La Obra del Espíritu Santo/La Gracia Preparatoria

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Es por esto que las iglesias reformadas insisten tan fuertemente en el correcto entrenamiento de nuestros niños. Porque aunque confesemos que todo nuestro entrenamiento no puede crear la más mínima chispa de fuego divino, sabemos que cuando Dios pone esa chispa en sus corazones, encendiendo la nueva vida, mucho dependerá de la condición en la cual los encuentre.
Es por esto que las iglesias reformadas insisten tan fuertemente en el correcto entrenamiento de nuestros niños. Porque aunque confesemos que todo nuestro entrenamiento no puede crear la más mínima chispa de fuego divino, sabemos que cuando Dios pone esa chispa en sus corazones, encendiendo la nueva vida, mucho dependerá de la condición en la cual los encuentre.
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Última versión de 20:47 31 mar 2010

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English: The Work of the Holy Spirit/Preparatory Grace

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Por Abraham Kuyper sobre Espíritu Santo
Capítulo 16 del Libro La Obra del Espíritu Santo

Traducción por Glorified Word Project


XVII. ¿Qué Es?

“Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos. Aquel que no ama a su hermano, permanece en la muerte.” —1 Juan iii.14

No es necesario decir que el alcance de estas discusiones no incluye el trabajo redentor como un todo, el cual en su sentido más selecto no es solamente del Espíritu Santo, sino del Dios Trino, cuya real majestad brilla y centellea en Él con excelente gloria. No sólo incluye el trabajo del Espíritu Santo sino, aun más, el del Padre y el del Hijo. En ellos tres vemos la triple actividad de la bondadosa misericordia del Dios Trino.

Estas discusiones se enfocan sólo en esa parte del trabajo que revela la operación del Espíritu Santo.

La primera pregunta es aquella de la llamada “gracia preparatoria.” Esta es una pregunta de incomparable importancia ya que el Metodismo[1] la omite y la moderna ortodoxia abusa de ella, de modo de hacer que la elección determinante en la obra de la gracia dependa, otra vez, de la libre voluntad del hombre.

En relación al punto principal, debe concederse que hay una “gracia prœparans,” así como solían llamarlo nuestros antiguos teólogos, es decir, gracia preparatoria; no una preparación de la gracia sino una gracia que prepara, la cual es en su trabajo preparatorio, gracia verdadera indudable e inadulterable. La Iglesia ha mantenido siempre este credo, por sus intérpretes más sensatos y sus más nobles confesores. No podría renunciar a él, mientras Dios sea efectivamente eterno, incambiable y omnipresente; pero debido a ello debe fuertemente protestar contra la falsa representación de un Dios que deja que un hombre nazca y viva por años de manera desapercibida e independiente de Él mismo, para súbitamente convertirlo en el momento de Su regocijo y sólo ahí, en un objeto bajo Su cuidado y custodia.

Aún cuando no puede negarse que el pecador compartió esta desilusión ya que él no se interesó en Dios, entonces, ¿por qué Díos debía ocuparse de él?—pues bien la Iglesia no puede alentar en él una idea tan impía. Porque ello empequeñece las divinas virtudes, glorias y atributos. Herejes de diverso nombre y origen han hecho de la salvación del alma su mayor estudio, pero casi siempre han descuidado el Conocimiento de Dios. Aun así, cada credo comienza con “[Yo] Creo en Dios Padre todopoderoso, Creador del cielo y la tierra” y el valor de todo lo que sigue concerniente a Jesús y nuestra redención, dependen sólo de la correcta interpretación de ese primer artículo.

De ahí que la Iglesia ha insistido siempre sobre el puro y correcto conocimiento de Dios en cada una de las confesiones y en cada parte de la obra redentora, y ha considerado como su deber y privilegio principal el resguardo de la pureza de este conocimiento. Aun la salvación de un alma no debiera desearse a expensas del más leve daño a la pureza de dicha confesión.

