apoya- y es que Jacob luchó muy intensamente con el ángel, aunque no obtuvo la victoria sino hasta que el ángel tocó en el sitio del encaje de su muslo, y provocó que el muslo se descoyuntara. Entonces, cuando Jacob no pudo estar más de pie, al momento de caer se aferró con toda su fuerza al ángel como si quisiera derribarlo también ya que debía caer, y el peso de Jacob era mayor aún porque no podía estar de pie. Su misma debilidad fue un elemento de su fuerza, y ese momento de debilidad fue el momento de su victoria. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, si acuden a Dios sintiendo que están parcialmente llenos, Él no los llenará, sino que esperará hasta que estén muy vacíos antes de que derrame Su bendición en ustedes. Él no mezclará aceite con agua; y hasta que hubiere vaciado toda el agua de la vasija, no comenzará a derramar Su aceite o Su vino. Cuando sienten que tienen un poco de fuerza para orar, pienso que es muy probable que no tengan poder con Dios, pero cuando se llega al punto en que claman: “oh Dios, yo no puedo hacer nada; todo mi poder es convertido en completa debilidad; soy conducido a la necesidad más extrema”; entonces, en la propia desesperación de su debilidad, se aferran al Dios que hace las promesas, y, por decirlo así, derriban al ángel, y obtienen la bendición, como lo hizo Jacob. Es su debilidad la que obtiene la bendición, no su fortaleza. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Han tratado alguna vez de acudir a Dios como un hombre plenamente santificado? Yo lo hice una vez. Había escuchado a algunos de los hermanos “perfectos” que van viajando al cielo en el tren de “alto nivel”, y se me ocurrió probar su plan de oración. Acudí al Señor como un hombre consagrado y santificado. Toqué a la puerta. Yo estaba acostumbrado a conseguir la admisión al primer llamado, pero, esta vez, no la conseguí. Toqué otra vez, y seguí tocando, aunque no me sentía muy tranquilo en mi conciencia acerca de lo que estaba haciendo. Por fin, clamé ruidosamente para que me dejasen entrar; y cuando me preguntaron quién era yo, respondí que era un hombre perfectamente consagrado y plenamente santificado. ¡Pero ellos replicaron que no me conocían! El hecho era que nunca me habían visto antes en ese carácter. Por fin, cuando sentí que tenía que entrar y tenía que alcanzar una bendición, toqué otra vez, y cuando el centinela de la puerta preguntó: “¿quién anda allí?”, respondí: “yo, soy Charles Spurgeon”, un pobre pecador que no tiene ninguna sa ntificación o perfección propias que argumentar, pero que confía únicamente en Jesucristo, el Salvador de los pecadores.” El portero dijo: “oh, eres tú, ¿no es cierto? Entra; te conocemos lo suficiente, te hemos conocido todos estos años”, y, entonces, entré directamente. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo creo que esa es la mejor manera de orar, y la manera de tener éxito. Cuando vistes tus mejores galas y llevas tus altos moños es cuando el Señor no te conoce; cuando te hayas quitado todo eso, y acudas a Él tal como acudiste al principio, entonces puedes decirle: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Siendo una vez un pecador cercano a la desesperación&amp;lt;br&amp;gt;Busqué Tu propiciatorio por medio de la oración;&amp;lt;br&amp;gt;Entonces Misericordia oyó, y lo libertó,&amp;lt;br&amp;gt;Señor, esa misericordia me tocó a mí”;'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
y yo soy ese pobre publicano, que no se atrevía ni siquiera a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ‘Dios, sé propicio a mí, pecador’, y descendió a su casa justificado, antes que el hermano que está allá, que habló muy altivamente acerca de la vida muy enaltecida, pero que descendió a su casa sin una bendición.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sí, hermano mío, tú eres fuerte cuando eres débil, y eres perfecto cuando sabes que eres imperfecto, y estás más cerca de l cielo cuando piensas que te encuentras más lejos. Entre menos te estimes a ti mismo, más alta es la estima de Dios hacia ti. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, ''para tener poder con Dios, debemos tener una fe simple''. Nadie que dude puede prevalecer con Dios. La promesa no es para quien es irresoluto, pues Santiago dice: “No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor.” El hombre que obtiene la bendición es el que cree plenamente en la promesa de Dios, y que cree en ella de tal manera que actúa de acuerdo a esa fe. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nunca olvidaré la fe de un cierto miembro de esta iglesia, que todavía vive. Hace como dieciocho o diecinueve años, yo estaba, en verdad, gravemente enfermo. La mayoría de la gente pensaba que me iba a morir, pero, una mañana, muy temprano, este buen hermano vino a mi casa, y solicitó ver a mi esposa. Era justo al amanecer, y cuando ella lo recibió, él le dijo: “he pasado toda esta noche luchando con Dios por la vida de su esposo. No podemos permitirnos perder a nuestro pastor, y estoy seguro de que él vivirá, así que pensé que caminaría hasta aquí, para decirle esto.” “Muchas gracias, muchas gracias”, le respondió mi esposa. “Estoy muy agradecida por sus oraciones y por su fe.” No es cualquiera el que puede orar a Dios así, y fallamos en obtener las bendiciones que buscamos porque no oramos de esa manera. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, queridos hermanos y hermanas, si creyéramos en Dios, tal como creemos en nuestros amigos, si tuviéramos la misma confianza en Dios que le brindamos a nuestros esposos y a nuestras esposas, ¡cuán potentes seríamos en la fe! Él merece mil veces más confianza de la que podamos depositar jamás en el mejor de nuestros parientes o amigos, y si tuviéramos fe en Sus promesas, prevaleceríamos con certeza. Si confían en Él, no les fallará. Es posible que incluso un buen hombre le falle al que confía en él, pero es completamente imposible q ue Dios le falle al alma que ha confiado en Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Estoy seguro de que si nosotros, los ministros, simplemente creyéramos más en Dios, y predicáramos con más fe, Él nos honraría más. Me imagino que si Dios nos diera bendiciones de Pentecostés, se vería que muchos de nosotros no estamos listos de ninguna manera para recibirlas. Supongan que hubiera cinco mil personas convertidas en un día aquí. Entonces la mayoría de las iglesias a nuestro alrededor dirían: “hay un chocante estado de excitación en el Tabernáculo; ¡es verdaderamente terrible!” Los hermanos muy “centrados” sentirían que nos habríamos unido al arminianismo, o a algún otro error; y yo pienso que algunos de ustedes dirían, muy tristemente: “¡Oh Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios mío! Nosotros en verdad esperamos que perseveren.” El primer pensamiento que sería provocado en muchas mentes cristianas sería el de sospecha. Estoy seguro de que si reportáramos que, en cualquier lugar de Inglaterra, tres mil personas fueron conducidas a conocer al Señor en un día, no habría un cristiano en un grupo de diez que creyera que tal cosa fuera posible, y no habría uno entre cien que pensara que fuera verdad; y, nosotros, los ministros, pensaríamos de manera bastante parecida. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo me encontraba predicando en Bedford, y oraba para que Dios bendijera el sermón, y me diera por lo menos algunas cuantas almas esa tarde. Cuando hube terminado, estaba allí un viejo hermano wesleyano que me propinó una buena reprimenda, más que merecida. Él me dijo: “yo no dije ‘Amén’ cuando tú pedías por la conversión de unas cuantas almas, pues pensé que estabas limitando al Santo de Israel. ¿Por qué no oraste con todo tu corazón para que fueran salvos todos ellos? Yo sí lo hice”, -agregó- “y esa es la razón por la que no dije ‘Amén’ a tu mezquina oración.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Con frecuencia se da el caso que nosotros, los predicadores, no honramos a Dios pues no creemos que Él dará grandes bendiciones, y, por tanto, Él no nos honra dándonos esas grandes bendiciones. Pero si nos mantuviéramos adheridos a la verdad, y tuviéramos una confianza más firme en que la Palabra de Dios no regresará vacía a Él jamás, Él haría cosas muchísimo mayores por nosotros de las que hubiere hecho hasta ahora. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A este sentido de nuestra propia debilidad, y nuestra plena fe en Dios, debemos agregar ''la sincera atención a Su Palabra''. Hermano, no puedes esperar que Dios te escuche si tú no quieres escucharle; y cuando le pides a Dios, no debes imaginar que Él te dará lo que le pidas si tú no le das lo que Él te pide. Si un hombre ama el pecado, sus oraciones no pueden prosperar con el Dios de santidad. Cuando Dios le dice a un hombre: “Debes hacer tal y tal cosa”, y el hombre responde: “yo no voy a hacerlo”, la siguiente vez que acuda a Dios en oración, es muy probable que el Señor le diga: “Como tú no hiciste como yo deseaba, yo no haré como tú deseas.” La tolerancia de cualquier pecado conocido nos priva de l poder con Dios, y el descuido de cualquier deber conocido impide al hombre que tenga éxito cuando está de rodillas. Si quieres prevalecer con Dios, has d e tener “una conciencia sin ofensa.” Deben acudir delante del Señor confesando su pecado, y diciendo: “¡Oh Señor, ayúdame a hacer Tu voluntad en todas la cosas! Estoy perfectamente dispuesto a hacerlo, y deseo ser Tu siervo leal y obedie nte en todas las cosas”. Si hicieran eso, descubrirían que cualquier cosa que pidieran con fe en la oración, la recibirían. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En adición a todo lo que he dicho, ''el hombre que ha de prevalecer con Dios debe ser un hombre que es terriblemente decidido''. ¡Qué hombre tan decidido fue Jacob en aquella noche de lucha! ¡Qué grandiosa expresión fue aquella: “No te dejaré, si no me bendices”! Por decirlo así, las oraciones frías, en efecto, le piden a Dios que no las escuche. Cuando oran por alguna cosa, si no presentan su petición con sinceridad y fervor, no pueden esperar que el Señor los escuche. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Algunas personas, cuando oran, se asemejan a los niñitos de las calles, que tocan al pasar una puerta, y se escabullen; pero el hombre que ora rectamente, se aferra a la aldaba de la puerta de la misericordia, y toca, y toca, y si no hay respuesta, toca una y otra vez, y si todavía entonces no hay una respuesta, vuelve a tocar, y otra vez, y otra vez, y otra vez, y otra vez, y entre más tenga que esperar, más ruidosamente vuelve a tocar hasta que, por fin, pensarías que iba a tomar por asalto la casa, y que haría saltar los postes de las puertas de sus lugares, ya que toca tan fuerte. Ese es el tipo de hombre que tiene éxito con Dios: el hombre que no deja ir al Señor mientras no le bendiga. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Las oraciones de John Knox hicieron descender sobre Escocia muchas copiosas bendiciones porque eran las oraciones de un hombre cuyo corazón estaba encendido con sagrada decisión, y que oraba con toda su alma y espíritu. Nuestro propio Señor Jesús dijo: “El reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A todos estos requisitos para el poder con Dios hemos de agregar ''la santa importunidad''. Luchar no es sólo asir a un hombre, para luego dejarle ir. Me pregunto cómo asió Jacob a aquel hombre que luchó con él hasta que rayaba el alba. Les garantizo que lo aferraba con firmeza, y me parece que, algunas veces se trataba de trabajo de las piernas, y, luego, de trabajo con el brazo, y, luego, de trabajo con la cintura; pues, cuando los hombres luchan con firme decisión, todos sus nervios, y músculos, y huesos y todos los miembros del cuerpo son ejercitados. Eso debe de haber sucedido con Jacob aquella noche, que se mantuvo aferrando firmemente al ángel, y diciendo en su alma si no es que con sus labios: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Tengo la intención de quedarme Contigo toda la noche,&amp;lt;br&amp;gt;Y luchar hasta que raye el alba”;'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
y, por tanto, la bendición le fue dada porque prosiguió esforzándose por conseguirla. Hay algunas misericordias que no serán otorgadas nunca, excepto como respuesta a la oración perseverante e importuna. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, hermano o hermana, si sabes cómo seguir argumentando, tú eres quien tiene poder con Dios! Serás llamado Israel si puedes pasar la noche entera en una importunidad creyente, humilde, determinada y resuelta; la bendición debe venir, si sientes que no puedes prescindir de ella, porque quieres que te sea otorgada para la gloria de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y, queridos amigos, hay gran poder con Dios cuando, en la oración importuna, llegamos al final a ''un ruego lloroso''. En Oseas 12: 4, el profeta nos informa que Jacob “venció al ángel, y prevaleció; lloró, y le rogó.” Moisés no nos dice eso en el Libro de Génesis, pero Oseas tenía también la inspiración del Espíritu Santo, y nos da esta interesante descripción sobre la lucha de Jacob: que “lloró”. Me parece ver al patriarca cubierto de sudor por causa de sus grandes esfuerzos en la lucha, pero, en adición a eso, su corazón está quebrantándose en su interior, y él está suspirando y clamando todo ese tiempo, y las ardientes lágrimas están cayendo en la mano del ángel; y pienso que fueron las lágrimas las que finalmente obtuvieron la victoria. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ustedes recuerdan que, cuando nuestro Señor Jesucristo se encontraba en el huerto de Getsemaní, “ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente”; y el hombre que sabe cómo llorar, si no con un llanto, sí con lágrimas espirituales, el hombre cuya alma se ve incitada a una apasionada agonía de deseo, es el hombre que tiene poder con Dios. Si tuviéramos miembros de ese tipo en esta iglesia, -yo creo que contamos con muchos miembros que realmente lloran por las almas de los pecadores- son los hombre s y mujeres que harán descender la bendición en respuesta a sus oraciones y lágrimas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos y hermanas, si tienen el hábito de llorar por sus hijos inconversos, y, en sus súplicas a Dios por su salvación, tienen la costumbre de llorar a menos que venga la bendición, pueden tener la seguridad de obtener la bendición tarde o temprano. Ustedes son precisamente la fuerza de la iglesia, son los salvavidas de la iglesia, y Dios otorgará con certeza innumerables bendiciones en respuesta a esas oraciones y lágrimas suyas. ¡Que tengamos muchos miembros con ese perfil, pues son gente que tiene poder con Dios! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''IV. '''Concluyo notando brevemente QUÉ USO SE LE PUEDE DAR A ESTE PODER. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Siempre que es otorgado este poder con Dios, ''atraerá muchas bendiciones de lo alto sobre la persona que lo posee, y también la convertirá en instrumento de gran bendición para los demás''. Mi tiempo casi se ha agotado, así que sólo voy a reflexionar sobre el segundo punto. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Abraham era un hombre que tenía poder con Dios, pero por allá estaba Lot viviendo en Sodoma, justo como muchísimos cristianos profesantes lo están haciendo hoy día. Espero que sean pueblo de Dios, pero no puedo entenderlos. Les gustan las diversiones mundanas, y gozan con la conversación mundana; son como Lot en Sodoma. Me pregunto cómo pueden soportar esa atmósfera asquerosa en la que viven. A menudo he repetido que la gracia de Dios puede vivir donde yo no puedo vivir. Hay algunas personas con las que no me gustaría convivir, y, sin embargo, confío que la gracia de Dios está en ellas; al menos, así lo espero, y no debo juzgarlas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, queridos hermanos, si alguna vez esa parte de la iglesia que es como Lot en Sodoma obtiene una bendición, tiene que ser por medio de ustedes, que son como Abraham, y tienen poder con Dios. Oren por sus pobres hermanos inconsistentes; supliquen al Señor que les impida adentrarse más en el camino del pecado. Pídanle al Señor que no sean destruidos con Sodoma en el día de Su venganza, y el Señor los escuchará, y sacará a Lot de Sodoma a salvo, aunque pudiera ser que Lot tenga que perder todo lo que posee, y perder a su esposa, también, antes de que salga. Ustedes lo sacarán si saben cómo orar por él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Moisés era otro hombre que tenía poder con Dios. Ustedes recuerdan que, cuando los israelitas hicieron un becerro de oro, el Señor le dijo a Moisés: “Ahora, pues, déjame que se encienda mi ira en ellos, y los consuma; y de ti yo haré una nación grande.” ¿Acaso no fue esa una maravillosa oportunidad para Moisés? Él habría de ser constituido en una gran nación, y todo el resto de la gente debía ser destruida. Pero ustedes recuerdan cómo argumentó Moisés con el Señor, y no argumentó en vano. El Señor le dijo: “Ahora, pues, déjame que se encienda mi ira en ellos, y los consuma”; pero pareciera que Moisés se levantó y asió la mano de Dios, en la que sostenía Su vara de venganza, y, por fin, el Señor le dijo que perdonaría a la nación, y la guardaría en respuesta a la súplica de Moisés, el hombre que tenía poder con Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y estaba también Aarón, cuando la plaga estalló entre el pueblo que había murmurado contra él y contra Moisés, y miles de personas estaban siendo eliminadas. Al mandato de Moisés, tomó un incensario, y lo llenó de carbones hirvientes y de incienso, y corrió hasta el centro de la congregación, justo allí donde la ola de muerte había sobrevenido; “Y se puso entre los muertos y los vivos; y cesó la mortandad”, pues Aarón, el sumo sacerdote con su incensario, tenía poder con Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El Señor Jesucristo, el grandioso Antitipo de Aarón, está ejerciendo continuamente este poder en favor de Su pueblo, y también ayuda a algunos de Sus siervos a hacer la misma obra, por ejemplo, a Martín Lutero. Cómo parecía estar con el incensario del Evangelio entre los vivos y los muertos. Y en otros tiempos tenebrosos y otras edades peligrosas, Dios ha levantado a muchos siervos eminentes a quienes les ha dado el mismo incensario del Evangelio, que exhala un dulce olor de Cristo conforme lo mecen también de un lado al otro, colocados entre los vivos y los muertos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, que Dios concediera poder a muchos de ustedes, queridos hermanos y hermanas en Cristo, en formas parecidas a estas! Recuerden el poder que tuvieron los primeros cristianos con Dios para sacar de la prisión a Pedro. Si ustedes tienen poder con Dios, es un motor que pueden encender de todo tipo de maneras para bendición de sus compañeros cristianos y de los pobres pecadores perdidos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Por tanto, los exhorto a que lo busquen; y cuando lo obtengan, ¡sosténganlo firmemente, y caminen humildemente delante de Dios para que no les quite este poder, y para que sean fuertes en el Señor, y en el poder de Su autoridad, por Jesucristo nuestro Señor! Amén.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

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		<id>http://es.gospeltranslations.org/wiki/Pobreza_y_Riquezas</id>
		<title>Pobreza y Riquezas</title>
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				<updated>2011-02-14T00:03:24Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|Poverty and Riches}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos”.'' 2 Corintios 8: 9. &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Estoy muy extenuado esta noche ya que he tenido que hacer un supremo esfuerzo casi ininterrumpidamente, día tras día, para dirigirme a grandes auditorios. Pensé, por tanto, que el único tema que podría manejar sería algo apacible, que no requiriese de grandes pensamientos, ni de parte del predicador ni de sus oyentes. Necesito darme un baño y descansar mientras les hablo a ustedes y, por ventura no les dañe a ustedes tampoco, pues no dudo de que se cansen a menudo con las preocupaciones cotidianas. Así que no vamos a considerar ningún problema difícil, ni ninguna doctrina misteriosa en estos momentos; antes bien, sólo hablaremos de cosas que conocemos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El texto comienza así: “Porque ya ''conocéis'' la gracia de nuestro Señor Jesucristo”. Ustedes conocen eso, pues lo creen. No guardan ninguna duda de que hubo una maravillosa gracia en el corazón del Señor Jesucristo. La gracia es un atributo del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo; y ustedes saben que hubo infinita gracia, favor y compasión en el corazón del Señor Jesucristo; y fue eso, y no los méritos de ustedes, lo que le indujo a abandonar las prerrogativas reales del cielo y soportar los sufrimientos y las aflicciones de nuestra condición moral. “Ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ustedes conocen también esta gracia porque han aprendido a percibir su resultado. No sólo la conocen como una semilla, sino que conocen las benditas flores que han brotado de ella porque, en Su gracia, Él se hizo pobre para que ustedes fuesen enriquecidos; y, al tomar de esas riquezas que Él ha conseguido para ustedes, no sólo han bebido de Su amarga copa, sino que han bebido del vino adobado de Sus granadas, de tal manera que ahora conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo por su fruto y su resultado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo pienso que el apóstol quiso decir aquí que conocemos también la gracia de nuestro Señor Jesucristo por medio de lo que Él ha hecho por nosotros. Podríamos haber sabido, en realidad, que Jesús era misericordioso; pero no habríamos podido verlo ni conocerlo en la práctica si Él, habiendo sido rico, no se hubiese hecho pobre para que nosotros, con Su pobreza, fuésemos enriquecidos. La manera en que el apóstol muestra esa verdad es justamente así. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El apóstol estaba exhortando a los cristianos corintios a la liberalidad. Ellos constituían una comunidad mucho más rica que la iglesia de Filipos; pero Pablo les dice que las iglesias de Macedonia, de su pobreza habían sido a menudo muy generosas con los pobres, y persuade a esos corintios, que gozaban de mayor prosperidad, a no verse superados por los filipenses. Después de que Pablo les hubo citado ese ejemplo, sintió que podía recurrir a un argumento mucho más sólido. Parecía decirles: “¿Cómo he de conocer la gracia que poseen si no es por sus obras? ¿Cómo he de saber que tienen a Cristo en sus corazones si no es por lo que dan de gracia para ayudar a sus amigos más pobres? Luego proporciona este versículo como la prueba de que hemos de ver la gracia por los resultados que produce: “Ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La misma ley que dice que la gracia interna debe ser manifestada por la acción externa, se aplica a Cristo y a nosotros. Si Él no se hubiera hecho pobre para hacernos ricos, ¿cómo habríamos conocido plenamente Su gracia? Y si ustedes y yo no diéramos, de nuestro dinero y de nuestros talentos, a los pobres y a la causa de Cristo, ¿cómo sabríamos y cómo sabrían los demás que hay alguna gracia dentro de nuestros corazones? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amados, tal como lo he dicho antes, ustedes conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo no solamente porque han oído de ella, sino porque la han visto, porque han gustado y han experimentado la gracia de nuestro Señor Jesucristo. Su esperanza del cielo descansa en esa gracia y su consuelo cotidiano descansa allí. Si Cristo no fuera misericordioso, ustedes estarían sin la gracia. Si no conocieran Su gracia, con toda seguridad no tendrían ninguna gracia propia, pues es de Él, como de una fuente que fluye perennemente, de quien todas las corrientes de gracia les vienen a ustedes. Bienaventurados los hombres y bienaventuradas las mujeres que, en el momento en que leo este texto: “Ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo”, pueden decir: “¡Sí, en verdad yo la conozco, gloria sea dada a Dios!” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esta noche tengo que hablar de dos cosas; ambas son muy simples, y están en la superficie del texto. La primera es: ''la pobreza de nuestro Señor Jesucristo''; y la segunda es: ''las riquezas de Sus santos''. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''Primero, hemos de pensar en LA POBREZA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO: “Por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esta pobreza fue voluntariamente asumida por nuestra causa. No había ninguna necesidad de que Cristo fuera pobre, excepto por causa nuestra. Algunas personas nacen pobres, y pareciera como si, a pesar de todas sus luchas, no pudieran nunca salir de la pobreza; pero puede decirse verdaderamente de nuestro Señor Jesucristo que “era rico”. ¿He de llevarlos en el pensamiento a las glorias de la eternidad cuando, como Dios verdadero de Dios verdadero, moraba en el seno del Padre? Era tan rico que todo lo que poseía era como nada para Él. No dependía de ninguno de los ángeles que había creado, ni Su gloria estaba sujeta a ninguna de las obras de Sus manos. Verdaderamente el cielo era Su morada; pero habría podido crear diez mil cielos si hubiera querido hacerlo. Todos los más grandes portentos que realizó no eran sino muestras de lo que podía hacer. Dentro de Su poder estaba toda la posibilidad de tener una riqueza inconcebible e inmensurable; sin embargo, hizo a un lado todo eso, se privó del poder de enriquecerse y descendió a la tierra para ayudarnos. Su pobreza era plenamente voluntaria; había una necesidad impuesta sobre Él, pero esa única necesidad era Su propio amor. No había ninguna necesidad, en lo que a Él concierne, para que nunca fuera pobre; la única necesidad era que nosotros estábamos necesitados, y Él nos amó de tal manera que quiso rescatarnos de la pobreza y hacernos eternamente ricos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La pobreza de nuestro Señor fue también muy enfática. Yo creo que es muy cierto que nadie sabe tanto lo que significa ser pobre como la persona que fue rica una vez. Quien conoce verdaderamente la mendicidad es el emperador caído que tiene que mendigar. Quien sabe verdaderamente en qué consiste la pobreza es el hombre que una vez poseyó abundantes acres y que al final tiene que rentar un alojamiento en un desván. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así sucedió con el Salvador; Él era enfáticamente rico. No se puede comprimir dentro la palabra “rico” todo lo que Jesús fue; se siente que ‘rico’ es una palabra muy pobre, aunque sea rica, para describir Su condición celestial. Él era enfáticamente rico; y así, cuando descendió a la pobreza, fue una pobreza con un énfasis puesto en ella, ya que el contraste era muy grande. La diferencia entre el hombre más rico y el más pobre no es nada simplemente comparada con la diferencia entre Cristo en la gloria de Su Deidad y Cristo en Su humillación, pues el abatimiento fue inmensurable. No podrían describir Sus riquezas, y no podrían describir Su pobreza. Ustedes no han tenido nunca la menor idea de cuán alto estaba, como Dios; y no podrían imaginar nunca cuán bajo se abatió cuando clamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Su pobreza, entonces, fue asumida voluntariamente, y fue enfatizada por el contraste con las riquezas que antes poseía. Ahora tratemos de examinar algunos de los detalles de esta pobreza. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Primero, esta pobreza de Cristo fue vista ''en Su condición''. Ser hombre constituía para Él una gran pobreza. La condición humana es una pobre cosa cuando se la compara con la Deidad. Cuán estrecho espacio llena el hombre; pero Dios es infinito. Cuán poco puede hacer el hombre; sin embargo, Dios es omnipotente. Cuán poco, en verdad, sabe el hombre; pero Dios es omnisciente. Cuán confinado está el hombre a un solo lugar; pero Dios es omnipresente. Yo no digo que Jesús cesó nunca de ser Dios, pero nosotros recordamos en verdad que se hizo hombre, y al hacerse hombre, se volvió pobre en comparación con Su condición como Dios. Pero entonces, como hombre, fue también un hombre pobre. Él podría haber nacido en salones de mármol, blandir el cetro del imperio universal y recibir desde Su nacimiento el homenaje de toda la humanidad. Pero en vez de eso, ustedes lo saben, fue conocido como el hijo del carpintero; Su madre fue sólo una humilde doncella judía, y su lugar de nacimiento fue un establo, una pobre posada para el Príncipe de los reyes de la tierra. La primera etapa de Su vida la pasó en un taller de carpintero, y después, Sus compañeros fueron mayormente unos pobres pescadores. No se le encuentra frecuentando la compañía de senadores ni de filósofos ni de los grandes de la tierra; antes bien, va de un humilde hogar a otro, y para Su sustento depende de las dádivas de Sus seguidores. Ciertas mujeres le ministraban de sus bienes. Él estuvo toda Su vida familiarizado con la pobreza, al punto que podía decir: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza”. Ustedes recuerdan ese pasaje que está dividido de manera que un nuevo capítulo da comienzo en el punto en que no debería haber ninguna división: “Cada uno se fue a su casa; y Jesús se fue al monte de los Olivos”, pues Él no tenía una casa; Su único hogar estaba entre los olivos donde imploraba a Su Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Luego recuerden que Cristo, mientras estuvo aquí, fue un siervo; era el siervo del Padre. No estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse y tomó forma de siervo. Ha sido bien llamado por los ‘Latinos’ ''“Servus servorum”, ''el siervo de los siervos; y lo ven en ese carácter cuando se levanta de la cena, se quita Su manto, toma una toalla, se la ciñe, y poniendo agua en un lebrillo, comienza a lavar los pies de Sus discípulos. Bien dijo: “Yo estoy entre vosotros como el que sirve”. Aquel, ante quien el refulgente serafín vela su rostro y yace abatido en humilde adoración, lava los pies de Sus discípulos. Pueden entender, entonces, cómo es contado entre los pobres, en Su condición. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tal vez la pobreza de Cristo, en cuanto a Su condición, es vista más claramente en Su asociación no sólo con discípulos pobres, sino con los despreciados de la humanidad. Los fariseos dijeron verazmente: “Este a los pecadores recibe, y con ellos come”. Ésta fue la ocasión cuando Lucas escribió: “Se acercaban a Jesús todos los publicanos y pecadores para oírle”. Se hizo su compañero para su bien, pues había venido a buscar y a salvar lo que se había perdido. Él condescendió a estar en medio de los más viles; es más, Él no se inclinaba hacia ellos algunas veces, sino que siempre parecía estar en medio de ellos, siempre escarbando en el cieno para encontrar las joyas que se habían perdido allí. Entonces, amados, ustedes verán que como hombre, como un hombre pobre, como un siervo, y asociándose con los más viles de los hombres por su bien, Cristo, en verdad, se volvió pobre en Su condición. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El segundo punto de Su pobreza fue ''en Su reputación''. Toda la gloria le pertenecía a Cristo, y las alabanzas de todo el ejército celestial le eran ofrecidas a Él gozosamente, pero se despojó a Sí mismo. A menudo, cuando todavía estaba aquí, los hombres lo trataban con todo el escarnio y el desprecio que podían expresar. Permítanme citar despacio estas palabras: “Entonces le escupieron en el rostro”. Le vendaron los ojos; le golpeaban el rostro; le pegaban con las palmas de sus manos, diciendo: “Profetiza, Cristo, ¿quién es el que te golpeó?” Le llamaban: “Este es un hombre comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos y de pecadores”. Lo despojaron de Su reputación; algunos incluso llegaron tan lejos como para decir que obraba Sus milagros por medio de Beelzebú, el príncipe de los demonios. No era posible que lo pudieran degradar más abajo de lo que lo hicieron; el escarnio de ellos llegó al límite máximo en contra de este bendito y adorable Hijo de Dios. Incluso quienes tenían la reputación de ser hombres buenos, a veces lo tenían en poca consideración. Su madre y Sus hermanos procuraban entramparlo, porque evidentemente juzgaban que estaba loco; y en el momento de su más terrible necesidad, todos Sus discípulos huyeron de Él y lo dejaron solo. En Su mayor apuro ningún hombre le rindió homenaje, sino que todos tenían un comentario hiriente que hacerle. En este sentido fue pobre: en que se despojó a Sí mismo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo no sé si alguno de ustedes ha tenido que hacer nunca lo que les ha tocado hacer a unos cuantos; después de gozar de buena reputación entre sus hermanos, deliberadamente, sabiendo lo que hacían, han tenido que hacer aquello que habría de sujetarlos a una mala interpretación, y al escándalo, y al escarnio, y han tenido que hacerlo por la causa del Señor y sufrir todas las consecuencias sin respingar. Puedo decirles que para un espíritu sensible es pobreza, en verdad, ser despojado del respeto que uno ha gozado por largo tiempo; sin embargo, el Salvador, por amor a nosotros, se quitó cada uno de Sus vestidos de honor que tenía el derecho de vestir, y se volvió despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto. Ésta fue una parte de Su pobreza: la pobreza de la reputación. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Luego, en tercer lugar, había una pobreza ''en operación'', pues el Señor Jesucristo en Su propia condición natural era capaz de hacer lo que quisiera; no había nada que Él deseara hacer que no pudiera hacer. Bastaba que Él juzgara recto crear o destruir y todo estaba en Su poder; pero cuando vino a esta tierra por causa nuestra, se hizo pobre. Fue necesario entonces que pusiera una limitación a Su propia omnipotencia. Tiene hambre; pero es una tentación del maligno la que le sugiere que debería convertir las piedras en pan. Tiene sed, y a Su palabra, el agua hubiera saltado del pozo; pero tiene que rogarle a una mujer de Samaria, y decirle: “Dame de beber”. Él nunca obra un milagro en Su propio beneficio. Se hace tan pobre en cuanto a Sus operaciones, tan incapaz de ayudarse, como el más incapaz entre nosotros; y ésto lo hace, fíjense, por una continua determinación de Su voluntad que permanecería siendo pobre porque así lo había determinado; con un solo deseo Él habría podido convocar legiones de ángeles para que vinieran del cielo en Su auxilio. ¿Cómo podría yo admirar suficientemente esta voluntaria pobreza de operación? Nuestro Señor Jesucristo quiso restringirse a perder, y a sufrir incluso la muerte, cuando naturalmente poseía el poder de librarse de todas esas pruebas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El siguiente tipo de pobreza que veo en Cristo es ''en la comunión''. Aunque un hombre fuera muy pobre, si pudiera asociarse siempre con personas de educación y de refinamiento, suponiendo que fuera un hombre de esa clase, la pobreza para él sería algo sin importancia. “Nosotros cultivamos” -decían los estudiantes de Edimburgo- “nosotros cultivamos la literatura con un poco de cereal de avena”, y nadie parece compadecerlos. Nadie necesita compadecerse de ellos; están muy dispuestos a tomar cereal de avena si pueden tener la literatura. Si se asocian con hombres pensantes y hombres de posición, tienen un festín de la razón, y un desfogue del alma, y están contentos con un poco de cereal de avena, si ese fuera el costo que tienen que pagar. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero nuestro Salvador nunca convivió con alguien que pudiera ser llamado Su igual ni por un instante; Él no aprendió de nadie. Había un discípulo a quien Jesús amaba; todos sabemos por qué amaba a Juan: porque era el más cercano a su Maestro; pero ¡qué diferencia de altura había entre Jesús y Juan! Cuando un hombre crece por encima de sus semejantes, eso le conduce a sentir una terrible soledad. Tú podrías ambicionar esa posición, jovencito, y anhelar alcanzar el pico más elevado del monte; pero hace frío allá arriba y hay desolación y soledad. Yo creo que cuando eres igual a tus semejantes disfrutas de un gozo mucho mayor y puedes asociarte con ellos como tal. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero en cuanto a nuestro Señor y Maestro, siempre parece estar sobre el pináculo del templo o en la cumbre de la montaña. Yo sé que en Su condescendencia Él nunca está allí; se inclina hacia la gente, pero, aun así, es una inclinación, e inclinarse, ustedes lo saben, es una acción que provoca dolor en la espalda; quiero decir que tener que inclinarse siempre y no tener a nadie que sea tu camarada y tu socio es una acción que aflige al corazón. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Jesús se privó de la compañía más selecta que podría haber gozado, tomada del senado de los cielos, de las asambleas de los perfectos, de la multitud de ángeles. Los seres celestiales pueden ir y venir casualmente con encomiendas de lo alto; pero Jesús vino aquí principalmente para asociarse con los pecadores, para que Su mente perfecta estuviera en contacto constante con los ignorantes, y para que Su espíritu instruido, culto y santo fuera vejado por seres frívolos y volubles en quienes no se puede confiar. Qué pobreza debe de haber sentido el fiel, el justo, el veraz y sabio Salvador, cuando Sus discípulos no podían entenderle; y cuando, conforme develaba algunas de las más profundas verdades que había venido a revelar, “Muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él”. Fue una mayor pobreza aún cuando, en el huerto, levantándose de la agonía y del sudor sangriento, encontró durmiendo a los tres discípulos que le eran más cercanos, y les dijo: “¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora?” Ah, entonces se encontraba en las profundidades de la pobreza en cuanto a la comunión de Su espíritu. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pienso que todavía no hemos alcanzado las más hondas profundidades de la pobreza del Salvador mientras no lleguemos al hecho de que ''cargó con el pecado''. Un hombre puede ser muy pobre en cuanto a bienes materiales, y puede ser capaz de soportarlo. Pudiera haber asumido las deudas de otro, las cuales podrían abrumarlo seriamente; sin embargo, la carga no puede quebrantarlo; pero cuando pierde su carácter sin ninguna culpa propia y sólo porque desea liberar a otro, y cuando tiene que entrar en contacto con el pecado de otro y no puede evitar entrar en contacto con él, si su mente es pura e inocente, eso es una terrible pobreza para él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos, el mayor milagro del que me he enterado es que el Cordero de Dios cargara con el pecado de los hombres, y que cargara con el pecado de tal manera que lo quitara, porque, recuerden, no había en Cristo ninguna mancha de pecado de ningún tipo. No había ninguna inclinación al pecado en Él; y sin embargo, oigan estas inspiradas palabras: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado”. Por supuesto que el Salvador no podía ser pecador nunca, y no usaremos ninguna palabra que pudiera sugerir siquiera un pensamiento así; repudiaríamos con indignación tal idea; empero, Él ocupó en verdad el lugar del pecador; Él soportó la maldición del pecador: “(porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero)”. Es más, incluso me voy a atrever a decir que, delante del Señor Dios, Él estuvo como el único pecador, aunque no era ningún pecador; pero el Señor hizo que se encontrara en Él la iniquidad de todos nosotros. Jesús respondió a la citación de la ley, y se presentó allí como el Sustituto de Su pueblo, “el Justo por los injustos”, y todavía más, se presentó allí por los injustos: “Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero”. Permítanme citarles esas palabras de nuevo: “Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero”. Para Él, que era “Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos”, para Él, sin quien no se hizo nada de lo que fue hecho, para Él, ante quien los querubines y serafines continuamente claman: “Santo, santo, santo”, ésta ha de ser en verdad una pobreza abyecta, pues aunque era rico en santidad, por nuestra causa se hizo pobre al llevar nuestro pecado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El límite de Su pobreza y su clímax fue cuando ''al final murió''. Tal vez nunca hemos comprendido la maravilla que es que Él, “el único que tiene inmortalidad” haya muerto en realidad. Su espíritu partió, entregó el espíritu, ese espíritu que había sido un huésped dentro de Su cuerpo, Él entregó ese huésped y Su cuerpo quedó sin huésped, como una casa vacía. ¡Qué espectáculo es ese (no me sorprende que grandes pintores hayan tratado de pintarlo), el descenso de la cruz, la envoltura de Su cuerpo magullado en un lienzo de lino blanco cubierto de especias preciosas! ¿Puede ser éste realmente el Hijo de Dios, el Redentor de los hombres? ¿Lo envuelven en una sábana, y los hombres y las mujeres santos en realidad lo llevan a un sepulcro? Sí, y a una tumba prestada; pues así como había yacido en una cuna prestada, ahora duerme en un sepulcro prestado. Lo colocan allí, pues está muerto; Sus ojos están firmemente cerrados igual que los de cualquier otro muerto, y Sus manos están igual de frías e inmóviles, pues la muerte de Cristo no fue una muerte imaginaria. El Señor de la vida y de la gloria murió en realidad, y allí, en el sepulcro de José, fue enterrado, y de allí se levantó al tercer día. Cuando tiembla la tierra y el ángel rueda la piedra del sepulcro, díganse a ustedes mismos: “Ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre”, tan pobre que realmente yació muerto por algún tiempo en el sepulcro de José. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aquí dejo este primer punto; ¡que Dios el Espíritu Santo nos ayude a entender la pobreza de nuestro Señor Jesucristo! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''Pero ahora, queridos amigos, muy rápidamente, pero, aun así, confío que concienzudamente, quisiera mostrarles LAS RIQUEZAS DE LOS CREYENTES. Esas riquezas son exactamente paralelas a la pobreza de Cristo. Nuestro Señor Jesucristo no vino al mundo para hacerse pobre en relación al dinero para que ustedes y yo pudiéramos volvernos ricos con una riqueza mundana, pues muchos de los mejores elementos de Su pueblo son tan pobres como la pobreza misma, en lo concerniente a este despreciable metal; antes bien, así como Él vino para soportar la verdadera pobreza, también vino para darnos verdaderas riquezas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
He presentado ante su atención una pobreza que no radicaba tanto en la escasez de Sus vestidos, o en la austeridad de Su comida, como en otros asuntos. Entonces, las riquezas que Cristo proporciona no radican en que nos vistamos con escarlata y lino fino, y en comer suntuosamente cada día, sino que son similares en carácter a los distintivos de la pobreza de nuestro Señor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Primero, entonces, Él hizo a Su pueblo rico ''en condición''. Hermanos y hermanas, somos siervos, como Cristo lo fue; pero lo que era un abatimiento para Él, es una elevación para nosotros. Para nosotros no hay mayor honor que ser llamados siervos del Señor Jesucristo; y servir a los siervos de Dios, ser ''servus servorum (siervo de siervos), ''es un privilegio que cualquier de nosotros ambicionaría. Lavar los pies de los discípulos es ahora un honor para nosotros, y sentimos que así es. Si al siervo se le permite ser como su Señor, eso es una gran exaltación para él. Por la pobreza de Cristo nosotros somos hechos ricos en nuestra condición, de tal manera que hoy somos hijos de Dios; hoy tenemos acceso al propiciatorio; hoy, Él oye atentamente la voz de un hombre; hoy, Jesús nos ha hecho reyes y sacerdotes para Dios, y reinaremos por los siglos de los siglos. La condición del creyente es de elevada exaltación en la proporción en que la condición de Cristo fue de humillación y pobreza. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lo mismo sucede con el creyente ''en su reputación''. ¡Oh hermanos, qué reputación nos ha dado Cristo ahora! Él nos ha dado la reputación que Él desechó, pues ahora somos justos en Su justicia; somos agradables con el encanto que Él pone en nosotros; tenemos un nombre y un lugar, mejores que el de hijos e hijas. Ahora no estamos considerados dentro de los culpables, sino entre los piadosos; no somos contados entre los rebeldes extranjeros, sino entre los hijos obedientes. ¡Oh, bendito sea el nombre de Jesús, porque nos ha revestido de honor cuando se vistió de vergüenza! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lo mismo es cierto en cuanto a ''nuestra operación''. Yo les mostré cómo Cristo estrechó y limitó voluntariamente Su poder; pero ¡miren cómo ha ampliado nuestro poder! Hay un texto que con frecuencia miro y admiro. Jesús dijo: “El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre”. Él hace que tengamos un poder casi ilimitado; no somos nada excepto unos pobres hombres débiles y, sin embargo, ¡cuán maravillosamente usa Dios a los hombres! ¿No han notado nunca en la Epístolas de Pablo, cómo representa al ministro de Cristo como siendo tanto un padre como una madre para un alma recién nacida? Al escribir a Filemón, le dice: “Te ruego por mi hijo Onésimo, a quien engendré en mis prisiones”. Y a los gálatas les escribe: “Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros”. ¿Acaso no es algo muy maravilloso que seamos llamados: “Colaboradores de Dios”, es decir, nuestra debilidad colaborando lado a lado con la omnipotencia misma? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos y hermanas míos, tal vez ustedes no sepan cuán grandemente Cristo los ha enriquecido. ¿Han comprobado alguna vez cuán ricos los ha hecho en el poder de la oración? “Abre tu boca, y yo la llenaré”. “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho”. Nosotros no usamos lo suficiente el grandioso nombre de Cristo, pero si lo hiciéramos, obraríamos milagros; quiero decir, no en el mundo material, sino que los milagros espirituales estarían a nuestra entera disposición. Por Su pobreza de operación, nuestro grandioso Señor Jesús nos ha enriquecido con un portentoso poder de gracia. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Dije también que se había hecho pobre ''en comunión'', y les mostré cuán estrecho era el círculo de hombres con quienes Él se asociaba; pero nos ha enriquecido portentosamente en comunión, de tal manera que hemos ido “a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos”. He aquí, Él nos ha dado tal comunión consigo mismo que afirma de nosotros, los que creemos: “ése es mi hermano, y hermana, y madre”. Nosotros tenemos comunión con Dios también: “Nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo”. ¡Qué riquezas nos ha dado aquí! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A continuación, ustedes recordarán, hablé acerca del hecho de que Cristo cargó con el pecado y dije que es un terrible ejemplo de Su pobreza; pero por Su sustitución tenemos aceptación con Dios. Vean cuán ricos nos ha hecho, pues somos “aceptos en el Amado”. “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios”. Éste es un pasaje maravilloso en la profecía de Jeremías: “Este será su nombre con el cual le llamarán; Jehová, justicia nuestra”. Cómo, ¿la iglesia misma es llamada: “Jehová, justicia nuestra”? Sí, ella toma el nombre del esposo; la Iglesia tiene el propio título de Cristo conferido a ella. Cristo se hizo pobre, en verdad, cuando estuvo en nuestro lugar; pero nos ha fijado en un lugar amplio y rico, dándonos completa aceptación con el Padre por medio de Su justicia. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Luego, al completar la historia, presenté a nuestro Señor yaciendo en el sueño de la muerte del sepulcro; pero piensen, oh amados, que ahora nos ha dado, en consecuencia de esa muerte, ''vida eterna''. Sus propias palabras son: “El que cree en mí, tiene vida eterna”. “Todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?” Porque Cristo murió, nosotros vivimos; porque Él murió, nosotros no moriremos nunca. La pena capital ha sido ejecutada en nuestro Sustituto, y no puede ser ejecutada nunca más. El castigo no puede ser infligido primero sobre la Fianza sangrante, y luego sobre aquéllos cuyo lugar ocupó esa Fianza; por tanto, nosotros vivimos por Su muerte y la segunda muerte no tiene ningún poder sobre nosotros. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La muerte no es una aniquilación; ninguna persona sensata se imagina nunca que lo sea. La muerte es la separación del alma y del cuerpo; la muerte, en su sentido más elevado, es la separación del alma, de Dios. Nosotros podremos conocer la primera muerte, la separación del alma del cuerpo; pero la segunda muerte, la separación del alma, de Dios, ésa nunca la conoceremos, pues Jesús la conoció por nosotros cuando dijo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Pero ahora, “sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive”. ¡Oh, cuán ricos nos ha hecho en la sempiterna vida indestructible que nos ha conferido por medio de Su muerte expiatoria y de Su gloriosa resurrección! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Concluyo sólo con estas dos o tres observaciones que el tema nos sugiere. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Primero, si tal es el resultado de la pobreza de Cristo, “para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos”, ¿cuál habrá de ser el resultado de Sus riquezas? Si por Su muerte nosotros vivimos, ¿cuál ha de ser el resultado de Su vida? Si por Su humillación somos enriquecidos, ¿qué es lo que vendrá de Su gloria? Si por Su primera venida, cuando vino como una ofrenda del pecado, ha logrado todo ésto, ¿qué no habrá de esperarse cuando venga una segunda vez sin una ofrenda de pecado para salvación? Intenten resolver ese problema si pueden. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aquí tenemos otra consideración. Si la pobreza de Cristo es tal como he tratado de describirla, ¿cuáles no serán las riquezas de Su pueblo? Si nuestras riquezas son proporcionales a Su pobreza, ¡cuán ricos somos! Él fue supremamente pobre; y nosotros, si creemos en Él, seremos supremamente ricos. Él se abatió muy bajo, y nosotros somos elevados en la misma proporción. Así es como actúan las balanzas del santuario; conforme Él se hunde, nosotros somos elevados. ¿Quisieran intentar ver cuán altos deben de estar de acuerdo a esta norma? ¡Cuántas riquezas han de pertenecerles cuando las juzgan por la pobreza de Cristo! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La siguiente pregunta es: si tales son nuestras riquezas, ¿por qué nos quejamos de pobreza? Allá está un hijo de Dios que no sabe si posee alguna gracia. Mete su mano en el bolsillo de su alma para ver si puede encontrar un centavo de gracia. Hermano mío, todas las cosas son tuyas si estás en Cristo, pues agradó al Padre que en Él habite toda la plenitud. Hay muchos hijos del Rey que tienen el derecho de reinar como príncipes, pero que continúan viviendo como mendigos. Ellos pesan cada onza que comen; pasan hambre espiritualmente hasta casi desfallecer. ¿Qué pretenden? ¿Por qué no habrían de alegrarse en el Señor ustedes, a quienes Dios les ha dado a Cristo, es decir, les ha dado todo, y por qué no habrían de regocijarse con un gozo indecible y lleno de gloria? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Concluyo con una pregunta más. Si tal fue Su pobreza, ¿por qué no habríamos de estar también dispuestos nosotros a ser pobres para Su gloria? Si Él quiso hacer de lado Su honor, ¿por qué no deberíamos hacer de lado el nuestro? Si Él renunció a Su tranquilidad, ¿por qué no renunciamos a la nuestra? Si Él estaba dispuesto a ser un siervo, ¿por qué no habríamos de ser siervos? Si Él se despojó a Sí mismo, ¿por qué no habríamos de hacer lo mismo? Eso es muy diferente de la acción de mi amigo que está allá, que dijo: “Bien, tú sabes, no puedo soportarlo; no creo que deba ser tratado así; realmente siento que debería ser más respetado”. ¡Ah, pobre alma, si te conocieras, no hablarías así! ¿Quién entre nosotros merece algún respeto? Nos llaman: “Reverendos”. Me enferma pensar que algún mortal deba ser considerado como un “reverendo”. ¿Qué reverencia nos podría ser debida, excepto aquélla que establece que cada mujer “respete a su marido”? Eso es escritural; pero nunca se dice que cada oyente debe reverenciar al predicador. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, cuán pobres criaturas somos en nuestra mejor condición! Si Dios nos permitiera que sirviéramos de esteras para las puertas de la iglesia, sería un honor muy elevado para nosotros. He visto a veces una escoba fuera de una puerta donde los agricultores vienen a limpiar sus zapatos; es algo grandioso que un hombre sea justamente eso. Yo pienso que me estoy acercando bastante para alcanzar ese honor y esa gloria, pues muchas personas están limpiando sus botas contra mí, justo ahora; y yo estoy muy contento de que así sea si ellos pueden deshacerse de parte del lodo, y así no van a arruinar el piso de la casa de Dios. Cada uno de nosotros debe pensar que lo que le suceda, importa poco; debemos estar dispuestos a morir en una zanja en tanto que Jesús se siente en el trono y sea establecida en el mundo Su verdad grandiosa. “Conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre”. Vayan e imítenlo, y estén dispuestos a no ser nada en absoluto, en tanto que Él sea todo en todo. ¡Que Dios los bendiga! Amén.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

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		<title>Arar en una Peña</title>
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				<updated>2011-02-11T20:11:15Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|Plowing Rock}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“¿Correrán los caballos por las peñas? ¿Ararán en ellas con bueyes?” ''Amós 6: 12 &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Estas dos preguntas, evidentemente, son expresiones proverbiales orientales. Los proverbios han sido usados siempre por los hombres más sabios. Salomón, no solamente compuso y escribió una gran cantidad de ellos, sino que compiló una considerable colección de proverbios compuestos por otros. Nosotros encontramos en los escritos de tales pensadores notables como Sócrates, Plinio, y Aristóteles, una abundancia de breves y medulosas sentencias, muchas de las cuales podrían ser usadas como proverbios. Los proverbios contienen una gran fuerza porque son sabiduría condensada. Generalmente son sumamente convincentes; es casi imposible poder refutarlos o disputarlos alguna vez. Los proverbios son portadores de la verdad igual que una flecha es a menudo portadora de la muerte para la persona a la que va dirigida, pues los proverbios impactan, se clavan, penetran y hieren. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nuestro Señor Jesús hizo uso de los proverbios con mucha frecuencia, y no fue el único en hacerlo. Los profetas de antaño los empleaban constantemente; y aquí, en nuestro texto, vemos que Amós, -quien, por su ocupación como un boyero y recolector de higos silvestres, probablemente estaba más familiarizado con su uso que otros profetas- junta dos proverbios que eran usados comúnmente para expresar que los hombres, por regla general, no continúan laborando en vano ni gastan su fortaleza de balde. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los sabios no envían sus caballos a correr por las peñas; y tampoco mandan sus bueyes a arar allí donde toda su faena sería desperdiciada: “¿Correrán los caballos por las peñas? ¿Ararán en ellas con bueyes?” La respuesta implícita es, “ciertamente no”, y quiere decir que, si algo no puede hacerse, o no vale la pena que se haga aunque pudiera hacerse, será conveniente que no intentemos hacerlo. Nuestro texto puede tener dos implicaciones: una, en cuanto a los hombres, y, otra, en cuanto a Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''Primero, CON RELACIÓN A LOS HOMBRES. Usualmente los hombres no son tan insensatos como para tratar de arar en la peña; sin embargo, algunos son tan necios como eso en los asuntos espirituales y morales. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Quiero darles tres o cuatro ilustraciones de este hecho. La primera es que ''muchas personas han tratado de encontrar el camino de la seguridad y del placer en la senda del pecado''. Mucha gente ha buscado enriquecerse por medio de la injusticia; posiblemente hayan tenido éxito hasta cierto punto, pero, como regla general, es bastante notorio que las riquezas mal habidas son generalmente mal gastadas, y traen una maldición sobre sus poseedores. Algunos han pensado que, si se entregaran a sus pasiones, tendrían un gran goce. Aunque sus padres les advirtieron que tal pecado sería igual a la autodestrucción, y tornaría su vida entera en algo triste, no creyeron que así sería, y han intentado arar esta dura peña del pecado y de encontrar un placer duradero en ella. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay cientos y miles de hombres que están siguiendo la senda que no es buena, y ellos saben que no es buena, y, sin embargo, continúan insensatamente en ella, porque la conciben como la senda del placer, y tampoco pueden sacar de su mente esa falsa noción, hagan lo que hagan. Por el contrario, te dan la espalda y te tildan de “puritano”porque objetas su estilo de vida. Posiblemente te insulten y te llamen hipócrita porque les señalas los males de la senda por donde caminan. Sin embargo, si pensaran seriamente, percibirían que la senda del pecado no puede conducir a la felicidad. Es absolutamente inconcebible que Dios, que hizo el universo entero, hubiere dispuesto que la estación terminal del pecado fuera el cielo, o que hubiera determinado que la senda del mal condujera al gozo y la paz. El Juez de toda la tierra no habría podido otorgar un premio a la maldad; a largo plazo, se demostrará que el pecado acarrea aflicción, y que el sendero del bien es el sendero de la paz. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sin embargo, muchas personas no quieren ver que así deba ser, y continúan, incluso hasta el amargo final de su vida, arando en esa peña, quebrando el arado, agotando a los bueyes, y muriendo una muerte de miserable desilusión, la cual no habrían tenido que soportar jamás, si no hubiesen sido necios redomados, pues no habrían intentado nunca una tarea tan desesperada como esa, de tratar de encontrar algún placer verdadero en las sendas del pecado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Vivir en pecado y esperar recibir felicidad al hacerlo, es igual que sembrar sal en el océano, y esperar segar del mar una cosecha de gavillas de oro; es igual que esparcir tizones y esperar recoger de ellos los arroyos refrescantes que fluyen del manantial. ¡Oh hijos de los hombres, pongan un alto a ese acto de locura que será siempre arar en esta peña! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Otros están intentando otra tarea igualmente absurda. Están ''esperando encontrar un gozo real en ocupaciones que son laudables en sí mismas, pero que son enteramente de este mundo''. ¿Leyeron alguna vez el libro “El Espejismo de la Vida”? Es un libro que, en verdad, vale la pena que todos lo lean. El autor presenta, en un conjunto de cuadros, la vida del hombre de placer, la vida del cortesano, la vida del filósofo, la vida del estadista, la vida del guerrero, y así sucesivamente. Se trata de una selección objetiva de hechos tomados de las vidas de tales hombres, con el objeto de mostrar que, aunque cada uno de ellos fue eminente en su propia línea de cosas, y aparentemente fue exitoso en esa línea, sin embargo, todos ellos fallaron en encontrar la joya preciosa de una sólida satisfacción. La mayoría de ellos vivió en una suerte de fastidio perpetuo, y cuando, por fin, murieron, y sus ojos fueron abiertos, descubrieron que sus hermosos sueños, todos ellos, se habían desvanecido, y cuando contemplaron la realidad, era en verdad funesta. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ha habido hombres, -tal vez algunos de ustedes los hayan conocidoque han tenido más riquezas de las que ustedes y yo podríamos calcular; sin embargo, se consideraban pobres, y lo eran en verdad, pues eran incapaces de gozar de las riquezas que habían amasado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ha habido hombres que han sido coronados de laurel, y que han recibido todo tipo de honores que fueron acumulados sobre ellos; sin embargo, cuando algún amigo les ha deseado un feliz año nuevo, han respondido: “entonces tendría que ser un año muy diferente de cualquier año que hubiéremos experimentado jamás.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Las cumbres del mundo, a semejanza de las cimas de las montañas, son inertes y llenas de gélidos peligros, y son frías por el descontento. Muchos intentan escalarlas, y unos cuantos llegan a la cumbre, pero otros perecen en las profundas hendeduras. Sin embargo, quienes alcanzan la cima envidian con frecuencia a quienes se encuentran en el valle, y los que están en el valle envidian a quienes se encuentran en la cumbre, pues, debajo de esa luna, no puede encontrarse contentamiento en las cosas terrenales, ya sea en la cabaña del campesino o en el palacio del monarca. El hombre, cuyo brazo no es lo suficientemente largo para asir lo que se encuentra en la región que está más allá de las estrellas, tendrá que vivir y morir sin alcanzar la satisfacción perfecta. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hombre, no es aquí abajo que Dios ha colocado aquello que necesitas. El sustento para tu alma ha de venir del cielo. Lo que puede satisfacer tu espíritu inmortal ha de ser divino, igual que el Creador que te hizo. Sólo Dios puede satisfacer los anhelos de tu alma. Cesa, entonces, de trabajar duro, y de esforzarte, y desgastarte, y resoplar, y de perder tu tiempo y fortaleza buscando la felicidad en estas burbujas de la tierra. “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas”, en la medida que las necesiten; pero en cuanto a buscarlas, no ares más en esa peña, pues no te producirá ningún retorno a pesar de todo tu ardua faena. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hombres de otro tipo están satisfechos porque las cosas de este mundo no son suficientes para volver a un individuo perfectamente feliz, así que ''tienen pensamientos religiosos de una cierta forma''. Creen que son muy buenos, y hasta excelentes, y tienen la intención de hacerse todavía mejores, y así conseguir una perfecta paz sintiendo que son lo que deben ser, y que han hecho lo que debían hacer. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo recuerdo cuando araba en esa dura peña, y albergaba la esperanza de obtener una cosecha muy especial allí; pero me desperté una mañana para descubrir que la peña no produciría ni siquiera el musgo o el liquen del consuelo para mí; no había nada en su superficie que pudiera traerme algún contentamiento. La justicia propia es una gran patraña. El hombre que obtiene el mayor consuelo de ella, simplemente obtiene ese consuelo porque es un ignorante; si se conociera a sí mismo y conociera la ley de Dios, y conociera las demandas de la inflexible justicia, arrojaría su justicia propia en el muladar más cercano, que se ve como hermoso lino, pero que realmente, a los ojos de Dios, no es otra cosa sino trapos de inmundicia. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oh, señores, ustedes no pueden encontrar su camino al cielo por sus propias obras, pues el único camino al cielo por medio de las obras es guardar perfectamente la ley de Dios, y ustedes ya han quebrantado esa ley. Ustedes deben presentar en las puertas de la gloria este jarrón sin par, entero y sin tacha, si quieren ser salvados por obras, pero ya lo han quebrado en mil pedazos. ¿Cómo podrían 5 esperar restablecerlo? Eso es imposible; la esperanza de salvación mediante una vida perfecta ha cesado, y cada uno de ustedes ha de sentir que su vida ya ha sido imperfecta. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
''Algunos esperan alcanzar la perfecta paz por el camino de las ceremonias''. Mucha gente nos dice que estamos viviendo en una época muy ilustrada, pero yo estoy inclinado a pensar que Carlile estaba inusualmente cerca del blanco cuando dijo que “el Reino Unido cuenta con alrededor de treinta millones de personas, ''mayormente necios''”, pues, en efecto, pareciera como si la gente, en estos días, fuera en gran medida necia. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Por ejemplo, un hombre dice que si venimos y le confesamos nuestros pecados, él puede perdonarnos en el nombre de Dios; y que puede, al rociar unas cuantas gotas de agua sobre un niño, y farfullar ciertas palabras, transformar a un heredero de la ira en un heredero del cielo; y que, si nos aproximamos a lo que él llama ‘un altar’, él nos dará el propio cuerpo y la sangre de Cristo para que lo comamos y la bebamos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Bien, cuando yo era joven, pensaba que cualquiera que hablara de esa manera, debería ser tratado como los gitanos, que eran metidos en prisión por recibir monedas de plata de sirvientes necios y por pretender que les dirían su suerte; y, en años posteriores, me ha sorprendido algunas veces que no se hubiere puesto en vigor una ley contra estos caballeros; pues, ciertamente, la impostura que buscan vendernos con engaño es mucho más terrible que aquella de los gitanos que adivinaban la suerte. El así llamado “sacerdote” no tiene ningún poder para perdonar pecados, o para cambiar la naturaleza del bebé que rocía, o para ofrecer el sacrificio de la misa. No hay nada más en él de lo que hay en cualquier otra persona; y aunque hable tan alto como pueda, sus pretensiones son completamente vanas e inútiles. Si confías en él, el resultado para ti será el mismo que ha sido para decenas de miles de personas antes de ti, pues descubrirás que todas las ceremonias que los hombres han inventado, sí, y todos los ritos que el propio Dios ha dado, no pueden traer salud a un alma enferma, o acallar el tumulto de una conciencia despierta, o conducir al alma a un estado de reconciliación consciente con el Altísimo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oh, señores, ustedes pueden ser rociados, y confirmados, y sumergidos, y pueden ir a la mesa de la comunión, y no sé cuántas cosas más; sí, podrían viajar a lo largo de siete mil leguas de ceremonialismo, pero estarán exactamente tan inquietos al final, como lo estaban al comienzo. Ese no es el camino de la paz, ni Dios hará que lo sea. Es arar en una peña, y no hay ninguna posibilidad de que provenga algún fruto de allí. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Algunos están intentando la igualmente imposible tarea de ''ser salvados por Jesucristo cuando se hubieren preparado para Él''. En otras palabras, hablan acerca de ser salvados por Cristo; pero, en lo íntimo de su corazón, no creen que Cristo pueda salvarlos antes de que hubieren alcanzado un estándar de excelencia. Ahora, nosotros sabemos por las Escrituras que Jesucristo vino al mundo para salvar a Su pueblo de sus pecados, y lo hará de principio a fin o no lo hará en absoluto. Él será el Alfa y la Omega, la A y la Z del alfabeto de la salvación, o de lo contrario no tendrá nada que ver con ello; sin embargo, miles de oyentes del Evangelio están diciendo constantemente: “nosotros creeremos en Jesús cuando sintamos más nuestros pecados, cuando sintamos más arrepentimiento; cuando hayamos hecho esto y sentido aquello y experimentado lo otro”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ah, señores, este plan de introducir a Cristo al final de la obra, después de que hubieren completado su primera parte por cuenta propia, es un error sumamente necio, y es también un error fatal. Es como poner a los bueyes a que aren una peña. Permítanme preguntarles: ¿Son ustedes algo mejores de lo que solían ser? Ustedes han estado intentando prepararse para Cristo, durante un largo tiempo. ¿Están de alguna manera más preparados de lo que estaban al principio? ¿Acaso nunca les ha parecido que las líneas de Hart son verdaderas? &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Si te esperas hasta que seas mejor,&amp;lt;br&amp;gt;Nunca vendrás en absoluto.”'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
De esta manera les he mostrado cómo puede ser aplicado el texto en relación a los hombres. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''Ahora, en segundo lugar, quiero mostrarles cómo pueden ser aplicados estos proverbios CON RELACIÓN A DIOS: “¿Correrán los caballos por las peñas? ¿Ararán en ellas con bueyes?” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Dios no siempre continúa haciendo aquello que, después de un cierto período, resulta ser infructífero. Queridos amigos, hay algunos de ustedes (y pido a Dios que nos conceda que no quede nadie entre ustedes para quien esto siga siendo válido), pero en el presente es cierto que ''hay algunos de ustedes para quienes el Evangelio ha venido en vano''. Hasta este momento, en lo que respecta a ustedes, el arado del Evangelio sólo ha recorrido una peña; la verdad que ha sido predicada a sus oídos no ha entrado en su corazón. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, cuántos vienen y nos escuchan predicar solamente para poder compararnos con otros predicadores! Hacen una cierta crítica de nuestros modos, y de nuestros gestos, y de los temas sobre los que predicamos. Desconocemos qué dicen, y no nos importa lo que digan; pero el punto que realmente nos concierne es que no logramos que el arado del Evangelio penetre en ellos, no podemos hacerles sentir, y arrepentirse, y creer. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Un gran maestro del arte de la predicación dijo una vez, cuando su congregación le felicitó por haber predicado un excelente discurso: “he aquí otro sermón desperdiciado.” No quería que sus oyentes alabaran su discurso, sino que quería que sintieran el poder de la verdad que les había predicado, e igual cosa queremos nosotros. Pero hay algunos oyentes en quienes no sabemos cómo hacer penetrar la verdad. Podemos expresarla, primero de una manera, y luego de otra; algunas veces lo hacemos patéticamente; y, otras veces, podemos hacer uso de un poco de humor; podemos denunciar o atraer; pero nos encontramos igualmente anulados de cualquier manera que intentemos alcanzarlos. No podemos insertar el arado allí donde queremos que penetre; y si alguna vez pareciera causar una pequeña impresión, sólo produce un ligero rasguño superficial. Algunos de ustedes han experimentado una buena cantidad de esos rasguños. Han pensado: “cuando salga de este lugar, iré a casa y oraré”, pero no han hecho eso; o, si han orado, su seriedad se ha desvanecido pronto, y la impresión causada en ustedes durante el servicio se ha extinguido en esa oración. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y lo peor de todo es que, en algunos,''el trato de Dios con ustedes en la predicación del Evangelio, ha desarrollado la dureza de sus corazones''. Ha hecho que otros se den cuenta de cuán duros son, y, es verdad decirlo, los ha endurecido realmente. Arar no endurece las peñas, pero la predicación sí endurece a los pecadores, cuando el Evangelio no alcanza sus corazones; y, de todos los hombres de corazones endurecidos, los más empedernidos son aquellos que han sido endurecidos al fuego del Evangelio. Si quieren encontrar un corazón que sea tan duro como el acero, tienen que buscar uno que haya pasado a través del horno del amor divino, y haya sido hecho consciente de la redención que es en Cristo Jesús, pero que ha rechazado la verdad que le ha sido dada a conocer. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Este endurecimiento del corazón no es culpa de las rejas de los arados que han sido utilizados; y, ''con algunos de ustedes, Dios ha usado una gran cantidad de rejas de arado''. Hay un hombre aquí, que solía ser arado por Dios cuando era un niño, y las rejas de los arados que empleó en aquel entonces, fueron las lágrimas de su madre. No puede olvidarlas; incluso ahora, cuando las traigo a su memoria, siente como si no pudiera evitar llorar igual que lo hacía cuando era un niño. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Ah, amigo mío, esa madre tuya está en el cielo ahora; pero, si pudiera mirar hacia abajo, a su hijo, y pudiera derramar lágrimas en el cielo, cuántos motivos tendría de llorar por ti! Ella oraba por ti cuando anidabas en su pecho, y te llevó a la casa de Dios desde tus días más tempranos. Puedes recordar su especial mirada cuando solía hablarte de Jesús cuando eras un niño muy pequeño, y tal vez recuerdes su petición de moribunda de que la siguieras al cielo; pero esa reja de arado –una de las mejores que Dios ha dado- no ha penetrado hasta este momento en tu corazón de piedra, y permaneces siendo tan duro como siempre lo fuiste. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Desde aquel tiempo, Dios te ha probado con las rejas del arado de la enfermedad en tu persona. No siempre has sido el hombre tan robusto que ahora eres. Hubo un tiempo en el que permanecías muy cerca de las puertas de la muerte, y temblabas ante la perspectiva que tenías por delante. ¿Recuerdas cuando la fiebre se apoderó de ti, o cuando pensaste que el cólera te había reclamado como su víctima? Temblaste entonces, e hiciste muchos votos, que finalmente resultaron ser mentiras; y tú hiciste una profesión de arrepentimiento, pero era una mera profesión; y aunque pareció, sólo por un breve tiempo, que fuiste tocado, y quienes te rodeaban y habían orado por ti, tenían la esperanza de que al fin la reja del arado hubiera penetrado en ti, descubrieron que te levantaste del lecho de la enfermedad siendo peor de lo que antes eras. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Desde entonces Dios ha usado otra filosa reja de arado en ti: la conversión de algunos seres queridos que son muy allegados a ti. No estuviste satisfecho para nada cuando tu esposa regresó a casa siendo una mujer convertida, y no pudiste evitar sentir esa insatisfacción; y cuando tu hermana te escribió para contarte que se regocijaba en Cristo como su Salvador, no pudiste derramar el ridículo contra la carta, y, conforme la leías, hizo brotar lágrimas de tus ojos. Rápidamente las limpiaste, y dijiste que no eras tan necio como para preocuparte acerca de un asunto tan absurdo, y, sin embargo, no te resultó fácil olvidar la emoción que la noticia te provocó. Posiblemente tu propio retoño amado, a quien quieres mucho, ha hecho una profesión de fe en el Señor Jesucristo, y, sin embargo, tú no sabes nada, en la práctica, acerca de una fe como esa. Esta es una reja de arado muy filosa, y nadie puede pensar con ligereza acerca de ella, excepto quienes no están conscientes de su operación. Tener parientes y amigos convertidos, y que tú mismo quedes fuera del círculo feliz de bendición, debería conducirte a pensar seriamente sobre este asunto. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Otra reja de arado ha atravesado tu rocoso corazón debido al hecho que algunos de tus viejos compañeros están muertos. Uno fue enterrado esta semana, ¿no es cierto? Solías beber y fumar con él, pero ya no habrá más pipas ni cerveza para ustedes dos, el domingo por la noche. Tú sabes muy bien que murió sin el temor de Dios en su corazón, y también sabes que estás viviendo en la misma triste y peligrosa condición. Te causó un seria impresión cuando alguien te dijo: “tu amigo Tomás está muerto.” También has visto que varios de tus amigos de negocios han muerto. Estaba el caso de aquel empleado que estaba en la oficina contigo hace poco tiempo; ya se fue; y tú fuiste llamado para ocupar su lugar. La muerte ha llegado repetidas veces terriblemente cerca de ti. Has sido como un soldado en el campo de batalla, que vio segadas las filas a sus flancos, aunque ha seguido viviendo. El arado de Dios ha estado trabajando en ti; ha estado tratando de tocar tu endurecido corazón, mediante estos impactantes tratos providenciales, sin que ceda todavía. ¿Piensas que Dios tiene la intención de continuar arándote en vano? Si piensas eso, estás sorprendentemente equivocado, pues los bueyes no van a arar siempre sobre esa peña; y cuando se dé la coyuntura de que ni el amor pueda derretirte, ni los terrores puedan someterte, Dios dirá: “Efraín es dado a ídolos; déjalo”; y cuando Dios diga eso, tu condenación será sellada. ¡Que Dios nos conceda que no tenga nunca que decir eso en relación a ninguno de los que componen mi audiencia! De esta manera les he mostrado que han sido como un trozo de roca de granito, incólumes ante todas las diferentes rejas de arado que han sido probadas en ustedes. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay otro pensamiento que no han de olvidar, y es que ''han cansado los trabajadores''. Siento piedad por los pobres bueyes que tienen que arar la peña; persisten en trabajar con perseverancia pero toda su ardua faena es desperdiciada. La labor más ardua es la que no produce resultados. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Recuerdo haber visitado una prisión militar, en donde castigan a los hombres haciéndolos transportar balas de cañón de un extremo del patio al otro, y luego las regresan otra vez. Una práctica muy absurda. El sargento que me acompañaba me dijo: “cuando les permitíamos llevar las balas desde este extremo del patio para que formaran una pirámide al otro extremo, había algo de diversión en la tarea, así que se estableció la regla de que el preso tiene llevar la bala desde este extremo del patio, y debe traerla de regreso otra vez, y su tarea parece ser tan completamente infructífera que se torna en un doble castigo para él”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es, en verdad, una gran prueba que un hombre tenga que trabajar por nada y sentir que todo lo que está haciendo sea en vano. Hay algunos entre nosotros que hemos tenido que ver con ustedes, personas inconversas, y algunas veces hemos sentido que hemos sido usados muy duramente, que somos como bueyes que tenemos que arar peñas tan duras como son ustedes. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La primera parte de mi texto dice: “¿Correrán los caballos por las peñas?” Recuerdo haber pasado sobre un lugar liso y rocoso en los Alpes, que es llamado ‘el lugar del infierno’, porque es muy resbaloso. Bien, no se podría esperar que los caballos corriesen sobre rocas como aquellas, y no es sorprendente que algunas veces trompiquen; y si el predicador trompica ocasionalmente, no ha de sorprendernos, ya que tiene que recorrer peñas como esas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
George Herbert afirma que los pecados de los oyentes hacen que el predicador tropiece algunas veces, y así es. A menudo hay en el oyente algo que hace que el predicador hable mal. Recuerdo haber estado suplicando aquí una noche con toda mi alma, y haber dicho: “si algunos de los que me están escuchando, no tienen la intención de aceptar a Cristo como su Salvador, no han de seguir sentados en este lugar, ni han de oír el Evangelio, sino deben irse, y permitir que quienes lo acepten, ocupen sus lugares.” No creí que alguno de mis oyentes me tomaría la palabra; pero hubo uno, por quien nunca he cesado de lamentar, y por quien todavía oro, que dice que nunca regresará aquí, pues es uno de aquellos que no recibirá nunca a Cristo; y, aunque le gustaría oírme predicar todavía, no ocupará nunca el lugar de otra persona. Fue un error de parte mía decir lo que dije, pero no pienso que me habría tropezado de esa manera si la peña no hubiera sido tan dura y lisa. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es muy difícil que un caballo tenga que correr sobre una peña como esa, y es difícil que los bueyes se mantengan arando allí. Yo he estado arando de esta manera en algunos de ustedes por más de veinte años y no he logrado nada. Gracias a Dios, no hay muchos de su tipo, aunque queda todavía un remanente de los antiguos asistentes a la Capilla de Park Street, que “por poco fueron persuadidos” entonces, y “por poco son persuadidos” todavía; y yo “por poco soy persuadido” de que nunca podré hacerles algún bien. Me parece que no hay nada que pueda decir que alcance jamás sus corazones, o de lo contrario, seguramente, ya los habría alcanzado anteriormente. Me alegro siempre que oigo que algún otro predicador les atrae, y que lo están escuchando con interés, pues, siempre y cuando sean salvos, no me preocupa cómo se lleve a cabo. Aun así, es duro para nosotros tener que predicarles a algunos de ustedes durante veinte años y hacer ese trabajo en vano. Si alguien me enseñara cómo predicar mejor, gustosamente iría a la escuela de nuevo, para aprender cómo alcanzar algunos de sus corazones. Si me enseñaran a predicar en un estilo tan corriente que me hiciera perder mi reputación, pero que fuera de bendición para salvación de sus almas, gustosamente lanzaría mi reputación a los vientos; o, si pudiera aprender el arte de la oratoria, iría y me sentaría a los pies de Cicerón o Demóstenes, si sólo pudiera alcanzar sus corazones superfinos, que necesitan unas preciosas palabras antes de ser tocados. Pero me temo que el destino de los bueyes es continuar arando, y arando, y arando, y agotarse por la ardua labor y, sin embargo, no ver ningún resultado en absoluto. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Otra cosa que quiero que recuerden, -ustedes, que siguen siendo inconversos a pesar de todo este esfuerzo- es que, ''si la misma ardua labor que ha sido desperdiciada en ustedes, hubiere sido usada en alguna otra parte, habría sido provechosa''. Cristo dijo una cosa muy sorprendente en relación a Betsaida y Corazín, que no entiendo plenamente, pero que creo absolutamente: “Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que han sido hechos en vosotras, tiempo ha que se hubieran arrepentido en cilicio y en ceniza.” Es algo muy extraordinario que Dios envíe el Evangelio a personas que no obtienen ningún bien de él, y que no lo envíe a gente que recibiría un bien de él. Hay gente, posiblemente incluso aquí en Londres, y ciertamente en otras partes de la tierra, que habría sido convertida si hubiera escuchado el Evangelio tanto como ustedes lo han hecho; sin embargo, ustedes lo han escuchado y no han sido convertidos. Ese mismo esfuerzo de cavar alrededor y de abonar, que hubiera hecho que otros árboles produjeran mucho fruto, ha sido usado en vano en ustedes, pues no han producido ningún fruto; y han estado allí, y han ocupado un pedazo de tierra, que hubiera podido ser ocupado por un árbol mejor. Ustedes han inutilizado la tierra y, ¿creen que Dios les permitirá hacer eso siempre? Ustedes, que viven en el campo y tienen un gran huerto, ¿tienen un árbol que no haya dado ningún fruto durante muchos años? Estoy seguro de que si así fuera, tendrían la intención de cortarlo en breve; y Dios tiene el propósito de cortar a algunos de ustedes, y antes de que pase mucho tiempo, podría hacerlo. Tiemblo incluso cuando les hablo así, pues yo pudiera ser un profeta anunciando anticipadamente la destrucción de sus almas. ¡Que Dios, en Su infinita misericordia, nos conceda que se arrepientan antes de que el hacha del juicio caiga sobre ustedes! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cualquier hombre en sus cinco sentidos, una vez que descubre que la roca no se quebrará, renuncia a ararla. El antiguo proverbio pregunta: “¿Arará alguien con bueyes ''allí''?” y Dios, aunque es infinitamente misericordioso, es igualmente sabio, y si algún corazón permanece todavía endurecido a pesar del uso de instrumentos que son bendecidos en otras partes, podría decir justamente: “he acabado con él; lo entrego a su natural condición peñascosa, y continuará siendo así para siempre.” Ese es el final del asunto, y se trata de un terrible final; no sé nada más que pudiera agregar al respecto. He predicado el Evangelio miles de veces, y no tengo otra cosa que predicar, sino el Evangelio; pero esta gente no quiere aceptarlo, así que, ¿qué más podría decirles? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El otro día vino a verme un hombre, y me pidió que orara por él. Él es uno a quien he explicado el Evangelio muchas veces, y después de haberlo hecho una vez más, me pidió: “¿señor, puede orar por mí?” Yo le respondí: “no, no lo haré”. Él me preguntó: “¿por qué no?”. Yo repliqué: “¿quieres que le pida a Dios que te salve aparte del Evangelio? Te he predicado el Evangelio repetidamente; ¿lo aceptarás? Si no lo aceptas, no le pediré a Dios que te salve; ¿cómo podría hacerlo? No puedes esperar que Él te salve si no quieres aceptar el Evangelio. Si lo aceptas, eso te salvará. Si no quieres aceptarlo, estás perdido, y de nada sirve que ore por ti.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Allí tuve que dejar el asunto en cuanto a ese hombre, pero permítanme decir esto a la gente de Dios: ustedes ven que ''nosotros'' no podemos hacer nada con esta peña. Los bueyes están sumamente cansados por su inútil labor, así que oremos a Dios para que convierta esa peña en buen terreno propicio. Requiere que se obre un milagro, y únicamente Dios puede obrarlo. Unamos nuestras oraciones y clamemos a Dios: ¡oh Señor, tu cambiaste nuestros corazones de piedra en terreno propicio, donde la buena semilla puede penetrar, y germinar y crecer; cambia estas peñas, te suplicamos! Aquí tenemos un motivo para nuestras reuniones de oración, y para nuestra intercesión privada. No podemos hacer nada con estos corazones de piedra; así que volvámonos a Dios, que puede hacerlo todo. Luego puedo agregar que, si le piden a Dios que cambie estos corazones de piedra, yo proseguiré predicándoles. El buey cansado seguirá arando de nuevo, aunque la labor que ha encontrado durante más de veinte años haya sido muy dura. Si le piden a Dios que haga desmenuzable la roca, y la rompa, yo la araré otra vez, y no me sorprendería que la reja del arado se hunda por fin en algunos pedazos, para que todavía haya una cosecha de oro para la honra y gloria de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Déjenme poner el arado un minuto más. El mejor arado que conozco para quebrar las peñas, es el que me quebrantó. Si no eso no puede hacerlo, no conozco ningún otro que lo haga. Cuando Cristo murió en la cruz, entre otras cosas maravillosas que ocurrieron, leemos que “las rocas se partieron y se abrieron los sepulcros.” ¡Ah, fue un Cristo agonizante el que partió las rocas! Pecador, escucha una vez más esto: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“La vieja, vieja historia&amp;lt;br&amp;gt;De Jesús y de Su amor.”'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Tú has agraviado y ofendido a tu Dios, y tu Dios es justo, y ha de castigarte por tu maldad; pero, para no castigarte, ha asumido tu naturaleza, y ha venido a este mundo para sufrir en el lugar del pecador, y soportar en Su propio cuerpo en el madero lo que correspondía al pecado. Por puro amor hacia quienes eran sus enemigos, por amor a esos corazones que son tan duros que no quieren amarle, por amor a quienes tal vez le han rechazado y despreciado durante cincuenta años, por amor, por causa del puro amor, murió en el madero, “el Justo por los injustos, para llevarnos a Dios.” Y ahora, si tú confías en Él, recibirás de inmediato el perdón de todos tus pecados. Si confías en Él, serás: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Estrechado en el pecho del grandioso Padre,&amp;lt;br&amp;gt;De una vez por todas confesado hijo.”'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Serás limpiado en un instante, y aceptado y salvado para siempre, si confías en el Redentor encarnado, moribundo, resucitado y glorificado. ¡Que Dios nos conceda que este arado de la cruz te toque a ti! La ley y los terrores, lo sé demasiado bien, no afectan a algunos hombres; pero el amor todopoderoso, ¿no afectará a los hombres? Que Dios nos conceda que así sea, y a Él sea toda la gloria por siempre y para siempre. Amén.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

	<entry>
		<id>http://es.gospeltranslations.org/wiki/La_Oraci%C3%B3n_M%C3%A1s_Breve_de_Pedro</id>
		<title>La Oración Más Breve de Pedro</title>
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				<updated>2011-02-11T19:24:50Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|Peter's Shortest Prayer}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“¡Señor, sálvame!” ''Mateo 14: 30. &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Voy a hablarles acerca de las características de esta oración, con la esperanza de que muchas personas que no hayan orado correctamente todavía, adopten como suya esta oración, esta noche, para que silenciosamente ascienda de muchas personas presentes, este clamor: “¡Señor, sálvame!” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Dónde dijo Pedro esta oración? No fue en un lugar destinado a la adoración pública, ni tampoco en su propio sitio usual de oración privada; Pedro elevó esta plegaria cuando se estaba hundiendo en el agua. Se encontraba en un grave peligro, y entonces gritó: “¡Señor, sálvame!” Es bueno que se congreguen para orar, si pueden hacerlo, con el pueblo de Dios; pero si no pudieran asistir a Su casa, no importa gran cosa, pues la oración puede ascender a Él desde cualquier parte del mundo. Es bueno contar con un lugar especial donde puedan orar en casa; probablemente la mayoría de nosotros tiene una cierta silla junto a la cual nos arrodillamos con el propósito orar, y sentimos que allí podemos hablar libremente con Dios. Al mismo tiempo, no debemos permitirnos nunca ser convertidos en esclavos, incluso de un hábito tan bueno como ese, y siempre debemos recordar que, si realmente queremos encontrar al Señor en la oración: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Doquiera que le busquemos, Él será encontrado,&amp;lt;br&amp;gt;Y cualquier lugar, tierra santa es.”'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Nosotros podemos orar a Dios mientras estamos involucrados en cualquier ocupación, siempre que sea legítima; y, si no lo es, no deberíamos estar involucrados en esa ocupación. Si hubiera algo que hagamos sobre lo que no podamos orar, no deberíamos atrevernos nunca a hacerlo de nuevo; y si hay alguna ocupación en relación a la cual tenemos que decir: “no podemos orar mientras estemos involucrados en ella”, es claro que esa ocupación es indebida. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Debe mantenerse el hábito de la oración diaria. Es bueno tener horas regulares para la devoción, y, en la medida de lo posible, acudir al mismo lugar para orar; sin embargo, el espíritu de oración es todavía mejor que el hábito de la oración. Es mejor ser capaz de orar en todo momento que tener la regla de orar en ciertos momentos y ocasiones. Un cristiano es más desarrollado en la gracia cuando ora por cada cosa, de lo que sería si sólo orara en ciertas condiciones y circunstancias. Siempre siento que algo anda mal si paso sin orar incluso durante intervalos de media hora en el día. Yo no puedo entender cómo un cristiano puede pasarse sin orar de la mañana a la noche. No puedo comprender cómo vive y cómo lucha la batalla de la vida sin pedir el cuidado guardián de Dios, mientras las flechas de la tentación vuelan tan densamente a su alrededor. No puedo imaginar cómo puede decidir qué debe hacer en momentos de perplejidad, cómo puede ver sus propias imperfecciones o las faltas de los demás, sin sentirse constreñido a decir, a lo largo de todo el día: “¡Oh Señor, guíame; oh Señor, perdóname; oh Señor, bendice a mi amigo!” No puedo entender cómo puede estar recibiendo continuamente misericordias del Señor sin decir: “¡Gracias sean dadas a Dios por esta señal de Su gracia! ¡Bendito sea el nombre del Señor por lo que está haciendo por mí en Su abundante misericordia! ¡Oh Señor, recuérdame todavía con el favor que muestras a Tu pueblo!” No deben quedarse contentos, amados hermanos y hermanas en Cristo, a menos que puedan orar en cualquier parte y en todo tiempo, y obedecer de esta manera el precepto apostólico: “Orad sin cesar.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ya les he recordado, queridos amigos, que Pedro elevó esta oración cuando se encontraba envuelto en circunstancias de inminente peligro: “Comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame!” “Pero” —preguntará alguno— “¿no debió haber orado antes?” Por supuesto que debió haberlo hecho; pero si no lo había hecho, tampoco era demasiado tarde. No digan, en relación a cualquier problema: “ahora estoy tan profundamente metido en él que no puedo llevarlo a Dios.” ¿Por qué no? “¿Hay para Dios algo difícil?” Habría sido bueno que los discípulos hubieran orado antes de que el primer azote violento de la tempestad agitara la barquita, pero no era demasiado tarde para orar cuando el bajel parecía lanzado al naufragio. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En tanto que tengas un corazón para orar, Dios tiene un oído para oír. Mira a Pedro; él está “comenzando a hundirse”. El agua le llega a las rodillas, le llega a su cintura, le llega a su cuello, pero todavía no es muy tarde para que clame: “¡Señor, sálvame!”, y tan pronto lo dice, la mano de Jesús se extiende para asirlo, y para guiarlo al barco. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces, cristiano, clama a Dios aunque el diablo te diga que de nada sirve clamar; clama a Dios aunque estés bajo el pie del tentador. Dile a Satanás: “Tú, enemigo mío, no te alegres de mí, porque aunque caí, seré levantado”; pero no te olvides de clamar al Señor. Clama al Señor por tus hijos aun cuando sean más impíos, cuando su impiedad casi quebrante tu corazón. Clama a Dios en favor de tus alumnos de la escuela dominical; incluso cuando llegues a pensar que su carácter se está desarrollando de la peor manera posible, aun así, ora por ellos. Que no te importe que lo que pidas pareciera ser una imposibilidad, pues Dios “es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Quisiera decirle también, a cualquier persona inconversa que se encuentre aquí bajo convicción de pecado: Querido amigo, a pesar de que estés comenzando a hundirte, debes orar. Aunque tus pecados te miren a la cara, y amenacen con empujarte a la desesperación, aun así acércate a tu Dios en oración. Aunque parezca como si el infierno hubiera abierto sus fauces para tragarte, aun así, clama a Dios. “Mientras hay vida hay esperanza”. &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“En tanto que la lámpara se mantenga ardiendo,&amp;lt;br&amp;gt;El pecador más vil puede regresar”,'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Y el más vil pecador que regrese, descubrirá que Dios es capaz de salvarle y está dispuesto a salvarle. No crean nunca esa mentira de Satanás que dice que la oración no prevalecerá ante Dios. Basta que vayas, como lo hizo el publicano, dándote golpes de pecho y clamando: “Dios, sé propicio a mí, pecador”, y ten la seguridad de que Dios está esperándote para ser clemente para contigo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No puedo evitar sentir que la breve y sencilla oración de Pedro fue expresada en un tono de voz sumamente natural: “¡Señor, sálvame!” Debemos orar siempre justo de la manera que nos dicte el Espíritu de Dios, y tal como la honda aflicción y humillación de nuestro corazón nos lo sugieran naturalmente. Muchas personas que oran en público adquieren el hábito de usar ciertos tonos en la oración que son todo excepto naturales, y me temo que algunas personas no pueden orar de manera natural, incluso en privado. Cualquier lenguaje que no sea natural, es malo; el mejor tono es aquel que usa el hombre cuando está hablando sinceramente, y quiere decir lo que dice, y esa es la manera correcta de orar. Habla como si tuvieras la intención de decirlo; no hables gimiéndolo, ni fingiéndolo, ni entonándolo, sino derrama tu alma de la manera más simple y natural que puedas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pedro se encontraba en un peligro demasiado grande como para incorporar algún lenguaje sutil a su oración; estaba demasiado consciente de su peligro para considerar cómo podía estructurar sus palabras en un todo coherente; sólo expresó, en cambio, el fuerte deseo de su alma de la manera más sencilla posible: “¡Señor, sálvame!”; y esa oración fue escuchada, y Pedro fue salvado de ahogarse, tal como un pecador será salvado del infierno si puede orar de la misma manera. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''Ahora, abordando la propia oración de Pedro, y sugiriendo que se trata de una oración adecuada para todos los que sean capaces de elevar algún tipo de oración, mi primera observación al respecto ES QUE FUE UNA ORACIÓN MUY BREVE. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sólo contenía dos palabras: “¡Señor, sálvame!” Yo creo que la excelencia de la oración consiste a menudo en su brevedad. Habrán notado la extrema brevedad de la mayoría de las oraciones que fueron preservadas en la Biblia. Una de las oraciones más largas es la oración de nuestro Salvador, registrada por Juan, que habría tomado, yo supongo, alrededor de unos cinco minutos; y está también la oración de Salomón con motivo de la dedicación del templo, que podría haber tomado unos seis minutos. Casi todas las demás oraciones registradas en la Biblia son muy breves; y, probablemente, en nuestros servicios públicos de oración, oramos mucho más extensamente que todas esas oraciones sumadas juntas. Esto podría ser excusado, tal vez, cuando hay muchas peticiones que han de ser presentadas por una persona a nombre de una numerosa congregación; pero, en nuestras reuniones de oración, donde participan muchas personas, estoy seguro de que, entre más larga sea la oración, será peor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Por supuesto que hay excepciones a esta regla. El Espíritu de Dios inspira a veces a un hombre de tal manera que, si se mantuviera orando toda la noche, nos alegraríamos de unirnos a él en ese santo ejercicio; pero, como regla general, no hace esas cosas. Hay algunos que oran más prolongadamente cuando tienen menos cosas que decir, y únicamente continúan repitiendo ciertas frases pías que casi pierden todo significado por la monótona reiteración. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Queridos amigos, cuando estén orando, ya sea en público o en privado, recuerden que no tienen necesidad de enseñarle al Señor un sistema de teología; Él sabe mucho más acerca de eso que ustedes. No tienen ninguna necesidad de explicarle al Señor toda la experiencia que un cristiano debe tener, pues Él lo sabe mucho mejor que ustedes. Y no hay necesidad de volver a repetir siempre las diversas agencias, e instituciones, y estaciones de misiones. Díganle al Señor lo que esté en su corazón, tan brevemente como sea posible, para poder así dejar tiempo y oportunidad para que otras personas hagan lo mismo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me pregunto si hay alguien que dice: “no tengo tiempo para la oración”. Querido amigo, ¿te atreves a abandonar tu hogar por la mañana sin arrodillarte delante de Dios? ¿Puedes aventurarte a cerrar tus ojos en la noche y mostrar la imagen de la muerte, sin encomendarte primero a la custodia de Dios durante las horas de inconciencia en el sueño? No entiendo cómo puedes llevar una vida tan despreocupada como esa. Pero, seguramente, no quisiste decir, en realidad, que no tenías tiempo para ofrecer una oración como la plegaria de Pedro: “¡Señor, sálvame!” ¿Cuánto tiempo toma esa oración? ¿O cuánto tiempo toma esta: “Dios, sé propicio a mí, pecador”? Si tú te dieras cuenta de tu verdadera condición a los ojos de Dios, encontrarías el tiempo para orar de una u otra manera, pues sentirías que debes orar. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando Pedro comenzaba a hundirse, nunca se le ocurrió que no tenía tiempo para la oración. Sintió que debía orar; su sentido del peligro lo forzó a implorarle a Cristo: “¡Señor, sálvame!” Y si lo sintieras como deberías sentirlo, tu sentido de necesidad te conducirá a la oración, y nunca más dirás: “no tengo tiempo para la oración.” No es tanto un asunto de tiempo como un asunto del corazón; si tienes el corazón para orar, encontrarás el tiempo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los exhorto a cultivar el hábito de orar con brevedad a lo largo de todo el día. Ya les he comentado anteriormente acerca del puritano que, en un debate, fue visto tomando notas, y cuando fueron examinadas posteriormente, se descubrió que no había nada en el papel, excepto estas palabras: “¡Más luz, Señor! ¡Más luz, Señor! ¡Más luz, Señor!” Necesitaba más luz sobre el tema bajo discusión y, por tanto, la pedía al Señor, y esa es la manera de orar. Tú puedes orar durante el día: “Señor, dame más gracia. Señor, sujeta mi temperamento. ¡Dime, oh Dios mío, qué he de hacer en este caso! Señor, dirígeme. Señor, sálvame.” Oren de esta manera, y estarán imitando el buen ejemplo de brevedad en la oración que nuestro texto coloca ante ustedes. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''Noten, a continuación que, aunque la oración de Pedro haya sido muy breve, FUE MARAVILLOSAMENTE INCLUSIVA, Y ADAPTADA PARA SER USADA EN MUCHAS OCASIONES DIFERENTES: “¡Señor, sálvame!” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esa oración cubrió todas las necesidades de Pedro en aquel instante, y podría haberla seguido usando en tanto que viviera. Cuando su Maestro le dijo que Satanás lo había pedido para zarandearlo como a trigo, pudo haber orado igualmente: “¡Señor, sálvame!” Cuando negó a su Maestro, y salió, y lloró amargamente, le habría sido bueno orar: “¡Señor, sálvame!” Cuando posteriormente se desplazó de un lado para otro predicando el Evangelio, todavía hubiera podido orar: “¡Señor, sálvame!”; y cuando, al final, fue llevado para ser crucificado por causa de Cristo, difícilmente habría podido encontrar una mejor oración con la que concluir su vida que esta: “¡Señor, sálvame!” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, así como Pedro encontró que esta oración era muy apropiada para él, yo la recomiendo para cada uno de ustedes. ¿Te has estado haciendo rico últimamente? Entonces, serás tentado a volverte altivo y mundano; por tanto, ora: “Señor, sálvame de los males que acompañan a las riquezas con tanta frecuencia; Tú me estás dando esta riqueza; ayúdame a que sea un buen mayordomo para ella, y que no la convierta en un ídolo.” O, ¿te estás volviendo pobre? ¿Es tu negocio un fracaso? ¿Se están acabando tus escasos ahorros? Bien, hay peligros que están vinculados a la pobreza; entonces ora: “Señor, sálvame de volverme envidioso o de estar descontento; concédeme que esté dispuesto a ser pobre en vez de hacer cualquier cosa mala para tener dinero.” ¿Sientes, querido amigo, que no estás viviendo tan cerca de Dios como lo hiciste una vez? ¿Se está haciendo notoria en ti la influencia congeladora del mundo? Entonces ora: “¡Señor, sálvame!” ¿Has caído en algún pecado que temes que podría acarrear una deshonra para tu profesión? Bien, entonces, antes de que ese pecado crezca, clama: “¡Señor, sálvame!” ¿Has llegado a algún lugar donde tu pie ha estado muy cerca de resbalar? El precipicio está justo delante de ti, y sientes que, si algún poder más fuerte que el tuyo no interviniera, caerías, y sufrirías un daño severo, si es que no la total destrucción. Entonces, musita de inmediato la oración: “¡Señor, sálvame!” Yo puedo recomendarte esta oración cuando estés en medio de un mar tormentoso, pero será igualmente apropiada para ti mientras estés en tierra firme: “¡Señor, sálvame!” Puedo recomendártela como una oración apropiada para ti cuando estés cerca de las puertas de la muerte, pero es muy adaptada para ti cuando gozas de una vigorosa salud: “¡Señor, sálvame!” Y si pudieras agregar a la oración: “y, Señor, salva a mis hijos, y a mis parientes, y a mis vecinos”, sería mejor todavía. A pesar de eso, para ti personalmente es una admirable oración para que la lleves contigo dondequiera que vayas: “¡Señor, sálvame!” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''III.''' La oración de Pedro tiene una tercera excelencia: ERA MUY DIRECTA. De nada le habría servido a Pedro, justo entonces, haber usado los muchos título que válidamente pertenecen a Cristo, o haber comenzado a pedir mil cosas; Pedro fue directo al tema de su inmediata necesidad, y clamó: “¡Señor, sálvame!” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando uno de nuestros queridos amigos, que recientemente se fue al cielo, se encontraba muy enfermo, uno de sus hijos oró con él. Comenzó de una manera muy formal: “Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra y Creador nuestro”, pero el enfermo le detuvo y le dijo: “mi querido muchacho, yo soy un pobre pecador, y necesito la misericordia de Dios; di: “¡Señor, sálvale!” El moribundo necesitaba que su hijo fuera al grano, y yo me identifico con él; pues, con frecuencia, cuando algunos de nuestros amados hermanos han estado orando aquí y se han andado con rodeos, yo hubiera deseado que fueran al grano, y que pidieran por aquello que realmente necesitaban. Han seguido dando vueltas alrededor de la casa, en vez de tocar la puerta y tratar de entrar. La oración de Pedro nos muestra cómo debemos ir directo al corazón del asunto: “¡Señor, sálvame!” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Muchas personas dejan de recibir respuestas a sus oraciones porque no van directo a Dios, y no confiesan los pecados que han cometido. Había un miembro de una iglesia cristiana que, en una ocasión, cayó muy vergonzosamente a través de la bebida. Estaba muy contrito, y le pidió a su pastor que orara por él, pero no quería revelar cuál había sido su pecado. El pastor oró, y luego le pidió al hermano que él mismo orara. El pobre hombre dijo: “Señor, Tú sabes que he errado, y que he hecho lo malo”, y siguió de esa manera, haciendo una suerte de confesión general, pero eso no le trajo paz a su mente. Sintió que no podía retirarse de esa manera, así que se puso de rodillas de nuevo, y dijo: “Señor, Tú sabes que yo estaba borracho; el pecado que cometí fue muy vergonzoso, y estoy en verdad muy afligido por ello; ¡oh Señor, perdóname por medio de Jesús!”, y antes de que su oración hubiera terminado, había encontrado la paz porque había confesado claramente su pecado a Dios, y ya no trató de ocultarlo más. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ustedes recuerdan que David no podía tener nada de paz hasta que fue al punto y oró: “Líbrame de homicidios, oh Dios, Dios de mi salvación.” Antes de eso, había tratado de ocultar su grave pecado; pero no hubo reposo para su conciencia hasta que hizo una confesión plena de su culpa y, después de eso, David pudo decir: “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nuestras oraciones, ya sean por nosotros mismos o por otros, y especialmente nuestras confesiones de pecado, han de ir directamente al grano, y no debemos andarnos con rodeos. Si cualquiera ustedes ha estado usando formas de oración que no han alcanzado para el involucrado ninguna respuesta a sus súplicas, hágalas todas a un lado, y simplemente debe ir y decirle al Señor, claramente, lo que necesita. Su oración será probablemente entonces algo como esto: “¡oh Dios, yo soy un pecador perdido! He sido negligente acerca de las cosas divinas; he escuchado el Evangelio pero no lo he obedecido. Señor, perdóname, sálvame, hazme Tu hijo, y concédenos que yo y mi casa seamos Tuyos para siempre.” Esa es la forma de orar para que Dios los oiga y les responda. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''IV. '''Otra característica de la oración de Pedro es que fue UNA ORACIÓN SATURADA DE SANA DOCTRINA: “¡Señor, sálvame!” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No da la impresión de que Pedro hubiese pensado en salvarse a sí mismo de ahogarse; no da la impresión de que Pedro pensara que había en él una suficiente flotación natural que le podría mantener a flote, o que podría nadar hasta el barco; sino, “comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame!” Una de las tareas más arduas del mundo es lograr que un hombre renuncie a toda la confianza en sí mismo, y que ore con todo su corazón: “¡Señor, sálvame!” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En lugar de hacer eso, dice: “Oh Señor, no siento lo que debería sentir; quiero sentir más mi necesidad, quiero sentir más gozo, quiero sentir más santidad”. Ustedes ven que está poniendo a los sentimientos en el lugar de la fe; está estableciendo, por decirlo así, una ruta a lo largo de la cual quiere que Dios camine, en vez de caminar en la senda que Dios ha señalado para todos aquellos que desean ser salvados. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Otra persona está buscando reformarse a sí misma, para autoadecuarse de esta manera para el cielo; y ora en armonía con esa idea, y como era de esperarse, no recibe respuesta. Me encanta oír oraciones como esta: “oh Señor, yo no puedo salvarme a mí mismo, y no te pido que me salves de la manera que yo prescriba; ¡Señor, sálvame de cualquier manera, solamente sálvame! Me basta con ser salvado por la preciosa sangre de Jesús. Me basta con ser salvado por la obra regeneradora del Espíritu Santo. Sé que debo nacer de nuevo si he de entrar jamás en el cielo; ¡revíveme, oh Espíritu siempre bendito! Yo sé que debo renunciar a mis pecados. Señor, yo no quiero conservarlos; te suplico humildemente que me salves de mis pecados por Tu gracia. ¡Yo sé que sólo Tú puedes hacer esta obra; yo no puedo ni siquiera levantar un dedo para ayudarte en ella; entonces, sálvame, Señor, por Tu grande misericordia!” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esta es una sana verdad doctrinal: la salvación en la que todo es por gracia, no del hombre ni llevada a cabo por el hombre; “No son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios”; es la salvación de acuerdo al propósito eterno de Dios, por la obra eficaz del Espíritu Santo, a través del sacrificio sustitutivo de Jesucristo. Cuando un pecador está dispuesto a aceptar la salvación en los términos de Dios, entonces la oración asciende aceptablemente hacia el Altísimo: “¡Señor, sálvame!” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''V.''' Noten, también, que LA ORACIÓN DE PEDRO FUE UNA ORACIÓN MUY PERSONAL: “¡Señor, sálvame!” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En ese instante, Pedro no pensó en nadie más; y cuando un alma está preocupada por sus intereses eternos, sería conveniente, al principio, que limitara sus pensamientos a pensar en sí misma, y a orar: “¡Señor, sálvame!” Y en la vida posterior del cristiano, vendrán momentos en los que le sería mejor, por un tiempo, olvidar a todos los demás, y orar simplemente: “¡Señor, sálvame!” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Henos aquí, una gran congregación, reunidos juntos por muy diferentes motivos; y, tal vez, algunas personas aquí que no están todavía personalmente interesadas en Cristo, esperan vagamente que Dios bendiga a alguien en esta asamblea; pero si el Espíritu Santo comenzara a obrar en el corazón y en la conciencia de un individuo, la persona convicta comenzará a orar: “¡Señor, sálvame!” Me entero de muchas otras personas que están siendo llevadas a &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Jesús; pero, Señor, sálvame ''a mí''. Mi amada hermana ha sido convertida y ha hecho una profesión de su fe; pero, Señor, sálvame. Tuve una madre piadosa, que se ha ido a casa, a la gloria; y mi amado padre está caminando en Tu temor; no permitas que su hijo sea un desechado; Señor, sálvame.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo suplico a cada persona aquí presente que eleve esta oración personal, y les ruego a aquellos que ciertamente aman al Señor, que se unan a mí en interceder ante Él para que así suceda. Yo veo a unas niñitas por allá; ¿no querrá cada una de ustedes, mis amadas niñas, elevar esta oración? Le pido al Espíritu Santo que las conduzca a clamar: “¡Señor, salva a Anita!”, o “Señor, salva a la pequeña María”; o que, de igual manera, ustedes, muchachos, sean llevados a orar, “Señor, salva a Tomás”, o “Señor, salva a Memo.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ora por ti mismo precisamente de esa manera sencilla y ¿quién sabe qué bendición pueda venirte? Entonces ustedes, madres, no dejarán que sus hijos oren por ellos mismos, mientras ustedes permanecen sin elevar sus oraciones; ¿acaso no clamará cada una de ustedes: “¡Señor, sálvame!”? Y ustedes, obreros, a quienes me da gusto ver en el servicio nocturno entre semana, no se vayan sin presentar sus propias peticiones personales. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El apóstol Pedro tuvo que orar por sí mismo; los más eminentes siervos de Dios tuvieron que orar por sí mismos, y ustedes tienen que orar por ustedes mismos. Aunque todos los santos de Dios fueran a orar por ti mientras vivas, con una voz unida, no serías salvo a menos que tú clamaras también a Dios por ti mismo. La religión es un asunto personal; no hay tal cosa como una religión mediante otorgamiento de poderes. Ustedes deben arrepentirse por ustedes mismos, y deben orar por ustedes mismos, y creer por ustedes mismos, si es que quieren ser salvados. ¡Que Dios les conceda que hagan esto! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''VI. '''Quiero que noten, a continuación, que LA ORACIÓN DE PEDRO FUE UNA ORACIÓN MUY URGENTE: “¡Señor, sálvame!” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pedro no dijo: “Señor, sálvame mañana”, o “sálvame dentro de una hora.” Él estaba “comenzando a hundirse”; las olas hambrientas habían abierto sus fauces para tragárselo, y pronto habría desaparecido. Sólo tuvo tiempo de gritar: “¡Señor, sálvame!”; pero sin duda quiso decir: “Señor, sálvame ahora, pues ahora estoy en peligro de ahogarme. Señor, sálvame ahora; pues, si te demoras, me hundiré hasta el fondo del mar”. “Al momento Jesús, extendiendo la mano, asió de él”, y así le salvó. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay muchas personas que quisieran que Jesús las salve, pero, ¿cuándo? ¡Ah!, ese es el punto que no han decidido todavía. Un joven dice: “me gustaría que Cristo me salvara cuando me vuelva viejo, cuando haya visto un poco más de la vida”. Quieres decir: cuando hayas visto mucho más de la muerte, pues eso es todo lo que verás en el mundo; no hay vida verdadera allí excepto la que es en Cristo Jesús. Muchos hombres a la mitad de su vida han dicho: “pretendo volverme cristiano antes de que muera, pero en este momento todavía no”. Han estado demasiado ocupados para buscar al Señor, pero la muerte los ha buscado sin ninguna advertencia; y, ocupados o no, han tenido que morir estando muy desprevenidos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay esperanza para un pecador cuando ora: “Señor, mi caso es urgente, sálvame ahora. El pecado, como una víbora, se ha pegado a mí; Señor, sálvame ahora de su veneno mortal. Yo soy culpable ahora, y ya estoy condenado, porque no he creído en Jesús; Señor, sálvame ahora, sálvame de la condenación, sálvame del condenador pecado de la incredulidad. Señor, hasta donde yo sé, estoy ahora al borde de la muerte, y estoy en peligro del infierno así como de la muerte mientras permanezca sin perdón. Por tanto, ¡te pido que te agrade permitir que se apresuren las ruedas del carruaje de la misericordia, y me salven en este instante, oh Señor! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
He conocido a algunos que han estado sumergidos tan profundamente bajo la influencia del Espíritu Santo, que se han arrodillado junto a su lecho, y han dicho: “No daremos sueño a nuestros ojos, ni a nuestros párpados adormecimiento, hasta que encontremos al Salvador”, y, en breve, le han encontrado. Han afirmado: “lucharemos en oración hasta que nuestra carga de pecado haya sido quitada”; y habiendo alcanzado esa determinación, no pasó mucho tiempo antes de que obtuvieran la bendición que deseaban. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando ninguna otra cosa tiene éxito, la importunidad seguramente prevalecerá. Cuando tú estés dispuesto a no aceptar una negativa de Dios, no te dará una respuesta negativa; pero mientras estés contento de ser un condenado, seguirás sin ser salvo. Cuando clames con toda la urgencia de la que seas capaz: “debo tener a Jesús, o moriré; tengo hambre, sed, deseos vehementes y ansias de Él, como el ciervo brama por las corrientes de las aguas”; no pasará mucho tiempo antes de que albergues ese inapreciable tesoro en tu corazón, y digas: “Jesús es mi Salvador; yo he creído en Él”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''VII. '''Ahora, por último, he de recordarles que LA ORACIÓN DE PEDRO FUE UNA ORACIÓN EFECTIVA: “¡Señor, sálvame!”, y Jesús le salvó. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Podría haber consuelo para algunos de los que están presentes, si piensan que, aunque esta fue la oración de un hombre afligido, y de un hombre en quien había una mezcla de incredulidad y fe, sin embargo, tuvo éxito. Las imperfecciones y las debilidades no impedirán que la oración triunfe, si es sincera y honesta. Jesús le dijo a Pedro: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?”, lo que nos demuestra que, en efecto, Pedro dudó, aunque también había un poco de fe en él, pues creía que Cristo podía salvarle de la tumba líquida. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Muchos de nosotros somos también una extraña mezcla, al igual que lo fue Pedro. El arrepentimiento y la dureza de corazón pueden ocupar, cada uno de ellos, una parte de nuestro ser, y la fe podría estar en nuestro corazón, conjuntamente con una medida de incredulidad, tal como sucedió con el hombre que le dijo a Jesús: “Creo; ayuda mi incredulidad.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Alguno de ustedes siente que quiere orar, y, sin embargo, no puede hacerlo? Tú quisieras creer en Jesús, pero hay otra ley en tus miembros que te detiene. Quisieras elevar una oración eficaz, como la oración de Elías, sin titubear nunca ante la promesa por culpa de la incredulidad; pero, de alguna manera u otra, no podrías explicar por qué no puedes llegar a esa oración. Sin embargo, no renunciarás a la oración; sientes que no podrías hacer eso. Te quedas un buen rato ante el propiciatorio aun cuando no puedes prevalecer ante Dios en la oración. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Ah, alma querida!, es una gran misericordia que Dios no juzgue tu oración por lo que es en sí misma; Él la juzga enteramente desde otro punto de vista. Jesús la toma, la rehace, le agrega el mérito de Su propia sangre preciosa, y entonces, cuando presenta la oración al Padre, está tan cambiada, que tú mismo difícilmente podrías reconocerla como tu petición. Dirías: “A duras penas puedo creer que esa sea mi oración, pues Cristo la ha modificado y la ha mejorado grandemente.” Ha sucedido con ustedes lo que sucede a veces con la pobre gente que está sumida en la aflicción, como en efecto sucedió a alguien a quien conocí hace algún tiempo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Una buena mujer quería que yo enviara una petición a una cierta oficina del gobierno, concerniente a su marido que había muerto, y por ese motivo necesitaba conseguir ayuda. Ella elaboró la petición, y me la trajo. Una palabra de cada diez estaba bien escrita, y la composición entera era inapropiada para ser enviada. La señora quería que yo agregara mi nombre a la petición, y que la enviara por correo. Así lo hice; pero primero escribí de nuevo toda la petición, guardando el tema de la petición como ella lo expresó, pero alterando la forma y el vocabulario empleado. Eso es lo que nuestro buen Señor y Maestro hace por nosotros, sólo que en un sentido infinitamente más elevado; Él escribe de nuevo nuestra petición, incorpora en ella Su propia firma real, y cuando Su Padre ve eso, concede la petición de inmediato. Una gota de la sangre de Cristo que impregna una oración ha de hacerla prosperar. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces, regresen a casa, ustedes, que están abrumados con dudas y temores, ustedes, que son vejados por Satanás, ustedes, que están afligidos por el recuerdo de sus propios pecados pasados; a pesar de todo ello, acudan a Dios, y díganle: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti”, y pídanle perdón, y recibirán Su perdón. Sigan orando de una manera semejante a esta: “Señor, sálvame, por Jesús. Jesús, Tú eres el Salvador de los pecadores, sálvame, te lo suplico. Tú eres poderoso para salvar; Señor, sálvame. Tú estás intercediendo en el cielo por los transgresores; Señor, intercede por mí.” No esperen a llegar a casa, sino oren justo donde se encuentran sentados: “¡Señor, sálvame!” ¡Que Dios le dé gracia a cada uno aquí presente para que eleve esa oración desde su corazón, por Jesucristo nuestro Señor! Amén.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

	<entry>
		<id>http://es.gospeltranslations.org/wiki/Nuestra_Urgente_Necesidad_del_Esp%C3%ADritu_Santo</id>
		<title>Nuestra Urgente Necesidad del Espíritu Santo</title>
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				<updated>2011-02-09T14:45:57Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|Our Urgent Need of the Holy Spirit}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Por el poder del Espíritu Santo”. ''Romanos 15: 13.&amp;lt;br&amp;gt;''“En el poder del Espíritu de Dios”. ''Romanos 15: 19. &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
En este momento quisiera solicitarles su atención a la gran necesidad que existe de la manifestación continua del poder del Espíritu Santo en la iglesia de Dios, si por medio de ella las multitudes deben ser recolectadas para el Señor Jesús. No supe cómo hacerlo mejor que mostrando primero que el Espíritu de Dios es necesario para el propio crecimiento interno en la gracia de la iglesia de Dios. De ahí mi texto del versículo trece: “Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo”, en el que es evidente que el apóstol atribuye al Espíritu Santo el poder de ser llenados de gozo y paz en el creer, y el poder de abundar en esperanza. Pero, luego, quise mostrarles también que el poder de la iglesia en el exterior, ese poder con el que debe ser agresiva y trabajar en el mundo para reunir a los elegidos de Dios de entre los hombres, es también esta misma energía del Espíritu Santo. De ahí que haya tomado el versículo diecinueve, pues el apóstol dice allí lo que Dios, por medio de él, había hecho “para la obediencia de los gentiles, con la palabra y con las obras, con potencia de señales y prodigios, en el poder del Espíritu de Dios”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces vean, queridos amigos, que para mantener feliz y santa a la iglesia internamente, antes que nada tiene que haber una manifestación del poder del Espíritu Santo, y, en segundo lugar, que para que la iglesia pueda invadir los territorios del enemigo y conquistar al mundo para Cristo, tiene que estar revestida de la misma energía sagrada. Podemos ir más lejos y decir que el poder de la iglesia para la obra externa es proporcional al poder que mora dentro de ella. Midan la energía del Espíritu Santo en los corazones de los creyentes y podrán calcular cabalmente su influencia sobre los incrédulos. Si la iglesia es iluminada por el Espíritu Santo, entonces reflejará la luz y se tornará para los espectadores: “Hermosa como la luna, esclarecida como el sol, imponente como ejércitos en orden”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Les voy a mostrar, por medio de dos o tres ilustraciones, que el trabajo hacia el exterior depende siempre de la fuerza interior. En un frío día de invierno ha caído nieve y se ha amontonado una gruesa capa sobre el terreno por el que atraviesas una aldea. Hay una hilera de rústicas casitas y puedes notar que la nieve casi ha desaparecido de uno de los techos, mientras que otra casita soporta todavía un grueso revestimiento de nieve. No te detienes a averiguar la razón de la diferencia, pues sabes muy bien cuál es la causa. Dentro de la primera casita rústica hay un fuego encendido y el calor se expande a través de su techo de tal forma que la nieve se derrite rápido. En la otra casita no vive ningún inquilino; es una casa disponible para renta; no hay ningún fuego encendido en su chimenea y por eso la nieve permanece en el techo. En la misma medida que hay calor adentro habrá derretimiento afuera. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo miro un número de iglesias y donde veo que la mundanalidad y el formalismo las recubren con una densa capa, tengo la absoluta certeza de que están desprovistas del calor de la vida cristiana en su interior; pero donde los corazones de los creyentes arden con el amor divino por medio del Espíritu de Dios, estamos seguros de ver que los males desaparecen y que se originan benéficas consecuencias como resultado. No necesitamos mirar en su interior; en un caso así el exterior es un índice que basta. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tomemos un ejemplo sacado de la vida política. Surge un conflicto entre diferentes naciones; hay espíritus airados que provocan agitación y parecería muy probable que el nudo gordiano de la dificultad nunca podrá ser desatado por la diplomacia, sino que tendrá que ser cortado con la espada. Todo el mundo sabe que una de las esperanzas de la paz radica en la condición de bancarrota de la nación que probablemente vaya a la guerra; pues si cuenta con escasos pertrechos, si no puede pagar sus deudas, si no puede acopiar el material para la guerra, entonces no es probable que busque un conflicto. Un país tiene que ser fuerte en recursos internos antes de que pueda aventurarse prudentemente en guerras extranjeras. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lo mismo sucede en la gran batalla de la verdad: una pobre iglesia muerta de hambre no puede combatir contra el diablo y sus huestes. A menos que la iglesia sea rica en las cosas de Dios, y potente con la energía divina, dejará generalmente de ser agresiva, y se contentará con seguir con la rutina regular de una obra cristiana, clamando: “¡Paz! ¡Paz!”, donde no debería haber paz. No se atreverá a desafiar al mundo ni a enviar sus legiones para conquistar sus provincias para Cristo, cuando su propia condición es lastimosamente débil. La fuerza o la debilidad del tesoro de una nación afectan a su ejército en cada marcha y, de igual manera, la iglesia de Dios es influenciada en todas sus acciones por su medida de gracia. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Permítanme otra ilustración más. Si vivieran en Egipto notarían, una vez al año, la crecida del río Nilo y la observarían con ansiedad, porque la dimensión del desbordamiento del Nilo es con mucho la medida de la fertilidad de Egipto. Ahora, la crecida del Nilo depende de aquellos lejanos lagos del centro de África, es decir, depende de si están debidamente llenos por el derretimiento de las nieves o no. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si hay un escaso abastecimiento en los depósitos superiores, no puede haber mucho desbordamiento en el curso posterior del Nilo a lo largo de Egipto. Traslademos la figura y digamos que si los lagos superiores de la comunión con Dios en la Iglesia cristiana no están bien saturados, -si la potencia espiritual del alma no es sustentada por la oración privada y la comunión con Dios- el Nilo del servicio práctico cristiano nunca llegará a un nivel de inundación. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lo que quiero decir es esto: no puedes extraer de la iglesia lo que no está contenido en ella. El propio depósito tiene que estar lleno antes de que pueda hacer verter un torrente. Nosotros mismos hemos de beber del agua viva hasta estar llenos y luego de nuestro interior correrán ríos de agua viva; pero no hasta entonces. No se puede distribuir panes y peces de una cesta vacía, por hambrienta que esté la multitud. Un corazón vacío no puede hablar cosas significativas, ni de un alma flaca se puede extraer gruesos tuétanos que alimenten al pueblo de Dios. De la abundancia del corazón habla la boca cuando habla para edificación. De tal forma que lo primero que debemos hacer es revisar bien los asuntos de casa, y pedirle a Dios que ''nos'' bendiga y haga resplandecer Su rostro sobre nosotros, para que sea conocido en la tierra Su camino y en todas las naciones Su salvación. &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Para bendecir a Tu raza escogida,&amp;lt;br&amp;gt;En misericordia, Señor, inclínate,&amp;lt;br&amp;gt;Y haz que el resplandor de Tu faz,&amp;lt;br&amp;gt;Brille sobre todos Tus santos.&amp;lt;br&amp;gt;&amp;lt;br&amp;gt;Para que así Tu maravilloso camino&amp;lt;br&amp;gt;Sea conocido por todo el mundo;&amp;lt;br&amp;gt;Mientras distantes tierras rinden su tributo,&amp;lt;br&amp;gt;Y reconocen Tu salvación”.'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Esta mañana, al tratar de hablar de la gran necesidad de la Iglesia, es decir, de su necesidad de ser conducida vigorosamente por el poder del Espíritu Santo, pido sinceramente que podamos adentrarnos en este tema con la más profunda reverencia concebible. Debemos adorar mientras estamos meditando; debemos sentir la condescendencia de esta bendita Persona de la Deidad, pues se digna morar en Su pueblo y obrar en el corazón humano. Recordemos que esta persona divina es muy sensible. Él es un Dios celoso. Leemos que se aflige y es vejado, y por tanto, pidamos Su perdón por las muchas provocaciones que debe de haber recibido de nuestras manos. Con el más humilde temor inclinémonos delante de Él, recordando que si hay un pecado que es imperdonable, está referido a Él mismo: el pecado contra el Espíritu Santo, que no será perdonado nunca, ni en este mundo ni en el venidero. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En referencia al Espíritu Santo estamos, en verdad, sobre un terreno muy delicado; y si alguna vez velamos nuestros rostros y nos regocijamos con temblor, es cuando hablamos del Espíritu y de esas obras misteriosas con las que nos bendice. En ese espíritu de humildad, y bajo la sombra divina, síganme mientras expongo ante ustedes siete obras del Espíritu Santo que son sumamente necesarias para el propio bien de la Iglesia, e igualmente necesarias para ella en su oficio de misionera de Cristo para con el mundo exterior. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''Entonces, para comenzar, el poder del Espíritu Santo se manifiesta en la resurrección de las almas a la vida espiritual. Toda la vida espiritual que existe en este mundo es la creación del Espíritu Santo, por quien el Señor Jesús revive a quien Él quiera. Ni ustedes ni yo teníamos suficiente vida para conocer nuestra muerte hasta que Él nos visitó; no teníamos suficiente luz para percibir que estábamos sumidos en las tinieblas, ni el suficiente sentido para sentir nuestra miseria: estábamos completamente abandonados a nuestra propia necedad; aunque estábamos desnudos, y éramos pobres y miserables, soñábamos que éramos ricos, y nos habíamos enriquecido. Estábamos bajo sentencia de muerte como criminales condenados y, sin embargo, hablábamos de mérito y de recompensa; sí, estábamos muertos y, sin embargo, nos jactábamos de estar vivos considerando que nuestra propia muerte era nuestra vida. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El Espíritu de Dios en infinita misericordia vino a nosotros con Su misterioso poder, y nos hizo vivir. La primera señal de vida fue que nos dimos cuenta de que estábamos en los dominios de la muerte y que experimentábamos una agonía para escapar de allí; comenzamos a percibir nuestra insensibilidad, y, si se me perdona la expresión, vimos nuestra ceguera. Cualquier crecimiento de vida espiritual, desde el primer tierno brote hasta ahora, ha sido también la obra del Espíritu Santo. Así como la verde hierba fue producción Suya, así también lo es el grano maduro. El crecimiento de la vida al igual que la vida inicial, tiene que seguir viniendo por la operación del Espíritu de Dios, que resucitó a Cristo de los muertos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nunca tendrás más vida, hermano, excepto conforme el Espíritu Santo te la otorgue; sí, ni siquiera sabrías que necesitas más, ni gemirías por más, excepto conforme Él obre en ti el desear y agonizar, según Su beneplácito. Vean, entonces, nuestra absoluta dependencia del Espíritu Santo; pues si Él se fuera, recaeríamos en la muerte espiritual, y la Iglesia se convertiría en un osario. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El Espíritu Santo es absolutamente necesario para hacer que viva todo lo que hacemos. Nosotros somos sembradores, hermanos, pero si tomamos semilla muerta en nuestro canasto de semillas, nunca habría una cosecha. El predicador tiene que predicar la verdad viva de una manera viva si espera obtener una cosecha a ciento por uno. Cuánto hay de trabajo de la iglesia que no es nada mejor que el movimiento de un cuerpo galvanizado. Cuánto de la religión es realizado como si fuera llevado a cabo por un autómata, o procesado por alguna maquinaria. En estos días a los hombres les interesan poco el corazón y el alma; ellos sólo miran las funciones externas. Vamos, me he enterado de que han inventado ahora una máquina que habla, aunque ciertamente ya había suficientes charlas sin necesidad de esta adición parisina a la banda de charlatanes. Podemos predicar como máquinas, podemos orar como máquinas, y podemos enseñar la escuela dominical como máquinas. Los hombres pueden dar mecánicamente, y acercarse a la mesa de la comunión mecánicamente; sí, y nosotros mismos lo haríamos si el Espíritu de Dios no estuviera con nosotros. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La mayoría de los oyentes ha experimentado oír un sermón vivo que se estremece por todas partes con plenitud de energía; ustedes saben también en qué consiste cantar un himno de una manera vívida, y han participado en una viva reunión de oración; pero, ah, si el Espíritu de Dios está ausente, todo lo que hace la iglesia estaría sin vida, y sólo sería: el susurro de hojas sobre una tumba, un vuelo de espectros, la congregación de los muertos dando vueltas en sus sepulcros. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Como el Espíritu de Dios es un vivificador que nos revive a nosotros y revive a nuestra obra, entonces tiene que estar especialmente con nosotros para revivir a aquellos con quienes tenemos que tratar por Jesús. Imaginen a un predicador muerto predicando un sermón muerto a pecadores muertos: ¿qué podría resultar de ello? Allí está un hermoso ensayo que ha sido admirablemente elaborado y que es leído con frialdad a un pecador de frío corazón. Huele a aceite de medianoche, pero no tiene la unción celestial, ningún poder divino descansa en él, y, tal vez, ese poder ni siquiera sea buscado jamás. ¿Qué bien podría generarse de semejante producción? Bendecir a un alma por medio de la simple erudición y de la elocuencia, equivale a tratar de calmar la tempestad con poesía o intentar detener al huracán con retórica. Únicamente conforme el Espíritu de Dios venga sobre el siervo de Dios y haga que la palabra que predica caiga como simiente viva en el corazón, es que puede darse algún resultado de su ministerio; y únicamente conforme el Espíritu de Dios siga luego esa semilla y la mantenga viva en el alma del oyente es que podemos esperar que aquellos que profesan ser convertidos echen raíces y crezcan hasta la madurez de la gracia, y se conviertan en nuestras gavillas al final. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Somos completamente dependientes en esto, y por mi parte, me regocijo por esta dependencia absoluta. Si contara con una reserva de poder para salvar almas, que fuera toda mía, aparte del Espíritu de Dios, no puedo suponer una mayor tentación al orgullo y a una vida distanciada de Dios. Es bueno ser débil en el yo, y es mejor todavía no ser nada: ser simplemente la pluma en la mano del Espíritu de Dios, incapaz de escribir una sola letra sobre las tablas del corazón humano excepto según nos use la mano del Espíritu Santo para ese propósito. Esa es realmente nuestra posición y debemos asumirla prácticamente; y haciéndolo clamaremos continuamente al Espíritu de Dios para que nos reviva en todas las cosas, y para que reviva todo lo que hacemos, y que reviva la palabra cuando cae en oídos del pecador. Estoy completamente seguro de que una iglesia que está desprovista de vida no puede ser el instrumento para dar vida a los pecadores a su alrededor. No. Todo actúa de esta manera y tenemos que tener una iglesia viva para hacer una obra viva. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, que Dios reviviera a cada miembro de esta iglesia! “¿Cómo”, - dirán ustedes- “piensas que algunos de nosotros no estamos vivos para Dios?” Hermanos, hay algunos de ustedes de quienes estoy seguro, hasta donde una persona puede juzgar de otra, que tienen vida, pues podemos verla en todo lo que hacen; pero hay otros entre ustedes de quienes uno tiene que ejercitar una gran cantidad de fe y una mayor cantidad de caridad en cuanto a su vida espiritual, pues no percibimos en ustedes mucha actividad en la causa de Dios, ni algún cuidado por las almas de otros, ni celo por la gloria divina. Si no vemos ningún fruto, ¿qué podemos hacer sino orar sinceramente para que ustedes no resulten ser árboles estériles? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ese es el primer punto, y creemos que queda lo más claro posible que debemos tener el poder vivificador del Espíritu para nosotros mismos, si hemos de ser instrumentos en la mano de Dios para despertar a las almas muertas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''A continuación, uno de los oficios especiales del Espíritu Santo es ILUMINAR a Su pueblo. Lo ha hecho dándonos Su Palabra que Él ha inspirado; pero el Libro, por inspirado que sea, nadie puede entenderlo espiritualmente aparte de la enseñanza personal de Su grandioso Autor. Pueden leerlo tanto como quieran sin descubrir nunca el sentido íntimo y vital a menos que su alma sea conducida a adentrarse en él por el propio Espíritu Santo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“¿Cómo”, -preguntará alguien- “he aprendido el catecismo breve y me he aprendido el credo de memoria y, sin embargo, no sé nada?” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo respondo: has hecho bien en aprender la letra de la verdad, pero todavía necesitas que el Espíritu Santo la convierta en luz y en poder de Dios para tu alma. Puedes conocer la letra, y conocerla mejor que algunos que también conocen el espíritu, y yo no deprecio ni por un instante un conocimiento de la letra, a menos que supongan que hay algo salvador en el mero conocimiento mental; pero el Espíritu de Dios debe venir, y dar vida a la letra para ustedes, y transferirla a su corazón, y prenderle fuego y hacerla arder en su interior, o de lo contrario, su fuerza y su majestad divinas permanecerán ocultas a sus ojos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nadie conoce las cosas de Dios salvo aquél a quien el Espíritu de Dios se las ha revelado. Ninguna mente carnal puede entender las cosas espirituales. Podríamos usar un lenguaje muy obvio y evidente, pero el hombre que no tiene entendimiento espiritual es un hombre ciego, y la luz más clara no le capacitaría para ver. Tiene que ser enseñado por el Señor, o morirá en la ignorancia. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, hermanos míos, supongan que en una iglesia hubiera muchas personas que nunca han sido instruidas de esta manera; ¿acaso no pueden ver que de ello tiene que provenir el mal y que provendrá? El error ciertamente surgirá allí donde la verdad no es conocida en la práctica. Si quienes profesan no son enseñados por el Espíritu, su ignorancia engendrará arrogancia, orgullo, incredulidad y mil males más. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, si hubieras conocido más de la verdad, hermano mío, no te habrías jactado así! ¡Oh, si hubieras visto esa verdad que todavía no te ha sido revelada por causa de tu prejuicio, no habrías condenado tan fieramente a quienes son mejores que tú! Con mucho celo para hacer el bien, los hombres han hecho un mundo de daño debido a la falta de instrucción en las cosas divinas. La aflicción, también, viene de la ignorancia. ¡Oh, hermano mío, si hubieras conocido las doctrinas de la gracia no habrías estado tanto tiempo bajo servidumbre! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La mitad de las herejías que hay en la iglesia de Dios no son errores deliberados, sino errores que surgen por no conocer la verdad, por no escudriñar las Escrituras con un corazón enseñable, por no someter la mente a la luz del Espíritu Santo. Como regla deberíamos tratar a la herejía más bien como una ignorancia que debe ser iluminada que como un crimen que debe ser condenado; salvo, ay, que algunas veces se convierte en deliberada perversidad, cuando la mente está ávida de cosas novedosas o inflada por la confianza en sí misma: entonces otro tratamiento podría volverse penosamente necesario. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amados, si el Espíritu de Dios iluminara a la iglesia plenamente, las divisiones llegarían a su fin. Los cismas son generalmente ocasionados por la ignorancia y por el espíritu altivo que no tolera la corrección. Por otra parte, la unidad real, duradera y práctica, existirá en proporción a la unidad de las mentes de los hombres en la verdad de Dios. De aquí la necesidad de que el Espíritu de Dios nos conduzca a toda la verdad. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mi querido hermano, si piensas que conoces una doctrina, pídele al Señor que te dé la seguridad de que la conoces, pues mucho de lo que pensamos que sabemos resulta ser desconocido cuando los tiempos de tribulación nos ponen a prueba. No sabemos nada realmente a menos que sea grabado con fuego en nuestras almas como con un hierro candente por una experiencia que únicamente el Espíritu de Dios puede dar. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Creo que ahora pueden ver que, siendo tan necesario el Espíritu de Dios para nuestra instrucción, encontramos en esta agraciada operación nuestra fuerza para la instrucción de los demás de manera preeminente; pues ¿cómo podrían enseñar aquellos que nunca han sido enseñados? ¿Cómo podrían declarar los hombres un mensaje que nunca han aprendido? “Hijo de hombre… come este rollo”, pues mientras no lo hayas comido tus labios no pueden exponerlo nunca a los demás. “El labrador, para participar de los frutos, debe trabajar primero”. La ley de la viña de Cristo es que nadie trabajará allí mientras no conozca primero el sabor de los frutos que crecen en el sagrado viñedo. Debes conocer tú mismo a Cristo, y Su gracia, y Su amor y Su verdad, antes de que puedas ser siquiera un instructor de bebés para Cristo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando llegamos a tratar con otros anhelando sinceramente instruirlos para Jesús, percibimos nuestra necesidad del Espíritu de Dios incluso más claramente. Ah, hermano mío, piensas que vas a exponer el Evangelio tan claramente que ''tienen'' que verlo, pero sus ojos ciegos te vencen. ¡Ah!, piensas que lo expondrás tan celosamente que ''tienen'' que sentirlo, pero sus corazones fríos como arcilla te derrotan. El viejo Adán es demasiado fuerte para el joven Melancton, puedes estar seguro de ello. Podrías pensar que vas a ganar almas por tus argumentos, pero sería igual que si te pusieras a silbarle al viento en la cima de un monte, a menos que el Espíritu Santo esté contigo. Después de toda tu plática, tus oyentes habrían captado, tal vez, ''tu'' idea, pero tú no puedes impartirles a ellos la mente del Espíritu, el alma real del Evangelio; esto sigue siendo, al igual que la creación misma, una obra que únicamente Dios puede realizar. Oremos diariamente, entonces, pidiendo el poder del Espíritu como el Iluminador. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Ven, oh bendita luz de Dios! Sólo Tú puedes disolver nuestras tinieblas personales, y sólo cuando nos hubieres iluminado podremos conducir a otros a Tu luz. Un cristiano ignorante está descalificado para la gran utilidad; pero aquél que es enseñado por Dios enseñará a los transgresores los caminos de Dios, y los pecadores serán convertidos a Cristo. Tanto para arder por dentro como para resplandecer por fuera debes tener al Espíritu iluminador. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''III. '''Una obra del Espíritu de Dios es crear en los creyentes el espíritu de ADOPCIÓN. “Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!” “Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!” Somos regenerados por el Espíritu Santo y así recibimos la naturaleza de hijos; y esa naturaleza, que es dada por Él, es apremiada, y excitada, y desarrollada y madurada continuamente por Él; de tal manera que recibimos día a día más y más del espíritu semejante al de un niño. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, amados, esto podría parecerles de poca importancia a primera vista; pero es importante, pues la iglesia nunca está feliz excepto cuando todos sus miembros caminan como hijos amados hacia Dios. Algunas veces el espíritu de esclavitud se introduce en nosotros: comenzamos a hablar del servicio de Dios como si fuera algo pesado y agobiante, y estamos descontentos si no recibimos salarios inmediatos y éxito visible, tal como lo hacen los siervos cuando no son idóneos; pero el espíritu de adopción obra por amor sin ninguna esperanza de recompensa, y está satisfecho con el dulce hecho de estar en la casa del Padre, y hacer la voluntad del Padre. Este espíritu da paz, descanso, gozo, valor y santa familiaridad con Dios. Un hombre que nunca ha recibido el espíritu de un hijo para con Dios, no conoce la bienaventuranza de la vida cristiana; desaprovecha su flor, su sabor, su excelencia, y no me sorprende que el servicio de Cristo sea una pesadez para él porque nunca ha alcanzado las cosas dulces, y no goza de los pastos verdes en los que el Buen Pastor alimenta y hace descansar a Sus ovejas. Pero cuando el Espíritu de Dios nos hace sentir que somos hijos, y cuando vivimos en la casa de Dios para no salir nunca, entonces el servicio de Dios es dulce y fácil, y aceptamos la demora del éxito aparente como una parte de la prueba que somos llamados a soportar. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, fíjense que esto tendrá un gran efecto sobre el mundo exterior. Un cuerpo de profesantes desempeñando la religión como una tarea, gimiendo a lo largo de los caminos de la piedad con rostros llenos de miseria como esclavos que temen el látigo, sólo pueden tener un pequeño efecto sobre los pecadores que les rodean. Dicen: “estas personas sirven, sin duda, a un duro capataz, y se están negando esto y aquello; ¿por qué habríamos de ser como ellos?” Pero tráiganme una iglesia constituida por hijos de Dios, un grupo de hombres y mujeres cuyos rostros brillan con la sonrisa de su Padre celestial, que están acostumbrados a tomar sus cuidados y arrojarlos sobre su Padre como deben hacerlo los hijos, que saben que son aceptados y amados y que están perfectamente contentos con la voluntad del grandioso Padre; pónganlos en medio de un grupo de impíos y les garantizo que comenzarán a envidiarles su paz y gozo. De esta manera los santos felices se convierten en operadores sumamente eficientes sobre las mentes de los que no son salvos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh bendito Espíritu de Dios! Debemos sentir ahora que somos los hijos del grandioso Padre, y nuestro amor infantil debe ser cálido esta mañana; así seremos idóneos para salir y proclamar el amor del Señor a los hijos pródigos que están en el país lejano en medio de los cerdos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pienso que estos tres puntos son evidentes por sí mismos. Ahora pasemos a un cuarto. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''IV. '''El Espíritu Santo es llamado especialmente el Espíritu de SANTIDAD. Él nunca sugirió el pecado ni lo aprobó, ni ha hecho ninguna otra cosa que contristarse por el pecado; pero la santidad es el deleite del Espíritu. La iglesia de Dios lleva en su frente las palabras: “SANTIDAD A JEHOVÁ”. Sólo en la proporción que sea santa podría ella reclamar ser la iglesia de Dios. ¡Una iglesia profana! Ciertamente ésta no puede ser aquella de la cual leemos: “Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha”. La santidad no es simple moralidad, no es la observación externa de los preceptos divinos motivados por un severo sentido del deber, mientras que esos mandamientos, en sí mismos, no son deleitables para nosotros. La santidad es la totalidad de nuestra humanidad consagrada plenamente al Señor y moldeada a Su voluntad. Esto es lo que la iglesia de Dios debe tener, pero que no puede tener nunca aparte del Santificador, pues no hay un ápice de santidad bajo el cielo si no es por la operación del Espíritu Santo. Y, hermanos, si una iglesia está desprovista de santidad, ¿qué efecto podría tener en el mundo? Los burladores desprecian y desdeñan a los profesantes cuyas vidas inconsistentes contradicen sus testimonios verbales. Una iglesia profana puede desear ardientemente el dominio y luchar por él, pero el reino no viene a los profanos, ni los profanos han entrado en él. El testimonio de los hombres profanos no es más aceptable para Cristo de lo que fue el tributo que el espíritu maligno le rindió en los días de Su carne, al cual Él respondió: “¡Cállate!” “Al malo dijo Dios: ¿Qué tienes tú que hablar de mis leyes y que tomar mi pacto en tu boca?” El rocío es retenido y la lluvia no desciende a su tiempo sobre la labranza de aquellos que profesan ser siervos de Dios, pero que siembran iniquidad. Después de todo, predican más al mundo los actos de la iglesia que las palabras de la iglesia. Pongan a un hombre ungido a predicar el Evangelio en medio de personas realmente piadosas y su testimonio será apoyado maravillosamente por la iglesia con la que labora; pero pongan al ministro más fiel en una iglesia profana y tendrá tal peso sobre sí que primero tiene que librarse de él, o no podrá tener éxito. Podría predicar hasta el desfallecimiento, podría predicar hasta que sus rodillas se convirtieran en llagas, pero las conversiones serían severamente obstaculizadas, si es que hubiere conversiones. No hay ninguna probabilidad de victoria para Israel mientras la maldición de Acán esté en el campamento. Una iglesia profana hace decir a Cristo que no puede hacer muchas obras poderosas por causa de su iniquidad. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos, ¿no ven en este punto nuestra necesidad del Espíritu de Dios? Y cuando llegas al punto de forcejear con el pecador, y tienes que hablarle de la necesidad de santidad, y de un corazón renovado y de una vida piadosa que debe brotar de ese corazón renovado, ¿esperas que los impíos estén encantados con lo que les dices? ¿Qué le importa a la mente irredenta la justicia? ¿Estuvo ávido de santidad jamás un hombre carnal? Tal cosa no se ha visto nunca. Esperar que un corazón irredento estuviera enamorado de la santidad sería lo mismo que esperar que el diablo estuviera enamorado de Dios. Pero el pecador tiene que amar lo que es puro y recto; de lo contrario no puede entrar en el cielo. ''Tú ''no puedes hacer que ame eso. ¿Quién podría hacerlo sino el Espíritu Santo que hizo que ames aquello que tú también una vez despreciaste? Por tanto, no salgas a luchar contra el pecado mientras no hayas tomado las armas del arsenal del Espíritu Eterno. Las montañas de pecado no se convertirán en llanuras a tu mandato a menos que el Espíritu Santo se agrade en hacer eficaz la palabra. De esta manera vemos que necesitamos al Espíritu Santo como el Espíritu de santidad. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''V. '''En quinto lugar, la iglesia necesita mucha ORACIÓN, y el Espíritu Santo es el Espíritu de gracia y de súplicas. La fuerza de una iglesia puede ser medida con bastante precisión por su grado de oración. No podemos esperar que Dios aplique Su poder a menos que le imploremos que lo haga. Pero toda suplicación aceptable es obrada en el alma por el Espíritu Santo. El primer deseo que Dios acepta tiene que haber sido provocado en el corazón por las operaciones secretas del Santo de Israel, y cada súplica subsiguiente de cualquier tipo, que contenga un grano de fe viva y que por tanto se eleva como memorial delante del Señor, tiene que haber sido obrada eficazmente en el alma por Aquel que moldea la intercesión en los santos de acuerdo a la voluntad de Dios. Nuestro grandioso Sumo Sacerdote no pondrá en Su incensario ningún incienso excepto aquél que el Espíritu ha compuesto. La oración es la creación del Espíritu Santo. No podemos vivir sin oración, y no podemos orar sin el Espíritu Santo; y de aquí nuestra dependencia de Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, cuando tratamos con pecadores, sabemos que tienen que orar. “He aquí, él ora”, es uno de los más tempranos signos del nuevo nacimiento. Pero, ¿acaso podemos ''nosotros'' hacer orar al pecador? ¿Puede alguna persuasión nuestra conducirle a ponerse de rodillas para exhalar el suspiro penitencial y para mirar a Cristo pidiendo misericordia? Si han intentado la conversión de un alma ejerciendo su propia fuerza, sabrán que han fracasado; y así habrían fallado si hubieran intentado la creación de una sola oración aceptable aunque fuera en el corazón de un niño. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oh, entonces, queridos hermanos, clamemos pidiendo al Padre celestial que nos dé el Espíritu Santo; pidámosle que esté en nosotros más y más poderosamente como el espíritu de oración, haciendo intercesión en nosotros con gemidos indecibles, para que la iglesia no se pierda de la bendición divina por no pedirla. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo creo verdaderamente que ésta es su presente debilidad, y una gran causa por la cual el reino de Cristo no se extiende más poderosamente: la oración está demasiado restringida y por esta razón la bendición es retenida; será siempre restringida a menos que el Espíritu Santo estimule los deseos de Su pueblo. Oh, bendito Espíritu, te pedimos que nos hagas orar, por Jesús nuestro Señor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''VI. '''En sexto lugar, el Espíritu de Dios es, de una manera muy notable, el dador de la comunión. Con la frecuencia que pronunciamos la bendición apostólica oramos para recibir la comunión del Espíritu Santo. El Espíritu Santo nos capacita para tener comunión con las cosas espirituales. Sólo Él puede tomar la llave y abrir el misterio secreto, para que conozcamos la cosas que son de Dios. Nos da comunión con Dios mismo: por medio de Jesucristo, por el Espíritu, tenemos acceso al Padre. Nuestra comunión es con el Padre y con Su Hijo Jesucristo, pero es el Espíritu de Dios quien nos lleva a la comunión con el Altísimo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
De igual manera, mis queridos hermanos, nuestra comunión de unos con otros, en la medida que es comunión cristiana, es siempre producida por el Espíritu de Dios. Si hemos continuado juntos en paz todos estos años, no podría atribuirlo a nuestros buenos temperamentos constitucionales, ni a la sabia administración, ni a ninguna causa natural, sino al amor en el que nos ha bautizado el Espíritu, de tal manera que la naturaleza rebelde ha sido apaciguada. Si una docena de personas cristianas viven juntas durante doce meses en verdadera unión espiritual y afecto inquebrantable, atribúyanlo al amor del Espíritu; si doce cientos, o cuatro veces ese número son capaces de perseverar en un servicio unido, y se encuentran amándose los unos a los otros después de muchos años, más de lo que lo hacían al principio, debe ser considerado como una bendición del Consolador, por lo cual Él ha de ser adorado devotamente. La comunión sólo puede llegarnos por el Espíritu, pero una iglesia sin comunión sería una turba desordenada, un reino dividido contra sí mismo, y por consiguiente no podría prosperar. Se necesita comunión para una fuerza, una guía y un estímulo mutuos, y sin ella su iglesia es una simple sociedad humana. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si han de dar testimonio en el mundo tienen que ser unidos como un cuerpo viviente. Una iglesia dividida ha sido desde hace mucho tiempo el escarnio del Anticristo. Ninguna mofa que proviene del Vaticano contiene un mayor aguijón que la que ridiculiza a los protestantes por sus divisiones; y lo mismo que sucede con la gran iglesia externa, sucede con una iglesia particular de Cristo. Las divisiones son nuestra deshonra, nuestra debilidad, nuestro obstáculo, y como sólo el benigno Espíritu puede prevenir o sanar estas divisiones dándonos una real comunión amorosa con Dios y con nuestros semejantes, cuán dependientes de Él somos para ello. Clamemos diariamente a Él para que obre en nosotros el amor fraternal y todas las dulces gracias que nos hacen uno con el Hijo, para que el mundo sepa que Dios ha enviado en verdad a Jesús, y que nosotros somos Su pueblo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''VII. '''En séptimo lugar, necesitamos al Espíritu Santo en ese renombrado oficio que es descrito por nuestro Señor como EL PARÁCLITO, o el Consolador. La palabra tiene otra traducción, que nuestros traductores le han dado en el pasaje en que leemos: “Si alguno hubiere pecado, Abogado (o Paráclito) tenemos para con el Padre”. El Espíritu Santo es tanto Consolador como Abogado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El Espíritu Santo, en este momento presente, es nuestro amigo y ''Consolador'', sosteniendo a los espíritus abatidos de los creyentes, aplicando las preciosas promesas y revelando al corazón el amor de Jesucristo. Muchos corazones se quebrantarían si el Espíritu de Dios no los hubiera consolado. Muchos hijos amados de Dios habrían muerto por completo en el camino si Él no les hubiera otorgado Sus divinos consuelos para estimular su peregrinaje. Esa es Su obra, y es una obra muy necesaria, pues si los creyentes se tornan infelices se vuelven débiles para muchos aspectos del servicio. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Estoy seguro de que el gozo del Señor es nuestra fortaleza, pues yo lo he comprobado, y he comprobado también la verdad opuesta. Hay ciertos cristianos en la tierra que inculcan la tristeza como el estado apropiado del cristiano, y yo no voy a juzgarlos, pero esto sí diré: que en la obra evangelística no hacen nada y no me sorprende. Así como la nieve que cae sobre la cosecha no madura al trigo, ni la oscuridad hace brotar las flores, ni el mar salado produce racimos que revientan con vino nuevo, así tampoco encontrarán jamás que una religión infeliz promueve el crecimiento del reino de Cristo. Han de tener gozo en el Señor, hermanos, si han de ser fuertes ''en'' el Señor y fuertes ''para'' el Señor. Ahora, como sólo el Consolador puede sostenerlos en alto en medio de las inundaciones de la tribulación con las que seguramente habrán de encontrarse, pueden ver su gran necesidad de Su presencia consoladora. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hemos dicho que el Espíritu de Dios es el ''Abogado'' de la iglesia, -no para con Dios, pues para eso Cristo es nuestro único Abogado- sino para con el hombre. ¿Cuál es el más grandioso argumento que la iglesia tiene contra el mundo? Yo respondo que la morada del Espíritu Santo es el milagro permanente de la iglesia. Las evidencias externas son excelentes. Ustedes, jóvenes, que son afligidos por los escépticos, harían bien en estudiar esas valiosas obras que hombres ilustrados y devotos han producido con mucho trabajo para nosotros, pero, fíjense bien, todas las evidencias de la verdad del cristianismo que pueden ser reunidas de la analogía, de la historia, y de hechos externos, no son nada en absoluto comparadas con las operaciones del Espíritu de Dios. Estos son los argumentos convincentes. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Alguien me dice: -“Yo no creo en el pecado, ni en la justicia ni en el juicio”. Bien, hermanos, el Espíritu Santo puede convencer pronto a esa persona. Si me pide señales y evidencias de la verdad del Evangelio, yo le respondo: “¿Ves a esta mujer? Ella fue una gran pecadora en el peor sentido y sedujo a otros al pecado, pero ahora no puedes encontrar más dulzura y luz en ninguna otra parte que en ella. ¿Oyes a este profano blasfemador y perseguidor y renegado? Él habla con pureza, verdad y humildad de mente. Observa a aquel hombre que antes fue un avaro, y mira cómo consagra ahora su dinero. Contempla a aquel espíritu malicioso y envidioso, y ve cómo se vuelve amable, perdonador y amigable debido a su conversión. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Cómo explicas esos grandes cambios? Suceden aquí todos los días, ¿cómo llegan a suceder? ¿Acaso es una mentira la que produce la verdad, la honestidad y el amor? ¿Acaso todo árbol no produce fruto según su género? Entonces, ¿qué será esa gracia que produce tan benditas transformaciones? Los maravillosos fenómenos de cuervos convertidos en palomas y leones convertidos en ovejas, las prodigiosas transformaciones del carácter moral que el ministro de Cristo se goza en ver obradas por el Evangelio, éstos son nuestros testimonios, y son incontestables. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pedro y Juan suben al templo y sanan a un hombre lisiado; pronto son detenidos y presentados ante el Sanedrín. Esta es la acusación en su contra: “ustedes han estado predicando en el nombre de Jesús, y este Jesús es un impostor”. ¿Qué dicen Pedro y Juan? No necesitan decir nada, pues allí está en pie el hombre que fue sanado; ha traído su muleta con él y la ondea en señal de triunfo, y corre y salta. Él constituía su volumen de evidencias, su apología y su prueba. “Y viendo al hombre que había sido sanado, que estaba en pie con ellos, no podían decir nada en contra”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si tenemos al Espíritu de Dios en medio de nosotros y las conversiones son constantemente obradas, el Espíritu Santo cumple así Su abogacía y refuta a todos los acusadores. Si el Espíritu obra en tu propia mente, siempre será para ti la mejor evidencia del Evangelio. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me encuentro algunas veces con alguna muestra de infidelidad y luego con otra, pues nuevas dudas y renovadas infidelidades son engendradas cada hora, y los hombres inestables esperan que leamos todos los libros que deciden producir. Pero el efecto producido en nuestra mente es cada vez menor. Esta es nuestra respuesta: ‘de nada sirve que traten de hacernos tambalear, pues ya estamos familiarizados con todo lo que ustedes sugieren; su propia incredulidad natural los ha superado. Hemos tenido dudas de un tipo que ni siquiera ustedes se atreverían a expresar si las conocieran; pues hay suficiente infidelidad y malignidad en nuestra propia naturaleza para hacernos conocedores de los artificios de Satanás. Hemos peleado la mayoría de las batallas sugeridas por ustedes, una y otra vez, en la cámara secreta de nuestra meditación, y hemos vencido. Pues ''hemos estado en un contacto personal con Dios''. Se burlan, pero no hay ningún argumento en la burla. Somos tan honestos como lo son ustedes, y nuestro testimonio es tan bueno como el suyo en cualquier tribunal; y nosotros declaramos solemnemente que hemos sentido el poder del Espíritu Santo en nuestra alma en la misma medida que el viejo océano ha sentido la fuerza del viento del norte: hemos sido sacudidos hasta la agonía bajo un sentido de pecado, y hemos sido elevados hasta el éxtasis del deleite por la fe en la justicia de Cristo. Descubrimos que en el pequeño mundo dentro de nuestra alma el Señor Jesús se manifiesta para que lo conozcamos. Hay una potencia contenida en las doctrinas que hemos aprendido que no podría pertenecer a las mentiras, pues hemos probado en la experiencia práctica las verdades que creemos. ¿Nos dicen que no hay alimento? Vamos, acabamos de darnos un festín. ¿Nos dicen que no hay agua en la fuente? Hemos estado apagando allí nuestra sed. ¿Nos dicen que no hay tal cosa como la luz? No sabemos cómo podremos demostrarles su existencia, pues ustedes probablemente son ciegos, pero ''nosotros'' podemos ver. Ese argumento basta para nosotros, y nuestro testimonio es verdadero. ¿Nos dicen que no hay vida espiritual? Nosotros la sentimos en lo más íntimo de nuestras almas. Estas son respuestas que el Espíritu de Dios nos proporciona, y son una parte de Su función de Abogado’. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Vean, además, cuán enteramente dependientes somos del Espíritu de Dios para enfrentar las diversas formas de incredulidad que surgen en torno nuestro; ustedes pueden tener sus sociedades para colectar evidencias, y pueden alistar a todos sus obispos y doctores en teología y profesores de apologética, y ellos pueden escribir rollos de evidencia lo suficientemente largos para circundar el globo, pero la única persona que puede convencer al mundo salvadoramente es el Abogado a quien el Padre ha enviado en el nombre de Jesús. Cuando Él revela el pecado de un hombre, y su resultado inevitable, el incrédulo se pone de rodillas. Cuando quita la balanza y enarbola al Redentor crucificado y el mérito de la sangre preciosa, todos los razonamientos carnales son clavados en la cruz. Un golpe de convicción real de pecado hará tambalear al más obstinado incrédulo, y posteriormente, si su incredulidad retorna, las consolaciones del Espíritu Santo pronto lo consolarán y lo sacarán de allí. Por tanto, igual que les dije al principio lo mismo les digo al final, todo esto depende del Espíritu Santo, y en Él esperemos en el nombre de Jesús, implorándole que manifieste Su poder entre nosotros. Amén.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

