La Palabra una Espada

De Libros y Sermones Bíblicos

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Por Charles H. Spurgeon sobre La Biblia
Una parte de la serie Metropolitan Tabernacle Pulpit

Traducción por Allan Aviles


"Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón." Hebreos 4: 12.

Cuando leen a los diversos comentaristas y expositores que hablan sobre este versículo, las personas que son aficionadas a un laberinto de exposición bíblica se encuentran con un enrevesamiento extremadamente desconcertante. Este es el dilema: por la Palabra de Dios, ¿se debe entender aquí el Verbo Encarnado, el Logos Divino, que en el principio era con Dios? O, más bien ¿el pasaje se relaciona con este Libro inspirado, y con su médula que es el Evangelio, según es proclamado en el poder del Espíritu Santo en la predicación de la verdad? Ustedes encontrarán que el doctor John Owen, seguido por un gran número de eminentes siervos de Dios, defiende la primera teoría: que el pasaje se refiere sin duda al Hijo de Dios. Yo confieso que me parece que defienden su tesis con argumentos que no me gustaría rebatir. Podría decirse mucho más acerca de este aspecto del debate, de lo que puedo comentarles aquí.

Del otro lado, encontramos a Juan Calvino, igualmente acompañado de un gran escuadrón de teólogos, todos declarando que este versículo se refiere al Libro, a la revelación de Dios en el Libro. Su interpretación del pasaje no debe ser desechada, y me siento convencido que proporcionan tan buenas razones para su interpretación, como también lo hacen los que llegan a la primera conclusión. Donde tales doctores difieren, yo no tengo la intención de presentar ninguna interpretación propia que pueda competir con las de ellos, aunque me podría aventurar a proponer una interpretación que las incluya a todas, sin entrar en conflicto con ninguna. Sería una feliz circunstancia si pudiéramos ver la manera de ponernos de acuerdo con todos aquellos que no se pusieron de acuerdo. Pero yo he sido grandemente instruido por el simple hecho de que es difícil saber si en este pasaje, el Espíritu Santo está hablando del Cristo de Dios, o del Libro de Dios. Esto nos enseña un gran verdad, que de otra manera no habríamos captado tan claramente. ¡Lo mismo que puede decirse del Señor Jesús, puede decirse también del volumen inspirado! ¡Cuán cercanamente están relacionados! ¡Cuán íntimamente están unidos el Verbo hecho carne, y la Palabra proclamada por hombres inspirados!

Este pasaje podría interpretarse más exactamente como relacionado, tanto con el Verbo encarnado de Dios, como con la Palabra inspirada de Dios. Entrelacen ambos elementos en un pensamiento, pues Dios los juntó, y entonces verán luces renovadas y nuevos significados en el texto. La Palabra de Dios, es decir, esta revelación de Sí mismo en la Santa Escritura, es todo lo que se describe aquí, porque Jesús, el Verbo encarnado de Dios, está en ella. Él se encarna, por decirlo así, como la verdad divina, en esta revelación visible y manifiesta; y así se vuelve viva y eficaz, penetrante y capaz de discernir. Así como el Cristo revela a Dios, así este Libro revela a Cristo, y por tanto, participa, al igual que la Palabra de Dios, de todos los atributos de la Palabra Encarnada; y podemos decir las mismas cosas tanto de la Palabra escrita como del Verbo encarnado; de hecho, están tan vinculados que sería imposible dividirlos.

Me gusta pensar en esto, porque hay algunas personas, hoy en día, que niegan cada doctrina de la revelación, y sin embargo, en verdad, alaban a Cristo. Hablan del Maestro de la manera más lisonjera, pero luego rechazan Su enseñanza, excepto en aquello que coincida con la filosofía del momento. Hablan mucho acerca de Jesús, mientras que desechan al Jesús real, es decir, Su Evangelio, y Su Palabra inspirada. Yo creo que los describo correctamente cuando digo que, como Judas, ellos traicionan al Hijo del hombre con un beso. Llegan hasta alabar los nombres de las doctrinas, aunque los usan en un sentido diferente para poder engañar. Hablan de lealtad a Cristo, y de reverencia al Sermón del Monte, pero usan vanas palabras.