En relación al trabajo de la gracia preparatoria, fue necesario examinar ante todas las cosas, si el conocimiento de Dios había sido retenido en su pureza, o si, con tal de salvar a un pecador, fue distorsionado. En prueba de esto, no se puede negar que el cuidado de Dios por Sus elegidos no comienza en un momento arbitrario, sino que están entrelazados con su total existencia, incluyendo sus concepciones e incluso antes de sus concepciones, por los misterios de ese amor redentor que declara “Os he amado con un imperecedero amor.” De ahí que sea impensable que Dios haya dejado a un pecador por si solo por años, para luego capturarlo en algún momento cualquiera de su vida.

¡No! Si Dios ha de permanecer Dios y Su poder Omnipresente es ilimitado, la salvación de un pecador debe ser un trabajo eterno, abarcando su existencia total—una obra cuyas raíces están ocultas en los fundamentos invisibles de las misericordias maravillosas que se extienden mucho más allá de su concepción. No puede negarse que un hombre, convertido a los veinte y cinco años, no haya sido durante su vida sin Dios, un sujeto del trabajo, cuidado y protección divina; que en su concepción y antes de su nacimiento, la mano de Dios lo sostuvo de ahí en adelante; así que, aun en el divino consejo, la obra de Dios debe ser rastreada mucho antes de su conversión.

La confesión de elección y preordenación es esencialmente el reconocimiento de una gracia activa, mucho antes de la hora de la conversión. La idea que Dios, desde la eternidad, ha registrado un mero nombre o figura arbitraria, para activarla sólo después de varios siglos, es realmente inverosímil. ¡No! Los elegidos de Dios nunca estuvieron ante Su eterna visión como meros nombres o figuras; sino toda alma elegida está también preordenada para pararse delante de Él en su desarrollo completo, como objeto en Cristo, para el eterno regocijo de Dios.

El sacrificio de Jesús en el Calvario, que satisface a los elegidos, justificándolos por Su Resurrección, no se logró independientemente de los elegidos, sino que los incluyó a todos. La resurrección es el trabajo de la divina Omnipotencia, en la cual Dios trae de entre los muertos, no sólo a Cristo sin Él mismo, sino con Él mismo. De ahí que cada santo con una clara visión espiritual confiesa que su Padre celestial realiza en él un trabajo eterno, no iniciado solamente en su conversión, sino que forjado en el eterno ‘consejo’ a través de las antiguas y nuevas alianzas; en su persona todos los días de su vida y que trabajará en él por toda la eternidad. Aun en este amplio sentido la Iglesia no debe descuidar de confesar la gracia preparatoria.

Sin embargo, el tema se estrecha cuando, excluyendo lo que procede a nuestro nacimiento, consideramos sólo nuestra vida pecaminosa antes de la conversión, o los años comprendidos entre la edad del discernimiento y la hora en que las escalas de medición caen de nuestros ojos.

Durante esos años nos apartamos de Dios, en vez de acercarnos más a Él. El pecado irrumpió más violentamente en unos que en otros, pero hubo iniquidad en todos nosotros. Cada vez que nuestras almas eran medidas por la plomada divina, resultaban sus medidas fuera del perpendicular. Durante este período pecaminoso, muchos sostienen que la gracia preparatoria esta fuera de toda consideración. Ellos dicen, “Donde hay pecado no puede haber gracia,” de ahí que durante esos años el Señor deja al pecador consigo mismo, sólo para volver a él cuando el amargo fruto del pecado está lo suficientemente maduro como para moverlo a la fe y al arrepentimiento. Ellos no niegan la bondadosa elección de Dios y su preordenación, ni Su cuidado por los elegidos en su nacimiento, pero ellos sí niegan Su gracia preparatoria durante los años de alienación y creen que Su gracia comienza a operar sólo cuando irrumpe en sus conversiones.