	<entry>
		<id>http://es.gospeltranslations.org/wiki/La_%C3%9Altima_Palabra_de_Nuestro_Se%C3%B1or_desde_la_Cruz</id>
		<title>La Última Palabra de Nuestro Señor desde la Cruz</title>
		<link rel="alternate" type="text/html" href="http://es.gospeltranslations.org/wiki/La_%C3%9Altima_Palabra_de_Nuestro_Se%C3%B1or_desde_la_Cruz"/>
				<updated>2011-02-08T19:30:05Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|Our Lord's Last Cry from the Cross}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró.”'' Lucas 23: 46. &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Estas fueron las palabras de nuestro Señor Jesucristo al morir: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Podría ser instructivo que les recuerde que fueron siete las palabras de Cristo en la cruz. Si denominamos a cada uno de Sus clamores, o expresiones, con el título de: ‘una palabra’, entonces hablamos de las últimas siete palabras de nuestro Señor Jesucristo. Permítanme repasarlas en este momento: &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La primera palabra, cuando lo clavaron a la cruz, fue: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Lucas preservó esta palabra. Más tarde, cuando uno de los dos ladrones le dijo a Jesús: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino”, Jesús le respondió: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”. Esta palabra también fue preservada cuidadosamente por Lucas. Más adelante, estando en grande agonía, nuestro Señor vio a Su madre, quien estaba junto a la cruz con un corazón quebrantado; la miró con indecible amor y dolor, y le dijo: “Mujer, he ahí tu hijo”; y al discípulo amado dijo: “He ahí tu madre”, y así proveyó un hogar para ella cuando partiera. Esta expresión fue preservada únicamente por Juan. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La cuarta y la central de las siete palabras, fue: “Eloi, Eloi, ¿lama sabactani?, que traducido es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Esta fue la culminación de Su dolor, el punto central de toda Su agonía. Esa palabra, la más terrible que brotara jamás de labios de hombre para expresar la quintaesencia de una agudísima agonía, es sabiamente colocada en cuarto lugar, como si requiriera de tres palabras a la vanguardia y de tres palabras a la retaguardia, como sus guardaespaldas. Describe a un hombre bueno, a un hijo de Dios, ''al ''Hijo de Dios, desamparado por Su Dios. Esa palabra en el centro de las siete, se encuentra en Mateo y Marcos, mas no en Lucas o Juan. La quinta palabra fue preservada por Juan y es: “Tengo sed”, la más breve, pero, tal vez, no la más incisiva de todas las palabras del Señor, aunque bajo un aspecto corporal, posiblemente sea la más lacerante de todas ellas. Juan atesoró también otra preciosa palabra de Jesucristo desde la cruz, aquella prodigiosa palabra: “Consumado es”. Ésa fue la penúltima palabra: “Consumado es”, el resumen de la obra de toda Su vida, pues no dejaba nada pendiente, ningún hilo quedaba deshebrado, toda la urdimbre de la redención había sido tejida al igual que Su túnica: desde arriba hasta abajo, y consumada a la perfección. Después que hubo dicho: “Consumado es”, pronunció la última palabra: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, que he tomado como nuestro texto esta noche, pero al que no nos acercaremos de inmediato. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Diversos autores han dicho muchas cosas acerca de estas siete palabras desde la cruz; y si bien he leído lo que muchos de ellos escribieron, no podría agregar nada a lo ya dicho, pues se deleitaron en reflexionar ampliamente sobre estas últimas siete palabras; y al respecto de ésto, los más antiguos escritores de la que sería llamada la escuela católica romana, no podrían ser superados, ni siquiera por los protestantes, en su intensa devoción por cada letra de las palabras agonizantes de nuestro Salvador; y ellos descubren algunas veces nuevos significados, más ricos y más raros que cualquiera de los que se les hubieran podido ocurrir a las mentes más calculadoras de los críticos modernos, que como regla son grandemente bendecidos con los ojos de un topo: son capaces de ver donde no hay nada que se pueda ver, pero son siempre incapaces de ver cuando hay algo digno de verse. Si la crítica moderna, -y lo mismo sucede con la teología moderna- fuera ubicada en el Huerto de Edén, no vería ninguna flor. Es como el siroco que arremete y quema, pero no tiene ni rocío ni unción; de hecho, es totalmente lo opuesto de estas preciosas cosas, y demuestra que carece de la bendición de Dios y, por lo tanto, que es incapaz de bendecir a los hombres. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, en referencia a estas siete palabras desde la cruz, muchos autores han extraído de ellas lecciones concernientes ''a siete deberes''. Escuchen. Cuando nuestro Señor dijo: “Padre, perdónalos”, nos dijo a nosotros, en efecto: “Perdonen a sus enemigos”. Incluso cuando abusen de ti malignamente y te causen un terrible dolor, debes estar dispuesto a perdonarlos. Debes ser como el árbol de sándalo, que perfuma al hacha que lo derriba. Debes ser muy benevolente, amable y amoroso, y ésta debe ser tu oración: “Padre, perdónalos”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El siguiente deber es tomado de la segunda palabra, y se trata del deber de penitencia y fe en Cristo, pues Él le dijo al ladrón moribundo: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. ¿Has confesado tu pecado como él lo hizo? ¿Tienes la fe y la devoción suyas? Entonces tú serás aceptado igual que él lo fue. Aprende, entonces, de la segunda palabra, el deber de la penitencia y de la fe. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando nuestro Señor, en la tercera palabra, le dijo a Su madre: “Mujer, he ahí tu hijo”, nos enseñó el deber del amor filial. Ningún cristiano debe carecer de amor por su madre, por su padre, o por quienes son sus seres queridos por las relaciones que Dios ha establecido que observemos. ¡Oh, por el amor agonizante de Cristo hacia Su madre, ningún hombre aquí presente debe despojarse de su condición de hombre olvidando a su madre! Ella te engendró; susténtala en su ancianidad, y protégela amorosamente hasta el final. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La cuarta palabra de Jesucristo nos enseña el deber de asirnos de Dios y de confiar en Él: “Dios mío, Dios mío”. Vean cómo se aferra a Él con ambas manos: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” No puede soportar ser abandonado por Dios; todo lo demás le causa poca pena en comparación con la angustia de ser desamparado por Dios. Entonces, aprende a asirte a Dios, a sujetarlo con las dos manos de la fe; y si piensas que Él te ha desamparado, clama a Él, y dile: “Hazme entender por qué contiendes conmigo, pues no puedo soportar estar sin Ti”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La quinta palabra, “Tengo sed”, nos enseña a valorar altamente el cumplimiento de la Palabra de Dios. “Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo, para que la Escritura se cumpliese: Tengo sed”. Presta mucha atención, en todo tu dolor y debilidad, a preservar la Palabra de tu Dios, a obedecer el precepto, a aprender la doctrina y a deleitarte en la promesa. Así como el Señor, en Su gran angustia dijo: “Tengo sed”, porque estaba escrito que diría eso, tú tienes que tener en consideración a la Palabra de Dios incluso en las cosas pequeñas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La sexta palabra, “Consumado es”, nos enseña obediencia perfecta. Apégate a tu cumplimiento del mandamiento de Dios; no dejes fuera ningún mandamiento, y sigue obedeciendo hasta que puedas decir: “Consumado es”. Haz la obra de tu vida, obedece a tu Maestro, sufre o sirve de acuerdo a Su voluntad, pero no descanses hasta que puedas decir con tu Señor: “Consumado es”. “He acabado la obra que me diste que hiciese”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y esa última palabra, “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, nos enseña resignación. Entrega todas tus cosas, entrega incluso tu espíritu a Dios, a Su mandato. Quédate quieto y sométete plenamente al Señor, y que ésta sea tu consigna de principio a fin: “En tus manos, Padre mío, encomiendo mi espíritu”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo pienso que debería interesarles este estudio de las últimas palabras de Cristo; por tanto, permítanme demorarme un poco más en el tema. Esas siete palabras desde la cruz nos enseñan también algo acerca de ''los atributos y los oficios de nuestro Señor''. Son siete ventanas de ágata y puertas de carbunclo a través de las cuales pueden verlo a Él y acercarse a Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Primero, ¿quieres verlo como Intercesor? Entonces, Él clama: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. ¿Quieres contemplarlo como Rey? Entonces, oye Su segunda palabra: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”. ¿Quieres identificarlo como un tierno Guardián? Óyelo decir a María: “Mujer, he ahí tu hijo”, y a Juan, “he ahí tu madre”. ¿Quisieras atisbar dentro del oscuro abismo de las agonías de Su alma? Óyelo clamar: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” ¿Quieres entender la realidad y la intensidad de Sus sufrimientos corporales? Entonces, óyelo decir: “Tengo sed”, pues hay algo exquisito en la tortura de la sed cuando ésta es provocada por la fiebre de las heridas sangrantes. Los hombres que han perdido mucha sangre en el campo de batalla son devorados por la sed, y nos comentan que es el peor de todos los suplicios. “Tengo sed”, dice Jesús. Contempla al Sufriente en el cuerpo, y entiende cómo Él puede identificarse con quienes sufren, ya que sufrió tanto en la cruz. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Quieres verlo como el Consumador de tu salvación? Entonces, escucha Su clamor: “''Consummatum est''”, “Consumado es”. ¡Oh, qué nota tan gloriosa! Aquí ves al bendito Consumador de tu fe. ¿Y, luego, quisieras echar una mirada más y entender cuán voluntario fue Su sufrimiento? Entonces óyelo decir, no como a alguien que se le roba la vida, sino como alguien que toma Su alma y la entrega a la custodia de otro: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Acaso no hay mucho que aprender de estas palabras desde la cruz? Ciertamente estas siete notas constituyen una asombrosa escala musical, si sabemos cómo escucharlas. Permítanme recorrer la escala de nuevo. Aquí, primero, tienen la comunión de Cristo con los hombres: “Padre, perdónalos”. Él está junto a los pecadores e intenta hacer una apología a favor de ellos: “No saben lo que hacen”. Aquí tenemos, a continuación, Su poder de Rey. Él abre de par en par las puertas del cielo para el ladrón moribundo, y le hace pasar. “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. En tercer lugar, contemplen Su relación humana. ¡Es nuestro pariente muy cercano! “Mujer, he ahí tu hijo”. Recuerden cómo dice: “Todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana, y madre”. Él es hueso de nuestro hueso, y carne de nuestra carne. Él pertenece a la familia humana. Es más hombre que cualquier hombre. Tan ciertamente como es Dios verdadero de Dios verdadero, Él es también hombre verdadero de hombre verdadero, tomando para Sí la naturaleza, no solamente del judío, sino también del gentil. Perteneciendo a Su propia nacionalidad, pero alzándose sobre todas, Él es el Hombre de los hombres, el Hijo del hombre. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Véanlo, a continuación, quitando nuestro pecado. Ustedes se preguntarán: “¿Cuál nota es ésa?” Bien, todas ellas son para tal efecto; pero ésta lo es principalmente: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Fue porque llevó Él mismo nuestros pecados en Su cuerpo sobre el madero, que fue desamparado por Dios. “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado”, y ésto explica el clamor amargo: “Eloi, Eloi, ¿lama sabactani?” Contémplenle, en esa quinta palabra: “Tengo sed”, tomando, no sólo nuestro pecado, sino también nuestra debilidad y todo el sufrimiento de nuestra naturaleza corporal. Entonces, si quieren ver Su plenitud así como Su debilidad, si quieren ver Su suficiencia en todo así como también Su aflicción, óiganlo clamar: “Consumado es”. ¡Qué maravillosa plenitud hay en esa nota! Toda la redención está cumplida; toda ella está completa; toda ella es perfecta. No queda nada pendiente, ni una sola gota de amargura en la copa de hiel; Jesús ha bebido hasta la última gota. Ni una blanca se ha de sumar al precio del rescate; Jesús pagó por todo. Contemplen Su plenitud en el clamor: “Consumado es”. Y luego, si quieren ver cómo nos ha reconciliado con Él, contémplenle: el Varón hecho por nosotros maldición, retornando a Su Padre con una bendición, y llevándonos con Él, cuando nos lleva a todos a lo alto por esa última palabra amada: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Ahora la Fianza y el pecador están libres”.'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Cristo regresa al Padre, pues “Consumado es”, y ustedes y yo vamos al Padre por medio de Su obra perfecta. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sólo he practicado dos o tres tonadas que pueden ser tocadas con esta arpa, pero es un instrumento maravilloso. Si no fuera un arpa de diez cuerdas, sería, de cualquier manera, un instrumento de siete cuerdas, y ni el tiempo ni la eternidad serían capaces de extraer jamás toda la música. Esas siete palabras agonizantes del Cristo siempre vivo, tocarán para nosotros la melodía en la gloria a lo largo de todas las edades de la eternidad. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora te voy a pedir tu atención por un breve tiempo al texto mismo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Ves a nuestro Señor? Aunque está muriendo, Su rostro mira todavía al hombre. Su postrera palabra para el hombre es este clamor: “Consumado es”. ¿Podrías encontrar una palabra más selecta con la que Él pudiera decirte “Adieu” (Adiós) en la hora de la muerte? Él te dice que no has de temer que Su obra sea imperfecta, que no tiembles porque pudiera resultar insuficiente. Te habla y te declara con su palabra agonizante: “Consumado es”. Ahora que ha terminado de hablar contigo, vuelve Su rostro en la otra dirección. Su día laboral ha finalizado, Su labor más que hercúlea ha sido cumplida, y el grandioso Paladín regresa al trono de Su Padre, y habla, mas no a ti. Su postrera palabra está dirigida a Su Padre: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Éstas son Sus primeras palabras al regresar a casa de Su Padre, así como “Consumado es”, es su postrera palabra ya que, por un tiempo, se aparta de nuestra compañía. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Piensa en estas palabras y, ¡que pudieran ser también tus primeras palabras cuando retornes a tu Padre! ¡Que pudieras hablar así a tu Padre Divino en la hora de la muerte! Las palabras fueron muy manoseadas en tiempos de los católicos romanos; pero no se dañaron ni siquiera por eso. Solían ser expresadas en latín por los moribundos: “''In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum” (Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu). ''Todo moribundo solía intentar decir esas palabras en latín; y si no lo hacía, alguien trataba de decirlas por él. Fueron convertidas en una especie de hechizo de brujería; y así, en latín perdieron esa dulzura para nuestros oídos; pero en el idioma inglés siempre serán como la propia esencia de la música para un santo moribundo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es digno de advertirse que las últimas palabras que nuestro Señor expresó, fueron tomadas de las Escrituras. Esta frase es tomada, -y me atrevo a decir que la mayoría de ustedes lo sabe- del Salmo treinta y uno, de su versículo cinco. Permítanme leérselos. ¡Es una gran prueba de cuán lleno de la Biblia estaba Cristo! Él no era de aquéllos que tienen en poca consideración a la Palabra de Dios. Estaba saturado de ella. Estaba tan lleno de la Escritura como el vellón de Gedeón estaba lleno de rocío. No podía hablar, ni siquiera en Su muerte, sin citar una Escritura. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así es como lo expresó David: “En tu mano encomiendo mi espíritu; tú me has redimido, oh Jehová, Dios de verdad”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, amados, el Salvador alteró este pasaje, pues de lo contrario no se habría adecuado a Él. ¿Ven, primero, que fue obligado a agregarle algo, con el objeto de que se adecuara a Su propio caso? ¿Qué fue lo que le agregó? Pues bien, esa palabra: “Padre”. David dijo: “En tu mano encomiendo mi espíritu”; pero Jesús dice: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. ¡Es un bendito avance! Él sabía más de lo que David sabía, pues Él era más el Hijo de Dios de lo que David pudiera serlo. Él era el Hijo de Dios en un sentido muy excelso y especial por eterna filiación; y así, comienza la oración con: “Padre”. Pero luego le quita algo. Era necesario que lo hiciera, pues David dijo: “En tu mano encomiendo mi espíritu; tú me has redimido”. Nuestro bendito Maestro no fue redimido, pues Él es el Redentor, y pudiera haber dicho: “En tu mano encomiendo mi espíritu, pues he redimido a mi pueblo”; pero decidió no decir eso. Él simplemente tomó aquella parte que se le adecuaba, y la usó como Suya: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oh, hermanos míos, no harían nada mejor, después de todo, que citar la Escritura, especialmente en la oración. No hay oraciones tan buenas como aquellas que están saturadas de la Palabra de Dios. ¡Que toda nuestra conversación estuviera aderezada con textos! Yo desearía que lo estuviera más. La gente se reía de nuestros antepasados puritanos porque los propios nombres de sus hijos eran seleccionados de pasajes de la Escritura; pero yo, por mi parte, preferiría que se rieran de mí por hablar mucho de la Escritura, que por hablar mucho de novelas sin ningún valor, novelas con las que (me avergüenza decirlo) son rellenados muchos sermones de nuestros días, sí, rellenados con novelas que no son aptas para ser leídas por hombres decentes y que están revestidas de tal manera, que uno difícilmente sabe si está oyendo acerca de un hecho histórico o únicamente de algún trozo de ficción. ¡Líbranos, buen Dios, de tal abominación! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pueden ver, entonces, cuán bien usó el Salvador la Escritura, y cómo, desde Su primera batalla con el diablo en el desierto hasta Su última lucha con la muerte en la cruz, Su arma siempre fue: “Escrito está”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora llego al texto mismo, y voy a predicar acerca de él solamente por un breve espacio de tiempo. Al hacerlo, ''aprendamos la doctrina'' de esta palabra postrera desde la cruz; en segundo lugar, ''cumplamos el deber''; y, en tercer lugar, ''disfrutemos del privilegio''. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''Primero, APRENDAMOS LA DOCTRINA de la última palabra de nuestro Señor desde la cruz. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Cuál es la doctrina de esta última palabra de nuestro Señor Jesucristo? ''Dios es Su Padre'', ''y Dios es nuestro Padre''. Quien dijo: “Padre”, no dijo para Sí: “Nuestro Padre”, pues el Padre, es el Padre de Cristo en un sentido más excelso de lo que es nuestro Padre; sin embargo, Él no es más verdaderamente el Padre de Cristo de lo que es nuestro Padre, si hemos creído en Jesús. “Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús”. Jesús le dijo a María Magdalena: “Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios”. Crean en la doctrina de la Paternidad de Dios en cuanto a Su pueblo. Tal como les he advertido antes, han de aborrecer la doctrina de la paternidad universal de Dios, pues es una mentira y un profundo engaño. Primero, asesta puñaladas al corazón de la doctrina de la adopción enseñada en la Escritura, pues ¿cómo puede Dios adoptar a los hombres, si ya todos son Sus hijos? En segundo lugar, asesta puñaladas al corazón de la doctrina de la regeneración, que es ciertamente enseñada en la Palabra de Dios. Ahora, es por la regeneración y por la fe que nos convertimos en hijos de Dios, pero ¿cómo podría ser eso si ya fuéramos hijos de Dios? “A todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios”. ¿Cómo podría Dios dar a los hombres el poder de convertirse en Sus hijos si ya tuvieran ese poder? No crean en esa mentira del diablo, antes bien, crean en esta verdad de Dios: que Cristo y todos los que están en Cristo mediante una fe viva, pueden regocijarse en la Paternidad de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A continuación deben aprender esta doctrina: que ''en este hecho radica nuestro principal consuelo''. En nuestra hora de tribulación, en nuestro tiempo de guerra, debemos decir: “Padre”. Adviertan que la primera palabra desde la cruz es como la postrera; la nota más alta es como la más baja. Jesús comienza con: “Padre, perdónalos”, y concluye con: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Pidan ayuda en cualquier riguroso deber, clamando: “Padre”. Para recibir ayuda en un agudo sufrimiento y en la muerte, clamen: “Padre”. Su principal fortaleza radica en ser verdaderamente un hijo de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aprendan la siguiente doctrina, que ''morir es ir a la casa de nuestro Padre''. No hace mucho tiempo, le dije a un viejo amigo: “El anciano señor ‘Fulano de Tal’ se ha ido a casa”. Quise decir que había muerto. Él comentó: “Sí, ¿adónde más habría de ir?” Pensé que ésa era una sabia pregunta. ¿Adónde más iríamos? Cuando nuestros cabellos encanezcan y nuestra labor del día esté cumplida, ¿adónde iríamos sino a casa? Entonces, cuando Cristo ha dicho: “Consumado es”, Su siguiente palabra es, por supuesto: “Padre”. Él ha concluido Su vida terrenal, y ahora irá a casa al cielo. Así como un hijo corre al pecho de su madre cuando está cansado y quiere dormir, así Cristo dice: “Padre”, antes de quedarse dormido en la muerte. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aprendan otra doctrina: que si Dios es nuestro Padre, y nos consideramos como yendo a casa cuando morimos porque vamos a Él, entonces, ''Él nos recibirá''. No hay ninguna insinuación de que podemos encomendar nuestro espíritu a Dios, y que, sin embargo, Él no nos recibirá. Recuerden cómo clamó Esteban bajo una lluvia de piedras: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”. De cualquier manera que muramos, hemos de hacer de ésta nuestra postrera emoción aunque no sea nuestra última expresión: “Padre, recibe mi espíritu”. ¿No recibirá nuestro Padre celestial a Sus hijos? Si ustedes, siendo malos, reciben a sus hijos al caer la noche cuando regresan a casa para dormir, su Padre que está en el cielo, ¿no los recibirá cuando su día laboral esté concluido? Esa es la doctrina que tenemos que aprender de esta postrera palabra desde la cruz: la Paternidad de Dios y todo lo que proviene de ella para los creyentes. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''En segundo lugar, CUMPLAMOS CON EL DEBER. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ese deber me parece que es, primero, la resignación. Siempre que algo los turbe y alarme, sométanse a Dios. Digan: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Canten con Faber: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Yo me inclino a Tu voluntad, oh Dios,&amp;lt;br&amp;gt;Y adoro todos Tus caminos;&amp;lt;br&amp;gt;Y cada día que viva buscaré&amp;lt;br&amp;gt;Agradarte más y más”.'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
A continuación, aprendan el deber de la oración. Cuando estén sumidos en la propia angustia del dolor, cuando estén rodeados por amargas aflicciones tanto de la mente como del cuerpo, sigan orando. No abandonen el “Padre nuestro”. No permitan que sus llantos sean dirigidos al aire; no permitan que sus gemidos sean ante su médico, o su enfermera, sino que deben clamar: “Padre”. ¿Acaso no clama así el niño que ha perdido su camino? Si está a oscuras en la noche, y se despierta en una habitación solitaria, ¿no grita: “Padre”; y acaso no es conmovido el corazón de un padre por ese grito? ¿Hay alguien aquí que nunca haya clamado a Dios? ¿Hay alguien aquí que nunca haya dicho: “Padre”? Entonces, Padre mío, pon Tu amor en sus corazones, y condúcelos a decir esta noche: “Me levantaré e iré a mi Padre”. Tú serás realmente reconocido como hijo de Dios si resuena ese clamor en tu corazón y en tus labios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El siguiente deber es ''nuestra entrega a Dios por la fe''. Entréguense a Dios, confíense a Dios. Cada mañana, cuando se levanten, tómense y pónganse bajo la custodia de Dios; enciérrense, por decirlo así, en el cofre de la protección divina; y cada noche, cuando hayan quitado la llave de la caja, antes de quedarse dormidos, ciérrenla con llave de nuevo, y pongan la llave en la mano de Aquel que es capaz de guardarlos cuando la imagen de la muerte esté en su rostro. Antes de su sueño, entréguense a Dios; quiero decir, hagan eso cuando no haya nada que los aterrorice, cuando todo esté tranquilo, cuando el viento sople suavemente del sur, y el barco se aproxime velozmente al puerto deseado, no se tranquilicen con su propia tranquilidad. El que trincha con fines egoístas, se cortará los dedos y además tendrá un plato vacío. El que deja que Dios trinche por él verá a menudo gruesos tuétanos presentados ante sí. Si puedes confiar, Dios recompensará tu confianza de una manera que no has conocido todavía. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y luego cumple otro deber, el de ''la experimentación continua y personal de la presencia de Dios''. “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. “Tú estás aquí, yo sé que estás aquí. Me doy cuenta de que estás aquí en el tiempo de aflicción, y de peligro, y me pongo en Tus manos. De igual manera que si alguien me atacara me entregaría a la protección de un policía, o de un soldado, así me entrego a ti, invisible Guardián de la noche, a ti, incansable Guarda del día. Tú cubrirás mi cabeza en el día de la batalla. Bajo Tus alas confiaré como un polluelo se oculta bajo la gallina”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mira, entonces, tu deber. Consiste en someterte a Dios, en orar a Dios, en entregarte a Dios, y descansar gracias a un sentido de la presencia de Dios. ¡Que el Espíritu de Dios te ayude en la práctica de tales deberes invaluables como éstos! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''III. '''Ahora, por último, DEBEMOS GOZAR DEL PRIVILEGIO. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Primero, debemos gozar del excelso privilegio de ''descansar en Dios en todos los tiempos de peligro y dolor''. El doctor te acaba de anunciar que tendrás que sufrir una operación. Di: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Existe toda probabilidad de que esa debilidad tuya, o esa enfermedad tuya, se agravará, y que pronto tendrás que guardar cama, y permanecer allí, tal vez, durante muchos días. Entonces, di: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. No te agobies, pues eso no te ayudará. Entrégate a Dios (es tu privilegio hacerlo) para que seas guardado por esas amadas manos que fueron perforadas por ti, para que seas entregado al amor de ese amado corazón que fue abierto por la lanza para comprar tu redención. Es portentoso el descanso de espíritu que Dios puede proporcionar al hombre o a la mujer que se encuentran en la peor condición. ¡Oh, cómo han cantado en la hoguera algunos de los mártires! ¡Cómo se han regocijado sobre el potro de tormento! La carbonera de Bonner, al otro lado del agua, allá en Fulham, donde encerraba a los mártires, era un lugar desdichado para estar en él en una noche de frío invierno; pero se nos informa que: “ellos se animaban en la paja, cuando estaban en la carbonera; con el canto más dulce procedente del cielo, y cuando Bonner les dijo: ‘¡Qué vergüenza que hagan tanto ruido!’, ellos le respondieron que él también haría un ruido semejante si estuviera tan feliz como ellos lo estaban”. Cuando has encomendado tu espíritu a Dios, entonces puedes gozar de un dulce descanso en tiempos de peligro y de dolor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El siguiente privilegio es el de ''una valerosa confianza en el momento de la muerte, o ante el temor de la muerte''. Fui conducido a reflexionar sobre este texto, usándolo muchas veces la noche del jueves pasado. Tal vez ninguno de ustedes olvide nunca la noche del jueves pasado. Yo pienso que nunca la olvidaré, aunque llegue a ser tan viejo como Matusalén. Desde este lugar hasta que llegué a mi hogar, parecía que iba en medio de una continua cortina de fuego; y entre más avanzaba, más vívidos se tornaban los relámpagos; pero cuando llegué por fin a dar vuelta en Leigham Court Road, entonces los rayos parecían descender en barras desde el cielo; y por fin, cuando alcancé la cima de la colina, se produjo un estruendo del tipo más espeluznante, y cayó un torrente de granizo, piedras de granizo que no intentaré describir, pues podrían pensar que exagero, y entonces sentí, y mi amigo sintió igual que yo, que difícilmente podríamos llegar vivos a casa. Nos encontrábamos allí en el propio centro y en el ápice de la tormenta. Por todos lados en torno a nosotros, y por decirlo así, dentro de nosotros, no se veía otra cosa que el fluido eléctrico; y la diestra de Dios parecía desnuda para la guerra. Yo pensé entonces: “Bien, ahora muy probablemente iré al hogar”, y encomendé mi espíritu a Dios; y a partir de aquel momento, aunque no podría decir que sentía placer con los estruendos de los truenos y los destellos de los rayos, me sentí tan tranquilo como me siento aquí en este momento; tal vez estaba un poco más tranquilo de lo que me siento en presencia de tantas personas; me sentía feliz al pensar que, en un instante, podría entender más que todo lo que pudiera aprender en la tierra, y ver en un instante más de lo que podría esperar ver si vivera aquí durante un siglo. Yo sólo podía decirle a mi amigo: “Encomendémonos a Dios; sabemos que estamos cumpliendo con nuestro deber al seguir adelante como lo estamos haciendo, y todo estará bien para nosotros”. Entonces sólo podíamos regocijarnos juntos ante la perspectiva de estar pronto con Dios. No fuimos llevados a casa en el carro de fuego; se nos permitió seguir un poco más de tiempo con la obra de nuestra vida; pero experimenté la dulzura de ser capaz de concluir con todo, de no tener ningún deseo, ninguna voluntad, ninguna palabra, escasamente una oración, y de sólo elevar nuestro corazón y entregárselo al grandioso Guarda, diciendo: “Padre, cuídame. Bajo Tu cuidado he de vivir, y bajo Tu cuidado he de morir. A partir de este momento no tengo ningún deseo de nada; ha de ser como Tú quieras. En Tus manos encomiendo mi espíritu”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Este privilegio no consiste únicamente en tener descanso en el peligro y confianza ante la perspectiva de la muerte; está lleno también de ''gozo consumado''. Amados, si supiéramos cómo entregarnos en las manos de Dios, ¡qué lugar es para que estemos allí! ¡Qué lugar para estar allí: en las manos de Dios! Hay miríadas de estrellas; está el universo mismo; la mano de Dios sostiene sus pilares sempiternos, y no caen. Si nos ponemos en las manos de Dios, llegamos adonde se apoyan todas las cosas, y tenemos un hogar y felicidad. Salimos de la nada de la criatura y entramos en la suficiencia para todo del Creador. ¡Oh, pónganse allí; apresúrense a colocarse allí, queridos amigos, y a partir de ahora, vivan en las manos de Dios! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Consumado es”. Ustedes no han concluido, pero Cristo sí lo hizo. Todo está consumado. Lo que tendrán que hacer será únicamente ejecutar lo que Él ya ha consumado para ustedes, y mostrarlo a los hijos de los hombres en sus vidas. Y puesto que todo está consumado, digan: “Ahora, Padre, yo regreso a Ti. Mi vida a partir de ahora será estar en Ti. Mi gozo será volverme nada en la presencia de Todo en Todo, morir para entrar en la vida eterna, hundir mi ''ego'' en Jehová, y dejar que mi humanidad, que mi condición de criatura viva únicamente para su Creador, y manifieste únicamente la gloria del Creador. Oh amados, terminen esta noche y comiencen mañana por la mañana con: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. ¡El Señor esté con todos ustedes! ¡Oh, si nunca has orado, que Dios te ayude a orar ahora, por Jesucristo nuestro Señor! Amén.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

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		<id>http://es.gospeltranslations.org/wiki/La_Primera_Comparecencia_deNuestro_Se%C3%B1or_ante_Pilato</id>
		<title>La Primera Comparecencia deNuestro Señor ante Pilato</title>
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				<updated>2011-02-03T19:29:10Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|Our Lord's First Appearance Before Pilate}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Y les dijo: Yo no hallo en él ningún delito.”''Juan 18: 38. &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Si Dios lo permite, me gustaría presentarles los domingos por la mañana, la historia completa de los sufrimientos de nuestro Salvador. Comenzamos el domingo pasado y fuimos con Él a la casa de Caifás, y fue un momento tristemente solemne cuando contemplamos al Príncipe de Paz en calidad de prisionero, y oímos que era acusado falsamente e injustamente condenado, y luego le vimos ultrajado a tal punto que sirvientes y hombres viles en extremo le escupían en el rostro y le escarnecían. Yo espero que no se cansen de este tema. Si eso sucediera, sería culpa del predicador, pues es un tema inagotable y siempre rebosante; o si no se pudiera culpar al predicador, la censura iría dirigida a sus oyentes. Si nos cansamos de la historia de la cruz, se trata de un triste indicativo de una secreta enfermedad del alma, y sería bueno observar el síntoma y acudir presurosamente al grandioso Médico para el restablecimiento. Para los verdaderos santos que gozan de una sana condición, no hay lugar más atractivo que el lugar de la pasión de nuestro Señor, en el que cumplió la gloriosa obra de nuestra redención. A los verdaderos santos les encanta caminar muy despacio a lo largo de esa ''Vía Dolorosa ''que conduce desde Getsemaní al Gólgota; vayamos al paso de ellos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando me detengo y contemplo a mi Señor, ardiendo sin consumirse como la zarza en Horeb, oigo una voz que me dice: “el lugar en que tú estás, tierra santa es”. Nada es más santo que la persona de nuestro divino Maestro; es muy bueno, por tanto, estar con Él. También es santa la angustia que experimentó cuando entregó Su persona como un sacrificio por nosotros, y, por eso, es bueno estar con Él en Sus sufrimientos. Sus aflicciones tienen una influencia sumamente santificante sobre todos los que las consideran con amor creyente. Estoy persuadido de que si viviéramos más en la atmósfera de la cruz, el pecado perdería su poder, y toda gracia florecería. Cuando nos acercamos mucho a Él y tenemos comunión con Él en Sus sufrimientos, sonamos la alarma contra el pecado que lo mató, y resolvemos vengarnos del pecado apartándonos de él, y decidimos luchar contra él siempre que lo veamos en otras personas. La cruz es ese santo implemento con el cual hacemos la guerra contra el pecado hasta destruirlo completamente. Bienaventurados y santos son entonces los pensamientos que son generados por nuestro grandioso sacrificio. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y no sólo es eso, sino que la medicina que nos proporciona la salud es un gozo en sí misma. &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Son dulces momentos, plenos de bendición,&amp;lt;br&amp;gt;Los que paso delante de la cruz,&amp;lt;br&amp;gt;Recibiendo vida, salud y paz,&amp;lt;br&amp;gt;Del moribundo Amigo del pecador.”'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Aquí no hay la algarabía como la de quienes se divierten con su vino, no hay los gritos de quienes triunfan, no hay los cantos de los que festejan; hay más bien una dulce y grave melodía, como de corazones que han encontrado reposo. En la cruz encontramos un gozo sustancial, una satisfacción de largo alcance, “la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento”. Aquí está para ustedes, oh personas inquietas, la cura del desasosiego; aquí dirán ustedes: “Pronto está mi corazón, oh Dios, mi corazón está dispuesto; cantaré, y trovaré salmos.” Por tanto, no daré ninguna excusa, aun si en semanas venideras los conduzco al lugar de chacales donde su Señor fue muy penosamente quebrantado, y les ayudo a beber de Su copa y ser bautizados con Su bautismo. Que el Espíritu de Dios venga y abra sus ojos para que puedan leer el sagrado corazón de Aquel cuyas aflicciones son incomparables, aflicciones que fueron soportadas por amor a nosotros. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Vayamos de inmediato y con diligencia amorosa y humilde, a la narración. Nuestro Señor fue condenado por los principales sacerdotes por blasfemia, porque Él mismo declaró ser el Hijo de Dios, y les dijo que desde ahora le verían venir en las nubes del cielo para ser su juez. Rasgando sus vestiduras, el sumo sacerdote dijo: “¡Ha blasfemado! ¿Qué más necesidad tenemos de testigos? He aquí, ahora mismo habéis oído su blasfemia.” Cuando despuntó la luz matinal, hicieron como si hubiesen completado la formalidad de un juicio celebrado a plena luz del día, aunque realmente le habían condenado durante la noche, y entonces condujeron a Jesús a Pilato. De acuerdo a la tradición, fue conducido con una soga alrededor del cuello, y con Sus manos atadas; y yo creo plenamente en la tradición si recuerdo las palabras de Isaías: “Como cordero fue llevado al matadero”. Era una procesión extrañamente triste esa que se desplazaba a lo largo de Jerusalén un poco después de las seis de la mañana. ¡Los hombres del Sanedrín, en toda su pompa y poder, rodeaban a esa pobre víctima, a quien estaban a punto de entregar a los gentiles con el único designio de que fuera inmolado! Estos malvados hombres presumidos eran como los perros de los que cantó el Salmista cuando su tierno tema era la cierva de la mañana. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando llegaron a la casa del gobernador romano, ellos mismos no quisieron traspasar sus puertas. Se dice que era uno de los muchos espléndidos palacios que Herodes el Grande se había construido; la arquitectura era suntuosa, los pisos tenían incrustaciones de mármoles escogidos, y todas las recámaras estaban ricamente recubiertas de oro y amuebladas con esplendor oriental. Estos hipócritas escrupulosos no quisieron entrar al grandioso salón porque no querían contaminarse de ninguna manera por tocar a un gentil, pues ya habían comenzado a guardar la Pascua. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así que esperaron en el patio, y Pilato condescendió a salir a ellos y enterarse del negocio urgente que los había llevado allí, tan temprano en la mañana. El gobernador romano era altivo y cruel, y aborrecía a los judíos; pero aun así, conociendo su fanatismo y la facilidad con la que armaban un alboroto popular en los tiempos de la Pascua, se quedó en la puerta del palacio y escuchó sus demandas. Pronto averiguó que le habían traído un prisionero que era, evidentemente, un hombre pobre y enflaquecido en Su apariencia personal, que se veía cansado y que sufría. En torno a Él había una dignidad misteriosa combinada con una singular mansedumbre, y Pilato, por esta y otras razones, sintió un singular interés en Él. Fijando primero su mirada en el extraordinario prisionero, se volvió a los airados sacerdotes y les preguntó: “¿Qué acusación traéis contra este hombre?” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El único objetivo de los sacerdotes al traer a Jesús a Pilato, era conseguir que él lo ejecutara, pues, cuando Pilato les dijo que fueran y le juzgaran de conformidad a su ley, ellos replicaron que lo harían con mucho gusto, pero que el poder de vida y muerte les había sido arrebatado, implicando que nada los contentaría sino Su muerte. Sin embargo, ellos estaban muy ansiosos de poder achacar la responsabilidad de su muerte a los romanos, pues el temor del pueblo estaba todavía en ellos, y si podían obtener Su muerte de Pilato, entonces podrían protestar en días posteriores que simplemente le habían entregado al gobernador romano y no habrían podido prever que sería tratado de manera tan brutal. Todavía no habían sobornado al populacho para que gritasen: “¡Crucifícale!”, y querían estar del lado seguro si la gente hiciera un alboroto por Su causa. Humanamente hablando, ellos mismos podrían haberle hecho morir, pues estaba enteramente en su poder, y frecuentemente olvidaban la ley romana y mataban a hombres con furia desenfrenada, como cuando lapidaron a Esteban. Frecuentemente habían intentado apedrear a nuestro Señor mismo, así que, no siempre se preocupaban por la ley romana. Ellos habrían podido quitarle la vida en esta ocasión, pero, por un misterioso impulso, fueron conducidos a desear que la responsabilidad real del hecho recayera en Pilato. Más adelante, estaban dispuestos a unirse a la voluble turba compartiendo la culpa de Su sangre, pero todavía en este punto deseaban vehementemente echarles la culpa a otros. Durante sus grandes festividades, si tomaban sangre inocente, su hipocresía los conducía a desear hacerlo siguiendo las prescripciones de la ley y por manos de terceros. Para hacer esto tenían que presentar una acusación, pues ningún gobernante romano condenaría a un hombre si no se hubiese presentado una acusación. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esta mañana, vamos a considerar ''las dos acusaciones ''que presentaron, y después de eso, oiremos ''el veredicto de absolución ''que pronunció Pilato en el lenguaje de este texto: “Yo no hallo en él ningún delito”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''La primera acusación, si van al capítulo dieciocho y leen el versículo trece, era de que Él era UN MALHECHOR. “Respondieron y le dijeron: Si éste no fuera malhechor, no te lo habríamos entregado.” Decían que Él era un hechor, o hacedor de aquello que era malo; una persona que llevaba una vida tan malvada que no debía vivir. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sobre esto comentamos, primero, que ''era una nueva acusación''. Estaba recién salida de la fragua, pues cuando compareció delante de Caifás, nada se dijo de ningún mal que hubiere ''hecho'', sino sólo del mal que había hablado. Le acusaban de decir esto y lo otro, pero no le acusaron de hacer ningún mal. La acusación de hablar mal no había prosperado, y no se aventuraban a presentarla una segunda vez, porque sabían muy bien que a Pilato no le importaba lo que el hombre hubiere dicho; todo lo que le preocuparía sería un quebrantamiento real de la ley por medio de algún acto o de algún hecho. Los romanos eran gente práctica, y así, cuando Pilato condujo a nuestro Señor al salón de la audiencia, le preguntó: “¿Qué has ''hecho''?” No le preguntó: “¿Qué has enseñado o qué has predicado?”, sino, “¿Qué has hecho?” Por esta razón, los sacerdotes presentaron esta acusación recién inventada y el cargo totalmente infundado de que era hacedor de mal, que podría significar poco o mucho, según como el oyente decidiera interpretarlo: la malicia es raramente específica en sus cargos. La acusación de que era un malhechor brotó de su malevolencia, y no de ninguna acción de la perfecta vida de nuestro Señor. Uno se sorprende de que incluso el odio sea tan ciego como para arremeter contra Sus perfecciones. Independientemente de lo que los hombres piensen de nuestro Señor como maestro, la franqueza exige que admiren Su ejemplo y le otorguen el más excelso tributo de honor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Observen aquí que los sacerdotes presentaron contra nuestro Señor ''una acusación que no intentaron sustentar''. ¡Cuán astutamente evadieron la tarea de suministrar alguna prueba! No presentaron ningún testigo, y sus perjuros testigos sobornados fueron dejados atrás; incluso se abstuvieron de presentar cargos específicos, pero la declaración general de que Él era un malhechor fue apoyada únicamente por su reputación. “Si éste no fuera malhechor, no te lo habríamos entregado”, que era tanto como decir: “Tienes que dar por sentado que Él es culpable, pues, de lo contrario, no lo diríamos. Aquí está nuestro sumo sacerdote: ¿podría suponerse que este individuo, que es una verdadera joya, se atrevería a presentar una acusación falsa? Nosotros somos también los principales sacerdotes, y los escribas, y los maestros de Israel: ¿es de imaginarse, por alguna posibilidad, que personas de nuestra posición y santidad pudieran haber traído a una persona inocente delante de ti para ser condenada?” Yo he escuchado este estilo de argumentación incluso en estos días: se espera que renunciemos a la fe, simplemente porque los científicos la condenan y como ellos son personas tan eminentes, hemos de aceptar sus comentarios sin demora alguna. Yo confieso que no estoy preparado para aceptar la infalibilidad de los científicos más fácilmente que la infalibilidad que nos llueve de Roma. El gobernador romano no debía ser anulado por los sacerdotes, ni nosotros debemos ser llevados de la nariz por pretendidos hombres de ciencia. “Si éste no fuera malhechor, no te lo habríamos entregado”. ¡Oh, la hipocresía de este discurso! Habían intentado presentar testigos, pero no habían encontrado ninguno. Habían sobornado a falsos testigos, pero habían diferido tanto en su testimonio, que todo se vino abajo. Por tanto, hacen un viraje, y ponen sus propios nombres en apoyo de la denuncia, como si eso bastara y la investigación no necesitara proseguir. Me parece ver la escarnecedora mirada de Pilato al momento de pedirles que le juzgaran ellos mismos, si ese era su estilo de justicia; en cuanto a él, debía oír una acusación o pedirles que se fueran e hicieran lo que quisieran si se atrevían a hacerlo. Él sabía que le habían traído a Jesús por envidia, y detestaba a esos hipócritas al momento de oír las despreciables sílabas masculladas por sus labios mojigatos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
''Los judíos no habrían podido sustentar la acusación'', y hasta allí fueron sabios al no intentar lo imposible. Podrían ser lo suficientemente temerarios para torcer Sus palabras, pero dudaban ante la tarea de atacar Sus actos. Ante Su terrible santidad se quedaron sin valor por un momento y no sabían qué calumnia inventar. Oh, Señor, nos asombramos de que haya algunos hombres que encuentran delitos en Ti, pues Tú eres todo codiciable, y no se puede encontrar ni mancha ni falsedad en Ti. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero yo quiero llamar su atención a este hecho notable, que aunque esta acusación de que Él era un malhechor era atroz, inventada y sin el apoyo de ninguna evidencia, ''nunca fue negada por el Señor Jesucristo''. Era inútil negarla ante los sacerdotes. Ya los había conminado a que encontraran alguna falla en Su vida, diciendo: “Yo públicamente he hablado al mundo; siempre he enseñado en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y nada he hablado en oculto. ¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que han oído, qué les haya hablado; he aquí, ellos saben lo que yo he dicho.” Su apelación había sido infructuosa, pues era tan inútil argumentar con ellos, como es inútil que un cordero entre en una controversia con una manada de lobos ávidos de devorarlo. Pero uno hubiera pensado que podría haber algún resultado en Su respuesta a Pilato, pues Pilato estaba muy favorablemente impresionado con su prisionero; y si el Salvador se hubiese dignado dar un relato completo de Su vida, y demostrar que en vez de ser un malhechor había andado haciendo el bien, ¿no habría podido escapar? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La respuesta es esta: nuestro Señor había venido a la tierra con el propósito de ser el sustituto de los hombres culpables, y así, cuando fue llamado: malhechor, aunque no era una acusación válida, Él soportó pacientemente su vergüenza, como está escrito, “Fue contado con los inicuos”. Él estaba dispuesto a estar en el lugar del transgresor, y cuando le pusieron allí, no se movió de ese lugar. “Enmudeció, y no abrió su boca”. No dice nada porque, aunque no había pecado, Él cargó sobre Sí nuestro pecado. La pregunta que le hizo Pilato: “¿Qué has hecho?”, era una pregunta que Jesús habría podido responder grandiosamente: “¿Qué he hecho? He alimentado a los pobres, he sanado a los enfermos, he levantado a los caídos, y he resucitado a los muertos. ¿Qué he hecho? He vivido una vida de abnegación, sin que me importara nada en cuanto a Mí o en cuanto a mi propio honor. He sido el vindicador de Dios y el amigo del hombre. ¿Qué he hecho? Ciertamente no he hecho nada por lo pudieran condenarme a muerte, sino que he hecho todo aquello por lo que deberían aceptarme como su Líder y Salvador”. No oímos ni una sola palabra de esto. La exculpación habría sido completa, pero Él no expresó nada. Habría podido desconcertar a Sus enemigos, como anteriormente había vencido a los que habían llegado a prenderle, de tal forma que regresaron a sus señores, diciendo: “¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!” Él habría podido justificarse delante del procurador romano y, saliendo triunfante, habría podido escapar de sus dientes; pero, debido a que quería estar en nuestro lugar, cuando los hombres imaginaron cosas perversas contra Él, Él fue sordo y como mudo no abrió Su boca. Hemos de adorarle y bendecirle por Su clemente condescendencia, y por Su gracia incomparable al estar en lugar nuestro. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero además, nuestro Señor, al ser contado como un transgresor por Pilato, quería morir la muerte establecida por la ley romana para los malhechores. Si los judíos hubieran sentenciado a muerte a nuestro Señor por blasfemia, la condena habría sido lapidación; pero ninguna de las profecías que fueron dichas anteriormente en relación al Mesías, habló de que sería arrojado al suelo por piedras. La muerte ordenada para Él era la crucifixión. Juan dice en el capítulo dieciocho, en el versículo treinta y dos: “Para que se cumpliese la palabra que Jesús había dicho, dando a entender de qué muerte iba a morir.” ¿Cuál fue esa palabra? ¿Acaso no es la palabra expresada en el capítulo doce del evangelio de Juan, en el versículo treinta y dos?: “Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo. Y decía esto dando a entender de qué muerte iba a morir”. Ser levantado de la tierra en una cruz era una muerte que sólo podía venir de los romanos; los judíos, tal como lo he dicho antes, ejecutaban a los hombres apedreándolos: por tanto, Él debía ser condenado por los romanos para que se cumplieran Sus propias palabras. Él había hablado incluso más expresamente en un pasaje registrado por Mateo, en el capítulo veinte, en el versículo diecisiete, donde había declarado cómo debía morir. “Subiendo Jesús a Jerusalén, tomó a sus doce discípulos aparte en el camino, y les dijo: He aquí subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte; y le entregarán a los gentiles para que le escarnezcan, le azoten, y le crucifiquen; mas al tercer día resucitará”. Para que la palabra que había hablado se cumpliera, nuestro bendito Señor rehusó argumentar ante Pilato cosa alguna, en respuesta a la pregunta: “¿Qué has hecho?” Él se presenta como un transgresor, para morir la muerte de un transgresor; por tanto, bendito sea Su nombre adorable para siempre, por Su voluntaria aceptación del castigo por causa nuestra. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando pienso en esa palabra “malhechor”, otra palabra salta directamente a mis labios. No le llamen malhechor, sino BENEFACTOR. ¡Cuán grande benefactor ha de ser quien, para beneficiarnos, permite ser llamado: “malhechor”! Sólo piensen que quien se sienta en este momento en el centro de ángeles que adoran, haya sido llamado “malhechor”; que aquel de cuya inextinguible provisión de bondad todos los santos en el cielo y en la tierra son alimentados, sea llamado “malhechor”; que Aquel que no pensó nunca en dañar a los hombres, y que más bien Su propia alma es amor, cuyas palabras y pensamientos han sido todos de bondad para con esta raza caída, sea llamado, a pesar de todo ello, “malhechor”. ¡Oh tierra, cómo pudiste tolerar una mentira tan grave contra la infinita bondad del Hijo de Dios! Y, sin embargo, bendito sea por siempre Su nombre, pues Él no lanza de regreso la acusación, ya que eso hubiera sido para arruinarnos. Él soporta mansamente el escándalo por nuestra causa. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Acaso esto no debería endulzar cada título de reproche que nos pudiera atacar jamás? ¡Qué importa que nos encajen nombres impertinentes! Ellos llamaron al Señor de la casa “malhechor”; ¿podrían llamarnos de alguna peor manera? ¿Buscaremos la honra allí donde nuestro Capitán no encontró nada sino vergüenza? Por esa razón, debe ser nuestra gloria sobrellevar vergüenza y afrenta por causa de Jesús. Esto es suficiente en cuanto a la primera acusación. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''En segundo lugar, cuando los sacerdotes y los escribas descubrieron que no bastaba con llamarle simplemente malhechor, estos viles hombres cambiaron su táctica, y, de acuerdo a Lucas, le acusaron de proponerse ser REY. Dijeron que fraguaba la sedición, que prohibía pagarle tributo a César, y que se constituía en rey. Estas eran tres grandes mentiras, pues Jesús había predicado la paz, y no la sedición; Su ejemplo era de sumisión, no de rebelión; Su espíritu era el de un siervo, no el de un turbulento líder de un partido. Él nunca había dicho que los hombres no debían pagarle tributo a César; por el contrario, había dicho: “Dad a César lo que es de César”, y se sometía a toda ordenanza de la autoridad. Él nunca se había propuesto ser rey en el sentido que ellos lo decían; si hubiese hecho eso, muchos que eran ahora Sus acusadores, podrían haber sido Sus partidarios. La acusación contra Jesús de querer erigirse como rey, en el sentido que ellos deseaban que Pilato lo entendiera, ''era completamente falsa'', pues cuando la multitud hubo sido alimentada, querían llevarle y hacerle rey, pero Él se escondió. Es más, lejos de desear ser rey, cuando uno le dijo: “Maestro, dí a mi hermano que parta conmigo la herencia”, Él respondió: “Hombre, ¿quién me ha puesto sobre vosotros como juez o partidor?” Él depuso todo intento de interferencia con los poderes reinantes. Sus acusadores deben haber sabido que si Él hubiese querido, tenía el poder que le respaldaba para sustentar sus reclamos, tal como le dijo a Pilato que, si hubiese sido rey de un dominio mundano, Sus servidores habrían luchado por Él. Sus seguidores habrían sido valerosos, y valientes y entusiastas, y, sin duda, les habrían causado problemas sin fin, tanto a los judíos como a los romanos, si su líder hubiera reclamado un soberanía temporal. Pero nuestro Señor había ordenado que Pedro guardara su espada en su vaina, y sanó la herida que Pedro había provocado. A lo largo de Su vida había predicado paz y amor, y un reino que es justicia y paz. Él no era un rival de César, y ellos lo sabían. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y, por favor, noten que esta acusación de que Cristo era rey, ''no provenía del poder gobernante''. Cuando Pilato le preguntó a nuestro Señor: “¿Eres tú el Rey de los judíos?”, nuestro Salvador respondió sabiamente: “¿Dices tú esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí? ¿Tienes alguna razón para pensar que soy un líder de la sedición? Como gobernador de esta nación tienes que vigilar cuidadosamente, pues los del pueblo son sediciosos; ¿has visto jamás o has oído algo acerca de Mí que parezca un ataque contra tu autoridad? ¿Tienes algo que sea de tu propio conocimiento que te conduzca a levantar una acusación en mi contra?” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pilato, no sabiendo absolutamente nada en contra suya, y, en verdad, escarneciendo la idea de que supiera algo acerca del pueblo judío, a quienes detestaba, replicó arrogantemente: “¿Soy yo acaso judío? Tu nación, y los principales sacerdotes, te han entregado a mí.” Un gran punto fue ganado cuando Pilato dijo esto; quedó demostrado que la acusación era una mera invención, puesto que el ojo de águila del procurador romano no había visto nunca la menor justificación para ella. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
De manera muy visible ''se trataba de una acusación frívola''. ¿Cómo podría ser un peligro para César ese hombre inofensivo y desamparado? ¿Qué tenían que temer las legiones romanas de ese solitario ser sufriente? Él era demasiado manso y puro para amenazar con guerra y contienda al imperio de Tiberio. Mírenle y dense cuenta de lo absurdo de la situación. Además, parecería algo extraño que el pueblo judío llevara delante del gobernador romano a su propio rey. ¿Es esta la manera en que los súbditos tratan a sus monarcas? Si Él fuera el líder de una sedición, no parecería haber tenido éxito con Sus paisanos, pues las cabezas del pueblo están buscando Su muerte. A la luz de ello, no podría haber ninguna oportunidad de peligro de rebelión de ningún tipo ya que fue sumariamente abatida por los propios judíos. Si no hubieran estado embrutecidos por su ira, ellos mismos se habrían retractado de una posición tan absurda. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, sin embargo, quiero que noten muy cuidadosamente, que ''el Señor no negó nunca esta acusación ''en el sentido en que eligió entenderla. Él explicó primero qué quería decir con que era un rey, y cuando lo hubo explicado, confesó abiertamente que era precisamente eso. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Primero, digo, ''Él explicó lo que pretendía al decir que era un rey '', y adviertan cuidadosamente que no lo hizo de manera detallada. Él dijo: “Mi reino”, y también cuando Pilato preguntó: “¿Luego, eres tú rey?”, Él respondió: “Tú dices que yo soy rey”. Él era allí y entonces un rey real, y lo manifestó sin reservas. Se nos dice constantemente que el reino de Cristo es un reino espiritual, y esta afirmación es verdadera; pero yo quisiera que se cuidaran de no hacer desaparecer Su reino como si fuese únicamente un sueño piadoso. Espiritual o no, el reino de Cristo en la tierra es real y poderoso. No es menos real, sino más real debido a que puede ser llamado adecuadamente espiritual. Jesús es rey incluso ahora. Él dijo: “Yo soy rey”. Algunos dicen que Su reino no está vigente todavía, sino que está reservado para los días postreros; pero yo les aseguro que Él es rey hoy, y que incluso ahora Jehová le ha erigido como rey sobre el monte santo de Sion. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo bendigo a Dios porque nos ha trasladado “al reino de su amado Hijo”. “Tú eres el rey de gloria, oh Cristo”. Cuando digo: “Venga tu reino”, no quiero decir que comience a establecerse en la tierra, sino que continúe estableciéndose en nuevos lugares, que se extienda y que crezca, pues Jesús, en este preciso momento, tiene un reino sobre la faz de la tierra y quienes conocen la verdad, pertenecen a él, y le reconocen a Él como el testigo real por quien el reino de la verdad ha sido fundado y sostenido. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ustedes recuerdan el notable comentario que es atribuido a Napoleón Bonaparte en sus últimos años en Santa Elena: “Yo he fundado un reino por la fuerza, y ha pasado; pero Jesús fundó Su imperio sobre el amor, y por eso, permanecerá para siempre”. Ciertamente, Napoleón dijo la verdad: Jesús, el Jesús de elevadísimo rango real, es hoy Señor de innumerables corazones. El mundo no le conoce, pero, sin embargo, Él tiene un reino en el mundo que, antes de que pase mucho tiempo, hará pedazos a todos los otros reinos. Corazones verdaderos y veraces se encuentran entre los hijos de los hombres, y en ellos, Su nombre despierta todavía entusiasmo, de tal manera que están preparados a vivir y morir por Él. Nuestro Señor es un rey íntegramente, Él tiene Su trono de gracia, tiene Su cetro de verdad, Sus oficiales que, como Él mismo, dan testimonio de la verdad, y Sus ejércitos de guerreros que luchan, no con carne ni con sangre, y no usan armas carnales, sino que todavía salen venciendo, y para vencer. Nuestro Señor tiene Su palacio en el que mora, Su carroza en la que viaja, Sus ingresos, aunque no sean tesoros de oro y plata, y Sus proclamas, que son ley en Su iglesia. Su poder de reinar afecta el destino del mundo en este momento presente, mucho más que los consejos de las cinco grandes potencias: por la predicación de la verdad Sus siervos modelan las edades, y erigen y derrocan los tronos de la tierra. No hay ningún príncipe tan poderoso como Jesús, y no hay imperio tan fuerte como el reino del cielo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nuestro Señor también dijo que Su reino no provino de este mundo; pues eso, entiendo yo, es la traducción más correcta del pasaje: “Mi reino no es de este mundo”. No provino de este mundo; es un reino sustancial, pero no brotó de las mismas fuentes que los reinos del mundo, ni tampoco es apoyado, mantenido o incrementado por el mismo poder del que dependen los reinos del mundo. El reino de Cristo no depende de la fuerza de las armas: Él quiere que Sus seguidores depongan estas armas. El reino de Cristo no depende, como lo hacen los reinos terrenales demasiado frecuentemente, de la astucia, la política, y la duplicidad. Solía decirse que un embajador era un caballero que era enviado al extranjero para mentir por el bien de su país, y me temo que eso podría describir todavía a una gran cantidad de embajadores. ¿Qué es la ciencia de la diplomacia sino el arte del engaño? Cuando los estadistas son enteramente honestos, y son guiados por principios, son generalmente sujetos de sospechas, y es alzado el grito de que los intereses del país serán sacrificados. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero no hay diplomacia en el gobierno de Cristo; todo lo que es semejante a una política torcida es del demonio, y no de Cristo. Él viene a dar testimonio de la verdad, y no es por la fuerza ni por la astucia que Su trono es establecido entre los hijos de los hombres, y, por tanto, no es de este mundo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ser un rey, en verdad, es muy poco errado a los ojos de Jesús ya que es el propósito último de Su venida a la tierra. Él vino a salvar a los hombres, ¿no es cierto? Sí, pero aun así dice: “Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad”; que es otra manera de decir: “Para ser rey”. Éste es Su ultimátum. Cristo es maestro, para ser rey; Cristo es modelo, para ser rey; Cristo es Salvador, para ser rey; este es el gran propósito y objetivo que tiene en Su vida, en Su muerte, en Su resurrección, y en Su segunda venida: establecer un reino entre los hijos de los hombres para la gloria de Dios. Oh, que este grandioso propósito de Su misión sea promovido en nuestro tiempo, y consumado pronto en la edad de oro prometida desde hace mucho tiempo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El Maestro nos dice que la principal fuerza y el poder de Su reino radican en la verdad. Él vino para ser Rey, pero ¿dónde está Su cetro? Es la verdad. ¿Dónde está Su espada? Sale de Su boca: Él da testimonio de la verdad. ¿Dónde están Sus soldados? Son hombres de la verdad. Jesucristo conduce a una cuadrilla de hombres de quienes dijo: “Vosotros sois mis testigos”. Su reino consiste en dar testimonio de la verdad, y ¿quiénes son los que se convierten en Sus súbditos? Pues, son aquellos que son de la verdad, hombres que, oyendo la verdad, conocen el alegre sonido y lo aceptan, y sienten su poder. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Queridos oyentes, cada uno de nosotros ha de hacerse la pregunta: “¿pertenezco a este reino? ¿Quiero que este hombre reine sobre mí? ¿Deseo desprenderme de todo lo que no sea verdadero? ¿Estoy ansioso de reprimir a mi alrededor todo lo que sea falso y perverso? ¿Quiero cumplir las leyes de Dios, pues son la verdad? ¿Deseo divulgar los principios del amor y la bondad, pues son la verdad? ¿Estoy dispuesto a aprender y así volverme discípulo del más grandioso de todos los maestros, y entonces, estoy dispuesto a dar testimonio de lo que he aprendido, y así difundir el imperio de la verdad? Si es así, entonces yo soy de Su reino. Sé que me dirijo a muchos que desean hoy en sus corazones que Cristo y Su verdad triunfen, y que se preocupan poco de qué pueda ser de ellos. El Evangelio de Cristo ha de divulgarse y los principios de justicia han de prevalecer; y, en cuanto a nosotros, ya sea que vivamos o muramos, será un asunto de poca importancia. Oh Rey, vive para siempre, y nosotros encontraremos nuestra vida en Tu vida, y gloria promoviendo Tu gloria, mundo sin fin. Tal espíritu es de la verdad, y podemos asegurarnos a nosotros mismos que Jesús es nuestro Rey. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
''Nuestro Señor, habiendo explicado su significado, confesó que era Rey''.&amp;amp;nbsp; Esto es a lo que Pablo se refiere cuando dice: “Jesucristo, que dio testimonio de la buena profesión delante de Poncio Pilato.” No se retractó diciendo: “No soy Rey”. Pilato habría podido liberarle entonces; pero habló valerosamente en lo concerniente a Su bendito, a Su misterioso y portentoso reino, y, por tanto, no era posible que fuera liberado. Esto, en verdad, fue Su acusación escrita sobre Su cruz, “ESTE ES EL REY DE LOS JUDÍOS”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pobre Pilato, él no entendió a nuestro Señor, como tampoco los hombres de este mundo entienden el reino de Cristo. Pilato le preguntó: “¿Qué es la verdad?”, y, sin esperar una respuesta, salió otra vez a los judíos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ah, hermanos, no neguemos nosotros mismos nunca que Jesús es un rey; pero lo haríamos si no viviéramos de acuerdo a Su mandato. Oh, ustedes que aseveran que son de Cristo, pero que no viven de acuerdo a las leyes de Cristo, ustedes prácticamente niegan que Él sea un rey. Yo temo a los hombres que dicen: “Nosotros creemos, y, por tanto, somos salvos”, y luego no viven en santidad, pues dividen los oficios de nuestro Señor, defendiendo Su sacerdocio y negando Su reino. Medio Cristo no es Cristo, un Cristo que es un sacerdote pero que nunca es rey, no es el Cristo de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oh, hermanos, vivan como aquellos que sienten que cada palabra de Jesús es ley, y que deben hacer lo que les ordena, tal como se los ordena, y debido a que se los ordena; y así, todos los hombres han de saber que para ustedes, Jesús es Señor y Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''III. '''Concluyo notando LA ABSOLUCIÓN que Pilato dio a nuestro Señor Jesús. Él había oído la acusación de que era un malhechor, a la que el prisionero no argumentó nada; él había oído la acusación de que se decía ser un rey, cargo que el prisionero había explicado de manera sumamente satisfactoria; y ahora Pilato, saliendo al pueblo, dijo: “Yo no hallo en él ningún delito”. Pilato, bien has dicho. Tu veredicto es el veredicto típico de todos lo que han ''examinado'' a Cristo. Algunos le han examinado con un ojo hostil, pero en la proporción en que han sido íntegros en la observación de los hechos, se han visto sorprendidos por Su vida y espíritu. Es algo muy raro oír que incluso el infiel hable mal del carácter de Jesús; de hecho, algunos de los escépticos más conspicuos se han visto notablemente impresionados en cuanto a la enseñanza del Señor y han sentido admiración hacia Su vida. No se puede ver en la historia ningún carácter como el de Jesús, ni siquiera en alguna novela de ficción. Si alguien dijera que los cuatro Evangelios son falsificaciones, que trate de escribir un quinto evangelio que sea como los cuatro. Vamos, no podrías agregar un incidente a la vida de Cristo; sus detalles son únicos; la fantasía no puede imaginar un incidente fresco que pueda ser agregado con seguridad a lo que ha sido registrado. Todos los críticos clamarían: “Esto no es genuino”. La vida de Jesús es un rollo de tela de oro, de cuya manufactura el arte no tiene la menor idea. Su carácter inmaculado está solo y es único, y todos los verdaderos críticos se ven forzados a decir que no encuentran ningún delito en Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Permítanme agregar que este veredicto de Pilato es el veredicto de todos los que se han ''asociado'' alguna vez con Cristo. Un discípulo que estaba con Cristo le traicionó, pero no habló nada en Su contra. Es más, el último testimonio de Judas antes de que se ahorcara fue este: “Yo he pecado entregando sangre inocente”. Si hubiese habido un delito en Jesús, el espía lo habría detectado; su remordedora conciencia se habría alegrado mucho si se hubiera encontrado allí un sedante, pero incluso Judas se vio forzado a decir: “Yo he pecado entregando sangre inocente”. “¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?”, es el reto de Jesús, para el cual no hay respuesta. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Algunos de nosotros hemos''vivido con Cristo espiritualmente''. En el curso de Su providencia, Él nos ha abatido mucho a algunos de nosotros por medio de la enfermedad, o por duelo o pérdidas. Todos los salvados por nuestro Señor han caído bajo la disciplina de Su casa, porque “el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, ¿cuál es el veredicto de todos los aquí presentes que conocen a Jesús, nuestro rey? Por mi parte, no encuentro ningún delito en Él. Él es todo codiciable. Él es toda mi salvación y todo mi deseo. ¿No creen que de todos los millones de cristianos que han vivido esperando en Cristo, alguien ya nos habría dicho que Él está habituado a desilusionar a Su pueblo? De entre tantos creyentes que habitan con Él, seguramente uno que otro, al llegar su muerte, ya nos habría dicho que Él no era todo lo que profesa ser. ¿No habría confesado uno que otro: “yo confié en Cristo y Él no me ha liberado; todo es un engaño”? Seguramente, de los muchos que hemos visto partir, habríamos encontrado a uno o dos que habrían publicado el secreto, y habrían dicho: “Es un engañador. Él no puede ayudar, Él no puede liberar”. Pero nunca ningún creyente moribundo a través de las edades ha hablado mal de Él, sino todos han dicho: “Yo no hallo en él ningún delito”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Fíjense que ese será el veredicto de cada uno de ustedes. Si alguien rechaza a Cristo, cuando esté en Su tribunal para ser condenado porque no cree en Él, y cuando esa palabra que marchita: “Apartaos de mí, malditos”, lo consigne a su porción sempiterna, entonces se verá obligado a decir: “yo no hallo ''en él ''ningún delito.” No hubo ninguna falla en Su sangre, la falla estuvo en mi falta de fe; no hubo ninguna falla en Su Espíritu, la falla estuvo en mi obstinada voluntad; no hubo ninguna falla en Su promesa, la falla fue que yo no quise recibirle; no hubo en Él ningún delito. Él nunca me desdeñó. Nunca rehusó oír mis plegarias. Si mis domingos fueron desperdiciados, no fue culpa Suya; si yo desafié el Evangelio, no fue culpa Suya; si he perecido, mi sangre está a mi propia puerta. “yo no hallo en él ningún delito”. Desde todas partes de la creación, se alzará una testificación a Su perfección. El cielo y la tierra y el infierno se unirán, todos ellos, al veredicto común, “nosotros no hallamos en Él ningún delito.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los voy a despedir después de darles tres palabras prácticas para que piensen en ellas. La primera es esta: cuídense de una religión externa, pues los hombres que llamaron a Jesús malhechor y le acusaron falsamente, eran personas muy religiosas, y no quisieron entrar al pretorio de Pilato por miedo a contaminarse. Eran fuertes en rituales, pero débiles en moral. No hay personas más inveteradas en contra de los principios del Evangelio que aquellas cuya religión consiste en formas y ceremonias que no afectan sus corazones. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Les exhorto a que rasguen sus corazones y no sus vestidos. Sigan a Cristo espiritualmente; sigan a Cristo en sus propias almas, pues de lo contrario los sacramentos serán su ruina, e incluso al tratar de mantenerse alejados de la contaminación ceremonial, se estarán contaminando con la hipocresía. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lo siguiente es exhortarlos, queridos amigos, y exhortarme yo mismo, para evitar toda altiva mundanalidad como la de Pilato. Pilato trata todo el asunto caballerosamente; él es un romano soberbio y altivo; odia al pueblo que gobierna, y aunque tiene una conciencia, y al principio muestra cierta delicadeza hacia el prisionero, su fin principal y su objetivo eran conservar su puesto y amasar una fortuna, y, por eso, la sangre inocente debía ser derramada. Él tenía que agradar a los judíos, incluso si tenía que asesinar al “Justo”. Esta egoísta mundanalidad en la que un hombre convierte a su oro y a él mismo en su dios, siempre trata a la religión con desprecio. El hombre se preocupa por su tajada y pregunta burlonamente: “¿Qué es la verdad?” Él sabe lo que es el dinero y qué es el poder, pero, ¿qué es la verdad? Es un sueño, es un disparate para él, y la desprecia. Hay personas ahora a nuestro alrededor, habilidosos hombres que son servidores del tiempo, con grandiosas nociones de sus propias habilidades, y para ellos, Jesús y Su Evangelio son asuntos para ancianas, sirvientas, y lo que llaman la ‘cuadrilla puritana’. Tales tópicos no son para caballeros pensadores, de cultura y entendimiento, con sus elevados y poderosos egos. “¿Qué es la verdad?”, preguntan. Están inclinados más bien favorablemente a la religión, es decir, no la persiguen, pero la desprecian, que en algunos aspectos es peor. Dicen: “somos agnósticos; no tenemos un punto de vista particular; tenemos un corazón grande, y permitimos que cada individuo piense como quiera, pero aun así, no hay nada en todo eso; todo es asunto de opinión. Un hombre dice: “esto es la verdad”, y otro dice: “aquello es la verdad”, y, ¿cómo hemos de saberlo? El hecho es que no hay tal cosa como una verdad fija del todo. &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Ya que diferentes credos dejan que sus infortunados adeptos luchen&amp;lt;br&amp;gt;No podría estar mal quien lleva una vida recta.”'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Esta es la conclusión de este gran hombre en este asunto, y, sin embargo, sucede que la vida de este caballero no es recta del todo, y, por tanto, por su propia evidencia no tiene mucho gozo de su preciosa estrofa. Me parece verle conforme gira sobre sus talones haciendo la pregunta: “¿Qué es la verdad?” Que él sea una advertencia para ti. No has de acercarte a tal arrogante frivolidad. Siempre has de ser lo suficientemente necio para juzgar francamente. Sé tan poco listo como para estar dispuesto a aprender todavía. Sé tan poco seguro de tu propia infalibilidad que al menos oigas las razones, e inquiere si estas cosas son así. Ay, me temo que por medio de la altivez mundana muchos oirán que se dice de ellos, como se dice del gobernador romano cada día en el credo: “Padeció bajo el poder de Poncio Pilato”. ¡Oh, cuántas veces Cristo ha padecido bajo gente precisamente como Poncio Pilato! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Por último, todos nosotros hemos de someternos a Jesús nuestro Rey. Agotado y desfallecido, emaciado y quebrantado, con Su rostro más desfigurado que el de cualquier otro hombre, inclinémonos delante de Él y digamos: “Salve, Rey de los judíos. Tú eres Rey por los siglos de los siglos.” Si estamos dispuestos a reconocerle de esta manera como Rey en Su vergüenza e irrisión, Él pronto nos honrará cuando venga en la gloria del Padre, y acompañado de todos Sus santos ángeles. Entonces Él hará que se vea que, a los que le seguimos, nos ha hecho reyes y sacerdotes para Dios, y reinaremos con Él por los siglos de los siglos. Amén&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

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		<id>http://es.gospeltranslations.org/wiki/M%C3%A1s_que_Vencedores</id>
		<title>Más que Vencedores</title>
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				<updated>2011-02-03T15:22:22Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|More Than Conquerors}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó”. ''Romanos 8: 37. &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
La señal distintiva de un cristiano es su confianza en el amor de Cristo y la entrega de sus afectos a Cristo en recíproca correspondencia. Primeramente, la fe estampa su sello en el hombre, capacitando al alma a decir con el apóstol: “Cristo me amó y se entregó a sí mismo por mí”. Entonces el amor proporciona el refrendo y estampa en el corazón: gratitud y amor a Jesús. “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero”. “Dios es amor”, y los hijos de Dios son gobernados en sus poderes íntimos por el amor; el amor de Cristo los constriñe. Creen en el amor de Jesús y entonces lo reflejan. Se regocijan debido a que el amor divino se ha posado sobre ellos; lo sienten derramado en abundancia en sus corazones por el Espíritu Santo que les ha sido dado, y entonces, motivados por la gratitud, aman fervientemente al Salvador con un amor puro. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En aquellas grandiosas épocas que constituyen el heroico período de la religión cristiana, esta doble señal podía ser vista muy claramente en todos los creyentes en Jesús. Eran personas que conocían el amor de Cristo, y se apoyaban en él, tal como un hombre se apoya en un báculo cuya confiabilidad ya ha comprobado. No hablaban del amor de Cristo como si fuese un mito que debía ser respetado o una tradición que debía ser reverenciada. Lo veían como una realidad bienaventurada y en él depositaban toda su confianza. Estaban persuadidos de que ese amor los transportaría como sobre alas de águilas y los sostendría todos sus días, y permanecían confiados en que sería para ellos un cimiento de roca contra el cual podían golpear las olas y podían soplar los vientos, pero la habitación de sus almas permanecería segura si se cimentaba en él. El amor que sentían por el Señor Jesús no era una apacible emoción que ocultaran internamente en la cámara secreta de sus almas, y de la que hablaran exclusivamente en sus asambleas privadas cuando se reunían el primer día de la semana y cantaban himnos en honor de &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cristo Jesús el Crucificado, sino que para ellos era una pasión de una energía tan vehemente e integralmente consumidora, que permeaba en todas su vida, se volvía visible en todas sus acciones, hablaba en su plática común, y miraba a través de sus ojos incluso en sus miradas más comunes. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El amor a Jesús era una llama que se nutría de la propia médula de sus huesos, de la esencia y del corazón de su ser y, por tanto, a fuerza de arder se abría paso hacia el hombre exterior, y refulgía allí. El celo por la gloria del Rey Jesús era el sello y la marca de todos los cristianos genuinos. Debido a que dependían del amor de Cristo, se ''atrevían'' a mucho, y debido a su amor a Cristo, ''hacían'' mucho. Gracias a su confianza en el amor de Jesús, no temían a sus enemigos, y debido a su amor a Jesús, rehusaban huir del enemigo incluso si se aparecía en sus más terribles formas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los cristianos de los primeros siglos se inmolaban continuamente sobre el altar de Cristo con gozo y presteza. En dondequiera que estuvieran testificaban en contra de las perversas costumbres que los rodeaban. Consideraban algo digno de un asqueroso desprecio que un cristiano fuera como la gente común. No se conformaban al mundo y no podían hacerlo pues habían sido transformados por la renovación de sus mentes. Su amor a Cristo los forzaba a dar testimonio en contra de todo lo que le deshonrara por ser contrario a la verdad, a la justicia y al amor. Eran innovadores, reformadores y destructores de ídolos por doquier; no podían quedarse tranquilos dejando que otros hicieran lo que quisieran siguiendo sus propias opiniones, antes bien, su protesta era continua, incesante, molesta para el enemigo pero aceptable para Dios. El cristiano era un pájaro de llamativos colores en cualquier sitio, porque el amor por Jesús no le permitía disfrazar sus convicciones; era un extraño y un forastero en cualquier parte, porque el propio lenguaje de su vida diaria difería del de sus vecinos. Donde otros blasfemaban, él adoraba; donde otros proferían juramentos habitualmente, su “sí” era sí, y su “no”, era no. Donde otros se ceñían la espada, él no resistía el mal; donde otras personas -cada una de ellas- buscaban su propio bienestar y no el de su hermano, el cristiano era reconocido como alguien cuyo tesoro estaba en el cielo y había puesto sus afectos en las cosas de arriba. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El amor por Jesús convertía al cristiano en un protestante perpetuo contra el mal por causa de Jesús. Y todavía le conducía más lejos; se convertía en un testigo constante de la verdad que había comprobado ser algo muy precioso para su propia alma. Los cristianos eran como Neftalí, de quien se decía: “Neptalí, cierva suelta, que pronunciará dichos hermosos”. En los días apostólicos, los cristianos mudos, los testigos silenciosos, eran escasamente conocidos. La matrona hablaba de Cristo a los sirvientes. Habiendo aprendido de Jesús, el niño hablaba de Él en las escuelas. Mientras el obrero cristiano daba su testimonio en el taller, y el ministro cristiano (y había muchos ministros cristianos en aquellos días, pues todos los hombres ministraban de acuerdo a su habilidad) se paraba en las esquinas de las calles, o se reunía en sus propia casa rentada con decenas o veintenas, según fuera el caso, declarando siempre la doctrina de la resurrección, de la encarnación de Cristo, de Su muerte y resurrección y del poder limpiador de Su sangre. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El amor de Jesús, como lo he dicho al comienzo, era una pasión real para aquellos hombres, y su confianza en Jesús era real y práctica; de aquí que su testimonio en favor de Jesús fuera valeroso, claro y decidido. En el antiguo testimonio cristiano una trompeta resonaba que despertaba al viejo mundo que estaba asentado en un profundo sueño, soñando sueños inmundos; aquel mundo no quería ser despertado, y revolcándose en el sueño, pronunciaba maldiciones graves y múltiples, y juraba vengarse contra el perturbador que se atrevía a interrumpir su horripilante reposo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mientras tanto los creyentes en Jesús -hombres a quienes no les bastaba con dar testimonio con sus vidas y testificar con sus lenguas en los lugares en que su destino los colocaba- continuamente estaban comisionando a grupos de misioneros para que llevaran la palabra a otros distritos. A Pablo no le bastaba predicar el Evangelio en Jerusalén o en Damasco, sino que le era necesario viajar a Pisidia o a Panfilia, y viajar hasta los últimos confines del Asia Menor, y entonces, tan lleno de Cristo estaba, que sueña con la vida eterna, y quedándose dormido, oye en una visión a un hombre de Macedonia, al otro lado del azul Egeo, que le suplica: “Pasa… y ayúdanos”. Y con la luz matutina Pablo se levanta, plenamente resuelto a abordar un barco y predicar el Evangelio en medio de los gentiles. Habiendo predicado a Cristo a lo largo de toda Grecia, pasó a Italia, y aunque estaba encadenado, entró como embajador de Dios dentro de los muros de la imperial ciudad de Roma; y se cree que después de eso, su espíritu sagradamente inquieto no estuvo satisfecho con predicar a través de toda Italia, sino que tuvo que visitar España y se dice que llegó incluso hasta Bretaña. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La ambición del cristiano por la causa de Cristo era ilimitada; más allá de las columnas de Hércules y hasta las más apartadas islas del océano, los creyentes en Jesús llevaron las noticias de un Salvador nacido para los hijos de los hombres. Aquéllos eran días de gran celo. Me temo que éstos son días de tibieza. Aquéllos eran tiempos cuando el fuego era como de carbones de enebro, que guardan un calor sumamente intenso, y ni los naufragios, ni los peligros de ladrones, ni los peligros de ríos, ni los peligros provocados por falsos hermanos, ni la espada misma, podían detener el entusiasmo de los santos, pues ellos creían y por eso hablaban, ellos amaban y por eso servían incluso hasta la muerte. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
De esta manera los introduzco a nuestro texto. ¡He aquí a los hombres y su conflicto por Cristo! Era natural, era inevitable que provocaran enemistad. Ustedes y yo no amamos mucho a Cristo ni creemos mucho en Su amor; me refiero a la mayoría de nosotros. Constituimos una generación enfermiza, indigna y degenerada. Dejamos al mundo en paz y el mundo nos deja en paz. Nos conformamos en gran manera a las costumbres mundanas y entonces el mundo no se exaspera con nosotros. Nosotros no acosamos a los hombres declarando perpetuamente la verdad como deberíamos hacerlo y, por tanto, el mundo no se impacienta con nosotros –nos cataloga como una muy buena clase de personas, un poco extravagantes, tal vez un poco enloquecidos, pero aun así muy tolerables y bien portados- así que no tenemos ni la mitad de los enemigos que los cristianos de tiempos antiguos enfrentaron, porque no somos ni la mitad de cristianos verdaderos, no, no somos ni siquiera la décima parte de santos como ellos lo fueron. Pero si fuéramos más santos, en la misma proporción en que lo fuésemos nos enfrentaríamos a la misma batalla, aunque pudiera ser de otra forma. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aunque hablé críticamente de todos, hay un puñado de personas aquí -así confío- que han sido capacitadas por la gracia divina para conocer el poder del amor de Jesús, y viven bajo sus influencias, y contienden por la soberanía del Rey coronado de espinas. Ellos son quienes soportan el mismo tipo de luchas -aunque en otras formascomo los conflictos de los días apostólicos, y éstos son quienes pueden usar sin falsedad el lenguaje de mi texto: “En todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Voy a pedirles que consideremos en esta mañana, según nos ayude el Espíritu Santo, primero, ''las victorias ya ganadas''; en segundo lugar, ''los laureles de la pelea''; en tercer lugar, ''los hombres que los ganaron''; y en cuarto lugar, ''el poder mediante el cual fue lograda su conquista''. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''Veremos primero, esta mañana, LAS VICTORIAS YA GANADAS por quienes han sido poseídos por el amor de Jesús. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Contemplen atentamente al paladín. No se necesita violentar la imaginación para concebir a este lugar como un anfiteatro romano. Allí, en el centro de la arena, está de pie el héroe. Las grandes puertas de las jaulas de los leones son alzadas por medio de máquinas, y tan pronto como son abiertas, veloz y furiosamente salen osos y leones y bestias salvajes de todo tipo, previamente dejados sin alimento para que crezca su ferocidad, con los que ha de contender el paladín. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así era el cristiano en los días de Pablo, y es así ahora. El mundo es el teatro del conflicto: los ángeles y los demonios son espectadores; una gran nube de testigos contempla la lucha, y los monstruos son azuzados contra él, con los que ha de contender triunfalmente. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El apóstol nos proporciona un pequeño resumen de los males contra los que tenemos que combatir, y coloca primero a la “''tribulación''”. La palabra “tribulación”, en latín, significa: “trillar”, y el pueblo de Dios es arrojado con frecuencia en la era para ser azotado con el pesado flagelo de la tribulación; pero es más que vencedor, puesto que no pierde nada excepto la paja y el tamo, y de esta manera el trigo limpio es separado de lo que no le beneficiaba. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sin embargo, la palabra original en el idioma griego sugiere una presión externa. Es usada en el caso de personas que están sosteniendo cargas pesadas y tienen un gran peso encima. Ahora, los creyentes han tenido que contender casi en todas las épocas con circunstancias externas. Al presente, sólo hay unas cuantas personas que en un momento u otro de sus vidas se enfrentan a una presión externa, ya sea por causa de enfermedad, o por la pérdida de bienes, o por duelos, o por alguna otra de las mil y una causas de las cuales brota la aflicción. El cristiano no tiene una senda pareja. “En el mundo ''tendréis'' aflicción”, es una promesa segura que nunca deja de cumplirse. Pero los verdaderos creyentes han sido sostenidos bajo todas las cargas, y ninguna aflicción ha sido capaz jamás de destruir su confianza en Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Se dice de la palmera que entre más pesos cuelguen de ella, más erguida y más altanera se proyecta contra el cielo; y lo mismo sucede con el cristiano. Como Job, nunca es tan glorioso como cuando ha experimentado la pérdida de todas las cosas, y al final se alza desde su muladar más poderoso que un rey. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos, han de esperar enfrentar al adversario en tanto que permanezcan aquí; y si ahora sufren por el peso de la aflicción, recuerden que deben vencerla y no ceder a ella. Clamen al Fuerte pidiéndole fuerzas, para que su tribulación produzca en ustedes paciencia, y la paciencia prueba, y la prueba esperanza que no avergüenza. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lo siguiente en la lista es “''angustia''”. Yo encuentro que la palabra griega se refiere más bien a la aflicción mental que a cualquier cosa externa. El cristiano sufre por causa de circunstancias externas, pero esto probablemente sea una aflicción menor que el dolor interno. “Estrechez de espacio” se asemeja al significado de la palabra griega. Algunas veces nos encontramos en una posición en la que sentimos como si no pudiéramos movernos, como si fuéramos incapaces de voltearnos a la diestra o a la siniestra: la vía está cerrada; no vemos ninguna liberación, y nuestra propia conciencia de debilidad y perplejidad es insoportablemente terrible. Tal vez ustedes se han visto sumidos en ese estado en que su mente está distraída y no saben qué hacer; en que no pueden calmarse ni estabilizarse; en que querrían considerar calmadamente el conflicto, si pudieran, para luego entrar en él como un hombre con pleno dominio de sus cinco sentidos; pero el demonio y el mundo, la tribulación exterior y el desánimo interior combinados, los arrojan de un lado a otro como olas de la mar, hasta quedar, para usar una expresión sajona de John Bunyan: “muy apabullados por todos lados en su mente”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Bien, ahora, si tú eres un cristiano genuino, saldrás de ésto sin mayores consecuencias. Serás más que un vencedor sobre la turbación mental. Llevarás esta carga, así como cualquier otra, a tu Señor y la pondrás sobre Él; y el Espíritu Santo, cuyo oficio es ser el Consolador, les dirá a las atribuladas olas de tu corazón: “Enmudezcan”. Jesús dirá, al caminar sobre la tempestad de tu alma: “¡Yo soy, no temáis!” Y aunque la tribulación externa y la turbación interna se juntaran como dos mares que contienden, ambas serán apaciguadas por el poder del Señor Jesús. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El tercer mal que el apóstol menciona es la “''persecución''”, que siempre les ha sobrevenido a los genuinos amantes de Cristo: su buen nombre ha sido calumniado. Si repitiera las infamias que han sido expresadas en contra de los santos de los tiempos antiguos, me ruborizaría. Baste decir que no hay ningún crimen en la categoría de vicio que no haya sido falsamente colocado a la puerta de los seguidores del puro y santo Jesús. Sin embargo, la calumnia no aplastó a la iglesia. El buen nombre del cristianismo sobrevivió a la reputación de los hombres que tuvieron el descaro de acusarlo. La prisión siguió a la calumnia, pero en las prisiones los santos de Dios han cantado como pájaros en sus jaulas, más aún que cuando estaban en los campos de la abierta libertad. Las prisiones han resplandecido como palacios, y han sido santificadas para convertirse en lugares de la morada del propio Dios, mucho más sagrados que todos los domos consagrados de la imponente arquitectura. La persecución se ha propuesto a veces desterrar a los santos, pero en su destierro han estado en casa, y cuando han sido esparcidos por todos lados, han ido por doquier predicando la palabra, y su esparcimiento ha sido la recolección de otros del número de los elegidos. Cuando la persecución ha recurrido incluso a los más crueles tormentos, Dios ha recibido muchos dulces cánticos provenientes del potro de tormento. Las gozosas notas de san Lorenzo, mientras lo asaban en la parrilla, deben de haber sido más dulces para Dios que los cantos de los querubines y de los serafines, pues ese santo amaba a Dios más que los más resplandecientes de los seres angélicos, y lo demostraba en medio de su más amarga angustia; y el señor Hawkes, ese santo que, mientras eran quemadas sus extremidades inferiores y la gente esperaba verlo rodar por sobre la cadena para caer en el fuego, alzó sus manos flameantes -cada dedo echando fuego- y aplaudió tres veces al tiempo que gritaba: “¡Nadie como Cristo, nadie como Cristo!” Dios fue más honrado por ese hombre que ardía en el fuego, que por los millones de millones que entonan Sus loas en la gloria. La persecución en todas sus formas ha sobrevenido a la iglesia cristiana y hasta este momento no ha conseguido jamás un triunfo, antes bien ha constituido un beneficio esencial para la iglesia, pues la ha limpiado de la hipocresía; cuando el oro puro fue arrojado en el fuego, no perdió nada sino sólo la escoria y el estaño que más bien se alegra de perder. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Luego el apóstol agrega: “''hambre''”. Nosotros no estamos muy expuestos a este mal en nuestros días, pero en los tiempos de Pablo, quienes eran desterrados era llevados frecuentemente a lugares donde no podían ejercer su oficio para ganarse el pan. Eran alejados de sus posiciones, de sus amigos, de sus conocidos; sufrían la pérdida de sus bienes y, consecuentemente, no sabían dónde encontrar ni siquiera el sustento necesario para sus cuerpos; y sin duda, hay algunas personas ahora que son grandes perdedores por 8 sus convicciones de conciencia, que son llamados a sufrir, en una cierta medida, incluso hasta el hambre. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces el diablo le susurra: “tú debes encargarte de tu casa y de tus hijos; no debes seguir tu religión al punto de perder tu pan”. ¡Ah!, amigo mío, veremos entonces si tienes la fe que puede vencer al hambre, que puede mirar al hambre descarnada en el rostro, que mira a las costillas del esqueleto y no obstante dice: “¡Ah!, soportaré el hambre misma antes que vender mi conciencia y mancillar mi amor a Cristo”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Luego viene la “''desnudez''”, que es otra forma terrible de pobreza. El cristiano expulsado de una casa y de otra e impedido de trabajar en su oficio, era incapaz de allegar los fondos necesarios, y por tanto, sus vestidos se convertían pronto en andrajos, y los andrajos desaparecían uno a uno. En otros momentos los perseguidores desnudaban por completo a hombres y a mujeres para entregarlos a la vergüenza; pero la desnudez aun en el caso de los espíritus más tiernos y sensibles -y tales espíritus fueron expuestos a ese mal en los días antiguos- ha sido incapaz de acobardar al invencible espíritu de los santos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En los viejos martirologios hay historias de hombres y mujeres que tuvieron que sufrir esta indignidad, y ha sido reportado por quienes fueron testigos, que nunca dieron la impresión de estar mejor vestidos, pues cuando fueron presentados desnudos frente a la bestial multitud para ser vistos por sus crueles ojos, los propios cuerpos parecían resplandecer de gloria cuando con rostro apacible inspeccionaban a sus enemigos y se entregaban a la muerte. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El apóstol menciona a continuación de la desnudez, ''peligro'', esto es, exposición constante a una muerte súbita. Ésta era la vida de los primeros cristianos. “Cada día muero”, dijo el apóstol. La misericordia del momento no era segura, pues en cualquier otro momento podría salir un nuevo edicto del emperador romano para barrer con los cristianos. Iban literalmente con sus vidas en sus manos dondequiera que se dirigían. Algunos de sus peligros eran encontrados voluntariamente por la divulgación del Evangelio; peligros de ríos y peligros de ladrones eran la suerte del misionero cristiano que atravesaba climas inhóspitos para declarar el Evangelio. Otros peligros eran el resultado de la persecución; pero se nos informa que los creyentes en Jesús reposaban tan firmemente en el amor de Cristo que no sentían que el peligro fuera peligro; y el amor de Cristo los alzaba de tal manera por encima de los pensamientos ordinarios de carne y sangre hasta llegar al punto de que cuando los peligros se convertían en verdad en peligros, los enfrentaban con gozo, por causa del amor a su Señor y Maestro. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y para cerrar la lista, como si hubiese una suerte de perfección en estos males, la séptima cosa es ''la espada'', es decir, el apóstol Pablo singulariza una cruel forma de muerte como un cuadro del todo. Ustedes lo saben bien y no necesito decirles cómo el noble ejército de mártires de mi Señor ha ofrecido sus cuellos a la espada, tan alegremente como la novia da su mano al novio en el día de su matrimonio. Ustedes saben cómo han ido a la hoguera y han besado los haces de leña; cómo han cantado camino a su muerte, aunque la muerte fuera acompañada de los más crueles tormentos; y se regocijaron con sumo gozo incluso al punto de saltar y danzar ante el pensamiento de ser considerados dignos de sufrir por causa de Cristo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El apóstol nos informa que los santos han sufrido todas estas cosas tomadas en su conjunto. Él no dice que somos vencedores en ''algunas'' de estas cosas, sino en ''todas''; muchos creyentes atravesaron literalmente por la carencia exterior, por la tribulación interior, por la carencia de pan, por la carencia de vestido, por el constante peligro de la vida y al final entregaron la vida misma y, sin embargo, en cada caso comprendido en toda la lista de esas sombrías luchas, los creyentes fueron más que vencedores. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amados, la mayoría de ustedes no son llamados en este día a enfrentar peligros, o desnudez o espada: si lo fueran, mi Señor les daría la gracia para soportar la prueba; pero yo pienso que las tribulaciones de un cristiano, en el momento presente, aunque no sean tan terribles exteriormente, son todavía más duras de llevar que incluso aquéllas de la edad fiera. Tenemos que soportar el escarnio del mundo: eso es poco; son sustancialmente peores sus lisonjas, sus suaves palabras, sus diálogos untuosos, su servilismo y su hipocresía. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oh señores, su peligro es que se vuelvan ricos y se tornen altivos, que se entreguen a las modas de este presente mundo perverso y pierdan su fe. Si no pueden ser destrozados por el león rugiente, pudieran ser triturados por el apretón del oso, y al diablo poco le importa cuál sea el instrumento siempre que pueda eliminar el amor de Cristo en ustedes y destruir su confianza en Él. Me temo que la iglesia está en mayor peligro de perder su integridad en estos días blandos y sedosos, que cuando estaba en aquellos tiempos difíciles. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Acaso no hay muchos cristianos profesantes cuyos métodos de comercio son igual de viciosos que los métodos de comercio del más sospechoso y truculento inconverso? ¿Acaso no tenemos algunos cristianos profesantes que son completamente mundanos, cuya falta de asistencia a nuestras reuniones para orar, cuya falta de liberalidad para la causa de Cristo, cuya conducta integral, en verdad, demuestra que si hubiese alguna gracia en ellos en absoluto, no es la gracia que vence al mundo, sino la pretendida gracia que permite al mundo poner su pie sobre su cuello? Tenemos que estar despiertos ahora, pues atravesamos la ‘tierra encantada’ y somos más propensos que nunca a ser arruinados, a menos que nuestra fe en Jesús sea una realidad, y nuestro amor por Jesús sea una llama vehemente. Tenemos más posibilidades de convertirnos en bastardos que en hijos, en cizaña que en trigo, en hipócritas que en hermosos viñedos, mas no en los verdaderos hijos vivientes del Dios viviente. Los cristianos no piensan que éstos sean tiempos en los que pueden prescindir de la vigilancia o del santo celo; necesitan estas cosas ahora más que nunca, y que Dios el Espíritu eterno manifieste Su omnipotencia en ustedes, para que en todas estas cosas más blandas así como en las más ásperas sean capaces de decir: “Somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''Voy a referirme con mucha brevedad al segundo encabezado del discurso. Hemos de inspeccionar LOS LAURELES DEL COMBATE. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hasta ahora los creyentes han sido vencedores, pero el texto dice que han sido: “''más que vencedores''”. ¿Qué significa eso? La palabra en el texto original es una de las fuertes expresiones del apóstol Pablo; podría traducirse así: “más rotundos vencedores”. La Vulgata, yo creo, contiene una palabra que significa: “super-vencedores”, venciendo por encima de todo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ser vencedor para un cristiano es algo grandioso: ¿cómo puede ser más que un vencedor? Primero, yo creo que un cristiano es mejor que otros vencedores en muchos sentidos, porque ''el poder mediante el cual vence es mucho más noble''. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aquí vemos a un paladín que acaba de regresar de las olimpíadas griegas; casi mata a su adversario en una severa lucha de boxeo, y se aproxima para recibir la corona. Acércate a él, mira ese brazo, y observa los tendones y los músculos. ¡Vamos!, los músculos del hombre son como el acero y tú le dices: “no me sorprende que hayas golpeado y lastimado a tu enemigo; si yo hubiera erigido una máquina hecha de acero que fuera operada por un poco de vapor acuoso, habría podido hacer lo mismo, aunque nada sino la pura materia habría estado operando. En tu constitución tú eres un hombre más fuerte y más vigoroso que tu enemigo: eso está claro; pero, ¿dónde está la gloria particular al respecto? Una máquina es más fuerte que otra. Sin duda el crédito ha de serte otorgado a ti por la resistencia, de un cierto modo; pero tú eres solamente un gran bruto golpeando a otro gran bruto. Los perros, y los toros, y los gallos de pelea y todo tipo de animales habrían soportado un encuentro igual, y tal vez peor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, ¡vean al paladín cristiano regresando de la lucha después de haber obtenido la victoria! ¡Mírenlo! Él ha vencido a la sabiduría humana; pero cuando lo miro, no percibo ninguna preparación ni astucia: se trata de una persona sencilla e iletrada que sólo sabe que Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores; sin embargo, ha obtenido la victoria sobre profundos filósofos; entonces él es más que vencedor. Ha sido tentado y probado de todas maneras, y no era para nada una persona astuta; estaba muy débil; sin embargo, de alguna manera, ha vencido. Ahora, esto es ser más que un vencedor: cuando la debilidad vence a la fuerza, cuando la fuerza bruta es frustrada por la gentileza y el amor. Esto, en verdad, es victoria, cuando las pequeñas cosas vencen a las grandes cosas; cuando las cosas viles de este mundo derrocan a las poderosas, y las cosas que no son deshacen a las cosas que son: sin embargo, ésto es precisamente el triunfo de la gracia. Visto desde la perspectiva del ojo del sentido, el cristiano es débil como el agua; empero la fe sabe que es irresistible. De acuerdo al ojo del sentido, es algo que ha de ser pisoteado, pues no opone ninguna resistencia y, sin embargo, a los ojos de Dios, se convierte precisamente por su gentileza y paciencia en más que vencedor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, el cristiano es más que vencedor porque el vencedor lucha por la victoria: ''pelea por algún motivo egoísta''. Aun si el motivo es el patriotismo, aunque desde un punto de vista el patriotismo sea una de las más excelsas virtudes mundanas, es sólo un magnífico egoísmo por el cual una persona contiende por su propio país, en vez de estar sujeto al más generoso pensamiento cosmopolita de cuidar de todos los hombres. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero el cristiano no lucha ni por ningún conjunto de hombres ni por sí mismo: al contender por la verdad contiende por todos los hombres, pero especialmente por Dios; y al sufrir por lo recto sufre sin tener ninguna perspectiva de ganancia terrenal. Se vuelve más que vencedor, tanto por la potencia con que lucha como por los motivos por los que es sustentado, que son mejores que los motivos y que la fuerza que sostiene a otros conquistadores. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Él es más que vencedor porque ''no pierde nada, ni siquiera en la propia lucha''. Cuando una batalla es ganada, el lado ganador de cualquier manera pierde algo. En la mayor parte de las guerras, la ganancia raras veces compensa el derramamiento de sangre; pero la fe del cristiano, cuando es probada, se fortalece; su paciencia, cuando es probada, se vuelve más paciente. Sus gracias son como el legendario Anteo, quien, cuando era derribado a tierra, se levantaba más fuerte que antes al tocar a su madre la tierra; pues el cristiano, al tocar a su Dios y caer en indefensión en los brazos del Altísimo, se vuelve más fuerte por todo lo que es conducido a sufrir. Es más que vencedor, pues no pierde nada, ni siquiera en la propia lucha, y gana asombrosamente por la victoria. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es más que vencedor sobre la persecución porque ''la mayoría de los vencedores tienen que forcejear y agonizar para conseguir la victoria''. Pero, hermanos míos, muchos cristianos, sí, todos los cristianos, cuando su fe en Cristo es sólida y su amor a Cristo es ferviente, han descubierto que es fácil vencer incluso al sufrimiento por el Señor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Contemplen a Blandina, envuelta en una red, levantada en vilo por los cuernos de los toros y posteriormente obligada a sentarse en una silla de hierro calentada al rojo vivo para incinerarla y, sin embargo, siendo invencible hasta el final. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los atormentadores le decían al emperador: “¡Oh, emperador!, nos sentimos avergonzados pues estos cristianos se burlan de nosotros mientras sufren tus crueldades”. En verdad, los verdugos parecían ser, ellos mismos, los atormentados; se afligían al pensar que no podían vencer a las tímidas mujeres y ni siquiera a los niños. Devoraban sus propios corazones con ira; como la víbora roe a la lima, se rompían sus dientes contra la férrea fuerza de la fe cristiana; no podían soportarlo, porque aquellas personas sufrían sin quejarse, soportaban sin retractarse, y glorificaban a Cristo en medio del fuego sin lamentarse. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me encanta pensar en el ejército de mártires de Cristo, sí, y pensar en toda Su iglesia, marchando por el campo de batalla, cantando al tiempo de combatir sin dejar de cantar nunca, sin omitir ni una nota, y al mismo tiempo avanzando de victoria en victoria, cantando el sagrado aleluya mientras pisotean a sus enemigos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Vi un día en el lago de Orta, en el norte de Italia, un día de guardar de la iglesia de Roma, un número de botes que procedía de todos los rincones del lago para dirigirse a la iglesia ubicada en una isleta central del lago, y era singularmente hermoso oír el chapoteo de los remos y el sonido del canto conforme los botes se acercaban en largas procesiones, con todos los aldeanos en ellos llevando sus estandartes, al lugar señalado para la reunión. El chapoteo de los remos medía el tiempo a los remeros, y los remeros nunca omitían un golpe por cantar, ni la canción era desfigurada por culpa del chapoteo de los remos, sino que seguían acercándose, cantando y remando. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y lo mismo ha sucedido con la iglesia de Dios. La iglesia ha aprendido a manejar ambos remos: el remo de la obediencia y ese otro remo del sufrimiento, y a cantar mientras rema: “¡Gracias sean dadas a Dios, el cual nos lleva siempre en triunfo en cualquier lugar!” Aunque seamos conducidos a sufrir y seamos obligados a pelear, somos más que vencedores, porque somos vencedores incluso mientras peleamos; cantamos incluso en el calor de la batalla, ondeando en alto el estandarte y repartiendo el botín en el centro de la refriega. Cuando la batalla está en su apogeo, entonces somos más felices; y cuando la contienda es más severa, entonces somos más bienaventurados; y cuando la batalla se vuelve más ardua, entonces, “estamos tranquilos en medio del grito desconcertante, confiando en la victoria”. Los santos han sido en esos sentidos más que vencedores”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Más que vencedores, espero, en este día, porque ''han vencido a sus enemigos'', haciéndoles el bien, convirtiendo a sus perseguidores por su paciencia. Para usar el viejo lema protestante, la iglesia ha sido el yunque y el mundo ha sido el martillo; y aunque el yunque no ha hecho nada sino soportar el golpe, ha quebrado a todos los martillos, como lo hará también hasta el fin del mundo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Todos los verdaderos creyentes que realmente confían en el amor de Jesús, y realmente están encendidos en él, serán mucho más gloriosos que el conquistador romano cuando conducía a sus corceles, blancos como la nieve, a lo largo de las calles de la ciudad imperial; entonces los jóvenes y la doncellas, las matronas y los ancianos se reunían junto a las ventanas o sobre el sombrerete de las chimeneas y esparcían flores sobre las vencedoras legiones que desfilaban; pero, ¿qué es ésto comparado con el triunfo que se está dando incluso ahora cuando el gran ejército de los elegidos de Dios pasa desfilando a través de las calles de la Nueva Jerusalén? ¿Qué flores son esas que los ángeles arrojan en la senda de los bienaventurados? ¿Qué cánticos son esos que se elevan desde aquellos salones de Sion, gritando todos con júbilo y cantando al tiempo que los santos desfilan hacia sus habitaciones sempiternas? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''III. '''El tiempo casi se me ha agotado y, por tanto, en tercer lugar, sólo diré una palabra o dos. ¿Quiénes son LAS PERSONAS QUE HAN VENCIDO? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Consideren atentamente estas pocas palabras que expreso. Los hombres que vencieron en la batalla hasta ahora, han sido conocidos sólo por ésto –la dos cosas que mencioné al principio- hombres que creyeron en el amor de Cristo hacia ellos, y que estaban poseídos por el amor de Cristo, pues no ha habido otra distinción más que ésta. Algunos han sido ricos: la casa de César produjo mártires. Otros han sido pobres: sólo unas cuantas inscripciones de las tumbas de las catacumbas han sido escritas correctamente; deben de haber sido personas muy pobres e iletradas que conformaban la mayoría de las primeras iglesias cristianas, pero todas las clases han vencido. Obispos han sido quemados y príncipes han muerto en la hoguera, pero más numerosos todavía han sido los tejedores, y los sastres, y las costureras. Los más pobres de los pobres han sido tan valerosos como los adinerados; los eruditos han muerto gloriosamente, pero los iletrados casi se han robado la palma. Los niñitos han sufrido por Cristo; sus almitas, lavadas en la sangre de Jesús, se han visto enrojecidas también con la suya propia; entre tanto, los ancianos no se han quedado atrás. Debe de haber sido un espectáculo triste pero glorioso ver al anciano Latimer, que contaba con más de setenta años de edad, quitándose todos sus vestidos excepto la camisa, y luego, puesto de pie, decir al tiempo que se volvía al señor Ridley: “¡Valor, hermano! En este día encenderemos un cirio de tal magnitud en Inglaterra, por la gracia de Dios, que nunca habrá de apagarse”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh!, ancianos, si desean servir a mi Señor, todavía no ha pasado la mejor etapa de su vida para hacerlo. Jóvenes, si quieren ser héroes, ahora es su oportunidad. Ustedes, que son pobres, pudieran resplandecer con una gran gloria como los ricos; y ustedes, que tienen riquezas, podrían considerarlo como su gozo si fueran llamados en los lugares altos del campo a batallar por su Señor. En esta lucha hay lugar para todos los que aman al Señor, y hay coronas para cada uno. ¡Oh, que Dios nos diera el espíritu y la fuerza para alistarnos en Su ejército, y para luchar hasta que ganemos la corona! Dejo ese punto, queridos amigos, esperando que ustedes ampliarán su consideración en sus pensamientos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''IV. '''Y ahora vamos a concluir. El apóstol nos dice claramente que EL PODER MISTERIOSO E IRRESISTIBLE QUE SUSTENTÓ A ESTOS INDIVIDUOS MÁS QUE VENCEDORES, fue “''Por medio de aquel que nos amó''”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ellos vencieron gracias a que Cristo era su capitán. Mucho depende del líder. Cristo les mostró cómo vencer, al soportar el sufrimiento personalmente, venciendo para constituirse en su ejemplo. Ellos triunfaron por medio de Cristo como su maestro, pues sus doctrinas fortalecieron sus mentes; los hizo viriles, los hizo angélicos, los hizo divinos, en suma los hizo partícipes de la naturaleza divina. Pero, sobre todo, ellos vencieron porque Cristo estaba realmente con ellos. Su cuerpo estaba en el cielo, pues ha resucitado, pero Su Espíritu estaba con ellos. Aprendemos de toda la historia de los santos que Cristo tiene una manera de infundir una fuerza sobrenatural en los más débiles de los débiles. El Espíritu Santo, cuando entra en contacto con nuestros espíritus pobres, titubeantes y débiles, nos ciñe para algo que es absolutamente imposible que el hombre realice solo. Miras al hombre tal cual es y, ¿qué puede hacer? Hermanos, no puede hacer nada. “Separados de mí nada podéis hacer”. Ahora miren al hombre con Dios en él, y voy a revertir la pregunta: ¿Qué es lo que no podría hacer él? Yo no veo a un hombre ardiendo en aquellos fuegos; veo a Cristo sufriendo en ese hombre. Yo no veo a un mártir en prisión, sino veo al poder divino riéndose ante el pensamiento de la prisión, y escarneciendo las cadenas de hierro. No veo tanto a una virgen de mente sencilla, de escasa educación, contendiendo con los sofistas y con los disputadores, sino veo al Espíritu del Dios vivo hablando a través de su lengua simple, enseñándole en el mismo momento qué es lo que debe decir, y demostrando la verdad de que lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres. ¡Oh!, es glorioso pensar que Dios tome de esta manera las cosas más insignificantes, más pobres y más débiles, y se introduzca en ellas y luego diga: “¡Vengan, todos ustedes, que son sabios y grandes, y yo los desconcertaré por medio de aquéllos que son necios y débiles! Ahora, ¡vengan, ustedes, demonios del infierno; vengan, ustedes, hombres de la tierra, que pronuncian amenazas y echan espuma con crueldad; vengan, todos ustedes, y este pobre ser indefenso se reirá hasta el escarnio de ustedes, y triunfará al final!” Es el poder de &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cristo. ¿Y advirtieron el nombre con el que el apóstol llamó a nuestro Señor en el texto? Es tan significativo, que yo pienso que es la clave del texto: “Por medio de aquel que nos amó”. Sí, el amor les obtuvo la victoria. Ellos sabían que Él los amaba, que los había amado, que siempre los amaría. Ellos sabían que si sufrían por Su causa, era Su amor el que les permitía sufrir para que fuera su ganancia definitiva, y para Su permanente honra. Ellos sentían que Él los amaba; no podían ponerlo en duda, nunca desconfiaron de ese hecho, y ésto era lo que los hacía tan fuertes. Oh, amados, ¿son débiles hoy? Acudan a Él que los amó. ¿Se está enfriando hoy el amor de ustedes? No acudan a Moisés para aumentar su amor; no escudriñen su propio corazón con miras a encontrar algo bueno, sino acudan de inmediato a Él que los amó. Piensen, esta mañana, en que Él, nuestro Señor, abandonó el cielo, y piensen en Su encarnación en la tierra. Piensen especialmente en el sudor sangriento de Getsemaní, en las heridas del Calvario, en la sed al morir, en el “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Piensen en todo eso. Hagan que el amor de Cristo por ustedes se grabe en fuego en su conciencia íntima; y en la fuerza de ésto, no teman a ninguna dificultad, no sientan terror ante ninguna tribulación, sino marchen a la batalla de su vida como los héroes antiguos iban a la suya, y han de retornar con sus coronas de victoria como ellos regresaron con las suyas, y descubrirán que esas líneas que acabamos de cantar, son ciertas de la manera más divina. &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Y quienes, con su Líder, han vencido en la lucha,&amp;lt;br&amp;gt;Por los siglos de los siglos están vestidos de blanco”.'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

	<entry>
		<id>http://es.gospeltranslations.org/wiki/Vivir_de_la_Palabra</id>
		<title>Vivir de la Palabra</title>
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				<updated>2011-01-24T20:16:53Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|Living on the Word}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“No sólo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre”. ''Deuteronomio 8: 3. &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Lo más importante para cada uno de nosotros es la vida. ¿Qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su vida? ¿De qué servirían las riquezas si no se tuviera vida? ¿Cuál es el valor de sobreabundantes acres para un hombre muerto, o el aplauso de las naciones para uno que descansa en su sepulcro? Por tanto, lo primero que un hombre tiene que cuidar, es la vida. Hay algunas personas que toman esta verdad en un sentido erróneo, y entonces la tergiversan. Afirman: “Tenemos que vivir”, aunque en el sentido en que lo dicen, no existe tal necesidad en absoluto. Que tengamos que continuar viviendo aquí, no está claro para nada; sería mucho mejor para nosotros morir que vivir gracias a pecar. Los mártires han preferido sufrir las más terribles muertes antes que deshonrar, ni siquiera por una sola palabra, el nombre de Jesús; y todo verdadero cristiano preferiría la muerte inmediata antes que deshonrar a su grandioso Señor y Maestro. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, hermanos, según nuestra idea común, si hemos de vivir, tenemos que comer; tenemos que comer pan, que es el báculo de la vida; y algunas veces, cuando el pan escasea, y el hambre provoca agudos tormentos, los hombres han sido conducidos a echar mano de la iniquidad para proveerse del alimento necesario. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ustedes recuerdan cómo actuó nuestro Divino Señor, quien es nuestro perfecto Modelo en todas las cosas, cuando se encontró en ese caso. Después de haber ayunado en el desierto cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre, y entonces vino a Él el diablo, y le dijo: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan”. Esto equivalía, en efecto, a decirle: “Renuncia a confiar en Tu Padre Celestial. Evidentemente te ha abandonado; te ha dejado en el desierto en medio de las fieras y aunque a ellas sí las alimenta, a Ti no te ha alimentado. Está permitiendo que te mueras de hambre; por tanto, ayúdate a Ti mismo, emplea Tu propio poder. Aunque lo has puesto bajo la custodia de Dios, y, estando aquí en la tierra te has convertido en siervo de Tu Padre, róbale un poco de Tu servicio a Tu Padre, y úsalo para Tu propio beneficio. Toma algo de ese poder que has dedicado a Su grandiosa obra, y empléalo para Tu propio bienestar. Renuncia a confiar en Tu Padre; manda que estas piedras se conviertan en pan”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
De inmediato destelló este texto cuando el Maestro lo sacó como a espada de su vaina: “Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Fue sólo por el uso de esta “Espada del Espíritu, que es la palabra de Dios”, que el archienemigo fue alejado de Cristo; y yo quiero usar esa arma ahora. Puedo decir de ella lo mismo que dijo David de la espada de Goliat: “Ninguna como ella; dámela”. Esa espada, con la que Cristo ganó la victoria, es la mejor para ser usada por Sus siervos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esta respuesta de nuestro Señor al tentador, nos enseña que el sustento de nuestra vida, aunque naturalmente y de acuerdo a la apariencia ordinaria de las cosas depende del pan, realmente depende de Dios. Es Dios quien da al pan el poder para nutrir al hombre. A mí me parece un gran misterio que el pan, o cualquier otro tipo de alimento, haga eso. Puedo entender cómo, siendo materia en una cierta forma, tienda a construir la estructura material del cuerpo, si bien el proceso por el cual el pan se convierte en carne, y en sangre, y huesos, y músculos, y cabellos, y todo tipo de cosas, mediante la acción perpetua del poder de Dios, es algo muy asombroso. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero es algo más notable que este material parezca nutrir, por lo menos en alguna medida, al corazón del hombre, de tal manera que la propia alma y el principio vital en él dependan de ser sustentados por el alimento corporal. ¿Podría explicarnos alguien cómo es que el espíritu interior pone en acción los músculos de la mano, y los nervios que se comunican con el cerebro? ¿Cómo es que el espíritu impalpable –una cosa que no puedes ver ni oír, que no es en sí misma material- posee poderes mediante los cuales controla la materia de este cuerpo exterior? ¿Y cómo es que la sustancia material del pan obra de alguna manera para mantener a nuestro espíritu en conexión con esta carne y esta sangre? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo no puedo explicar este misterio, pero creo que es un continuo milagro obrado por Dios. Frecuentemente me dicen que los milagros han cesado. Me parece que los milagros son la regla de la operación de Dios, y que, por todas partes, se podrían percibir cosas dignas de admiración y de asombro si viéramos más allá de la apariencia externa. Penetremos por un momento debajo de la mera superficie, y veremos: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Un mundo de prodigios: no puedo decir menos”.'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
De acuerdo con nuestro texto, somos llamados a observar que el poder que nos mantiene vivos no está en el pan mismo, sino en Dios, quien decide hacer uso del pan como Su agente para nutrir a nuestro cuerpo. Yo no deduzco de esta verdad que por lo mismo no he de comer nunca, sino que he de vivir por la fe, porque Dios puede hacer que viva sin necesidad de pan. Algunas personas me parecen muy insensatas cuando deducen que, ya que Dios puede sanarme, nunca debo tomar una medicina adecuada o apropiada para una enfermedad, porque debo confiar en Dios. Yo en verdad confío en Dios, pero confío en Dios según la propia manera de obrar de Dios; y Su forma de proceder es ésta: si deseo satisfacer el hambre, tengo que comer ordinariamente pan; si deseo ser curado de alguna enfermedad, tengo que tomar el remedio provisto por Él. Esa es Su regla general de procedimiento; pero sería un error igualmente grave y mostraría otra forma de insensatez, si dijéramos que el pan o la medicina realizan el trabajo. El pan alimenta y la medicina sana, pero Dios es quien obra por esos medios; o, si así le agradara, quien obra sin ellos. Si es necesario que Su hijo viva, y no decidiera comisionar a los cuervos para que le llevaran pan y carne, o si no mandara a una viuda que sustentara a Su siervo, lo podría mantener sin necesidad de ningún medio, pues “No sólo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová”. Cuando el Señor habla y le ordena vivir, vive. Dios dijo la palabra para que el mundo existiera. Su Palabra mantiene todavía la estructura entera del universo sobre sus columnas; y, ciertamente, esa Palabra es capaz de sustentar a nuestra alma con vida, incluso sin usar medios externos, o usándolos, el tiempo que Dios quiera. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ése, creo yo, es el significado del texto. Dios llevó a Su pueblo al desierto donde no había ni siembra, ni siega, y donde no se hacía pan, y le pareció al pueblo que se moriría de hambre allí; pero, entonces, Dios hizo que el maná cayera del cielo, para mostrar que podía sustentarlo, si no por un medio, por otro muy distinto. Él los llevó donde no había ondeantes riachuelos ni susurrantes corrientes apacibles de agua, pero Su siervo golpeó la roca de pedernal y el agua brotó, para mostrar que Dios podía dar agua a los hombres no solamente de las fuentes del abismo inferior, o de la lluvia de las nubes en lo alto, sino de las sólidas rocas, si así le agradaba. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amigo mío, Dios puede darte pan para comer. Si bien tal vez no lo haga de la manera que esperas, podría venir de una manera en la que ni siquiera has soñado jamás. He leído acerca de uno que fue condenado a morir de hambre; y, cuando el juez pronunció la sentencia, le preguntó: “¿Y qué puede hacer por ti tu Dios ahora?” El hombre replicó: “Mi Dios puede hacer esto por mí: si quisiera, puede alimentarme de tu mesa”. Y así sucedió, aunque el juez no lo supo nunca, pues su propia esposa le enviaba alimentos a aquel pobre hombre, y lo conservó con vida hasta que por fin recuperó su libertad. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Dios tiene una forma de usar los instrumentos más inverosímiles para cumplir Su propósito. Él puede, si quiere, hacer que las corrientes se junten como en un montón, hasta que la nación elegida haya pasado por en medio del mar; o Él puede permitir que el fuego arda en torno a Su pueblo, pero puede guardarlo de ser quemado, así como Sadrac, Mesac y Abed-nego salieron ilesos del horno de fuego ardiendo y ni siquiera olor de fuego tenían. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora llego al significado más espiritual del texto, y le pido a Dios que lo convierta en un rico alimento para sus almas. Les pido que noten, primero, ''la Palabra'': “Todo lo que sale de la boca de Jehová”. En segundo lugar, consideren ''el uso que debemos dar a la Palabra''; tenemos que vivir de ella; y luego, en tercer lugar, noten la ''adaptación de esa Palabra para nuestro uso'', de cada una de sus palabras, pues, de acuerdo al texto, nosotros no vivimos de ''algunas'' palabras que salen de la boca de Dios, sino: “de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''Primero, entonces, reflexionemos un poco sobre LA PALABRA DEL SEÑOR. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Qué queremos decir con la expresión: “la Palabra de Dios”? Dios se digna usar figuras de lenguaje que podamos entender, pues somos como niñitos que tienen que aprender con ilustraciones. Ahora, con relación a un hombre, su palabra es a menudo la expresión de su deseo. Él desea que se haga tal y tal cosa y le dice a su sirviente: “Haz esto”, o le dice a otro: “Ven aquí”, o, “Vé allá”. Su palabra es ''la expresión de su deseo''. ¡Ay!, en cuanto a nosotros, nuestros deseos son a menudo fuertes, pero nuestras palabras son débiles; ordenamos que se haga tal y tal cosa, pero no se hace. Tenemos, tal vez, mil deseos en nuestros corazones que, si fuéramos a expresarlos, sería para hacernos ver ridículos. Podemos desear hacer esto y aquello, pero si dijéramos: “que se hagan estas cosas”, no serían hechas a pesar de todo lo que dijéramos; pues, con frecuencia, donde está involucrada la palabra de un hombre, hay debilidad. Sólo donde está la Palabra de Dios hay poder. Hablando a la manera de los hombres, cuando Dios quiere algo, dice: “Sea”, y es, inmediatamente. El poder de Dios acompaña a Su voluntad. Él dijo: “Sea la luz, y fue la luz”. Dios dijo: “Júntense las aguas que están debajo de los cielos en un lugar, y descúbrase lo seco. Y fue así”. Dios dijo: “Haya lumbreras en la expansión de los cielos para separar el día de la noche; y sirvan de señales para las estaciones, para días y años, y sean por lumbreras en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra. Y fue así”. Basta que Él quiera algo, y sucede. Su Palabra es Su voluntad en movimiento, Su poder puesto en acción; ese es el sentido común y enfático del término. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La Palabra de Dios es también ''la expresión de Su verdad''. Alguien nos dice: “Te prometo tal y tal cosa”, y nosotros le decimos: “Confiamos en tu palabra”. El honor de un hombre está involucrado en su palabra; aquél que no guarda su palabra no es un hombre de honor, y pronto cae en desgracia para con sus semejantes, natural y debidamente. ¡Ay!, las palabras de los hombres no sólo son débiles, sino son volubles y falsas a menudo; pero la Palabra de Dios es la promesa de Alguien que sabe lo que está diciendo, que es capaz de hacer lo que promete, y que no cambiará nunca ni nunca será falso; de tal manera que, si vemos Su Palabra como la expresión de Su verdad, vemos Su fidelidad; y sobre estas dos cosas: el poder que guarda la promesa, y la voluntad que es fiel para guardarla, podemos descansar con gozo y confianza. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, si un hombre es un hombre auténtico, su palabra ''es una revelación de sí mismo''. Uno de los antiguos le dijo a un muchacho muy hermoso y joven, cuando le hubo mirado: “Habla, muchacho, pues entonces puedo verte”; y, con frecuencia, cuando una persona habla, vemos mucho más de su carácter que cuando la vemos simplemente a ella. Hay muchas lindas caras que han sido admiradas debido a su apariencia; pero cuando la lengua no muy bonita de su dueño comienza a parlotear, el amor se queda desconcertado sin poder encontrar algún motivo de admiración. Hay algunas personas que hablan de tal manera que, cuando vemos su interior, se ven tan repugnantes que anulan su atractiva apariencia. Pero un hombre auténtico se revela por sus palabras. Es por esto que el Señor Jesucristo es llamado: “La Palabra de Dios”; Jesucristo es Dios hablando. Dios piensa lo que dice, y los pensamientos de Dios son encarnados en la persona, obra, vida y muerte de Jesucristo, Su amado Hijo. Con toda reverencia decimos que Dios nunca habría podido revelarse más plenamente de cualquier otra manera que dando “a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Bien hizo en cantar el doctor Watts: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''&amp;quot;La naturaleza permanece como un volumen abierto,&amp;lt;br&amp;gt;Para esparcir por doquier la alabanza de su Hacedor;&amp;lt;br&amp;gt;Y cada labor de Sus manos&amp;lt;br&amp;gt;Muestra algo digno de Dios.&amp;lt;br&amp;gt;&amp;lt;br&amp;gt;Pero en la gracia que rescató al hombre&amp;lt;br&amp;gt;Fulgura su más brillante forma de gloria;&amp;lt;br&amp;gt;Aquí en la cruz, está más bellamente delineada&amp;lt;br&amp;gt;En sangre preciosa y líneas de carmín&amp;lt;br&amp;gt;&amp;lt;br&amp;gt;Aquí contemplo lo más íntimo de Su corazón,&amp;lt;br&amp;gt;Donde se unen extrañamente gracia y venganza&amp;lt;br&amp;gt;Perforando a Su Hijo con el dolor más agudo, &amp;lt;br&amp;gt;Para hacer míos los placeres comprados'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Queridos amigos, entonces vean ustedes que la expresión “la Palabra de Dios” tiene un alcance muy amplio. Pero mi texto me induce a recordarles algo muy dulce: “No sólo de pan vivirá el hombre, mas de todo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre”. Es hermoso pensar que la Escritura procede de la boca de Dios. No miren ese rollo de papiro sobre el cual está escrita, y sobre el cual los críticos debaten y altercan. Ellos tropiezan casi con cada letra y con cada palabra, y así se pierden de su significado y de su espíritu; pero, en cuanto a ustedes, oren al Espíritu Santo pidiendo que la diga en su corazón como si procediera inmediatamente de la boca de Dios. Cuando Cowper contemplaba el retrato de su madre después de que, para su gran tristeza, había partido de la tierra hacía mucho tiempo, exclamaba: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“¡Oh, que esos labios pronunciaran palabras!”'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Bien, has de considerar que esta Palabra de Dios sale constantemente de nuevo de Sus labios. El Espíritu Santo pone en la Palabra un poder que la hace entrar directamente en tu corazón con el propio tono y majestad del Dios de gracia, el Padre de tu espíritu. Este maná cae siempre fresco del cielo. Los israelitas nunca tuvieron pan rancio en el desierto; ellos recogían el “pan de nobles” fresco cada mañana justo cuando descendía de los cielos. De la misma manera, consideren que cada pasaje de la Palabra de Dios viene fresco a ustedes de parte de Dios; consideren que su Padre Celestial lo está diciendo directamente a su corazón. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Estaba leyendo en uno de los libros de Mark Guy Pearse, un día, un bello pensamiento que no había captado nunca antes. Él pone en boca de un hombre muy sencillo pero piadoso que está hablando acerca de su Padre Celestial, palabras más o menos en este sentido: “Estoy muy seguro de que mi Padre me cuidará. Él no descansó nunca durante los seis días de la creación mientras no hubo preparado un lugar para que Su hijo viniese y viviese allí; mientras no hubo puesto el trazo final sobre ese lugar, y no tuvo la casa lista para Adán, no descansaría del todo. Y ahora mi Padre Celestial no descansará mientras no haya preparado el cielo para mí, y no me haya preparado a mí para el cielo, y Él seguramente me dará todo lo que necesito en el camino”. Cuando leí eso me llegó tan fresco como si hubiera visto escrito el segundo capítulo del Libro de Génesis. No me pareció como un registro viejo y rancio, sino como un mensaje fresco y vivo procedente de la boca de Dios, en ese lugar y en ese instante. Y hay muchos amados hijos de Dios que, cuando son enseñados por el Espíritu, han hecho nuevas lecturas de los antiguos textos, y, por decirlo así, cuelgan las viejas pinturas al óleo bajo una mejor luz, al punto que nos hemos preguntado al contemplarlos: “¿Serán los mismos cuadros? Parecen contener una fresca belleza y una fuerza inusitada”. Esto debe ser su alimento, queridos hijos de Dios: Su propia Palabra, tal como la tienen aquí, pero tienen que alimentarse de ella como si saliera continuamente de Su propia boca. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El texto dice además: ''“De todo lo que sale de la boca de Jehová ''vivirá el hombre”. Queridos amigos, en lo concerniente a la doctrina de la inspiración, no estén turbados en absoluto preguntándose cómo fue inspirada la Biblia, si fue por este proceso o por aquél. A mí no me preocupa mucho cómo fue; yo sé que es inspirada, y eso me basta, y creo que es inspirada verbalmente. Encuentro que el apóstol Pablo esgrime un argumento de peso sobre el uso de un singular o de un plural, allí donde dice: “No dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu ''simiente'', la cual es Cristo”. Encuentro que el apóstol Pedro reflexiona sobre una palabra dicha por una mujer, y hace que nos enseñe una importante lección: “Como Sara obedecía a Abraham, llamándole señor”, y así sucesivamente. Y ustedes recordarán que no hace mucho analizamos el texto: “En aquel tiempo, dice Jehová, me llamarás Ishi, y nunca más me llamarás Baali. Porque quitaré de su boca los nombres de los baales, y nunca más se mencionarán sus nombres”; en el que estaba implicada una gran verdad en el uso de dos palabras que eran en cierta forma similares en significado. Yo no estoy diciendo que nuestras versiones en inglés sean inspiradas, pues hay errores en la traducción; pero si pudiéramos llegar al texto original, tal como fue escrito al principio, no tengo miedo de decir que cada jota o tilde – cada tilde de una t y cada punto de una i- fueron inspiradas infaliblemente por Dios el Espíritu Santo. Yo creo en la infalibilidad y en la infinitud de la Santa Escritura. Dios inspiró el registro entero, desde Génesis hasta Apocalipsis, y todo lo que está en medio; y Él desea que creamos en una parte de la Palabra tanto como en otra. Si ustedes no creen en eso, no servirá de alimento para ustedes; estoy seguro de que no lo hará; sólo hará las veces de vomitivo para ustedes, mas no será un alimento. No podría alimentar su alma en tanto que estén disputando acerca de ella. Si no es la Palabra de Dios, entonces es la palabra del hombre, o la palabra del diablo; y si a ustedes les interesa vivir de la palabra del diablo o de la palabra del hombre, a mí no me interesa. Pero la Palabra de Dios es alimento para el alma que mora con Dios, y no puede quedarse satisfecha con nada más. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''Ahora prosigamos a nuestro segundo punto, que es: EL USO QUE DEBEMOS DAR A LA PALABRA DE DIOS. Hemos de vivir de ella. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Un día, me senté bajo una haya en la ‘Nueva Foresta’. Me gusta mirar a las hayas, y estudiarlas, y hago lo mismo con otros árboles, pues cada árbol tiene sus propias peculiaridades y hábitos, su manera especial de torcer sus ramas y de hacer crecer su corteza, y de abrir sus hojas, etcétera. Cuando alcé mi mirada hacia esa haya, y admiraba la sabiduría de Dios al crearla, vi a una ardilla que corría dando vueltas y vueltas alrededor del tronco y subiendo a las ramas, y me dije: “¡Ah!, esta haya es para ti muchísimo más de lo que es para mí, pues es tu hogar, y tu sustento, y tu todo”. Sus grandes ramas eran las calles principales de su ciudad, y sus ramitas eran sus veredas; esa ardilla tenía su casa en algún lugar de ese árbol, y las vainas de la haya eran su alimento diario; vivía de ella. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Bien, ahora, la manera de tratar con la Palabra de Dios no es contemplarla simplemente, o estudiarla como lo hace un estudiante; sino vivir de ella así como la ardilla vive de su haya. Ha de ser para ti, espiritualmente, tu casa, tu hogar, tu alimento, tu medicina, tu vestido, el único elemento esencial de la vida y del crecimiento de tu alma. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay algunas personas, a las cuales conozco, que toman la Palabra de Dios, y juegan con ella. Están interesadas en sus narraciones, estudian sus historias a la luz de la investigación moderna, etcétera; pero no fue destinada simplemente para un propósito como ése. Las rebanadas de pan no son puestas sobre la mesa para que las esculpas de diferentes maneras y para ser miradas simplemente; tienen el propósito de servir de alimento. Ese es el uso apropiado del pan, y ese es el uso apropiado de la Palabra de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Algunos hacen cosas peores que ésta; no es tanto que jueguen con la Biblia sino que se pelean por ella. Contienden fieramente por una doctrina, y condenan a todo el mundo que no acepte su interpretación particular de ella. Cuando he oído a algunos predicadores me ha parecido que han sacado una doctrina a propósito para pelear por ella. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo tengo un perro que tiene una alfombra en la que duerme, y cuando vaya a casa esta noche, la sacará, y la sacudirá delante de mí, no porque le interese particularmente su alfombra, sino porque sabe que yo le diré: “dámela”, y entonces él va a ladrarme y dirá en su lenguaje: “no, no te la daré”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay algunas personas que citan las doctrinas de la gracia justo de esa manera. Puedo verlas trotando mientras sostienen en la boca la doctrina de la elección sólo para que algún hermano arminiano dispute con ellas al respecto, y, entonces, puedan ladrarle. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No actúen así, amados. El peor utensilio con el que pueden derribar a un hombre es la Biblia; tiene por fin que vivamos de ella; no tiene por objeto ser un arma en nuestras controversias, sino nuestro diario alimento del que vivimos con regocijo. No creo que nuestras Biblias nos fueran dadas para que simplemente las empleemos como telescopios para auscultar los cielos, para tratar de descubrir qué sucederá dentro de cincuenta años; estoy cansado de las profecías y especulaciones que, como regla general, terminan en nada. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Conozco a algunos hermanos con quienes no se puede hablar de ningún pasaje sin que digan: “Oh, tú no has visto el último librito de R. B. S. (esas no son las iniciales reales del buen hermano) en el que dice que este pasaje no se aplica a nosotros, sino que solamente está destinado para los judíos”; o también, “Eso era sólo para la Iglesia en el desierto, y no para nosotros en estos días”. No usemos indebidamente la Palabra de Dios, sino valorémosla como el pan del que hemos de vivir: “No sólo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Pero ¿cómo podemos vivir de palabras?” nos pregunta alguien. Has hablado bien; no podemos vivir de palabras si son palabras de hombre; pero no hay nada como la Palabra de Dios para vivir de ella. A esa Palabra le debemos nuestra vida. Él habló para que fuéramos creados, Él habló para que el alma entrara en nuestro cuerpo. Por esa Palabra de Dios somos mantenidos vivos diariamente; basta que Dios la revierta, y diga: “Regresen, ustedes, hijos de los hombres”, y tendríamos que regresar de inmediato al polvo del cual salimos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es por la Palabra de Dios, ciertamente, que comenzamos a vivir espiritualmente; por medio de la obra eficaz de Su Palabra creímos en Cristo. La simiente viva e incorruptible fue sembrada en nuestro corazón, y por ella comenzamos a vivir; y es por la misma Palabra que nuestra alma es sustentada con vida. Hasta este momento, ustedes y yo no hemos recibido ningún nutrimento del Espíritu Santo excepto por esa Palabra de Dios que es el alimento del Israel espiritual en el desierto de este mundo. Cristo dijo: “Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida”; y es por Él, como Palabra de Dios, que nuestra vida ha de crecer todavía más. No hay ningún desarrollo del cristiano que le venga de cualquier otra manera excepto por la Palabra de Dios, encarnada o inspirada. Aquel que habló, y fuimos creados, tiene que hablar para que tengamos un ser más fortalecido todavía. La fe es el don de Dios, pero también lo es la seguridad. La primerísima chispa de vida es el don de la gracia de Dios; pero también lo es la llama seráfica del celo. Todo eso proviene de la Palabra de Dios; y cuando estemos a punto de entrar al cielo, el último toque que nos perfeccionará, no será dado por ningún cincel, sino por la Palabra de Dios. Nuestro Señor oró por Sus discípulos: “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad”; y esa Palabra completará el proceso entero. Vean, entonces, amados, de qué ha de vivir lo más íntimo de su espíritu: de la Palabra de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos y hermanas, ¿podría preguntarles si están todos ustedes suficientemente conscientes de esta gran verdad? Ustedes nunca recibieron la vida espiritual debido a sus propios sentimientos. Vivieron, cuando creyeron en la Palabra de Dios; y nunca alcanzarán ningún incremento de vida espiritual, ni de gracia creciente, por sus propios sentimientos o por sus propias acciones. Tiene que ser todavía por su fe en las promesas, y por alimentarse de la Palabra. No hay ningún otro alimento para sus almas; todo lo demás resultará ser al final, algarrobas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces, ¿tienes hambre? Ven, y aliméntate de la Palabra. ¿Te has rebelado? Ven, y aliméntate de nuevo de la Palabra. Dios sana a Su pueblo alimentándolo. “¿Cómo es eso?”, preguntas. Cuando la iglesia de Laodicea no era ni fría ni caliente, de tal forma que Cristo sentía que tenía que vomitarla de Su boca, incluso entonces le dijo al ángel de esa iglesia: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo”. Y yo me atrevo a decir que: “No hay cura para la tibieza como una buena cena con Cristo”. Si Él entra, y cena contigo, y tú con él, tu tibieza desaparecerá de inmediato. No comiences siendo salvado por la fe para luego proseguir a ser salvado por obras; no trates de mezclar esas dos cosas. Si eres de la casa de Sara, no inclines tu rodilla delante de Agar, ni regreses a la esclava. Si has vivido de la Palabra simple y pura, dándole crédito por una fe viva dada por Dios, prosigue viviendo de la misma manera y crece por la Palabra. Aliméntate de ella continuamente, siguiendo la indicación: “Fortaleceos en el Señor, y el poder de su fuerza”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''III. '''Ahora llego a mi último punto, sobre el que quiero insistir muy enfáticamente, y es: LA ADAPTACIÓN DE LA PALABRA DE DIOS PARA LA ALIMENTACIÓN DE NUESTRAS ALMAS: “De todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“De toda palabra”. Si se restringen en su alimentación a uno o dos artículos, cualquier médico les dirá que hay un peligro que su cuerpo no sea suplido con toda forma del nutrimento requerido. Un adecuado y amplio rango de dieta es recomendable para quienes quieren gozar de una vigorosa salud. Y en las cosas espirituales, si guardan una parte de la Palabra de Dios podrían vivir de ella, pero la tendencia sería a no alcanzar la plena salud espiritual debido a la falta de algún nutrimento que la Palabra les habría suplido si la hubieran usado. Cuando el hombre se alimenta de toda Palabra de Dios, vive en el estado más elevado y saludable. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Miren, por ejemplo, a ''la doctrina ''en la Palabra de Dios. “A mí no me gusta la doctrina”, dice alguien. ¿Sabes lo que estás diciendo? Tú eres un discípulo, pero no te gusta la enseñanza, pues doctrina quiere decir enseñanza. Que un discípulo diga que no le gusta ser enseñado, equivale a que dijera que no le gusta ser un discípulo; y, de hecho, no es un discípulo en el verdadero sentido de ese término. Es importante que conozcamos cualquier verdad proclamada en la Palabra de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“¡Oh!”, -dice alguien- “pero hay algunas verdades que no son importantes”. Yo no conozco ninguna. En los lugares donde cortan diamantes recogen el polvo porque el propio polvo de los diamantes es valioso; y en la Palabra de Dios, toda la verdad es tan preciosa que aun la verdad más ínfima -si existiera tal cosa- es todavía polvo de diamante y es indeciblemente preciosa. “Pero”, -objetas tú- “yo no veo que una tal verdad sea de algún uso práctico”. Pudieras no verlo, amigo, pero es así. Si yo escribiera mi experiencia como Pastor de esta iglesia, podría mostrarles que ha habido personas convertidas a Dios por medio de doctrinas que algunos habrían considerado como improbables para que produjeran ese resultado. Sé que la doctrina de la resurrección ha llevado a los pecadores a Cristo; he conocido a muchas personas que han sido traídas al Salvador por la doctrina de la elección; precisamente se trataba del tipo de personas que, hasta donde puedo ver, no habrían venido si esa verdad no fuera una doctrina angular que golpeó su corazón en el lugar preciso y que se introdujo en las grietas de su naturaleza. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo creo que todo lo que está en la Palabra de Dios tiene que ser predicado, tiene que ser creído y tiene que ser estudiado por nosotros. Toda doctrina es útil para un fin u otro. Si no es alimento, es medicina, y los niños necesitan algunas veces un tónico así como necesitan la leche. Toda planta en el huerto de Dios responde a algún buen propósito; por tanto, debemos cultivarlas todas, y no debemos descuidar ninguna doctrina. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sin embargo, cuando me acerco a la Palabra de Dios, encuentro que no todo es doctrina, y descubro que hay mucho de ''precepto''. Ahora, tal vez, alguien diga: “A mí no me interesan los preceptos”. Solíamos tener un conjunto de personas llamadas cristianas, quienes, si predicabas acerca de algún deber del creyente, decían de inmediato: “No podemos soportar la palabra “deber”; contiene una resonancia legal”. Recuerdo haberle dicho a uno que me llamó: “un predicador legal”: “Eso está muy bien”: ‘legal’ quiere decir: ‘conforme a derecho’; y tú quieres decir, yo supongo, que soy un predicador conforme a derecho y tú eres una persona contraria a la ley puesto que objetas mi predicación”. Pero solía ser así; si predicabas doctrina sana y buena, si predicabas sobre los privilegios de los creyentes, eso los complacía mucho; pero cuando comenzabas a hablar acerca de las partes prácticas de la Palabra de Dios, entonces, se ofendían de inmediato. No ha de sorprendernos, pues su conciencia les remordía por su descuido de esas porciones de las Escrituras. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, queridos amigos, vivimos de los preceptos así como de las doctrinas y se han convertido para nosotros en nuestro alimento necesario. Ustedes saben qué dijo David acerca de los mandamientos del Señor: “Deseables son más que el oro, y más que mucho oro afinado; y dulces más que miel, y que la que destila del panal. Tu siervo es además con ellos; en guardarlos hay grande galardón”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Bendito sea Dios porque hay también una extensa porción de este Libro que se ocupa de las ''promesas''. Queridos amigos, deben conocer bien las promesas. Con frecuencia he comprobado que me es útil ese librito en el que el doctor Samuel Clarke ha clasificado las promesas bajo diferentes categorías. Es muy útil, si tienen problemas, referirse a todas la promesas que son dadas a aquellos que se encuentran en circunstancias similares a las suyas; por ejemplo, para los enfermos, o para los pobres, o para los que son blanco de calumnias. Al leer esas promesas, una tras otra, se dicen a ustedes mismos: “Esta es mi chequera; puedo tomar las promesas conforme las necesite, firmarlas por la fe, presentarlas en el grandioso Banco de la Gracia, y salir enriquecido con la ayuda presente en el tiempo de necesidad”. Esa es la manera de usar las promesas de Dios, para que ministren a la vida de nuestro espíritu. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, queridos amigos, gran parte de la Palabra de Dios está conformada por ''historias''. Allí tienen la historia de la Creación y de la Caída, de Abraham, y de Isaac, y de Jacob, y de Moisés y de los reyes y príncipes y del pueblo de Israel. Tal vez se pregunten: “¿Es alimento eso?” Ciertamente. Hay críticos, en estos días, que hablan despectivamente del Antiguo Testamento, y hablan como si los Evangelios constituyeran toda la Palabra de Dios; incluso consideran que las Epístolas son de inferior calidad. Pero todo eso está mal; el hombre vive de toda Palabra de Dios; y, a menudo, una historia, dándonos un ejemplo de fe o una prueba de la fidelidad de Dios para ayudar a Su pueblo atribulado, se convierte en un alimento más adecuado de lo que podría ser la promesa sola. Los hombres dicen que hay más fuerza en lo concreto que en lo abstracto. Ciertamente hay más poder en algo presentado en vivo del que hay en eso mismo expresado en palabras. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si van alguna vez a las galerías de cuadros de Versalles, pueden caminar a través de –iba a decir- miles de kilómetros de galerías entre cuadros de reyes y hombres notables de diferentes épocas; pero nadie se detiene a mirarlos ni a ustedes mismos les interesaría verlos. Son simples cuadros; pero, abajo, hay pinturas de los mismos hombres, sólo que están pintados en orden de batalla o en varias posiciones que los muestran en acción. Ahora sí se detienen y los miran, pues están interesados en la representación de las escenas que vivieron. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así, algunas veces, las promesas de Dios están colgadas como cuadros en la pared, y no las advertimos; pero cuando vemos a los hombres que confiaron en esas promesas y comprobaron la verdad de ellas, entonces hay una suerte de interés humano acerca de ellas que gana nuestra atención y habla a nuestros corazones. No descuiden nunca las partes históricas de la Palabra de Dios, pues están llenas de alimento para los hijos de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sucede precisamente lo mismo en relación con ''las profecías''. Una vez oí decir al señor George Müller que a él le gustaba leer toda la Biblia, una y otra vez, y que a él le gustaba leer las porciones de la Biblia que no entendía. Esa parece más bien una declaración singular, ¿no es cierto? Pues, ¿de qué nos sirve la lectura si no entendemos lo que leemos? El buen hombre me lo explicó así: “Un niñito que está con su padre, y hay mucho de lo que su padre le dice que él comprende y absorbe, y le agrada mucho oír hablar a su padre. Pero algunas veces su padre habla de cosas que están mucho más allá de su alcance, pero al muchacho le gusta escuchar; aprende un poquito aquí y allá, y gradualmente, cuando ha escuchado año tras año, comienza a entender lo que dice su padre como no lo habría hecho nunca si se hubiera alejado corriendo siempre que su padre comenzaba a hablar de cosas incomprensibles”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lo mismo sucede con las profecías, y con otras partes profundas de la Palabra de Dios. Si las lees una vez o dos pero no las comprendes, a pesar de ello estúdialas, y entrégales tu corazón, pues, gradualmente, la verdad preciosa permeará tu espíritu, y beberás insensiblemente sabiduría que de otra manera nunca habrías recibido. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cada parte de la Palabra de Dios es alimento para el alma; entonces, queridos amigos, pudiera ser que haya un mensaje de ''amenaza'' que les hable muy ásperamente, pero que es también muy provechoso para ustedes. Tal vez, algún domingo, salgan del Tabernáculo y digan: “Nuestro pastor no nos ha consolado esta mañana; pareciera que nos ha desmenuzado y aplanado con la grada y nos ha arado”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sí, yo sé que así sucede algunas veces; pero es para su provecho, pues, como dijo Ezequías: “Por todas estas cosas los hombres vivirán”. Sucede frecuentemente que necesitamos ser humillados, y probados, y acrisolados y abatidos; y todo hijo de Dios con una mente recta dirá: “Mi entrenamiento no debe ser de acuerdo a mi mente, sino que debe ser conforme a la mente de Dios”. El sermón que más nos agrada pudiera no aprovecharnos de nada, mientras que el sermón que nos aflige y nos veja pudiera, tal vez, hacernos un servicio sumamente esencial. Cuando la Palabra de Dios te escudriña al revés y al derecho, ábrele tu corazón. Deja que el viento sople a lo largo de todo tu ser, para que se lleve todo harapo y reliquia que deban ser erradicadas de ti. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay algunas palabras de Dios que son muy breves, pero contienen un abundante alimento para el alma. Algunas veces me he quedado muy quieto, al estar mirando algún texto, y me he sentido como Jonatán cuando encontró la miel. No podía comer del todo; sólo podía hundir mi vara en ella, y probarla; y yo quería convocarlos a todos ustedes para ver si pudieran limpiar este bosque tan cargado de dulzura. En otros momentos, de camino a casa, cuando yo mismo no he obtenido mucho durante el sermón, el Maestro me ha dado un festín en el camino; y me he reído una y otra vez del puro gozo del corazón sobre algún precioso pasaje del que una luz fresca ha brotado para animar mi espíritu y alegrarme en el Señor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, guarden la Palabra, hermanos míos! Guárdenla como Palabra de Dios, y como salida de Su boca. Chúpenla e introdúzcanla en su alma; no pueden comer demasiado de ella. Aliméntense de ella de día y de noche, pues así Dios hará que vivan la vida que es verdadera vida. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si hay alguna pobre alma aquí que quiera encontrar la vida eterna, querido amigo mío, te pido que la busques en la Palabra de Dios, y sólo allí. “Pensé en ir a casa y orar”, dice alguien. Hazlo; pero, al mismo tiempo, recuerda que tus oraciones son de poco valor sin la Palabra de Dios. Oye primero la Palabra de Dios y luego vé y dile a Dios tu propia palabra; pues es en Su Palabra, más que en tu palabra, que la salvación ha de ser encontrada. Recuerda esa grandiosa frase del Libro de Éxodo, donde Dios dice: “Veré la sangre y pasaré de vosotros”. No dice: “Cuando ''ustedes'' vean la sangre”, sino cuando Él vea la sangre. Entonces, cuando Dios mira la sangre derramada y rociada de Cristo, es cuando los mira a ustedes con piedad y compasión. Mira donde Dios mira, y entonces tus ojos se encontrarán con los Suyos. Si miras a Cristo, y Dios mira a Cristo, entonces se encontrarán las miradas de ambos, y encontrarás gozo y paz en la fe. Dios el Padre admira a Cristo; pobre alma, tú también admírale; entonces habrá un punto en el que ambos estarán de acuerdo. Dios el Padre confía Su honra y gloria a Cristo; confía tu alma a Cristo, pues así estarán de acuerdo. ¡Que Dios te conceda que puedas hacer eso en este instante! Recuerda sólo este texto cuando prosigas tu camino: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna”. ¡Que Dios nos conceda que cada uno de ustedes tenga esa vida eterna, por Cristo nuestro Señor! Amén.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

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		<id>http://es.gospeltranslations.org/wiki/Vivir_de_la_Palabra</id>
		<title>Vivir de la Palabra</title>
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				<updated>2011-01-24T19:58:01Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|Living on the Word}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“No sólo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre”. ''Deuteronomio 8: 3. &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Lo más importante para cada uno de nosotros es la vida. ¿Qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su vida? ¿De qué servirían las riquezas si no se tuviera vida? ¿Cuál es el valor de sobreabundantes acres para un hombre muerto, o el aplauso de las naciones para uno que descansa en su sepulcro? Por tanto, lo primero que un hombre tiene que cuidar, es la vida. Hay algunas personas que toman esta verdad en un sentido erróneo, y entonces la tergiversan. Afirman: “Tenemos que vivir”, aunque en el sentido en que lo dicen, no existe tal necesidad en absoluto. Que tengamos que continuar viviendo aquí, no está claro para nada; sería mucho mejor para nosotros morir que vivir gracias a pecar. Los mártires han preferido sufrir las más terribles muertes antes que deshonrar, ni siquiera por una sola palabra, el nombre de Jesús; y todo verdadero cristiano preferiría la muerte inmediata antes que deshonrar a su grandioso Señor y Maestro. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, hermanos, según nuestra idea común, si hemos de vivir, tenemos que comer; tenemos que comer pan, que es el báculo de la vida; y algunas veces, cuando el pan escasea, y el hambre provoca agudos tormentos, los hombres han sido conducidos a echar mano de la iniquidad para proveerse del alimento necesario. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ustedes recuerdan cómo actuó nuestro Divino Señor, quien es nuestro perfecto Modelo en todas las cosas, cuando se encontró en ese caso. Después de haber ayunado en el desierto cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre, y entonces vino a Él el diablo, y le dijo: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan”. Esto equivalía, en efecto, a decirle: “Renuncia a confiar en Tu Padre Celestial. Evidentemente te ha abandonado; te ha dejado en el desierto en medio de las fieras y aunque a ellas sí las alimenta, a Ti no te ha alimentado. Está permitiendo que te mueras de hambre; por tanto, ayúdate a Ti mismo, emplea Tu propio poder. Aunque lo has puesto bajo la custodia de Dios, y, estando aquí en la tierra te has convertido en siervo de Tu Padre, róbale un poco de Tu servicio a Tu Padre, y úsalo para Tu propio beneficio. Toma algo de ese poder que has dedicado a Su grandiosa obra, y empléalo para Tu propio bienestar. Renuncia a confiar en Tu Padre; manda que estas piedras se conviertan en pan”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
De inmediato destelló este texto cuando el Maestro lo sacó como a espada de su vaina: “Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Fue sólo por el uso de esta “Espada del Espíritu, que es la palabra de Dios”, que el archienemigo fue alejado de Cristo; y yo quiero usar esa arma ahora. Puedo decir de ella lo mismo que dijo David de la espada de Goliat: “Ninguna como ella; dámela”. Esa espada, con la que Cristo ganó la victoria, es la mejor para ser usada por Sus siervos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esta respuesta de nuestro Señor al tentador, nos enseña que el sustento de nuestra vida, aunque naturalmente y de acuerdo a la apariencia ordinaria de las cosas depende del pan, realmente depende de Dios. Es Dios quien da al pan el poder para nutrir al hombre. A mí me parece un gran misterio que el pan, o cualquier otro tipo de alimento, haga eso. Puedo entender cómo, siendo materia en una cierta forma, tienda a construir la estructura material del cuerpo, si bien el proceso por el cual el pan se convierte en carne, y en sangre, y huesos, y músculos, y cabellos, y todo tipo de cosas, mediante la acción perpetua del poder de Dios, es algo muy asombroso. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero es algo más notable que este material parezca nutrir, por lo menos en alguna medida, al corazón del hombre, de tal manera que la propia alma y el principio vital en él dependan de ser sustentados por el alimento corporal. ¿Podría explicarnos alguien cómo es que el espíritu interior pone en acción los músculos de la mano, y los nervios que se comunican con el cerebro? ¿Cómo es que el espíritu impalpable –una cosa que no puedes ver ni oír, que no es en sí misma material- posee poderes mediante los cuales controla la materia de este cuerpo exterior? ¿Y cómo es que la sustancia material del pan obra de alguna manera para mantener a nuestro espíritu en conexión con esta carne y esta sangre? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo no puedo explicar este misterio, pero creo que es un continuo milagro obrado por Dios. Frecuentemente me dicen que los milagros han cesado. Me parece que los milagros son la regla de la operación de Dios, y que, por todas partes, se podrían percibir cosas dignas de admiración y de asombro si viéramos más allá de la apariencia externa. Penetremos por un momento debajo de la mera superficie, y veremos: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Un mundo de prodigios: no puedo decir menos”.'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
De acuerdo con nuestro texto, somos llamados a observar que el poder que nos mantiene vivos no está en el pan mismo, sino en Dios, quien decide hacer uso del pan como Su agente para nutrir a nuestro cuerpo. Yo no deduzco de esta verdad que por lo mismo no he de comer nunca, sino que he de vivir por la fe, porque Dios puede hacer que viva sin necesidad de pan. Algunas personas me parecen muy insensatas cuando deducen que, ya que Dios puede sanarme, nunca debo tomar una medicina adecuada o apropiada para una enfermedad, porque debo confiar en Dios. Yo en verdad confío en Dios, pero confío en Dios según la propia manera de obrar de Dios; y Su forma de proceder es ésta: si deseo satisfacer el hambre, tengo que comer ordinariamente pan; si deseo ser curado de alguna enfermedad, tengo que tomar el remedio provisto por Él. Esa es Su regla general de procedimiento; pero sería un error igualmente grave y mostraría otra forma de insensatez, si dijéramos que el pan o la medicina realizan el trabajo. El pan alimenta y la medicina sana, pero Dios es quien obra por esos medios; o, si así le agradara, quien obra sin ellos. Si es necesario que Su hijo viva, y no decidiera comisionar a los cuervos para que le llevaran pan y carne, o si no mandara a una viuda que sustentara a Su siervo, lo podría mantener sin necesidad de ningún medio, pues “No sólo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová”. Cuando el Señor habla y le ordena vivir, vive. Dios dijo la palabra para que el mundo existiera. Su Palabra mantiene todavía la estructura entera del universo sobre sus columnas; y, ciertamente, esa Palabra es capaz de sustentar a nuestra alma con vida, incluso sin usar medios externos, o usándolos, el tiempo que Dios quiera. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ése, creo yo, es el significado del texto. Dios llevó a Su pueblo al desierto donde no había ni siembra, ni siega, y donde no se hacía pan, y le pareció al pueblo que se moriría de hambre allí; pero, entonces, Dios hizo que el maná cayera del cielo, para mostrar que podía sustentarlo, si no por un medio, por otro muy distinto. Él los llevó donde no había ondeantes riachuelos ni susurrantes corrientes apacibles de agua, pero Su siervo golpeó la roca de pedernal y el agua brotó, para mostrar que Dios podía dar agua a los hombres no solamente de las fuentes del abismo inferior, o de la lluvia de las nubes en lo alto, sino de las sólidas rocas, si así le agradaba. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amigo mío, Dios puede darte pan para comer. Si bien tal vez no lo haga de la manera que esperas, podría venir de una manera en la que ni siquiera has soñado jamás. He leído acerca de uno que fue condenado a morir de hambre; y, cuando el juez pronunció la sentencia, le preguntó: “¿Y qué puede hacer por ti tu Dios ahora?” El hombre replicó: “Mi Dios puede hacer esto por mí: si quisiera, puede alimentarme de tu mesa”. Y así sucedió, aunque el juez no lo supo nunca, pues su propia esposa le enviaba alimentos a aquel pobre hombre, y lo conservó con vida hasta que por fin recuperó su libertad. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Dios tiene una forma de usar los instrumentos más inverosímiles para cumplir Su propósito. Él puede, si quiere, hacer que las corrientes se junten como en un montón, hasta que la nación elegida haya pasado por en medio del mar; o Él puede permitir que el fuego arda en torno a Su pueblo, pero puede guardarlo de ser quemado, así como Sadrac, Mesac y Abed-nego salieron ilesos del horno de fuego ardiendo y ni siquiera olor de fuego tenían. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora llego al significado más espiritual del texto, y le pido a Dios que lo convierta en un rico alimento para sus almas. Les pido que noten, primero, ''la Palabra'': “Todo lo que sale de la boca de Jehová”. En segundo lugar, consideren ''el uso que debemos dar a la Palabra''; tenemos que vivir de ella; y luego, en tercer lugar, noten la ''adaptación de esa Palabra para nuestro uso'', de cada una de sus palabras, pues, de acuerdo al texto, nosotros no vivimos de ''algunas'' palabras que salen de la boca de Dios, sino: “de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''Primero, entonces, reflexionemos un poco sobre LA PALABRA DEL SEÑOR. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Qué queremos decir con la expresión: “la Palabra de Dios”? Dios se digna usar figuras de lenguaje que podamos entender, pues somos como niñitos que tienen que aprender con ilustraciones. Ahora, con relación a un hombre, su palabra es a menudo la expresión de su deseo. Él desea que se haga tal y tal cosa y le dice a su sirviente: “Haz esto”, o le dice a otro: “Ven aquí”, o, “Vé allá”. Su palabra es ''la expresión de su deseo''. ¡Ay!, en cuanto a nosotros, nuestros deseos son a menudo fuertes, pero nuestras palabras son débiles; ordenamos que se haga tal y tal cosa, pero no se hace. Tenemos, tal vez, mil deseos en nuestros corazones que, si fuéramos a expresarlos, sería para hacernos ver ridículos. Podemos desear hacer esto y aquello, pero si dijéramos: “que se hagan estas cosas”, no serían hechas a pesar de todo lo que dijéramos; pues, con frecuencia, donde está involucrada la palabra de un hombre, hay debilidad. Sólo donde está la Palabra de Dios hay poder. Hablando a la manera de los hombres, cuando Dios quiere algo, dice: “Sea”, y es, inmediatamente. El poder de Dios acompaña a Su voluntad. Él dijo: “Sea la luz, y fue la luz”. Dios dijo: “Júntense las aguas que están debajo de los cielos en un lugar, y descúbrase lo seco. Y fue así”. Dios dijo: “Haya lumbreras en la expansión de los cielos para separar el día de la noche; y sirvan de señales para las estaciones, para días y años, y sean por lumbreras en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra. Y fue así”. Basta que Él quiera algo, y sucede. Su Palabra es Su voluntad en movimiento, Su poder puesto en acción; ese es el sentido común y enfático del término. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La Palabra de Dios es también ''la expresión de Su verdad''. Alguien nos dice: “Te prometo tal y tal cosa”, y nosotros le decimos: “Confiamos en tu palabra”. El honor de un hombre está involucrado en su palabra; aquél que no guarda su palabra no es un hombre de honor, y pronto cae en desgracia para con sus semejantes, natural y debidamente. ¡Ay!, las palabras de los hombres no sólo son débiles, sino son volubles y falsas a menudo; pero la Palabra de Dios es la promesa de Alguien que sabe lo que está diciendo, que es capaz de hacer lo que promete, y que no cambiará nunca ni nunca será falso; de tal manera que, si vemos Su Palabra como la expresión de Su verdad, vemos Su fidelidad; y sobre estas dos cosas: el poder que guarda la promesa, y la voluntad que es fiel para guardarla, podemos descansar con gozo y confianza. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, si un hombre es un hombre auténtico, su palabra ''es una revelación de sí mismo''. Uno de los antiguos le dijo a un muchacho muy hermoso y joven, cuando le hubo mirado: “Habla, muchacho, pues entonces puedo verte”; y, con frecuencia, cuando una persona habla, vemos mucho más de su carácter que cuando la vemos simplemente a ella. Hay muchas lindas caras que han sido admiradas debido a su apariencia; pero cuando la lengua no muy bonita de su dueño comienza a parlotear, el amor se queda desconcertado sin poder encontrar algún motivo de admiración. Hay algunas personas que hablan de tal manera que, cuando vemos su interior, se ven tan repugnantes que anulan su atractiva apariencia. Pero un hombre auténtico se revela por sus palabras. Es por esto que el Señor Jesucristo es llamado: “La Palabra de Dios”; Jesucristo es Dios hablando. Dios piensa lo que dice, y los pensamientos de Dios son encarnados en la persona, obra, vida y muerte de Jesucristo, Su amado Hijo. Con toda reverencia decimos que Dios nunca habría podido revelarse más plenamente de cualquier otra manera que dando “a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Bien hizo en cantar el doctor Watts: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''&amp;quot;La naturaleza permanece como un volumen abierto,&amp;lt;br&amp;gt;Para esparcir por doquier la alabanza de su Hacedor;&amp;lt;br&amp;gt;Y cada labor de Sus manos&amp;lt;br&amp;gt;Muestra algo digno de Dios.''&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
''&amp;lt;br&amp;gt;Pero en la gracia que rescató al hombre&amp;lt;br&amp;gt;Fulgura su más brillante forma de gloria;&amp;lt;br&amp;gt;Aquí en la cruz, está más bellamente delineada&amp;lt;br&amp;gt;En sangre preciosa y líneas de carmín''&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
''&amp;lt;br&amp;gt;Aquí contemplo lo más íntimo de Su corazón,&amp;lt;br&amp;gt;Donde se unen extrañamente gracia y venganza&amp;lt;br&amp;gt;Perforando a Su Hijo con el dolor más agudo, &amp;lt;br&amp;gt;Para hacer míos los placeres comprados''&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Queridos amigos, entonces vean ustedes que la expresión “la Palabra de Dios” tiene un alcance muy amplio. Pero mi texto me induce a recordarles algo muy dulce: “No sólo de pan vivirá el hombre, mas de todo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre”. Es hermoso pensar que la Escritura procede de la boca de Dios. No miren ese rollo de papiro sobre el cual está escrita, y sobre el cual los críticos debaten y altercan. Ellos tropiezan casi con cada letra y con cada palabra, y así se pierden de su significado y de su espíritu; pero, en cuanto a ustedes, oren al Espíritu Santo pidiendo que la diga en su corazón como si procediera inmediatamente de la boca de Dios. Cuando Cowper contemplaba el retrato de su madre después de que, para su gran tristeza, había partido de la tierra hacía mucho tiempo, exclamaba: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“¡Oh, que esos labios pronunciaran palabras!”'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Bien, has de considerar que esta Palabra de Dios sale constantemente de nuevo de Sus labios. El Espíritu Santo pone en la Palabra un poder que la hace entrar directamente en tu corazón con el propio tono y majestad del Dios de gracia, el Padre de tu espíritu. Este maná cae siempre fresco del cielo. Los israelitas nunca tuvieron pan rancio en el desierto; ellos recogían el “pan de nobles” fresco cada mañana justo cuando descendía de los cielos. De la misma manera, consideren que cada pasaje de la Palabra de Dios viene fresco a ustedes de parte de Dios; consideren que su Padre Celestial lo está diciendo directamente a su corazón. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Estaba leyendo en uno de los libros de Mark Guy Pearse, un día, un bello pensamiento que no había captado nunca antes. Él pone en boca de un hombre muy sencillo pero piadoso que está hablando acerca de su Padre Celestial, palabras más o menos en este sentido: “Estoy muy seguro de que mi Padre me cuidará. Él no descansó nunca durante los seis días de la creación mientras no hubo preparado un lugar para que Su hijo viniese y viviese allí; mientras no hubo puesto el trazo final sobre ese lugar, y no tuvo la casa lista para Adán, no descansaría del todo. Y ahora mi Padre Celestial no descansará mientras no haya preparado el cielo para mí, y no me haya preparado a mí para el cielo, y Él seguramente me dará todo lo que necesito en el camino”. Cuando leí eso me llegó tan fresco como si hubiera visto escrito el segundo capítulo del Libro de Génesis. No me pareció como un registro viejo y rancio, sino como un mensaje fresco y vivo procedente de la boca de Dios, en ese lugar y en ese instante. Y hay muchos amados hijos de Dios que, cuando son enseñados por el Espíritu, han hecho nuevas lecturas de los antiguos textos, y, por decirlo así, cuelgan las viejas pinturas al óleo bajo una mejor luz, al punto que nos hemos preguntado al contemplarlos: “¿Serán los mismos cuadros? Parecen contener una fresca belleza y una fuerza inusitada”. Esto debe ser su alimento, queridos hijos de Dios: Su propia Palabra, tal como la tienen aquí, pero tienen que alimentarse de ella como si saliera continuamente de Su propia boca. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El texto dice además: ''“De todo lo que sale de la boca de Jehová ''vivirá el hombre”. Queridos amigos, en lo concerniente a la doctrina de la inspiración, no estén turbados en absoluto preguntándose cómo fue inspirada la Biblia, si fue por este proceso o por aquél. A mí no me preocupa mucho cómo fue; yo sé que es inspirada, y eso me basta, y creo que es inspirada verbalmente. Encuentro que el apóstol Pablo esgrime un argumento de peso sobre el uso de un singular o de un plural, allí donde dice: “No dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu ''simiente'', la cual es Cristo”. Encuentro que el apóstol Pedro reflexiona sobre una palabra dicha por una mujer, y hace que nos enseñe una importante lección: “Como Sara obedecía a Abraham, llamándole señor”, y así sucesivamente. Y ustedes recordarán que no hace mucho analizamos el texto: “En aquel tiempo, dice Jehová, me llamarás Ishi, y nunca más me llamarás Baali. Porque quitaré de su boca los nombres de los baales, y nunca más se mencionarán sus nombres”; en el que estaba implicada una gran verdad en el uso de dos palabras que eran en cierta forma similares en significado. Yo no estoy diciendo que nuestras versiones en inglés sean inspiradas, pues hay errores en la traducción; pero si pudiéramos llegar al texto original, tal como fue escrito al principio, no tengo miedo de decir que cada jota o tilde – cada tilde de una t y cada punto de una i- fueron inspiradas infaliblemente por Dios el Espíritu Santo. Yo creo en la infalibilidad y en la infinitud de la Santa Escritura. Dios inspiró el registro entero, desde Génesis hasta Apocalipsis, y todo lo que está en medio; y Él desea que creamos en una parte de la Palabra tanto como en otra. Si ustedes no creen en eso, no servirá de alimento para ustedes; estoy seguro de que no lo hará; sólo hará las veces de vomitivo para ustedes, mas no será un alimento. No podría alimentar su alma en tanto que estén disputando acerca de ella. Si no es la Palabra de Dios, entonces es la palabra del hombre, o la palabra del diablo; y si a ustedes les interesa vivir de la palabra del diablo o de la palabra del hombre, a mí no me interesa. Pero la Palabra de Dios es alimento para el alma que mora con Dios, y no puede quedarse satisfecha con nada más. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''Ahora prosigamos a nuestro segundo punto, que es: EL USO QUE DEBEMOS DAR A LA PALABRA DE DIOS. Hemos de vivir de ella. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Un día, me senté bajo una haya en la ‘Nueva Foresta’. Me gusta mirar a las hayas, y estudiarlas, y hago lo mismo con otros árboles, pues cada árbol tiene sus propias peculiaridades y hábitos, su manera especial de torcer sus ramas y de hacer crecer su corteza, y de abrir sus hojas, etcétera. Cuando alcé mi mirada hacia esa haya, y admiraba la sabiduría de Dios al crearla, vi a una ardilla que corría dando vueltas y vueltas alrededor del tronco y subiendo a las ramas, y me dije: “¡Ah!, esta haya es para ti muchísimo más de lo que es para mí, pues es tu hogar, y tu sustento, y tu todo”. Sus grandes ramas eran las calles principales de su ciudad, y sus ramitas eran sus veredas; esa ardilla tenía su casa en algún lugar de ese árbol, y las vainas de la haya eran su alimento diario; vivía de ella. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Bien, ahora, la manera de tratar con la Palabra de Dios no es contemplarla simplemente, o estudiarla como lo hace un estudiante; sino vivir de ella así como la ardilla vive de su haya. Ha de ser para ti, espiritualmente, tu casa, tu hogar, tu alimento, tu medicina, tu vestido, el único elemento esencial de la vida y del crecimiento de tu alma. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay algunas personas, a las cuales conozco, que toman la Palabra de Dios, y juegan con ella. Están interesadas en sus narraciones, estudian sus historias a la luz de la investigación moderna, etcétera; pero no fue destinada simplemente para un propósito como ése. Las rebanadas de pan no son puestas sobre la mesa para que las esculpas de diferentes maneras y para ser miradas simplemente; tienen el propósito de servir de alimento. Ese es el uso apropiado del pan, y ese es el uso apropiado de la Palabra de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Algunos hacen cosas peores que ésta; no es tanto que jueguen con la Biblia sino que se pelean por ella. Contienden fieramente por una doctrina, y condenan a todo el mundo que no acepte su interpretación particular de ella. Cuando he oído a algunos predicadores me ha parecido que han sacado una doctrina a propósito para pelear por ella. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo tengo un perro que tiene una alfombra en la que duerme, y cuando vaya a casa esta noche, la sacará, y la sacudirá delante de mí, no porque le interese particularmente su alfombra, sino porque sabe que yo le diré: “dámela”, y entonces él va a ladrarme y dirá en su lenguaje: “no, no te la daré”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay algunas personas que citan las doctrinas de la gracia justo de esa manera. Puedo verlas trotando mientras sostienen en la boca la doctrina de la elección sólo para que algún hermano arminiano dispute con ellas al respecto, y, entonces, puedan ladrarle. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No actúen así, amados. El peor utensilio con el que pueden derribar a un hombre es la Biblia; tiene por fin que vivamos de ella; no tiene por objeto ser un arma en nuestras controversias, sino nuestro diario alimento del que vivimos con regocijo. No creo que nuestras Biblias nos fueran dadas para que simplemente las empleemos como telescopios para auscultar los cielos, para tratar de descubrir qué sucederá dentro de cincuenta años; estoy cansado de las profecías y especulaciones que, como regla general, terminan en nada. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Conozco a algunos hermanos con quienes no se puede hablar de ningún pasaje sin que digan: “Oh, tú no has visto el último librito de R. B. S. (esas no son las iniciales reales del buen hermano) en el que dice que este pasaje no se aplica a nosotros, sino que solamente está destinado para los judíos”; o también, “Eso era sólo para la Iglesia en el desierto, y no para nosotros en estos días”. No usemos indebidamente la Palabra de Dios, sino valorémosla como el pan del que hemos de vivir: “No sólo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Pero ¿cómo podemos vivir de palabras?” nos pregunta alguien. Has hablado bien; no podemos vivir de palabras si son palabras de hombre; pero no hay nada como la Palabra de Dios para vivir de ella. A esa Palabra le debemos nuestra vida. Él habló para que fuéramos creados, Él habló para que el alma entrara en nuestro cuerpo. Por esa Palabra de Dios somos mantenidos vivos diariamente; basta que Dios la revierta, y diga: “Regresen, ustedes, hijos de los hombres”, y tendríamos que regresar de inmediato al polvo del cual salimos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es por la Palabra de Dios, ciertamente, que comenzamos a vivir espiritualmente; por medio de la obra eficaz de Su Palabra creímos en Cristo. La simiente viva e incorruptible fue sembrada en nuestro corazón, y por ella comenzamos a vivir; y es por la misma Palabra que nuestra alma es sustentada con vida. Hasta este momento, ustedes y yo no hemos recibido ningún nutrimento del Espíritu Santo excepto por esa Palabra de Dios que es el alimento del Israel espiritual en el desierto de este mundo. Cristo dijo: “Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida”; y es por Él, como Palabra de Dios, que nuestra vida ha de crecer todavía más. No hay ningún desarrollo del cristiano que le venga de cualquier otra manera excepto por la Palabra de Dios, encarnada o inspirada. Aquel que habló, y fuimos creados, tiene que hablar para que tengamos un ser más fortalecido todavía. La fe es el don de Dios, pero también lo es la seguridad. La primerísima chispa de vida es el don de la gracia de Dios; pero también lo es la llama seráfica del celo. Todo eso proviene de la Palabra de Dios; y cuando estemos a punto de entrar al cielo, el último toque que nos perfeccionará, no será dado por ningún cincel, sino por la Palabra de Dios. Nuestro Señor oró por Sus discípulos: “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad”; y esa Palabra completará el proceso entero. Vean, entonces, amados, de qué ha de vivir lo más íntimo de su espíritu: de la Palabra de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos y hermanas, ¿podría preguntarles si están todos ustedes suficientemente conscientes de esta gran verdad? Ustedes nunca recibieron la vida espiritual debido a sus propios sentimientos. Vivieron, cuando creyeron en la Palabra de Dios; y nunca alcanzarán ningún incremento de vida espiritual, ni de gracia creciente, por sus propios sentimientos o por sus propias acciones. Tiene que ser todavía por su fe en las promesas, y por alimentarse de la Palabra. No hay ningún otro alimento para sus almas; todo lo demás resultará ser al final, algarrobas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces, ¿tienes hambre? Ven, y aliméntate de la Palabra. ¿Te has rebelado? Ven, y aliméntate de nuevo de la Palabra. Dios sana a Su pueblo alimentándolo. “¿Cómo es eso?”, preguntas. Cuando la iglesia de Laodicea no era ni fría ni caliente, de tal forma que Cristo sentía que tenía que vomitarla de Su boca, incluso entonces le dijo al ángel de esa iglesia: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo”. Y yo me atrevo a decir que: “No hay cura para la tibieza como una buena cena con Cristo”. Si Él entra, y cena contigo, y tú con él, tu tibieza desaparecerá de inmediato. No comiences siendo salvado por la fe para luego proseguir a ser salvado por obras; no trates de mezclar esas dos cosas. Si eres de la casa de Sara, no inclines tu rodilla delante de Agar, ni regreses a la esclava. Si has vivido de la Palabra simple y pura, dándole crédito por una fe viva dada por Dios, prosigue viviendo de la misma manera y crece por la Palabra. Aliméntate de ella continuamente, siguiendo la indicación: “Fortaleceos en el Señor, y el poder de su fuerza”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''III. '''Ahora llego a mi último punto, sobre el que quiero insistir muy enfáticamente, y es: LA ADAPTACIÓN DE LA PALABRA DE DIOS PARA LA ALIMENTACIÓN DE NUESTRAS ALMAS: “De todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“De toda palabra”. Si se restringen en su alimentación a uno o dos artículos, cualquier médico les dirá que hay un peligro que su cuerpo no sea suplido con toda forma del nutrimento requerido. Un adecuado y amplio rango de dieta es recomendable para quienes quieren gozar de una vigorosa salud. Y en las cosas espirituales, si guardan una parte de la Palabra de Dios podrían vivir de ella, pero la tendencia sería a no alcanzar la plena salud espiritual debido a la falta de algún nutrimento que la Palabra les habría suplido si la hubieran usado. Cuando el hombre se alimenta de toda Palabra de Dios, vive en el estado más elevado y saludable. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Miren, por ejemplo, a ''la doctrina ''en la Palabra de Dios. “A mí no me gusta la doctrina”, dice alguien. ¿Sabes lo que estás diciendo? Tú eres un discípulo, pero no te gusta la enseñanza, pues doctrina quiere decir enseñanza. Que un discípulo diga que no le gusta ser enseñado, equivale a que dijera que no le gusta ser un discípulo; y, de hecho, no es un discípulo en el verdadero sentido de ese término. Es importante que conozcamos cualquier verdad proclamada en la Palabra de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“¡Oh!”, -dice alguien- “pero hay algunas verdades que no son importantes”. Yo no conozco ninguna. En los lugares donde cortan diamantes recogen el polvo porque el propio polvo de los diamantes es valioso; y en la Palabra de Dios, toda la verdad es tan preciosa que aun la verdad más ínfima -si existiera tal cosa- es todavía polvo de diamante y es indeciblemente preciosa. “Pero”, -objetas tú- “yo no veo que una tal verdad sea de algún uso práctico”. Pudieras no verlo, amigo, pero es así. Si yo escribiera mi experiencia como Pastor de esta iglesia, podría mostrarles que ha habido personas convertidas a Dios por medio de doctrinas que algunos habrían considerado como improbables para que produjeran ese resultado. Sé que la doctrina de la resurrección ha llevado a los pecadores a Cristo; he conocido a muchas personas que han sido traídas al Salvador por la doctrina de la elección; precisamente se trataba del tipo de personas que, hasta donde puedo ver, no habrían venido si esa verdad no fuera una doctrina angular que golpeó su corazón en el lugar preciso y que se introdujo en las grietas de su naturaleza. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo creo que todo lo que está en la Palabra de Dios tiene que ser predicado, tiene que ser creído y tiene que ser estudiado por nosotros. Toda doctrina es útil para un fin u otro. Si no es alimento, es medicina, y los niños necesitan algunas veces un tónico así como necesitan la leche. Toda planta en el huerto de Dios responde a algún buen propósito; por tanto, debemos cultivarlas todas, y no debemos descuidar ninguna doctrina. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sin embargo, cuando me acerco a la Palabra de Dios, encuentro que no todo es doctrina, y descubro que hay mucho de ''precepto''. Ahora, tal vez, alguien diga: “A mí no me interesan los preceptos”. Solíamos tener un conjunto de personas llamadas cristianas, quienes, si predicabas acerca de algún deber del creyente, decían de inmediato: “No podemos soportar la palabra “deber”; contiene una resonancia legal”. Recuerdo haberle dicho a uno que me llamó: “un predicador legal”: “Eso está muy bien”: ‘legal’ quiere decir: ‘conforme a derecho’; y tú quieres decir, yo supongo, que soy un predicador conforme a derecho y tú eres una persona contraria a la ley puesto que objetas mi predicación”. Pero solía ser así; si predicabas doctrina sana y buena, si predicabas sobre los privilegios de los creyentes, eso los complacía mucho; pero cuando comenzabas a hablar acerca de las partes prácticas de la Palabra de Dios, entonces, se ofendían de inmediato. No ha de sorprendernos, pues su conciencia les remordía por su descuido de esas porciones de las Escrituras. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, queridos amigos, vivimos de los preceptos así como de las doctrinas y se han convertido para nosotros en nuestro alimento necesario. Ustedes saben qué dijo David acerca de los mandamientos del Señor: “Deseables son más que el oro, y más que mucho oro afinado; y dulces más que miel, y que la que destila del panal. Tu siervo es además con ellos; en guardarlos hay grande galardón”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Bendito sea Dios porque hay también una extensa porción de este Libro que se ocupa de las ''promesas''. Queridos amigos, deben conocer bien las promesas. Con frecuencia he comprobado que me es útil ese librito en el que el doctor Samuel Clarke ha clasificado las promesas bajo diferentes categorías. Es muy útil, si tienen problemas, referirse a todas la promesas que son dadas a aquellos que se encuentran en circunstancias similares a las suyas; por ejemplo, para los enfermos, o para los pobres, o para los que son blanco de calumnias. Al leer esas promesas, una tras otra, se dicen a ustedes mismos: “Esta es mi chequera; puedo tomar las promesas conforme las necesite, firmarlas por la fe, presentarlas en el grandioso Banco de la Gracia, y salir enriquecido con la ayuda presente en el tiempo de necesidad”. Esa es la manera de usar las promesas de Dios, para que ministren a la vida de nuestro espíritu. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, queridos amigos, gran parte de la Palabra de Dios está conformada por ''historias''. Allí tienen la historia de la Creación y de la Caída, de Abraham, y de Isaac, y de Jacob, y de Moisés y de los reyes y príncipes y del pueblo de Israel. Tal vez se pregunten: “¿Es alimento eso?” Ciertamente. Hay críticos, en estos días, que hablan despectivamente del Antiguo Testamento, y hablan como si los Evangelios constituyeran toda la Palabra de Dios; incluso consideran que las Epístolas son de inferior calidad. Pero todo eso está mal; el hombre vive de toda Palabra de Dios; y, a menudo, una historia, dándonos un ejemplo de fe o una prueba de la fidelidad de Dios para ayudar a Su pueblo atribulado, se convierte en un alimento más adecuado de lo que podría ser la promesa sola. Los hombres dicen que hay más fuerza en lo concreto que en lo abstracto. Ciertamente hay más poder en algo presentado en vivo del que hay en eso mismo expresado en palabras. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si van alguna vez a las galerías de cuadros de Versalles, pueden caminar a través de –iba a decir- miles de kilómetros de galerías entre cuadros de reyes y hombres notables de diferentes épocas; pero nadie se detiene a mirarlos ni a ustedes mismos les interesaría verlos. Son simples cuadros; pero, abajo, hay pinturas de los mismos hombres, sólo que están pintados en orden de batalla o en varias posiciones que los muestran en acción. Ahora sí se detienen y los miran, pues están interesados en la representación de las escenas que vivieron. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así, algunas veces, las promesas de Dios están colgadas como cuadros en la pared, y no las advertimos; pero cuando vemos a los hombres que confiaron en esas promesas y comprobaron la verdad de ellas, entonces hay una suerte de interés humano acerca de ellas que gana nuestra atención y habla a nuestros corazones. No descuiden nunca las partes históricas de la Palabra de Dios, pues están llenas de alimento para los hijos de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sucede precisamente lo mismo en relación con ''las profecías''. Una vez oí decir al señor George Müller que a él le gustaba leer toda la Biblia, una y otra vez, y que a él le gustaba leer las porciones de la Biblia que no entendía. Esa parece más bien una declaración singular, ¿no es cierto? Pues, ¿de qué nos sirve la lectura si no entendemos lo que leemos? El buen hombre me lo explicó así: “Un niñito que está con su padre, y hay mucho de lo que su padre le dice que él comprende y absorbe, y le agrada mucho oír hablar a su padre. Pero algunas veces su padre habla de cosas que están mucho más allá de su alcance, pero al muchacho le gusta escuchar; aprende un poquito aquí y allá, y gradualmente, cuando ha escuchado año tras año, comienza a entender lo que dice su padre como no lo habría hecho nunca si se hubiera alejado corriendo siempre que su padre comenzaba a hablar de cosas incomprensibles”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lo mismo sucede con las profecías, y con otras partes profundas de la Palabra de Dios. Si las lees una vez o dos pero no las comprendes, a pesar de ello estúdialas, y entrégales tu corazón, pues, gradualmente, la verdad preciosa permeará tu espíritu, y beberás insensiblemente sabiduría que de otra manera nunca habrías recibido. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cada parte de la Palabra de Dios es alimento para el alma; entonces, queridos amigos, pudiera ser que haya un mensaje de ''amenaza'' que les hable muy ásperamente, pero que es también muy provechoso para ustedes. Tal vez, algún domingo, salgan del Tabernáculo y digan: “Nuestro pastor no nos ha consolado esta mañana; pareciera que nos ha desmenuzado y aplanado con la grada y nos ha arado”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sí, yo sé que así sucede algunas veces; pero es para su provecho, pues, como dijo Ezequías: “Por todas estas cosas los hombres vivirán”. Sucede frecuentemente que necesitamos ser humillados, y probados, y acrisolados y abatidos; y todo hijo de Dios con una mente recta dirá: “Mi entrenamiento no debe ser de acuerdo a mi mente, sino que debe ser conforme a la mente de Dios”. El sermón que más nos agrada pudiera no aprovecharnos de nada, mientras que el sermón que nos aflige y nos veja pudiera, tal vez, hacernos un servicio sumamente esencial. Cuando la Palabra de Dios te escudriña al revés y al derecho, ábrele tu corazón. Deja que el viento sople a lo largo de todo tu ser, para que se lleve todo harapo y reliquia que deban ser erradicadas de ti. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay algunas palabras de Dios que son muy breves, pero contienen un abundante alimento para el alma. Algunas veces me he quedado muy quieto, al estar mirando algún texto, y me he sentido como Jonatán cuando encontró la miel. No podía comer del todo; sólo podía hundir mi vara en ella, y probarla; y yo quería convocarlos a todos ustedes para ver si pudieran limpiar este bosque tan cargado de dulzura. En otros momentos, de camino a casa, cuando yo mismo no he obtenido mucho durante el sermón, el Maestro me ha dado un festín en el camino; y me he reído una y otra vez del puro gozo del corazón sobre algún precioso pasaje del que una luz fresca ha brotado para animar mi espíritu y alegrarme en el Señor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, guarden la Palabra, hermanos míos! Guárdenla como Palabra de Dios, y como salida de Su boca. Chúpenla e introdúzcanla en su alma; no pueden comer demasiado de ella. Aliméntense de ella de día y de noche, pues así Dios hará que vivan la vida que es verdadera vida. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si hay alguna pobre alma aquí que quiera encontrar la vida eterna, querido amigo mío, te pido que la busques en la Palabra de Dios, y sólo allí. “Pensé en ir a casa y orar”, dice alguien. Hazlo; pero, al mismo tiempo, recuerda que tus oraciones son de poco valor sin la Palabra de Dios. Oye primero la Palabra de Dios y luego vé y dile a Dios tu propia palabra; pues es en Su Palabra, más que en tu palabra, que la salvación ha de ser encontrada. Recuerda esa grandiosa frase del Libro de Éxodo, donde Dios dice: “Veré la sangre y pasaré de vosotros”. No dice: “Cuando ''ustedes'' vean la sangre”, sino cuando Él vea la sangre. Entonces, cuando Dios mira la sangre derramada y rociada de Cristo, es cuando los mira a ustedes con piedad y compasión. Mira donde Dios mira, y entonces tus ojos se encontrarán con los Suyos. Si miras a Cristo, y Dios mira a Cristo, entonces se encontrarán las miradas de ambos, y encontrarás gozo y paz en la fe. Dios el Padre admira a Cristo; pobre alma, tú también admírale; entonces habrá un punto en el que ambos estarán de acuerdo. Dios el Padre confía Su honra y gloria a Cristo; confía tu alma a Cristo, pues así estarán de acuerdo. ¡Que Dios te conceda que puedas hacer eso en este instante! Recuerda sólo este texto cuando prosigas tu camino: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna”. ¡Que Dios nos conceda que cada uno de ustedes tenga esa vida eterna, por Cristo nuestro Señor! Amén. &amp;amp;lt;/blockquote&amp;amp;gt;&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