Tengo la responsabilidad de sembrar la sospecha. En efecto la siembro, y deseo sembrarla. Demasiadas personas cristianas se contentan con oír cualquier cosa siempre que sea expresada por un hombre habilidoso y de una manera seductora. Quiero que prueben los espíritus si son de Dios, porque muchos falsos profetas han salido por el mundo. Lo que Dios juntó, estos pensadores modernos separan intencionalmente, y apartan al Revelador de Su propia revelación. Yo creo que el Salvador considera el homenaje de estos hombres, más insultante que su escarnio. Hace muy bien, pues se inclinan delante de Él, y dicen: "¡Salve, Maestro!" mientras su pie está sobre la sangre de Su pacto, y sus almas aborrecen la doctrina de Su sacrificio sustitutivo. Están crucificando de nuevo al Señor, y exponiéndole a vituperio, atreviéndose a escarnecer la compra que hizo de Su pueblo como una "transacción mercantil," y otras blasfemias parecidas.

Cristo y Su Palabra deben ir juntos. Lo que es cierto de Cristo es predicado aquí tanto de Él, como de Su Palabra. He aquí, este día el Evangelio eterno tiene a Cristo en su seno. Él cabalga en la Palabra como en un carro. Él cabalga en ella, como antaño, Jehová "Cabalgó sobre un querubín, y voló; voló sobre las alas del viento." Es únicamente debido a que Jesús no está muerto, que la Palabra se vuelve viva y eficaz "y más cortante que toda espada de dos filos"; pues si dejan a Cristo fuera de ella, habrían dejado fuera su vitalidad y eficacia. Como les he dicho, no tendríamos a Cristo sin la Palabra, ni tampoco tendríamos a la Palabra sin Cristo. Si dejan a Cristo fuera de la Escritura, habrían dejado fuera la verdad esencial que declara en su contenido. Ay, si dejan fuera de ella a Cristo como un Sustituto, a Cristo en Su muerte, Cristo con Sus vestiduras teñidas en sangre, habrían dejado fuera de ella todo lo que es vivo y eficaz.

Cuán a menudo les hemos recordado que en cuanto al Evangelio, lo mismo que en cuanto a todo hombre, "la vida es su sangre"; ¡un Evangelio sin sangre es un Evangelio sin vida! Han exhibido recientemente un famoso cuadro, que representa a nuestro Señor delante de Pilato. Ha ganado merecidamente gran atención. Un cierto periódico de renombre, que publica un gran número de grabados por un precio módico, ha sacado un grabado de este cuadro; pero, como la pintura era demasiado grande para que el periódico la reprodujera completa, copiaron sólo una parte de él. Es interesante notar que pusieron a Pilato de un lado, y a Caifás del otro, pero como no había espacio para Jesús en la página, suprimieron esa parte del grabado. Cuando vi el cuadro, pensé que era maravillosamente característico de una gran parte de la predicación moderna. Ven a Pilato aquí, y a Caifás allí, y a los judíos más allá, pero omiten a la Víctima, atada y azotada por el pecado humano. Posiblemente, en el caso de la publicación, la figura de Cristo aparecerá en el siguiente número; pero aun si apareciera en el siguiente sermón de nuestros predicadores de la nueva teología, será como un ejemplo moral, y no como el Sustituto del culpable, el que carga con el pecado y por Cuya muerte somos redimidos. Cuando escuchamos un sermón que no contiene Cristo, nos quedamos con la esperanza que aparecerá el siguiente domingo; al mismo tiempo, la predicación es inutilizada en ese momento, y la presentación del Evangelio es enteramente arruinada, puesto que la figura principal queda fuera. ¡Oh, es algo muy triste tener que asistir a cualquier casa de oración y escuchar la predicación, y luego vernos en la necesidad de clamar: "Se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto"! Pueden estar seguros que le han puesto en una tumba. Pueden estar muy ciertos de ello. Le han suprimido como algo muerto, y para ellos es como si estuviese muerto.

