Hay algo peor que la muerte

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Nunca vamos a encontrarle sentido a la Biblia, a la misión de la iglesia o a la gloria del evangelio a menos que entendamos esta paradoja: la muerte es el último enemigo, pero no el peor.

Claramente, la muerte es un enemigo, el último enemigo a ser destruido como Pablo nos dice (1 Co. 15:26). La muerte es un trágico resultado del pecado (Ro. 5:12). Ésta debería ser odiada y rechazada. Ésta debería levantar nuestra ira y triste indignación (Juan 11:35, 38). La muerte debe ser derrotada.

Pero, por otro lado, ésta no debe ser temida. Una y otra vez la Escritura nos dice que no temamos a la muerte. Después de todo, ¿qué puede hacernos la carne (Sal. 56:3-4)? El nombre del SEÑOR es torre fuerte, a ella corre el justo y está a salvo (Pro. 18:10). Así que, aun si somos entregados a nuestros enemigos, ni siquiera un cabello de nuestra cabeza perecerá aparte de la voluntad de Dios (Lucas 21:18). Como cristianos, vencemos por la palabra de nuestro testimonio, no por aferrarnos a la respiración (Ap. 12:11). De hecho, no hay nada más fundamental para el cristianismo que la fe cierta de que la muerte será ganancia para nosotros (Flp. 1:21).

Por lo tanto, no tememos a la muerte. En vez de eso, “cobramos ánimo”, porque, “preferimos más bien estar ausentes del cuerpo y habitar con el Señor” (2 Co. 5:8).

El testimonio consistente de la Escritura es que la muerte es dolorosa, pero está lejos de ser el desastre último que le puede ocurrir a una persona. De hecho, hay algo pero que la muerte. Mucho peor.

TEMED A ESTO

La mayor parte del tiempo Jesús no quiso que sus discípulos tuvieran miedo. Él les dijo que no teman a sus perseguidores (Mt. 10:26), que no teman a aquellos que matan el cuerpo (v. 28), que no teman por sus preciosos cabellos en sus preciosas cabezas (v. 31). Jesús no quiso que ellos temieran a muchas cosas, pero él quiso que ellos temieran al infierno: “Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”, Jesús advirtió, “más bien temed a aquel que puede hacer perecer tanto el alma como el cuerpo en el infierno” (v. 28).

Las personas regularmente hablan como si Jesús estaba asustando exageradamente a las personas con escenas de juicio. Pero tal sentimiento expone un prejuicio de mente-ligera más que una exégesis cuidadosa. Constantemente Jesús advirtió del día del juicio (Mat. 11:24; 25:31-46), habló de la condenación (Mat. 12:37; Juan 3:18), y describió el infierno en términos gráficos y chocantes (Mat. 13:49-50; Lucas 16:24). Solamente tienes que leer sus parábolas sobre los labradores, o sobre la fiesta de bodas, o sobre las vírgenes o sobre los talentos para darte cuenta de que Jesús frecuentemente motivó a su audiencia a prestar atención a su mensaje al advertirles del juicio venidero. Asustar a las personas no fue algo que Jesús hizo a escondidas.

Obviamente, sería incorrecto caracterizar a Jesús y a los apóstoles como sólo fanáticos con miradas vacías gritando a las personas que se arrepientan o perezcan. El Nuevo Testamento es un largo tratado sobre la salvación de las almas del infierno. Sin embargo, estaría más cerca de la realidad ver a Jesús y a los apóstoles (sin mencionar a Juan el Bautista) rogando apasionadamente a las personas que huyan de la ira venidera más que verlos haciendo planes para una renovación cósmica y ayudando a personas en sus viajes espirituales. Cualquiera que lea a través de los evangelios, las epístolas y Apocalipsis con una mente abierta tiene que concluir que la vida eterna después de la muerte es la gran recompensa por la cual esperamos y la destrucción eterna después de la muerte es el terrible juicio que queremos evitar a toda costa. Desde Juan 3 hasta Romanos 1 y desde 1 Tesalonicenses 4 hasta Apocalipsis… bueno, en todo ello, difícilmente aparece un capítulo en donde Dios no se muestra como el gran Salvador de los justos y el Juez justo de los impíos. Hay una muerte para los hijos de Dios que no debe ser temida (Heb. 2:14-15), y una segunda muerta para el impío que debe ser temida (Ap. 20:11-15).