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		<id>http://es.gospeltranslations.org/wiki/Vivir_de_la_Palabra</id>
		<title>Vivir de la Palabra</title>
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				<updated>2011-01-24T19:35:47Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|Living on the Word}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“No sólo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre”. ''Deuteronomio 8: 3. &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Lo más importante para cada uno de nosotros es la vida. ¿Qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su vida? ¿De qué servirían las riquezas si no se tuviera vida? ¿Cuál es el valor de sobreabundantes acres para un hombre muerto, o el aplauso de las naciones para uno que descansa en su sepulcro? Por tanto, lo primero que un hombre tiene que cuidar, es la vida. Hay algunas personas que toman esta verdad en un sentido erróneo, y entonces la tergiversan. Afirman: “Tenemos que vivir”, aunque en el sentido en que lo dicen, no existe tal necesidad en absoluto. Que tengamos que continuar viviendo aquí, no está claro para nada; sería mucho mejor para nosotros morir que vivir gracias a pecar. Los mártires han preferido sufrir las más terribles muertes antes que deshonrar, ni siquiera por una sola palabra, el nombre de Jesús; y todo verdadero cristiano preferiría la muerte inmediata antes que deshonrar a su grandioso Señor y Maestro. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, hermanos, según nuestra idea común, si hemos de vivir, tenemos que comer; tenemos que comer pan, que es el báculo de la vida; y algunas veces, cuando el pan escasea, y el hambre provoca agudos tormentos, los hombres han sido conducidos a echar mano de la iniquidad para proveerse del alimento necesario. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ustedes recuerdan cómo actuó nuestro Divino Señor, quien es nuestro perfecto Modelo en todas las cosas, cuando se encontró en ese caso. Después de haber ayunado en el desierto cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre, y entonces vino a Él el diablo, y le dijo: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan”. Esto equivalía, en efecto, a decirle: “Renuncia a confiar en Tu Padre Celestial. Evidentemente te ha abandonado; te ha dejado en el desierto en medio de las fieras y aunque a ellas sí las alimenta, a Ti no te ha alimentado. Está permitiendo que te mueras de hambre; por tanto, ayúdate a Ti mismo, emplea Tu propio poder. Aunque lo has puesto bajo la custodia de Dios, y, estando aquí en la tierra te has convertido en siervo de Tu Padre, róbale un poco de Tu servicio a Tu Padre, y úsalo para Tu propio beneficio. Toma algo de ese poder que has dedicado a Su grandiosa obra, y empléalo para Tu propio bienestar. Renuncia a confiar en Tu Padre; manda que estas piedras se conviertan en pan”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
De inmediato destelló este texto cuando el Maestro lo sacó como a espada de su vaina: “Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Fue sólo por el uso de esta “Espada del Espíritu, que es la palabra de Dios”, que el archienemigo fue alejado de Cristo; y yo quiero usar esa arma ahora. Puedo decir de ella lo mismo que dijo David de la espada de Goliat: “Ninguna como ella; dámela”. Esa espada, con la que Cristo ganó la victoria, es la mejor para ser usada por Sus siervos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esta respuesta de nuestro Señor al tentador, nos enseña que el sustento de nuestra vida, aunque naturalmente y de acuerdo a la apariencia ordinaria de las cosas depende del pan, realmente depende de Dios. Es Dios quien da al pan el poder para nutrir al hombre. A mí me parece un gran misterio que el pan, o cualquier otro tipo de alimento, haga eso. Puedo entender cómo, siendo materia en una cierta forma, tienda a construir la estructura material del cuerpo, si bien el proceso por el cual el pan se convierte en carne, y en sangre, y huesos, y músculos, y cabellos, y todo tipo de cosas, mediante la acción perpetua del poder de Dios, es algo muy asombroso. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero es algo más notable que este material parezca nutrir, por lo menos en alguna medida, al corazón del hombre, de tal manera que la propia alma y el principio vital en él dependan de ser sustentados por el alimento corporal. ¿Podría explicarnos alguien cómo es que el espíritu interior pone en acción los músculos de la mano, y los nervios que se comunican con el cerebro? ¿Cómo es que el espíritu impalpable –una cosa que no puedes ver ni oír, que no es en sí misma material- posee poderes mediante los cuales controla la materia de este cuerpo exterior? ¿Y cómo es que la sustancia material del pan obra de alguna manera para mantener a nuestro espíritu en conexión con esta carne y esta sangre? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo no puedo explicar este misterio, pero creo que es un continuo milagro obrado por Dios. Frecuentemente me dicen que los milagros han cesado. Me parece que los milagros son la regla de la operación de Dios, y que, por todas partes, se podrían percibir cosas dignas de admiración y de asombro si viéramos más allá de la apariencia externa. Penetremos por un momento debajo de la mera superficie, y veremos: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Un mundo de prodigios: no puedo decir menos”.'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
De acuerdo con nuestro texto, somos llamados a observar que el poder que nos mantiene vivos no está en el pan mismo, sino en Dios, quien decide hacer uso del pan como Su agente para nutrir a nuestro cuerpo. Yo no deduzco de esta verdad que por lo mismo no he de comer nunca, sino que he de vivir por la fe, porque Dios puede hacer que viva sin necesidad de pan. Algunas personas me parecen muy insensatas cuando deducen que, ya que Dios puede sanarme, nunca debo tomar una medicina adecuada o apropiada para una enfermedad, porque debo confiar en Dios. Yo en verdad confío en Dios, pero confío en Dios según la propia manera de obrar de Dios; y Su forma de proceder es ésta: si deseo satisfacer el hambre, tengo que comer ordinariamente pan; si deseo ser curado de alguna enfermedad, tengo que tomar el remedio provisto por Él. Esa es Su regla general de procedimiento; pero sería un error igualmente grave y mostraría otra forma de insensatez, si dijéramos que el pan o la medicina realizan el trabajo. El pan alimenta y la medicina sana, pero Dios es quien obra por esos medios; o, si así le agradara, quien obra sin ellos. Si es necesario que Su hijo viva, y no decidiera comisionar a los cuervos para que le llevaran pan y carne, o si no mandara a una viuda que sustentara a Su siervo, lo podría mantener sin necesidad de ningún medio, pues “No sólo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová”. Cuando el Señor habla y le ordena vivir, vive. Dios dijo la palabra para que el mundo existiera. Su Palabra mantiene todavía la estructura entera del universo sobre sus columnas; y, ciertamente, esa Palabra es capaz de sustentar a nuestra alma con vida, incluso sin usar medios externos, o usándolos, el tiempo que Dios quiera. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ése, creo yo, es el significado del texto. Dios llevó a Su pueblo al desierto donde no había ni siembra, ni siega, y donde no se hacía pan, y le pareció al pueblo que se moriría de hambre allí; pero, entonces, Dios hizo que el maná cayera del cielo, para mostrar que podía sustentarlo, si no por un medio, por otro muy distinto. Él los llevó donde no había ondeantes riachuelos ni susurrantes corrientes apacibles de agua, pero Su siervo golpeó la roca de pedernal y el agua brotó, para mostrar que Dios podía dar agua a los hombres no solamente de las fuentes del abismo inferior, o de la lluvia de las nubes en lo alto, sino de las sólidas rocas, si así le agradaba. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amigo mío, Dios puede darte pan para comer. Si bien tal vez no lo haga de la manera que esperas, podría venir de una manera en la que ni siquiera has soñado jamás. He leído acerca de uno que fue condenado a morir de hambre; y, cuando el juez pronunció la sentencia, le preguntó: “¿Y qué puede hacer por ti tu Dios ahora?” El hombre replicó: “Mi Dios puede hacer esto por mí: si quisiera, puede alimentarme de tu mesa”. Y así sucedió, aunque el juez no lo supo nunca, pues su propia esposa le enviaba alimentos a aquel pobre hombre, y lo conservó con vida hasta que por fin recuperó su libertad. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Dios tiene una forma de usar los instrumentos más inverosímiles para cumplir Su propósito. Él puede, si quiere, hacer que las corrientes se junten como en un montón, hasta que la nación elegida haya pasado por en medio del mar; o Él puede permitir que el fuego arda en torno a Su pueblo, pero puede guardarlo de ser quemado, así como Sadrac, Mesac y Abed-nego salieron ilesos del horno de fuego ardiendo y ni siquiera olor de fuego tenían. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora llego al significado más espiritual del texto, y le pido a Dios que lo convierta en un rico alimento para sus almas. Les pido que noten, primero, ''la Palabra'': “Todo lo que sale de la boca de Jehová”. En segundo lugar, consideren ''el uso que debemos dar a la Palabra''; tenemos que vivir de ella; y luego, en tercer lugar, noten la ''adaptación de esa Palabra para nuestro uso'', de cada una de sus palabras, pues, de acuerdo al texto, nosotros no vivimos de ''algunas'' palabras que salen de la boca de Dios, sino: “de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''Primero, entonces, reflexionemos un poco sobre LA PALABRA DEL SEÑOR. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Qué queremos decir con la expresión: “la Palabra de Dios”? Dios se digna usar figuras de lenguaje que podamos entender, pues somos como niñitos que tienen que aprender con ilustraciones. Ahora, con relación a un hombre, su palabra es a menudo la expresión de su deseo. Él desea que se haga tal y tal cosa y le dice a su sirviente: “Haz esto”, o le dice a otro: “Ven aquí”, o, “Vé allá”. Su palabra es ''la expresión de su deseo''. ¡Ay!, en cuanto a nosotros, nuestros deseos son a menudo fuertes, pero nuestras palabras son débiles; ordenamos que se haga tal y tal cosa, pero no se hace. Tenemos, tal vez, mil deseos en nuestros corazones que, si fuéramos a expresarlos, sería para hacernos ver ridículos. Podemos desear hacer esto y aquello, pero si dijéramos: “que se hagan estas cosas”, no serían hechas a pesar de todo lo que dijéramos; pues, con frecuencia, donde está involucrada la palabra de un hombre, hay debilidad. Sólo donde está la Palabra de Dios hay poder. Hablando a la manera de los hombres, cuando Dios quiere algo, dice: “Sea”, y es, inmediatamente. El poder de Dios acompaña a Su voluntad. Él dijo: “Sea la luz, y fue la luz”. Dios dijo: “Júntense las aguas que están debajo de los cielos en un lugar, y descúbrase lo seco. Y fue así”. Dios dijo: “Haya lumbreras en la expansión de los cielos para separar el día de la noche; y sirvan de señales para las estaciones, para días y años, y sean por lumbreras en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra. Y fue así”. Basta que Él quiera algo, y sucede. Su Palabra es Su voluntad en movimiento, Su poder puesto en acción; ese es el sentido común y enfático del término. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La Palabra de Dios es también ''la expresión de Su verdad''. Alguien nos dice: “Te prometo tal y tal cosa”, y nosotros le decimos: “Confiamos en tu palabra”. El honor de un hombre está involucrado en su palabra; aquél que no guarda su palabra no es un hombre de honor, y pronto cae en desgracia para con sus semejantes, natural y debidamente. ¡Ay!, las palabras de los hombres no sólo son débiles, sino son volubles y falsas a menudo; pero la Palabra de Dios es la promesa de Alguien que sabe lo que está diciendo, que es capaz de hacer lo que promete, y que no cambiará nunca ni nunca será falso; de tal manera que, si vemos Su Palabra como la expresión de Su verdad, vemos Su fidelidad; y sobre estas dos cosas: el poder que guarda la promesa, y la voluntad que es fiel para guardarla, podemos descansar con gozo y confianza. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, si un hombre es un hombre auténtico, su palabra ''es una revelación de sí mismo''. Uno de los antiguos le dijo a un muchacho muy hermoso y joven, cuando le hubo mirado: “Habla, muchacho, pues entonces puedo verte”; y, con frecuencia, cuando una persona habla, vemos mucho más de su carácter que cuando la vemos simplemente a ella. Hay muchas lindas caras que han sido admiradas debido a su apariencia; pero cuando la lengua no muy bonita de su dueño comienza a parlotear, el amor se queda desconcertado sin poder encontrar algún motivo de admiración. Hay algunas personas que hablan de tal manera que, cuando vemos su interior, se ven tan repugnantes que anulan su atractiva apariencia. Pero un hombre auténtico se revela por sus palabras. Es por esto que el Señor Jesucristo es llamado: “La Palabra de Dios”; Jesucristo es Dios hablando. Dios piensa lo que dice, y los pensamientos de Dios son encarnados en la persona, obra, vida y muerte de Jesucristo, Su amado Hijo. Con toda reverencia decimos que Dios nunca habría podido revelarse más plenamente de cualquier otra manera que dando “a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Bien hizo en cantar el doctor Watts: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“La naturaleza permanece como un volumen abierto,&amp;lt;br&amp;gt;Para esparcir por doquier la alabanza de su Hacedor;&amp;lt;br&amp;gt;Y cada labor de Sus manos&amp;lt;br&amp;gt;Muestra algo digno de Dios. Pero en la gracia que rescató al hombre&amp;lt;br&amp;gt;Fulgura su más brillante forma de gloria;&amp;lt;br&amp;gt;Aquí en la cruz, está más bellamente delineada&amp;lt;br&amp;gt;En sangre preciosa y líneas de carmín. Aquí contemplo lo más íntimo de Su corazón,&amp;lt;br&amp;gt;Donde se unen extrañamente gracia y venganza Perforando a Su Hijo con el dolor más agudo,&amp;lt;br&amp;gt;Para hacer míos los placeres comprados”.''&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Queridos amigos, entonces vean ustedes que la expresión “la Palabra de Dios” tiene un alcance muy amplio. Pero mi texto me induce a recordarles algo muy dulce: “No sólo de pan vivirá el hombre, mas de todo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre”. Es hermoso pensar que la Escritura ''procede de la boca de Dios''. No miren ese rollo de papiro sobre el cual está escrita, y sobre el cual los críticos debaten y altercan. Ellos tropiezan casi con cada letra y con cada palabra, y así se pierden de su significado y de su espíritu; pero, en cuanto a ustedes, oren al Espíritu Santo pidiendo que la diga en su corazón como si procediera inmediatamente de la boca de Dios. Cuando Cowper contemplaba el retrato de su madre después de que, para su gran tristeza, había partido de la tierra hacía mucho tiempo, exclamaba: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“¡Oh, que esos labios pronunciaran palabras!”'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Bien, has de considerar que esta Palabra de Dios sale constantemente de nuevo de Sus labios. El Espíritu Santo pone en la Palabra un poder que la hace entrar directamente en tu corazón con el propio tono y majestad del Dios de gracia, el Padre de tu espíritu. Este maná cae siempre fresco del cielo. Los israelitas nunca tuvieron pan rancio en el desierto; ellos recogían el “pan de nobles” fresco cada mañana justo cuando descendía de los cielos. De la misma manera, consideren que cada pasaje de la Palabra de Dios viene fresco a ustedes de parte de Dios; consideren que su Padre Celestial lo está diciendo directamente a su corazón. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Estaba leyendo en uno de los libros de Mark Guy Pearse, un día, un bello pensamiento que no había captado nunca antes. Él pone en boca de un hombre muy sencillo pero piadoso que está hablando acerca de su Padre Celestial, palabras más o menos en este sentido: “Estoy muy seguro de que mi Padre me cuidará. Él no descansó nunca durante los seis días de la creación mientras no hubo preparado un lugar para que Su hijo viniese y viviese allí; mientras no hubo puesto el trazo final sobre ese lugar, y no tuvo la casa lista para Adán, no descansaría del todo. Y ahora mi Padre Celestial no descansará mientras no haya preparado el cielo para mí, y no me haya preparado a mí para el cielo, y Él seguramente me dará todo lo que necesito en el camino”. Cuando leí eso me llegó tan fresco como si hubiera visto escrito el segundo capítulo del Libro de Génesis. No me pareció como un registro viejo y rancio, sino como un mensaje fresco y vivo procedente de la boca de Dios, en ese lugar y en ese instante. Y hay muchos amados hijos de Dios que, cuando son enseñados por el Espíritu, han hecho nuevas lecturas de los antiguos textos, y, por decirlo así, cuelgan las viejas pinturas al óleo bajo una mejor luz, al punto que nos hemos preguntado al contemplarlos: “¿Serán los mismos cuadros? Parecen contener una fresca belleza y una fuerza inusitada”. Esto debe ser su alimento, queridos hijos de Dios: Su propia Palabra, tal como la tienen aquí, pero tienen que alimentarse de ella como si saliera continuamente de Su propia boca. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El texto dice además: ''“De todo lo que sale de la boca de Jehová ''vivirá el hombre”. Queridos amigos, en lo concerniente a la doctrina de la inspiración, no estén turbados en absoluto preguntándose cómo fue inspirada la Biblia, si fue por este proceso o por aquél. A mí no me preocupa mucho cómo fue; yo sé que es inspirada, y eso me basta, y creo que es inspirada verbalmente. Encuentro que el apóstol Pablo esgrime un argumento de peso sobre el uso de un singular o de un plural, allí donde dice: “No dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu ''simiente'', la cual es Cristo”. Encuentro que el apóstol Pedro reflexiona sobre una palabra dicha por una mujer, y hace que nos enseñe una importante lección: “Como Sara obedecía a Abraham, llamándole señor”, y así sucesivamente. Y ustedes recordarán que no hace mucho analizamos el texto: “En aquel tiempo, dice Jehová, me llamarás Ishi, y nunca más me llamarás Baali. Porque quitaré de su boca los nombres de los baales, y nunca más se mencionarán sus nombres”; en el que estaba implicada una gran verdad en el uso de dos palabras que eran en cierta forma similares en significado. Yo no estoy diciendo que nuestras versiones en inglés sean inspiradas, pues hay errores en la traducción; pero si pudiéramos llegar al texto original, tal como fue escrito al principio, no tengo miedo de decir que cada jota o tilde – cada tilde de una t y cada punto de una i- fueron inspiradas infaliblemente por Dios el Espíritu Santo. Yo creo en la infalibilidad y en la infinitud de la Santa Escritura. Dios inspiró el registro entero, desde Génesis hasta Apocalipsis, y todo lo que está en medio; y Él desea que creamos en una parte de la Palabra tanto como en otra. Si ustedes no creen en eso, no servirá de alimento para ustedes; estoy seguro de que no lo hará; sólo hará las veces de vomitivo para ustedes, mas no será un alimento. No podría alimentar su alma en tanto que estén disputando acerca de ella. Si no es la Palabra de Dios, entonces es la palabra del hombre, o la palabra del diablo; y si a ustedes les interesa vivir de la palabra del diablo o de la palabra del hombre, a mí no me interesa. Pero la Palabra de Dios es alimento para el alma que mora con Dios, y no puede quedarse satisfecha con nada más. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''Ahora prosigamos a nuestro segundo punto, que es: EL USO QUE DEBEMOS DAR A LA PALABRA DE DIOS. Hemos de vivir de ella. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Un día, me senté bajo una haya en la ‘Nueva Foresta’. Me gusta mirar a las hayas, y estudiarlas, y hago lo mismo con otros árboles, pues cada árbol tiene sus propias peculiaridades y hábitos, su manera especial de torcer sus ramas y de hacer crecer su corteza, y de abrir sus hojas, etcétera. Cuando alcé mi mirada hacia esa haya, y admiraba la sabiduría de Dios al crearla, vi a una ardilla que corría dando vueltas y vueltas alrededor del tronco y subiendo a las ramas, y me dije: “¡Ah!, esta haya es para ti muchísimo más de lo que es para mí, pues es tu hogar, y tu sustento, y tu todo”. Sus grandes ramas eran las calles principales de su ciudad, y sus ramitas eran sus veredas; esa ardilla tenía su casa en algún lugar de ese árbol, y las vainas de la haya eran su alimento diario; vivía de ella. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Bien, ahora, la manera de tratar con la Palabra de Dios no es contemplarla simplemente, o estudiarla como lo hace un estudiante; sino vivir de ella así como la ardilla vive de su haya. Ha de ser para ti, espiritualmente, tu casa, tu hogar, tu alimento, tu medicina, tu vestido, el único elemento esencial de la vida y del crecimiento de tu alma. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay algunas personas, a las cuales conozco, que toman la Palabra de Dios, y juegan con ella. Están interesadas en sus narraciones, estudian sus historias a la luz de la investigación moderna, etcétera; pero no fue destinada simplemente para un propósito como ése. Las rebanadas de pan no son puestas sobre la mesa para que las esculpas de diferentes maneras y para ser miradas simplemente; tienen el propósito de servir de alimento. Ese es el uso apropiado del pan, y ese es el uso apropiado de la Palabra de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Algunos hacen cosas peores que ésta; no es tanto que jueguen con la Biblia sino que se pelean por ella. Contienden fieramente por una doctrina, y condenan a todo el mundo que no acepte su interpretación particular de ella. Cuando he oído a algunos predicadores me ha parecido que han sacado una doctrina a propósito para pelear por ella. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo tengo un perro que tiene una alfombra en la que duerme, y cuando vaya a casa esta noche, la sacará, y la sacudirá delante de mí, no porque le interese particularmente su alfombra, sino porque sabe que yo le diré: “dámela”, y entonces él va a ladrarme y dirá en su lenguaje: “no, no te la daré”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay algunas personas que citan las doctrinas de la gracia justo de esa manera. Puedo verlas trotando mientras sostienen en la boca la doctrina de la elección sólo para que algún hermano arminiano dispute con ellas al respecto, y, entonces, puedan ladrarle. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No actúen así, amados. El peor utensilio con el que pueden derribar a un hombre es la Biblia; tiene por fin que vivamos de ella; no tiene por objeto ser un arma en nuestras controversias, sino nuestro diario alimento del que vivimos con regocijo. No creo que nuestras Biblias nos fueran dadas para que simplemente las empleemos como telescopios para auscultar los cielos, para tratar de descubrir qué sucederá dentro de cincuenta años; estoy cansado de las profecías y especulaciones que, como regla general, terminan en nada. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Conozco a algunos hermanos con quienes no se puede hablar de ningún pasaje sin que digan: “Oh, tú no has visto el último librito de R. B. S. (esas no son las iniciales reales del buen hermano) en el que dice que este pasaje no se aplica a nosotros, sino que solamente está destinado para los judíos”; o también, “Eso era sólo para la Iglesia en el desierto, y no para nosotros en estos días”. No usemos indebidamente la Palabra de Dios, sino valorémosla como el pan del que hemos de vivir: “No sólo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Pero ¿cómo podemos vivir de palabras?” nos pregunta alguien. Has hablado bien; no podemos vivir de palabras si son palabras de hombre; pero no hay nada como la Palabra de Dios para vivir de ella. A esa Palabra le debemos nuestra vida. Él habló para que fuéramos creados, Él habló para que el alma entrara en nuestro cuerpo. Por esa Palabra de Dios somos mantenidos vivos diariamente; basta que Dios la revierta, y diga: “Regresen, ustedes, hijos de los hombres”, y tendríamos que regresar de inmediato al polvo del cual salimos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es por la Palabra de Dios, ciertamente, que comenzamos a vivir espiritualmente; por medio de la obra eficaz de Su Palabra creímos en Cristo. La simiente viva e incorruptible fue sembrada en nuestro corazón, y por ella comenzamos a vivir; y es por la misma Palabra que nuestra alma es sustentada con vida. Hasta este momento, ustedes y yo no hemos recibido ningún nutrimento del Espíritu Santo excepto por esa Palabra de Dios que es el alimento del Israel espiritual en el desierto de este mundo. Cristo dijo: “Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida”; y es por Él, como Palabra de Dios, que nuestra vida ha de crecer todavía más. No hay ningún desarrollo del cristiano que le venga de cualquier otra manera excepto por la Palabra de Dios, encarnada o inspirada. Aquel que habló, y fuimos creados, tiene que hablar para que tengamos un ser más fortalecido todavía. La fe es el don de Dios, pero también lo es la seguridad. La primerísima chispa de vida es el don de la gracia de Dios; pero también lo es la llama seráfica del celo. Todo eso proviene de la Palabra de Dios; y cuando estemos a punto de entrar al cielo, el último toque que nos perfeccionará, no será dado por ningún cincel, sino por la Palabra de Dios. Nuestro Señor oró por Sus discípulos: “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad”; y esa Palabra completará el proceso entero. Vean, entonces, amados, de qué ha de vivir lo más íntimo de su espíritu: de la Palabra de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos y hermanas, ¿podría preguntarles si están todos ustedes suficientemente conscientes de esta gran verdad? Ustedes nunca recibieron la vida espiritual debido a sus propios sentimientos. Vivieron, cuando creyeron en la Palabra de Dios; y nunca alcanzarán ningún incremento de vida espiritual, ni de gracia creciente, por sus propios sentimientos o por sus propias acciones. Tiene que ser todavía por su fe en las promesas, y por alimentarse de la Palabra. No hay ningún otro alimento para sus almas; todo lo demás resultará ser al final, algarrobas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces, ¿tienes hambre? Ven, y aliméntate de la Palabra. ¿Te has rebelado? Ven, y aliméntate de nuevo de la Palabra. Dios sana a Su pueblo alimentándolo. “¿Cómo es eso?”, preguntas. Cuando la iglesia de Laodicea no era ni fría ni caliente, de tal forma que Cristo sentía que tenía que vomitarla de Su boca, incluso entonces le dijo al ángel de esa iglesia: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo”. Y yo me atrevo a decir que: “No hay cura para la tibieza como una buena cena con Cristo”. Si Él entra, y cena contigo, y tú con él, tu tibieza desaparecerá de inmediato. No comiences siendo salvado por la fe para luego proseguir a ser salvado por obras; no trates de mezclar esas dos cosas. Si eres de la casa de Sara, no inclines tu rodilla delante de Agar, ni regreses a la esclava. Si has vivido de la Palabra simple y pura, dándole crédito por una fe viva dada por Dios, prosigue viviendo de la misma manera y crece por la Palabra. Aliméntate de ella continuamente, siguiendo la indicación: “Fortaleceos en el Señor, y el poder de su fuerza”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''III. '''Ahora llego a mi último punto, sobre el que quiero insistir muy enfáticamente, y es: LA ADAPTACIÓN DE LA PALABRA DE DIOS PARA LA ALIMENTACIÓN DE NUESTRAS ALMAS: “De todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“De toda palabra”. Si se restringen en su alimentación a uno o dos artículos, cualquier médico les dirá que hay un peligro que su cuerpo no sea suplido con toda forma del nutrimento requerido. Un adecuado y amplio rango de dieta es recomendable para quienes quieren gozar de una vigorosa salud. Y en las cosas espirituales, si guardan una parte de la Palabra de Dios podrían vivir de ella, pero la tendencia sería a no alcanzar la plena salud espiritual debido a la falta de algún nutrimento que la Palabra les habría suplido si la hubieran usado. Cuando el hombre se alimenta de toda Palabra de Dios, vive en el estado más elevado y saludable. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Miren, por ejemplo, a ''la doctrina ''en la Palabra de Dios. “A mí no me gusta la doctrina”, dice alguien. ¿Sabes lo que estás diciendo? Tú eres un discípulo, pero no te gusta la enseñanza, pues doctrina quiere decir enseñanza. Que un discípulo diga que no le gusta ser enseñado, equivale a que dijera que no le gusta ser un discípulo; y, de hecho, no es un discípulo en el verdadero sentido de ese término. Es importante que conozcamos cualquier verdad proclamada en la Palabra de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“¡Oh!”, -dice alguien- “pero hay algunas verdades que no son importantes”. Yo no conozco ninguna. En los lugares donde cortan diamantes recogen el polvo porque el propio polvo de los diamantes es valioso; y en la Palabra de Dios, toda la verdad es tan preciosa que aun la verdad más ínfima -si existiera tal cosa- es todavía polvo de diamante y es indeciblemente preciosa. “Pero”, -objetas tú- “yo no veo que una tal verdad sea de algún uso práctico”. Pudieras no verlo, amigo, pero es así. Si yo escribiera mi experiencia como Pastor de esta iglesia, podría mostrarles que ha habido personas convertidas a Dios por medio de doctrinas que algunos habrían considerado como improbables para que produjeran ese resultado. Sé que la doctrina de la resurrección ha llevado a los pecadores a Cristo; he conocido a muchas personas que han sido traídas al Salvador por la doctrina de la elección; precisamente se trataba del tipo de personas que, hasta donde puedo ver, no habrían venido si esa verdad no fuera una doctrina angular que golpeó su corazón en el lugar preciso y que se introdujo en las grietas de su naturaleza. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo creo que todo lo que está en la Palabra de Dios tiene que ser predicado, tiene que ser creído y tiene que ser estudiado por nosotros. Toda doctrina es útil para un fin u otro. Si no es alimento, es medicina, y los niños necesitan algunas veces un tónico así como necesitan la leche. Toda planta en el huerto de Dios responde a algún buen propósito; por tanto, debemos cultivarlas todas, y no debemos descuidar ninguna doctrina. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sin embargo, cuando me acerco a la Palabra de Dios, encuentro que no todo es doctrina, y descubro que hay mucho de ''precepto''. Ahora, tal vez, alguien diga: “A mí no me interesan los preceptos”. Solíamos tener un conjunto de personas llamadas cristianas, quienes, si predicabas acerca de algún deber del creyente, decían de inmediato: “No podemos soportar la palabra “deber”; contiene una resonancia legal”. Recuerdo haberle dicho a uno que me llamó: “un predicador legal”: “Eso está muy bien”: ‘legal’ quiere decir: ‘conforme a derecho’; y tú quieres decir, yo supongo, que soy un predicador conforme a derecho y tú eres una persona contraria a la ley puesto que objetas mi predicación”. Pero solía ser así; si predicabas doctrina sana y buena, si predicabas sobre los privilegios de los creyentes, eso los complacía mucho; pero cuando comenzabas a hablar acerca de las partes prácticas de la Palabra de Dios, entonces, se ofendían de inmediato. No ha de sorprendernos, pues su conciencia les remordía por su descuido de esas porciones de las Escrituras. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, queridos amigos, vivimos de los preceptos así como de las doctrinas y se han convertido para nosotros en nuestro alimento necesario. Ustedes saben qué dijo David acerca de los mandamientos del Señor: “Deseables son más que el oro, y más que mucho oro afinado; y dulces más que miel, y que la que destila del panal. Tu siervo es además con ellos; en guardarlos hay grande galardón”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Bendito sea Dios porque hay también una extensa porción de este Libro que se ocupa de las ''promesas''. Queridos amigos, deben conocer bien las promesas. Con frecuencia he comprobado que me es útil ese librito en el que el doctor Samuel Clarke ha clasificado las promesas bajo diferentes categorías. Es muy útil, si tienen problemas, referirse a todas la promesas que son dadas a aquellos que se encuentran en circunstancias similares a las suyas; por ejemplo, para los enfermos, o para los pobres, o para los que son blanco de calumnias. Al leer esas promesas, una tras otra, se dicen a ustedes mismos: “Esta es mi chequera; puedo tomar las promesas conforme las necesite, firmarlas por la fe, presentarlas en el grandioso Banco de la Gracia, y salir enriquecido con la ayuda presente en el tiempo de necesidad”. Esa es la manera de usar las promesas de Dios, para que ministren a la vida de nuestro espíritu. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, queridos amigos, gran parte de la Palabra de Dios está conformada por ''historias''. Allí tienen la historia de la Creación y de la Caída, de Abraham, y de Isaac, y de Jacob, y de Moisés y de los reyes y príncipes y del pueblo de Israel. Tal vez se pregunten: “¿Es alimento eso?” Ciertamente. Hay críticos, en estos días, que hablan despectivamente del Antiguo Testamento, y hablan como si los Evangelios constituyeran toda la Palabra de Dios; incluso consideran que las Epístolas son de inferior calidad. Pero todo eso está mal; el hombre vive de toda Palabra de Dios; y, a menudo, una historia, dándonos un ejemplo de fe o una prueba de la fidelidad de Dios para ayudar a Su pueblo atribulado, se convierte en un alimento más adecuado de lo que podría ser la promesa sola. Los hombres dicen que hay más fuerza en lo concreto que en lo abstracto. Ciertamente hay más poder en algo presentado en vivo del que hay en eso mismo expresado en palabras. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si van alguna vez a las galerías de cuadros de Versalles, pueden caminar a través de –iba a decir- miles de kilómetros de galerías entre cuadros de reyes y hombres notables de diferentes épocas; pero nadie se detiene a mirarlos ni a ustedes mismos les interesaría verlos. Son simples cuadros; pero, abajo, hay pinturas de los mismos hombres, sólo que están pintados en orden de batalla o en varias posiciones que los muestran en acción. Ahora sí se detienen y los miran, pues están interesados en la representación de las escenas que vivieron. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así, algunas veces, las promesas de Dios están colgadas como cuadros en la pared, y no las advertimos; pero cuando vemos a los hombres que confiaron en esas promesas y comprobaron la verdad de ellas, entonces hay una suerte de interés humano acerca de ellas que gana nuestra atención y habla a nuestros corazones. No descuiden nunca las partes históricas de la Palabra de Dios, pues están llenas de alimento para los hijos de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sucede precisamente lo mismo en relación con ''las profecías''. Una vez oí decir al señor George Müller que a él le gustaba leer toda la Biblia, una y otra vez, y que a él le gustaba leer las porciones de la Biblia que no entendía. Esa parece más bien una declaración singular, ¿no es cierto? Pues, ¿de qué nos sirve la lectura si no entendemos lo que leemos? El buen hombre me lo explicó así: “Un niñito que está con su padre, y hay mucho de lo que su padre le dice que él comprende y absorbe, y le agrada mucho oír hablar a su padre. Pero algunas veces su padre habla de cosas que están mucho más allá de su alcance, pero al muchacho le gusta escuchar; aprende un poquito aquí y allá, y gradualmente, cuando ha escuchado año tras año, comienza a entender lo que dice su padre como no lo habría hecho nunca si se hubiera alejado corriendo siempre que su padre comenzaba a hablar de cosas incomprensibles”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lo mismo sucede con las profecías, y con otras partes profundas de la Palabra de Dios. Si las lees una vez o dos pero no las comprendes, a pesar de ello estúdialas, y entrégales tu corazón, pues, gradualmente, la verdad preciosa permeará tu espíritu, y beberás insensiblemente sabiduría que de otra manera nunca habrías recibido. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cada parte de la Palabra de Dios es alimento para el alma; entonces, queridos amigos, pudiera ser que haya un mensaje de ''amenaza'' que les hable muy ásperamente, pero que es también muy provechoso para ustedes. Tal vez, algún domingo, salgan del Tabernáculo y digan: “Nuestro pastor no nos ha consolado esta mañana; pareciera que nos ha desmenuzado y aplanado con la grada y nos ha arado”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sí, yo sé que así sucede algunas veces; pero es para su provecho, pues, como dijo Ezequías: “Por todas estas cosas los hombres vivirán”. Sucede frecuentemente que necesitamos ser humillados, y probados, y acrisolados y abatidos; y todo hijo de Dios con una mente recta dirá: “Mi entrenamiento no debe ser de acuerdo a mi mente, sino que debe ser conforme a la mente de Dios”. El sermón que más nos agrada pudiera no aprovecharnos de nada, mientras que el sermón que nos aflige y nos veja pudiera, tal vez, hacernos un servicio sumamente esencial. Cuando la Palabra de Dios te escudriña al revés y al derecho, ábrele tu corazón. Deja que el viento sople a lo largo de todo tu ser, para que se lleve todo harapo y reliquia que deban ser erradicadas de ti. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay algunas palabras de Dios que son muy breves, pero contienen un abundante alimento para el alma. Algunas veces me he quedado muy quieto, al estar mirando algún texto, y me he sentido como Jonatán cuando encontró la miel. No podía comer del todo; sólo podía hundir mi vara en ella, y probarla; y yo quería convocarlos a todos ustedes para ver si pudieran limpiar este bosque tan cargado de dulzura. En otros momentos, de camino a casa, cuando yo mismo no he obtenido mucho durante el sermón, el Maestro me ha dado un festín en el camino; y me he reído una y otra vez del puro gozo del corazón sobre algún precioso pasaje del que una luz fresca ha brotado para animar mi espíritu y alegrarme en el Señor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, guarden la Palabra, hermanos míos! Guárdenla como Palabra de Dios, y como salida de Su boca. Chúpenla e introdúzcanla en su alma; no pueden comer demasiado de ella. Aliméntense de ella de día y de noche, pues así Dios hará que vivan la vida que es verdadera vida. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si hay alguna pobre alma aquí que quiera encontrar la vida eterna, querido amigo mío, te pido que la busques en la Palabra de Dios, y sólo allí. “Pensé en ir a casa y orar”, dice alguien. Hazlo; pero, al mismo tiempo, recuerda que tus oraciones son de poco valor sin la Palabra de Dios. Oye primero la Palabra de Dios y luego vé y dile a Dios tu propia palabra; pues es en Su Palabra, más que en tu palabra, que la salvación ha de ser encontrada. Recuerda esa grandiosa frase del Libro de Éxodo, donde Dios dice: “Veré la sangre y pasaré de vosotros”. No dice: “Cuando ''ustedes'' vean la sangre”, sino cuando Él vea la sangre. Entonces, cuando Dios mira la sangre derramada y rociada de Cristo, es cuando los mira a ustedes con piedad y compasión. Mira donde Dios mira, y entonces tus ojos se encontrarán con los Suyos. Si miras a Cristo, y Dios mira a Cristo, entonces se encontrarán las miradas de ambos, y encontrarás gozo y paz en la fe. Dios el Padre admira a Cristo; pobre alma, tú también admírale; entonces habrá un punto en el que ambos estarán de acuerdo. Dios el Padre confía Su honra y gloria a Cristo; confía tu alma a Cristo, pues así estarán de acuerdo. ¡Que Dios te conceda que puedas hacer eso en este instante! Recuerda sólo este texto cuando prosigas tu camino: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna”. ¡Que Dios nos conceda que cada uno de ustedes tenga esa vida eterna, por Cristo nuestro Señor! Amén.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

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		<title>Escarnecido por los Soldados</title>
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				<updated>2011-01-22T23:18:44Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|Mocked of the Soldiers}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Y pusieron sobre su cabeza una corona tejida de espinas, y una caña en su mano derecha; e hincando la rodilla delante de él, le escarnecían, diciendo: ¡Salve, Rey de los judíos!” ''Mateo 27: 29. &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Se trata de un vergonzoso espectáculo en el que la crueldad usa su más afilado instrumento para cortar, no la carne, sino el propio espíritu, pues el escarnio, el menosprecio, el insulto y el ridículo son tan dolorosos para la mente y el corazón, como el azote lo es para el cuerpo, y cortan como el bisturí más agudo. Estos soldados romanos constituían un brutal agrupamiento de hombres fieros, valientes, terribles en la lucha, toscos, ignorantes, incivilizados y apenas mejor que los bárbaros; y cuando tuvieron a este Rey único en su poder, aprovecharon al máximo su oportunidad para atormentarle. ¡Oh, cómo se reían al considerar que se llamaba a Sí mismo Rey, esa pobre criatura enjuta que parecía que se desmayaría y fallecería en sus manos, cuyo bendito semblante estaba desfigurado más que el de los hijos de los hombres! Les debe de haber parecido una triste burla que Él fuera un rival para el César imperial, así que dijeron: “Si es un rey, vistámoslo de púrpura real”, y entonces arrojaron sobre Sus hombros la túnica de un soldado. “Como es un rey, tejámosle una corona”; y la hicieron de espinas. Luego hincaban la rodilla en un homenaje de escarnio para el hombre al que Su propio pueblo despreciaba, al que incluso la turba rechazaba, y al que los hombres principales de la nación aborrecían. Les parecía que era una criatura tan pobre, miserable y abatida, que todo lo que podían hacer era mofarse de Él, y convertirlo en el blanco de su más cruel ridículo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Estos soldados romanos albergaban, como hombres, un espíritu que con aflicción percibo algunas veces en los muchachos de nuestros días. Ese mismo espíritu cruel que es capaz de torturar a un pájaro o a un escarabajo, o cazar a un perro o a un gato simplemente porque se ven indefensos, y porque está en su poder hacerlo: ese era el tipo de espíritu que estaba presente en estos soldados. No habían sido enseñados nunca a evitar la crueldad; es más, la crueldad era el elemento en el que vivían. Estaba impregnada en su propio ser; era su entretenimiento. En su más esperado día festivo iban y se sentaban en las filas de asientos del Coliseo, o de algún anfiteatro de provincia, para ver a los leones contendiendo con los hombres o a las bestias salvajes despedazándose entre sí. Eran entrenados para la crueldad y se habituaban a ella; daban la impresión de haber sido amamantados con sangre y nutridos con alimentos que los volvían capaces de la mayor crueldad; y, por tanto, cuando Cristo estuvo en sus manos, se encontró en una situación en verdad aflictiva. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Reunieron a toda la compañía y le echaron encima un manto escarlata, y pusieron sobre Su cabeza una corona de espinas, y una caña en Su mano derecha; e hincaban la rodilla delante de Él, y le escarnecían, diciendo: “¡Salve, Rey de los judíos!” Luego le escupían, y tomaban la caña de Su mano, y le golpeaban con ella en la cabeza. Ahora dejamos a esos soldados romanos, y a los judíos que participaron en perseguirle, pues quien se los entregó cometió un mayor pecado. Ni Pilato ni sus legionarios eran los principales criminales en aquel momento, como bien lo sabemos. De este incidente en la vida de nuestro Señor, creo que podemos aprender, primero, ''lecciones para el corazón''; y, en segundo lugar, ''lecciones para la conciencia.'' &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''Primero, tenemos aquí UN CONJUNTO DE LECCIONES PARA NUESTRO CORAZÓN. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amados, comenzamos con esta lección: cuando veo al grandioso Sustituto de los pecadores sometido a tal vergüenza, escarnio y ridículo, mi corazón se dice: ''“Mira lo que merece el pecado''”. No hay nada en el mundo que merezca más justamente ser despreciado, aborrecido y condenado, que el pecado. Si lo consideramos correctamente, veremos que es la cosa más abominable y más vergonzosa en todo el universo. De todas las cosas que hayan existido jamás, el pecado es lo que más merece ser abominado y menospreciado. Recuerden que no fue algo creado por Dios. Es una monstruosidad, un espectro de la noche que arrancó a un ejército de ángeles de sus tronos en el cielo, echó fuera del paraíso a nuestros primeros padres, y trajo sobre nosotros innumerables amarguras. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Consideren, por un minuto, lo que es el pecado, y verán que merece ser ridiculizado por su necedad. ¿Qué es el pecado? Es una rebelión en contra del Omnipotente, una revuelta contra el Todopoderoso. ¡Es una completa necedad! ¿Quién podría arrojarse contra las púas del escudo de Jehová sin que fuera despedazado? ¿Quién se abalanzaría contra la punta de Su lanza esperando vencerle? Se debe escarnecer una necedad tan grande como esa. Bajo ese aspecto, el pecado es el ápice de la necedad, el clímax del absurdo, pues, ¿qué poder podría enfrentarse jamás contra Dios y salir airoso? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, además, el pecado merece ser escarnecido porque es un perverso ataque contra un Ser lleno de bondad, justicia y verdad. Adviertan ese mal que arremete contra el Altísimo, y hiérrenlo con un hierro candente para que su marca permanezca allí para siempre. Expónganlo en el cepo público, y que todas las manos y los corazones veraces arrojen escarnio sobre él, por haber desobedecido la perfecta ley de Dios, por haber airado al generoso Creador y Preservador de los hombres, por haber despreciado al amor eterno y haber causado un daño infinito a los mejores intereses de la raza humana. Es algo ridículo, porque es infructífero, y ha de terminar siendo derrotado. Es vergonzoso, por su perverso, malicioso e infundado ataque contra Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si miras un poco hacia el pasado, y consideras lo que el pecado intentó hacer, verás la razón por la que tiene que ser afrentado por su audacia. “Seréis como Dios”, dijo aquel que era el vocero del pecado; pero, ¿somos nosotros, por naturaleza, como dioses? ¿Acaso no somos más como demonios? Y aquel que expresó esa mentira, Satanás, ¿acaso tuvo el éxito que esperaba cuando se atrevió a rebelarse contra su Creador? ¡Mira cómo se disipó su gloria anterior! ¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana, y cómo se apagó tu esplendor para convertirse en noche sempiterna! Sin embargo, el pecado, comunicándose a través de los labios de Satanás, habló de ser un rey y de hacernos reyes a todos nosotros; pero nos ha degradado hasta el muladar y hasta la más completa mendicidad; ay, peor que eso, nos ha degradado hasta la muerte y el infierno. ¡El pecado merece ser escupido! Si ha de ser coronado, que sea coronado de espinas. No hinques la rodilla delante de él, sino cúbrelo con todo el escarnio que puedas. Todo corazón veraz y honesto del cielo, que esté entre los ángeles y los espíritus glorificados, y de la tierra, que esté entre los hombres y las mujeres santificados, debe mirar al pecado como algo digno de un indecible desprecio. ¡Que Dios haga tan despreciable al pecado delante de nuestros ojos, como Cristo parecía despreciable a los soldados romanos! ¡Hemos de burlarnos de sus tentaciones; hemos de escarnecer sus prometidas recompensas; y nunca hemos de inclinar nuestros corazones ante él en ningún grado, puesto que Dios nos ha liberado de su maldita esclavitud! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esa es la primera lección que nuestros corazones deben aprender de la burla de la que fue objeto nuestro Señor de parte de los soldados: debemos ver qué cosa tan despreciable es el pecado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aprendan, a continuación, mis amados hermanos y hermanas, ''cuán profundamente se humilló nuestro glorioso Sustituto por causa nuestra''. En Él no hubo pecado ni por naturaleza ni por acto. Él era puro, enteramente sin mancha delante del propio Dios; sin embargo, como nuestro Representante, cargó con nuestros pecados. “Por nosotros lo hizo pecado”, declara la Escritura de manera sumamente enfática; y en vista de que Él fue considerado como el pecador, aunque no hubo pecado en Él, naturalmente resultó que se convirtiera en objeto de desprecio. ¡Pero qué portento que tuviera que ser así! ¡Él, que creó todas las cosas por la palabra de Su poder, y todas las cosas en Él subsisten, Él, que no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse (algo que no puede ser comprendido), se sienta en una vieja silla para ser convertido en un rey de remedo, y para ser objeto de burla y de esputos! Todos los otros milagros puestos juntos no equivalen a este milagro; este se alza por encima de todos los demás, y sobrepasa a todos los milagros: que el propio Dios, habiendo esposado nuestra causa, y asumido nuestra naturaleza, se dignara humillarse a tal profundidad de escarnio como este. Aunque miríadas de santos ángeles le adoraban, aunque de buen grado habrían abandonado su excelso estado en el cielo, para herir a Sus enemigos y liberarlo, Él se sometió voluntariamente a toda la ignominia que he descrito, y a muchas cosas más que son completamente indescriptibles; pues ¡quién sabe qué cosas fueron dichas y hechas en esa insolente sala de guardias, cosas que las plumas santas no pudieron registrar, o qué burlas sucias y qué comentarios obscenos fueron expresados, que eran más terribles para Cristo que la inmunda saliva que se resbalaba por Sus benditas mejillas en aquel momento de vergonzosa burla! ¡Ah, hermanos y hermanas míos, no pueden imaginar cuán profundamente se humilló su Señor por ustedes! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando oigo que alguien dice que ha sido tan calumniado por Su causa que no puede soportarlo, desearía que supiera lo que Él aguantó por causa suya. Si estuviéramos en el cepo y la humanidad entera nos abucheara por millones y millones de años, sería como nada comparado con la asombrosa condescendencia de quien es Dios sobre todo, bendito por siempre, humillándose como lo hizo por causa nuestra. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esa es la segunda lección que deben aprender nuestros corazones. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Luego permítanme decirles muy tiernamente, deseando que alguna otra voz pudiera hablar al respecto más efectivamente, que ''vean cómo les amó su Redentor''. Ustedes saben que, cuando Cristo estuvo junto al sepulcro de Lázaro y lloró, los judíos comentaron: “Mirad cómo le amaba.” ¡Ah, pero mírenle allá en medio de esos soldados romanos: despreciado, rechazado, insultado, ridiculizado!; y, luego, permítanme decirles: “¡Mirad cómo nos amó, a ustedes y a mí y a todo Su pueblo!” En tal caso, podría citar las palabras de Juan, “Mirad cuál amor”. Pero este amor de Jesús está más allá de toda manera y medida de las que tengamos alguna noción. Si yo tomara todo el amor de ustedes por Él, y lo acumulara como un vasto monte; si yo reuniera a todos los miembros de la única Iglesia de Cristo en la tierra, y les pidiera que vaciaran sus corazones, y luego sacara del cielo a las miríadas de redimidos y de espíritus perfeccionados delante del trono, y sumara todo el amor de sus corazones; y si pudiera recolectar todo el amor que han sentido y que sentirán jamás a lo largo de toda la eternidad todos los santos; todo eso sería sólo como una gota en una cubeta comparado con el ilimitado e insondable amor de Cristo hacia nosotros, que lo condujo a humillarse tan bajo como para ser objeto de escarnio y de mofa de esos hombres malvados, por causa nuestra. Entonces, amados hermanos, de esta triste escena hemos de aprender cuán grandemente nos amó Jesús, y cada uno de nosotros, a su vez, ha de amarle con todo el corazón. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No puedo dejar este conjunto de lecciones para su corazón, sin darles una lección más; esta es, ''vean los grandiosos hechos detrás del escarnio''. Yo creo, en verdad, -no puedo evitar creerlo- que nuestro bendito Maestro, cuando estaba en las manos de esos crueles soldados que le coronaron con espinas, y se inclinaban ante Él en una reverencia burlona, y le insultaban de todas las maneras posibles, todo el tiempo miraba detrás de la cortina de las circunstancias visibles, y veía que la cruel pantomima, -es más, la cruel tragedia- sólo ocultaba parcialmente la realidad divina, pues Él era un Rey incluso entonces, y tenía un trono, y esa corona de espinas era el emblema de la diadema de la soberanía universal que, a su debido tiempo, adornará Su bendita frente; esa caña era para Él un tipo del cetro que sostendrá como Rey de reyes y Señor de señores; y cuando dijeron: “Salve, Rey de los judíos”, Él oyó, detrás de ese grito de burla, la nota triunfante de Su gloria futura, “¡Aleluya, aleluya, aleluya, porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina, y reinará el Señor para siempre!”, pues cuando hincaban burlonamente la rodilla delante de Él, vio a todas las naciones doblando realmente la rodilla delante de Él, y a Sus enemigos lamiendo el polvo a Sus pies. Nuestro Salvador sabía que esos cínicos soldados, inconscientemente para ellos, ponían delante de Él cuadros de la gran recompensa de la aflicción de Su alma. No debemos descorazonarnos si tenemos que soportar cualquier cosa del mismo tipo como la que sufrió nuestro Señor. Él no se desanimó, sino que permaneció firme a través de todo ello. La mofa es el homenaje involuntario que la falsedad rinde a la verdad. El escarnio es la alabanza inconsciente que el pecado brinda a la santidad. ¿Qué tributo más honroso podrían rendir a Cristo esos soldados que escupirle? Si Cristo hubiese recibido honra de parte de tales hombres, no habría habido honor en ello para Él. Ustedes saben cómo inclusive un moralista pagano, cuando le dijeron: “Fulano de Tal habló ayer bien de ti en la plaza”, preguntó: “¿qué he hecho mal para que ese infeliz hablara bien de mí?” Él consideraba, correctamente, que era una desgracia ser alabado por un malvado; y debido a que nuestro Señor no había hecho nada indebido, todo lo que esos hombres podían hacer era hablar mal de Él, y ultrajarle, pues su naturaleza y carácter eran precisamente lo opuesto de los Suyos. Representando, como estos soldados lo hacían, a los no regenerados, al mundo que odia a Dios, yo digo que su escarnio era la más veraz reverencia que pudieran ofrecer a Cristo, mientras continuaran siendo lo que eran; y así, detrás de la persecución, detrás de la herejía, detrás del odio de los impíos hacia la cruz de Cristo, veo avanzar a Su reino sempiterno, y yo creo que “el monte de la casa de Jehová será establecido por cabecera de montes, y más alto que los collados”, y que “correrán a él todas las naciones”, tal como lo profetizó Isaías; que Jesús se sentará sobre el trono de David, y que del engrandecimiento de Su reino no habrá un término, pues los reyes de la tierra le traerán su gloria y honra y “él reinará por los siglos de los siglos. ¡Aleluya!” ¡Gloria sea dada a Su santo nombre! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Han aprendido nuestros corazones verdaderamente estas cuatro grandes lecciones: lo vergonzoso del pecado; la condescendencia de nuestro Señor; el inmensurable amor que lo hizo tan condescendiente, y la gloria inefable que se esconde detrás de las cortinas de toda esta vergüenza y esta aflicción? Si no, supliquemos al Espíritu Santo que nos las enseñe. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''Ahora quiero darles, partiendo de este mismo incidente, UN CONJUNTO DE LECCIONES PARA SU CONCIENCIA. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y, primero, es una reflexión muy dolorosa (dejen que su conciencia sienta su dolor) que ''Jesucristo sea escarnecido todavía''. Él se ha ido a los cielos, y se sienta allí en gloria; sin embargo, espiritualmente, como para acarrear una gran culpa sobre aquél que lo haga, el glorioso Cristo de Dios puede todavía ser escarnecido, y es escarnecido por quienes se mofan de Su pueblo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, hombres del mundo, si ven faltas y fracasos en nosotros, no deseamos que nos encubran. Puesto que somos siervos de Dios, no pedimos exención de unas honestas críticas, ni deseamos que nuestros pecados sean tratados con mayor suavidad que los de otros hombres; pero, al mismo tiempo, les pedimos que se cuiden de no calumniar, y escandalizar y perseguir a quienes son verdaderos seguidores de Cristo; pues, si lo hicieran, se estarían mofando de Él, y le estarían persiguiendo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo creo que, aunque fueran los más pobres de Su pueblo, los menos dotados y los más defectuosos, sin embargo, si se hablara mal de ellos por causa de Cristo, nuestro Señor lo toma todo como si fuera hecho contra Él mismo. Ustedes recuerdan que Saulo de Tarso, cuando estaba caído en tierra, oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” “Bien, pero”, pudo haber dicho, “yo nunca te he perseguido a Ti, Señor.” No, pero arrastraba a hombres y mujeres cristianos y los entregaba en la cárcel, y les azotaba, y los forzaba a blasfemar; y debido a que le había hecho esto al pueblo de Cristo, Cristo le pudo decir efectivamente: “En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.” Perseguidores, si ustedes quieren divertirse, pueden encontrar una diversión más barata que la de difamar a los siervos de Cristo. Recuerden que el Señor ha dicho en relación a ellos: “El que os toca, toca a la niña de su ojo.” Si ustedes tocaran la niña del ojo de un hombre, estarían provocándole a que se defendiera; entonces, no provoquen la justa ira de Cristo, burlándose de alguien de Su pueblo. No diré más sobre este punto; si este mensaje se refiere a cualquier persona presente, ha de oír la advertencia. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, Cristo puede ser escarnecido cuando se menosprecia Su doctrina. Me parece algo espantoso que los hombres hagan del cristianismo el blanco de su escarnio; sin embargo, en este tiempo, casi no hay ninguna porción de la verdad de Dios que no sea ridiculizada y caricaturizada. Es despojada de sus propias ropas y vestida con un viejo manto escarlata de alguien más, y luego es colocada en un silla, mientras los hombres pretenden rendirle un gran homenaje, y le ofrecen una salutación, diciendo que sienten una gran reverencia por la enseñanza de Cristo; pero, en breve, escupen su rostro, y la tratan con un desdeño supremo. Hay algunos que niegan la Deidad de Cristo, otros que odian la doctrina central de Su sacrifico expiatorio, en tanto que muchos hablan mal de la justificación por fe, que es el propio corazón del Evangelio. ¿Hay alguna doctrina (yo no conozco ninguna), que haya escapado de la mofa y del escarnio de los impíos? En el día presente, si un hombre quiere hacerse de un nombre, no escribe sobre algo que entiende, y que es para el bienestar público, sino que, de inmediato, comienza a arremeter contra alguna doctrina de la Escritura, de la que desconoce el significado; la tergiversa, y expresa una noción de su propia creación en oposición a esa doctrina, pues es un hombre del “pensamiento moderno”, es una persona de mucha importancia. Es un trabajo fácil burlarse de la Biblia, y negar la verdad. Creo que yo mismo podría pasar como un hombre ilustrado, de esa manera, si alguna vez el diablo me controlara lo suficiente para hacerme sentir alguna ambición de ese tipo. De hecho, escasamente hay algún necio en el cristianismo que no se pudiera hacer un nombre entre los pensadores modernos, con sólo que blasfeme con la suficiente sonoridad, pues ese parece ser el camino a la fama en nuestros días, en medio de la gran masa de la humanidad. Quienes insultan así a la verdad de Dios, como aquellos soldados, con sus esputos, insultaron al Cristo de Dios, reciben el título de “pensadores”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Voy a decirles la verdad a algunos de ustedes, que asisten aquí regularmente, cuando digo que Cristo puede ser todavía escarnecido por resoluciones que nunca conducen a la obediencia. Permítanme hablar delicadamente acerca de esta verdad solemne. Dame tu mano, amigo mío; permíteme mirarte a los ojos; desearía vehementemente mirar en tu alma si pudiera, mientras comparto este asunto muy personalmente contigo. Varias veces, antes de abandonar esta casa, tú has dicho: “me arrepentiré de mi pecado; buscaré al Señor; voy a creer en Jesús.” Dijiste esas palabras con toda sinceridad cuando las expresaste; entonces, ¿por qué no has cumplido tus promesas? No me importa qué excusa ofrezcas, porque cualquier razón que des será sumamente irrazonable, pues equivaldría a esto: que había algo mejor que hacer que lo que Cristo te pide, algo mejor para ti que ser salvado por Él, algo mejor que el perdón de tus pecados, algo mejor que la regeneración, algo mejor que el amor eterno de Cristo. Habrías escogido a Cristo, pero Barrabás se interpuso en tu camino, así que dijiste: “No a éste, sino Barrabás”. Habrías pensado seriamente acerca de la salvación de tu alma, pero habías prometido asistir a cierto lugar de diversión, así que pospusiste buscar al Salvador cuando tuvieras oportunidad. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Posiblemente te dijeras: “mi negocio es de tal naturaleza que tendré que renunciar a él si me hago cristiano, y no puedo permitirme eso.” Oí acerca de alguien que escuchó un sermón que le impresionó (y no oía sermones con frecuencia), y deseaba ser cristiano, pero había hecho diversas apuestas por grandes sumas, y sentía que no podía pensar en otras cosas hasta no terminar con ese asunto. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay muchas cosas de ese tipo que alejan a los hombres de Cristo. No me importa qué sea lo que prefieras al Salvador; tú le has insultado si prefieres cualquier otra cosa a Él. Si fuera el mundo entero y todo lo que contiene que hubieras elegido, estas cosas son sólo nimiedades cuando se comparan con la soberanía de Cristo, con Sus derechos a la corona en cada corazón, y con las inmensurables riquezas que está preparado a otorgar a toda alma que venga y confíe en Él. ¿Prefieres a una ramera que a Cristo? Entonces, no me digas que no le escupes en Su rostro; haces algo que es inclusive peor que eso. ¿Prefieres ganancias obtenidas indebidamente que aceptar a Jesús como tu Salvador? No me digas, caballero, que nunca has hincado la rodilla en escarnio delante de Él; pues has hecho algo peor que eso. ¿O fue un pequeño placer mezquino, -una carcajada frívola y la insensatez de una hora- lo que preferiste a tu Señor? ¡Oh, qué ha de sentir cuando ve que estas cosas despreciables son preferidas a Él, sabiendo que la condenación eterna está detrás de tu insensata elección! ¡Sin embargo, los hombres eligen la necedad de un momento y el infierno, en lugar de preferir a Cristo y el cielo! ¿Fue arrojado jamás un insulto así a Cristo por los soldados romanos? ¡Vaya, legionarios, ustedes no son los peores hombres! Hay algunos que, compungidos de corazón, hacen una promesa de arrepentimiento, y luego, por causa del mundo, y por causa de su carne y por causa del demonio, rompen esa promesa; ¡los soldados no pecaron contra Cristo tan vilmente como eso! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Escuchen además esto. Tengo que tocarles nuevamente el corazón a algunos. ¿No fue algo vergonzoso que llamaran a Cristo: Rey, sin querer decirlo; y, visiblemente, darle una corona, un cetro, un manto real, y hundir la rodilla y darle la salutación de los labios, pero sin querer significarlo realmente? Me destroza el corazón al pensar en lo que voy a decir, pero he de decirlo. Hay algunos profesantes, - miembros de iglesias cristianas, y miembros de esta iglesia- que llaman a Cristo: Maestro y Señor, pero no hacen las cosas que Él dice. Profesan creer la verdad, pero es como si no fuera la verdad para ellos, pues nunca ceden a su poder, y actúan como si lo que llaman verdad fuera ficción e invención humana. Hay todavía algunos, como aquellos de quienes escribió el apóstol, de los que puedo decir lo mismo que él dijo: “de los cuales os dije muchas veces, y aun ahora lo digo llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo”, aunque estén en la iglesia nominal. Su Dios es su vientre, se glorían en su vergüenza, y les preocupan las cosas terrenales; sin embargo, hincan la rodilla delante de Cristo, y cantan: “corónenle, corónenle”; y comen el pan y beben el vino que manifiestan el cuerpo quebrantado y la sangre derramada, pero no tienen parte ni porción en Él. Siempre ha sido así en la iglesia nominal, y así será, supongo, hasta que Cristo venga para separar la paja del trigo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, ¡oh, cuán terrible es eso! Insultar a Cristo en el cuarto de guardias, fue lo suficientemente malo; pero insultarle en la mesa de la comunión, es bastante peor. Que un soldado romano le escupiera el rostro, fue lo suficientemente malo; pero venir y mezclarse con Su pueblo, y llamarte Su siervo, y luego ir deliberadamente a beber con el borracho, o ser incasto en tu vida, o deshonesto en tu negocio, o falso en tu conversación, o inmundo en tu corazón, es mucho más abominable. No conozco una palabra más suave que pueda expresar la verdad. Llamar a Cristo: Señor, y sin embargo, nunca cumplir lo que ordena, esto es mofa y escarnio del peor tipo posible, pues le hiere en el propio corazón. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Leía hoy, una parte de un sermón galés, que me impactó mucho. El predicador decía: “todos los que están en esta congregación deben confesar a su ‘señor’ real. Primero voy a solicitarles a los siervos del demonio que le brinden un reconocimiento. El diablo es un admirable señor y alguien glorioso a quien servir, y su servicio es puro gozo y deleite; todos los que le sirven, digan ahora: ‘¡Amén, gloria al demonio!’ Díganlo.” Pero nadie habló. “Vamos”, -dijo el predicador- “no se avergüencen de reconocer a aquél a quien han servido cada uno de los días de su vida; declaren su adhesión, y digan: ‘¡gloria a mi señor, el diablo!’, o, de lo contrario, callen para siempre.” Pero nadie habló tampoco esta vez, así que el ministro dijo: “entonces, yo espero que hablen cuando les pida que glorifiquen a Cristo.” Y, en efecto, hablaron, hasta que la capilla retumbó cuando clamaron: “¡gloria a Cristo!”Eso fue bueno; pero si yo los probara de la misma manera, tengo la tolerable certeza que nadie reconocería a su señor si su ‘señor’ fuera el diablo, y me temo que algunos de los siervos del demonio se unirían a nosotros en sus aleluyas a Cristo. Eso es lo malo; el propio demonio puede usar la autonegación, y puede enseñar a sus siervos a negar a su señor, y de esa precisa manera darle el mayor honor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh queridos amigos, sean fieles a Cristo; y, en cualquier cosa que hagan, nunca se mofen de Él! Hay muchas otras cosas que pueden hacer que podrían ser mucho más provechosas para ustedes que mofarse de Cristo. Si Dios es Dios, sírvanle; si Cristo es su Señor y Dios, hónrenle; pero si no tienen la intención de honrarle, no le llamen Señor, pues, si lo hicieran, todas sus faltas y pecados serán puestos a su puerta, y Él será deshonrado por medio de ustedes. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora me parece que oigo que alguien dice: “me temo, señor, que me he burlado de Cristo; ¿qué debo hacer?” Bien, mi respuesta es: no te desesperes, porque eso sería burlarse de Él de otra manera, al dudar de Su poder para salvarte. “Estoy inclinado a abandonarlo todo.” No actúes así, pues eso sería insultar a tu Hacedor por causa de otro pecado; es decir, una abierta rebelión en contra de Él. “¿Qué haré, entonces?” Bien, acude a Él y cuéntale tu dolor y tu aflicción. Él les dijo a Sus discípulos que predicaran el Evangelio en Jerusalén primero, porque allí era donde esos soldados vivían, los propios hombres que se habían burlado de Él; y Él oró por Sus asesinos: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” De manera semejante, Él te presenta primero Su misericordia a ti. Ven a Él, entonces; y, si estás consciente de que te has burlado de Él en cualquiera de estas maneras que he mencionado, debes decirte: “entonces, si Él me perdona, a partir de ahora viviré alabándole con mucha mayor razón. Yo no puedo limpiar mi pecado, pero Él puede hacerlo; y, si Él lo hace, le amaré mucho porque se me habrá dado mucho; y gastaré lo mío, y aun yo mismo me gastaré del todo para glorificar Su santo nombre.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mi tiempo casi se ha agotado, así que éste será mi último comentario. Independientemente de que nos hayamos burlado de Cristo o no, vengan, amados hermanos y hermanas, y ''glorifiquémosle ahora''. En esta precisa hora, coronémosle con el amor y la confianza de nuestros corazones. Saquen esa corona real: la corona de su amor, de su confianza, de su completa consagración a Él, y pónganla sobre Su cabeza ahora, diciéndole: “Mi Señor, mi Dios, mi Rey.” Ahora pongan el cetro en Sus manos rindiendo absoluta obediencia a Su voluntad. ¿Hay algo que Él les pide que hagan? Háganlo. ¿Hay algo que Él les pide que den? Denlo. ¿Hay algo de lo que Él les pide que se abstengan? Absténganse de ello. No pongan un cetro de caña en Sus manos, sino denle el entero control sobre todo su ser. Él ha de ser su verdadero Señor, y ha de reinar en su espíritu, alma y cuerpo. ¿Qué sigue? Inclínense delante de Él, y adórenle en la quietud de lo más íntimo de su corazón. No necesitan inclinar sus cuerpos, sino son sus espíritus lo que han de caer postrados delante de Aquel que está sentado en el trono, y clamen: “Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y una vez que le hayan adorado, entonces proclámenle Rey. Como dijeron aquellos soldados en son de burla: “¡Salve, Rey de los judíos!”, así ahora ustedes han de proclamarle Rey de los judíos y de los gentiles, también. Regresen a casa, y cuéntenles a sus amigos que Jesús es Rey. Proclamen entre las naciones que “el Señor reina”, tal como lo expresa la Versión antigua: “reina desde el madero”. Él ha hecho que la cruz sea Su trono, y allí reina en majestad y en misericordia. Cuéntenselo a sus hijos, cuéntenselo a sus sirvientes, cuéntenselo a sus vecinos, cuéntenlo en cualquier lugar en el que puedan ser escuchados: que el Señor Jesús reina como Rey de reyes y Señor de señores. Díganles: “Honrad al Hijo, para que no se enoje, y perezcáis en el camino; pues se inflama de pronto su ira.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y luego, cuando le hayas proclamado, hónrale tú mismo. Así como los rudos soldados le escupieron, tú has de rendirle tu homenaje y afecto, diciéndole: “Señor Jesús, Tú eres mío por los siglos de los siglos.” Di, acompañando a la esposa: “Yo soy de mi amado, y mi amado es mío”. Les sugiero que cada individuo aquí presente, que ama mucho a mi Señor, piense en algo nuevo que pueda hacer por Cristo durante esta semana: alguna dádiva especial que pudieran otorgarle, alguna acción especial que pudieran hacer, que sea completamente nueva, y que sea sólo para Jesús, y enteramente para Jesús, como un acto de homenaje para Su nombre. Con frecuencia siento el deseo de que el pueblo de Dios sea más creativo, como aquella mujer que quería honrarle grandemente, así que trajo su frasco de alabastro, y lo quebró, y derramó el precioso ungüento en Su cabeza. Piensen en algo especial que puedan hacer por Cristo, o darle a Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Un querido amigo, que ahora está en el cielo y que solía adorar en este lugar, tenía un hijo que había sido un gran libertino incorregible y que seguía llevando, de hecho, una vida viciosa. El hijo había estado alejado de su padre por mucho tiempo, y su padre no sabía qué hacer para hacerle regresar a casa, ya que el hijo le había tratado muy mal, había estropeado su consuelo y había arruinado su hogar. Pero, cuando yo estaba predicando una noche, le vino a la cabeza este pensamiento: “voy a investigar, mañana por la mañana, dónde está mi hijo, e iré donde se encuentra.” El padre sabía que el hijo estaba muy enojado con él, y que sentía mucha amargura en su contra, así que pensó en cierta fruta que le gustaba mucho a su hijo, y le envió a la mañana siguiente una canasta llena de esas frutas; cuando el hijo la recibió, se dijo: “quiere decir que mi padre siente todavía algún afecto por mí.” Al día siguiente del envío, el padre visitó a su hijo, y al otro día también llegó a verle, y ese fue el medio de llevarle al Salvador. El hijo se había consumido en los vicios, y murió pronto, pero su padre me contó que fue un gran gozo para su corazón pensar que podía tener una buena esperanza en relación a su hijo. Si el hijo hubiera muerto lejos del hogar si el padre no le hubiera buscado, no se lo habría perdonado nunca. Ahora, él hizo eso por Cristo. ¿No podrían algunos de ustedes hacer algo similar por la misma razón? ¿Hay algún esqueleto en su casa? ¿Hay algo torcido que pudieran enderezar; o tienen algo que pudieran darle a Su Señor y Maestro? Piensen, cada uno de ustedes por sí mismo, qué es lo que puede hacer; y, en la medida en que Cristo fue tan vergonzosamente despreciado y rechazado, busquen honrarle y glorificarle de la mejor manera que puedan, y Él aceptará su homenaje y su ofrenda por causa de Su amor. ¡Que el Señor les ayude a hacer eso! Amén.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

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		<title>Hombres Fascinados</title>
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				<updated>2011-01-22T23:07:42Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|Men Bewitched}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“¡Oh gálatas insensatos! ¿Quién os fascinó para no obedecer a la verdad, a vosotros ante cuyos ojos Jesucristo fue ya presentado claramente entre vosotros como crucificado?”'' Gálatas 3: 1. &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Los gálatas recibieron con un gran entusiasmo el Evangelio que Pablo les había predicado. Se tiene la impresión de que se trataba de un pueblo de cálido corazón pero inconstante, y Pablo descubrió para su profunda pena que mientras estuvo alejado de ellos, ciertos falsos maestros se infiltraron y lograron desviarlos del Evangelio que les había predicado. Entonces les habló muy claramente al respecto. En este versículo, el apóstol usa términos muy fuertes cuando les dice: “¡Oh gálatas insensatos! ¿Quién os fascinó para no obedecer a la verdad?” Yo no sé si algún maleficio de esa naturaleza haya recaído sobre alguno de ustedes, pero sí sé que siendo humanos, todos nosotros estamos sujetos a peligros similares, y también sé que en la propia atmósfera de nuestros tiempos hay una fascinación que hace que encontremos, en todas las iglesias de esta tierra, a muchas personas a quienes se les puede decir justamente esas palabras. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Únicamente podemos esperar escapar de este mal que Pablo condena tan severamente, gracias al uso de los medios cautelares apropiados. De hecho, sólo seremos preservados de las fascinaciones del error y permaneceremos fieles al grandioso Evangelio antiguo del Dios bendito, en la medida que el Espíritu Santo nos guarde. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En este momento voy a hablar brevemente, en primer lugar, del ''peligro sutil ''sugerido aquí: “¿Quién os fascinó?” En segundo lugar, voy a hablar con mayor detalle ''de la bendita salvaguarda'': no hay mejor manera de ser protegidos de esta fascinación que presentar claramente entre nosotros a Cristo Jesús como crucificado. Y, en tercer lugar, para concluir, diré unas cuantas palabras acerca de ''la suprema insensatez ''de cualquier persona que, habiendo probado esta divina salvaguarda, se deje fascinar por el error. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''Entonces, debemos pensar primero en EL PELIGRO SUTIL que siempre nos rodea. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Inicialmente era difícil predicar el Evangelio entre los paganos. Los hombres exponían sus vidas si lo hacían. Tenían que proponer nuevos temas que la mente pagana no estaba dispuesta a recibir. Pero por el poder del Espíritu de Dios se producían conversiones y se establecían iglesias. Y luego se presentó otra dificultad. Incluso quienes eran convertidos o parecían serlo, quedaban súbitamente hechizados, por decirlo así, por errores de un tipo o de otro, igual que en las familias los hijos se enferman súbitamente con ciertos malestares que parecen incidentales a la niñez. Si los padres no conocieran previamente tales cosas, se quedarían pasmados. Supondrían que iban a perder a sus hijos cuando tales enfermedades inexplicables se manifestaran en ellos, y, sin embargo, los niños sobreviven. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ciertas epidemias irrumpen en la familia de Cristo en algunas épocas. No podemos decir por qué se presentan justo entonces y, al principio, tal vez, nos quedemos desconcertados y perplejos al pensar que tales enfermedades se puedan siquiera presentar; pero en efecto se presentan; y es por eso que es bueno estar atentos contra ellas. Pablo llama a eso estar ‘hechizado’, porque aquellas personas cayeron en un extraño error, un error que no contaba con ningún argumento que le sirviera de apoyo, un error sorprendente y alarmante. Pareciera decir: “No puedo entenderlo, no puedo comprender cómo pueden ser engañados de esta manera”. Ellos querían regresar a la circuncisión y a los antiguos sacrificios de la ley. Pablo estaba sumamente indignado por eso. “Yo testifico” –dijo- “a todo hombre que se circuncida, que está obligado a guardar toda la ley; de la gracia ha caído. Si regresan a los pobres elementos del judaísmo, se están desligando de Cristo, y están rechazando a Cristo y poniendo en peligro sus almas”. El apóstol declara que no podía entender cómo era que deseaban hacer eso. Lo llama un ‘hechizo’ porque en su día se creía que los hombres podían echar un mal de ojo sobre el vecino y así obrar un mal a sus semejantes. Le parecía a Pablo que era algo semejante a ésto: era como si el diablo mismo estuviera involucrado en ello, y viniera y apartara a los hombres de Cristo Jesús, para que regresaran a confiar en la ley y en sus obsoletas ceremonias. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No pasó mucho tiempo antes de que Pablo descubriera otro tipo de error en la iglesia. Ciertos individuos educados se mezclaron entre los creyentes más humildes; se consideraban altamente inteligentes; eran personas que conocían algo de Sócrates y de Platón, y decían: “Estas doctrinas son demasiado sencillas. La gente pobre las entiende y asiste a la iglesia; pero, sin duda, han de tener un significado más profundo que está destinado únicamente a los iniciados”. Entonces comenzaron a espiritualizarlo todo, y, en el proceso, suprimían el propio Evangelio. Pablo no podía tolerarlo. Declaró que si él mismo o un ángel del cielo les anunciaban otro evangelio diferente del que él les había anunciado, sería un hecho maldito. Ya sea que se tratara del judaísmo, o del gnosticismo, los castigaba fuertemente y decía a quienes caían en eso: “¿Quién os fascinó?” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Quienes leen la historia de la iglesia saben que en épocas posteriores la iglesia cayó en el ‘arrianismo’. Había grandes disputas respecto a la deidad de Cristo, y el ambiente estuvo saturado por mucho tiempo de esa plaga mortal. Cuando esa batalla hubo terminado, y hombres como Atanasio habían resuelto la cuestión de la Divinidad de nuestro Redentor, entonces surgieron todas las supersticiones de Roma que conformaron esa espantosa medianoche llena de tenebrosos nubarrones que cubrieron a la iglesia durante siglos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En verdad, si volvemos nuestra mirada a la historia, pareciera como producto de una hechicería que esos hombres, entre quienes se había predicado el Evangelio en toda su gloriosa simplicidad, sometieran sus mentes después de todo a tales falsedades degradantes como las de la antigua Roma, y se postraran delante de imágenes de madera y piedra siguiendo prácticas paganas, igual que sus antepasados paganos lo habían hecho. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En este momento presente resulta ser una maravilla para algunos de nosotros de qué manera las iglesias han sido fascinadas otra vez. Cuando yo era muchacho recuerdo haber oído decir al señor Jay: “¡El ‘puseyismo’ es una mentira!” Recuerdo esas palabras que brotaban tal cual de sus reverendos labios, y todo el mundo, o casi todo el mundo, coincidía con él. Era un evento sorprendente que se estableciera una iglesia semejante a la católica o ritualista. Todo el mundo quedaba estupefacto por ello; y si decías: “Ésta es la iglesia de Inglaterra, y ésto es conforme a su ‘libro de oración’”, todo el mundo decía que exagerabas y que no era así. Se apiadaban de nuestros temores y decían que cuando mucho, una docena de personas se encaminaba hacia Roma, y que eso era todo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Miren ahora, señores: esas cosas se hacen abiertamente. Nuestras parroquias son comúnmente convertidas en casas para celebrar misas, la Iglesia de Inglaterra casi no se distingue de la iglesia de Roma y, sin embargo, nadie se queda estupefacto; y, si hiciéramos algún comentario al respecto, seríamos acusados de intolerantes. ¿Quién ha fascinado a esta tierra protestante? ¡Apenas se acaban de barrer en Smithfield las cenizas de sus mártires y ya han levantado de nuevo el crucifijo! ¿Qué diría Oliver Cromwell si él y sus “costillas de hierro” pudieran regresar de nuevo para ver en qué se ha convertido esta tierra? Yo sé que diría algunas cosas duras; y, como yo no puedo decir palabras severas como las que él diría, expreso este punto con palabras tomadas prestadas de Pablo, que se adaptan bien al caso: “¡Oh ingleses insensatos! ¿Quién os fascinó para descarriarse de esta manera?” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y eso no es todo. Pueden ver otro aspecto de este embrujo en nuestras iglesias disidentes. En una época que no hemos olvidado todavía, el ‘unitarianismo’ y el ‘socinianismo’ se introdujeron subrepticiamente en las congregaciones de los ‘disconformes’, y los púlpitos perdieron su testimonio por Cristo; las casas de adoración fueron abandonadas, y la verdadera religión parecía extinguirse en la tierra. Luego vinieron Whitefield y Wesley, y toda su tropa de ‘metodistas’ y la bendita llama que estaba casi apagada ardió de nuevo, y los que somos de esta generación nos hemos dicho unos a otros: “Ese experimento no se verá repetido nunca: las iglesias disconformes no irán nunca otra vez en esa dirección: no son tan ingenuas. Ven el efecto nocivo de esta enseñanza moderna, y ahora quieren adherirse al grandioso Evangelio antiguo”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Éso soñé, pero ya no sueño más en ese sentido, pues dondequiera que miro compruebo que el Evangelio de Cristo está diluido, que la leche de la palabra está adulterada y que el grandioso Evangelio que Lutero y Calvino habrían predicado estruendosamente, raramente es escuchado ahora. ¡Oh disconformes insensatos! ¿Quién os fascinó para no obedecer a la verdad, y para ir en pos de esta novedad y de aquella otra, de este refinamiento y de aquel otro, y para abandonar a su Dios y Salvador? En cuanto a nosotros, aunque fuéramos los únicos, lejos esté de nosotros gloriarnos sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ése es el peligro. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''Nuestro segundo encabezado es: que es LA ÚNICA SALVAGUARDA. El apóstol dice que Cristo había sido presentado claramente ante los ojos de los gálatas, como crucificado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Bien entonces, si quieren ser conservados firmes y sanos en la fe, lo primero es que el tema apropiado ha de ser fijado en el centro de sus corazones: Jesucristo crucificado. Pablo dice que él predicaba éso. Él presentaba a Cristo. Podía dejar sin aclarar cualquier otra cosa, pero el apóstol predicaba sobre la persona y la obra de Jesucristo. Hermanos, establezcan ésto en su alma: que su única esperanza y el tema principal de su meditación ha de ser siempre Jesucristo. No importa que no conozca otras cosas, pero, oh Señor mío, ayúdame a conocer ésto. No importa si no creo en otras cosas, pero capacítame a creerte a Ti, y a confiar en Ti, y a recibir cada una de Tus palabras como la propia verdad de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amados, desechen toda religión que contenga poco de Cristo. Cristo debe ser el Alfa y la Omega, lo primero y lo último. La religión que se compone de nuestras obras, de nuestros sentimientos y de nuestra voluntad, es una falsedad. Nuestra religión debe tener a Cristo como el cimiento, a Cristo como la piedra angular, a Cristo como el coronamiento, y si no estamos apoyados, afianzados, cimentados y establecidos sobre Él, nuestra religión es vana. Pablo se sorprende de que alguien para quien Cristo fue lo más importante, hubiere sido fascinado jamás; y yo creo que si Cristo fuera realmente algo así para sus almas, no serían desviados por el error; Cristo crucificado los sustentará con firmeza. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero Pablo no sólo dice que les había predicado a Cristo, sino que lo había ‘presentado’, de lo cual entiendo que se había esforzado para aclararles todo lo relativo a Cristo. Había predicado Su persona como hombre y Dios. Había predicado Su obra como el sacrificio expiatorio. Había predicado que Cristo resucitó y que intercede delante del trono de Dios. Había predicado a Cristo como nuestro sustituto. Había constituido ésto en su principal doctrina: que, si somos salvados por la justicia de Cristo, y nuestro pecado es borrado debido a que Cristo cargó con él en sustitución nuestra y sufrió el castigo que merecía, que así quedaría satisfecha la justicia de Dios y podríamos ser salvados. Quiere aludir a todo eso cuando dice: Cristo crucificado. Había entrado en detalles sobre ese punto y había explicado las gloriosas doctrinas que se aglutinan en torno a la cruz. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos, si quieren ser guardados de las fascinaciones modernas, tengan en alta estima a Cristo y entren en todos los detalles respecto a Él. Han de estar familiarizados con Su persona divina. Han de conocer bien Sus relaciones y Sus oficios: sepan lo que es en el pacto de gracia, lo que es para el Padre y lo que es para ustedes. ¡Oh, procuren conocerlo! Él sobrepasa todo conocimiento, pero sean estudiosos de Cristo. No tengan un mero conocimiento superficial de Él, sino procuren conocer a Cristo y ser encontrados en Él. Ésto los mantendrá libres del error. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando el apóstol dice que presentaba a Cristo, aclara, a continuación, que lo había hecho con gran sencillez. La palabra griega tiene que ver con un programa o una proclamación; es equivalente a decir: “Les he explicado a Cristo tan sencillamente como si hubiese impreso un cartel y lo hubiera colocado ante sus ojos. He escrito las letras en mayúsculas. Así como un rey, cuando hace una proclamación, la expone en las paredes y llama la atención hacia ella, “así –dice Pablo- “he presentado a Cristo delante de ustedes. No he hablado de Él de una manera mística, de tal forma que no hayan entendido lo que yo quería decir, sino que lo he presentado claramente. He dicho de Él que sufrió en el lugar nuestro, y que fue hecho maldición por nosotros, como está escrito: ‘Maldito todo el que es colgado en un madero’”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pablo presenta a Jesús claramente. Ahora, ustedes conocen la forma en que Jesucristo es predicado por algunas personas. El anciano doctor Duncan lo describió muy bien cuando dijo: “Ellos predican que la muerte de Cristo -de alguna manera o de otra- tenía algún tipo de conexión -de alguna manera o de otra- con la salvación de los hombres”. Sí, afirman que es un tema brumoso, nebuloso, confuso, que es una botella de humo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nosotros no predicamos a Cristo de esa manera, antes bien sólo decimos ésto: “Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros”, y debido a que fue oprimido y fue afligido en el lugar, en la posición y en la condición de los culpables, Dios remite de manera sumamente libre el pecado de los creyentes y los exhorta a que continúen su camino. La sustitución –nunca hemos de titubear al respecto- es que Cristo ocupa el lugar del pecador. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amados, si se aferran a esa verdad y dejan que penetre en sus almas, serán más que un contrincante para el ritualismo o el racionalismo de la época. ¿Renunciar a esa doctrina? El hombre que ha bebido de ella una vez y conoce su dulzura, no podría renunciar a ella, pues una vez que ha creído en ella, llega a sentir que actúa en él como un detector mediante el cual descubre cuál es la falsa doctrina, a la vez que le produce un sabor que hace que la falsa doctrina sea despreciable para él, de tal manera que clama: “¡Fuera con eso!” Si se le presenta cualquier cosa contraria a ella, no dice tímidamente: “Todo el mundo tiene derecho a opinar”, sino dice: “Sí, tienen derecho a opinar, pero yo también lo tengo, y mi opinión es: que cualquier opinión que minimice la gloria del sacrificio sustitutivo de Cristo es una opinión detestable”. Compenétrense enteramente de la expiación real de Cristo en sus almas, y no serán hechizados. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y eso no es todo. Pablo dice que Cristo fue presentado claramente en medio de ellos. ¿Vieron alguna vez a Cristo de esa manera? No les pregunto si vieron alguna vez una visión. ¿Quién pediría eso? No pregunto si su imaginación se vio tan afectada que pensaron haber visto al Salvador. Eso no serviría particularmente de nada pues miles de personas lo vieron de hecho en la cruz, y le sacaron la lengua y perecieron en sus pecados. Pero déjenme decirles que llegar a sentir por fe como si viéramos al Salvador, es una de las cosas que más fortalece a nuestra piedad. No esperamos ''verle'' hasta Su venida; sin embargo, cuando hemos estado solos en nuestro aposento hemos experimentado Su presencia sin el uso de nuestros ojos, como si le hubiésemos visto literalmente. Él en verdad fue crucificado perceptiblemente ante nosotros, pues ése es el punto. El apóstol dice que había presentado a Cristo con tal viveza, lo había descrito con palabras tan integralmente, había hablado tan claramente y tan simplemente, que ellos parecían decir: “Lo vemos, Cristo en lugar nuestro, Cristo desangrándose por nuestro pecado”. Daba la impresión de que lo veían como si estuviese en medio de ellos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mis queridos amigos, no digan: “Cristo murió en el Calvario. Eso está a miles de kilómetros de distancia. Yo sé que murió allá, pero ¿qué importa dónde murió en cuanto a ubicación? Él los amó a ustedes y se entregó por ustedes. Para ustedes ha de ser como si hubiera sido crucificado en Newington Butts, y como si Su cruz estuviera en el centro de este Tabernáculo Metropolitano. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Oh, pero Él murió hace mil novecientos años”. Yo sé que murió entonces, pero la eficacia de Su muerte es algo de hoy. “Al pecado murió una vez por todas”, y por esa única vez, se derrama el esplendor de su eficacia a lo largo de todas las edades, y lo que ustedes tienen que hacer es sentir como si le vieran muriendo ''ahora'', como si le vieran sobre el madero ''ahora''. Como si ustedes estuvieran colocados al pie de la cruz y estuvieran mirando a lo alto, y le vieran a Él mirarlos a ustedes desde la cruz y decir: “Hice todo esto por ti”. ¿No pueden pedirle al Señor que lo haga tan vívidamente como eso para ustedes? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mientras contemplo a esta gran multitud, quiero olvidarlos a todos ustedes y ver a Jesús aquí presente, con las cicatrices de los clavos. ¡Con cuánto amor lo abrazaría! ¡Con cuánta reverencia lo adoraría! Pero, Señor mío, estoy tan seguro del hecho de que Tú moriste por mí, y de que mis pecados fueron puestos sobre Ti, que incluso ahora te veo saldando todas mis deudas y llevando toda mi maldición. Aunque Tú te has ido a la gloria, me doy cuenta vívidamente de que Tú estuviste aquí. Esto se ha convertido en un hecho para mí. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Siempre que te veas en un grupo en el que están hablando acerca de las doctrinas de la gracia y se están burlando de ellas, y siempre que te veas involucrado en otra clase de grupo, donde digan: “¡Fuera con tu simple adoración a Dios!; hay que tener sacerdotes, e incienso, y altares y todo”, no discutas con ellos. Busca estar solo y pide ver a Jesucristo de nuevo. Trata de ver si se rodea de los atavíos y de los ornamentos papales. Trata de ver si hay algo de esta filosofía -así llamada falsamente- en lo que a Él concierne. Tan pronto como le hayas visto, resolverás que has de llamar a todas las cosas vanidad y mentira, y ligarás Su Evangelio a tu corazón. La cruz es la escuela de la ortodoxia. Esfuérzate por conservarte allí. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando he estado solo en el Continente he experimentado la presencia de mi Señor en mis momentos apacibles, y entonces hubiera deseado poder pedir prestadas las alas de una paloma, para ponerme de pie y estar allá en ese instante y hablarles. He estado muy enfermo y lleno de dolores, y deprimido en espíritu, y me he juzgado ser el más indigno de los hombres y he juzgado atinadamente. Todavía sostengo ese juicio. Me he sentido digno de ser sacudido tan sólo como polvo de los pies de mi Señor, y de ser arrojado para siempre en el pozo del abismo. Entonces era cuando mi Sustituto era mi esperanza, y en mi solitaria habitación en Mentone me aferraba a Sus vestiduras, contemplaba Sus heridas, me confiaba otra vez a Él y sé que soy un hombre salvo. Les digo que no hay salvación en nadie más sino únicamente en Jesús. Si regresan continuamente a esta verdad no serán apartados para abrazar ninguna otra doctrina. Algunas personas necesitan una saludable aporreada proveniente de la aflicción para hacerlas amar a Cristo; y algunos antiguos profesantes necesitan algunas veces un toque de pobreza, o una breve aflicción, o el tormento del reumatismo, y eso los reducirá a una situación inaguantable y comenzarán a clamar por realidades y querrán deshacerse de los caprichos y de las fantasías. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando se llegue al punto de tratos cercanos entre Dios y sus almas, y la muerte los mire al rostro, nada servirá salvo un Redentor crucificado, y ninguna confianza servirá salvo la confianza infantil del pecador en la obra consumada de Aquel que sufrió en lugar nuestro. Hablo duramente, pero siento mil veces más duramente de lo que puedo hablar. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''III. '''El último punto es LA SUPREMA INSENSATEZ de aquellos que están dispuestos a dejar a Jesús por cualquier otra cosa. Supongan que alguien hubiera confiado simplemente en Jesús, y que hubiera comprendido la muerte de Cristo, y que hubiera entrado en un contacto real con el Maestro moribundo y sangrante; y supongan que, después de eso, comenzara a poner su confianza en sacerdotes y en sacramentos; o supongan que, después de eso, se pusiera sus guantes de cabritilla perfumados y se convirtiera en filósofo, ¿qué sería de esa persona? Ahora, no se lo digan a nadie, se los suplico. Guárdenlo para ustedes mismos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El apóstol no adoptaba los modales de un caballero, sino que hablaba, en verdad, muy sencillamente. No les digan a sus instruidos vecinos que yo dije eso, porque yo no lo dije; fue Pablo quien lo dijo; él dijo que el hombre que hiciera eso sería: UN INSENSATO. “¡Oh gálatas insensatos!” ¿Qué pretendes, Pablo? Ellos han estado engalanando su servicio; seguramente no objetas a eso. ¿Acaso no sabes, Pablo, que el antiguo sacerdote judío solía usar un espléndido pectoral ornamentado con joyas, y tenía un efod adornado con campanillas y granadas? ¡Ciertamente en la adoración a Dios debemos hacer las cosas de manera decorosa y apropiada! Y sobre la base de este argumento, esos gálatas se han engalanado en gran manera. “¡Son gálatas insensatos!”, dice. Pablo fue muy rudo, comentas; ¡muy rudo! No intentaré excusarlo pues endoso plenamente su veredicto. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero aquí tenemos a un caballero que ha estado leyendo a Platón, y después de leer a Platón, ha estado leyendo las palabras de Jesucristo, y dice que no quieren decir lo que la gente común piensa que dicen: afirma que hay un sentido filosófico muy misterioso oculto en ellas. Por ejemplo, cuando Jesucristo dice: “Irán éstos al castigo eterno”, no quiere decir en absoluto lo que dicen las palabras. Quiere decir que al final serán restaurados. Ahora, Pablo, este caballero es un filósofo; ¿qué dices de él? El apóstol responde: “¡Es un insensato!” Eso es todo lo que dice, y todo lo que necesita decir, pues la erudita insensatez es suma insensatez. “¡Oh gálatas insensatos! ¿Quién os fascinó?” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Por qué consideramos insensatas a esas personas? Porque ''nosotros mismos ''seríamos insensatos si fuéramos a hacer lo mismo. Hace bastantes años, cuando yo tenía alrededor de quince o dieciséis años de edad, necesitaba un Salvador, y escuché a un pobre hombre predicar el Evangelio y decir en el nombre de Jesús: “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra”. Hablaba un inglés muy claro, y yo lo entendí, y obedecí y encontré el descanso. Desde entonces debo toda mi felicidad a la misma doctrina sencilla. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, supongan que yo les dijera: “He leído muchísimos libros y hay muchísimas personas dispuestas a oírme. Realmente yo no podría predicar un evangelio tan común como lo hice al principio. He de exponerlo de manera sofisticada para que nadie me entienda salvo la ''élite''”. Yo sería… ¿qué sería? Sería un insensato de marca mayor. Sería algo peor que eso: sería un traidor para con mi Dios, pues si fui salvado por un Evangelio sencillo, entonces estoy obligado a predicar ese mismo Evangelio sencillo hasta que muera, para que otros sean salvados por él. Cuando deje de predicar la salvación por la fe en Jesús, intérnenme en un asilo de locos, pues pueden estar seguros de que mi mente desvaría. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay cientos de personas entre ustedes que se sienten perfectamente felices en Cristo. Creen que todos sus pecados han sido limpiados, que son justificados por la justicia de Cristo, y son aceptos en el Amado. Ahora, supongan que renunciaran y dijeran: “En lugar de creer que Cristo murió una vez y realizó una expiación, voy a creer en el sacrificio perpetuo ofrecido por un ser humano en la misa”. Serían muy insensatos. Supongan que en vez de confiar en Jesucristo para perdón y justificación perfectos, de tal manera que sepan que no hay condenación para ustedes porque están en Cristo Jesús, ustedes regresaran a las obras, y dijeran: “Voy a obrar mi propia salvación a través de mis propias buenas obras”. Serían insensatos en sumo grado, y descubrirían pronto ese hecho por la zozobra que sobrevendría a su espíritu. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Miren de nuevo. Cuando han vivido más cerca de Cristo, y han confiado más en Él, ¿no han sentido un mayor deseo de santidad? Ahora díganme, si han probado las perspectivas modernas, ¿en qué estado mental se han encontrado con relación a su caminar diario? Yo les diré. Con esos puntos de vista modernos, ustedes podrían frecuentar el teatro y los salones de música y sentirse muy tranquilos; y podrían hacer ingeniosas trampas en los negocios y sentirse cómodos; pero ustedes saben que cuando han visto a Cristo no podrían hacer nada semejante. Ustedes son santificados por Su presencia. Sienten un fuerte deseo de una pureza perfecta. Sienten un horror y un pavor del pecado. Caminan enternecida y precavidamente, y son doblegados por la turbación mental cuando piensan en sus imperfecciones. Juzguen, entonces, cuál debe ser la doctrina correcta. La que los santifica más tiene que ser ciertamente la verdadera; y si se apartaran de su Señor, cuya propia presencia exhala santificación y cuya comunión trae con certeza santidad, serían necios, y tendríamos que decir: “¡Oh gálatas insensatos!” ¿Quién os fascinó?” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Durante las últimas reuniones que hemos tenido aquí, mis amados hermanos Fullerton y Smith han estado predicando el Evangelio, el legítimo Evangelio de Jesucristo, y en una reunión sostenida posteriormente, hubo una gran cantidad de personas que se pusieron de pie para contar qué había hecho por sus almas ese ministerio por medio de Dios el Espíritu Santo. Hubo ladrones rescatados, borrachos rescatados, rameras rescatadas, grandes pecadores rescatados. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Bien, ahora, supongan que, después de todo, algunos de ustedes, damas y caballeros, dijeran: “Vemos qué puede hacer el Evangelio, pero vamos a probar algo más”, serían unos insensatos. Yo estoy dispuesto siempre a probar alguna nueva máquina: vamos a probar la luz eléctrica uno de estos días en vez de la de la luz de gas, cuando estemos seguros de ella; pero ¡supongan que todo se apagara y nos quedáramos en la oscuridad! Yo esperaré hasta que el invento haya sido probado. Así podría suceder con las nuevas luces religiosas que descubren los hombres, que son como débiles focos comparados con el esplendente sol de la verdad del Evangelio; no vamos a probar nada nuevo a riesgo de nuestras almas. Vamos a adherirnos al viejo, viejo Evangelio hasta que se desgaste. Cuando se agote, y ya no salve más, y ya no consuele más, y no nos conduzca más cerca de Dios, entonces será el tiempo de que pensemos en algo novedoso. Pero como eso no ha ocurrido todavía, permítanme decirles que voy a clavar otro clavo en los viejos colores de mi enseña y voy a fijarlos de nuevo en el viejo mástil. Lo que he predicado entre ustedes todos estos veintiséis años, voy a seguir predicándolo; y hemos de esperar que ni el predicador, ni ninguno de sus oyentes se vuelvan unos insensatos por haber quedado fascinados al extremo de abandonar el glorioso Evangelio de Jesucristo. ¡Oh, que todos ustedes conocieran su poder, y que todos fueran salvados por él! Que Dios nos conceda que lo sean, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

	<entry>
		<id>http://es.gospeltranslations.org/wiki/El_C%C3%A1ntico_de_Mar%C3%ADa</id>
		<title>El Cántico de María</title>
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				<updated>2011-01-19T20:36:43Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|Mary's Song}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“Entonces María dijo: Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador”. ''Lucas 1: 46, 47.&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
María andaba de visita cuando expresó su dicha en el lenguaje de este noble cántico. Sería bueno que todas nuestras relaciones sociales fueran tan útiles para nuestros corazones, como esta visita lo fue para María. “Hierro con hierro se aguza; y así el hombre aguza el rostro de su amigo”. María, llena de fe, hace una visita a Elisabet, quien también rebosa de una santa confianza, y al poco tiempo de estar reunidas ambas su fe se remonta a la plena convicción y su plena convicción estalla en un torrente de sagrada loa. Esta alabanza despertó sus poderes adormecidos y en lugar de dos aldeanas ordinarias, vemos ante nosotros a dos profetisas y a dos poetisas, sobre quienes el Espíritu de Dios descansó en abundancia. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando nos reunamos con nuestros parientes y conocidos, nuestra oración a Dios debe implorar que nuestra comunión sea, no únicamente agradable, sino provechosa, que no se trate simplemente de pasar el tiempo y de disfrutar de una hora agradable, sino que podamos aproximarnos al cielo en la marcha de un día, y que podamos adquirir una mayor aptitud para nuestro eterno reposo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Observen, esta mañana, el gozo sagrado de María, para que puedan imitarlo. Esta es una estación en la que todos esperan que seamos dichosos. Nos felicitamos unos a otros deseando que podamos tener una “Feliz Navidad”. Algunos cristianos que son un poco remilgados no gustan de la palabra “feliz”. Es una buenísima palabra proveniente del antiguo sajón, que contiene la dicha de la niñez y el júbilo de la edad adulta, que trae a nuestra mente el antiguo canto de los coros navideños y el repique de medianoche de las campanas, el acebo y los leños ardiendo. Yo amo esa palabra por su mención en una de las más tiernas parábolas que describe que, cuando el hijo pródigo, perdido durante tan largo tiempo, regresó a la casa de su padre sano y salvo, “comenzaron a regocijarse”. Esta es la estación cuando se espera que seamos felices, y el deseo de mi corazón es que, en el más sublime y mejor sentido, ustedes, creyentes, sean “felices”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El corazón de María estaba alborozado dentro de ella; pero aquí está la señal de su alborozo: que se trataba de un regocijo santo y cada una de sus gotas era de un alborozo sagrado. No era el alborozo con el que los mundanos disfrutan de sus parrandas hoy y mañana, sino un júbilo como el que los ángeles disfrutan alrededor del trono donde cantan: “Gloria a Dios en las alturas”, mientras nosotros cantamos: “Y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres”. Tales corazones dichosos gozan de un festín continuo. Yo quiero que ustedes, ‘los que están de bodas’, posean hoy y mañana, sí, posean todos sus días la sublime y consagrada bienaventuranza de María, para que no solamente puedan leer sus palabras, sino que las usen en ustedes mismos, experimentando siempre su significado: “Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En primer lugar, observen que ''ella canta''; en segundo lugar, ''ella canta dulcemente''; en tercer lugar, pregunto: ''¿habrá de cantar sola?'' &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''Observen, primero, que MARÍA CANTA. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
''Su tema es un Salvador''; ella aclama al Dios encarnado. El largamente esperado Mesías está a punto de aparecer. Aquél a quien los profetas y los príncipes esperaron durante largo tiempo, está a punto de venir y de nacer de la virgen de Nazaret. En verdad nunca hubo un tema para el más dulce cántico que este: la condescendencia de la Deidad para con la flaqueza de la humanidad. Cuando Dios manifestó Su poder en las obras de Sus manos, las estrellas matutinas cantaron en coro y los hijos de Dios dieron gritos de júbilo; pero cuando Dios se manifiesta Él mismo, ¿qué música bastaría para el grandioso salmo de asombro adorador? Cuando la sabiduría y el poder son vistos, no son vistos sino los atributos; pero en la encarnación, es la persona divina quien es revelada en el velo de nuestra inferior arcilla: bien podía María cantar, ya que la tierra y el cielo incluso ahora se maravillan ante la gracia condescendiente. Digna de una música sin par es la noticia que “el Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros”. Ya no existe más un gran golfo extendido entre Dios y Su pueblo, pues la humanidad de Cristo ha construido un puente sobre él. Ya no pensamos más que Dios se sienta en lo alto, indiferente a las necesidades y aflicciones de los hombres, pues Dios nos ha visitado y ha descendido hasta la bajeza de nuestra condición. No necesitamos lamentarnos más porque no podamos participar nunca de la gloria moral y de la pureza de Dios, pues si Dios en gloria desciende hasta Su criatura pecaminosa, es ciertamente menos difícil llevar a esa criatura -lavada con la sangre y purificada- a las alturas por esa vía tachonada de estrellas, para que el redimido se siente para siempre en Su trono. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No debemos soñar más, sumidos en sombría tristeza, que no podemos acercarnos a Dios y que Él no oirá realmente nuestra oración ni se compadecerá de nuestras necesidades, si vemos que Jesús se convirtió en hueso de nuestro hueso y carne de nuestra carne: un bebé nacido igual que nosotros, viviendo la vida que nosotros tenemos que vivir, cargando con las mismas debilidades y aflicciones, e inclinando Su cabeza ante la misma muerte. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oh, ¿no podemos venir con osadía por este camino vivo y nuevo y acceder al trono de la gracia celestial, cuando Jesús se reúne con nosotros como Emanuel, Dios con nosotros? Los ángeles cantaron sin casi saber por qué. ¿Podían entender por qué Dios se había hecho hombre? Deben de haber sabido que ahí había un misterio de condescendencia; pero todas las amorosas consecuencias que la encarnación conllevó, ni sus agudas mentes habrían podido adivinarlas; pero ''nosotros'' vemos el todo, y comprendemos más plenamente el grandioso designio. El pesebre de Belén era grande con gloria; en la encarnación estaba envuelta toda la bienaventuranza mediante la cual un alma, arrebatada de las profundidades del pecado, es levantada a las alturas de la gloria. ¿No nos conducirá nuestro mayor conocimiento a alturas de canto que las conjeturas angélicas no podían alcanzar? ¿Acaso los labios de los querubines han de ser movidos a decir sonetos ardientes y nosotros, que somos redimidos por la sangre del Dios encarnado, vamos a quedarnos traicionera y desagradecidamente callados? &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“¿No cantaron los arcángeles Tu venida?&amp;lt;br&amp;gt;¿No aprendieron los pastores Su dirección?&amp;lt;br&amp;gt;La vergüenza me cubriría por ingrato,&amp;lt;br&amp;gt;Si mi lengua se rehusara a alabar”.''&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Este, sin embargo, no fue el tema completo de su santo himno. Su peculiar deleite no era que un Salvador debía nacer, sino que ''debía nacerle a ella''. Ella era bendita entre las mujeres y altamente favorecida del Señor; pero ''nosotros'' podemos gozar del mismo favor; es más, nosotros ''debemos'' gozar de él o la venida del Salvador no nos serviría de nada a nosotros. Yo sé que Cristo en el Calvario quita el pecado de Su pueblo. Pero nadie ha conocido jamás el poder de Cristo en la cruz, a menos que el Señor sea formado en el individuo como la esperanza de gloria. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El énfasis del cántico de la virgen está puesto sobre la gracia especial de Dios para con ella. Esas breves palabras, esos pronombres personales, nos informan que se trataba realmente de un asunto personal con ella. “Engrandece ''mi ''alma al Señor; y ''mi'' espíritu se regocija en Dios ''mi'' Salvador”. El Salvador era, de forma peculiar y en un sentido especial, suyo. Al cantar, ella no dijo: “Cristo para todos”, sino que su alegre tema fue: “''Cristo para mí''”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amados, ¿está Cristo Jesús en su corazón? Una vez lo miraron desde un punto distante, y esa mirada los curó de todas sus enfermedades espirituales, pero, ¿viven ahora descansando en Él, y le reciben en sus propias entrañas como su alimento y bebida espirituales? Frecuentemente ustedes se han alimentado de Su carne y han bebido de Su sangre en santa comunión; han sido sepultados juntamente con Él para muerte por el bautismo; ustedes se han entregado en sacrificio a Él y le han tomado como el sacrificio para ustedes; pueden cantar acerca de Él como lo hizo la esposa: “Su izquierda está debajo de mi cabeza, y su derecha me abraza… Mi amado es mío, y yo suya; Él apacienta entre lirios”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Este es un feliz estilo de vida, y todo lo que no llegue a eso es un pobre trabajo de esclavos. ¡Oh!, ustedes no pueden conocer el gozo de María a menos que Cristo se convierta en suyo real y verdaderamente; pero, oh, cuando Él es suyo, suyo interiormente y reina en su corazón, y controla todas sus pasiones, y transforma su naturaleza, y subyuga sus corrupciones inspirándoles santas emociones, suyo interiormente, siendo un gozo indecible y lleno de gloria; oh, entonces ''pueden'' cantar, ''tienen que ''cantar; ¿quién podría acallar su lengua? Aunque todos los burladores y los escarnecedores de la tierra les pidieran que callaran, ustedes ''tendrían que ''cantar, pues su espíritu ''debe'' regocijarse en Dios su Salvador. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Perderíamos mucha instrucción si pasáramos por alto el hecho de que el poema escogido que tenemos ante nosotros es ''un himno ''de fe. Todavía no había nacido el Salvador, ni, hasta donde podemos juzgarlo, tampoco la virgen tenía ninguna evidencia del tipo requerido por el sentido carnal para hacerla creer que un Salvador nacería de ella. ¿Cómo podría ser esto?, era una pregunta que naturalmente habría podido suspender su cántico mientras no recibiera una respuesta convincente para carne y sangre; pero no se había producido tal respuesta. Sabía que para Dios todas las cosas son posibles y un ángel le había entregado esa promesa, y esto le bastaba: por la fuerza de la Palabra que salió de Dios, su corazón saltó de alegría y su lengua glorificó Su nombre. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando considero qué es lo que ella creyó, y cómo recibió la palabra sin dudar, estoy dispuesto a darle como mujer, un lugar casi tan prominente como el que Abraham ocupó como hombre; y si no me atrevo a llamarla la madre de los fieles, por lo menos ha de recibir el honor debido como una de las más excelentes madres en Israel. María merecía con creces la bendición de Elisabet: “Bienaventurada la que creyó”. Para ella “la certeza de lo que se espera fue su fe, y fe fue también su “convicción de lo que no se ve”; ella sabía, por la revelación de Dios, que debía llevar la simiente prometida que heriría la cabeza de la serpiente; pero no tenía ninguna otra prueba. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En este día hay algunos en medio de nosotros que tienen poco o ningún goce consciente de la presencia del Salvador; caminan en tinieblas y no ven ninguna luz; gimen por el pecado innato y se lamentan porque prevalecen las corrupciones; deben confiar ahora en el Señor, y recordar que si creen en el Hijo de Dios, Cristo Jesús está en ellos, y por fe, muy bien pueden cantar gloriosamente el aleluya del amor adorador. Aunque el sol no brille hoy, las nubes y la niebla no han apagado su luz, y aunque el Sol de Justicia no brille sobre ti en este instante, mantiene Su lugar en esos cielos y no conoce variabilidad ni la sombra de un cambio. Si a pesar de todas tus excavaciones el pozo no brota, has de saber que una constante plenitud permanece en esa profundidad, que se agazapa tras el corazón y el propósito de un Dios de amor. Si como David, estás muy abatido, como él, di a tu alma: “Espera en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío”. Entonces, alégrate con el gozo de María: es el gozo de un Salvador que es completamente suyo, pero que es evidenciado como tal, no por el sentido, sino por la fe. La fe tiene su música igual que el sentido, pero es de una clase más divina: si las viandas en la mesa hacen que los hombres canten y dancen, los festejos de una naturaleza más refinada y etérea llenan a los creyentes de una santa plenitud de deleite. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Escuchando aún el cántico de la virgen favorecida, permítanme observar que ''su bajeza no la hace detener su cántico''; es más, inserta en él una nota más dulce. “Porque ha mirado la bajeza de su sierva”. Querido amigo, tú estás sintiendo más intensamente que nunca la profundidad de tu natural depravación, y eres abatido bajo el sentido de tus muchas fallas, y estás tan muerto y tan ligado a la tierra aun en esta casa de oración que no puedes levantarte a Dios; Has estado triste y deprimido mientras nuestros villancicos de Navidad han resonado en tus oídos; te sientes hoy tan inútil para la Iglesia de Dios, tan insignificante, tan completamente indigno, que tu incredulidad te susurra: “En verdad, en verdad, no tienes ningún motivo para cantar”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Vamos, hermano mío, vamos, hermana mía, imiten a esta bendita virgen de Nazaret, y conviertan a esa propia bajeza e insignificancia que sienten tan dolorosamente, en una razón más para una loa incesante. Hijas de Sion, digan dulcemente en sus himnos de amor: “Ha mirado la bajeza de su sierva”. Entre más indigno soy de Sus favores, más dulcemente cantaré de Su gracia. Qué importa que yo sea el más insignificante de todos Sus escogidos; yo alabaré a Aquel que con ojos de amor me ha buscado, y ha puesto Su amor en mí. “Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Queridos amigos, estoy seguro de que el recuerdo de que hay un Salvador y de que este Salvador es ''suyo'', debe hacerles cantar; y si ponen junto a eso el pensamiento de que una vez fueron pecadores, inmundos, viles, odiosos y enemigos de Dios, entonces sus notas se remontarán más alto, y llegarán hasta el tercer cielo para enseñar la alabanza de Dios a las arpas de oro. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es muy digno de advertirse que ''la grandeza de la bendición prometida'' no le dio a la dulce cantante un argumento para suspender su agradecida tonada. Cuando medito sobre la gran bondad de Dios al amar a Su pueblo antes de que la tierra existiera, al entregar Su vida por nosotros, al interceder por nuestra causa delante del trono eterno, al disponer un paraíso de reposo para nosotros para siempre, un negro pensamiento me ha turbado: “Ciertamente este es un privilegio demasiado sublime para un insecto de un día como es esta pobre criatura, el hombre”. María no contempló este asunto incrédulamente, sino que se regocijó más intensamente por eso mismo. “Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Vamos, alma, es algo grandioso ser un hijo de Dios, pero como tu Dios hace grandes portentos, no vaciles motivado por la incredulidad, sino triunfa en tu adopción aunque sea una gran misericordia. ¡Oh!, es una portentosa misericordia, más alta que los montes, ser elegido por Dios desde toda la eternidad, pero es una verdad que Sus redimidos son elegidos así, y por tanto, canta motivado por ello. Es una profunda e indecible bendición ser redimidos con la preciosa sangre de Cristo, pero tú eres redimido así más allá de toda duda. Por tanto, no dudes, antes bien, da voces en alto por la alegría de tu corazón. Es un pensamiento arrobador que mores arriba, y que lleves la corona, y agites la rama de palma por siempre; que ninguna desconfianza interrumpa la melodía de tu salmo de expectación, y más bien: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“Para la loa sonora del amor divino,&amp;lt;br&amp;gt;Pide a cada cuerda que despierte”.''&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Qué plenitud de verdad hay en estas pocas palabras: “Me ha hecho grandes cosas el Poderoso”. Es un texto a partir del cual un espíritu glorificado en el cielo podría predicar un sermón sin fin. Te pido que guardes los pensamientos que te he sugerido de esta pobre manera, y que trates de llegar al sitio donde estuvo María gozando de santa exultación. La gracia es grande pero también lo es su dador; el amor es infinito, pero también lo es el corazón del cual brota; la bienaventuranza es indecible, pero también lo es la divina sabiduría que lo planeó desde tiempos antiguos. Que nuestros corazones se apropien del ‘magnificat’, el ‘hágase’ de la Virgen, y loen al Señor muy alegremente en esta hora. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además -puesto que no hemos agotado la melodía- ''la santidad de Dios ha enfriado el ardor del gozo del creyente''; pero no fue así en el caso de María. Ella se regocija en él; “Santo es su nombre”. Incorpora ese brillante atributo a su cántico. ¡Santo Señor!, cuando olvido a mi Salvador, el pensamiento de Tu pureza me hace estremecerme; cuando estoy donde estuvo Moisés en el santo monte de Tu ley, estoy espantado y temblando. Para mí, consciente de mi culpa, ningún trueno podría ser más terrible que el himno del serafín: “¡Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los ejércitos!” ¿Qué es Tu santidad sino un fuego consumidor que tiene que destruirme completamente, siendo yo un pecador? Si los cielos no son puros delante de Tus ojos, y notas necedad en Tus ángeles, ¿cuánto menos entonces puedes soportar al hombre vano y rebelde, nacido de mujer? ¿Cómo puede ser puro el hombre, y cómo pueden mirarle Tus ojos sin consumirle rápidamente en tu ira? Pero, oh Tú, el Santo de Israel, cuando mi espíritu está en el Calvario y puede ver a Tu santidad vindicarse a sí misma en las heridas del hombre que nació en Belén, entonces mi espíritu se regocija en esa gloriosa santidad que una vez fue su terror. ¿Se inclinó hasta el hombre el tres veces santo Dios y asumió la carne del hombre? ¡Entonces, en verdad, hay esperanza! ¿Soportó un santo Dios la sentencia que Su propia ley pronunció contra el hombre? ¿Extiende ese santo Dios encarnado Sus heridas e intercede por mí? Entonces, alma mía, la santidad de Dios ha de ser una consolación para ti. Extraeré aguas vivas de este pozo sagrado, y agregaré a todas mis notas de júbilo esta otra: “Santo es su nombre”. Él ha jurado por Su santidad, y no mentirá, guardará Su pacto con Su ungido y con Su simiente para siempre. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando como sobre alas de ángeles nos remontamos al cielo en santa alabanza, la perspectiva se abre debajo de nosotros; de igual manera, cuando María se cierne con el ala poética, mira a lo largo de los pasadizos del pasado, y contempla los poderosos actos de Jehová en edades transcurridas hace ya mucho tiempo. Observen cómo la melodía adquiere majestad; se trata más bien del vuelo sostenido de Ezequiel, el de alas de águila, que del aleteo de la tímida paloma de Nazaret. Ella canta: “Y su misericordia es de generación en generación a los que le temen”. Mira más allá de la cautividad, a los días de los reyes, a Salomón, a David, a través de los jueces y hasta llegar al desierto, y a través del Mar Rojo a Jacob, a Abraham, y sigue su recorrido hasta que, deteniéndose en la puerta de Edén, oye el sonido de la promesa: “La simiente de la mujer herirá la cabeza de la serpiente”. Cuán magnificentemente resume el libro de las guerras del Señor, y repasa los triunfos de Jehová: “Hizo proezas con su brazo; esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones”. Cuán deleitablemente la misericordia es entremezclada con el juicio en el siguiente canto de su salmo: “Quitó de los tronos a los poderosos, y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes, y a los ricos envió vacíos”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos y hermanas míos, cantemos también nosotros del pasado, glorioso en fidelidad, temible en juicio, fecundo en portentos. Nuestras propias vidas nos proporcionarán un himno de adoración. Hablemos de las cosas que hemos experimentado tocantes al Rey. Estábamos hambrientos y Él nos llenó de cosas buenas; se encorvó sobre el muladar con el mendigo, y nos ha entronizado entre los príncipes; hemos sido sacudidos por la tempestad, pero con el Eterno Piloto al timón, no hemos tenido miedo de naufragar; hemos sido echados dentro de un horno de fuego ardiendo, pero la presencia del Hijo del Hombre apaciguó la violencia de las llamas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Proclamen, oh, ustedes, hijas de la música, la larga historia de la misericordia del Señor para con Su pueblo en las generaciones tiempo ha idas. Las muchas aguas no pudieron apagar Su amor, ni ahogarlo los ríos; la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada, nada de esto ha separado a los santos del amor de Dios, que es en Cristo nuestro Señor. Los santos, bajo el ala del Altísimo, han estado siempre seguros. Cuando han sido más asediados por el enemigo, han morado en perfecta paz: “Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones”. Atravesando a veces la ola color rojo sangre, el barco de la Iglesia no se ha desviado nunca de su predestinado sendero de progreso. Cada tempestad la ha favorecido; el huracán que buscaba su ruina se ha visto obligado a llevarla adelante más rápidamente. Su bandera ha desafiado estos mil ochocientos años la batalla y la agitación, y no teme para nada lo que pudiera sobrevenir todavía. Pero, ¡he aquí!, se aproxima al puerto; está amaneciendo el día cuando le dirá adiós a las tormentas; las olas se han calmado debajo de ella; el reposo largamente prometido está a la mano; su Jesús mismo se encuentra con ella, caminando sobre las aguas; entrará en su puerto eterno y todos los que van a bordo cantarán de gozo con su Capitán, y triunfarán y cantarán victoria por medio de Aquel que la ha amado y ha sido su libertador. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando María afinó así su corazón para glorificar en ella a Dios por Sus maravillas del pasado, enfatizó particularmente la nota de la ''elección''. La nota más alta de la escala de mi alabanza es alcanzada cuando mi alma canta: “Yo le amo a Él, porque Él me amó primero”. Kent lo expresa muy bien de esta manera: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“Un monumento a la gracia,&amp;lt;br&amp;gt;Es un pecador salvado por la sangre;&amp;lt;br&amp;gt;Yo rastreo los raudales del amor&amp;lt;br&amp;gt;Hasta su fuente: Dios;&amp;lt;br&amp;gt;Y en Su poderoso pecho veo,&amp;lt;br&amp;gt;Eternos pensamientos de amor por mí”.''&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Difícilmente podríamos volar más alto que la fuente del amor en el monte de Dios. María sostiene la doctrina de la elección en su cántico: “Quitó de los tronos a los poderosos, y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes, y a los ricos envió vacíos”. Allí vemos a la gracia que distingue, a la consideración que discrimina; allí, a algunos se les permite que perezcan; allí están otros, los menos merecedores y los más oscuros, que son hechos objetos especiales del afecto divino. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No tengas miedo de hacer hincapié en esta excelsa doctrina, amado hermano en el Señor. Permíteme asegurarte que cuando tu mente esté más triste y decaída, descubrirás que esto es una botella que contiene el más exquisito cordial. Aquellos que dudan de estas doctrinas o que las arrojan a la fría sombra, se pierden de los más ricos racimos de Escol; se pierden de los vinos refinados y de los gruesos tuétanos; pero ustedes que, en razón de los años, han tenido sus sentidos ejercitados para discernir entre el bien y el mal, ustedes saben que no hay miel como ésta, no hay una dulzura comparable a ella. La miel en el bosque de Jonatán -cuando era tocada- iluminaba los ojos para ver, pero esta es miel que iluminará tu corazón para amar y aprender los misterios del reino de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Coman, entonces, y no tengan miedo del empalagamiento; aliméntense de esta selecta exquisitez, y no tengan miedo de cansarse de ella, pues entre más sepan, más querrán saber; entre más llena esté su alma, más desearán que su mente sea expandida, para poder comprender más el amor de Dios que es eterno, imperecedero, y discriminador. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero haré un comentario más sobre este punto. Ustedes ven que ella no terminó su cántico hasta no haber llegado al pacto. Cuando te remontas hasta un punto tan alto como la elección, demórate en su monte hermano, que es el pacto de gracia. En el último verso de su cántico, ella canta: “De la cual habló a nuestros padres, para con Abraham y su descendencia para siempre”. Para ella, ese era el pacto; para nosotros, que tenemos una luz más clara, el antiguo pacto hecho en la cámara del consejo de la eternidad, es el tema del mayor deleite. El pacto con Abraham fue en su mejor sentido sólo una copia menor de ese pacto de gracia hecho con Jesús, el Padre eterno de los fieles, antes que los cielos azules fueran extendidos. Los compromisos del pacto son una suaves almohadas para una cabeza adolorida; los compromisos del pacto con la fianza, Cristo Jesús, son los mejores sustentos de un espíritu trémulo. &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“Su juramento, Su pacto, Su sangre,&amp;lt;br&amp;gt;Me sostienen en la fiera inundación;&amp;lt;br&amp;gt;Cuando todo sostén terrenal se derrumba,&amp;lt;br&amp;gt;Sigue siendo mi fortaleza y mi sostén”.''&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Si Cristo en efecto juró llevarme a la gloria, y si el Padre juró entregarme al Hijo para formar parte de la infinita recompensa por la aflicción de Su alma, entonces, alma mía, mientras Dios mismo no sea infiel, mientras Cristo no cese de ser la verdad, mientras el consejo eterno de Dios no se vuelva una mentira y el rojo pergamino de Su elección no sea consumido por el fuego, tú estás seguro. Descansa, entonces, en perfecta paz, venga lo que venga; descuelga tu arpa de los sauces y que tus dedos no cesen de tocarla siguiendo los acordes de la más rica armonía. Oh, que recibamos gracia de principio a fin para unirnos a María en su cántico. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''En segundo lugar, ELLA CANTA DULCEMENTE. Ella alaba a Dios ''con todo su corazón''. Observen cómo se sumerge hasta el centro del tema. No hay un prefacio, sino “Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador”. Cuando algunas personas cantan, da la impresión de que tienen miedo de ser escuchadas. Nuestro poeta declara: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“Con todos mis poderes de corazón y de lengua&amp;lt;br&amp;gt;Alabaré a mi Hacedor en mi canto;&amp;lt;br&amp;gt;Los ángeles oirán las notas que elevo,&amp;lt;br&amp;gt;Aprobarán el canto, y se unirán en la alabanza”.''&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Me temo que los ángeles frecuentemente no escuchan esos pobres susurros, débiles y desfallecientes, que a menudo brotan de nuestros labios simplemente por la fuerza de la costumbre. María es todo corazón; evidentemente su alma está ardiendo; mientras ella medita, el fuego arde; luego expresa su emoción con palabras. Nosotros también hemos de recoger nuestros pensamientos dispersos, y hemos de despertar a nuestros poderes somnolientos para alabar al amor redentor. Ella usa una noble palabra: “Engrandece mi alma al Señor”. Yo supongo que esto significa: “Mi alma se esfuerza por engrandecer a Dios por medio de la alabanza”. Él es tan grande como pudiera serlo en Su ser; mi bondad no puede magnificarle, pero mi alma quisiera engrandecer a Dios en los pensamientos de los demás, y engrandecerlo en mi propio corazón. Yo quisiera darle al cortejo de Su gloria un mayor alcance; yo quisiera reflejar la luz que Él me ha dado; quisiera convertir en amigos a Sus enemigos; yo quisiera volver los pensamientos ásperos acerca de Dios en pensamientos de amor. “''Engrandece'' mi alma al Señor”. El viejo Trapp dice: “mi alma quisiera crear un mayor espacio para Él”. Es como si María quisiera absorber más de Dios, como Rutherford, cuando dice: “¡Oh, que mi corazón fuera tan grande como el cielo, para que yo pudiera contener a Cristo en él!”; y luego, se pone un alto a sí mismo: “Pero los cielos y la tierra no pueden contenerle. Oh, que tuviera un corazón tan grande como siete cielos, para poder contener a todo Cristo dentro de él”. En verdad, este es un deseo más grande del que podríamos esperar jamás que fuese cumplido; sin embargo, nuestros labios cantarán todavía: “Engrandece mi alma al Señor”. ¡Oh, si pudiera coronarle; si pudiera propulsarle más arriba! Si el hecho de que fuera quemado en la hoguera pudiera añadir tan sólo una chispa más de luz para Su gloria, yo sería feliz por sufrirlo. Si el hecho de que yo fuese aplastado pudiera levantar una pulgada a Jesús, ¡feliz sería la destrucción que añadiera a Su gloria! Tal es el espíritu de entrega del cántico de María. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, su alabanza es muy ''gozosa'': “Mi espíritu ''se regocija ''en Dios mi Salvador”. La palabra en el griego es muy notable. Yo creo que es la misma palabra que es usada en el pasaje: “Gozaos en aquel día, y alegraos”. Solíamos tener una antigua palabra en inglés que describía a un cierto baile de celebración, “a galliard”, “una gallarda”. Era un baile en el que se daban brincos; los antiguos comentaristas lo llaman un ''levalto''. María, en efecto, declara: “Mi espíritu habrá de danzar como David delante del arca, dará saltos, brincará, retozará y se regocijará en Dios mi Salvador”. Cuando nosotros alabamos a Dios, no debería ser con notas dolorosas o lúgubres. Algunos de mis hermanos alaban siempre a Dios con la nota más baja, o en el profundo, profundo bajo; no pueden sentirse santos mientras no estén melancólicos. ¿Por qué algunos hombres no pueden adorar a Dios excepto con una cara larga? Los conozco por su simple manera de caminar cuando vienen a la adoración; ¡qué paso tan terrible es el suyo! No entienden el Salmo de David: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“A sus atrios, con gozos desconocidos,&amp;lt;br&amp;gt;Las sagradas tribus acuden”.''&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
No, estos individuos suben a la casa de su Padre como si se dirigiesen a la cárcel, y adoran a Dios los domingos como si fuese el día más lúgubre de la semana. Se dice de un cierto habitante de las zonas altas de Escocia -cuando los habitantes de esa región eran muy piadosos- que una vez fue a Edimburgo, y cuando regresó de su viaje comentó que había visto un terrible espectáculo el día domingo, pues había visto a ciertas personas en Edimburgo que iban a la iglesia con rostros felices. Él consideraba que era perverso verse feliz los domingos. Ese mismo concepto existe en las mentes de ciertas buenas personas de por aquí; se imaginan que cuando los santos se reúnen deben sentarse, y experimentar una pequeña y cómoda desdicha y sólo un poco de deleite. En verdad, gemir y languidecer no es el camino señalado para adorar a Dios. Debemos tomar a María como una norma. Yo la recomiendo todo el año como un ejemplo para los que están turbados y tienen un corazón desfalleciente. “Mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cesen de regocijarse en las cosas sensuales, y no tengan ninguna comunión con los placeres pecaminosos, pues todo ese regocijo es maligno, pero no pueden regocijarse demasiado en el Señor. Yo creo que el problema con nuestra adoración pública es que somos demasiado sobrios, demasiado fríos, demasiado formales. Yo no admiro precisamente los exabruptos de nuestros amigos metodistas primitivos cuando se desenfrenan, pero no pondría ninguna objeción a oír un “¡aleluya!” dicho de todo corazón de vez en cuando. Una entusiasta explosión de exultación podría calentar nuestros corazones; el grito de “¡Gloria!” podría encender nuestros espíritus. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esto sé, que no me siento nunca más listo para la verdadera adoración que cuando estoy predicando en Gales, cuando a lo largo de todo el sermón el predicador es auxiliado más que interrumpido por gritos de: “¡Gloria a Dios!” y “¡Bendito sea Su nombre!” Vamos, en ese momento la sangre comienza a arder y el alma de uno es sacudida, y esta es la verdadera manera de servir a Dios con gozo. “Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!” “Mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En tercer lugar, ella canta dulcemente porque canta ''confiadamente''. No se detiene a preguntarse: “¿Tengo algún derecho de cantar?”, sino más bien dice: “Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha mirado la bajeza de su sierva”. “Si”, es un triste enemigo de toda felicidad cristiana; “pero”, “por ventura”, “duda”, “conjeturar”, “sospechar”, estos constituyen una raza de salteadores de caminos que acechan a los pobres peregrinos tímidos y les roban el dinero de sus gastos. Las arpas pronto se desentonan y cuando sopla el viento desde el reducto de la duda, las cuerdas se rompen al por mayor. Si los ángeles del cielo pudieran albergar alguna duda, eso convertiría el cielo en un infierno. “Si eres Hijo de Dios” fue el arma cobarde blandida por el antiguo enemigo en contra de nuestro Señor en el desierto. Nuestro gran enemigo conoce bien cuál arma es la más peligrosa. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cristiano, ponte el escudo de la fe siempre que veas la daga envenenada a punto de ser usada contra ti. Me temo que algunos de ustedes alientan sus dudas y temores. Bien podrían incubar jóvenes víboras y criar a un basilisco. Piensan que es una señal de gracia tener dudas, aunque más bien es una señal de debilidad. Si dudan de la promesa de Dios, eso no demuestra que no posean nada de gracia, pero demuestra, en verdad, que necesitan más gracia, pues si tuviesen más gracia, recibirían la Palabra de Dios tal como Él la da, y se diría de ustedes como se dijo de Abraham, que “tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido”. Que Dios les ayude a deshacerse de sus dudas. ¡Oh, esas son cosas diabólicas! ¿Es esta una palabra muy dura? Me encantaría encontrar una más dura. Son criminales, son rebeldes que buscan robarle a Cristo Su gloria; son traidoras que arrojan cieno sobre el escudo de armas de mi Señor. ¡Oh, son viles traidoras; cuélguenlas de la horca que debe ser tan alta como la de Amán; arrójenlas a la tierra, y dejen que se pudran como carroña, o entiérrenlas con el entierro de un asno! Las dudas son aborrecidas por Dios y también han de ser aborrecidas por los hombres. Son crueles enemigas de sus almas, lesionan la utilidad suya y los despojan en todos los sentidos. ¡Elimínenlas con la espada del Señor y de Gedeón! Por fe en la promesa busquen echar fuera a estos cananeos y posean la tierra. Oh, ustedes, hombres de Dios, hablen con confianza, y canten con sagrado júbilo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay algo más que confianza en su cántico. Ella canta con gran ''familiaridad'', “Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador… Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso; Santo es su nombre”. Este es el cántico de alguien que se aproxima muy cerca de su Dios en amorosa intimidad. Yo siempre tengo una idea cuando escucho la lectura de la liturgia: que es la adoración de un esclavo. Las palabras y las frases no son un problema para mí. Tal vez, de todas las composiciones humanas, el servicio litúrgico de la Iglesia de Inglaterra sea, con algunas excepciones, el más noble, pero sólo es bueno para esclavos o, suponiendo lo mejor, para súbditos. A lo largo de todo el servicio, uno siente que hay un cerco que rodea la montaña, tal como en el Sinaí. Su ‘letanía’ es el lamento de un pecador, y no el feliz triunfo de un santo. El servicio engendra una esclavitud, y no contiene nada del espíritu confiado de la adopción. Contempla al Salvador desde muy lejos, como alguien que ha de ser temido más bien que amado, y que ha de ser considerado temible en lugar de deleitarse en Él. No tengo duda de que se adecua a aquellos cuya experiencia los conduce a poner los diez mandamientos cerca de la mesa de la comunión, pues evidencian por esto que sus tratos con Dios son todavía sobre los términos de siervos y no de hijos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En lo que a mí respecta, yo necesito una forma de adoración en la que pueda acercarme a mi Dios, y aproximarme incluso a Sus pies, exponiendo mi caso delante de Él, y ordenando mi causa con argumentos, hablando con Él como un amigo habla con su amigo, o un hijo habla con su padre; de otra manera, la adoración vale muy poco para mí. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nuestros amigos de la Iglesia Episcopal, cuando vienen aquí, son naturalmente impactados por nuestro servicio viéndolo como irreverente porque es mucho más familiar y atrevido que el suyo. Hemos de guardarnos cuidadosamente de tener que merecer realmente esa crítica, y entonces no deberíamos temerla, pues un alma renovada desea vivamente precisamente ese trato que el formalista llama irreverente. Hablar con Dios como mi Padre, tratar con Él como con Uno cuyas promesas son verdaderas para mí, y a quien yo, un pecador lavado en la sangre y vestido con la justicia perfecta de Cristo, puedo venir con valor, sin tener que quedarme lejos. Yo digo que esto es algo que el adorador de los atrios exteriores no puede entender. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay algunos de nuestros himnos que hablan de Cristo con tal familiaridad que el crítico impasible dice: “A mí no me gustan tales expresiones. Yo no podría cantarlas”. Estoy plenamente de acuerdo contigo, señor crítico, ya que el lenguaje no te vendría bien a ti, puesto que eres un ''extraño''; pero un ''hijo'' puede decir mil cosas que un siervo no debe decir. Recuerdo que un ministro alteró uno de nuestros himnos que dice: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“Que rehúsen cantar&amp;lt;br&amp;gt;Quienes no conocieron nunca a nuestro Dios;&amp;lt;br&amp;gt;Pero los favoritos del Rey celestial&amp;lt;br&amp;gt;Pueden expresar libremente sus gozos”.&amp;lt;br&amp;gt;''&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Él lo cambió de esta manera: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“Pero los súbditos del Rey celestial”.''&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Sí; y cuando lo expresó, yo pensé: “eso es correcto; tú estás cantando lo que sientes; tú no sabes nada de la gracia que discrimina ni de las manifestaciones especiales, y, por tanto, te apegas a tu nivel innato, que es: ‘''súbditos'' del rey celestial’”. Pero, oh, mi corazón necesita una adoración que pueda sentir y expresar el sentimiento de que soy un favorito del rey celestial, y por tanto, que pueda cantar de Su amor especial, de Su favor manifiesto, de Sus dulces relaciones y de Su misteriosa unión con mi alma. Nunca estarás bien mientras no te hagas la pregunta: “Señor, ¿cómo es que te manifiestas a nosotros, y no al mundo?” Hay un secreto que nos es revelado, y que no es revelado al mundo exterior; un entendimiento que las ovejas reciben pero que no reciben las cabras. Yo apelo a cualquiera de ustedes que durante la semana ocupan una posición oficial: un juez, por ejemplo. Tú tienes un asiento en el tribunal y no estás revestido de una insignificante dignidad cuando estás allí. Cuando llegas a casa, hay un pequeñito que tiene muy poco miedo de tu investidura de juez, aunque tiene mucho amor por tu persona, y que se sube a tus rodillas, te besa en la mejilla y te dice mil cosas que son adecuadas y correctas porque salen de ''él'', pero que no tolerarías en la corte si provinieran de cualquier otro ser viviente. Esta parábola no necesita interpretación. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando leo algunas de las oraciones de Martín Lutero, me escandalizo, pero argumento conmigo mismo así: “Es cierto que no puedo hablar con Dios de la misma manera que Martín pero, tal vez, Martín Lutero sintió y comprendió su adopción más de lo que yo lo hago, y por tanto, no era menos humilde porque fuera más arrojado. Pudiera ser que usó expresiones que estarían fuera de lugar en la boca de cualquier hombre que no hubiera conocido al Señor como él lo hizo”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oh, amigo mío, canta en este día de nuestro Señor Jesús como de alguien cercano a nosotros. Acércate a Cristo, lee Sus heridas, mete tu mano en Su costado y mete tu dedo en la señal de los clavos, y luego tu canto adquirirá una sagrada dulzura y una melodía que no se puede lograr en ninguna otra parte. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Debo concluir observando que aunque su cántico era todo esto, sin embargo, ''cuán humilde fue'', en verdad, y cuán lleno de gratitud. Los papistas la llaman: “Madre de Dios”, pero ella no susurra nunca tal cosa en su cántico. No, ella dice más bien: “Dios ''mi Salvador''”; justo las mismas palabras que el pecador que les habla podría usar, y tales expresiones como las que ustedes, pecadores, que están oyéndome, podrían usar también. Ella necesita un Salvador; siente que lo necesita y su alma se regocija porque hay un Salvador para ella. Ella no habla como si pudiera recomendarse ante Él, sino que espera ser acepta en el amado. Procuremos, entonces, que nuestra familiaridad esté mezclada siempre con la postración más humilde de espíritu, cuando recordamos que Él es Dios sobre todo, bendito para siempre, y nosotros no somos nada sino polvo y cenizas. Él llena todas las cosas, y nosotros somos menos que nada y vanidad. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''III. '''Lo último debía ser la pregunta: ¿HA DE CANTAR SOLA? Sí, debe hacerlo, si la única música que podemos traer es la de los deleites carnales y de los placeres mundanos. Habrá mucha música mañana que no encajaría con la suya. Habrá mucho júbilo mañana, y mucha risa, pero me temo que la mayor parte de eso no iría acorde con el cántico de María. No será “Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador”. No querríamos impedir el retozo de los espíritus animales en los jóvenes ni en los viejos; no moderaríamos en lo más mínimo su goce de las misericordias de Dios, en tanto que no quebranten su mandamiento por causa del desenfreno, o la borrachera o el exceso; pero, aun así, cuando han practicado la mayor parte de este ejercicio corporal, de poco aprovecha, pues es sólo el disfrute de la hora pasajera y no la felicidad del espíritu que es permanente; y, por tanto María debe cantar sola en lo que a ustedes concierne. El gozo de la mesa es demasiado bajo para María; el gozo de la fiesta y de la familia es rastrero comparado con el suyo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, ¿ha de cantar sola? Ciertamente no, si en este día cualquiera de nosotros, por la simple confianza en Jesús, pudiera recibir a Cristo para ser suyo. ¿Te conduce el Espíritu de Dios a decir en este día: “Confío mi alma a Jesús”? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mi querido amigo, entonces tú has concebido a Cristo; en el mejor sentido y en el sentido místico de esa palabra, Cristo Jesús es concebido en tu alma. ¿Lo comprendes como el que cargó con el pecado y quitó la transgresión? ¿Puedes verle sangrando como el Sustituto de los hombres? ¿Lo aceptas como tal? ¿Pone tu fe toda su dependencia en lo que Él hizo, en lo que es y en lo que hace? Entonces Cristo es concebido en ti, y puedes proseguir tu camino con todo ese júbilo que conoció María -y yo estaba casi listo a decir con algo más- pues la concepción natural del santo cuerpo del Salvador fue, como tema de congratulación, sólo la décima parte si se le compara con la concepción espiritual del santo Jesús dentro de tu corazón, cuando Él sea en ti la esperanza de gloria. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mi querido amigo, si Cristo es tuyo, no hay cántico en la tierra tan sublime y tan santo para ser cantado; es más, no hay ningún cántico conmovedor procedente de los labios de los ángeles, ni ninguna nota conmovedora de la lengua del arcángel, a los que tú no pudieras unirte. Incluso en este día, lo más santo, lo más feliz, lo más glorioso de las palabras, de los pensamientos y de las emociones, te pertenecen. ¡Úsalos! Que Dios te ayude a gozar de todo eso, y Suya sea la alabanza y tuyo sea el consuelo para siempre. Amén.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

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		<id>http://es.gospeltranslations.org/wiki/Vivir_de_la_Palabra</id>
		<title>Vivir de la Palabra</title>
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				<updated>2011-01-17T20:28:26Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|Living on the Word}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“No sólo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre”. ''Deuteronomio 8: 3. &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Lo más importante para cada uno de nosotros es la vida. ¿Qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su vida? ¿De qué servirían las riquezas si no se tuviera vida? ¿Cuál es el valor de sobreabundantes acres para un hombre muerto, o el aplauso de las naciones para uno que descansa en su sepulcro? Por tanto, lo primero que un hombre tiene que cuidar, es la vida. Hay algunas personas que toman esta verdad en un sentido erróneo, y entonces la tergiversan. Afirman: “Tenemos que vivir”, aunque en el sentido en que lo dicen, no existe tal necesidad en absoluto. Que tengamos que continuar viviendo aquí, no está claro para nada; sería mucho mejor para nosotros morir que vivir gracias a pecar. Los mártires han preferido sufrir las más terribles muertes antes que deshonrar, ni siquiera por una sola palabra, el nombre de Jesús; y todo verdadero cristiano preferiría la muerte inmediata antes que deshonrar a su grandioso Señor y Maestro. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, hermanos, según nuestra idea común, si hemos de vivir, tenemos que comer; tenemos que comer pan, que es el báculo de la vida; y algunas veces, cuando el pan escasea, y el hambre provoca agudos tormentos, los hombres han sido conducidos a echar mano de la iniquidad para proveerse del alimento necesario. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ustedes recuerdan cómo actuó nuestro Divino Señor, quien es nuestro perfecto Modelo en todas las cosas, cuando se encontró en ese caso. Después de haber ayunado en el desierto cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre, y entonces vino a Él el diablo, y le dijo: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan”. Esto equivalía, en efecto, a decirle: “Renuncia a confiar en Tu Padre Celestial. Evidentemente te ha abandonado; te ha dejado en el desierto en medio de las fieras y aunque a ellas sí las alimenta, a Ti no te ha alimentado. Está permitiendo que te mueras de hambre; por tanto, ayúdate a Ti mismo, emplea Tu propio poder. Aunque lo has puesto bajo la custodia de Dios, y, estando aquí en la tierra te has convertido en siervo de Tu Padre, róbale un poco de Tu servicio a Tu Padre, y úsalo para Tu propio beneficio. Toma algo de ese poder que has dedicado a Su grandiosa obra, y empléalo para Tu propio bienestar. Renuncia a confiar en Tu Padre; manda que estas piedras se conviertan en pan”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
De inmediato destelló este texto cuando el Maestro lo sacó como a espada de su vaina: “Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Fue sólo por el uso de esta “Espada del Espíritu, que es la palabra de Dios”, que el archienemigo fue alejado de Cristo; y yo quiero usar esa arma ahora. Puedo decir de ella lo mismo que dijo David de la espada de Goliat: “Ninguna como ella; dámela”. Esa espada, con la que Cristo ganó la victoria, es la mejor para ser usada por Sus siervos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esta respuesta de nuestro Señor al tentador, nos enseña que el sustento de nuestra vida, aunque naturalmente y de acuerdo a la apariencia ordinaria de las cosas depende del pan, realmente depende de Dios. Es Dios quien da al pan el poder para nutrir al hombre. A mí me parece un gran misterio que el pan, o cualquier otro tipo de alimento, haga eso. Puedo entender cómo, siendo materia en una cierta forma, tienda a construir la estructura material del cuerpo, si bien el proceso por el cual el pan se convierte en carne, y en sangre, y huesos, y músculos, y cabellos, y todo tipo de cosas, mediante la acción perpetua del poder de Dios, es algo muy asombroso. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero es algo más notable que este material parezca nutrir, por lo menos en alguna medida, al corazón del hombre, de tal manera que la propia alma y el principio vital en él dependan de ser sustentados por el alimento corporal. ¿Podría explicarnos alguien cómo es que el espíritu interior pone en acción los músculos de la mano, y los nervios que se comunican con el cerebro? ¿Cómo es que el espíritu impalpable –una cosa que no puedes ver ni oír, que no es en sí misma material- posee poderes mediante los cuales controla la materia de este cuerpo exterior? ¿Y cómo es que la sustancia material del pan obra de alguna manera para mantener a nuestro espíritu en conexión con esta carne y esta sangre? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo no puedo explicar este misterio, pero creo que es un continuo milagro obrado por Dios. Frecuentemente me dicen que los milagros han cesado. Me parece que los milagros son la regla de la operación de Dios, y que, por todas partes, se podrían percibir cosas dignas de admiración y de asombro si viéramos más allá de la apariencia externa. Penetremos por un momento debajo de la mera superficie, y veremos: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Un mundo de prodigios: no puedo decir menos”.'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
De acuerdo con nuestro texto, somos llamados a observar que el poder que nos mantiene vivos no está en el pan mismo, sino en Dios, quien decide hacer uso del pan como Su agente para nutrir a nuestro cuerpo. Yo no deduzco de esta verdad que por lo mismo no he de comer nunca, sino que he de vivir por la fe, porque Dios puede hacer que viva sin necesidad de pan. Algunas personas me parecen muy insensatas cuando deducen que, ya que Dios puede sanarme, nunca debo tomar una medicina adecuada o apropiada para una enfermedad, porque debo confiar en Dios. Yo en verdad confío en Dios, pero confío en Dios según la propia manera de obrar de Dios; y Su forma de proceder es ésta: si deseo satisfacer el hambre, tengo que comer ordinariamente pan; si deseo ser curado de alguna enfermedad, tengo que tomar el remedio provisto por Él. Esa es Su regla general de procedimiento; pero sería un error igualmente grave y mostraría otra forma de insensatez, si dijéramos que el pan o la medicina realizan el trabajo. El pan alimenta y la medicina sana, pero Dios es quien obra por esos medios; o, si así le agradara, quien obra sin ellos. Si es necesario que Su hijo viva, y no decidiera comisionar a los cuervos para que le llevaran pan y carne, o si no mandara a una viuda que sustentara a Su siervo, lo podría mantener sin necesidad de ningún medio, pues “No sólo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová”. Cuando el Señor habla y le ordena vivir, vive. Dios dijo la palabra para que el mundo existiera. Su Palabra mantiene todavía la estructura entera del universo sobre sus columnas; y, ciertamente, esa Palabra es capaz de sustentar a nuestra alma con vida, incluso sin usar medios externos, o usándolos, el tiempo que Dios quiera. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ése, creo yo, es el significado del texto. Dios llevó a Su pueblo al desierto donde no había ni siembra, ni siega, y donde no se hacía pan, y le pareció al pueblo que se moriría de hambre allí; pero, entonces, Dios hizo que el maná cayera del cielo, para mostrar que podía sustentarlo, si no por un medio, por otro muy distinto. Él los llevó donde no había ondeantes riachuelos ni susurrantes corrientes apacibles de agua, pero Su siervo golpeó la roca de pedernal y el agua brotó, para mostrar que Dios podía dar agua a los hombres no solamente de las fuentes del abismo inferior, o de la lluvia de las nubes en lo alto, sino de las sólidas rocas, si así le agradaba. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amigo mío, Dios puede darte pan para comer. Si bien tal vez no lo haga de la manera que esperas, podría venir de una manera en la que ni siquiera has soñado jamás. He leído acerca de uno que fue condenado a morir de hambre; y, cuando el juez pronunció la sentencia, le preguntó: “¿Y qué puede hacer por ti tu Dios ahora?” El hombre replicó: “Mi Dios puede hacer esto por mí: si quisiera, puede alimentarme de tu mesa”. Y así sucedió, aunque el juez no lo supo nunca, pues su propia esposa le enviaba alimentos a aquel pobre hombre, y lo conservó con vida hasta que por fin recuperó su libertad. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Dios tiene una forma de usar los instrumentos más inverosímiles para cumplir Su propósito. Él puede, si quiere, hacer que las corrientes se junten como en un montón, hasta que la nación elegida haya pasado por en medio del mar; o Él puede permitir que el fuego arda en torno a Su pueblo, pero puede guardarlo de ser quemado, así como Sadrac, Mesac y Abed-nego salieron ilesos del horno de fuego ardiendo y ni siquiera olor de fuego tenían. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora llego al significado más espiritual del texto, y le pido a Dios que lo convierta en un rico alimento para sus almas. Les pido que noten, primero, ''la Palabra'': “Todo lo que sale de la boca de Jehová”. En segundo lugar, consideren ''el uso que debemos dar a la Palabra''; tenemos que vivir de ella; y luego, en tercer lugar, noten la ''adaptación de esa Palabra para nuestro uso'', de cada una de sus palabras, pues, de acuerdo al texto, nosotros no vivimos de ''algunas'' palabras que salen de la boca de Dios, sino: “de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''Primero, entonces, reflexionemos un poco sobre LA PALABRA DEL SEÑOR. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Qué queremos decir con la expresión: “la Palabra de Dios”? Dios se digna usar figuras de lenguaje que podamos entender, pues somos como niñitos que tienen que aprender con ilustraciones. Ahora, con relación a un hombre, su palabra es a menudo la expresión de su deseo. Él desea que se haga tal y tal cosa y le dice a su sirviente: “Haz esto”, o le dice a otro: “Ven aquí”, o, “Vé allá”. Su palabra es ''la expresión de su deseo''. ¡Ay!, en cuanto a nosotros, nuestros deseos son a menudo fuertes, pero nuestras palabras son débiles; ordenamos que se haga tal y tal cosa, pero no se hace. Tenemos, tal vez, mil deseos en nuestros corazones que, si fuéramos a expresarlos, sería para hacernos ver ridículos. Podemos desear hacer esto y aquello, pero si dijéramos: “que se hagan estas cosas”, no serían hechas a pesar de todo lo que dijéramos; pues, con frecuencia, donde está involucrada la palabra de un hombre, hay debilidad. Sólo donde está la Palabra de Dios hay poder. Hablando a la manera de los hombres, cuando Dios quiere algo, dice: “Sea”, y es, inmediatamente. El poder de Dios acompaña a Su voluntad. Él dijo: “Sea la luz, y fue la luz”. Dios dijo: “Júntense las aguas que están debajo de los cielos en un lugar, y descúbrase lo seco. Y fue así”. Dios dijo: “Haya lumbreras en la expansión de los cielos para separar el día de la noche; y sirvan de señales para las estaciones, para días y años, y sean por lumbreras en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra. Y fue así”. Basta que Él quiera algo, y sucede. Su Palabra es Su voluntad en movimiento, Su poder puesto en acción; ese es el sentido común y enfático del término. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La Palabra de Dios es también ''la expresión de Su verdad''. Alguien nos dice: “Te prometo tal y tal cosa”, y nosotros le decimos: “Confiamos en tu palabra”. El honor de un hombre está involucrado en su palabra; aquél que no guarda su palabra no es un hombre de honor, y pronto cae en desgracia para con sus semejantes, natural y debidamente. ¡Ay!, las palabras de los hombres no sólo son débiles, sino son volubles y falsas a menudo; pero la Palabra de Dios es la promesa de Alguien que sabe lo que está diciendo, que es capaz de hacer lo que promete, y que no cambiará nunca ni nunca será falso; de tal manera que, si vemos Su Palabra como la expresión de Su verdad, vemos Su fidelidad; y sobre estas dos cosas: el poder que guarda la promesa, y la voluntad que es fiel para guardarla, podemos descansar con gozo y confianza. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, si un hombre es un hombre auténtico, su palabra ''es una revelación de sí mismo''. Uno de los antiguos le dijo a un muchacho muy hermoso y joven, cuando le hubo mirado: “Habla, muchacho, pues entonces puedo verte”; y, con frecuencia, cuando una persona habla, vemos mucho más de su carácter que cuando la vemos simplemente a ella. Hay muchas lindas caras que han sido admiradas debido a su apariencia; pero cuando la lengua no muy bonita de su dueño comienza a parlotear, el amor se queda desconcertado sin poder encontrar algún motivo de admiración. Hay algunas personas que hablan de tal manera que, cuando vemos su interior, se ven tan repugnantes que anulan su atractiva apariencia. Pero un hombre auténtico se revela por sus palabras. Es por esto que el Señor Jesucristo es llamado: “La Palabra de Dios”; Jesucristo es Dios hablando. Dios piensa lo que dice, y los pensamientos de Dios son encarnados en la persona, obra, vida y muerte de Jesucristo, Su amado Hijo. Con toda reverencia decimos que Dios nunca habría podido revelarse más plenamente de cualquier otra manera que dando “a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Bien hizo en cantar el doctor Watts: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;“La naturaleza permanece como un volumen abierto,&amp;lt;br&amp;gt;Para esparcir por doquier la alabanza de su Hacedor;&amp;lt;br&amp;gt;Y cada labor de Sus manos&amp;lt;br&amp;gt;Muestra algo digno de Dios. Pero en la gracia que rescató al hombre&amp;lt;br&amp;gt;Fulgura su más brillante forma de gloria;&amp;lt;br&amp;gt;Aquí en la cruz, está más bellamente delineada&amp;lt;br&amp;gt;En sangre preciosa y líneas de carmín. Aquí contemplo lo más íntimo de Su corazón,&amp;lt;br&amp;gt;Donde se unen extrañamente gracia y venganza Perforando a Su Hijo con el dolor más agudo,&amp;lt;br&amp;gt;Para hacer míos los placeres comprados”. &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Queridos amigos, entonces vean ustedes que la expresión “la Palabra de Dios” tiene un alcance muy amplio. Pero mi texto me induce a recordarles algo muy dulce: “No sólo de pan vivirá el hombre, mas de todo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre”. Es hermoso pensar que la Escritura ''procede de la boca de Dios''. No miren ese rollo de papiro sobre el cual está escrita, y sobre el cual los críticos debaten y altercan. Ellos tropiezan casi con cada letra y con cada palabra, y así se pierden de su significado y de su espíritu; pero, en cuanto a ustedes, oren al Espíritu Santo pidiendo que la diga en su corazón como si procediera inmediatamente de la boca de Dios. Cuando Cowper contemplaba el retrato de su madre después de que, para su gran tristeza, había partido de la tierra hacía mucho tiempo, exclamaba: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“¡Oh, que esos labios pronunciaran palabras!”'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Bien, has de considerar que esta Palabra de Dios sale constantemente de nuevo de Sus labios. El Espíritu Santo pone en la Palabra un poder que la hace entrar directamente en tu corazón con el propio tono y majestad del Dios de gracia, el Padre de tu espíritu. Este maná cae siempre fresco del cielo. Los israelitas nunca tuvieron pan rancio en el desierto; ellos recogían el “pan de nobles” fresco cada mañana justo cuando descendía de los cielos. De la misma manera, consideren que cada pasaje de la Palabra de Dios viene fresco a ustedes de parte de Dios; consideren que su Padre Celestial lo está diciendo directamente a su corazón. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Estaba leyendo en uno de los libros de Mark Guy Pearse, un día, un bello pensamiento que no había captado nunca antes. Él pone en boca de un hombre muy sencillo pero piadoso que está hablando acerca de su Padre Celestial, palabras más o menos en este sentido: “Estoy muy seguro de que mi Padre me cuidará. Él no descansó nunca durante los seis días de la creación mientras no hubo preparado un lugar para que Su hijo viniese y viviese allí; mientras no hubo puesto el trazo final sobre ese lugar, y no tuvo la casa lista para Adán, no descansaría del todo. Y ahora mi Padre Celestial no descansará mientras no haya preparado el cielo para mí, y no me haya preparado a mí para el cielo, y Él seguramente me dará todo lo que necesito en el camino”. Cuando leí eso me llegó tan fresco como si hubiera visto escrito el segundo capítulo del Libro de Génesis. No me pareció como un registro viejo y rancio, sino como un mensaje fresco y vivo procedente de la boca de Dios, en ese lugar y en ese instante. Y hay muchos amados hijos de Dios que, cuando son enseñados por el Espíritu, han hecho nuevas lecturas de los antiguos textos, y, por decirlo así, cuelgan las viejas pinturas al óleo bajo una mejor luz, al punto que nos hemos preguntado al contemplarlos: “¿Serán los mismos cuadros? Parecen contener una fresca belleza y una fuerza inusitada”. Esto debe ser su alimento, queridos hijos de Dios: Su propia Palabra, tal como la tienen aquí, pero tienen que alimentarse de ella como si saliera continuamente de Su propia boca. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El texto dice además: ''“De todo lo que sale de la boca de Jehová ''vivirá el hombre”. Queridos amigos, en lo concerniente a la doctrina de la inspiración, no estén turbados en absoluto preguntándose cómo fue inspirada la Biblia, si fue por este proceso o por aquél. A mí no me preocupa mucho cómo fue; yo sé que es inspirada, y eso me basta, y creo que es inspirada verbalmente. Encuentro que el apóstol Pablo esgrime un argumento de peso sobre el uso de un singular o de un plural, allí donde dice: “No dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu ''simiente'', la cual es Cristo”. Encuentro que el apóstol Pedro reflexiona sobre una palabra dicha por una mujer, y hace que nos enseñe una importante lección: “Como Sara obedecía a Abraham, llamándole señor”, y así sucesivamente. Y ustedes recordarán que no hace mucho analizamos el texto: “En aquel tiempo, dice Jehová, me llamarás Ishi, y nunca más me llamarás Baali. Porque quitaré de su boca los nombres de los baales, y nunca más se mencionarán sus nombres”; en el que estaba implicada una gran verdad en el uso de dos palabras que eran en cierta forma similares en significado. Yo no estoy diciendo que nuestras versiones en inglés sean inspiradas, pues hay errores en la traducción; pero si pudiéramos llegar al texto original, tal como fue escrito al principio, no tengo miedo de decir que cada jota o tilde – cada tilde de una t y cada punto de una i- fueron inspiradas infaliblemente por Dios el Espíritu Santo. Yo creo en la infalibilidad y en la infinitud de la Santa Escritura. Dios inspiró el registro entero, desde Génesis hasta Apocalipsis, y todo lo que está en medio; y Él desea que creamos en una parte de la Palabra tanto como en otra. Si ustedes no creen en eso, no servirá de alimento para ustedes; estoy seguro de que no lo hará; sólo hará las veces de vomitivo para ustedes, mas no será un alimento. No podría alimentar su alma en tanto que estén disputando acerca de ella. Si no es la Palabra de Dios, entonces es la palabra del hombre, o la palabra del diablo; y si a ustedes les interesa vivir de la palabra del diablo o de la palabra del hombre, a mí no me interesa. Pero la Palabra de Dios es alimento para el alma que mora con Dios, y no puede quedarse satisfecha con nada más. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''Ahora prosigamos a nuestro segundo punto, que es: EL USO QUE DEBEMOS DAR A LA PALABRA DE DIOS. Hemos de vivir de ella. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Un día, me senté bajo una haya en la ‘Nueva Foresta’. Me gusta mirar a las hayas, y estudiarlas, y hago lo mismo con otros árboles, pues cada árbol tiene sus propias peculiaridades y hábitos, su manera especial de torcer sus ramas y de hacer crecer su corteza, y de abrir sus hojas, etcétera. Cuando alcé mi mirada hacia esa haya, y admiraba la sabiduría de Dios al crearla, vi a una ardilla que corría dando vueltas y vueltas alrededor del tronco y subiendo a las ramas, y me dije: “¡Ah!, esta haya es para ti muchísimo más de lo que es para mí, pues es tu hogar, y tu sustento, y tu todo”. Sus grandes ramas eran las calles principales de su ciudad, y sus ramitas eran sus veredas; esa ardilla tenía su casa en algún lugar de ese árbol, y las vainas de la haya eran su alimento diario; vivía de ella. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Bien, ahora, la manera de tratar con la Palabra de Dios no es contemplarla simplemente, o estudiarla como lo hace un estudiante; sino vivir de ella así como la ardilla vive de su haya. Ha de ser para ti, espiritualmente, tu casa, tu hogar, tu alimento, tu medicina, tu vestido, el único elemento esencial de la vida y del crecimiento de tu alma. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay algunas personas, a las cuales conozco, que toman la Palabra de Dios, y juegan con ella. Están interesadas en sus narraciones, estudian sus historias a la luz de la investigación moderna, etcétera; pero no fue destinada simplemente para un propósito como ése. Las rebanadas de pan no son puestas sobre la mesa para que las esculpas de diferentes maneras y para ser miradas simplemente; tienen el propósito de servir de alimento. Ese es el uso apropiado del pan, y ese es el uso apropiado de la Palabra de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Algunos hacen cosas peores que ésta; no es tanto que jueguen con la Biblia sino que se pelean por ella. Contienden fieramente por una doctrina, y condenan a todo el mundo que no acepte su interpretación particular de ella. Cuando he oído a algunos predicadores me ha parecido que han sacado una doctrina a propósito para pelear por ella. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo tengo un perro que tiene una alfombra en la que duerme, y cuando vaya a casa esta noche, la sacará, y la sacudirá delante de mí, no porque le interese particularmente su alfombra, sino porque sabe que yo le diré: “dámela”, y entonces él va a ladrarme y dirá en su lenguaje: “no, no te la daré”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay algunas personas que citan las doctrinas de la gracia justo de esa manera. Puedo verlas trotando mientras sostienen en la boca la doctrina de la elección sólo para que algún hermano arminiano dispute con ellas al respecto, y, entonces, puedan ladrarle. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No actúen así, amados. El peor utensilio con el que pueden derribar a un hombre es la Biblia; tiene por fin que vivamos de ella; no tiene por objeto ser un arma en nuestras controversias, sino nuestro diario alimento del que vivimos con regocijo. No creo que nuestras Biblias nos fueran dadas para que simplemente las empleemos como telescopios para auscultar los cielos, para tratar de descubrir qué sucederá dentro de cincuenta años; estoy cansado de las profecías y especulaciones que, como regla general, terminan en nada. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Conozco a algunos hermanos con quienes no se puede hablar de ningún pasaje sin que digan: “Oh, tú no has visto el último librito de R. B. S. (esas no son las iniciales reales del buen hermano) en el que dice que este pasaje no se aplica a nosotros, sino que solamente está destinado para los judíos”; o también, “Eso era sólo para la Iglesia en el desierto, y no para nosotros en estos días”. No usemos indebidamente la Palabra de Dios, sino valorémosla como el pan del que hemos de vivir: “No sólo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Pero ¿cómo podemos vivir de palabras?” nos pregunta alguien. Has hablado bien; no podemos vivir de palabras si son palabras de hombre; pero no hay nada como la Palabra de Dios para vivir de ella. A esa Palabra le debemos nuestra vida. Él habló para que fuéramos creados, Él habló para que el alma entrara en nuestro cuerpo. Por esa Palabra de Dios somos mantenidos vivos diariamente; basta que Dios la revierta, y diga: “Regresen, ustedes, hijos de los hombres”, y tendríamos que regresar de inmediato al polvo del cual salimos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es por la Palabra de Dios, ciertamente, que comenzamos a vivir espiritualmente; por medio de la obra eficaz de Su Palabra creímos en Cristo. La simiente viva e incorruptible fue sembrada en nuestro corazón, y por ella comenzamos a vivir; y es por la misma Palabra que nuestra alma es sustentada con vida. Hasta este momento, ustedes y yo no hemos recibido ningún nutrimento del Espíritu Santo excepto por esa Palabra de Dios que es el alimento del Israel espiritual en el desierto de este mundo. Cristo dijo: “Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida”; y es por Él, como Palabra de Dios, que nuestra vida ha de crecer todavía más. No hay ningún desarrollo del cristiano que le venga de cualquier otra manera excepto por la Palabra de Dios, encarnada o inspirada. Aquel que habló, y fuimos creados, tiene que hablar para que tengamos un ser más fortalecido todavía. La fe es el don de Dios, pero también lo es la seguridad. La primerísima chispa de vida es el don de la gracia de Dios; pero también lo es la llama seráfica del celo. Todo eso proviene de la Palabra de Dios; y cuando estemos a punto de entrar al cielo, el último toque que nos perfeccionará, no será dado por ningún cincel, sino por la Palabra de Dios. Nuestro Señor oró por Sus discípulos: “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad”; y esa Palabra completará el proceso entero. Vean, entonces, amados, de qué ha de vivir lo más íntimo de su espíritu: de la Palabra de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos y hermanas, ¿podría preguntarles si están todos ustedes suficientemente conscientes de esta gran verdad? Ustedes nunca recibieron la vida espiritual debido a sus propios sentimientos. Vivieron, cuando creyeron en la Palabra de Dios; y nunca alcanzarán ningún incremento de vida espiritual, ni de gracia creciente, por sus propios sentimientos o por sus propias acciones. Tiene que ser todavía por su fe en las promesas, y por alimentarse de la Palabra. No hay ningún otro alimento para sus almas; todo lo demás resultará ser al final, algarrobas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces, ¿tienes hambre? Ven, y aliméntate de la Palabra. ¿Te has rebelado? Ven, y aliméntate de nuevo de la Palabra. Dios sana a Su pueblo alimentándolo. “¿Cómo es eso?”, preguntas. Cuando la iglesia de Laodicea no era ni fría ni caliente, de tal forma que Cristo sentía que tenía que vomitarla de Su boca, incluso entonces le dijo al ángel de esa iglesia: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo”. Y yo me atrevo a decir que: “No hay cura para la tibieza como una buena cena con Cristo”. Si Él entra, y cena contigo, y tú con él, tu tibieza desaparecerá de inmediato. No comiences siendo salvado por la fe para luego proseguir a ser salvado por obras; no trates de mezclar esas dos cosas. Si eres de la casa de Sara, no inclines tu rodilla delante de Agar, ni regreses a la esclava. Si has vivido de la Palabra simple y pura, dándole crédito por una fe viva dada por Dios, prosigue viviendo de la misma manera y crece por la Palabra. Aliméntate de ella continuamente, siguiendo la indicación: “Fortaleceos en el Señor, y el poder de su fuerza”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''III. '''Ahora llego a mi último punto, sobre el que quiero insistir muy enfáticamente, y es: LA ADAPTACIÓN DE LA PALABRA DE DIOS PARA LA ALIMENTACIÓN DE NUESTRAS ALMAS: “De todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“De toda palabra”. Si se restringen en su alimentación a uno o dos artículos, cualquier médico les dirá que hay un peligro que su cuerpo no sea suplido con toda forma del nutrimento requerido. Un adecuado y amplio rango de dieta es recomendable para quienes quieren gozar de una vigorosa salud. Y en las cosas espirituales, si guardan una parte de la Palabra de Dios podrían vivir de ella, pero la tendencia sería a no alcanzar la plena salud espiritual debido a la falta de algún nutrimento que la Palabra les habría suplido si la hubieran usado. Cuando el hombre se alimenta de toda Palabra de Dios, vive en el estado más elevado y saludable. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Miren, por ejemplo, a ''la doctrina ''en la Palabra de Dios. “A mí no me gusta la doctrina”, dice alguien. ¿Sabes lo que estás diciendo? Tú eres un discípulo, pero no te gusta la enseñanza, pues doctrina quiere decir enseñanza. Que un discípulo diga que no le gusta ser enseñado, equivale a que dijera que no le gusta ser un discípulo; y, de hecho, no es un discípulo en el verdadero sentido de ese término. Es importante que conozcamos cualquier verdad proclamada en la Palabra de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“¡Oh!”, -dice alguien- “pero hay algunas verdades que no son importantes”. Yo no conozco ninguna. En los lugares donde cortan diamantes recogen el polvo porque el propio polvo de los diamantes es valioso; y en la Palabra de Dios, toda la verdad es tan preciosa que aun la verdad más ínfima -si existiera tal cosa- es todavía polvo de diamante y es indeciblemente preciosa. “Pero”, -objetas tú- “yo no veo que una tal verdad sea de algún uso práctico”. Pudieras no verlo, amigo, pero es así. Si yo escribiera mi experiencia como Pastor de esta iglesia, podría mostrarles que ha habido personas convertidas a Dios por medio de doctrinas que algunos habrían considerado como improbables para que produjeran ese resultado. Sé que la doctrina de la resurrección ha llevado a los pecadores a Cristo; he conocido a muchas personas que han sido traídas al Salvador por la doctrina de la elección; precisamente se trataba del tipo de personas que, hasta donde puedo ver, no habrían venido si esa verdad no fuera una doctrina angular que golpeó su corazón en el lugar preciso y que se introdujo en las grietas de su naturaleza. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo creo que todo lo que está en la Palabra de Dios tiene que ser predicado, tiene que ser creído y tiene que ser estudiado por nosotros. Toda doctrina es útil para un fin u otro. Si no es alimento, es medicina, y los niños necesitan algunas veces un tónico así como necesitan la leche. Toda planta en el huerto de Dios responde a algún buen propósito; por tanto, debemos cultivarlas todas, y no debemos descuidar ninguna doctrina. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sin embargo, cuando me acerco a la Palabra de Dios, encuentro que no todo es doctrina, y descubro que hay mucho de ''precepto''. Ahora, tal vez, alguien diga: “A mí no me interesan los preceptos”. Solíamos tener un conjunto de personas llamadas cristianas, quienes, si predicabas acerca de algún deber del creyente, decían de inmediato: “No podemos soportar la palabra “deber”; contiene una resonancia legal”. Recuerdo haberle dicho a uno que me llamó: “un predicador legal”: “Eso está muy bien”: ‘legal’ quiere decir: ‘conforme a derecho’; y tú quieres decir, yo supongo, que soy un predicador conforme a derecho y tú eres una persona contraria a la ley puesto que objetas mi predicación”. Pero solía ser así; si predicabas doctrina sana y buena, si predicabas sobre los privilegios de los creyentes, eso los complacía mucho; pero cuando comenzabas a hablar acerca de las partes prácticas de la Palabra de Dios, entonces, se ofendían de inmediato. No ha de sorprendernos, pues su conciencia les remordía por su descuido de esas porciones de las Escrituras. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, queridos amigos, vivimos de los preceptos así como de las doctrinas y se han convertido para nosotros en nuestro alimento necesario. Ustedes saben qué dijo David acerca de los mandamientos del Señor: “Deseables son más que el oro, y más que mucho oro afinado; y dulces más que miel, y que la que destila del panal. Tu siervo es además con ellos; en guardarlos hay grande galardón”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Bendito sea Dios porque hay también una extensa porción de este Libro que se ocupa de las ''promesas''. Queridos amigos, deben conocer bien las promesas. Con frecuencia he comprobado que me es útil ese librito en el que el doctor Samuel Clarke ha clasificado las promesas bajo diferentes categorías. Es muy útil, si tienen problemas, referirse a todas la promesas que son dadas a aquellos que se encuentran en circunstancias similares a las suyas; por ejemplo, para los enfermos, o para los pobres, o para los que son blanco de calumnias. Al leer esas promesas, una tras otra, se dicen a ustedes mismos: “Esta es mi chequera; puedo tomar las promesas conforme las necesite, firmarlas por la fe, presentarlas en el grandioso Banco de la Gracia, y salir enriquecido con la ayuda presente en el tiempo de necesidad”. Esa es la manera de usar las promesas de Dios, para que ministren a la vida de nuestro espíritu. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, queridos amigos, gran parte de la Palabra de Dios está conformada por ''historias''. Allí tienen la historia de la Creación y de la Caída, de Abraham, y de Isaac, y de Jacob, y de Moisés y de los reyes y príncipes y del pueblo de Israel. Tal vez se pregunten: “¿Es alimento eso?” Ciertamente. Hay críticos, en estos días, que hablan despectivamente del Antiguo Testamento, y hablan como si los Evangelios constituyeran toda la Palabra de Dios; incluso consideran que las Epístolas son de inferior calidad. Pero todo eso está mal; el hombre vive de toda Palabra de Dios; y, a menudo, una historia, dándonos un ejemplo de fe o una prueba de la fidelidad de Dios para ayudar a Su pueblo atribulado, se convierte en un alimento más adecuado de lo que podría ser la promesa sola. Los hombres dicen que hay más fuerza en lo concreto que en lo abstracto. Ciertamente hay más poder en algo presentado en vivo del que hay en eso mismo expresado en palabras. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si van alguna vez a las galerías de cuadros de Versalles, pueden caminar a través de –iba a decir- miles de kilómetros de galerías entre cuadros de reyes y hombres notables de diferentes épocas; pero nadie se detiene a mirarlos ni a ustedes mismos les interesaría verlos. Son simples cuadros; pero, abajo, hay pinturas de los mismos hombres, sólo que están pintados en orden de batalla o en varias posiciones que los muestran en acción. Ahora sí se detienen y los miran, pues están interesados en la representación de las escenas que vivieron. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así, algunas veces, las promesas de Dios están colgadas como cuadros en la pared, y no las advertimos; pero cuando vemos a los hombres que confiaron en esas promesas y comprobaron la verdad de ellas, entonces hay una suerte de interés humano acerca de ellas que gana nuestra atención y habla a nuestros corazones. No descuiden nunca las partes históricas de la Palabra de Dios, pues están llenas de alimento para los hijos de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sucede precisamente lo mismo en relación con ''las profecías''. Una vez oí decir al señor George Müller que a él le gustaba leer toda la Biblia, una y otra vez, y que a él le gustaba leer las porciones de la Biblia que no entendía. Esa parece más bien una declaración singular, ¿no es cierto? Pues, ¿de qué nos sirve la lectura si no entendemos lo que leemos? El buen hombre me lo explicó así: “Un niñito que está con su padre, y hay mucho de lo que su padre le dice que él comprende y absorbe, y le agrada mucho oír hablar a su padre. Pero algunas veces su padre habla de cosas que están mucho más allá de su alcance, pero al muchacho le gusta escuchar; aprende un poquito aquí y allá, y gradualmente, cuando ha escuchado año tras año, comienza a entender lo que dice su padre como no lo habría hecho nunca si se hubiera alejado corriendo siempre que su padre comenzaba a hablar de cosas incomprensibles”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lo mismo sucede con las profecías, y con otras partes profundas de la Palabra de Dios. Si las lees una vez o dos pero no las comprendes, a pesar de ello estúdialas, y entrégales tu corazón, pues, gradualmente, la verdad preciosa permeará tu espíritu, y beberás insensiblemente sabiduría que de otra manera nunca habrías recibido. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cada parte de la Palabra de Dios es alimento para el alma; entonces, queridos amigos, pudiera ser que haya un mensaje de ''amenaza'' que les hable muy ásperamente, pero que es también muy provechoso para ustedes. Tal vez, algún domingo, salgan del Tabernáculo y digan: “Nuestro pastor no nos ha consolado esta mañana; pareciera que nos ha desmenuzado y aplanado con la grada y nos ha arado”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sí, yo sé que así sucede algunas veces; pero es para su provecho, pues, como dijo Ezequías: “Por todas estas cosas los hombres vivirán”. Sucede frecuentemente que necesitamos ser humillados, y probados, y acrisolados y abatidos; y todo hijo de Dios con una mente recta dirá: “Mi entrenamiento no debe ser de acuerdo a mi mente, sino que debe ser conforme a la mente de Dios”. El sermón que más nos agrada pudiera no aprovecharnos de nada, mientras que el sermón que nos aflige y nos veja pudiera, tal vez, hacernos un servicio sumamente esencial. Cuando la Palabra de Dios te escudriña al revés y al derecho, ábrele tu corazón. Deja que el viento sople a lo largo de todo tu ser, para que se lleve todo harapo y reliquia que deban ser erradicadas de ti. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay algunas palabras de Dios que son muy breves, pero contienen un abundante alimento para el alma. Algunas veces me he quedado muy quieto, al estar mirando algún texto, y me he sentido como Jonatán cuando encontró la miel. No podía comer del todo; sólo podía hundir mi vara en ella, y probarla; y yo quería convocarlos a todos ustedes para ver si pudieran limpiar este bosque tan cargado de dulzura. En otros momentos, de camino a casa, cuando yo mismo no he obtenido mucho durante el sermón, el Maestro me ha dado un festín en el camino; y me he reído una y otra vez del puro gozo del corazón sobre algún precioso pasaje del que una luz fresca ha brotado para animar mi espíritu y alegrarme en el Señor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, guarden la Palabra, hermanos míos! Guárdenla como Palabra de Dios, y como salida de Su boca. Chúpenla e introdúzcanla en su alma; no pueden comer demasiado de ella. Aliméntense de ella de día y de noche, pues así Dios hará que vivan la vida que es verdadera vida. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si hay alguna pobre alma aquí que quiera encontrar la vida eterna, querido amigo mío, te pido que la busques en la Palabra de Dios, y sólo allí. “Pensé en ir a casa y orar”, dice alguien. Hazlo; pero, al mismo tiempo, recuerda que tus oraciones son de poco valor sin la Palabra de Dios. Oye primero la Palabra de Dios y luego vé y dile a Dios tu propia palabra; pues es en Su Palabra, más que en tu palabra, que la salvación ha de ser encontrada. Recuerda esa grandiosa frase del Libro de Éxodo, donde Dios dice: “Veré la sangre y pasaré de vosotros”. No dice: “Cuando ''ustedes'' vean la sangre”, sino cuando Él vea la sangre. Entonces, cuando Dios mira la sangre derramada y rociada de Cristo, es cuando los mira a ustedes con piedad y compasión. Mira donde Dios mira, y entonces tus ojos se encontrarán con los Suyos. Si miras a Cristo, y Dios mira a Cristo, entonces se encontrarán las miradas de ambos, y encontrarás gozo y paz en la fe. Dios el Padre admira a Cristo; pobre alma, tú también admírale; entonces habrá un punto en el que ambos estarán de acuerdo. Dios el Padre confía Su honra y gloria a Cristo; confía tu alma a Cristo, pues así estarán de acuerdo. ¡Que Dios te conceda que puedas hacer eso en este instante! Recuerda sólo este texto cuando prosigas tu camino: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna”. ¡Que Dios nos conceda que cada uno de ustedes tenga esa vida eterna, por Cristo nuestro Señor! Amén.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