Verdadero creyente, puedes consolar tu corazón con este pensamiento, que Él resucitará otra vez. Él no puede ser retenido por las ataduras de la muerte en ningún sentido; y, aunque Su propia iglesia lo entierre, y ponga la gigantesca tapa del más enorme sarcófago de herejía sobre Él, el Redentor resucitará de nuevo, y Su verdad con Él, y Él y Su Palabra vivirán y reinarán juntos por siempre y para siempre.

Hermanos, ustedes entenderán que voy a afirmar que la Palabra de Dios es, como el Señor Jesús, la revelación de Dios. Este inspirado volumen es el Evangelio por el cual han recibido vida, a menos que lo oyeran en vano. El Evangelio que contiene a Jesús, a Jesús obrando por él, es vivo y eficaz, y "más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón." Voy a hablar con ustedes en un estilo muy sencillo. Primero, en lo relativo a las cualidades de la Palabra de Dios; y, en segundo lugar, en lo relativo a ciertas lecciones prácticas que estas cualidades nos sugieren.

I. Primero, permítanme hablarles DE LAS CUALIDADES DE LA PALABRA DE DIOS. Es "viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos."

Se dice que la Palabra de Dios es "viva." La Palabra de Dios vive. Este es un Libro que vive. Este es un misterio que sólo los hombres vivos, revividos por el Espíritu de Dios, comprenden plenamente. Tomen cualquier otro libro excepto la Biblia, y podrá haber alguna medida de eficacia en él, pero no hay esa vitalidad indescriptible que respira, que habla, que argumenta y conquista, que está presente en este sagrado volumen. Contamos en el mercado de libros con muchas excelentes selecciones de pasajes selectos de grandes autores, y en unos cuantos casos las personas que han hecho la selección se han esforzado por colocar bajo sus citas de las Escrituras el nombre de "David," o de "Jesús," pero esto es peor que inútil. Hay un estilo de majestad en la Palabra de Dios, y con esta majestad una vivacidad, que no puede encontrarse en ninguna otra parte. Ningún otro escrito contiene una vida celestial que obre milagros, e incluso imparta vida a su lector. Es una simiente viva e incorruptible. Conmueve, se agita, vive, tiene comunión con hombres que viven como una Palabra que vive.

Salomón afirmó de ella: "Te guiará cuando andes; cuando duermas te guardará; hablará contigo cuando despiertes." ¿Acaso no has sabido nunca lo que eso significa? Bien, el Libro ha luchado conmigo; el Libro me ha azotado; el Libro me ha consolado; el Libro me ha sonreído; el Libro me ha fruncido el ceño; el Libro me ha tomado de la mano; el Libro ha calentado mi corazón. El Libro llora conmigo y canta conmigo; me susurra y me predica; traza mi camino y afirma mis salidas; fue para mí el 'Mejor Compañero del Joven', y todavía es mi Capellán Nocturno y Matutino. Es un Libro vivo: vivo por todos lados; desde su primer capítulo hasta su última palabra, está lleno de una vitalidad mística y extraña, que lo lleva a tener preeminencia sobre todos los demás escritos para cada hijo de Dios.

Vean, hermanos míos, nuestras palabras, nuestros libros, nuestras palabras habladas o nuestras palabras impresas, pronto se extinguen. ¡Cuántos libros hay que nadie leerá jamás porque se hicieron anticuados! Hay muchos libros que yo pude leer con provecho cuando era joven, pero ahora no me enseñarían nada. Hay también ciertas obras religiosas que podía leer con placer durante los primeros diez años de mi vida espiritual; pero no pensaría en leerlas ahora, de la misma manera que no pensaría en lo más mínimo leer el silabario de mi niñez. La experiencia cristiana nos conduce a dejar atrás las obras que fueron los libros de texto de nuestra juventud. Podemos sobrepasar a los maestros y a los pastores, pero no a los apóstoles ni a los profetas. Ese sistema humano que una vez fue vigoroso e influyente, puede envejecer y perder toda vitalidad a la larga; pero la Palabra Dios es siempre fresca, y nueva, y llena de eficacia. Ninguna arruga surca su frente: no hay temblor en su pie. Aquí, en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, tenemos a la vez el más antiguo y el más nuevo de los libros. Homero y Hesíodo son infantes comparados con las partes más antiguas de este venerable volumen, y sin embargo, el Evangelio que contiene es tan verdaderamente nuevo como el periódico de esta mañana. Repito que nuestras palabras van y vienen: como los árboles del bosque multiplican sus hojas sólo para botarlas como cosas marchitas, así los pensamientos y las teorías de los hombres son sólo para la estación, y luego se secan y se pudren hasta convertirse en nada. "La hierba se seca, y la flor se cae; mas la palabra del Señor permanece para siempre."