Por supuesto que hay algo de verdad en esto; existe tal cosa como el abandono del pecador a la iniquidad, cuando Dios permite que un hombre camine sus propios caminos, entregándose a viles pasiones y a cosas que son indecorosas. Pero en vez de interrumpir la labor de Dios sobre tal alma, las propias palabras de la Escrituras, “los entregó” (Ro. i. 24,28), muestran que el dejarse llevar por la corriente del pecado, no es sin que Dios lo note. Los hombres han confesado que si el pecado interno no se hubiera revelado a sí mismo, irrumpiendo con su furia, ellos nunca hubieran descubierto la corrupción interna, ni habrían pedido a gritos a Dios por clemencia. La realización de su culpa y el recuerdo de su temible pasado han sido para muchos santos una poderosa incitación para trabajar con mano fuerte y corazón compasivo en el rescate de aquellos perdidos sin esperanza de las mismas aguas mortíferas de las cuales ellos fueron salvados. El recuerdo de la profunda corrupción de la cual ahora se han librado ha sido para muchos la más potente defensa contra una fantasiosa rectitud personal, comportamiento orgulloso y engreimiento de ser más santo que otros. Muchas profundidades de reconciliación y gracia han sido descubiertas y proclamadas sólo por corazones tan profundamente heridos, que la mera confesión superficial de la sangre expiatoria no puede ser suficiente para cubrir su culpa. Cuán profundo calló David, ¿y quién grito más jubilosamente que él, desde las profundidades de la misericordia? ¿Quién inculcó la más pura confesión de la Iglesia que Agustín, incomparable entre los padres de la Iglesia, quien desde los abismos de su propia culpa y quebranto interior, aprendió a contemplar el firmamento de las misericordias eternas de Dios? Aun desde esta extrema visión sobre el pecaminoso camino del hombre, no se puede afirmar que de esa forma se suspendió la gracia de Dios. Luz y sombra están aquí necesariamente mezclados.

Y esto no es todo. Aun cuando por el pecado hemos perdido todo, y el pecaminoso ego, como quiera que sea de virtuoso externamente, ha teñido cada acción de la vida con pecado, mas esto no es toda la vida. En medio de todo, la vida se moldea y desarrolla: el pecador de veinticinco difiere del niño de tres, quien por su mal genio simplemente mostró su naturaleza pecaminosa. Durante todos esos años el niño se ha vuelto hombre. Aquello que dormitaba en él, se ha manifestado gradualmente. Las influencias han llegado a él. El conocimiento ha sido dominado e incrementado. Los talentos se han despertado y desarrollado. La memoria y el recuerdo han acumulado un cúmulo de experiencia. No importa cuán pecaminosa sea la forma, el carácter se ha asentado y algunos de sus rasgos han adoptado líneas definidas. El niño se ha vuelto hombre—una persona, viviente, existente y pensante en forma diferente a otras personas. Y en todo esto, así lo confiesa la Iglesia, estuvo la mano del Omnipresente y Todopoderoso Dios. Ha sido Él quien durante todos estos años de resistencia, ha guiado y dirigido a Sus criaturas de acuerdo a Sus propios propósitos.

Tarde o temprano el Sol de la Gracia amanecerá sobre él y dado que mucho dependerá de las condiciones en las cuales la gracia lo encuentre, es Dios mismo quién prepara dichas condiciones. Él lo prepara, restringiendo bondadosamente su carácter de adoptar rasgos que puedan impedirle posteriormente seguir su curso en el reino de Dios, y por otra parte, por desarrollar bondadosamente en él, un carácter y características tales, que aparecerán después de su conversión, adaptados a la tarea que Dios deseó para él. Y así se hace evidente que aún durante tiempos de enajenación, Dios otorga gracia a Sus elegidos. Posteriormente él percibirá cuán evidentemente han trabajado para bien todas las cosas conjuntamente, no porque él lo haya determinado así, sino que a pesar de sus intenciones pecaminosas, y sólo porque la gracia protectora de Dios estuvo trabajando en y a través de todo ello. Su curso pudo haber sido completamente diferente. El que sea tal como es, y no mucho peor, lo debe no a sí mismo, sino a un favor superior. De ahí que en la revisión de su oscura vida anterior, el santo piensa en primera instancia que tan sólo tuvo una noche de satánica oscuridad; posteriormente, estando mejor instruido, él percibe a través de esa negrura una tenue luz de amor divino. De hecho, en su vida hay tres períodos distintivos de gratitud:

En primer lugar, inmediatamente después de su conversión, cuando él no puede pensar en ninguna otra razón más que en la de la gracia recién encontrada.