	<entry>
		<id>http://es.gospeltranslations.org/wiki/Laus_Deo</id>
		<title>Laus Deo</title>
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				<updated>2011-01-17T20:07:34Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|Laus Deo}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén”.'' Romanos 11: 36 &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Mi texto está compuesto casi enteramente de monosílabos, pero contiene la más excelsas sublimidades. Hay concentrado aquí un peso tan enorme de significado que la elocuencia de un arcángel fracasaría si quisiera transmitir a cualquier mente finita su enseñanza en toda su gloria, aun si sus oyentes fueran los serafines. Yo voy a afirmar que no hay ningún hombre viviente que pudiera predicar sobre mi texto un sermón que fuera digno de él; es más, digo que entre todos los oradores sagrados y los elocuentes defensores de la causa de Dios, nunca vivió y nunca vivirá un hombre capaz de alcanzar la cima del grandioso argumento contenido en estas pocas y simples palabras. Yo sé que no tendré ningún éxito y, por tanto, no haré ningún intento de descifrar la infinita gloria de esta proposición. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Únicamente nuestro grandioso Dios puede explicar este versículo, pues sólo Él se conoce a Sí mismo, y solamente Él puede exponer Sus propias perfecciones. Sin embargo, esta reflexión me consuela: tal vez, en respuesta a nuestras oraciones, el propio Dios podría predicar sobre este texto en nuestros corazones esta mañana; si no lo hiciera a través de las palabras del predicador, podría hacerlo por medio de ese silbo apacible y delicado al que está tan bien acostumbrado el oído del creyente. Si condescendiera a favorecernos así, nuestros corazones serán alzados en Sus caminos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay dos cosas para nuestra consideración: la primera es digna de nuestra observación y la segunda es digna de nuestra imitación. Ustedes tienen en el texto, antes que nada, doctrina, y luego, devoción. La doctrina es una doctrina excelsa: “Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas”. La devoción es una devoción sublime: “A él sea la gloria por los siglos. Amén.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''Consideremos LA DOCTRINA. El apóstol Pablo establece como un principio general que todas las cosas provienen ''de'' Dios: son de Él como su''fuente''; son ''por ''Él como su ''medio''; son para Él como su ''fin''. Son de Él en el ''plan'', por Él en su ''funcionamiento'', y ''para'' Él en la ''gloria'' que producen. Tomando este principio general, ustedes descubrirán que se aplica para todas las cosas, y nos corresponde a nosotros identificar aquellas cosas en las que es más manifiestamente el caso. Que el Señor, por Su Santo Espíritu, abra Sus tesoros para nosotros en este momento, para que seamos enriquecidos en el conocimiento y en el entendimiento espirituales. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mediten, queridos amigos, sobre ''la gama entera de las obras de Dios en la creación y en la providencia''. Hubo un período cuando Dios moraba solo y las criaturas no existían. En aquel tiempo antes de todo tiempo cuando no había día sino “El Anciano de Días”, cuando la materia y la mente creadas eran ambas inexistentes, y cuando incluso el espacio no existía, Dios, el grandioso Yo Soy, era tan perfecto, tan glorioso y tan bendito como lo es ahora. No había ningún sol y, sin embargo, Jehová moraba en luz inefable; no había ninguna tierra y, sin embargo, su trono era firme y establecido; no habían cielos y, sin embargo, Su gloria era ilimitada. Dios habitaba la eternidad en la infinita majestad y dicha de Su grandeza autónoma. Si el Señor, morando así en imponente soledad, decidiera crear algo, el primer pensamiento y la primera idea debían proceder de Él, pues no había nadie más que pensara o sugiriera. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Todas las cosas deben ser de ''Él ''en su diseño. ¿A quién más podría pedirle consejo? ¿Quién podría instruirle? No existía nadie más que entrara en el salón del consejo, aun si tal ayuda para el Altísimo fuera conjeturable. En el principio, ya de antiguo, antes de Sus obras, la sabiduría eterna extrajo de Su propia mente el plan perfecto de las creaciones futuras, y cada línea y cada marca en ellas tuvieron que haber sido claramente del Señor solamente. Él ordenó la trayectoria de cada planeta, y la morada de cada estrella fija. Él ató los lazos de las Pléyades y ciñó a Orión con sus ligaduras. Él fijó los límites del mar, y estableció el curso de los vientos. En cuanto a la tierra, el Señor solo planeó sus cimientos y extendió Su cordel sobre ella. Él formó en Su propia mente el molde de todas Sus criaturas y encontró para ellas una morada y un servicio. Él determinó el grado de fuerza que asignaría a cada criatura, limitó sus meses de vida, estableció la hora de su muerte, su llegada y su partida. La sabiduría divina trazó el mapa de esta tierra con sus mares espumeantes, con las corrientes de sus ríos, las altas montañas y los sonrientes valles. El divino Arquitecto fijó las puertas de la mañana y los portones de la sombra de muerte. Nada pudo ser sugerido por alguien más, pues no había nadie más que pudiera sugerir algo. Él podía haber hecho un universo muy diferente de éste si así le hubiera agradado; y que lo haya hecho como es, debe de haber sido meramente porque en Su sabiduría y prudencia consideró adecuado hacerlo así. No puede haber ninguna razón por qué no pudo haber creado un mundo del cual el pecado fuera excluido para siempre; y que Él haya permitido que el pecado entrara en Su creación debe atribuirse, asimismo, a Su propia soberanía infinita. Si no hubiese sabido bien que Él se enseñorearía del pecado, y que del mal emergería la más noble manifestación de Su propia gloria, no habría permitido que el pecado entrara en el mundo: pero al esbozar la historia completa del universo que estaba a punto de crear, incluso permitió que esa mancha negra empañara Su obra, porque sabía anticipadamente qué cánticos de sempiterno triunfo se alzarían hasta Él mismo cuando, en arroyos de Su propia sangre, la Deidad encarnada lavara la mancha. No puede dudarse de que, sin importar cuál sea el drama completo de la historia en la creación y en la providencia, hay un sentido sublime y misterioso en el que todo es de Dios. El pecado no es de Dios, pero el permiso temporal de su existencia formó parte del esquema conocido de antemano, y para nuestra fe, la intervención del mal moral y la pureza del carácter divino, no disminuyen la fuerza de nuestra creencia de que el alcance entero de la historia es ''de Dios ''en el sentido más pleno. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando todo el plan fue establecido, y el Todopoderoso hubo ordenado Su propósito, eso no bastó: el simple arreglo no sería capaz de crear. “''Por ''él”, así como “''de'' Él”, han de ser todas las cosas. No había ninguna materia prima disponible para la mano del Creador. Él tuvo que crear el universo de la nada. No pide ayuda: no la necesita, y además, no hay nadie que le ayude. No hay material en bruto que pueda moldear entre Su palmas para después lanzarlo como estrellas. No necesitaba una mina de materia prima disponible que pudiera derretir y purificar en el horno de Su poder, para luego martillarlo sobre el yunque de Su habilidad: no, no había nada con lo que se pudiera comenzar en aquel día de la obra de Jehová; del vientre de la omnipotencia han de proceder todas las cosas. Él habla y los cielos saltan a la existencia. Habla otra vez y son engendrados mundos con todas las diversas formas de vida, rebosantes de divina sabiduría y de incomparable habilidad. “Sea la luz, y fue la luz”, no fue el único momento cuando Dios habló y cuando las cosas que no existían fueron, pues en la antigüedad Él había hablado, y esta tierra rodante y aquellos cielos azules florecieron de la nada. Por Él fueron hechas todas las cosas, desde el sublime arcángel que entona Sus alabanzas con celestiales notas, hasta el grillo que produce chirridos en la tierra. El mismo dedo pinta el arcoíris y el ala de la mariposa. Aquel que tiñe las ropas de la tarde con todos los colores del cielo, ha cubierto de oro a la flor ‘botón de oro’ y ha encendido la lámpara de la luciérnaga. Desde aquella majestuosa montaña que traspasa las nubes hasta aquel diminuto grano de polvo en la era de verano, todas las cosas por Él son. Si Dios retirara los efluvios de Su poder divino, todo se derretiría así como la espuma del mar se derrite sobre la ola que la transportó. Nada podría permanecer ni un solo instante si el cimiento divino fuera suprimido. Si Él sacudiera las columnas del mundo, el templo entero de la creación se convertiría en ruinas, y hasta su polvo mismo sería arrastrado por el viento. Un terrible desperdicio, un silencioso vacío, un mudo desierto es todo lo que quedaría si Dios retirara Su poder; es más, ni siquiera algo como esto existiría si Su poder fuera frenado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Toda naturaleza es como es por la energía del Dios presente. Si el sol sale cada mañana, y la luna camina en su resplandor en la noche, es por Él. Desechamos la opinión de aquellos hombres que piensan que Dios le ha dado cuerda al mundo como si fuese el reloj, y se ha alejado, dejándolo que funcione por sí mismo prescindiendo de Su mano presente. Dios está presente en todas partes: no está meramente presente cuando temblamos porque Su trueno sacude a la sólida tierra o cuando incendia los cielos con relámpagos, sino también está presente en la apacible noche veraniega, cuando el aire abanica suavemente a las flores y los mosquitos danzan oscilantes entre los últimos rayos de sol. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los hombres tratan de olvidar la presencia divina dando a su energía nombres extraños. Hablan del poder de la gravedad; pero ¿qué es el poder de gravedad? Sabemos qué hace, pero ¿qué es? La gravedad es el propio poder de Dios. Nos hablan de leyes misteriosas: de la electricidad, y no sé de qué otras cosas más. Conocemos las leyes, y dejamos que adopten los nombres que tienen; pero las leyes no pueden operar sin poder. ¿Qué es la fuerza de la naturaleza? Es una constante emanación de la grandiosa Fuente de poder, el constante derrame de Dios mismo, la perpetua irradiación de rayos de luz procedentes de Aquel que es “el Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oh mortal, pisa suavemente y sé reverente, pues Dios está aquí tan ciertamente como está en el cielo. Dondequiera que estés y adondequiera que mires, estás en el taller de Dios, donde cada rueda es girada por Su mano. Todo no es Dios, pero Dios está en todo, y nada funciona y ni siquiera existe, a no ser por Su fuerza y poder presentes. “De él, y por él, y para él, son todas las cosas”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amados, la gran gloria de todo es que en la obra de la creación todo es ''para'' Él. Todo lo alabará a Él: ése es Su designio. Dios tiene que tener el motivo más sublime, y no puede haber motivo más sublime concebible que Su propia gloria. Cuando no había ninguna criatura, excepto Él mismo, y ningún ser, excepto Él mismo, Dios no habría podido tomar como motivo una criatura inexistente. Su motivo tiene que ser Él mismo. Su más excelso objetivo es Su propia gloria. Él considera cuidadosamente el bien de Sus criaturas, pero incluso el bien de Sus criaturas no es sino un medio para el objetivo más importante que es la promoción de Su gloria. Entonces, todas las cosas son para Su placer, y el trabajo diario es para Su gloria. Si me dicen que el mundo está estropeado por el pecado, yo lo lamento; si me dicen que el cieno de la serpiente está aquí sobre cualquier cosa hermosa, yo me aflijo por ello; mas, sin embargo, cada cosa hablará de la gloria de Dios. Para Él son todas las cosas, y el día vendrá cuando con ojos espiritualmente iluminados, ustedes y yo veremos que incluso la introducción de la caída y de la maldición, después de todo, no estropeó el esplendor de la majestad del Altísimo. Para Él serán todas las cosas. Sus enemigos inclinarán sus cuellos de mala gana y abyectamente, mientras que Su pueblo, redimido de la muerte y del infierno, lo enaltecerá alegremente. Los nuevos cielos y la nueva tierra resonarán con Su alabanza, y nosotros, que nos sentaremos para leer el registro de Su maravillas creadoras, diremos de todas ellas: “En su templo todo proclama su gloria, e incluso hasta ahora para Él han sido todas las cosas”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ánimo, entonces, amados; cuando piensen que los asuntos van en contra de la causa de Dios, recuéstense sobre esto como si se tratara de un mullido sillón. Cuando el enemigo susurre a sus oídos esta nota: “Dios está vencido; Sus planes han sido estropeados; el honor de Su Hijo está manchado”, respondan al enemigo: “No, no es así; ''para Él ''son todas las cosas”. Las derrotas de Dios son victorias. La debilidad de Dios es más fuerte que el hombre, e incluso la insensatez del Altísimo es más sabia que la sabiduría del hombre, y al final veremos de manera sumamente clara que así es. ¡Aleluya! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Veremos, queridos amigos, un día en la clara luz del cielo que cada página de la historia humana, sin importar cuán teñida esté por el pecado humano, contiene algo de la gloria de Dios; y que las calamidades de las naciones, la caída de las dinastías, las devastaciones de la pestilencia, las plagas, las hambrunas, las guerras y los terremotos, todos han cumplido el propósito eterno y han glorificado al Altísimo. Desde la primera oración humana hasta el último suspiro del mortal, desde la primera nota de alabanza finita hasta el eterno aleluya, todas las cosas obran conjuntamente para la gloria de Dios, y sirven a Sus propósitos. Todas las cosas son de Él, y por él y para Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Este grandioso principio es más manifiesto ''en la espléndida obra de la divina gracia''. Aquí todo es ''de Dios'', y por Dios y para Dios. El magno plan de salvación no fue bosquejado por dedos humanos. No es una confección de los sacerdotes, ni una elaboración de los teólogos; la gracia movió primero el corazón de Dios y se unió a la soberanía divina para ordenar un plan de salvación. Este plan fue el vástago de una sabiduría nada menos que divina. Nadie sino Dios pudo haber imaginado una forma de salvación tal como la que presenta el Evangelio: una forma tan justa para Dios como tan segura para el hombre. El pensamiento de la sustitución divina, y el sacrificio de Dios en favor del hombre no habría podido serle sugerido jamás ni a la más educada de todas las criaturas de Dios. Es Dios mismo quien lo sugiere y el plan es “de él”. Y así como el grandioso plan es de Él, así la complementación de las minucias es de Él. Dios ordenó el tiempo cuando la primera promesa debía ser promulgada, quién debía recibir esa promesa, y quién debía entregarla. Él ordenó la hora en la que el grandioso cumplidor de la promesa debía venir, cuándo debía encarnar Jesucristo, de quién había de nacer, por quién debía ser traicionado, qué muerte debía morir, cuándo debía resucitar, y en qué manera debía ascender. ¿Qué tal si digo más? Él determinó quiénes debían aceptar al Mediador, a quién debía ser predicado el Evangelio, y quiénes debían ser los individuos favorecidos en quienes el llamamiento eficaz debía hacer poderosa a la predicación para salvación. Él registró en Su propia mente el nombre de cada uno de Sus elegidos, y el tiempo cuando cada vaso elegido debía ser puesto en la rueda para ser moldeado de acuerdo a Su voluntad; qué congojas de convicción debían ser sentidas cuando el tiempo de la fe llegara, qué cantidad de santa luz y de dicha debía ser derramada: todo esto fue determinado desde tiempos antiguos. Él estableció cuánto tiempo tenía que ser barnizado en el fuego el vaso elegido, y cuándo tenía que ser tomado y perfeccionado por la artesana destreza celestial para adornar el palacio del Dios Altísimo. Cada puntada del tapiz celestial de la salvación debe provenir de la sabiduría del Señor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tampoco debemos detenernos aquí; ''por Él ''vienen todas estas cosas. A través de Su Espíritu vino la promesa al final, pues Él movió a los videntes y a los hombres santos de la antigüedad; por Él el Hijo de Dios nació de la Virgen María por el poder del Espíritu Santo; por Él, sustentado por ese Espíritu, el Hijo de Dios lleva una vida perfecta durante Sus treinta años. Sólo Dios es exaltado en la grandiosa redención. Jesús suda en Getsemaní y se desangra en el Calvario. Nadie estuvo con nuestro Salvador allí. Él pisó solo ese lagar; Su propio brazo obró la salvación y Su propio brazo le sostuvo. La obra de la redención fue realizada únicamente por Dios; ni una sola alma fue redimida jamás por el sufrimiento humano, ni un solo espíritu fue emancipado jamás por la penitencia del mortal, sino que todo fue por Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y así como la expiación fue realizada por Él, así también por Él fue la aplicación de la expiación. Por el poder del Espíritu es predicado el Evangelio diariamente; sostenidos por el Espíritu Santo, pastores, maestros y ancianos permanecen todavía con la Iglesia; la energía del Espíritu todavía acompaña a la Palabra hasta los corazones de los elegidos; todavía “Cristo crucificado” es el poder de Dios y la sabiduría de Dios, porque Dios está en la Palabra, y por Él los hombres son llamados, convertidos y salvados. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oh hermanos míos, más allá de toda duda, tenemos que confesar acerca de este grandioso plan de salvación que todo él es ''para ''Él: no debemos conceder ni una sola nota de alabanza a alguien más. El hombre que quiera retener una solitaria palabra de alabanza para un hombre o un ángel en la obra de gracia, ha de ser silenciado para siempre con confusión eterna. ¡Ustedes, insensatos!, ¿quién puede ser alabado sino Dios, pues quién sino Dios decidió entregar a Su Hijo Jesús? ¡Ustedes, canallas!, ¿quieren robarle Su gloria a Cristo? ¿Quieren robar las joyas de Su corona cuando Él las compró tan amorosamente con las gotas de Su sangre preciosa? Oh, ustedes, que aman las tinieblas más que la luz, ¿quieren glorificar la voluntad del hombre por encima de la energía del Espíritu Santo, y quieren presentar sacrificios a su propia dignidad y libertad? Que Dios los perdone; pero en lo que respecta a Sus santos, ellos cantarán siempre: “A Dios, sólo a Dios sea toda la gloria; desde el principio hasta el fin, Él, que es el Alfa y la Omega, ha de recibir toda la alabanza; Su nombre ha de ser ensalzado por los siglos de los siglos”. Cuando el grandioso plan de salvación sea desarrollado enteramente, y ustedes y yo estemos sobre las cimas de la gloria, ¡qué asombrosa escena se abrirá ante nosotros! Veremos entonces más claramente que ahora cómo todas las cosas brotaron del manantial del amor de Dios, cómo fluyeron a través del canal de la mediación del Salvador, y cómo todas ellas obraron conjuntamente para la gloria del propio Dios de quien procedieron. El grandioso plan de gracia, entonces, confirma este principio. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La palabra es válida, queridos amigos, ''en el caso de todo individuo creyente''. Este ha de ser un asunto de investigación personal. ¿Por qué soy salvo? ¿Se debe a alguna bondad en mí, o a cualquier superioridad en mi constitución? ¿De quién proviene mi salvación? Mi espíritu no puede titubear ni un solo instante. ¿Cómo podría provenir un nuevo corazón de uno viejo? ¿Quién podría producir algo limpio de algo inmundo? Nadie. ¿Cómo podría proceder el espíritu de la carne? Lo que es nacido de la carne, carne es: si es espíritu tiene que nacer del Espíritu. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Alma mía, tienes que estar convencida de esto: que si hay en ti alguna fe, esperanza, o vida espiritual, tienen que provenir de Dios. ¿Puede diferir de esta declaración algún cristiano aquí presente que posea piedad vital? Estoy persuadido de que no puede; y si alguien se arrogara algún honor para su propia constitución natural, yo debo, con toda caridad, dudar de si sabe algo en absoluto acerca de este asunto. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, alma mía, como tu salvación tiene que provenir de Dios, como Él tuvo que haber pensado en ella y haberla planeado para ti, y luego tuvo que habértela otorgado, ¿no vino también a ti ''por ''Dios? Vino por medio de la fe, pero, ¿dónde tuvo su nacimiento esa fe? ¿Acaso no fue por la obra del Espíritu Santo? Y, ¿en qué creíste? ¿Creíste en tu propia fuerza, o en tu propia buena resolución? No, sino en Jesús, tu Señor. ¿No fue el primer rayo de luz que recibiste alguna vez de este modo? ¿No miraste enteramente lejos del yo a tu Salvador? Y la luz que posees ahora, ¿no llega siempre a ti de la misma manera, habiendo terminado de una vez por todas con la criatura, con la carne, con el mérito humano, y habiéndote apoyado con confianza infantil en la obra terminada y en la justicia del Señor Jesucristo? ¿No es, querido oyente, no es tu salvación -si eres en salvo en realidad- enteramente “por” tu Dios, así como “de” tu Dios? ¿Quién es el que te capacita para orar cada día? ¿Quién te guarda de la tentación? ¿Por qué gracia eres guiado a seguir adelante en el deber espiritual? ¿Quién te sostiene cuando tu pie tropieza? ¿No estás consciente de que hay un poder diferente del tuyo propio? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Por mi parte, hermanos, yo no soy llevado al cielo en contra de mi voluntad, lo sé, pero mi naturaleza es aún tan desesperada y tan propensa al mal, que me siento transportado hacia delante en contra de la corriente de mi naturaleza. Pareciera como si todo lo que pudiéramos hacer fuera dar coces y rebelarnos contra la gracia soberana, en tanto que la gracia soberana dice: “Yo te salvaré; serás mía, independientemente de lo que hagas. Yo venceré tu rugiente corrupción; yo te despertaré de tu letargo, y te llevaré al cielo en un carro de fuego de aflicciones, si no pudiera ser por otro medio. Yo te azotaré para llevarte al paraíso antes que permitir que te pierdas”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿No es esta tu experiencia? ¿No te has dado cuenta de que si la fuerte mano de Dios fuera retirada de tu alma una vez, en lugar de ir hacia delante, hacia el cielo, regresarías a la perdición? Es ''por'' Dios que eres salvo. ¿Y qué dices, creyente, en cuanto al último punto? ¿No es “''para'' él”? ¿Quieres quitar una sola joya de Su corona? ¡Oh!, no hay ninguno entre ustedes que desearía ensalzarse a sí mismo. No hay himno que cantemos más dulcemente en esta casa de oración que el himno de gracia, y no hay himno que pareciera más acorde con nuestra experiencia que este: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“La gracia corona toda la obra,&amp;lt;br&amp;gt;A lo largo de días sempiternos;&amp;lt;br&amp;gt;Pone en el cielo la piedra cimera,&amp;lt;br&amp;gt;Y bien merece la alabanza”.'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Quien así lo quiera que ensalce la dignidad de la criatura; quien pueda, que se jacte del poder del libre albedrío. Nosotros no podríamos hacerlo. Nosotros hemos descubierto que nuestra naturaleza es muy depravada y que nuestra voluntad está bajo servidumbre. Debemos exaltar, aunque otras criaturas no lo hagan, esa gracia omnipotente e inmutable que nos ha hecho ser lo que somos, y que continuará guardándonos hasta llevarnos a la diestra de Dios en la gloria sempiterna. Esta regla es válida, entonces, en cada individuo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, ''en cada obra en la que el cristiano es capacitado para que pueda desarrollarla'', ha de tener presente la regla del texto. Algunos de ustedes tienen el privilegio de trabajar en la escuela dominical, y han tenido muchas conversiones en su clase; otros entre ustedes están distribuyendo opúsculos, yendo de casa en casa y procurando llevar a las almas a Cristo, no sin éxito; algunos de nosotros, también, tenemos el privilegio de ser enviados a predicar el Evangelio en todo lugar, y tenemos gavillas de nuestra cosecha que ya no caben en nuestros graneros. En el caso de algunos de nosotros, pareciera que hemos recibido la bendición prometida en su máximo alcance; el Señor ha hecho que nuestros hijos sean, espiritualmente, como la arena del mar, y la prole espiritual de nuestras entrañas como la grava. En todo esto nos incumbe recordar que “de él, y por él, y para él”, son todas las cosas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“''De'' él”. ¿Quién hace que seas diferente? ¿Qué tienes que no hayas recibido? El corazón ardiente, el ojo lloroso, el alma que ora: todas esas capacidades para la utilidad vienen de Él. La boca elocuente, la lengua argumentadora, esas cualidades tienen que haber sido otorgadas y educadas por Él. De Él vienen todos los diversos dones del Espíritu por medio de los cuales la Iglesia es edificada; de Él, digo, proceden todos. ¿Qué es Pablo? ¿Quién es Apolos, o Cefas, quiénes son todos éstos sino los mensajeros de Dios, en quienes obra el Espíritu distribuyendo a cada hombre conforme a Su voluntad? Cuando el predicador ha adquirido Su utilidad, sabe que todo su éxito viene ''por'' Dios. Si un hombre se supusiera capaz de provocar un avivamiento, o de animar a un santo, o de conducir a un pecador al arrepentimiento, sería un necio. Podríamos de igual manera intentar mover las estrellas, o sacudir al mundo, o sujetar un rayo en la palma de nuestra mano, que pensar salvar un alma o incluso despertar a los santos para que salgan de su letargo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La obra espiritual tiene que ser obrada por el Espíritu. De Dios nos viene toda cosa buena. El predicador podría ser el propio Sansón cuando Dios está con Él: y será como Sansón cuando Dios no esté con él, sólo que en la degradación y en la vergüenza de Sansón. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amados, nunca existió un hombre que fuera traído a Dios excepto por Dios mismo, y nunca existirá tal hombre. Nuestra nación nunca será avivada para alcanzar el calor celestial de la piedad excepto por la renovada presencia del Espíritu Santo. Quiera Dios que tuviéramos más del sentido perdurable de la obra del Espíritu entre nosotros, para que lo miráramos más a Él y nos apoyáramos menos en la maquinaria y en los hombres, y más sobre ese Agente Divino e Invisible que obra todas las cosas en los corazones de los hombres. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amados, es por Dios que nos viene toda cosa buena, y estoy seguro de que es para Él. No podemos apropiarnos del honor de un solo convertido. Miramos en verdad con agradecimiento a esta Iglesia en crecimiento; pero sólo podemos darle la gloria a Él. Si le dan la gloria a la criatura, ese es el fin; si se honran como Iglesia, pronto los deshonrará Dios. Debemos poner toda gavilla sobre Su altar, y debemos traer toda oveja del redil a los pies del buen Pastor, convencidos de que es Suya. Cuando salimos a pescar almas, tenemos que pensar que nosotros sólo llenamos la red, porque Él nos enseñó cómo arrojarla al costado derecho de la Iglesia, y cuando los pescamos son Suyos, no nuestros. ¡Oh, qué pobres cosas somos nosotros!, y, sin embargo, pensamos que hacemos mucho. Es como si la pluma dijera: “yo escribí El Paraíso Perdido de Milton”. ¡Ah, pobre pluma! Tú no habrías podido ponerle el punto a una ‘i’ o la tilde a una ‘t’, si la mano de Milton no te hubiera movido. El predicador no podría hacer nada si Dios no le ayudara. El hacha podría gritar: “he derribado forestas; he hecho que el cedro incline su cabeza, y he tumbado en el polvo al roble fornido”. No, tú no lo hiciste; pues si no hubiese sido por el brazo que te blandió, incluso una zarza habría sido demasiado para que pudieras cortarla. ¿Acaso dirá la espada: “yo gané la victoria; yo derramé la sangre de los valientes; yo derribé el escudo”? No, fue el guerrero, quien con su valor y su poder te volvió útil en la batalla, pero aparte de esto tú eres menos que nada. En todo lo que Dios hace por medio de nosotros, tenemos que continuar rindiéndole la alabanza, para que Él mantenga Su presencia en nuestros esfuerzos. De otra manera, nos retirará Su sonrisa y seremos dejados como hombres débiles. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
He intentado, -tal vez por demasiado tiempo para su pacienciaresaltar este principio muy simple pero muy útil; y ahora, antes de proceder a la segunda parte, deseo aplicarlo mediante este comentario muy práctico. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amados, si esto es cierto: que todas las cosas son por Él y para Él, ¿no piensan ustedes que esas doctrinas que más se apegan a esta verdad son las que con mayor probabilidad son correctas y más dignas de ser sustentadas? Ahora, hay ciertas doctrinas comúnmente llamadas ‘calvanistas’ (pero que nunca debieron ser llamadas por ese nombre, pues son simplemente doctrinas cristianas), que pienso que se recomiendan a sí mismas ante las mentes de las personas sensatas, principalmente por esta razón: porque atribuyen todo a Dios. Aquí está la doctrina de ''la elección'', por ejemplo. ¿Por qué es salvado un hombre? ¿Es el resultado de su propia voluntad o de la voluntad de Dios? ¿Eligió Él a Dios o Dios lo eligió a él? La respuesta “el hombre eligió a Dios” es manifiestamente falsa, porque glorifica al hombre. La respuesta de Dios es: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros”. Dios ha predestinado a Su pueblo para salvación desde antes de la fundación del mundo. Si atribuimos la voluntad a Dios, que es el gozne de todo el asunto y que mueve la balanza, si la atribuimos a Dios, sentimos que estamos hablando apegándonos a la doctrina de nuestro texto. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Luego tomen ''el llamamiento eficaz''. ¿Mediante cuál poder es llamado el hombre? Hay algunos que dicen que es por la energía de su propia voluntad, o al menos, que si Dios le da la gracia, depende de él hacer uso de ella: algunos no hacen uso de la gracia y perecen y otros hacen uso de la gracia y son salvados; salvados por su propio consentimiento por permitir que la gracia sea eficaz. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nosotros, por otro lado, decimos ''no'', un hombre no es salvado en contra de su voluntad, sino que es inducido a querer por la operación del Espíritu Santo. Una gracia poderosa que él no desea resistir entra en el hombre, lo desarma, hace de él una nueva criatura, y es salvado. Nosotros creemos que el llamamiento que salva al alma es un llamamiento que no le debe nada en absoluto al hombre, sino que viene de Dios, y la criatura es pasiva entonces, mientras que Dios, como el alfarero, moldea al hombre como una masa de arcilla. Nosotros creemos claramente que el llamamiento tiene que ser hecho ''por'' Dios, pues coincide con el principio “de él, y por él, y para él son todas las cosas”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Luego, a continuación, tenemos el asunto de ''la redención particular''. Algunos insisten en el hecho de que los hombres son redimidos, no porque Cristo murió, sino porque ellos están dispuestos a otorgar eficacia a la sangre de Cristo. Él murió por todo el mundo, de acuerdo a su teoría. ¿Por qué, entonces, no son salvados todos los hombres? ¿Es porque no todos los hombres quieren creer? Eso es decir que creer es necesario para hacer que la sangre de Cristo sea eficaz para la redención. Ahora, nosotros sostenemos que eso es una gran mentira. Nosotros creemos exactamente lo contrario, es decir, que la sangre de Cristo tiene en sí misma el poder para redimir, y que redime en efecto, y que la fe no le da eficacia a la sangre, sino que es únicamente la prueba de que la sangre ha redimido a ese hombre. Por esto sostenemos que Cristo no redimió a todo hombre, sino que solamente redimió a aquellos hombres que alcanzarán al final la vida eterna. Nosotros no creemos que Él redimió a los condenados; no creemos que derramó Su sangre vital por las almas que ya están en el infierno. No podemos imaginar nunca que Cristo sufrió en el lugar y en la porción de todos los hombres, y que luego posteriormente estos mismos hombres tienen que sufrir por sí mismos, que de hecho Cristo paga sus deudas, y luego Dios hace que paguen sus deudas de nuevo. Nosotros pensamos que la doctrina que declara que los hombres, por su voluntad, dan eficacia a la sangre de Cristo es menospreciativa del Señor Jesús, y nosotros preferimos asirnos de esto: que Él entregó Su vida por Sus ovejas, y que la ofrenda de Su vida por las ovejas involucró y aseguró la salvación de cada una de ellas. Nosotros creemos esto porque sostenemos que “de él, por él, y para él son todas las cosas”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, tomen la ''total depravación ''de la raza, y su ''corrupción original'', una doctrina verdadera aunque muy aborrecida por quienes elevan a la pobre naturaleza humana. Nosotros sostenemos que el hombre tiene que estar enteramente perdido y arruinado, porque si hubiera algo bueno en él, entonces no puede decirse que “de Dios, y por Dios, y para Dios, son todas las cosas”, pues al menos algunas cosas tendrían que ser del hombre. Si hay algunas reliquias de virtud y algunos remanentes de poder en la raza del hombre, entonces algunas cosas son del hombre, y para el hombre serán algunas cosas. Pero si todas las cosas son de Dios, entonces en el hombre no debe haber nada, el hombre debe ser colocado abajo como arruinado, irremediablemente arruinado: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Magullado y mutilado por la caída”.'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Su salvación tiene que ser descrita como siendo desde el principio hasta el fin, en cada jota y en cada tilde, por causa de esa gracia poderosa de Dios que lo eligió al principio, posteriormente lo redimió y finalmente lo llamó, lo preservó constantemente y lo presentará perfecto delante del trono del Padre. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo pongo estas doctrinas delante de ustedes, más especialmente hoy, porque el viernes pasado muchos creyentes en Ginebra y en Londres se reunieron para celebrar el tricentenario de la muerte de ese poderoso siervo de Dios, Juan Calvino, a quien honro, no como maestro de estas doctrinas, sino como a uno a través de quien Dios habló, y uno que, junto al apóstol Pablo, expuso la verdad más claramente que cualquier otro hombre que haya existido jamás y que sabía más de la Escritura y la explicó más claramente. Lutero puede tener tanto valor, pero Lutero conoce poca teología. Lutero, como un toro, cuando ve una verdad, cierra sus ojos y se lanza contra el enemigo, derribando puertas, cerrojos y barras, para abrir paso a la Palabra; pero Calvino, siguiendo el sendero abierto, con clara visión, escudriñando la Escritura, reconociendo siempre que de Dios, y por Dios y para Dios, son todas las cosas, traza el plan integral con una claridad deleitable que sólo podía venir del Espíritu de Dios. Ese hombre de Dios expone las doctrinas de una manera tan excelente y admirable, que no podemos bendecir en demasía al Señor que lo envió, ni orar en demasía para que otros como él puedan llegar a ser honestos y sinceros en la obra del Señor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Con esto basta, entonces, en cuanto a doctrina, pero vamos a dedicar uno o dos minutos a manera de devoción. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''El apóstol vuelve a hundir su pluma en el tintero, cae de rodillas –no puede evitarlo- pues tiene que hacer una doxología. “A él sea la gloria por los siglos. Amén”. Amados, imitemos esta DEVOCIÓN. Yo pienso que esta frase tiene que ser la oración y el lema para cada uno de nosotros: “A él sea la gloria por los siglos. Amén”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Voy a ser muy breve pues no quiero cansarlos. “A él sea la gloria por los siglos”. Este debería ser el único deseo del cristiano. Yo entiendo que no debería tener veinte deseos, sino sólo uno. Podría desear una buena educación para su familia, pero únicamente que “A Dios sea la gloria por los siglos”. Podría desear prosperidad en su negocio, pero únicamente en tanto que pudiera ayudarle a promover esto: “A él sea la gloria por los siglos”. Podría desear alcanzar más dones y más gracias, pero sólo debe ser que “A él sea la gloria por los siglos”. Esto sólo sé, cristiano, que no estás actuando como deberías hacerlo cuando eres movido por cualquier otro motivo que no sea el único motivo de la gloria de tu Señor. Como cristiano, tú eres “de Dios, y por Dios”, y pido que seas “para Dios”. Nada debe hacer latir tu corazón excepto el amor a Él. Que esta ambición encienda tu alma; este debe ser el cimiento de toda empresa en la que te involucres, y este debe ser el motivo sustentador siempre que tu celo se enfríe: ''sólo, sólo ''haz de Dios tu objeto. Puedes estar convencido de que allí donde empieza el yo empieza la aflicción; pero si Dios es mi supremo deleite y mi único objeto: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Para mí es igual si el amor ordena&amp;lt;br&amp;gt;Mi vida o mi muerte: si me asigna comodidad o dolor”.'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Cuando mi ojo mira exclusivamente a la gloria de Dios, no escojo para mí si soy despedazado por fieras salvajes o vivo en la comodidad, si estoy lleno de desánimo o lleno de esperanza. Si Dios es glorificado en mi cuerpo mortal, mi alma reposará contenta. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, nuestro constante deseo tiene que ser “A él sea gloria”. Cuando me despierte en la mañana, oh, mi alma ha de saludar a su Dios con gratitud. &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Despierta, y levántate, corazón mío,&amp;lt;br&amp;gt;Y comparte con los ángeles,&amp;lt;br&amp;gt;Quienes toda la noche cantan incansables&amp;lt;br&amp;gt;Excelsas preces al Rey eterno”.'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
En mi trabajo detrás del mostrador, o en el negocio, he de estar atento para ver cómo puedo glorificarle. Si estoy caminando en medio de los campos, mi deseo ha de ser que los árboles aplaudan alabándole. Que el sol en su marcha haga resplandecer la gloria del Señor, y las estrellas en la noche reflejen Su alabanza. Les corresponde a ustedes, hermanos, poner una lengua en la boca de este mundo mudo, y hacer que las silentes lindezas de la creación ensalcen a su Dios. No callen nunca cuando haya oportunidades, y nunca estarán callados por falta de oportunidades. En la noche quédense dormidos alabando todavía a su Dios; al cerrar sus ojos su último pensamiento ha de ser “¡cuán dulce es descansar en el pecho del Salvador!” En medio de las aflicciones, alábenle; desde los hornos dejen que suba su canción; en tu lecho de enfermo, lóalo; moribundo, Él ha de recibir tus más dulces notas. Que todos sus gritos de victoria en el combate con el último gran enemigo sean todos para Él; y luego cuando hayan suprimido la servidumbre de la mortalidad, y entrado en la libertad de los espíritus inmortales, entonces, en un cántico más noble y más dulce, cantarán Su alabanza. Éste ha de ser, entonces, su pensamiento constante: “A él sea la gloria por los siglos”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Éste ha de ser su enfático pensamiento. No hablen de la gloria de Dios con palabras frías, ni piensen en ella con un corazón gélido, sino sientan esto: “he de alabarle; si no puedo alabarle donde estoy, voy a romper estos estrechos lazos para llegar donde pueda hacerlo”. Algunas veces anhelan ser incorpóreos para que pudieran alabarle como lo hacen los espíritus inmortales. ''Yo tengo que ''alabarle. Comprado con Su sangre preciosa, llamado por Su Espíritu, no puedo acallar mi lengua. Alma mía, ¿puedes estar muda y callada? Tengo que alabarle. Da un paso hacia atrás, oh carne; aléjense, diablos; retírense, problemas; yo he de cantar, pues si yo rehusara cantar, seguramente las propias piedras hablarían. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo espero, queridos amigos, que mientras así de ardiente debe ser su alabanza, también será ''creciente''. Ha de haber un creciente deseo de alabar a Aquel de quien y por quien son todas las cosas. Ustedes le alabaron en su juventud; no se contenten con las alabanzas que le prodigaron entonces. ¿Te ha prosperado en tu negocio? Entonces dale más así como Él te ha dado más. ¿Te ha dado Dios experiencia? Oh, alábale mediante una mejor fe de la que ejercitaste al principio. ¿Crece tu conocimiento? ¡Oh!, entonces tú puedes cantar más dulcemente. ¿Gozas de tiempos más felices de los que antes tuviste? ¿Has sido restablecido de la enfermedad y tu aflicción ha sido cambiada en paz y gozo? Entonces dale más música; pon más carbones en tu incensario, más dulce incienso, más del dulce cálamo comprado con dinero. ¡Oh, servirle cada día, alzando mi corazón de domingo a domingo, hasta llegar al Domingo sin fin! ¡Acercándome de santificación en santificación, de amor en amor, de fuerza en fuerza, hasta presentarme ante mi Dios! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Para concluir, permítanme exhortarlos a hacer práctico este deseo. Si realmente glorifican a Dios, pongan atención para no hacerlo con una alabanza fingida, que se desvanece con el viento, sino con el sólido homenaje de la vida diaria. Alábenle por su paciencia en el dolor, por su perseverancia en el deber, por su generosidad en Su causa, por su valentía en el testimonio, por su consagración a Su obra; alábenle, mis queridos amigos, no solamente esta mañana en lo que hacen por Él con sus ofrendas, sino alábenle cada día haciendo algo para Dios de diversas maneras, de acuerdo a la manera en la que a Él le ha agradado bendecirlos. Hubiera deseado poder hablar dignamente sobre un tópico como este, pero un dolor de cabeza opresivo y entorpecedor me asedia, y siento que mis palabras son ensombrecidas por una densa lobreguez desde la cual miro con ansias pero sin poder salir. Por esto me aflijo, pero, sin embargo, Dios el Espíritu Santo puede obrar mejor por medio de nuestra debilidad, y si ustedes intentan predicarse el sermón a ustedes mismos, hermanos míos, lo harán sustancialmente mejor de lo que puedo hacerlo yo; si meditan sobre este texto esta tarde: “De él, y por él, y para él, son todas las cosas”, estoy seguro de que serán conducidos a caer de rodillas con el apóstol, y decir: “A él sea la gloria por los siglos”; y entonces se levantarán y le darán honra de manera práctica en su vida, poniendo el “Amén” a esta doxología por su propio servicio individual para el grandioso y benigno Señor. Que el Señor dé una bendición ahora, y acepte su acción de gracias por medio de Cristo Jesús.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

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		<id>http://es.gospeltranslations.org/wiki/Gozosas_Transformaciones</id>
		<title>Gozosas Transformaciones</title>
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				<updated>2011-01-17T18:59:25Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|Joyful Transformations}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Delante de ellos cambiaré las tinieblas en luz, y lo escabroso en llanura.” ''Isaías 42: 16. &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
En su empeño en pos de la santidad, el peregrino se ve rodeado a menudo de tinieblas: en cambio, en la senda del mal, el viajero es ofuscado por un fulgor deslumbrante de luz. Es la manera que emplea el tentador para hacer lo más atractivo posible el camino hacia el infierno, con el fulgurante esplendor del placer carnal. El pecado está rodeado de un fascinante lustre que hechiza al incauto buscador del placer, y le conduce a su propia destrucción. Miren el palacio del aguardiente, dedicado al demonio de la ebriedad; ¡es más radiante que cualquier otra casa de la calle! ¡Miren cómo centellea con abundantes lámparas, y espejos y bronce bruñido! Las flores que brotan en la entrada de la guarida de la serpiente antigua son de vivos colores. Así como las sirenas de la antigua fábula clásica encantaban a los marineros con sus cantos, de tal manera que, bajo el embrujo de su música, encaminaban la proa de sus embarcaciones hacia las rocas de una segura destrucción, así también el pecado compele a los hijos de los hombres a la ruina de sus almas. El mal pareciera estar siempre circundado por una luz que deslumbra y fascina, de igual manera que el resplandor de la vela atrae a la mariposa a su propia destrucción. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Basándonos en el texto, pareciera que muchas lóbregas nubes se ciernen frecuentemente sobre el camino de la justicia y la verdad, dándole un carácter escabroso y torcido, pues, si no fuera así, no sería necesario que se dijera: “Delante de ellos cambiaré las tinieblas en luz”; tampoco sería necesario que una mano divina interviniera para cambiar lo escabroso en llanura. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos, el día del mal comienza con una mañana halagadora que se torna en una noche diez veces más lisonjera, pero el día de Dios, el día del bien, comienza a la caída de la tarde, como los días prístinos de la creación: la tarde y la mañana fueron el primer día. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nosotros, los que seguimos al Señor, tenemos primero nuestra noche, y todavía ha de despuntar nuestro día, cuyo sol nunca habrá de ocultarse. Dios reserva lo mejor para el final; en cambio, en el banquete de Satanás, se saca primero el mejor vino, y después el de inferior calidad; sí, las heces son exprimidas al final para que las beban los malvados de la tierra. En cuanto a los justos, antes de que comience su solemne festín, tienen que sorber ajenjo aquí, que les abrirá el apetito y el gusto por los banquetes en que los vinos añejos refinados saciarán sus almas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El tema de esta mañana es la grandiosa promesa de Dios que, aunque Su pueblo estará algunas veces cubierto de lobreguez, sus tinieblas serán cambiadas en luz. Ante el avance de la fe, las cosas más terribles pierden su terror. Primero usaremos esta verdad específica en referencia a los creyentes, y luego la utilizaremos para animar a los buscadores sinceros. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''Primero, dirigiéndonos AL CREYENTE, toquemos nuevamente la campana del texto y percibiremos que posee una dulce voz de plata: “Delante de ellos cambiaré las tinieblas en luz, y lo escabroso en llanura.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Creyente, observa que ''ante ti hay con frecuencia horrendas tinieblas''. Acerca de esas tinieblas hagamos estas observaciones consoladoras: primero, que muchas de las tinieblas son el producto de tu propia imaginación. Así como sentimos mil muertes al temer una, así también sentimos mil aflicciones ante el temor de amarguras que nunca vendrán. Probablemente la mayor parte de nuestras aflicciones se generan, y son nutridas y perfeccionadas enteramente, en un cerebro ansioso e imaginativo. Muchas de nuestras penas no son tejidas en el telar de la providencia, sino que son tejidas puramente en casa, y son la urdimbre de nuestra propia invención. Algunas mentes son especialmente fértiles en infligirse torturas; tienen una facultad creativa para todo lo que es melancólico, desesperado y desdichado. Si fueran colocadas en las islas más luminosas de los bienaventurados bajo cielos despejados, donde pájaros de preciosas alas gorjearan una perpetua melodía, y la tierra fuera rica en colores y perfumes, no estarían contentas hasta no haberse imaginado una séptuple Estigia, un Tártaro infernal, un valle de sombras de muerte. Su ingeniosidad es estimulada incluso por las misericordias de Dios, y aquello que haría que otros se regocijaran, los induce a temblar, porque el gozo podría ser de corta vida. Como ciertos pintores, se deleitan en densas masas de sombra. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermano mío, tal vez tengas delante de tu mente en esta precisa mañana, lo que pareciera ser un grueso muro de horror, pero que no es nada sino sólo una nube. Si te quedas esperando, te podrías imaginar que la obstrucción aumenta, pero si te armas de valor y avanzas para enfrentar ese horror imaginario, te reirías de ti mismo, y de tus miedos insensatos, y te preguntarías cómo fue posible que estuvieras alguna vez abatido por algo que no era nada, y turbado por aquello que no existía excepto en tus sueños. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo recuerdo muy bien que una noche, habiendo predicado en una aldea retirada, caminaba solo de regreso a casa por un sendero solitario. No recuerdo qué era lo que me aquejaba, pero estaba propenso a alarmarme, y entonces vi con seguridad algo que estaba parado junto al seto, algo espantoso, del tamaño de un gigante con los brazos extendidos. Seguramente, -pensé- esta vez me he topado con lo sobrenatural; aquí está algún espíritu inquieto efectuando su marcha de media noche bajo la luna, o algún demonio del infierno. Deliberé conmigo mismo por un momento, y como no creía en los fantasmas, cobré valor, y decidí resolver el misterio. El monstruo permanecía al otro lado de la zanja, justo junto al vallado. Salté sobre la zanja, y me encontré sujetándome a un viejo árbol, que algún individuo bromista se había molestado en pintar de blanco, con miras a asustar a los incautos. Ese viejo árbol me ha sido muy útil con mucha frecuencia, pues he aprendido a saltar sobre las dificultades, y he descubierto que se desvanecen o se convierten en triunfos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La mitad de nuestras aflicciones son aterradoras sólo ante su perspectiva, porque no sabemos en qué consisten; pero si las esperamos pacientemente en la fe, no serán sino ligeras y pasajeras. Así, dispersando la lobreguez de nuestra lúgubre imaginación, delante de nosotros Dios cambia con frecuencia las tinieblas en luz. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, mucha de la tenebrosidad que realmente existe ''es exagerada''. Puede haber algún motivo de alarma, pero realmente ni siquiera la mitad de lo que nuestra imaginación fragua. “Contra mí son todas estas cosas”, dice Jacob: “José no parece, ni Simeón tampoco, y a Benjamín le llevaréis”. Había algo de cierto en esta queja. José no estaba con su padre, Simeón estaba en prisión; pero el anciano se imaginaba que José había sido devorado por una bestia salvaje, y que Simeón se vería convertido en un esclavo perpetuo en una tierra extraña. Sus temores habían engrandecido el problema que existía. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y, creyente, probablemente lo mismo suceda contigo. Descubrirás que la carga que ahora parece ser demasiado pesada si la levantas, será fácilmente transportada sobre esos hombros que la gracia divina fortalecerá, si tienes la suficiente confianza para aventurarte en la tarea. Esa cruz no está hecha de hierro; es sólo una cruz de madera; podría estar pintada con los colores del hierro, pero no es de hierro; ya ha sido cargada, ay, y una cruz todavía mucho más pesada ha sido cargada por otros hombres en tiempos precedentes: cárgala sobre tu espalda como un hombre, cárgala como un hombre de Dios. Toma tu cruz cada día, y sigue adelante con tu Señor, y descubrirás que los montes se encogen como toperas, que los gigantes son vistos como enanos, que los dragones y los grifos no son sino murciélagos y búhos, y que el propio leviatán es un enemigo derrotado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Recuerden, también, que en muchos casos, ''los infortunios desaparecen en el preciso momento en que esperamos que sean abrumadores''. Mientras los estamos anticipando, parecen bloquear la senda completamente sin dejar ninguna vía de escape, pero en nuestro osado avance hacia ellos, se desvanecen y huyen delante de nosotros. Contemplen a los ejércitos de Israel: han escapado de Egipto, pero son perseguidos por sus capataces. Llegan a un punto en el que se ven cercados a ambos lados por montañas, mientras los carros de Egipto están en la retaguardia. ¿Cómo podría ser posible que escaparan? Están rodeados en la tierra, el desierto los ha encerrado. “¡Adelante”, -grita el profeta- “adelante, huestes de Dios!” Pero, ¿cómo podrían avanzar? El Mar Rojo obstruye precisamente su paso; pero tan pronto como los pies de los sacerdotes tocan las aguas del mar, las profundidades se dividen y las aguas se yerguen como un muro, pues Dios ha abierto un sendero para Su pueblo a través del corazón del mar. No se podría desear un mejor camino que el que encontraron en el fondo arenoso del mar. El problema, que ciertamente se mostraba como insalvable, se convirtió en el objeto de un triunfo inusitado; el cántico de María y las voces de las hijas de Israel contenían una mayor exultación que la que habrían podido conocer de no haber clamado en voz alta: “Cantad a Jehová, porque en extremo se ha engrandecido; ha echado en el mar al caballo y al jinete.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos, en un caso semejante, sus tribulaciones podrían desvanecerse tan pronto como les llegaran; ustedes desconocen el plan que Dios les tenga reservado. Él tiene un arma sin utilizar que será la flecha de la liberación del Señor para ustedes. El Señor tiene un plan contra las estratagemas de sus enemigos. Ustedes sólo ven una parte de Su esquema; todavía no ha mostrado todos Sus recursos; y cuando exponga más plenamente Su maravilloso plan, se quedarán asombrados e incluso bendecirán Su nombre por la aflicción, pues les proporcionó una oportunidad muy noble para revelarles la fidelidad y el poder de su Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lo mismo que ocurrió en el Mar Rojo, les sucedió a los ejércitos de Dios cuando llegaron al Jordán, pues el Jordán fue detenido, y huyó ante la presencia del Dios de Israel. Si ustedes sufrieran aflicción tras aflicción, también experimentarían liberación tras liberación. ¡Piensen en aquella maravillosa ocasión en la que se demostró que Dios puede limpiar los cielos más negros, y darnos un día en lugar de la noche! Me refiero al caso de Ezequías. ¡Qué carta tan blasfema e insultante le llegó del Rabsaces! ¡Qué lenguaje tan ultrajante utilizó el malhablado lugarteniente de Senaquerib en contra del rey de Judá! El pobre Ezequías era un hombre de un espíritu santo y tierno, y se encontraba angustiosamente desfallecido; pero cuando extendió esa perversa carta delante del Señor, y se inclinó cubierto de cilicio, poco sabía de cuán misericordiosamente Dios impediría que la aflicción le llegara jamás de ninguna otra manera, excepto la de discursos y jactancias. “Así dice Jehová acerca del rey de Asiria: No entrará en esta ciudad, ni arrojará saeta en ella; no vendrá delante de ella con escudo, ni levantará contra ella baluarte. Por el camino que vino, volverá, y no entrará en esta ciudad, dice Jehová”. Y así sucedió; y así, oh hijo de Dios, podría suceder con las aflicciones que ahora obstruyen tu senda: se desvanecerán conforme avances. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Reflexionen, además, que cuando esto no ocurre exactamente, y la aflicción llega realmente, el Señor tiene ''una forma de hacer que las tribulaciones de Su pueblo cesen cuando alcanzan su punto culminante''. Así como el mar, cuando alcanza el nivel más alto de la marea, ya no puede avanzar más, sino que, después de hacer una pausa por un momento para gozar de la plenitud de su fuerza, debe regresar luego a su punto menguante, así también sucede con nuestras más desesperadas aflicciones, pues alcanzan el punto establecido, y luego se retiran. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Vean a Abraham: Dios le había ordenado que sacrificara a su hijo. Abraham, probablemente confundiendo el significado del Señor, pensó que tenía que sacrificar al hijo de la promesa. Se dirige al monte Moriah, prepara un altar, toma con él la leña, ata a su hijo, y lo coloca sobre el altar; pero justo cuando ha desenvainado el cuchillo, y está a punto de realizar el acto de solemne obediencia sacrificando lo que le era más caro, se escucha una voz: “No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; porque ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único.” Dios interviene justo a tiempo; pero observen cuándo ocurre eso: es decir, cuando el patriarca ha demostrado la completa renuncia de su propia voluntad, y se ha sometido en todo a la voluntad de Dios, entonces llega la liberación. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Lo mismo sucederá contigo, oh atribulado creyente! Cuando la aflicción ha sido aceptada en tu propio corazón, y has hecho a un lado tu terquedad y tu obstinación, y ya no estás murmurando ni quejándote y rebelándote, entonces Dios quitará los carbones del horno, porque el oro está purificado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esa es la grandiosa historia de la confianza de Alejandro en su amigo y médico. Cuando el médico le había mezclado una poción para curar su enfermedad, pusieron una carta en mano de Alejandro, advirtiéndole que no bebiera de la medicina, pues estaba envenenada. Alejandro sostenía la carta en una mano y la copa en la otra, y en presencia de su amigo y médico, bebió la poción, y después que hubo vaciado la copa, le pidió a su amigo que leyera la carta, y juzgara cuánta confianza le tenía. Alejandro tenía una fe tan inconmovible en su amigo que no admitía ninguna duda. “Ahora mira”, -dijo- “cómo he confiado en ti”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esta es la seguridad que el creyente ha de practicar para con su Dios. La copa es muy amarga, y algunos nos dicen que resultará ser mortal; que es tan nauseabunda que nunca sobreviviremos si ingerimos la poción. La incredulidad murmura a nuestro oído: “la tribulación que te llega te aplastará por completo”. Bébela, hermano mío, y di: “He aquí, aunque él me matare, en él esperaré”. No puede ser que Dios sea infiel a Su promesa, o que se desentienda de Su pacto. Tu tribulación, entonces, cesará cuando culmine: Él cambiará las tinieblas en luz delante de ti cuando la hora más negra de la noche haya sonado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos, hay una reflexión sumamente alentadora concerniente a la adversidad que está delante de nosotros, es decir, que cada prueba de nuestra vida de peregrinación fue prevista por Dios, y podemos estar seguros de ''que ha sido anticipada''. Muchas ciudades sitiadas han sido capturadas porque no se esperaba el asedio, y por tanto, no se habían establecido los debidos acopios de provisiones y municiones para el día malo. Pero Dios que almacenó siete años de alimentos en Egipto contra siete años de hambruna que previó, se cuida de hacer reservas para Sus santos contra las emergencias venideras. ¡Cuán prontamente Moisés habría estado ansioso por la intendencia de las tribus en el desierto! “¿Cómo será alimentado todo este ejército? ¿Dónde encontraremos agua? ¿Podrá Dios poner mesa en el desierto?” Pero con una fe simple, Moisés condujo al pueblo escogido al desierto, y, he aquí, los cielos derramaron una lluvia de abundancia, y de la roca pedernalina brotaron refrescantes torrentes, de tal forma que el ejército no conoció ninguna carestía durante cuarenta años, aunque no habían recogido cosechas ni vendimias en todo ese espacio de tiempo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Una vez más hemos de recordar que, si la aflicción nos sobreviniera a cualquiera de nosotros con la plenitud de su fuerza, y Dios no mitigara de ninguna manera la furia de la tormenta, sin embargo, contamos con Su promesa al respecto, y podemos confiar enteramente en ella: ''como tus días serán tus fuerzas''. Creo que les he mencionado anteriormente que estar exentos de problemas no sería algo deseable, pues la vida del hombre que no tiene aflicciones es poco interesante, es pobre de incidentes, sin interés, innoble y estéril; pero la vida de un hombre que ha hecho negocios en aguas profundas, contiene algo noble y viril; y considerando que la gracia es siempre proporcional a la prueba, pienso que sería sabio elegir la prueba por el motivo de recibir la gracia que es prometida junto con ella. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Observé en una vitrina la semana pasada, un pequeño invento de singular interés. Un pequeño alambre de metal, con un disco circular en cada extremo, estaba colgado de un hilo, y permanecía oscilando sin cesar entre dos pequeñas baterías galvánicas, primero tocaba una y luego la otra. Una tarjetita informaba que esta pieza de metal había continuado moviéndose de un lado a otro entre esas dos baterías durante más de treinta años, y durante ese tiempo había sobrepasado una distancia de diez mil kilómetros. Todo el artefacto estaba tan protegido dentro de un estuche de cristal que nada le podría estorbar, y así mantenía el parejo tenor de su camino con una historia que podría ser resumida en dos líneas de la prosa más sencilla. A un lado y al otro, a un lado y al otro, durante treinta años, y esa era toda su monótona historia. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Las tranquilas vidas de los hombres siguen más o menos el mismo orden: van a su trabajo el lunes por la mañana y regresan a casa por la noche, y hacen lo mismo el martes y todos los días del año; no hay terribles pugnas, no hay fieras tentaciones, no hay victorias de la gracia, no hay experiencias divinas de amor celestial; toda su vida interior es de escaso interés, por ser tan libre de toda prueba. ¡Pero miren al hombre que está sujeto a pruebas, temporales y espirituales, y que es versado en dificultades de todo tipo! Él es como aquella masa de hierro en la proa de un hermoso barco, que ha surcado el Océano Pacífico y se ha bañado en el Atlántico; las tormentas lo han golpeado y un sin fin de olas se han estrellado contra él; ha visto los terrores de todos los mares y ha resplandecido a la luz del sol de ambos hemisferios. Ha servido a su época de manera sumamente gloriosa, y cuando está viejo y desgastado por la herrumbre, un mundo de interés lo circunda. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si nuestras aflicciones se multiplican, hemos de recordar que recibiremos gracia abundante junto con ellas, y la mezcla de la prueba y de la gracia volverá sublimes nuestras vidas, impedirá que seamos conducidos como bestias brutas, y nos emparentará con aquellos que a través de mucha tribulación han ascendido a sus tronos. La batalla y la tormenta, la refriega y la victoria, la depresión y el entusiasmo, y todo lo demás que nos acontece en una vida variada y llena de eventos, ayudarán para que nuestro eterno descanso y nuestra gloria sean más dulces para nosotros. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Debemos abandonar estas cavilaciones sobre tristezas esperadas, descansando sin dudar sobre la promesa del Señor que cambiará las tinieblas en luz delante de nosotros, por algún medio u otro, y no nos fallará de ninguna manera en la hora de nuestra necesidad. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Durante un minuto o dos, permítanme invitarlos más especialmente de nuevo a ustedes, hijos de Dios, a ''hacer hincapié en la promesa de que el Señor cambiará sus tinieblas en luz''. ¡Cuán pronto puede lograr esto la Omnipotencia! A nosotros nos toma mucho tiempo crear la luz; debemos formar compañías y erigir maquinarias antes de poder cambiar la noche de nuestras grandes ciudades en un día parcial; pero mañana por la mañana, por negra que hubiere sido la noche previa, el gran Padre de las Luces iluminará a nuestra nación entera en unos cuantos minutos, y hará que cada ola del mar, y cada gota de rocío del prado resplandezcan con un lustre de plata. Dios sólo tiene que ordenarle al sol que desarrolle su curso, y el mundo queda iluminado y las sombras huyen. ¡Cuán perfectamente es hecha la obra! La iluminación no tiene rival en la profusa gloria. Todos nuestros medios de iluminación son pobres comparados con la luz del sol; son tan escasos que hemos de medirlos necesariamente en sus pies cúbicos, y distribuirlos en pequeñas porciones a cambio de oro, mientras que el Señor derrama Su iluminación infinitamente superior en océanos inmensurables sobre montes y valles, campos y ciudades, alegrando así la choza como el palacio, y bruñendo tanto el ala del escarabajo como el piñón del águila. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
De igual manera nuestro Padre celestial puede cambiar fácilmente las más profundas aflicciones de Su pueblo en los gozos más sublimes, y no necesita vejar a los hijos de los hombres con labor para cumplir Su propósito de piedad; Su propia diestra, Su propio Espíritu clemente, pueden derramar una plenitud de consolación en un instante. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Para consuelo de ustedes, adviertan algunas de las maneras en las que el Señor de Amor disipa la medianoche del alma. Algunas veces Él quita toda la lobreguez con ''el sol de Su providencia''. Ordena que la prosperidad brille a través de la ventana de la choza, y el pobre se vuelve rico; levanta al mendigo del muladar, y lo sienta en medio de los príncipes. Las alas de los ángeles acarrean un remedio para el enfermo, y el hombre que se revuelca en su cama por largo tiempo sale afuera para respirar el dulce aire puro que le había sido denegado durante tanto tiempo. El grandioso Árbitro de todos los eventos sólo le da vueltas a la rueda de la fortuna, y aquellos que estaban más abajo ahora están más alto: los últimos son los primeros y los primeros los últimos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Él puede hacer lo mismo por cualquiera de nosotros, tanto en las cosas temporales como en las espirituales, si le parece bueno. Sólo tiene que ordenar que se haga, y nuestra pobreza será cambiada en plenitud. Nuestro Señor alienta con frecuencia a Su pueblo con ''la luna de Su experiencia'', que brilla con luz prestada, pero lo hace con una brillantez apaciguada y tranquila, bien amada de los hijos de la tristeza. Él nos ordena que recordemos los días pasados, y nuestro espíritu hace una investigación diligente; encontramos que nunca ha abandonado a Su pueblo, ni nos ha traicionado. Recordamos cuando estábamos en un caso semejante al caso presente y notamos que estábamos bien sostenidos, y que al final fuimos liberados, y así somos alentados a creer que hoy será como en el pasado, y más abundantemente todavía. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Frecuentemente nuestro Padre celestial alienta a Sus hijos con ''la visión de Jesús que va adelante''. Ese desfiladero entre rocas suspendidas es sumamente oscuro. Yo, una pobre criatura tímida, retrocedo y no quiero atravesarlo; pero ¡cómo es restaurada mi valentía al ver a Jesús portando la linterna de Su amor y adentrándose delante de mí en la densa oscuridad! ¡Escucha! Le oigo decir: “Sígueme”; y mientras habla percibo una luz que brota de Su sagrada persona; cada espina de Su corona resplandece como una estrella; las joyas de Su pectoral fulguran como lámparas, y Sus heridas centellean con esplendor celestial. “No temas”, -dice- “pues he sido afligido en todas tus aflicciones. Fui tentado en todo según tu semejanza, pero sin pecado.” ¡Quién podría decir el estímulo dado al heredero del cielo por el hecho de que el Hermano mayor ha pasado a través de todo el tenebroso pasaje que conduce al reposo prometido! Dios tuvo un Hijo sin pecado, pero nunca tuvo un hijo sin disciplina. Aquel que siempre hizo la voluntad de Su Padre, tuvo que sufrir. Ánimo, corazón mío, ánimo; pues si Jesús sufrió, si esa congoja que rasga el corazón fue sentida por él, tú puedes en verdad tener buen ánimo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mejor aún es el consuelo derivado de la grandiosa verdad de que Jesús está realmente presente en las aflicciones diarias de los creyentes. Jesús toca a mi puerta y dice: “Ven conmigo desde el Líbano, oh esposa mía; ven conmigo desde el Líbano. Mira desde la cumbre de Amana, desde la cumbre de Senir y de Hermón, desde las guaridas de los leones, desde los montes de los leopardos.” Yo miro desde la ventana a la noche fría y terrible, y le respondo: “La noche es oscura y triste. Me he desnudado de mi ropa; ¿cómo me he de vestir? He lavado mis pies; ¿cómo los he de ensuciar? No puedo levantarme y seguirte.” Pero el Amado no ha de ser rechazado así; Él toca otra vez, y dice: “Salgamos al campo, moremos en las aldeas; allí te daré mis amores.” Vencido por Su amor, me levanto y me voy con mi Esposo celestial. Si las gotas de lluvia caen inmisericordemente sobre mí, no importa, pues es sumamente dulce ver que Su cabeza está también llena de rocío, y Sus cabellos de las gotas de la noche. El viento ululante agita Sus vestidos al igual que los míos; Sus pies hollan los mismos lugares cenagosos que los míos; y en todo momento me llama ‘Su bienamada, Su amor, Su paloma, Su perfecta’, y me cuenta de la tierra que está más allá de las tinieblas, y habla del monte de la mirra y de las eras de las especias, de la cumbre de Amana, Senir y Hermón. Mi alma se derrite mientras mi Amado habla, y mi corazón siente dulzura, más allá de toda expresión, al caminar con Él; pues, he aquí, mientras Él está cerca de mí, la noche es iluminada con innumerables estrellas, el cielo está encendido de gloria, cada nube resplandece como el ala de un serafín, mientras que el ventarrón despiadado es incapaz de enfriar el corazón que arde por dentro mientras Él habla conmigo por el camino. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En años posteriores solemos hablar entre nosotros de esa noche oscura y de su portentoso brillo; de ese viento frío que fue tan extrañamente mitigado, e incluso nos decimos los unos a los otros: “yo ansiaría atravesar mil noches en tal compañía; yo estaría dispuesto a ir en un viaje de medianoche por siempre con el más amado de los amigos, pero, ¡oh!, donde Él está, la noche se convierte en día; en Su presencia el sufrimiento es gozo; cuando Él se revela, los dolores son placeres, y la tierra florece con flores del Edén”. Así, el Bienamado cambia con Su presencia nuestras tinieblas en luz. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Muy a menudo ustedes y yo hemos conocido por experiencia cómo el Señor ha cambiado nuestras tinieblas en luz, cuando, en un momento, un texto de la Escritura ha resplandecido delante de nuestros ojos como el fuego de un faro. Yo bendigo a Dios porque hay partes de este precioso libro que no sólo retengo en mi memoria, sino en mi corazón. Han sido tan aplicadas a mi vida en tiempos de necesidad, que olvidarlas sería completamente imposible; han abierto un camino de fuego hacia mi naturaleza interior, y se han convertido en parte y porción de mi conciencia. Tú no puedes, por ti mismo, hacer que un texto esté muy lleno de vida y poder, por pensar simplemente en él, ni orar en relación a él, ni estudiar el original, pero el Espíritu Santo vivifica la palabra de la misma manera que nos vivifica a nosotros. Una palabra del Señor se alzará de la página algunas veces, como si hubiese estado allí como un ángel dormido; nos tomará de la mano, nos abrazará y nos revivirá, hasta que clamemos asombrados: “¡Oh, palabra de Dios preciosa e inextinguible! Oh, dulce palabra recién salida del labio de Jesús, ¿cómo es posible que te haya leído tan a menudo, sin que nunca entendiera tu preciosidad y tu plenitud hasta ahora?” Esta es una de las formas en las que nuestro Señor cambia las tinieblas en luz, arrebatando un tizón del altar de Su palabra y ondeándolo como una antorcha delante de nosotros, para que podamos avanzar bajo su luz. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así pueden ver, amados, que Dios puede cambiar las tinieblas en luz muy prontamente. Ahora, el texto nos conduce un poco más adelante, y habla de “lo escabroso”. Entonces, cristiano, por un momento piensa en lo escabroso de tu porción. Igual que la senda de los hijos de Israel a través del desierto, tu curso pareciera ir hacia atrás y luego hacia delante, como el sendero que serpea tortuosamente entre cardos y espinos a través de bosque. El Amigo fiel de los peregrinos conoce el camino que tomas: todos tus pasos están ordenados por el Señor, y a su debido tiempo, de acuerdo a Su palabra, los convertirá en llanura. Tal vez lo escabroso de tu porción radica en tu pobreza. Nunca tienes más de lo que apenas alcanza. Alimento y vestido has tenido, pero aun así ha sido pan seco, y escasos vestidos. Lejos de que te haya ido suntuosamente, casi has conocido la carencia de Lázaro a la puerta del hombre rico. Has llegado hasta este punto en tu viaje, pero aun así, la tuya, ha sido una vida de necesidades y de gran zozobra. Le das gracias a Dios, no te quejas, pero sabes muy bien que la carencia es algo escabroso. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
O, tal vez, has sufrido alguna calamidad muy escabrosa. Tu amado esposo te fue arrebatado cuando los niños necesitaban de su cuidado y educación, y cuando la labor de esos fuertes brazos era necesaria para encontrar el sustento para los pequeñines. ¡Ay, pobre viuda!, esa fue una pérdida muy escabrosa para ti. O, tal vez, aquel esposo ha enterrado a su amada esposa, y siente que su pérdida es irreparable: algo escabroso que no puede entender. No puede adivinar por qué el omnisciente Dios ha permitido que una madre así sea arrebatada de sus hijos que necesitaban su mano moldeadora. Si algunas otras personas hubiesen muerto, habrías comprendido la razón: estaban maduros y listos; pero aquí estaban los jóvenes y activos, cuya vida parecía ser tan necesaria, y estos te han sido arrebatados, dejando detrás una fuente de perennes lágrimas. Esto es lo escabroso de tu lote. Tal vez durante el último pánico sufriste muy severamente; tú no habías sido uno de los especuladores, y no te habías aventurado más allá de tu profundidad, pero aun así, incidentalmente, la caída de otros te arrastró hacia abajo. No entiendes suficientemente la razón de ese duro golpe, y es para ti algo muy escabroso; lo has mirado desde un ángulo y desde otro, pero no puedes ver el por qué y la razón de ello; tú crees que Dios es sabio, pero eso sigue siendo un asunto de fe en este caso; tú no puedes ver todavía que sea algo sabio. Posiblemente lo escabroso tuyo radique en una familia problemática en tu hogar. Ay de aquellos que tienen hijos torcidos, pues más filosos que el colmillo de un áspid es un hijo ingrato. ¿Tienes una hija malvada? ¡Ay, cuán grande tribulación la tuya! ¿Tienes una esposa de mal carácter y artera, o un esposo duro y pagano? ¿Amas tú la verdad de Dios, pero tienes un socio que odia las cosas buenas? ¿Regresarás a casa hoy para oír la voz de la blasfemia que proviene de tu pariente? Tu porción es en verdad escabrosa. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lo peor de todo es que si no tienes ninguna otra cosa escabrosa, estoy seguro de que has de confesar que tienes una naturaleza torcida. Si tu propio corazón no fuera tu plaga, todo lo demás no importaría gran cosa; pero, ¡oh!, qué tal nuestro orgullo, nuestra pereza, nuestros malos deseos, nuestro temperamento airado, nuestras dudas, nuestros temores, y desalientos, el ego es lo más escabroso que el hombre tiene que llevar. Entonces podría ser que también tengas tentaciones escabrosas. Eres tentado a la blasfemia; odias su simple pensamiento, sin embargo esa horrible sugerencia te persigue; eres tentado a los vicios de los que has sido preservado por la gracia, pero en los cuales, como ocurre con un huracán, Satanás quiere hacerte girar. Tus tentaciones abundan día a día, y te parece que eres como un hombre asediado por diez mil abejas; te cercan por completo, sí, te cercan por completo y no sabes cómo destruirlas. Tan abundantes como tus pensamientos, así parecen ser tus muchas tentaciones. Bien, todas estas son cosas escabrosas, y en un mundo caído como este, las cosas escabrosas siempre serán muy comunes. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora viene la promesa: “Dios cambiará lo escabroso en llanura delante de Su pueblo.” Pudiera ser que los caminos ya estén allanados ahora, y que enderezarlos sólo consista en hacer que nos parezcan nivelados, pues, con frecuencia, aquello que considerábamos un infortunio era lo mejor que nos hubiera podido ocurrir jamás. Nos quejamos de nuestras cruces, pero, ¿acaso nuestras cruces no son nuestro mejor patrimonio? ¡Cuán a menudo damos coces contra nuestro bien más excelso! Arrancamos esa hierba del jardín que contiene la más noble medicina en cada hoja. Oh, que recibamos gracia para saber que hay mucho bien real en la aflicción, y que nuestras pruebas son cosas escabrosas sólo porque somos bizcos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El Señor puede cambiar también lo escabroso en llanura, y lo que no pliegue lo puede romper. ¡Con cuánta frecuencia en una familia el impío Saulo es convertido en el santo Pablo! ¡El carácter torcido ha sido enderezado; y donde el hombre rehúsa ser enderezado, el terrible juicio de Dios ha quitado al torcido de la casa, para que el justo pueda tener paz y consuelo! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No tengas temor, creyente, la gran hacha del Señor puede limpiar un camino a través de las densas forestas de tus más grandes tribulaciones. ¿Acaso no ves al grandioso Pionero delante de ti? Sus salidas son de antaño, y es conocido por el nombre de “El Quebrantador”, pues abate todo lo que pudiera obstaculizar la marcha de Su pueblo. Como los ingenieros en la avanzada de un ejército, esos grandiosos zapadores antiguos y los mineros que limpian el camino para el ejército, así el Señor preparará una calzada para todos Sus santos, hasta que los lleve a la ciudad que tiene fundamentos y cuyo arquitecto y constructor es Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si no hiciere esto, te dará poder para saltar por encima de la dificultad, y te ordenará a ti, Su siervo, que vayas derecho en la senda del deber, y se te dará una fuerza que no es tuya: de tal forma que dirás con alguien de tiempos antiguos: “Contigo desbarataré ejércitos, y con mi Dios asaltaré muros”. Tú clamarás como Débora: “Marcha, oh alma mía, con poder”. Si nuestra vía estuviera siempre limpia en el camino del deber, ¿dónde estaría nuestra fe? Pero cuando forzamos nuestro camino al cielo a través de multitudes de enemigos, abriéndonos paso a base de pura fuerza a través de los escuadrones del infierno, entonces nuestro grandioso Capitán es glorificado, y Su gracia es hecha resplandecer. Tengamos buen ánimo, entonces, pues el Señor cambiará lo escabroso en llanura al final. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Dos lecciones más, y luego procederé a dirigir unas cuantas palabras al buscador. Una es para el hijo de Dios. Si Dios cambiará todas tus tinieblas en luz y todo lo escabroso en llanura, ''no debes anticipar tus tribulaciones''. Ahora son tinieblas; déjalas en paz, hombre, porque serán cambiadas en luz. Ahora son escabrosas; bien, déjalas que maduren, y Dios las cambiará en llanura. Alguna fruta que recoges de tus árboles es de tal naturaleza que si fueras a intentar comerla en el otoño, sería muy amarga, y te haría mucho daño; pero guárdala un poco, y ¡mira cómo se torna sabrosa y jugosa! ¡Es una lástima destruir la fruta y angustiarte por un uso prematuro! Sucede exactamente lo mismo con tus tribulaciones. Ahora son tinieblas; no te entrometas con ellas, déjalas hasta que Dios las haya madurado y las haya cambiado en luz. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aquel hombre es empleado para transportar sacos de harina cada día. Él carga tantos quintales cada vez, que en el día suman toneladas; y tantas toneladas al día darán un total de un enorme peso en un año. Ahora, supongan que el primero de Enero este hombre fuera a calcular la carga del año, y dijera: “tengo todo ese inmenso peso que cargar; no puedo hacerlo”; ustedes le recordarían que no tiene que cargarlo todo de una vez; tiene todos los días de trabajo del año para cargarlo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así nosotros ponemos todas nuestras tribulaciones juntas, y clamamos: “¿cómo podré recuperarme de ellas?” Bien, te vendrán únicamente una a la vez, y conforme lleguen, la fuerza vendrá con ellas. Un hombre que ha caminado mil kilómetros, no viajó los mil kilómetros dando un paso, ni en un día, sino que tomó su tiempo y lo hizo; y nosotros también hemos de tomarnos nuestro tiempo, y con paciencia cumpliremos nuestro trabajo. Una excelente lección para todos nosotros es esta palabra: ''espera'', espera, ESPERA. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nuestra segunda observación es esta: ''debes creer siempre en el poder de la oración'', pues si Dios promete cambiar tus tinieblas en luz, quiere que se lo pidas; y cuando se lo pidas, lo hará, porque así lo ha prometido. Yo quisiera que creyéramos en la oración, pero creo que la mayoría de nosotros no lo hacemos. La gente dirá: “¡Qué cosa tan maravillosa es que Dios oiga las oraciones de George Müller!” Pero, ¿acaso no es algo triste que pensemos que es asombroso que Dios oiga las oraciones? ¡Hemos llegado a un mal extremo, en verdad, cuando creemos que es maravilloso que Dios sea veraz! Era bastante mejor aquella fe del niño de una de las escuelas de Edimburgo, que había asistido a las reuniones de oración, y al final le dijo al maestro que dirigía la reunión de oración: “maestro, yo quisiera que mi hermana se pusiera a leer la Biblia; ella no la lee nunca”. Juanito, ¿por qué debe leer la Biblia tu hermana?” “Porque si la leyera una vez, estoy seguro de que le haría bien, y sería convertida y sería salva”. “¿Crees eso, Juanito?” “Sí, lo creo, señor, y quisiera que la próxima vez que haya una reunión de oración, le pida usted a la gente que ore por mi hermana, para que comience a leer la Biblia”. “Bien, bien, así lo haremos, Juan”. Entonces el maestro hizo saber que un pequeñito estaba muy ansioso de que se ofrecieran oraciones para que su hermana comenzara a leer la Biblia. En la siguiente reunión de oración, observaron que Juan se levantó y salió. El maestro consideró que era poco cortés que el niño perturbara a la gente en un salón abarrotado y saliera como lo hizo, y entonces, el siguiente día que se presentó el muchacho, le dijo: “Juan, pienso que fuiste muy rudo al levantarte en la reunión de oración y salirte. No debiste hacer eso”. “¡Oh!, señor”, respondió el muchacho- “no era mi intención ser maleducado, pero pensé que me gustaría ir a casa y ver a mi hermana leyendo su Biblia por primera vez.” Así es como debemos creer y esperar con expectación, para ver la respuesta a la oración. La muchacha estaba leyendo la Biblia cuando el niño llegó a casa. A Dios le había agradado oír la oración; y si sólo confiáramos en Dios de esa manera, veríamos a menudo que se obtendrían cosas similares. No digas: “Señor, cambia mis tinieblas en luz”, para luego salir con tu lámpara como si esperaras encontrar oscuridad, mas después de que le pidas al Señor que aparezca para ti, has de esperar que lo haga, pues conforme a tu fe te sea hecho. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''Y ahora, antes de que concluyamos, diré sólo unas cuantas palabras PARA EL BUSCADOR. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Algunas personas aquí presentes, han estado deseosas de encontrar paz con Dios, pero todavía están agobiadas y sacudidas de un lado a otro en sus mentes. Ahora, mi querido amigo, hemos sentido gran gozo al ver tu ansiedad, pero estamos comenzando a sentir gran aflicción al pensar que esa ansiedad deba durar tanto, y que seas tan incrédulo para no poner de inmediato tu confianza en el bendito Señor Jesús. Él puede salvarte, y te salvará ahora, si confías en Él. Pareciera algo muy simple confiar únicamente en Él: simple como es, es sumamente eficaz para la paz y gozo del alma. Nos aflige pensar que has estado rehusando durante tanto tiempo darle a Cristo el crédito que tan ricamente merece. Ahora, tal vez, pudiera ser que estés enredado en cuanto a un tema doctrinal. Les has estado pidiendo a tus amigos que te expliquen esto y aquello, y todavía no se te ha aclarado nada. Permíteme decirte que me temo que nunca se te aclarará, pues hay dificultades acerca de nuestra santa religión que nunca serán explicadas de este lado de la tumba, y, tal vez, tampoco lo sean del otro; pues si nuestra religión estuviese al alcance de nuestra comprensión, sentiríamos que no vino de Dios, pero siendo más grande de lo que nuestro cerebro pueda comprender, vemos en esto algunos indicios del infinito Dios, que al revelarse a Sí mismo, no manifiesta toda Su gloria, sino únicamente una parte de ella, a los hijos de los hombres. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Querido amigo, cree que el amado Hijo de Dios puede salvarte, y confía en Él, y cuando hubieres hecho eso, todas estas dificultades doctrinales, en tanto que sean importantes, se desvanecerán. Él lo ha dicho, y tú comprobarás que es verdad: “Delante de ellos cambiaré las tinieblas en luz, y lo escabroso en llanura.” Tú te dirás: “¿Cómo se me pudieron ocurrir tantas argucias? ¡Cuán insensato fui al estar debatiendo y cuestionando siempre, cuando la misericordia eterna me estaba siendo presentada libremente!” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tal vez tus tinieblas surgen ahora de una profunda depresión mental. Tu noción es que no puedes creer nunca en Jesucristo hasta que esta depresión desaparezca; pero permíteme decirte que tu noción está lejos de la verdad, pues el caso es que no tienes probabilidades de salir de tu depresión en tanto que no creas primero en Jesús. Triste y afligido como estás, ¿qué te impide creer en el infinito Hijo de Dios como alguien capaz de quitar tu pecado? Él es capaz. La muerte de alguien como Él, debe contener una cantidad de mérito que no puede ser limitada. ¡Oh!, si tú pudieras hacerle el honor de confiar en Él, aunque fueras como un pobre pábilo que humeare, Él no te apagará, y aunque fueras como una indigna y débil caña cascada, si confías en Él, eres salvo. Oh, confía en Él, te lo suplico, para descanso de tu alma en la preciosa sangre, y verás que tu depresión se desvanece, que tus tinieblas serán luz, y lo escabroso será convertido en llanura. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“¡Ah”, -dirás tú- “pero yo trabajo bajo una carga de pecado!” Es cierto que hay lo suficiente en tu pecado como para turbarte, si no fuera porque por este propósito Cristo nació y vino al mundo, para quitar el pecado. ¿Por qué la necesidad de ese gran sacrificio en la cruz del Calvario si no es por las grandes ofensas? ¿Acaso no ves que la propia negrura de tu pecado es la que te hace necesitar un Salvador; no sabes que Cristo no vino para llamar a los justos, sino a los pecadores al arrepentimiento? A su tiempo, Él murió por los ''impíos'', y eso eres tú. Oh, deposita tu alma cansada en Sus brazos. ¿Por qué miras a tu alrededor en busca de esto y lo otro? ¿Por qué eres engañado con: “¡Mirad, aquí está, o, mirad, allí está!”, mirando a esto y lo otro en busca de consuelo? Ven a Él, vacío, desnudo, inmundo, ven para que seas convertido en todo lo que es bueno por medio de Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Ay”, -dices- “mi naturaleza es tan mala”. Bien, pero tu depravación es conocida, y hay solución para ella en el texto. Tu pecaminosidad, como lo escabroso mencionado en el texto, será cambiada en llanura. El Señor puede dominar tu disposición natural. Cualquiera que sea la forma de tu pecado que te asedia, el Espíritu Santo es más que un contrincante para él. Aunque has pecado muy suciamente, Él puede perdonar; y aunque sientas una fuerte tentación para pecar de la misma manera otra vez, Él puede corregir la tendencia de tu naturaleza, y darte nuevos anhelos que vencerán a los viejos. ¡Oh, que mi Señor recibiera lo que le corresponde de ti, entonces no dudarías de Él! Bendito Salvador, Rey de reyes y Señor de señores, que te dignas humillarte a sufrir y morir, ¿cómo pueden los hombres dudar de Ti? ¿Cómo pueden ver Tu amado rostro, y sin embargo, desconfiar de Ti? ¿Cómo pueden ver Tus benditas manos y pies y el costado traspasado, y sin embargo, sospechar de Ti? Oh pecador, confía plenamente en Jesús, y te serán otorgados gozo y paz en este día. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Quiero que noten tres cosas en el texto, y habré concluido. ''Eso que nos salva no es lo que es, sino lo que será''. “Cambiaré las tinieblas en luz.” “Cambiaré lo escabroso en llanura.” Lo torcido está realmente torcido ahora, pero hay una transformación en ciernes. Pecador, no es lo que eres ahora, lo que ha de ser tu salvación; eres negro y torcido, pero tu salvación te será dada aún. Serás luz en el Señor, y serás recto por medio de Su gracia. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Noten, en segundo lugar, que ''no es lo que ustedes puedan hacer'', sino lo que Dios puede hacer. “Cambiaré las tinieblas en luz”; no es el pecador quien cambiará sus tinieblas en luz, sino “''Yo''”, Jehová; Yo, el que puedo hacer todas las cosas. ''Yo'', que puedo crear y puedo destruir, “''Yo'' cambiaré las tinieblas en luz delante de ti, y lo escabroso en llanura.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Noten, además, que esta obra no será suya ''de inmediato, pero lo será pronto''. No dice: “Hoy cambiaré las tinieblas en luz”, sino que dice: “''Yo'' cambiaré”. ¡Ah!, entonces, esperemos con ansias el brillo que todavía no podemos ver, y gocémonos con la llanura que todavía no podemos discernir; pues Dios guardará Su palabra hasta lo más ínfimo, y Sus eternos: “Yo haré” y “se hará”, nunca caerán al suelo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pido a Dios que bendiga la palabra para ustedes que son creyentes atribulados, y que les dé paz y confianza; y para ustedes que son pecadores que buscan, pido que puedan confiar en Cristo, y encuentren la salvación. Que el Señor les bendiga ricamente, por nuestro Señor Jesucristo. Amén.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

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		<title>El Gozo en la Salvación</title>
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				<updated>2011-01-14T14:19:24Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|Joy In Salvation}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“Y me goce en tu salvación”.'' Salmo 9: 14.&amp;lt;br&amp;gt;''“Gozoso de tu salvación”. ''Biblia de Jerusalén&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Deseo continuar el tema de esta mañana sólo que viendo otra faceta de este importante asunto. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Como recordarán, en la mañana predicamos sobre estas palabras: “Vuestra salvación”. Confío en que la mayor parte de nosotros – pluguiera a Dios que pudiera esperar que todos nosotros- nos ocupemos de nuestra propia salvación personal. Para quienes lo hacen, este segundo texto será el complemento del primero. Esas personas desean que su propia salvación esté garantizada; una vez que la obtienen se convierte en su propia salvación; pero aquí tenemos la guía que nos explica en qué consiste la verdadera salvación: lo que debe ser nuestra propia salvación. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En otro sentido no es nuestra. Es de Dios. “Gozoso de ''tu'' salvación”. Aunque se convierte en nuestra por un acto de fe, no lo es como para reclamar algún mérito o asignarnos una parte de la gloria a nosotros mismos. La única salvación que vale la pena que poseamos es la que proviene de Dios. “Gozoso de ''tu'' salvación”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Habiendo explicado esta mañana, con bastante detención, lo que es la salvación, y habiendo mostrado que no es una mera liberación de la ira venidera, sino de la presente ira de Dios, y todavía más esencialmente, del pecado y del poder del pecado dentro de nosotros, espero que no haya necesidad de que repitamos eso nuevamente; pero comenzaremos notando la cualidad especial contenida en el texto, que hace hincapié en la salvación divina. “Gozoso de tu salvación”. Entonces, vamos a considerar de inmediato lo siguiente: &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''UNA SALVACIÓN DIVINA. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La salvación de la que ya hemos hablado, nos viene de Dios, y es la salvación de Dios en muchos sentidos. ''Fue Suya en la planeación''. Nadie, sino Él mismo, habría podido planearla. Él la diseñó en Su infinita sabiduría. La salvación que es revelada en el Evangelio en la persona de Jesucristo es, en cada uno de los elementos de su arquitectura integral, el fruto de la habilidad divina. Podríamos preguntar: “¿A quién pidió consejo para ser avisado? ¿Quién le enseñó el camino del juicio, o le enseñó ciencia?” La mano divina es visible en todas partes; es por la planeación y por el ordenamiento de Dios, antes de la tierra. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
''Es, de igual manera, por la provisión de Dios''. Tienen la salvación envuelta en el don de la persona de Jesucristo. Todo radica en Cristo: porque murió, nuestro pecado es quitado, porque vive, nosotros también viviremos. Y Cristo es el puro don de Dios. Toda la salvación está en Él, y, por tanto, toda la salvación es procurada por Dios. Es la salvación de Dios. Y además, Dios no solamente planea y procura, sino que ''también aplica la salvación''. Yo creo en el libre albedrío, pero todavía no he conocido a ningún cristiano que fuera capaz de decir que vino a Cristo por su propio libre albedrío sin ser atraído por el Espíritu de Dios. Cualquiera que fuera nuestra perspectiva doctrinal, el hecho práctico es el mismo en cada caso. Todos los creyentes confiesan que son hechura de Dios, hechos nuevas criaturas en Cristo Jesús. “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere”. Hay una carencia de poder. “No queréis venir a mí para que tengáis vida”. Hay una carencia de voluntad y, por tanto, el Espíritu de Dios aplica la salvación que Dios ha planeado y que Dios ha provisto. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y así como la primera aplicación de esta salvación es ejecutada por Dios, ''sucede lo mismo a lo largo de todo el camino''. Yo no creo, amados hermanos, que nuestra religión sea como la acción de un reloj al que una mano superior le dio cuerda, y luego lo deja andando solo. ¡No!, el Espíritu Santo debe producir cada día en nosotros así el querer como el hacer, por su buena voluntad. Y aunque ustedes y yo nos acercáramos hasta la mera puerta que es una perla, y oyésemos los cánticos de los bienaventurados al otro lado de esa puerta, seríamos incapaces de dar el último paso, y más bien regresaríamos a nuestro pecado e insensatez, con solo que Aquel que comenzó una buena obra en nosotros la descontinuara. Él es el Alfa y la Omega, el principio y el fin. “La salvación es de Jehová”, de principio a fin. Él elabora el borrador inicial, en convicción en nuestra conciencia, y luego prosigue a completar el cuadro, y si hubiese algún retoque en el cuadro que no fuese de Dios, constituiría sencillamente una mancha. Si hubiese cualquier cosa de la carne, tendría que ser eliminada; no sería consistente con la obra de Dios. Tiene que ser la obra de Dios en todo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, nosotros sabemos que esta salvación es de Dios, no sólo porque somos informados que Él la planeó, y la proveyó, y que la aplica, sino porque ''contiene las señales de Dios''. Si leo un cierto verso de una poesía, puedo identificarlo y saber que es de Shakespeare. Bien, ustedes saben, yo no podría explicarles muy bien por qué, aunque estoy seguro de que nadie más podría escribir exactamente de esa manera. Cuando estoy leyendo los Salmos, leo uno y digo: “Es de David”. Sé que hay algunos críticos que dicen: “No, este pertenece al período de la cautividad”, pero yo estoy seguro de que no es así. ¿Por qué? Porque, ustedes saben, contiene un timbre davídico. Sólo el hijo de Isaí pudo decir esas cosas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, en la salvación hay señales de la autoría divina. Una vez vi un cuadro de Ticiano en Venecia, sobre el que había escrito: “Fecit, fecit Titian” (Pintado, pintado por Ticiano). Lo reclamó como suyo dos veces, como para asegurarse de que nadie más lo hiciera. Y Dios ha expresado tres veces que no debe haber ninguna duda de ningún tipo de que la salvación es de Dios, y que Él ha de recibir la gloria por ello. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, observen las señales de Dios –lo que podría llamar la ‘marca de propiedad’ del Rey- insertas en la salvación. Está llena de misericordia. Hay salvación para el más negro de los pecadores, una salvación tan llena de gracia que únicamente Dios podría concebirla. “¿Qué Dios cómo tú, que perdona la maldad?” Pero esta salvación es igualmente compatible con la justicia, pues Dios nunca perdona absolutamente un pecado. Hay siempre un castigo por el pecado en cada caso. Jesucristo, el Sustituto, interviene y satisface a la Justicia antes de que se diga esta palabra al pecador: “Yo deshice… tus rebeliones”. En la salvación que Dios ha provisto en la cruz por la muerte de Su amado Hijo hay tanto justicia como hay misericordia, y hay un grado infinito de ambas. Ahora, esto es Divino. El hombre, cuando saca a relucir una cualidad, provoca usualmente que alguna otra cualidad empalidezca con la primera; pero Dios exhibe Su carácter en una integridad armoniosa, siendo tan misericordioso como si no fuese justo y tan justo como si no fuese clemente. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Por esta razón, en el Evangelio, vemos también a la sabiduría divina. Sin importar lo que algunos pudieran decir acerca de la doctrina de la sustitución, Cristo sigue siendo el poder y la sabiduría de Dios. La manera tan simple pero tan sublime, por la que Dios es el justo, y el que justifica al que es de la fe, manifiesta la infinita sabiduría del Altísimo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero no voy a entretenerlos mencionándoles todos los atributos divinos. Es cierto que todos resplandecen en el Evangelio; no podría decirse cuál de los atributos tiene mayor influencia: el poder, la sabiduría o la gracia. Todos ellos están presentes y comprueban que la salvación es de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y hay otro asunto más: la verdadera salvación es de Dios porque ''atrae hacia Dios''. Si tienes la salvación de Dios, eres atraído hacia tu Padre celestial, más y más cerca cada día. Los impíos olvidan a Dios, los que han sido despertados buscan a Dios, pero los que son salvos se regocijan en Dios. Hazte esta pregunta: ¿podrías vivir sin Dios? El hombre impío estaría más feliz sin Dios que con Él. Sería la mejor noticia del periódico para miles de personas si pudiéramos publicar mañana que Dios está muerto. Para los hombres impíos sería como tocar las campanas del gozo universal; correrían alocadamente y sin freno en pos de su propia voluntad. ¿Y dónde estaría el creyente? Sería un huérfano. Su sol se habría extinguido; sus esperanzas estarían muertas y sepultadas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Juzga con base en esto si eres salvo. Si eres salvo, eres atraído hacia Dios, buscas ser semejante a Dios y deseas honrar a Dios. Si no hubiese en ti ninguna de estas cosas, entonces te exhorto a que pongas atención a eso, pues estás en hiel de amargura y en prisión de maldad. ¡Que Dios tenga misericordia de ti! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No necesito agregar que la salvación es de Dios y que ''Dios debe recibir toda la gloria por ello''. Todos los que son salvos en la tierra, y todos los que en el cielo son salvos, atribuyen su salvación enteramente al siempre bendito Dios y se unen a Jonás quien, en las propias profundidades del mar hizo de ésta, su confesión de fe: “La salvación es de Jehová”. Pero ahora, en segundo lugar, nuestro texto (habiendo advertido la salvación divina en él) tiene: &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''UNA ABIERTA DECLARACIÓN. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Gozoso de tu salvación”. Aquí hay alguien que surge de la anónima multitud que dice: “me he enterado de la salvación de Dios; ¡me gozaré en ella! ¡Me gozaré en ella! ''Algunos la desprecian''. La oyen, pero le prestan oídos sordos. Entre más oigan acerca de ella, más hastiados se sienten. Pero ''yo'' “estoy gozoso de tu salvación”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aquí encontramos a un carácter distinguido, que ha sido hecho así, sin duda, por la gracia que distingue. ¡Oh!, yo espero que haya muchos aquí que podríamos ponernos de pie y decir –si este fuera el tiempo y el lugar-: “Que otros digan lo que les plazca, y que consideren a la cruz un objeto irrisorio y que Jesucristo debe ser olvidado; yo soy Su siervo; yo me gozo en Su salvación”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay ''algunas personas que confían en otra salvación''. Todos hicimos eso alguna vez. Pero quien habla en el texto desecha la justicia propia como un trapo de inmundicia. Hace todo a un lado, y dice: “Gozoso de tu salvación”. Si yo fuera justo, no diría eso. Si yo tuviera una perfecta santidad, no la mencionaría en comparación con la justicia de Cristo; pero siendo un pecador indigno, sin un solo mérito propio, no seré tan necio como para parchar una justicia ficticia, sino que he de regocijarme en tu salvación. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Los estás viendo allá! ¡Estás viendo a aquellos adoradores de la mujer vestida con un manto escarlata: ellos están confiando en su sacerdote! Se reviste de ornamentos de color azul, rosa, escarlata, blanco y no sé cuántas otras cosas más, y se rodea de todo tipo de juguetitos para agradar a los necios. Y hay algunos que se alegran en esa salvación que proviene de un pecador “infalible”, de un falso sacerdote de Dios. Pero nosotros miramos a Cristo, quien está delante del eterno trono y argumenta los méritos de Su propia sangre. Nosotros decimos: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
“No importa que todas las formas que los hombres inventan&amp;lt;br&amp;gt;Asalten nuestra fe con arte traicionero,&amp;lt;br&amp;gt;Nosotros las llamaremos vanidades y mentiras,&amp;lt;br&amp;gt;Y ataremos el Evangelio a nuestro corazón”.&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
“Gozoso de tu salvación”. Podría haber algunas personas a quienes me dirijo esta noche, que están gozosas de la salvación de Dios por medio de Su gracia abundante, que no tienen otras cosas en las que regocijarse. Son muy pobres. ¡Ah, cuán bienvenidos son a esta casa! Cuán contento estoy que hayan venido. Siempre es una dicha para mí que la gente escuche la predicación del Evangelio. Bien, tú no cuentas con vastos acres ni ostentas anillos de oro en tus dedos; vistes con el uniforme del duro trabajo. No te preocupes, hermano mío, aférrate a la vida eterna y di: “Me gozaré en tu salvación”. Tal vez estés enfermo esta noche: tu pobre cuerpo débil a duras penas pudo arrastrarse para llegar a esta asamblea del pueblo de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Bien, bien, es algo muy duro tener que sufrir así, pero si no te pudieras gozar en un cuerpo sano, de todas formas gózate en Su salvación. Mira a Jesús esta noche; pon tu confianza únicamente en Él, y tendrás un suficiente manantial de gozo aunque no poseas ninguna otra cosa. Posiblemente algunos de ustedes que se aferran a Cristo y se regocijan en Él, tendrán que enfrentar duros tiempos en casa: tu padre se burlará de ti, tu madre no simpatizará contigo; mañana tus compañeros de trabajo, si se enteran que has sido convertido, se reirán, se burlarán y se mofarán de ti. ¿Qué dices? ¿Eres un cobarde? ¿Vas a echarte para atrás porque demanda algún sacrificio? ¡Oh!, si así fuera, entonces serías verdaderamente indigno del nombre, y tú mismo estás aceptando serlo; pero si fueras lo que deberías ser, dirías: “que se rían de mí cuanto quieran, y que me escupan cuanto les plazca, yo me gozaré en Tu salvación”. &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
“Si sobre mi rostro por causa de Tu amado nombre,&amp;lt;br&amp;gt;La vergüenza y el reproche son arrojados;&amp;lt;br&amp;gt;Saludo al reproche y doy la bienvenida a la vergüenza,&amp;lt;br&amp;gt;Pues Tú me recordarás”.&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Se requiere de alguna valentía, pero debemos tenerla en la causa de Cristo. Esos mezquinos y miserables seres viles que sólo quieren salir para seguir a Cristo cuando hay un clima soleado, y regresarse cuando alguna nube oscurece el cielo, bien merecen sobre ellos la ira venidera. Son como los nautilos, que disfrutan sobre el mar plácido, pero ante la primera ola que se desarrolla, recogen sus velas y se hunden el océano para no ser vistos más. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, guárdense, guárdense, guárdense de una religión de clima soleado; guárdense de una religión que no soporta el fuego; han de ser de tal manera que, aunque todo el mundo abandonare a Cristo, ustedes dirían: “me gozaré en Su salvación”; y si les abrieran la puerta para que salgan, si los corrieran del propio mundo, y los consideraran inadecuados para vivir, ustedes estarían contentos de que así fuera, siempre y cuando pudieran ser contados con el pueblo de Dios, y se les permitiera regocijarse en Su salvación. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Despierta esto –conforme hablo- una santa emoción en alguna alma aquí presente? ¿Hay alguien aquí que haya sido un extraño para mi Señor, que pudiera decir esta noche: “yo deseo gozarme en Su salvación”? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo no puedo olvidar -siendo un jovencito y estando sentado bajo una galería de un pequeño lugar de adoración, oyendo el Evangelio que era predicado sencillamente- el bendito instante cuando fui llevado a seguir a Cristo. Nunca me he avergonzado de haberlo hecho. Nunca he tenido que lamentarlo. Él es un bendito Señor. Él me ha tratado últimamente con aspereza, pero es un bendito Señor. Quisiera pisar Sus talones al igual que un perro, pues es mejor ser Su perro que ser el favorito del diablo. Él es un bendito Señor. Que diga lo que quiera y que haga lo que quiera. ¡Oh!, ¿no hay ningún adolescente aquí, ningún joven, ningún niño, ninguna muchacha; no hay nadie de cabellos canos que diga: “me gozaré en Su salvación”? Oh, eterno Espíritu, ven y toca algún corazón, y haz que éste sea el día de su nacimiento espiritual, para que pueda decir: “yo, yo, yo me regocijaré en Tu salvación”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero tenemos que proseguir, pues el tiempo apremia. En tercer lugar, tenemos que considerar en el texto: &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''III. '''UNA EMOCIÓN DELEITABLE. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hemos considerado la salvación divina y la abierta declaración; ahora advertiremos la emoción deleitable. “Gozoso tu salvación”. Es algo desafortunado que el cristianismo esté asociado con la melancolía. No pienso prohibir los anuncios públicos para esa boda, pues no son de un parentesco cercano, pero desearía que cada día fueran más espaciados. Ser cristiano es algo bueno para contrarrestar la melancolía. Es algo desafortunado que el cristiano se vuelva melancólico. Si hay alguien en el mundo que tiene un derecho a tener un rostro fulgurante y claro y un ojo refulgente, es el cristiano cuyos pecados le son perdonados siendo salvado con la salvación de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sin embargo, para que un hombre se goce en la salvación de Dios, ''tiene que conocerla, antes que nada''. Tiene que haber una comprensión inteligente de lo que es. A continuación, tiene que aferrarse a ella mediante el acto de fe de que es suya. Luego, habiéndose aferrado a ella, tiene que estudiarla para saber el precio al que fue comprada, y todas las cualidades –las cualidades divinasque se derivan de ella. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Luego ''tiene que sujetarla firmemente'', y buscar extraerle su dulzura. ¿Qué hay en la salvación de Dios que debería hacer que nos regocijemos? Yo no sé qué seleccionar, pues todo es gozo y todo es regocijo. Basta para hacer que nuestro corazón resuene de gozo, el pensar que haya una salvación para unas pobres almas como nosotros. Muy bien podríamos colgar afuera todos los pendones de nuestros espíritus, y esparcir flores en las calles de nuestra alma pues el Rey Jesús ha venido para morar allí. Toquen todas las campanas; denle un glorioso recibimiento. Toda el alma ha de ser dichosa cuando Jesús entra y trae la salvación con Él, pues la salvación de Cristo es tan adecuada que haríamos bien en regocijarnos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amado hermano, si eres salvo, yo sé que la salvación de Cristo se adaptó a ti. Lo hizo conmigo con exactitud, fue hecha a propósito para mí. Estoy tan seguro de ella como si no hubiera otro pecador que deba ser salvado. Fue el Evangelio el que trajo poder al débil, es más, el que dio vida al que estaba muerto; trajo todo a quien no tenía nada; es justo el tipo de Evangelio para un pecador sin un centavo y en bancarrota como yo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nosotros nos regocijamos ''en la adecuación del Evangelio''; nos regocijamos en su gratuidad: no tenemos que pagar nada; no hay un precio que pagar, ni de la promesa ni de nada que hubiere sido nuestro. La salvación nos fue dada gratuitamente en Cristo Jesús. Entonces, ¡regocijémonos en ella! ¡Oh, regocijémonos en la riqueza de esa salvación! Cuando el Señor perdonó nuestros pecados, no perdonó la mitad de ellos dejando todavía algunos registrados en el libro, sino que con un trazo de la pluma entregó un recibo completo cubriendo todas nuestras deudas. Cuando descendimos a la fuente repleta de sangre, y nos lavamos, no salimos de allí medio limpios, sino que no había ni mancha ni arrugas en nosotros; quedamos blancos como nieve recién caída. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Gloria a Dios por una salvación tan rica como ésta. Y en aquel día no nos salvó Él con una salvación de “talvez” y de “quizás” que nos colocó en una roca, diciendo: “Manténganse allí; tienen que depender de ustedes mismos”, sino que éste fue el pacto que hizo con nosotros: “Y les daré un corazón, y un espíritu nuevo pondré dentro de ellos”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
''Fue una salvación completa'', que no permite un fracaso. La salvación que es dada al alma que cree, es de esta manera, “Y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano”. “Sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna”. Yo creo que la perseverancia de los santos es la verdadera gema del Evangelio. Yo no podría sostener la verdad de la Escritura si esto pudiera ser refutado, pues cada página pareciera contener esto, por sobre todo, que “Proseguirá el justo su camino, y el limpio de manos aumentará la fuerza”. En esto se regocija mi alma: que tengo una salvación que predicarles que, si la reciben, los salvará eficazmente si sus corazones fueran entregados a Cristo, y los guardará, y los preservará, y los llevará al reino eterno de Su gloria. Yo me regocijaré en el carácter cierto y permanente de esa salvación. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh!, hay suficiente en la salvación de Cristo para llenar el cielo de bienaventuranza; hay suficiente para llenarnos de alabanzas. Retomemos el tema; hablémonos los unos a los otros en nuestro camino acerca de ella; hablemos a los pecadores al respecto de ella; ensalcemos la religión por medio de nuestra alegría. Lejos esté de nosotros la liviandad, pero la felicidad ha de ser la esfera más dichosa en la que vivamos, aunque no tengamos otra cosa en la que regocijarnos, pues nos basta con eso. Sin importar cuáles fueren nuestra condición y nuestros prospectos, podemos regocijarnos en la salvación de Dios, y no dejemos de estar llenos de esta emoción sumamente bienaventurada. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y ahora debo concluir. El texto contiene una palabra del futuro que no debemos pasar por alto. Aquí hay un jubiloso Evangelio, “Y me goce en tu salvación”. Podrían leerlo así: “me regocijaré”, o “me voy a regocijar”, sería perfectamente correcto. El hebreo no tiene tiempo presente. Pareciera haber renunciado a todos los tiempos, como Dios mismo, que era, es y será. Me regocijaré en Tu salvación. Ahora tenemos aquí: &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''IV. '''UNA ESPERANZA BENDITA. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Podríamos vivir hasta llegar a ser viejos, pero no nos cansaríamos nunca de Cristo. Si somos Su pueblo, nunca tendremos una causa para apartarnos de Él; “Gozoso de tu salvación”. Pudiera pedir que suba a esta plataforma un anciano hermano, a quien todos ustedes reconocerían, que tiene debilidades y la edad lo consume, pero no hay un alma más feliz en esta casa que él; y después de hacerle hablar ante ustedes, pudiera invitar a muchas ancianas también, y les preguntaría qué piensan de Cristo, y estoy seguro de que dirían con un mayor énfasis de lo que yo podría hacerlo: “me regocijaré en tu salvación”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Casi desearía que mi abuelo viviera y estuviera detrás de mí esta noche, pues en una ocasión tomé el púlpito con él, y cuando llegué al punto de hablar de experiencia, me jaló un extremo de mi saco haciéndome una seña y pasó al frente y dijo: “Mi nieto puede decirles que lo cree, pero yo puedo decírselos por experiencia”, y así prosiguió hablando al respecto el viejo caballero. Bien, muchos cristianos de avanzada edad podrían decirles que se han regocijado en la salvación de Dios. En verdad se regocijan y, en vez de que la edad opaque el gozo de su juventud, ha sazonado y endulzado una fruta que era dulce incluso desde el principio. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh!, cuando nuestros cabellos se tornen canos con los años, y las nieves de muchos inviernos cubran de blanco nuestra cabeza, todavía hemos de gozarnos en la salvación de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, entonces, ya sea que alcancemos la vejez o no, hay algo que es cierto: seguramente moriremos, y cuando muramos, ¿qué haremos? Sé en qué estás pensando. Dices: “voy a gemir”. Ay, pecador, tú estás pensando en el amigo que está limpiando el sudor frío de la frente y de esos ojos cerrados. Ahora, esas cosas pudieran no ocurrir nunca. Con frecuencia oímos que son mencionadas en referencia a los lechos de los moribundos, pero no están tan constantemente allí como para ser necesarios. Y si estuviesen allí, pero perdiéramos la propia vista antes que la vida termine: ¿qué pasa entonces? Vamos, la visión de Cristo, quien es nuestra salvación, y en quien nos regocijamos, será entonces más gloriosamente clara y más radiantemente hermosa, porque las visiones y los sonidos de la tierra se habrán desvanecido ante nosotros. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, en vez de mirar estas partes externas de la muerte, piensen en esto: “Me regocijaré en tu salvación”. Cuando me separé de nuestro querido hermano Cook, hace unos pocos días, no podía decir mucho. Estaba muy, muy débil, pero lo que sí dijo fue justo esto: “Jesús, Jesús, Jesús es todo”. Bien, yo hablé, y leí, y oré, etcétera, y cuando hubimos terminado, él simplemente dijo: “la sangre, la sangre, la sangre, esa es toda mi esperanza”. Vamos, se veía tan tranquilo frente a la perspectiva de la muerte, como se ve cualquiera de ustedes sentado aquí, y se deleitaba tanto con la esperanza de estar donde Jesús está, como jamás se deleitó una novia ante la llegada del día del matrimonio. Era deleitable ver la bendita calma y la paz que poseía aquel hombre de Dios. Y cuando llegue el momento de mi muerte, como quiera que sea, sin importar cuál sea mi posición en la Iglesia de Dios, si estoy en Cristo, me regocijaré en Su salvación; haré que el oscuro valle resuene con Sus loas; haré que el propio río de la muerte retroceda como el Mar Rojo lo hizo antiguamente, con mis triunfantes cánticos; entraré en el cielo con esta frase en mi corazón y en mis labios: “¡me regocijaré en Tu salvación! “El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza, por los siglos de los siglos”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y, hermanos, si eso es lo que podemos hacer al morir, eso es lo que haremos por los siglos de los siglos, “me regocijaré en tu salvación”. Millones de edades, a través de todos los ciclos de años que se interpongan antes de que Cristo entregue el reino al Dios y Padre, y luego hacia delante a lo largo de la eternidad, esto será siempre nuestro fundamento de regocijo: “me gozaré en tu salvación”. Ahora, yo no puedo ir y pararme en la puerta y hablar a cada uno conforme vayan saliendo de la congregación, pero si fuese posible, me gustaría pararme allí y dar la mano a cada uno que hubiere estado en el templo esta noche, y decirle: “Bien, amigo, ¿cómo te va? ¿Puedes decir: ‘me regocijaré en Tu salvación’?” Como no puedo hacer eso, desearía que fuera posible hablarles en las calladas sombras de la noche, cuando despertaran, de tal forma que pudieran oír una voz resonando en sus oídos: “¿te regocijas en la salvación de Dios?” Tal vez, algunos de ustedes podrían haber venido cubriendo una gran distancia a través del mar. Muy pronto podrían estar otra vez a bordo de un barco. Pudiera ser que se encuentren en peligro, o podría ser que posteriormente se encuentren enfermos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Bien, que la congregación de esta noche, en este día del mes de Julio se alce delante de sus mentes, aunque olviden al predicador (y eso no importaría), pero si escuchan una voz que pregunta: “¿Puedes regocijarte en la salvación de Dios?” Yo espero que, aunque sea dentro de veinte años, que pueda ser entonces como la voz de Dios para tu alma, y te lleve al Salvador. Pero sería muchísimo mejor si vinieras a Él esta noche, y podrías hacerlo. ¡Que el Espíritu de Dios te traiga! Todo aquel que crea en el Señor Jesucristo tiene vida eterna. El Evangelio entero está envuelto en el mensaje de Cristo, que Él ha enviado por medio de Sus apóstoles, “El que creyere y fuere bautizado, será salvo”. Para cada uno de ustedes ésta, ésta es la palabra: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa”. Que Dios añada Su propia bendición, por Cristo nuestro Señor. Amén.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

	<entry>
		<id>http://es.gospeltranslations.org/wiki/Gozosas_Transformaciones</id>
		<title>Gozosas Transformaciones</title>
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				<updated>2011-01-13T18:39:07Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|Joyful Transformations}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Delante de ellos cambiaré las tinieblas en luz, y lo escabroso en llanura.” ''Isaías 42: 16. &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
En su empeño en pos de la santidad, el peregrino se ve rodeado a menudo de tinieblas: en cambio, en la senda del mal, el viajero es ofuscado por un fulgor deslumbrante de luz. Es la manera que emplea el tentador para hacer lo más atractivo posible el camino hacia el infierno, con el fulgurante esplendor del placer carnal. El pecado está rodeado de un fascinante lustre que hechiza al incauto buscador del placer, y le conduce a su propia destrucción. Miren el palacio del aguardiente, dedicado al demonio de la ebriedad; ¡es más radiante que cualquier otra casa de la calle! ¡Miren cómo centellea con abundantes lámparas, y espejos y bronce bruñido! Las flores que brotan en la entrada de la guarida de la serpiente antigua son de vivos colores. Así como las sirenas de la antigua fábula clásica encantaban a los marineros con sus cantos, de tal manera que, bajo el embrujo de su música, encaminaban la proa de sus embarcaciones hacia las rocas de una segura destrucción, así también el pecado compele a los hijos de los hombres a la ruina de sus almas. El mal pareciera estar siempre circundado por una luz que deslumbra y fascina, de igual manera que el resplandor de la vela atrae a la mariposa a su propia destrucción. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Basándonos en el texto, pareciera que muchas lóbregas nubes se ciernen frecuentemente sobre el camino de la justicia y la verdad, dándole un carácter escabroso y torcido, pues, si no fuera así, no sería necesario que se dijera: “Delante de ellos cambiaré las tinieblas en luz”; tampoco sería necesario que una mano divina interviniera para cambiar lo escabroso en llanura. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos, el día del mal comienza con una mañana halagadora que se torna en una noche diez veces más lisonjera, pero el día de Dios, el día del bien, comienza a la caída de la tarde, como los días prístinos de la creación: la tarde y la mañana fueron el primer día. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nosotros, los que seguimos al Señor, tenemos primero nuestra noche, y todavía ha de despuntar nuestro día, cuyo sol nunca habrá de ocultarse. Dios reserva lo mejor para el final; en cambio, en el banquete de Satanás, se saca primero el mejor vino, y después el de inferior calidad; sí, las heces son exprimidas al final para que las beban los malvados de la tierra. En cuanto a los justos, antes de que comience su solemne festín, tienen que sorber ajenjo aquí, que les abrirá el apetito y el gusto por los banquetes en que los vinos añejos refinados saciarán sus almas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El tema de esta mañana es la grandiosa promesa de Dios que, aunque Su pueblo estará algunas veces cubierto de lobreguez, sus tinieblas serán cambiadas en luz. Ante el avance de la fe, las cosas más terribles pierden su terror. Primero usaremos esta verdad específica en referencia a los creyentes, y luego la utilizaremos para animar a los buscadores sinceros. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''Primero, dirigiéndonos AL CREYENTE, toquemos nuevamente la campana del texto y percibiremos que posee una dulce voz de plata: “Delante de ellos cambiaré las tinieblas en luz, y lo escabroso en llanura.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Creyente, observa que ''ante ti hay con frecuencia horrendas tinieblas''. Acerca de esas tinieblas hagamos estas observaciones consoladoras: primero, que muchas de las tinieblas son el producto de tu propia imaginación. Así como sentimos mil muertes al temer una, así también sentimos mil aflicciones ante el temor de amarguras que nunca vendrán. Probablemente la mayor parte de nuestras aflicciones se generan, y son nutridas y perfeccionadas enteramente, en un cerebro ansioso e imaginativo. Muchas de nuestras penas no son tejidas en el telar de la providencia, sino que son tejidas puramente en casa, y son la urdimbre de nuestra propia invención. Algunas mentes son especialmente fértiles en infligirse torturas; tienen una facultad creativa para todo lo que es melancólico, desesperado y desdichado. Si fueran colocadas en las islas más luminosas de los bienaventurados bajo cielos despejados, donde pájaros de preciosas alas gorjearan una perpetua melodía, y la tierra fuera rica en colores y perfumes, no estarían contentas hasta no haberse imaginado una séptuple Estigia, un Tártaro infernal, un valle de sombras de muerte. Su ingeniosidad es estimulada incluso por las misericordias de Dios, y aquello que haría que otros se regocijaran, los induce a temblar, porque el gozo podría ser de corta vida. Como ciertos pintores, se deleitan en densas masas de sombra. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermano mío, tal vez tengas delante de tu mente en esta precisa mañana, lo que pareciera ser un grueso muro de horror, pero que no es nada sino sólo una nube. Si te quedas esperando, te podrías imaginar que la obstrucción aumenta, pero si te armas de valor y avanzas para enfrentar ese horror imaginario, te reirías de ti mismo, y de tus miedos insensatos, y te preguntarías cómo fue posible que estuvieras alguna vez abatido por algo que no era nada, y turbado por aquello que no existía excepto en tus sueños. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo recuerdo muy bien que una noche, habiendo predicado en una aldea retirada, caminaba solo de regreso a casa por un sendero solitario. No recuerdo qué era lo que me aquejaba, pero estaba propenso a alarmarme, y entonces vi con seguridad algo que estaba parado junto al seto, algo espantoso, del tamaño de un gigante con los brazos extendidos. Seguramente, -pensé- esta vez me he topado con lo sobrenatural; aquí está algún espíritu inquieto efectuando su marcha de media noche bajo la luna, o algún demonio del infierno. Deliberé conmigo mismo por un momento, y como no creía en los fantasmas, cobré valor, y decidí resolver el misterio. El monstruo permanecía al otro lado de la zanja, justo junto al vallado. Salté sobre la zanja, y me encontré sujetándome a un viejo árbol, que algún individuo bromista se había molestado en pintar de blanco, con miras a asustar a los incautos. Ese viejo árbol me ha sido muy útil con mucha frecuencia, pues he aprendido a saltar sobre las dificultades, y he descubierto que se desvanecen o se convierten en triunfos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La mitad de nuestras aflicciones son aterradoras sólo ante su perspectiva, porque no sabemos en qué consisten; pero si las esperamos pacientemente en la fe, no serán sino ligeras y pasajeras. Así, dispersando la lobreguez de nuestra lúgubre imaginación, delante de nosotros Dios cambia con frecuencia las tinieblas en luz. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, mucha de la tenebrosidad que realmente existe ''es exagerada''. Puede haber algún motivo de alarma, pero realmente ni siquiera la mitad de lo que nuestra imaginación fragua. “Contra mí son todas estas cosas”, dice Jacob: “José no parece, ni Simeón tampoco, y a Benjamín le llevaréis”. Había algo de cierto en esta queja. José no estaba con su padre, Simeón estaba en prisión; pero el anciano se imaginaba que José había sido devorado por una bestia salvaje, y que Simeón se vería convertido en un esclavo perpetuo en una tierra extraña. Sus temores habían engrandecido el problema que existía. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y, creyente, probablemente lo mismo suceda contigo. Descubrirás que la carga que ahora parece ser demasiado pesada si la levantas, será fácilmente transportada sobre esos hombros que la gracia divina fortalecerá, si tienes la suficiente confianza para aventurarte en la tarea. Esa cruz no está hecha de hierro; es sólo una cruz de madera; podría estar pintada con los colores del hierro, pero no es de hierro; ya ha sido cargada, ay, y una cruz todavía mucho más pesada ha sido cargada por otros hombres en tiempos precedentes: cárgala sobre tu espalda como un hombre, cárgala como un hombre de Dios. Toma tu cruz cada día, y sigue adelante con tu Señor, y descubrirás que los montes se encogen como toperas, que los gigantes son vistos como enanos, que los dragones y los grifos no son sino murciélagos y búhos, y que el propio leviatán es un enemigo derrotado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Recuerden, también, que en muchos casos, ''los infortunios desaparecen en el preciso momento en que esperamos que sean abrumadores''. Mientras los estamos anticipando, parecen bloquear la senda completamente sin dejar ninguna vía de escape, pero en nuestro osado avance hacia ellos, se desvanecen y huyen delante de nosotros. Contemplen a los ejércitos de Israel: han escapado de Egipto, pero son perseguidos por sus capataces. Llegan a un punto en el que se ven cercados a ambos lados por montañas, mientras los carros de Egipto están en la retaguardia. ¿Cómo podría ser posible que escaparan? Están rodeados en la tierra, el desierto los ha encerrado. “¡Adelante”, -grita el profeta- “adelante, huestes de Dios!” Pero, ¿cómo podrían avanzar? El Mar Rojo obstruye precisamente su paso; pero tan pronto como los pies de los sacerdotes tocan las aguas del mar, las profundidades se dividen y las aguas se yerguen como un muro, pues Dios ha abierto un sendero para Su pueblo a través del corazón del mar. No se podría desear un mejor camino que el que encontraron en el fondo arenoso del mar. El problema, que ciertamente se mostraba como insalvable, se convirtió en el objeto de un triunfo inusitado; el cántico de María y las voces de las hijas de Israel contenían una mayor exultación que la que habrían podido conocer de no haber clamado en voz alta: “Cantad a Jehová, porque en extremo se ha engrandecido; ha echado en el mar al caballo y al jinete.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos, en un caso semejante, sus tribulaciones podrían desvanecerse tan pronto como les llegaran; ustedes desconocen el plan que Dios les tenga reservado. Él tiene un arma sin utilizar que será la flecha de la liberación del Señor para ustedes. El Señor tiene un plan contra las estratagemas de sus enemigos. Ustedes sólo ven una parte de Su esquema; todavía no ha mostrado todos Sus recursos; y cuando exponga más plenamente Su maravilloso plan, se quedarán asombrados e incluso bendecirán Su nombre por la aflicción, pues les proporcionó una oportunidad muy noble para revelarles la fidelidad y el poder de su Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lo mismo que ocurrió en el Mar Rojo, les sucedió a los ejércitos de Dios cuando llegaron al Jordán, pues el Jordán fue detenido, y huyó ante la presencia del Dios de Israel. Si ustedes sufrieran aflicción tras aflicción, también experimentarían liberación tras liberación. ¡Piensen en aquella maravillosa ocasión en la que se demostró que Dios puede limpiar los cielos más negros, y darnos un día en lugar de la noche! Me refiero al caso de Ezequías. ¡Qué carta tan blasfema e insultante le llegó del Rabsaces! ¡Qué lenguaje tan ultrajante utilizó el malhablado lugarteniente de Senaquerib en contra del rey de Judá! El pobre Ezequías era un hombre de un espíritu santo y tierno, y se encontraba angustiosamente desfallecido; pero cuando extendió esa perversa carta delante del Señor, y se inclinó cubierto de cilicio, poco sabía de cuán misericordiosamente Dios impediría que la aflicción le llegara jamás de ninguna otra manera, excepto la de discursos y jactancias. “Así dice Jehová acerca del rey de Asiria: No entrará en esta ciudad, ni arrojará saeta en ella; no vendrá delante de ella con escudo, ni levantará contra ella baluarte. Por el camino que vino, volverá, y no entrará en esta ciudad, dice Jehová”. Y así sucedió; y así, oh hijo de Dios, podría suceder con las aflicciones que ahora obstruyen tu senda: se desvanecerán conforme avances. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Reflexionen, además, que cuando esto no ocurre exactamente, y la aflicción llega realmente, el Señor tiene ''una forma de hacer que las tribulaciones de Su pueblo cesen cuando alcanzan su punto culminante''. Así como el mar, cuando alcanza el nivel más alto de la marea, ya no puede avanzar más, sino que, después de hacer una pausa por un momento para gozar de la plenitud de su fuerza, debe regresar luego a su punto menguante, así también sucede con nuestras más desesperadas aflicciones, pues alcanzan el punto establecido, y luego se retiran. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Vean a Abraham: Dios le había ordenado que sacrificara a su hijo. Abraham, probablemente confundiendo el significado del Señor, pensó que tenía que sacrificar al hijo de la promesa. Se dirige al monte Moriah, prepara un altar, toma con él la leña, ata a su hijo, y lo coloca sobre el altar; pero justo cuando ha desenvainado el cuchillo, y está a punto de realizar el acto de solemne obediencia sacrificando lo que le era más caro, se escucha una voz: “No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; porque ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único.” Dios interviene justo a tiempo; pero observen cuándo ocurre eso: es decir, cuando el patriarca ha demostrado la completa renuncia de su propia voluntad, y se ha sometido en todo a la voluntad de Dios, entonces llega la liberación. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Lo mismo sucederá contigo, oh atribulado creyente! Cuando la aflicción ha sido aceptada en tu propio corazón, y has hecho a un lado tu terquedad y tu obstinación, y ya no estás murmurando ni quejándote y rebelándote, entonces Dios quitará los carbones del horno, porque el oro está purificado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esa es la grandiosa historia de la confianza de Alejandro en su amigo y médico. Cuando el médico le había mezclado una poción para curar su enfermedad, pusieron una carta en mano de Alejandro, advirtiéndole que no bebiera de la medicina, pues estaba envenenada. Alejandro sostenía la carta en una mano y la copa en la otra, y en presencia de su amigo y médico, bebió la poción, y después que hubo vaciado la copa, le pidió a su amigo que leyera la carta, y juzgara cuánta confianza le tenía. Alejandro tenía una fe tan inconmovible en su amigo que no admitía ninguna duda. “Ahora mira”, -dijo- “cómo he confiado en ti”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esta es la seguridad que el creyente ha de practicar para con su Dios. La copa es muy amarga, y algunos nos dicen que resultará ser mortal; que es tan nauseabunda que nunca sobreviviremos si ingerimos la poción. La incredulidad murmura a nuestro oído: “la tribulación que te llega te aplastará por completo”. Bébela, hermano mío, y di: “He aquí, aunque él me matare, en él esperaré”. No puede ser que Dios sea infiel a Su promesa, o que se desentienda de Su pacto. Tu tribulación, entonces, cesará cuando culmine: Él cambiará las tinieblas en luz delante de ti cuando la hora más negra de la noche haya sonado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos, hay una reflexión sumamente alentadora concerniente a la adversidad que está delante de nosotros, es decir, que cada prueba de nuestra vida de peregrinación fue prevista por Dios, y podemos estar seguros de ''que ha sido anticipada''. Muchas ciudades sitiadas han sido capturadas porque no se esperaba el asedio, y por tanto, no se habían establecido los debidos acopios de provisiones y municiones para el día malo. Pero Dios que almacenó siete años de alimentos en Egipto contra siete años de hambruna que previó, se cuida de hacer reservas para Sus santos contra las emergencias venideras. ¡Cuán prontamente Moisés habría estado ansioso por la intendencia de las tribus en el desierto! “¿Cómo será alimentado todo este ejército? ¿Dónde encontraremos agua? ¿Podrá Dios poner mesa en el desierto?” Pero con una fe simple, Moisés condujo al pueblo escogido al desierto, y, he aquí, los cielos derramaron una lluvia de abundancia, y de la roca pedernalina brotaron refrescantes torrentes, de tal forma que el ejército no conoció ninguna carestía durante cuarenta años, aunque no habían recogido cosechas ni vendimias en todo ese espacio de tiempo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Una vez más hemos de recordar que, si la aflicción nos sobreviniera a cualquiera de nosotros con la plenitud de su fuerza, y Dios no mitigara de ninguna manera la furia de la tormenta, sin embargo, contamos con Su promesa al respecto, y podemos confiar enteramente en ella: ''como tus días serán tus fuerzas''. Creo que les he mencionado anteriormente que estar exentos de problemas no sería algo deseable, pues la vida del hombre que no tiene aflicciones es poco interesante, es pobre de incidentes, sin interés, innoble y estéril; pero la vida de un hombre que ha hecho negocios en aguas profundas, contiene algo noble y viril; y considerando que la gracia es siempre proporcional a la prueba, pienso que sería sabio elegir la prueba por el motivo de recibir la gracia que es prometida junto con ella. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Observé en una vitrina la semana pasada, un pequeño invento de singular interés. Un pequeño alambre de metal, con un disco circular en cada extremo, estaba colgado de un hilo, y permanecía oscilando sin cesar entre dos pequeñas baterías galvánicas, primero tocaba una y luego la otra. Una tarjetita informaba que esta pieza de metal había continuado moviéndose de un lado a otro entre esas dos baterías durante más de treinta años, y durante ese tiempo había sobrepasado una distancia de diez mil kilómetros. Todo el artefacto estaba tan protegido dentro de un estuche de cristal que nada le podría estorbar, y así mantenía el parejo tenor de su camino con una historia que podría ser resumida en dos líneas de la prosa más sencilla. A un lado y al otro, a un lado y al otro, durante treinta años, y esa era toda su monótona historia. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Las tranquilas vidas de los hombres siguen más o menos el mismo orden: van a su trabajo el lunes por la mañana y regresan a casa por la noche, y hacen lo mismo el martes y todos los días del año; no hay terribles pugnas, no hay fieras tentaciones, no hay victorias de la gracia, no hay experiencias divinas de amor celestial; toda su vida interior es de escaso interés, por ser tan libre de toda prueba. ¡Pero miren al hombre que está sujeto a pruebas, temporales y espirituales, y que es versado en dificultades de todo tipo! Él es como aquella masa de hierro en la proa de un hermoso barco, que ha surcado el Océano Pacífico y se ha bañado en el Atlántico; las tormentas lo han golpeado y un sin fin de olas se han estrellado contra él; ha visto los terrores de todos los mares y ha resplandecido a la luz del sol de ambos hemisferios. Ha servido a su época de manera sumamente gloriosa, y cuando está viejo y desgastado por la herrumbre, un mundo de interés lo circunda. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si nuestras aflicciones se multiplican, hemos de recordar que recibiremos gracia abundante junto con ellas, y la mezcla de la prueba y de la gracia volverá sublimes nuestras vidas, impedirá que seamos conducidos como bestias brutas, y nos emparentará con aquellos que a través de mucha tribulación han ascendido a sus tronos. La batalla y la tormenta, la refriega y la victoria, la depresión y el entusiasmo, y todo lo demás que nos acontece en una vida variada y llena de eventos, ayudarán para que nuestro eterno descanso y nuestra gloria sean más dulces para nosotros. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Debemos abandonar estas cavilaciones sobre tristezas esperadas, descansando sin dudar sobre la promesa del Señor que cambiará las tinieblas en luz delante de nosotros, por algún medio u otro, y no nos fallará de ninguna manera en la hora de nuestra necesidad. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Durante un minuto o dos, permítanme invitarlos más especialmente de nuevo a ustedes, hijos de Dios, a ''hacer hincapié en la promesa de que el Señor cambiará sus tinieblas en luz''. ¡Cuán pronto puede lograr esto la Omnipotencia! A nosotros nos toma mucho tiempo crear la luz; debemos formar compañías y erigir maquinarias antes de poder cambiar la noche de nuestras grandes ciudades en un día parcial; pero mañana por la mañana, por negra que hubiere sido la noche previa, el gran Padre de las Luces iluminará a nuestra nación entera en unos cuantos minutos, y hará que cada ola del mar, y cada gota de rocío del prado resplandezcan con un lustre de plata. Dios sólo tiene que ordenarle al sol que desarrolle su curso, y el mundo queda iluminado y las sombras huyen. ¡Cuán perfectamente es hecha la obra! La iluminación no tiene rival en la profusa gloria. Todos nuestros medios de iluminación son pobres comparados con la luz del sol; son tan escasos que hemos de medirlos necesariamente en sus pies cúbicos, y distribuirlos en pequeñas porciones a cambio de oro, mientras que el Señor derrama Su iluminación infinitamente superior en océanos inmensurables sobre montes y valles, campos y ciudades, alegrando así la choza como el palacio, y bruñendo tanto el ala del escarabajo como el piñón del águila. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
De igual manera nuestro Padre celestial puede cambiar fácilmente las más profundas aflicciones de Su pueblo en los gozos más sublimes, y no necesita vejar a los hijos de los hombres con labor para cumplir Su propósito de piedad; Su propia diestra, Su propio Espíritu clemente, pueden derramar una plenitud de consolación en un instante. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Para consuelo de ustedes, adviertan algunas de las maneras en las que el Señor de Amor disipa la medianoche del alma. Algunas veces Él quita toda la lobreguez con ''el sol de Su providencia''. Ordena que la prosperidad brille a través de la ventana de la choza, y el pobre se vuelve rico; levanta al mendigo del muladar, y lo sienta en medio de los príncipes. Las alas de los ángeles acarrean un remedio para el enfermo, y el hombre que se revuelca en su cama por largo tiempo sale afuera para respirar el dulce aire puro que le había sido denegado durante tanto tiempo. El grandioso Árbitro de todos los eventos sólo le da vueltas a la rueda de la fortuna, y aquellos que estaban más abajo ahora están más alto: los últimos son los primeros y los primeros los últimos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Él puede hacer lo mismo por cualquiera de nosotros, tanto en las cosas temporales como en las espirituales, si le parece bueno. Sólo tiene que ordenar que se haga, y nuestra pobreza será cambiada en plenitud. Nuestro Señor alienta con frecuencia a Su pueblo con ''la luna de Su experiencia'', que brilla con luz prestada, pero lo hace con una brillantez apaciguada y tranquila, bien amada de los hijos de la tristeza. Él nos ordena que recordemos los días pasados, y nuestro espíritu hace una investigación diligente; encontramos que nunca ha abandonado a Su pueblo, ni nos ha traicionado. Recordamos cuando estábamos en un caso semejante al caso presente y notamos que estábamos bien sostenidos, y que al final fuimos liberados, y así somos alentados a creer que hoy será como en el pasado, y más abundantemente todavía. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Frecuentemente nuestro Padre celestial alienta a Sus hijos con ''la visión de Jesús que va adelante''. Ese desfiladero entre rocas suspendidas es sumamente oscuro. Yo, una pobre criatura tímida, retrocedo y no quiero atravesarlo; pero ¡cómo es restaurada mi valentía al ver a Jesús portando la linterna de Su amor y adentrándose delante de mí en la densa oscuridad! ¡Escucha! Le oigo decir: “Sígueme”; y mientras habla percibo una luz que brota de Su sagrada persona; cada espina de Su corona resplandece como una estrella; las joyas de Su pectoral fulguran como lámparas, y Sus heridas centellean con esplendor celestial. “No temas”, -dice- “pues he sido afligido en todas tus aflicciones. Fui tentado en todo según tu semejanza, pero sin pecado.” ¡Quién podría decir el estímulo dado al heredero del cielo por el hecho de que el Hermano mayor ha pasado a través de todo el tenebroso pasaje que conduce al reposo prometido! Dios tuvo un Hijo sin pecado, pero nunca tuvo un hijo sin disciplina. Aquel que siempre hizo la voluntad de Su Padre, tuvo que sufrir. Ánimo, corazón mío, ánimo; pues si Jesús sufrió, si esa congoja que rasga el corazón fue sentida por él, tú puedes en verdad tener buen ánimo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mejor aún es el consuelo derivado de la grandiosa verdad de que Jesús está realmente presente en las aflicciones diarias de los creyentes. Jesús toca a mi puerta y dice: “Ven conmigo desde el Líbano, oh esposa mía; ven conmigo desde el Líbano. Mira desde la cumbre de Amana, desde la cumbre de Senir y de Hermón, desde las guaridas de los leones, desde los montes de los leopardos.” Yo miro desde la ventana a la noche fría y terrible, y le respondo: “La noche es oscura y triste. Me he desnudado de mi ropa; ¿cómo me he de vestir? He lavado mis pies; ¿cómo los he de ensuciar? No puedo levantarme y seguirte.” Pero el Amado no ha de ser rechazado así; Él toca otra vez, y dice: “Salgamos al campo, moremos en las aldeas; allí te daré mis amores.” Vencido por Su amor, me levanto y me voy con mi Esposo celestial. Si las gotas de lluvia caen inmisericordemente sobre mí, no importa, pues es sumamente dulce ver que Su cabeza está también llena de rocío, y Sus cabellos de las gotas de la noche. El viento ululante agita Sus vestidos al igual que los míos; Sus pies hollan los mismos lugares cenagosos que los míos; y en todo momento me llama ‘Su bienamada, Su amor, Su paloma, Su perfecta’, y me cuenta de la tierra que está más allá de las tinieblas, y habla del monte de la mirra y de las eras de las especias, de la cumbre de Amana, Senir y Hermón. Mi alma se derrite mientras mi Amado habla, y mi corazón siente dulzura, más allá de toda expresión, al caminar con Él; pues, he aquí, mientras Él está cerca de mí, la noche es iluminada con innumerables estrellas, el cielo está encendido de gloria, cada nube resplandece como el ala de un serafín, mientras que el ventarrón despiadado es incapaz de enfriar el corazón que arde por dentro mientras Él habla conmigo por el camino. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En años posteriores solemos hablar entre nosotros de esa noche oscura y de su portentoso brillo; de ese viento frío que fue tan extrañamente mitigado, e incluso nos decimos los unos a los otros: “yo ansiaría atravesar mil noches en tal compañía; yo estaría dispuesto a ir en un viaje de medianoche por siempre con el más amado de los amigos, pero, ¡oh!, donde Él está, la noche se convierte en día; en Su presencia el sufrimiento es gozo; cuando Él se revela, los dolores son placeres, y la tierra florece con flores del Edén”. Así, el Bienamado cambia con Su presencia nuestras tinieblas en luz. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Muy a menudo ustedes y yo hemos conocido por experiencia cómo el Señor ha cambiado nuestras tinieblas en luz, cuando, en un momento, un texto de la Escritura ha resplandecido delante de nuestros ojos como el fuego de un faro. Yo bendigo a Dios porque hay partes de este precioso libro que no sólo retengo en mi memoria, sino en mi corazón. Han sido tan aplicadas a mi vida en tiempos de necesidad, que olvidarlas sería completamente imposible; han abierto un camino de fuego hacia mi naturaleza interior, y se han convertido en parte y porción de mi conciencia. Tú no puedes, por ti mismo, hacer que un texto esté muy lleno de vida y poder, por pensar simplemente en él, ni orar en relación a él, ni estudiar el original, pero el Espíritu Santo vivifica la palabra de la misma manera que nos vivifica a nosotros. Una palabra del Señor se alzará de la página algunas veces, como si hubiese estado allí como un ángel dormido; nos tomará de la mano, nos abrazará y nos revivirá, hasta que clamemos asombrados: “¡Oh, palabra de Dios preciosa e inextinguible! Oh, dulce palabra recién salida del labio de Jesús, ¿cómo es posible que te haya leído tan a menudo, sin que nunca entendiera tu preciosidad y tu plenitud hasta ahora?” Esta es una de las formas en las que nuestro Señor cambia las tinieblas en luz, arrebatando un tizón del altar de Su palabra y ondeándolo como una antorcha delante de nosotros, para que podamos avanzar bajo su luz. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así pueden ver, amados, que Dios puede cambiar las tinieblas en luz muy prontamente. Ahora, el texto nos conduce un poco más adelante, y habla de “lo escabroso”. Entonces, cristiano, por un momento piensa en lo escabroso de tu porción. Igual que la senda de los hijos de Israel a través del desierto, tu curso pareciera ir hacia atrás y luego hacia delante, como el sendero que serpea tortuosamente entre cardos y espinos a través de bosque. El Amigo fiel de los peregrinos conoce el camino que tomas: todos tus pasos están ordenados por el Señor, y a su debido tiempo, de acuerdo a Su palabra, los convertirá en llanura. Tal vez lo escabroso de tu porción radica en tu pobreza. Nunca tienes más de lo que apenas alcanza. Alimento y vestido has tenido, pero aun así ha sido pan seco, y escasos vestidos. Lejos de que te haya ido suntuosamente, casi has conocido la carencia de Lázaro a la puerta del hombre rico. Has llegado hasta este punto en tu viaje, pero aun así, la tuya, ha sido una vida de necesidades y de gran zozobra. Le das gracias a Dios, no te quejas, pero sabes muy bien que la carencia es algo escabroso. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
O, tal vez, has sufrido alguna calamidad muy escabrosa. Tu amado esposo te fue arrebatado cuando los niños necesitaban de su cuidado y educación, y cuando la labor de esos fuertes brazos era necesaria para encontrar el sustento para los pequeñines. ¡Ay, pobre viuda!, esa fue una pérdida muy escabrosa para ti. O, tal vez, aquel esposo ha enterrado a su amada esposa, y siente que su pérdida es irreparable: algo escabroso que no puede entender. No puede adivinar por qué el omnisciente Dios ha permitido que una madre así sea arrebatada de sus hijos que necesitaban su mano moldeadora. Si algunas otras personas hubiesen muerto, habrías comprendido la razón: estaban maduros y listos; pero aquí estaban los jóvenes y activos, cuya vida parecía ser tan necesaria, y estos te han sido arrebatados, dejando detrás una fuente de perennes lágrimas. Esto es lo escabroso de tu lote. Tal vez durante el último pánico sufriste muy severamente; tú no habías sido uno de los especuladores, y no te habías aventurado más allá de tu profundidad, pero aun así, incidentalmente, la caída de otros te arrastró hacia abajo. No entiendes suficientemente la razón de ese duro golpe, y es para ti algo muy escabroso; lo has mirado desde un ángulo y desde otro, pero no puedes ver el por qué y la razón de ello; tú crees que Dios es sabio, pero eso sigue siendo un asunto de fe en este caso; tú no puedes ver todavía que sea algo sabio. Posiblemente lo escabroso tuyo radique en una familia problemática en tu hogar. Ay de aquellos que tienen hijos torcidos, pues más filosos que el colmillo de un áspid es un hijo ingrato. ¿Tienes una hija malvada? ¡Ay, cuán grande tribulación la tuya! ¿Tienes una esposa de mal carácter y artera, o un esposo duro y pagano? ¿Amas tú la verdad de Dios, pero tienes un socio que odia las cosas buenas? ¿Regresarás a casa hoy para oír la voz de la blasfemia que proviene de tu pariente? Tu porción es en verdad escabrosa. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lo peor de todo es que si no tienes ninguna otra cosa escabrosa, estoy seguro de que has de confesar que tienes una naturaleza torcida. Si tu propio corazón no fuera tu plaga, todo lo demás no importaría gran cosa; pero, ¡oh!, qué tal nuestro orgullo, nuestra pereza, nuestros malos deseos, nuestro temperamento airado, nuestras dudas, nuestros temores, y desalientos, el ego es lo más escabroso que el hombre tiene que llevar. Entonces podría ser que también tengas tentaciones escabrosas. Eres tentado a la blasfemia; odias su simple pensamiento, sin embargo esa horrible sugerencia te persigue; eres tentado a los vicios de los que has sido preservado por la gracia, pero en los cuales, como ocurre con un huracán, Satanás quiere hacerte girar. Tus tentaciones abundan día a día, y te parece que eres como un hombre asediado por diez mil abejas; te cercan por completo, sí, te cercan por completo y no sabes cómo destruirlas. Tan abundantes como tus pensamientos, así parecen ser tus muchas tentaciones. Bien, todas estas son cosas escabrosas, y en un mundo caído como este, las cosas escabrosas siempre serán muy comunes. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora viene la promesa: “Dios cambiará lo escabroso en llanura delante de Su pueblo.” Pudiera ser que los caminos ya estén allanados ahora, y que enderezarlos sólo consista en hacer que nos parezcan nivelados, pues, con frecuencia, aquello que considerábamos un infortunio era lo mejor que nos hubiera podido ocurrir jamás. Nos quejamos de nuestras cruces, pero, ¿acaso nuestras cruces no son nuestro mejor patrimonio? ¡Cuán a menudo damos coces contra nuestro bien más excelso! Arrancamos esa hierba del jardín que contiene la más noble medicina en cada hoja. Oh, que recibamos gracia para saber que hay mucho bien real en la aflicción, y que nuestras pruebas son cosas escabrosas sólo porque somos bizcos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El Señor puede cambiar también lo escabroso en llanura, y lo que no pliegue lo puede romper. ¡Con cuánta frecuencia en una familia el impío Saulo es convertido en el santo Pablo! ¡El carácter torcido ha sido enderezado; y donde el hombre rehúsa ser enderezado, el terrible juicio de Dios ha quitado al torcido de la casa, para que el justo pueda tener paz y consuelo! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No tengas temor, creyente, la gran hacha del Señor puede limpiar un camino a través de las densas forestas de tus más grandes tribulaciones. ¿Acaso no ves al grandioso Pionero delante de ti? Sus salidas son de antaño, y es conocido por el nombre de “El Quebrantador”, pues abate todo lo que pudiera obstaculizar la marcha de Su pueblo. Como los ingenieros en la avanzada de un ejército, esos grandiosos zapadores antiguos y los mineros que limpian el camino para el ejército, así el Señor preparará una calzada para todos Sus santos, hasta que los lleve a la ciudad que tiene fundamentos y cuyo arquitecto y constructor es Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si no hiciere esto, te dará poder para saltar por encima de la dificultad, y te ordenará a ti, Su siervo, que vayas derecho en la senda del deber, y se te dará una fuerza que no es tuya: de tal forma que dirás con alguien de tiempos antiguos: “Contigo desbarataré ejércitos, y con mi Dios asaltaré muros”. Tú clamarás como Débora: “Marcha, oh alma mía, con poder”. Si nuestra vía estuviera siempre limpia en el camino del deber, ¿dónde estaría nuestra fe? Pero cuando forzamos nuestro camino al cielo a través de multitudes de enemigos, abriéndonos paso a base de pura fuerza a través de los escuadrones del infierno, entonces nuestro grandioso Capitán es glorificado, y Su gracia es hecha resplandecer. Tengamos buen ánimo, entonces, pues el Señor cambiará lo escabroso en llanura al final. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Dos lecciones más, y luego procederé a dirigir unas cuantas palabras al buscador. Una es para el hijo de Dios. Si Dios cambiará todas tus tinieblas en luz y todo lo escabroso en llanura, ''no debes anticipar tus tribulaciones''. Ahora son tinieblas; déjalas en paz, hombre, porque serán cambiadas en luz. Ahora son escabrosas; bien, déjalas que maduren, y Dios las cambiará en llanura. Alguna fruta que recoges de tus árboles es de tal naturaleza que si fueras a intentar comerla en el otoño, sería muy amarga, y te haría mucho daño; pero guárdala un poco, y ¡mira cómo se torna sabrosa y jugosa! ¡Es una lástima destruir la fruta y angustiarte por un uso prematuro! Sucede exactamente lo mismo con tus tribulaciones. Ahora son tinieblas; no te entrometas con ellas, déjalas hasta que Dios las haya madurado y las haya cambiado en luz. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aquel hombre es empleado para transportar sacos de harina cada día. Él carga tantos quintales cada vez, que en el día suman toneladas; y tantas toneladas al día darán un total de un enorme peso en un año. Ahora, supongan que el primero de Enero este hombre fuera a calcular la carga del año, y dijera: “tengo todo ese inmenso peso que cargar; no puedo hacerlo”; ustedes le recordarían que no tiene que cargarlo todo de una vez; tiene todos los días de trabajo del año para cargarlo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así nosotros ponemos todas nuestras tribulaciones juntas, y clamamos: “¿cómo podré recuperarme de ellas?” Bien, te vendrán únicamente una a la vez, y conforme lleguen, la fuerza vendrá con ellas. Un hombre que ha caminado mil kilómetros, no viajó los mil kilómetros dando un paso, ni en un día, sino que tomó su tiempo y lo hizo; y nosotros también hemos de tomarnos nuestro tiempo, y con paciencia cumpliremos nuestro trabajo. Una excelente lección para todos nosotros es esta palabra: ''espera'', espera, ESPERA. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nuestra segunda observación es esta: ''debes creer siempre en el poder de la oración'', pues si Dios promete cambiar tus tinieblas en luz, quiere que se lo pidas; y cuando se lo pidas, lo hará, porque así lo ha prometido. Yo quisiera que creyéramos en la oración, pero creo que la mayoría de nosotros no lo hacemos. La gente dirá: “¡Qué cosa tan maravillosa es que Dios oiga las oraciones de George Müller!” Pero, ¿acaso no es algo triste que pensemos que es asombroso que Dios oiga las oraciones? ¡Hemos llegado a un mal extremo, en verdad, cuando creemos que es maravilloso que Dios sea veraz! Era bastante mejor aquella fe del niño de una de las escuelas de Edimburgo, que había asistido a las reuniones de oración, y al final le dijo al maestro que dirigía la reunión de oración: “maestro, yo quisiera que mi hermana se pusiera a leer la Biblia; ella no la lee nunca”. Juanito, ¿por qué debe leer la Biblia tu hermana?” “Porque si la leyera una vez, estoy seguro de que le haría bien, y sería convertida y sería salva”. “¿Crees eso, Juanito?” “Sí, lo creo, señor, y quisiera que la próxima vez que haya una reunión de oración, le pida usted a la gente que ore por mi hermana, para que comience a leer la Biblia”. “Bien, bien, así lo haremos, Juan”. Entonces el maestro hizo saber que un pequeñito estaba muy ansioso de que se ofrecieran oraciones para que su hermana comenzara a leer la Biblia. En la siguiente reunión de oración, observaron que Juan se levantó y salió. El maestro consideró que era poco cortés que el niño perturbara a la gente en un salón abarrotado y saliera como lo hizo, y entonces, el siguiente día que se presentó el muchacho, le dijo: “Juan, pienso que fuiste muy rudo al levantarte en la reunión de oración y salirte. No debiste hacer eso”. “¡Oh!, señor”, respondió el muchacho- “no era mi intención ser maleducado, pero pensé que me gustaría ir a casa y ver a mi hermana leyendo su Biblia por primera vez.” Así es como debemos creer y esperar con expectación, para ver la respuesta a la oración. La muchacha estaba leyendo la Biblia cuando el niño llegó a casa. A Dios le había agradado oír la oración; y si sólo confiáramos en Dios de esa manera, veríamos a menudo que se obtendrían cosas similares. No digas: “Señor, cambia mis tinieblas en luz”, para luego salir con tu lámpara como si esperaras encontrar oscuridad, mas después de que le pidas al Señor que aparezca para ti, has de esperar que lo haga, pues conforme a tu fe te sea hecho. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''Y ahora, antes de que concluyamos, diré sólo unas cuantas palabras PARA EL BUSCADOR. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Algunas personas aquí presentes, han estado deseosas de encontrar paz con Dios, pero todavía están agobiadas y sacudidas de un lado a otro en sus mentes. Ahora, mi querido amigo, hemos sentido gran gozo al ver tu ansiedad, pero estamos comenzando a sentir gran aflicción al pensar que esa ansiedad deba durar tanto, y que seas tan incrédulo para no poner de inmediato tu confianza en el bendito Señor Jesús. Él puede salvarte, y te salvará ahora, si confías en Él. Pareciera algo muy simple confiar únicamente en Él: simple como es, es sumamente eficaz para la paz y gozo del alma. Nos aflige pensar que has estado rehusando durante tanto tiempo darle a Cristo el crédito que tan ricamente merece. Ahora, tal vez, pudiera ser que estés enredado en cuanto a un tema doctrinal. Les has estado pidiendo a tus amigos que te expliquen esto y aquello, y todavía no se te ha aclarado nada. Permíteme decirte que me temo que nunca se te aclarará, pues hay dificultades acerca de nuestra santa religión que nunca serán explicadas de este lado de la tumba, y, tal vez, tampoco lo sean del otro; pues si nuestra religión estuviese al alcance de nuestra comprensión, sentiríamos que no vino de Dios, pero siendo más grande de lo que nuestro cerebro pueda comprender, vemos en esto algunos indicios del infinito Dios, que al revelarse a Sí mismo, no manifiesta toda Su gloria, sino únicamente una parte de ella, a los hijos de los hombres. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Querido amigo, cree que el amado Hijo de Dios puede salvarte, y confía en Él, y cuando hubieres hecho eso, todas estas dificultades doctrinales, en tanto que sean importantes, se desvanecerán. Él lo ha dicho, y tú comprobarás que es verdad: “Delante de ellos cambiaré las tinieblas en luz, y lo escabroso en llanura.” Tú te dirás: “¿Cómo se me pudieron ocurrir tantas argucias? ¡Cuán insensato fui al estar debatiendo y cuestionando siempre, cuando la misericordia eterna me estaba siendo presentada libremente!” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tal vez tus tinieblas surgen ahora de una profunda depresión mental. Tu noción es que no puedes creer nunca en Jesucristo hasta que esta depresión desaparezca; pero permíteme decirte que tu noción está lejos de la verdad, pues el caso es que no tienes probabilidades de salir de tu depresión en tanto que no creas primero en Jesús. Triste y afligido como estás, ¿qué te impide creer en el infinito Hijo de Dios como alguien capaz de quitar tu pecado? Él es capaz. La muerte de alguien como Él, debe contener una cantidad de mérito que no puede ser limitada. ¡Oh!, si tú pudieras hacerle el honor de confiar en Él, aunque fueras como un pobre pábilo que humeare, Él no te apagará, y aunque fueras como una indigna y débil caña cascada, si confías en Él, eres salvo. Oh, confía en Él, te lo suplico, para descanso de tu alma en la preciosa sangre, y verás que tu depresión se desvanece, que tus tinieblas serán luz, y lo escabroso será convertido en llanura. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“¡Ah”, -dirás tú- “pero yo trabajo bajo una carga de pecado!” Es cierto que hay lo suficiente en tu pecado como para turbarte, si no fuera porque por este propósito Cristo nació y vino al mundo, para quitar el pecado. ¿Por qué la necesidad de ese gran sacrificio en la cruz del Calvario si no es por las grandes ofensas? ¿Acaso no ves que la propia negrura de tu pecado es la que te hace necesitar un Salvador; no sabes que Cristo no vino para llamar a los justos, sino a los pecadores al arrepentimiento? A su tiempo, Él murió por los ''impíos'', y eso eres tú. Oh, deposita tu alma cansada en Sus brazos. ¿Por qué miras a tu alrededor en busca de esto y lo otro? ¿Por qué eres engañado con: “¡Mirad, aquí está, o, mirad, allí está!”, mirando a esto y lo otro en busca de consuelo? Ven a Él, vacío, desnudo, inmundo, ven para que seas convertido en todo lo que es bueno por medio de Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Ay”, -dices- “mi naturaleza es tan mala”. Bien, pero tu depravación es conocida, y hay solución para ella en el texto. Tu pecaminosidad, como lo escabroso mencionado en el texto, será cambiada en llanura. El Señor puede dominar tu disposición natural. Cualquiera que sea la forma de tu pecado que te asedia, el Espíritu Santo es más que un contrincante para él. Aunque has pecado muy suciamente, Él puede perdonar; y aunque sientas una fuerte tentación para pecar de la misma manera otra vez, Él puede corregir la tendencia de tu naturaleza, y darte nuevos anhelos que vencerán a los viejos. ¡Oh, que mi Señor recibiera lo que le corresponde de ti, entonces no dudarías de Él! Bendito Salvador, Rey de reyes y Señor de señores, que te dignas humillarte a sufrir y morir, ¿cómo pueden los hombres dudar de Ti? ¿Cómo pueden ver Tu amado rostro, y sin embargo, desconfiar de Ti? ¿Cómo pueden ver Tus benditas manos y pies y el costado traspasado, y sin embargo, sospechar de Ti? Oh pecador, confía plenamente en Jesús, y te serán otorgados gozo y paz en este día. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Quiero que noten tres cosas en el texto, y habré concluido. ''Eso que nos salva no es lo que es, sino lo que será''. “Cambiaré las tinieblas en luz.” “Cambiaré lo escabroso en llanura.” Lo torcido está realmente torcido ahora, pero hay una transformación en ciernes. Pecador, no es lo que eres ahora, lo que ha de ser tu salvación; eres negro y torcido, pero tu salvación te será dada aún. Serás luz en el Señor, y serás recto por medio de Su gracia. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Noten, en segundo lugar, que ''no es lo que ustedes puedan hacer'', sino lo que Dios puede hacer. “Cambiaré las tinieblas en luz”; no es el pecador quien cambiará sus tinieblas en luz, sino “''Yo''”, Jehová; Yo, el que puedo hacer todas las cosas. ''Yo''&amp;amp;lt;span id=&amp;quot;fck_dom_range_temp_1294943880201_708&amp;quot; /&amp;amp;gt;, que puedo crear y puedo destruir, “''Yo'' cambiaré las tinieblas en luz delante de ti, y lo escabroso en llanura.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Noten, además, que esta obra no será suya ''de inmediato, pero lo será pronto''. No dice: “Hoy cambiaré las tinieblas en luz”, sino que dice: “''Yo'' cambiaré”. ¡Ah!, entonces, esperemos con ansias el brillo que todavía no podemos ver, y gocémonos con la llanura que todavía no podemos discernir; pues Dios guardará Su palabra hasta lo más ínfimo, y Sus eternos: “Yo haré” y “se hará”, nunca caerán al suelo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pido a Dios que bendiga la palabra para ustedes que son creyentes atribulados, y que les dé paz y confianza; y para ustedes que son pecadores que buscan, pido que puedan confiar en Cristo, y encuentren la salvación. Que el Señor les bendiga ricamente, por nuestro Señor Jesucristo. Amén.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