Su vitalidad es tal que puede impartirla a sus lectores. De aquí que, a menudo encontrarán que cuando conversan con la revelación, si ustedes mismos están muertos cuando comienzan a leerla, no importa, pues serán revividos conforme la escudriñen. No necesitan llevar vida a la Escritura; ustedes obtendrán vida de la Escritura. A menudo un solo versículo nos ha hecho ponernos en movimiento, como cuando Lázaro salió fuera al llamado del Señor Jesús. Cuando nuestra alma desfallece, y está a punto de morir, una sola palabra, aplicada al corazón por el Espíritu de Dios, nos reanima; pues es una palabra que vive y que da vida. Me alegra mucho esto, porque a veces me siento completamente muerto; pero la Palabra de Dios no está muerta, y al fin de cuentas, somos como el muerto que, cuando fue arrojado en el sepulcro del profeta, se levantó sobre sus pies cuando llegó a tocar sus huesos. Incluso estos huesos de los profetas, estas palabras suyas habladas o escritas hace miles de años, impartirán vida a quienes entran en contacto con ellas. La Palabra de Dios es así desbordante de vida.

De aquí que pueda agregar que está tan viva que no tienen que temer nunca que se extinguirá. ¡Ellos sueñan, ellos sueñan que nos han puesto entre las antigüedades, a quienes predicamos el viejo Evangelio que amaron nuestros padres! Ellos miran con desprecio las doctrinas de los apóstoles y de los reformadores, y declaran que sus creyentes se están quedando solos, como reliquias de una era que desde hace mucho tiempo ha ido desapareciendo. ¡Sí, eso dicen! Pero lo que dicen no es cierto, después de todo; pues el Evangelio es un Evangelio tan vivo, que si fuera cortado en mil retazos, cada partícula de él viviría y crecería. Si fuese sepultado bajo mil avalanchas de error, arrojaría al íncubo con una sacudida y se levantaría de la tumba. Si fuera lanzado en medio del fuego, caminaría entre las llamas como ya lo ha hecho muchas veces, como si estuviese en su elemento natural. La Reforma debe su origen en gran medida a una copia de las Escrituras recluida en un monasterio, escondida allí hasta que Lutero cayó bajo su influencia, y su corazón proporcionó la tierra para que creciera allí la semilla viva. Basta que dejen una copia del Nuevo Testamento en una comunidad católica, y la fe evangélica puede pasar al frente en cualquier momento, aunque ningún predicador del Evangelio pase por allí jamás. Algunas plantas desconocidas en ciertas regiones han brotado súbitamente del suelo: las semillas han sido llevadas por el aire, transportadas por los pájaros, o arrojadas a la costa por las olas del mar. Las semillas están tan llenas de vida, que viven y crecen en cualquier lugar a donde son transportadas; e incluso después de haber permanecido enterradas profundamente durante siglos, cuando el azadón que remueve la tierra las saca a la superficie, germinan de inmediato.

Lo mismo sucede con la Palabra de Dios: vive y permanece para siempre, y en cada terreno y bajo toda circunstancia está preparada a demostrar su propia vida, por la energía con la que crece y produce fruto para la gloria de Dios. Cuán vanos así como malvados, son todos los intentos de matar el Evangelio. Quienes procuran cometer el crimen, de cualquier forma, estarán obligados a comenzar por siempre, sin que se aproximen jamás a su fin. Se verán defraudados en todos los casos, ya sea que lo quieran asesinar por medio de la persecución, o ahogarlo en la mundanalidad, o aplastarlo con el error, o dejarlo morir de hambre por el descuido, o envenenarlo con la tergiversación, o ahogarlo con la infidelidad. Mientras Dios viva, Su Palabra vivirá. Alabemos a Dios por ello. Tenemos un Evangelio inmortal, indestructible, que vivirá y resplandecerá cuando la lámpara del sol haya consumido su escasa provisión de aceite.

