A cualquiera que haya perdido un hijo

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English: To Anyone Who Has Lost a Child

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Por Vaneetha Rendall Risner sobre Sufrimiento

Traducción por Jeannette Blanco

Una amiga me habló de una pareja joven que recientemente había perdido a su bebé durante el parto. La pareja estaba devastada y, aunque confiaban en Dios, se sentían terriblemente solos. Mi amiga, sabiendo que yo había perdido a un hijo pequeño, me preguntó qué podría escribirles a ellos y a parejas como ellos.

No te conozco, pero he orado y clamado a Dios por ti. No sé exactamente cómo te sientes, pues nadie más puede saberlo, pero te diré lo que sé sobre la pérdida, sobre el consuelo, y sobre la vida de tu hija. Oro que esta carta te ministre de alguna manera.

Salir del hospital con los brazos vacíos. Poner una silla de coche vacía en el maletero. Entrar a un dormitorio de bebé vacío. No se supone que sea así.

Perder a esta preciosa niña nunca fue parte de tu plan. Con su muerte, perdiste sueños y planes, muchos que no le habías dicho a nadie. Quizás ni siquiera a ti misma. Entonces, ¿Cómo podría alguien más conocer tu dolor al perder todo lo que secretamente esperabas?

Muchos no sabrán cómo responder a tu dolor. Algunos te evitarán y se alejarán porque es demasiado incómodo permanecer cerca. Otros pueden ofrecerte apoyo, pero nunca mencionan el nombre de tu hija, asumiendo que eso te molestaría. No saben cuánto significa para ti escuchar su nombre, recordarla, reconocer tu pérdida. Otros incluso ofrecerán clichés y palabras irreflexivas. Al menos tienes otro hijo. El cielo necesitaba otro ángel. Puedes tener otros bebés. Como si alguna de esas declaraciones fuera útil.

Algunos ofrecerán consejos sabios y verdades bíblicas, muchos de los cuales has conocido y creído durante años. Es posible que te resulte difícil asimilar esas verdades en este momento. Pueden sentirse insignificantes y triviales, incluso insensibles, en tu dolor.

Con suerte, tendrás algunos amigos que dirán poco, orarán con sencillez y no ofrecerán ningún consejo por el momento. Amigos que están dispuestos a entrar en silencio en tu dolor y acercarse a ti. Que no le temen a tu sufrimiento. Estas son las personas que anhelas que estén cerca de ti.

Es posible que desees volver a una vida normal, a la vida donde te sentías sin tantas preocupaciones, pero esa vida ya no existe. Esta niña con quien hablaste, a quien le cantaste y cuidaste mucho antes de que naciera te ha cambiado, aunque quizás solo la hayas vislumbrado por un momento, si acaso pudiste verla. Su recuerdo, su vida, te ha hecho comprender la fragilidad y brevedad de todo ser viviente.

Quizás el duelo sea el trabajo más difícil que hagas sobre la tierra. Y a menudo te sorprenderá por su intensidad a medida que los eventos cotidianos te recuerden de tu pérdida. Notarás mujeres embarazadas en el supermercado despertando en ti emociones imprevistas. Recibirás anuncios de nacimientos de tus amigas, lo que provocará lágrimas inesperadas. Verás bebés que tienen la edad de tu pequeña y el dolor se sentirá fresco nuevamente. Al notar todas estas cosas, es posible que te preguntes: ¿Por qué yo y no ellos?

No hay una respuesta sencilla a esa pregunta. El sufrimiento es en gran parte un misterio. Nadie más que Dios sabe por qué tu hija y no otro. Pero no importa cuáles sean los buenos propósitos de Dios, ten la seguridad de que la muerte de tu preciosa hija no es un castigo de Dios. En Cristo, no hay condenación para ti. Dios está totalmente por ti. Y por tu hija. Un día verás la belleza que Dios trajo en su breve vida.

Después de la muerte de nuestro hijo de dos meses, Paul, me preguntaba si su vida importó. Casi nadie lo había visto. Sin embargo, al leer la Biblia, vi que Dios cumplió su propósito para Paul, así como Dios cumple su propósito en cada una de nuestras vidas (Salmo 57:2). Paul no había revolucionado al mundo. No había dejado huella en otras personas. No había hecho nada "significativo". Pero no necesitamos hacer nada significativo para que nuestras vidas sean significativas.

El Señor tiene un propósito para cada vida humana, por lo que un niño que muere en el útero ha cumplido su propósito tan plenamente como alguien que vive hasta la vejez. En el funeral de su pequeña nieta, mi amiga dijo que Dios había cumplido la palabra que había pronunciado sobre la vida de su nieta. La vida de esta niña, aunque breve, estuvo llena de significado y propósito. Si bien no podemos entender por qué fue más corta que otras, podemos saber que fue igualmente valiosa a los ojos de Dios.

Así como la vida de tu hija fue importante, tu reacción también es importante. No dejes que este dolor te aleje de Dios. Aférrate a Jesús. Deja que tus lágrimas fluyan con libertad. Haz tu caminata de lamento a través de los Salmos. Expresa tu lamento y tu dolor a Dios. Pasajes como el Salmo 88 me han dado palabras para clamar,

Me has puesto en la fosa más profunda… ¿Por qué, Señor, rechazas mi alma? ¿Por qué escondes de mí tu rostro? (Salmo 88:6, 14, LBLA)

Cuando no tengo palabras propias, pasajes como este dan forma a los sentimientos que ni siquiera logro articular por estar demasiado quebrantada.

Aun así, puede ser difícil abrir la Biblia al encontrarnos en un dolor profundo. Podríamos tener dificultades para acercarnos al Dios que nos hirió. Podría parecer distante y frío, y ni siquiera podemos sentir su presencia. Pero no debemos simplemente hacer o creer lo que surge de forma natural. Cuando todo en nosotros quiere alejarse, debemos ser intencionales para volvernos hacia Dios. Sus promesas y su presencia nos esperan.

Cuando abrimos la Biblia, el Señor puede hablarnos a través de ella. Palabras de consuelo. De seguridad. De gracia. Aférrate a ellas. Dios está por ti. Él nunca te dejará. Sus promesas son verdaderas. A lo largo de las Escrituras, vemos evidencia abrumadora del amor de Dios. Dio a su Hijo por nosotros para que pudiéramos vivir con Él para siempre.

Las promesas de Dios te consolarán, pero no borrarán mágicamente tu dolor. El tiempo puede quitar el aguijón, pero esta herida abierta dejará una cicatriz para siempre. Nunca olvidarás a esta niña, a esta pequeña a la que amaste, planeaste y atesoraste durante nueve meses. La llevarás en tu corazón hasta el día en que Dios te lleve a casa. Y ese día, cuando la veas de nuevo, te regocijarás de que sea gloriosamente feliz en el cielo y de que Dios cumplió su propósito para su vida.


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