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		<id>http://es.gospeltranslations.org/wiki/Jes%C3%BAs_el_Camino</id>
		<title>Jesús el Camino</title>
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				<updated>2011-01-12T20:27:35Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|Jesus the Way}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Jesús le dijo: Yo soy el camino.” ''Juan 14: 6. &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Está oscureciendo y estamos extraviados en medio de los montes. Hay un enorme precipicio por allá, con una brusca pendiente de varios kilómetros. Hay un pantano por allá, y si alguien cayera en él, no podría salir jamás. Hay un bosque más adelante, y si una persona se extraviara en sus sinuosos senderos, ciertamente no encontraría la manera de salir, y sería hasta que el sol saliera. ¿Qué es lo que necesitamos precisamente ahora? Bien, necesitamos a alguien que nos indique cuál es el camino. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nuestro amigo, el filósofo, con quien hablamos hace media hora, fue muy valioso para nosotros en ese momento, y nos proporcionó mucha información; pero, como no conoce el camino, preferiríamos tener por compañero aun al más humilde muchacho campesino que alimenta a las ovejas en los montes, que a aquel filósofo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El experto en los clásicos, que nos ha estado recitando algunas admirables líneas de Horacio, y deleitando con una asombrosa cita de Virgilio, nos entretuvo muy bien mientras podíamos ver nuestro camino y guardábamos la esperanza de llegar a nuestro hogar antes de que cayera la noche; pero, ahora, la más insignificante aldeana despeinada, que sólo puede indicarnos el camino hacia la cabaña donde podremos descansar esta noche, será de mayor valor para nosotros. Lo que necesitamos es conocer el camino. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Este es precisamente el caso, queridos amigos, con la pobre humanidad caída. La necesidad de la humanidad no es la refinada disertación del sabio, ni la aguda discusión del polemista; necesitamos simplemente a alguien, aunque sea un muchacho o una mozuela, que nos muestre el camino, y la persona más valiosa que ustedes y yo hayamos visto, o que veremos alguna vez, será la persona que sea bendecida y honrada por Dios para que nos diga: &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“He aquí el camino a Dios, a la vida, a la salvación, y al cielo.” Entonces, no necesito ofrecer una disculpa por salir otra vez para mostrar el camino. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay muchas personas aquí que están extraviadas, y otras sobre ''quienes están cay endo las sombras de la noche''; su cabello es gris, jadean al caminar, y se apoyan en su bastón para sostener sus tambaleantes piernas. Su caso es peligroso; y cuando no pueden descubrir por sí mismas la senda, seguramente escucharán cualquier voz, por áspera que sea, de cualquier persona, por ruda que sea, con tal de poder descubrir cuál es el camino a la vida eterna. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Encontrándome de viaje hace algún tiempo, el cochero nos informó, cuando ya casi oscurecía, que no había transitado nunca por ese camino anteriormente, y sería difícil expresar cuán contentos nos pusimos cuando vimos un poste de señales. Ahora, un poste de señales no es algo muy interesante; no hay nada poético en él; sería cuestionable que sirva de ornamento para la carretera, pues sólo se trata de un brazo extendido con una o dos palabras escritas sobre él; pero, cuando se aproxima la noche, cuando ni el conductor ni tú conocen el camino, es, tal vez, una de las cosas más placenteras que te pudieras encontrar. Yo estaré aquí esta noche como un simple poste de señales. Las palabras podrían resultar prosaicas, pero eso bastaría para ustedes, con tal que les muestran el camino. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El señor Jay nos relata que, en una ocasión, viajando en la diligencia del correo a Bath, quería hacerle muchas preguntas al cochero. Le preguntaba: “¿De quién es esa finca? ¿Qué hacendado es dueño de aquel hermoso prado? ¿Y cuál caballero es el terrateniente de ese distrito? Pero a todas esas preguntas el conductor únicamente respondía: “no lo sé; no lo sé.” Por fin, el señor Jay le preguntó: “entonces, ¿qué es lo que sabes?” “Bien”, -respondió- “sé cómo llevarlo a usted a Bath.” Entonces, ahora, no pretendo mayor conocimiento que este: yo conozco el camino al cielo, y espero poder señalarlo, de manera tan simple y sencilla, que algunas personas aquí presentes, que están extraviadas como en medio de un agreste bosque, puedan ver el camino y, por gracia, sean capaces de correr en él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''En primer lugar, entonces, advirtamos LA EXCLUSIVIDAD DE NUESTRO TEXTO: “Yo soy el camino.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cristo declara que Él, y sólo Él, es el camino a la paz con Dios, al perdón, a la justicia, y al cielo. La falsedad puede tolerar la falsedad, pero la verdad nunca podría hacerlo. Dos mentiras pueden convivir en la misma casa y no reñir nunca; pero la verdad no puede soportar una mentira aunque esté en la parte más alta del ático. La verdad ha jurado la guerra a muerte contra la falsedad, y, por esto, desconoce absolutamente qué es admitir que su adversaria le dé la mano. El adepto al hinduismo se encuentra al musulmán y le dice: “Sin duda eres tan sincero como nosotros lo somos, y todos juntos nos encontraremos al final en el lugar correcto.” Ellos abrazarían al cristiano también, y le dirían lo mismo; pero es necesario, si nuestra religión es verdadera, que denuncie a todas las demás, y que deba decir a quienes no conocen a Cristo: “Nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo”; ay, y va más allá todavía, y pronuncia su anatema contra aquellos que pretenden cualquier otro camino. “Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema.” Yo simplemente menciono otros caminos diferentes para asegurarles, en el nombre de Dios, que son caminos que conducen a la perdición, y que ninguno de ellos puede llevarlos al cielo, pues sólo hay un camino por el que el alma puede llegar a Dios, y encontrar vida eterna, y ese camino es Cristo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me parece que veo a la humanidad perdida como extraviada en un gran desierto. No hay huellas de pisadas, no hay sendas, y súbitamente se presenta ante la añorante mirada de los viajeros perdidos una bruja que, con su mano ensangrentada, y con ojos que destellan fuego, apunta en una dirección, y les dice: “hombres perdidos, este es el camino.” ¿Y qué es lo que está ante sus ojos? Puedo ver el carro del Gigante rodando a lo largo de las calles y aplastando, en cada revolución de sus ruedas, la carne y los huesos de un pobre hombre, que, cuando el espíritu ha partido con un gemido, queda allí como un monumento a la superstición. Y habiendo señalado hacia allá, esta hechicera le dirá a la madre que tome a su hijo, y arroje a su ser querido al río Ganges. “Este es el camino”, -dice la malvada hechicera de ''Superstición''- “por medio del cual han de ir a Dios.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero nosotros la denunciamos; en el nombre de Dios, la denunciamos como a un demonio escapado del infierno. “¿Daré mi primogénito por mi rebelión, el fruto de mis entrañas por el pecado de mi alma?” Ah, no; Dios aborrece un sacrificio así. No pueden pensar cuerdamente que lo que es aborrecible para ustedes pueda ser aceptable para Dios, que lo que ustedes mismos detestarían ver, pueda ser deleitable ante Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No, hermanos, Dios no les pide ninguna laceración de la carne, ni que se maten de hambre, ni que usen cilicios; tampoco pide cordones alrededor de los lomos; todas estas cosas no le importan, y son un fastidio para Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si quieres agradar a Dios, hablando a la manera de los hombres, es más probable que lo hagas siendo feliz que siendo infeliz. ¿Crees tú que un hombre podría agradar a los demás mediante gemidos y suspiros? No lo creo: ¿y cómo, entonces, podría agradar a Dios sometiéndose a torturas, si Dios es el Dios que encontramos revelado para nosotros en la Santa Escritura? Arrepiéntanse, entonces, todas ustedes, naciones del Oriente, y oh, que todas las tierras se volvieran de esta cruel falsedad, pues este no es el camino al cielo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En nuestro propio país, tenemos engañadores mucho más atractivos que esa vieja bruja, tenemos falsos profetas que los podrían engañar con mayor facilidad. Permítanme referirme a algunos de los caminos populares para ir supuestamente al cielo, pero que con seguridad conducen al infierno: &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Está ''el camino de las buenas obras''. Yo hubiera pensado que, habiendo distribuido tantos millones de folletos, y habiendo predicado tanto en las calles, y habiendo hablado tan largamente acerca de la salvación de los hombres por medio de la sangre de Cristo y no por obra de ellos mismos, la anticuada herejía de la justicia propia habría sido echada fuera del campo. Pero todavía mantiene una firme posición. Cuando converso con la gente, encuentro que, en todos los escalones de la sociedad, existe la misma creencia: que los hombres han de ir al cielo por lo que hacen. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“¡Ah”, me dijo alguien ayer- “yo supongo que usted se siente abatido a veces.” “Sí”, -le respondí- “a veces me siento abatido.” “Vamos”, - comentó él- “yo pensaría que algunas veces los mejores hombres difícilmente pueden considerar su vida pasada con placer, y, por ello, han de sentirse un poco temerosos del futuro.” “¡Oh!”, -respondí- “si tuviera que mirar mi vida pasada como la base de mis expectativas para el futuro, estaría abatido, sin duda; pero, ¿no sabes que todas mis buenas obras no me salvarán, y que todos los pecados que he cometido en toda mi vida pasada no me condenarán nunca?” “No”, dijo, y se veía sorprendido frente a una doctrina tan singular como esa. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El Evangelio enseña, ciertamente, que cuando un hombre cree en Cristo, su pecado del pasado es enteramente borrado, y le es dada la justicia de Cristo, así que el hombre no es salvado por lo que es, ni condenado por lo que fue, sino que es salvado por medio de Jesucristo, y únicamente por medio de Jesucristo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me subí a un bote, no hace mucho tiempo, y mientras el barquero remaba, quise iniciar una conversación con él. Entonces comenzó a hablarme acerca de unas “nuevas luces” que habían surgido en la aldea; la gente siempre se fija más en los fuegos fatuos que en el propio sol. Al cabo de un rato le hice la pregunta acerca de cómo esperaba ir al cielo. Bien, me respondió que había educado a ocho hijos sin haber recibido nunca ninguna ayuda del distrito; era un hombre honesto, y siempre hacía favores a sus vecinos; cuando la epidemia del cólera estaba en lo fino, él era casi el único hombre en la aldea que se levantaba en la noche y corría en busca del doctor, y sentía que si él no llegaba al cielo, a la mayoría de la gente le iría muy mal. Yo, en verdad, temo lo mismo, y en relación a él, también, si eso es todo en lo que se apoya. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuento estas dos historias, entresacadas de dos clases de la sociedad, porque yo sé que tenemos necesidad de continuar repudiando esta vieja mentira de Satanás: que los hombres han de ser salvos por sus obras. Esas hojas de higuera que Adán tejió para cubrir su desnudez son todavía las favoritas de sus descendientes. No quieren tomar el manto de la justicia de Cristo, sino que prefieren ocuparse de su propia salvación. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Una palabra o dos para ti, mi querido amigo. ¿Dices que irás al cielo guardando la ley? Ah, has oído el viejo proverbio que se refiere a cerrar con llave el establo cuando el caballo ya se fue; ¡me temo que es muy aplicable a ti! Así que vas a mantener el establo cerrado ahora, pero, ¿estás seguro que el caballo no se saldrá nunca? Sí, amablemente te pido que vayas y mires, y ¡descubrirás que ya se escapó! Vamos, ¿cómo puedes guardar la ley que ya has quebrantado? Si quieres ser salvado, la ley de Dios es como un jarrón impecable de alabastro que debe ser presentado a Dios sin grieta o mancha: pero, ¿no ves que ya has quebrado el jarrón? Vamos, allí hay una rotura. “¡Ah!”, -dices- “eso sucedió hace mucho tiempo.” Sí, yo sé que así fue, pero aun así se trata de una rotura; y allí está la negra huella de tu pulgar justo abajo. Vamos, hombre, el jarrón ya está quebrado, y tú no puedes ir al cielo por tus buenas obras, ya que no tienes ninguna. Es más, tú has quebrantado todos los mandamientos de Dios. Lee el capítulo 20 de Éxodo: léelo completo, y comprueba si hay un solo mandamiento que no hayas violado, y creo que pronto descubrirás que, desde el principio hasta el propio fin, te verás obligado a exclamar: “He pecado, oh Señor, y soy condenado en esto.” Ya has quebrantado la ley. Pero entonces me dirás que no la has quebrantado en público, y que tú cultivas un respeto exterior hacia ella. Sí, pero, ¿qué importa esto si internamente el corazón es inicuo? Aun si un hombre pudiera guardar la letra externa de la ley sin mancha o error, sin embargo, en tanto que en razón de la espiritualidad de la ley, es completamente imposible que alguien de la raza caída de Adán pudiera guardarla, nadie puede ser salvado por la ley. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oí una historia, el otro día, que precisamente ilustra la manera en la que la gente hace una distinción entre pecado interno y pecado externo. Sucedió que un cierto supervisor de la escuela dominical oyó a una muchacha que lloraba amargamente al concluir la escuela, después de que los otros estudiantes se hubieron ido. Él se acercó a ella, y le preguntó por qué lloraba, y ella le respondió: “La supervisora me ha retenido, y me ha estado hablando acerca de mi vestido; ella dice que yo no debería vestirme tan elegantemente; yo pagué por mi vestido, y tengo el derecho de usarlo.” Llamaron a la dama y después de una breve conversación con el supervisor, que era sabio y prudente, enviaron a la muchacha a casa. Ahora, la propia señorita era conocida por la elegancia de su vestir; ella vestía muy elaboradamente en todo momento; entonces, después que despacharon a la muchacha, nuestro amigo sólo hizo esta pregunta: “Señorita Tal y Tal, usted me disculpará pero, ¿nunca se le ocurrió que su propia forma de vestir es más bien elegante?” “Sí”, -respondió ella- “pero esa chica lleva flores en su sombrero.” “Bien”, -dijo él- “discúlpeme”, -y la miró- “creo que usted lleva flores en el suyo.” “¡Ah, sí!”, -replicó ella- “pero, ¿no ve, acaso, que las mías están dentro del sombrero y las de ella están fuera?” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, esta es precisamente la manera en que algunas personas hablan acerca del pecado. Ustedes condenan a un hombre porque es un gran pecador; no quisieran asociarse con un pecador tan grande. Si simplemente se miraran a ustedes mismos, verían que son tan grandes pecadores como él, sólo que la diferencia radica en esto: ustedes tienen las manchas de carácter por dentro y él las tiene por fuera. De verdad, algunas veces, el notorio pecador es el menos ignominioso de los dos. ¿Piensan realmente que Dios hace una distinción tan vana y tan vacía como esta? No, en verdad que no. Si el pecado está en ti o sobre ti, si es un pecado interno o externo, te destruye, y como no puedes guardar la ley en tus partes interiores, ¿por qué ocuparte en forzarte y quebrantarte con imposibilidades? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Este no es el camino al cielo. Desde que Adán cayó, ningún hombre ha pasado jamás a través de esa puerta para entrar en la vida eterna. Además, aun suponiendo que el pasado fuera borrado, no podrían guardar la ley en el futuro, pues, ¿cuál es su naturaleza? Es algo tan ruin que tiene la garantía de violar la ley. Ustedes han oído acerca de las mujeres a las que se les ordenó que llenaran de agua un recipiente, y se les dijo que trajeran el agua en cubetas que estaban llenas de hoyos. Este es justamente el duro trabajo de ustedes; tienen que llenar el tremendo océano de la ley, y sus cubetas están llenas de hoyos. Su naturaleza, aunque la remienden como puedan, y la reparen como quieran, está todavía llena de hoyos; y su pretendida bondad se escurrirá, gota a gota, y peor aún, sus esfuerzos serán como agua derramada sobre el suelo, que no puede ser recogida. ¡Oh, señores!, se los suplico, no busquen entrar en el cielo por las obras de la ley, pues esto dice el Espíritu: “El hombre no es justificado por las obras de la ley.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay otro guía, sin embargo, que es tan popular, o más bien, es mucho más popular. Se llama a sí mismo ''Obediencia Sincera''. Así lo expresa: “Bien, si no puedo guardar la totalidad de la ley, confiaré en la misericordia de Dios para que compense la diferencia; no tengo dudas de que lo que yo haga puede significar un gran avance, y entonces el Señor Jesucristo suplirá el peso; tal vez me quede un poco corto, tal vez una onza o dos, pero entonces la expiación intervendrá, y de esta forma la balanza se inclinará a mi favor.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Ah!, ¿y piensas tú que Jesucristo se uncirá contigo para obrar tu salvación? “He pisado yo solo el lagar, y de los pueblos nadie había conmigo.” Este es el grito triunfante del Guerrero cuando regresa de Edom, de Bosra, con vestidos rojos; ¿y piensas tú que después de ese discurso sin par, tu insignificante voz será oída diciendo: “pero yo estaba allí; yo hice mi parte y mi porción”? No, en verdad; tú pecas al dar cabida a ese pensamiento, y no haces sino maldecirte doblemente al imaginar que Cristo hará, alguna vez, parte de la obra, y que te permitirá ser Su ayudador. Igual que la obra de la creación, así es la obra de la salvación, únicamente del Señor. De principio a fin, no es del hombre ni por el hombre. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay también otro error, que es popular en ciertos círculos, y es: ''la salvación por medio de ceremonias''. Lo encontramos en la Iglesia de Roma hasta este día; ciertos abracadabras pronunciados por el sacerdote, y la cosa está hecha. Nosotros contamos también con un ilusionismo similar, en eso que es la casa vecina de la Iglesia de Roma: la comunidad puseyista en nuestra propia tierra. Nosotros, en verdad, no somos nada; no somos ordenados regularmente; nosotros somos laicos; no tenemos ningún derecho de predicar, y así sucesivamente; pero ellos, los descendientes inmediatos de los apóstoles, ellos son ''los'' hombres; un contacto de su dedo, una señal de la cruz, y un heredero de la ira se convierte instantáneamente en “un miembro de Cristo, un hijo de Dios, y un heredero del reino del cielo.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es verdad que el niño puede llegar a ser colgado posteriormente; pero, ¡se nos dice que hemos de creer genuina y devotamente que en la santa rociadura, allí y en ese momento, fue constituido en una parte del cuerpo de Cristo! ¿Creen eso? Ingleses, ¿creen eso? ¿Acaso se ha extinguido de tal manera el eco de la voz de Wycliffe que estos mercenarios de Roma, que son ruines de nacimiento, han de regresar, y usurpar el dominio de sus conciencias? Hijos de los Covenanters (firmantes del pacto escocés de la reforma religiosa), descendientes de los gloriosos puritanos, ¿tolerarán alguna vez esto, que es peor que el catolicismo romano, este papado disfrazado, que se esfuerza por entrar a hurtadillas en la Iglesia de ustedes? ¡No, verdaderamente, sea anatema! Como dijo el apóstol, igual decimos nosotros; y de Gerizim a Ebal que todo Israel diga: “¡Amén!” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Una vez, Oliver Cromwell entró a la Cámara de los Comunes cuando todavía era el Sr. Cromwell, el representante de Huntingdon, y, quitándose el sombrero, dijo: “Acabo de venir de la iglesia de la Cruz de San Pablo y oí predicar allí a un hombre que habló puro catolicismo romano.” En verdad, si el señor Cromwell estuviera aquí ahora, podría entrar a muchas de nuestras iglesias, y decir: “oí a un hombre allí que predicó puro catolicismo romano.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero yo en verdad confío, queridos amigos, que la honesta protesta de los ministros de Dios, y el celo sincero de aquellos benditos hombres de Dios que están en la Iglesia Establecida, -me refiero al clero evangélico- todavía serán capaces de contener este engaño tan popular. De igual manera podrían esperar ser salvados por los gruñidos de una bruja que por los actos de un sacerdote; podrían espera de igual manera entrar al cielo por medio de blasfemias que por los susurros de ciertas palabras de un sacerdote que cree que contienen alguna virtud. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Dios, nuestro Dios, ha denunciado repetidamente a aquellos que se deleitan en estos errores y que minimizan la sangre de Cristo y el poder y el mérito de Su justicia. Les ruego que ninguno de ustedes piense que este es el camino al cielo, pues no lo es. “Jesús le dijo: Yo soy el camino.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Casi ni debería mencionar algunos otros de estos viejos caminos, pues cada quien parece tener un camino para sí. Un hombre está suscribiendo tantas libras esterlinas para obras de caridad, así que eso basta para él; otro pretende construir una hilera de asilos, así que eso basta para él; otro perteneció siempre a una muy respetable familia, y espera que no será enviado a la perdición con la gente común; y así, todos los hombres tienen algún tipo de refugio en una cosa u otra; pero les repito que si tienen algún refugio que no sea el expresado en el texto, es un refugio de mentiras, y el granizo barrerá con él. ¡Que Dios lo barra esta noche, y los deje desnudos y sin ningún abrigo, para que sean conducidos a aceptar a Cristo como el camino, el único camino, al cielo! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entiéndannos, entonces: podríamos parecerles intolerantes, podría parecer que hablamos muy duramente, pero lo que está en juego aquí es nuestra alma en caso de equivocarnos. No hay otro camino al cielo excepto uno; ese único camino es Cristo, y si caminan en él, entonces han de confiar simple, entera y únicamente en lo que Cristo hizo en la cruz, y en lo que hace hoy en el cielo mediante Su intercesión; y el que no entra por esta puerta, no entrará jamás en absoluto. Aquel que no quiera doblar su cerviz bajo este yugo no será aceptado por Dios. El cielo sólo tiene esta puerta, y si no entran por esta puerta, no queda nada para ustedes sino “una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''Ahora tenemos que notar LA PERSONALIDAD DEL TEXTO: “''Yo'' soy el camino.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Supondremos de nuevo que hemos perdido el camino, y nos encontramos con un hombre, y le preguntamos cuál es el camino. Él responde: “yo soy el camino.” ¿Qué quiere decir? Si hubiera dicho: “yo soy el guía”, yo entendería eso; ¡pero dice que él es el camino! Supongan que ese hombre tuviera un caballo y un carruaje y que yo le preguntara por el camino, y él respondiera: “yo soy el camino”. No, tú eres el medio de transporte a lo largo del camino, no el camino; no puedo comprender cómo tú pudieras ser el camino. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero voy a suponer que estoy en una comarca del país, algo así como lo que queda al descubierto después de que la marea se retira en la boca del Estuario de Solway. Los jóvenes y los niños se adentran algunas veces en esas arenas, y la marea puede retornar súbitamente antes de estén conscientes de ello, y así se exponen a morir ahogados. Nosotros somos dos niños jugando sobre la arena, y de repente percibimos que el mar nos ha rodeado por completo, y que no hay ninguna posibilidad de que alcancemos la tierra. Pero se aproxima un hombre en un noble caballo, y cuando le gritamos: “señor, ¿cuál es el camino de escape”? Él se inclina en su caballo, nos levanta con firmeza, y nos dice: “muchachos, yo soy el camino.” Ahora, en este caso podemos entenderlo perfectamente, porque él hace el trabajo tan plenamente, tan completamente, y tan enteramente, él solo, que es un asunto de sentido común que diga: “yo soy la vía de escape para ustedes.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
O pongámoslo de otra manera. Hay un incendio por allá, y hay un niño asomado a la ventana, que pregunta cuál es el camino de escape. Un hombre fuerte alza sus brazos; todo lo que quiere que el niño haga es que salte y que le permita sostenerlo con sus brazos, así que le responde: “yo soy el camino, hijo mío; si quieres ser rescatado de la casa en llamas, yo soy el camino de tu liberación.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Vean que si Él sólo nos mostrara el camino por el que debemos ir, Cristo no podría decir: “Yo soy el camino”; pero cuando Él lo hace todo de principio a fin, cuando lo quita por completo de nuestras manos, y lo convierte en un asunto propio, desde el Alfa hasta la Omega, entonces no se trata de forzar el discurso humano cuando el Maestro dice: “Yo soy el camino”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Expongámoslo sencillamente. Pecador, tú estás en deuda con Dios; tú dices: “¿cómo puedo pagarle? ¿Puedo yacer en las llamas del infierno? Si pudiera, aunque permaneciera con eternas quemaduras, no podría pagar la deuda; debo quedarme allí para siempre.” Cristo replica: “Yo soy el camino”, y dice la verdad, porque Él es el Pagador y también el pago. Él, en lugar tuyo, en tu sitio y en sustitución tuya, pecador, -si ahora crees en Cristo- Él, en lugar tuyo, en tu sitio y en sustitución tuya, tomó toda tu culpa, pagó todas tus deudas, hasta el último centavo. Si tú eres un creyente, tu exoneración está firmada y sellada, pues no hay nada pendiente por parte tuya para con Dios, excepto fidelidad y amor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero tú me dices que le debes a Dios perfecta obediencia. La debes; y Cristo ha obedecido perfectamente, y, por tanto, te dice: “Yo soy el camino”. Él ha guardado la ley, la ha engrandecido, y la ha hecho honorable; y lo que tú tienes que hacer es tomar la obra que Él ha concluido, y descubrirás que Él es el camino. ¿Quieres ser un hijo de Dios esta noche? Cristo te dice: “Yo soy el camino.” Sé uno con Cristo, y entonces, como Cristo es el Hijo de Dios, tú serás también un hijo de Dios. ¿Quieres tener paz con Dios? Confía en Cristo esta noche; pon tu alma en las manos de Cristo; Él es nuestra Paz, y entonces Él será el camino a la paz para ti. ¿Quieres tú, en suma, ser salvado esta noche? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oh, mis queridos oyentes, ¿no hay algunos entre ustedes que quieran ser salvos esta noche? Entonces Jesús dice: “Yo soy el camino”, no simplemente el Salvador, sino la salvación. Confíen en Cristo, y tendrán la salvación, pues Cristo dice: “Yo soy la salvación”. Tómalo, y al tomarlo, tienes la sangre que lava, el manto que cubre, la medicina que sana, las joyas que decoran; tienes la vida que preservará y la corona que adornará. Cristo es todo en todo; todo lo que tienes que hacer es confiar en Cristo, y confiando en Él, encontrarás que Él es el camino, desde el principio hasta el propio fin. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''III. '''Pero debo concluir exhortándolos a que acepten el consejo que está implicado aquí. “Yo soy el camino”; no meramente, “Yo fui el camino para el ladrón en la cruz”, sino, “Yo soy el camino para ti esta noche”; no “Yo seré el camino cuando sientas más tu necesidad, y cuando por tu propia obra hayas logrado un mejor estado”; sino pecador, “Yo soy el camino precisamente ahora. Yo soy el camino para ti, tal como eres; Yo soy el camino para todo lo que necesitas.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Algunas veces vemos vías de ferrocarril que se aproximan a la ciudad, pero no llevan a los trenes al corazón del lugar, y luego tienes que tomar un coche o un ómnibus para completar el viaje. Pero este “camino” corre directo desde el corazón de la depravación de la condición humana hasta el propio centro de la gloria, y no hay necesidad de tomar ninguna otra conexión para completar el camino. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ustedes recordarán lo que el buen Richard Weaver dijo, en esta plataforma, cuando estaba ilustrando el hecho de que Cristo salva a los pecadores, y que los salva justo ahora. Nos contó una historia de un amigo suyo en Dublín, que le llevó un boleto de primera clase para Liverpool, y le dijo: “cubre el viaje de principio a fin”, y ustedes recordarán cómo ilustró esto diciendo que, cuando vino a Cristo, puso su confianza en Él, y recibió un boleto de primera clase al cielo que cubría el viaje de principio a fin. “No interrumpí mi viaje para conseguir un nuevo boleto”, dijo; “no había temor de que mi boleto sólo tuviera validez para la mitad del camino, pues era un boleto que cubría el viaje de principio a fin. Yo no pagué nada”, -dijo Richard- “pero eso no importaba; mi boleto bastaba; los revisores vinieron, y miraron, y dijeron: ‘muestren sus boletos, caballeros’; no dijeron ‘muéstrense ustedes’, sino, ‘muestren sus boletos’; y no se acercaron a la puerta, diciendo: ‘ahora, señor Weaver, usted no tiene nada que hacer en este vagón de primera clase; usted es sólo un pobre hombre; debe salir; no está vestido de manera aceptablemente elegante’; tan pronto como vieron mi boleto, el boleto que cubría el viaje de principio a fin, eso bastó; y así”, -bien lo dijo ese hombre de Dios- “cuando el diablo se me acerca y me dice: ‘Richard Weaver, ¿cómo esperas llegar al cielo?’ yo le muestro mi boleto; él me dice: ‘mírate cómo eres’. ‘No’, respondo, ‘eso es precisamente lo que no voy a hacer; mira mi boleto’. Mis dudas y temores dicen: ‘mira lo que eres’; ¡ah!, no importa lo que soy; yo miro a lo que Cristo me dio, y que Él mismo compró y pagó: ese boleto de fe que ciertamente me llevará todo el camino.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Eso tiene que ver con el fin del camino, ustedes ven; el boleto les llevará hasta el fin. Cristo es también el camino hasta el fin; pero esta noche yo quiero mostrarles que Él es el camino hasta el fin de ustedes así como hasta el fin de Dios. Cristo ha conducido el tren hasta el propio cielo, pero, ¿corre desde donde yo estoy? Porque, si no, si hay un espacio entre mí y el lugar donde el tren se detiene, ¿cómo voy a llegar allá? No puedo contar con el carruaje de Moralidad, porque el eje está quebrado. No me voy a subir al gran ómnibus de Ceremonias, pues el conductor ha perdido su gafete, y estoy seguro de que el mal provendrá de ello. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces, ¿cómo he de llegar allá? No puedo llegar allá en absoluto a menos que el camino llegue justo aquí donde yo estoy. Bien, gloria sea dada a Dios, porque en efecto llega precisamente donde tú estás, pecador. No tienes que agregarle nada –no tienes que prepararte para Cristo, no tienes que reunirte con Jesús a mitad del camino, no tienes que limpiarte, para permitirle que sólo te dé los toques finales, no tienes que remendar tus vestidos para que Él los vuelva superfinos- no, sino que, tal como eres, Cristo te dice: “Yo soy el camino”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero tú preguntas: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?” “¿Hacer?”, – dice Él- “¿hacer?” Nada, excepto creer en mí; confía en mí, confía en mí ahora. Me parece que oí que alguien que está en uno de los asientos del balcón superior comenta: “Cuando llegue a casa esta noche, voy a orar”. Espero que ores; pero eso no es el Evangelio. El Evangelio es: confía en Jesucristo ahora; Cristo es el camino ahora, no únicamente desde tu aposento hasta el cielo, sino desde este lugar, desde el propio sitio donde estás ahora, hasta el cielo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Les repito, queridos hermanos, que aborrezco desde lo íntimo de mi corazón ese nuevo tipo de legalidad que es predicada por algunos ministros, que quieren que no le digamos al pecador que crea en Cristo ahora, sino que debe estar sujeto a un proceso preparatorio de convicción y cosas semejantes. Esto es nuevamente el papado, pues contiene la propia esencia del papado. En vez de eso, yo alzo la cruz de mi Señor delante de los que están muriendo y de los muertos, delante de los ciegos, de los arruinados, y de los inmundos. Confía en Jesucristo, y tú eres salvo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Pero yo tengo muchos pecados.” Él tenía muchas gotas de sangre. “Pero yo soy un gran pecador.” Él es un gran Salvador. “Pero yo soy tan negro.” Su sangre es tan eficaz que puede volverte tan blanco como la nieve. “Pero yo soy tan viejo.” Sí, pero Él puede hacer que nazcas de nuevo. “Pero yo le he rechazado tantas veces.” Él no te rechazará. “Pero yo soy la última persona del mundo para ser salvada.” Entonces allí es donde Cristo comienza; Él siempre comienza por el último hombre. “Pero yo no puedo creer eso…” ¿Qué es lo que no puedes creer? “No puedo creer…” Te repito la pregunta, ¿qué es lo que no puedes creer? Mi Maestro es el Señor del cielo que no puede mentir; y ¡tú me dices que no puedes creer en Él! Mi Maestro nunca mintió a algún ángel o a los hombres, y no puede hacerlo, pues Él es la verdad misma; y esto es lo que Él dice: que cualquiera de ustedes que confíe en Él esta noche, Él lo salvará; y si dicen que no pueden creer en Él, hacen a Dios mentiroso, porque no creen en Su Hijo Jesucristo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Te exhorto, por el día del juicio y por el mundo envuelto en llamas, que no digas que el Dios que te hizo te mentiría. Pecador, nunca será hallado un espíritu en el infierno que pudiera decir: “yo confié en Cristo, y fui engañado; yo me apoyé en la cruz, y sus maderos podridos crujieron, y me fallaron; yo miré a la sangre de Jesús, y no pudo limpiarme; yo clamé al cielo, pero el cielo no me oyó; yo tomé a Jesús en mis brazos para que fuera mi Mediador, y, sin embargo, fui echado de la puerta de la misericordia; no hubo piedad para mí.” Nunca, nunca habrá un caso así. Sería bueno, estaba a punto de decir, que no estuviera predicando a hombres depravados, y, sin embargo, ¿a quiénes más iríamos? Porque esta es una triste reflexión, que tantos de ustedes darán la vuelta sobre sus talones y dirán: “no hay nada en esto.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, ¿quiénes son aquellos que mirarán a Cristo? Bien, aquellos que Dios ha elegido, en quienes el Espíritu, como resultado de la elección divina, obrará eficazmente, y quienes serán los verdaderos trofeos de la pasión del Redentor. Pero, fíjense que todos ustedes han oído el Evangelio esta noche; y cuando ustedes y yo nos encontremos cara a cara, mientras la trompeta del juicio esté sonando en cada oído humano, cuando esta sólida tierra se cimbre, cuando los cielos se inclinen, y la luz de las estrellas palidezca y se debilite, yo daré este testimonio: que yo les mostré claramente el camino de salvación; y en aquel gran día seré capaz de decir de cada uno de ustedes: “si perecen, su sangre no estará a mi puerta.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Hay alguien que no me haya entendido? ¿Hay alguien que todavía piense que se ha quedado fuera, y que no puede ser salvado? Para ''ti'', amigo, sí, para ti, agrego esta palabra: “Puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios”; y aunque tú estés negro por causa de robos, o rojo de sangre, o manchado hasta los codos por la lujuria, Él puede salvar; y confiando en Él, confiando en Él de todo tu corazón, encontrarás que Él, en verdad, te llevará al lugar donde te verá con deleite, habiéndote lavado en Su sangre.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

	<entry>
		<id>http://es.gospeltranslations.org/wiki/Laus_Deo</id>
		<title>Laus Deo</title>
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				<updated>2011-01-04T18:34:58Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|Laus Deo}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén”.'' Romanos 11: 36 &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Mi texto está compuesto casi enteramente de monosílabos, pero contiene la más excelsas sublimidades. Hay concentrado aquí un peso tan enorme de significado que la elocuencia de un arcángel fracasaría si quisiera transmitir a cualquier mente finita su enseñanza en toda su gloria, aun si sus oyentes fueran los serafines. Yo voy a afirmar que no hay ningún hombre viviente que pudiera predicar sobre mi texto un sermón que fuera digno de él; es más, digo que entre todos los oradores sagrados y los elocuentes defensores de la causa de Dios, nunca vivió y nunca vivirá un hombre capaz de alcanzar la cima del grandioso argumento contenido en estas pocas y simples palabras. Yo sé que no tendré ningún éxito y, por tanto, no haré ningún intento de descifrar la infinita gloria de esta proposición. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Únicamente nuestro grandioso Dios puede explicar este versículo, pues sólo Él se conoce a Sí mismo, y solamente Él puede exponer Sus propias perfecciones. Sin embargo, esta reflexión me consuela: tal vez, en respuesta a nuestras oraciones, el propio Dios podría predicar sobre este texto en nuestros corazones esta mañana; si no lo hiciera a través de las palabras del predicador, podría hacerlo por medio de ese silbo apacible y delicado al que está tan bien acostumbrado el oído del creyente. Si condescendiera a favorecernos así, nuestros corazones serán alzados en Sus caminos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay dos cosas para nuestra consideración: la primera es digna de nuestra observación y la segunda es digna de nuestra imitación. Ustedes tienen en el texto, antes que nada, doctrina, y luego, devoción. La doctrina es una doctrina excelsa: “Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas”. La devoción es una devoción sublime: “A él sea la gloria por los siglos. Amén.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''Consideremos LA DOCTRINA. El apóstol Pablo establece como un principio general que todas las cosas provienen ''de'' Dios: son de Él como su''fuente''; son ''por ''Él como su ''medio''; son para Él como su ''fin''. Son de Él en el ''plan'', por Él en su ''funcionamiento'', y ''para'' Él en la ''gloria'' que producen. Tomando este principio general, ustedes descubrirán que se aplica para todas las cosas, y nos corresponde a nosotros identificar aquellas cosas en las que es más manifiestamente el caso. Que el Señor, por Su Santo Espíritu, abra Sus tesoros para nosotros en este momento, para que seamos enriquecidos en el conocimiento y en el entendimiento espirituales. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mediten, queridos amigos, sobre ''la gama entera de las obras de Dios en la creación y en la providencia''. Hubo un período cuando Dios moraba solo y las criaturas no existían. En aquel tiempo antes de todo tiempo cuando no había día sino “El Anciano de Días”, cuando la materia y la mente creadas eran ambas inexistentes, y cuando incluso el espacio no existía, Dios, el grandioso Yo Soy, era tan perfecto, tan glorioso y tan bendito como lo es ahora. No había ningún sol y, sin embargo, Jehová moraba en luz inefable; no había ninguna tierra y, sin embargo, su trono era firme y establecido; no habían cielos y, sin embargo, Su gloria era ilimitada. Dios habitaba la eternidad en la infinita majestad y dicha de Su grandeza autónoma. Si el Señor, morando así en imponente soledad, decidiera crear algo, el primer pensamiento y la primera idea debían proceder de Él, pues no había nadie más que pensara o sugiriera. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Todas las cosas deben ser de ''Él ''en su diseño. ¿A quién más podría pedirle consejo? ¿Quién podría instruirle? No existía nadie más que entrara en el salón del consejo, aun si tal ayuda para el Altísimo fuera conjeturable. En el principio, ya de antiguo, antes de Sus obras, la sabiduría eterna extrajo de Su propia mente el plan perfecto de las creaciones futuras, y cada línea y cada marca en ellas tuvieron que haber sido claramente del Señor solamente. Él ordenó la trayectoria de cada planeta, y la morada de cada estrella fija. Él ató los lazos de las Pléyades y ciñó a Orión con sus ligaduras. Él fijó los límites del mar, y estableció el curso de los vientos. En cuanto a la tierra, el Señor solo planeó sus cimientos y extendió Su cordel sobre ella. Él formó en Su propia mente el molde de todas Sus criaturas y encontró para ellas una morada y un servicio. Él determinó el grado de fuerza que asignaría a cada criatura, limitó sus meses de vida, estableció la hora de su muerte, su llegada y su partida. La sabiduría divina trazó el mapa de esta tierra con sus mares espumeantes, con las corrientes de sus ríos, las altas montañas y los sonrientes valles. El divino Arquitecto fijó las puertas de la mañana y los portones de la sombra de muerte. Nada pudo ser sugerido por alguien más, pues no había nadie más que pudiera sugerir algo. Él podía haber hecho un universo muy diferente de éste si así le hubiera agradado; y que lo haya hecho como es, debe de haber sido meramente porque en Su sabiduría y prudencia consideró adecuado hacerlo así. No puede haber ninguna razón por qué no pudo haber creado un mundo del cual el pecado fuera excluido para siempre; y que Él haya permitido que el pecado entrara en Su creación debe atribuirse, asimismo, a Su propia soberanía infinita. Si no hubiese sabido bien que Él se enseñorearía del pecado, y que del mal emergería la más noble manifestación de Su propia gloria, no habría permitido que el pecado entrara en el mundo: pero al esbozar la historia completa del universo que estaba a punto de crear, incluso permitió que esa mancha negra empañara Su obra, porque sabía anticipadamente qué cánticos de sempiterno triunfo se alzarían hasta Él mismo cuando, en arroyos de Su propia sangre, la Deidad encarnada lavara la mancha. No puede dudarse de que, sin importar cuál sea el drama completo de la historia en la creación y en la providencia, hay un sentido sublime y misterioso en el que todo es de Dios. El pecado no es de Dios, pero el permiso temporal de su existencia formó parte del esquema conocido de antemano, y para nuestra fe, la intervención del mal moral y la pureza del carácter divino, no disminuyen la fuerza de nuestra creencia de que el alcance entero de la historia es ''de Dios ''en el sentido más pleno. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando todo el plan fue establecido, y el Todopoderoso hubo ordenado Su propósito, eso no bastó: el simple arreglo no sería capaz de crear. “''Por ''él”, así como “''de'' Él”, han de ser todas las cosas. No había ninguna materia prima disponible para la mano del Creador. Él tuvo que crear el universo de la nada. No pide ayuda: no la necesita, y además, no hay nadie que le ayude. No hay material en bruto que pueda moldear entre Su palmas para después lanzarlo como estrellas. No necesitaba una mina de materia prima disponible que pudiera derretir y purificar en el horno de Su poder, para luego martillarlo sobre el yunque de Su habilidad: no, no había nada con lo que se pudiera comenzar en aquel día de la obra de Jehová; del vientre de la omnipotencia han de proceder todas las cosas. Él habla y los cielos saltan a la existencia. Habla otra vez y son engendrados mundos con todas las diversas formas de vida, rebosantes de divina sabiduría y de incomparable habilidad. “Sea la luz, y fue la luz”, no fue el único momento cuando Dios habló y cuando las cosas que no existían fueron, pues en la antigüedad Él había hablado, y esta tierra rodante y aquellos cielos azules florecieron de la nada. Por Él fueron hechas todas las cosas, desde el sublime arcángel que entona Sus alabanzas con celestiales notas, hasta el grillo que produce chirridos en la tierra. El mismo dedo pinta el arcoíris y el ala de la mariposa. Aquel que tiñe las ropas de la tarde con todos los colores del cielo, ha cubierto de oro a la flor ‘botón de oro’ y ha encendido la lámpara de la luciérnaga. Desde aquella majestuosa montaña que traspasa las nubes hasta aquel diminuto grano de polvo en la era de verano, todas las cosas por Él son. Si Dios retirara los efluvios de Su poder divino, todo se derretiría así como la espuma del mar se derrite sobre la ola que la transportó. Nada podría permanecer ni un solo instante si el cimiento divino fuera suprimido. Si Él sacudiera las columnas del mundo, el templo entero de la creación se convertiría en ruinas, y hasta su polvo mismo sería arrastrado por el viento. Un terrible desperdicio, un silencioso vacío, un mudo desierto es todo lo que quedaría si Dios retirara Su poder; es más, ni siquiera algo como esto existiría si Su poder fuera frenado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Toda naturaleza es como es por la energía del Dios presente. Si el sol sale cada mañana, y la luna camina en su resplandor en la noche, es por Él. Desechamos la opinión de aquellos hombres que piensan que Dios le ha dado cuerda al mundo como si fuese el reloj, y se ha alejado, dejándolo que funcione por sí mismo prescindiendo de Su mano presente. Dios está presente en todas partes: no está meramente presente cuando temblamos porque Su trueno sacude a la sólida tierra o cuando incendia los cielos con relámpagos, sino también está presente en la apacible noche veraniega, cuando el aire abanica suavemente a las flores y los mosquitos danzan oscilantes entre los últimos rayos de sol. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los hombres tratan de olvidar la presencia divina dando a su energía nombres extraños. Hablan del poder de la gravedad; pero ¿qué es el poder de gravedad? Sabemos qué hace, pero ¿qué es? La gravedad es el propio poder de Dios. Nos hablan de leyes misteriosas: de la electricidad, y no sé de qué otras cosas más. Conocemos las leyes, y dejamos que adopten los nombres que tienen; pero las leyes no pueden operar sin poder. ¿Qué es la fuerza de la naturaleza? Es una constante emanación de la grandiosa Fuente de poder, el constante derrame de Dios mismo, la perpetua irradiación de rayos de luz procedentes de Aquel que es “el Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oh mortal, pisa suavemente y sé reverente, pues Dios está aquí tan ciertamente como está en el cielo. Dondequiera que estés y adondequiera que mires, estás en el taller de Dios, donde cada rueda es girada por Su mano. Todo no es Dios, pero Dios está en todo, y nada funciona y ni siquiera existe, a no ser por Su fuerza y poder presentes. “De él, y por él, y para él, son todas las cosas”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amados, la gran gloria de todo es que en la obra de la creación todo es ''para'' Él. Todo lo alabará a Él: ése es Su designio. Dios tiene que tener el motivo más sublime, y no puede haber motivo más sublime concebible que Su propia gloria. Cuando no había ninguna criatura, excepto Él mismo, y ningún ser, excepto Él mismo, Dios no habría podido tomar como motivo una criatura inexistente. Su motivo tiene que ser Él mismo. Su más excelso objetivo es Su propia gloria. Él considera cuidadosamente el bien de Sus criaturas, pero incluso el bien de Sus criaturas no es sino un medio para el objetivo más importante que es la promoción de Su gloria. Entonces, todas las cosas son para Su placer, y el trabajo diario es para Su gloria. Si me dicen que el mundo está estropeado por el pecado, yo lo lamento; si me dicen que el cieno de la serpiente está aquí sobre cualquier cosa hermosa, yo me aflijo por ello; mas, sin embargo, cada cosa hablará de la gloria de Dios. Para Él son todas las cosas, y el día vendrá cuando con ojos espiritualmente iluminados, ustedes y yo veremos que incluso la introducción de la caída y de la maldición, después de todo, no estropeó el esplendor de la majestad del Altísimo. Para Él serán todas las cosas. Sus enemigos inclinarán sus cuellos de mala gana y abyectamente, mientras que Su pueblo, redimido de la muerte y del infierno, lo enaltecerá alegremente. Los nuevos cielos y la nueva tierra resonarán con Su alabanza, y nosotros, que nos sentaremos para leer el registro de Su maravillas creadoras, diremos de todas ellas: “En su templo todo proclama su gloria, e incluso hasta ahora para Él han sido todas las cosas”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ánimo, entonces, amados; cuando piensen que los asuntos van en contra de la causa de Dios, recuéstense sobre esto como si se tratara de un mullido sillón. Cuando el enemigo susurre a sus oídos esta nota: “Dios está vencido; Sus planes han sido estropeados; el honor de Su Hijo está manchado”, respondan al enemigo: “No, no es así; ''para Él ''son todas las cosas”. Las derrotas de Dios son victorias. La debilidad de Dios es más fuerte que el hombre, e incluso la insensatez del Altísimo es más sabia que la sabiduría del hombre, y al final veremos de manera sumamente clara que así es. ¡Aleluya! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Veremos, queridos amigos, un día en la clara luz del cielo que cada página de la historia humana, sin importar cuán teñida esté por el pecado humano, contiene algo de la gloria de Dios; y que las calamidades de las naciones, la caída de las dinastías, las devastaciones de la pestilencia, las plagas, las hambrunas, las guerras y los terremotos, todos han cumplido el propósito eterno y han glorificado al Altísimo. Desde la primera oración humana hasta el último suspiro del mortal, desde la primera nota de alabanza finita hasta el eterno aleluya, todas las cosas obran conjuntamente para la gloria de Dios, y sirven a Sus propósitos. Todas las cosas son de Él, y por él y para Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Este grandioso principio es más manifiesto ''en la espléndida obra de la divina gracia''. Aquí todo es ''de Dios'', y por Dios y para Dios. El magno plan de salvación no fue bosquejado por dedos humanos. No es una confección de los sacerdotes, ni una elaboración de los teólogos; la gracia movió primero el corazón de Dios y se unió a la soberanía divina para ordenar un plan de salvación. Este plan fue el vástago de una sabiduría nada menos que divina. Nadie sino Dios pudo haber imaginado una forma de salvación tal como la que presenta el Evangelio: una forma tan justa para Dios como tan segura para el hombre. El pensamiento de la sustitución divina, y el sacrificio de Dios en favor del hombre no habría podido serle sugerido jamás ni a la más educada de todas las criaturas de Dios. Es Dios mismo quien lo sugiere y el plan es “de él”. Y así como el grandioso plan es de Él, así la complementación de las minucias es de Él. Dios ordenó el tiempo cuando la primera promesa debía ser promulgada, quién debía recibir esa promesa, y quién debía entregarla. Él ordenó la hora en la que el grandioso cumplidor de la promesa debía venir, cuándo debía encarnar Jesucristo, de quién había de nacer, por quién debía ser traicionado, qué muerte debía morir, cuándo debía resucitar, y en qué manera debía ascender. ¿Qué tal si digo más? Él determinó quiénes debían aceptar al Mediador, a quién debía ser predicado el Evangelio, y quiénes debían ser los individuos favorecidos en quienes el llamamiento eficaz debía hacer poderosa a la predicación para salvación. Él registró en Su propia mente el nombre de cada uno de Sus elegidos, y el tiempo cuando cada vaso elegido debía ser puesto en la rueda para ser moldeado de acuerdo a Su voluntad; qué congojas de convicción debían ser sentidas cuando el tiempo de la fe llegara, qué cantidad de santa luz y de dicha debía ser derramada: todo esto fue determinado desde tiempos antiguos. Él estableció cuánto tiempo tenía que ser barnizado en el fuego el vaso elegido, y cuándo tenía que ser tomado y perfeccionado por la artesana destreza celestial para adornar el palacio del Dios Altísimo. Cada puntada del tapiz celestial de la salvación debe provenir de la sabiduría del Señor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tampoco debemos detenernos aquí; ''por Él ''vienen todas estas cosas. A través de Su Espíritu vino la promesa al final, pues Él movió a los videntes y a los hombres santos de la antigüedad; por Él el Hijo de Dios nació de la Virgen María por el poder del Espíritu Santo; por Él, sustentado por ese Espíritu, el Hijo de Dios lleva una vida perfecta durante Sus treinta años. Sólo Dios es exaltado en la grandiosa redención. Jesús suda en Getsemaní y se desangra en el Calvario. Nadie estuvo con nuestro Salvador allí. Él pisó solo ese lagar; Su propio brazo obró la salvación y Su propio brazo le sostuvo. La obra de la redención fue realizada únicamente por Dios; ni una sola alma fue redimida jamás por el sufrimiento humano, ni un solo espíritu fue emancipado jamás por la penitencia del mortal, sino que todo fue por Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y así como la expiación fue realizada por Él, así también por Él fue la aplicación de la expiación. Por el poder del Espíritu es predicado el Evangelio diariamente; sostenidos por el Espíritu Santo, pastores, maestros y ancianos permanecen todavía con la Iglesia; la energía del Espíritu todavía acompaña a la Palabra hasta los corazones de los elegidos; todavía “Cristo crucificado” es el poder de Dios y la sabiduría de Dios, porque Dios está en la Palabra, y por Él los hombres son llamados, convertidos y salvados. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oh hermanos míos, más allá de toda duda, tenemos que confesar acerca de este grandioso plan de salvación que todo él es ''para ''Él: no debemos conceder ni una sola nota de alabanza a alguien más. El hombre que quiera retener una solitaria palabra de alabanza para un hombre o un ángel en la obra de gracia, ha de ser silenciado para siempre con confusión eterna. ¡Ustedes, insensatos!, ¿quién puede ser alabado sino Dios, pues quién sino Dios decidió entregar a Su Hijo Jesús? ¡Ustedes, canallas!, ¿quieren robarle Su gloria a Cristo? ¿Quieren robar las joyas de Su corona cuando Él las compró tan amorosamente con las gotas de Su sangre preciosa? Oh, ustedes, que aman las tinieblas más que la luz, ¿quieren glorificar la voluntad del hombre por encima de la energía del Espíritu Santo, y quieren presentar sacrificios a su propia dignidad y libertad? Que Dios los perdone; pero en lo que respecta a Sus santos, ellos cantarán siempre: “A Dios, sólo a Dios sea toda la gloria; desde el principio hasta el fin, Él, que es el Alfa y la Omega, ha de recibir toda la alabanza; Su nombre ha de ser ensalzado por los siglos de los siglos”. Cuando el grandioso plan de salvación sea desarrollado enteramente, y ustedes y yo estemos sobre las cimas de la gloria, ¡qué asombrosa escena se abrirá ante nosotros! Veremos entonces más claramente que ahora cómo todas las cosas brotaron del manantial del amor de Dios, cómo fluyeron a través del canal de la mediación del Salvador, y cómo todas ellas obraron conjuntamente para la gloria del propio Dios de quien procedieron. El grandioso plan de gracia, entonces, confirma este principio. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La palabra es válida, queridos amigos, ''en el caso de todo individuo creyente''. Este ha de ser un asunto de investigación personal. ¿Por qué soy salvo? ¿Se debe a alguna bondad en mí, o a cualquier superioridad en mi constitución? ¿De quién proviene mi salvación? Mi espíritu no puede titubear ni un solo instante. ¿Cómo podría provenir un nuevo corazón de uno viejo? ¿Quién podría producir algo limpio de algo inmundo? Nadie. ¿Cómo podría proceder el espíritu de la carne? Lo que es nacido de la carne, carne es: si es espíritu tiene que nacer del Espíritu. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Alma mía, tienes que estar convencida de esto: que si hay en ti alguna fe, esperanza, o vida espiritual, tienen que provenir de Dios. ¿Puede diferir de esta declaración algún cristiano aquí presente que posea piedad vital? Estoy persuadido de que no puede; y si alguien se arrogara algún honor para su propia constitución natural, yo debo, con toda caridad, dudar de si sabe algo en absoluto acerca de este asunto. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, alma mía, como tu salvación tiene que provenir de Dios, como Él tuvo que haber pensado en ella y haberla planeado para ti, y luego tuvo que habértela otorgado, ¿no vino también a ti ''por ''Dios? Vino por medio de la fe, pero, ¿dónde tuvo su nacimiento esa fe? ¿Acaso no fue por la obra del Espíritu Santo? Y, ¿en qué creíste? ¿Creíste en tu propia fuerza, o en tu propia buena resolución? No, sino en Jesús, tu Señor. ¿No fue el primer rayo de luz que recibiste alguna vez de este modo? ¿No miraste enteramente lejos del yo a tu Salvador? Y la luz que posees ahora, ¿no llega siempre a ti de la misma manera, habiendo terminado de una vez por todas con la criatura, con la carne, con el mérito humano, y habiéndote apoyado con confianza infantil en la obra terminada y en la justicia del Señor Jesucristo? ¿No es, querido oyente, no es tu salvación -si eres en salvo en realidad- enteramente “por” tu Dios, así como “de” tu Dios? ¿Quién es el que te capacita para orar cada día? ¿Quién te guarda de la tentación? ¿Por qué gracia eres guiado a seguir adelante en el deber espiritual? ¿Quién te sostiene cuando tu pie tropieza? ¿No estás consciente de que hay un poder diferente del tuyo propio? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Por mi parte, hermanos, yo no soy llevado al cielo en contra de mi voluntad, lo sé, pero mi naturaleza es aún tan desesperada y tan propensa al mal, que me siento transportado hacia delante en contra de la corriente de mi naturaleza. Pareciera como si todo lo que pudiéramos hacer fuera dar coces y rebelarnos contra la gracia soberana, en tanto que la gracia soberana dice: “Yo te salvaré; serás mía, independientemente de lo que hagas. Yo venceré tu rugiente corrupción; yo te despertaré de tu letargo, y te llevaré al cielo en un carro de fuego de aflicciones, si no pudiera ser por otro medio. Yo te azotaré para llevarte al paraíso antes que permitir que te pierdas”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿No es esta tu experiencia? ¿No te has dado cuenta de que si la fuerte mano de Dios fuera retirada de tu alma una vez, en lugar de ir hacia delante, hacia el cielo, regresarías a la perdición? Es ''por'' Dios que eres salvo. ¿Y qué dices, creyente, en cuanto al último punto? ¿No es “''para'' él”? ¿Quieres quitar una sola joya de Su corona? ¡Oh!, no hay ninguno entre ustedes que desearía ensalzarse a sí mismo. No hay himno que cantemos más dulcemente en esta casa de oración que el himno de gracia, y no hay himno que pareciera más acorde con nuestra experiencia que este: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“La gracia corona toda la obra,&amp;lt;br&amp;gt;A lo largo de días sempiternos;&amp;lt;br&amp;gt;Pone en el cielo la piedra cimera,&amp;lt;br&amp;gt;Y bien merece la alabanza”.'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Quien así lo quiera que ensalce la dignidad de la criatura; quien pueda, que se jacte del poder del libre albedrío. Nosotros no podríamos hacerlo. Nosotros hemos descubierto que nuestra naturaleza es muy depravada y que nuestra voluntad está bajo servidumbre. Debemos exaltar, aunque otras criaturas no lo hagan, esa gracia omnipotente e inmutable que nos ha hecho ser lo que somos, y que continuará guardándonos hasta llevarnos a la diestra de Dios en la gloria sempiterna. Esta regla es válida, entonces, en cada individuo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, ''en cada obra en la que el cristiano es capacitado para que pueda desarrollarla'', ha de tener presente la regla del texto. Algunos de ustedes tienen el privilegio de trabajar en la escuela dominical, y han tenido muchas conversiones en su clase; otros entre ustedes están distribuyendo opúsculos, yendo de casa en casa y procurando llevar a las almas a Cristo, no sin éxito; algunos de nosotros, también, tenemos el privilegio de ser enviados a predicar el Evangelio en todo lugar, y tenemos gavillas de nuestra cosecha que ya no caben en nuestros graneros. En el caso de algunos de nosotros, pareciera que hemos recibido la bendición prometida en su máximo alcance; el Señor ha hecho que nuestros hijos sean, espiritualmente, como la arena del mar, y la prole espiritual de nuestras entrañas como la grava. En todo esto nos incumbe recordar que “de él, y por él, y para él”, son todas las cosas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“''De'' él”. ¿Quién hace que seas diferente? ¿Qué tienes que no hayas recibido? El corazón ardiente, el ojo lloroso, el alma que ora: todas esas capacidades para la utilidad vienen de Él. La boca elocuente, la lengua argumentadora, esas cualidades tienen que haber sido otorgadas y educadas por Él. De Él vienen todos los diversos dones del Espíritu por medio de los cuales la Iglesia es edificada; de Él, digo, proceden todos. ¿Qué es Pablo? ¿Quién es Apolos, o Cefas, quiénes son todos éstos sino los mensajeros de Dios, en quienes obra el Espíritu distribuyendo a cada hombre conforme a Su voluntad? Cuando el predicador ha adquirido Su utilidad, sabe que todo su éxito viene ''por'' Dios. Si un hombre se supusiera capaz de provocar un avivamiento, o de animar a un santo, o de conducir a un pecador al arrepentimiento, sería un necio. Podríamos de igual manera intentar mover las estrellas, o sacudir al mundo, o sujetar un rayo en la palma de nuestra mano, que pensar salvar un alma o incluso despertar a los santos para que salgan de su letargo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La obra espiritual tiene que ser obrada por el Espíritu. De Dios nos viene toda cosa buena. El predicador podría ser el propio Sansón cuando Dios está con Él: y será como Sansón cuando Dios no esté con él, sólo que en la degradación y en la vergüenza de Sansón. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amados, nunca existió un hombre que fuera traído a Dios excepto por Dios mismo, y nunca existirá tal hombre. Nuestra nación nunca será avivada para alcanzar el calor celestial de la piedad excepto por la renovada presencia del Espíritu Santo. Quiera Dios que tuviéramos más del sentido perdurable de la obra del Espíritu entre nosotros, para que lo miráramos más a Él y nos apoyáramos menos en la maquinaria y en los hombres, y más sobre ese Agente Divino e Invisible que obra todas las cosas en los corazones de los hombres. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amados, es por Dios que nos viene toda cosa buena, y estoy seguro de que es para Él. No podemos apropiarnos del honor de un solo convertido. Miramos en verdad con agradecimiento a esta Iglesia en crecimiento; pero sólo podemos darle la gloria a Él. Si le dan la gloria a la criatura, ese es el fin; si se honran como Iglesia, pronto los deshonrará Dios. Debemos poner toda gavilla sobre Su altar, y debemos traer toda oveja del redil a los pies del buen Pastor, convencidos de que es Suya. Cuando salimos a pescar almas, tenemos que pensar que nosotros sólo llenamos la red, porque Él nos enseñó cómo arrojarla al costado derecho de la Iglesia, y cuando los pescamos son Suyos, no nuestros. ¡Oh, qué pobres cosas somos nosotros!, y, sin embargo, pensamos que hacemos mucho. Es como si la pluma dijera: “yo escribí El Paraíso Perdido de Milton”. ¡Ah, pobre pluma! Tú no habrías podido ponerle el punto a una ‘i’ o la tilde a una ‘t’, si la mano de Milton no te hubiera movido. El predicador no podría hacer nada si Dios no le ayudara. El hacha podría gritar: “he derribado forestas; he hecho que el cedro incline su cabeza, y he tumbado en el polvo al roble fornido”. No, tú no lo hiciste; pues si no hubiese sido por el brazo que te blandió, incluso una zarza habría sido demasiado para que pudieras cortarla. ¿Acaso dirá la espada: “yo gané la victoria; yo derramé la sangre de los valientes; yo derribé el escudo”? No, fue el guerrero, quien con su valor y su poder te volvió útil en la batalla, pero aparte de esto tú eres menos que nada. En todo lo que Dios hace por medio de nosotros, tenemos que continuar rindiéndole la alabanza, para que Él mantenga Su presencia en nuestros esfuerzos. De otra manera, nos retirará Su sonrisa y seremos dejados como hombres débiles. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
He intentado, -tal vez por demasiado tiempo para su pacienciaresaltar este principio muy simple pero muy útil; y ahora, antes de proceder a la segunda parte, deseo aplicarlo mediante este comentario muy práctico. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amados, si esto es cierto: que todas las cosas son por Él y para Él, ¿no piensan ustedes que esas doctrinas que más se apegan a esta verdad son las que con mayor probabilidad son correctas y más dignas de ser sustentadas? Ahora, hay ciertas doctrinas comúnmente llamadas ‘calvanistas’ (pero que nunca debieron ser llamadas por ese nombre, pues son simplemente doctrinas cristianas), que pienso que se recomiendan a sí mismas ante las mentes de las personas sensatas, principalmente por esta razón: porque atribuyen todo a Dios. Aquí está la doctrina de ''la elección'', por ejemplo. ¿Por qué es salvado un hombre? ¿Es el resultado de su propia voluntad o de la voluntad de Dios? ¿Eligió Él a Dios o Dios lo eligió a él? La respuesta “el hombre eligió a Dios” es manifiestamente falsa, porque glorifica al hombre. La respuesta de Dios es: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros”. Dios ha predestinado a Su pueblo para salvación desde antes de la fundación del mundo. Si atribuimos la voluntad a Dios, que es el gozne de todo el asunto y que mueve la balanza, si la atribuimos a Dios, sentimos que estamos hablando apegándonos a la doctrina de nuestro texto. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Luego tomen ''el llamamiento eficaz''. ¿Mediante cuál poder es llamado el hombre? Hay algunos que dicen que es por la energía de su propia voluntad, o al menos, que si Dios le da la gracia, depende de él hacer uso de ella: algunos no hacen uso de la gracia y perecen y otros hacen uso de la gracia y son salvados; salvados por su propio consentimiento por permitir que la gracia sea eficaz. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nosotros, por otro lado, decimos ''no'', un hombre no es salvado en contra de su voluntad, sino que es inducido a querer por la operación del Espíritu Santo. Una gracia poderosa que él no desea resistir entra en el hombre, lo desarma, hace de él una nueva criatura, y es salvado. Nosotros creemos que el llamamiento que salva al alma es un llamamiento que no le debe nada en absoluto al hombre, sino que viene de Dios, y la criatura es pasiva entonces, mientras que Dios, como el alfarero, moldea al hombre como una masa de arcilla. Nosotros creemos claramente que el llamamiento tiene que ser hecho ''por'' Dios, pues coincide con el principio “de él, y por él, y para él son todas las cosas”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Luego, a continuación, tenemos el asunto de ''la redención particular''. Algunos insisten en el hecho de que los hombres son redimidos, no porque Cristo murió, sino porque ellos están dispuestos a otorgar eficacia a la sangre de Cristo. Él murió por todo el mundo, de acuerdo a su teoría. ¿Por qué, entonces, no son salvados todos los hombres? ¿Es porque no todos los hombres quieren creer? Eso es decir que creer es necesario para hacer que la sangre de Cristo sea eficaz para la redención. Ahora, nosotros sostenemos que eso es una gran mentira. Nosotros creemos exactamente lo contrario, es decir, que la sangre de Cristo tiene en sí misma el poder para redimir, y que redime en efecto, y que la fe no le da eficacia a la sangre, sino que es únicamente la prueba de que la sangre ha redimido a ese hombre. Por esto sostenemos que Cristo no redimió a todo hombre, sino que solamente redimió a aquellos hombres que alcanzarán al final la vida eterna. Nosotros no creemos que Él redimió a los condenados; no creemos que derramó Su sangre vital por las almas que ya están en el infierno. No podemos imaginar nunca que Cristo sufrió en el lugar y en la porción de todos los hombres, y que luego posteriormente estos mismos hombres tienen que sufrir por sí mismos, que de hecho Cristo paga sus deudas, y luego Dios hace que paguen sus deudas de nuevo. Nosotros pensamos que la doctrina que declara que los hombres, por su voluntad, dan eficacia a la sangre de Cristo es menospreciativa del Señor Jesús, y nosotros preferimos asirnos de esto: que Él entregó Su vida por Sus ovejas, y que la ofrenda de Su vida por las ovejas involucró y aseguró la salvación de cada una de ellas. Nosotros creemos esto porque sostenemos que “de él, por él, y para él son todas las cosas”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, tomen la ''total depravación ''de la raza, y su ''corrupción original'', una doctrina verdadera aunque muy aborrecida por quienes elevan a la pobre naturaleza humana. Nosotros sostenemos que el hombre tiene que estar enteramente perdido y arruinado, porque si hubiera algo bueno en él, entonces no puede decirse que “de Dios, y por Dios, y para Dios, son todas las cosas”, pues al menos algunas cosas tendrían que ser del hombre. Si hay algunas reliquias de virtud y algunos remanentes de poder en la raza del hombre, entonces algunas cosas son del hombre, y para el hombre serán algunas cosas. Pero si todas las cosas son de Dios, entonces en el hombre no debe haber nada, el hombre debe ser colocado abajo como arruinado, irremediablemente arruinado: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Magullado y mutilado por la caída”.'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Su salvación tiene que ser descrita como siendo desde el principio hasta el fin, en cada jota y en cada tilde, por causa de esa gracia poderosa de Dios que lo eligió al principio, posteriormente lo redimió y finalmente lo llamó, lo preservó constantemente y lo presentará perfecto delante del trono del Padre. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo pongo estas doctrinas delante de ustedes, más especialmente hoy, porque el viernes pasado muchos creyentes en Ginebra y en Londres se reunieron para celebrar el tricentenario de la muerte de ese poderoso siervo de Dios, Juan Calvino, a quien honro, no como maestro de estas doctrinas, sino como a uno a través de quien Dios habló, y uno que, junto al apóstol Pablo, expuso la verdad más claramente que cualquier otro hombre que haya existido jamás y que sabía más de la Escritura y la explicó más claramente. Lutero puede tener tanto valor, pero Lutero conoce poca teología. Lutero, como un toro, cuando ve una verdad, cierra sus ojos y se lanza contra el enemigo, derribando puertas, cerrojos y barras, para abrir paso a la Palabra; pero Calvino, siguiendo el sendero abierto, con clara visión, escudriñando la Escritura, reconociendo siempre que de Dios, y por Dios y para Dios, son todas las cosas, traza el plan integral con una claridad deleitable que sólo podía venir del Espíritu de Dios. Ese hombre de Dios expone las doctrinas de una manera tan excelente y admirable, que no podemos bendecir en demasía al Señor que lo envió, ni orar en demasía para que otros como él puedan llegar a ser honestos y sinceros en la obra del Señor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Con esto basta, entonces, en cuanto a doctrina, pero vamos a dedicar uno o dos minutos a manera de devoción. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''El apóstol vuelve a hundir su pluma en el tintero, cae de rodillas –no puede evitarlo- pues tiene que hacer una doxología. “A él sea la gloria por los siglos. Amén”. Amados, imitemos esta DEVOCIÓN. Yo pienso que esta frase tiene que ser la oración y el lema para cada uno de nosotros: “A él sea la gloria por los siglos. Amén”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Voy a ser muy breve pues no quiero cansarlos. “A él sea la gloria por los siglos”. Este debería ser el único deseo del cristiano. Yo entiendo que no debería tener veinte deseos, sino sólo uno. Podría desear una buena educación para su familia, pero únicamente que “A Dios sea la gloria por los siglos”. Podría desear prosperidad en su negocio, pero únicamente en tanto que pudiera ayudarle a promover esto: “A él sea la gloria por los siglos”. Podría desear alcanzar más dones y más gracias, pero sólo debe ser que “A él sea la gloria por los siglos”. Esto sólo sé, cristiano, que no estás actuando como deberías hacerlo cuando eres movido por cualquier otro motivo que no sea el único motivo de la gloria de tu Señor. Como cristiano, tú eres “de Dios, y por Dios”, y pido que seas “para Dios”. Nada debe hacer latir tu corazón excepto el amor a Él. Que esta ambición encienda tu alma; este debe ser el cimiento de toda empresa en la que te involucres, y este debe ser el motivo sustentador siempre que tu celo se enfríe: ''sólo, sólo ''haz de Dios tu objeto. Puedes estar convencido de que allí donde empieza el yo empieza la aflicción; pero si Dios es mi supremo deleite y mi único objeto: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Para mí es igual si el amor ordena&amp;lt;br&amp;gt;Mi vida o mi muerte: si me asigna comodidad o dolor”.'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Cuando mi ojo mira exclusivamente a la gloria de Dios, no escojo para mí si soy despedazado por fieras salvajes o vivo en la comodidad, si estoy lleno de desánimo o lleno de esperanza. Si Dios es glorificado en mi cuerpo mortal, mi alma reposará contenta. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, nuestro constante deseo tiene que ser “A él sea gloria”. Cuando me despierte en la mañana, oh, mi alma ha de saludar a su Dios con gratitud. &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Despierta, y levántate, corazón mío,&amp;lt;br&amp;gt;Y comparte con los ángeles,&amp;lt;br&amp;gt;Quienes toda la noche cantan incansables&amp;lt;br&amp;gt;Excelsas preces al Rey eterno”.'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
En mi trabajo detrás del mostrador, o en el negocio, he de estar atento para ver cómo puedo glorificarle. Si estoy caminando en medio de los campos, mi deseo ha de ser que los árboles aplaudan alabándole. Que el sol en su marcha haga resplandecer la gloria del Señor, y las estrellas en la noche reflejen Su alabanza. Les corresponde a ustedes, hermanos, poner una lengua en la boca de este mundo mudo, y hacer que las silentes lindezas de la creación ensalcen a su Dios. No callen nunca cuando haya oportunidades, y nunca estarán callados por falta de oportunidades. En la noche quédense dormidos alabando todavía a su Dios; al cerrar sus ojos su último pensamiento ha de ser “¡cuán dulce es descansar en el pecho del Salvador!” En medio de las aflicciones, alábenle; desde los hornos dejen que suba su canción; en tu lecho de enfermo, lóalo; moribundo, Él ha de recibir tus más dulces notas. Que todos sus gritos de victoria en el combate con el último gran enemigo sean todos para Él; y luego cuando hayan suprimido la servidumbre de la mortalidad, y entrado en la libertad de los espíritus inmortales, entonces, en un cántico más noble y más dulce, cantarán Su alabanza. Éste ha de ser, entonces, su pensamiento constante: “A él sea la gloria por los siglos”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Éste ha de ser su enfático pensamiento. No hablen de la gloria de Dios con palabras frías, ni piensen en ella con un corazón gélido, sino sientan esto: “he de alabarle; si no puedo alabarle donde estoy, voy a romper estos estrechos lazos para llegar donde pueda hacerlo”. Algunas veces anhelan ser incorpóreos para que pudieran alabarle como lo hacen los espíritus inmortales. ''Yo tengo que ''alabarle. Comprado con Su sangre preciosa, llamado por Su Espíritu, no puedo acallar mi lengua. Alma mía, ¿puedes estar muda y callada? Tengo que alabarle. Da un paso hacia atrás, oh carne; aléjense, diablos; retírense, problemas; yo he de cantar, pues si yo rehusara cantar, seguramente las propias piedras hablarían. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo espero, queridos amigos, que mientras así de ardiente debe ser su alabanza, también será ''creciente''&amp;amp;lt;span id=&amp;quot;fck_dom_range_temp_1294166040450_780&amp;quot; /&amp;amp;gt;. Ha de haber un creciente deseo de alabar a Aquel de quien y por quien son todas las cosas. Ustedes le alabaron en su juventud; no se contenten con las alabanzas que le prodigaron entonces. ¿Te ha prosperado en tu negocio? Entonces dale más así como Él te ha dado más. ¿Te ha dado Dios experiencia? Oh, alábale mediante una mejor fe de la que ejercitaste al principio. ¿Crece tu conocimiento? ¡Oh!, entonces tú puedes cantar más dulcemente. ¿Gozas de tiempos más felices de los que antes tuviste? ¿Has sido restablecido de la enfermedad y tu aflicción ha sido cambiada en paz y gozo? Entonces dale más música; pon más carbones en tu incensario, más dulce incienso, más del dulce cálamo comprado con dinero. ¡Oh, servirle cada día, alzando mi corazón de domingo a domingo, hasta llegar al Domingo sin fin! ¡Acercándome de santificación en santificación, de amor en amor, de fuerza en fuerza, hasta presentarme ante mi Dios! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Para concluir, permítanme exhortarlos a hacer práctico este deseo. Si realmente glorifican a Dios, pongan atención para no hacerlo con una alabanza fingida, que se desvanece con el viento, sino con el sólido homenaje de la vida diaria. Alábenle por su paciencia en el dolor, por su perseverancia en el deber, por su generosidad en Su causa, por su valentía en el testimonio, por su consagración a Su obra; alábenle, mis queridos amigos, no solamente esta mañana en lo que hacen por Él con sus ofrendas, sino alábenle cada día haciendo algo para Dios de diversas maneras, de acuerdo a la manera en la que a Él le ha agradado bendecirlos. Hubiera deseado poder hablar dignamente sobre un tópico como este, pero un dolor de cabeza opresivo y entorpecedor me asedia, y siento que mis palabras son ensombrecidas por una densa lobreguez desde la cual miro con ansias pero sin poder salir. Por esto me aflijo, pero, sin embargo, Dios el Espíritu Santo puede obrar mejor por medio de nuestra debilidad, y si ustedes intentan predicarse el sermón a ustedes mismos, hermanos míos, lo harán sustancialmente mejor de lo que puedo hacerlo yo; si meditan sobre este texto esta tarde: “De él, y por él, y para él, son todas las cosas”, estoy seguro de que serán conducidos a caer de rodillas con el apóstol, y decir: “A él sea la gloria por los siglos”; y entonces se levantarán y le darán honra de manera práctica en su vida, poniendo el “Amén” a esta doxología por su propio servicio individual para el grandioso y benigno Señor. Que el Señor dé una bendición ahora, y acepte su acción de gracias por medio de Cristo Jesús.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

	<entry>
		<id>http://es.gospeltranslations.org/wiki/Jesucristo_es_Inmutable</id>
		<title>Jesucristo es Inmutable</title>
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				<updated>2011-01-02T22:52:00Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|Jesus Christ Immutable}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos”. ''Hebreos 13: 8. &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Un estimado y venerable vicario de una parroquia de Surrey me ha enviado con motivo de Año Nuevo, durante un número muy considerable de años, un generoso testimonio de su afecto y un reconocimiento del placer que la lectura semanal de mis sermones le proporciona. Incluido en el paquete que su bondad me remite, hay un texto sobre el cual espera que predique el primer domingo del nuevo año. Este año me envía esta línea de oro: “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aunque ya he predicado antes sobre este texto, no debemos temer nunca predicar sobre el mismo texto dos veces, pues la palabra es inagotable: puede ser pisada en el lagar muchas veces pero siempre se exprime más vino generoso. Debemos predicar una segunda vez sobre un pasaje sin vacilar, así como nadie se avergonzaría de ir al pozo del pueblo para meter la cubeta dos veces o nadie se sentiría apenado por navegar dos veces por el mismo río; la verdad del Evangelio siempre contiene frescura y, aunque el asunto sea el mismo, hay formas de presentarlo bajo una luz renovada que traiga un nuevo gozo a quienes meditan en esa verdad. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, ¿qué importa si repetimos nuestras enseñanzas concernientes a Cristo? ¿Qué importa si oímos una y otra vez las mismas cosas “tocantes al Rey”? Podemos permitirnos oírlas. Las repeticiones que conciernen a Jesús son mejores que las variedades sobre cualquier otro tema. Así como el monarca francés declaró que prefería oír las repeticiones de Bourdaloue que las novedades de cualquier otra persona, así también podemos aseverar en lo tocante a nuestro Señor Jesús, que preferimos oír repetidamente las preciosas verdades que lo glorifican, que escuchar los más elocuentes discursos solemnes sobre cualquier otro tema en todo el mundo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay unas cuantas obras de arte y maravillas de la creación que podrías contemplar cada día de tu vida sin cansarte. Un gran arquitecto nos dice que sólo hay unos pocos edificios de ese tipo, y da como ejemplo de uno de ellos a la Abadía de Westminster; y todo el que ha contemplado alguna vez el mar o las cataratas del Niágara, sabe que no importa cuántas veces se miren, aunque se vea precisamente el mismo objeto, hay nuevos tintes, nuevos movimientos de las olas, nuevos destellos de luz, que prohíben la menor intrusión de la monotonía y proporcionan a la concentración de las aguas un encanto duradero. Lo mismo ocurre con ese mar de todos los deleites que se encuentra en el precioso Amante de nuestras almas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Vayamos, entonces, al antiguo tema de este texto antiguo, y pidamos que el bendito Espíritu nos dé una nueva unción mientras meditamos en él. Hemos de notar, primero, el nombre personal de nuestro Señor: ''Jesucristo''. Notemos, en segundo lugar, Su memorable atributo: “''Él es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos”, ''y luego vamos a decir unas cuantas palabras acerca de Sus evidentes derechos derivados de ''la posesión de tal carácter''. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''Primero, entonces, notemos los nombres personales de nuestro Señor mencionados aquí: “JESÚS CRISTO”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“JESÚS” está primero. Ese es el nombre hebreo de nuestro Señor, “Jesús”, o “Josué”. La palabra significa: un Salvador, “porque él salvará a su pueblo de sus pecados”. Le fue dado ''en Su cuna''. &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Frías en Su cuna las gotas de rocío refulgen;&amp;lt;br&amp;gt;Su cabeza descansa entre las bestias del establo;&amp;lt;br&amp;gt;Los ángeles le adoran, reclinado en un profundo sueño,&amp;lt;br&amp;gt;Hacedor, y Monarca y Salvador de todo”.'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Siendo todavía un infante sostenido en el pecho de Su madre, fue reconocido como Salvador, pues el hecho de que Dios se encarnara fue el compromiso seguro, la garantía y el comienzo de la salvación humana. Al pensar simplemente en Su nacimiento la virgen cantó: “Mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador”. Hay esperanza de que el hombre sea elevado hasta Dios cuando Dios condesciende bajar hasta el hombre. En el pesebre Jesús merece ser llamado el Salvador, pues cuando puede decirse que “he aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos”, hay esperanza de que a la raza caída le serán dadas todas las cosas buenas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Él fue llamado Jesús ''en Su infancia'': “El Santo Niño Jesús”. Fue como Jesús que subió con Sus padres al templo y se sentó en medio de los doctores, oyéndoles y preguntándoles. Sí, y Jesús como un Maestro en los primeros principios de Su doctrina es un Salvador, emancipando las mentes de los hombres de la superstición, liberándolos de las tradiciones de los padres, esparciendo incluso con Su mano infantil las semillas de la verdad, los elementos de una gloriosa libertad que emancipará a la mente humana de las cadenas de hierro de la falsa filosofía y de las supercherías sacerdotales. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Él era Jesús, también, y es comúnmente llamado así tanto por Sus enemigos como por Sus amigos, ''en Su vida activa''. Es como Jesús, el Salvador, que sana a los enfermos, que resucita a los muertos, que salva a Pedro del hundimiento y que rescata del naufragio a la barca sacudida sobre el mar de Galilea. En todas las enseñanzas de Su vida adulta, en esos laboriosos tres años de diligente servicio tanto en Su ministerio público como en Su oración privada, Él sigue siendo Jesús, el Salvador, pues tanto por Su obediencia activa como por Su obediencia pasiva, nosotros somos salvos. A lo largo de toda Su morada terrenal Él dejó muy claro que el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido. Si Su sangre nos redime de la culpa del pecado, Su vida nos muestra cómo vencer su poder. Si por Su muerte en el madero Él aplasta a Satanás por nosotros, por Su vida de santidad nos enseña cómo romper la cabeza del dragón dentro de nosotros. Él es el Salvador como un bebé, el Salvador como un niño y el Salvador como hombre que trabaja con gran esfuerzo, que labora y que es tentado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero Él resalta más claramente como Jesús ''cuando muere en la cruz''; fue llamado así en un escrito del cual su autor dijo: “Lo que he escrito, he escrito”, pues sobre la cabeza del Salvador moribundo se lee: “JESÚS NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS”. Allí, Él era preeminentemente el Salvador, siendo hecho una maldición por nosotros para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él. Después de contemplar las agonías de muerte de su Maestro, el apóstol amado dijo: “Nosotros hemos visto y testificamos que el Padre ha enviado al Hijo, el Salvador del mundo”. En el Calvario se vio que el Hijo de Dios a otros salvó, aunque, por causa de una bendita incapacidad de amor, “a sí mismo no se pudo salvar”. Cuando fue llevado a sentir la ira de Dios por cuenta del pecado, y sufrió dolores desconocidos como nuestro sustituto, cuando fue obligado a atravesar la densa oscuridad y el ardiente calor de la ira divina, entonces Él fue, de acuerdo a la Escritura, “el Salvador de todos los hombres, mayormente de los que creen”. Sí, es en el madero que Cristo es peculiarmente un Salvador. Si no fuera nada mejor que nuestro ejemplo, ¡ay de nosotros! Podríamos estar agradecidos por el ejemplo si pudiéramos imitarlo, pero sin el perdón que nos preserva y la gracia que nos otorga poder para la santidad, el ejemplo más brillante sería una exasperación de nuestra aflicción. Que se nos muestre lo que deberíamos ser, sin que se nos facilite un método mediante el cual podamos alcanzarlo, sería escarnecer nuestra miseria. Pero Jesús nos saca del horrible hoyo en el que estábamos caídos, nos saca de la arcilla cenagosa por la eficacia de Su sacrificio expiatorio y, entonces, habiendo puesto nuestro pie sobre una roca por el poder de Sus méritos, Él mismo guía el camino hacia la perfección y, así, es un Salvador tanto en la vida como en la muerte. &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Que Jesús salva del pecado y del infierno,&amp;lt;br&amp;gt;Es una verdad divinamente cierta;&amp;lt;br&amp;gt;Y sobre esta roca nuestra fe puede descansar&amp;lt;br&amp;gt;Inconmoviblemente segura.”'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Todavía con el nombre de Jesús, ''nuestro Señor resucitó de los muertos''. Los evangelistas se deleitan en llamarlo: Jesús, en Su aparición a Magdalena en el huerto y en Su manifestación a los discípulos cuando estaban reunidos estando las puertas cerradas. Él es siempre Jesús para ellos como el Resucitado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amados, como somos justificados por Su resurrección, hacemos bien en considerarlo como Salvador bajo ese aspecto. La salvación está más vinculada todavía con un Cristo resucitado, porque por Su resurrección lo vemos destruyendo a la muerte, derribando la prisión del sepulcro y llevándose, como otro Sansón, las puertas de la tumba. Él es un Salvador para nosotros puesto que ha vencido al último enemigo que será destruido, para que nosotros, habiendo sido salvados del pecado por Su muerte, seamos salvados de la muerte por Su resurrección. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Jesús es el título con el cual Él es llamado ''en gloria'', pues “A éste, Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados”. Él es hoy “el Salvador del cuerpo”. Lo adoramos como el único sabio Dios y nuestro Salvador. “Puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Como Jesús ''vendrá en breve'', y nosotros estamos “aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo”. Nuestro clamor diario es, “Sí, ven, Señor Jesús”. Sí, y este es el nombre, el nombre de “Jesús”, por el cual es conocido ''en el cielo en esta hora''. Así habló de Él el ángel antes de ser concebido por la virgen; así le sirven los ángeles y cumplen Sus órdenes, pues Él le dijo a Juan en Patmos: “Yo Jesús he enviado mi ángel para daros testimonio de estas cosas”. Los ángeles profetizaron Su venida bajo ese nombre sagrado. Vinieron a quienes estaban mirando a lo alto, y les dijeron: “Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo”. Bajo este nombre los diablos le temen, pues ¿acaso no dijeron: “A Jesús conozco, y sé quién es Pablo; pero vosotros, quiénes sois?” Este es el encanto que ata los corazones de los querubines con cadenas de amor, y ésta es la palabra que hace que las huestes del infierno tiemblen y se acobarden. Este nombre es el gozo de la iglesia en la tierra y es el gozo de la iglesia en lo alto. Es una palabra común, un nombre de casa para nuestro amado Redentor en medio de la familia de Dios aquí abajo, y allá arriba donde todavía es cantado: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Jesús, el Señor, inspira sus arpas:&amp;lt;br&amp;gt;¡Jesús, mi Amor, cantan!&amp;lt;br&amp;gt;Jesús, la vida de nuestros gozos,&amp;lt;br&amp;gt;Resuena dulce desde cada cuerda”.'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Ese hombre de Dios, el señor Henry Craik, de Bristol, quien, para nuestra gran tristeza fue llamado a su reposo recientemente, en su pequeña obra sobre el estudio de la lengua hebrea, -como un ejemplo de cuánto puede ser extraído de una sola palabra hebreanos dice que el nombre de ‘Jesús’ es particularmente rico y sugerente para la mente del estudioso del hebreo. Proviene de una raíz que significa amplitud, espaciosidad, y luego llega a significar: dejar suelto, dejar libre, liberar y así llega a su uso común entre nosotros, es decir, el de Salvador. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay dos palabras en el nombre de Jesús. Una es una contracción de la palabra “Jehová”, y la otra es la palabra que acabo de explicarles, que termina significando: “salvación”. Si desarmamos la palabra, Jesús significa: JEHOVÁ-SALVACIÓN. Revela para ustedes la gloriosa esencia y la naturaleza de Cristo como Jehová, “Yo soy el que soy”, y luego revela, en la segunda parte de Su nombre, Su grandiosa obra en favor de ustedes al dejarlos en libertad y liberarlos de toda su angustia. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amado compañero cristiano, piensa en la amplitud, en la espaciosidad, la anchura, la abundancia y la autosuficiencia ilimitada que están concentradas en la persona del Señor Jesús. “Agradó al Padre que en él habitase toda plenitud”. No tienen a un Cristo contraído, no tiene a un Salvador estrecho. ¡Oh, la infinitud de Su amor, la abundancia de Su gracia, la suma grandeza de las riquezas de Su amor hacia nosotros! No hay palabras en ninguna lengua que pudieran expresar suficientemente el alcance infinito e ilimitado de las riquezas de la gloria de Cristo Jesús nuestro Señor. La palabra que yace en la raíz de Su nombre “Jesús”, o “Josué”, tiene a veces el significado de riquezas; y ¿quién podría decir cuántas riquezas de gracia y de gloria están concentradas en Emanuel? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El señor Craik nos informa que otra forma de la misma palabra significa “un clamor”. “Está atento a la voz de mi clamor, Rey mío y Dios mío”. Así, salvación, riquezas, un clamor, todo ello se deriva de la misma raíz, y todo ello encuentra su respuesta en nuestro Josué o Cristo. Cuando Su pueblo clama desde sus prisiones, entonces Él viene y lo deja libres, viene con toda la amplitud y la riqueza de Su gracia eterna, con toda la plenitud de desbordante poder y, liberándolos de toda forma de esclavitud, les permite gozar de las riquezas de la gloria atesorada en Él mismo. Si esta interpretación hiciera más amado el nombre de Jesús aunque fuera sólo una partícula, seguramente me alegraría mucho. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si hay tanto contenido en un solo nombre, ¡piensen cuánto más no habrá acumulado en Él mismo! Y si podemos decir con honestidad que sería difícil explicar el pleno sentido de este solo nombre hebreo que pertenece a Cristo, ¿cuánto más difícil sería dar jamás el pleno sentido de todo Su carácter? Si Su solo nombre es esa mina de excelencia, ¿qué no será Su persona? Si esto, que no es sino una parte de Su vestidura, huele de tal manera a mirra, y áloes y casia, oh, ¿qué no será Su bendita persona sino un manojo de mirra que estará para siempre en medio de nuestro pecho para ser el perfume de nuestra vida y el deleite de nuestra alma? &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Precioso es el nombre de Jesús,&amp;lt;br&amp;gt;¿Quién podría desentrañar ni la mitad de su valor?&amp;lt;br&amp;gt;Más allá de las preces angélicas,&amp;lt;br&amp;gt;Dulcemente cantado con arpas de oro.''''&amp;lt;br&amp;gt;&amp;lt;br&amp;gt;''''Precioso cuando gimiendo rumbo al Calvario&amp;lt;br&amp;gt;Él sostenía el maldito madero;&amp;lt;br&amp;gt;Precioso cuando Su muerte expiatoria,&amp;lt;br&amp;gt;Puso un término al pecado por mí.''&amp;lt;br&amp;gt;&amp;lt;br&amp;gt;''Precioso cuando los sangrientos azotes&amp;lt;br&amp;gt;Provocaron que las gotas sagradas rodaran;&amp;lt;br&amp;gt;Precioso cuando las oleadas de ira&amp;lt;br&amp;gt;Abrumaron Su alma santa.''&amp;lt;br&amp;gt;&amp;lt;br&amp;gt;''Precioso cuando fue victorioso en Su muerte,&amp;lt;br&amp;gt;Él derrota a las huestes del infierno;&amp;lt;br&amp;gt;En Su resurrección glorioso,&amp;lt;br&amp;gt;Fue coronado victorioso sobre todos Sus enemigos.''&amp;lt;br&amp;gt;&amp;lt;br&amp;gt;''¡Precioso Señor! Más allá de toda expresión,&amp;lt;br&amp;gt;Son Tus bellezas todas divinas;&amp;lt;br&amp;gt;Gloria, honor, poder y bendición,&amp;lt;br&amp;gt;Sean Tuyas desde ahora y para siempre”.'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Todo esto hemos dicho acerca del nombre hebreo. Ahora consideren reverentemente el segundo título: ''Cristo''. Ese es un nombre griego, un nombre gentil: Ungido. Así pueden ver que tienen el nombre hebreo: Josué, Jesús, y luego el nombre griego: ‘Christos’, Cristo; así que podemos ver que ya no hay judío ni griego porque todos son uno en Cristo Jesús. La palabra Cristo, como todos ustedes saben, significa ‘ungido’, y como tal nuestro Señor es llamado a veces “el Cristo”, “el propio Cristo”; otras veces, “el Cristo del Señor”, y a veces, “el Cristo de Dios”. Él es el ungido del Señor, nuestro Rey y nuestro Escudo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esta palabra “Cristo” nos enseña tres grandes verdades: primero, ''indica Sus oficios''. Él ejerce oficios en los que es necesaria la unción, y son tres: el oficio de Rey, el de Sacerdote y el de Profeta. Él es Rey en Sion, ungido con óleo de alegría más que a Sus compañeros, tal como se dijo en la antigüedad: “Hallé a David mi siervo; lo ungí con mi santa unción. Mi mano estará siempre con él, mi brazo también lo fortalecerá… Asimismo pondré su mano sobre el mar, y sobre los ríos su diestra… Yo también le pondré por primogénito, el más excelso de los reyes de la tierra”. Saúl, el primer rey de Israel, fue ungido con un frasco de aceite, pero David fue ungido con un cuerno de aceite, como para significar la mayor plenitud de su poder y la excelencia de su reino; pero en cuanto a nuestro Señor, Él ha recibido el espíritu de unción sin medida, Él es el Ungido del Señor, para quien es ordenada una lámpara que no se apaga. “Allí haré retoñar el poder de David; he dispuesto lámpara a mi ungido”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amados, al pensar en ese nombre: Cristo, hemos de entregarle nuestras almas a Él, a quien Dios ha ungido para ser Rey. Defendamos Sus derechos sobre Su iglesia, pues Él es Rey en Sion, y nadie tiene el derecho de gobernar sino en sujeción a la grandiosa Cabeza de todo y bajo ella, quien en todas las cosas ha de tener preeminencia. Defendamos Sus derechos dentro de nuestros propios corazones, buscando echar fuera todos los objetos rivales, deseosos de conservar castas nuestras almas para Cristo, y de hacer que cada miembro de nuestro cuerpo, aunque pudo haberse entregado al pecado anteriormente, se subordine al Rey ungido que tiene un derecho a gobernar sobre él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, el Señor Cristo es Sacerdote. Los sacerdotes eran ungidos. No debían asumir ese oficio por sí mismos, ni podían hacerlo sin haber cumplido con la ceremonia que los consagraba. Jesucristo, nuestro Señor, tiene una gracia dada a Él que ningún otro sacerdote tuvo jamás. El ungimiento exterior de los sacerdotes era solamente simbólico, pero el Suyo es el verdadero y real. Él ha recibido aquello que el óleo sólo establecía como tipo y sombra; Él tiene la unción real del Altísimo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amados, hemos de mirar siempre a Cristo como el Sacerdote ungido. Alma mía, tú no puedes venir nunca a Dios excepto a través del único Sumo Sacerdote, siempre vivo y verdaderamente ungido, de nuestra profesión. Oh, no busques ni por un momento venir sin Él, ni a través de cualquier embaucador que se llame a sí mismo: ‘un sacerdote’. Sumo Sacerdote de la casa de Dios, te vemos ordenado así, y ponemos nuestra causa en Tus manos. Ofrece nuestros sacrificios por nosotros, presenta nuestras oraciones, toma Tú nuestras alabanzas y ponlas en el incensario de oro, y Tú mismo ofrécelas delante del trono de Tu Padre. Regocíjense, hermanos míos, cada vez que oigan el nombre de Cristo, porque Aquel que lo lleva es ungido para ser Sacerdote. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lo mismo sucede en relación con el oficio profético. Vemos a Eliseo ungido para profetizar, y así es Jesús el profeta ungido en medio de Su pueblo. Pedro le habló a Cornelio de “cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y cómo éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Él fue ungido para predicar las buenas nuevas y para sentarse como Maestro de Israel. Nosotros sostenemos que ninguna enseñanza de hombre es autoritativa entre nosotros, excepto el testimonio de Cristo. La enseñanza del Cristo del Señor es nuestro credo, y nada más. Doy gracias a Dios porque en esta iglesia no tenemos que dividir nuestra lealtad entre algún venerable conjunto de artículos y la enseñanza de nuestro Señor. Uno es nuestro Maestro, y no reconocemos ningún derecho de nadie para obligar la conciencia de otro; aunque fueran grandes en piedad y profundos en conocimiento, como Agustín y Calvino, cuyos nombres honramos pues Dios los honró, aun así no tienen dominio sobre el juicio privado en relación al pueblo de Dios. Jesucristo es el Profeta de la Cristiandad. Sus palabras tienen que ser siempre la primera y la última apelación. Este, entonces, es el significado de la palabra “Cristo” (“Christos”). Él es ungido como Rey, Sacerdote y Profeta. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero significa algo más que eso. El nombre Cristo ''declara Sus derechos a esos oficios''. Él no es Rey porque se erija como tal. Dios lo ha establecido como Rey sobre Su santo monte de Sion, y lo ha ungido para gobernar. Él es también Sacerdote, pero no ha asumido el sacerdocio por Sí mismo, pues Él es la propiciación a quien Dios ha designado para el pecado humano. Él es el mediador a quien Dios ha nombrado, y lo ha establecido para ser el único mediador entre Dios y el hombre. Y en cuanto a Su oficio de profeta, Él no habla por Sí mismo; lo que ha aprendido del Padre, eso nos ha revelado. No llega como un profeta que asume el oficio, sino que Dios lo ha ungido para predicar las buenas nuevas a los pobres, y para venir en medio de Su pueblo con las bienvenidas nuevas del amor eterno. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, esta unción significa una tercera cosa: que así como Él tiene el oficio, y es Suyo por derecho, así también ''Él tiene las calificaciones para la obra''. Él es ungido para ser rey. Dios le ha dado poder regio, y sabiduría, y gobierno; lo ha hecho apto para gobernar en la iglesia y para reinar sobre el mundo. Ningún rey es mejor que Cristo, nadie es tan majestuoso como Aquel que llevó la corona de espinas pero que pondrá sobre Su cabeza la corona de la monarquía universal. Tiene también las calificaciones para ser sacerdote, y son calificaciones tales como no las tuvo Melquisedec; tales como no pueden ser encontradas en toda la casa de Aarón, en toda la larga línea de su estirpe. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Bendito Hijo de Dios, perfecto en Ti mismo, que no necesitas un sacrificio para Tu propia causa; Tú le has presentado a Dios una ofrenda que ha perfeccionado para siempre a quienes has apartado, y ahora, sin necesidad de hacer otro sacrificio, Tú has quitado para siempre el pecado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lo mismo sucede con el oficio de profeta del Señor. Él tiene poder para enseñar. “La gracia se derramó en tus labios; por tanto, Dios te ha bendecido para siempre”. Todas las palabras de Cristo son sabiduría y verdad. La sustancia de la verdadera filosofía y del conocimiento cierto han de encontrarse en Él, que es la sabiduría y el poder de Dios. ¡Oh, esa palabra “Cristo”! Pareciera crecer en nosotros cuando reflexionamos en ella; nos muestra los oficios de Cristo, Su derecho a ejercer dichos oficios, y Sus calificaciones para ellos. &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“¡Cristo, ante Ti se inclinan nuestros espíritus!&amp;lt;br&amp;gt;¡Profeta, Sacerdote y Rey eres Tú!&amp;lt;br&amp;gt;Cristo, ungido del Señor,&amp;lt;br&amp;gt;Por siempre has de ser adorado”.'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Ahora, junten los dos títulos y hagan resonar la armonía de las dos melodiosas notas: Jesucristo, Salvador-ungido. ¡Oh, cuán bendito! ¿No ven que nuestro Amado es un Salvador debidamente designado, un Salvador abundantemente calificado? Alma mía, si Dios designa a Cristo como Salvador de los pecadores, ¿por qué preguntas? Dios lo erigió como el Salvador de los pecadores. Vengan, entonces, ustedes, pecadores, tómenlo, acéptenlo y descansen en Él. ¡Oh, cuán necios somos cuando comenzamos a hacer preguntas, y a levantar objeciones y dificultades! Dios declara que Cristo es un Salvador para todos los que confían en Él. Mi pobre corazón confía en Él: tiene paz. Pero, ¿por qué algunos de ustedes imaginan que no puede salvarlos, o preguntan: “Cómo pudiera ser que este hombre me salve?” Dios lo ha designado, tómalo y descansa en Él. Además, Dios lo ha habilitado, dándole la unción de un Salvador. Qué, ¿piensas que Dios no lo ha ceñido con suficiente poder, o que no lo ha provisto con el suficiente mérito con el que pueda salvarte tal como eres? ¿Habrás de limitar lo que Dios ha hecho? ¿Habrás de pensar que Su unción es imperfecta y que no puede habilitar a Jesús para resolver tu caso? ¡Oh, no calumnies así la gracia del cielo! No desprecies de esa manera la sabiduría del Señor; mas honra al Salvador ungido por Dios viniendo ahora, tal como eres, y poniendo tu confianza en Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''Ahora hemos de examinar el segundo punto, SUS MEMORABLES ATRIBUTOS. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Se dice que Él es el mismo. Ahora, Jesucristo no ha sido el mismo en todo tiempo, en cuanto a Su condición, pues una vez fue adorado por los ángeles pero posteriormente fue escupido por los seres viles. Él canjeó los esplendores celestiales de la corte de Su Padre por la pobreza de la tierra, la degradación de la muerte y la humillación del sepulcro. Jesucristo no es y no será siempre el mismo en cuanto a ocupación. Una vez vino a buscar y a salvar lo que se había perdido, pero nosotros, en verdad, cantamos: “El Señor vendrá, pero no el mismo que una vez vino en humildad”. Vendrá con un propósito muy diferente; vendrá para esparcir a Sus enemigos y para quebrantarlos con vara de hierro. Entonces, no hemos de tomar la expresión “el mismo” en el más ilimitado sentido concebible. Revisando el texto griego, uno advierte que pudiera ser leído así: “Jesucristo, ''Él mismo'', ayer, y hoy, y por los siglos”. El Salvador ungido es siempre Él mismo. Él es siempre Jesucristo; y la palabra “mismo”me parece que muestra la más íntima relación con los dos títulos del texto, y es lo mismo que si dijera que Jesucristo es siempre Jesucristo, ayer, y hoy, y por los siglos. Jesucristo es siempre Él mismo; de cualquier manera, si esa no fuera la traducción correcta, es una frase muy correcta y bendita: es dulcemente cierto que Jesucristo es siempre Él mismo. La inmutabilidad es atribuida a Cristo y nosotros comentamos que ''Él fue por siempre para Su pueblo lo que es ahora'', pues Él era el mismo ayer. Se han establecido distinciones, por ciertos hombres sumamente sabios (medidos por su propia estimación de sí mismos), entre el pueblo de Dios que vivió antes de la venida de Cristo, y aquellos que vivieron posteriormente. ¡Hemos llegado a oír que se afirma incluso que aquellos que vivieron antes de la venida de Cristo no pertenecen a la iglesia de Dios! No se sabe qué nuevas cosas oiremos, y tal vez es una misericordia que estas cosas absurdas sean reveladas una a la vez, para que seamos capaces de soportar su estupidez sin morirnos de asombro. Vamos, cada hijo de Dios en cada lugar está parado sobre la misma base; el Señor no tiene algunos hijos preferidos, otra prole de segunda clase, y otros de los que casi no se preocupa. Esos que vieron el día de Cristo antes de que llegara, tenían una gran diferencia en cuanto a lo que sabían, y tal vez, en la misma medida, una diferencia en cuanto a lo que gozaron mientras vivieron en la tierra al meditar sobre Cristo; pero todos ellos fueron lavados en la misma sangre, todos fueron redimidos con el mismo precio de rescate, y fueron hechos miembros del mismo cuerpo. Israel en el pacto de gracia no es el Israel natural, sino todos los creyentes de todas las épocas. Antes de la primera venida, todos los tipos y sombras apuntaban en una dirección: apuntaban a Cristo, y todos los santos lo miraban a Él con esperanza. Aquellos que vivieron antes de Cristo no fueron salvados con una salvación diferente de la salvación que vendrá a nosotros. Ellos ejercieron la fe igual que nosotros debemos hacerlo; esa fe luchó como lucha la nuestra, y esa fe obtuvo su recompensa como la obtendrá la nuestra. Tan semejante como es el rostro de un hombre al rostro que ve en el espejo, así es semejante la vida espiritual de David a la vida espiritual del creyente de ahora. Tomen el libro de los Salmos en su mano, y olvidando por un instante que tienen la representación de la vida de una persona de tiempos antiguos, podrían suponer que David lo acabó de escribir ayer. Incluso en lo que escribe de Cristo, pareciera como si vivió después de Cristo en vez de antes de Él, y tanto en lo que ve de sí mismo como en lo que ve de su Salvador, pareciera ser más bien un escritor cristiano que uno judío; quiero decir que viviendo antes de Cristo tiene las mismas esperanzas y los mismos temores, los mismos gozos y las mismas aflicciones, y hay la misma estimación de su bendito Redentor que ustedes y yo tenemos en estos tiempos. Jesús era el mismo ayer como un Salvador ungido para Su pueblo como lo es hoy, y ellos recibieron de Él dones igualmente preciosos. Si la apreciable agrupación de los profetas pudiera estar aquí hoy, todos les testificarían que Él fue el mismo en cada oficio en los tiempos de ellos como lo es en nuestros días. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
''Jesucristo es ahora el mismo que fue en tiempos idos'', pues el texto dice: “El mismo ayer, y hoy, y por los siglos”. Él es hoy el mismo que era desde la vieja eternidad. Antes de todos los mundos Él planeó nuestra salvación y estableció un pacto con Su Padre para llevarla a cabo. Sus deleites eran con los hijos de los hombres en prospecto, y ahora, hoy, está tan inconmovible en cuanto a ese pacto como siempre. Él no perderá a quienes le fueron dados entonces, ni fallará ni será desanimado antes de que cada estipulación de ese pacto sea cumplida. Todo lo que había en el corazón de Cristo antes de que las estrellas comenzaran a brillar, ese mismo infinito amor está allí hoy. Jesús es hoy el mismo que fue cuando estuvo aquí en la tierra. Hay mucho consuelo en este pensamiento. Cuando Él habitó entre los hombres, estaba sumamente dispuesto a salvar. “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados”, fue el peso de Su clamor; Él sigue llamando todavía a los trabajados y cargados para que vengan a Él. En los días de Su carne no quiso maldecir a la mujer encontrada en adulterio, ni tampoco quiso rechazar a los publicanos y pecadores que se reunían para oírle; Él todavía está lleno de piedad para los pecadores, y les dice todavía: “Ni yo te condeno; vete, y no peques más”. Esa deleitable frase que tan agraciadamente salió de Sus labios: “Tus muchos pecados te son perdonados”, es todavía Su expresión favorita en los corazones humanos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oh, no piensen que Cristo se ha vuelto distante y reservado en el cielo, de tal manera que no pueden acercarse a Él. Tal como era aquí, un Cordero manso y apacible, un hombre a quien los hombres se acercaban sin dudarlo ni un instante, así es Él ahora. Vengan valerosamente a Él, ustedes que son los más viles y los más culpables, acérquense a Él con corazón quebrantado y ojos llorosos. Aunque Él sea Rey y Sacerdote y esté rodeado de un esplendor desconocido, todavía retiene el mismo corazón amoroso y las mismas generosas simpatías para con los hijos de los hombres. Él es todavía el mismo en Su habilidad así como en Su disposición para salvar. Él es todavía Jesucristo, el Salvador ungido. En Sus días terrenales tocó al leproso y le dijo: “Quiero; sé limpio”; llamó a Lázaro de la tumba, y Lázaro salió; pecador, Jesús es todavía capaz de sanarte o revivirte ahora como lo hacía entonces. “Puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos”. Ahora que la sangre ha sido realmente derramada y que el sacrificio ha sido ofrecido plenamente, no hay límite para la habilidad de salvar de Cristo. Oh, ven y confía en Él, y encuentra salvación en Él ahora. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Creyente, te servirá de ánimo recordar también que cuando nuestro Señor estaba aquí en la tierra, mostró una gran perseverancia en Su arte de salvar. Podía decir: “De los que me diste, no perdí ninguno”. Regocíjense porque Él es el mismo hoy. No echará fuera a ninguno de ustedes, ni permitirá que Sus pequeñitos perezcan. Él salvó a todos en los días de Su carne; Él se cuida de guardar a todos seguramente en estos días de Su gloria. Él es el mismo hoy, entonces, como lo era en la tierra. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Bendito sea Su nombre, Jesucristo es hoy el mismo que era en los días apostólicos. Entonces, Él dio la plenitud del Espíritu; entonces, cuando ascendió a lo alto, dio dones a los hombres: apóstoles, predicadores, maestros de la palabra. No pensemos que no veremos ahora días tan buenos como ellos los vieron en Pentecostés. Él es el mismo Cristo. Él podría convertir tan fácilmente a tres mil personas con un sermón hoy, como en el tiempo de Pedro; Su Santo Espíritu no está exhausto, pues Dios no le da el Espíritu por medida. Tenemos que orar para que Él levante entre nosotros hombres eminentes para proclamar el Evangelio. Nosotros no oramos por el ministerio lo suficiente. El ministerio es peculiarmente el don de la ascensión. Cuando Él ascendió a lo alto recibió dones para los hombres y ¿qué les dio? Pues, apóstoles, maestros, predicadores. Cuando pedimos la salvación, argumentamos la sangre. ¿Por qué no pedimos ministros y no argumentamos la ascensión? Si hiciéramos más esto, veríamos que entre nosotros se levantan más Whitefields y Wesleys, más Luteros y Calvinos, más hombres de cepa apostólica y entonces la iglesia reviviría. Jesús es el mismo para enriquecer a Su pueblo con todos los dones espirituales en este año de 1869, como lo era en el año cuando ascendió a Su trono. “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Él es hoy el mismo como lo fue para con nuestros padres. Ellos partieron a su descanso, pero antes de irse nos dijeron lo que Cristo era para ellos; cómo los socorrió en su tiempo de peligro; cómo los liberó en su hora de aflicción. Él hará por nosotros justo lo que hizo por ellos. Algunos que vivieron antes de nosotros fueron al cielo en un carro de fuego, pero Cristo fue muy precioso para ellos en la hoguera. Nosotros tenemos nuestros martirologios que leemos con asombro. ¡Cuán sustentadora fue la compañía de Cristo para quienes estuvieron en prisión, para aquellos que fueron arrojados a los leones, para aquellos que anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras! Inglaterra, Escocia –todos los países donde Cristo fue predicado- se han teñido con sangre y se han ennoblecido con los testimonios de los fieles. Todo lo que Jesús fue para estos seres dignos que han partido, lo es todavía para Su pueblo. Sólo tenemos que pedírselo a Dios, y recibiremos el mismísimo beneficio. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Jesucristo es el mismo hoy”, dice el texto. Entonces Él es el mismo hoy como lo ha sido para nosotros en el pasado. Hemos experimentado grandes deleites por la presencia de Dios; en verdad recordamos el amor de nuestros esponsales, y si no tenemos los mismos gozos hoy, no es por culpa Suya. Está todavía la misma agua en el pozo, y si no la hemos sacado, es culpa nuestra. Nos hemos apartado del fuego y por eso estamos fríos; hemos caminado en dirección contraria a Él, y por tanto, Él camina en dirección contraria a nosotros. Retornemos a Él y Él estará tan contento de recibirnos como en nuestro primer momento de arrepentimiento. Retornemos a Él. Su corazón está tan lleno de amor, y está tan dispuesto a llorar sobre nuestro cuello como cuando venimos por primera vez y buscamos el perdón de Sus manos. Hay mucha dulzura en el texto, pero no puedo demorarme más sobre esa parte del tema; bástenos recordar que Jesucristo es el mismo hoy como lo fue siempre. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, prosiguiendo, ''Cristo será mañana lo que ha sido ayer y es hoy''. Nuestro Señor Jesucristo no cambiará en ningún respecto a lo largo de toda nuestra vida. Podría pasar mucho tiempo antes de que descendamos a nuestras tumbas, pero aunque estos cabellos se tornen todos grises, y estos miembros comiencen a tambalearse y estos ojos se debiliten, Jesucristo tendrá el rocío de Su juventud en Él, y la plenitud de Su amor fluirá todavía hacia nosotros. Y después de la muerte, o si no morimos, en la venida de Cristo y en Su glorioso reino, Jesús será el mismo para Su pueblo entonces como ahora. Pareciera que circula ampliamente una noción entre algunos, que después de Su venida Cristo tratará de manera diferente con Su pueblo de como lo hace ahora. He sido informado por una escuela moderna de inventores (y, como les digo, vivimos para aprender) que algunos de nosotros seremos excluidos del reino cuando Cristo venga. ¡Salvados por la sangre preciosa y llevados muy cerca, y adoptados como miembros de la familia, y nuestros nombres escritos sobre el pectoral de Cristo y, sin embargo, algunos de nosotros seremos excluidos del reino! Tonterías. Yo no veo nada en la palabra de Dios, aunque pudiera haber mucho en las fantasías de los hombres, para apoyar estas novedades. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El pueblo de Dios, igualmente comprado con sangre, e igualmente amado por el corazón de Jesús, será tratado sobre la misma base y la misma balanza; ellos nunca serán puestos bajo la ley, nunca vienen a Cristo para encontrar que Él los gobierna como un Juez legal que los golpea con muchos golpes en un estado futuro, o los excluye de Su estado de Majestad milenial. Él no dará a nadie, como un mero asunto de recompensa, una regla y un gobierno que excluyan a otros de los miembros de Su familia redimida; siempre van a encontrarlo tratándolos a todos conforme a los dictados del amor que no cambia y de la gracia inmutable; y las recompensas del estado milenial serán siempre las de la gracia, serán tales que no excluirán al más insignificante de todos los miembros de la familia, sino que todos tendrán muestras de recompensa procedentes de la mano del amado Señor. Yo sé que no me amará hoy, dándome vislumbres de Su rostro y dejándome deleitarme en Su nombre y, sin embargo, después de todo, que me diga cuando venga que he de quedarme afuera en el frío, sin entrar en Su reino. Yo no tengo ni una sombra de fe en el purgatorio del destierro, que ciertos despreciadores del ministerio han decidido erigir. Me maravilla que en una denominación protestante surja un dogma tan villano como el dogma del purgatorio, y eso, también, proveniente de aquellos que dicen que no son sectarios. Todos estamos equivocados excepto ellos, hermanos; ellos son profundamente cultos y pueden descubrir lo que los más capaces teólogos no han visto nunca. Que Jesús amará a Su pueblo en el tiempo venidero tan fuertemente como lo hace ahora, parece ser una doctrina que si es destruida o es negada, arrojaría aflicción sobre toda la familia de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A lo largo de toda la eternidad, en el cielo, Jesucristo será siempre el mismo, con el mismo amor para Su pueblo, y ellos tendrán el mismo trato familiar con Él; es más, le verán cara a cara, y se regocijarán por siempre en Él como su Salvador inmutable y ungido. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''III. '''Nuestro tiempo se ha acabado, y por tanto, sólo diré dos o tres palabras sobre LOS DERECHOS EVIDENTES de nuestro Señor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si nuestro Señor es “el mismo ayer, y hoy, y por los siglos”, de acuerdo al contexto de nuestro texto, ''Él ha de ser seguido hasta el fin''. Observen el versículo séptimo: “Acordaos de vuestros pastores, que os hablaron la palabra de Dios; considerad cuál haya sido el resultado de su conducta, e imitad su fe”; el significado es que estos santos hombres terminaron sus vidas con Cristo; su salida fue para ir a Jesús, y para reinar con Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amados, si el Señor es todavía el mismo, síganlo hasta alcanzarlo. Su salida de esta vida los llevará donde Él está, y lo encontrarán entonces como siempre fue. Lo verán tal como es. Si Él fuera un fuego fatuo, por siempre cambiando, sería peligroso seguirlo, pero puesto que Él es siempre e igualmente digno de su admiración y ejemplo, síganlo por siempre. El discurso que pronunció Enrique Sexto de Francia fue muy elocuente, cuando en la víspera de la batalla, les dijo a sus soldados: “Caballeros, ustedes son franceses, y yo soy su rey. ¡Allí está el enemigo!” Jesucristo dice: “Ustedes son mi pueblo; Yo soy su líder. ¡Allí está el enemigo!” ¿Cómo nos atreveremos a hacer cualquier cosa indigna de un Señor tal como Él es, o de tal ciudadanía como la que nos ha otorgado? Si somos en verdad Suyos, y si Él es en verdad inmutable, perseveremos hasta el fin por el poder de Su Santo Espíritu, para que obtengamos la corona. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El siguiente derecho evidente de Cristo sobre nosotros es que ''hemos de estar firmes en la fe''. Noten el versículo noveno: “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos. No os dejéis llevar de doctrinas diversas y extrañas”. No hay nada nuevo en teología salvo aquello que es falso. Todo lo que es verdadero es antiguo, aunque no digo que todo lo que es antiguo sea verdadero. Algunos hablan de desarrollos como si no estuviera descubierta todavía la religión cristiana completa; pero la religión de Pablo es la religión de todo hombre que es enseñado por el Espíritu Santo. Por tanto, no debemos consentir ni por un momento la idea de que se ha descubierto algo que pudiera corregir la enseñanza de Cristo; de que ha surgido alguna nueva filosofía o descubrimiento de la ciencia para corregir el declarado testimonio de nuestro Redentor. Sostengamos firmemente lo que hemos recibido, y no nos apartemos nunca de “la verdad que ha sido una vez dada a los santos” por el propio Cristo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si Jesús es inmutable, ''tiene un derecho evidente para nuestra más solemne adoración''. La inmutabilidad es únicamente el atributo de Dios. Quien es “el mismo ayer, y hoy, y por los siglos”, tiene que ser divino. Entonces, creyente, lleva siempre tu adoración a Jesús; arroja tu corona a los pies de Aquel que fue crucificado. Brinda honores divinos y regios a Aquel que se sometió a la ignominia de la crucifixión. Te ufanas del Hijo de Dios hecho hombre para ti; que nadie te impida gloriarte de eso. Adórale como a Dios sobre todo, bendito por siempre. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, Él exige de nosotros que ''confiemos en Él''. Si Él es siempre el mismo, aquí hay una roca que no puede ser conmovida; construye sobre ella. Aquí hay un ancla; arroja tu ancla de esperanza sobre ella y aférrate sólidamente en tiempo de tormenta. Si Cristo fuera variable, no sería digno de tu confianza. Puesto que Él es eternamente inmutable, apóyate en Él sin miedo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y, por último, si Él es siempre el mismo, regocíjate en Él, y regocíjate siempre. Si alguna vez tuviste una causa de regocijarte en Cristo, siempre tienes una causa, pues Él no cambia nunca. Si ayer podías cantar acerca de Él, hoy puedes cantar acerca de Él. Si Él cambiara, tu gozo podría cambiar; pero si el torrente de tu alegría brota única y exclusivamente de este grandioso abismo de la inmutabilidad de Jesús, entonces nunca detendrá su corriente. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amados, “regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: regocijaos”; y, hasta que apunte el día, y huyan las sombras, hasta que llegue la bendita hora cuando le veamos cara a cara y seamos hechos semejantes a Él, éste ha de ser nuestro gozo: que “Él es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos”. Amén.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

	<entry>
		<id>http://es.gospeltranslations.org/wiki/Si_no_hay_Resurrecci%C3%B3n</id>
		<title>Si no hay Resurrección</title>
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				<updated>2011-01-02T17:09:16Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|If There is No Resurrection}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
''“Pero si se predica de Cristo que resucitó de los muertos, ¿cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Porque si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe. Y somos hallados falsos testigos de Dios; porque hemos testificado de Dios que él resucitó a Cristo, al cual no resucitó, si en verdad los muertos no resucitan. Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados. Entonces también los que durmieron en Cristo perecieron. Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres”. ''1 Corintios 15: 12-19. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nuestra religión no está basada en opiniones, sino en hechos. Oímos a veces que algunas personas dicen: “Esos son tus puntos de vista, y éstos son los nuestros”. Prescindiendo de cuáles sean sus “puntos de vista”, eso es un asunto menor. ¿Cuáles son los hechos del caso? Después de todo, si necesitamos un fundamento firme, debemos llegar a los hechos reales. Ahora, los grandiosos hechos del Evangelio son: que Dios se encarnó en Cristo Jesús, vivió aquí una vida de santidad y amor, murió en la cruz por nuestros pecados, fue sepultado en el sepulcro de José, al tercer día resucitó de los muertos, y después de un breve tiempo, ascendió al trono de Su Padre donde se sienta ahora, y pronto vendrá para ser nuestro Juez, y en ese día los muertos en Cristo resucitarán en virtud de su unión con Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces, en poco tiempo, dentro de la Iglesia de Dios surgieron personas que comenzaron a disputar en contra de los principios fundamentales y cardinales de la fe, y lo mismo sigue ocurriendo ahora. Cuando quienes están fuera de la Iglesia niegan que Cristo sea el Hijo de Dios, cuando niegan Su sacrificio expiatorio y niegan Su resurrección, no nos sorprende en absoluto. Son incrédulos, y sólo actúan de conformidad a su profesión de incredulidad. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero cuando dentro de la Iglesia hay hombres que se identifican como cristianos, pero niegan la resurrección de los muertos, nuestra alma se agita en nuestro interior, pues, es un mal sumamente grave y serio dudar de esas santas verdades. No saben lo que hacen. No pueden ver todo el resultado de su incredulidad. Si pudieran verlo, uno pensaría que retrocederían horrorizados, y pondrían a la verdad en su lugar y dejarían que permaneciera donde debe estar, donde Dios la ha puesto. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La resurrección de los muertos ha sido atacada, y es todavía asediada por quienes se llaman cristianos e incluso por quienes se hacen llamar ministros cristianos pero que volatilizan la idea misma de la resurrección de los muertos, de tal manera que nos encontramos hoy, en cierta medida, en una condición semejante a la que se encontraba la iglesia de Corinto cuando, en su propio seno, se levantaron hombres que profesaban ser seguidores de Cristo pero decían que no había resurrección de los muertos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El apóstol Pablo, después de haber dado su testimonio y recapitulado las pruebas acerca de la resurrección de Cristo, procede a mostrar las terribles consecuencias que habría si no hubiera resurrección de los muertos y Cristo no hubiera resucitado. Demostró que esta es una verdad fundacional y, si fuera eliminada, muchas más cosas de las que suponían serían eliminadas; en verdad, todo se desvanecería, según procedió a demostrar. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Queridos amigos, nunca debemos alterar la verdad de Dios. Yo recurro a ella, en la medida de lo posible, para gozar del consuelo de la verdad, y para aprender las lecciones espirituales de la Palabra de Dios, y no me erijo en un crítico suyo; y descubro que es inmensamente de más bendición para mi propia alma adorar con fe, que inventar incrédulamente objeciones o incluso tratar de hacerles frente diligentemente. Hacer frente a las objeciones es una labor sin término. Cuando has matado a un regimiento de objeciones, otro regimiento ya viene al ataque; y cuando has pasado por espada a legiones enteras de dudas, las personas que dudan todavía pulularán en torno a ti como las ranas de Egipto. Es un mal negocio. No responde a ningún fin práctico. Es muchísimo mejor creer firmemente lo que profesas creer, y asumir todas las benditas consecuencias de cada una de las verdades que, en tu propio corazón y en tu alma, has recibido del Señor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Una de las verdades que creemos con mayor firmeza es que habrá una resurrección de todos aquellos que mueren en Cristo. Habrá una resurrección de los impíos así como de los piadosos. Nuestro Señor Jesús les dijo a los judíos: “De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán. Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo; y también le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre. No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación”. Pablo declaró ante Félix la doctrina de la “resurrección de los muertos, así de justos como de injustos”. Pero su argumento para con los corintios se refería especialmente a los creyentes que resucitarán de los muertos y estarán con Cristo en el día de Su venida, revividos con la vida que le revivió a Él, y resucitados para compartir la gloria que el Padre le ha dado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''El argumento de Pablo comienza aquí, y este será nuestro primer encabezado: SI NO HAY RESURRECCIÓN DE MUERTOS, CRISTO NO RESUCITÓ. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si la resurrección de los muertos fuera algo imposible, entonces Cristo no pudo haber resucitado de los muertos. Ahora, ''los apóstoles dieron testimonio de que Cristo había resucitado''. Se habían encontrado con Él, habían estado con Él, le habían visto comer un trozo de un pez asado y un panal de miel en una ocasión. Le habían visto realizar actos que no podían ser realizados por un espíritu, ya que requerían que fuera de carne y hueso. En verdad, Él dijo: “Un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo”. Uno de ellos metió su dedo en el lugar de los clavos, y fue invitado a meter su mano en el costado de Cristo. Fue reconocido por dos de Su discípulos al partir el pan, una señal familiar por la cual le reconocían mejor que por cualquier otra cosa. Le oyeron hablar, conocían los tonos de Su voz. No fueron engañados. En una ocasión, quinientos de Sus discípulos le vieron con claridad; o, si hubiese alguna posibilidad de un error estando todos juntos, no fueron engañados cuando le vieron uno a uno y entraron en una comunión personal muy cercana con Él, cada uno en diferentes circunstancias. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Ahora”, -dice Pablo- “si no hubiese resurrección de los muertos, si eso fuera imposible, entonces, por supuesto, Cristo no resucitó; y, sin embargo, todos nosotros les aseguramos que lo vimos, y que estuvimos con Él, y tendrían que creer que todos nosotros somos mentirosos, y que la religión cristiana es una mentira, o bien, tienen que creer que hay una resurrección de los muertos”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Pero”, -dirá alguien- “Podría ser que Cristo resucitara, mas no necesariamente Su pueblo”. No es así, pues de acuerdo a nuestra fe y a nuestra firme creencia, ''Cristo es uno con Su pueblo''. Cuando Adán pecó, la raza humana entera cayó en Adán, pues era uno con él; en Adán todos murieron. Incluso quienes no pecaron a la manera de la transgresión de Adán, han muerto. La sentencia de muerte ha tenido efecto incluso sobre los infantes, porque eran uno con Adán. No se puede separar a Adán de su posteridad. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, Cristo es el segundo Adán, y Él tiene una posteridad. Todos los creyentes son uno con Él, y nadie puede separarlos de Él. Si ellos no viven, entonces Él no vivió; si Él no resucitó, entonces ellos no resucitarán. Pero lo que le suceda a Él tiene también que sucederles a ellos. La Cabeza y los miembros están tan unidos entre sí que no hay forma de separarlos. Si Él hubiera dormido un sueño eterno, entonces toda alma justa habría hecho también lo mismo. Si Él resucitó, ellos tienen que resucitar, pues Él los ha tomado para Sí para que sean parte y porción de Su propio ser. Él murió para que ellos pudieran vivir. Porque Él vive, ellos también vivirán, y ellos han de ser por siempre partícipes de Su vida eterna. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces, este es el primer argumento de Pablo para la resurrección de los justos: que, en tanto que Cristo resucitó, ellos han de resucitar, pues están identificados con Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''Pero ahora Pablo sigue adelante con su tema, no tanto argumentando sobre la resurrección de otros, como sobre la resurrección de Cristo; y su siguiente razonamiento es que, SI NO HAY RESURRECCIÓN, LA PREDICACIÓN APOSTÓLICA SE DESPLOMARÍA: “Si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación” (vean el versículo catorce). “Y somos hallados falsos testigos de Dios; porque hemos testificado de Dios que él resucitó a Cristo, al cual no resucitó, si en verdad los muertos no resucitan”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
''Si Cristo no resucitó, los apóstoles fueron falsos testigos''. Cuando un hombre da un falso testimonio, usualmente tiene un motivo para hacerlo. ¿Qué motivo tenían aquellos hombres? ¿Qué ganaban con dar un falso testimonio tocante a la resurrección de Cristo? Si Cristo no había resucitado, todo era pérdida sin ninguna ganancia para ellos. Los apóstoles declararon en Jerusalén que Él había resucitado de los muertos, y en seguida los hombres comenzaron a encarcelarlos y a matarlos. Los sobrevivientes daban el mismo testimonio. Estaban tan plenamente convencidos de él, que viajaron a distantes países para contar la historia de Jesús y de Su resurrección de los muertos. Algunos fueron a Roma, algunos a España. Probablemente algunos incluso vinieron a esta remota isla de Bretaña. Dondequiera que iban, testificaban que Cristo había resucitado de los muertos, y que le habían visto vivo, y que Él era el Salvador de todos aquellos que confiaban en Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así predicaron siempre, y ¿qué fue lo que les pasó? Yo podría decir con Pablo, que: “Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados”. Fueron llevados delante del Emperador romano una y otra vez, y delante de los procónsules, y fueron amenazados con la más dolorosa de las muertes; pero ni uno solo de ellos se retractó jamás de su testimonio relativo a la resurrección de Cristo. Sostuvieron su declaración de que le habían conocido en vida, de que muchos de ellos habían estado cerca de Él en Su muerte, y que todos habían tenido comunión con Él después de Su resurrección. Ellos declaraban que Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios, que murió y fue sepultado, que resucitó y que hay salvación para todos los que crean en Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Eran estos hombres testigos falsos? Si así fuera, serían los testigos falsos más extraordinarios que jamás existieran. ¿Cuál era su moral? ¿Qué tipo de hombres eran? ¿Eran unos borrachos? ¿Eran unos adúlteros? ¿Eran unos ladrones? No; eran los mejores hombres y los más puros de la humanidad; sus adversarios no podían presentar ninguna acusación en contra de su conducta moral. Eran eminentemente honestos y hablaron con el acento de la convicción. Como ya les he dicho, padecieron por su testimonio. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, bajo la ley, el testimonio de dos hombres tenía que ser aceptado; pero, ¿qué diremos del testimonio de quinientos hombres? Si fue verdad cuando declararon inicialmente que Jesucristo resucitó de los muertos, es verdad igualmente ahora. No importa que el evento sucediera hace casi mil novecientos años; sigue siendo igualmente cierto ahora. Los apóstoles dieron un testimonio que no podría ser contradicho, y por tanto, es firme todavía. No podemos suponer que todos aquellos hombres apostólicos eran falsos testigos de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si siquiera supusiéramos que estaban equivocados en este asunto, ''deberíamos sospechar de su testimonio sobre todo lo demás'', y el único resultado lógico sería renunciar enteramente al Evangelio. Si hubieran estado equivocados en cuanto a que Cristo resucitó de los muertos, no serían testigos creíbles de ninguna otra cosa; y si quedaran desacreditados, toda nuestra religión se desplomaría con ellos; la fe cristiana, y especialmente todo lo que los apóstoles construyeron con base en la resurrección, debería ser arrojado por la puerta como un completo engaño. Los apóstoles enseñaron que la resurrección de Cristo de los muertos fue la evidencia de que Su sacrificio fue aceptado. Enseñaron que resucitó para nuestra justificación, que Su resurrección es la esperanza de los creyentes en esta vida y la seguridad de la resurrección de sus cuerpos en la vida venidera. En el instante en que duden de la resurrección del Señor de los muertos, tienen que renunciar a toda su esperanza de salvación. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En cuanto a Pablo, quien se pone a sí mismo con el resto de los apóstoles y dice: “Si Cristo no resucitó… somos hallados falsos testigos de Dios”, me aventuro a solicitarle que pase al frente en calidad de un testigo solitario de la categoría más convincente. No necesito recordarles cómo se oponía a Cristo al principio. Era fariseo de fariseos y uno de los más intolerantes miembros de la secta que odiaba el propio nombre de Cristo. Tenía una justicia que sobrepasaba a la de los hombres de su tiempo. Pablo era un líder religioso y un perseguidor y, sin embargo, estaba tan convencido de la aparición de Cristo a él en el camino a Damasco que, a partir de entonces, experimentó un cambio radical predicando con un celo ardiente la fe que una vez blasfemó. Envuelve a Pablo una honestidad que convence en seguida y si no hubiere visto al Salvador resucitado de los muertos, no habría sido el hombre que afirmara que lo vio. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Queridos hermanos, pueden estar seguros de que Jesucristo resucitó en verdad de los muertos. No pueden desechar a esos buenos hombres como impostores; no pueden catalogar al apóstol Pablo entre aquellos individuos fácilmente engañables o entre los engañadores de los demás; entonces, pueden estar seguros de que Jesucristo resucitó verdaderamente de los muertos, de conformidad a las Escrituras. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''III. '''Además, el argumento de Pablo es que SI NO HAY UNA RESURRECCIÓN, LA FE SE CONVERTIRÍA EN UN ENGAÑO. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así como tendríamos que renunciar a los apóstoles, con toda su enseñanza, ''si Cristo no resucitó de los muertos'', así también tendríamos que concluir que ''sus oyentes creyeron en una mentira'': “Vana es también vuestra fe”. Amados, me dirijo a quienes han creído en el Señor Jesucristo y confían en Él con gran consuelo y paz para sus mentes, sí, y que han experimentado un cambio radical de corazón y un cambio radical en sus vidas a través de la fe en Cristo. Ahora, si Él no resucitó de los muertos, ustedes están creyendo en una mentira. Reflexionen en esto: si Él no resucitó literalmente de los muertos al tercer día, esta fe suya que les da consuelo, esta fe que les ha renovado en corazón y vida, esta fe que ustedes creen que los está conduciendo al hogar del cielo, tiene que ser abandonada como un puro engaño pues su fe está basada en una falsedad. ¡Oh, qué terrible conclusión sería esta! Pero la inferencia sería claramente cierta si Cristo no resucitó; estarían arriesgando su alma por una falsedad si Cristo no resucitó de los muertos. Esa es una declaración terrible. Yo lo expresé el domingo pasado y lo repito ahora: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Sobre una vida que no viví,''&amp;lt;br&amp;gt;''Sobre una muerte que no morí,''&amp;lt;br&amp;gt;''Arriesgo mi eternidad entera”.'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Así es. Si Jesús no murió por mí y no resucitó por mí, estoy perdido; no tengo ni un rayo de consuelo que provenga de otra dirección; no dependo de nada excepto de Jesús crucificado y resucitado; y si esa áncora de salvación fallara, todo fallaría con ella, en mi caso, y lo mismo ha de suceder en el caso suyo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Vana es también vuestra fe”, escribió Pablo a los corintios, pues, ''si Cristo no resucitó, la prueba será demasiado grande para que la soporte la fe'', pues tiene a la resurrección de Cristo de los muertos como la propia clave del arco. Si no resucitó, tu fe se apoya en algo que nunca sucedió y no es cierto y, ciertamente, tu fe no aguantaría ni esa ni ninguna otra prueba. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Al creyente le sobreviene, cada vez y cuando, un tiempo de gran prueba. ¿Has yacido en alguna ocasión -como me ha sucedido varias veces a mí- lleno de dolor, casi por cruzar la frontera de este mundo y enfrentar la eternidad, al borde de la eternidad y mirando hacia el terrible abismo? Allí, a menos que estés seguro acerca del cimiento de tu fe, estarías en una condición verdaderamente terrible. A menos que tengas entonces una sólida roca debajo de ti, tu esperanza se desvanecería para convertirse en nada, y tu confesión te dejaría solo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando estás seguro de que “Ha resucitado el Señor verdaderamente”, entonces sientes que hay algo debajo de tu pie que es inconmovible. Si Jesús murió por ti, y Jesús resucitó por ti, entonces, mi querido hermano, no sientes miedo ni siquiera de aquel tremendo día cuando la tierra será quemada y los elementos se derretirán con calor ardiente. Sientes una confianza que pasará incluso esa prueba. Si Cristo no resucitó de los muertos y estás apoyando tu alma en la creencia de que Él resucitó, qué fracaso sería para ti en el otro mundo, qué frustración cuando no te despiertes en Su semejanza, ¡qué espantoso sería si no hubiera perdón de pecado ni salvación por medio de la sangre preciosa! Si Cristo no resucitó, vana es tu fe. Si es vana, renuncia a ella; no te aferres a algo que no es cierto. Yo preferiría sumergirme en el agua, y nadar o vadear a través del río, que confiarme a un puente podrido que se rompería por el centro. Si Cristo no resucitó, no confíes en Él, pues vana sería tal fe; pero, si tú crees que en verdad murió por ti y resucitó por ti, entonces cree en Él, gozosamente confiado en que un hecho como éste proporciona una sólida base para tu fe. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''IV. '''Ahora voy a avanzar un poco más. Pablo dice a continuación que SI NO HAY NINGUNA RESURRECCIÓN, PERMANECÍAN EN SUS PECADOS: “Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Ah!, ¿podrías soportar ese pensamiento, amado mío en Cristo, que todavía estás en tus pecados? Yo creo que su simple sugerencia se apodera de ti, te aterra y te congela la sangre. No hace mucho tiempo tú estabas en tus pecados, muerto en ellos, cubierto con ellos como con un manto carmesí, y estabas condenado y perdido. Pero ahora, tú crees que Cristo te ha sacado de tus pecados, y te ha lavado y te ha limpiado con Su sangre preciosa; sí, y te ha cambiado de tal manera que el pecado no tendrá dominio sobre ti, pues ahora, por la gracia, eres un hijo de Dios. Bien, pero si Cristo no resucitó, aún estás en tus pecados. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Observa eso, pues ''entonces no se hizo una expiación''; al menos, no se hizo una expiación satisfactoria. Si la expiación de Cristo por el pecado hubiere sido insatisfactoria, Él habría permanecido en la tumba. Él fue allí por nosotros, como un rehén por nosotros; y si lo que hizo sobre el madero no hubiera satisfecho la justicia de Dios, entonces no habría salido jamás del sepulcro. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Piensen por un instante cuál sería nuestra posición si yo me parara aquí para predicar únicamente a un Cristo muerto y sepultado! Él murió hace casi mil novecientos años; pero supongan que nunca se hubiera sabido nada de Él desde entonces. Si no hubiera resucitado de los muertos, ¿podrías tener confianza en Él? Tú dirías: “¿Cómo podríamos saber que Su sacrificio fue aceptado?” Cantamos con mucha verdad: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Si Jesús no hubiera pagado nunca la deuda,''&amp;lt;br&amp;gt;''Nunca habría sido puesto en libertad”.'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
La Fianza habría estado sujeta a ataduras a menos que hubiere cumplido con toda su responsabilidad; pero Él lo hizo y ha resucitado de los muertos: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Y ahora ambos, la Fianza y el pecador, son libres”.'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Entiendan claramente lo que les estoy diciendo. El Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, asumió la totalidad de la culpa de todo Su pueblo. “Mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros”. Él murió, y por Su muerte obtuvo el pleno cumplimiento de todas nuestras obligaciones. Pero Su resurrección fue, por decirlo así, el recibo del pago completo, el comprobante de que Él cumplió con el total de las tremendas deudas que había asumido; y ahora, puesto que Cristo resucitó, ustedes que creen en Él no están en sus pecados. Pero, si Él no resucitó, entonces habría sido cierto que “aún estáis en vuestros pecados”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Habría sido cierto, también, en otro sentido. La vida por la que viven los verdaderos creyentes es la vida de resurrección de Aquel que dijo: “Porque yo vivo, vosotros también viviréis”. Pero ''si Cristo no resucitó, no hay vida para quienes están en Él''. Si todavía estuviese dormitando en el sepulcro, ¿dónde estaría la vida que ahora nos llena de gozo y nos conduce a aspirar las cosas celestiales? No habría vida para ustedes si no hubiera habido primero vida para Él. “Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos”, y en Él, ustedes resucitan a una vida nueva; pero, si Él no resucitó, aún están muertos, aún están bajo pecado, aún están sin la vida divina, aún sin la vida inmortal y eterna que habrá de ser su vida en el cielo a lo largo de la eternidad. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces, ustedes ven, una vez más, las consecuencias que se siguen de: “Si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''V. '''Ahora sigue, si es posible, una consecuencia aún más terrible. SI NO HAY RESURRECCIÓN, TODOS LOS MUERTOS PIADOSOS HAN PERECIDO: “Entonces también los que durmieron en Cristo perecieron”. “Perecieron” que no significa “aniquilados”; están en una peor condición que ésa. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Una frase ha de ser explicada por la otra que le precedió; ''si Jesucristo no resucitó, aún están en sus pecados''. Murieron, y nos decían que habían sido lavados con la sangre y perdonados y que esperaban ver el rostro de Dios con gozo; pero si Cristo no resucitó de los muertos, no hay ningún pecador que haya ido al cielo, no hay ningún santo que haya muerto que haya tenido jamás alguna esperanza real; ha muerto bajo engaño y ha perecido. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si Jesucristo no resucitó, los muertos piadosos aún están en sus pecados, ''y nunca podrían resucitar''; pues, si Cristo no resucitó de los muertos, ellos no podrían resucitar de los muertos. Únicamente por medio de Su resurrección hay resurrección para los santos. Los impíos resucitarán para vergüenza y para eterno desprecio; pero los creyentes resucitarán a la vida eterna y a la felicidad, por su unidad con Cristo; pero, si Él no resucitó, ellos no podrían resucitar. Si Él estuviera muerto, ellos tendrían que estar muertos, pues tienen que compartir con Él. Ellos son y siempre tienen que ser uno con Él; y todos los santos que han muerto murieron bajo error si Cristo no resucitó. Nosotros desechamos ese pensamiento con aborrecimiento. Muchos de nosotros hemos tenidos padres y amigos amados que han muerto en el Señor, y sabemos que la plena seguridad de su fe no fue un error. Hemos visto morir a hijos amados en la esperanza segura y cierta de una gloriosa resurrección; y sabemos que no fue un error de su parte. He estado junto al lecho de muchos moribundos &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
creyentes, muchos de ellos triunfantes y muchos más tranquilos y calmados como una dulce noche de verano. No estaban equivocados. No, queridos amigos, con fe en Cristo, que vivió, y murió y resucitó, tenían confianza en medio del dolor, y gozo en la hora de su partida. No podemos creer que estaban equivocados; por tanto, confiamos que Jesucristo resucitó de los muertos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''VI. '''Además, SI NO HAY RESURRECCIÓN, NUESTRA FUENTE DE GOZO DESAPARECERÍA. Si Jesús no resucitó de los muertos, nosotros, que creemos que resucitó, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres: “Si en esta vida solamente esperamos en Cristo”, y ciertamente no tenemos ninguna esperanza de cualquier otra vida aparte de Cristo, “somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Qué quiere decir Pablo? ¿Que los hombres cristianos son más dignos de conmiseración que los demás, si estuvieran equivocados? No, no quiere decir eso; pues aún el error, si fuera un error, les proporciona gozo; el error, si fuera un error, les produce confianza y paz en el presente. Pero suponiendo que tuvieran la seguridad de que están bajo un error, de que cometieron un error, su consuelo se esfumaría, y serían los más dignos de conmiseración de todos los hombres. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
''Los creyentes han renunciado a los goces sensuales''; han renunciado diligentemente a ellos; no encuentran ningún consuelo en ellos. Hay mil cosas en las que los mundanos encuentran un tipo de gozo, todas las cuales son despreciadas por el cristiano. Bien, si has renunciado al pan color café y no puedes comer el pan blanco, entonces padeces de hambre. Si consideramos que el júbilo de los mundanos no es mejor que las algarrobas que comen los cerdos, y no hay ningún pan para nosotros en el hecho de que Cristo resucitó de los muertos, entonces, verdaderamente estamos pasando hambre. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y, más que eso, ''ahora hemos aprendido cosas superiores''. Hemos aprendido a amar la santidad y la buscamos. Hemos aprendido a amar la comunión con Dios, y hablar con nuestro Padre y con nuestro Salvador se ha convertido en nuestro cielo. Ahora buscamos las cosas que son espirituales; y tratamos de manejar las cosas que son carnales como deben ser tratadas, como cosas que han de ser usadas pero no abusadas. Ahora si después de haber gustado estos goces superiores, resulta ser que no son nada, y resultan ser nada si Jesús no resucitó de los muertos, entonces, en verdad, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Más que eso, ''hemos tenido excelsas esperanzas'', esperanzas que han hecho saltar de gozo a nuestros corazones. Hemos estado listos algunas veces a salirnos de inmediato del cuerpo, con deleites y arrebatos excelsos, en la expectativa de estar “con Cristo, lo cual es muchísimo mejor”. Hemos dicho: “Y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios; al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro”. Hemos sido embelesados con la plena convicción de que nuestros ojos “verán al Rey en su hermosura; verán la tierra que está lejos”; y si eso no fuera seguro, si se pudiera probar que nuestras esperanzas son vanas, entonces somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Se preguntarán por qué me he demorado tanto en presentar estos puntos, y cuál es mi propósito. Bien, mi propósito es éste: después de todo, todo gira alrededor de un hecho, un antiguo hecho, y si ese hecho no fuera un hecho, todo dependería de nosotros. Si Jesucristo no resucitó de los muertos, entonces Su Evangelio se desintegra por completo. Lo que quiero que adviertan es esto: que tiene que haber una base de hecho en nuestra religión; estas cosas tienen que ser hechos, o de lo contrario, nada podría proporcionarnos consuelo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nuestras esperanzas eternas no dependen de nuestra condición moral; pues, observen que estos hombres de Corinto no habrían sido ni mejores ni peores si Cristo no hubiera resucitado de los muertos. Su carácter era justo el mismo. Había sido formado, es cierto, por una fe en que Él resucitó de los muertos; pero si resucitó o no resucitó, ellos eran justamente los mismos hombres, de tal forma que su esperanza no dependía de su buena condición moral. El apóstol no dice: “Si ustedes están o no en tal y tal condición moral”, sino, “Si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestro pecados”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces, amados míos, la razón por la que están seguros es porque Cristo murió por ustedes, y porque resucitó; no es el resultado de lo que son, sino de lo que Él hizo. El eje principal de todo ello no está en ustedes: está en Él, y ustedes han de poner su confianza, no en lo que ustedes son, o esperan ser, sino completa y enteramente en un gran hecho que ocurrió hace cerca de mil novecientos años. Si Él no resucitó de los muertos, ustedes aún están en sus pecados, sin importar lo buenos que pudieran ser; pero si Él resucitó de los muertos, y ustedes son uno con Él, ustedes no están en sus pecados; todos ellos han sido quitados, y ustedes son “aceptos en el Amado”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora doy otro paso hacia el frente. La grandiosa esperanza que tienen ustedes no depende de su estado espiritual. Tienen que nacer de nuevo; tienen que tener un nuevo corazón y un recto espíritu, o de lo contrario, no pueden asir a Cristo, y Él no es suyo; pero aún así, su última esperanza no radica en lo que ustedes sean espiritualmente, sino en lo que Él es. Cuando la oscuridad les embarga el alma, y ustedes dicen: “tengo miedo de no ser convertido”, aún así, crean en Él, que resucitó de los muertos; y cuando, después de que hayan tenido una visión de ustedes mismos, estén resbalándose hacia una negra desesperación, aférrense a Aquel que los amó, y se entregó por ustedes y resucitó de los muertos por ustedes. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si tú crees que Cristo resucitó de los muertos, y si este fuera el cimiento de tu esperanza del cielo, esa esperanza permanece muy firme, ya sea que seas brillante o torpe, que puedas cantar o te veas forzado a suspirar, que puedas correr o que estés tullido y con tu pierna quebrada, y seas capaz únicamente de yacer a los pies de Cristo. Si Él murió por ti, y resucitó por ti, allí está el cimiento de tu confianza, y te ruego que te apegues a eso. ¿Ves cómo Pablo insiste en esto? “Si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados”. La conclusión es que si Cristo resucitó, y tú tienes fe en Él, tu fe no es vana, y no estás en tus pecados y eres salvo. Tu esperanza no ha de estar aquí, en lo que tus manos puedan hacer, sino allá, en aquella cruz, en lo que Él hizo, y allá, en aquel trono, en Aquel que resucitó para tu justificación. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La cosa más difícil del mundo pareciera ser lograr que la gente se apegue a esta verdad, pues he notado que mucho de la doctrina del pensamiento moderno no es nada sino la justicia propia disfrazada de nuevo. Les está pidiendo a los hombres que todavía crean en ellos mismos, que confíen en su carácter moral, que confíen en sus aspiraciones morales, o en esto o en aquello. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Estoy aquí esta noche para decirles que la base de su esperanza no es ni siquiera su propia fe, ni mucho menos sus propias buenas obras; sino que la base de su esperanza es lo que Cristo hizo de una vez por todas, pues “vosotros estáis completos en él”, y nunca podrían estar completos de ninguna otra manera. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aquí, además, quiero que noten que Pablo no dice que ser perdonados y salvados dependa de su sinceridad o de su denuedo. Han de ser sinceros y denodados; Cristo no es suyo si no lo son; pero aún así, podrían ser muy sinceros, y muy denodados y, sin embargo, haber estado equivocados todo el tiempo; y entre más sinceros y denodados sean de la manera equivocada, más se descarriarán. El hombre de justicia propia puede ser muy sincero cuando se esfuerza por establecer una justicia propia; pero entre más lo haga, más se arruina a sí mismo. Pero aquí está el blanco al que tienen que apuntar, no a su sinceridad, aunque debe haber sinceridad; pero si Cristo resucitó, y en eso basan sus esperanzas, entonces no están en sus pecados, sino que son aceptos en Cristo, y justificados en Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En esto me baso yo, y ruego a cada creyente que se base en esto. Hay muchos nuevos descubrimientos hechos por la ciencia; nos agrada saber eso. Yo espero que seamos capaces de viajar más rápidamente, y pagar menos por hacerlo. Espero que tengamos mejor luz, y que no sea tan cara. Entre más haya verdadera ciencia, mejor; pero cuando la ciencia entra para decirme que ha descubierto algo acerca del camino al cielo, entonces yo le presto oídos sordos. “Si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe… aún estáis en vuestros pecados”. Pero si Cristo resucitó, entonces sé en dónde estoy. Si realmente es así: si Él es Dios en carne humana; si tomó mi pecado, y asumió las consecuencias de él, y lo limpió por completo desde el tribunal del Altísimo; si Su resurrección es el testimonio de Dios de que la obra está hecha, y de que Cristo, que intervino como Sustituto por mí, es aceptado en mi favor, ¡oh, aleluya, aleluya! ¿Qué más necesito, sino alabar y bendecir el nombre de Aquel que me ha salvado con una salvación eficaz? Ahora voy a trabajar para Él. Ahora gastaré lo mío y yo mismo me gastaré a Su servicio. Ahora voy a odiar todo camino falso y todo pecado, y voy a buscar la pureza y la santidad; pero no, en ningún sentido, como el fundamento de mi confianza. Mi única esperanza en el tiempo y en la eternidad es Jesús, únicamente Jesús; Jesús crucificado y resucitado de los muertos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo no conozco ningún pasaje de la Escritura que, de manera más completa que éste, ponga el énfasis donde debe ir el énfasis, no en el hombre, sino en Cristo únicamente: “Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oh, amado oyente, si quieres ser salvado, tu salvación no radica en nada tuyo, sino en Él que abandonó el seno del Padre, y descendió a la tierra como un bebé en Belén, y se acogió a los pechos de una mujer; sobre Él, que vivió aquí durante treinta y tres años una vida de sufrimiento y dura labor, y que luego tomó sobre Sí el pecado de Su pueblo, y lo llevó al madero, y allí asumió todas las consecuencias del pecado en Su propio cuerpo: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Aguantó todo lo que el Dios Todopoderoso podía soportar,''&amp;lt;br&amp;gt;''Con fuerza suficiente, pero sin desperdiciar nada de ella”.'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Jesucristo aguantó aquello que ha convertido al perdón de Dios en un acto de justicia, y vindicó Su perdón del pecado de tal forma que nadie puede decir que Él es injusto cuando pasa por alto la transgresión. Cristo hizo todo eso; y luego, muriendo, fue puesto en el sepulcro, pero, al tercer día, Su Padre lo resucitó de los muertos en señal de que dijo la verdad cuando afirmó en la cruz: “Consumado es”. Ahora la deuda está pagada; entonces, ¡oh pecador, abandona tu prisión, pues tu deuda está pagada! ¿Estás encerrado en la desesperación por causa de tu deuda del pecado? Toda tu deuda ha sido liquidada si has creído que Él resucitó de los muertos. Él ha quitado todo tu pecado, y eres libre. Ese texto de las ordenanzas en contra tuya está ahora clavado en Su cruz. Prosigue tu camino, y canta: “Ha resucitado el Señor verdaderamente”, y sé tan feliz como los pájaros del aire, hasta que estés, muy pronto, tan feliz como los ángeles en el cielo, por medio de Jesucristo nuestro Señor. Amén.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