Nuestro texto dice que la Palabra es "eficaz". La Santa Escritura está llena de poder y energía. ¡Oh, la majestad de la Palabra de Dios! Algunos nos acusan de Bibliolatría: es un crimen de su propia invención, del cual pocos son culpables. Si hubiera tal cosa como pecados veniales, ciertamente una indebida reverencia a la Santa Escritura sería uno de ellos. Para mí la Biblia no es Dios, pero es la voz de Dios, y no la oigo sin temor. ¡Qué honor tener el llamado de estudiar, predicar y publicar esta sagrada Palabra! No puedo evitar el sentimiento de que el hombre que predica la Palabra de Dios está, no sobre una simple plataforma, sino en un trono.

Puedes estudiar tu sermón, hermano mío, y puedes ser un gran orador, y ser capaz de predicarlo con fuerza y con una fluidez maravillosa; pero el único poder que es eficaz para el más elevado propósito de la predicación, es el poder que no radica en tu palabra, ni en mi palabra, sino en la Palabra de Dios. ¿Acaso no han notado que, cuando las personas son convertidas, casi siempre atribuyen su conversión a algún texto que fue citado en el sermón? Es la Palabra de Dios y no nuestro comentario sobre la Palabra de Dios, la que salva a las almas. La Palabra de Dios es eficaz para todos los propósitos sagrados.

¡Cuán eficaz es para convencer a los hombres de pecado! Hemos visto a los que se jactan de su propia justicia dar un giro completo por la verdad revelada de Dios. Ninguna otra cosa habría podido hacerles entender esa verdad tan desagradable, y forzado a verse a sí mismos como en un claro espejo, excepto la Palabra escudriñadora de Dios. ¡Cuán poderosa es para la conversión! Aborda a un hombre, y sin pedirle ningún permiso, sólo pone su mano en el timón, y le hace dar una vuelta en dirección opuesta a la dirección a la que se dirigía; y el hombre jubilosamente se somete a la fuerza irresistible que guía su entendimiento y gobierna su voluntad. La Palabra de Dios hace morir al pecado y por ella la gracia nace en el corazón. Es luz que trae vida con ella. ¡Cuán activa y energética es, cuando el alma es convicta de pecado, para producir en ella la libertad evangélica! Hemos visto a los hombres encerrados, por decirlo así, en el propio calabozo del diablo, y hemos tratado de liberarlos. Hemos sacudido las barras de hierro, pero no pudimos arrancarlas para poder liberar a los cautivos. Pero la Palabra de Dios es grande para romper cerrojos y barras. No sólo derriba los baluartes de la duda, sino que le corta la cabeza al Gigante Desesperación. Ninguna celda ni sótano del Castillo de la Duda puede retener en servidumbre a un alma cuando la Palabra de Dios, que es la llave maestra, es puesta a su debido uso, y utilizada para correr los cerrojos del desaliento. Es viva y energética para el aliento y la liberación.

¡Oh, amados, qué poder tan maravilloso tiene el Evangelio para brindarnos consuelo! Nos llevó a Cristo al principio, y todavía nos conduce a mirar a Cristo hasta que crezcamos a semejanza de Él. Los hijos de Dios no son santificados por métodos legales, sino por métodos de gracia. La Palabra de Dios, el Evangelio de Cristo, es sumamente eficaz en promover la santificación, y en traer esa consagración de todo corazón que es tanto nuestro deber como nuestro privilegio. ¡Que el Señor haga que Su Palabra demuestre su poder en nosotros, haciéndonos aptos en toda buena obra para que hagamos Su voluntad! A través del "lavamiento del agua por la palabra", esto es, por el lavamiento de la Palabra, que seamos purificados cada día, y podamos caminar con ropas emblanquecidas delante del Señor, ¡para que en todo adornemos la doctrina de Dios nuestro Salvador!