FIRME COMO HASTA AHORA

Sin importar cuán no-popular ésta pueda ser y cuánto desearíamos suavizar sus duras esquinas, la doctrina del infierno es esencial para un testimonio cristiano fiel. La creencia de que hay algo peor que la muerte es, para recordar la ilustración de John Piper, un lastre para el barco de nuestro ministerio.

El infierno no es nuestra Estrella del Norte. Es decir, la ira divina no es nuestra luz guía. Ésta no establece la dirección de todo en la fe cristiana como, por ejemplo, la gloria de Dios en la faz de Cristo. Ni el infierno es el timón que dirige la nave, ni el viento que nos empuja, ni las velas que capturan la brisa del Espíritu. Sin embargo, el infierno no es incidental a esta embarcación que llamamos iglesia. Es nuestro lastre, y lo tiramos por la borda ante el gran peligro de que tanto nosotros mismos como otros se ahoguen lejos en el mar.

Para aquellos que no están familiarizaos con términos de barcos, lastre se refiere a los pesos, generalmente puestos debajo, en el medio del bote, que son usados para mantener el barco estable en el agua. Sin lastre, el barco no se sentará correctamente. Se desviará de su curso con más facilidad o será tirado de un lado a otro. El lastre mantiene el barco balanceado.

La doctrina del infierno es como eso para la iglesia. La ira divina puede que no sea la decoración principal o la bandera que levantamos en cada asta. La doctrina puede estar debajo de otras doctrinas. Puede que no siempre se vea. Pero su ausencia siempre se sentirá.

Debido a que el infierno es real, debemos preparar a las personas a morir bien mucho más que ayudarlos a vivir cómodamente. Debido a que el infierno es real, no debemos pensar que aliviar los sufrimientos terrenales es el acto más amante que podemos hacer. Debido a que el infierno es real, el evangelismo y discipulado no debe ser marginalizado como tareas importantes que van a la par con pintar una escuela o producir una película.

Si perdemos la doctrina del infierno, sea porque nos volvamos muy avergonzaos para mencionarla o muy sensibles a la cultura para afirmarla, podemos estar seguros de lo siguiente: el barco irá a la deriva. La cruz será despojada de la propiciación, nuestra predicación estará vacía de urgencia y poder, y nuestro trabajo en el mundo no se centrará más en llamar a las personas a la fe y al arrepentimiento y edificarlos hasta la madurez en Cristo. Pierde el lastre del juicio divino y nuestro mensaje, nuestro ministerio, y nuestra misión cambiarán eventualmente.

PERMANECIENDO EN CURSO

Todo en la vida debe ser hecho para la gloria de Dios (1 Co. 10:31). Y debemos hacer bien a todas las personas (Gl. 6:10). Sin excusas para preocuparnos por nuestras ciudades, amar a nuestro prójimo o trabajar duro en nuestra vocación. Esos también son deberes. Pero con la doctrina del infierno como el lastre en nuestros barcos, nunca vamos a burlarnos de los viejos himnos que nos llaman a rescatar a los perdidos, ni nos burlaremos de salvar las almas como si fuera sólo un seguro contra incendios glorificado.

Hay algo peor que la muerte. Y sólo el evangelio de Jesucristo, proclamado por cristianos y protegido por la iglesia, puede librarnos de lo que realmente debemos temer. La doctrina del infierno nos recuerda que la más grande necesidad de cada persona no será suplida por las Naciones Unidas o por la Hábitad para la Humanidad o por la United Way. Es sólo a través del testimonio cristiano, a través de la proclamación de Cristo crucificado, que la peor cosa en todo el mundo no caerá sobre aquellos en el mundo.

Así que, a todos los pastores maravillosos, sacrificiales, arriesgados que aman la justicia, que se preocupan por los que sufren y desean una renovación en sus ciudades, Jesús dice: “Bien hecho chicos. Pero no olviden el lastre”.



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