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		<title>Los que Ayudan</title>
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				<updated>2011-01-02T00:24:44Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|Helps}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
''“Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego los que hacen milagros, después los que sanan, los que ayudan, los que administran, los que tienen don de lenguas”.'' 1 Corintios 12: 28.&lt;br /&gt;
&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Según el apóstol Pablo, parece que quienes prestaban ayuda a la iglesia primitiva lo hacían de diferentes maneras, conforme a la diversidad de dones provenientes del propio Espíritu Santo. Nos dice que: “A unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles”. Ellos debían ir de un lugar a otro para fundar iglesias y ordenar ministros. Luego había profetas, algunas de los cuales profetizaban, y otros recibían el don de explicar las profecías. En seguida se tenía “lo tercero, maestros”, que eran probablemente ya sea pastores establecidos en diversas iglesias para enseñar la Palabra, o evangelistas que viajaban por doquier proclamando la verdad. A continuación dice: “luego los que hacen milagros, después los que sanan”, y el apóstol no olvida mencionar otra clase de personas, llamados: “los que ayudan”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, yo supongo que en nuestra época sería sumamente difícil, y casi imposible, saber quiénes eran precisamente esas personas. Algunos han pensado que eran ministros asistentes, que ocasionalmente ayudaban a los pastores establecidos, tanto en la obra pastoral de visitas como también en la predicación ocasional de la Palabra. Otros han pensado que se trataba de diáconos asistentes, e incluso, tal vez, de diaconisas, un oficio que ciertamente era reconocido en las iglesias apostólicas. Otros, además, han supuesto que esos ‘ayudantes’ servían de apoyo en el santuario: se encargaban de que los forasteros fueran alojados apropiadamente y administraban todos esos detalles que siempre deben ser vigilados por alguien vinculado a cualquier reunión de personas con cualquier propósito público del tipo que fuera. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, fueran quienes fueran, y sin importar cuál función particular desempeñaran, parecieran haber sido un cuerpo útil de gentes, dignos de ser mencionados en el mismo versículo que los apóstoles y maestros, e incluso ser nombrados conjuntamente con los que hacían milagros y con los que sanaban. Me parece que no eran personas que tuvieran alguna posición oficial, sino individuos que eran motivados únicamente por el impulso natural y por la vida divina en su interior, para hacer cualquier cosa y realizar todo aquello que ayudara al maestro, o al pastor o al diácono en la obra del Señor. Eran la clase de hermanos que son útiles en cualquier parte, que siempre subsanan una brecha y se alegran cuando descubren que pueden ser útiles a la iglesia de Dios en cualquier capacidad. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nosotros tenemos una brigada considerable de “AUXILIOS” en la iglesia, y a ellos quisiera darles ahora aliento; y mientras les hablo, quizá pudieran llegarles de la vuelta de la esquina, por decirlo así, algunas palabras de consuelo a cuantas personas necesitan la ayuda que estos hermanos les proveen y les brindan entregando sus vidas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me parece que John Bunyan, ese maestro de la alegoría y la experiencia cristianas, ha descrito una parte de la obra de estos “ayudadores” que es sumamente valiosa y sumamente requerida. Bunyan describe a ''Auxilio'' como alguien que se acerca a ''Cristiano'' cuando forcejeaba torpemente en el ''Pantano del Desánimo''. Justo cuando el pobre hombre estaba a punto de hundirse después de haber perdido pie en el pantano y darse cuenta de que, a pesar de todo sus esfuerzos, se estaba sumiendo más y más profundamente en el cieno, súbitamente vino a él una persona -de quien Bunyan no nos dice nada más en todo el resto de su alegoría- cuyo nombre era ''Auxilio'', quien, extendiendo su mano, le dijo algunas palabras de aliento y lo sacó del pantano, lo puso en el Camino Real del Rey y afirmó su marcha. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay un período en la vida divina cuando la ayuda de hermanos cristianos juiciosos es invaluable. Casi todos nosotros que tenemos algún conocimiento del Señor, conocemos también todo lo que desearíamos saber acerca de ese atroz ''Pantano del Desánimo''. Yo mismo permanecí sumido allí cinco años, más o menos, y creo que conozco muy bien cada una de sus partes. En algunos lugares es más profundo que en otros, y más nauseabundo; pero, créanme, un hombre puede considerarse tres veces más feliz cuando sale de allí, pues cuando uno se encuentra en ese lugar, parecería como si fuese a tragarlo vivo. Valiosa, muy valiosa para nosotros debe ser siempre la mano que nos ayudó a salir de la profundidad del cieno donde no había ningún apoyo, y aunque atribuimos toda la gloria al Dios de gracia, no podemos sino amar muy afectuosamente el instrumento que Él envió para ser el medio de nuestra liberación. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En la cima de algunos desfiladeros de los Alpes suizos -para la preservación y alojamiento de los viajeros- el cantón mantiene un pequeño cuerpo de hombres que algunas veces consta de sólo dos o tres miembros, que viven en una cabaña en la cumbre y cuyo oficio es ayudar a los viajeros en su camino. Cuando atravesábamos un desfiladero en medio de las montañas del norte de Italia, fue muy agradable para nosotros ver, a unos cuatro o cinco kilómetros de la cima, a un hombre que descendió y nos saludó como si hubiese sido un viejo conocido nuestro. Llevaba una pala en su mano, y aunque nosotros no sabíamos qué iba a suceder, él evidentemente entendía mucho mejor que nosotros lo que iba a suceder. Pronto llegamos a un punto donde la nieve era profunda, y el hombre se dispuso a trabajar con su pala para limpiar la senda y cuando llegamos a un tramo muy feo del camino, algunas personas de nuestro grupo fueron llevadas a cuestas por dicho sujeto. El oficio de ese hombre era cuidar a los viajeros, y pronto llegó otro de sus compañeros con vino y refrigerios, que fueron ofrecidos generosamente a quienes estaban agotados. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Estos hombres eran “los que ayudan”, que pasaban su vida en aquella parte del camino donde se sabía que sus servicios serían requeridos; y cuando los viajeros llegaban a ese punto, ellos estaban dispuestos a proporcionar su ayuda en el tiempo oportuno. Esos auxilios no habrían sido de ninguna utilidad en las bajas llanuras; habrían sido más bien un estorbo si se hubieran encontrado con nosotros en cualquier otro lugar, pero arriba eran sumamente valiosos porque estaban justo donde se requería de ellos, y acudían exactamente en el momento en que se les necesitaba. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, amigos míos, “los que ayudan” no son de ninguna utilidad para alguien que se puede ayudar a sí mismo. Cuando no se experimenta ningún problema, un ofrecimiento de ayuda es una intrusión. Sólo hay un punto preciso, una coyuntura tal como atravesar un desfiladero que atraviesa la cima de una montaña, donde la ayuda sería sumamente valiosa para cualquiera. Y me parece que la etapa de la experiencia de un hombre descrita por Bunyan en el ''Pantano del Desánimo'', es justamente esa estación donde ustedes, amados hermanos y hermanas en Cristo, podrían rendir una invaluable ayuda al ministro cristiano, viniendo al rescate de aquellos que parecieran estar a punto de ser tragados. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esta brigada de “los que ayudan”, si entiendo a Bunyan correctamente, están estacionados a las orillas de todo el ''Pantano del Desánimo'', y su oficio consiste en vigilar por doquier y escuchar los gritos de los viajeros sumidos en la oscuridad que pudieran dar tumbos en el cieno. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así como la ''Real Sociedad Humanitaria ''distribuye a sus hombres a lo largo de los bordes de los lagos ubicados en los parques durante el invierno, y cuando se forma el hielo, los instruye a que estén alertas y cuiden a cualquiera que se aventure en ellos, así también un pequeño grupo del pueblo cristiano de cada iglesia, conformado por hombres y mujeres, debería estar listo siempre para escuchar los gritos de angustia y proporcionar la ayuda dondequiera que se requiera. Tal me parece a mí que es el tipo de “los que ayudan” que necesitamos. Así, tal vez, pudieran haber sido estos seres que servían como “los que ayudan”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''Antes que nada, QUIERO DAR UNAS CUANTAS INSTRUCCIONES A ESTAS PERSONAS QUE SON “LOS QUE AYUDAN”, RELATIVAS A CÓMO PUEDEN AUXILIAR A LOS POBRES PECADORES A SALIR DEL PANTANO DE LA DESCONFIANZA. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Después de una corta experiencia que he tenido ayudando a otros, yo recomendaría de entrada un curso particular. Cuando se reúnan con alguien que está desesperado y que piensa que no puede ser salvado, ''hagan que exponga su caso''. Ésto siempre ha de ser lo primero. Cuando ''Auxilio'' fue donde estaba ''Cristiano'', no le extendió de inmediato su mano, sino que le preguntó: “¿Qué haces allí? ¿Cómo te metiste allí?” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Les hace bien a los hombres exponer a otros su caso espiritual. La confesión a un sacerdote es un acto abominable, pero, algunas veces, la comunicación de nuestras dificultades espirituales a otra persona es en sí mismo un ejercicio sumamente provechoso para nosotros. Ustedes sabrán cómo tratar con ellos, y ellos sabrán mejor qué es lo que ustedes quieren, si exponen sus necesidades. Yo he descubierto ocasionalmente que el mero acto de exponer una dificultad ha sido el medio preciso para superarla de inmediato. Algunas de nuestras dudas no soportarían contemplar la luz del día. Hay muchas dificultades espirituales que, si un hombre las contemplara plena y objetivamente en el rostro durante el tiempo suficiente para ser capaz de describirlas, se desvanecerían incluso durante la propia investigación. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Deja que el joven exponga su caso. Reúnete con él a solas, querido hermano; pídele que se siente tranquilamente junto a ti, y pregúntale: “Ahora, ¿qué es lo que te turba? ¿Cuál es el punto que te desconcierta? ¿Qué es lo que no puedes entender? ¿Qué es lo que te desanima y te descorazona?” Deja que exponga su propio caso. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Junto con ésto, ''en la medida de lo posible, entren en su caso''. Ésto podría parecerles, tal vez, como una directriz banal, pero pueden estar seguros de que no serían capaces de prestar mucha ayuda, si llegaran a prestarla, si no siguieran esta directriz. La simpatía tiene mucho que ver con nuestra habilidad de consolar a otros. Si no pueden introducirse en la turbación de los demás, difícilmente serían capaces de sacarlos de allí. Traten de rebajarse al punto de “llorar con los que lloran”, así como también de “gozarse con los que se gozan”. No escarnezcan ninguna dificultad porque les parezca pequeña; recuerden que podría ser muy grande para la persona que se siente turbada. No comiencen a reprender al joven diciéndole que no debería sentirse como se siente, o que no debería turbarse como lo hace. Así como Dios pone Sus brazos eternos debajo de ti, así debes poner los brazos extendidos de tu simpatía debajo de tus hermanos más jóvenes y más débiles, para que puedas alzarlos. Si vieras a un hermano sumido en el cieno, mete tus brazos en el lodo para que puedas, por la gracia de Dios, sacarlo corporalmente fuera de allí. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Recuerda que una vez estuviste justo donde esa joven hermana tuya está ahora; si puedes, intenta recordar tus propios sentimientos cuando te encontrabas en una condición semejante. Pudiera suceder –afirmas- que el mozalbete o la damisela sean muy necios. Sí; pero tú mismo fuiste un necio una vez, y entonces aborrecías todo tipo de alimento y tu alma parecía estar acercándose a las puertas de la muerte. Ahora tú debes usar el lenguaje de Pablo: deberías “hacerte necio por ellos”. Tienen que ponerse en la condición de estas personas de mente sencilla. Si no pudieran hacerlo, necesitarían un entrenamiento que les enseñara cómo convertirse en auxilio: todavía no saben cómo hacerlo. Déjenlos que expongan su caso, y luego procuren sentir sus dificultades como si fueran propias. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tal vez, su siguiente obra debería ser: ''consolar a esos pobres hermanos con las promesas. Auxilio'', en ''“El Progreso del Peregrino”, ''le preguntó a ''Cristiano ''el motivo por el cual no buscó los apoyos, y le comentó que había unas útiles piedras sólidas a lo largo de todo el pantano, pero ''Cristiano ''le respondió que no las había advertido. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos, deben conocer bien las promesas de Dios; deben tenerlas en la punta de su lengua, listas para cualquier circunstancia. Nos hemos enterado de un cierto hombre docto que solía llevar con él copias miniaturas de los autores clásicos, de tal forma que casi transportaba una Biblioteca Bodleiana en su bolsillo. ¡Oh, que ustedes llevaran consigo Biblias miniatura! O mejor todavía, ¡que tuvieran toda la palabra de Dios acompañándolos constantemente en su corazón, de tal forma que fueran capaces de decir una palabra oportuna a quienes están desfallecidos! Siempre que se encontraran con una pobre alma turbada, qué bendición sería para ustedes que fueran capaces de decirle: “Sí, tú eres un pecador, es cierto, pero Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores”. Tal vez les comente que no puede hacer nada, pero ustedes pueden responderle que no se le dice que haga algo, excepto que crea en el Señor Jesucristo, y será salvado. Tal vez les diga que no puede creer; pero pueden recordarle esta promesa: “Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo”, esto es, aquellos que le buscan sinceramente por medio de la oración. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Algunos textos en la Biblia son como estrellas diversas en el cielo: como esas constelaciones de los cielos que son tan conspicuas que cuando el marinero las divisa una vez, muy pronto sabe dónde se encuentra. Determina la latitud y la longitud de su propia posición cuando contempla atentamente uno de esos cuerpos celestiales. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Algunos resplandecientes pasajes de la Escritura parecieran estar colocados en el firmamento de la revelación como estrellas que guían a las pobres almas desconcertadas. Refiéranse a ellos. Cítenlos con frecuencia. Hagan que el pobre pecador fije sus ojos en ellos: ésa será una de las mejores maneras de ayudarle. ¡Oh!, si hubiese alguna pobre persona desesperada aquí presente esta noche, permítame que le cite unas grandiosas y poderosas promesas de nuestro Dios: “Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar”. “No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia”. “El que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente”. Estos tres textos son muestras de promesas por medio de las cuales ustedes, que son “auxilios”, pueden apoyar a los pecadores que se hunden. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Después de esto, queridos amigos, ''intenten instruir más plenamente en el plan de salvación a quienes pudieran necesitar de su ayuda''. El Evangelio es predicado cada domingo en cientos de púlpitos en Inglaterra y, sin embargo, no hay nada que sea tan poco conocido o entendido en este país como “la verdad que es en Jesús”. Algunas veces, sin importar cuánto lo intente, el predicador no puede exponer con sencillez el simple Evangelio. Tal vez tú podrías ser capaz de hacerlo, porque te adaptas a la comprensión de la persona que está ante ti. Dios es mi testigo de cuán sinceramente me esfuerzo siempre para decir con sencillez y claridad lo que expreso, pero mis modos peculiares de pensamiento y de expresión podrían no adaptarse a los casos de algunas personas en una concurrencia tan vasta como ésta. Alguien más podría adaptarse a los casos que yo no puedo. Si mis hermanos y hermanas, “los que ayudan”, estuvieran activos constantemente, podrían explicar a menudo aquello en lo que yo más bien los confundo. Eso que podría no haber sido entendido como el predicador lo expuso, será comprendido si fuera explicado nuevamente por ellos. Si exponen lo mismo de otra manera, el pecador dirá: “¡Ah, ya lo veo; no pude entenderlo de la explicación del predicador, pero puedo entenderlo por tu explicación!” Si quieren ayudar a las almas, muéstrenles al Salvador; no las atosiguen con asuntos irrelevantes, sino simplemente háblenles de inmediato acerca de la sangre preciosa. Eso es lo principal. Díganle al pecador que todo aquel que confíe en Cristo será salvado. No le deben mostrar la puerta angosta, como lo hizo ''Evangelista''; esa no es la manera, sino muéstrenle la cruz al pecador. Pobre ''Cristiano'' no habría estado nunca en el ''Pantano del Desánimo'', si hubiera contado con la persona apropiada para que le dirigiera. No reprendan a ''Evangelista'', sino simplemente deshagan el daño que él hizo, guiando siempre al pecador al Calvario. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Quisieran complementar ésto? Les recomiendo que ''le cuenten la propia experiencia de ustedes a la conciencia turbada''. Muchos han sido capaces de salir del ''Pantano del Desánimo'' de esa manera. “¡Cómo!”, -pregunta el joven- “¿sentiste alguna vez como yo siento?” Debo decir que con frecuencia me ha parecido gracioso -cuando he hablado con jóvenes buscadores- ver que abren asombrados sus ojos cuando piensan que yo sentí alguna vez lo mismo que ellos, mientras que yo habría abierto los míos con mucho mayor asombro si no hubiera sido así. Nos sentamos a veces y les contamos a nuestros pacientes todos sus síntomas, y entonces ellos piensan que debimos haber leído en sus corazones, cuando el hecho es que nuestros corazones son precisamente como los suyos, y leyendo en los nuestros, leemos en los suyos. Hemos transitado por la misma senda que ellos, y sería algo muy duro que no les describiéramos aquello que nosotros mismos hemos experimentado. Incluso los cristianos avanzados encuentran gran consuelo al leer y oír acerca de la experiencia de los demás, si en algo se asemeja a la suya, y para la gente joven, oír que otros cuentan lo que han experimentado antes que ellos, es un medio de gracia sumamente bienaventurado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo quisiera que nuestros hermanos ancianos fueran más frecuentemente “auxilios” en este asunto, y que cuando vieran a otros en problemas, les contaran que ellos han atravesado por las mismas dificultades, en lugar de culpar a los jóvenes, como hacen algunos, por no saber lo que no pueden saber, y de reprocharlos por no tener “cabezas maduras sobre hombros jóvenes”, donde, estoy seguro, estarían singularmente fuera de lugar. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, yo pienso que ''ustedes ayudarían muchísimo al joven buscador si oraran con él''. ¡Oh, el poder de la oración! Cuando no pueden decirle al pecador lo que quisieran decirle, algunas veces pueden decírselo a Dios a oídas del pecador. Hay una manera de decir en una oración conjunta con la persona, lo que no podrías decirle directamente a su cara, y algunas veces, cuando se ora con otro, está bien exponer el caso muy clara y sinceramente; decir algo así: “Señor, Tú sabes que esta pobre joven mujer aquí presente está muy turbada, pero es por su propia culpa; ella no quiere creer en Tu amor porque dice que no hay evidencia de él; Tú lo has mostrado en el don de Tu amado Hijo, pero ella persiste en querer ver algo más que fuera suyo sobre lo cual pudiera apoyarse, algunas buenas estructuras o sentimientos; se le ha dicho muchas veces que toda su ayuda radica en Cristo, y para nada en sí misma; sin embargo, ella continúa buscando fuego en medio del agua y vida en los sepulcros de la muerte. Abre sus ojos, Señor; haz que vuelva su rostro en la dirección correcta, y condúcela a ver a Cristo y no a sí misma”. Orar de esta manera -ustedes pueden verlo- hace que el caso sea expuesto con claridad. Hay un poder real en la oración, pues el Señor en verdad oye todavía el clamor de Su pueblo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amados, tan ciertamente como que el fluido eléctrico transporta el mensaje de un lugar a otro, tan ciertamente como las leyes de gravitación mueven a las esferas, así de cierto es que la oración es un poder misterioso pero real. Dios ''en verdad ''oye la oración. Algunos estamos tan seguros de ello como lo estamos de respirar: lo hemos probado y comprobado. No es ocasionalmente que Dios la ha oído, sino que se ha convertido en algo regular para nosotros pedir y recibir, como lo es para nuestros hijos pedir alimento a la mesa y recibirlo de nuestras manos. Yo difícilmente pensaría en intentar demostrar que Dios oye mi oración, ya sea demostrármelo a mí mismo o a cualquier otro; de tal manera se ha convertido en el hábito de mi vida saber que Dios oye la oración, que no tengo más duda de ello de la que tengo del hecho que si pierdo mi balance caeré, y de que el poder de la gravedad me afecta al caminar, al quedarme quieto, al levantarme y al acostarme. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces, yo les suplico que ejerciten este poder de la oración, y descubrirán con frecuencia que cuando ninguna otra cosa puede ayudar a un alma a salir de su dificultad, la oración lo hará. Queridos amigos, si Dios está con ustedes, no hay límites para su ayuda a los demás, por medio del poder de la oración. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Estas directrices –y no son muchas- quisiera que las conservaran en su memoria, como lo harían con las directrices de la ''Real Sociedad Humanitaria'', referentes a la gente que ha estado en peligro de ahogarse. Me atrevería a decir que algunos de ustedes las han practicado durante tanto tiempo que las conocen bastante bien. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''Habiendo expuesto así cómo ayudar, ahora voy a describir A QUIENES PUEDEN AYUDAR. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No es cualquiera quien puede ayudar de la manera que lo he estado describiendo. Quiero alistar una pequeña brigada de bomberos espirituales; esto es, quiero juntar un grupo de “auxilios” que asistan a las personas que pudieran estar resbalándose y tropezándose en torno al ''Pantano del Desánimo''. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La primera cosa esencial para un verdadero “auxilio” es ''que debe tener un corazón sensible''. Hay algunas personas que parecieran estar preparadas a propósito por la gracia divina para ser ganadores de almas. Conozco a un hermano a quien una vez me aventuré a comparar con un perro de presa en cuanto a este asunto, pues tan pronto sospechaba que había algunas almas ansiosas, se ponía en alerta; y tan pronto oía acerca de un número de convertidos, iba hacia allá. Él parece embotado y pesado en cualquier otro momento, pero, en el momento preciso, sus ojos destellan, su corazón palpita, su alma entera es conducida a la acción y se convierte en un nuevo hombre. En medio de los convertidos y de los buscadores es todo vida: su alma coge fuego directamente. Y entre la diversidad de dones que proceden del mismo Espíritu, su don es evidentemente el de ayudar a las almas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Timoteo fue uno de esos hombres. De él dice Pablo: “A ninguno tengo del mismo ánimo, y que tan sinceramente se interese por vosotros”. En la vida común, ustedes saben que hay personas que parecieran haber nacido para ser enfermeras. Hay otros, con toda seguridad, que no pueden hacer eso en absoluto; si estuvieras enfermo, nunca querrías tenerlos a tu lado aunque no te cobraran nada e incluso te pagaran para que aceptes tenerlos a tu lado. Tienen muy buena intención, pero de alguna manera u otra pisarían con firmeza de un extremo a otro en tu habitación cada vez que se movieran, y con seguridad te despertarían; y si hubiera la necesidad de tomar alguna medicina en la noche, te sabría todavía peor si ellos te la administraran. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero seguramente has conocido a una verdadera enfermera –tal vez se trata de tu propia esposa- y nunca la oíste atravesar el cuarto cuando estabas enfermo, y nunca lo harías aun si te pusieras algún instrumento al oído equivalente al microscopio para el ojo, que magnifica la cosa más ínfima; ella pisa tan suavemente que sería más fácil que oyeras el latido de su corazón que su pisada. Luego, también, ella entiende exactamente tus gustos, y siempre sabe qué debe traerte. ¿Quién se enteró de una enfermera más apta para su trabajo que la señorita Nightingale? Pareciera como si ella no pudiera hacer otra cosa, y como si Dios la hubiera enviado al mundo a propósito, no sólo para que fuera una enfermera, sino para que pudiera enseñar ese oficio a los demás. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Bien, exactamente lo mismo sucede en las cosas espirituales. He usado una ilustración casera para mostrarles lo que quiero decir. Hay algunas personas que si trataran de consolar a alguien cuando está angustiado, se aplican al trabajo tan torpemente, que con seguridad le acarrearían una mayor cantidad de problemas de los que antes tenía. Realmente tienen buena intención, y tratan de hacerlo lo mejor posible, pero no pueden hacer lo que ustedes necesitan. No es su trabajo; no son “auxilios”; toman una barra de hierro para hacer algo que una pequeña ganzúa podría conseguir fácilmente, y hacen todo con un estilo tan extraño y torpe, que es notorio que ellos no fueron hechos para ese trabajo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El “auxilio” verdadero para un alma angustiada es una persona que, aunque su cabeza no sea muy grande, posee un corazón cálido y grande. Es un hombre, de hecho, que es todo corazón. Se decía de Juan que era una columna de fuego de la cabeza a los pies. Ese es el tipo de hombre que el alma necesita cuando está tiritando en medio del frío invierno del desánimo. Yo conozco a tales hombres: pido a Dios que prepare a muchos más, y que nos dé a todos nosotros más de la ternura que había en Cristo, pues a menos que seamos hechos aptos para el trabajo de esa manera, nunca seremos capaces de hacerlo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, quien “ayuda” no solamente necesita un gran corazón, sino ''un ojo muy sensible''. Hay una manera de obtener un ojo sensiblemente agudo con relación a los pecadores. Conozco a algunos hermanos y hermanas que, cuando están sentados en sus reclinatorios, casi podrían decir cómo está operando la palabra en aquellas personas sentadas junto a ellos. Algunas personas no pueden hacer eso, pero otros sí pueden; y además, saben precisamente qué deben decirles a sus vecinos de asiento cuando el sermón termina; entienden cómo decirlo, y si tienen que decirlo estando en el reclinatorio o cuando bajan por las escaleras, o afuera, o si deberían esperar para hacerlo durante la semana. Parecieran poseer un instinto que les dice justamente qué hacer, cómo hacerlo y cuándo hacerlo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh!, es algo bendito cuando Dios pone así vigías a lo largo de los límites del ''Pantano del Desánimo''; entonces, ''si tienen oídos dispuestos'', oyen, y pronto escuchan un chapoteo por allá en el ''Pantano'', y aunque estuviera muy oscuro y brumoso, van al rescate. Nadie más oye el grito sino aquéllos que se disponen a escuchar su sonido. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
También necesitamos para esta obra ''hombres que son ligeros de pies para correr''. Vamos, hay algunos entre ustedes que nunca les hablan a sus vecinos acerca de sus almas; ocupan un asiento aquí, y no piensan nunca en decirles una sola palabra a quienes están sentados junto a ellos. Doy gracias a Dios porque hay algunos entre ustedes que no dejarían salir a un extraño sin una buena palabra relativa a Cristo. Yo oro para que perseveren en ese buen hábito, y el Señor los bendecirá, pues mientras el predicador tiene mucho que hacer en una congregación como ésta, hay todavía más que hacer por medio de estos “auxilios” para llegar a la conciencia y hacer un bien al alma. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Para el ''“auxilio”'' completamente eficiente, denme ''un hombre con un rostro amoroso''. Nosotros no confeccionamos nuestros propios rostros, pero yo no creo que un hermano haga mucho con los buscadores ansiosos si está habitualmente ceñudo. La alegría se ensalza a sí misma, especialmente ante un corazón turbado. Nosotros no necesitamos frivolidad; hay una gran diferencia entre alegría y frivolidad. Yo siempre podría contarle lo que siento a un hombre que me mira con dulzura, mucho mejor de lo que podría decírselo a uno que con un aire oficial me habla como si constituyera su único oficio inquirir en mis asuntos privados, y descubrir todo acerca de lo que soy y dónde he estado. Hagan su labor suavemente, gentilmente, afectuosamente; dejen que su rostro alegre exprese que la religión que tienen es digna de poseerse, que los alegra y los consuela, y entonces esa pobre alma que está en el ''Pantano del Desánimo ''tendrá alguna esperanza de que la alegre y la consuele. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sinceramente, también, permítanme recomendarles tener ''un pie firme''. Si tengo que ir para sacar a un hermano del ''Pantano'', he de saber cómo pararme firme yo mismo, o de otra manera, mientras estoy tratando de sacarlo a él, yo podría caer adentro. He de recordar que al oír las dudas de los demás, se pueden generar las mismas dudas en mi propia mente a menos que yo esté firmemente establecido en cuanto a mi propio interés personal en Cristo Jesús. Si quieres ser útil, no debes estar dudando y temiendo siempre. La plena seguridad no es necesaria para la salvación, pero es muy necesaria para tu éxito como un “auxilio” para los demás. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo recuerdo que cuando enseñaba en la escuela dominical, procuraba que uno de los muchachos de mi clase mirara al Salvador. Él parecía angustiado, y me preguntó: “¿Maestro, es usted salvo?” Yo respondí que sí. “Pero, ¿está seguro de que lo es?”, me dijo; y aunque no le respondí de inmediato, sentí que no podía decirle con seguridad que ciertamente había salvación en Jesucristo a menos que lo hubiera probado por mí mismo y tuviera la seguridad de ello. Procuren tener un apoyo firme, queridos hermanos, y así serán más útiles en torno a los límites del ''Pantano'' que si estuvieran resbalando continuamente. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Luego, puesto que tienen que desempeñar sus oficios en torno a este ''Pantano, procuren conocerlo muy bien''; procuren descubrir sus peores partes y dónde es más profundo. No tendrán que ir lejos para lograrlo; probablemente ustedes mismos ya han estado en él, y por ello conocen algo de él, pero si no, pueden informarse con uno y con otro para saber cuál parte es la peor. Procuren entender, si pueden, la filosofía mental del desaliento; no me refiero a hacerlo estudiando a Dugald Stewart y a otros escritores que hablan sobre la filosofía mental, sino mediante una experiencia real del corazón, procuren adquirir un conocimiento práctico de las dudas y temores que agitan a las almas que se acercan. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando hayan hecho ésto, yo espero que el Señor les dé –pues la necesitarán si han de volverse muy útiles- una ''buena mano fuerte para asir al pecador''. Jesucristo no sanó a los leprosos sin tocarlos, y nosotros no podemos hacer bien a otros hombres permaneciendo a una distancia de ellos. El predicador se aferra a veces de sus oyentes; puede sentir que los sostiene, y puede hacer casi cualquier cosa con ellos; y si tú has de ser un “auxilio”, tendrás que aprender el arte de asirte de la conciencia, del corazón, del juicio y de aferrarte del hombre entero. Un vez que te aferres de un corazón angustiado, no los dejes ir nunca. ¡Oh!, yo pido en oración que puedas tener una mano cual un vicio, que nunca deje ir al pecador una vez que te hayas asido de él. ¡Cómo!, ¿acaso el hijo de Dios va a dejar que el pecador caiga otra vez en el ''Pantano''? No, no mientras la roca sobre la que está se mantenga firme, y mientras pueda sostener al pecador por medio de las manos de la oración y de la fe. Que Dios te enseñe a sostener a los hombres por el amor, por la simpatía espiritual y por la pasión por las almas de tal forma que no los sueltes. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, si quieres ayudar a otros a salir del ''Pantano del Desánimo'', tienes que tener una espalda flexible. Si permanecieras tiesamente erguido, no podrías sacarlos; debes inclinarte hasta donde está el hombre. Allí está él; casi se ha hundido; el cieno le está llegando casi a su cabeza; tú tienes que arremangarte los brazos, y ponerte a trabajar. “¡Pero el hombre no puede hablar un correcto inglés!” No te preocupes; no le hables en un correcto inglés, pues no lo entendería; háblale en un mal inglés, para que pueda entenderte. Se dice que muchos de los sermones de Agustín están llenos de un sorprendente mal latín, no porque Agustín no dominase el latín, sino porque el latín vulgar de la época se adecuaba mejor a su propósito de asir a los hombres. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay una cierta mojigatería en los ministros que los descalifica para ciertas obras; no pueden hacer que su boca exprese una verdad en un lenguaje que las vendedoras de pescados entenderían. Bienaventurado es el hombre cuya boca dice la verdad de tal manera que las personas con las que habla la entienden. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“¡Pero… la dignidad del púlpito!”, dice uno. Bien, ¿y qué es eso? La “dignidad” de un carro de guerra radica en los cautivos que son arrastrados bajo sus ruedas, y la “dignidad del púlpito” radica en el número de almas convertidas a Dios. No me hables de tu fina jerigonza, de tus frases al estilo de Johnson, de tus arrolladores párrafos; no hay “dignidad” en ninguna de estas cosas si pasan por encima de la cabeza de tus oyentes. Debes condescender hasta los hombres de un bajo nivel; y te encontrarás algunas veces con hombres y mujeres a quienes debes hablarles realmente en un estilo que no es agradable a tus gustos, pero que tu juicio y tu corazón te exigirán y te forzarán a usarlo. Aprende a inclinar tu espalda. No vayas a una humilde casa de la manera que una fina dama acude para visitar a la gente pobre; anda y siéntate en una silla, o siéntate en una valla si no hay espinas; siéntate cerca de la buena mujer, incluso si está muy sucia; y háblale no como su superior, sino como su igual. Si hay algún mozuelo jugando a las canicas y quieres hablarle, no tienes que apartarlo de su juego, ni mirarlo hacia abajo desde una abominable altura, como lo haría un maestro de escuela, sino más bien comienza con unas cuantas expresiones festivas, y luego deja caer en sus oídos alguna frase más seria. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si quieres hacer bien a la gente, tienes que rebajarte hasta el lugar donde están. De nada sirve predicar excelentes sermones a hombres que se están ahogando; antes bien, llega hasta el borde de la piscina, extiende tus brazos, y trata de sacarlos. Éstas –realmente así lo pienso- son algunas de las cualidades de un verdadero “auxilio”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''III. '''Ahora permítanme concluir PROCURANDO INCITAR A AQUELLOS DE MIS HERMANOS Y HERMANAS QUE HAN SIDO “AUXILIOS”, PARA QUE PROSIGAN CON MÁS DENUEDO EN LA OBRA, Y ALENTAR A AQUELLOS QUE NO LO HAN INTENTADO, PARA QUE COMIENCEN. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Posiblemente alguien podría preguntarse: “¿por qué debería yo ayudar a otros?”, y mi respuesta será: ''porque las almas necesitan ayuda''. ¿No basta con eso? El grito de la miseria es un argumento suficiente para la misericordia. Las almas lo necesitan: mueren, perecen, están al punto de la desesperación. Ayúdales. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La semana pasada circuló en los periódicos una historia de un hombre que fue encontrado muerto en una zanja y que había permanecido allí durante seis semanas. Se decía que alguien había oído un grito de: “Perdido, perdido”, ¡pero como estaba oscuro no salió para ver de quién se trataba! “¡Horrible! ¡Horrible!, comentas, y, sin embargo, tú podrías haber hecho exactamente lo mismo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay algunas personas presentes aquí esta noche que tal vez no griten: “Perdidos”, porque no sienten que están perdidos, aunque sí lo están; ¿y los dejarás perecer en la zanja de su ignorancia? Hay otros que dan voces diciendo: “¡perdidos!”, y que necesitan una palabra de consuelo, ¿y los dejarás perecer en la desesperación por falta de esa palabra? Hermanos míos, que las necesidades de la humanidad los animen a la actividad. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, recuerden ''cómo fueron ayudados ustedes mismos cuando se encontraban en una condición semejante''. Algunos de nosotros no olvidaremos nunca a esa amada maestra de la escuela dominical, esa tierna madre, esa mujer cristiana, ese amable joven, ese excelente anciano de la iglesia, que una vez hicieron tanto por nosotros. Nunca olvidaremos su tierna atención. Ellos nos parecían como visiones de ángeles resplandecientes cuando nos encontrábamos en la densa niebla y en la oscuridad. Salden la deuda; cancelen la obligación; paguen lo que deben y no podrían hacer ésto excepto ayudando a otros de la misma manera que ustedes mismos fueron ayudados. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, ''Cristo lo merece''. Hay un cordero allí afuera que está perdido; es ''Su'' cordero; ¿acaso no te preocuparás por él? Si hubiera un niño desconocido a mi puerta solicitando albergue durante una noche, el sentimiento humanitario me motivaría a rescatar a esa pobre criaturita de la nieve y del viento, pero si fuera el hijo de mi hermano, o de algún querido amigo, la simpatía hacia el pariente me constreñiría a protegerlo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ese pecador es alguien comprado con la sangre del Salvador, y es muy apreciado para Él; es un hijo pródigo, pero es el hijo de tu Padre, y por consiguiente, se trata de tu propio hermano. Por la relación que hay, aunque al presente él no lo discierna, ustedes están ligados. Una obligación moral pende sobre ti para prestarle ayuda. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oh amados, ''ustedes no necesitarían ningún otro argumento si supiesen cuán bienaventurada es la obra en sí misma''. ¿Quieren adquirir conocimiento? Ayuden a otros. ¿Quieren crecer en gracia? Ayuden a otros. ¿Quieren desprenderse de su propio desaliento? Ayuden a otros. Ayudar a otros aviva el pulso, aclara la visión, vuelve valerosa el alma. Ayudar a otros en el camino al cielo confiere mil bendiciones sobre sus propias almas. Cierren la corrientes de su corazón, y se volverán repulsivas, estancadas, pútridas y fétidas; dejen que fluyan las corrientes y serán frescas y dulces, y brotarán continuamente. Vivan para otros y vivirán cien vidas en una. Para una bienaventuranza se recomienda adoptar la diligencia y divorciarse de la ociosidad. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, si eso no bastara, pienso que puedo decir que ''tú eres llamado a esa obra''. Tu Señor te ha contratado. No te corresponde a ti elegir cuidadosamente lo que harás. Él te ha dado tus talentos, y tú tienes que cumplir lo que Él te ordene. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces, esta noche, antes de salir de esta casa, procuren desempeñar algún servicio práctico para su Maestro, pues Él los ha llamado para eso. Si no lo hicieran, ''probablemente recibirán la vara de la corrección''. Si no ayudan a otros, Dios los tratará como los hombres tratan a sus mayordomos que no hacen un uso correcto de los bienes confiados a ellos; su talento les podría ser quitado. La enfermedad podría estar aguardándolos ya que no son activos mientras gozan de salud; podrían ser llevados a la pobreza, porque no hacen un uso adecuado de las riquezas; podrían ser conducidos a una desesperación más profunda, porque no han ayudado a las almas que desesperan. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El sueño de Faraón se ha visto cumplido con frecuencia. Él soñó que había siete vacas gordas que pacían en el prado, y pronto llegaron siete vacas enjutas de carne que devoraron a las gordas. Algunas veces, cuando ustedes están llenos de gozo y paz, son holgazanes y ociosos y no hacen ningún bien a los demás; y siempre que se da este caso, pueden estar seguros de que muy pronto las siete vacas flacas vendrán y devorarán a las siete vacas gordas. Pueden estar muy seguros de que esos días enjutos en los que no hacen nada por su Señor, esas oraciones enjutas, esos enjutos domingos, devorarán a los domingos gordos, a sus gordas gracias, a sus gozos gordos y entonces ¿dónde estarán? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además de todo ésto, ''nosotros nos estamos acercando al cielo, y los pecadores se están acercando al infierno''. El tiempo en que podemos ganar almas sirviendo a Cristo se está acortando. Los días de algunos aquí serán muy escasos, y no podrían ser muchos para ninguno de nosotros. ¡Oh, pensemos en la recompensa! Dichoso es el espíritu que ha de oír a otros decir cuando entre a las regiones celestiales: “¡padre mío, te doy la bienvenida!” Almas sin hijos en la gloria, que nunca fueron hechas una bendición para otros en la tierra, seguramente se perderán del cielo de los cielos; pero aquellos que han llevado a otros a Cristo tendrán, en adición a su propio cielo, el gozo de la simpatía con otros espíritus para quienes fueron un instrumento de bendición. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo quisiera poder expresar lo que quiero decir en palabras que penetraran quemando en sus corazones. Necesito que cada miembro de esta iglesia sea un obrero. No necesitamos ningún zángano. Si cualquiera de ustedes quiere comer y beber, y no hace nada, cuenta con suficientes lugares en cualquier otra parte donde puede hacerlo; hay por todos lados reclinatorios vacíos; vayan y ocúpenlos, pues nosotros no los necesitamos. Cada cristiano que no sea una abeja es una avispa. Las personas más pendencieras son las más inútiles, y quienes son más felices y pacíficos son generalmente aquéllos que están trabajando más para Cristo. Nosotros no somos salvados por obras, sino por gracia, pero debido a que somos salvos, deseamos ser instrumentos para llevar a otros a Jesús. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Quisiera motivarlos a que se incorporen a ayudar en esta obra; ancianos, jóvenes, y también ustedes, hermanas mías, y todos ustedes, de acuerdo a sus dones y experiencia, ayuden. Quiero hacerles sentir esto: “yo no puedo hacer mucho, pero puedo ayudar; no puedo predicar, pero puedo ayudar; no puedo orar en público, pero puedo ayudar; no puedo ofrendar mucho dinero, pero puedo ayudar; no puedo funcionar como un anciano o un diácono, pero puedo ayudar; no puedo brillar como ‘una brillante estrella particular’, pero puedo ayudar; no puedo servir al Señor yo solo, pero puedo ayudar”. Hay un texto sobre el cual un antiguo puritano predicó una vez un sermón muy singular. Sólo había dos palabras en el texto, y esas palabras eran: “y Bartolomé”. La razón por la que escogió ese texto era que el nombre de Bartolomé nunca es mencionado solo, pero siempre se dice de él que estaba haciendo algo bueno junto con alguien más. Él no es nunca el actor principal, sino siempre es el segundo. Bien, que éste sea su sentir, que si no pueden hacerlo todo ustedes, harán lo que puedan por ayudar. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿No nos reunimos esta noche, como una junta de consejo, para presentar diplomas para tales discípulos que a través de muchas sesiones de labor, los han ameritado? Yo confiero en ustedes, que han aprovechado bien sus oportunidades, el sagrado título de “Auxilios”. Algunos más los tendrán cuando los hayan merecido. Vayan y gánenselos. Que Dios nos conceda que pueda ser su gozo vestir la santa vestimenta de la caridad, con flecos de humildad, y entrar en el cielo alabando a Dios por haberles ayudado a ser auxilios para otros. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Porción de la Escritura leída antes del sermón: Romanos 12.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

	<entry>
		<id>http://es.gospeltranslations.org/wiki/No_Contrist%C3%A9is_al_Esp%C3%ADritu_Santo</id>
		<title>No Contristéis al Espíritu Santo</title>
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				<updated>2011-01-01T23:47:21Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|Grieve Not the Holy Spirit}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención”. ''Efesios 4: 30. &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
El hecho de que el Espíritu Santo pueda ser contristado es una prueba muy clara de Su personalidad. Sería muy difícil imaginar que una influencia o que una mera emanación espiritual sean contristadas. Sólo se puede contristar a una persona, y ya que el Espíritu Santo puede ser contristado, vemos que Él es una subsistencia distinta en la sagrada Trinidad. No le roben nada de la gloria que le es debida, antes bien sean siempre diligentes en rendirle el homenaje. Además, nuestro texto nos revela la estrecha conexión que hay entre el Espíritu Santo y el creyente; Él ha de tener un interés tierno y afectuoso en nosotros, puesto que es contristado por nuestras imperfecciones y por nuestros pecados. No es un Dios que reine en solitario aislamiento, separado por un gran golfo, antes bien, el bendito Espíritu entra en un contacto tan íntimo con nosotros, hace observaciones tan minuciosas y tiene consideraciones tan tiernas que puede ser contristado por nuestras fallas e insensateces. Aunque la palabra “contristar” sea dolorosa, hay miel en la roca ya que es un pensamiento inexpresablemente deleitable que quien gobierna el cielo y la tierra y es el creador de todas las cosas, quien es el infinito y siempre bendito Dios, condescienda a entablar relaciones tan infinitas con Su pueblo que Su mente divina puede ser afectada por sus acciones. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Qué maravilla es que se diga que la Deidad se contrista por las faltas de seres tan completamente insignificantes como somos nosotros! Tal vez no debamos entender la expresión literalmente, como si el sagrado Espíritu pudiera ser afectado por una tristeza semejante a la tristeza humana, pero no debemos renunciar a la seguridad consoladora de que Él siente el mismo interés profundo por nosotros que el interés que siente un padre cariñoso por un amado hijo díscolo; ¿y no es ésto algo maravilloso? Que aquellos que lo no sientan, se queden inconmovibles, pero en cuanto a mí, no cesaré de asombrarme y de adorar. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''El primer punto que vamos a considerar en esta mañana es EL PASMOSO HECHO ''de que el Espíritu Santo sea contristado''. Ese Espíritu tierno y amoroso que, espontáneamente, se ha responsabilizado de revivirnos de nuestra muerte en el pecado, y de ser el educador de la nueva vida que ha implantado en nosotros; ese instructor divino, iluminador, consolador, recordador, a quien Jesús ha enviado para que sea nuestro guía y maestro permanente, puede ser contristado. Nosotros podemos contristar a ese Espíritu cuya energía divina es vida para nuestras almas, rocío para nuestras gracias, luz para nuestros entendimientos y consuelo para nuestros corazones. La paloma celestial puede ser turbada; el fuego celestial puede ser sofocado; el viento divino puede ser resistido; el bendito Paráclito puede ser tratado con desprecio. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La profunda pena amorosa del Espíritu Santo es atribuible a ''Su carácter santo y a Sus perfectos atributos''. La naturaleza de un ser santo es susceptible de ser vejada por la impiedad. No puede haber concordia entre Dios y Belial. Un Espíritu inmaculadamente puro no puede menos que sentirse agraviado por la inmundicia, y especialmente tiene que sentirse contristado por la presencia del mal en aquellos objetos de Sus afectos. El pecado en cualquier parte tiene que ser desagradable para el Espíritu de santidad, pero el pecado de Su propio pueblo es aflictivo para Él en grado sumo. Él no odiará a Su pueblo, pero odia en verdad sus pecados y máxime cuando anidan en el pecho de Sus hijos. El Espíritu no sería el Espíritu de verdad si aprobara lo falso en nosotros: no sería puro si no lo contristara lo que es impuro en nosotros. No podríamos creer que fuera santo si mirara complacido nuestra impiedad; tampoco pensaríamos que fuera perfecto si nuestra imperfección fuera considerada por Él sin desagrado. No, como Él es lo que es: el Espíritu Santo y el Espíritu de santidad, entonces todo lo que en nosotros resulte ser deficiente en relación a Su propia naturaleza, tiene que contristarle: Él nos ayuda en nuestras debilidades pero se contrista por nuestros pecados. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Él se contrista con nosotros ''por nuestra propia causa'', pues Él sabe cuánta miseria nos ocasionará el pecado. “¡Ah, oveja incauta” – parece decir- “conozco el oscuro monte sobre el que habrás de dar un traspié; veo las espinas que te desgarrarán, y las heridas que te horadarán! ¡Oh oveja descarriada, veo la vara que confeccionas para azotar tu propia espalda con tus insensateces! Yo sé, pobre descarriado, en qué mar de problemas te adentrarás por esa terca voluntad, esa irascibilidad, ese amor al yo y esa ardiente persecución de ganancias. Él se contrista por nosotros porque ve cuánta disciplina merecemos y cuánta comunión perdemos. Pudiendo estar sobre el monte de la comunión, nos encontramos suspirando en el calabozo del desánimo; y todo porque por motivos de comodidad carnal, preferimos ir por el ‘Prado de Circunvalación’, abandonando el camino indicado porque era áspero. El Espíritu se contrista porque nos adentramos así en las tinieblas de un aborrecible calabozo, y nos sometemos a los golpes del tolete de manzano silvestre del gigante Desesperación. Él mira anticipadamente cuán amargamente lamentaremos el día en que nos apartamos de Jesús y nos traspasamos con muchas aflicciones. Él ve anticipadamente que el rebelde de corazón será colmado de sus propios caminos, y se contrista porque mira desde antes la aflicción del rebelde. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El dolor de una madre por las acciones indebidas de su hijo pródigo no es tanto el sufrimiento que le ha sido causado directamente a ella, como la aflicción que ella sabe que su hijo atraerá sobre sí. David no lamentaba tanto su propia pérdida de su hijo, como lamentaba la muerte de Absalón, con todos sus terribles resultados para Absalón mismo. “¡Hijo mío Absalón, hijo mío, hijo mío Absalón!” Aquí vemos una profunda aflicción; pero la siguiente frase nos muestra que no era de ninguna manera egoísta, pues estaba anuente a experimentar un mayor dolor en sí mismo: “¡Quién me diera que muriera yo en lugar de ti, Absalón, hijo mío, hijo mío!” Tal es el santo contristarse del Espíritu de Dios por aquellos en quienes mora: es por causa de ellos que está apesadumbrado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, es sin duda ''por causa de Jesucristo ''que el Espíritu está contristado. Nosotros somos la compra hecha por la muerte de Jesús en el madero. Él nos ha comprado con un precio muy caro y debe poseernos enteramente para Sí; y si no nos posee por completo como Suyos, pueden concebir muy bien que el Espíritu de Dios esté contristado. Hemos de glorificar a Cristo en estos cuerpos mortales; el único fin y el propósito de nuestro deseo han de ser coronar con joyas esa cabeza que una vez fue coronada de espinas; es lamentable que fallemos tan frecuentemente en este servicio razonable. Jesús merece lo mejor nuestro: cada herida Suya nos reclama, y cada dolor que soportó y cada gemido que escapó de Sus labios es un renovado motivo para una perfecta santidad y una completa devoción a Su causa; y, debido a que el Espíritu Santo nos ve ser tan traidores al amor de Cristo, tan falsos para con esa sangre redentora, tan olvidadizos de nuestras solemnes obligaciones, Él se contrista por nosotros porque deshonramos a nuestro Señor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Me equivocaría si dijera que se contrista por nosotros ''en razón de la Iglesia''? ¡Cómo podrían ser útiles algunos de ustedes si sólo vivieran de conformidad con sus privilegios! ¡Ah, hermanos míos, cómo ha de contristarse seguramente el Consolador por nuestra causa -siendo ministros- cuando nos pone como atalayas pero no vigilamos y la Iglesia es invadida! ¡Cuando nos asigna la comisión de ser sembradores de la buena semilla, y nuestras manos están llenas a medias, o cuando esparcimos hierbas malas y cizaña en lugar de sembrar el buen trigo! ¡Cómo ha de contristarse por nosotros porque no tenemos esa ternura de corazón, ese derretimiento de amor, esa vehemencia de celo, esa entrega de alma que deberíamos exhibir! Cuando la iglesia de Dios sufre daño por causa nuestra -el Espíritu ama a la Iglesia y no puede soportar verla robada y despojada, ver que sus hijos anden descarriados, que sus hijos heridos no reciban socorro, y que sus corazones quebrantados no sean sanados- porque somos indiferentes a nuestro trabajo y descuidados en nuestra labor por la Iglesia, el Espíritu Santo está muy desasosegado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero no es únicamente con los ministros, sino con todos ustedes, pues hay un nicho que cada uno de ustedes debe llenar, y si queda vacante, entonces la Iglesia pierde por culpa de ustedes, el reino de Cristo sufre daño, el ingreso que debía percibirse en Sion se agota, y el Espíritu Santo se contrista. Su falta de oración, su carencia de amor, su falta de generosidad, todas estas cosas podrían ser tristes lesiones para la Iglesia de Dios y, por tanto, el amoroso Espíritu de Dios se desasosiega. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, recuerden que el Espíritu de Dios deplora los defectos de los cristianos, ''en razón de los pecadores'', pues el oficio del Espíritu es convencer al mundo de pecado, de justicia y de juicio; pero el rumbo de muchos creyentes es directamente contrario a esta obra del Espíritu. Sus vidas no convencen al mundo de pecado, antes bien tienden a consolar a los transgresores en su iniquidad. Hemos oído de las acciones de algunos profesantes que son citados por los mundanos como una excusa para sus pecados. Personas abiertamente profanas han dicho: “¡Miren a esos cristianos! Hacen esto y lo otro, y ¿por qué no podríamos hacerlo nosotros?” No es bueno que Jerusalén consuele a Sodoma, ni que los crímenes de los paganos encuentren precedentes en los pecados de Israel. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La obra del Espíritu es convencer al mundo de justicia, pero muchos profesantes convencen al mundo de lo opuesto. “No” –dice el mundo- “no se puede tener mayor justicia en Cristo que en cualquier otra parte, pues, miren a quienes le siguen o pretenden hacerlo, y ¿dónde está su justicia? No es mayor que la de los escribas o de los fariseos”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El Espíritu de verdad convence al mundo del juicio venidero; pero ¡cuán pocos de nosotros le ayudamos en esa grandiosa obra! Vivimos y actuamos y hablamos como si no hubiera un juicio venidero; trabajamos arduamente por obtener riquezas como si este mundo no se preocupara por las almas, como si el infierno fuera un sueño. Impasibles ante las realidades eternas, inconmovibles frente los terrores del Señor, indiferentes a la ruina de la humanidad, muchos profesantes viven como viven los mundanos, y están tan lejos de ser cristianos como lo están los infieles. Éste es un hecho indisputable, pero es un hecho que debe lamentarse con lágrimas de sangre. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Varones hermanos, no me atrevo a pensar cuánto de la ruina del mundo ha de ser puesto a la puerta de la Iglesia, pero me atrevo a decir ésto: que aunque los propósitos divinos serán cumplidos y Dios no perderá a ninguno de Sus elegidos, el hecho de que nuestra ciudad de Londres sea ahora una ciudad más bien pagana que cristiana, no puede ser puesto a la puerta de nadie sino a la puerta de la Iglesia profesante de Dios y a la de sus ministros. ¿Adónde más podría estar? ¿Está la ciudad envuelta en tinieblas? No tendría que haber sido así. Si hubiéramos sido fieles, no habría sido así: si somos fieles en el futuro, no permanecerá siendo así por largo tiempo. No puedo imaginar a una iglesia apostólica, establecida en medio de Londres y llena del ardor de los primeros discípulos, que permanezca por largo tiempo sin testimoniar sensiblemente a las masas. Yo sé que el incremento de nuestra población es inmenso; yo sé que estamos agregando cada año un nuevo poblado a esta ciudad agigantada; pero no voy a aceptar la idea –no me atrevo- de que el celo de la Iglesia de Dios, si estuviera en su nivel correcto, fuera demasiado débil para adaptarse al caso. Es más, hay suficiente riqueza entre nosotros, si fuera consagrada, para construir tantas casas de oración como fueran necesarias. Hay suficiente habilidad entre nosotros, si fuera dedicada al ministerio de la Palabra, para producir una suficiencia de predicadores de la cruz. Tenemos todo el vigor mental y pecuniario que se requiere. El punto en que fallamos es éste: somos limitados en poder espiritual, somos miserables en gracia, tibios en celo, magros en devoción, tambaleantes en fe. No estamos estrechos en nuestro Dios; estamos estrechos en nuestras entrañas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos, yo creo que el Espíritu de Dios es grandemente contristado por muchas iglesias en razón de los pecadores en sus congregaciones que reciben escasos cuidados, escasas oraciones, y ninguna lágrima. ¡Quisiera que este pensamiento nos moviera a nosotros y a nuestros hermanos a enmendar nuestros caminos! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''En segundo lugar, hemos de referirnos a LAS CAUSAS DEPLORABLES ''que motivan que el Espíritu Santo se contriste''. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El contexto nos sirve de ayuda. Aprendemos que ''los pecados de la carne, la inmundicia y la maledicencia'' de cualquier tipo, lo contristan. Noten el versículo precedente: “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca”. Cuando un cristiano cae en el hábito de hablar de una manera inmoral y poco comedida, cuando se deleita en cosas que son indecorosas aunque no se sumergiera en la comisión de alguna inmundicia externa, el Espíritu de Dios no se agrada de él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El Espíritu Santo descendió sobre nuestro Señor como paloma, y una paloma se deleita en los ríos de agua pura, pero rehuye todo tipo de inmundicia. En los días de Noé, la paloma no halló donde sentar la planta de su pie por todos los cadáveres que flotaban en los desperdicios; y de igual manera, la paloma celestial no encuentra reposo en las cosas muertas y corruptas de la carne. Si vivimos en el Espíritu, no obedeceremos los deseos de la carne; quienes caminan en pos de la carne no saben nada del Espíritu. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Según el versículo treinta y tres, nos da la impresión de que el Espíritu Santo es contristado si albergamos ''amargura'', enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Si en la Iglesia cristiana hay disensiones y divisiones, si un hermano habla mal de su hermano, y si la hermana habla mal de su hermana, el amor está ausente y el Espíritu de amor no estará presente por largo tiempo. La paloma es el emblema de la paz. Uno de los tempranos frutos del Espíritu es la paz. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mis queridos amigos, yo espero que, como una Iglesia, si hubiera algún sentimiento maligno y secreto entre nosotros, si hubiera alguna raíz oculta de amargura aunque todavía no hubiere brotado para turbarnos, puede ser quitada y destruida de inmediato. Yo no tengo conocimiento de una cosa así de abominable, y me siento feliz de poder decirlo; confío en que caminamos juntos en santa unidad y concordia de corazón; y si alguien está consciente de alguna amargura, aunque fuera en un medida muy pequeña, ha de deshacerse de ella, para que el Espíritu de Dios no sea contristado por su culpa, y contristado por la Iglesia de Dios debido a esa persona. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No tengo ninguna duda de que el Espíritu se contrista grandemente cuando ve en los creyentes algún grado de ''amor al mundo''. Su celo celestial es provocado por ese tipo de amor impío. Si una madre viera que su hijo está encariñado con otra persona que no es ella, si supiera que es más feliz en la compañía de un extraño que en la suya propia, consideraría eso una pena muy dura de sobrellevar. Ahora bien, el Espíritu de Dios nos da a nosotros, los creyentes, gozos y consuelos abundantes; y si nos ve que damos la espalda a todas esas cosas para unirnos a la compañía mundana, para alimentarnos ávidamente de los mismos vanos gozos que satisfacen a los mundanos, siendo un Dios celoso, consideraría eso como un gran desprecio contra Él. ¡Cómo! ¿Acaso el Buen Pastor adereza la mesa con las exquisiteces mismas del cielo y nosotros preferimos devorar las algarrobas que comen los cerdos? Cuando pienso en un cristiano que trata de encontrar su gozo allí donde los mundanos más viles encuentran los suyos, difícilmente puedo imaginar que sea cristiano, o, si lo fuera, seguramente contrista grandemente al Espíritu de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Vamos, antepones al mundo, que profesas haber encontrado vacío, y vano y engañoso, antepones éso a las cosas más escogidas del reino de la gracia; y aunque profesas que te “hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús”, todavía te revuelcas en el polvo como lo hacen los demás. ¿Qué dice el mundo? “¡Ah, ah” –dice- “aquí está uno de esos cristianos que viene en pos de un poco de felicidad! ¡Pobre alma! Su religión no le proporciona ningún gozo y, por tanto, busca un poco de dicha en otra parte. Denle un espacio, pobre tipo, pues se la pasa mal los domingos”. Entonces se corre la voz de que los cristianos no tienen gozo en Cristo; que nos tenemos que negar a nosotros mismos toda verdadera felicidad, y que sólo podemos lograr un poco de deleite a hurtadillas, cuando hacemos lo mismo que hacen los demás. ¡Qué calumnia es ésa! Y sin embargo, ¡cuántos profesantes son responsables por ello! Si viviéramos en comunión con Jesús no apeteceríamos lo que el mundo ofrece; despreciaríamos su júbilo y hollaríamos sus tesoros. La mundanalidad, en cualquiera de sus versiones, tiene que ser muy aflictiva para el Espíritu de Dios: no solamente el amor del placer, sino el amor de las ganancias. La mundanalidad de los hombres y mujeres cristianos al imitar al mundo en el vestido, la mundanalidad en el lujo o en la conversación, tiene que desagradar al Espíritu de Dios, porque Él nos define como un pueblo peculiar, y nos dice: “Salid de en medio de ellos, y apartaos… y no toquéis lo inmundo”; y luego nos promete: “Y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas”; pero si no queremos apartarnos, ¿cómo podríamos esperar que no sea contristado? Israel fue constreñido a dejar Egipto para ir al desierto, y Dios dice: “Me he acordado de ti… del amor de tu desposorio, cuando andabas en pos de mí en el desierto”. Pareciera amar mucho la temprana separación de Israel para Sí; y así, yo creo que el Señor se deleita en ver a Su pueblo rompiendo vínculos afectivos, renunciando a los placeres carnales y saliendo del campamento para llevar el vituperio de Cristo. El corazón de Jesús se embelesa cuando ve que Su iglesia abandona el mundo. Aquí tenemos Sus propias palabras para Su esposa: “Oye, hija, y mira, e inclina tu oído; olvida tu pueblo, y la casa de tu padre; y deseará el rey tu hermosura”. Le encanta que Sus santos sean enteramente para Él. Él es un Salvador celoso, y de aquí que Pablo diga que laboraba para “presentar a la Iglesia como una virgen pura a Cristo”. Jesús quiere que nuestra castidad para Él sea guardada más allá de toda sospecha, para que lo escojamos como nuestra única posesión y dejemos las cosas ruines de la tierra a quienes las aman. Hermanos míos, eviten contristar al Espíritu Santo en razón de la mundanalidad. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, el Espíritu de Dios es contristado grandemente por ''la incredulidad''. Querido amigo, ¿qué podría contristarte más que tu hijo sospechara de tu veracidad? “¡Ay!”, -da voces el padre- “¿podríamos haber llegado al punto de que mi propio hijo no me crea?” ¿Ha de ser mi promesa rechazada en mi cara y me ha de decir mi propio hijo: ‘padre mío, no puedo confiar en ti’? Ninguno de nosotros, como padres, ha llegado todavía a ese punto, y sin embargo, ¿habrá llegado a ese punto nuestro Dios? ¡Ay!, ha sucedido; hemos despreciado al Espíritu de verdad al dudar de la promesa y desconfiar de la fidelidad de Dios. De todos los pecados, seguramente éste ha de ser uno de los más provocadores. Si permaneciera en algo el virus de la culpa diabólica, ha de ser en la incredulidad, no en la de los pecadores, sino en la del propio pueblo de Dios, pues los pecadores no han visto nunca lo que los santos han visto; no han sentido nunca lo que nosotros hemos sentido, no han sabido nunca lo que hemos sabido; y, por tanto, si dudan, no pecan contra tal luz, ni desprecian a tales argumentos invencibles a favor de la confianza, como lo hacemos nosotros. Que Dios perdone nuestra incredulidad, y que nunca más contristemos a Su Espíritu. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Adicionalmente, el Espíritu es contristado sin duda por nuestra ''ingratitud''. Cuando Jesús nos revela Su amor, si abandonáramos la cámara de comunión para hablar con ligereza y olvidar ese amor; o si, cuando hemos sido levantados del lecho de la enfermedad, no estuviéramos más consagrados que antes; o si, cuando nuestro pan nos es dado, y nuestra agua es segura, nuestro corazón nunca agradeciera al dador generoso; o si, siendo preservados en medio de la tentación, falláramos en magnificar al Señor, seguramente, en cada caso, ésto sería un pecado que provoca a Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando agregamos altivez a la ingratitud, entonces contristamos gravemente al Espíritu bendito. Cuando un pecador salvado se vuelve altivo, insulta a la sabiduría del Espíritu de Dios por su necedad; pues, ¿qué podría haber en nosotros para estar orgullosos? El orgullo es una hierba mala que crece en cualquier tipo de suelo. ¡Orgullosos de las misericordias de Dios! ¡Es como si estuvieras orgulloso de estar endeudado! Vamos, algunos de nosotros somos tan insensatos que Dios no puede exaltarnos, pues si lo hiciera, pronto sufriríamos de mareos en el cerebro y caeríamos irremediablemente. Si el Señor pusiera aunque fuera una pieza de oro del consuelo en nuestros bolsillos, nos consideraríamos tan ricos que estableceríamos nuestro negocio por cuenta propia, y cesaríamos de depender de Él. No puede consentirnos con un pequeño gozo: tiene que guardarnos como el padre de la parábola guardó al hermano mayor, que se quejaba: “Nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos”. ¡Oh!, es triste que seamos tan necios como para volvernos orgullosos de nuestras gracias. Ésto contrista grandemente al Espíritu en una persona individual, y con mayor razón cuando se convierte en la falta de una iglesia entera. Si ustedes, como iglesia, se jactaran de que son numerosos, o generosos, o ricos, todo habría terminado para ustedes. Dios abate a quienes se exaltan. Si su alma se jactara en el Señor, pueden jactarse tanto como quieran; pero si se gloriaran en cualquier otra cosa, Dios escondería su rostro, y serían turbados aunque su monte hubiera estado firme alguna vez, de tal forma que soñaron que no podía ser conmovido. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo no podría darles una lista completa de todos los males que contristan al Espíritu de Dios, pero permítanme mencionarles aquí, particularmente, a uno: ''la falta de oración''. ¿No se aplica ésto a algunos? ¡Cuán poco oramos algunos de nosotros! Que cada conciencia sea ahora su propio acusador. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mi querido hermano, ¿qué hay en cuanto al propiciatorio? ¿Qué hay en cuanto al aposento y a la secreta comunión con Dios? ¿Qué hay en cuanto a la lucha pidiendo por tus hijos? ¿Qué hay en cuanto a suplicar por el pastor? ¿Has sido renuente a interceder por la conversión de tu vecino? ¿Podrías leer la historia de la intercesión de Abraham por Sodoma y decir que tú has intercedido por Londres de la misma manera? ¿Podrías leer sobre Jacob en el arroyo de Jaboc, y decir que tú pasaste, ya no digamos una noche, sino una hora luchando con el ángel alguna vez? La falta de oración de esta época es uno de sus peores signos, y la falta de oración de algunas de nuestras iglesias cristianas hace pensar como si Dios estuviera a punto de retirarse de la tierra, pues en muchas iglesias -según me informan- experimentan dificultades para lograr que un suficiente número de hombres asista a las reuniones de oración para siquiera continuarlas. Sé de algunas iglesias –“No lo anunciéis en Gat, ni deis las nuevas en las plazas de Ascalón”- sé de algunas iglesias que han renunciado a las reuniones de oración porque nadie asiste. ¡Ah!, si éste fuera un caso solitario, debería ser lamentado cotidianamente, pero hay muchísimas iglesias en una condición semejante; que el Señor tenga misericordia de ellas y de la tierra en la que moran tales iglesias. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Para resumir muchas cosas que podrían ser dichas, pienso que el Espíritu Santo será contristado por cualquiera de nosotros si nos entregáramos a ''cualquier pecado conocido'', sea cual sea; y voy a agregar a eso que también será contristado, si alguno de nosotros descuida cualquier deber conocido, sea cual sea. No puedo imaginar que el Espíritu de Dios se agrade con un hermano que conoce la voluntad de su Maestro y no la hace: yo sé que la Palabra dice que recibirá muchos azotes. Seguramente, dar azotes ha de ser el resultado de la pesadumbre de parte de la mano que administra tales azotes. Si alguna persona o alguna iglesia conocen el bien y no lo hace, para ella o para la iglesia constituirá un pecado; y aquello que podría no ser pecado en el ignorante, se convertirá en pecado para los que son bendecidos con la luz. Tan pronto como tu conciencia es iluminada y conoces la senda del deber, no necesitas decir: “Otros deben hacerlo” (deben hacerlo, pero se sostendrán o caerán ante su propio Señor). Si tu juicio es iluminado, apresúrate y no te demores en guardar los mandamientos de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
John Owen, en su tratado sobre el Espíritu Santo, hace un comentario diciendo que él cree que el Espíritu de Dios fue grandemente contristado en Inglaterra debido a la declaración pública hecha en los artículos de la doctrina, en el sentido de que la Iglesia de Dios tiene el poder para decretar ritos y ceremonias por ella misma. La Palabra de Dios es la única regla de la Iglesia de Dios: en la medida en que la Iglesia de Inglaterra, así llamada, reclama ser su propio legislador, contrista al Espíritu. Cuando una iglesia reclama para sí el derecho de juzgar cuáles han de ser sus propias ordenanzas, en lugar de reconocer voluntaria y obedientemente que no tiene ningún derecho de elección de ningún tipo, sino que está obligada a obedecer la voluntad revelada de su Grandiosa Cabeza, peca terriblemente. El deber de todos los cristianos es escudriñar la Palabra para conocer cuáles son las ordenanzas que Dios ha establecido y mandado, y una vez estando claros de la regla de la Palabra, nos corresponde obedecerla. Si vieran el bautismo infantil en la Palabra, no lo descuiden; si no estuviere allí, no lo consideren. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aquí he de expresar un pensamiento que me ha perseguido por largo tiempo. Tal vez la triste condición presente de la iglesia cristiana, y el predominio del dogma de la “regeneración bautismal” puedan ser rastreados al descuido que reina casi universalmente en la Iglesia, en relación a la grandiosa ordenanza cristiana del bautismo de los creyentes. Los hombres se ríen de cualquier plática con respecto a ésto, como si el tema no tuviera ninguna importancia; pero me permito decir que independientemente de cuál sea la verdad sobre esa ordenanza, vale la pena que cada creyente la descubra. Me reúno constantemente con personas que no tienen ningún tipo de fe en el bautismo infantil, y han renunciado a él desde hace mucho tiempo; y sin embargo, aunque admiten que deberían ser bautizados como creyentes, descuidan el deber como si fuera algo sin importancia. Ahora observen que cuando el gran día revele todas las cosas, estoy persuadido de que revelará ésto: que la suplantación que ha hecho la iglesia del bautismo de los creyentes por el bautismo de los infantes, no solamente fue un gran instrumento en el establecimiento original del Papado, sino que el mantenimiento de esa perversa ordenanza en nuestra iglesia protestante es la raíz principal y la causa del presente avivamiento del Papado en esta tierra. Si quisiéramos poner el hacha a las raíces del sacramentalismo, debemos regresar al viejo método escritural de dar ordenanzas solamente a los creyentes: ordenanzas que vienen después de la fe, no antes de la fe. Hemos de renunciar a bautizar para regenerar, y hemos de administrar el bautismo solamente a quienes profesan ser ya regenerados. Cuando todos lleguemos a éso, no oiremos más acerca de la “regeneración bautismal”, y otras mil doctrinas falsas desaparecerían. Si establecieran la regla de que los incrédulos no tienen ningún derecho a la ordenanza de la iglesia, entonces le estarían quitando a los hombres el poder de establecer la profana institución de una iglesia del estado; pues, fíjense, no sería posible ninguna ‘iglesia nacional’ sobre el principio del bautismo de los creyentes, un principio que es demasiado exclusivo para adecuarse a la mezclada multitud de una nación entera. Una iglesia del estado ''tiene ''que aferrarse al bautismo infantil; necesariamente tiene que recibir a todos los miembros del Estado en sus números; ''tiene ''que hacerlo o de lo contrario no podría esperar la paga del Estado. Hagan de la Iglesia un cuerpo que conste únicamente de hombres que profesan ser creyentes en el Señor Jesús, y que la Iglesia diga a todos los demás: “ustedes no tienen arte ni parte en este asunto mientras no sean convertidos”, y entonces habría un término a la alianza profana entre la Iglesia y el mundo, que es ahora una plaga que marchita a nuestra tierra. Los errores de doctrina, de práctica y de gobierno podrían provocar que no caiga el rocío del cielo. Ustedes dirán: “Esos errores no impidieron los avivamientos en otros días”. Tal vez no, pero Dios no siempre pasa por alto nuestra ignorancia. En estos días nadie necesita ser ignorante acerca del misterio del “bautismo infantil”; el error ha evolucionado hasta su pleno desarrollo, y ha alcanzado tal clímax que cada cristiano debe darle su más sincera consideración. La culpa se apoderará de nosotros si no somos sinceros en buscar las raíces de un mal que es la causa de un daño tan letal en la tierra. Si, como iglesia, somos claros en nuestro testimonio sobre este punto, les imploro que verifiquen si hay algún otro error del que pudieran ser acusados. ¿Hay alguna parte de la Escritura que no hayamos atendido? ¿Hay alguna verdad que hayamos descuidado? Hemos de estar dispuestos a renunciar a nuestras más preciadas opiniones al mandato de la Escritura, cualesquiera que pudieran ser. Les digo lo mismo que digo a los demás: que si la forma de gobierno de nuestra iglesia, si la manera de nuestra administración de las ordenanzas cristianas, si las doctrinas que sostenemos no son justificadas por la Palabra de Dios, debemos ser fieles a nuestras conciencias y a la Palabra, y estar dispuestos a cambiar según la luz que hemos recibido. Debemos renunciar a la idea de estereotipar cualquier cosa; debemos estar listos en cualquier momento y en todo momento, a hacer justo aquello que el Espíritu de Dios quiere que hagamos, pues, si no lo hacemos, no podemos esperar que el Espíritu de Dios permanezca en nosotros. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, que tengamos un corazón que sirva a Dios perfectamente! ¡Oh, que un corazón así sea dado a todo Su pueblo, de tal manera que esté dispuesto a renunciar a toda autoridad, antigüedad, gusto y opinión, y a inclinarse únicamente ante del Espíritu Santo! ¡Que la Iglesia camine todavía según la simple regla del Libro de Dios y de conformidad con la luz del Espíritu de Dios, y entonces cesaremos de contristar al Espíritu Santo! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''III. '''En tercer lugar, y muy brevemente –demasiado brevementeveremos EL LAMENTABLE RESULTADO ''de que el Espíritu Santo sea contristado''. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Estando en el hijo de Dios, eso no conducirá a su entera destrucción, pues ningún heredero del cielo puede perecer; tampoco le será retirado completamente el Espíritu Santo, pues el Espíritu de Dios nos es dado para que permanezca con nosotros para siempre. Pero los efectos nocivos son, sin embargo, sumamente terribles. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mis queridos amigos, ustedes perderían ''todo sentido de la presencia del Espíritu Santo'': Él se ocultaría de ustedes, y no habría rayos de consuelo, ni palabras de paz, ni pensamientos de amor; habría lo que Cowper llama: “un doloroso vacío que el mundo no puede llenar jamás”. Si contristaran al Espíritu Santo perderían todo ''gozo cristiano''; la luz les sería retirada, y tropezarían en la oscuridad; los propios medios de la gracia que una vez fueron un deleite, no tendrían ninguna música para su oído. Su alma no sería más como un huerto regado, sino como un aullante páramo. Si contristaran al Espíritu Santo, perderían todo ''poder''; si oraran, sería una oración muy débil y no prevalecerían con Dios. Cuando leyeran las Escrituras, no serían capaces de descorrer el pestillo y forzar su paso para adentrarse en los misterios de la verdad. Cuando subieren a la casa de Dios no experimentarían nada de ese devoto alborozo, de ese correr sin cansarse, de ese caminar sin desfallecer. Se sentirían como se sintió Sansón cuando perdió su cabello: débil, cautivo y ciego. Si el Espíritu Santo se apartara, y la ''seguridad'' se fuera, se presentarían las dudas, y surgirían los cuestionamientos y las sospechas. &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“¿Amo al Señor o no?&amp;lt;br&amp;gt;¿Soy Suyo o no lo soy?'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Si contristaran al Espíritu de Dios, la ''utilidad'' cesaría: el ministerio no rendiría ningún fruto; su trabajo en la escuela dominical sería estéril; hablarles a otros y trabajar para otras almas sería como sembrar en el viento. Si una iglesia contrista al Espíritu de Dios, ¡oh, las plagas vendrán y marchitarán su hermoso jardín! Entonces sus días de solemne asamblea no tendrían ninguna aceptación en el cielo; sus hijos, aunque todos ellos fueran ordenados como sacerdotes para Dios, no ofrecerían ningún incienso aceptable. Si la iglesia contrista al Espíritu, no podría bendecir a la época en que vive; no proyectaría ninguna luz en las tinieblas circundantes; ningún pecador sería salvado por su medio; habría solamente unas cuantas adiciones a su número; sus misioneros cesarían de partir a otros lugares; no habría desposorios de comunión en su casa; tinieblas y muerte reinarían donde todo era gozo y vida. Hermanos, amados en el Señor, que el Señor evite que como iglesia contristemos a Su Espíritu, y haga que seamos denodados, celosos, veraces, unidos y santos, de tal forma que podamos retener entre nosotros a este huésped celestial que nos abandonaría si lo contristamos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''IV. '''Por último, el texto usa un ARGUMENTO PERSONAL para prohibirnos que contristemos al Espíritu: “Con el cual fuisteis sellados para el día de la redención”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Qué significa éso? Hay muchos significados atribuidos por diferentes comentaristas: nos contentaremos con los siguientes: Se pone un sello sobre algo para ''atestiguar su autenticidad y autoridad''. ¿Por qué medio puedo saber si soy realmente lo que profeso ser? Soy un cristiano por profesión. ¿Cómo sé si realmente soy un cristiano o no? Dios pone un sello sobre cada santo genuino: ¿cuál es? Es la posesión del Espíritu Santo. Si tienes al Espíritu Santo, mi querido amigo, ése es el sello que Dios ha puesto sobre ti para indicar que tú eres Su hijo. ¿No ves, entonces, que si contristaras al Espíritu, perderías tu sello y serías como una comisión con el sello suprimido; serías como una nota escrita a mano sin una firma? Tu evidencia de ser hijo de Dios es el Espíritu, pues “Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él”. Si no tienes en ti al Espíritu, ésa sería para ti una evidencia decisiva de que no perteneces a Cristo, pues carecerías del cimiento de la verdadera seguridad, que es la presencia permanente, el poder y el gozo del Espíritu. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, he dicho que el sello se usa para ''testificación''; y eso es lo que es, no sólo para ti, sino para los demás. Le dices al mundo que te rodea: “yo soy un hijo de Dios”. ¿Cómo habrían de saberlo? Ellos sólo pueden juzgar como tú te debes juzgar, es decir, mirando el sello. Si posees el Espíritu de Dios, pronto verán que eres un cristiano; y si no lo tienes, sin importar qué otra cosa tengas, pronto se descubriría que eres una falsificación, pues carecerías del sello. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amados, toda la historia de la Iglesia demuestra ésto: que cuando la Iglesia cristiana ha sido llena del Espíritu de Dios, el mundo ha confesado su linaje porque no podía evitar hacerlo; pero cuando la Iglesia ha perdido su entusiasmo y fervor porque ha perdido su fuego celestial, entonces el mundo se ha preguntado: “¿Qué más es esta iglesia cristiana que una sinagoga de los judíos o que la compañía de Mahoma?” El mundo conoce el sello de Dios; y si no lo ve, pronto desprecia a esa sociedad que pretende ser la Iglesia de Dios, pero que no tiene ni la marca ni la prueba de ello. La misma verdad es válida en todos los casos; por ejemplo, en el tema del ministerio cristiano. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando vine a Londres por primera vez, hubo algunas pláticas acerca de mi ordenación al ministerio. “Si soy ordenado por Dios, no necesito la ordenación de los hombres; y, por otro lado, si Dios no me ha llamado a la obra, ningún hombre o conjunto de hombres podría hacerlo”. Pero se me dijo: “¡Tiene que haber un servicio de reconocimiento, para que otros puedan expresar su aprobación!” “No” –dije- “si Dios está conmigo, me reconocerán lo suficientemente rápido como un hombre de Dios; y si me es negada la presencia del Señor, la aprobación humana es de poco valor”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos, si profesan ser llamados a cualquier forma de ministerio, su única manera de demostrar su llamamiento sería mostrando el sello de Espíritu; cuando ese sello está estampado en sus labores, no requerirán de ningún otro reconocimiento. El campamento de Dan pronto reconoció a Sansón cuando el Espíritu vino sobre él; y cuando fue entre los enemigos –los filisteos- con la quijada de un asno, pronto lo reconocieron cuando lo vieron amontonando a los muertos unos sobre otros. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así es como el cristiano o el ministro han de forzar el reconocimiento de su status y llamamiento. Los caballeros de la cruz tienen que ganar sus reconocimientos en el campo de batalla. La única manera en que un cristiano puede ser identificado como cristiano, o en que la iglesia puede manifestarse como una iglesia de Dios, es teniendo el Espíritu de Dios, y en el nombre del Espíritu de Dios hacer proezas para Dios, y dar gloria a Su santo nombre. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, se usa también un sello para ''preservar'', así como para atestiguar. El oriental sella sus bolsas de dinero para asegurar el oro que va dentro, y nosotros sellamos nuestras cartas para guardar su contenido. El sello es puesto para seguridad. Ahora, amados, como la única manera por la que pueden ser reconocidos como cristianos es por poseer realmente el poder sobrenatural del Espíritu Santo, así, también, la única manera por la que pueden ser preservados siendo cristianos, y preservados de regresar al mundo, es por continuar poseyendo el mismo Santo Espíritu. ¿Qué serían ustedes si el Espíritu de Dios se fuera? La sal que ha perdido su sabor, ¿con qué será salada? “Árboles dos veces muertos y desarraigados… estrellas errantes, para las cuales está reservada eternamente la oscuridad de las tinieblas”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El Espíritu Santo no es un lujo para ustedes, sino una necesidad: tienen que poseerlo, o morirán; tienen que poseerlo, o están condenados, sí, y con una doble condenación. Aquí interviene esa promesa escogida que el Señor no los dejará ni los abandonará; pero si los dejara para siempre, no quedaría ningún sacrificio más por el pecado; sería imposible renovarlos otra vez para arrepentimiento, viendo que habrían crucificado al Señor de nuevo, y lo habrían puesto en una visible vergüenza. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No contristes, entonces, a ese Espíritu de quien eres tan dependiente: Él es tu credencial como cristiano; Él es tu vida como creyente. Valóralo más allá de todo precio; habla de Él con tu cabeza inclinada, con asombro reverente; descansa en Él con una confianza amorosa e infantil; obedece Sus amonestaciones más delicadas; no descuides Sus susurros interiores; no te apartes de Sus enseñanzas contenidas en la Palabra, o de las dadas por medio de Sus ministros; y has de estar tan presto a sentir Su poder como las olas del mar están dispuestas a ser movidas por el viento, o una pluma a ser transportada por la brisa. Has de estar listo a cumplir Sus órdenes. Así como los ojos de la criada están atentos a su ama, así tus ojos han de estar atentos a Él. Cuando conozcas Su voluntad, no hagas preguntas, no cuentes los costos, enfrenta todos los peligros, desafía todas las circunstancias. La voluntad del Espíritu ha de ser tu ley absoluta, independientemente de ganancia o pérdida, independientemente de tu propio juicio o de tu propio gusto. Una vez que percibas claramente la voluntad del Espíritu, has de obedecer instantáneamente, y has de tratar de seguir percibiendo esa voluntad. No cierres intencionalmente tus ojos a un deber desagradable, ni cierres tu entendimiento a una verdad que no es bien recibida. No te apoyes en tu propio entendimiento; considera que sólo el Espíritu Santo puede enseñarte, y que aquellos que no quieren ser enseñados por Él, han de permanecer siendo necios irremediablemente. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh!, que viviera para ver que la Iglesia de Dios reconoce el poder del Espíritu Santo; que pudiera verla hacer a un lado la mortaja que ha persistido en llevar durante tan largo tiempo; que pudiera ver que no pone ninguna confianza en el Estado o en el poder, que no confía más en la elocuencia y en el conocimiento; que pudiera verla depender del Espíritu Santo, aunque sus ministros fueran de nuevo pescadores, y sus seguidores fueran de nuevo “lo vil del mundo y lo que no es”; aunque tenga que ser bautizada en sangre; aunque el hijo varón provoque la ira del dragón, y arroje agua como un río contra ella, no obstante, el día de su victoria final habrá de amanecer. Si sólo obedeciera al Espíritu, si sus directrices, credos y reglas, sus libros de oración, rúbricas y cánones fueran lanzados a los vientos, y el Espíritu libre del Dios vivo gobernara por doquier; si, en vez de los decretos de sus concilios, y la servidumbre esclavizada del sacerdocio y del ritual, sólo abrazara la libertad con la que Cristo la ha hecho libre, y caminara según Su Palabra y según las enseñanzas del Maestro celestial, entonces podríamos oír el grito del Rey en nuestro medio, ¡y las almenas del error caerían! ¡Que Dios lo envíe, y que lo envíe en nuestro tiempo, y Suya será la alabanza! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me temo que hay algunos aquí que no''contristan ''al Espíritu, pero hacen algo peor que eso; ellos ''apagan'' al Espíritu, ellos ''resisten'' al Espíritu. ¡Que el Señor les conceda el perdón de este grave pecado, y que sean conducidos a la cruz de Cristo para encontrar el perdón para cada pecado! En la cruz, y únicamente allí, puede ser encontrada la vida eterna. Que Dios los bendiga, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

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		<id>http://es.gospeltranslations.org/wiki/Una_Pregunta_Apasionante</id>
		<title>Una Pregunta Apasionante</title>
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				<updated>2011-01-01T23:46:46Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|An Exciting Enquiry}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Cuando entró él en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió, diciendo: Quién es éste?” ''Mateo 21: 10. &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
¡Oh, que algo conmoviera a esta grandiosa ciudad nuestra! Me temo que al menos un tercio de nuestra población se está asentando en una apática indiferencia hacia toda religión. No es que haya miles que profesen ser infieles, pero, aunque no profesen serlo, realmente son infieles. No es que odien el Evangelio: no les interesa oírlo ni saber qué es lo que enseña. No tienen el suficiente interés para entrar en el santuario aunque fuera una sola vez en su vida, a menos que, influenciados por la moda o el miedo, participen en alguna observancia ceremonial. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pienso que sería muy difícil llegar a tener una noción del terrible paganismo que impera en esta gran metrópoli. Podrían recorrer todas sus calles y descubrir que la mayor proporción de su población, muy lejos de hacer alguna profesión de religión, ni siquiera visita algún lugar de adoración, y no sabe nada más de lo que el misionero citadino o la maestra de Biblia le pudieran haber enseñado. Estamos entrando en un estado de cosas muy, muy, muy lamentable; necesitamos algo que le llegue a las masas, y obligue a la ciudad a ser conmovida. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los cultos que se han celebrado recientemente en los teatros han sido, sin duda, de gran bendición; hacer que las catedrales estuviesen disponibles ha sido un paso en la dirección correcta; pero cualquiera puede ver que el efecto de esos cambios en la rutina ordinaria es naturalmente transitorio. Si se sigue predicando el mismo evangelio, no habrá una mayor atracción en un teatro de la que hay en una capilla o en una iglesia; una vez que pasa la novedad de su predicación, se desvanece. No podemos esperar ver las catedrales abarrotadas por largo tiempo ahora, más de lo que pudimos haberlo esperado hace veinte años. Eso es bueno como una oportunidad, pero tiene que ser temporal en sus resultados. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Necesitaremos algo más grande que esto antes de que accedamos a las masas de Londres. Esto es sólo un diminuto martillo, por así decirlo; necesitamos un martillo más pesado que el de Tor para golpear esta Isla y conmoverla de un extremo al otro. Cuando se tiene a tres millones de personas reunidas en un solo lugar, no puedes moverlas abriendo simplemente media docena de teatros, o abarrotando una catedral, o llenando algún gran salón de adoración. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Qué signo tan esperanzador sería que la gente fuera apasionada incluso contra la religión! Realmente, yo preferiría que la odiaran inteligentemente a que sean apáticamente indiferentes a la religión. Un hombre que ha reflexionado lo suficiente acerca de sí mismo para oponerse a la verdad de Dios, es un sujeto más esperanzador que el hombre que no piensa del todo. No podemos hacer nada con unos troncos, pero sentimos que podemos vigorizar nuestros nervios yendo a la carga contra hombres poseídos de demonios, si tenemos el verdadero Evangelio para echar fuera a los demonios. Pero cuando los hombres están totalmente desposeídos de espíritu, cuando son simplemente torpes leños, pesados e irreflexivos, entonces no podemos tratar con ellos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Por mi parte, no lamento ahora la actividad del Puseyismo y del Papado. Aunque les temo como a un terrible mal en sí mismo, agradezco todo lo que alivie la horrenda placidez del estancamiento religioso. Si sólo nos indujera a oponernos a él, haría que el verdadero espíritu protestante de Inglaterra saliera a la luz. Yo estaría agradecido por los resultados sanitarios, independientemente de lo mucho que deplore la devastadora pestilencia. Necesitamos algo que despierte otra vez a esta ciudad, y la conmueva de un extremo a otro. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I.''' Creo que el texto nos dice qué es lo que lo logrará. ¿QUÉ ES AQUELLO QUE CONMOVERÁ A TODA LA CIUDAD DE LONDRES, COMO CONMOVIÓ A JERUSALÉN? Un Salvador reinante cabalgando en triunfo. Jesucristo no conmovió nunca a Jerusalén hasta que montó sobre aquella asna, hasta que tendieron sus mantos en el camino, y hasta que esparcieron las ramas y clamaron: “¡Hosanna!” Fue entonces, cuando cabalga en triunfo como Rey de los judíos, que la ciudad fue conmovida. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, que tuviéramos un reinante Salvador más claramente reconocido en todas nuestras iglesias! De nada sirve presentar las cosas demasiado favorablemente u ocultar nuestra vergüenza. El grito de un Rey no está en medio de la iglesia en general. La antigua &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
gloria que descansaba en el elegido del Señor ha partido en gran medida. Toma nota, Icabod, pues traspasada es la gloria de Israel. No tenemos ahora el descenso del potente brazo, ni la fuerza de un Dios presente, que una vez tuvimos. El mundo sabe muy poco acerca de la iglesia, y muy poco se preocupa de ella, en tanto que Cristo no reine en los palacios de la iglesia. Desplieguen la bandera del Rey, proclamen Su entrada, den a conocer Su residencia y, sin dilación, “Se levantarán los reyes de la tierra, y príncipes consultarán unidos contra Jehová y contra su ungido, diciendo: Rompamos sus ligaduras, y echemos de nosotros sus cuerdas.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Cuál era aquella iglesia que turbaba a la Edad Media? Pues, una iglesia constituida por hombres que arriesgaban sus vidas hasta la muerte, hombres que se levantaban y predicaban a altas horas de la noche a los pocos asistentes que eran lo suficientemente valerosos para oírlos, hombres que en otros tiempos podían desafiar al tirano, y enfrentarse cara a cara con el cardenal o el papa, y decir la verdad, pasara lo que pasara. Aquellos eran hombres que tenían en medio de ellos a un Salvador reinante; aunque eran pocos y débiles, ese ejército intrépido sometió al mundo. El Vaticano tembló; las palabras que decían, sustentadas por el carácter del que daban muestras, caían como centellas a su alrededor. ¿Quieren indagar, hermanos míos, sobre los sencillos pero santos siervos de Dios que trajeron una Reforma a Inglaterra? Eran hombres que reconocían a un Salvador reinante. La iglesia estaba representada por hombres en cuyos corazones realmente moraba Jesucristo, hombres tales como Wycliffe y sus sucesores. Iban de mercado en mercado, contando sólo con medias páginas o páginas enteras de la Palabra de Dios, usándolas tan rápidamente como pudieran ser impresas. Las leían en las esquinas de las plazas; iban de un lugar a otro, predicando con lenguas de fuego y con un lenguaje sencillo, el Evangelio puro y sin adulteración, y pronto incendiaron a toda Inglaterra. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Y quiénes fueron aquellos que en días posteriores, en el siglo pasado, despertaron a la iglesia durmiente? Eran hombres en quienes reinaba Cristo; hombres tales como Whitefield y los hermanos Wesley, seres que se postraban ante la dignidad real de Jesús, y decían: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“¿Acaso, por miedo a hombre débiles,&amp;lt;br&amp;gt;Reprimiremos en nosotros el curso del Espíritu?”'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Sin dejarse intimidar por ningún rostro mortal, ¿acaso suavizaban sus lenguas y moldeaban sus palabras para ganar la estimación humana? Sobre los cerros, en los cementerios parroquiales, junto a los caminos, por todas partes, por todas partes, desplegaban el estandarte de un Salvador reinante y, al instante, las tinieblas de Inglaterra cedieron su espacio a la luz gloriosa. Y ahora, si sólo pudiéramos lograr que la Iglesia de Dios despertara, pronto veríamos conmovida a toda la ciudad. Nuestros ministros deben predicar el Evangelio, y deben predicarlo con algo semejante a la fuerza; en lugar de regalarnos con ensayos morales y discursos elaboradamente preparados, deben hablar con el corazón, con palabras tales como las que Dios le dé para la ocasión; los miembros de la iglesia deben apoyarlos con un celo vehemente, con ferviente oración e incesantes labores; no necesitaríamos ninguna otra cosa para conmover a esta ciudad de un extremo al otro. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oh, ver al Salvador cabalgando en su medio, y oír las aclamaciones, mientras los jubilosos convertidos aclaman, como los niños de los tiempos antiguos: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!” Las antiguas atracciones de la cruz no han partido. No se puede predicar a Cristo sin obtener como resultado una congregación. Si predican “el Cristo” honestamente y lo predican plenamente, la gente tiene que venir a oír. Aunque odien y desprecien la verdad, regresarán para oírla. Girarán sobre sus talones, y dirán: “no podemos soportarla”; pero la siguiente vez que se abran las puertas, allí estarán. El Evangelio los toma por la oreja y los detiene. Tiene una influencia secreta y misteriosa incluso sobre los corazones que no lo reciben, para forzarlos al menos a prestar los oídos para oírlo. Entonces, la iglesia despertará y se logrará esa influencia, por medio de la cual, la ciudad entera será conmovida. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, cuando hablamos de la iglesia, me temo que nosotros escondemos a menudo nuestros propios pecados bajo una declaración contra la iglesia. Vamos, ''ustedes'' son la iglesia. Ustedes no deben atar a la iglesia como una víctima temblorosa, y flagelarla; átense ustedes mismos, y que el látigo caiga sobre sus propios hombros. Si ustedes y yo tuviéramos un Cristo reinante en nuestros corazones, ayudaríamos a conmover a la ciudad. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Me preguntas qué quiero decir con eso? No me refiero a la manera en que algunos de ustedes muestran la calidad de su fe por la cantidad de sus frutos. Tus convicciones y tu conversión asumen una forma muy moderada. Las mantienes muy a raya; tiras de la rienda sobre los movimientos del corazón; tu religión nunca se desboca, ¡nunca! Eres un hermano muy prudente; ''tú ''nunca serás culpable de nada parecido al entusiasmo, y nadie escribirá con tiza jamás la palabra “Fanático” en tu espalda. Nunca conmoverás a la ciudad, amigo mío, no hay temor de eso. Mientras las súplicas que deberían hacer arder tu corazón, se congelen en tus oídos, no conmoverás nunca a la ciudad. Mientras los temas que deberían postrarte en tierra en humildad de espíritu, y luego remontarte como sobre alas de águilas en un rapto de deleite, no te afecten del todo, y sigas imperturbable, como una piedra, nunca conmoverás la ciudad. Pero si tú y yo sintiéramos que las cosas en las que creemos son de primordial y suprema importancia, que son dignas de vivir por ellas y dignas de morir por ellas, que no hay nada más, de hecho, en todo el mundo, que sea digno de cuidado o de atención, excepto estas cosas, entonces, amados, pronto veríamos a la ciudad conmovida. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Un cristiano ferviente plenamente entregado a su Señor, un alma perfectamente devota a Cristo, es de más valor para ganar almas y para conquistar al mundo, que cincuenta mil individuos que son meros profesantes. Ustedes saben lo que solía suceder en las guerras antiguas. Toda la tropa servía a su manera; pero era un solo hombre que constituía el vértice del triángulo, quien rompía las filas del enemigo, y recogía todas las lanzas y las juntaba en su propio pecho: era ''él'' quien conseguía la victoria. El hombre que arremetía primero con su hacha de combate y mataba al enemigo, y daba ánimo a todos los trémulos soldados que iban detrás, –el hombre que les decía que la victoria sería para los valerosos, y que siguieran adelante contra pronósticos pavorosos– ese era el hombre que hacía famoso a su país. Y necesitamos cristianos así en estos días, que no conozcan el miedo, que no crean en la derrota, y que estén animados por la seguridad de que el Dios Altísimo está con nosotros, y que seguirán adelante, y adelante, y adelante, venciendo y para vencer. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Vean, quien conmueve a la ciudad es un Cristo ''reinante'', Cristo, que cabalga en el corazón en una gloriosa procesión de aclamación jubilosa. Esto es lo grandioso que conmoverá a las apáticas masas de Londres. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II.''' LA GRAN MULTITUD, AL SER CONMOVIDA, HARÁ LA PREGUNTA: “¿QUIÉN ES ESTE?”; y sería algo desafortunado si tú, que estás con Cristo, no fueras capaz de dar una respuesta. Algunos de ustedes, cuyos corazones son rectos para con Él, espero, a duras penas están atentos a este precepto: “Estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros”. En verdad, por encima de todo, yo desapruebo que obtengan su credo de mí, que edifiquen su credo sobre el hecho de que el predicador ha dicho tal y tal cosa. Necesitamos estudiantes de la Biblia como cristianos, hombres que no solamente crean en la verdad, sino que tengan buenas razones para creerla; hombres que puedan enfrentar el error con el argumento: “Escrito está”, y puedan sostener la verdad a cualquier riesgo, usando armas tomadas de la armería del Libro inspirado de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, que tuviéramos entre nosotros más personas aptas para ser maestros! Pero, ¡ay!, me temo que tendremos que decir de muchos de ustedes, como dijo Pablo de los débiles de su tiempo, que, debiendo ser ya maestros, tenían necesidad de que se les volviera a enseñar; y cuando debían haber estado partiendo el pan de vida para otros, ellos mismos necesitaban todavía ser alimentados con leche. Espero que ése no sea el caso en cuanto a nosotros. Espero que podamos crecer en gracia de tal manera, que, cuando se haga la pregunta: “¿Quién es éste?”, seamos capaces de responderla. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amados, ¿tienen el deseo de hacer el bien a sus semejantes? ¿Tienen un anhelo vehemente en su alma de ser el instrumento para llevar a otros a Cristo? Para cumplir esto, es necesariamente imperativo que tengan un conocimiento de Jesús. Ha de ser un conocimiento de corazón. Ustedes les dicen algunas veces a sus hijos que aprendan sus lecciones de memoria. No se puede aprender a Cristo de ninguna otra manera. No se puede aprender de Cristo con la cabeza. Solamente el amor puede aprender el amor; y Cristo es el amor encarnado. Es a través de amarle, y de tener comunión con Él, que llegarán a entenderle. Han de conocerle de memoria. Luego tienen que conocerle en la práctica. Yo no consideraría de valor ninguna respuesta a mis ansiosas indagaciones que proviniera de una persona meramente teórica. ¿Acaso no podría leer el Libro, y averiguar yo mismo la teoría? Yo necesito ser enseñado por alguien que ha gustado y tratado las cosas de las cuales habla. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amados hermanos en Cristo, busquen conocer a Jesús viviendo en Él. Beban de Su sangre; coman de Su carne; estén en constante comunión con Él hasta que su unión vital con Su persona trascienda su fe, mediante una constante experiencia jubilosa. Conozcan a Cristo prácticamente. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amados, procuren también conocer a Cristo a través de ser enseñados por Su Espíritu. Ese conocimiento de Cristo que obtenemos del entendimiento humano es de poco valor; el único conocimiento verdadero es la revelación de Cristo en nosotros por medio del Espíritu Santo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Juan Bunyan solía decir que él predicaba únicamente las verdades que el Señor había grabado con fuego en él. ¡Oh, que el Señor grabe con fuego esas verdades en ustedes! Que se agrade el Señor en escribir en las tablas de sus corazones la historia de su Señor, de tal manera que, cuando cualquiera les preguntara: “¿Quién es éste?”, no necesiten hacer una pausa ni por un instante, o pedirle a algún teólogo que les ayude a dar la respuesta: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Sino que de buena gana les digan a los pecadores por doquier&amp;lt;br&amp;gt;Cuán amoroso Salvador han encontrado.”'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
'''III.''' ESTA INDAGACIÓN ACERCA DE CRISTO HA DE SER ATENDIDA SIEMPRE CON UNA RESPUESTA CLARA Y PRECISA. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si yo pudiera predicar un solo sermón más antes de morir, sé de lo que debería tratar; debería ser acerca de mi Señor Jesucristo; y pienso que, cuando lleguemos al término de nuestro ministerio, algo que deploraremos será no haber predicado más acerca de Él. Estoy seguro de que ningún ministro se arrepentirá jamás de haber predicado demasiado de Cristo. Ustedes que están en Jesús, hablen mucho acerca de Él, y su plática debe ser muy sencilla. Díganles a los pecadores que “Dios fue hecho carne, y habitó entre nosotros, y sus discípulos vieron su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.” Díganles que Él vino a esta tierra como un Sustituto de Su pueblo, que Su vida santa es tomada como la justicia de ese pueblo, que Sus sufrimientos y muerte constituyen una expiación completa y apaciguan la ira de Dios por todos sus pecados. No permitan que se pierda nunca una oportunidad de proclamar la doctrina de la sustitución. Ese es el núcleo del Evangelio; el pecador está en el lugar de Cristo y Cristo está en el lugar del pecador; nuestras deudas con Dios son pagadas por Cristo; el castigo de nuestra paz fue sobre Él, para que tuviéramos paz por medio de Su castigo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Quisiera expresar este tema muy denodadamente a mis amados hermanos y hermanas en Cristo Jesús, y especialmente a ustedes, que pertenecen a la membresía de esta iglesia. En cada ocasión, y especialmente cuando reciban aunque sea media invitación para hacerlo, hablen en lo concerniente a la persona de Cristo como Dios y hombre, en lo concerniente a la obra de Cristo de tomar la culpa humana y sufrir por ella, en lo concerniente al valor de esa obra y de su capacidad de quitar todo tipo de pecado y de blasfemia. Díganle al peor pecador que la sangre de Cristo puede limpiarlo; díganselo al borracho, a la ramera, al ladrón y al asesino. Díganles a todos ellos que el que crea en Él no es condenado; y nunca, por miedo o por vergüenza, rehúsen dar una respuesta a una indagación tan esperanzada como esta: “¿Quién es éste?” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Y qué les diré a ''ustedes que son movidos por la curiosidad para hacer esta pregunta:'' “Quién es éste”? Me figuro que había algunas personas en Jerusalén que estaban tan ocupadas con sus actividades comerciales que no indagaron: “¿Quién es éste?” “¡Oh!”, –dirían– “no tenemos necesidad de traspasar el umbral para ver lo que la turba está haciendo en la calle: muchos niños claman: “¡Hosanna!”, y un número de ociosos chismosos siguen a un tipo ridículo que cabalga sobre un asno por la calle; eso es todo”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Otras personas, sin duda, tenían el gusanito de la curiosidad; no podían evitar indagar. Así que salieron a la calle, se introdujeron en medio de la multitud, y le preguntaban a alguien: “¿Quién es éste?” “No lo sé” –respondía el otro– “yo también he venido para averiguarlo.” “Pero, ¿quién es éste?”, repetían una y otra vez; y muy probablemente recibían seis respuestas erróneas antes de recibir la respuesta correcta. Se abrían paso a empujones, y al fin conseguían un buen lugar para observar, tal vez, subiéndose a un árbol como lo hizo Zaqueo; y allí estaban, muy alertas, tratando de obtener una respuesta a la pregunta: “¿Quién es éste?” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Bien, yo supongo que una curiosidad como ésta podría albergarse en su mente; de cualquier manera, yo la tuve en mi mente una vez, y creo que hay muchos que la tienen ahora. Les diré en qué ocasiones es alimentada esta curiosidad. Un trabajador ha acostumbrado trabajar con otro que con frecuencia se encontraba intoxicado, un malhablado habitual, y tal vez, incluso un ser propenso a veces a blasfemar. Le nota inesperadamente un carácter cambiado, morigerado en toda su conducta, afectuoso, considerado con su esposa y con sus hijos, diligente y además de todo esto, ahora es religioso. ¡Qué cambio! ¿Podría pasar inadvertido? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
O, tal vez, visita la casa de un vecino y descubre que el vecino está muy enfermo e indispuesto; el vecino es un trabajador con una numerosa familia, y sería muy grave que se muriera, y dejara huérfanos a esos pequeñitos; pero él se endereza en la cama, y le dice a su amigo visitante que no le preocupan para nada esos temas, pues todo lo ha puesto en manos de Dios; le dice: “yo solía angustiarme y preocuparme, pero ahora, ya sea que viva o muera, lo dejo todo en manos de Dios; estoy perfectamente resignado a Su voluntad; Cristo está conmigo aquí; y encuentro que: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Es dulce quedarse plácidamente en Sus manos,&amp;lt;br&amp;gt;Y no conocer otra voluntad que la Suya”.'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
“Oh” –dice el hombre– “¿quién ''es'' éste que ha provocado tal cambio en mi vecino?” ¿Cuál podría ser la causa de este cambio? ¿Cuál será la razón de esto? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En otro caso, un hombre vigila a otro; le persigue, se mofa y se ríe de él, y le lanza todo tipo de amenazas e improperios. Ve que todo lo soporta muy ecuánimemente; sabe que no puede tentarle a hacer lo que es malo, aunque procure hacerlo con mucho ahínco; la senda de la integridad es hollada año tras año, y el hombre mundano, al mirarlo, no puede descifrarlo. Pregunta: “¿Quién es éste?” Ve a otra persona: a un cristiano feliz, vivaz, entusiasta y dichoso. “Bien” –piensa este hombre– “yo tengo que ir al teatro para divertirme; he de tener compañía, y he de beber una cierta cantidad de licor antes de levantarme el ánimo; pero he aquí un hombre alegre y lleno de vida sin necesidad de todas estas cosas. Es pobre, pero es feliz; tiene una chaqueta de pana, pero no tiene un corazón de pana; él es ‘tan feliz como un rey’; su alma es dichosa en su interior; no puedo descifrarlo; “¿Quién es éste?” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Estas cosas agitan la curiosidad de los hombres, y yo espero, queridos amigos, que ustedes procuren despertar más y más la curiosidad por este plan. ¡Y cuán a menudo un santo lecho de muerte agita esa curiosidad! Cuando el creyente agonizante canta victoria, o se sume en su descanso con perfecto gozo, el mundano le contempla, y pregunta: “¿Quién ''es'' este?” No logro captarlo, no logro comprenderlo.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, no ha de sorprendernos, mis queridos amigos, que haya alguna curiosidad por saber acerca de Cristo. Debería haber mucha más curiosidad. Consideren que Dios mismo les habla por Cristo. ¿Hablará Dios, y al hombre mortal no le habría de importar oír lo que Dios le dice? ¿Me hablará Dios a mí por Su amado Hijo, y no tendré oídos para oír la Palabra Divina? Debería estar ansioso por conocerla. Los profetas hablaron de Cristo –Moisés, David, Isaías, Jeremías– todos ellos hablaron de Cristo. ¿Se dieron todos esos testimonios acerca de Él y no me habría de importar conocer de Él? Cuando Él vino a la tierra, fue con cánticos de ángeles, y una nueva estrella fue colgada para darle la bienvenida a Su nacimiento; ¿y, acaso no tengo curiosidad por saber de Él? Entiendo que Su persona es compleja, que Él es a la vez Dios y hombre: ¡Él es una Persona extraña y maravillosa! ¿Acaso no deseo saber más de Él? Descubro que murió, y que resucitó de nuevo, y que hay un estrecho vínculo entre Su muerte y resurrección con el perdón de nuestros pecados y la justificación de nuestras almas; ¿acaso no quiero saber nada al respecto de eso? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cristo ha venido para resolver el más tremendo problema, ha venido para contarnos de la vida más allá de la tumba, de la inmortalidad una vez que la corrupción haya cumplido su trabajo; ¿acaso no tengo curiosidad acerca de esto? El sangrante Salvador, clavado en la cruz, le dice a todo hombre aquí presente que tenga alguna curiosidad en Su naturaleza: “¿No os conmueve a cuantos pasáis por el camino? Mirad, y ved si hay dolor como mi dolor que me ha venido”. Yo alabo la curiosidad que los condujera a saber más de Jesucristo. Estudien mucho este bendito Libro. Curiosea en esos misterios que hablan mucho de Él, y has de hacerlo hasta que recibas una respuesta a esta pregunta: “¿Quién es éste?” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Podría haber, en esta casa de oración, ''algunas personas que estén haciendo la pregunta en positiva ignorancia:'' “¿Quién es éste?” Pienso que no debemos dar por hecho que toda nuestra congregación entiende el Evangelio, pues no todos lo entienden. Un gran número de nuestros oyentes no entienden el simple mandamiento: “Cree y vivirás” que Dios ha escrito muy claramente en la Biblia. Yo recibo algunas veces cartas de personas que han oído el Evangelio predicado aquí, que me consternan. La forma en la que mis corresponsales miran las cosas, parecen concluyentes de que no han leído la Biblia nunca; se imaginan que mi predicación y la de todos los demás debe ser cambiada para adaptarse a algún capricho o antojo suyos. La ignorancia señalada en nuestro texto era extraña, pues Cristo había visitado Jerusalén, y había estado allí obrando milagros y, sin embargo, la gente preguntaba: “¿Quién es éste?” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y Jesucristo es predicado en la propia calle donde vives; puedes oír acerca de Él al aire libre si quieres, en el ministerio de algún predicador callejero; el misionero citadino te hablará acerca de Él; puedes comprar un Testamento por dos centavos; cualquiera puede saber acerca de Jesucristo; y, sin embargo, hay una gran cantidad de personas que no saben nada acerca de Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, ¿acaso la ignorancia acerca de Jesucristo no es voluntaria en esta época? Quienes desconocen acerca de Jesucristo no tienen a quién culpar, sino a sí mismos. Permítanme recordarles que esta ignorancia es muy dañina; por culpa de ella pierden mucho gozo y consuelo aquí abajo, además de los riesgos del más allá. La ignorancia acerca de Jesucristo será fatal para el bienestar de tu alma. Puede ser que no sepas leer, pero si conoces a Cristo, podrás “leer tu título de propiedad de una mansión en el cielo.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es malo que un hombre no sepa algo sobre todas las ciencias, pero un individuo puede ir muy bien al cielo aunque sólo sepa la ciencia de Cristo crucificado. No conocer a Jesús te dejará fuera del cielo, aunque poseyeras todos los títulos de todas las universidades del mundo escritos a continuación de tu nombre. La ignorancia acerca de quien es el Salvador de los pecadores resulta en ignorar el remedio de la enfermedad de tu alma, ignorar la llave que abre la puerta del cielo, ignorar quién puede encender la lámpara de la fe en los sepulcros de la muerte. ¡Oh, les suplico que, si han sido ignorantes hasta este momento acerca del Salvador, no se queden satisfechos hasta conocerle! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y cuando hablo de ignorancia acerca de Cristo, no me refiero a ignorancia de Su nombre, ni del hecho de que existe tal Persona; me refiero más especialmente a aquella ignorancia espiritual que es muy común entre las personas mejor informadas. Nueve de cada diez personas que asisten a un lugar de adoración no saben el significado del derramamiento de la sangre del Salvador para remisión del pecado. Si los presionas para que te digan cómo es que Cristo salva, te dirán que Él hizo una cosa u otra por la cual Dios puede perdonar el pecado. Aunque el grandioso hecho de que Cristo fue realmente castigado en el lugar y posición y en el sitio de Su pueblo elegido es un hecho tan claro como el mediodía en la Escritura, ellos no lo ven. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La doctrina de la redención general: que Cristo murió por los condenados en el infierno, y sufrió los tormentos de quienes después son atormentados eternamente, me parece que es detestable, subversiva de todo el Evangelio y destructiva de la única columna sobre la cual son edificadas nuestras esperanzas. Cristo estuvo en el lugar de Sus elegidos; hizo una plena expiación por ellos; por ellos sufrió de tal manera que ningún pecado será puesto a sus puertas. Así como el amor del Padre los abrazó, así la muerte de Su Hijo los reconcilió. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Y quiénes son éstos que son redimidos así de entre los hombres? Son aquellos que creen en Jesucristo. Esta definición no es más sencilla que concluyente para aquellos a quienes la obra del Espíritu de Dios es inteligible. Si en verdad pones tu confianza en Él, es evidente que Cristo murió por ti de una forma y de una manera en la que nunca murió por Judas; Él murió por ti tan vicariamente, que las ofensas que cometiste le fueron imputadas a Él, y no a ti y, por tanto, tus pecados te son perdonados. Si confías en Él, no puedes ser castigado por tus pecados, pues Cristo fue castigado por ellos. ¿Cómo pueden ser exigidas de ti las deudas que fueron pagadas originalmente por tu Salvador? Tú has sido absuelto. El Señor dijo: “Si me buscáis a mí, dejad ir a éstos”; y cuando prendieron a Jesús dejaron ir a Su pueblo escogido. Tú has sido absuelto; delante del tribunal de Dios estás exonerado. Nadie te podría acusar de nada si confías en Jesucristo, pues Él sufrió lo que te correspondía. La ignorancia de esa gran verdad fundamental del Evangelio entero, mantiene a miles en las tinieblas. Es la gran bola y la cadena en la pierna de muchos prisioneros espirituales; y si sólo supieran eso, y pudieran deletrear “sustitución” sin ningún error, muy pronto entrarían en el gozo y la libertad perfectos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además. ''Se piensa que la expresión: “¿Quién es éste?” reflejaba desprecio de parte de muchos.'' Decían: “¿qué es lo que sigue, eh? Hemos oído acerca de todo tipo de agitaciones y ruidos y, ahora, ¿qué sigue? He aquí un hombre que no tiene dónde apoyar Su cabeza; sin embargo, pasa cabalgando como un rey. ¡He aquí un hombre que viste la túnica común de un campesino galileo, y hay gente que tiende sus mantos en el camino, y tienden ramas de árboles delante de Él! ¿Qué sigue ahora y qué sigue después?” Posiblemente algunos dijeran con un tono de escarnio: “Bien, ¿qué veremos en el futuro? ¡El Rey de los judíos! ¡Sí, seguro! Su padre y Su madre están con nosotros; ¿no es éste el hijo del pobre carpintero? ¡Rey de los judíos, en verdad! Y así, sólo lanzaban una mirada de desprecio y se alejaban. Sí; pero, amigos, deténganse un momento. Algunas personas que desprecian, merecen ser despreciadas; pero nosotros no las trataremos así. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Después de todo, no puede ser algo muy bueno y sabio burlarse del Salvador, si recuerdan que los ángeles no se burlan y nunca se burlaron de Él. Los ángeles vinieron con Él cuando descendió la primera vez al pesebre de Belén; vinieron con cánticos de júbilo en aquella noche memorable cuando nació de la Virgen. ¿No cantaron: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!”? No te burles allí donde los ángeles cantan. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando Él se alejó después, en una hora de terrible aflicción, al huerto de Getsemaní, donde grandes gotas de sangre cayeron a la tierra, los ángeles vinieron y le fortalecieron. Vigilaban en torno al madero sangriento y se preguntaban cómo el Señor de gloria podía morir así; y cuando entró al sepulcro, me parece que colgaron sus arpas en silencio por un tiempo. Esto sabemos: que, al tercer día, cuando Él rompió las ataduras de la muerte, uno de los ángeles llegó para rodar la piedra, y otros dos se sentaron, el uno a los pies y el otro a la cabecera del lugar donde Jesús había sido puesto; y cuando los cuarenta días se hubieron cumplido, y ascendió a Su morada: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Trajeron Su carro de lo alto,&amp;lt;br&amp;gt;Para que lo condujera a Su trono;&amp;lt;br&amp;gt;Batieron sus alas triunfantes, y clamaron:&amp;lt;br&amp;gt;‘La gloriosa obra está concluida’.”'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
En el cielo claman: “El Cordero que fue inmolado es digno”. El más poderoso arcángel en la gloria considera un honor cumplir las encomiendas de Jesucristo. Entonces, no te burles. ¿De qué te burlas? Estos espíritus son por lo menos tan sabios como tú. Haz una pausa por un instante y “Honrad al Hijo, para que no se enoje, y perezcáis en el camino”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿No te interesan a ti los ángeles? Entonces, escucha: no te burles, pues hay hombres tan sabios como tú, que no se han burlado de Cristo. Tú mencionas a algún gran hombre que fue un burlador. Ah, bien, pudiera haberlo sido, pues los grandes hombres no son siempre sabios; pero, por otro lado, en lo que Newton creía, en lo que Locke confiaba, de lo que Milton cantaba, de lo que un Bunyan podía soñar en la cárcel de Bedford, no puede ser algo tan despreciable, después de todo. Yo podría mencionar algunos nombres de quienes no podrías ni querrías burlarte. Te reconocerías desconocido e innoble si los llamaras desconocidos e innobles. El nombre que estos hombres, grandes incluso en la estima de ustedes, consideraron digno de su más alta reverencia, no deberían reprocharlo ustedes con tanta facilidad. Vamos, amigo mío, analiza tú también este problema. Dale un poco de ejercicio a tu entendimiento con esta pregunta: “¿Quién es éste?” Procura saber quién y qué es Cristo, y considera si no es un Salvador adecuado para ti. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No finjas ser desdeñoso, pues, después de todo, si bien lo consideras, no hay nada que despreciar. ¿Cuál es la historia del Evangelio? Es esta: que aunque seas el enemigo de Cristo, Cristo no es tu enemigo. Aquí está la historia: que, cuando aún éramos enemigos Suyos, a su tiempo Cristo murió por los impíos. Yo no podría despreciar nunca a un hombre que amó a Sus enemigos, y si le viera venir para morir y salvar a otro, siendo ése otro Su enemigo, no podría despreciarle. Podría considerarlo imprudente y podría pensar que el precio de Su valiosa vida es demasiado caro para comprar a los seres miserables por quienes murió, pero no podría despreciar Su amor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, hay algo tan majestuoso en el amor de Cristo que no puedes burlarte de él! Quita ahora esa mueca de tus labios. Él no murió por algo Suyo en ningún sentido; Él se desangró por Sus amigos: es más, por Sus enemigos. Su oración de moribundo fue: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”; e incluso cuando Sus amigos lo abandonaron, Sus últimos pensamientos fueron para ellos. Aunque era rico, por nuestra causa se hizo pobre, para que, con Su pobreza, nosotros fuésemos enriquecidos. No hay ningún objeto de burla en esto. Él hace a un lado Su gloria, cuelga Su manto de azur en el cielo, y se quita de Sus dedos los anillos para colgarlos como estrellas, y desciende, y nace como una débil criatura. Permanece en el regazo materno. Vive tan sumido en la pobreza que no tiene dónde recostar Su cabeza; y cuando la zorra fue a su madriguera y el pájaro voló a su nido, Él fue a la solitaria montaña, y Sus guedejas fueron humedecidas por el rocío de la noche. “Dame de beber”, dice, sentado junto al pozo de Samaria. Él es abandonado, despreciado y desechado entre los hombres; y cuando muere, incluso Dios mismo lo abandona. Jesús clama: “¿Por qué me has desamparado?” Y todo esto se debió a Su poderoso amor, a Su amor que todo lo vence por los hijos de los hombres. Tú no puedes despreciar a este Hombre. Yo amaría al Salvador, incluso si no hubiera muerto por ''mí.'' No podría evitarlo. Mi corazón tiene que aceptar un amor como el Suyo; la desinteresada renuncia de todo por causa de quienes le odiaban tiene el derecho de reclamar los afectos de nuestro corazón. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No lo desprecies, permíteme que te lo repita, pues tú no sabes si un día podrías estar donde Él está. ¡Oh, si supieras que te lavaría con Su preciosa sangre, y te limpiaría; si supieras que te echaría el manto de Su justicia; si tú supieras que te llevaría a lo alto para que estés con Él, y pondría la rama de palma en tu mano, y te haría cantar por siempre sobre la victoria por medio de Su preciosa sangre, no le despreciarías! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y, sin embargo, esa ''será'' la porción de todos ustedes si creen en Él, si se apoyan completamente sobre Su obra terminada. Donde Él está, allí estarán ustedes, y verán Su rostro. No desprecien a quien es el Amigo del pecador. ¿Acaso puede caerles mal Aquel que es el Amante de su alma? ¿Cómo pueden rechazar ser Sus amantes? Derramando Sus lágrimas sobre ustedes, y Su sangre por ustedes, ¿cómo podrían hacer otra cosa que arrojarse a Sus pies? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No le desprecien, finalmente, pues Él viene otra vez rodeado de pompa y gloria. No hablen con ligereza de quien está a la puerta. Él viene en camino, tal vez, mientras estoy hablando de estas cosas incomparables. Pronto podría venir en medio de nosotros, pero vendrá con una guirnalda que es un arcoíris, y nubes de tormenta. Él vendrá sentado sobre el gran trono blanco, y todo ojo lo verá, y también lo verán quienes le traspasaron. No lo desprecien ahora, pues no podrán despreciarle entonces. ¿Harán ahora lo que no podrán hacer entonces? ¡Oh, qué diferente historia contarán algunos hombres cuando Cristo venga! ¡Cómo ocultarán sus rostros sumamente detestables aquellos que le endilgaron nombres detestables! Pasen al frente ahora, no hagan el papel de cobardes; pasen al frente ahora, y escúpanle en el rostro una vez más, ustedes, villanos, que una vez lo hicieron mientras Él vivía. Vengan y clávenle otra vez al madero; ¡Judas, ven y dale un beso, como lo hiciste una vez! ¿Pueden verlos? ¡Cómo, huyen! Ocultan sus cabezas. Ya no le desprecian ni le rechazan, sino que el clamor de ellos es: “Peñas: Caed sobre nosotros, y escondednos”. “Ustedes, montes, abran sus entrañas y provéannos un escondite”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero eso no puede ser; los ojos de amor del Cordero se han convertido en los ojos de fuego del León, y Aquel que fue manso y dulce ahora se ha convertido en fiero y terrible. La voz que una vez fue dulce como música, ahora es fuerte y terrible como el estrépito de un trueno; y Aquel que una vez prodigó misericordia, ahora prodiga rayos de venganza. ¡Oh, no desprecien a Aquel que vendrá pronto en Su gloria! Póstrense ahora, y “Honrad al Hijo, para que no se enoje, y perezcáis en el camino; pues se inflama de pronto su ira”. Pregunta: “¿Quién es éste?”, y cuando hagas la pregunta, respóndela tú mismo: “Tal es mi amado, tal es mi amigo, oh doncellas de Jerusalén.” Confía en Jesucristo, pecador, y sabrás quién es; y Él, sabiendo quién eres tú, te salvará con una gran salvación. Amén.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

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		<id>http://es.gospeltranslations.org/wiki/El_Pan_de_los_Hijos_echado_a_los_Perrillos</id>
		<title>El Pan de los Hijos echado a los Perrillos</title>
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				<updated>2011-01-01T23:46:16Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|Children's Bread Given to Dogs}} &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Y ella dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos”. ''Mateo 15: 27. &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
En este relato se nos presenta el cuadro de un alma para la cual está reservada una segura bendición. Si la historia concluyera omitiendo el último versículo, uno tendría bastante certeza sobre cuál sería el resultado de la súplica de la mujer. Cristo tendría que cambiar Su naturaleza si una persona que viniera, como se nos dice que vino esa mujer, fuera enviada de regreso sin una respuesta. Voy a bosquejar el cuadro de esta mujer con unas cuantas pinceladas, y les voy a pedir que verifiquen si se asemejan a ella, pues, si así fuera, sería una evidencia de que el tiempo de su favor, sí, el tiempo establecido, ha llegado para ustedes. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esta mujer tenía''una grande y apremiante necesidad''. Su hija era atormentada por un demonio, y no podía soportar ver el suplicio que ese espíritu maligno provocaba en su hija; el dolor y la angustia, el delirio y el horror en los que la muchacha estaba sumida, eran demasiado para soportarse. Su necesidad era consciente, perturbadora y gravosa; la había conducido a la desesperación; ella ''tenía que ''librarse de esa situación. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Sucede lo mismo contigo, querido oyente? ¿Te atormenta el pecado? ¿Acaso tu transgresión te persigue como una ofensa continua? ¿Te tortura día y noche hasta llegar al punto de que ya no puedes vivir sin el perdón, de que has de ser perdonado o serías conducido a la locura? ¿Sientes que las cosas han llegado al punto para ti en que no puedes vivir más bajo la sentencia de la ira divina? Esta es una señal muy bendita y esperanzadora. Si hay muchas personas aquí presentes en tal condición, entonces hay una música reservada para los ángeles. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando el caso de la mujer había alcanzado ese punto crítico, ''oyó hablar del Señor Jesús y actuó con base en lo que oyó''. Le habían dicho que Jesús era un grandioso sanador de los enfermos, y que era capaz de echar fuera a los demonios. Ella no se contentó con esa información, sino que puso manos a la obra de inmediato para comprobar su valor. Acudió Jesús con presteza: habiendo encontrado el momento oportuno, pues Él pasaba cerca de su tierra, se apresuró y dio voces delante de Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Ah, querido oyente, tú también has oído hablar de Jesús! No voy a preguntarte si conoces la doctrina de Su Deidad y de Su humanidad y de Su expiación por el pecado, pues las conoces bien; ¿pero las has puesto a prueba? Tú entiendes que salva a las almas, pero, ¿le has llevado tu propia alma para que la salve? Sabes que puede perdonar el pecado, y ¿lo miras ahora para que perdone tu pecado? Si es así, aunque todavía permanezcas en sombra de muerte, la hora de tu liberación se aproxima con presteza, pues el alma que bajo un sentido de necesidad busca honestamente el rostro del Salvador, no está lejos del reino del cielo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aquella mujer estaba extremadamente resuelta. Ella había decidido, creo yo, que no regresaría nunca al lugar de donde había salido sin recibir la bendición. Seguiría las pisadas del Salvador y le acecharía; si los discípulos le impidieran el paso, esperaría hasta tener otra oportunidad; si no tenía éxito entonces, esperaría la siguiente ocasión, y si eso no bastara, se aventuraría de nuevo otra vez. Ella fue probada con dureza por el Salvador, pues Él prueba algunas veces a quienes sabe que son lo suficientemente fuertes para resistir la prueba, y cuando la mujer no obtuvo ninguna respuesta suya, y más bien recibió un desaire, no se amilanó para nada sino que insistió en su demanda, pues estaba profundamente embebida del espíritu del himno: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Resuelto, pues esa es mi última defensa,&amp;lt;br&amp;gt;Aunque corra el peligro de morir”.'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Si hubiese aquí presente algún alma que ha llegado hasta este punto: que nunca renunciará a orar hasta no recibir una respuesta consolatoria, que nunca cesará de llorar por el pecado hasta que la sangre la limpie, entonces regocíjense, oh cielos, y alégrate, oh tierra, pues quiere decir que hay almas aquí presentes que han llegado al punto de nacer, y que serán dadas a luz en este día; hay aquí almas que están a punto de obtener su libertad y que están al borde de alcanzar la paz y en este preciso día obtendrán una completa liberación de toda su servidumbre. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Dije al comienzo que esta mujer era un cuadro adecuado del caso más esperanzador del mundo; ¿puedes espiar tu propio rostro en su historia así como los hombres ven sus rostros en un espejo? Entonces eso me hace muy feliz, pues tu posición está llena de signos esperanzadores. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No puedo abandonar este cuadro, empero, sin comentar que esta mujer ''pasó triunfantemente una prueba que es muy común entre las almas que están buscando.'' Hermanos, aquellos evangelistas que no son pastores, tal vez difieran de mí en lo que estoy a punto de decir, pero si supiesen más acerca de las almas, no estarían en desacuerdo. Es habitual exhortar a la gente desde el púlpito a creer en Jesucristo; y no sólo es habitual sino que es sumamente apropiado y correcto, y entre más se practique esa exhortación, mejor. Pero hay algunos que se contentan con dar generalmente una exhortación y no tratan con afectuosa exclusividad los diversos casos de los hombres. Hay casos en los que una desnuda exhortación a creer no basta. Me pregunto qué harían los meros exhortadores con ciertos casos peculiares que traigo ahora entre manos. Son personas a quienes les he explicado muchas veces el Evangelio hasta donde mi capacidad me lo ha permitido, y he orado con ellos y por ellos; les he dado libros que han sido bendecidos por Dios en otros casos; los he orientado a ciertos pasajes de la Escritura que han sido instrumentos para dar la luz a miles de personas; sin embargo, estos individuos, mes tras mes, permanecen en la duda y en la turbación de mente en el mismo nivel que se encontraban al principio, y es más, están peor que antes. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ese fue mi caso durante años cuando era niño. Mis padres me enseñaron el Evangelio, pero yo estaba sumido en tales tinieblas y en tal desaliento de espíritu, que no podía hacer lo que se me ordenaba que hiciera y cuando se me pedía que mirara a Cristo, sentía como si no tuviera ojos para mirarle. El propio Evangelio no parecía adecuarse a mi caso; eran mi ceguera pecaminosa y mi necedad culpable las que me inducían a pensar así; pero, ¡ay!, cuántas personas hay igualmente ciegas que necesitan que sus casos sean manejados con delicadeza y sabiduría. Aunque les digamos “Cree”, están lejos de ser consolados por ese consejo; se requiere de una explicación adicional, de alguna aclaración simplificada de la verdad salvadora, y tal vez se necesite darles laboriosamente respuestas a sus dificultades, antes que puedan encontrar la paz. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los genuinos buscadores que aún no hayan obtenido la bendición, pueden cobrar ánimo gracias a la historia que estamos considerando. El Salvador no dio de inmediato la bendición, aunque esta mujer tenía fe. No se alarmen; es la verdad. Ella poseía una fe real y genuina en Cristo cuando vino a Jesús, o no habría podido resistir las censuras de los discípulos. Sin embargo, a pesar de que era creyente, no obtuvo de inmediato la bendición que buscaba. El Salvador siempre tuvo el propósito de otorgarla, pero esperó un poco más. “Pero Jesús no le respondió palabra”. ¿Acaso no fueron buenas sus oraciones? Nunca hubo mejores oraciones en el mundo. ¿Era su caso de una necesidad perentoria? Su caso era sobrecogedoramente perentorio. ¿No ''sentía ''su necesidad lo suficiente? La sentía opresivamente. ¿No era lo suficientemente denodada? Era tan denodada como podría serlo jamás una mujer. ¿No tenía fe? Tenía fe a tal grado, que incluso Jesús se asombró y dijo: “Oh mujer, grande es tu fe”. Empero, por algún tiempo no pudo obtener una respuesta a sus oraciones. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Vean entonces, queridos amigos, que aunque es cierto que la fe proporciona paz, no siempre la otorga instantáneamente. Puede haber ciertas razones que exigen la prueba de la fe, más que la recompensa de la fe. La fe genuina podría estar en el alma como una semilla oculta que no ha producido ni flores ni frutos de gozo y paz. El consuelo es siempre el vástago de la fe, pero no siempre es de la edad de su madre. Digo esto para dar ánimos a algunos de ustedes. Les suplico que no renuncien a su búsqueda; no renuncien a confiar en mi Señor porque no hayan obtenido todavía el gozo consciente que anhelan. No dudo que ustedes serán salvados ciertamente, aunque al presente ninguna promesa benevolente haya alegrado su corazón. “La luz irrumpe lentamente” en muchos corazones, pero seguramente despuntará en breve. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Un doloroso silencio de parte del Salvador es la aflictiva prueba para muchas almas que buscan, pero es más onerosa la aflicción de una áspera respuesta cortante como esta: “No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos”. Muchos encuentran un deleite instantáneo cuando esperan en el Señor, pero esto no sucede con todas las personas. Algunos, como el carcelero, son llevados de las tinieblas a la luz en un instante, pero otros son plantas de crecimiento más lento. En vez de un sentido de perdón, les podría ser dado un sentido más profundo de pecado y, en tal caso, requerirán de paciencia para resistir el pesado golpe. ¡Ah, pobre corazón!, aunque Cristo te golpeara y te hiriera e incluso te matara, debes confiar en Él; aunque te dirigiera una palabra de enojo, debes creer en el amor de Su corazón, e incluso si en los meses siguientes no fueras capaz de decir: “yo sé con seguridad que Él es mío”, no obstante, arrójate sobre Él, y confía con perseverancia allí donde no puedas esperar con deleite. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Llegamos ahora al propio texto. El caso de la mujer es un ejemplo de una fe que prevalece, y si queremos vencer, debemos imitar sus tácticas. Si yo fuera llamado a ser un comandante de un ejército, debería observar cómo han manejado el asunto otros comandantes que han sido exitosos. Aquí tenemos con nosotros a una mujer que venció a Cristo, y si nos regimos por su regla, venceremos también a Cristo por Su propia gracia. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I.''' En primer lugar, observen que ELLA ADMITE LA ACUSACIÓN PRESENTADA EN SU CONTRA. Jesús la llamó un perrillo, y ella mansamente dijo: “Sí, Señor”. Aquí no hay una controversia con Cristo; no hay un ensamblaje de oposiciones, no hay paliativos, ni excusas ni mitigaciones. Ella es franca, resuelta, humilde y abierta. “Sí, Señor”; esa es su única respuesta para Él. Cuando un hombre lucha, depende en gran manera del terreno que pisa; si no está parado firmemente, no puede resultar vencedor; si queremos luchar con el ángel de la misericordia, hemos de encontrar un sostén allí donde esta mujer lo encontró, es decir, en un sentido profundo de indignidad. Ella sabía que era una extranjera en Israel, y lo confesó de inmediato. Si hubiesen sido llamados perrillos, la mayoría de los hombres habrían dado la vuelta y se habrían alejado sumidos en una sombría desesperación, o bien habrían experimentado un arranque de ira y replicado al Maestro: “no soy más perro que Tú, y si vengo a pedir una caridad, ¿no podrías darme al menos una negativa cortés?” El corazón natural se rebela en contra de lo que dicen las Escrituras acerca de eso. Mientras un hombre no sea verdaderamente humillado, no quiere admitir la depravación de su naturaleza; aunque esté muy dispuesto a utilizar los términos comunes de la humildad, no los dice con intención, pues si le fueran aplicados bajo alguna otra forma, se pondría sumamente enojado; es como el monje que dijo que había quebrantado todos los mandamientos y que era tan malo como Judas Iscariote, y cuando alguien presente comentó: “siempre lo creí así”, el monje se enojó terriblemente, y prometió vengarse del hombre que lo había insultado de esa manera. Díganme ‘caballo’ si quieren, pero es algo muy diferente que pongan una silla de montar sobre mi espalda. Me he enterado de una mujer que le dijo a su ministro, que estaba de visita, que era una pecadora espantosa. “Bien”, -dijo el ministro- “no tengo ninguna duda de que lo eres; revisemos tus pecados”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces, comenzando por el primer mandamiento, ella declaró que nunca había quebrantado ese mandamiento; nunca había adorado a ningún otro dios, salvo a Dios; en cuanto al segundo mandamiento, nunca había erigido ninguna imagen esculpida, lo sabía; ni tampoco había quebrantado el día domingo; había honrado a su padre y a su madre; nunca había caído en la avaricia, nunca había dado un falso testimonio, nunca había matado a nadie; de hecho argumentó que no había quebrantado ninguno de los Diez Mandamientos, a pesar de que había confesado que era una muy triste pecadora. Nosotros nos confesamos culpables de robar un bosque, pero negamos haber robado nunca ni siquiera un par de tablas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La mujer bajo nuestra consideración creía de corazón en la degradación de su estado, de manera tal que cuando el Salvador se dirigió a ella de forma muy ruda en apariencia, estaba tan completamente convencida de su propia condición caída, que no se molestó al ser llamada como lo que sabía que era. Ella había oído ladrar al pecado en su interior, tan a menudo y tan sonoramente, que cuando el Salvador la llamó perrilla, sólo sintió que estaba llamando a las cosas por su nombre apropiado. Si yo fuera a revisar todo el asunto de la caída y de la maldad del pecado, todo mundo diría en este lugar: “eso es cierto”; pero, ¡oh, cuán pocos hay que realmente sienten que sea verdad, y están profundamente afligidos por ello! Todos somos pecadores, ''eso decimos;'' pero todos tenemos nuestras excelencias, ''eso sentimos''. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La Palabra de Dios no nos proporciona un cuadro muy halagador de la humanidad. Nos informa que nuestro primer padre pecó, y que a través de él, ya que nos representaba a todos nosotros, todos caímos y perdimos el favor de Dios. El Colegio del Heraldo de la Escritura nos proporciona un linaje desastroso. Esos aristócratas que son tan orgullosos de sus ancestros normandos harían bien en rastrear el árbol familiar hasta una fecha anterior, y descubrirían que la línea de sangre azul termina en el hortelano que robó la fruta de su Señor, y hubiera andado al garete sin un delantal que cubriera su desnudez. Oh nobles de la tierra, este un árbol genealógico de pordioseros; esta es una ''bar sinister,'' una señal de bastardía en su escudo de armas que nada podría eliminar. La Palabra Inspirada sigue informándonos que, a consecuencia de ello, todos nosotros nacemos en pecado y somos formados en iniquidad, y en pecado nos conciben nuestras madres; testifica que no sólo somos pecadores con la mano, sino con el corazón; que el pecado no es meramente una roña en nuestra piel, sino una lepra en el alma; que “Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente”; que el propio corazón es “engañoso… más que todas las cosas, y perverso”. Es más, sigue adelante y certifica que no sólo estamos enfermos y que somos depravados, sino que somos completamente pervertidos; por causa de nuestro pecado nuestras voluntades se han vuelto perversas, al punto de que no queremos venir a Cristo para que tengamos vida, y habitualmente tomamos lo amargo por dulce y lo dulce por amargo, y elegimos lo malo y evitamos lo bueno. Nos dice que esta incapacidad nuestra para el bien es tan grave que llega a ser equiparable a una muerte espiritual. Nos describe diciendo que estamos, por naturaleza, “muertos en delitos y pecados”, en un estado tal que somos tan incapaces de restaurarnos a la salvación así como son incapaces los muertos en sus tumbas de resucitar por su propio poder, ni restituirse a un estado de vida y salud. El Libro de Dios dice todo lo que pueda ser dicho contra el hombre y más de lo que el hombre está dispuesto a confesar, excepto cuando el Espíritu de Dios viene y entonces nuestro corazón responde: “Sí, Señor”. Además, la Palabra de Dios continúa diciendo que nuestro pecado es tan grave que siempre ha de ser odioso para Dios, que merece que quienes lo cometemos seamos arrojados de Su presencia y arrojados en una calamidad indecible; pero la naturaleza humana da coces contra esto, y dice: “No, el pecado es una debilidad, es un lado flaco, un error y nada más”; pero cuando el Espíritu Santo entra en el corazón clamamos: “Sí, Señor”; ''es'' algo negro, algo demoníaco, algo infernal, y si Tú nos arrojaras al infierno, sólo estarías haciendo con el pecado lo que debe hacerse. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Queridos amigos, siempre que se encuentren con un pecador doblegado por el peso del pecado, nunca traten de hacer que su pecado parezca más liviano; por el contrario, díganle al alma que está sumamente desesperada: “sientes que eres un gran pecador, pero eres un mayor pecador de lo que tú mismo sientes”. Cuando el alma dé voces diciendo: “Mi pecado se ha agravado en extremo”, no intenten consolarla buscando excusas para ella; más bien díganle: “grave en extremo como piensas que sea tu pecado, es más grave de lo que te imaginas”. Nunca le hagas el juego al diablo excusando a los pecadores por sus pecados. Si consuelas a tu amigo diciéndole: “Bien, no has sido un pecador tan terrible como crees”, estarías proporcionándole un consuelo fatal; le estarías presentando una droga venenosa que puede inducirle al sueño pero que por lo mismo, lo induciría a la destrucción. Dile que el pecado es en sí tan horrible, que si un hombre pudiese ver un pecado desnudo se volvería loco; que la más mínima ofensa contra Dios es tan intolerable que si fuese apagado el fuego del infierno, un solo pecado podría encenderlo de nuevo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si hubiese sido una manera sana de obtener el consuelo, la mujer en este caso habría argumentado: “No, Señor, no soy un perrillo; tal vez no sea todo lo que debería ser, pero de cualquier modo no soy un perrillo; soy un ser humano. Hablas muy ásperamente; Maestro bueno, no seas injusto”. En vez de eso, ella lo admite todo. Eso demostró que tenía la correcta condición mental, puesto que admitía, en su sentido más negro y más agravado, todo lo que el Salvador decidiera decir en su contra. La luciérnaga fulgura como una estrella en la noche, y la yesca podrida refulge como oro derretido, pero, en el día, la luciérnaga se convierte en un miserable insecto, y la yesca podrida es podredumbre y nada más. Lo mismo sucede con nosotros: mientras no nos venga la luz, nos consideramos buenos, pero cuando la luz del cielo resplandece, nuestro corazón es revelado como podredumbre, corrupción y degeneración. No susurren al oído del lamentador que eso no es así, ni se engañen ustedes mismos con la creencia de que no es así. Tú ''eres'' un pecador perdido; ''tú ''efectivamente mereces la condenación; tú la mereces especialmente, aunque nadie más la mereciera; tú has pecado en contra de la luz y del conocimiento; estás arruinado, y arruinado por completo. Por malo que te consideres, tu caso es infinitamente peor de lo que lo concibes, y yo no estoy aquí para darte algún consuelo diciendo: paz, paz, cuando no hay paz. Tu estado, oh pecador, es terriblemente malo y pronto será peor, desesperadamente peor; pido que seas conducido a decir esto delante de Dios: “Sí, Señor”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II.''' Pero noten, en segundo lugar, que A PESAR DE TODO, ELLA SE ADHIERE A CRISTO. ¿Percibieron la fuerza de lo que dijo? “Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa”, -¿de dónde?- ''“de la mesa de sus amos”. ''En el Oriente, los perros muy raramente tienen algún amo. Hay perros grandes que deambulan en todas las ciudades orientales, que viven de la basura desechada por las casas y esos perros grandes constituyen un estorbo tal, que no veo que haya una sola palabra en toda la Escritura a su favor. El perro, tal como lo conocemos, es un muy fiel y afectuoso servidor del hombre y merece gran honra; pero, en el Oriente, sólo merece desprecio; es simplemente un bruto grande y aullador que ladra o muerde a cualquiera que pase. En los días del Salvador, los orientales habían aprendido las costumbres romanas, y habían introducido perros pequeños como mascotas; y es notable que nuestro Señor no llamara a esta mujer con la expresión para designar a uno de los perros grandes que no tienen dueño, sino para uno de los perritos falderos. Ciertamente era un apelativo de desprecio, pero aun así, no era uno de los más severos. “No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos”. Hay una palabra aquí que quiero que adviertan. La mujer no dice solamente: “los perrillos comen las migajas que caen de la mesa”, sino que agregó: “que caen de la mesa ''de sus amos''”. Adviertan su adherencia a Jesús; ella le dice en efecto: “Tú eres mi amo”. Pareciera decirle: “Señor, yo estoy pidiendo una gran bendición, y sin importar lo que me digas, tengo el propósito de obtenerla; pero si no pudiera obtener la bendición, de cualquier manera, siempre ''te'' seguiré; Tú serás mi amo. Aunque Tú no me dijeras nunca: ‘ve en paz, tu fe te ha dado la bendición’, yo te recibo como mi amo”. Así como un perro callejero elige a un extraño y le sigue hasta su casa, y pareciera decirle: “puedes patearme o cerrar la puerta, pero yo te he elegido como mi amo; si me cerraras una puerta, entraré por otra; si me cerraras ambas puertas me quedaré en el tapete de la entrada; y si me echaras a patadas a la calle, voy a permanecer allí hasta que salgas, y entonces te seguiré; te he tomado como mi amo, y serás mi amo”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, pobre alma, ¿es ése tu caso? Si no lo fuera, te exhorto a que tomes esa posición. Tú has admitido que todo lo que Jesús ha dicho es verdadero, pero dices: “A pesar de eso, ya sea que soy un perro o un demonio, nunca dejaré de venir a Cristo como mi Salvador. Si fuera un perro caminaré junto a los talones de la misericordia; en la mañana, al mediodía y en la noche, me echaré a los pies de mi Amo, y no renunciaré nunca a confiar en Jesús, aun si no recibiera consuelo de Él. He discutido mi caso con mi propio corazón, y he concluido que si Dios decide ser un Salvador, no podría haber ningún caso fuera del alcance de Su infinito poder; si el Hijo de Dios muere y derrama Su sangre, no puede haber ningún pecado carmesí que Su sangre no pudiera limpiar, y si resucitó de los muertos y ascendió a lo alto, entonces puede salvar eternamente a los que por Él se acercan a Dios. Por tanto, estoy resuelto a esperar y a luchar hasta que se digne darme una respuesta”. Nadie se aferra más estrechamente a Cristo que la persona que es más sensible a su condición perdida. ¿Quién se sostiene más firmemente a la tabla? Pues es el hombre que está más temeroso de morir ahogado. El miedo vuelve, con frecuencia, más intensa la fe. Entre más miedo le tenga a mis pecados, más firmemente me asiré a mi Salvador. El miedo es, algunas veces, el progenitor de la fe. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Alguien que caminaba por el campo se vio muy sorprendido cuando una trémula alondra que volaba se posó en su pecho. Fue algo muy extraño que un tímido pájaro hiciera eso, ¿no es cierto? Sí, pero la venía persiguiendo un halcón, y el miedo al halcón le dio al ave la necesaria determinación para volar a un hombre en busca de refugio. Y ¡oh!, cuando los fieros buitres del pecado y del infierno están persiguiendo a un pobre pecador, se ve forzado a volar al corazón del bendito Jesús mediante el valor que da la desesperación. Juan Bunyan tiene en algún lugar unas palabras a este efecto: “fui conducido a tal espanto y horror bajo la ira de Dios, que no pude evitar confiar en Cristo; sentí que aunque Él estuviera allí con una espada desenvainada en Su mano yo debía correr incluso hacia su aguzada punta antes que seguir soportando mis pecados”. Yo espero y oro para que Dios los conduzca a Jesús de esa manera, si es que no fuesen atraídos mediante instrumentos más delicados. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos, un alma apoyada en Cristo que se aferra a Él con un apretón agonizante, no puede perecer de ningún modo; eso es algo totalmente imposible. He tratado algunas veces de visualizar a algún alma en el infierno que haya buscado a Jesús y haya resuelto a morir a los pies de Su cruz. Tal cosa no puede ser; pero supónganlo por un instante, y verán que la suposición se destruye a sí misma. “Ay”, - dice esa alma perdida- “Jesús, yo dependí únicamente de Ti, pero estoy condenado; yo era indigno, y no merecía ni una pizca de Tu favor; pero yo confié en Ti como el Salvador de los malvados, en verdad dependí de Tu poder para liberarme, y heme aquí en el abismo”. ¿Podrían imaginar un sonido así en medio de los alaridos del infierno? ¡Cómo se reirían los demonios! “¡Ja, ja!, ¿dónde están las promesas? ¿Dónde está el grandioso corazón de Cristo que permite que perezca un pecador que se abrazó a Él? ¿Acaso sería porque ''no pudo''?” Entonces Satanás daría voces diciendo: “¡Ja, ja!, No pudo salvar perpetuamente a los que por Él se acercaron a Dios; aunque presumía de ser médico, no pudo sanar”. “O por otra parte”, -dice el archimaligno- “''no quiso ''salvar a aquellos que anhelaban y ansiaban ser salvados”. Tú te estremeces al pensar qué horrible blasfemia sería todo eso, y cómo la honra del glorioso Redentor se vería mancillada. Eso no sucederá; pecador, eso no sucederá. Si eres el ofensor más negro que jamás hubiere vivido, arrójate a los pies de Jesús, resuelto a no irte hasta que te otorgue el perdón. Él no puede rechazarte. No debemos limitar a Dios, ni decir qué puede hacer y qué no puede hacer; pero de hecho leemos que no puede mentir, y ciertamente, si Jesús fuera a desechar a un alma que hubiere venido a Él, mentiría. Por tanto, ten buen ánimo. Sólo mantente firme en que nunca dejarás al Salvador, en que morirás al pie de la cruz, y todo estará bien contigo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''III.''' Además, el arma principal de la mujer, el fusil de aguja que usó en su batalla, fue esta: HABÍA APRENDIDO EL ARTE DE EXTRAER CONSUELO DE SUS AFLICCIONES. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Jesús la llamó: un perrillo. “Sí”, -respondió ella- “pero entonces los perrillos reciben las migajas”. La mujer podía ver un pequeño borde de plata tras la nube negra. Cristo le arrojó un hueso; ella lo levantó y lo quebró y le extrajo la médula. Parecía ser una piedra muy dura, pero tenía un trozo de oro adentro, y deshizo el cuarzo y encontró la clara y fulgurante barra de oro y se vio enriquecida. “Me dices que soy un perrillo”, dice; “muy bien, seré un perrillo, pero voy a conseguir las migajas”. Ella extrae el agua del consuelo del profundo pozo de sus miserias. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, pobre alma, tú que te encuentras en el mismo estado, intenta hacer lo mismo con la ayuda del Espíritu Santo. Satanás ha estado diciéndote: “Tú has quebrantado la ley de Dios, tú le has ofendido, tú has sido ''un pecador''”. Alma, si te queda algo de entendimiento, córtale la cabeza al diablo con su propia espada y dile: “yo soy pecador, pero está escrito: ‘Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores’. ¿Qué dices a eso, Satanás? Si soy un pecador, Él vino al mundo para salvar a los pecadores. Si yo no hubiese sido un pecador, Jesús no habría venido para salvarme, pues no está escrito en ninguna parte que Él viniera para salvar a los que no son pecadores. Entre más claramente compruebe que soy un pecador, más claramente demostraré que soy un objeto para la misericordia del Salvador. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tal vez la conciencia te susurre: “tú no eres un pecador de una clase ordinaria; tú has recorrido las mayores distancias hasta el punto de endurecer tu corazón; tú eres ''un pecador perdido''”. “¡Ah!”, -dices- “voy a aprovechar eso, pues el Hijo del Hombre vino para buscar y salvar lo que se había perdido. Él no vino a buscar a aquellos que no necesitaban ser buscados; no vino como el grandioso Pastor para encontrar a las ovejas que estaban en el redil, sino aquellas ovejas que se habían perdido; y puesto que soy una oveja perdida, cuando vea al Pastor recorriendo los montes en pos de las ovejas perdidas, voy a balar como una oveja perdida, pues tal vez ha venido para rescatarme”. Pero la conciencia te dice otra vez: “tú eres una persona ''muy desmerecedora''; no solamente eres un pecador perdido, sino que eres completamente indigno”. Pecador, aprovecha ese argumento, y di: “Dios es un Dios de misericordia. Si yo mereciera algo, habría menos espacio para la misericordia, pues se me debería algo como un asunto de justicia; pero como soy una exclusiva masa de desmerecimiento, hay espacio para que el Señor revele la abundancia de Su gracia”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No hay espacio para que un hombre sea generoso en medio de aquellas espléndidas mansiones de Belgravia. Supongan que un hombre tuviera miles de libras esterlinas en sus bolsillos, y deseara darlas en caridad. Ese hombre se vería imposibilitado de hacerlo entre los palacios principescos. Si fuera a golpear a las puertas de esas grandiosas mansiones, y dijera que necesitaba una oportunidad para ser caritativo, lacayos empolvados le cerrarían la puerta en su cara, y le dirían que se largara a otra parte con su impudencia. Pero vengan conmigo; caminemos por todas las callejuelas que serpentean entre los muladares, y vayamos a los pasadizos traseros donde multitudes de niños harapientos están jugando en medio de la inmundicia y de la suciedad, donde todas las personas son miserablemente pobres, y donde el cólera está emponzoñándose. Ahora, amigo; baja tus bolsas de dinero; aquí hay un abundante espacio para tu caridad; ahora puedes meter ambas manos en tus bolsillos, sin temer que nadie te rechace. Puedes gastar ahora tu dinero a diestra y siniestra con facilidad y satisfacción. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando desciende la misericordia de Dios para distribuir misericordia, Él no puede darla a quienes no la necesitan; pero tú necesitas perdón, pues estás lleno de pecado, y eres precisamente la persona que tiene la oportunidad de recibirla. “¡Ah!”, -dice alguien- “estoy tan ''enfermo del corazón''; no puedo creer, no puedo orar”. Si viera el carruaje del doctor transitando a una gran velocidad a lo largo de las calles, estaría muy seguro de que no se dirige a mi casa, pues no lo requiero; pero si tuviera que adivinar adónde se dirigía, concluiría que se apresuraba hacia algún enfermo o persona moribunda. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El Señor Jesucristo es el Médico de las almas. Entre más enfermo estés, más espacio habrá para el arte del médico. Cuando un hombre se establece en alguna actividad comercial, busca una localidad donde sus artículos sean necesarios, y allí abre su tienda. ¿Qué pasa si digo que el oficio de mi Señor es salvar a los pecadores? ¿Qué pasa si digo que es el único oficio y vocación que asumió: convertirse en un Salvador de los perdidos y de las almas arruinadas? Entonces puede completar un cambio rápido en tu corazón, y creo que abrirá una tienda allí, y se enriquecerá con tu alabanza y con tu amor por haberte salvado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Haz el esfuerzo de probar ahora, oyente, para encontrar así esperanza en la propia desesperanza de tu condición, independientemente del aspecto en que esa desesperanza pueda manifestarse ante ti. La Biblia dice que tú estás ''muerto en pecado''; entonces concluye que hay espacio para que venga Jesús, puesto que Él es la resurrección y la vida. Si estuvieras vivo, no necesitarías dos vidas, pero como estás muerto, hay espacio para que Jesús te dé vida. La Biblia te dice que estás muerto; no lo niegues; di: “Sí, Señor”, pero entonces hay espacio para la plenitud de Cristo. Si estuvieras repleto no podrías contener dos plenitudes; tu propia plenitud no le daría espacio a la plenitud de Cristo; pero ahora que estás vacío hay espacio para Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Corazón amado, en vez de intentar mejorar tu caso, cree en tu total maldad, y, sin embargo, ten mucho ánimo. No podrías exagerar tu pecado, y aun si pudieras, sería más sabio errar en esa dirección que en la otra. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Un hombre tocó a la puerta de mi casa hace algún tiempo solicitando una caridad; se trataba de un mendigo arrogante, de eso no me cabe la menor duda. Pensando que los harapos del hombre y su pobreza eran reales, le di un poco de dinero, algunas de mis ropas, y un par de zapatos. Después que se cambió la ropa y se marchó, pensé: “Bien, después de todo, muy probablemente no te hice ningún favor, pues ahora no vas a recibir tanto dinero como antes, ya que no te verás como un sujeto tan desvalido”. Sucedió que salí de casa como un cuarto de hora más tarde, y vi a mi amigo, pero ya no llevaba los vestidos que yo le había dado; vamos, habría arruinado yo su negocio si le hubiera podido convencer para que mantuviera una apariencia respetable. El mendigo había sido lo suficientemente listo para deslizarse debajo de un pasaje abovedado donde se quitó la buena ropa y se visitó nuevamente con sus harapos. ¿Lo culpé por eso? Sí, por ser un pillo, pero no lo culpé por seguir haciendo su negocio con el atuendo adecuado. El hombre no hacía sino llevar su librea apropiada, pues los harapos son la librea del mendigo. Entre más harapiento se viera, más obtendría. Lo mismo sucede con ustedes. Si van a ir a Cristo, no carguen con ustedes sus buenas acciones ni sus buenos sentimientos, pues no obtendrían nada; vayan en sus pecados, pues son su librea. Su ruina es su argumento para alcanzar misericordia; su pobreza es la razón por la que piden las limosnas celestiales, y su necesidad es la excusa para la bondad celestial. Vayan tal como son, y dejen que sus miserias argumenten a favor de ustedes. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si yo fuera herido en el campo de batalla, y el cirujano anduviera recorriendo la zona para atender a los enfermos, se aseguraría de acercarse primero a los que mostraban las peores heridas, pues en la prisa de una batalla es seguro que no atenderán al hombre que perdió un dedo por un disparo, cuando hay otros cuyos brazos y piernas fueron cercenados; yo tendría mucho cuidado de exponer mi caso tan exhaustivamente como pudiera; de ninguna manera hablaría con ligereza de mis dolencias, con el objeto de que mis heridas sangrantes fueran vendadas tan pronto como fuera posible. No me sentiría inclinado a decir: “Oh, no es nada; sólo estoy levemente lesionado; no es nada de importancia”. Me encontraría en la situación de tratar de aprovechar al máximo la oportunidad, y de obtener toda la ayuda requerida tan pronto como fuera posible. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, pecador, debes aprender este arte. No te pintes con brillantes colores. Reconoce que estás perdido y arruinado, y entonces, aferrándote todavía a Cristo, haz que tus propias necesidades y carencias, y muerte y ruina sirvan de argumento del por qué el Señor de la misericordia debe mostrar Su omnipotente poder en ti. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''IV.''' En cuarto lugar, permítanme notar la manera en la que la mujer ganó el consuelo: ELLA PENSÓ GRANDES PENSAMIENTOS ACERCA DE CRISTO. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Deben prestar su atención a esto. El Maestro había hablado acerca del pan de los hijos: “Ahora”, -argumentó ella- “puesto que Tú eres el amo de esa mesa, yo sé que Tú eres un padre de familia generoso, y hay una abundancia garantizada de pan en Tu mesa. No eres un proveedor mezquino; habrá tanta abundancia para los hijos que habrá migajas que arrojar al suelo para los perros, y los hijos no sufrirán ningún menoscabo porque los perros sean alimentados”. Ella no pensaba que el Señor fuera un administrador de un asilo de pobres que debe repartir tantas onzas de alimento a cada uno, sino que pensó que Él era un proveedor generoso que mantenía una mesa tan buena, que todo lo que necesitaba sería comparativamente una migaja; sin embargo, han de recordar que lo que necesitaba era que el demonio fuera echado fuera de su hija. Era algo muy grande para ella, pero tenía una estima tan alta de Cristo, que dijo: “No es nada para Él, equivale a que Cristo me dé una migaja”. Este es el camino real al consuelo. Sólo graves pensamientos de tu pecado te conducirán a la desesperación; pero grandes pensamientos acerca de Cristo pronto te transportarán a lo alto sobre alas de águila. “Mis pecados son muchos, pero, ¡oh!, para Jesús, quitarlos todos no es nada; Él puede levantar tan fácilmente los montes de mi pecado como para mí sería fácil levantar una madriguera de topos con la pala. Es cierto que el peso de mi culpa me aplasta como el pie de un gigante aplastaría a un gusano, pero no sería algo mayor a una brizna de polvo para Él, porque Él ya ha cargado su maldición en Su propio cuerpo sobre el madero. Será algo insignificante ''para Él ''darme una plena remisión aunque será una bendición infinita ''para mí ''el recibirla”. Ella abre su boca para esperar grandes cosas de Jesús, y Él la llena con Su amor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Les pido, queridos amigos, que hagan lo mismo. Oh, que el Espíritu Santo lo habilite para hacerlo. Pero ustedes podrían decir: “ayúdame”. Bien, yo te ayudaré. Debes pensar grandes pensamientos acerca de Jesús cuando recuerdes que ''Él es Dios''. ¿Cuál límite podrías establecer cuando tienes que tratar con Dios? Con Su palmo mide los cielos, y el hueco de Su mano sostiene los mares y alza las islas como algo muy pequeño. Si Jesucristo es Dios, ¿cómo puedes pensar que no pueda salvarte? Oh hombre, cuando tienes que tratar con el Eterno y el Infinito deja que tus dudas vuelen con los vientos. Piensa de nuevo que siendo Dios, ''sufrió el castigo del pecado''; un dolor que el hombre solo no habría podido soportar. El peso de la ira de Su Padre cayó sobre Jesús en el Calvario. ¿Puedes verlo con Sus manos y Sus pies traspasados, puedes leer las líneas de agonía escritas sobre Su frente coronada de espinas, y no creer que sea capaz de salvar? Dios sobre todo, la gloria de cuyo semblante llena el cielo de esplendor, entrega Su rostro para ser cubierto de vergonzosos escupitajos, y Su frente para ser bañada con gotas de sudor sangriento. ¿Hay algo imposible para los méritos del Dios agonizante? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Piensa en eso, pecador, y no le pondrás ningún límite a lo que Jesús pueda hacer. Pero Jesús ''resucitó''. Contémplale cuando se levanta de la tumba, ascendiendo al trono de Su Padre en medio del júbilo de diez mil ángeles; mira cómo lleva las llaves del cielo y de la muerte y del infierno, balanceándose en Su cinto. ¿Qué es lo que no puede hacer? ¿No puede salvarte, Aquel que es “exaltado en lo alto para dar arrepentimiento”, que “puede salvar perpetuamente”, viendo que vive para interceder; puedes dudar de Su poder de salvar? Oh, no deshonres a mi Señor. Confía en Él ahora. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero tú estás dudando todavía; entonces te traeré otra cosa que echará fuera todas tus dudas por causa del dulce amor de Dios, y hará que te aferres al Salvador. Hay algunas aldeas en los condados orientales donde hay un celebrado doctor, y me he enterado que hay diligencias que inician su recorrido en remotos caseríos cargados de gente que viaja cuarenta o cincuenta kilómetros para consultar a ese hombre famoso; yo no podría decir si les ha hecho bien o no, pero el ejemplo me es muy útil. Supongan que uno de ustedes saliera para ver a este doctor. Sintiéndote muy enfermo y adolorido, tienes miedo de que no te sirva de nada cuando llegues allá; pero en el camino te encuentras con diligencias llenas de personas que viajan muy alegremente de regreso a casa. Te preguntan: “¿adónde vas?”, y tú respondes: “Voy a ver al doctor Fulano de Tal porque estoy enfermo”. “¡Oh!”, -dicen- “es una dicha que puedas ir; hemos estado allí; estábamos tan mal como tú y fuimos curados, y ahora vamos a casa”. “Pero”, -preguntas tú- “¿acaso algunos de ustedes tenía una pierna mala como la mía?” “Oh, sí”, -responde uno- “yo tenía las dos piernas malas; mi caso era incluso peor que el tuyo”. “Bien, ¿estás ahora perfectamente restaurado?” “Sí”, -dice aquel hombre- “mira qué bien camino, estoy plenamente restaurado”. ¿Acaso no seguirías tu camino lleno de confianza? Tú estabas medio miedoso antes, pero ahora dices: “ahora voy a proseguir mi camino alegremente, pues estas curaciones son otras tantas pruebas del poder del médico”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay cientos de personas esta mañana en este ‘Tabernáculo libre’ que pueden decir: “Sí, Jesús puede salvar”, y ellos pueden dar la mejor prueba de ello agregando asimismo: “¡Él me ha salvado a mí!” Queridos oyentes, yo sé que Cristo puede salvar a los pecadores, pues he visto Su salvación en miles de casos; pero la mejor prueba que jamás recibí fue cuando Él me salvó a mí. Cuando lo miré y fui aliviado y mi rostro no se vio avergonzado, entonces supe que no necesitaba más argumentos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oh, pecador, Él ha salvado a borrachos, blasfemos, rameras, proxenetas y adúlteros. Pablo dice que Él salvó a quienes se habían manchado a sí mismos con pecados innombrables, pues afirma: “Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados”. Incluso el asesino puede ver que sus hechos de sangre son limpiados por la sangre de Jesús”. Todo pecado y blasfemia serán perdonados a los hombres, pues “la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado”. Él es un grandioso Salvador, es el más grandioso Salvador, Él es un Salvador más grande que el mayor; y en cuanto a tus pecados, se hundirán debajo del mar de Su sangre expiadora, y nunca serán encontrados contra ti jamás. La mujer pensó grandes pensamientos de Cristo y eso le aportó el consuelo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''V.''' Y así pueden ver, por último, QUE ELLA GANÓ LA VICTORIA. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ella confesó lo que Cristo le hizo ver; ella se aferró a Él, y utilizó argumentos tomados incluso de Sus ásperas palabras; ella creyó grandes cosas de Él, y así le venció. Ahora déjenme decirles que la razón por la que venció a Cristo radicaba realmente en esto: que ella se había vencido, antes que nada, a sí misma. Ella había vencido en otra lucha antes de luchar con el Salvador, una lucha con su propia alma. Me parece verla antes de salir de su casa. Estaba sentada un día cuando una vecina muy comunicativa vino y le dijo: “¿Has oído acerca del nuevo profeta?” “No, no me he enterado: ¿qué hay acerca de Él?” “¡Oh, es un grandioso sanador de enfermedades!” “Cuéntame al respecto”, instó la mujer, pues ese tema le interesaba. Oyó la historia; sabía que su amiga hablaba mucho más de lo necesario, y no le creyó lo suficiente. Al día siguiente fue a casa de la vecina, y le preguntó: “¿Estás segura de que lo que me dijiste era muy cierto?” “Bien”, -le respondió- “me enteré por Sutana de Tal, cuya hija fue sanada”. La mujer resolvió entonces investigar el asunto, y por fin encontró a un testigo ocular cuya palabra era confiable. “Sí”, -dijo el amigo- “es el Mesías, el Hijo de Dios, que ha descendido a la tierra, y yo estoy seguro de que es capaz de curar, pues he visto algunos milagros portentosos obrados por Él; no hay ninguna duda acerca de Su poder”. Al principio la mujer estaba perpleja. Ella había sido educada en el paganismo; había probado con sus dioses paganos, y le habían fallado; había probado con sus sacerdotes, quienes sólo la habían engañado, y tal vez pensaba que esto era también un engaño. Pero reflexionó al respecto. Había cincuenta objeciones; pero entonces se dijo: “He oído que habrá tales y tales señales que acompañarán la venida del Mesías, y este Hombre es justamente lo que decían que sería el Mesías; yo creo que Él es el Mesías, y si es el Hijo de Dios, Él ha de ser capaz de sanar a mi hija”. Entonces surgió un ejército de dificultades. “Tú eres cananea”. “Sí, pero fue dicho del Mesías: ‘No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare’; por tanto, iré y probaré con Él; y además está escrito: ‘Los gentiles esperarán en él’; yo soy una mujer gentil, y voy a confiar en Él”. Puedo suponer que ella debatió todo esto en su mente, y habiéndose vencido primero a sí misma, fácilmente venció al dispuesto Salvador. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Posiblemente algunos de ustedes piensen que hay un grado de dificultad en llevar al Señor a salvar a un pecador. No hay ninguno en lo absoluto. La dificultad radica en llevar al pecador a confiar en Jesús. Allí está el trabajo, allí está la labor. En el caso de esta mujer, el conflicto con Jesús fue únicamente externo mas no real. Él ya estaba de su lado. El verdadero conflicto estaba en su propia incredulidad, y cuando su fe demostró ser victoriosa internamente, se tornó victoriosa con Cristo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pecador, no hay ningún obstáculo entre tú y la salvación sino tú mismo. ¿Hablo osadamente? Cristo ha rebajado cada monte en tu camino, y ha rellenado cada valle, y ha hecho una amplia calzada que va desde ti hasta el propio trono de Dios. La dificultad está contigo, no con Dios. ¿Qué pasa contigo, entonces? ¿Puedes confiar en Cristo, querido oyente? ¿Te puedes arrojar por completo sobre Jesús crucificado? Si fuera así, tus pecados te son perdonados, y prosigue tu camino y regocíjate. Pero si no puedes, allí está tu dificultad. ¡Oh, que Dios te ayude a contender con ella! Dudar de Cristo es un pecado, es una crueldad; es un tajo seco sospechar que Él no está dispuesto a perdonar. ¡Desecha, te lo suplico, tu malvada incredulidad! ¡Que Dios el Espíritu Santo te ayude a hacerlo! Ven tal como eres, y descansa en Jesús, y encontrarás vida eterna. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Porción leída antes del sermón: Mateo 15: 21-39.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