La Palabra de Dios, entonces, es viva y eficaz en nuestra propia experiencia personal, y comprobaremos que es así si la usamos, esforzándonos porque bendiga a nuestros semejantes. Queridos hermanos, si buscan hacer el bien en este triste mundo, y necesitan un arma poderosa con la que puedan trabajar, adhiéranse tenazmente al Evangelio, el Evangelio vivo, el viejo, viejo Evangelio. Hay un poder suficiente en Él para enfrentar el pecado y la muerte de la naturaleza humana. Todos los pensamientos de los hombres, aunque se usen con la mayor sinceridad posible, serán como hacerle cosquillas a Leviatán con un pajita. Nada podrá atravesar las escamas de este monstruo sino la Palabra de Dios. Esta es un arma hecha con material más duro que el acero, y traspasará cotas de malla. Nada puede resistirle. "Pues la palabra del rey es con potestad." En el Evangelio, cuando es predicado con el Espíritu Santo enviado desde el cielo, hay la misma omnipotencia que hubo en la Palabra de Dios cuando, en el principio, habló a las prístinas tinieblas diciendo: "Sea la luz," y fue la luz. ¡Oh, cómo debemos valorar y amar la revelación de Dios; no solamente porque está llena de vida, sino porque esa vida es sumamente energética y eficaz, y opera muy poderosamente en las vidas y en los corazones de los hombres!

A continuación, el apóstol nos dice que esta Palabra es cortante. Yo supongo que el apóstol quiere decir mediante la descripción de "dos filos" que toda ella es filosa. Una espada con dos filos no tiene ningún lado romo: corta tanto de este lado como del otro. La revelación de Dios dada a nosotros en la Santa Escritura es filosa por todos lados. Está viva en cada una de sus partes, afilada para cortar la conciencia, y partir el corazón. Pueden estar seguros de ello, no hay un versículo superfluo en la Biblia, no hay ningún capítulo que sea inútil.

Los doctores dicen de ciertas drogas que son inertes: no producen ningún efecto en el sistema, de una forma o de otra. Ahora, no hay un solo pasaje inerte en las Escrituras; cada línea tiene sus virtudes. ¿No han oído nunca de uno que escuchó leer, como lección de la escuela dominical, ese largo capítulo de nombres, en el está escrito que cada patriarca vivió tantas centenas de años, "y murió"? Así, termina el comentario de la larga vida de Matusalén con "y murió." La repetición de las palabras "y murió," despertó al distraído oyente a un sentido de su mortalidad, y le condujo a venir al Salvador. No me sorprendería que, allá lejos, en las Crónicas, entre esos difíciles nombre hebreos, haya habido conversiones obradas en casos desconocidos todavía para nosotros.

De cualquier manera, es peligroso jugar con cualquier fragmento de la Santa Escritura, y muchos hombres han sido heridos por las Escrituras cuando las han estado leyendo desidiosamente o incluso profanamente. Los que dudan, han querido hacer pedazos la palabra, pero ella los ha hecho pedazos. Sí, los necios tan tomado porciones, y las han estudiado con el propósito de ridiculizarlas, y han sido sosegados y rendidos por aquellas palabras que repitieron como diversión.

Hubo uno que fue a escuchar al señor Whitefield, un miembro del "Club del Fuego del Infierno," un sujeto irremediable. Se puso de pie en la siguiente reunión de sus abominables asociados, y repitió el sermón del señor Whitefield con asombrosa precisión, imitando hasta su tono y sus ademanes. A la mitad de su exhortación él se convirtió, hizo una pausa inesperada, se sentó con su corazón quebrantado, y confesó el poder del Evangelio. Ese club fue disuelto. Ese notable convertido fue el señor Thorpe, de Bristol, a quien Dios usó grandemente con posterioridad, en la salvación de otros. Yo preferiría que leyeran la Biblia aunque fuera para mofarse de ella, a que no la leyeran del todo. Yo preferiría que vinieran a oír la Palabra de Dios motivados por el odio, a que no vinieran del todo. La palabra de Dios es tan cortante, tan incisiva, que ustedes podrían desangrarse bajo sus heridas antes de haber sospechado seriamente la posibilidad de tal cosa. No pueden acercarse al Evangelio sin que les haga sentir una medida de influencia sobre ustedes; y, si Dios los bendice, puede derribar y matar sus pecados cuando no tienen la menor idea que tal obra se está llevando a cabo.