En segundo lugar, cuando él aprende a dar gracias también por la gracia de su eterna elección, que se extiende hacia mucho más atrás que la primera gracia.

Finalmente, cuando la oscuridad entre la elección y la conversión se haya disipado, él agradece a Dios por la gracia preparatoria que en medio de esa oscuridad velo por su alma.


XVIII. Qué no Es

“Somos sus obreros.”—Efesios ii.10.

En el artículo precedente quedamos contentos de saber que sí hay una gracia preparatoria. En oposición al moderno deísmo de los metodistas,[2] las iglesias reformadas deberían confesar esta excelente verdad en toda su extensión y amplitud. Pero no se debiera abusar de él para restablecer la libre voluntad del pecador, como lo hicieron los pelagianos y los arminianos después de ellos y como lo hacen ahora los éticos, aún cuando de forma diferente.

Los metodistas yerran al decir que Dios no se preocupa del pecador hasta Él lo detiene de pronto en sus actos pecaminosos. Tampoco debemos tolerar el error opuesto, la negación de la regeneración, el nuevo punto de partida en la vida del pecador, el cual haría que toda la obra de conversión tan sólo fuera el despertar de energías dormidas y contenidas. No hay transición gradual; la conversión no sólo es mera curación de la enfermedad, o el surgimiento de lo que había sido contenido ni el menor de ellos, el despertar de energías latentes.

En relación a su primer nacimiento, el hijo de Dios estaba muerto, y puede ser vuelto a la vida solamente por un segundo nacimiento tan real como el primero. Generalmente, la persona favorecida de esta forma no está conciente de ello. De hecho, el hombre es inconciente de su primer nacimiento. La conciencia sólo llega con los años. Lo mismo aplica para la regeneración, de la cual él es inconciente hasta el momento de su conversión y eso puede ser en diez o veinte años.

Los fundamentos sobre los cuales la Iglesia confiesa que la gran mayoría de los hombres nace nuevamente antes del sagrado bautismo son muchos ciertamente; de ahí que en el bautismo se hace alocución a los hijos de los creyentes como ‘regenerados.’

¿Qué enseñan respecto a esto los semi-pelagianos de todos los tiempos y matices, y los éticos del tiempo presente? Ellos reducen el primer acto de Dios en los pecadores a una suerte de gracia preparatoria, impartida no sólo a los elegidos, sino que a toda persona bautizada. Ellos lo representan como sigue:

Primero, todos los hombres son concebidos y nacen en pecado; y si Dios no diera el primer paso, todos perecerían.

Segundo, Él imparte a los hijos nacidos en la Iglesia Cristiana una suerte de gracia asistencial, aliviando su incapacidad.

Tercero, por consiguiente cada persona bautizada tiene el poder de elegir o rechazar la gracia ofrecida.

Cuarto, por lo tanto, de los muchos que reciben la gracia preparatoria, algunos eligen la vida y otros perecen.

Esta no es la confesión de Agustín sino de Pelagio; no de Calvino sino de Castellio; no de Gomarus sino de Arminio; no de las Iglesias Reformadas sino de las sectas que estas han condenado como heréticas.

Esta mentira impía, que impregna toda esta representación, debe ser erradicada; y los hermanos metodistas merecen nuestro fuerte apoyo cuando con santo entusiasmo se oponen a ese falso sistema. Si esta representación fuera cierta, entonces el consejo de Dios habría perdido toda su certeza y firmeza: entonces la obra redentora del Mediador es incierta en su aplicación; entonces nuestro tránsito desde la muerte a la vida dependería al final sólo de nuestra propia voluntad; y al niño de Dios se le robaría todo consuelo en la vida y la muerte, ya que su nueva vida podría perderse.