	<entry>
		<id>http://es.gospeltranslations.org/wiki/Los_Pensamientos_de_Dios_y_nuestros_Pensamientos</id>
		<title>Los Pensamientos de Dios y nuestros Pensamientos</title>
		<link rel="alternate" type="text/html" href="http://es.gospeltranslations.org/wiki/Los_Pensamientos_de_Dios_y_nuestros_Pensamientos"/>
				<updated>2011-01-01T23:45:48Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|God's Thoughts and Ours}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos! ¡Cuán grande es la suma de ellos!'' Salmo 139: 17 &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Es muy consolador para nosotros creer en un Dios personal y ser capaces de confiar en Alguien que condesciende a pensar amorosamente en nosotros, y a considerar nuestras necesidades y remediar las carencias. No sería muy consolador para nosotros creer en una mera Deidad abstracta, o en lo que algunas personas llaman: “las leyes de la naturaleza” que actuaran por sí mismas, aparte de Dios, o en un sino fijo que nos aplastara como alguna arrolladora fuerza inexorable. Con todo, algunas personas parecieran siempre estar pugnando por alejarse del pensamiento de un verdadero Dios personal: Creador, Preservador, Redentor y Todo-en-todo para Su pueblo. Quienes niegan la historia inspirada de la creación, quisieran que creyéramos que descendemos de los monos, o de algo con menor inteligencia de la que posee incluso un simio; pero yo no podría obtener ningún consuelo de una creencia como esa, aunque fuera cierta; más bien me llena de lástima o de menosprecio por aquellos que pueden ser tan necios como para fomentar tal error. Pero cuando regreso a la revelación de la Biblia concerniente a un Dios personal, revelación que ha sido confirmada por mi propia experiencia espiritual, y cuando compruebo que este Dios personal tiene un interés especial en mí, y piensa en mí con una tierna, amorosa y clemente consideración, entonces, alzo mis manos en adorante asombro, y digo, imitando a David: “¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos! ¡Cuán grande es la suma de ellos!” Sí, se experimenta un gran consuelo cuando se es capaz de decir verazmente: “Padre nuestro que estás en los cielos”; y quienes son realmente hijos e hijas del Dios Todopoderoso, encuentran que su principal deleite consiste en que Él piensa en ellos, y planea todo lo que es para su bien presente así como para el eterno. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''Al abordar nuestro texto, les pido que consideren, primero, CUÁN PRECIOSOS SON LOS PENSAMIENTOS DE DIOS PARA CON NOSOTROS, Y CUÁN PRECIOSO ES QUE PENSEMOS EN ESOS PENSAMIENTOS. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ante todo, permítanme decir que ''el propio hecho de que Dios piense en nosotros es en sí precioso''. Tal vez alguien aquí presente diga: “No sucede así en mi caso; yo estoy bastante alarmado ante el pensamiento de que Dios piense acerca de mí. No es un consuelo para mí decir: ‘Tú eres Dios que ve’; un pensamiento como ese únicamente me llena de terror”. Puedo entender muy bien, querido amigo, cómo te sientes; claro que si sólo piensas en Dios como si fuese un oficial de justicia con una orden de arresto en tu contra, ha de ser una cosa terrible para ti darte cuenta de que Él está pensando en ti; pero supón que fueras Su hijo; ¿no sería entonces para ti un gozo continuo considerar que tu Padre celestial está constantemente pensando en ti? Si estuvieras completamente reconciliado con Él por medio de la muerte de Su Hijo, si no quedara ningún sentido de culpa en tu conciencia, si tú supieras que todos los pensamientos de Dios en cuanto a ti son pensamiento de amor, entonces bendecirías Su nombre por ser tan clemente y amable como para pensar en ti. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, ''quienes sirven al Señor se deleitan en recordar que Él está pensando en ellos''. Después que hemos sido reconciliados con Dios, es un gran privilegio para nosotros gastar toda la fuerza que tenemos en promover Su gloria. Bien, nadie se avergüenza por ser enviado en una buena misión. La mirada de Dios, en vez de ser terrible para el hombre cuyo corazón es recto hacia Él, es uno de sus mayores estímulos. Siente que, aunque sus semejantes no digan nunca: “Bien, buen siervo y fiel”, le basta saber que Dios le ha visto, que Dios guarda un libro de recuerdos, y que, al final, una plena recompensa le será dada a quien es fiel, no por deuda, sino por gracia. Yo no sé qué pasa con ustedes, profesantes holgazanes, que profesan ser salvos pero que hacen poco o nada por Cristo; yo no veo cómo, el hecho de que Dios los esté observando, pueda darles algún consuelo. Si es cierto que ustedes no se pertenecen a ustedes mismos, antes han sido comprados por precio, con la preciosa sangre de Jesús como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ¿acaso pueden pensar tranquilamente que Dios vigila sus horas desperdiciadas, que escucha sus abundantes palabras que no tienen ningún peso, ningún valor intrínseco, y advierte cómo descuidan sus múltiples oportunidades de servir a su día y a su generación? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, por otro lado, en la proporción en la que son constreñidos por el amor de Cristo a instar a tiempo y fuera de tiempo, en esa misma proporción será dulce para ustedes recordar que el Señor los está observando, y que siempre está a su diestra para ayudarlos en su servicio para Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
También aprendemos la preciosidad de los pensamientos de Dios hacia nosotros ''conforme dependemos sin reserva de Él como el grandioso Señor de la providencia''. De poco les serviría que alguien estuviera pensando en ustedes si los pensamientos de esa persona nunca les proporcionaran ninguna ayuda práctica; pero si tuvieran algún amigo rico que les hubiere prometido, tan pronto como fuera posible, encontrarles una posición en la que serían provistos de todo en tanto que vivieran, no me sorprendería oír que, incluso estando en este servicio, hubieran estado pensando en esa persona con agradecimiento. Sí, habrían estado diciendo: “yo no podría abrirme paso por cuenta propia, pero tengo un amigo que me respalda, que dice que verá que nunca carezca de nada, y me consuela pensar que él está pensando en mí”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Bien, entonces, si la promesa de un amigo terrenal depara tanto consuelo como ese, ¡cuánto más debería ser el caso de ustedes, que cuentan con un Amigo celestial que a la vez es capaz y está dispuesto a cumplir todas Sus promesas! Él está siempre pensando en qué es lo mejor para ustedes, qué requieren hoy y qué requerirán mañana; Él está anticipando siempre sus carencias, está proveyendo ''Elims'' con fuentes de aguas y palmeras mientras ustedes están viajando a través del desierto; y mientras meditan en la forma en que Él está pensando en cómo los bendecirá, y los perfeccionará y los glorificará, Sus pensamientos deben ser, en verdad, preciosos para ustedes. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Una razón por la que los pensamientos de Dios en lo concerniente a nosotros son peculiarmente preciosos, es que ''los hombres sujetos de la gracia anhelan acercarse a Dios''. No están satisfechos con lo que son. Los descarríos de sus pensamientos hacia objetos inferiores son un peso para ellos, y están anhelando continuamente acercarse más a Dios. Si hay un clamor que sube más frecuentemente a nuestros labios que cualquier otro, es este: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Más cerca de Ti, mi Dios,&amp;lt;br&amp;gt;Más cerca de Ti.”'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Pero, ¡ay!, nuestros pensamientos sobre Dios son una ayuda muy pobre para nosotros para llevarnos más cerca de Él; flaquean, y se cansan y pronto mueren; pero los pensamientos de Dios para nosotros son poderosos, como Dios mismo lo es, y ellos, como cuerdas irrompibles sujetadas firmemente a nosotros, nos están atrayendo siempre más cerca de Él. El pensamiento conduce a la acción, y que Dios piense en nosotros conduce a la acción práctica de atraernos más cerca de Él mismo. Entonces el hecho de que esté pensando continuamente en nosotros, nos anima a creer que un día estaremos junto a Él, y seremos aptos para estar junto a Él, siendo conformados perfectamente a la imagen de Cristo, y conducidos a la comunión más cercana posible con Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y ''entre más nos acerquemos a Dios, más preciosos se volverán para nosotros Sus pensamientos acerca de nosotros''. Si no fuéramos tan bebés en Cristo, y tan carnales, valoraríamos cada migaja de la mesa de nuestro Padre, y sobre todo, cada pensamiento de la mente de nuestro Padre. Deberíamos valorar, muy por encima del oro y los rubíes, lo que podría llamar: las incursiones ordinarias de la mente divina en Sus arreglos providenciales para con nosotros; pero deberíamos valorar mucho más esos pensamientos profundos, eternos e infinitos, que ya han asegurado nuestra salvación, y que, en breve, completarán nuestra santificación y también nuestra glorificación. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''Ahora, en segundo lugar, hay ALGUNOS PUNTOS EN CONEXIÓN CON LOS PENSAMIENTOS DE DIOS HACIA NOSOTROS QUE LOS VUELVEN MUCHO MÁS PRECIOSOS PARA NOSOTROS. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y, primero, recordemos que ''los pensamientos de Dios acerca de nosotros son sempiternos''. Cuando comenzamos a pensar en los pensamientos de amor de Jehová en relación a Su pueblo, tenemos que retroceder más allá de la región del tiempo, y llegar adonde todas las fechas se pierden en el mar sin orillas de la eternidad. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amados, ustedes fueron amados por su Dios mucho antes de que creara el mundo; sí, desde la eternidad tuvo pensamientos de amor hacia ustedes; entonces, ¿acaso esos pensamientos no deberían ser preciosos para ustedes? Además, como fueron desde la eternidad, también serán hasta la eternidad; Dios estará pensando amorosamente en ustedes cuando el sol, y la luna y las estrellas hayan cumplido su misión, y hayan sido olvidados, y cuando todas las cosas que los hombres consideran ahora sólidas y duraderas, se hayan disuelto como la burbuja sobre la cresta de la ola, y hayan desaparecido para siempre. Dios los ha vinculado de tal manera con Su Hijo que ha hecho que tengan una vida que es eterna, que no puede morir nunca. Todas las otras cosas han de perecer, y las columnas del universo han de desmoronarse y deteriorarse, y toda la creación visible ha de desplomarse con un estruendoso estrépito; sin embargo, ustedes, los amados del Señor, morarán a salvo con Él: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Lejos de un mundo de dolor y pecado&amp;lt;br&amp;gt;Compartiendo eternamente con Dios”.'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Sus pensamientos siempre estarán dirigidos hacia ti; Él no te olvidará nunca. Nunca ha habido un momento en el pasado cuando no haya pensado en ti; incluso en tus años de pecado, Él te miraba con ojos piadosos; en tu depresión más profunda, Su corazón estaba lleno de simpatía por ti; nunca ha habido una hora, en las quietas vigilias de la noche, o en medio de los cuidados y las actividades del día, en que no hubiera estado pensando siempre en ti, tanto, como si tú fueras el único ser que hubiere creado jamás. Desde el principio el Señor te ha estado mirando y pensando en ti como si fueras el único centro de Su íntegra atención, y así continuará pensando en ti incesantemente. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los pensamientos del Señor acerca de ti son especialmente preciosos porque ''han sido siempre pensamientos de amor''. Incluso cuando estabas muerto en delitos y pecados y Él odiaba tus pecados, no te odiaba a ti, pues te amó con un amor sempiterno. &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Te vio arruinado en la caída,&amp;lt;br&amp;gt;Pero te amó a pesar de todo;&amp;lt;br&amp;gt;Te salvó de tu estado perdido,&amp;lt;br&amp;gt;¡Oh, cuán grande es Su misericordia!”'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Este es el amor del que Pablo escribió a los Efesios: “Su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados.” Y a partir de su conversión, los pensamientos de Dios sobre ustedes han sido pensamientos de amor. Él los ha golpeado dolorosamente hasta que llegaron a sentir que seguramente tenía que ser enemigo de ustedes, pero no fue así, pues nunca ha habido, en el grandioso corazón de Dios, otra cosa sino amor por ustedes. Si: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Nos azotara con aflicciones,&amp;lt;br&amp;gt;Enviara una cruz para cada día”;'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
eso no sería una prueba de enojo hacia nosotros; por el contrario, es una muestra de Su afecto: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Todo para hacernos sentir&amp;lt;br&amp;gt;Enfermos del yo, y apasionados de Él”.'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Además de esto, ''los pensamientos de Dios acerca de nosotros han sido siempre pensamientos sabios''. No han sido pensamientos casuales como los que pasan por las mentes de los hombres mientras viajan rápidamente por tierra o en tren, cuando advierten simplemente este objeto por aquí y aquel otro por allá; pero los pensamientos de Dios contienen infinitamente más en ellos que los más profundos pensamientos que los hombres jamás pudieran tener. Ustedes saben que hay muchas maneras de pensar en una cierta cosa; pueden pensar en ella de tal manera de guardarla simplemente en el recuerdo, o pueden pensar en ella tan intensamente como para permanecer despiertos en la noche, dándole vueltas en su mente, viéndola desde todos las perspectivas para poder entender todas sus implicaciones. Pueden pensar en ella con la cuidadosa consideración que un abogado le da a un importante caso por el que está a punto de argumentar, o que un inventor da a los intrincados detalles de una máquina que está buscando perfeccionar. Una consideración como esa, sólo que de un orden infinitamente más excelso, es la que Dios da a cada uno de Sus hijos. Él está arreglando continuamente aquello que es para su mayor bien en Sus tratos providenciales con ellos, y pensando constantemente y trabajando en su favor con el propósito final de llevar a muchos hijos a la gloria. Los pensamientos de Dios son siempre sabios, pero son tan elevados comparados con nuestros pensamientos, que no podemos alcanzarlos; sin embargo, entre más podamos comprenderlos, más sabiduría y prudencia percibiremos en ellos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, ''estos pensamientos de Dios hacia nosotros son prácticos de manera preeminente''. Dios pensó de tal manera en ustedes, hermanos y hermanas en Cristo, como para ordenarlos para vida eterna. El siguiente decreto fue pronunciado en relación a toda la Iglesia del Dios viviente: “Serán para mí especial tesoro, ha dicho Jehová de los ejércitos, en el día en que yo actúe.” No sólo hubo un decreto divino concerniente a ellos, sino que hubo un pacto eterno realizado entre el Padre y el Hijo, mediante el cual, la salvación eterna de todos los elegidos es asegurada infaliblemente. Más que eso, en la plenitud del tiempo, esos eternos pensamientos de amor asumieron un efecto práctico en el don del primogénito y bienamado Hijo de Dios para que muriera por Su pueblo: “el Justo por los injustos, para llevarnos a Dios.” Estos pensamientos de Dios fueron implementados, además, por la venida a nuestros corazones del Espíritu Santo, de tal manera que ahora, a través de Su poder y energía divinos, hemos sido convertidos, renovados en el espíritu de nuestras mentes, ayudados hasta este punto en nuestra ruta al cielo, y consolados con la plena seguridad de que, en el tiempo señalado, seremos conducidos a la inmediata presencia de nuestro Padre celestial, perfectos y completos. Ustedes ven, amados, que los pensamientos de Dios hacia nosotros deberían ser sumamente preciosos para nosotros porque son de un carácter tan práctico que nos traen bendiciones, temporales y espirituales, que gozamos diariamente. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''III. '''Ahora, en tercer lugar, notemos brevemente ALGUNAS OCASIONES EN LAS QUE LOS PENSAMIENTOS DE DIOS SON PECULIARMENTE PRECIOSOS PARA NOSOTROS. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así es ''cuando hemos sido traicionados y abandonados por algunos en quienes hemos confiado''. Cuando el hombre que comía pan con nosotros alzó en contra nuestra el calcañar, entonces nos volvemos a nuestro siempre fiel Amigo, y nos regocijamos de saber que ''Sus'' pensamientos concernientes a nosotros nunca son falsos ni traicioneros. Él es el Amigo que nos acompaña más íntimamente que un hermano; Él es siempre veraz aunque todos los demás comprueben ser mentirosos. Ahitofel puede abandonar a su rey, Judas puede traicionar a su Señor, y nosotros, en nuestra medida podríamos saber qué significa ser abandonados y traicionados; pero los pensamientos de Dios hacia nosotros serán, en todo momento, pensamientos de amor y de fidelidad. Vana fue la confianza que pusimos en algunos que salieron de nosotros porque no eran de nosotros; pero Dios no nos ha abandonado nunca, siempre ha estado pensando en nosotros para bien y, entonces, Sus pensamientos son peculiarmente preciosos para nosotros. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
También lo son ''cuando somos tratados con desdén por nuestros compañeros cristianos y por otros que deberían estimarnos''. Ha de ser muy duro continuar afanándose en alguna oscura esfera sin recibir una palabra amable o una sonrisa alentadora de alguien; vivir, tal vez, como un sirviente en una familia, esforzándose por cumplir fielmente con el deber, y sin embargo, no encontrarse nunca con el más leve aliciente procedente de quienes gobiernan la casa; o trabajar denodadamente como trabajadora social y vendedora de Biblias o como un misionero citadino en algún distrito relegado, y tener tan poco éxito que tu superintendente te mira como si no estuvieras haciendo nada. Puedo imaginar cuán doloroso ha de ser para tu espíritu sensible, y cuán consolador es para ti pensar: “Bien, Jesús sabe todo acerca de esto, y Sus pensamientos valen mucho más que los pensamientos de los hombres, pues Él puede leer mi corazón, y Él puede ver que es el amor por Él lo que me constriñe a hacer para Su servicio todo lo que pueda. Los hombres me podrán llamar necio, pero si mi Señor sabe que yo sólo deseo ser un necio por Su causa, si Él considera que yo estoy sirviéndole fielmente hasta donde mi capacidad me lo permite, ¡cuán preciosos son Sus pensamientos para mí!” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Este es también especialmente el caso ''cuando nuestras palabras y nuestras acciones son interpretadas siniestramente y son tergiversadas''. Algunos de nosotros sabemos lo que significa esta prueba. Cuando hemos intentado ser desinteresados, y realmente lo hemos sido, los hombres han dicho a veces que hemos actuado por algún siniestro motivo. Cuando hemos hablado con suma claridad y simplicidad, hemos sido malentendidos con frecuencia, y peor todavía que eso, hemos sido tergiversados intencionalmente; bien, ¿qué pasa entonces? Nuestro Padre celestial conoce la sinceridad de nuestros motivos y el significado de nuestras palabras, así que retiramos todo el caso de esta corte inferior donde las lenguas humanas altercan y causan contiendas, y apelamos a la Corte suprema del Tribunal superior de Justicia del Rey del cielo. Nuestra petición es: “¡Oh Señor, da Tú el veredicto en este caso! ¡Tú sabes quién ha deseado servirte fielmente, y hablar Tu verdad con valor; pronuncia Tú un veredicto justo que nadie pueda contradecir!” En momentos como esos, el hecho de que Dios piense en nosotros es peculiarmente precioso para nosotros. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así sucede ''en tiempos de perplejidad'', cuando somos, como dijo Bunyan: “catapultados hacia arriba para caer desplomados en nuestros pensamientos”. Yo supongo, queridos amigos, que algunas veces se hunden en una condición tal que, aunque tengan todas las fuerzas de la omnipotencia a su disposición, están tan distraídos que no saben cómo hacer uso de ellas. Están en un lugar donde se encuentran dos océanos, y una ola tras otra pasa sobre ustedes, y temen ser anegados. No saben qué hacer, no pueden pensar en ninguna vía de escape para su perplejidad. Bien, entonces, no traten de hacerlo, dejen incluso de pensar en el asunto, y refiéranlo al grandioso Pensador cuya mente maestra puede extraer bien del mal, luz de las tinieblas, y orden de la confusión. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los pensamientos de Dios son también preciosos para nosotros ''cuando nuestros propios pensamientos son resplandecientes y jubilosos''. El cristiano genuino no acude a su Dios meramente en sus momentos de tribulación, sino que se deleita en el Señor en todo tiempo y bajo cualquier circunstancia. Piensa en Él cuando está en tierra de sequedad, pero no se olvida de Él en tierra de paz y abundancia, pues canta entonces: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Si la paz y la abundancia coronan mis días,&amp;lt;br&amp;gt;Me ayudan, Señor, a proclamar Tu alabanza.”'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Sus pensamientos más esplendentes, amados, han de ser siempre aquellos que conciernen a su Señor; y por sobre todos los gozos de la tierra, dejen que este gozo se eleve hasta el propio cenit: que su Padre celestial piensa en ustedes. Esta es una mejor fortuna para ustedes que la abundancia de oro y plata; esta es una mejor protección para ustedes que la amistad de millones de millones de amigos terrenales; esta es una mayor consolación que la que jamás les pudieran proporcionar los consuelos del tiempo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En tus horas más resplandecientes, creyente, espero que aún digas con el salmista: “¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos! ¡Cuán grande es la suma de ellos!” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''IV. '''Mi tiempo se ha acabado, pero quiero darles solamente UNAS CUANTAS OBSERVACIONES PRÁCTICAS QUE SURGEN DE ESTE TEMA. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La primera es esta: ''si los pensamientos de Dios son tan preciosos para nosotros, ¡cuán grandemente preciosas deberían ser Sus palabras''! Aquí, en este inspirado volumen, tienen ustedes los pensamientos encarnados del Divino Pensador, si puedo usar la palabra en ese sentido, y por tanto, quisiera que valoraran muy altamente cada palabra de este bendito Libro. Hay muchas personas en nuestros días que rehúsan creer en la inspiración verbal de las Escrituras, pero yo no puedo ver cómo el sentido de la Escritura puede ser inspirado, si las palabras con las que ese sentido es expresado, no son inspiradas también. Yo creo que las propias palabras, en el hebreo y griego originales, fueron reveladas desde el cielo; y a pesar de cualquier objeción que pudiera ser presentada desde cualquier perspectiva, nunca me he podido desembarazar de la firme creencia que, si renuncio a las palabras de mi Señor, renunciaría también a Sus pensamientos. No puedo amar bien el alma de un hombre sin sentir también un afecto por su elemento corporal; no puedo amar los pensamientos de Dios, que son el alma de Su revelación, sin amar las palabras que son el cuerpo en el que nos llega. No se entrometan con las palabras de la Escritura, ni siquiera con una letra de ella, sino más bien digan: “¡Cuán preciosas me son, oh Dios, tus ''palabras''! ¿Acaso no hemos conocido momentos en los que la bendición que hemos recibido de algún texto ha llegado a nuestros corazones, no tanto procedente del pensamiento principal contenido en él, sino del uso de una palabra especial? Algunos de nosotros, al recurrir a nuestros Testamentos en griego, nos hemos quedado perfectamente asombrados al encontrar que se usó una palabra particular que ha respondido exactamente a la situación en la que nos encontrábamos; y si el Espíritu Santo hubiera movido al escritor a usar cualquier otra palabra, no sería tan apropiada para las circunstancias en las que no encontrábamos entonces. Le alabamos por seleccionar esa precisa palabra, y no cualquiera de sus sinónimos, que no habrían respondido precisamente a nuestro caso. Por tanto, hermanos y hermanas en Cristo, valoren las palabras de Dios por encima de todo lo demás que posean. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, que se leyera más la Biblia! Me temo que esta es una época en la que se lee casi cualquier otra cosa excepto aquello que más vale la pena leer. Yo creo que muchas personas que se profesan cristianas, envenenan positivamente sus mentes y obstruyen todas las avenidas del sentido, con grandes cantidades de aserrín, tamo y desperdicios que extraen de su lectura liviana que un hombre podría leer por toda la eternidad, sin ser jamás mejor por ello. Sin embargo, en todo momento, hay libros sólidos, sobrios e interesantes, llenos de valiosa información e instrucción, que permanecen sin ser leídos; y, lo peor de todo es que, el Libro de Dios, la propia Biblia, yace olvidada en la repisa. Los verdaderos lectores y escudriñadores de la Biblia jamás la encuentran tediosa. Los que menos conocen la Biblia, la disfrutan menos, y la aman más, los que más la leen. La encuentran más nueva quienes la han conocido más tiempo, y quienes descubren que el pasto es más apetitoso, son aquellos cuyas almas han sido alimentadas de él por mayor tiempo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando uno de nuestros misioneros tuvo que leer un cierto Libro del Antiguo Testamento completo cien veces mientras lo estaba traduciendo, dijo que en verdad disfrutó más la centésima vez que lo leyó que la primera vez, pues lo entendió mejor, y le parecía que lo encontraba más lleno y más vivo entre más se familiarizaba con él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A continuación, así como los pensamientos de Dios son tan preciosos para nosotros, ''las acciones de Dios, que surgen de Sus pensamientos, deberían ser también preciosas para Su pueblo''. Deberían serlo, pero, ¿acaso lo son? Tal vez, una de las acciones de Dios haya sido abatir con una enfermedad a uno que es muy querido para ti; ¿puedes decirle a Dios: “Cuán preciosa es esa acción”? No; meneas tu cabeza, pues no puedes decir eso. Posiblemente hayas tenido una gran pérdida hoy, y esa pérdida vino por un acto directo de Dios. Ahora, Dios primero pensó, luego actuó, y te quitó algo que tú valorabas grandemente. Tú dices que no puedes ver ninguna preciosidad en eso; pero si juzgaras de conformidad a la fe, y no de acuerdo al sentido, dirías: “Sí, Señor, esta aflicción es preciosa para mí porque creo que viene de ti, y no sólo me someteré a ti, sino que te agradeceré por ello, e incluso me enamoraré de la cruz que Tú pones sobre mí.” Cuando miramos en retrospectiva nuestra experiencia pasada, vemos cuán preciosas nos han sido nuestras tribulaciones. Alguien dijo: “Regrésenme mi lecho de flaqueza, regrésenme los dolores y dolencias que sufrí en aquella larga enfermedad aflictiva, si sólo pudiera tener tal gozo de la presencia de mi Señor como lo tuve entonces”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, para concluir, sólo permítanme decir que, como los pensamientos de Dios son tan preciosos para nosotros, ''deberíamos hacer la mejor retribución que podamos pensando mucho en Él''. Tú, creyente, estás desposado con Cristo, y como Esposo tuyo, está siempre pensando en ti, ¿acaso puedes estar contento de vivir sin pensar con frecuencia en Él? ¿Has vivido a lo largo de este día sin haberte acordado de Él? ¿Has estado tan ocupado con los afanes y los cuidados de esta vida que te has olvidado de Él, que te ha dado una vida más excelsa, más noble y mejor que esta? Si ese ha sido el caso contigo, entonces, sonrójate de pura vergüenza, y pide el perdón de tu Señor, y ésta ha de ser tu sincera oración ahora: “Señor Jesús, Tú estás siempre atento de mí; por tanto, por medio de la bendita obra de Tu clemente Espíritu, haz que siempre esté atento de ti.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me temo que estoy dirigiéndome a muchísimas personas que no piensan en Dios a menudo, y que hay algunos de ustedes para quienes sería un consuelo si no hubiese un Dios del todo. O, si piensan en Él, Él es únicamente un Ser todopoderoso de quien están horrorizados porque temen que los castigará por sus pecados. Entonces reciban un aviso por medio de sus propios pensamientos acerca de Dios, y busquen ser reconciliados con Él para que no tengan por más tiempo una causa para temer Su justa ira. Esa reconciliación puede ser obtenida por una simple fe en el Señor Jesucristo. Él es el único Mediador entre Dios y los hombres; entonces, si ponen su caso en Sus manos, y le piden que actúe como su Abogado, Él les revelará, por Su Espíritu, la gloriosa verdad que la reconciliación fue efectuada hace mucho tiempo, cuando entregó Su vida en la cruz del Calvario. Entonces, cuando hayan recibido esta bendita seguridad, pensar en Dios será su deleite continuo consistirá, y saber que Él está pensando en ustedes será su constante bienaventuranza; y dirán, en las palabras de nuestro texto: “¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos! ¡Cuán grande es la suma de ellos!”&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

	<entry>
		<id>http://es.gospeltranslations.org/wiki/La_extra%C3%B1a_selecci%C3%B3n_de_Dios</id>
		<title>La extraña selección de Dios</title>
		<link rel="alternate" type="text/html" href="http://es.gospeltranslations.org/wiki/La_extra%C3%B1a_selecci%C3%B3n_de_Dios"/>
				<updated>2011-01-01T23:45:21Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|God's Strange Choice}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia”. ''1 Corintios 1: 26-29. &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
El apóstol Pablo es guiado a confesar que Cristo Jesús fue menospreciado tanto por los judíos como por los gentiles. Confesó que esto no era ninguna causa de tropiezo para él, pues lo que otros consideran una necedad, era tenido por él como sabiduría, y se regocijaba porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres. Sin embargo, para que nadie en la iglesia de Corinto tropezara por el hecho de que Cristo fue menospreciado, el apóstol procede a mostrar que esta es la manera general de proceder de Dios: selecciona los instrumentos que los hombres desprecian porque así recibe toda la gloria cuando alcanza Su propósito por su medio; y como prueba de ello, Pablo los remite al ejemplo de su propia elección y llamamiento: “Pues mirad, hermanos, vuestra vocación”, -les dice- “que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles”, sino, ustedes, que son pobres, iletrados, despreciados, ustedes, han sido llamados exactamente por la misma razón: para que Dios sea todo en todo y nadie se jacte en Su presencia. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es claro para todo el que observe la Escritura o los hechos, que Dios nunca tuvo la intención de hacer que Su Evangelio se ajustara a la moda; que lo último que hubiera pensado sería seleccionar a ''la élite ''de la humanidad y acumular dignidad para Su verdad, partiendo de las galas llamativas del rango y de la posición. Por el contrario, Dios ha retado a todo el orgullo de la condición humana; ha arrojado cieno al rostro de toda la excelencia humana, y con el hacha de combate de Su fuerza, ha partido en dos el escudo de armas de la gloria del hombre. “A ruina, a ruina, a ruina lo reduciré”, parecería ser el propio lema del Señor de los Ejércitos, y lo será “hasta que venga aquel cuyo es el derecho, y yo se lo entregaré”, porque Suyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No hay doctrina más humillante, en verdad, que la doctrina de la elección, y es por esta razón que el apóstol Pablo hace referencia a ella: para que los discípulos de Corinto estuvieran muy contentos de seguir al humilde y menospreciado Salvador que lleva Su cruz, porque la elección de gracia se compone de los humildes y despreciados quienes, por esa misma razón, no pueden sentirse avergonzados de seguir a Uno que, como ellos mismos, fue despreciado y desechado entre los hombres. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces, abordando de inmediato nuestro texto, primero observaremos en él, muy claramente, ''al Elector''; en segundo lugar, veremos ''una extraña elección''; luego, observaremos ''a los elegidos''; y cuando hayamos considerado un poco todo, reflexionaremos sobre ''las razones que Dios ha dado para Su elección'': que “nadie se jacte en su presencia”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''Primero, entonces, remontémonos a las alturas sobre las alas del pensamiento esta mañana para considerar, por un momento, al ELECTOR. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Algunos hombres son salvados y otros hombres no son salvados; sigue siendo siempre un hecho incuestionable que algunos entran en la vida eterna y otros persiguen el mal y perecen. ¿Cómo se propicia esa diferencia? ¿Cómo es que algunos se remontan al cielo? La razón por la que algunos se hunden en el infierno es su pecado. No se vuelven a Dios y, por tanto, perecen voluntariamente por sus propias acciones y obras. Pero, ¿cómo es que otros son salvados? ¿A quién pertenece la voluntad que establece esa diferencia? El texto responde esa pregunta de manera sumamente perentoria tres veces: ''“escogió Dios, escogió Dios, escogió Dios”. ''La gracia encontrada en cualquier hombre, y la gloria y la vida eterna alcanzadas por algunos, son enteramente dones de la elección de Dios, y no se otorgan según la voluntad del hombre. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esto quedará muy claro para cualquier persona atenta, si antes que nada consideramos ''los hechos''. Dondequiera que encontramos un caso de elección en el Antiguo Testamento, es Dios quien manifiestamente la realiza. Retrocedan, si quieren, a los tiempos de la mayor antigüedad. Los ángeles cayeron. Una multitud de espíritus resplandecientes que rodeaban el trono de Dios y cantaban Sus alabanzas, fueron engañados por Satanás y cayeron en pecado. La gran serpiente arrastró consigo a la tercera parte de las estrellas del cielo: cayeron en desobediencia; fueron condenados a cadenas y al fuego eterno para siempre. El hombre pecó también. Adán y Eva quebrantaron el pacto con Dios y comieron del fruto prohibido. ¿Fueron ellos condenados al fuego eterno? No; sino que Dios, en la plenitud de Su gracia, susurró esta promesa al oído de la mujer: “la simiente de la mujer herirá la cabeza de la serpiente”. Algunos hombres son salvados, pero ningún demonio es salvado. ¿Por qué? ¿Fue el hombre la causa de la diferencia? ¡Silencio, vano fanfarrón que sueñas con tal cosa! Dios mismo es quien testifica: “Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca”. Fue por una soberanía como ésta que el Señor declaró virtualmente: “Yo me propongo y decreto que de la raza del hombre salvaré a una multitud que ningún hombre puede contar, que serán los vasos de mi misericordia; en cambio, aquellos ángeles que una vez fueron mis siervos, vindican el terror de mi justicia y la majestad de mi equidad”. Esto no lo cuestiona nadie. Nunca he oído al mayor ultra pelagiano presentar un argumento a favor del diablo. He oído acerca de Orígenes que pareció argumentar que Satanás debería ser incluido en la ley general de la misericordia, pero muy pocas personas hablan así en nuestros días. Aquí tenemos un ejemplo de elección: algunos de la raza humana son salvados y algunos de la raza angélica fueron entregados a la perdición para siempre. ¿Quién podría haber efectuado esa distinción, sino el propio Jehová? Y debemos decir esto de nuestra raza favorecida: “escogió Dios”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No nos quedamos perplejos cuando vemos a la misma soberanía discriminatoria obrando entre los individuos de nuestra propia raza. En la época patriarcal todos los hombres, con muy pocas excepciones, estaban sumidos en el paganismo; había unos pocos patriarcas que, elegidos por Dios, permanecían siendo todavía fieles a la pura adoración del Altísimo. El Señor resolvió adoptar a un pueblo especial, que habría de leer los oráculos de Dios y preservar y mantener la verdad, y seleccionó a Abram como el progenitor de la raza elegida. ¿Eligió Abram a Dios, o Dios llamó y eligió a Abram? ¿Había naturalmente algo en Abram que le diera derecho a ser el siervo del Altísimo? Contamos con una prueba muy contundente en la Escritura de que no había nada en Abram. Por el contrario, es descrito como un sirio digno de perecer, y su raza era como las demás, corrompida por la idolatría, por no decir algo peor; sin embargo, fue llamado a salir del Este, y fue constituido en el padre de los fieles por la propia voluntad especial de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Permítanme preguntarles: ¿qué había en los judíos, para que fueran bendecidos con profetas, con los sacrificios, y con los ritos y ordenanzas de la verdadera adoración, en tanto que todas las demás naciones fueron dejadas para que se inclinaran delante de dioses de madera y piedra? Sólo podemos decir que Dios lo hizo; Su voluntad separa a la raza de Israel y deja al resto en el pecado. Tomen cualquier caso particular de gracia divina mencionado en el Antiguo Testamento, por ejemplo, el caso de David. ¿Encontramos que David escogió el trono, que David se seleccionó y se apartó para ser el mensajero escogido por Dios para Israel? ¿Acaso había alguna aptitud manifiesta en el menor de los hijos de Isaí? No, por el contrario, los hombres habrían elegido a sus hermanos; incluso Samuel dijo: “De cierto delante de Jehová está su ungido”, cuando vio que se presentó Abinadab (1). Pero Dios no mira lo que mira el hombre, y Él había elegido al rubio David para ser rey en Jesurún. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así podríamos multiplicar los casos, pero sus propios pensamientos me ahorrarán mis palabras. Todos los hechos del Antiguo Testamento sirven para mostrar que Dios hace lo que quiere con los ejércitos del cielo y entre los habitantes de este mundo inferior; Él abate y ensalza; Él alza del muladar al mendigo y lo coloca entre los príncipes de Su pueblo. Escogió Dios, escogió Dios, y no el hombre. “Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Contemplemos el asunto bajo otra luz. Es claro que la voluntad del Señor tiene que determinar el asunto si consideramos Su oficio y posición para con los hombres. El oficio de Dios: Dios es un rey. ¿Acaso no hará el rey lo que le plazca? Los hombres establecen una monarquía constitucional, y están en lo correcto; pero si se pudiera encontrar un ser que fuera la perfección misma, entonces una forma absoluta de gobierno sería innegablemente lo mejor. De cualquier manera, el gobierno de Dios es absoluto, y aunque nunca viola la justicia pues Él es la santidad y la verdad misma, no obstante considera esta joya de Su corona como la más preciada que posee. “Yo soy, y fuera de mí no hay más”. Él no rinde cuentas de Sus asuntos. A todas las preguntas les da esta respuesta: “Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?” La posición absoluta de Dios como rey, especialmente en la obra de salvación, exige que Su voluntad sea la gran fuerza determinante. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Expongamos un caso y ustedes lo verán. Un grupo de criminales se encuentra encerrado en prisión, y todos sus integrantes merecen la muerte. Su culpa es la misma. Si todos ellos son llevados a la ejecución mañana por la mañana, nadie podría decir una palabra en contra de la justicia. Ahora, si algunas de estas personas fueran perdonadas, ¿quién tendría la jurisdicción para perdonarlas? ¿Acaso sería el propio criterio de ellas? Es cierto que sería sumamente benevolente que se les enviara un mensajero y se les pidiera que se presentaran y recibieran la misericordia perdonadora si acaso quisieran venir; pero supongan que todas esas personas, al unísono, rehusaran ser salvadas; supongan que habiendo sido invitadas para ser salvadas, cada una de ellas rehusara aceptar el perdón; si en tal caso la misericordia superior determinara hacer a un lado sus perversas voluntades, y se propusiera lograr que algunas de ellas fueran eficazmente salvadas, ¿a quién le correspondería la selección? Si se les dejara a las personas involucradas, todas ellas insistirían en elegir la muerte en lugar de la vida. Por tanto, sería inútil dejarles la decisión a ellas. Además, dejar el atributo de la misericordia en manos de un criminal sería un modo de proceder sumamente extraño. No, ha de ser el rey, ha de ser el rey el que diga quién ha de ser perdonado por misericordia, y quién ha de morir de acuerdo con la norma de justicia. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La posición de Dios como rey y la posición de los hombres como criminales, exigen que la salvación dependa de la voluntad de Dios; y, en verdad, es mejor que lo dejemos a Su voluntad que a nuestro propio criterio, pues Él es más benevolente con nosotros de lo que somos con relación a nosotros mismos; Él está más lleno de amor por el hombre que el hombre mismo. Él es justicia, Él es amor: justicia en la plenitud del esplendor, amor con un ilimitado poder. La misericordia y la verdad se han reunido en Él y se han besado mutuamente, y es muy bueno, es muy bueno, es lo mejor de todo que le correspondan a Él, el gobierno y la administración de la salvación. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora les presentaremos unas cuantas figuras de las que utiliza la Escritura en conexión con la obra de salvación, y pienso que verán entonces que la voluntad debe corresponderle a Dios. La salvación consiste en parte en ''una adopción''. Dios adopta en Su familia a pecadores que eran herederos de la ira, igual que los demás. ¿Quién debería tener autoridad en el asunto de la adopción por gracia? ¿Acaso los hijos de ira? Ciertamente no; y sin embargo, ¡todos los hombres son hijos de ira! No; es acorde con la naturaleza, con la razón y con el sentido común que nadie sino los padres pueden tener la discreción de adoptar. Como padre, si alguien deseara entrar en mi familia, tengo el derecho de adoptar o rehusar adoptar a la persona en cuestión; ciertamente nadie puede tener un derecho a imponerse a la fuerza en mi vida, ni decirme que voy a ser considerado como su padre reconocido. Yo digo que de conformidad a la razón y al sentido común, el derecho debe estar del lado del padre; y en la adopción, debe ser Dios quien elija a Sus propios hijos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, la Iglesia es descrita como ''un edificio''. ¿Sobre quién recae la arquitectura del edificio? ¿Recae en el edificio mismo? ¿En las piedras? ¿Acaso las piedras se seleccionan a sí mismas? ¿Acaso la piedra que está en aquel rincón eligió su lugar? O aquella piedra que está colocada en los cimientos, ¿acaso seleccionó su propia posición? No; únicamente el arquitecto dispone de sus materiales elegidos de acuerdo a su propia voluntad; y así, en la construcción de la Iglesia, que es la gran casa de Dios, el grandioso Maestro de Obras reserva para Sí la selección de las piedras y los lugares que ocuparán. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tomen un caso todavía más aparente. La Iglesia es llamada ''la esposa de Cristo''. ¿Acaso alguno de los aquí presentes estaría de acuerdo que le fuere impuesta una esposa? No hay nadie entre nosotros que se rebajaría por un solo instante a renunciar a sus derechos para elegir a su propia esposa; y ¿acaso Cristo dejaría al azar y a la voluntad humana la decisión de quién habría de ser Su esposa? No; mi Señor Jesús, el Esposo de la Iglesia, ejerce la soberanía que Su posición le confiere, y selecciona a Su propia esposa. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, se dice que nosotros somos ''miembros del cuerpo de Cristo''. David nos informa que, en el libro de Dios: “Estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas”. Según esto, el cuerpo de todo hombre tiene sus miembros registrados en el libro de Dios. ¿Ha de ser el cuerpo de Cristo una excepción a esta regla? ¿Acaso aquel grandioso cuerpo de divina humanidad, Cristo Jesús, el Salvador místico, habría de ser formado de acuerdo a los caprichos y deseos del libre albedrío, mientras que otros cuerpos, sustancialmente inferiores, tienen sus miembros escritos en el libro de Dios? No debemos soñar así. Sería una plática ociosa y sería desconocer el significado de las metáforas de la Escritura. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me parece claro, de conformidad a las figuras e ilustraciones de la Escritura, que la selección final de los hombres que serán salvados, debe corresponderle a Dios. ¿Acaso no es confirmado esto, queridos amigos, por su propia experiencia? Lo es en cuanto a mí. Podría haber algunos que odian esta doctrina; hay muchos o al menos podría haber algunos cuyas bocas echan espuma mientras nos oyen hablar así de la soberanía de Dios, pero yo confieso que toca un resorte secreto de mi naturaleza que me obliga a llorar cuando nada más puede hacerlo. Hay algo en mi conciencia que parece decirme: “Él tiene que haberme elegido, pues yo nunca habría podido elegirle”. Yo estaba resuelto a vivir en pecado; yo era propenso a descarriarme; yo era aficionado a la iniquidad; yo tragaba el mal como el buey bebe su porción de agua; y ahora, salvado por la gracia, ¿me atrevería por un solo instante a imputar esa salvación a mi propia elección? Yo en verdad elijo a Dios muy libremente, muy plenamente, pero debe ser por alguna obra previa realizada en mi corazón que cambió ese corazón, pues mi corazón empedernido nunca habría podido elegirle. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amado, ¿no sientes en este preciso instante que la inclinación natural de tus pensamientos es apartarse de Dios? Si la gracia de Dios te fuera quitada, ¿qué serías de ti? ¿Acaso no eres como el arco que se dobla mientras la cuerda lo mantiene así, pero si cortaran esa cuerda, recobraría de inmediato su antigua posición? ¿No sucedería así contigo? Si la poderosa gracia de Dios te fuera retirada, ¿no regresarías de inmediato a tus antiguos caminos? Bien, entonces ves claramente que incluso ahora que has sido regenerado, tu naturaleza corrompida no elige a Dios, y mucho menos le habría podido elegir cuando no había una nueva naturaleza que la mantuviera a raya y la controlara. Mi Señor les mira a la cara, oh ustedes, pueblo suyo, y les dice: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros”; y cada uno de nosotros siente que Él despierta un eco en nuestros corazones, pues respondemos: “Sí, Señor, nosotros no te hemos elegido en nuestro estado natural, pero Tú nos has elegido, y a Tu libre y soberana elección sea la honra por los siglos de los siglos”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''Que podamos sentir las influencias presentes del Espíritu Santo mientras reflexionamos sobre LA ELECCIÓN MISMA. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El Señor está a punto de elegir a un pueblo que dará honra a la cruz de Cristo. Ellos han de ser redimidos por la sangre preciosa y han de ser, en algún sentido, una digna recompensa por los grandes sufrimientos de Jesús. Observen ahora cuán ''extraña ''es la selección que hace. Leo con asombro: “Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles”. Si el hombre hubiera recibido el poder de elegir, estas serían justamente las personas que habrían sido seleccionadas. “Sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil y lo menospreciado…” Si el hombre hubiera realizado la selección, estas son exactamente las personas que habrían sido dejadas fuera. La selección es muy extraña, muy extraña; yo creo que incluso en el cielo será objeto de eterno asombro, y excepto por las razones dadas en nuestro texto, nos quedaríamos perplejos sin saber por qué pasó por alto, con escarnio divino, los palacios de los encumbrados reyes, y buscó a los de innoble cuna y a los humildes para hacerlos el objeto de Su selección. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Observen que, a la par de ser extraño, contiene esta peculiaridad: es ''directamente contrario a la selección humana''. El hombre selecciona a aquellos que serían de mayor ayuda para él: Dios selecciona a aquellos para quienes Él es de mayor ayuda. Nosotros seleccionamos a quienes pueden darnos el mejor retorno: Dios selecciona frecuentemente a quienes más ''necesitan'' de Su ayuda. Si yo selecciono a un amigo, me inclino hacia él debido a una cierta servicialidad que pudiera encontrar en él. Este es el egoísmo del hombre. Pero Dios elige a Su amigo de acuerdo a la servicialidad que Él mismo puede rendir al seleccionado. Es exactamente la manera opuesta de seleccionar. Nosotros seleccionamos a aquellos que son los mejores porque son los que más merecen. Él selecciona a aquellos que son los peores porque son los que menos merecen, para que así Su selección pueda ser vista más claramente como un acto de gracia y no de mérito. Yo digo que esto es claramente contrario a la forma de seleccionar de los hombres. El hombre selecciona a los más hermosos y a los más agradables. Dios, por el contrario, viendo la negrura y la inmundicia de todo lo que es llamado agradable, no selecciona lo que es llamado así, sino que toma aquello que los hombres encuentran incluso desagradable y lo torna donoso con la donosura con la que Él lo cubre. ¡Extraña selección! Oh Señor, ¿Es este el estilo de los hombres? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ustedes observarán que la selección es ''muy misericordiosa''; ¡oh, cuán misericordiosa, en el caso suyo y en el mío! Es misericordiosa incluso en su exclusión. No dice: “No ningún sabio”, sino únicamente dice: “No sois muchos sabios”, de tal forma que los grandes no están completamente excluidos. La gracia es proclamada también para el príncipe, y en el cielo hay unos que en la tierra llevaron coronas de títulos nobiliarios y oraron. Cuán bendita es la gracia condescendiente de la elección, que toma a las cosas débiles, a las cosas necias. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Uno pensaría que cuando Dios dijo: “No”, al príncipe, debe haberlo dicho para que sea excusado de otorgar misericordia a todo mundo, pues tenemos el hábito de decir: “Bien, hemos rechazado al señor Fulano de Tal, y él es una persona mucho más importante que tú, por tanto, no puedo darte el favor a ti. ¡Vamos!, el rey me pidió ese favor y no quise hacérselo; ¿piensas que lo haría por ti?” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero Dios razona de otra manera; Él pasa por alto al rey a propósito para reunirse con el mendigo; Él deja al noble para tomar al vil, y pasa por alto al filósofo para recibir al necio. Oh, esto es extraño y sobrepasa a lo extraño, es maravilloso; hemos de alabarle por esta gracia portentosa. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, cuán ''alentador ''es esto para nosotros esta mañana. Algunos de nosotros no podemos jactarnos de ningún linaje distinguido; no tenemos grandes conocimientos; no tenemos riquezas; nuestros nombres son todos desconocidos para la fama; pero, ¡oh, qué gran misericordia! A Él le ha agradado elegir a tales entes necios como nosotros, a tales criaturas despreciables como nosotros mismos, a tales cosas que no son para deshacer las cosas que son. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Para no pasar todo el tiempo esta mañana simplemente señalando esta extraña selección y sorprendiéndonos ante ella, nos bastará observar que cada cristiano que se descubre elegido considerará su propia elección como la selección más extraña que se haya hecho: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“¿Qué había en ti que pudiera ameritar la estima,&amp;lt;br&amp;gt;O proporcionar deleite al Creador?&amp;lt;br&amp;gt;‘Sí, Padre’, es lo que siempre has de cantar&amp;lt;br&amp;gt;‘Fue porque así te agradó’.'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
'''III. '''Hemos de considerar ahora A LOS ELEGIDOS. Los seleccionados son descritos negativamente y positivamente. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Son descritos ''negativamente''. “No sois muchos sabios según la carne”. Observen que no dice: “No sois muchos sabios” simplemente, sino “No sois muchos sabios ''según la carne”, ''porque Dios ''ha ''elegido ciertamente sabios, puesto que todo Su pueblo es hecho verdaderamente sabio; pero son “sabios ''según la carne''” aquellos que Dios no ha elegido. Los “''sophoi''”, como los griegos los llaman, los filósofos, los hombres que tienen pretensiones de sabiduría o que aman la sabiduría, los astutos, los metafísicos, los grandes estudiantes, los observadores agudos, los rabíes, los doctores, los infalibles, los hombres que miran con profundo desprecio a los ignorantes y los llaman idiotas y los tratan como si fuesen el polvo que está debajo de sus pies; éstos no son seleccionados en grandes números. Es extraño, ¿no es cierto? Y sin embargo, se aduce una buena razón. Si fuesen elegidos, entonces dirían: “¡Ah, cuánto nos debe el Evangelio! ¡Cuánto le ayuda nuestra sabiduría!” Si los primeros doce apóstoles hubieran sido doce doctores o doce sabios, todo mundo habría dicho: “vamos, por supuesto que el Evangelio era poderoso; había doce hombres seleccionados y sabios procedentes de Judea, o de Grecia, para apoyarlo”. Pero en lugar de eso, Dios busca por las ensenadas y por las bahías a doce pobres pescadores, que son tan ignorantes como podrían serlo, y los toma, y se convierten en apóstoles y difunden el Evangelio, y el Evangelio recibe la gloria y no los apóstoles. En la sabiduría de Dios, los sabios son pasados por alto. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A continuación observen que dice: “Ni muchos poderosos”. Uno diría que los sabios habrían podido forzar su entrada al cielo por su talento, pero allí están, con su ciego conocimiento, buscando a tientas el picaporte de la puerta del cielo, mientras que los indoctos y la gente sencilla ya han entrado en él. La ciega sabiduría busca a tientas en la oscuridad, y a semejanza de los sabios, va a Jerusalén en vano, mientras que los pobres y humildes pastores van a Belén y encuentran a Cristo de inmediato. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Aquí viene otro orden de grandes hombres! Los hombres poderosos, los valientes paladines, los príncipes, su Alteza Imperial, los conquistadores, los Alejandros, y los Napoleones, ¿acaso ellos no son elegidos? Ciertamente cuando el rey se vuelve cristiano, puede obligar a otros con su espada a recibir a Cristo. ¿Por qué no elegirlo a él? “No” –dice el texto- “ni muchos poderosos”. Y ustedes ven el porqué: porque si los poderosos hubiesen sido escogidos, todos nosotros diríamos: “¡Oh, sí!, vemos por qué el cristianismo se expande tanto: es el buen temple de la hoja de la espada, y la fortaleza del brazo que la blande”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Todos nosotros podemos entender el progreso del islamismo durante sus primeros tres siglos. Hombres como Alí y Khaled estaban dispuestos a eliminar a naciones enteras; montaron sus caballos, ondearon sus cimitarras sobre sus cabezas y arremetieron contra cientos, y eran intrépidos en la batalla. Y fue sólo cuando se enfrentaron a hombres tales como nuestro Ricardo Corazón de León que el islamismo fue repelido por algún tiempo; cuando la espada chocó con la espada, entonces los que la tomaron perecieron a espada. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cristo no escogió a ningún guerrero; uno de Sus discípulos usó una espada, pero fue para un muy pobre efecto, pues únicamente cortó la oreja de un hombre y Cristo la tomó y la sanó y eso puso término a la lucha del pobre Pedro. De tal manera que la gloria de las conquistas del Señor no depende de los valientes; Dios no los ha seleccionado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Luego dice el apóstol: “Ni muchos nobles”, con lo que quiere decir aquellas personas con un gigantesco árbol genealógico, que desciende a lo largo de un línea de príncipes, de los lomos de los reyes, con sangre azul en sus venas. “Ni muchos nobles”, pues se habría podido pensar que la nobleza selló al Evangelio con su prestigio. “¡Oh!, sí, no ha de sorprender que el Evangelio se extienda cuando mi señor Tal y Tal y el duque de Tal se inclinan ante él”. Sí, pero pueden ver que hubo pocos de ellos en la iglesia primitiva; los santos de las catacumbas eran hombres y mujeres pobres y humildes; y es un hecho muy memorable que entre todas las inscripciones de las catacumbas de Roma, escritas por los primeros cristianos, hay muy pocas que ostentan una ortografía apropiada; casi todas ellas muestran una gramática tan deficiente como su ortografía, una clara prueba de que fueron grabadas allí por hombres pobres, indoctos, ignorantes, que eran en aquel entonces los defensores de la fe, y los verdaderos conservadores de la gracia de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tenemos de esta forma el lado negativo: ni los sabios, ni los poderosos, ni los nobles. Pero ahora veremos el lado ''positivo'', y necesito que presten una cuidadosa atención a la expresión usada por el apóstol. “¿Sino que a ''los necios ''del mundo escogió Dios?” No, no dice eso: “Sino que lo necio del mundo escogió Dios”, como si los escogidos del Señor no fueran por naturaleza lo suficientemente buenos para ser llamados hombres, y fueran únicamente “cosas”; como si el mundo los mirara con tal desprecio que no decía: “¿quiénes son estos hombres?”, sino “¿quiénes son estas cosas?” Una o dos veces en Lucas ustedes observarán que Cristo fue llamado “éste”; pero la palabra “éste” está puesta en cursivas, y no figura en el original; pues en el griego está expresado así: “pero respecto a ese______, no sabemos de dónde sea. No dijeron qué era, ni siquiera le llamaron “un tipo”, aunque la traducción es muy buena pues transmite la idea correcta al lector ordinario. Parecieran decir de Cristo: “pero respecto a ese_____, bien, llámenle bestia si les parece, o ‘una cosa’ si les parece”; y así Pablo ha puesto aquí “lo ''necio''”, no simplemente hombres necios, a quienes el mundo considera tontos, indoctos, ignorantes, estúpidos, jalados por la nariz y fácilmente engañados a creer esto o aquello, sino “lo necio”, que no son nada sino estupidez, escogió Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A continuación, Dios ha escogido “Lo débil”. Observen con cuidado la expresión referida a “cosas”; no son meramente hombres débiles, sino que el mundo los consideraba ''cosas ''débiles. “¡Ah!”, -dijo César en la sala del tribunal- “¿quién es el Rey Jesús? ¡Un pobre desventurado que fue colgado de un madero! ¿Quiénes son estos hombres que lo están predicando? ¡Doce pobres pescadores que difícilmente podrían reunir un solo talento de oro entre ellos! ¿Quién es este Pablo que desvaría tan vigorosamente acerca de Cristo? ¡Un fabricante de tiendas! ¿Quiénes son sus seguidores? ¡Unas cuantas mujeres despreciadas que se reúnen con él junto al río! ¿Es Pablo un filósofo? No, se rieron de él en la colina de Marte, pues consideraron que lo que decía era mera palabrería”. Sin duda César pensó que ellos eran demasiado insignificantes para ser dignos de su atención, pero “lo débil” es lo que Dios ha escogido. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Observen la siguiente descripción: “lo vil”. La palabra utilizada allí significa cosas sin genealogía, cosas desposeídas de un padre, cosas que no pueden rastrear su ascendencia, nadie como Sir Harry, nadie como el Muy Honorable, está emparentado con ellos; su padre fue un ‘don nadie’, y su madre no era ‘nada’. Así eran los primeros apóstoles: eran lo vil de este mundo y, sin embargo, Dios los escogió. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y si esto no bastara, está escrito: “lo menospreciado”, lo escarnecido, lo perseguido, lo acorralado, o lo que es tratado con lo que es todavía peor: con indiferencia, que es peor que el escarnio. “No son dignos de ser advertidos, son necios que no vale la pena considerar, pásalos por alto y no les hagas caso” y, sin embargo, Dios los eligió. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, como si fuera para eclipsar todo lo demás, y resumirlo en una palabra: “Lo que no es” escogió Dios. La pura nada, entidades inexistentes. “¡Oh!”, -dice el hombre del mundo- “sí, acabo de enterarme que hubo una cuadrilla de fanáticos de ese tipo”. “¡Oh!”, - dice otro- “yo nunca oí acerca de ellos. No me junto nunca de ninguna manera con un conjunto tal de gente vulgar y de bajo nivel. ¿Tuvieron alguna vez un obispo entre ellos? ¿Un ‘reverendísimo padre’ en Dios?” No, nada de ese tipo, amigo; ellos son necios, viles, insignificantes, despreciados; el mundo, por tanto, los rechaza. “Sin embargo”, -dice Dios- “yo los escojo”. Ellos forman el pueblo que Él elige precisamente. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, observen que eso fue válido en los días de Pablo y es válido ahora, pues la Biblia no cambia con el pasar de los años; y en mil ochocientos sesenta y cuatro, Dios selecciona a las cosas que son menospreciadas de igual manera que lo hizo en el año sesenta y cuatro; y todavía hará que el mundo sepa que quienes son ridiculizados, y tildados de fanáticos, considerados locos y perversos, son, después de todo, Sus elegidos seleccionados para Dios y para Su verdad para conformar el ejército sacramental de los elegidos, y para ganar para Dios la batalla del último día. No nos avergonzamos de gloriarnos en esto: que Dios selecciona las cosas que son menospreciadas. Podemos tomar nuestro lugar con el pueblo despreciado de Dios, esperanzados de participar en la elección de Su gracia soberana. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''IV. '''Para concluir, se tiene LAS RAZONES POR LAS QUE DIOS HA SELECCIONADO A ESTE PUEBLO. Se nos proporcionan dos razones: la primera es la razón inmediata; la segunda es la razón última. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La primera, o ''razón inmediata'', está contenida en estas palabras: “Sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Observen, entonces, que la ''razón inmediata ''es, primero, ''para avergonzar a los sabios''. Que un sabio avergüence a otro sabio es algo notable; que un sabio avergüence a un necio es algo muy fácil; pero que un necio avergüence a un sabio, ¡ah!, dedo de Dios es éste. Ustedes saben lo que sucedió con los apóstoles. Un filósofo escuchó a Pablo, y cuando le hubo oído, le dijo: “¡No hay nada de sustancia en ello! ¡Es una perfecta necedad! ¡Un montón de ideas sin valor de principio a fin! No hay necesidad de que nos molestemos en responder eso”. Transcurrieron los años y cuando el filósofo se estaba llenando de canas y esa pestilente herejía del cristianismo se estaba expandiendo por todos lados, su propia hija fue convertida e incluso su esposa solía salir a hurtadillas por la noche para asistir a la asamblea secreta. El filósofo no se podía explicar esto. “Me sorprende”, -decía- “que yo demostré hasta la saciedad que todo era una estupidez, y sin embargo, esta gente se aferra a eso. Yo respondí a todos sus argumentos, ¿no es cierto? Y no sólo respondí e impugné, sino que establecí mis argumentos de tal manera que yo pensé que había puesto fin a esa necedad por completo. Y ahora la veo aquí, en mi propia casa”. Algunas veces el filósofo tenía lágrimas en sus ojos, y decía: “lo siento en mi propio corazón, me ha derrotado, me ha avergonzado, yo podía hacer silogismos y racionalizar, y vencer al pobre de Pablo, pero Pablo me ha derrotado. Lo que yo consideré una necedad ha avergonzado mi sabiduría”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En unos cuantos siglos después de la muerte de Cristo, la religión cristiana se extendió por todo el mundo civilizado, mientras que el paganismo que tenía a toda la filosofía del oriente y del occidente para apuntalarlo, cayó en el desprestigio y fue objeto de escarnio. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, Dios ha escogido a lo débil ''para avergonzar ''a los fuertes. “¡Oh!”, -decía César- “pronto erradicaremos este cristianismo, y le cortaremos la cabeza”. Los diferentes gobernadores se apresuraron a matar a los discípulos, uno tras otro, pero entre más los perseguían más se multiplicaban. Los procónsules tenían órdenes de destruir a los cristianos; entre más los cazaban, más cristianos había, hasta que por fin los hombres presionaban al tribunal solicitando que se les permitiera morir por Cristo. Inventaron tormentos, arrastraban a los santos atados a las patas de caballos salvajes, los colocaban sobre parrillas recalentadas al rojo vivo, los despellejaban quitándoles la piel pedazo a pedazo, fueron aserrados y partidos en dos, fueron envueltos en pieles y embadurnados con alquitrán y colocados por las noches en los jardines de Nerón para ser quemados, los abandonaban en calabozos hasta que se pudrieran, eran convertidos en espectáculo de los hombres en el anfiteatro, los osos los trituraban hasta la muerte, los leones los destrozaban, los toros salvajes los lanzaban al aire con sus cuernos y, sin embargo, el cristianismo se expandió. Todas las espadas de los legionarios que habían puesto en huída a los ejércitos de todas las naciones, y habían derrotado a los invencibles galos y a los salvajes britanos, no pudieron oponerse a la debilidad del cristianismo, pues la debilidad de Dios es más poderosa que los hombres. Si Dios hubiese escogido a los fuertes, se hubieran dado la vuelta y habrían dicho: “Dios es deudor de nosotros”; si hubiese elegido a los sabios, habrían dicho: “nuestra sabiduría lo ha logrado”; pero cuando selecciona a los necios y a los débiles, ¿dónde estás tú ahora, filósofo? ¿No se ha reído Dios de ti hasta el escarnio? ¿Dónde están ustedes ahora, oh espada y lanza? Oh, hombre fuerte que las blandiste, ¿dónde estás ahora? La debilidad de Dios te ha derrotado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Se dice que Él escogió lo que no es, ''para deshacer lo que es''. Deshacer lo que es, es más que avergonzarlo. “Lo que es”. ¿Qué eran ellos en los días de los apóstoles? Júpiter sentado en su excelso trono sostiene los rayos en su mano; Saturno está reclinado como el padre de los dioses; Venus deleita a sus adoradores con sus placeres lascivos; la casta Diana toca su cuerno. Aquí viene Pablo con: “el único verdadero Dios, y Jesucristo, a quien ha enviado”; él representa “lo que no es”. La herejía del cristianismo es tan despreciable que si se hubiera hecho una lista de las religiones de los diferentes países, el cristianismo habría quedado fuera del catálogo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero vean el resultado. ¿Dónde está Júpiter ahora? ¿Dónde está Saturno? ¿Dónde están Venus y Diana? Excepto como nombres clásicos en los diccionarios de los estudiosos, ¿dónde están todos ellos? ¿Quién se inclina delante del santuario de Ceres en el día de la cosecha, o quién eleva sus oraciones a Neptuno en la hora de la tormenta? ¡Ah!, se han ido; las cosas que son han sido deshechas por las que no son. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hemos de reflexionar que lo que es válido en los días de Pablo es válido para hoy. El año mil ochocientos sesenta y cuatro verá repetidos los milagros de los tiempos antiguos: las cosas que son serán deshechas por las cosas que no son. Vean el tiempo de Wycliffe; las ‘cosas que son’ eran las santas cruces en cada iglesia; san Winifred, santo Tomás de Canterbury son adorados por todas las multitudes de ingleses. Allí viene mi señor el arzobispo a través de las calles; por allá el Papa es adorado por miles, y está la Virgen que es adorada por todos. ¿Qué veo? Un monje solitario en Lutterworth comienza a predicar en contra de los frailes mendicantes, y al predicar contra ellos descubre la verdad, y comienza a predicar que Cristo es la única base de la salvación, y que quienes confían en Él son salvos. Bien, era una cosa tan despreciable que, al principio, no se preocuparon por perseguirle. Es cierto que al final le presentaron delante de ‘su Gracia’ en San Pablo, pero allí estaba un hombre fuerte, un tal John o’ Gant que se presentó con él, y dijo un par de palabras a su áspera manera, y se le permitió a Wycliffe sentarse; y aunque condenado, regresa a su parroquia de Lutterworth. “¡Lo que no era!”, no era digno de ser abatido por sangre, se extinguiría solo. ¿Acaso se extinguió? ¿Dónde están sus santos crucifijos hoy? ¿Dónde está santo Tomás de Canterbury, dónde están santa Inés y san Winifred? Pregunten a sus amigos puseyistas, pues sólo ellos pueden decírselo. Verdaderos consortes de los topos y de los murciélagos, ellos saben adónde han sido arrojados los ídolos: ellos buscan restaurar las supersticiones del pasado, pero, por la gracia de Dios, su tarea no será nada fácil. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El presente sistema de superstición inglesa, con su regeneración por agua, su gracia bautismal, sus confirmaciones, y su otorgamiento de gracia por medio del pan y del vino, aunque sean atacados por quienes son cosas que no son, dejarán de ser; y la verdad como es en Jesús, y la pura fe simple que nadie es un sacerdote distintivamente sobre sus semejantes, sino que cada cristiano es un sacerdote para Dios; y la pura verdad que ninguna agua necesariamente trae el Espíritu de Dios con ella, y que ninguna forma exterior ni los ritos contienen ninguna virtud aparte de la fe de aquellos que los reciben; sin embargo, éstos, apoyados por el Espíritu de Dios, desharán las cosas que son. En esto nos apoyamos en la fortaleza de Dios. Yo no querría que los paladines de Dios fueran más fuertes. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos, si hubieran sido más fuertes, ellos se llevarían la gloria. Han de ser débiles, y han de ser pocos, y han de ser despreciados; su poca cantidad, su pobreza, su debilidad, hará que el grito de alabanza al eterno Conquistador sea todavía más fuerte, y la música será al unísono, y habrá solamente este refrán: “No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria, por tu misericordia, por tu verdad”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Éste, entonces, es el propósito inmediato de Dios al seleccionar a lo necio, lo débil, lo que no es para avergonzar a los fuertes. Pero Su ''razón última es “a fin de que nadie se jacte en su presencia”.'' Quiero que noten esa última frase y habré concluido. No dice que “nadie”, no, el texto no está en humor de agradar a nadie; dice: “que ninguna ''carne''”. ¡Qué palabra! ¡Qué palabra, digo! Aquí están Solón y Sócrates, los sabios. Dios los señala con Su dedo y los llama: “carne”. La carne es vendida en la carnicería, ¿no es cierto? Los perros la desgarran, los gusanos se la comen, nada sino carne. Allí está César, con su púrpura imperial que le cubre, y cuando el poderoso Emperador está de pie muy erguido, cómo desenvainan sus espadas los guardias pretorianos y gritan: “¡Grande es el Emperador! ¡Que tenga larga vida!” “''Carne''”, -dice la palabra de Dios, “''carne''”. Aquí vienen marchando, cientos en línea, los fuertes legionarios de Roma, ¿quién podría enfrentarse contra las puntas de sus adargas? “Carne”, -dice la palabra- “carne”. Aquí hay hombres cuyos progenitores eran de un linaje real y cuyos abuelos eran de rango imperial, y ellos son descendientes de una larga línea de honor. “Carne”, -dice Dios- “carne, nada sino carne”; alimento de perros, alimento de gusanos, cuando así lo quiere. “A fin de que nadie se jacte en su presencia”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Vean, entonces, que Dios pone Su sello sobre nosotros, indicando que no somos nada sino carne, y Él selecciona la carne más pobre, y la carne más necia, y la carne más débil, para que toda otra carne que es únicamente carne y únicamente hierba vea que Dios derrama desprecio sobre toda ella, y no acepta que ninguna carne se jacte en Su presencia. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Ahora, cuál es tu espíritu esta mañana en cuanto a este tema? ¿Das coces contra él? ¿Acaso dices que no puedes soportarlo? Me temo que quieres jactarte en la presencia de Dios. Tu visión de las cosas y la visión de Dios de las cosas difieren, y por tanto, necesitas tener un nuevo corazón y un espíritu recto. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, por el contrario, ¿dices esta mañana: “no tengo nada de qué jactarme, no quiero jactarme en Tu presencia, sino que quiero postrarme en el propio polvo y decir: “haz conmigo lo que quieras”? Pecador, ¿sientes que no eres nada sino carne y carne pecaminosa? ¿Estás tan quebrantado delante de Dios que sientes que, independientemente de lo que hiciere contigo sería justo, y que sólo puedes apelar a Su soberana misericordia? Entonces Dios y tú son uno. Estás reconciliado. Puedo ver que estás reconciliado. Cuando Dios y tú están de acuerdo en que Dios debe reinar, entonces Dios está de acuerdo en que vivas. Pecador, toca el cetro de Su gracia. Jesús crucificado está delante de ti ahora y te pide que le mires y que vivas. Que se te pida que mires es una instancia de la gracia poderosa, y que seas capacitado para ver esta mañana será un portento del amor divino por el que tendrás que bendecirle en el tiempo y en la eternidad. Y ahora, que Dios, cuyo nombre hemos buscado honrar esta mañana, bendiga nuestras palabras tartamudeantes, por Jesús nuestro Señor. Amén.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

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		<id>http://es.gospeltranslations.org/wiki/Suculentos_Manjares_de_Navidad</id>
		<title>Suculentos Manjares de Navidad</title>
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				<updated>2011-01-01T23:40:53Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|Good Cheer for Christmas}}&amp;lt;br&amp;gt; &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''&amp;quot;Y Jehová de los ejércitos hará en este monte a todos los pueblos banquete de manjares suculentos, banquete de vinos refinados, de gruesos tuétanos y de vinos purificados.” ''Isaías 25: 6. &lt;br /&gt;
&amp;lt;br&amp;gt;''“Y el SEÑOR de los ejércitos preparará en este monte para todos los pueblos un banquete de manjares suculentos, un banquete de vino añejo, pedazos escogidos con tuétano, y vino añejo refinado.” ''Isaías 25: 6. La Biblia de las Américas.&amp;lt;/blockquote&amp;gt; &lt;br /&gt;
Casi hemos arribado a la grandiosa estación festiva del año. El día de Navidad encontraremos a todo el mundo en Inglaterra disfrutando de todos los manjares suculentos que puedan permitirse. Siervos de Dios, ustedes a quienes corresponde la mayor porción en la persona de Aquel nacido en Belén, yo los invito a la más refinada cena de Navidad que ofrece manjares supremamente suculentos que hacen crujir de abundancia la mesa: pan del cielo, viandas para su espíritu. ¡He aquí, cuán ricas y abundantes son las provisiones que Dios ha preparado para la festividad excelsa que desea que Sus siervos celebren, no sólo de vez en cuando, sino todos los días de su vida! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Dios, en el versículo que estamos considerando, se ha agradado en describir las provisiones del Evangelio de Jesucristo. Aunque se han sugerido muchas otras interpretaciones para este versículo, todas ellas son desabridas y rancias, y completamente indignas de expresiones tales como las que tenemos ante nosotros. Cuando contemplamos la persona de nuestro Señor Jesucristo, cuya carne es verdadera comida y cuya sangre es verdadera bebida, cuando le vemos ofrecido en el monte escogido, entonces descubrimos una plenitud de significado en estas palabras de gracia de sagrada hospitalidad: “el Señor hará banquete de manjares suculentos, de pedazos escogidos con tuétano.” Al propio Señor le gustaba describir Su Evangelio bajo la mismísima imagen que es empleada aquí. Él habló de la cena de bodas del rey que dijo: “Mis toros y animales engordados han sido muertos, y todo está dispuesto”; y parecería que ni siquiera hubiera podido completar la belleza de la parábola del hijo pródigo sin añadir: ‘traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta’. Así como una festividad en la tierra es mirada con anhelo y recordada como un oasis en medio del desierto del tiempo, así el Evangelio de Jesucristo es para el alma su dulce liberación de la servidumbre y la angustia, y es su júbilo y su alegría. Tenemos la intención de hablar esta mañana sobre este tema, esperando recibir la ayuda del grandioso Señor de la fiesta. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nuestro primer encabezado será ''el banquete''; el segundo será ''el salón del banquete'': “en este monte”; el tercero será ''el Anfitrión'': “El Señor de los ejércitos preparará en este monte para todos los pueblos banquete; y el cuarto será ''los invitados'': invitará “a todos los pueblos”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''Primero, entonces, hemos de considerar EL BANQUETE. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es descrito como constituido por las más excelentes viandas, es más, como lo mejor de lo mejor. Son manjares suculentos, pero son también pedazos escogidos con tuétano. Abundan los vinos más deliciosos y vigorizantes, vinos refinados que retienen su aroma, su fuerza y su sabor; pero estos vinos son sumamente añejos y exóticos, habiendo sido criados para que alcanzaran un gran refinamiento, por la larga espera y por haber sido purificados, enriquecidos, y procesados para que alcanzaran el más alto grado de lustre y de excelencia. En el Evangelio, Dios ha provisto lo mejor de lo mejor para los hijos de los hombres. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Inspeccionemos atentamente ''las bendiciones del Evangelio'', y observemos que se trata de manjares suculentos, y de pedazos escogidos con tuétano. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Una de las primeras bendiciones del Evangelio es ''la completa justificación''. Aunque culpable en sí, al pecador le son perdonados sus pecados tan pronto cree en Jesús. La justicia de Cristo se convierte en su justicia, y es acepto en el Amado. Ahora, este es, en verdad, un exquisito platillo. Aquí hay algo que puede nutrir el alma. ¡Pensar que yo, aunque sea un ser profundamente culpable, soy absuelto por Dios y liberado de la servidumbre de la ley! Pensar que yo, aunque antes era un heredero de la ira, ahora sea tan acepto delante de Dios como lo fue Adán cuando caminaba sin ningún pecado en el huerto; es más, más acepto aún, pues la divina justicia de Cristo me pertenece, ¡y estoy completo en Él, amado en el Amado, y acepto también en Él! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amados, esta es una verdad tan preciosa que, cuando el alma se alimenta de ella, experimenta una apacible paz, una calma profunda y celestial, que no puede ser encontrada en ninguna otra parte sobre la faz la tierra. Esta es una especie de miel que nunca empalaga: recibir dentro de ti la garantía proveniente tanto de la palabra de Dios como del testimonio del Espíritu Santo, que has sido reconciliado y aceptado por medio de la sangre y la justicia de Jesucristo. Esta es una misericordia especialísima. Este es, en verdad, un manjar suculento. Pero esto no es todo, pues se trata de pedazos escogidos con tuétano. Cuando profundizas hasta el alma y el corazón de este asunto, encuentras en él una melosidad intrínseca que trasciende en riqueza, pues nos hace recordar que esta justicia, esta aceptación y esta justificación se vuelven nuestras de una manera perfectamente legal, que es algo contra lo cual el propio Satanás no puede proporcionar a nadie que presente objeción alguna, pues nuestro Sustituto ha pagado nuestra deuda, por lo que somos absueltos justamente. Cristo ha cumplido la ley, y la ha honrado por nosotros; por eso somos justamente aceptados y amados. Aquí encontramos, ciertamente, pedazos escogidos con tuétano, cuando percibimos la verdad y la realidad de la sustitución de Jesús, y captamos con el corazón y con el alma el hecho de que nuestro Sustituto se pone en nuestra posición ante el tribunal de justicia, para que nos podamos poner en Su sitio en el lugar de honor y de amor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuán grande bienaventuranza es clamar con el apóstol: “¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.” Acérquense, todos aquellos cuyos gustos espirituales son purificados por la gracia, y aliméntense de esta selecta provisión, ‘dulce más que miel, y que la que destila del panal’. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Meditemos sobre una segunda bendición del pacto de gracia, es decir, sobre ''la adopción''. Nos es claramente revelado que todos los que han creído en Cristo Jesús para salvación de sus almas, son hijos de Dios. “Amados, ahora somos hijos de Dios.” Aquí, en verdad, hay un manjar suculento. ¡Cómo!, ¿acaso un gusano del polvo se convierte en un hijo de Dios? ¿Acaso un rebelde es adoptado en la familia celestial? ¿Acaso un criminal condenado no solamente es perdonado, sino hecho, en realidad, un hijo de Dios? ¡Prodigio de prodigios! “¡Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios!” ¿A cuáles de los reyes o de los príncipes de esta tierra dijo Dios alguna vez: “Mi Hijo eres tú”? No les ha hablado así a los grandes ni a los poderosos, sino que Dios ha escogido a lo vil del mundo y lo menospreciado, sí, y lo que no es, para hacer que fueran de la simiente real. Los sabios y los prudentes son pasados por alto, pero los bebés reciben la revelación de Su amor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Señor, ¿por qué se me concede esto a mí? ¿Quién soy yo, y qué es la casa de mi padre, para que hables de hacerme Tu hijo? Este glorioso manjar suculento contiene también pedazos escogidos con tuétano. Hay una riqueza interna en la adopción, pues, “Si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.” Bien hace el apóstol en recordarnos que si hijos, también herederos, pues así se nos garantiza nuestra bendita herencia. “Todo es vuestro: sea Pablo, sea Apolos, sea Cefas, sea el mundo, sea la vida, sea la muerte, sea lo presente, sea lo porvenir, todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios”. “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” Aquí encontramos exquisiteces reales de las que la Palabra ha dicho con toda verdad: “Serán completamente saciados de la grosura de tu casa.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Dejando atrás el tema de la bendición de la adopción, recordemos que cada hijo de Dios es objeto de amor eterno sin principio y sin final. Este es uno de los pedazos escogidos con tuétano. ¿Es cierto que yo, un creyente en Jesús, indigno como soy, soy objeto del amor eterno de Dios? ¡Qué arrobamiento está contenido en este pensamiento! Mucho antes de que el Señor comenzara a crear el mundo, ya había pensado en mí. Mucho antes de que Adán cayera o que Cristo naciera, y antes que los ángeles cantaran su primer coral motivados por el milagro de Belén, la mirada y el corazón de Dios estaban fijos en Su pueblo elegido. Él nunca ''comenzó'' a amarlos, ya que siempre fueron “el pueblo a él cercano”. ¿No está escrito, “Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia”? Algunos dan coces contra la doctrina de la elección, pero lo hacen por estar mal aconsejados, pues laboran para voltear uno de los más nobles platillos del banquete; quieren tapar uno de los más frescos arroyos que fluyen del Líbano; quieren cubrir de basura una de las vetas más ricas del mineral de oro que enriquece al pueblo de Dios. Pues esta doctrina de un amor que no tiene comienzo, es el mejor vino de nuestro Amado, que “se entra a mi amado suavemente, y hace hablar los labios de los viejos”. ¡Cuán jubilosamente se alegra y salta de puro gozo el corazón cuando esta verdad es aclarada por el testimonio del Espíritu de Dios! Entonces el alma es saciada de favores, y llenada con la bendición del Señor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Igualmente deleitable es la correspondiente reflexión de que este amor que no tuvo principio no tendrá tampoco fin. Dios no cambia. “Irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios”. Una vez que Él pone Su corazón de amor en un hombre, no deja nunca de hacerle bien. Él dice por boca de Su siervo el profeta que odia repudiar. Aunque pecamos contra Él con frecuencia y le provocamos a celos, aún así, como las aguas de Noé así es Su pacto para con nosotros; pues, como las aguas de Noé no volverán a cubrir la tierra, de igual manera Él jura que no estará airado contra nosotros ni nos censurará. “Los montes se moverán, y los collados temblarán, pero no se apartará de ti mi misericordia, ni el pacto de mi paz se quebrantará, dijo Jehová, el que tiene misericordia de ti.” “Porque yo Jehová no cambio; por esto, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos.” “¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti.” Vamos, amados, en verdad, esto es un manjar suculento; y puedo añadir que contiene pedazos escogidos con tuétano si recuerdan que no simplemente ha pensado el Señor en ustedes desde la eternidad, sino que los ''amó'' desde entonces. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, la profundidad de esa palabra: “amor”, cuando es aplicada al infinito Jehová, cuyo nombre, cuya esencia, cuya naturaleza es amor! ¡Él les ha amado con toda la inmutable intensidad de Su corazón, nunca más y nunca menos; les ha amado tanto que les entregó a Su unigénito Hijo; les amó tanto que nada podría contentarle sino hacer que sean conformados a la imagen de Su amado Hijo, y hacer que participen de Su gloria para que puedan estar con Él donde Él está! Vengan, nútranse de esto, ustedes que son herederos de la vida eterna, pues aquí hay pedazos escogidos con tuétano. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amados, no habríamos completado esta lista si omitiéramos una preciosa doctrina que necesita, tal vez, un refinado gusto, pero que, una vez que el hombre ha aprendido a alimentarse de ella, le parece que es lo mejor de todo: quiero decir, la grandiosa verdad de ''la unión con Cristo''. La palabra de Dios nos enseña claramente que todos los que han creído, son uno con Cristo: están casados con Él, hay una unión conyugal basada en un afecto mutuo. La unión es más íntima aún, pues hay una unión vital entre Cristo y Sus santos. Los santos están en Él como los pámpanos están en la vid; ellos son miembros del cuerpo del cual Él es la cabeza. Ellos son uno con Jesús en un sentido tan real y verdadero, que con Él mueren y con Él son enterrados, con Él son resucitados y con Él son levantados juntamente y sentados en los lugares celestiales. Hay una unión indisoluble entre Cristo y todo Su pueblo: “Yo en ellos y ellos en mí”. La unión podría ser descrita así: Cristo es en Su pueblo la esperanza de gloria, y ellos están muertos y su vida está escondida en Cristo. Esta es una unión del tipo más prodigioso, y el lenguaje sólo puede exponer sus imágenes muy débilmente pero es incapaz de explicarla por completo. La unidad con Jesús es uno de los pedazos escogidos con tuétano. Pues si, en verdad, somos uno con Cristo, entonces porque Él vive nosotros debemos vivir; porque Él fue castigado por el pecado, nosotros también hemos soportado la ira de Dios en Él; porque Él fue justificado por Su resurrección, nosotros también somos justificados en Él; porque Él es recompensado y se sienta para siempre a la diestra de Su Padre, nosotros también hemos obtenido la herencia en Él y por fe la asimos ahora, y gozamos de su señal. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oh, ¿podría ser que esta cabeza que se duele tenga ya un derecho a una corona celestial? ¿Es posible que este corazón palpitante tenga un derecho al reposo que resta para el pueblo de Dios? ¿Es posible que estos pies cansados tengan un título para pisar los salones sagrados de la Nueva Jerusalén? Así es, pues si somos uno con Cristo, entonces, todo lo que Él tiene nos pertenece, y es sólo asunto de tiempo y de un designio de la gracia para que lleguemos a su pleno gozo. En verdad, meditando sobre este tópico, cada uno de nosotros puede exclamar: “Como de meollo y de grosura será saciada mi alma, y con labios de júbilo te alabará mi boca”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo no puedo exponer todas las viandas del banquete de mi Señor; un mesero no basta para llevar ante ustedes todas las exquisiteces de un festín sin par; pero quisiera recordarles una más, que es la doctrina de ''la resurrección y la vida eterna''. Este pobre mundo adivinó confusamente la inmortalidad del alma, pero no supo nada de la resurrección del cuerpo: el Evangelio de Jesús ha traído la vida y la inmortalidad a la luz, y nos ha declarado acerca de Jesús que, quien crea en él no morirá jamás. “El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá”. Jesús es la resurrección y la vida. No solamente el alma, mas el cuerpo también participará de la inmortalidad, ‘porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados’. Esperamos morir, pero se nos asegura que viviremos de nuevo. Si el Señor no viene, sabemos que nuestros cuerpos verán la corrupción; pero he aquí nuestro consuelo: no tememos la aniquilación; esa oscura sombra no se atraviesa nunca por nuestros espíritus; no tememos ningún infierno, ningún purgatorio, ningún juicio: Cristo ha perfeccionado para siempre a quienes son apartados; nadie puede condenar a quien Él absuelve. Los santos juzgarán a los ángeles, y se sentarán con el Señor en el día del juicio final. Para nosotros la venida de Cristo será un día de gozo y de regocijo: seremos arrebatados juntamente con Él; Su reino será nuestro reino, Su gloria nuestra gloria. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Por tal motivo han de consolarse unos a otros con estas palabras, y cuando vean a sus hermanos y a sus hermanas partir uno a uno de entre ustedes, no se aflijan como aquellos que están sin esperanza, sino que han de decirse los unos a los otros: “Ellos no están perdidos, sino que han partido antes”, pues, “Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen.” Aquí hay un banquete de pedazos escogidos con tuétano, pues la nuestra es una esperanza gloriosa y plena de inmortalidad. Nuestra inmortalidad esperada no es la de la mera existencia, no es el estéril privilegio de la vida sin bienaventuranza, de la existencia sin felicidad: está llena de gloria; pues “seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es”; estaremos con Dios, a cuya diestra hay plenitud de gozo y dichas para siempre. Nos hará beber del río de Sus placeres; cantos y dicha sempiterna estarán sobre nuestras cabezas, y la aflicción y el suspirar se desvanecerán. &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“¡Oh, anhelamos la ausencia de llanto,&amp;lt;br&amp;gt;'Dentro de esa tierra de amor!&amp;lt;br&amp;gt;¡La dicha sin fin de celebrar&amp;lt;br&amp;gt;El banquete nupcial en lo alto!&amp;lt;br&amp;gt;&amp;lt;br&amp;gt;¡Oh, anhelo la hora de ver&amp;lt;br&amp;gt;A mi Salvador cara a cara!&amp;lt;br&amp;gt;La esperanza de estar siempre&amp;lt;br&amp;gt;En ese dulce lugar de encuentro.”''&amp;lt;/blockquote&amp;gt; &lt;br /&gt;
Así he presentado ante ustedes unos cuantos pedazos escogidos con tuétano que el Rey de reyes ha puesto delante de Sus invitados en el banquete de bodas de Su amor. Cambiando el curso del pensamiento, aunque adhiriéndonos al mismo tema, permítanme traer ante ustedes las copas de vino. “Banquete de vino añejo… y de vino añejo refinado.” Consideraremos que estos vinos simbolizan los gozos del Evangelio. ¿Qué son estos vinos? Yo sólo puedo hablar de aquellos que me ha sido permitidos catar. Uno de los goces predilectos de la vida cristiana es un sentido de perfecta paz con Dios. Oh, yo les digo que cuando uno está quieto por un momento, y el estrépito y el alboroto del negocio están fuera del alcance de nuestros oídos, es una de las cosas más deliciosas del mundo meditar en Dios, y sentir que Él no es un enemigo para mí, y que yo no soy enemigo para Él. Sentir en contemplación que le amo sobrepasa cualquier comparación reconfortante. Si hay algo que yo pudiera hacer para servirle, lo haría. Si hubiese cualquier sufrimiento que le honrara, si Él me diera la fortaleza para encararlo, constituiría mi felicidad, aunque me causara morir la muerte de un mártir mil veces. Si sólo pudiera honrar a mi Dios, y mi Amigo, todo sería aceptable para mí. No hay nada que se interponga entre el Señor y yo por vía de diferencia o extrañamiento; yo soy conducido muy cerca por medio de la sangre de Su amado unigénito Hijo. Él es mi Dios, mi Padre, y mi todo, y yo soy Su hijo. Algunos de nosotros hemos intentado la felicidad imaginaria de la risa; nos hemos entremezclado con el aturdido tropel de gente, y hemos catado los vinos de la casa del júbilo carnal, pero nuestra honesta experiencia es que un solo sorbo de la copa de la salvación equivale a ríos de regocijo mundano. &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Sólidos alborozos y placeres duraderos&amp;lt;br&amp;gt;Sólo son conocidos por los hijos de Sion.”''&amp;lt;/blockquote&amp;gt; &lt;br /&gt;
Un corazón tranquilo, que descansa en el amor de Dios, que mora en perfecta paz, tiene una realeza vinculada a él que no puede ser comparada ni por un instante con los goces pasajeros de este mundo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nuestro gozo resplandece a veces con una luz más refulgente, pero aun entonces no es menos puro y seguro. Pueden contemplar este vino cuando está rojo, cuando resplandece su color en la copa, cuando se entra suavemente, pues no hay dolor ni irritación de ojos que esté reservados para aquellos que beban de este vino sagrado incluso hasta la ebriedad. Este sagrado alborozo es causado por un sentido de seguridad. Un hijo de Dios, cuando ha contemplado bien a su Redentor, y ha visto el mérito de la sangre preciosa y el poder de la incesante intercesión, se siente seguro, perfectamente seguro. Yo no entiendo al hijo de Dios que lee su Biblia y a pesar de ello se encuentra temeroso de ser arrojado en el infierno. Puedo entender que el miedo atraviese su mente en cuanto a que, al final, después de todo, resulte ser un desechado; pero conforme se aproxima una vez más al pie de la cruz, y mira a Jesús, siento que eso no puede ser. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nadie que estuvo al pie de la cruz ha sido desechado jamás; pues está escrito, “Al que a mí viene, no le echo fuera”. Un hijo de Dios que no tiene otra esperanza que la que encuentra en Cristo, no tiene motivo para pensar que su estado eterno sea inseguro. Todos los que están en Cristo están seguros, así como todos los que estaban en el arca de Noé estaban seguros. Ningún diluvio, ninguna tormenta podría lastimar al hombre de quien se dijo: “Jehová le cerró la puerta”. El Señor le ha cerrado la puerta a todo Su pueblo en Cristo, y están eternamente a salvo en Cristo. Cuando el espíritu sabe que “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús”, entonces se ve henchido de deleite. Cuando uno siente que viva o muera, que trabaje o sufra, todo está bien, ¡cuán libre de cuidado está el corazón! Cuán divinamente gozoso es saber que si uno perdiese toda su riqueza terrenal, el Señor proveerá; que si uno es tentado, tentado grandemente, ¡con la tentación será abierta la vía de escape! Cuando uno siente que todo está seguro, que todo está seguro eternamente, todo asegurado para vida o muerte, yo les digo que esto constituye vino añejo refinado, vinos purificados, y alguien que alcanza un sorbo de esos vinos no necesita envidiar los banquetes celestiales de los ángeles. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Este gozo nuestro se alzará algunas veces a una elevación todavía más sublime, cuando es causada por la comunión con Dios. Los creyentes, mientras están entregados a la oración y a la alabanza, al servicio y al sufrimiento, son capacitados por el Espíritu Santo para sostener una larga plática con su Señor. No se imaginen que el diálogo de Abraham con Dios fue un privilegio inusual. El padre de los fieles no hizo sino disfrutar de lo que todos los fieles participan de acuerdo a la gracia que les es dada. Nosotros le contamos nuestras aflicciones a Dios; y discurrimos sobre nuestras aflicciones no en ficción, sino declarándolas en una conversación real, como cuando un hombre habla con su vecino: mientras tanto el Espíritu del Señor nos susurra con el silbo apacible y delicado de la promesa tales palabras que calman nuestras mentes y guían nuestros pies. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sí, y cuando nuestro Amado nos lleva a la casa del banquete de la consciente comunión real con Él mismo, y agita el pendón de amor sobre nosotros, nuestra santa dicha es sumamente superior a todo júbilo meramente humano, como los cielos están lejos de la tierra. Entonces, en verdad, hablamos y cantamos con un gusto sagrado, y sentimos como si pudiésemos llorar de puro gozo de corazón, pues nuestro Amado es nuestro y nosotros somos Suyos. Su izquierda está debajo de nuestras cabezas, y Su derecha nos abraza, y nuestro único temor es que hubiera algo que afligiera a nuestro Amado y provocara que ser retirara de nosotros; pues, ver Su faz y gustar de Su amor es el cielo en la tierra y un exquisito gusto anticipado del cielo arriba. La comunión con Cristo es como vino añejo refinado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pondremos sobre la mesa otra copa más, de la cual pueden beber todo lo que quieran. Hemos provisto para ustedes los placeres de la esperanza, una esperanza sumamente segura y firme, sumamente refulgente y gloriosa: la esperanza de que lo que conocemos hoy será sobrepasado por lo que conoceremos mañana; la esperanza de que, pronto, lo que ahora vemos por espejo, oscuramente, será visto cara a cara. Cuando estemos en el cielo diremos como la Reina de Sabá dijo en Jerusalén: “Ni aun se me dijo la mitad”. Estamos en espera de un día venturoso cuando nos veremos liberados de la carga de este crujiente tabernáculo, y estando ausentes del cuerpo, estaremos presentes al Señor. Nuestra esperanza de la futura bienaventuranza es elevada y confiada. ¡Oh, la visión de Su rostro! ¡Oh, la visión de Jesús en Su exaltación! Oh, el beso de Sus labios; la palabra, “Bien, buen siervo y fiel” proveniente de esa amada boca y luego permanecer para siempre recostado en Su seno. Váyanse, cuidados, váyanse, tristezas; si el cielo está tan cerca, ustedes no nos molestarán. El mesón puede ser tosco y afectado de pobreza, pero nosotros sólo somos viajeros, no somos inquilinos que dependen de un contrato. Este no es nuestro lugar de reposo; ¡vamos camino a casa! Amados, en la expectativa de los apacibles lugares de reposo en la tierra que fluye leche y miel, ustedes encuentran vino añejo refinado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si no estuviéremos limitados de tiempo esta mañana, como, ¡ay!, lo estamos, les habría recordado que estos goces del creyente son antiguos en su origen, pues el texto nos muestra eso. La expresión: vinos añejos es la que se pretende expresar por “vinos purificados”; han estado en reposo durante largo tiempo y se les ha potenciado toda la virtud que contienen, y han sido purificados de todo material ordinario. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡En el Oriente, el vino es mejorado almacenándolos todavía más que los vinos en Occidente! Con mayor razón, las misericordias de Dios son más dulces para nuestras meditaciones debido a su antigüedad. Desde toda la eternidad, o desde antes que la tierra fuera hecha, los compromisos del pacto del amor sempiterno han estado descansando como vinos purificados, y hoy nos traen las supremas riquezas de todos los atributos de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Les habría recordado también de la plenitud de su excelencia, porque el vino añejo refinado mantiene su sabor, y retiene su aroma; y hay una plenitud y riqueza en cuanto a las bendiciones de la divina gracia que las hacen muy queridas para nuestros corazones. Los gozos de la gracia no son emociones fantásticas, o destellos pasajeros de una excitación meteórica, antes bien, están basados sobre una verdad sustancial; son razonables, adecuados y propios. No pertenecen a las emociones espumosas y superficiales del mero sentimiento, sino que son movimientos sinceros, solemnes y profundos, justificados por el más preclaro juicio. Nuestra bienaventuranza no es de la espuma y de la oleada, sino que mora en las cavernas más íntimas de nuestro corazón. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Les habría recordado de su naturaleza refinada. Ningún pecado se mezcló con los gozos del Evangelio y los deleites de la comunión: están muy bien purificados. Los gozos del Evangelio son sempiternos, hacen a los hombres semejantes a los ángeles. Así como en el Evangelio Dios desciende a los hombres, así por el Evangelio los hombres ascienden a Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
También habría podido mostrarles cuán absolutamente incomparables son las provisiones de la gracia. No hay un festín comparable al del Evangelio, ninguna comida semejante a la carne de Jesús, ninguna bebida como Su sangre, ningunos goces como los que coronan el banquete del Evangelio. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''No puedo decir nada más; la mesa está puesta ante ustedes, y ahora hemos de proseguir con gran brevedad para notar EL SALÓN DEL BANQUETE. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“En este monte”. Aquí hay una referencia a tres cosas: el mismo símbolo conlleva tres interpretaciones. Primero, literalmente, el monte sobre el que está construida Jerusalén. Yo no dudo que la referencia sea aquí al collado sobre el que está ubicada Jerusalén; la grandiosa transacción que fue cumplida en Jerusalén sobre el Calvario ha preparado un gran banquete para todas las naciones. Fue allí donde la cruz central sostuvo a Aquel que unió a la tierra y al cielo en misteriosa unión; fue allí donde en medio de densas tinieblas el Hijo de Dios fue hecho maldición por los hombres; fue allí que la aflicción culminó para que el gozo fuera consumado. Sobre ese mismo monte en el que los judíos y los gentiles se encontraron, y con clamorosa ira clamaron: “¡Sea crucificado!”, fue allí, en la entrega del Unigénito, cuya carne es verdadera comida, y cuya sangre es verdadera bebida, que el Señor hizo un banquete de manjares suculentos. Todo aquello de lo que he hablado esta mañana es encontrado en Cristo. Él es la resurrección y la vida: en Él somos justificados, adoptados, y asegurados; cada gota de gozo que bebemos mana de Sus fluyentes venas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Un segundo significado es la iglesia. Frecuentemente Jerusalén es usada como símbolo de la iglesia de Dios, y es bajo el palio de la iglesia que es preparado el gran banquete del Señor para todas las naciones. Yo soy, en el sentido más verdadero, un hombre convencido en la necesidad de la membresía de una iglesia. En verdad, tengo el pleno convencimiento de ello; soy un adherente sumamente resuelto a favor de la iglesia. Yo no creo en la salvación fuera del palio de la iglesia. Yo creo que la salvación de Dios está confinada a la iglesia, y únicamente a la iglesia. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Pero”, -dirá alguno- “¿qué iglesia?” ¡Ay!, ese es el asunto: Dios no quiera que yo signifique con eso ya sea la iglesia bautista o la iglesia independiente, o la iglesia episcopal, o la presbiteriana, o cualquier otra: me refiero a la iglesia de Jesucristo, a la compañía de los elegidos de Dios, a la comunión de los comprados con sangre, a la familia de los creyentes, estén donde estén, pues para ellos es provisto el banquete de manjares suculentos. Independientemente de la iglesia visible y externa con la que se hubieren asociado, beberán los vinos purificados; pero el banquete únicamente puede ser encontrado donde se encuentran quienes ponen su confianza en Cristo. Sólo hay una iglesia en el cielo y en la tierra, compuesta de hombres llamados por el Espíritu Santo, que son vivificados por Su poder vivificador; y es por medio del ministerio de esta iglesia que un abundante banquete es aderezado para todas las naciones, un banquete al que las naciones son convocadas por heraldos elegidos, a quienes Dios llama para que proclamen las buenas nuevas de salvación por Jesucristo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, hermanos, el monte significa, algunas veces, la iglesia de Dios exaltada a su gloria del último día. Este monte será más alto que los collados y correrán a él los pueblos. Este texto tendrá su mayor cumplimiento en el día de la aparición de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Entonces la gloria del Evangelio será revelada más claramente que al momento presente. Los hombres tendrán una percepción más plena de la gloria del Señor, y un gozo más profundo de Su gracia; a la vez, la felicidad y la paz reinarán con una apacibilidad sin turbaciones. Pronto vendrá la edad de oro que ha sido vaticinada desde tanto tiempo atrás, por la que clamamos con expectación incesante. Que el Señor la envíe pronto y a Él sea toda la alabanza. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''III. '''En tercer lugar, pensemos en EL ANFITRIÓN del banquete. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Jehová de los ejércitos hará en este monte a todos los pueblos banquete de manjares suculentos”. Observen bien la verdad de que en el banquete del Evangelio no hay un solo platillo traído por el hombre. El Señor lo hace, y lo hace todo. Yo sé que algunos querrían traer consigo algo al banquete, algo por lo menos por la vía de guarnición y de aderezos, de tal forma de tener una participación del honor; pero eso no ha de ser, pues el Señor de los ejércitos hace el banquete, y no permitirá que los invitados traigan sus propios vestidos de bodas. Deben detenerse a la puerta y ponerse el manto que el Señor ha provisto, pues la salvación es solamente por gracia de principio a fin, y toda de Él, que es portentoso en obras, y que hace todas las cosas de conformidad a los consejos de Su voluntad. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
De todas las preciosas verdades que hablé al principio de este sermón, no hay ni una sola que provenga de cualquier otra fuente, excepto de la fuente divina; y de todos los goces que procuré dibujar débilmente, no hay ni uno solo que surja de los manantiales de la tierra; todos ellos fluyen de la eterna fuente. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El Señor prepara el banquete; y, observen que lo hace también como Señor de los ejércitos, como un soberano, como un gobernante, haciendo lo que quiere entre los hijos de los hombres, preparando lo que quiere para el bien de Sus criaturas, y constriñendo a quien Él quiera para que venga al banquete de bodas. El Señor provee soberanamente como Señor de los ejércitos, y lo hace todo suficientemente como Jehová. Se requería de la suficiencia absoluta de Dios para proveer un banquete para los pecadores hambrientos. Nadie más que el infinito “YO SOY” podría proveer un banquete lo suficientemente sustancial para suplir las necesidades de espíritus inmortales; pero Él lo ha hecho, y ustedes pueden adivinar el valor de las viandas por la naturaleza de nuestro anfitrión. Si Dios pone la mesa del festín, no ha de ser despreciado; si el Señor ha empleado toda la omnipotencia de Su eterno poder y Deidad preparando el banquete para la multitud de los hijos de los hombres, entonces pueden estar totalmente seguros de que se trata de un banquete digno de Él, un banquete al que pueden acudir con confianza, pues ha de ser precisamente el banquete que sus almas requieren, y de naturaleza tal que el mundo no vio nunca antes. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oh alma mía, regocíjate en tu Dios y Rey. Si Él provee el festín, ha de recibir toda la gloria por ello. “No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria.” Oh Rey inmortal, eterno, invisible, Tú alimentaste a Tus hijos en el desierto con maná que bajó del cielo, y con agua que brotó de una dura roca, y dieron gracias a Tu nombre; pero ahora Tú nos llenas con alimento más noble. Ellos comieron el maná y murieron, pero nosotros vivimos de pan inmortal, es decir, del propio Jesús, y, por tanto, no podemos morir nunca. Ellos bebieron el agua que manó de la roca, y, sin embargo, tuvieron sed de nuevo, pero nosotros no tendremos más sed, sino que moraremos por siempre cerca de Ti, mientras el Cordero que está en medio del trono nos alimentará, y nos conducirá a las fuentes vivas del agua. Por tanto, ¡bendito sea Tu nombre, sí, mil veces bendito sea Tu nombre, oh Tú, Altísimo! Que todo el cielo diga “Amén” a las alabanzas de nuestros corazones, y que la multitud de Tus hijos aquí en la tierra, para quienes este banquete es preparado, loen y magnifiquen y bendigan Tu nombre desde la salida del sol hasta su ocaso. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''IV. '''Por último, una palabra o dos sobre LOS INVITADOS. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El Señor ha preparado el banquete “para todos los pueblos”. ¡Cuán preciosa es esta palabra! “Para todos los pueblos”. Entonces esto incluye no meramente al pueblo elegido, los judíos, de quienes eran los oráculos, sino abarca a los pobres gentiles incircuncisos, que, por Jesús, son atraídos. El bárbaro es invitado a este banquete; el escita no es rechazado. El griego pulido encuentra una puerta abierta; el intrépido romano se encontrará con una igual bienvenida. Los de la casa de César, si vinieran, recibirán una porción, y lo mismo harán los hermanos del mendigo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Bendito sea Dios por esa palabra, “a todos los pueblos”, pues permite la empresa misionera en toda tierra; por degradada que sea una raza, aquí encontramos una provisión hecha para ella. Este banquete de manjares suculentos es preparado tanto para el Sudra como para el Bramín; el Evangelio ha de ser predicado tanto para el degradado colono australiano como para el chino civilizado. Reflexionen sobre esas palabras: “a todos los pueblos”, y verán que incluyen a los ricos, pues hay un banquete de manjares suculentos para ellos, del tipo que su oro no podría comprar nunca; y también incluye a los pobres, pues siendo ellos ricos en fe, tendrán comunión con Dios. “A todos los pueblos”. Esto incluye al hombre de sobrada inteligencia y vasto conocimiento; pero igualmente comprende al hombre analfabeta que no puede leer. El Señor hace este banquete “paratodos los pueblos”; para ustedes, ancianos, pues si vienen a Jesús encontrarán que Él es apropiado para ustedes; para ustedes, jóvenes y señoritas, y para ustedes, pequeñitos, pues si ponen su confianza en el Salvador designado por Dios, habrá mucho gozo y felicidad para ustedes. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Para todos los pueblos? Me parece que si yo estuviera buscando ahora y no hubiese asido a Cristo, estas palabras “todos los pueblos” serían un gran consuelo para mí, porque proporcionan esperanza a todos aquellos que desean venir. Nadie ha sido rechazado jamás de todos los que han venido alguna vez a Cristo y han pedido misericordia. Todavía es cierto, “Al que a mí viene, no le echo fuera.” Algunas personas muy singulares han venido a Él, algunas personas muy perversas, algunas personas muy endurecidas, pero la puerta nunca fue cerrada en la cara de nadie. ¿Por qué habría de comenzar Jesús algunos tratos duros contigo? No podría, porque no puede cambiar. Si Él dice: “Al que a mí viene, no le echo fuera”; conviértete en uno de esos: “al que a mí viene”, y no puede echarte fuera. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay otro pensamiento, es decir, que entre las tapas de la Biblia no hay mención de alguna persona que no pueda venir. No se da ninguna descripción de una persona a quien se le prohíba confiar en Cristo. Me gustaría que revisaran el libro completo, ustedes que sueñan que Jesús los rechazará, y encuentren dónde se diga: “a tal individuo rechazaré; a tal individuo desecharé.” Cuando encuentren una cláusula que rechace a alguien, entonces tendrán un derecho para ser incrédulos, pero mientras no lo hagan les imploro que no se atormenten innecesariamente. ¿Por qué sembrar dudas y temores sin necesidad? Habrá abundancia de ellas sin necesidad de que se los fabriquen ustedes mismos. No limiten aquello que el Señor no limita. Yo sé que Él tiene un pueblo elegido; me regocijo en ello; yo espero que ustedes se regocijen en ello un día; y yo sé que Su pueblo tiene estos manjares suculentos provistos para ellos y únicamente para ellos; pero aun así, esto no está en conflicto con la otra preciosa verdad de que quienquiera que crea en el Hijo de Dios tiene vida eterna. Si tú crees en Jesucristo, todas estas cosas son tuyas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ven, pobre individuo tembloroso, la trompeta de plata suena, y esta es la nota que resuena: “Vengan y sean bienvenidos, vengan y sean bienvenidos, vengan y sean bienvenidos.” La trompeta más severa de la ley que iba aumentando su sonido en extremo y por largo rato en el Sinaí tenía esto por nota: “Señala límites al monte: que nadie se acerque para que no muera.” Pero la trompeta del Calvario resuena con una nota opuesta; es: “¡Ven y sé bienvenido, ven y sé bienvenido, pecador, ven! Ven tal como eres, pecador como eres, endurecido como eres, descuidado según crees que eres, y sin poseer nada bueno de ningún tipo, ven a tu Dios en Cristo!” Oh, que pudieras venir a Él, que entregó Su Hijo para que se desangrara en el lugar del pecador, y arrojándote sobre lo que Cristo ha hecho, que resuelvas: “Aunque perezca, confiaré en Él; aunque sea echado fuera, voy a apoyarme en Él.” No perecerás, mas para ti habrá un banquete de manjares suculentos, de pedazos escogidos con tuétano, y de vino añejo refinado. Que el Señor los bendiga muy ricamente, por causa de Su nombre. Amén.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

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		<id>http://es.gospeltranslations.org/wiki/No_Contrist%C3%A9is_al_Esp%C3%ADritu_Santo</id>
		<title>No Contristéis al Espíritu Santo</title>
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				<updated>2010-12-30T17:32:31Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|Grieve Not the Holy Spirit}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis&amp;lt;br&amp;gt;sellados para el día de la redención”. ''Efesios 4: 30. &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
El hecho de que el Espíritu Santo pueda ser contristado es una prueba muy clara de Su personalidad. Sería muy difícil imaginar que una influencia o que una mera emanación espiritual sean contristadas. Sólo se puede contristar a una persona, y ya que el Espíritu Santo puede ser contristado, vemos que Él es una subsistencia distinta en la sagrada Trinidad. No le roben nada de la gloria que le es debida, antes bien sean siempre diligentes en rendirle el homenaje. Además, nuestro texto nos revela la estrecha conexión que hay entre el Espíritu Santo y el creyente; Él ha de tener un interés tierno y afectuoso en nosotros, puesto que es contristado por nuestras imperfecciones y por nuestros pecados. No es un Dios que reine en solitario aislamiento, separado por un gran golfo, antes bien, el bendito Espíritu entra en un contacto tan íntimo con nosotros, hace observaciones tan minuciosas y tiene consideraciones tan tiernas que puede ser contristado por nuestras fallas e insensateces. Aunque la palabra “contristar” sea dolorosa, hay miel en la roca ya que es un pensamiento inexpresablemente deleitable que quien gobierna el cielo y la tierra y es el creador de todas las cosas, quien es el infinito y siempre bendito Dios, condescienda a entablar relaciones tan infinitas con Su pueblo que Su mente divina puede ser afectada por sus acciones. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Qué maravilla es que se diga que la Deidad se contrista por las faltas de seres tan completamente insignificantes como somos nosotros! Tal vez no debamos entender la expresión literalmente, como si el sagrado Espíritu pudiera ser afectado por una tristeza semejante a la tristeza humana, pero no debemos renunciar a la seguridad consoladora de que Él siente el mismo interés profundo por nosotros que el interés que siente un padre cariñoso por un amado hijo díscolo; ¿y no es ésto algo maravilloso? Que aquellos que lo no sientan, se queden inconmovibles, pero en cuanto a mí, no cesaré de asombrarme y de adorar. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''El primer punto que vamos a considerar en esta mañana es EL PASMOSO HECHO ''de que el Espíritu Santo sea contristado''. Ese Espíritu tierno y amoroso que, espontáneamente, se ha responsabilizado de revivirnos de nuestra muerte en el pecado, y de ser el educador de la nueva vida que ha implantado en nosotros; ese instructor divino, iluminador, consolador, recordador, a quien Jesús ha enviado para que sea nuestro guía y maestro permanente, puede ser contristado. Nosotros podemos contristar a ese Espíritu cuya energía divina es vida para nuestras almas, rocío para nuestras gracias, luz para nuestros entendimientos y consuelo para nuestros corazones. La paloma celestial puede ser turbada; el fuego celestial puede ser sofocado; el viento divino puede ser resistido; el bendito Paráclito puede ser tratado con desprecio. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La profunda pena amorosa del Espíritu Santo es atribuible a ''Su carácter santo y a Sus perfectos atributos''. La naturaleza de un ser santo es susceptible de ser vejada por la impiedad. No puede haber concordia entre Dios y Belial. Un Espíritu inmaculadamente puro no puede menos que sentirse agraviado por la inmundicia, y especialmente tiene que sentirse contristado por la presencia del mal en aquellos objetos de Sus afectos. El pecado en cualquier parte tiene que ser desagradable para el Espíritu de santidad, pero el pecado de Su propio pueblo es aflictivo para Él en grado sumo. Él no odiará a Su pueblo, pero odia en verdad sus pecados y máxime cuando anidan en el pecho de Sus hijos. El Espíritu no sería el Espíritu de verdad si aprobara lo falso en nosotros: no sería puro si no lo contristara lo que es impuro en nosotros. No podríamos creer que fuera santo si mirara complacido nuestra impiedad; tampoco pensaríamos que fuera perfecto si nuestra imperfección fuera considerada por Él sin desagrado. No, como Él es lo que es: el Espíritu Santo y el Espíritu de santidad, entonces todo lo que en nosotros resulte ser deficiente en relación a Su propia naturaleza, tiene que contristarle: Él nos ayuda en nuestras debilidades pero se contrista por nuestros pecados. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Él se contrista con nosotros ''por nuestra propia causa'', pues Él sabe cuánta miseria nos ocasionará el pecado. “¡Ah, oveja incauta” – parece decir- “conozco el oscuro monte sobre el que habrás de dar un traspié; veo las espinas que te desgarrarán, y las heridas que te horadarán! ¡Oh oveja descarriada, veo la vara que confeccionas para azotar tu propia espalda con tus insensateces! Yo sé, pobre descarriado, en qué mar de problemas te adentrarás por esa terca voluntad, esa irascibilidad, ese amor al yo y esa ardiente persecución de ganancias. Él se contrista por nosotros porque ve cuánta disciplina merecemos y cuánta comunión perdemos. Pudiendo estar sobre el monte de la comunión, nos encontramos suspirando en el calabozo del desánimo; y todo porque por motivos de comodidad carnal, preferimos ir por el ‘Prado de Circunvalación’, abandonando el camino indicado porque era áspero. El Espíritu se contrista porque nos adentramos así en las tinieblas de un aborrecible calabozo, y nos sometemos a los golpes del tolete de manzano silvestre del gigante Desesperación. Él mira anticipadamente cuán amargamente lamentaremos el día en que nos apartamos de Jesús y nos traspasamos con muchas aflicciones. Él ve anticipadamente que el rebelde de corazón será colmado de sus propios caminos, y se contrista porque mira desde antes la aflicción del rebelde. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El dolor de una madre por las acciones indebidas de su hijo pródigo no es tanto el sufrimiento que le ha sido causado directamente a ella, como la aflicción que ella sabe que su hijo atraerá sobre sí. David no lamentaba tanto su propia pérdida de su hijo, como lamentaba la muerte de Absalón, con todos sus terribles resultados para Absalón mismo. “¡Hijo mío Absalón, hijo mío, hijo mío Absalón!” Aquí vemos una profunda aflicción; pero la siguiente frase nos muestra que no era de ninguna manera egoísta, pues estaba anuente a experimentar un mayor dolor en sí mismo: “¡Quién me diera que muriera yo en lugar de ti, Absalón, hijo mío, hijo mío!” Tal es el santo contristarse del Espíritu de Dios por aquellos en quienes mora: es por causa de ellos que está apesadumbrado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, es sin duda ''por causa de Jesucristo ''que el Espíritu está contristado. Nosotros somos la compra hecha por la muerte de Jesús en el madero. Él nos ha comprado con un precio muy caro y debe poseernos enteramente para Sí; y si no nos posee por completo como Suyos, pueden concebir muy bien que el Espíritu de Dios esté contristado. Hemos de glorificar a Cristo en estos cuerpos mortales; el único fin y el propósito de nuestro deseo han de ser coronar con joyas esa cabeza que una vez fue coronada de espinas; es lamentable que fallemos tan frecuentemente en este servicio razonable. Jesús merece lo mejor nuestro: cada herida Suya nos reclama, y cada dolor que soportó y cada gemido que escapó de Sus labios es un renovado motivo para una perfecta santidad y una completa devoción a Su causa; y, debido a que el Espíritu Santo nos ve ser tan traidores al amor de Cristo, tan falsos para con esa sangre redentora, tan olvidadizos de nuestras solemnes obligaciones, Él se contrista por nosotros porque deshonramos a nuestro Señor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Me equivocaría si dijera que se contrista por nosotros ''en razón de la Iglesia''? ¡Cómo podrían ser útiles algunos de ustedes si sólo vivieran de conformidad con sus privilegios! ¡Ah, hermanos míos, cómo ha de contristarse seguramente el Consolador por nuestra causa -siendo ministros- cuando nos pone como atalayas pero no vigilamos y la Iglesia es invadida! ¡Cuando nos asigna la comisión de ser sembradores de la buena semilla, y nuestras manos están llenas a medias, o cuando esparcimos hierbas malas y cizaña en lugar de sembrar el buen trigo! ¡Cómo ha de contristarse por nosotros porque no tenemos esa ternura de corazón, ese derretimiento de amor, esa vehemencia de celo, esa entrega de alma que deberíamos exhibir! Cuando la iglesia de Dios sufre daño por causa nuestra -el Espíritu ama a la Iglesia y no puede soportar verla robada y despojada, ver que sus hijos anden descarriados, que sus hijos heridos no reciban socorro, y que sus corazones quebrantados no sean sanados- porque somos indiferentes a nuestro trabajo y descuidados en nuestra labor por la Iglesia, el Espíritu Santo está muy desasosegado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero no es únicamente con los ministros, sino con todos ustedes, pues hay un nicho que cada uno de ustedes debe llenar, y si queda vacante, entonces la Iglesia pierde por culpa de ustedes, el reino de Cristo sufre daño, el ingreso que debía percibirse en Sion se agota, y el Espíritu Santo se contrista. Su falta de oración, su carencia de amor, su falta de generosidad, todas estas cosas podrían ser tristes lesiones para la Iglesia de Dios y, por tanto, el amoroso Espíritu de Dios se desasosiega. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, recuerden que el Espíritu de Dios deplora los defectos de los cristianos, ''en razón de los pecadores'', pues el oficio del Espíritu es convencer al mundo de pecado, de justicia y de juicio; pero el rumbo de muchos creyentes es directamente contrario a esta obra del Espíritu. Sus vidas no convencen al mundo de pecado, antes bien tienden a consolar a los transgresores en su iniquidad. Hemos oído de las acciones de algunos profesantes que son citados por los mundanos como una excusa para sus pecados. Personas abiertamente profanas han dicho: “¡Miren a esos cristianos! Hacen esto y lo otro, y ¿por qué no podríamos hacerlo nosotros?” No es bueno que Jerusalén consuele a Sodoma, ni que los crímenes de los paganos encuentren precedentes en los pecados de Israel. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La obra del Espíritu es convencer al mundo de justicia, pero muchos profesantes convencen al mundo de lo opuesto. “No” –dice el mundo- “no se puede tener mayor justicia en Cristo que en cualquier otra parte, pues, miren a quienes le siguen o pretenden hacerlo, y ¿dónde está su justicia? No es mayor que la de los escribas o de los fariseos”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El Espíritu de verdad convence al mundo del juicio venidero; pero ¡cuán pocos de nosotros le ayudamos en esa grandiosa obra! Vivimos y actuamos y hablamos como si no hubiera un juicio venidero; trabajamos arduamente por obtener riquezas como si este mundo no se preocupara por las almas, como si el infierno fuera un sueño. Impasibles ante las realidades eternas, inconmovibles frente los terrores del Señor, indiferentes a la ruina de la humanidad, muchos profesantes viven como viven los mundanos, y están tan lejos de ser cristianos como lo están los infieles. Éste es un hecho indisputable, pero es un hecho que debe lamentarse con lágrimas de sangre. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Varones hermanos, no me atrevo a pensar cuánto de la ruina del mundo ha de ser puesto a la puerta de la Iglesia, pero me atrevo a decir ésto: que aunque los propósitos divinos serán cumplidos y Dios no perderá a ninguno de Sus elegidos, el hecho de que nuestra ciudad de Londres sea ahora una ciudad más bien pagana que cristiana, no puede ser puesto a la puerta de nadie sino a la puerta de la Iglesia profesante de Dios y a la de sus ministros. ¿Adónde más podría estar? ¿Está la ciudad envuelta en tinieblas? No tendría que haber sido así. Si hubiéramos sido fieles, no habría sido así: si somos fieles en el futuro, no permanecerá siendo así por largo tiempo. No puedo imaginar a una iglesia apostólica, establecida en medio de Londres y llena del ardor de los primeros discípulos, que permanezca por largo tiempo sin testimoniar sensiblemente a las masas. Yo sé que el incremento de nuestra población es inmenso; yo sé que estamos agregando cada año un nuevo poblado a esta ciudad agigantada; pero no voy a aceptar la idea –no me atrevo- de que el celo de la Iglesia de Dios, si estuviera en su nivel correcto, fuera demasiado débil para adaptarse al caso. Es más, hay suficiente riqueza entre nosotros, si fuera consagrada, para construir tantas casas de oración como fueran necesarias. Hay suficiente habilidad entre nosotros, si fuera dedicada al ministerio de la Palabra, para producir una suficiencia de predicadores de la cruz. Tenemos todo el vigor mental y pecuniario que se requiere. El punto en que fallamos es éste: somos limitados en poder espiritual, somos miserables en gracia, tibios en celo, magros en devoción, tambaleantes en fe. No estamos estrechos en nuestro Dios; estamos estrechos en nuestras entrañas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos, yo creo que el Espíritu de Dios es grandemente contristado por muchas iglesias en razón de los pecadores en sus congregaciones que reciben escasos cuidados, escasas oraciones, y ninguna lágrima. ¡Quisiera que este pensamiento nos moviera a nosotros y a nuestros hermanos a enmendar nuestros caminos! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''En segundo lugar, hemos de referirnos a LAS CAUSAS DEPLORABLES ''que motivan que el Espíritu Santo se contriste''. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El contexto nos sirve de ayuda. Aprendemos que ''los pecados de la carne, la inmundicia y la maledicencia'' de cualquier tipo, lo contristan. Noten el versículo precedente: “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca”. Cuando un cristiano cae en el hábito de hablar de una manera inmoral y poco comedida, cuando se deleita en cosas que son indecorosas aunque no se sumergiera en la comisión de alguna inmundicia externa, el Espíritu de Dios no se agrada de él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El Espíritu Santo descendió sobre nuestro Señor como paloma, y una paloma se deleita en los ríos de agua pura, pero rehuye todo tipo de inmundicia. En los días de Noé, la paloma no halló donde sentar la planta de su pie por todos los cadáveres que flotaban en los desperdicios; y de igual manera, la paloma celestial no encuentra reposo en las cosas muertas y corruptas de la carne. Si vivimos en el Espíritu, no obedeceremos los deseos de la carne; quienes caminan en pos de la carne no saben nada del Espíritu. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Según el versículo treinta y tres, nos da la impresión de que el Espíritu Santo es contristado si albergamos ''amargura'', enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Si en la Iglesia cristiana hay disensiones y divisiones, si un hermano habla mal de su hermano, y si la hermana habla mal de su hermana, el amor está ausente y el Espíritu de amor no estará presente por largo tiempo. La paloma es el emblema de la paz. Uno de los tempranos frutos del Espíritu es la paz. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mis queridos amigos, yo espero que, como una Iglesia, si hubiera algún sentimiento maligno y secreto entre nosotros, si hubiera alguna raíz oculta de amargura aunque todavía no hubiere brotado para turbarnos, puede ser quitada y destruida de inmediato. Yo no tengo conocimiento de una cosa así de abominable, y me siento feliz de poder decirlo; confío en que caminamos juntos en santa unidad y concordia de corazón; y si alguien está consciente de alguna amargura, aunque fuera en un medida muy pequeña, ha de deshacerse de ella, para que el Espíritu de Dios no sea contristado por su culpa, y contristado por la Iglesia de Dios debido a esa persona. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No tengo ninguna duda de que el Espíritu se contrista grandemente cuando ve en los creyentes algún grado de ''amor al mundo''. Su celo celestial es provocado por ese tipo de amor impío. Si una madre viera que su hijo está encariñado con otra persona que no es ella, si supiera que es más feliz en la compañía de un extraño que en la suya propia, consideraría eso una pena muy dura de sobrellevar. Ahora bien, el Espíritu de Dios nos da a nosotros, los creyentes, gozos y consuelos abundantes; y si nos ve que damos la espalda a todas esas cosas para unirnos a la compañía mundana, para alimentarnos ávidamente de los mismos vanos gozos que satisfacen a los mundanos, siendo un Dios celoso, consideraría eso como un gran desprecio contra Él. ¡Cómo! ¿Acaso el Buen Pastor adereza la mesa con las exquisiteces mismas del cielo y nosotros preferimos devorar las algarrobas que comen los cerdos? Cuando pienso en un cristiano que trata de encontrar su gozo allí donde los mundanos más viles encuentran los suyos, difícilmente puedo imaginar que sea cristiano, o, si lo fuera, seguramente contrista grandemente al Espíritu de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Vamos, antepones al mundo, que profesas haber encontrado vacío, y vano y engañoso, antepones éso a las cosas más escogidas del reino de la gracia; y aunque profesas que te “hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús”, todavía te revuelcas en el polvo como lo hacen los demás. ¿Qué dice el mundo? “¡Ah, ah” –dice- “aquí está uno de esos cristianos que viene en pos de un poco de felicidad! ¡Pobre alma! Su religión no le proporciona ningún gozo y, por tanto, busca un poco de dicha en otra parte. Denle un espacio, pobre tipo, pues se la pasa mal los domingos”. Entonces se corre la voz de que los cristianos no tienen gozo en Cristo; que nos tenemos que negar a nosotros mismos toda verdadera felicidad, y que sólo podemos lograr un poco de deleite a hurtadillas, cuando hacemos lo mismo que hacen los demás. ¡Qué calumnia es ésa! Y sin embargo, ¡cuántos profesantes son responsables por ello! Si viviéramos en comunión con Jesús no apeteceríamos lo que el mundo ofrece; despreciaríamos su júbilo y hollaríamos sus tesoros. La mundanalidad, en cualquiera de sus versiones, tiene que ser muy aflictiva para el Espíritu de Dios: no solamente el amor del placer, sino el amor de las ganancias. La mundanalidad de los hombres y mujeres cristianos al imitar al mundo en el vestido, la mundanalidad en el lujo o en la conversación, tiene que desagradar al Espíritu de Dios, porque Él nos define como un pueblo peculiar, y nos dice: “Salid de en medio de ellos, y apartaos… y no toquéis lo inmundo”; y luego nos promete: “Y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas”; pero si no queremos apartarnos, ¿cómo podríamos esperar que no sea contristado? Israel fue constreñido a dejar Egipto para ir al desierto, y Dios dice: “Me he acordado de ti… del amor de tu desposorio, cuando andabas en pos de mí en el desierto”. Pareciera amar mucho la temprana separación de Israel para Sí; y así, yo creo que el Señor se deleita en ver a Su pueblo rompiendo vínculos afectivos, renunciando a los placeres carnales y saliendo del campamento para llevar el vituperio de Cristo. El corazón de Jesús se embelesa cuando ve que Su iglesia abandona el mundo. Aquí tenemos Sus propias palabras para Su esposa: “Oye, hija, y mira, e inclina tu oído; olvida tu pueblo, y la casa de tu padre; y deseará el rey tu hermosura”. Le encanta que Sus santos sean enteramente para Él. Él es un Salvador celoso, y de aquí que Pablo diga que laboraba para “presentar a la Iglesia como una virgen pura a Cristo”. Jesús quiere que nuestra castidad para Él sea guardada más allá de toda sospecha, para que lo escojamos como nuestra única posesión y dejemos las cosas ruines de la tierra a quienes las aman. Hermanos míos, eviten contristar al Espíritu Santo en razón de la mundanalidad. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, el Espíritu de Dios es contristado grandemente por ''la incredulidad''. Querido amigo, ¿qué podría contristarte más que tu hijo sospechara de tu veracidad? “¡Ay!”, -da voces el padre- “¿podríamos haber llegado al punto de que mi propio hijo no me crea?” ¿Ha de ser mi promesa rechazada en mi cara y me ha de decir mi propio hijo: ‘padre mío, no puedo confiar en ti’? Ninguno de nosotros, como padres, ha llegado todavía a ese punto, y sin embargo, ¿habrá llegado a ese punto nuestro Dios? ¡Ay!, ha sucedido; hemos despreciado al Espíritu de verdad al dudar de la promesa y desconfiar de la fidelidad de Dios. De todos los pecados, seguramente éste ha de ser uno de los más provocadores. Si permaneciera en algo el virus de la culpa diabólica, ha de ser en la incredulidad, no en la de los pecadores, sino en la del propio pueblo de Dios, pues los pecadores no han visto nunca lo que los santos han visto; no han sentido nunca lo que nosotros hemos sentido, no han sabido nunca lo que hemos sabido; y, por tanto, si dudan, no pecan contra tal luz, ni desprecian a tales argumentos invencibles a favor de la confianza, como lo hacemos nosotros. Que Dios perdone nuestra incredulidad, y que nunca más contristemos a Su Espíritu. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Adicionalmente, el Espíritu es contristado sin duda por nuestra ''ingratitud''. Cuando Jesús nos revela Su amor, si abandonáramos la cámara de comunión para hablar con ligereza y olvidar ese amor; o si, cuando hemos sido levantados del lecho de la enfermedad, no estuviéramos más consagrados que antes; o si, cuando nuestro pan nos es dado, y nuestra agua es segura, nuestro corazón nunca agradeciera al dador generoso; o si, siendo preservados en medio de la tentación, falláramos en magnificar al Señor, seguramente, en cada caso, ésto sería un pecado que provoca a Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando agregamos altivez a la ingratitud, entonces contristamos gravemente al Espíritu bendito. Cuando un pecador salvado se vuelve altivo, insulta a la sabiduría del Espíritu de Dios por su necedad; pues, ¿qué podría haber en nosotros para estar orgullosos? El orgullo es una hierba mala que crece en cualquier tipo de suelo. ¡Orgullosos de las misericordias de Dios! ¡Es como si estuvieras orgulloso de estar endeudado! Vamos, algunos de nosotros somos tan insensatos que Dios no puede exaltarnos, pues si lo hiciera, pronto sufriríamos de mareos en el cerebro y caeríamos irremediablemente. Si el Señor pusiera aunque fuera una pieza de oro del consuelo en nuestros bolsillos, nos consideraríamos tan ricos que estableceríamos nuestro negocio por cuenta propia, y cesaríamos de depender de Él. No puede consentirnos con un pequeño gozo: tiene que guardarnos como el padre de la parábola guardó al hermano mayor, que se quejaba: “Nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos”. ¡Oh!, es triste que seamos tan necios como para volvernos orgullosos de nuestras gracias. Ésto contrista grandemente al Espíritu en una persona individual, y con mayor razón cuando se convierte en la falta de una iglesia entera. Si ustedes, como iglesia, se jactaran de que son numerosos, o generosos, o ricos, todo habría terminado para ustedes. Dios abate a quienes se exaltan. Si su alma se jactara en el Señor, pueden jactarse tanto como quieran; pero si se gloriaran en cualquier otra cosa, Dios escondería su rostro, y serían turbados aunque su monte hubiera estado firme alguna vez, de tal forma que soñaron que no podía ser conmovido. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo no podría darles una lista completa de todos los males que contristan al Espíritu de Dios, pero permítanme mencionarles aquí, particularmente, a uno: ''la falta de oración''. ¿No se aplica ésto a algunos? ¡Cuán poco oramos algunos de nosotros! Que cada conciencia sea ahora su propio acusador. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mi querido hermano, ¿qué hay en cuanto al propiciatorio? ¿Qué hay en cuanto al aposento y a la secreta comunión con Dios? ¿Qué hay en cuanto a la lucha pidiendo por tus hijos? ¿Qué hay en cuanto a suplicar por el pastor? ¿Has sido renuente a interceder por la conversión de tu vecino? ¿Podrías leer la historia de la intercesión de Abraham por Sodoma y decir que tú has intercedido por Londres de la misma manera? ¿Podrías leer sobre Jacob en el arroyo de Jaboc, y decir que tú pasaste, ya no digamos una noche, sino una hora luchando con el ángel alguna vez? La falta de oración de esta época es uno de sus peores signos, y la falta de oración de algunas de nuestras iglesias cristianas hace pensar como si Dios estuviera a punto de retirarse de la tierra, pues en muchas iglesias -según me informan- experimentan dificultades para lograr que un suficiente número de hombres asista a las reuniones de oración para siquiera continuarlas. Sé de algunas iglesias –“No lo anunciéis en Gat, ni deis las nuevas en las plazas de Ascalón”- sé de algunas iglesias que han renunciado a las reuniones de oración porque nadie asiste. ¡Ah!, si éste fuera un caso solitario, debería ser lamentado cotidianamente, pero hay muchísimas iglesias en una condición semejante; que el Señor tenga misericordia de ellas y de la tierra en la que moran tales iglesias. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Para resumir muchas cosas que podrían ser dichas, pienso que el Espíritu Santo será contristado por cualquiera de nosotros si nos entregáramos a ''cualquier pecado conocido'', sea cual sea; y voy a agregar a eso que también será contristado, si alguno de nosotros descuida cualquier deber conocido, sea cual sea. No puedo imaginar que el Espíritu de Dios se agrade con un hermano que conoce la voluntad de su Maestro y no la hace: yo sé que la Palabra dice que recibirá muchos azotes. Seguramente, dar azotes ha de ser el resultado de la pesadumbre de parte de la mano que administra tales azotes. Si alguna persona o alguna iglesia conocen el bien y no lo hace, para ella o para la iglesia constituirá un pecado; y aquello que podría no ser pecado en el ignorante, se convertirá en pecado para los que son bendecidos con la luz. Tan pronto como tu conciencia es iluminada y conoces la senda del deber, no necesitas decir: “Otros deben hacerlo” (deben hacerlo, pero se sostendrán o caerán ante su propio Señor). Si tu juicio es iluminado, apresúrate y no te demores en guardar los mandamientos de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
John Owen, en su tratado sobre el Espíritu Santo, hace un comentario diciendo que él cree que el Espíritu de Dios fue grandemente contristado en Inglaterra debido a la declaración pública hecha en los artículos de la doctrina, en el sentido de que la Iglesia de Dios tiene el poder para decretar ritos y ceremonias por ella misma. La Palabra de Dios es la única regla de la Iglesia de Dios: en la medida en que la Iglesia de Inglaterra, así llamada, reclama ser su propio legislador, contrista al Espíritu. Cuando una iglesia reclama para sí el derecho de juzgar cuáles han de ser sus propias ordenanzas, en lugar de reconocer voluntaria y obedientemente que no tiene ningún derecho de elección de ningún tipo, sino que está obligada a obedecer la voluntad revelada de su Grandiosa Cabeza, peca terriblemente. El deber de todos los cristianos es escudriñar la Palabra para conocer cuáles son las ordenanzas que Dios ha establecido y mandado, y una vez estando claros de la regla de la Palabra, nos corresponde obedecerla. Si vieran el bautismo infantil en la Palabra, no lo descuiden; si no estuviere allí, no lo consideren. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aquí he de expresar un pensamiento que me ha perseguido por largo tiempo. Tal vez la triste condición presente de la iglesia cristiana, y el predominio del dogma de la “regeneración bautismal” puedan ser rastreados al descuido que reina casi universalmente en la Iglesia, en relación a la grandiosa ordenanza cristiana del bautismo de los creyentes. Los hombres se ríen de cualquier plática con respecto a ésto, como si el tema no tuviera ninguna importancia; pero me permito decir que independientemente de cuál sea la verdad sobre esa ordenanza, vale la pena que cada creyente la descubra. Me reúno constantemente con personas que no tienen ningún tipo de fe en el bautismo infantil, y han renunciado a él desde hace mucho tiempo; y sin embargo, aunque admiten que deberían ser bautizados como creyentes, descuidan el deber como si fuera algo sin importancia. Ahora observen que cuando el gran día revele todas las cosas, estoy persuadido de que revelará ésto: que la suplantación que ha hecho la iglesia del bautismo de los creyentes por el bautismo de los infantes, no solamente fue un gran instrumento en el establecimiento original del Papado, sino que el mantenimiento de esa perversa ordenanza en nuestra iglesia protestante es la raíz principal y la causa del presente avivamiento del Papado en esta tierra. Si quisiéramos poner el hacha a las raíces del sacramentalismo, debemos regresar al viejo método escritural de dar ordenanzas solamente a los creyentes: ordenanzas que vienen después de la fe, no antes de la fe. Hemos de renunciar a bautizar para regenerar, y hemos de administrar el bautismo solamente a quienes profesan ser ya regenerados. Cuando todos lleguemos a éso, no oiremos más acerca de la “regeneración bautismal”, y otras mil doctrinas falsas desaparecerían. Si establecieran la regla de que los incrédulos no tienen ningún derecho a la ordenanza de la iglesia, entonces le estarían quitando a los hombres el poder de establecer la profana institución de una iglesia del estado; pues, fíjense, no sería posible ninguna ‘iglesia nacional’ sobre el principio del bautismo de los creyentes, un principio que es demasiado exclusivo para adecuarse a la mezclada multitud de una nación entera. Una iglesia del estado ''tiene ''que aferrarse al bautismo infantil; necesariamente tiene que recibir a todos los miembros del Estado en sus números; ''tiene ''que hacerlo o de lo contrario no podría esperar la paga del Estado. Hagan de la Iglesia un cuerpo que conste únicamente de hombres que profesan ser creyentes en el Señor Jesús, y que la Iglesia diga a todos los demás: “ustedes no tienen arte ni parte en este asunto mientras no sean convertidos”, y entonces habría un término a la alianza profana entre la Iglesia y el mundo, que es ahora una plaga que marchita a nuestra tierra. Los errores de doctrina, de práctica y de gobierno podrían provocar que no caiga el rocío del cielo. Ustedes dirán: “Esos errores no impidieron los avivamientos en otros días”. Tal vez no, pero Dios no siempre pasa por alto nuestra ignorancia. En estos días nadie necesita ser ignorante acerca del misterio del “bautismo infantil”; el error ha evolucionado hasta su pleno desarrollo, y ha alcanzado tal clímax que cada cristiano debe darle su más sincera consideración. La culpa se apoderará de nosotros si no somos sinceros en buscar las raíces de un mal que es la causa de un daño tan letal en la tierra. Si, como iglesia, somos claros en nuestro testimonio sobre este punto, les imploro que verifiquen si hay algún otro error del que pudieran ser acusados. ¿Hay alguna parte de la Escritura que no hayamos atendido? ¿Hay alguna verdad que hayamos descuidado? Hemos de estar dispuestos a renunciar a nuestras más preciadas opiniones al mandato de la Escritura, cualesquiera que pudieran ser. Les digo lo mismo que digo a los demás: que si la forma de gobierno de nuestra iglesia, si la manera de nuestra administración de las ordenanzas cristianas, si las doctrinas que sostenemos no son justificadas por la Palabra de Dios, debemos ser fieles a nuestras conciencias y a la Palabra, y estar dispuestos a cambiar según la luz que hemos recibido. Debemos renunciar a la idea de estereotipar cualquier cosa; debemos estar listos en cualquier momento y en todo momento, a hacer justo aquello que el Espíritu de Dios quiere que hagamos, pues, si no lo hacemos, no podemos esperar que el Espíritu de Dios permanezca en nosotros. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, que tengamos un corazón que sirva a Dios perfectamente! ¡Oh, que un corazón así sea dado a todo Su pueblo, de tal manera que esté dispuesto a renunciar a toda autoridad, antigüedad, gusto y opinión, y a inclinarse únicamente ante del Espíritu Santo! ¡Que la Iglesia camine todavía según la simple regla del Libro de Dios y de conformidad con la luz del Espíritu de Dios, y entonces cesaremos de contristar al Espíritu Santo! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''III. '''En tercer lugar, y muy brevemente –demasiado brevementeveremos EL LAMENTABLE RESULTADO ''de que el Espíritu Santo sea contristado''. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Estando en el hijo de Dios, eso no conducirá a su entera destrucción, pues ningún heredero del cielo puede perecer; tampoco le será retirado completamente el Espíritu Santo, pues el Espíritu de Dios nos es dado para que permanezca con nosotros para siempre. Pero los efectos nocivos son, sin embargo, sumamente terribles. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Mis queridos amigos, ustedes perderían ''todo sentido de la presencia del Espíritu Santo'': Él se ocultaría de ustedes, y no habría rayos de consuelo, ni palabras de paz, ni pensamientos de amor; habría lo que Cowper llama: “un doloroso vacío que el mundo no puede llenar jamás”. Si contristaran al Espíritu Santo perderían todo ''gozo cristiano''; la luz les sería retirada, y tropezarían en la oscuridad; los propios medios de la gracia que una vez fueron un deleite, no tendrían ninguna música para su oído. Su alma no sería más como un huerto regado, sino como un aullante páramo. Si contristaran al Espíritu Santo, perderían todo ''poder''; si oraran, sería una oración muy débil y no prevalecerían con Dios. Cuando leyeran las Escrituras, no serían capaces de descorrer el pestillo y forzar su paso para adentrarse en los misterios de la verdad. Cuando subieren a la casa de Dios no experimentarían nada de ese devoto alborozo, de ese correr sin cansarse, de ese caminar sin desfallecer. Se sentirían como se sintió Sansón cuando perdió su cabello: débil, cautivo y ciego. Si el Espíritu Santo se apartara, y la ''seguridad'' se fuera, se presentarían las dudas, y surgirían los cuestionamientos y las sospechas. &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“¿Amo al Señor o no?&amp;lt;br&amp;gt;¿Soy Suyo o no lo soy?'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Si contristaran al Espíritu de Dios, la ''utilidad'' cesaría: el ministerio no rendiría ningún fruto; su trabajo en la escuela dominical sería estéril; hablarles a otros y trabajar para otras almas sería como sembrar en el viento. Si una iglesia contrista al Espíritu de Dios, ¡oh, las plagas vendrán y marchitarán su hermoso jardín! Entonces sus días de solemne asamblea no tendrían ninguna aceptación en el cielo; sus hijos, aunque todos ellos fueran ordenados como sacerdotes para Dios, no ofrecerían ningún incienso aceptable. Si la iglesia contrista al Espíritu, no podría bendecir a la época en que vive; no proyectaría ninguna luz en las tinieblas circundantes; ningún pecador sería salvado por su medio; habría solamente unas cuantas adiciones a su número; sus misioneros cesarían de partir a otros lugares; no habría desposorios de comunión en su casa; tinieblas y muerte reinarían donde todo era gozo y vida. Hermanos, amados en el Señor, que el Señor evite que como iglesia contristemos a Su Espíritu, y haga que seamos denodados, celosos, veraces, unidos y santos, de tal forma que podamos retener entre nosotros a este huésped celestial que nos abandonaría si lo contristamos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''IV. '''Por último, el texto usa un ARGUMENTO PERSONAL para prohibirnos que contristemos al Espíritu: “Con el cual fuisteis sellados para el día de la redención”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Qué significa éso? Hay muchos significados atribuidos por diferentes comentaristas: nos contentaremos con los siguientes: Se pone un sello sobre algo para ''atestiguar su autenticidad y autoridad''. ¿Por qué medio puedo saber si soy realmente lo que profeso ser? Soy un cristiano por profesión. ¿Cómo sé si realmente soy un cristiano o no? Dios pone un sello sobre cada santo genuino: ¿cuál es? Es la posesión del Espíritu Santo. Si tienes al Espíritu Santo, mi querido amigo, ése es el sello que Dios ha puesto sobre ti para indicar que tú eres Su hijo. ¿No ves, entonces, que si contristaras al Espíritu, perderías tu sello y serías como una comisión con el sello suprimido; serías como una nota escrita a mano sin una firma? Tu evidencia de ser hijo de Dios es el Espíritu, pues “Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él”. Si no tienes en ti al Espíritu, ésa sería para ti una evidencia decisiva de que no perteneces a Cristo, pues carecerías del cimiento de la verdadera seguridad, que es la presencia permanente, el poder y el gozo del Espíritu. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, he dicho que el sello se usa para ''testificación''; y eso es lo que es, no sólo para ti, sino para los demás. Le dices al mundo que te rodea: “yo soy un hijo de Dios”. ¿Cómo habrían de saberlo? Ellos sólo pueden juzgar como tú te debes juzgar, es decir, mirando el sello. Si posees el Espíritu de Dios, pronto verán que eres un cristiano; y si no lo tienes, sin importar qué otra cosa tengas, pronto se descubriría que eres una falsificación, pues carecerías del sello. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amados, toda la historia de la Iglesia demuestra ésto: que cuando la Iglesia cristiana ha sido llena del Espíritu de Dios, el mundo ha confesado su linaje porque no podía evitar hacerlo; pero cuando la Iglesia ha perdido su entusiasmo y fervor porque ha perdido su fuego celestial, entonces el mundo se ha preguntado: “¿Qué más es esta iglesia cristiana que una sinagoga de los judíos o que la compañía de Mahoma?” El mundo conoce el sello de Dios; y si no lo ve, pronto desprecia a esa sociedad que pretende ser la Iglesia de Dios, pero que no tiene ni la marca ni la prueba de ello. La misma verdad es válida en todos los casos; por ejemplo, en el tema del ministerio cristiano. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando vine a Londres por primera vez, hubo algunas pláticas acerca de mi ordenación al ministerio. “Si soy ordenado por Dios, no necesito la ordenación de los hombres; y, por otro lado, si Dios no me ha llamado a la obra, ningún hombre o conjunto de hombres podría hacerlo”. Pero se me dijo: “¡Tiene que haber un servicio de reconocimiento, para que otros puedan expresar su aprobación!” “No” –dije- “si Dios está conmigo, me reconocerán lo suficientemente rápido como un hombre de Dios; y si me es negada la presencia del Señor, la aprobación humana es de poco valor”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos, si profesan ser llamados a cualquier forma de ministerio, su única manera de demostrar su llamamiento sería mostrando el sello de Espíritu; cuando ese sello está estampado en sus labores, no requerirán de ningún otro reconocimiento. El campamento de Dan pronto reconoció a Sansón cuando el Espíritu vino sobre él; y cuando fue entre los enemigos –los filisteos- con la quijada de un asno, pronto lo reconocieron cuando lo vieron amontonando a los muertos unos sobre otros. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así es como el cristiano o el ministro han de forzar el reconocimiento de su status y llamamiento. Los caballeros de la cruz tienen que ganar sus reconocimientos en el campo de batalla. La única manera en que un cristiano puede ser identificado como cristiano, o en que la iglesia puede manifestarse como una iglesia de Dios, es teniendo el Espíritu de Dios, y en el nombre del Espíritu de Dios hacer proezas para Dios, y dar gloria a Su santo nombre. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, se usa también un sello para ''preservar'', así como para atestiguar. El oriental sella sus bolsas de dinero para asegurar el oro que va dentro, y nosotros sellamos nuestras cartas para guardar su contenido. El sello es puesto para seguridad. Ahora, amados, como la única manera por la que pueden ser reconocidos como cristianos es por poseer realmente el poder sobrenatural del Espíritu Santo, así, también, la única manera por la que pueden ser preservados siendo cristianos, y preservados de regresar al mundo, es por continuar poseyendo el mismo Santo Espíritu. ¿Qué serían ustedes si el Espíritu de Dios se fuera? La sal que ha perdido su sabor, ¿con qué será salada? “Árboles dos veces muertos y desarraigados… estrellas errantes, para las cuales está reservada eternamente la oscuridad de las tinieblas”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El Espíritu Santo no es un lujo para ustedes, sino una necesidad: tienen que poseerlo, o morirán; tienen que poseerlo, o están condenados, sí, y con una doble condenación. Aquí interviene esa promesa escogida que el Señor no los dejará ni los abandonará; pero si los dejara para siempre, no quedaría ningún sacrificio más por el pecado; sería imposible renovarlos otra vez para arrepentimiento, viendo que habrían crucificado al Señor de nuevo, y lo habrían puesto en una visible vergüenza. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No contristes, entonces, a ese Espíritu de quien eres tan dependiente: Él es tu credencial como cristiano; Él es tu vida como creyente. Valóralo más allá de todo precio; habla de Él con tu cabeza inclinada, con asombro reverente; descansa en Él con una confianza amorosa e infantil; obedece Sus amonestaciones más delicadas; no descuides Sus susurros interiores; no te apartes de Sus enseñanzas contenidas en la Palabra, o de las dadas por medio de Sus ministros; y has de estar tan presto a sentir Su poder como las olas del mar están dispuestas a ser movidas por el viento, o una pluma a ser transportada por la brisa. Has de estar listo a cumplir Sus órdenes. Así como los ojos de la criada están atentos a su ama, así tus ojos han de estar atentos a Él. Cuando conozcas Su voluntad, no hagas preguntas, no cuentes los costos, enfrenta todos los peligros, desafía todas las circunstancias. La voluntad del Espíritu ha de ser tu ley absoluta, independientemente de ganancia o pérdida, independientemente de tu propio juicio o de tu propio gusto. Una vez que percibas claramente la voluntad del Espíritu, has de obedecer instantáneamente, y has de tratar de seguir percibiendo esa voluntad. No cierres intencionalmente tus ojos a un deber desagradable, ni cierres tu entendimiento a una verdad que no es bien recibida. No te apoyes en tu propio entendimiento; considera que sólo el Espíritu Santo puede enseñarte, y que aquellos que no quieren ser enseñados por Él, han de permanecer siendo necios irremediablemente. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh!, que viviera para ver que la Iglesia de Dios reconoce el poder del Espíritu Santo; que pudiera verla hacer a un lado la mortaja que ha persistido en llevar durante tan largo tiempo; que pudiera ver que no pone ninguna confianza en el Estado o en el poder, que no confía más en la elocuencia y en el conocimiento; que pudiera verla depender del Espíritu Santo, aunque sus ministros fueran de nuevo pescadores, y sus seguidores fueran de nuevo “lo vil del mundo y lo que no es”; aunque tenga que ser bautizada en sangre; aunque el hijo varón provoque la ira del dragón, y arroje agua como un río contra ella, no obstante, el día de su victoria final habrá de amanecer. Si sólo obedeciera al Espíritu, si sus directrices, credos y reglas, sus libros de oración, rúbricas y cánones fueran lanzados a los vientos, y el Espíritu libre del Dios vivo gobernara por doquier; si, en vez de los decretos de sus concilios, y la servidumbre esclavizada del sacerdocio y del ritual, sólo abrazara la libertad con la que Cristo la ha hecho libre, y caminara según Su Palabra y según las enseñanzas del Maestro celestial, entonces podríamos oír el grito del Rey en nuestro medio, ¡y las almenas del error caerían! ¡Que Dios lo envíe, y que lo envíe en nuestro tiempo, y Suya será la alabanza! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me temo que hay algunos aquí que no''contristan ''al Espíritu, pero hacen algo peor que eso; ellos ''apagan'' al Espíritu, ellos ''resisten'' al Espíritu. ¡Que el Señor les conceda el perdón de este grave pecado, y que sean conducidos a la cruz de Cristo para encontrar el perdón para cada pecado! En la cruz, y únicamente allí, puede ser encontrada la vida eterna. Que Dios los bendiga, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

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		<id>http://es.gospeltranslations.org/wiki/Una_Pregunta_Apasionante</id>
		<title>Una Pregunta Apasionante</title>
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				<updated>2010-12-30T16:10:36Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|An Exciting Enquiry}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Cuando entró él en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió, diciendo:&amp;lt;br&amp;gt;¿Quién es éste?” ''Mateo 21: 10. &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
¡Oh, que algo conmoviera a esta grandiosa ciudad nuestra! Me temo que al menos un tercio de nuestra población se está asentando en una apática indiferencia hacia toda religión. No es que haya miles que profesen ser infieles, pero, aunque no profesen serlo, realmente son infieles. No es que odien el Evangelio: no les interesa oírlo ni saber qué es lo que enseña. No tienen el suficiente interés para entrar en el santuario aunque fuera una sola vez en su vida, a menos que, influenciados por la moda o el miedo, participen en alguna observancia ceremonial. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pienso que sería muy difícil llegar a tener una noción del terrible paganismo que impera en esta gran metrópoli. Podrían recorrer todas sus calles y descubrir que la mayor proporción de su población, muy lejos de hacer alguna profesión de religión, ni siquiera visita algún lugar de adoración, y no sabe nada más de lo que el misionero citadino o la maestra de Biblia le pudieran haber enseñado. Estamos entrando en un estado de cosas muy, muy, muy lamentable; necesitamos algo que le llegue a las masas, y obligue a la ciudad a ser conmovida. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los cultos que se han celebrado recientemente en los teatros han sido, sin duda, de gran bendición; hacer que las catedrales estuviesen disponibles ha sido un paso en la dirección correcta; pero cualquiera puede ver que el efecto de esos cambios en la rutina ordinaria es naturalmente transitorio. Si se sigue predicando el mismo evangelio, no habrá una mayor atracción en un teatro de la que hay en una capilla o en una iglesia; una vez que pasa la novedad de su predicación, se desvanece. No podemos esperar ver las catedrales abarrotadas por largo tiempo ahora, más de lo que pudimos haberlo esperado hace veinte años. Eso es bueno como una oportunidad, pero tiene que ser temporal en sus resultados. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Necesitaremos algo más grande que esto antes de que accedamos a las masas de Londres. Esto es sólo un diminuto martillo, por así decirlo; necesitamos un martillo más pesado que el de Tor para golpear esta Isla y conmoverla de un extremo al otro. Cuando se tiene a tres millones de personas reunidas en un solo lugar, no puedes moverlas abriendo simplemente media docena de teatros, o abarrotando una catedral, o llenando algún gran salón de adoración. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Qué signo tan esperanzador sería que la gente fuera apasionada incluso contra la religión! Realmente, yo preferiría que la odiaran inteligentemente a que sean apáticamente indiferentes a la religión. Un hombre que ha reflexionado lo suficiente acerca de sí mismo para oponerse a la verdad de Dios, es un sujeto más esperanzador que el hombre que no piensa del todo. No podemos hacer nada con unos troncos, pero sentimos que podemos vigorizar nuestros nervios yendo a la carga contra hombres poseídos de demonios, si tenemos el verdadero Evangelio para echar fuera a los demonios. Pero cuando los hombres están totalmente desposeídos de espíritu, cuando son simplemente torpes leños, pesados e irreflexivos, entonces no podemos tratar con ellos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Por mi parte, no lamento ahora la actividad del Puseyismo y del Papado. Aunque les temo como a un terrible mal en sí mismo, agradezco todo lo que alivie la horrenda placidez del estancamiento religioso. Si sólo nos indujera a oponernos a él, haría que el verdadero espíritu protestante de Inglaterra saliera a la luz. Yo estaría agradecido por los resultados sanitarios, independientemente de lo mucho que deplore la devastadora pestilencia. Necesitamos algo que despierte otra vez a esta ciudad, y la conmueva de un extremo a otro. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I.''' Creo que el texto nos dice qué es lo que lo logrará. ¿QUÉ ES AQUELLO QUE CONMOVERÁ A TODA LA CIUDAD DE LONDRES, COMO CONMOVIÓ A JERUSALÉN? Un Salvador reinante cabalgando en triunfo. Jesucristo no conmovió nunca a Jerusalén hasta que montó sobre aquella asna, hasta que tendieron sus mantos en el camino, y hasta que esparcieron las ramas y clamaron: “¡Hosanna!” Fue entonces, cuando cabalga en triunfo como Rey de los judíos, que la ciudad fue conmovida. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, que tuviéramos un reinante Salvador más claramente reconocido en todas nuestras iglesias! De nada sirve presentar las cosas demasiado favorablemente u ocultar nuestra vergüenza. El grito de un Rey no está en medio de la iglesia en general. La antigua &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
gloria que descansaba en el elegido del Señor ha partido en gran medida. Toma nota, Icabod, pues traspasada es la gloria de Israel. No tenemos ahora el descenso del potente brazo, ni la fuerza de un Dios presente, que una vez tuvimos. El mundo sabe muy poco acerca de la iglesia, y muy poco se preocupa de ella, en tanto que Cristo no reine en los palacios de la iglesia. Desplieguen la bandera del Rey, proclamen Su entrada, den a conocer Su residencia y, sin dilación, “Se levantarán los reyes de la tierra, y príncipes consultarán unidos contra Jehová y contra su ungido, diciendo: Rompamos sus ligaduras, y echemos de nosotros sus cuerdas.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Cuál era aquella iglesia que turbaba a la Edad Media? Pues, una iglesia constituida por hombres que arriesgaban sus vidas hasta la muerte, hombres que se levantaban y predicaban a altas horas de la noche a los pocos asistentes que eran lo suficientemente valerosos para oírlos, hombres que en otros tiempos podían desafiar al tirano, y enfrentarse cara a cara con el cardenal o el papa, y decir la verdad, pasara lo que pasara. Aquellos eran hombres que tenían en medio de ellos a un Salvador reinante; aunque eran pocos y débiles, ese ejército intrépido sometió al mundo. El Vaticano tembló; las palabras que decían, sustentadas por el carácter del que daban muestras, caían como centellas a su alrededor. ¿Quieren indagar, hermanos míos, sobre los sencillos pero santos siervos de Dios que trajeron una Reforma a Inglaterra? Eran hombres que reconocían a un Salvador reinante. La iglesia estaba representada por hombres en cuyos corazones realmente moraba Jesucristo, hombres tales como Wycliffe y sus sucesores. Iban de mercado en mercado, contando sólo con medias páginas o páginas enteras de la Palabra de Dios, usándolas tan rápidamente como pudieran ser impresas. Las leían en las esquinas de las plazas; iban de un lugar a otro, predicando con lenguas de fuego y con un lenguaje sencillo, el Evangelio puro y sin adulteración, y pronto incendiaron a toda Inglaterra. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Y quiénes fueron aquellos que en días posteriores, en el siglo pasado, despertaron a la iglesia durmiente? Eran hombres en quienes reinaba Cristo; hombres tales como Whitefield y los hermanos Wesley, seres que se postraban ante la dignidad real de Jesús, y decían: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“¿Acaso, por miedo a hombre débiles,&amp;lt;br&amp;gt;Reprimiremos en nosotros el curso del Espíritu?”'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Sin dejarse intimidar por ningún rostro mortal, ¿acaso suavizaban sus lenguas y moldeaban sus palabras para ganar la estimación humana? Sobre los cerros, en los cementerios parroquiales, junto a los caminos, por todas partes, por todas partes, desplegaban el estandarte de un Salvador reinante y, al instante, las tinieblas de Inglaterra cedieron su espacio a la luz gloriosa. Y ahora, si sólo pudiéramos lograr que la Iglesia de Dios despertara, pronto veríamos conmovida a toda la ciudad. Nuestros ministros deben predicar el Evangelio, y deben predicarlo con algo semejante a la fuerza; en lugar de regalarnos con ensayos morales y discursos elaboradamente preparados, deben hablar con el corazón, con palabras tales como las que Dios le dé para la ocasión; los miembros de la iglesia deben apoyarlos con un celo vehemente, con ferviente oración e incesantes labores; no necesitaríamos ninguna otra cosa para conmover a esta ciudad de un extremo al otro. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oh, ver al Salvador cabalgando en su medio, y oír las aclamaciones, mientras los jubilosos convertidos aclaman, como los niños de los tiempos antiguos: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!” Las antiguas atracciones de la cruz no han partido. No se puede predicar a Cristo sin obtener como resultado una congregación. Si predican “el Cristo” honestamente y lo predican plenamente, la gente tiene que venir a oír. Aunque odien y desprecien la verdad, regresarán para oírla. Girarán sobre sus talones, y dirán: “no podemos soportarla”; pero la siguiente vez que se abran las puertas, allí estarán. El Evangelio los toma por la oreja y los detiene. Tiene una influencia secreta y misteriosa incluso sobre los corazones que no lo reciben, para forzarlos al menos a prestar los oídos para oírlo. Entonces, la iglesia despertará y se logrará esa influencia, por medio de la cual, la ciudad entera será conmovida. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, cuando hablamos de la iglesia, me temo que nosotros escondemos a menudo nuestros propios pecados bajo una declaración contra la iglesia. Vamos, ''ustedes'' son la iglesia. Ustedes no deben atar a la iglesia como una víctima temblorosa, y flagelarla; átense ustedes mismos, y que el látigo caiga sobre sus propios hombros. Si ustedes y yo tuviéramos un Cristo reinante en nuestros corazones, ayudaríamos a conmover a la ciudad. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Me preguntas qué quiero decir con eso? No me refiero a la manera en que algunos de ustedes muestran la calidad de su fe por la cantidad de sus frutos. Tus convicciones y tu conversión asumen una forma muy moderada. Las mantienes muy a raya; tiras de la rienda sobre los movimientos del corazón; tu religión nunca se desboca, ¡nunca! Eres un hermano muy prudente; ''tú ''nunca serás culpable de nada parecido al entusiasmo, y nadie escribirá con tiza jamás la palabra “Fanático” en tu espalda. Nunca conmoverás a la ciudad, amigo mío, no hay temor de eso. Mientras las súplicas que deberían hacer arder tu corazón, se congelen en tus oídos, no conmoverás nunca a la ciudad. Mientras los temas que deberían postrarte en tierra en humildad de espíritu, y luego remontarte como sobre alas de águilas en un rapto de deleite, no te afecten del todo, y sigas imperturbable, como una piedra, nunca conmoverás la ciudad. Pero si tú y yo sintiéramos que las cosas en las que creemos son de primordial y suprema importancia, que son dignas de vivir por ellas y dignas de morir por ellas, que no hay nada más, de hecho, en todo el mundo, que sea digno de cuidado o de atención, excepto estas cosas, entonces, amados, pronto veríamos a la ciudad conmovida. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Un cristiano ferviente plenamente entregado a su Señor, un alma perfectamente devota a Cristo, es de más valor para ganar almas y para conquistar al mundo, que cincuenta mil individuos que son meros profesantes. Ustedes saben lo que solía suceder en las guerras antiguas. Toda la tropa servía a su manera; pero era un solo hombre que constituía el vértice del triángulo, quien rompía las filas del enemigo, y recogía todas las lanzas y las juntaba en su propio pecho: era ''él'' quien conseguía la victoria. El hombre que arremetía primero con su hacha de combate y mataba al enemigo, y daba ánimo a todos los trémulos soldados que iban detrás, –el hombre que les decía que la victoria sería para los valerosos, y que siguieran adelante contra pronósticos pavorosos– ese era el hombre que hacía famoso a su país. Y necesitamos cristianos así en estos días, que no conozcan el miedo, que no crean en la derrota, y que estén animados por la seguridad de que el Dios Altísimo está con nosotros, y que seguirán adelante, y adelante, y adelante, venciendo y para vencer. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Vean, quien conmueve a la ciudad es un Cristo ''reinante'', Cristo, que cabalga en el corazón en una gloriosa procesión de aclamación jubilosa. Esto es lo grandioso que conmoverá a las apáticas masas de Londres. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II.''' LA GRAN MULTITUD, AL SER CONMOVIDA, HARÁ LA PREGUNTA: “¿QUIÉN ES ESTE?”; y sería algo desafortunado si tú, que estás con Cristo, no fueras capaz de dar una respuesta. Algunos de ustedes, cuyos corazones son rectos para con Él, espero, a duras penas están atentos a este precepto: “Estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros”. En verdad, por encima de todo, yo desapruebo que obtengan su credo de mí, que edifiquen su credo sobre el hecho de que el predicador ha dicho tal y tal cosa. Necesitamos estudiantes de la Biblia como cristianos, hombres que no solamente crean en la verdad, sino que tengan buenas razones para creerla; hombres que puedan enfrentar el error con el argumento: “Escrito está”, y puedan sostener la verdad a cualquier riesgo, usando armas tomadas de la armería del Libro inspirado de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, que tuviéramos entre nosotros más personas aptas para ser maestros! Pero, ¡ay!, me temo que tendremos que decir de muchos de ustedes, como dijo Pablo de los débiles de su tiempo, que, debiendo ser ya maestros, tenían necesidad de que se les volviera a enseñar; y cuando debían haber estado partiendo el pan de vida para otros, ellos mismos necesitaban todavía ser alimentados con leche. Espero que ése no sea el caso en cuanto a nosotros. Espero que podamos crecer en gracia de tal manera, que, cuando se haga la pregunta: “¿Quién es éste?”, seamos capaces de responderla. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amados, ¿tienen el deseo de hacer el bien a sus semejantes? ¿Tienen un anhelo vehemente en su alma de ser el instrumento para llevar a otros a Cristo? Para cumplir esto, es necesariamente imperativo que tengan un conocimiento de Jesús. Ha de ser un conocimiento de corazón. Ustedes les dicen algunas veces a sus hijos que aprendan sus lecciones de memoria. No se puede aprender a Cristo de ninguna otra manera. No se puede aprender de Cristo con la cabeza. Solamente el amor puede aprender el amor; y Cristo es el amor encarnado. Es a través de amarle, y de tener comunión con Él, que llegarán a entenderle. Han de conocerle de memoria. Luego tienen que conocerle en la práctica. Yo no consideraría de valor ninguna respuesta a mis ansiosas indagaciones que proviniera de una persona meramente teórica. ¿Acaso no podría leer el Libro, y averiguar yo mismo la teoría? Yo necesito ser enseñado por alguien que ha gustado y tratado las cosas de las cuales habla. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amados hermanos en Cristo, busquen conocer a Jesús viviendo en Él. Beban de Su sangre; coman de Su carne; estén en constante comunión con Él hasta que su unión vital con Su persona trascienda su fe, mediante una constante experiencia jubilosa. Conozcan a Cristo prácticamente. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amados, procuren también conocer a Cristo a través de ser enseñados por Su Espíritu. Ese conocimiento de Cristo que obtenemos del entendimiento humano es de poco valor; el único conocimiento verdadero es la revelación de Cristo en nosotros por medio del Espíritu Santo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Juan Bunyan solía decir que él predicaba únicamente las verdades que el Señor había grabado con fuego en él. ¡Oh, que el Señor grabe con fuego esas verdades en ustedes! Que se agrade el Señor en escribir en las tablas de sus corazones la historia de su Señor, de tal manera que, cuando cualquiera les preguntara: “¿Quién es éste?”, no necesiten hacer una pausa ni por un instante, o pedirle a algún teólogo que les ayude a dar la respuesta: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Sino que de buena gana les digan a los pecadores por doquier&amp;lt;br&amp;gt;Cuán amoroso Salvador han encontrado.”'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
'''III.''' ESTA INDAGACIÓN ACERCA DE CRISTO HA DE SER ATENDIDA SIEMPRE CON UNA RESPUESTA CLARA Y PRECISA. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si yo pudiera predicar un solo sermón más antes de morir, sé de lo que debería tratar; debería ser acerca de mi Señor Jesucristo; y pienso que, cuando lleguemos al término de nuestro ministerio, algo que deploraremos será no haber predicado más acerca de Él. Estoy seguro de que ningún ministro se arrepentirá jamás de haber predicado demasiado de Cristo. Ustedes que están en Jesús, hablen mucho acerca de Él, y su plática debe ser muy sencilla. Díganles a los pecadores que “Dios fue hecho carne, y habitó entre nosotros, y sus discípulos vieron su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.” Díganles que Él vino a esta tierra como un Sustituto de Su pueblo, que Su vida santa es tomada como la justicia de ese pueblo, que Sus sufrimientos y muerte constituyen una expiación completa y apaciguan la ira de Dios por todos sus pecados. No permitan que se pierda nunca una oportunidad de proclamar la doctrina de la sustitución. Ese es el núcleo del Evangelio; el pecador está en el lugar de Cristo y Cristo está en el lugar del pecador; nuestras deudas con Dios son pagadas por Cristo; el castigo de nuestra paz fue sobre Él, para que tuviéramos paz por medio de Su castigo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Quisiera expresar este tema muy denodadamente a mis amados hermanos y hermanas en Cristo Jesús, y especialmente a ustedes, que pertenecen a la membresía de esta iglesia. En cada ocasión, y especialmente cuando reciban aunque sea media invitación para hacerlo, hablen en lo concerniente a la persona de Cristo como Dios y hombre, en lo concerniente a la obra de Cristo de tomar la culpa humana y sufrir por ella, en lo concerniente al valor de esa obra y de su capacidad de quitar todo tipo de pecado y de blasfemia. Díganle al peor pecador que la sangre de Cristo puede limpiarlo; díganselo al borracho, a la ramera, al ladrón y al asesino. Díganles a todos ellos que el que crea en Él no es condenado; y nunca, por miedo o por vergüenza, rehúsen dar una respuesta a una indagación tan esperanzada como esta: “¿Quién es éste?” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Y qué les diré a ''ustedes que son movidos por la curiosidad para hacer esta pregunta:'' “Quién es éste”? Me figuro que había algunas personas en Jerusalén que estaban tan ocupadas con sus actividades comerciales que no indagaron: “¿Quién es éste?” “¡Oh!”, –dirían– “no tenemos necesidad de traspasar el umbral para ver lo que la turba está haciendo en la calle: muchos niños claman: “¡Hosanna!”, y un número de ociosos chismosos siguen a un tipo ridículo que cabalga sobre un asno por la calle; eso es todo”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Otras personas, sin duda, tenían el gusanito de la curiosidad; no podían evitar indagar. Así que salieron a la calle, se introdujeron en medio de la multitud, y le preguntaban a alguien: “¿Quién es éste?” “No lo sé” –respondía el otro– “yo también he venido para averiguarlo.” “Pero, ¿quién es éste?”, repetían una y otra vez; y muy probablemente recibían seis respuestas erróneas antes de recibir la respuesta correcta. Se abrían paso a empujones, y al fin conseguían un buen lugar para observar, tal vez, subiéndose a un árbol como lo hizo Zaqueo; y allí estaban, muy alertas, tratando de obtener una respuesta a la pregunta: “¿Quién es éste?” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Bien, yo supongo que una curiosidad como ésta podría albergarse en su mente; de cualquier manera, yo la tuve en mi mente una vez, y creo que hay muchos que la tienen ahora. Les diré en qué ocasiones es alimentada esta curiosidad. Un trabajador ha acostumbrado trabajar con otro que con frecuencia se encontraba intoxicado, un malhablado habitual, y tal vez, incluso un ser propenso a veces a blasfemar. Le nota inesperadamente un carácter cambiado, morigerado en toda su conducta, afectuoso, considerado con su esposa y con sus hijos, diligente y además de todo esto, ahora es religioso. ¡Qué cambio! ¿Podría pasar inadvertido? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
O, tal vez, visita la casa de un vecino y descubre que el vecino está muy enfermo e indispuesto; el vecino es un trabajador con una numerosa familia, y sería muy grave que se muriera, y dejara huérfanos a esos pequeñitos; pero él se endereza en la cama, y le dice a su amigo visitante que no le preocupan para nada esos temas, pues todo lo ha puesto en manos de Dios; le dice: “yo solía angustiarme y preocuparme, pero ahora, ya sea que viva o muera, lo dejo todo en manos de Dios; estoy perfectamente resignado a Su voluntad; Cristo está conmigo aquí; y encuentro que: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Es dulce quedarse plácidamente en Sus manos,&amp;lt;br&amp;gt;Y no conocer otra voluntad que la Suya”.'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
“Oh” –dice el hombre– “¿quién ''es'' éste que ha provocado tal cambio en mi vecino?” ¿Cuál podría ser la causa de este cambio? ¿Cuál será la razón de esto? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En otro caso, un hombre vigila a otro; le persigue, se mofa y se ríe de él, y le lanza todo tipo de amenazas e improperios. Ve que todo lo soporta muy ecuánimemente; sabe que no puede tentarle a hacer lo que es malo, aunque procure hacerlo con mucho ahínco; la senda de la integridad es hollada año tras año, y el hombre mundano, al mirarlo, no puede descifrarlo. Pregunta: “¿Quién es éste?” Ve a otra persona: a un cristiano feliz, vivaz, entusiasta y dichoso. “Bien” –piensa este hombre– “yo tengo que ir al teatro para divertirme; he de tener compañía, y he de beber una cierta cantidad de licor antes de levantarme el ánimo; pero he aquí un hombre alegre y lleno de vida sin necesidad de todas estas cosas. Es pobre, pero es feliz; tiene una chaqueta de pana, pero no tiene un corazón de pana; él es ‘tan feliz como un rey’; su alma es dichosa en su interior; no puedo descifrarlo; “¿Quién es éste?” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Estas cosas agitan la curiosidad de los hombres, y yo espero, queridos amigos, que ustedes procuren despertar más y más la curiosidad por este plan. ¡Y cuán a menudo un santo lecho de muerte agita esa curiosidad! Cuando el creyente agonizante canta victoria, o se sume en su descanso con perfecto gozo, el mundano le contempla, y pregunta: “¿Quién ''es'' este?” No logro captarlo, no logro comprenderlo.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, no ha de sorprendernos, mis queridos amigos, que haya alguna curiosidad por saber acerca de Cristo. Debería haber mucha más curiosidad. Consideren que Dios mismo les habla por Cristo. ¿Hablará Dios, y al hombre mortal no le habría de importar oír lo que Dios le dice? ¿Me hablará Dios a mí por Su amado Hijo, y no tendré oídos para oír la Palabra Divina? Debería estar ansioso por conocerla. Los profetas hablaron de Cristo –Moisés, David, Isaías, Jeremías– todos ellos hablaron de Cristo. ¿Se dieron todos esos testimonios acerca de Él y no me habría de importar conocer de Él? Cuando Él vino a la tierra, fue con cánticos de ángeles, y una nueva estrella fue colgada para darle la bienvenida a Su nacimiento; ¿y, acaso no tengo curiosidad por saber de Él? Entiendo que Su persona es compleja, que Él es a la vez Dios y hombre: ¡Él es una Persona extraña y maravillosa! ¿Acaso no deseo saber más de Él? Descubro que murió, y que resucitó de nuevo, y que hay un estrecho vínculo entre Su muerte y resurrección con el perdón de nuestros pecados y la justificación de nuestras almas; ¿acaso no quiero saber nada al respecto de eso? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cristo ha venido para resolver el más tremendo problema, ha venido para contarnos de la vida más allá de la tumba, de la inmortalidad una vez que la corrupción haya cumplido su trabajo; ¿acaso no tengo curiosidad acerca de esto? El sangrante Salvador, clavado en la cruz, le dice a todo hombre aquí presente que tenga alguna curiosidad en Su naturaleza: “¿No os conmueve a cuantos pasáis por el camino? Mirad, y ved si hay dolor como mi dolor que me ha venido”. Yo alabo la curiosidad que los condujera a saber más de Jesucristo. Estudien mucho este bendito Libro. Curiosea en esos misterios que hablan mucho de Él, y has de hacerlo hasta que recibas una respuesta a esta pregunta: “¿Quién es éste?” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Podría haber, en esta casa de oración, ''algunas personas que estén haciendo la pregunta en positiva ignorancia:'' “¿Quién es éste?” Pienso que no debemos dar por hecho que toda nuestra congregación entiende el Evangelio, pues no todos lo entienden. Un gran número de nuestros oyentes no entienden el simple mandamiento: “Cree y vivirás” que Dios ha escrito muy claramente en la Biblia. Yo recibo algunas veces cartas de personas que han oído el Evangelio predicado aquí, que me consternan. La forma en la que mis corresponsales miran las cosas, parecen concluyentes de que no han leído la Biblia nunca; se imaginan que mi predicación y la de todos los demás debe ser cambiada para adaptarse a algún capricho o antojo suyos. La ignorancia señalada en nuestro texto era extraña, pues Cristo había visitado Jerusalén, y había estado allí obrando milagros y, sin embargo, la gente preguntaba: “¿Quién es éste?” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y Jesucristo es predicado en la propia calle donde vives; puedes oír acerca de Él al aire libre si quieres, en el ministerio de algún predicador callejero; el misionero citadino te hablará acerca de Él; puedes comprar un Testamento por dos centavos; cualquiera puede saber acerca de Jesucristo; y, sin embargo, hay una gran cantidad de personas que no saben nada acerca de Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, ¿acaso la ignorancia acerca de Jesucristo no es voluntaria en esta época? Quienes desconocen acerca de Jesucristo no tienen a quién culpar, sino a sí mismos. Permítanme recordarles que esta ignorancia es muy dañina; por culpa de ella pierden mucho gozo y consuelo aquí abajo, además de los riesgos del más allá. La ignorancia acerca de Jesucristo será fatal para el bienestar de tu alma. Puede ser que no sepas leer, pero si conoces a Cristo, podrás “leer tu título de propiedad de una mansión en el cielo.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es malo que un hombre no sepa algo sobre todas las ciencias, pero un individuo puede ir muy bien al cielo aunque sólo sepa la ciencia de Cristo crucificado. No conocer a Jesús te dejará fuera del cielo, aunque poseyeras todos los títulos de todas las universidades del mundo escritos a continuación de tu nombre. La ignorancia acerca de quien es el Salvador de los pecadores resulta en ignorar el remedio de la enfermedad de tu alma, ignorar la llave que abre la puerta del cielo, ignorar quién puede encender la lámpara de la fe en los sepulcros de la muerte. ¡Oh, les suplico que, si han sido ignorantes hasta este momento acerca del Salvador, no se queden satisfechos hasta conocerle! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y cuando hablo de ignorancia acerca de Cristo, no me refiero a ignorancia de Su nombre, ni del hecho de que existe tal Persona; me refiero más especialmente a aquella ignorancia espiritual que es muy común entre las personas mejor informadas. Nueve de cada diez personas que asisten a un lugar de adoración no saben el significado del derramamiento de la sangre del Salvador para remisión del pecado. Si los presionas para que te digan cómo es que Cristo salva, te dirán que Él hizo una cosa u otra por la cual Dios puede perdonar el pecado. Aunque el grandioso hecho de que Cristo fue realmente castigado en el lugar y posición y en el sitio de Su pueblo elegido es un hecho tan claro como el mediodía en la Escritura, ellos no lo ven. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La doctrina de la redención general: que Cristo murió por los condenados en el infierno, y sufrió los tormentos de quienes después son atormentados eternamente, me parece que es detestable, subversiva de todo el Evangelio y destructiva de la única columna sobre la cual son edificadas nuestras esperanzas. Cristo estuvo en el lugar de Sus elegidos; hizo una plena expiación por ellos; por ellos sufrió de tal manera que ningún pecado será puesto a sus puertas. Así como el amor del Padre los abrazó, así la muerte de Su Hijo los reconcilió. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Y quiénes son éstos que son redimidos así de entre los hombres? Son aquellos que creen en Jesucristo. Esta definición no es más sencilla que concluyente para aquellos a quienes la obra del Espíritu de Dios es inteligible. Si en verdad pones tu confianza en Él, es evidente que Cristo murió por ti de una forma y de una manera en la que nunca murió por Judas; Él murió por ti tan vicariamente, que las ofensas que cometiste le fueron imputadas a Él, y no a ti y, por tanto, tus pecados te son perdonados. Si confías en Él, no puedes ser castigado por tus pecados, pues Cristo fue castigado por ellos. ¿Cómo pueden ser exigidas de ti las deudas que fueron pagadas originalmente por tu Salvador? Tú has sido absuelto. El Señor dijo: “Si me buscáis a mí, dejad ir a éstos”; y cuando prendieron a Jesús dejaron ir a Su pueblo escogido. Tú has sido absuelto; delante del tribunal de Dios estás exonerado. Nadie te podría acusar de nada si confías en Jesucristo, pues Él sufrió lo que te correspondía. La ignorancia de esa gran verdad fundamental del Evangelio entero, mantiene a miles en las tinieblas. Es la gran bola y la cadena en la pierna de muchos prisioneros espirituales; y si sólo supieran eso, y pudieran deletrear “sustitución” sin ningún error, muy pronto entrarían en el gozo y la libertad perfectos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además. ''Se piensa que la expresión: “¿Quién es éste?” reflejaba desprecio de parte de muchos.'' Decían: “¿qué es lo que sigue, eh? Hemos oído acerca de todo tipo de agitaciones y ruidos y, ahora, ¿qué sigue? He aquí un hombre que no tiene dónde apoyar Su cabeza; sin embargo, pasa cabalgando como un rey. ¡He aquí un hombre que viste la túnica común de un campesino galileo, y hay gente que tiende sus mantos en el camino, y tienden ramas de árboles delante de Él! ¿Qué sigue ahora y qué sigue después?” Posiblemente algunos dijeran con un tono de escarnio: “Bien, ¿qué veremos en el futuro? ¡El Rey de los judíos! ¡Sí, seguro! Su padre y Su madre están con nosotros; ¿no es éste el hijo del pobre carpintero? ¡Rey de los judíos, en verdad! Y así, sólo lanzaban una mirada de desprecio y se alejaban. Sí; pero, amigos, deténganse un momento. Algunas personas que desprecian, merecen ser despreciadas; pero nosotros no las trataremos así. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Después de todo, no puede ser algo muy bueno y sabio burlarse del Salvador, si recuerdan que los ángeles no se burlan y nunca se burlaron de Él. Los ángeles vinieron con Él cuando descendió la primera vez al pesebre de Belén; vinieron con cánticos de júbilo en aquella noche memorable cuando nació de la Virgen. ¿No cantaron: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!”? No te burles allí donde los ángeles cantan. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando Él se alejó después, en una hora de terrible aflicción, al huerto de Getsemaní, donde grandes gotas de sangre cayeron a la tierra, los ángeles vinieron y le fortalecieron. Vigilaban en torno al madero sangriento y se preguntaban cómo el Señor de gloria podía morir así; y cuando entró al sepulcro, me parece que colgaron sus arpas en silencio por un tiempo. Esto sabemos: que, al tercer día, cuando Él rompió las ataduras de la muerte, uno de los ángeles llegó para rodar la piedra, y otros dos se sentaron, el uno a los pies y el otro a la cabecera del lugar donde Jesús había sido puesto; y cuando los cuarenta días se hubieron cumplido, y ascendió a Su morada: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Trajeron Su carro de lo alto,&amp;lt;br&amp;gt;Para que lo condujera a Su trono;&amp;lt;br&amp;gt;Batieron sus alas triunfantes, y clamaron:&amp;lt;br&amp;gt;‘La gloriosa obra está concluida’.”'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
En el cielo claman: “El Cordero que fue inmolado es digno”. El más poderoso arcángel en la gloria considera un honor cumplir las encomiendas de Jesucristo. Entonces, no te burles. ¿De qué te burlas? Estos espíritus son por lo menos tan sabios como tú. Haz una pausa por un instante y “Honrad al Hijo, para que no se enoje, y perezcáis en el camino”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿No te interesan a ti los ángeles? Entonces, escucha: no te burles, pues hay hombres tan sabios como tú, que no se han burlado de Cristo. Tú mencionas a algún gran hombre que fue un burlador. Ah, bien, pudiera haberlo sido, pues los grandes hombres no son siempre sabios; pero, por otro lado, en lo que Newton creía, en lo que Locke confiaba, de lo que Milton cantaba, de lo que un Bunyan podía soñar en la cárcel de Bedford, no puede ser algo tan despreciable, después de todo. Yo podría mencionar algunos nombres de quienes no podrías ni querrías burlarte. Te reconocerías desconocido e innoble si los llamaras desconocidos e innobles. El nombre que estos hombres, grandes incluso en la estima de ustedes, consideraron digno de su más alta reverencia, no deberían reprocharlo ustedes con tanta facilidad. Vamos, amigo mío, analiza tú también este problema. Dale un poco de ejercicio a tu entendimiento con esta pregunta: “¿Quién es éste?” Procura saber quién y qué es Cristo, y considera si no es un Salvador adecuado para ti. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No finjas ser desdeñoso, pues, después de todo, si bien lo consideras, no hay nada que despreciar. ¿Cuál es la historia del Evangelio? Es esta: que aunque seas el enemigo de Cristo, Cristo no es tu enemigo. Aquí está la historia: que, cuando aún éramos enemigos Suyos, a su tiempo Cristo murió por los impíos. Yo no podría despreciar nunca a un hombre que amó a Sus enemigos, y si le viera venir para morir y salvar a otro, siendo ése otro Su enemigo, no podría despreciarle. Podría considerarlo imprudente y podría pensar que el precio de Su valiosa vida es demasiado caro para comprar a los seres miserables por quienes murió, pero no podría despreciar Su amor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, hay algo tan majestuoso en el amor de Cristo que no puedes burlarte de él! Quita ahora esa mueca de tus labios. Él no murió por algo Suyo en ningún sentido; Él se desangró por Sus amigos: es más, por Sus enemigos. Su oración de moribundo fue: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”; e incluso cuando Sus amigos lo abandonaron, Sus últimos pensamientos fueron para ellos. Aunque era rico, por nuestra causa se hizo pobre, para que, con Su pobreza, nosotros fuésemos enriquecidos. No hay ningún objeto de burla en esto. Él hace a un lado Su gloria, cuelga Su manto de azur en el cielo, y se quita de Sus dedos los anillos para colgarlos como estrellas, y desciende, y nace como una débil criatura. Permanece en el regazo materno. Vive tan sumido en la pobreza que no tiene dónde recostar Su cabeza; y cuando la zorra fue a su madriguera y el pájaro voló a su nido, Él fue a la solitaria montaña, y Sus guedejas fueron humedecidas por el rocío de la noche. “Dame de beber”, dice, sentado junto al pozo de Samaria. Él es abandonado, despreciado y desechado entre los hombres; y cuando muere, incluso Dios mismo lo abandona. Jesús clama: “¿Por qué me has desamparado?” Y todo esto se debió a Su poderoso amor, a Su amor que todo lo vence por los hijos de los hombres. Tú no puedes despreciar a este Hombre. Yo amaría al Salvador, incluso si no hubiera muerto por ''mí.'' No podría evitarlo. Mi corazón tiene que aceptar un amor como el Suyo; la desinteresada renuncia de todo por causa de quienes le odiaban tiene el derecho de reclamar los afectos de nuestro corazón. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No lo desprecies, permíteme que te lo repita, pues tú no sabes si un día podrías estar donde Él está. ¡Oh, si supieras que te lavaría con Su preciosa sangre, y te limpiaría; si supieras que te echaría el manto de Su justicia; si tú supieras que te llevaría a lo alto para que estés con Él, y pondría la rama de palma en tu mano, y te haría cantar por siempre sobre la victoria por medio de Su preciosa sangre, no le despreciarías! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y, sin embargo, esa ''será'' la porción de todos ustedes si creen en Él, si se apoyan completamente sobre Su obra terminada. Donde Él está, allí estarán ustedes, y verán Su rostro. No desprecien a quien es el Amigo del pecador. ¿Acaso puede caerles mal Aquel que es el Amante de su alma? ¿Cómo pueden rechazar ser Sus amantes? Derramando Sus lágrimas sobre ustedes, y Su sangre por ustedes, ¿cómo podrían hacer otra cosa que arrojarse a Sus pies? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No le desprecien, finalmente, pues Él viene otra vez rodeado de pompa y gloria. No hablen con ligereza de quien está a la puerta. Él viene en camino, tal vez, mientras estoy hablando de estas cosas incomparables. Pronto podría venir en medio de nosotros, pero vendrá con una guirnalda que es un arcoíris, y nubes de tormenta. Él vendrá sentado sobre el gran trono blanco, y todo ojo lo verá, y también lo verán quienes le traspasaron. No lo desprecien ahora, pues no podrán despreciarle entonces. ¿Harán ahora lo que no podrán hacer entonces? ¡Oh, qué diferente historia contarán algunos hombres cuando Cristo venga! ¡Cómo ocultarán sus rostros sumamente detestables aquellos que le endilgaron nombres detestables! Pasen al frente ahora, no hagan el papel de cobardes; pasen al frente ahora, y escúpanle en el rostro una vez más, ustedes, villanos, que una vez lo hicieron mientras Él vivía. Vengan y clávenle otra vez al madero; ¡Judas, ven y dale un beso, como lo hiciste una vez! ¿Pueden verlos? ¡Cómo, huyen! Ocultan sus cabezas. Ya no le desprecian ni le rechazan, sino que el clamor de ellos es: “Peñas: Caed sobre nosotros, y escondednos”. “Ustedes, montes, abran sus entrañas y provéannos un escondite”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero eso no puede ser; los ojos de amor del Cordero se han convertido en los ojos de fuego del León, y Aquel que fue manso y dulce ahora se ha convertido en fiero y terrible. La voz que una vez fue dulce como música, ahora es fuerte y terrible como el estrépito de un trueno; y Aquel que una vez prodigó misericordia, ahora prodiga rayos de venganza. ¡Oh, no desprecien a Aquel que vendrá pronto en Su gloria! Póstrense ahora, y “Honrad al Hijo, para que no se enoje, y perezcáis en el camino; pues se inflama de pronto su ira”. Pregunta: “¿Quién es éste?”, y cuando hagas la pregunta, respóndela tú mismo: “Tal es mi amado, tal es mi amigo, oh doncellas de Jerusalén.” Confía en Jesucristo, pecador, y sabrás quién es; y Él, sabiendo quién eres tú, te salvará con una gran salvación. Amén.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