Queridos amigos, ¿no han encontrado que la Palabra de Dios es muy cortante, más cortante que toda espada de dos filos, de tal forma que su corazón se ha desangrado internamente, y han sido incapaces de resistir el golpe celestial? Yo confío que tanto ustedes como yo, podamos seguir conociendo más y más acerca de su filo, hasta que nos haya matado por completo, en lo concerniente a la vida de pecado. ¡Oh, ser sacrificado para Dios, y que su Palabra fuera el cuchillo del sacrificio! ¡Oh, que Su Palabra fuera puesta en la garganta de cada tendencia pecaminosa, de cada hábito pecaminoso, y de cada pensamiento pecaminoso! No hay un matador del pecado como la Palabra de Dios. A cualquier parte donde llega, llega como una espada, e inflige muerte sobre el mal. Algunas veces cuando estamos orando para sentir el poder de la Palabra, difícilmente sabemos los que estamos pidiendo.

Vi a un venerable hermano el otro día, que me dijo: "yo recuerdo haber hablado con usted cuando tenía diecinueve o veinte años de edad, y nunca olvidé lo que me dijo. Yo había estado orando con usted en la reunión de oración, para que Dios nos diera el Espíritu Santo con plenitud, y usted me dijo después: 'mi querido hermano, ¿tiene una idea de lo que le ha pedido a Dios?' Yo respondí: 'sí.' Pero usted me dijo muy solemnemente: 'el Espíritu Santo es Espíritu de juicio y Espíritu abrasador, y pocos están preparados para el conflicto interno que está implicado en estas dos palabras." Mi viejo y buen amigo me dijo que en aquel momento no entendió lo que quise decir, pero me consideró un joven singular. "¡Ah!", dijo, "ahora lo veo, pero es sólo por una experiencia dolorosa que he llegado a la plena comprensión de ello." Sí, cuando Cristo viene, no viene a traer paz a la tierra, sino una espada; y esa espada comienza en casa, en nuestras propias almas, matando, cortando, macheteando, destrozando.

Bienaventurado es aquel hombre que conoce la Palabra de Dios por causa de su suma agudeza, pues no mata nada excepto lo que debe ser matado. Revive y da nueva vida a todo lo que es de Dios; pero corta en pedazos la vieja vida depravada que debe morir, como Samuel destruyó a Agag delante del Señor. "Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos."

Pero a continuación, quiero que se fijen que tiene una cualidad adicional: es penetrante. A la vez que tiene un filo como una espada, tiene una punta como un estoque, "Y penetra hasta partir el alma y el espíritu." La dificultad con los corazones de algunos hombres es alcanzarlos. De hecho, no se puede penetrar espiritualmente el corazón de ningún hombre natural, excepto mediante este instrumento penetrante, la Palabra de Dios. Pero el estoque de la revelación atravesará cualquier cosa. Aun cuando "se engrosó el corazón de ellos como sebo," como dice el Salmista, a pesar de ello, esta Palabra los traspasará. La verdad sagrada pasará en medio de la médula del hombre, y lo encontrará de una manera en la que ni él mismo puede encontrarse. Lo mismo que sucede con nuestros propios corazones, así sucede con los corazones de otros hombres.

Queridos amigos, el Evangelio puede encontrar su camino en cualquier parte. Los hombres se podrán proteger con el prejuicio, pero este estoque descubre las junturas de sus armaduras; pueden decidir no creer, y sentirse satisfechos con su justicia propia, pero esta arma penetrante encontrará su camino. Las flechas de la Palabra de Dios son agudas en los corazones de los enemigos del Rey, y por ellas el pueblo cae a Sus pies. No tengamos temor de confiar en esta arma cuando seamos llamados a enfrentar a los adversarios del Señor Jesús. Podemos sujetarlos, y traspasarlos, y terminarlos con esto.