De nada les sirve a los teólogos éticos cuando, bajo distintas bellas formas, confiesan su creencia en una elección eterna y en que la gracia no puede perderse y en la perseverancia de los santos, mientras no se purgan a sí mismos de su principal error, a saber, que en el bautismo Dios libera al pecador de su inhabilidad de poder elegir su vida por sí mismo—ello no se basa en las iglesias reformadas, sino que está en directa contraposición a ellas. No serán considerados como hijos de la casa reformada de la fe, hasta que, sin ningún subterfugio, confiesen definitivamente que la gracia preparatoria no opera de ninguna forma, excepto sobre aquellas personas que ciertamente llegan a la vida y que nunca más se perderán. Suponer que esta gracia puede operar en un hombre sin salvarlo para lo eterno, es desligarse de la doctrina de la Escritura y darle la espalda a un rasgo vital de las iglesias reformadas. No negamos que muchas personas en quienes se han forjado muchos poderes excelentes se pierdan. El apóstol enseña esto muy claramente en Hebreos vi: “Ellos pueden haber probado del regalo celestial,” pero entre la obra de Dios en ellos y en el de Sus elegidos, hay un gran abismo. Las obras en aquellos no-electos no tienen nada en común con la gracia salvadora. Por consiguiente, la gracia preparatoria, así como la gracia salvadora, está enteramente fuera de cuestión. Por supuesto que hay una gracia preparatoria, pero sólo para los elegidos que ciertamente llegarán a la vida y que, una vez que han sido avivados, permanecerán así. La fatal doctrina de las tres condiciones, a saber, (1) de aquellos espiritualmente muertos, (2) de los espiritualmente vivos y (3) de aquellos hombres que deambulan entre la vida y la muerte—debe ser abandonada. La propagación de esta doctrina en nuestras iglesias por seguro destruirá su carácter espiritual, tal como lo ha hecho en las antiguas iglesias Huguenot en Francia. Vida y muerte son opuestos absolutos; un tercer estado entre ellos es impensable. El que está apenas vivo pertenece a los vivos y aquel que recién ha muerto pertenece a los muertos. Uno aparentemente muerto está vivo y aquel aparentemente vivo está muerto. La línea divisoria es del ancho de un cabello y el estado intermedio no existe. Esto se aplica a la condición espiritual. Uno vive, aun cuando tan sólo haya recibido el germen vital y todavía vague inconverso por los caminos del pecado. Y él está muerto, aún habiendo probado el regalo celestial, mientras la vida no se haya reencendido en su alma. Toda otra representación es falsa.

Otros postulan que la gracia preparatoria prepara, no para la recepción de la vida, sino para la conversión. Esto es igualmente pernicioso, puesto que entonces la salvación del alma no depende de la regeneración, sino de la conversión; y esto hace que la salvación de nuestros infantes muertos sea imposible. ¡No! Parados al pie de las sepulturas de nuestros niños bautizados, confiados en su salvación, dada por el único Nombre bajo el cielo, rechazamos la enseñanza que hace depender la salvación de la conversión; pero confesamos que sí es consecuencia del divino acto de creación de una nueva vida, que tarde o temprano se manifiesta en la conversión.

La gracia preparatoria siempre precede a una nueva vida; por consiguiente, cesa aun antes del sagrado bautismo, en infantes avivados antes de ser bautizados. Por consiguiente, en un sentido más limitado, la gracia preparatoria sólo opera en personas avivadas más adelante en sus vidas, poco antes de su conversión, pues el pecador una vez avivado ya ha recibido la gracia, es decir, el germen de toda gracia; aquello que existe no puede ser preparado.