	<entry>
		<id>http://es.gospeltranslations.org/wiki/El_Pan_de_los_Hijos_echado_a_los_Perrillos</id>
		<title>El Pan de los Hijos echado a los Perrillos</title>
		<link rel="alternate" type="text/html" href="http://es.gospeltranslations.org/wiki/El_Pan_de_los_Hijos_echado_a_los_Perrillos"/>
				<updated>2010-12-30T16:06:12Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|Children's Bread Given to Dogs}} &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Y ella dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas&amp;lt;br&amp;gt;que caen de la mesa de sus amos”. ''Mateo 15: 27. &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
En este relato se nos presenta el cuadro de un alma para la cual está reservada una segura bendición. Si la historia concluyera omitiendo el último versículo, uno tendría bastante certeza sobre cuál sería el resultado de la súplica de la mujer. Cristo tendría que cambiar Su naturaleza si una persona que viniera, como se nos dice que vino esa mujer, fuera enviada de regreso sin una respuesta. Voy a bosquejar el cuadro de esta mujer con unas cuantas pinceladas, y les voy a pedir que verifiquen si se asemejan a ella, pues, si así fuera, sería una evidencia de que el tiempo de su favor, sí, el tiempo establecido, ha llegado para ustedes. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esta mujer tenía''una grande y apremiante necesidad''. Su hija era atormentada por un demonio, y no podía soportar ver el suplicio que ese espíritu maligno provocaba en su hija; el dolor y la angustia, el delirio y el horror en los que la muchacha estaba sumida, eran demasiado para soportarse. Su necesidad era consciente, perturbadora y gravosa; la había conducido a la desesperación; ella ''tenía que ''librarse de esa situación. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Sucede lo mismo contigo, querido oyente? ¿Te atormenta el pecado? ¿Acaso tu transgresión te persigue como una ofensa continua? ¿Te tortura día y noche hasta llegar al punto de que ya no puedes vivir sin el perdón, de que has de ser perdonado o serías conducido a la locura? ¿Sientes que las cosas han llegado al punto para ti en que no puedes vivir más bajo la sentencia de la ira divina? Esta es una señal muy bendita y esperanzadora. Si hay muchas personas aquí presentes en tal condición, entonces hay una música reservada para los ángeles. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando el caso de la mujer había alcanzado ese punto crítico, ''oyó hablar del Señor Jesús y actuó con base en lo que oyó''. Le habían dicho que Jesús era un grandioso sanador de los enfermos, y que era capaz de echar fuera a los demonios. Ella no se contentó con esa información, sino que puso manos a la obra de inmediato para comprobar su valor. Acudió Jesús con presteza: habiendo encontrado el momento oportuno, pues Él pasaba cerca de su tierra, se apresuró y dio voces delante de Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Ah, querido oyente, tú también has oído hablar de Jesús! No voy a preguntarte si conoces la doctrina de Su Deidad y de Su humanidad y de Su expiación por el pecado, pues las conoces bien; ¿pero las has puesto a prueba? Tú entiendes que salva a las almas, pero, ¿le has llevado tu propia alma para que la salve? Sabes que puede perdonar el pecado, y ¿lo miras ahora para que perdone tu pecado? Si es así, aunque todavía permanezcas en sombra de muerte, la hora de tu liberación se aproxima con presteza, pues el alma que bajo un sentido de necesidad busca honestamente el rostro del Salvador, no está lejos del reino del cielo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aquella mujer estaba extremadamente resuelta. Ella había decidido, creo yo, que no regresaría nunca al lugar de donde había salido sin recibir la bendición. Seguiría las pisadas del Salvador y le acecharía; si los discípulos le impidieran el paso, esperaría hasta tener otra oportunidad; si no tenía éxito entonces, esperaría la siguiente ocasión, y si eso no bastara, se aventuraría de nuevo otra vez. Ella fue probada con dureza por el Salvador, pues Él prueba algunas veces a quienes sabe que son lo suficientemente fuertes para resistir la prueba, y cuando la mujer no obtuvo ninguna respuesta suya, y más bien recibió un desaire, no se amilanó para nada sino que insistió en su demanda, pues estaba profundamente embebida del espíritu del himno: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Resuelto, pues esa es mi última defensa,&amp;lt;br&amp;gt;Aunque corra el peligro de morir”.'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Si hubiese aquí presente algún alma que ha llegado hasta este punto: que nunca renunciará a orar hasta no recibir una respuesta consolatoria, que nunca cesará de llorar por el pecado hasta que la sangre la limpie, entonces regocíjense, oh cielos, y alégrate, oh tierra, pues quiere decir que hay almas aquí presentes que han llegado al punto de nacer, y que serán dadas a luz en este día; hay aquí almas que están a punto de obtener su libertad y que están al borde de alcanzar la paz y en este preciso día obtendrán una completa liberación de toda su servidumbre. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Dije al comienzo que esta mujer era un cuadro adecuado del caso más esperanzador del mundo; ¿puedes espiar tu propio rostro en su historia así como los hombres ven sus rostros en un espejo? Entonces eso me hace muy feliz, pues tu posición está llena de signos esperanzadores. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No puedo abandonar este cuadro, empero, sin comentar que esta mujer ''pasó triunfantemente una prueba que es muy común entre las almas que están buscando.'' Hermanos, aquellos evangelistas que no son pastores, tal vez difieran de mí en lo que estoy a punto de decir, pero si supiesen más acerca de las almas, no estarían en desacuerdo. Es habitual exhortar a la gente desde el púlpito a creer en Jesucristo; y no sólo es habitual sino que es sumamente apropiado y correcto, y entre más se practique esa exhortación, mejor. Pero hay algunos que se contentan con dar generalmente una exhortación y no tratan con afectuosa exclusividad los diversos casos de los hombres. Hay casos en los que una desnuda exhortación a creer no basta. Me pregunto qué harían los meros exhortadores con ciertos casos peculiares que traigo ahora entre manos. Son personas a quienes les he explicado muchas veces el Evangelio hasta donde mi capacidad me lo ha permitido, y he orado con ellos y por ellos; les he dado libros que han sido bendecidos por Dios en otros casos; los he orientado a ciertos pasajes de la Escritura que han sido instrumentos para dar la luz a miles de personas; sin embargo, estos individuos, mes tras mes, permanecen en la duda y en la turbación de mente en el mismo nivel que se encontraban al principio, y es más, están peor que antes. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ese fue mi caso durante años cuando era niño. Mis padres me enseñaron el Evangelio, pero yo estaba sumido en tales tinieblas y en tal desaliento de espíritu, que no podía hacer lo que se me ordenaba que hiciera y cuando se me pedía que mirara a Cristo, sentía como si no tuviera ojos para mirarle. El propio Evangelio no parecía adecuarse a mi caso; eran mi ceguera pecaminosa y mi necedad culpable las que me inducían a pensar así; pero, ¡ay!, cuántas personas hay igualmente ciegas que necesitan que sus casos sean manejados con delicadeza y sabiduría. Aunque les digamos “Cree”, están lejos de ser consolados por ese consejo; se requiere de una explicación adicional, de alguna aclaración simplificada de la verdad salvadora, y tal vez se necesite darles laboriosamente respuestas a sus dificultades, antes que puedan encontrar la paz. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los genuinos buscadores que aún no hayan obtenido la bendición, pueden cobrar ánimo gracias a la historia que estamos considerando. El Salvador no dio de inmediato la bendición, aunque esta mujer tenía fe. No se alarmen; es la verdad. Ella poseía una fe real y genuina en Cristo cuando vino a Jesús, o no habría podido resistir las censuras de los discípulos. Sin embargo, a pesar de que era creyente, no obtuvo de inmediato la bendición que buscaba. El Salvador siempre tuvo el propósito de otorgarla, pero esperó un poco más. “Pero Jesús no le respondió palabra”. ¿Acaso no fueron buenas sus oraciones? Nunca hubo mejores oraciones en el mundo. ¿Era su caso de una necesidad perentoria? Su caso era sobrecogedoramente perentorio. ¿No ''sentía ''su necesidad lo suficiente? La sentía opresivamente. ¿No era lo suficientemente denodada? Era tan denodada como podría serlo jamás una mujer. ¿No tenía fe? Tenía fe a tal grado, que incluso Jesús se asombró y dijo: “Oh mujer, grande es tu fe”. Empero, por algún tiempo no pudo obtener una respuesta a sus oraciones. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Vean entonces, queridos amigos, que aunque es cierto que la fe proporciona paz, no siempre la otorga instantáneamente. Puede haber ciertas razones que exigen la prueba de la fe, más que la recompensa de la fe. La fe genuina podría estar en el alma como una semilla oculta que no ha producido ni flores ni frutos de gozo y paz. El consuelo es siempre el vástago de la fe, pero no siempre es de la edad de su madre. Digo esto para dar ánimos a algunos de ustedes. Les suplico que no renuncien a su búsqueda; no renuncien a confiar en mi Señor porque no hayan obtenido todavía el gozo consciente que anhelan. No dudo que ustedes serán salvados ciertamente, aunque al presente ninguna promesa benevolente haya alegrado su corazón. “La luz irrumpe lentamente” en muchos corazones, pero seguramente despuntará en breve. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Un doloroso silencio de parte del Salvador es la aflictiva prueba para muchas almas que buscan, pero es más onerosa la aflicción de una áspera respuesta cortante como esta: “No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos”. Muchos encuentran un deleite instantáneo cuando esperan en el Señor, pero esto no sucede con todas las personas. Algunos, como el carcelero, son llevados de las tinieblas a la luz en un instante, pero otros son plantas de crecimiento más lento. En vez de un sentido de perdón, les podría ser dado un sentido más profundo de pecado y, en tal caso, requerirán de paciencia para resistir el pesado golpe. ¡Ah, pobre corazón!, aunque Cristo te golpeara y te hiriera e incluso te matara, debes confiar en Él; aunque te dirigiera una palabra de enojo, debes creer en el amor de Su corazón, e incluso si en los meses siguientes no fueras capaz de decir: “yo sé con seguridad que Él es mío”, no obstante, arrójate sobre Él, y confía con perseverancia allí donde no puedas esperar con deleite. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Llegamos ahora al propio texto. El caso de la mujer es un ejemplo de una fe que prevalece, y si queremos vencer, debemos imitar sus tácticas. Si yo fuera llamado a ser un comandante de un ejército, debería observar cómo han manejado el asunto otros comandantes que han sido exitosos. Aquí tenemos con nosotros a una mujer que venció a Cristo, y si nos regimos por su regla, venceremos también a Cristo por Su propia gracia. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I.''' En primer lugar, observen que ELLA ADMITE LA ACUSACIÓN PRESENTADA EN SU CONTRA. Jesús la llamó un perrillo, y ella mansamente dijo: “Sí, Señor”. Aquí no hay una controversia con Cristo; no hay un ensamblaje de oposiciones, no hay paliativos, ni excusas ni mitigaciones. Ella es franca, resuelta, humilde y abierta. “Sí, Señor”; esa es su única respuesta para Él. Cuando un hombre lucha, depende en gran manera del terreno que pisa; si no está parado firmemente, no puede resultar vencedor; si queremos luchar con el ángel de la misericordia, hemos de encontrar un sostén allí donde esta mujer lo encontró, es decir, en un sentido profundo de indignidad. Ella sabía que era una extranjera en Israel, y lo confesó de inmediato. Si hubiesen sido llamados perrillos, la mayoría de los hombres habrían dado la vuelta y se habrían alejado sumidos en una sombría desesperación, o bien habrían experimentado un arranque de ira y replicado al Maestro: “no soy más perro que Tú, y si vengo a pedir una caridad, ¿no podrías darme al menos una negativa cortés?” El corazón natural se rebela en contra de lo que dicen las Escrituras acerca de eso. Mientras un hombre no sea verdaderamente humillado, no quiere admitir la depravación de su naturaleza; aunque esté muy dispuesto a utilizar los términos comunes de la humildad, no los dice con intención, pues si le fueran aplicados bajo alguna otra forma, se pondría sumamente enojado; es como el monje que dijo que había quebrantado todos los mandamientos y que era tan malo como Judas Iscariote, y cuando alguien presente comentó: “siempre lo creí así”, el monje se enojó terriblemente, y prometió vengarse del hombre que lo había insultado de esa manera. Díganme ‘caballo’ si quieren, pero es algo muy diferente que pongan una silla de montar sobre mi espalda. Me he enterado de una mujer que le dijo a su ministro, que estaba de visita, que era una pecadora espantosa. “Bien”, -dijo el ministro- “no tengo ninguna duda de que lo eres; revisemos tus pecados”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces, comenzando por el primer mandamiento, ella declaró que nunca había quebrantado ese mandamiento; nunca había adorado a ningún otro dios, salvo a Dios; en cuanto al segundo mandamiento, nunca había erigido ninguna imagen esculpida, lo sabía; ni tampoco había quebrantado el día domingo; había honrado a su padre y a su madre; nunca había caído en la avaricia, nunca había dado un falso testimonio, nunca había matado a nadie; de hecho argumentó que no había quebrantado ninguno de los Diez Mandamientos, a pesar de que había confesado que era una muy triste pecadora. Nosotros nos confesamos culpables de robar un bosque, pero negamos haber robado nunca ni siquiera un par de tablas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La mujer bajo nuestra consideración creía de corazón en la degradación de su estado, de manera tal que cuando el Salvador se dirigió a ella de forma muy ruda en apariencia, estaba tan completamente convencida de su propia condición caída, que no se molestó al ser llamada como lo que sabía que era. Ella había oído ladrar al pecado en su interior, tan a menudo y tan sonoramente, que cuando el Salvador la llamó perrilla, sólo sintió que estaba llamando a las cosas por su nombre apropiado. Si yo fuera a revisar todo el asunto de la caída y de la maldad del pecado, todo mundo diría en este lugar: “eso es cierto”; pero, ¡oh, cuán pocos hay que realmente sienten que sea verdad, y están profundamente afligidos por ello! Todos somos pecadores, ''eso decimos;'' pero todos tenemos nuestras excelencias, ''eso sentimos''. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La Palabra de Dios no nos proporciona un cuadro muy halagador de la humanidad. Nos informa que nuestro primer padre pecó, y que a través de él, ya que nos representaba a todos nosotros, todos caímos y perdimos el favor de Dios. El Colegio del Heraldo de la Escritura nos proporciona un linaje desastroso. Esos aristócratas que son tan orgullosos de sus ancestros normandos harían bien en rastrear el árbol familiar hasta una fecha anterior, y descubrirían que la línea de sangre azul termina en el hortelano que robó la fruta de su Señor, y hubiera andado al garete sin un delantal que cubriera su desnudez. Oh nobles de la tierra, este un árbol genealógico de pordioseros; esta es una ''bar sinister,'' una señal de bastardía en su escudo de armas que nada podría eliminar. La Palabra Inspirada sigue informándonos que, a consecuencia de ello, todos nosotros nacemos en pecado y somos formados en iniquidad, y en pecado nos conciben nuestras madres; testifica que no sólo somos pecadores con la mano, sino con el corazón; que el pecado no es meramente una roña en nuestra piel, sino una lepra en el alma; que “Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente”; que el propio corazón es “engañoso… más que todas las cosas, y perverso”. Es más, sigue adelante y certifica que no sólo estamos enfermos y que somos depravados, sino que somos completamente pervertidos; por causa de nuestro pecado nuestras voluntades se han vuelto perversas, al punto de que no queremos venir a Cristo para que tengamos vida, y habitualmente tomamos lo amargo por dulce y lo dulce por amargo, y elegimos lo malo y evitamos lo bueno. Nos dice que esta incapacidad nuestra para el bien es tan grave que llega a ser equiparable a una muerte espiritual. Nos describe diciendo que estamos, por naturaleza, “muertos en delitos y pecados”, en un estado tal que somos tan incapaces de restaurarnos a la salvación así como son incapaces los muertos en sus tumbas de resucitar por su propio poder, ni restituirse a un estado de vida y salud. El Libro de Dios dice todo lo que pueda ser dicho contra el hombre y más de lo que el hombre está dispuesto a confesar, excepto cuando el Espíritu de Dios viene y entonces nuestro corazón responde: “Sí, Señor”. Además, la Palabra de Dios continúa diciendo que nuestro pecado es tan grave que siempre ha de ser odioso para Dios, que merece que quienes lo cometemos seamos arrojados de Su presencia y arrojados en una calamidad indecible; pero la naturaleza humana da coces contra esto, y dice: “No, el pecado es una debilidad, es un lado flaco, un error y nada más”; pero cuando el Espíritu Santo entra en el corazón clamamos: “Sí, Señor”; ''es'' algo negro, algo demoníaco, algo infernal, y si Tú nos arrojaras al infierno, sólo estarías haciendo con el pecado lo que debe hacerse. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Queridos amigos, siempre que se encuentren con un pecador doblegado por el peso del pecado, nunca traten de hacer que su pecado parezca más liviano; por el contrario, díganle al alma que está sumamente desesperada: “sientes que eres un gran pecador, pero eres un mayor pecador de lo que tú mismo sientes”. Cuando el alma dé voces diciendo: “Mi pecado se ha agravado en extremo”, no intenten consolarla buscando excusas para ella; más bien díganle: “grave en extremo como piensas que sea tu pecado, es más grave de lo que te imaginas”. Nunca le hagas el juego al diablo excusando a los pecadores por sus pecados. Si consuelas a tu amigo diciéndole: “Bien, no has sido un pecador tan terrible como crees”, estarías proporcionándole un consuelo fatal; le estarías presentando una droga venenosa que puede inducirle al sueño pero que por lo mismo, lo induciría a la destrucción. Dile que el pecado es en sí tan horrible, que si un hombre pudiese ver un pecado desnudo se volvería loco; que la más mínima ofensa contra Dios es tan intolerable que si fuese apagado el fuego del infierno, un solo pecado podría encenderlo de nuevo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si hubiese sido una manera sana de obtener el consuelo, la mujer en este caso habría argumentado: “No, Señor, no soy un perrillo; tal vez no sea todo lo que debería ser, pero de cualquier modo no soy un perrillo; soy un ser humano. Hablas muy ásperamente; Maestro bueno, no seas injusto”. En vez de eso, ella lo admite todo. Eso demostró que tenía la correcta condición mental, puesto que admitía, en su sentido más negro y más agravado, todo lo que el Salvador decidiera decir en su contra. La luciérnaga fulgura como una estrella en la noche, y la yesca podrida refulge como oro derretido, pero, en el día, la luciérnaga se convierte en un miserable insecto, y la yesca podrida es podredumbre y nada más. Lo mismo sucede con nosotros: mientras no nos venga la luz, nos consideramos buenos, pero cuando la luz del cielo resplandece, nuestro corazón es revelado como podredumbre, corrupción y degeneración. No susurren al oído del lamentador que eso no es así, ni se engañen ustedes mismos con la creencia de que no es así. Tú ''eres'' un pecador perdido; ''tú ''efectivamente mereces la condenación; tú la mereces especialmente, aunque nadie más la mereciera; tú has pecado en contra de la luz y del conocimiento; estás arruinado, y arruinado por completo. Por malo que te consideres, tu caso es infinitamente peor de lo que lo concibes, y yo no estoy aquí para darte algún consuelo diciendo: paz, paz, cuando no hay paz. Tu estado, oh pecador, es terriblemente malo y pronto será peor, desesperadamente peor; pido que seas conducido a decir esto delante de Dios: “Sí, Señor”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II.''' Pero noten, en segundo lugar, que A PESAR DE TODO, ELLA SE ADHIERE A CRISTO. ¿Percibieron la fuerza de lo que dijo? “Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa”, -¿de dónde?- ''“de la mesa de sus amos”. ''En el Oriente, los perros muy raramente tienen algún amo. Hay perros grandes que deambulan en todas las ciudades orientales, que viven de la basura desechada por las casas y esos perros grandes constituyen un estorbo tal, que no veo que haya una sola palabra en toda la Escritura a su favor. El perro, tal como lo conocemos, es un muy fiel y afectuoso servidor del hombre y merece gran honra; pero, en el Oriente, sólo merece desprecio; es simplemente un bruto grande y aullador que ladra o muerde a cualquiera que pase. En los días del Salvador, los orientales habían aprendido las costumbres romanas, y habían introducido perros pequeños como mascotas; y es notable que nuestro Señor no llamara a esta mujer con la expresión para designar a uno de los perros grandes que no tienen dueño, sino para uno de los perritos falderos. Ciertamente era un apelativo de desprecio, pero aun así, no era uno de los más severos. “No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos”. Hay una palabra aquí que quiero que adviertan. La mujer no dice solamente: “los perrillos comen las migajas que caen de la mesa”, sino que agregó: “que caen de la mesa ''de sus amos''”. Adviertan su adherencia a Jesús; ella le dice en efecto: “Tú eres mi amo”. Pareciera decirle: “Señor, yo estoy pidiendo una gran bendición, y sin importar lo que me digas, tengo el propósito de obtenerla; pero si no pudiera obtener la bendición, de cualquier manera, siempre ''te'' seguiré; Tú serás mi amo. Aunque Tú no me dijeras nunca: ‘ve en paz, tu fe te ha dado la bendición’, yo te recibo como mi amo”. Así como un perro callejero elige a un extraño y le sigue hasta su casa, y pareciera decirle: “puedes patearme o cerrar la puerta, pero yo te he elegido como mi amo; si me cerraras una puerta, entraré por otra; si me cerraras ambas puertas me quedaré en el tapete de la entrada; y si me echaras a patadas a la calle, voy a permanecer allí hasta que salgas, y entonces te seguiré; te he tomado como mi amo, y serás mi amo”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, pobre alma, ¿es ése tu caso? Si no lo fuera, te exhorto a que tomes esa posición. Tú has admitido que todo lo que Jesús ha dicho es verdadero, pero dices: “A pesar de eso, ya sea que soy un perro o un demonio, nunca dejaré de venir a Cristo como mi Salvador. Si fuera un perro caminaré junto a los talones de la misericordia; en la mañana, al mediodía y en la noche, me echaré a los pies de mi Amo, y no renunciaré nunca a confiar en Jesús, aun si no recibiera consuelo de Él. He discutido mi caso con mi propio corazón, y he concluido que si Dios decide ser un Salvador, no podría haber ningún caso fuera del alcance de Su infinito poder; si el Hijo de Dios muere y derrama Su sangre, no puede haber ningún pecado carmesí que Su sangre no pudiera limpiar, y si resucitó de los muertos y ascendió a lo alto, entonces puede salvar eternamente a los que por Él se acercan a Dios. Por tanto, estoy resuelto a esperar y a luchar hasta que se digne darme una respuesta”. Nadie se aferra más estrechamente a Cristo que la persona que es más sensible a su condición perdida. ¿Quién se sostiene más firmemente a la tabla? Pues es el hombre que está más temeroso de morir ahogado. El miedo vuelve, con frecuencia, más intensa la fe. Entre más miedo le tenga a mis pecados, más firmemente me asiré a mi Salvador. El miedo es, algunas veces, el progenitor de la fe. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Alguien que caminaba por el campo se vio muy sorprendido cuando una trémula alondra que volaba se posó en su pecho. Fue algo muy extraño que un tímido pájaro hiciera eso, ¿no es cierto? Sí, pero la venía persiguiendo un halcón, y el miedo al halcón le dio al ave la necesaria determinación para volar a un hombre en busca de refugio. Y ¡oh!, cuando los fieros buitres del pecado y del infierno están persiguiendo a un pobre pecador, se ve forzado a volar al corazón del bendito Jesús mediante el valor que da la desesperación. Juan Bunyan tiene en algún lugar unas palabras a este efecto: “fui conducido a tal espanto y horror bajo la ira de Dios, que no pude evitar confiar en Cristo; sentí que aunque Él estuviera allí con una espada desenvainada en Su mano yo debía correr incluso hacia su aguzada punta antes que seguir soportando mis pecados”. Yo espero y oro para que Dios los conduzca a Jesús de esa manera, si es que no fuesen atraídos mediante instrumentos más delicados. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos, un alma apoyada en Cristo que se aferra a Él con un apretón agonizante, no puede perecer de ningún modo; eso es algo totalmente imposible. He tratado algunas veces de visualizar a algún alma en el infierno que haya buscado a Jesús y haya resuelto a morir a los pies de Su cruz. Tal cosa no puede ser; pero supónganlo por un instante, y verán que la suposición se destruye a sí misma. “Ay”, - dice esa alma perdida- “Jesús, yo dependí únicamente de Ti, pero estoy condenado; yo era indigno, y no merecía ni una pizca de Tu favor; pero yo confié en Ti como el Salvador de los malvados, en verdad dependí de Tu poder para liberarme, y heme aquí en el abismo”. ¿Podrían imaginar un sonido así en medio de los alaridos del infierno? ¡Cómo se reirían los demonios! “¡Ja, ja!, ¿dónde están las promesas? ¿Dónde está el grandioso corazón de Cristo que permite que perezca un pecador que se abrazó a Él? ¿Acaso sería porque ''no pudo''?” Entonces Satanás daría voces diciendo: “¡Ja, ja!, No pudo salvar perpetuamente a los que por Él se acercaron a Dios; aunque presumía de ser médico, no pudo sanar”. “O por otra parte”, -dice el archimaligno- “''no quiso ''salvar a aquellos que anhelaban y ansiaban ser salvados”. Tú te estremeces al pensar qué horrible blasfemia sería todo eso, y cómo la honra del glorioso Redentor se vería mancillada. Eso no sucederá; pecador, eso no sucederá. Si eres el ofensor más negro que jamás hubiere vivido, arrójate a los pies de Jesús, resuelto a no irte hasta que te otorgue el perdón. Él no puede rechazarte. No debemos limitar a Dios, ni decir qué puede hacer y qué no puede hacer; pero de hecho leemos que no puede mentir, y ciertamente, si Jesús fuera a desechar a un alma que hubiere venido a Él, mentiría. Por tanto, ten buen ánimo. Sólo mantente firme en que nunca dejarás al Salvador, en que morirás al pie de la cruz, y todo estará bien contigo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''III.''' Además, el arma principal de la mujer, el fusil de aguja que usó en su batalla, fue esta: HABÍA APRENDIDO EL ARTE DE EXTRAER CONSUELO DE SUS AFLICCIONES. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Jesús la llamó: un perrillo. “Sí”, -respondió ella- “pero entonces los perrillos reciben las migajas”. La mujer podía ver un pequeño borde de plata tras la nube negra. Cristo le arrojó un hueso; ella lo levantó y lo quebró y le extrajo la médula. Parecía ser una piedra muy dura, pero tenía un trozo de oro adentro, y deshizo el cuarzo y encontró la clara y fulgurante barra de oro y se vio enriquecida. “Me dices que soy un perrillo”, dice; “muy bien, seré un perrillo, pero voy a conseguir las migajas”. Ella extrae el agua del consuelo del profundo pozo de sus miserias. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, pobre alma, tú que te encuentras en el mismo estado, intenta hacer lo mismo con la ayuda del Espíritu Santo. Satanás ha estado diciéndote: “Tú has quebrantado la ley de Dios, tú le has ofendido, tú has sido ''un pecador''”. Alma, si te queda algo de entendimiento, córtale la cabeza al diablo con su propia espada y dile: “yo soy pecador, pero está escrito: ‘Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores’. ¿Qué dices a eso, Satanás? Si soy un pecador, Él vino al mundo para salvar a los pecadores. Si yo no hubiese sido un pecador, Jesús no habría venido para salvarme, pues no está escrito en ninguna parte que Él viniera para salvar a los que no son pecadores. Entre más claramente compruebe que soy un pecador, más claramente demostraré que soy un objeto para la misericordia del Salvador. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tal vez la conciencia te susurre: “tú no eres un pecador de una clase ordinaria; tú has recorrido las mayores distancias hasta el punto de endurecer tu corazón; tú eres ''un pecador perdido''”. “¡Ah!”, -dices- “voy a aprovechar eso, pues el Hijo del Hombre vino para buscar y salvar lo que se había perdido. Él no vino a buscar a aquellos que no necesitaban ser buscados; no vino como el grandioso Pastor para encontrar a las ovejas que estaban en el redil, sino aquellas ovejas que se habían perdido; y puesto que soy una oveja perdida, cuando vea al Pastor recorriendo los montes en pos de las ovejas perdidas, voy a balar como una oveja perdida, pues tal vez ha venido para rescatarme”. Pero la conciencia te dice otra vez: “tú eres una persona ''muy desmerecedora''; no solamente eres un pecador perdido, sino que eres completamente indigno”. Pecador, aprovecha ese argumento, y di: “Dios es un Dios de misericordia. Si yo mereciera algo, habría menos espacio para la misericordia, pues se me debería algo como un asunto de justicia; pero como soy una exclusiva masa de desmerecimiento, hay espacio para que el Señor revele la abundancia de Su gracia”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No hay espacio para que un hombre sea generoso en medio de aquellas espléndidas mansiones de Belgravia. Supongan que un hombre tuviera miles de libras esterlinas en sus bolsillos, y deseara darlas en caridad. Ese hombre se vería imposibilitado de hacerlo entre los palacios principescos. Si fuera a golpear a las puertas de esas grandiosas mansiones, y dijera que necesitaba una oportunidad para ser caritativo, lacayos empolvados le cerrarían la puerta en su cara, y le dirían que se largara a otra parte con su impudencia. Pero vengan conmigo; caminemos por todas las callejuelas que serpentean entre los muladares, y vayamos a los pasadizos traseros donde multitudes de niños harapientos están jugando en medio de la inmundicia y de la suciedad, donde todas las personas son miserablemente pobres, y donde el cólera está emponzoñándose. Ahora, amigo; baja tus bolsas de dinero; aquí hay un abundante espacio para tu caridad; ahora puedes meter ambas manos en tus bolsillos, sin temer que nadie te rechace. Puedes gastar ahora tu dinero a diestra y siniestra con facilidad y satisfacción. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando desciende la misericordia de Dios para distribuir misericordia, Él no puede darla a quienes no la necesitan; pero tú necesitas perdón, pues estás lleno de pecado, y eres precisamente la persona que tiene la oportunidad de recibirla. “¡Ah!”, -dice alguien- “estoy tan ''enfermo del corazón''; no puedo creer, no puedo orar”. Si viera el carruaje del doctor transitando a una gran velocidad a lo largo de las calles, estaría muy seguro de que no se dirige a mi casa, pues no lo requiero; pero si tuviera que adivinar adónde se dirigía, concluiría que se apresuraba hacia algún enfermo o persona moribunda. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El Señor Jesucristo es el Médico de las almas. Entre más enfermo estés, más espacio habrá para el arte del médico. Cuando un hombre se establece en alguna actividad comercial, busca una localidad donde sus artículos sean necesarios, y allí abre su tienda. ¿Qué pasa si digo que el oficio de mi Señor es salvar a los pecadores? ¿Qué pasa si digo que es el único oficio y vocación que asumió: convertirse en un Salvador de los perdidos y de las almas arruinadas? Entonces puede completar un cambio rápido en tu corazón, y creo que abrirá una tienda allí, y se enriquecerá con tu alabanza y con tu amor por haberte salvado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Haz el esfuerzo de probar ahora, oyente, para encontrar así esperanza en la propia desesperanza de tu condición, independientemente del aspecto en que esa desesperanza pueda manifestarse ante ti. La Biblia dice que tú estás ''muerto en pecado''; entonces concluye que hay espacio para que venga Jesús, puesto que Él es la resurrección y la vida. Si estuvieras vivo, no necesitarías dos vidas, pero como estás muerto, hay espacio para que Jesús te dé vida. La Biblia te dice que estás muerto; no lo niegues; di: “Sí, Señor”, pero entonces hay espacio para la plenitud de Cristo. Si estuvieras repleto no podrías contener dos plenitudes; tu propia plenitud no le daría espacio a la plenitud de Cristo; pero ahora que estás vacío hay espacio para Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Corazón amado, en vez de intentar mejorar tu caso, cree en tu total maldad, y, sin embargo, ten mucho ánimo. No podrías exagerar tu pecado, y aun si pudieras, sería más sabio errar en esa dirección que en la otra. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Un hombre tocó a la puerta de mi casa hace algún tiempo solicitando una caridad; se trataba de un mendigo arrogante, de eso no me cabe la menor duda. Pensando que los harapos del hombre y su pobreza eran reales, le di un poco de dinero, algunas de mis ropas, y un par de zapatos. Después que se cambió la ropa y se marchó, pensé: “Bien, después de todo, muy probablemente no te hice ningún favor, pues ahora no vas a recibir tanto dinero como antes, ya que no te verás como un sujeto tan desvalido”. Sucedió que salí de casa como un cuarto de hora más tarde, y vi a mi amigo, pero ya no llevaba los vestidos que yo le había dado; vamos, habría arruinado yo su negocio si le hubiera podido convencer para que mantuviera una apariencia respetable. El mendigo había sido lo suficientemente listo para deslizarse debajo de un pasaje abovedado donde se quitó la buena ropa y se visitó nuevamente con sus harapos. ¿Lo culpé por eso? Sí, por ser un pillo, pero no lo culpé por seguir haciendo su negocio con el atuendo adecuado. El hombre no hacía sino llevar su librea apropiada, pues los harapos son la librea del mendigo. Entre más harapiento se viera, más obtendría. Lo mismo sucede con ustedes. Si van a ir a Cristo, no carguen con ustedes sus buenas acciones ni sus buenos sentimientos, pues no obtendrían nada; vayan en sus pecados, pues son su librea. Su ruina es su argumento para alcanzar misericordia; su pobreza es la razón por la que piden las limosnas celestiales, y su necesidad es la excusa para la bondad celestial. Vayan tal como son, y dejen que sus miserias argumenten a favor de ustedes. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si yo fuera herido en el campo de batalla, y el cirujano anduviera recorriendo la zona para atender a los enfermos, se aseguraría de acercarse primero a los que mostraban las peores heridas, pues en la prisa de una batalla es seguro que no atenderán al hombre que perdió un dedo por un disparo, cuando hay otros cuyos brazos y piernas fueron cercenados; yo tendría mucho cuidado de exponer mi caso tan exhaustivamente como pudiera; de ninguna manera hablaría con ligereza de mis dolencias, con el objeto de que mis heridas sangrantes fueran vendadas tan pronto como fuera posible. No me sentiría inclinado a decir: “Oh, no es nada; sólo estoy levemente lesionado; no es nada de importancia”. Me encontraría en la situación de tratar de aprovechar al máximo la oportunidad, y de obtener toda la ayuda requerida tan pronto como fuera posible. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, pecador, debes aprender este arte. No te pintes con brillantes colores. Reconoce que estás perdido y arruinado, y entonces, aferrándote todavía a Cristo, haz que tus propias necesidades y carencias, y muerte y ruina sirvan de argumento del por qué el Señor de la misericordia debe mostrar Su omnipotente poder en ti. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''IV.''' En cuarto lugar, permítanme notar la manera en la que la mujer ganó el consuelo: ELLA PENSÓ GRANDES PENSAMIENTOS ACERCA DE CRISTO. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Deben prestar su atención a esto. El Maestro había hablado acerca del pan de los hijos: “Ahora”, -argumentó ella- “puesto que Tú eres el amo de esa mesa, yo sé que Tú eres un padre de familia generoso, y hay una abundancia garantizada de pan en Tu mesa. No eres un proveedor mezquino; habrá tanta abundancia para los hijos que habrá migajas que arrojar al suelo para los perros, y los hijos no sufrirán ningún menoscabo porque los perros sean alimentados”. Ella no pensaba que el Señor fuera un administrador de un asilo de pobres que debe repartir tantas onzas de alimento a cada uno, sino que pensó que Él era un proveedor generoso que mantenía una mesa tan buena, que todo lo que necesitaba sería comparativamente una migaja; sin embargo, han de recordar que lo que necesitaba era que el demonio fuera echado fuera de su hija. Era algo muy grande para ella, pero tenía una estima tan alta de Cristo, que dijo: “No es nada para Él, equivale a que Cristo me dé una migaja”. Este es el camino real al consuelo. Sólo graves pensamientos de tu pecado te conducirán a la desesperación; pero grandes pensamientos acerca de Cristo pronto te transportarán a lo alto sobre alas de águila. “Mis pecados son muchos, pero, ¡oh!, para Jesús, quitarlos todos no es nada; Él puede levantar tan fácilmente los montes de mi pecado como para mí sería fácil levantar una madriguera de topos con la pala. Es cierto que el peso de mi culpa me aplasta como el pie de un gigante aplastaría a un gusano, pero no sería algo mayor a una brizna de polvo para Él, porque Él ya ha cargado su maldición en Su propio cuerpo sobre el madero. Será algo insignificante ''para Él ''darme una plena remisión aunque será una bendición infinita ''para mí ''el recibirla”. Ella abre su boca para esperar grandes cosas de Jesús, y Él la llena con Su amor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Les pido, queridos amigos, que hagan lo mismo. Oh, que el Espíritu Santo lo habilite para hacerlo. Pero ustedes podrían decir: “ayúdame”. Bien, yo te ayudaré. Debes pensar grandes pensamientos acerca de Jesús cuando recuerdes que ''Él es Dios''. ¿Cuál límite podrías establecer cuando tienes que tratar con Dios? Con Su palmo mide los cielos, y el hueco de Su mano sostiene los mares y alza las islas como algo muy pequeño. Si Jesucristo es Dios, ¿cómo puedes pensar que no pueda salvarte? Oh hombre, cuando tienes que tratar con el Eterno y el Infinito deja que tus dudas vuelen con los vientos. Piensa de nuevo que siendo Dios, ''sufrió el castigo del pecado''; un dolor que el hombre solo no habría podido soportar. El peso de la ira de Su Padre cayó sobre Jesús en el Calvario. ¿Puedes verlo con Sus manos y Sus pies traspasados, puedes leer las líneas de agonía escritas sobre Su frente coronada de espinas, y no creer que sea capaz de salvar? Dios sobre todo, la gloria de cuyo semblante llena el cielo de esplendor, entrega Su rostro para ser cubierto de vergonzosos escupitajos, y Su frente para ser bañada con gotas de sudor sangriento. ¿Hay algo imposible para los méritos del Dios agonizante? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Piensa en eso, pecador, y no le pondrás ningún límite a lo que Jesús pueda hacer. Pero Jesús ''resucitó''. Contémplale cuando se levanta de la tumba, ascendiendo al trono de Su Padre en medio del júbilo de diez mil ángeles; mira cómo lleva las llaves del cielo y de la muerte y del infierno, balanceándose en Su cinto. ¿Qué es lo que no puede hacer? ¿No puede salvarte, Aquel que es “exaltado en lo alto para dar arrepentimiento”, que “puede salvar perpetuamente”, viendo que vive para interceder; puedes dudar de Su poder de salvar? Oh, no deshonres a mi Señor. Confía en Él ahora. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero tú estás dudando todavía; entonces te traeré otra cosa que echará fuera todas tus dudas por causa del dulce amor de Dios, y hará que te aferres al Salvador. Hay algunas aldeas en los condados orientales donde hay un celebrado doctor, y me he enterado que hay diligencias que inician su recorrido en remotos caseríos cargados de gente que viaja cuarenta o cincuenta kilómetros para consultar a ese hombre famoso; yo no podría decir si les ha hecho bien o no, pero el ejemplo me es muy útil. Supongan que uno de ustedes saliera para ver a este doctor. Sintiéndote muy enfermo y adolorido, tienes miedo de que no te sirva de nada cuando llegues allá; pero en el camino te encuentras con diligencias llenas de personas que viajan muy alegremente de regreso a casa. Te preguntan: “¿adónde vas?”, y tú respondes: “Voy a ver al doctor Fulano de Tal porque estoy enfermo”. “¡Oh!”, -dicen- “es una dicha que puedas ir; hemos estado allí; estábamos tan mal como tú y fuimos curados, y ahora vamos a casa”. “Pero”, -preguntas tú- “¿acaso algunos de ustedes tenía una pierna mala como la mía?” “Oh, sí”, -responde uno- “yo tenía las dos piernas malas; mi caso era incluso peor que el tuyo”. “Bien, ¿estás ahora perfectamente restaurado?” “Sí”, -dice aquel hombre- “mira qué bien camino, estoy plenamente restaurado”. ¿Acaso no seguirías tu camino lleno de confianza? Tú estabas medio miedoso antes, pero ahora dices: “ahora voy a proseguir mi camino alegremente, pues estas curaciones son otras tantas pruebas del poder del médico”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hay cientos de personas esta mañana en este ‘Tabernáculo libre’ que pueden decir: “Sí, Jesús puede salvar”, y ellos pueden dar la mejor prueba de ello agregando asimismo: “¡Él me ha salvado a mí!” Queridos oyentes, yo sé que Cristo puede salvar a los pecadores, pues he visto Su salvación en miles de casos; pero la mejor prueba que jamás recibí fue cuando Él me salvó a mí. Cuando lo miré y fui aliviado y mi rostro no se vio avergonzado, entonces supe que no necesitaba más argumentos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oh, pecador, Él ha salvado a borrachos, blasfemos, rameras, proxenetas y adúlteros. Pablo dice que Él salvó a quienes se habían manchado a sí mismos con pecados innombrables, pues afirma: “Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados”. Incluso el asesino puede ver que sus hechos de sangre son limpiados por la sangre de Jesús”. Todo pecado y blasfemia serán perdonados a los hombres, pues “la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado”. Él es un grandioso Salvador, es el más grandioso Salvador, Él es un Salvador más grande que el mayor; y en cuanto a tus pecados, se hundirán debajo del mar de Su sangre expiadora, y nunca serán encontrados contra ti jamás. La mujer pensó grandes pensamientos de Cristo y eso le aportó el consuelo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''V.''' Y así pueden ver, por último, QUE ELLA GANÓ LA VICTORIA. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ella confesó lo que Cristo le hizo ver; ella se aferró a Él, y utilizó argumentos tomados incluso de Sus ásperas palabras; ella creyó grandes cosas de Él, y así le venció. Ahora déjenme decirles que la razón por la que venció a Cristo radicaba realmente en esto: que ella se había vencido, antes que nada, a sí misma. Ella había vencido en otra lucha antes de luchar con el Salvador, una lucha con su propia alma. Me parece verla antes de salir de su casa. Estaba sentada un día cuando una vecina muy comunicativa vino y le dijo: “¿Has oído acerca del nuevo profeta?” “No, no me he enterado: ¿qué hay acerca de Él?” “¡Oh, es un grandioso sanador de enfermedades!” “Cuéntame al respecto”, instó la mujer, pues ese tema le interesaba. Oyó la historia; sabía que su amiga hablaba mucho más de lo necesario, y no le creyó lo suficiente. Al día siguiente fue a casa de la vecina, y le preguntó: “¿Estás segura de que lo que me dijiste era muy cierto?” “Bien”, -le respondió- “me enteré por Sutana de Tal, cuya hija fue sanada”. La mujer resolvió entonces investigar el asunto, y por fin encontró a un testigo ocular cuya palabra era confiable. “Sí”, -dijo el amigo- “es el Mesías, el Hijo de Dios, que ha descendido a la tierra, y yo estoy seguro de que es capaz de curar, pues he visto algunos milagros portentosos obrados por Él; no hay ninguna duda acerca de Su poder”. Al principio la mujer estaba perpleja. Ella había sido educada en el paganismo; había probado con sus dioses paganos, y le habían fallado; había probado con sus sacerdotes, quienes sólo la habían engañado, y tal vez pensaba que esto era también un engaño. Pero reflexionó al respecto. Había cincuenta objeciones; pero entonces se dijo: “He oído que habrá tales y tales señales que acompañarán la venida del Mesías, y este Hombre es justamente lo que decían que sería el Mesías; yo creo que Él es el Mesías, y si es el Hijo de Dios, Él ha de ser capaz de sanar a mi hija”. Entonces surgió un ejército de dificultades. “Tú eres cananea”. “Sí, pero fue dicho del Mesías: ‘No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare’; por tanto, iré y probaré con Él; y además está escrito: ‘Los gentiles esperarán en él’; yo soy una mujer gentil, y voy a confiar en Él”. Puedo suponer que ella debatió todo esto en su mente, y habiéndose vencido primero a sí misma, fácilmente venció al dispuesto Salvador. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Posiblemente algunos de ustedes piensen que hay un grado de dificultad en llevar al Señor a salvar a un pecador. No hay ninguno en lo absoluto. La dificultad radica en llevar al pecador a confiar en Jesús. Allí está el trabajo, allí está la labor. En el caso de esta mujer, el conflicto con Jesús fue únicamente externo mas no real. Él ya estaba de su lado. El verdadero conflicto estaba en su propia incredulidad, y cuando su fe demostró ser victoriosa internamente, se tornó victoriosa con Cristo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pecador, no hay ningún obstáculo entre tú y la salvación sino tú mismo. ¿Hablo osadamente? Cristo ha rebajado cada monte en tu camino, y ha rellenado cada valle, y ha hecho una amplia calzada que va desde ti hasta el propio trono de Dios. La dificultad está contigo, no con Dios. ¿Qué pasa contigo, entonces? ¿Puedes confiar en Cristo, querido oyente? ¿Te puedes arrojar por completo sobre Jesús crucificado? Si fuera así, tus pecados te son perdonados, y prosigue tu camino y regocíjate. Pero si no puedes, allí está tu dificultad. ¡Oh, que Dios te ayude a contender con ella! Dudar de Cristo es un pecado, es una crueldad; es un tajo seco sospechar que Él no está dispuesto a perdonar. ¡Desecha, te lo suplico, tu malvada incredulidad! ¡Que Dios el Espíritu Santo te ayude a hacerlo! Ven tal como eres, y descansa en Jesús, y encontrarás vida eterna. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Porción leída antes del sermón: Mateo 15: 21-39.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

	<entry>
		<id>http://es.gospeltranslations.org/wiki/Los_Pensamientos_de_Dios_y_nuestros_Pensamientos</id>
		<title>Los Pensamientos de Dios y nuestros Pensamientos</title>
		<link rel="alternate" type="text/html" href="http://es.gospeltranslations.org/wiki/Los_Pensamientos_de_Dios_y_nuestros_Pensamientos"/>
				<updated>2010-12-30T16:02:56Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|God's Thoughts and Ours}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos! ¡Cuán grande es&amp;lt;br&amp;gt;la suma de ellos!'' Salmo 139: 17 &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Es muy consolador para nosotros creer en un Dios personal y ser capaces de confiar en Alguien que condesciende a pensar amorosamente en nosotros, y a considerar nuestras necesidades y remediar las carencias. No sería muy consolador para nosotros creer en una mera Deidad abstracta, o en lo que algunas personas llaman: “las leyes de la naturaleza” que actuaran por sí mismas, aparte de Dios, o en un sino fijo que nos aplastara como alguna arrolladora fuerza inexorable. Con todo, algunas personas parecieran siempre estar pugnando por alejarse del pensamiento de un verdadero Dios personal: Creador, Preservador, Redentor y Todo-en-todo para Su pueblo. Quienes niegan la historia inspirada de la creación, quisieran que creyéramos que descendemos de los monos, o de algo con menor inteligencia de la que posee incluso un simio; pero yo no podría obtener ningún consuelo de una creencia como esa, aunque fuera cierta; más bien me llena de lástima o de menosprecio por aquellos que pueden ser tan necios como para fomentar tal error. Pero cuando regreso a la revelación de la Biblia concerniente a un Dios personal, revelación que ha sido confirmada por mi propia experiencia espiritual, y cuando compruebo que este Dios personal tiene un interés especial en mí, y piensa en mí con una tierna, amorosa y clemente consideración, entonces, alzo mis manos en adorante asombro, y digo, imitando a David: “¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos! ¡Cuán grande es la suma de ellos!” Sí, se experimenta un gran consuelo cuando se es capaz de decir verazmente: “Padre nuestro que estás en los cielos”; y quienes son realmente hijos e hijas del Dios Todopoderoso, encuentran que su principal deleite consiste en que Él piensa en ellos, y planea todo lo que es para su bien presente así como para el eterno. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''Al abordar nuestro texto, les pido que consideren, primero, CUÁN PRECIOSOS SON LOS PENSAMIENTOS DE DIOS PARA CON NOSOTROS, Y CUÁN PRECIOSO ES QUE PENSEMOS EN ESOS PENSAMIENTOS. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ante todo, permítanme decir que ''el propio hecho de que Dios piense en nosotros es en sí precioso''. Tal vez alguien aquí presente diga: “No sucede así en mi caso; yo estoy bastante alarmado ante el pensamiento de que Dios piense acerca de mí. No es un consuelo para mí decir: ‘Tú eres Dios que ve’; un pensamiento como ese únicamente me llena de terror”. Puedo entender muy bien, querido amigo, cómo te sientes; claro que si sólo piensas en Dios como si fuese un oficial de justicia con una orden de arresto en tu contra, ha de ser una cosa terrible para ti darte cuenta de que Él está pensando en ti; pero supón que fueras Su hijo; ¿no sería entonces para ti un gozo continuo considerar que tu Padre celestial está constantemente pensando en ti? Si estuvieras completamente reconciliado con Él por medio de la muerte de Su Hijo, si no quedara ningún sentido de culpa en tu conciencia, si tú supieras que todos los pensamientos de Dios en cuanto a ti son pensamiento de amor, entonces bendecirías Su nombre por ser tan clemente y amable como para pensar en ti. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, ''quienes sirven al Señor se deleitan en recordar que Él está pensando en ellos''. Después que hemos sido reconciliados con Dios, es un gran privilegio para nosotros gastar toda la fuerza que tenemos en promover Su gloria. Bien, nadie se avergüenza por ser enviado en una buena misión. La mirada de Dios, en vez de ser terrible para el hombre cuyo corazón es recto hacia Él, es uno de sus mayores estímulos. Siente que, aunque sus semejantes no digan nunca: “Bien, buen siervo y fiel”, le basta saber que Dios le ha visto, que Dios guarda un libro de recuerdos, y que, al final, una plena recompensa le será dada a quien es fiel, no por deuda, sino por gracia. Yo no sé qué pasa con ustedes, profesantes holgazanes, que profesan ser salvos pero que hacen poco o nada por Cristo; yo no veo cómo, el hecho de que Dios los esté observando, pueda darles algún consuelo. Si es cierto que ustedes no se pertenecen a ustedes mismos, antes han sido comprados por precio, con la preciosa sangre de Jesús como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ¿acaso pueden pensar tranquilamente que Dios vigila sus horas desperdiciadas, que escucha sus abundantes palabras que no tienen ningún peso, ningún valor intrínseco, y advierte cómo descuidan sus múltiples oportunidades de servir a su día y a su generación? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, por otro lado, en la proporción en la que son constreñidos por el amor de Cristo a instar a tiempo y fuera de tiempo, en esa misma proporción será dulce para ustedes recordar que el Señor los está observando, y que siempre está a su diestra para ayudarlos en su servicio para Él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
También aprendemos la preciosidad de los pensamientos de Dios hacia nosotros ''conforme dependemos sin reserva de Él como el grandioso Señor de la providencia''. De poco les serviría que alguien estuviera pensando en ustedes si los pensamientos de esa persona nunca les proporcionaran ninguna ayuda práctica; pero si tuvieran algún amigo rico que les hubiere prometido, tan pronto como fuera posible, encontrarles una posición en la que serían provistos de todo en tanto que vivieran, no me sorprendería oír que, incluso estando en este servicio, hubieran estado pensando en esa persona con agradecimiento. Sí, habrían estado diciendo: “yo no podría abrirme paso por cuenta propia, pero tengo un amigo que me respalda, que dice que verá que nunca carezca de nada, y me consuela pensar que él está pensando en mí”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Bien, entonces, si la promesa de un amigo terrenal depara tanto consuelo como ese, ¡cuánto más debería ser el caso de ustedes, que cuentan con un Amigo celestial que a la vez es capaz y está dispuesto a cumplir todas Sus promesas! Él está siempre pensando en qué es lo mejor para ustedes, qué requieren hoy y qué requerirán mañana; Él está anticipando siempre sus carencias, está proveyendo ''Elims'' con fuentes de aguas y palmeras mientras ustedes están viajando a través del desierto; y mientras meditan en la forma en que Él está pensando en cómo los bendecirá, y los perfeccionará y los glorificará, Sus pensamientos deben ser, en verdad, preciosos para ustedes. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Una razón por la que los pensamientos de Dios en lo concerniente a nosotros son peculiarmente preciosos, es que ''los hombres sujetos de la gracia anhelan acercarse a Dios''. No están satisfechos con lo que son. Los descarríos de sus pensamientos hacia objetos inferiores son un peso para ellos, y están anhelando continuamente acercarse más a Dios. Si hay un clamor que sube más frecuentemente a nuestros labios que cualquier otro, es este: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Más cerca de Ti, mi Dios,&amp;lt;br&amp;gt;Más cerca de Ti.”'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Pero, ¡ay!, nuestros pensamientos sobre Dios son una ayuda muy pobre para nosotros para llevarnos más cerca de Él; flaquean, y se cansan y pronto mueren; pero los pensamientos de Dios para nosotros son poderosos, como Dios mismo lo es, y ellos, como cuerdas irrompibles sujetadas firmemente a nosotros, nos están atrayendo siempre más cerca de Él. El pensamiento conduce a la acción, y que Dios piense en nosotros conduce a la acción práctica de atraernos más cerca de Él mismo. Entonces el hecho de que esté pensando continuamente en nosotros, nos anima a creer que un día estaremos junto a Él, y seremos aptos para estar junto a Él, siendo conformados perfectamente a la imagen de Cristo, y conducidos a la comunión más cercana posible con Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y ''entre más nos acerquemos a Dios, más preciosos se volverán para nosotros Sus pensamientos acerca de nosotros''. Si no fuéramos tan bebés en Cristo, y tan carnales, valoraríamos cada migaja de la mesa de nuestro Padre, y sobre todo, cada pensamiento de la mente de nuestro Padre. Deberíamos valorar, muy por encima del oro y los rubíes, lo que podría llamar: las incursiones ordinarias de la mente divina en Sus arreglos providenciales para con nosotros; pero deberíamos valorar mucho más esos pensamientos profundos, eternos e infinitos, que ya han asegurado nuestra salvación, y que, en breve, completarán nuestra santificación y también nuestra glorificación. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''Ahora, en segundo lugar, hay ALGUNOS PUNTOS EN CONEXIÓN CON LOS PENSAMIENTOS DE DIOS HACIA NOSOTROS QUE LOS VUELVEN MUCHO MÁS PRECIOSOS PARA NOSOTROS. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y, primero, recordemos que ''los pensamientos de Dios acerca de nosotros son sempiternos''. Cuando comenzamos a pensar en los pensamientos de amor de Jehová en relación a Su pueblo, tenemos que retroceder más allá de la región del tiempo, y llegar adonde todas las fechas se pierden en el mar sin orillas de la eternidad. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amados, ustedes fueron amados por su Dios mucho antes de que creara el mundo; sí, desde la eternidad tuvo pensamientos de amor hacia ustedes; entonces, ¿acaso esos pensamientos no deberían ser preciosos para ustedes? Además, como fueron desde la eternidad, también serán hasta la eternidad; Dios estará pensando amorosamente en ustedes cuando el sol, y la luna y las estrellas hayan cumplido su misión, y hayan sido olvidados, y cuando todas las cosas que los hombres consideran ahora sólidas y duraderas, se hayan disuelto como la burbuja sobre la cresta de la ola, y hayan desaparecido para siempre. Dios los ha vinculado de tal manera con Su Hijo que ha hecho que tengan una vida que es eterna, que no puede morir nunca. Todas las otras cosas han de perecer, y las columnas del universo han de desmoronarse y deteriorarse, y toda la creación visible ha de desplomarse con un estruendoso estrépito; sin embargo, ustedes, los amados del Señor, morarán a salvo con Él: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Lejos de un mundo de dolor y pecado&amp;lt;br&amp;gt;Compartiendo eternamente con Dios”.'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Sus pensamientos siempre estarán dirigidos hacia ti; Él no te olvidará nunca. Nunca ha habido un momento en el pasado cuando no haya pensado en ti; incluso en tus años de pecado, Él te miraba con ojos piadosos; en tu depresión más profunda, Su corazón estaba lleno de simpatía por ti; nunca ha habido una hora, en las quietas vigilias de la noche, o en medio de los cuidados y las actividades del día, en que no hubiera estado pensando siempre en ti, tanto, como si tú fueras el único ser que hubiere creado jamás. Desde el principio el Señor te ha estado mirando y pensando en ti como si fueras el único centro de Su íntegra atención, y así continuará pensando en ti incesantemente. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los pensamientos del Señor acerca de ti son especialmente preciosos porque ''han sido siempre pensamientos de amor''. Incluso cuando estabas muerto en delitos y pecados y Él odiaba tus pecados, no te odiaba a ti, pues te amó con un amor sempiterno. &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Te vio arruinado en la caída,&amp;lt;br&amp;gt;Pero te amó a pesar de todo;&amp;lt;br&amp;gt;Te salvó de tu estado perdido,&amp;lt;br&amp;gt;¡Oh, cuán grande es Su misericordia!”'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Este es el amor del que Pablo escribió a los Efesios: “Su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados.” Y a partir de su conversión, los pensamientos de Dios sobre ustedes han sido pensamientos de amor. Él los ha golpeado dolorosamente hasta que llegaron a sentir que seguramente tenía que ser enemigo de ustedes, pero no fue así, pues nunca ha habido, en el grandioso corazón de Dios, otra cosa sino amor por ustedes. Si: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Nos azotara con aflicciones,&amp;lt;br&amp;gt;Enviara una cruz para cada día”;'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
eso no sería una prueba de enojo hacia nosotros; por el contrario, es una muestra de Su afecto: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Todo para hacernos sentir&amp;lt;br&amp;gt;Enfermos del yo, y apasionados de Él”.'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Además de esto, ''los pensamientos de Dios acerca de nosotros han sido siempre pensamientos sabios''. No han sido pensamientos casuales como los que pasan por las mentes de los hombres mientras viajan rápidamente por tierra o en tren, cuando advierten simplemente este objeto por aquí y aquel otro por allá; pero los pensamientos de Dios contienen infinitamente más en ellos que los más profundos pensamientos que los hombres jamás pudieran tener. Ustedes saben que hay muchas maneras de pensar en una cierta cosa; pueden pensar en ella de tal manera de guardarla simplemente en el recuerdo, o pueden pensar en ella tan intensamente como para permanecer despiertos en la noche, dándole vueltas en su mente, viéndola desde todos las perspectivas para poder entender todas sus implicaciones. Pueden pensar en ella con la cuidadosa consideración que un abogado le da a un importante caso por el que está a punto de argumentar, o que un inventor da a los intrincados detalles de una máquina que está buscando perfeccionar. Una consideración como esa, sólo que de un orden infinitamente más excelso, es la que Dios da a cada uno de Sus hijos. Él está arreglando continuamente aquello que es para su mayor bien en Sus tratos providenciales con ellos, y pensando constantemente y trabajando en su favor con el propósito final de llevar a muchos hijos a la gloria. Los pensamientos de Dios son siempre sabios, pero son tan elevados comparados con nuestros pensamientos, que no podemos alcanzarlos; sin embargo, entre más podamos comprenderlos, más sabiduría y prudencia percibiremos en ellos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, ''estos pensamientos de Dios hacia nosotros son prácticos de manera preeminente''. Dios pensó de tal manera en ustedes, hermanos y hermanas en Cristo, como para ordenarlos para vida eterna. El siguiente decreto fue pronunciado en relación a toda la Iglesia del Dios viviente: “Serán para mí especial tesoro, ha dicho Jehová de los ejércitos, en el día en que yo actúe.” No sólo hubo un decreto divino concerniente a ellos, sino que hubo un pacto eterno realizado entre el Padre y el Hijo, mediante el cual, la salvación eterna de todos los elegidos es asegurada infaliblemente. Más que eso, en la plenitud del tiempo, esos eternos pensamientos de amor asumieron un efecto práctico en el don del primogénito y bienamado Hijo de Dios para que muriera por Su pueblo: “el Justo por los injustos, para llevarnos a Dios.” Estos pensamientos de Dios fueron implementados, además, por la venida a nuestros corazones del Espíritu Santo, de tal manera que ahora, a través de Su poder y energía divinos, hemos sido convertidos, renovados en el espíritu de nuestras mentes, ayudados hasta este punto en nuestra ruta al cielo, y consolados con la plena seguridad de que, en el tiempo señalado, seremos conducidos a la inmediata presencia de nuestro Padre celestial, perfectos y completos. Ustedes ven, amados, que los pensamientos de Dios hacia nosotros deberían ser sumamente preciosos para nosotros porque son de un carácter tan práctico que nos traen bendiciones, temporales y espirituales, que gozamos diariamente. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''III. '''Ahora, en tercer lugar, notemos brevemente ALGUNAS OCASIONES EN LAS QUE LOS PENSAMIENTOS DE DIOS SON PECULIARMENTE PRECIOSOS PARA NOSOTROS. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así es ''cuando hemos sido traicionados y abandonados por algunos en quienes hemos confiado''. Cuando el hombre que comía pan con nosotros alzó en contra nuestra el calcañar, entonces nos volvemos a nuestro siempre fiel Amigo, y nos regocijamos de saber que ''Sus'' pensamientos concernientes a nosotros nunca son falsos ni traicioneros. Él es el Amigo que nos acompaña más íntimamente que un hermano; Él es siempre veraz aunque todos los demás comprueben ser mentirosos. Ahitofel puede abandonar a su rey, Judas puede traicionar a su Señor, y nosotros, en nuestra medida podríamos saber qué significa ser abandonados y traicionados; pero los pensamientos de Dios hacia nosotros serán, en todo momento, pensamientos de amor y de fidelidad. Vana fue la confianza que pusimos en algunos que salieron de nosotros porque no eran de nosotros; pero Dios no nos ha abandonado nunca, siempre ha estado pensando en nosotros para bien y, entonces, Sus pensamientos son peculiarmente preciosos para nosotros. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
También lo son ''cuando somos tratados con desdén por nuestros compañeros cristianos y por otros que deberían estimarnos''. Ha de ser muy duro continuar afanándose en alguna oscura esfera sin recibir una palabra amable o una sonrisa alentadora de alguien; vivir, tal vez, como un sirviente en una familia, esforzándose por cumplir fielmente con el deber, y sin embargo, no encontrarse nunca con el más leve aliciente procedente de quienes gobiernan la casa; o trabajar denodadamente como trabajadora social y vendedora de Biblias o como un misionero citadino en algún distrito relegado, y tener tan poco éxito que tu superintendente te mira como si no estuvieras haciendo nada. Puedo imaginar cuán doloroso ha de ser para tu espíritu sensible, y cuán consolador es para ti pensar: “Bien, Jesús sabe todo acerca de esto, y Sus pensamientos valen mucho más que los pensamientos de los hombres, pues Él puede leer mi corazón, y Él puede ver que es el amor por Él lo que me constriñe a hacer para Su servicio todo lo que pueda. Los hombres me podrán llamar necio, pero si mi Señor sabe que yo sólo deseo ser un necio por Su causa, si Él considera que yo estoy sirviéndole fielmente hasta donde mi capacidad me lo permite, ¡cuán preciosos son Sus pensamientos para mí!” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Este es también especialmente el caso ''cuando nuestras palabras y nuestras acciones son interpretadas siniestramente y son tergiversadas''. Algunos de nosotros sabemos lo que significa esta prueba. Cuando hemos intentado ser desinteresados, y realmente lo hemos sido, los hombres han dicho a veces que hemos actuado por algún siniestro motivo. Cuando hemos hablado con suma claridad y simplicidad, hemos sido malentendidos con frecuencia, y peor todavía que eso, hemos sido tergiversados intencionalmente; bien, ¿qué pasa entonces? Nuestro Padre celestial conoce la sinceridad de nuestros motivos y el significado de nuestras palabras, así que retiramos todo el caso de esta corte inferior donde las lenguas humanas altercan y causan contiendas, y apelamos a la Corte suprema del Tribunal superior de Justicia del Rey del cielo. Nuestra petición es: “¡Oh Señor, da Tú el veredicto en este caso! ¡Tú sabes quién ha deseado servirte fielmente, y hablar Tu verdad con valor; pronuncia Tú un veredicto justo que nadie pueda contradecir!” En momentos como esos, el hecho de que Dios piense en nosotros es peculiarmente precioso para nosotros. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así sucede ''en tiempos de perplejidad'', cuando somos, como dijo Bunyan: “catapultados hacia arriba para caer desplomados en nuestros pensamientos”. Yo supongo, queridos amigos, que algunas veces se hunden en una condición tal que, aunque tengan todas las fuerzas de la omnipotencia a su disposición, están tan distraídos que no saben cómo hacer uso de ellas. Están en un lugar donde se encuentran dos océanos, y una ola tras otra pasa sobre ustedes, y temen ser anegados. No saben qué hacer, no pueden pensar en ninguna vía de escape para su perplejidad. Bien, entonces, no traten de hacerlo, dejen incluso de pensar en el asunto, y refiéranlo al grandioso Pensador cuya mente maestra puede extraer bien del mal, luz de las tinieblas, y orden de la confusión. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Los pensamientos de Dios son también preciosos para nosotros ''cuando nuestros propios pensamientos son resplandecientes y jubilosos''. El cristiano genuino no acude a su Dios meramente en sus momentos de tribulación, sino que se deleita en el Señor en todo tiempo y bajo cualquier circunstancia. Piensa en Él cuando está en tierra de sequedad, pero no se olvida de Él en tierra de paz y abundancia, pues canta entonces: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Si la paz y la abundancia coronan mis días,&amp;lt;br&amp;gt;Me ayudan, Señor, a proclamar Tu alabanza.”'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Sus pensamientos más esplendentes, amados, han de ser siempre aquellos que conciernen a su Señor; y por sobre todos los gozos de la tierra, dejen que este gozo se eleve hasta el propio cenit: que su Padre celestial piensa en ustedes. Esta es una mejor fortuna para ustedes que la abundancia de oro y plata; esta es una mejor protección para ustedes que la amistad de millones de millones de amigos terrenales; esta es una mayor consolación que la que jamás les pudieran proporcionar los consuelos del tiempo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En tus horas más resplandecientes, creyente, espero que aún digas con el salmista: “¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos! ¡Cuán grande es la suma de ellos!” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''IV. '''Mi tiempo se ha acabado, pero quiero darles solamente UNAS CUANTAS OBSERVACIONES PRÁCTICAS QUE SURGEN DE ESTE TEMA. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La primera es esta: ''si los pensamientos de Dios son tan preciosos para nosotros, ¡cuán grandemente preciosas deberían ser Sus palabras''! Aquí, en este inspirado volumen, tienen ustedes los pensamientos encarnados del Divino Pensador, si puedo usar la palabra en ese sentido, y por tanto, quisiera que valoraran muy altamente cada palabra de este bendito Libro. Hay muchas personas en nuestros días que rehúsan creer en la inspiración verbal de las Escrituras, pero yo no puedo ver cómo el sentido de la Escritura puede ser inspirado, si las palabras con las que ese sentido es expresado, no son inspiradas también. Yo creo que las propias palabras, en el hebreo y griego originales, fueron reveladas desde el cielo; y a pesar de cualquier objeción que pudiera ser presentada desde cualquier perspectiva, nunca me he podido desembarazar de la firme creencia que, si renuncio a las palabras de mi Señor, renunciaría también a Sus pensamientos. No puedo amar bien el alma de un hombre sin sentir también un afecto por su elemento corporal; no puedo amar los pensamientos de Dios, que son el alma de Su revelación, sin amar las palabras que son el cuerpo en el que nos llega. No se entrometan con las palabras de la Escritura, ni siquiera con una letra de ella, sino más bien digan: “¡Cuán preciosas me son, oh Dios, tus ''palabras''! ¿Acaso no hemos conocido momentos en los que la bendición que hemos recibido de algún texto ha llegado a nuestros corazones, no tanto procedente del pensamiento principal contenido en él, sino del uso de una palabra especial? Algunos de nosotros, al recurrir a nuestros Testamentos en griego, nos hemos quedado perfectamente asombrados al encontrar que se usó una palabra particular que ha respondido exactamente a la situación en la que nos encontrábamos; y si el Espíritu Santo hubiera movido al escritor a usar cualquier otra palabra, no sería tan apropiada para las circunstancias en las que no encontrábamos entonces. Le alabamos por seleccionar esa precisa palabra, y no cualquiera de sus sinónimos, que no habrían respondido precisamente a nuestro caso. Por tanto, hermanos y hermanas en Cristo, valoren las palabras de Dios por encima de todo lo demás que posean. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, que se leyera más la Biblia! Me temo que esta es una época en la que se lee casi cualquier otra cosa excepto aquello que más vale la pena leer. Yo creo que muchas personas que se profesan cristianas, envenenan positivamente sus mentes y obstruyen todas las avenidas del sentido, con grandes cantidades de aserrín, tamo y desperdicios que extraen de su lectura liviana que un hombre podría leer por toda la eternidad, sin ser jamás mejor por ello. Sin embargo, en todo momento, hay libros sólidos, sobrios e interesantes, llenos de valiosa información e instrucción, que permanecen sin ser leídos; y, lo peor de todo es que, el Libro de Dios, la propia Biblia, yace olvidada en la repisa. Los verdaderos lectores y escudriñadores de la Biblia jamás la encuentran tediosa. Los que menos conocen la Biblia, la disfrutan menos, y la aman más, los que más la leen. La encuentran más nueva quienes la han conocido más tiempo, y quienes descubren que el pasto es más apetitoso, son aquellos cuyas almas han sido alimentadas de él por mayor tiempo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando uno de nuestros misioneros tuvo que leer un cierto Libro del Antiguo Testamento completo cien veces mientras lo estaba traduciendo, dijo que en verdad disfrutó más la centésima vez que lo leyó que la primera vez, pues lo entendió mejor, y le parecía que lo encontraba más lleno y más vivo entre más se familiarizaba con él. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A continuación, así como los pensamientos de Dios son tan preciosos para nosotros, ''las acciones de Dios, que surgen de Sus pensamientos, deberían ser también preciosas para Su pueblo''. Deberían serlo, pero, ¿acaso lo son? Tal vez, una de las acciones de Dios haya sido abatir con una enfermedad a uno que es muy querido para ti; ¿puedes decirle a Dios: “Cuán preciosa es esa acción”? No; meneas tu cabeza, pues no puedes decir eso. Posiblemente hayas tenido una gran pérdida hoy, y esa pérdida vino por un acto directo de Dios. Ahora, Dios primero pensó, luego actuó, y te quitó algo que tú valorabas grandemente. Tú dices que no puedes ver ninguna preciosidad en eso; pero si juzgaras de conformidad a la fe, y no de acuerdo al sentido, dirías: “Sí, Señor, esta aflicción es preciosa para mí porque creo que viene de ti, y no sólo me someteré a ti, sino que te agradeceré por ello, e incluso me enamoraré de la cruz que Tú pones sobre mí.” Cuando miramos en retrospectiva nuestra experiencia pasada, vemos cuán preciosas nos han sido nuestras tribulaciones. Alguien dijo: “Regrésenme mi lecho de flaqueza, regrésenme los dolores y dolencias que sufrí en aquella larga enfermedad aflictiva, si sólo pudiera tener tal gozo de la presencia de mi Señor como lo tuve entonces”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, para concluir, sólo permítanme decir que, como los pensamientos de Dios son tan preciosos para nosotros, ''deberíamos hacer la mejor retribución que podamos pensando mucho en Él''. Tú, creyente, estás desposado con Cristo, y como Esposo tuyo, está siempre pensando en ti, ¿acaso puedes estar contento de vivir sin pensar con frecuencia en Él? ¿Has vivido a lo largo de este día sin haberte acordado de Él? ¿Has estado tan ocupado con los afanes y los cuidados de esta vida que te has olvidado de Él, que te ha dado una vida más excelsa, más noble y mejor que esta? Si ese ha sido el caso contigo, entonces, sonrójate de pura vergüenza, y pide el perdón de tu Señor, y ésta ha de ser tu sincera oración ahora: “Señor Jesús, Tú estás siempre atento de mí; por tanto, por medio de la bendita obra de Tu clemente Espíritu, haz que siempre esté atento de ti.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me temo que estoy dirigiéndome a muchísimas personas que no piensan en Dios a menudo, y que hay algunos de ustedes para quienes sería un consuelo si no hubiese un Dios del todo. O, si piensan en Él, Él es únicamente un Ser todopoderoso de quien están horrorizados porque temen que los castigará por sus pecados. Entonces reciban un aviso por medio de sus propios pensamientos acerca de Dios, y busquen ser reconciliados con Él para que no tengan por más tiempo una causa para temer Su justa ira. Esa reconciliación puede ser obtenida por una simple fe en el Señor Jesucristo. Él es el único Mediador entre Dios y los hombres; entonces, si ponen su caso en Sus manos, y le piden que actúe como su Abogado, Él les revelará, por Su Espíritu, la gloriosa verdad que la reconciliación fue efectuada hace mucho tiempo, cuando entregó Su vida en la cruz del Calvario. Entonces, cuando hayan recibido esta bendita seguridad, pensar en Dios será su deleite continuo consistirá, y saber que Él está pensando en ustedes será su constante bienaventuranza; y dirán, en las palabras de nuestro texto: “¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos! ¡Cuán grande es la suma de ellos!”&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

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		<id>http://es.gospeltranslations.org/wiki/La_extra%C3%B1a_selecci%C3%B3n_de_Dios</id>
		<title>La extraña selección de Dios</title>
		<link rel="alternate" type="text/html" href="http://es.gospeltranslations.org/wiki/La_extra%C3%B1a_selecci%C3%B3n_de_Dios"/>
				<updated>2010-12-30T15:56:44Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|God's Strange Choice}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios&amp;lt;br&amp;gt;según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo&amp;lt;br&amp;gt;necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo&amp;lt;br&amp;gt;débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del&amp;lt;br&amp;gt;mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para&amp;lt;br&amp;gt;deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia”. ''1&amp;lt;br&amp;gt;Corintios 1: 26-29. &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
El apóstol Pablo es guiado a confesar que Cristo Jesús fue menospreciado tanto por los judíos como por los gentiles. Confesó que esto no era ninguna causa de tropiezo para él, pues lo que otros consideran una necedad, era tenido por él como sabiduría, y se regocijaba porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres. Sin embargo, para que nadie en la iglesia de Corinto tropezara por el hecho de que Cristo fue menospreciado, el apóstol procede a mostrar que esta es la manera general de proceder de Dios: selecciona los instrumentos que los hombres desprecian porque así recibe toda la gloria cuando alcanza Su propósito por su medio; y como prueba de ello, Pablo los remite al ejemplo de su propia elección y llamamiento: “Pues mirad, hermanos, vuestra vocación”, -les dice- “que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles”, sino, ustedes, que son pobres, iletrados, despreciados, ustedes, han sido llamados exactamente por la misma razón: para que Dios sea todo en todo y nadie se jacte en Su presencia. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es claro para todo el que observe la Escritura o los hechos, que Dios nunca tuvo la intención de hacer que Su Evangelio se ajustara a la moda; que lo último que hubiera pensado sería seleccionar a ''la élite ''de la humanidad y acumular dignidad para Su verdad, partiendo de las galas llamativas del rango y de la posición. Por el contrario, Dios ha retado a todo el orgullo de la condición humana; ha arrojado cieno al rostro de toda la excelencia humana, y con el hacha de combate de Su fuerza, ha partido en dos el escudo de armas de la gloria del hombre. “A ruina, a ruina, a ruina lo reduciré”, parecería ser el propio lema del Señor de los Ejércitos, y lo será “hasta que venga aquel cuyo es el derecho, y yo se lo entregaré”, porque Suyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No hay doctrina más humillante, en verdad, que la doctrina de la elección, y es por esta razón que el apóstol Pablo hace referencia a ella: para que los discípulos de Corinto estuvieran muy contentos de seguir al humilde y menospreciado Salvador que lleva Su cruz, porque la elección de gracia se compone de los humildes y despreciados quienes, por esa misma razón, no pueden sentirse avergonzados de seguir a Uno que, como ellos mismos, fue despreciado y desechado entre los hombres. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces, abordando de inmediato nuestro texto, primero observaremos en él, muy claramente, ''al Elector''; en segundo lugar, veremos ''una extraña elección''; luego, observaremos ''a los elegidos''; y cuando hayamos considerado un poco todo, reflexionaremos sobre ''las razones que Dios ha dado para Su elección'': que “nadie se jacte en su presencia”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''Primero, entonces, remontémonos a las alturas sobre las alas del pensamiento esta mañana para considerar, por un momento, al ELECTOR. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Algunos hombres son salvados y otros hombres no son salvados; sigue siendo siempre un hecho incuestionable que algunos entran en la vida eterna y otros persiguen el mal y perecen. ¿Cómo se propicia esa diferencia? ¿Cómo es que algunos se remontan al cielo? La razón por la que algunos se hunden en el infierno es su pecado. No se vuelven a Dios y, por tanto, perecen voluntariamente por sus propias acciones y obras. Pero, ¿cómo es que otros son salvados? ¿A quién pertenece la voluntad que establece esa diferencia? El texto responde esa pregunta de manera sumamente perentoria tres veces: ''“escogió Dios, escogió Dios, escogió Dios”. ''La gracia encontrada en cualquier hombre, y la gloria y la vida eterna alcanzadas por algunos, son enteramente dones de la elección de Dios, y no se otorgan según la voluntad del hombre. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esto quedará muy claro para cualquier persona atenta, si antes que nada consideramos ''los hechos''. Dondequiera que encontramos un caso de elección en el Antiguo Testamento, es Dios quien manifiestamente la realiza. Retrocedan, si quieren, a los tiempos de la mayor antigüedad. Los ángeles cayeron. Una multitud de espíritus resplandecientes que rodeaban el trono de Dios y cantaban Sus alabanzas, fueron engañados por Satanás y cayeron en pecado. La gran serpiente arrastró consigo a la tercera parte de las estrellas del cielo: cayeron en desobediencia; fueron condenados a cadenas y al fuego eterno para siempre. El hombre pecó también. Adán y Eva quebrantaron el pacto con Dios y comieron del fruto prohibido. ¿Fueron ellos condenados al fuego eterno? No; sino que Dios, en la plenitud de Su gracia, susurró esta promesa al oído de la mujer: “la simiente de la mujer herirá la cabeza de la serpiente”. Algunos hombres son salvados, pero ningún demonio es salvado. ¿Por qué? ¿Fue el hombre la causa de la diferencia? ¡Silencio, vano fanfarrón que sueñas con tal cosa! Dios mismo es quien testifica: “Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca”. Fue por una soberanía como ésta que el Señor declaró virtualmente: “Yo me propongo y decreto que de la raza del hombre salvaré a una multitud que ningún hombre puede contar, que serán los vasos de mi misericordia; en cambio, aquellos ángeles que una vez fueron mis siervos, vindican el terror de mi justicia y la majestad de mi equidad”. Esto no lo cuestiona nadie. Nunca he oído al mayor ultra pelagiano presentar un argumento a favor del diablo. He oído acerca de Orígenes que pareció argumentar que Satanás debería ser incluido en la ley general de la misericordia, pero muy pocas personas hablan así en nuestros días. Aquí tenemos un ejemplo de elección: algunos de la raza humana son salvados y algunos de la raza angélica fueron entregados a la perdición para siempre. ¿Quién podría haber efectuado esa distinción, sino el propio Jehová? Y debemos decir esto de nuestra raza favorecida: “escogió Dios”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No nos quedamos perplejos cuando vemos a la misma soberanía discriminatoria obrando entre los individuos de nuestra propia raza. En la época patriarcal todos los hombres, con muy pocas excepciones, estaban sumidos en el paganismo; había unos pocos patriarcas que, elegidos por Dios, permanecían siendo todavía fieles a la pura adoración del Altísimo. El Señor resolvió adoptar a un pueblo especial, que habría de leer los oráculos de Dios y preservar y mantener la verdad, y seleccionó a Abram como el progenitor de la raza elegida. ¿Eligió Abram a Dios, o Dios llamó y eligió a Abram? ¿Había naturalmente algo en Abram que le diera derecho a ser el siervo del Altísimo? Contamos con una prueba muy contundente en la Escritura de que no había nada en Abram. Por el contrario, es descrito como un sirio digno de perecer, y su raza era como las demás, corrompida por la idolatría, por no decir algo peor; sin embargo, fue llamado a salir del Este, y fue constituido en el padre de los fieles por la propia voluntad especial de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Permítanme preguntarles: ¿qué había en los judíos, para que fueran bendecidos con profetas, con los sacrificios, y con los ritos y ordenanzas de la verdadera adoración, en tanto que todas las demás naciones fueron dejadas para que se inclinaran delante de dioses de madera y piedra? Sólo podemos decir que Dios lo hizo; Su voluntad separa a la raza de Israel y deja al resto en el pecado. Tomen cualquier caso particular de gracia divina mencionado en el Antiguo Testamento, por ejemplo, el caso de David. ¿Encontramos que David escogió el trono, que David se seleccionó y se apartó para ser el mensajero escogido por Dios para Israel? ¿Acaso había alguna aptitud manifiesta en el menor de los hijos de Isaí? No, por el contrario, los hombres habrían elegido a sus hermanos; incluso Samuel dijo: “De cierto delante de Jehová está su ungido”, cuando vio que se presentó Abinadab (1). Pero Dios no mira lo que mira el hombre, y Él había elegido al rubio David para ser rey en Jesurún. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Así podríamos multiplicar los casos, pero sus propios pensamientos me ahorrarán mis palabras. Todos los hechos del Antiguo Testamento sirven para mostrar que Dios hace lo que quiere con los ejércitos del cielo y entre los habitantes de este mundo inferior; Él abate y ensalza; Él alza del muladar al mendigo y lo coloca entre los príncipes de Su pueblo. Escogió Dios, escogió Dios, y no el hombre. “Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Contemplemos el asunto bajo otra luz. Es claro que la voluntad del Señor tiene que determinar el asunto si consideramos Su oficio y posición para con los hombres. El oficio de Dios: Dios es un rey. ¿Acaso no hará el rey lo que le plazca? Los hombres establecen una monarquía constitucional, y están en lo correcto; pero si se pudiera encontrar un ser que fuera la perfección misma, entonces una forma absoluta de gobierno sería innegablemente lo mejor. De cualquier manera, el gobierno de Dios es absoluto, y aunque nunca viola la justicia pues Él es la santidad y la verdad misma, no obstante considera esta joya de Su corona como la más preciada que posee. “Yo soy, y fuera de mí no hay más”. Él no rinde cuentas de Sus asuntos. A todas las preguntas les da esta respuesta: “Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?” La posición absoluta de Dios como rey, especialmente en la obra de salvación, exige que Su voluntad sea la gran fuerza determinante. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Expongamos un caso y ustedes lo verán. Un grupo de criminales se encuentra encerrado en prisión, y todos sus integrantes merecen la muerte. Su culpa es la misma. Si todos ellos son llevados a la ejecución mañana por la mañana, nadie podría decir una palabra en contra de la justicia. Ahora, si algunas de estas personas fueran perdonadas, ¿quién tendría la jurisdicción para perdonarlas? ¿Acaso sería el propio criterio de ellas? Es cierto que sería sumamente benevolente que se les enviara un mensajero y se les pidiera que se presentaran y recibieran la misericordia perdonadora si acaso quisieran venir; pero supongan que todas esas personas, al unísono, rehusaran ser salvadas; supongan que habiendo sido invitadas para ser salvadas, cada una de ellas rehusara aceptar el perdón; si en tal caso la misericordia superior determinara hacer a un lado sus perversas voluntades, y se propusiera lograr que algunas de ellas fueran eficazmente salvadas, ¿a quién le correspondería la selección? Si se les dejara a las personas involucradas, todas ellas insistirían en elegir la muerte en lugar de la vida. Por tanto, sería inútil dejarles la decisión a ellas. Además, dejar el atributo de la misericordia en manos de un criminal sería un modo de proceder sumamente extraño. No, ha de ser el rey, ha de ser el rey el que diga quién ha de ser perdonado por misericordia, y quién ha de morir de acuerdo con la norma de justicia. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La posición de Dios como rey y la posición de los hombres como criminales, exigen que la salvación dependa de la voluntad de Dios; y, en verdad, es mejor que lo dejemos a Su voluntad que a nuestro propio criterio, pues Él es más benevolente con nosotros de lo que somos con relación a nosotros mismos; Él está más lleno de amor por el hombre que el hombre mismo. Él es justicia, Él es amor: justicia en la plenitud del esplendor, amor con un ilimitado poder. La misericordia y la verdad se han reunido en Él y se han besado mutuamente, y es muy bueno, es muy bueno, es lo mejor de todo que le correspondan a Él, el gobierno y la administración de la salvación. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora les presentaremos unas cuantas figuras de las que utiliza la Escritura en conexión con la obra de salvación, y pienso que verán entonces que la voluntad debe corresponderle a Dios. La salvación consiste en parte en ''una adopción''. Dios adopta en Su familia a pecadores que eran herederos de la ira, igual que los demás. ¿Quién debería tener autoridad en el asunto de la adopción por gracia? ¿Acaso los hijos de ira? Ciertamente no; y sin embargo, ¡todos los hombres son hijos de ira! No; es acorde con la naturaleza, con la razón y con el sentido común que nadie sino los padres pueden tener la discreción de adoptar. Como padre, si alguien deseara entrar en mi familia, tengo el derecho de adoptar o rehusar adoptar a la persona en cuestión; ciertamente nadie puede tener un derecho a imponerse a la fuerza en mi vida, ni decirme que voy a ser considerado como su padre reconocido. Yo digo que de conformidad a la razón y al sentido común, el derecho debe estar del lado del padre; y en la adopción, debe ser Dios quien elija a Sus propios hijos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, la Iglesia es descrita como ''un edificio''. ¿Sobre quién recae la arquitectura del edificio? ¿Recae en el edificio mismo? ¿En las piedras? ¿Acaso las piedras se seleccionan a sí mismas? ¿Acaso la piedra que está en aquel rincón eligió su lugar? O aquella piedra que está colocada en los cimientos, ¿acaso seleccionó su propia posición? No; únicamente el arquitecto dispone de sus materiales elegidos de acuerdo a su propia voluntad; y así, en la construcción de la Iglesia, que es la gran casa de Dios, el grandioso Maestro de Obras reserva para Sí la selección de las piedras y los lugares que ocuparán. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tomen un caso todavía más aparente. La Iglesia es llamada ''la esposa de Cristo''. ¿Acaso alguno de los aquí presentes estaría de acuerdo que le fuere impuesta una esposa? No hay nadie entre nosotros que se rebajaría por un solo instante a renunciar a sus derechos para elegir a su propia esposa; y ¿acaso Cristo dejaría al azar y a la voluntad humana la decisión de quién habría de ser Su esposa? No; mi Señor Jesús, el Esposo de la Iglesia, ejerce la soberanía que Su posición le confiere, y selecciona a Su propia esposa. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, se dice que nosotros somos ''miembros del cuerpo de Cristo''. David nos informa que, en el libro de Dios: “Estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas”. Según esto, el cuerpo de todo hombre tiene sus miembros registrados en el libro de Dios. ¿Ha de ser el cuerpo de Cristo una excepción a esta regla? ¿Acaso aquel grandioso cuerpo de divina humanidad, Cristo Jesús, el Salvador místico, habría de ser formado de acuerdo a los caprichos y deseos del libre albedrío, mientras que otros cuerpos, sustancialmente inferiores, tienen sus miembros escritos en el libro de Dios? No debemos soñar así. Sería una plática ociosa y sería desconocer el significado de las metáforas de la Escritura. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me parece claro, de conformidad a las figuras e ilustraciones de la Escritura, que la selección final de los hombres que serán salvados, debe corresponderle a Dios. ¿Acaso no es confirmado esto, queridos amigos, por su propia experiencia? Lo es en cuanto a mí. Podría haber algunos que odian esta doctrina; hay muchos o al menos podría haber algunos cuyas bocas echan espuma mientras nos oyen hablar así de la soberanía de Dios, pero yo confieso que toca un resorte secreto de mi naturaleza que me obliga a llorar cuando nada más puede hacerlo. Hay algo en mi conciencia que parece decirme: “Él tiene que haberme elegido, pues yo nunca habría podido elegirle”. Yo estaba resuelto a vivir en pecado; yo era propenso a descarriarme; yo era aficionado a la iniquidad; yo tragaba el mal como el buey bebe su porción de agua; y ahora, salvado por la gracia, ¿me atrevería por un solo instante a imputar esa salvación a mi propia elección? Yo en verdad elijo a Dios muy libremente, muy plenamente, pero debe ser por alguna obra previa realizada en mi corazón que cambió ese corazón, pues mi corazón empedernido nunca habría podido elegirle. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amado, ¿no sientes en este preciso instante que la inclinación natural de tus pensamientos es apartarse de Dios? Si la gracia de Dios te fuera quitada, ¿qué serías de ti? ¿Acaso no eres como el arco que se dobla mientras la cuerda lo mantiene así, pero si cortaran esa cuerda, recobraría de inmediato su antigua posición? ¿No sucedería así contigo? Si la poderosa gracia de Dios te fuera retirada, ¿no regresarías de inmediato a tus antiguos caminos? Bien, entonces ves claramente que incluso ahora que has sido regenerado, tu naturaleza corrompida no elige a Dios, y mucho menos le habría podido elegir cuando no había una nueva naturaleza que la mantuviera a raya y la controlara. Mi Señor les mira a la cara, oh ustedes, pueblo suyo, y les dice: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros”; y cada uno de nosotros siente que Él despierta un eco en nuestros corazones, pues respondemos: “Sí, Señor, nosotros no te hemos elegido en nuestro estado natural, pero Tú nos has elegido, y a Tu libre y soberana elección sea la honra por los siglos de los siglos”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''Que podamos sentir las influencias presentes del Espíritu Santo mientras reflexionamos sobre LA ELECCIÓN MISMA. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El Señor está a punto de elegir a un pueblo que dará honra a la cruz de Cristo. Ellos han de ser redimidos por la sangre preciosa y han de ser, en algún sentido, una digna recompensa por los grandes sufrimientos de Jesús. Observen ahora cuán ''extraña ''es la selección que hace. Leo con asombro: “Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles”. Si el hombre hubiera recibido el poder de elegir, estas serían justamente las personas que habrían sido seleccionadas. “Sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil y lo menospreciado…” Si el hombre hubiera realizado la selección, estas son exactamente las personas que habrían sido dejadas fuera. La selección es muy extraña, muy extraña; yo creo que incluso en el cielo será objeto de eterno asombro, y excepto por las razones dadas en nuestro texto, nos quedaríamos perplejos sin saber por qué pasó por alto, con escarnio divino, los palacios de los encumbrados reyes, y buscó a los de innoble cuna y a los humildes para hacerlos el objeto de Su selección. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Observen que, a la par de ser extraño, contiene esta peculiaridad: es ''directamente contrario a la selección humana''. El hombre selecciona a aquellos que serían de mayor ayuda para él: Dios selecciona a aquellos para quienes Él es de mayor ayuda. Nosotros seleccionamos a quienes pueden darnos el mejor retorno: Dios selecciona frecuentemente a quienes más ''necesitan'' de Su ayuda. Si yo selecciono a un amigo, me inclino hacia él debido a una cierta servicialidad que pudiera encontrar en él. Este es el egoísmo del hombre. Pero Dios elige a Su amigo de acuerdo a la servicialidad que Él mismo puede rendir al seleccionado. Es exactamente la manera opuesta de seleccionar. Nosotros seleccionamos a aquellos que son los mejores porque son los que más merecen. Él selecciona a aquellos que son los peores porque son los que menos merecen, para que así Su selección pueda ser vista más claramente como un acto de gracia y no de mérito. Yo digo que esto es claramente contrario a la forma de seleccionar de los hombres. El hombre selecciona a los más hermosos y a los más agradables. Dios, por el contrario, viendo la negrura y la inmundicia de todo lo que es llamado agradable, no selecciona lo que es llamado así, sino que toma aquello que los hombres encuentran incluso desagradable y lo torna donoso con la donosura con la que Él lo cubre. ¡Extraña selección! Oh Señor, ¿Es este el estilo de los hombres? &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ustedes observarán que la selección es ''muy misericordiosa''; ¡oh, cuán misericordiosa, en el caso suyo y en el mío! Es misericordiosa incluso en su exclusión. No dice: “No ningún sabio”, sino únicamente dice: “No sois muchos sabios”, de tal forma que los grandes no están completamente excluidos. La gracia es proclamada también para el príncipe, y en el cielo hay unos que en la tierra llevaron coronas de títulos nobiliarios y oraron. Cuán bendita es la gracia condescendiente de la elección, que toma a las cosas débiles, a las cosas necias. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Uno pensaría que cuando Dios dijo: “No”, al príncipe, debe haberlo dicho para que sea excusado de otorgar misericordia a todo mundo, pues tenemos el hábito de decir: “Bien, hemos rechazado al señor Fulano de Tal, y él es una persona mucho más importante que tú, por tanto, no puedo darte el favor a ti. ¡Vamos!, el rey me pidió ese favor y no quise hacérselo; ¿piensas que lo haría por ti?” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero Dios razona de otra manera; Él pasa por alto al rey a propósito para reunirse con el mendigo; Él deja al noble para tomar al vil, y pasa por alto al filósofo para recibir al necio. Oh, esto es extraño y sobrepasa a lo extraño, es maravilloso; hemos de alabarle por esta gracia portentosa. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, cuán ''alentador ''es esto para nosotros esta mañana. Algunos de nosotros no podemos jactarnos de ningún linaje distinguido; no tenemos grandes conocimientos; no tenemos riquezas; nuestros nombres son todos desconocidos para la fama; pero, ¡oh, qué gran misericordia! A Él le ha agradado elegir a tales entes necios como nosotros, a tales criaturas despreciables como nosotros mismos, a tales cosas que no son para deshacer las cosas que son. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Para no pasar todo el tiempo esta mañana simplemente señalando esta extraña selección y sorprendiéndonos ante ella, nos bastará observar que cada cristiano que se descubre elegido considerará su propia elección como la selección más extraña que se haya hecho: &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“¿Qué había en ti que pudiera ameritar la estima,&amp;lt;br&amp;gt;O proporcionar deleite al Creador?&amp;lt;br&amp;gt;‘Sí, Padre’, es lo que siempre has de cantar&amp;lt;br&amp;gt;‘Fue porque así te agradó’.'' &amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
'''III. '''Hemos de considerar ahora A LOS ELEGIDOS. Los seleccionados son descritos negativamente y positivamente. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Son descritos ''negativamente''. “No sois muchos sabios según la carne”. Observen que no dice: “No sois muchos sabios” simplemente, sino “No sois muchos sabios ''según la carne”, ''porque Dios ''ha ''elegido ciertamente sabios, puesto que todo Su pueblo es hecho verdaderamente sabio; pero son “sabios ''según la carne''” aquellos que Dios no ha elegido. Los “''sophoi''”, como los griegos los llaman, los filósofos, los hombres que tienen pretensiones de sabiduría o que aman la sabiduría, los astutos, los metafísicos, los grandes estudiantes, los observadores agudos, los rabíes, los doctores, los infalibles, los hombres que miran con profundo desprecio a los ignorantes y los llaman idiotas y los tratan como si fuesen el polvo que está debajo de sus pies; éstos no son seleccionados en grandes números. Es extraño, ¿no es cierto? Y sin embargo, se aduce una buena razón. Si fuesen elegidos, entonces dirían: “¡Ah, cuánto nos debe el Evangelio! ¡Cuánto le ayuda nuestra sabiduría!” Si los primeros doce apóstoles hubieran sido doce doctores o doce sabios, todo mundo habría dicho: “vamos, por supuesto que el Evangelio era poderoso; había doce hombres seleccionados y sabios procedentes de Judea, o de Grecia, para apoyarlo”. Pero en lugar de eso, Dios busca por las ensenadas y por las bahías a doce pobres pescadores, que son tan ignorantes como podrían serlo, y los toma, y se convierten en apóstoles y difunden el Evangelio, y el Evangelio recibe la gloria y no los apóstoles. En la sabiduría de Dios, los sabios son pasados por alto. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A continuación observen que dice: “Ni muchos poderosos”. Uno diría que los sabios habrían podido forzar su entrada al cielo por su talento, pero allí están, con su ciego conocimiento, buscando a tientas el picaporte de la puerta del cielo, mientras que los indoctos y la gente sencilla ya han entrado en él. La ciega sabiduría busca a tientas en la oscuridad, y a semejanza de los sabios, va a Jerusalén en vano, mientras que los pobres y humildes pastores van a Belén y encuentran a Cristo de inmediato. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Aquí viene otro orden de grandes hombres! Los hombres poderosos, los valientes paladines, los príncipes, su Alteza Imperial, los conquistadores, los Alejandros, y los Napoleones, ¿acaso ellos no son elegidos? Ciertamente cuando el rey se vuelve cristiano, puede obligar a otros con su espada a recibir a Cristo. ¿Por qué no elegirlo a él? “No” –dice el texto- “ni muchos poderosos”. Y ustedes ven el porqué: porque si los poderosos hubiesen sido escogidos, todos nosotros diríamos: “¡Oh, sí!, vemos por qué el cristianismo se expande tanto: es el buen temple de la hoja de la espada, y la fortaleza del brazo que la blande”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Todos nosotros podemos entender el progreso del islamismo durante sus primeros tres siglos. Hombres como Alí y Khaled estaban dispuestos a eliminar a naciones enteras; montaron sus caballos, ondearon sus cimitarras sobre sus cabezas y arremetieron contra cientos, y eran intrépidos en la batalla. Y fue sólo cuando se enfrentaron a hombres tales como nuestro Ricardo Corazón de León que el islamismo fue repelido por algún tiempo; cuando la espada chocó con la espada, entonces los que la tomaron perecieron a espada. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cristo no escogió a ningún guerrero; uno de Sus discípulos usó una espada, pero fue para un muy pobre efecto, pues únicamente cortó la oreja de un hombre y Cristo la tomó y la sanó y eso puso término a la lucha del pobre Pedro. De tal manera que la gloria de las conquistas del Señor no depende de los valientes; Dios no los ha seleccionado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Luego dice el apóstol: “Ni muchos nobles”, con lo que quiere decir aquellas personas con un gigantesco árbol genealógico, que desciende a lo largo de un línea de príncipes, de los lomos de los reyes, con sangre azul en sus venas. “Ni muchos nobles”, pues se habría podido pensar que la nobleza selló al Evangelio con su prestigio. “¡Oh!, sí, no ha de sorprender que el Evangelio se extienda cuando mi señor Tal y Tal y el duque de Tal se inclinan ante él”. Sí, pero pueden ver que hubo pocos de ellos en la iglesia primitiva; los santos de las catacumbas eran hombres y mujeres pobres y humildes; y es un hecho muy memorable que entre todas las inscripciones de las catacumbas de Roma, escritas por los primeros cristianos, hay muy pocas que ostentan una ortografía apropiada; casi todas ellas muestran una gramática tan deficiente como su ortografía, una clara prueba de que fueron grabadas allí por hombres pobres, indoctos, ignorantes, que eran en aquel entonces los defensores de la fe, y los verdaderos conservadores de la gracia de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tenemos de esta forma el lado negativo: ni los sabios, ni los poderosos, ni los nobles. Pero ahora veremos el lado ''positivo'', y necesito que presten una cuidadosa atención a la expresión usada por el apóstol. “¿Sino que a ''los necios ''del mundo escogió Dios?” No, no dice eso: “Sino que lo necio del mundo escogió Dios”, como si los escogidos del Señor no fueran por naturaleza lo suficientemente buenos para ser llamados hombres, y fueran únicamente “cosas”; como si el mundo los mirara con tal desprecio que no decía: “¿quiénes son estos hombres?”, sino “¿quiénes son estas cosas?” Una o dos veces en Lucas ustedes observarán que Cristo fue llamado “éste”; pero la palabra “éste” está puesta en cursivas, y no figura en el original; pues en el griego está expresado así: “pero respecto a ese______, no sabemos de dónde sea. No dijeron qué era, ni siquiera le llamaron “un tipo”, aunque la traducción es muy buena pues transmite la idea correcta al lector ordinario. Parecieran decir de Cristo: “pero respecto a ese_____, bien, llámenle bestia si les parece, o ‘una cosa’ si les parece”; y así Pablo ha puesto aquí “lo ''necio''”, no simplemente hombres necios, a quienes el mundo considera tontos, indoctos, ignorantes, estúpidos, jalados por la nariz y fácilmente engañados a creer esto o aquello, sino “lo necio”, que no son nada sino estupidez, escogió Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A continuación, Dios ha escogido “Lo débil”. Observen con cuidado la expresión referida a “cosas”; no son meramente hombres débiles, sino que el mundo los consideraba ''cosas ''débiles. “¡Ah!”, -dijo César en la sala del tribunal- “¿quién es el Rey Jesús? ¡Un pobre desventurado que fue colgado de un madero! ¿Quiénes son estos hombres que lo están predicando? ¡Doce pobres pescadores que difícilmente podrían reunir un solo talento de oro entre ellos! ¿Quién es este Pablo que desvaría tan vigorosamente acerca de Cristo? ¡Un fabricante de tiendas! ¿Quiénes son sus seguidores? ¡Unas cuantas mujeres despreciadas que se reúnen con él junto al río! ¿Es Pablo un filósofo? No, se rieron de él en la colina de Marte, pues consideraron que lo que decía era mera palabrería”. Sin duda César pensó que ellos eran demasiado insignificantes para ser dignos de su atención, pero “lo débil” es lo que Dios ha escogido. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Observen la siguiente descripción: “lo vil”. La palabra utilizada allí significa cosas sin genealogía, cosas desposeídas de un padre, cosas que no pueden rastrear su ascendencia, nadie como Sir Harry, nadie como el Muy Honorable, está emparentado con ellos; su padre fue un ‘don nadie’, y su madre no era ‘nada’. Así eran los primeros apóstoles: eran lo vil de este mundo y, sin embargo, Dios los escogió. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y si esto no bastara, está escrito: “lo menospreciado”, lo escarnecido, lo perseguido, lo acorralado, o lo que es tratado con lo que es todavía peor: con indiferencia, que es peor que el escarnio. “No son dignos de ser advertidos, son necios que no vale la pena considerar, pásalos por alto y no les hagas caso” y, sin embargo, Dios los eligió. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, como si fuera para eclipsar todo lo demás, y resumirlo en una palabra: “Lo que no es” escogió Dios. La pura nada, entidades inexistentes. “¡Oh!”, -dice el hombre del mundo- “sí, acabo de enterarme que hubo una cuadrilla de fanáticos de ese tipo”. “¡Oh!”, - dice otro- “yo nunca oí acerca de ellos. No me junto nunca de ninguna manera con un conjunto tal de gente vulgar y de bajo nivel. ¿Tuvieron alguna vez un obispo entre ellos? ¿Un ‘reverendísimo padre’ en Dios?” No, nada de ese tipo, amigo; ellos son necios, viles, insignificantes, despreciados; el mundo, por tanto, los rechaza. “Sin embargo”, -dice Dios- “yo los escojo”. Ellos forman el pueblo que Él elige precisamente. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora, observen que eso fue válido en los días de Pablo y es válido ahora, pues la Biblia no cambia con el pasar de los años; y en mil ochocientos sesenta y cuatro, Dios selecciona a las cosas que son menospreciadas de igual manera que lo hizo en el año sesenta y cuatro; y todavía hará que el mundo sepa que quienes son ridiculizados, y tildados de fanáticos, considerados locos y perversos, son, después de todo, Sus elegidos seleccionados para Dios y para Su verdad para conformar el ejército sacramental de los elegidos, y para ganar para Dios la batalla del último día. No nos avergonzamos de gloriarnos en esto: que Dios selecciona las cosas que son menospreciadas. Podemos tomar nuestro lugar con el pueblo despreciado de Dios, esperanzados de participar en la elección de Su gracia soberana. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''IV. '''Para concluir, se tiene LAS RAZONES POR LAS QUE DIOS HA SELECCIONADO A ESTE PUEBLO. Se nos proporcionan dos razones: la primera es la razón inmediata; la segunda es la razón última. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La primera, o ''razón inmediata'', está contenida en estas palabras: “Sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Observen, entonces, que la ''razón inmediata ''es, primero, ''para avergonzar a los sabios''. Que un sabio avergüence a otro sabio es algo notable; que un sabio avergüence a un necio es algo muy fácil; pero que un necio avergüence a un sabio, ¡ah!, dedo de Dios es éste. Ustedes saben lo que sucedió con los apóstoles. Un filósofo escuchó a Pablo, y cuando le hubo oído, le dijo: “¡No hay nada de sustancia en ello! ¡Es una perfecta necedad! ¡Un montón de ideas sin valor de principio a fin! No hay necesidad de que nos molestemos en responder eso”. Transcurrieron los años y cuando el filósofo se estaba llenando de canas y esa pestilente herejía del cristianismo se estaba expandiendo por todos lados, su propia hija fue convertida e incluso su esposa solía salir a hurtadillas por la noche para asistir a la asamblea secreta. El filósofo no se podía explicar esto. “Me sorprende”, -decía- “que yo demostré hasta la saciedad que todo era una estupidez, y sin embargo, esta gente se aferra a eso. Yo respondí a todos sus argumentos, ¿no es cierto? Y no sólo respondí e impugné, sino que establecí mis argumentos de tal manera que yo pensé que había puesto fin a esa necedad por completo. Y ahora la veo aquí, en mi propia casa”. Algunas veces el filósofo tenía lágrimas en sus ojos, y decía: “lo siento en mi propio corazón, me ha derrotado, me ha avergonzado, yo podía hacer silogismos y racionalizar, y vencer al pobre de Pablo, pero Pablo me ha derrotado. Lo que yo consideré una necedad ha avergonzado mi sabiduría”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En unos cuantos siglos después de la muerte de Cristo, la religión cristiana se extendió por todo el mundo civilizado, mientras que el paganismo que tenía a toda la filosofía del oriente y del occidente para apuntalarlo, cayó en el desprestigio y fue objeto de escarnio. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Además, Dios ha escogido a lo débil ''para avergonzar ''a los fuertes. “¡Oh!”, -decía César- “pronto erradicaremos este cristianismo, y le cortaremos la cabeza”. Los diferentes gobernadores se apresuraron a matar a los discípulos, uno tras otro, pero entre más los perseguían más se multiplicaban. Los procónsules tenían órdenes de destruir a los cristianos; entre más los cazaban, más cristianos había, hasta que por fin los hombres presionaban al tribunal solicitando que se les permitiera morir por Cristo. Inventaron tormentos, arrastraban a los santos atados a las patas de caballos salvajes, los colocaban sobre parrillas recalentadas al rojo vivo, los despellejaban quitándoles la piel pedazo a pedazo, fueron aserrados y partidos en dos, fueron envueltos en pieles y embadurnados con alquitrán y colocados por las noches en los jardines de Nerón para ser quemados, los abandonaban en calabozos hasta que se pudrieran, eran convertidos en espectáculo de los hombres en el anfiteatro, los osos los trituraban hasta la muerte, los leones los destrozaban, los toros salvajes los lanzaban al aire con sus cuernos y, sin embargo, el cristianismo se expandió. Todas las espadas de los legionarios que habían puesto en huída a los ejércitos de todas las naciones, y habían derrotado a los invencibles galos y a los salvajes britanos, no pudieron oponerse a la debilidad del cristianismo, pues la debilidad de Dios es más poderosa que los hombres. Si Dios hubiese escogido a los fuertes, se hubieran dado la vuelta y habrían dicho: “Dios es deudor de nosotros”; si hubiese elegido a los sabios, habrían dicho: “nuestra sabiduría lo ha logrado”; pero cuando selecciona a los necios y a los débiles, ¿dónde estás tú ahora, filósofo? ¿No se ha reído Dios de ti hasta el escarnio? ¿Dónde están ustedes ahora, oh espada y lanza? Oh, hombre fuerte que las blandiste, ¿dónde estás ahora? La debilidad de Dios te ha derrotado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Se dice que Él escogió lo que no es, ''para deshacer lo que es''. Deshacer lo que es, es más que avergonzarlo. “Lo que es”. ¿Qué eran ellos en los días de los apóstoles? Júpiter sentado en su excelso trono sostiene los rayos en su mano; Saturno está reclinado como el padre de los dioses; Venus deleita a sus adoradores con sus placeres lascivos; la casta Diana toca su cuerno. Aquí viene Pablo con: “el único verdadero Dios, y Jesucristo, a quien ha enviado”; él representa “lo que no es”. La herejía del cristianismo es tan despreciable que si se hubiera hecho una lista de las religiones de los diferentes países, el cristianismo habría quedado fuera del catálogo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero vean el resultado. ¿Dónde está Júpiter ahora? ¿Dónde está Saturno? ¿Dónde están Venus y Diana? Excepto como nombres clásicos en los diccionarios de los estudiosos, ¿dónde están todos ellos? ¿Quién se inclina delante del santuario de Ceres en el día de la cosecha, o quién eleva sus oraciones a Neptuno en la hora de la tormenta? ¡Ah!, se han ido; las cosas que son han sido deshechas por las que no son. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hemos de reflexionar que lo que es válido en los días de Pablo es válido para hoy. El año mil ochocientos sesenta y cuatro verá repetidos los milagros de los tiempos antiguos: las cosas que son serán deshechas por las cosas que no son. Vean el tiempo de Wycliffe; las ‘cosas que son’ eran las santas cruces en cada iglesia; san Winifred, santo Tomás de Canterbury son adorados por todas las multitudes de ingleses. Allí viene mi señor el arzobispo a través de las calles; por allá el Papa es adorado por miles, y está la Virgen que es adorada por todos. ¿Qué veo? Un monje solitario en Lutterworth comienza a predicar en contra de los frailes mendicantes, y al predicar contra ellos descubre la verdad, y comienza a predicar que Cristo es la única base de la salvación, y que quienes confían en Él son salvos. Bien, era una cosa tan despreciable que, al principio, no se preocuparon por perseguirle. Es cierto que al final le presentaron delante de ‘su Gracia’ en San Pablo, pero allí estaba un hombre fuerte, un tal John o’ Gant que se presentó con él, y dijo un par de palabras a su áspera manera, y se le permitió a Wycliffe sentarse; y aunque condenado, regresa a su parroquia de Lutterworth. “¡Lo que no era!”, no era digno de ser abatido por sangre, se extinguiría solo. ¿Acaso se extinguió? ¿Dónde están sus santos crucifijos hoy? ¿Dónde está santo Tomás de Canterbury, dónde están santa Inés y san Winifred? Pregunten a sus amigos puseyistas, pues sólo ellos pueden decírselo. Verdaderos consortes de los topos y de los murciélagos, ellos saben adónde han sido arrojados los ídolos: ellos buscan restaurar las supersticiones del pasado, pero, por la gracia de Dios, su tarea no será nada fácil. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El presente sistema de superstición inglesa, con su regeneración por agua, su gracia bautismal, sus confirmaciones, y su otorgamiento de gracia por medio del pan y del vino, aunque sean atacados por quienes son cosas que no son, dejarán de ser; y la verdad como es en Jesús, y la pura fe simple que nadie es un sacerdote distintivamente sobre sus semejantes, sino que cada cristiano es un sacerdote para Dios; y la pura verdad que ninguna agua necesariamente trae el Espíritu de Dios con ella, y que ninguna forma exterior ni los ritos contienen ninguna virtud aparte de la fe de aquellos que los reciben; sin embargo, éstos, apoyados por el Espíritu de Dios, desharán las cosas que son. En esto nos apoyamos en la fortaleza de Dios. Yo no querría que los paladines de Dios fueran más fuertes. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hermanos, si hubieran sido más fuertes, ellos se llevarían la gloria. Han de ser débiles, y han de ser pocos, y han de ser despreciados; su poca cantidad, su pobreza, su debilidad, hará que el grito de alabanza al eterno Conquistador sea todavía más fuerte, y la música será al unísono, y habrá solamente este refrán: “No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria, por tu misericordia, por tu verdad”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Éste, entonces, es el propósito inmediato de Dios al seleccionar a lo necio, lo débil, lo que no es para avergonzar a los fuertes. Pero Su ''razón última es “a fin de que nadie se jacte en su presencia”.'' Quiero que noten esa última frase y habré concluido. No dice que “nadie”, no, el texto no está en humor de agradar a nadie; dice: “que ninguna ''carne''”. ¡Qué palabra! ¡Qué palabra, digo! Aquí están Solón y Sócrates, los sabios. Dios los señala con Su dedo y los llama: “carne”. La carne es vendida en la carnicería, ¿no es cierto? Los perros la desgarran, los gusanos se la comen, nada sino carne. Allí está César, con su púrpura imperial que le cubre, y cuando el poderoso Emperador está de pie muy erguido, cómo desenvainan sus espadas los guardias pretorianos y gritan: “¡Grande es el Emperador! ¡Que tenga larga vida!” “''Carne''”, -dice la palabra de Dios, “''carne''”. Aquí vienen marchando, cientos en línea, los fuertes legionarios de Roma, ¿quién podría enfrentarse contra las puntas de sus adargas? “Carne”, -dice la palabra- “carne”. Aquí hay hombres cuyos progenitores eran de un linaje real y cuyos abuelos eran de rango imperial, y ellos son descendientes de una larga línea de honor. “Carne”, -dice Dios- “carne, nada sino carne”; alimento de perros, alimento de gusanos, cuando así lo quiere. “A fin de que nadie se jacte en su presencia”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Vean, entonces, que Dios pone Su sello sobre nosotros, indicando que no somos nada sino carne, y Él selecciona la carne más pobre, y la carne más necia, y la carne más débil, para que toda otra carne que es únicamente carne y únicamente hierba vea que Dios derrama desprecio sobre toda ella, y no acepta que ninguna carne se jacte en Su presencia. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¿Ahora, cuál es tu espíritu esta mañana en cuanto a este tema? ¿Das coces contra él? ¿Acaso dices que no puedes soportarlo? Me temo que quieres jactarte en la presencia de Dios. Tu visión de las cosas y la visión de Dios de las cosas difieren, y por tanto, necesitas tener un nuevo corazón y un espíritu recto. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, por el contrario, ¿dices esta mañana: “no tengo nada de qué jactarme, no quiero jactarme en Tu presencia, sino que quiero postrarme en el propio polvo y decir: “haz conmigo lo que quieras”? Pecador, ¿sientes que no eres nada sino carne y carne pecaminosa? ¿Estás tan quebrantado delante de Dios que sientes que, independientemente de lo que hiciere contigo sería justo, y que sólo puedes apelar a Su soberana misericordia? Entonces Dios y tú son uno. Estás reconciliado. Puedo ver que estás reconciliado. Cuando Dios y tú están de acuerdo en que Dios debe reinar, entonces Dios está de acuerdo en que vivas. Pecador, toca el cetro de Su gracia. Jesús crucificado está delante de ti ahora y te pide que le mires y que vivas. Que se te pida que mires es una instancia de la gracia poderosa, y que seas capacitado para ver esta mañana será un portento del amor divino por el que tendrás que bendecirle en el tiempo y en la eternidad. Y ahora, que Dios, cuyo nombre hemos buscado honrar esta mañana, bendiga nuestras palabras tartamudeantes, por Jesús nuestro Señor. Amén.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

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		<id>http://es.gospeltranslations.org/wiki/Suculentos_Manjares_de_Navidad</id>
		<title>Suculentos Manjares de Navidad</title>
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				<updated>2010-12-30T15:51:02Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Luhmanjh: &lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;div&gt;{{info|Good Cheer for Christmas}}&amp;lt;br&amp;gt;&lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''&amp;quot;Y Jehová de los ejércitos hará en este monte a todos los pueblos banquete&amp;lt;br&amp;gt;de manjares suculentos, banquete de vinos refinados, de gruesos tuétanos y&amp;lt;br&amp;gt;de vinos purificados.” ''Isaías 25: 6.&amp;lt;br&amp;gt;''“Y el SEÑOR de los ejércitos preparará en este monte para todos los&amp;lt;br&amp;gt;pueblos un banquete de manjares suculentos, un banquete de vino añejo,&amp;lt;br&amp;gt;pedazos escogidos con tuétano, y vino añejo refinado.” ''Isaías 25: 6. La&amp;lt;br&amp;gt;Biblia de las Américas.&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Casi hemos arribado a la grandiosa estación festiva del año. El día de Navidad encontraremos a todo el mundo en Inglaterra disfrutando de todos los manjares suculentos que puedan permitirse. Siervos de Dios, ustedes a quienes corresponde la mayor porción en la persona de Aquel nacido en Belén, yo los invito a la más refinada cena de Navidad que ofrece manjares supremamente suculentos que hacen crujir de abundancia la mesa: pan del cielo, viandas para su espíritu. ¡He aquí, cuán ricas y abundantes son las provisiones que Dios ha preparado para la festividad excelsa que desea que Sus siervos celebren, no sólo de vez en cuando, sino todos los días de su vida! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Dios, en el versículo que estamos considerando, se ha agradado en describir las provisiones del Evangelio de Jesucristo. Aunque se han sugerido muchas otras interpretaciones para este versículo, todas ellas son desabridas y rancias, y completamente indignas de expresiones tales como las que tenemos ante nosotros. Cuando contemplamos la persona de nuestro Señor Jesucristo, cuya carne es verdadera comida y cuya sangre es verdadera bebida, cuando le vemos ofrecido en el monte escogido, entonces descubrimos una plenitud de significado en estas palabras de gracia de sagrada hospitalidad: “el Señor hará banquete de manjares suculentos, de pedazos escogidos con tuétano.” Al propio Señor le gustaba describir Su Evangelio bajo la mismísima imagen que es empleada aquí. Él habló de la cena de bodas del rey que dijo: “Mis toros y animales engordados han sido muertos, y todo está dispuesto”; y parecería que ni siquiera hubiera podido completar la belleza de la parábola del hijo pródigo sin añadir: ‘traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta’. Así como una festividad en la tierra es mirada con anhelo y recordada como un oasis en medio del desierto del tiempo, así el Evangelio de Jesucristo es para el alma su dulce liberación de la servidumbre y la angustia, y es su júbilo y su alegría. Tenemos la intención de hablar esta mañana sobre este tema, esperando recibir la ayuda del grandioso Señor de la fiesta. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nuestro primer encabezado será ''el banquete''; el segundo será ''el salón del banquete'': “en este monte”; el tercero será ''el Anfitrión'': “El Señor de los ejércitos preparará en este monte para todos los pueblos banquete; y el cuarto será ''los invitados'': invitará “a todos los pueblos”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''I. '''Primero, entonces, hemos de considerar EL BANQUETE. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es descrito como constituido por las más excelentes viandas, es más, como lo mejor de lo mejor. Son manjares suculentos, pero son también pedazos escogidos con tuétano. Abundan los vinos más deliciosos y vigorizantes, vinos refinados que retienen su aroma, su fuerza y su sabor; pero estos vinos son sumamente añejos y exóticos, habiendo sido criados para que alcanzaran un gran refinamiento, por la larga espera y por haber sido purificados, enriquecidos, y procesados para que alcanzaran el más alto grado de lustre y de excelencia. En el Evangelio, Dios ha provisto lo mejor de lo mejor para los hijos de los hombres. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Inspeccionemos atentamente ''las bendiciones del Evangelio'', y observemos que se trata de manjares suculentos, y de pedazos escogidos con tuétano. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Una de las primeras bendiciones del Evangelio es ''la completa justificación''. Aunque culpable en sí, al pecador le son perdonados sus pecados tan pronto cree en Jesús. La justicia de Cristo se convierte en su justicia, y es acepto en el Amado. Ahora, este es, en verdad, un exquisito platillo. Aquí hay algo que puede nutrir el alma. ¡Pensar que yo, aunque sea un ser profundamente culpable, soy absuelto por Dios y liberado de la servidumbre de la ley! Pensar que yo, aunque antes era un heredero de la ira, ahora sea tan acepto delante de Dios como lo fue Adán cuando caminaba sin ningún pecado en el huerto; es más, más acepto aún, pues la divina justicia de Cristo me pertenece, ¡y estoy completo en Él, amado en el Amado, y acepto también en Él! &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amados, esta es una verdad tan preciosa que, cuando el alma se alimenta de ella, experimenta una apacible paz, una calma profunda y celestial, que no puede ser encontrada en ninguna otra parte sobre la faz la tierra. Esta es una especie de miel que nunca empalaga: recibir dentro de ti la garantía proveniente tanto de la palabra de Dios como del testimonio del Espíritu Santo, que has sido reconciliado y aceptado por medio de la sangre y la justicia de Jesucristo. Esta es una misericordia especialísima. Este es, en verdad, un manjar suculento. Pero esto no es todo, pues se trata de pedazos escogidos con tuétano. Cuando profundizas hasta el alma y el corazón de este asunto, encuentras en él una melosidad intrínseca que trasciende en riqueza, pues nos hace recordar que esta justicia, esta aceptación y esta justificación se vuelven nuestras de una manera perfectamente legal, que es algo contra lo cual el propio Satanás no puede proporcionar a nadie que presente objeción alguna, pues nuestro Sustituto ha pagado nuestra deuda, por lo que somos absueltos justamente. Cristo ha cumplido la ley, y la ha honrado por nosotros; por eso somos justamente aceptados y amados. Aquí encontramos, ciertamente, pedazos escogidos con tuétano, cuando percibimos la verdad y la realidad de la sustitución de Jesús, y captamos con el corazón y con el alma el hecho de que nuestro Sustituto se pone en nuestra posición ante el tribunal de justicia, para que nos podamos poner en Su sitio en el lugar de honor y de amor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuán grande bienaventuranza es clamar con el apóstol: “¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.” Acérquense, todos aquellos cuyos gustos espirituales son purificados por la gracia, y aliméntense de esta selecta provisión, ‘dulce más que miel, y que la que destila del panal’. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Meditemos sobre una segunda bendición del pacto de gracia, es decir, sobre ''la adopción''. Nos es claramente revelado que todos los que han creído en Cristo Jesús para salvación de sus almas, son hijos de Dios. “Amados, ahora somos hijos de Dios.” Aquí, en verdad, hay un manjar suculento. ¡Cómo!, ¿acaso un gusano del polvo se convierte en un hijo de Dios? ¿Acaso un rebelde es adoptado en la familia celestial? ¿Acaso un criminal condenado no solamente es perdonado, sino hecho, en realidad, un hijo de Dios? ¡Prodigio de prodigios! “¡Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios!” ¿A cuáles de los reyes o de los príncipes de esta tierra dijo Dios alguna vez: “Mi Hijo eres tú”? No les ha hablado así a los grandes ni a los poderosos, sino que Dios ha escogido a lo vil del mundo y lo menospreciado, sí, y lo que no es, para hacer que fueran de la simiente real. Los sabios y los prudentes son pasados por alto, pero los bebés reciben la revelación de Su amor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Señor, ¿por qué se me concede esto a mí? ¿Quién soy yo, y qué es la casa de mi padre, para que hables de hacerme Tu hijo? Este glorioso manjar suculento contiene también pedazos escogidos con tuétano. Hay una riqueza interna en la adopción, pues, “Si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.” Bien hace el apóstol en recordarnos que si hijos, también herederos, pues así se nos garantiza nuestra bendita herencia. “Todo es vuestro: sea Pablo, sea Apolos, sea Cefas, sea el mundo, sea la vida, sea la muerte, sea lo presente, sea lo porvenir, todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios”. “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” Aquí encontramos exquisiteces reales de las que la Palabra ha dicho con toda verdad: “Serán completamente saciados de la grosura de tu casa.” &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Dejando atrás el tema de la bendición de la adopción, recordemos que cada hijo de Dios es objeto de amor eterno sin principio y sin final. Este es uno de los pedazos escogidos con tuétano. ¿Es cierto que yo, un creyente en Jesús, indigno como soy, soy objeto del amor eterno de Dios? ¡Qué arrobamiento está contenido en este pensamiento! Mucho antes de que el Señor comenzara a crear el mundo, ya había pensado en mí. Mucho antes de que Adán cayera o que Cristo naciera, y antes que los ángeles cantaran su primer coral motivados por el milagro de Belén, la mirada y el corazón de Dios estaban fijos en Su pueblo elegido. Él nunca ''comenzó'' a amarlos, ya que siempre fueron “el pueblo a él cercano”. ¿No está escrito, “Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia”? Algunos dan coces contra la doctrina de la elección, pero lo hacen por estar mal aconsejados, pues laboran para voltear uno de los más nobles platillos del banquete; quieren tapar uno de los más frescos arroyos que fluyen del Líbano; quieren cubrir de basura una de las vetas más ricas del mineral de oro que enriquece al pueblo de Dios. Pues esta doctrina de un amor que no tiene comienzo, es el mejor vino de nuestro Amado, que “se entra a mi amado suavemente, y hace hablar los labios de los viejos”. ¡Cuán jubilosamente se alegra y salta de puro gozo el corazón cuando esta verdad es aclarada por el testimonio del Espíritu de Dios! Entonces el alma es saciada de favores, y llenada con la bendición del Señor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Igualmente deleitable es la correspondiente reflexión de que este amor que no tuvo principio no tendrá tampoco fin. Dios no cambia. “Irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios”. Una vez que Él pone Su corazón de amor en un hombre, no deja nunca de hacerle bien. Él dice por boca de Su siervo el profeta que odia repudiar. Aunque pecamos contra Él con frecuencia y le provocamos a celos, aún así, como las aguas de Noé así es Su pacto para con nosotros; pues, como las aguas de Noé no volverán a cubrir la tierra, de igual manera Él jura que no estará airado contra nosotros ni nos censurará. “Los montes se moverán, y los collados temblarán, pero no se apartará de ti mi misericordia, ni el pacto de mi paz se quebrantará, dijo Jehová, el que tiene misericordia de ti.” “Porque yo Jehová no cambio; por esto, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos.” “¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti.” Vamos, amados, en verdad, esto es un manjar suculento; y puedo añadir que contiene pedazos escogidos con tuétano si recuerdan que no simplemente ha pensado el Señor en ustedes desde la eternidad, sino que los ''amó'' desde entonces. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡Oh, la profundidad de esa palabra: “amor”, cuando es aplicada al infinito Jehová, cuyo nombre, cuya esencia, cuya naturaleza es amor! ¡Él les ha amado con toda la inmutable intensidad de Su corazón, nunca más y nunca menos; les ha amado tanto que les entregó a Su unigénito Hijo; les amó tanto que nada podría contentarle sino hacer que sean conformados a la imagen de Su amado Hijo, y hacer que participen de Su gloria para que puedan estar con Él donde Él está! Vengan, nútranse de esto, ustedes que son herederos de la vida eterna, pues aquí hay pedazos escogidos con tuétano. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Amados, no habríamos completado esta lista si omitiéramos una preciosa doctrina que necesita, tal vez, un refinado gusto, pero que, una vez que el hombre ha aprendido a alimentarse de ella, le parece que es lo mejor de todo: quiero decir, la grandiosa verdad de ''la unión con Cristo''. La palabra de Dios nos enseña claramente que todos los que han creído, son uno con Cristo: están casados con Él, hay una unión conyugal basada en un afecto mutuo. La unión es más íntima aún, pues hay una unión vital entre Cristo y Sus santos. Los santos están en Él como los pámpanos están en la vid; ellos son miembros del cuerpo del cual Él es la cabeza. Ellos son uno con Jesús en un sentido tan real y verdadero, que con Él mueren y con Él son enterrados, con Él son resucitados y con Él son levantados juntamente y sentados en los lugares celestiales. Hay una unión indisoluble entre Cristo y todo Su pueblo: “Yo en ellos y ellos en mí”. La unión podría ser descrita así: Cristo es en Su pueblo la esperanza de gloria, y ellos están muertos y su vida está escondida en Cristo. Esta es una unión del tipo más prodigioso, y el lenguaje sólo puede exponer sus imágenes muy débilmente pero es incapaz de explicarla por completo. La unidad con Jesús es uno de los pedazos escogidos con tuétano. Pues si, en verdad, somos uno con Cristo, entonces porque Él vive nosotros debemos vivir; porque Él fue castigado por el pecado, nosotros también hemos soportado la ira de Dios en Él; porque Él fue justificado por Su resurrección, nosotros también somos justificados en Él; porque Él es recompensado y se sienta para siempre a la diestra de Su Padre, nosotros también hemos obtenido la herencia en Él y por fe la asimos ahora, y gozamos de su señal. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oh, ¿podría ser que esta cabeza que se duele tenga ya un derecho a una corona celestial? ¿Es posible que este corazón palpitante tenga un derecho al reposo que resta para el pueblo de Dios? ¿Es posible que estos pies cansados tengan un título para pisar los salones sagrados de la Nueva Jerusalén? Así es, pues si somos uno con Cristo, entonces, todo lo que Él tiene nos pertenece, y es sólo asunto de tiempo y de un designio de la gracia para que lleguemos a su pleno gozo. En verdad, meditando sobre este tópico, cada uno de nosotros puede exclamar: “Como de meollo y de grosura será saciada mi alma, y con labios de júbilo te alabará mi boca”. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo no puedo exponer todas las viandas del banquete de mi Señor; un mesero no basta para llevar ante ustedes todas las exquisiteces de un festín sin par; pero quisiera recordarles una más, que es la doctrina de ''la resurrección y la vida eterna''. Este pobre mundo adivinó confusamente la inmortalidad del alma, pero no supo nada de la resurrección del cuerpo: el Evangelio de Jesús ha traído la vida y la inmortalidad a la luz, y nos ha declarado acerca de Jesús que, quien crea en él no morirá jamás. “El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá”. Jesús es la resurrección y la vida. No solamente el alma, mas el cuerpo también participará de la inmortalidad, ‘porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados’. Esperamos morir, pero se nos asegura que viviremos de nuevo. Si el Señor no viene, sabemos que nuestros cuerpos verán la corrupción; pero he aquí nuestro consuelo: no tememos la aniquilación; esa oscura sombra no se atraviesa nunca por nuestros espíritus; no tememos ningún infierno, ningún purgatorio, ningún juicio: Cristo ha perfeccionado para siempre a quienes son apartados; nadie puede condenar a quien Él absuelve. Los santos juzgarán a los ángeles, y se sentarán con el Señor en el día del juicio final. Para nosotros la venida de Cristo será un día de gozo y de regocijo: seremos arrebatados juntamente con Él; Su reino será nuestro reino, Su gloria nuestra gloria. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Por tal motivo han de consolarse unos a otros con estas palabras, y cuando vean a sus hermanos y a sus hermanas partir uno a uno de entre ustedes, no se aflijan como aquellos que están sin esperanza, sino que han de decirse los unos a los otros: “Ellos no están perdidos, sino que han partido antes”, pues, “Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen.” Aquí hay un banquete de pedazos escogidos con tuétano, pues la nuestra es una esperanza gloriosa y plena de inmortalidad. Nuestra inmortalidad esperada no es la de la mera existencia, no es el estéril privilegio de la vida sin bienaventuranza, de la existencia sin felicidad: está llena de gloria; pues “seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es”; estaremos con Dios, a cuya diestra hay plenitud de gozo y dichas para siempre. Nos hará beber del río de Sus placeres; cantos y dicha sempiterna estarán sobre nuestras cabezas, y la aflicción y el suspirar se desvanecerán. &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“¡Oh, anhelamos la ausencia de llanto,&amp;lt;br&amp;gt;'Dentro de esa tierra de amor!&amp;lt;br&amp;gt;¡La dicha sin fin de celebrar&amp;lt;br&amp;gt;El banquete nupcial en lo alto!&amp;lt;br&amp;gt;&amp;lt;br&amp;gt;¡Oh, anhelo la hora de ver&amp;lt;br&amp;gt;A mi Salvador cara a cara!&amp;lt;br&amp;gt;La esperanza de estar siempre&amp;lt;br&amp;gt;En ese dulce lugar de encuentro.”''&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Así he presentado ante ustedes unos cuantos pedazos escogidos con tuétano que el Rey de reyes ha puesto delante de Sus invitados en el banquete de bodas de Su amor. Cambiando el curso del pensamiento, aunque adhiriéndonos al mismo tema, permítanme traer ante ustedes las copas de vino. “Banquete de vino añejo… y de vino añejo refinado.” Consideraremos que estos vinos simbolizan los gozos del Evangelio. ¿Qué son estos vinos? Yo sólo puedo hablar de aquellos que me ha sido permitidos catar. Uno de los goces predilectos de la vida cristiana es un sentido de perfecta paz con Dios. Oh, yo les digo que cuando uno está quieto por un momento, y el estrépito y el alboroto del negocio están fuera del alcance de nuestros oídos, es una de las cosas más deliciosas del mundo meditar en Dios, y sentir que Él no es un enemigo para mí, y que yo no soy enemigo para Él. Sentir en contemplación que le amo sobrepasa cualquier comparación reconfortante. Si hay algo que yo pudiera hacer para servirle, lo haría. Si hubiese cualquier sufrimiento que le honrara, si Él me diera la fortaleza para encararlo, constituiría mi felicidad, aunque me causara morir la muerte de un mártir mil veces. Si sólo pudiera honrar a mi Dios, y mi Amigo, todo sería aceptable para mí. No hay nada que se interponga entre el Señor y yo por vía de diferencia o extrañamiento; yo soy conducido muy cerca por medio de la sangre de Su amado unigénito Hijo. Él es mi Dios, mi Padre, y mi todo, y yo soy Su hijo. Algunos de nosotros hemos intentado la felicidad imaginaria de la risa; nos hemos entremezclado con el aturdido tropel de gente, y hemos catado los vinos de la casa del júbilo carnal, pero nuestra honesta experiencia es que un solo sorbo de la copa de la salvación equivale a ríos de regocijo mundano. &lt;br /&gt;
&amp;lt;blockquote&amp;gt;''“Sólidos alborozos y placeres duraderos&amp;lt;br&amp;gt;Sólo son conocidos por los hijos de Sion.”''&amp;lt;/blockquote&amp;gt;&lt;br /&gt;
Un corazón tranquilo, que descansa en el amor de Dios, que mora en perfecta paz, tiene una realeza vinculada a él que no puede ser comparada ni por un instante con los goces pasajeros de este mundo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nuestro gozo resplandece a veces con una luz más refulgente, pero aun entonces no es menos puro y seguro. Pueden contemplar este vino cuando está rojo, cuando resplandece su color en la copa, cuando se entra suavemente, pues no hay dolor ni irritación de ojos que esté reservados para aquellos que beban de este vino sagrado incluso hasta la ebriedad. Este sagrado alborozo es causado por un sentido de seguridad. Un hijo de Dios, cuando ha contemplado bien a su Redentor, y ha visto el mérito de la sangre preciosa y el poder de la incesante intercesión, se siente seguro, perfectamente seguro. Yo no entiendo al hijo de Dios que lee su Biblia y a pesar de ello se encuentra temeroso de ser arrojado en el infierno. Puedo entender que el miedo atraviese su mente en cuanto a que, al final, después de todo, resulte ser un desechado; pero conforme se aproxima una vez más al pie de la cruz, y mira a Jesús, siento que eso no puede ser. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Nadie que estuvo al pie de la cruz ha sido desechado jamás; pues está escrito, “Al que a mí viene, no le echo fuera”. Un hijo de Dios que no tiene otra esperanza que la que encuentra en Cristo, no tiene motivo para pensar que su estado eterno sea inseguro. Todos los que están en Cristo están seguros, así como todos los que estaban en el arca de Noé estaban seguros. Ningún diluvio, ninguna tormenta podría lastimar al hombre de quien se dijo: “Jehová le cerró la puerta”. El Señor le ha cerrado la puerta a todo Su pueblo en Cristo, y están eternamente a salvo en Cristo. Cuando el espíritu sabe que “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús”, entonces se ve henchido de deleite. Cuando uno siente que viva o muera, que trabaje o sufra, todo está bien, ¡cuán libre de cuidado está el corazón! Cuán divinamente gozoso es saber que si uno perdiese toda su riqueza terrenal, el Señor proveerá; que si uno es tentado, tentado grandemente, ¡con la tentación será abierta la vía de escape! Cuando uno siente que todo está seguro, que todo está seguro eternamente, todo asegurado para vida o muerte, yo les digo que esto constituye vino añejo refinado, vinos purificados, y alguien que alcanza un sorbo de esos vinos no necesita envidiar los banquetes celestiales de los ángeles. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Este gozo nuestro se alzará algunas veces a una elevación todavía más sublime, cuando es causada por la comunión con Dios. Los creyentes, mientras están entregados a la oración y a la alabanza, al servicio y al sufrimiento, son capacitados por el Espíritu Santo para sostener una larga plática con su Señor. No se imaginen que el diálogo de Abraham con Dios fue un privilegio inusual. El padre de los fieles no hizo sino disfrutar de lo que todos los fieles participan de acuerdo a la gracia que les es dada. Nosotros le contamos nuestras aflicciones a Dios; y discurrimos sobre nuestras aflicciones no en ficción, sino declarándolas en una conversación real, como cuando un hombre habla con su vecino: mientras tanto el Espíritu del Señor nos susurra con el silbo apacible y delicado de la promesa tales palabras que calman nuestras mentes y guían nuestros pies. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sí, y cuando nuestro Amado nos lleva a la casa del banquete de la consciente comunión real con Él mismo, y agita el pendón de amor sobre nosotros, nuestra santa dicha es sumamente superior a todo júbilo meramente humano, como los cielos están lejos de la tierra. Entonces, en verdad, hablamos y cantamos con un gusto sagrado, y sentimos como si pudiésemos llorar de puro gozo de corazón, pues nuestro Amado es nuestro y nosotros somos Suyos. Su izquierda está debajo de nuestras cabezas, y Su derecha nos abraza, y nuestro único temor es que hubiera algo que afligiera a nuestro Amado y provocara que ser retirara de nosotros; pues, ver Su faz y gustar de Su amor es el cielo en la tierra y un exquisito gusto anticipado del cielo arriba. La comunión con Cristo es como vino añejo refinado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pondremos sobre la mesa otra copa más, de la cual pueden beber todo lo que quieran. Hemos provisto para ustedes los placeres de la esperanza, una esperanza sumamente segura y firme, sumamente refulgente y gloriosa: la esperanza de que lo que conocemos hoy será sobrepasado por lo que conoceremos mañana; la esperanza de que, pronto, lo que ahora vemos por espejo, oscuramente, será visto cara a cara. Cuando estemos en el cielo diremos como la Reina de Sabá dijo en Jerusalén: “Ni aun se me dijo la mitad”. Estamos en espera de un día venturoso cuando nos veremos liberados de la carga de este crujiente tabernáculo, y estando ausentes del cuerpo, estaremos presentes al Señor. Nuestra esperanza de la futura bienaventuranza es elevada y confiada. ¡Oh, la visión de Su rostro! ¡Oh, la visión de Jesús en Su exaltación! Oh, el beso de Sus labios; la palabra, “Bien, buen siervo y fiel” proveniente de esa amada boca y luego permanecer para siempre recostado en Su seno. Váyanse, cuidados, váyanse, tristezas; si el cielo está tan cerca, ustedes no nos molestarán. El mesón puede ser tosco y afectado de pobreza, pero nosotros sólo somos viajeros, no somos inquilinos que dependen de un contrato. Este no es nuestro lugar de reposo; ¡vamos camino a casa! Amados, en la expectativa de los apacibles lugares de reposo en la tierra que fluye leche y miel, ustedes encuentran vino añejo refinado. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si no estuviéremos limitados de tiempo esta mañana, como, ¡ay!, lo estamos, les habría recordado que estos goces del creyente son antiguos en su origen, pues el texto nos muestra eso. La expresión: vinos añejos es la que se pretende expresar por “vinos purificados”; han estado en reposo durante largo tiempo y se les ha potenciado toda la virtud que contienen, y han sido purificados de todo material ordinario. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
¡En el Oriente, el vino es mejorado almacenándolos todavía más que los vinos en Occidente! Con mayor razón, las misericordias de Dios son más dulces para nuestras meditaciones debido a su antigüedad. Desde toda la eternidad, o desde antes que la tierra fuera hecha, los compromisos del pacto del amor sempiterno han estado descansando como vinos purificados, y hoy nos traen las supremas riquezas de todos los atributos de Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Les habría recordado también de la plenitud de su excelencia, porque el vino añejo refinado mantiene su sabor, y retiene su aroma; y hay una plenitud y riqueza en cuanto a las bendiciones de la divina gracia que las hacen muy queridas para nuestros corazones. Los gozos de la gracia no son emociones fantásticas, o destellos pasajeros de una excitación meteórica, antes bien, están basados sobre una verdad sustancial; son razonables, adecuados y propios. No pertenecen a las emociones espumosas y superficiales del mero sentimiento, sino que son movimientos sinceros, solemnes y profundos, justificados por el más preclaro juicio. Nuestra bienaventuranza no es de la espuma y de la oleada, sino que mora en las cavernas más íntimas de nuestro corazón. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Les habría recordado de su naturaleza refinada. Ningún pecado se mezcló con los gozos del Evangelio y los deleites de la comunión: están muy bien purificados. Los gozos del Evangelio son sempiternos, hacen a los hombres semejantes a los ángeles. Así como en el Evangelio Dios desciende a los hombres, así por el Evangelio los hombres ascienden a Dios. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
También habría podido mostrarles cuán absolutamente incomparables son las provisiones de la gracia. No hay un festín comparable al del Evangelio, ninguna comida semejante a la carne de Jesús, ninguna bebida como Su sangre, ningunos goces como los que coronan el banquete del Evangelio. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''II. '''No puedo decir nada más; la mesa está puesta ante ustedes, y ahora hemos de proseguir con gran brevedad para notar EL SALÓN DEL BANQUETE. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“En este monte”. Aquí hay una referencia a tres cosas: el mismo símbolo conlleva tres interpretaciones. Primero, literalmente, el monte sobre el que está construida Jerusalén. Yo no dudo que la referencia sea aquí al collado sobre el que está ubicada Jerusalén; la grandiosa transacción que fue cumplida en Jerusalén sobre el Calvario ha preparado un gran banquete para todas las naciones. Fue allí donde la cruz central sostuvo a Aquel que unió a la tierra y al cielo en misteriosa unión; fue allí donde en medio de densas tinieblas el Hijo de Dios fue hecho maldición por los hombres; fue allí que la aflicción culminó para que el gozo fuera consumado. Sobre ese mismo monte en el que los judíos y los gentiles se encontraron, y con clamorosa ira clamaron: “¡Sea crucificado!”, fue allí, en la entrega del Unigénito, cuya carne es verdadera comida, y cuya sangre es verdadera bebida, que el Señor hizo un banquete de manjares suculentos. Todo aquello de lo que he hablado esta mañana es encontrado en Cristo. Él es la resurrección y la vida: en Él somos justificados, adoptados, y asegurados; cada gota de gozo que bebemos mana de Sus fluyentes venas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Un segundo significado es la iglesia. Frecuentemente Jerusalén es usada como símbolo de la iglesia de Dios, y es bajo el palio de la iglesia que es preparado el gran banquete del Señor para todas las naciones. Yo soy, en el sentido más verdadero, un hombre convencido en la necesidad de la membresía de una iglesia. En verdad, tengo el pleno convencimiento de ello; soy un adherente sumamente resuelto a favor de la iglesia. Yo no creo en la salvación fuera del palio de la iglesia. Yo creo que la salvación de Dios está confinada a la iglesia, y únicamente a la iglesia. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Pero”, -dirá alguno- “¿qué iglesia?” ¡Ay!, ese es el asunto: Dios no quiera que yo signifique con eso ya sea la iglesia bautista o la iglesia independiente, o la iglesia episcopal, o la presbiteriana, o cualquier otra: me refiero a la iglesia de Jesucristo, a la compañía de los elegidos de Dios, a la comunión de los comprados con sangre, a la familia de los creyentes, estén donde estén, pues para ellos es provisto el banquete de manjares suculentos. Independientemente de la iglesia visible y externa con la que se hubieren asociado, beberán los vinos purificados; pero el banquete únicamente puede ser encontrado donde se encuentran quienes ponen su confianza en Cristo. Sólo hay una iglesia en el cielo y en la tierra, compuesta de hombres llamados por el Espíritu Santo, que son vivificados por Su poder vivificador; y es por medio del ministerio de esta iglesia que un abundante banquete es aderezado para todas las naciones, un banquete al que las naciones son convocadas por heraldos elegidos, a quienes Dios llama para que proclamen las buenas nuevas de salvación por Jesucristo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero, hermanos, el monte significa, algunas veces, la iglesia de Dios exaltada a su gloria del último día. Este monte será más alto que los collados y correrán a él los pueblos. Este texto tendrá su mayor cumplimiento en el día de la aparición de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Entonces la gloria del Evangelio será revelada más claramente que al momento presente. Los hombres tendrán una percepción más plena de la gloria del Señor, y un gozo más profundo de Su gracia; a la vez, la felicidad y la paz reinarán con una apacibilidad sin turbaciones. Pronto vendrá la edad de oro que ha sido vaticinada desde tanto tiempo atrás, por la que clamamos con expectación incesante. Que el Señor la envíe pronto y a Él sea toda la alabanza. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''III. '''En tercer lugar, pensemos en EL ANFITRIÓN del banquete. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Jehová de los ejércitos hará en este monte a todos los pueblos banquete de manjares suculentos”. Observen bien la verdad de que en el banquete del Evangelio no hay un solo platillo traído por el hombre. El Señor lo hace, y lo hace todo. Yo sé que algunos querrían traer consigo algo al banquete, algo por lo menos por la vía de guarnición y de aderezos, de tal forma de tener una participación del honor; pero eso no ha de ser, pues el Señor de los ejércitos hace el banquete, y no permitirá que los invitados traigan sus propios vestidos de bodas. Deben detenerse a la puerta y ponerse el manto que el Señor ha provisto, pues la salvación es solamente por gracia de principio a fin, y toda de Él, que es portentoso en obras, y que hace todas las cosas de conformidad a los consejos de Su voluntad. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
De todas las preciosas verdades que hablé al principio de este sermón, no hay ni una sola que provenga de cualquier otra fuente, excepto de la fuente divina; y de todos los goces que procuré dibujar débilmente, no hay ni uno solo que surja de los manantiales de la tierra; todos ellos fluyen de la eterna fuente. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El Señor prepara el banquete; y, observen que lo hace también como Señor de los ejércitos, como un soberano, como un gobernante, haciendo lo que quiere entre los hijos de los hombres, preparando lo que quiere para el bien de Sus criaturas, y constriñendo a quien Él quiera para que venga al banquete de bodas. El Señor provee soberanamente como Señor de los ejércitos, y lo hace todo suficientemente como Jehová. Se requería de la suficiencia absoluta de Dios para proveer un banquete para los pecadores hambrientos. Nadie más que el infinito “YO SOY” podría proveer un banquete lo suficientemente sustancial para suplir las necesidades de espíritus inmortales; pero Él lo ha hecho, y ustedes pueden adivinar el valor de las viandas por la naturaleza de nuestro anfitrión. Si Dios pone la mesa del festín, no ha de ser despreciado; si el Señor ha empleado toda la omnipotencia de Su eterno poder y Deidad preparando el banquete para la multitud de los hijos de los hombres, entonces pueden estar totalmente seguros de que se trata de un banquete digno de Él, un banquete al que pueden acudir con confianza, pues ha de ser precisamente el banquete que sus almas requieren, y de naturaleza tal que el mundo no vio nunca antes. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Oh alma mía, regocíjate en tu Dios y Rey. Si Él provee el festín, ha de recibir toda la gloria por ello. “No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria.” Oh Rey inmortal, eterno, invisible, Tú alimentaste a Tus hijos en el desierto con maná que bajó del cielo, y con agua que brotó de una dura roca, y dieron gracias a Tu nombre; pero ahora Tú nos llenas con alimento más noble. Ellos comieron el maná y murieron, pero nosotros vivimos de pan inmortal, es decir, del propio Jesús, y, por tanto, no podemos morir nunca. Ellos bebieron el agua que manó de la roca, y, sin embargo, tuvieron sed de nuevo, pero nosotros no tendremos más sed, sino que moraremos por siempre cerca de Ti, mientras el Cordero que está en medio del trono nos alimentará, y nos conducirá a las fuentes vivas del agua. Por tanto, ¡bendito sea Tu nombre, sí, mil veces bendito sea Tu nombre, oh Tú, Altísimo! Que todo el cielo diga “Amén” a las alabanzas de nuestros corazones, y que la multitud de Tus hijos aquí en la tierra, para quienes este banquete es preparado, loen y magnifiquen y bendigan Tu nombre desde la salida del sol hasta su ocaso. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
'''IV. '''Por último, una palabra o dos sobre LOS INVITADOS. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El Señor ha preparado el banquete “para todos los pueblos”. ¡Cuán preciosa es esta palabra! “Para todos los pueblos”. Entonces esto incluye no meramente al pueblo elegido, los judíos, de quienes eran los oráculos, sino abarca a los pobres gentiles incircuncisos, que, por Jesús, son atraídos. El bárbaro es invitado a este banquete; el escita no es rechazado. El griego pulido encuentra una puerta abierta; el intrépido romano se encontrará con una igual bienvenida. Los de la casa de César, si vinieran, recibirán una porción, y lo mismo harán los hermanos del mendigo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Bendito sea Dios por esa palabra, “a todos los pueblos”, pues permite la empresa misionera en toda tierra; por degradada que sea una raza, aquí encontramos una provisión hecha para ella. Este banquete de manjares suculentos es preparado tanto para el Sudra como para el Bramín; el Evangelio ha de ser predicado tanto para el degradado colono australiano como para el chino civilizado. Reflexionen sobre esas palabras: “a todos los pueblos”, y verán que incluyen a los ricos, pues hay un banquete de manjares suculentos para ellos, del tipo que su oro no podría comprar nunca; y también incluye a los pobres, pues siendo ellos ricos en fe, tendrán comunión con Dios. “A todos los pueblos”. Esto incluye al hombre de sobrada inteligencia y vasto conocimiento; pero igualmente comprende al hombre analfabeta que no puede leer. El Señor hace este banquete “paratodos los pueblos”; para ustedes, ancianos, pues si vienen a Jesús encontrarán que Él es apropiado para ustedes; para ustedes, jóvenes y señoritas, y para ustedes, pequeñitos, pues si ponen su confianza en el Salvador designado por Dios, habrá mucho gozo y felicidad para ustedes. &lt;br /&gt;
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¿Para todos los pueblos? Me parece que si yo estuviera buscando ahora y no hubiese asido a Cristo, estas palabras “todos los pueblos” serían un gran consuelo para mí, porque proporcionan esperanza a todos aquellos que desean venir. Nadie ha sido rechazado jamás de todos los que han venido alguna vez a Cristo y han pedido misericordia. Todavía es cierto, “Al que a mí viene, no le echo fuera.” Algunas personas muy singulares han venido a Él, algunas personas muy perversas, algunas personas muy endurecidas, pero la puerta nunca fue cerrada en la cara de nadie. ¿Por qué habría de comenzar Jesús algunos tratos duros contigo? No podría, porque no puede cambiar. Si Él dice: “Al que a mí viene, no le echo fuera”; conviértete en uno de esos: “al que a mí viene”, y no puede echarte fuera. &lt;br /&gt;
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Hay otro pensamiento, es decir, que entre las tapas de la Biblia no hay mención de alguna persona que no pueda venir. No se da ninguna descripción de una persona a quien se le prohíba confiar en Cristo. Me gustaría que revisaran el libro completo, ustedes que sueñan que Jesús los rechazará, y encuentren dónde se diga: “a tal individuo rechazaré; a tal individuo desecharé.” Cuando encuentren una cláusula que rechace a alguien, entonces tendrán un derecho para ser incrédulos, pero mientras no lo hagan les imploro que no se atormenten innecesariamente. ¿Por qué sembrar dudas y temores sin necesidad? Habrá abundancia de ellas sin necesidad de que se los fabriquen ustedes mismos. No limiten aquello que el Señor no limita. Yo sé que Él tiene un pueblo elegido; me regocijo en ello; yo espero que ustedes se regocijen en ello un día; y yo sé que Su pueblo tiene estos manjares suculentos provistos para ellos y únicamente para ellos; pero aun así, esto no está en conflicto con la otra preciosa verdad de que quienquiera que crea en el Hijo de Dios tiene vida eterna. Si tú crees en Jesucristo, todas estas cosas son tuyas. &lt;br /&gt;
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Ven, pobre individuo tembloroso, la trompeta de plata suena, y esta es la nota que resuena: “Vengan y sean bienvenidos, vengan y sean bienvenidos, vengan y sean bienvenidos.” La trompeta más severa de la ley que iba aumentando su sonido en extremo y por largo rato en el Sinaí tenía esto por nota: “Señala límites al monte: que nadie se acerque para que no muera.” Pero la trompeta del Calvario resuena con una nota opuesta; es: “¡Ven y sé bienvenido, ven y sé bienvenido, pecador, ven! Ven tal como eres, pecador como eres, endurecido como eres, descuidado según crees que eres, y sin poseer nada bueno de ningún tipo, ven a tu Dios en Cristo!” Oh, que pudieras venir a Él, que entregó Su Hijo para que se desangrara en el lugar del pecador, y arrojándote sobre lo que Cristo ha hecho, que resuelvas: “Aunque perezca, confiaré en Él; aunque sea echado fuera, voy a apoyarme en Él.” No perecerás, mas para ti habrá un banquete de manjares suculentos, de pedazos escogidos con tuétano, y de vino añejo refinado. Que el Señor los bendiga muy ricamente, por causa de Su nombre. Amén. '''&amp;amp;lt;/blockquote&amp;amp;gt;'''&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Luhmanjh</name></author>	</entry>

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