Un tercer error sobre este punto es la representación que ciertos modos y disposiciones de ánimo deben ser preparados en el pecador antes que Dios pueda avivarlo; como si la gracia de avivamiento fuera condicionada por sobre la gracia preparatoria. La salvación de nuestros infantes fallecidos se opone también a esto. No había humores ni disposiciones en ellos; mas ningún teólogo dirá que ellos estaban perdidos. ¡No! El pecador no necesita nada para predisponerse a la implantación de la nueva vida; y aun cuando fuese el más duro de los pecadores desprovisto de cualquier predisposición, Dios es capaz de avivarlo según Su propio tiempo. La omnipotencia de la divina gracia es ilimitada.

La implantación de una nueva vida no es un acto moral sino un acto metafísico de Dios—es decir, Él no lo pone en efecto por amonestación al pecador sino independientemente de su voluntad y conciencia; así a pesar de su voluntad, Él planta algo en el, con lo cual su naturaleza adquiere otra calidad.

La representación, todavía mantenida por algunos de nuestros mejores teólogos, respecto a que la gracia preparatoria es como secar madera húmeda de modo que la chispa pueda encenderla más prontamente, es una que no podemos adoptar. La madera húmeda no tomará la chispa. Debe secarse antes de que pueda ser encendida. Esto no se aplica para la obra de la gracia. La disposición de nuestras almas es inmaterial. Sea lo que sea, la omnipotente gracia puede encenderla; y aún cuando no subvaluamos las disposiciones, no les concedemos la potencialidad de astillas para encender.

Por esta razón los teólogos del período floreciente de nuestras iglesias insistieron que la gracia preparatoria no debía ser tratada aisladamente, sino en el siguiente orden: La gracia de Dios primero precede, luego prepara y finalmente realiza (prœveniens, prœparans, operans)—es decir, la gracia es siempre primera, nunca espera algo en nosotros, sino que empieza su trabajo antes que haya algo en nosotros. Segundo, el tiempo antes de nuestro avivamiento no es desperdiciado pues durante él la gracia nos prepara para nuestro trabajo de vida en el reino. Tercero, el en momento preciso la gracia sola nos aviva sin ayuda; por consiguiente la gracia es el operador, el verdadero obrero. De ahí que la gracia preparatoria no debe entenderse nunca como medio para preparar la entrega de vida. Nada prepara para tal avivamiento. La vida es encendida, sin preparación previa, no de algo en nosotros, sino que enteramente por el trabajo de Dios. Todo la gracia preparatoria concluye es esto, ya que por él, Dios dispone nuestra vida, organiza su curso y dirige nuestro desarrollo; los cuales, avivados por Su exclusivo acto, nos dará la disposición necesaria para realizar la tarea que nos ha asignado en el reino.

Nuestra persona es como el terreno sobre el cual el sembrador debe esparcir la semilla: Suponga que hay dos terrenos donde la semilla debe sembrarse; una de ellas debe ararse, fertilizarse, escalonarse y limpiar de piedras, mientras que la otra permanece en barbecho y desatendida. ¿Cuál es el resultado? ¿Producirá el primer trigo por sí solo? De ninguna manera: los surcos nunca habían sido tan profundos y el terreno tan rico y suave; mas si no recibe semilla, nunca dará nada. En el otro, no cultivado, donde sí se esparció semilla, esta seguramente germinará. El origen del trigo cosechado no tiene conexión con la labranza del terreno ya que la semilla fue transportada allí desde otro lugar. Pero para el crecimiento del trigo, las labores de labranza son de suma importancia. Y de tal forma lo es en el reino espiritual. Sea grande o pequeña la gracia preparatoria, no contribuye en nada al origen de la vida, la cual surge de la “semilla incorruptible” sembrada en el corazón. Pero para su desarrollo es de más alta importancia.

Es por esto que las iglesias reformadas insisten tan fuertemente en el correcto entrenamiento de nuestros niños. Porque aunque confesemos que todo nuestro entrenamiento no puede crear la más mínima chispa de fuego divino, sabemos que cuando Dios pone esa chispa en sus corazones, encendiendo la nueva vida, mucho dependerá de la condición en la cual los encuentre.


Notas

  1. Vea al explicación del autor sobre Metodismo, sección 5 del Prefacio.
  2. Ver sección 5 en Prefacio.

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