Y además, se nos dice que la Palabra de Dios discrimina. Penetra hasta partir el alma y el espíritu. Ninguna otra cosa podría hacer eso, pues la división es difícil. De muy diversas maneras los escritores han tratado de describir la diferencia entre alma y espíritu; pero yo me pregunto si han podido hacerlo. Sin duda es una admirable definición decir: "El alma es la vida del hombre natural, y el espíritu la vida del hombre regenerado o espiritual." Pero una cosa es definir y otra muy diferente dividir.

No intentaremos resolver este problema metafísico. La Palabra de Dios entra, y le muestra al hombre la diferencia entre lo que pertenece al alma, y lo que pertenece al espíritu; lo que es del hombre, y lo que es de Dios; lo que es de la gracia, y lo que es de la naturaleza. La Palabra de Dios es sorprendentemente decisiva acerca de esto. Oh, cuánto hay en nuestra religión que es (citando a un poeta espiritual): "El hijo de la naturaleza primorosamente vestido, pero no el hijo vivo": ¡es del alma y no del espíritu! La Palabra de Dios traza líneas muy rectas, y separadas entre lo natural y lo espiritual, lo carnal y lo divino. A veces pensarían, basándose en las oraciones públicas y la predicación de los clérigos, que todos somos el pueblo cristiano; pero la Santa Escritura no sanciona esta suposición halagüeña de nuestra condición. Cuando estamos congregados juntos, las oraciones son para todos nosotros, y la predicación es para todos nosotros, como si fuéramos todos el pueblo de Dios: todos nacidos así, o hechos así por el bautismo, ¡no hay duda al respecto!

Sin embargo, el camino que sigue la Palabra de Dios es de una naturaleza muy diferente. Habla de los muertos y de los vivos; de los arrepentidos y de los impenitentes; de los creyentes y de los incrédulos; de los ciegos y de los que tienen vista; de los llamados por Dios y de aquellos que todavía están en los brazos del malvado. Habla de una profunda discriminación y separa lo precioso de lo vil. Yo creo que no hay nada en el mundo que divida a las congregaciones, según deben ser divididas, como la clara predicación de la Palabra de Dios.

Esto es lo que convierte a nuestros lugares de adoración en sitios solemnes, según canta el doctor Watts:

"Hacia sus atrios con gozos desconocidos
Las santas tribus se encaminan;
El Hijo de David tiene Su trono,
Y se sienta en juicio allí.
Él oye nuestras alabanzas y lamentos;
Y, mientras Su temible voz
Divide a los pecadores de los santos,
Temblamos y nos regocijamos."

La Palabra de Dios discrimina.

Además, la Palabra de Dios es maravillosamente reveladora para el yo interior. Penetra entre las coyunturas y los tuétanos, y el tuétano es algo que no se puede alcanzar con facilidad. La Palabra de Dios penetra hasta la médula de nuestra humanidad; pone al desnudo los pensamientos secretos del alma. "Discierne los pensamientos y las intenciones del corazón." ¿No se han preguntado a menudo, al oír la Palabra, cómo pudo el predicador quitar el velo de lo que ustedes habían ocultado? Él dice en el púlpito exactamente las mismas cosas que ustedes habían expresado en su habitación. Sí, esa es una de las marcas de la Palabra de Dios, que pone al desnudo los más íntimos secretos del hombre; sí, le descubre aquello que ni él mismo había percibido. El Cristo que está en la Palabra lo ve todo. Lean el siguiente versículo: "Todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta."

La Palabra no sólo les permite ver cuáles son sus pensamientos, sino que también critica sus pensamientos. La Palabra de Dios dice de este pensamiento "es vano," y de aquel pensamiento, "es aceptable"; de este pensamiento "es egoísta," y de ese pensamiento, "es como de Cristo." Es un juez de los pensamientos de los hombres. Y la Palabra de Dios es tal discernidora de los pensamientos y las intenciones del corazón que cuando los hombres viran, y dan rodeos y se descarrían, les sigue la pista. No hay nada tan difícil de alcanzar como un hombre. Puedes cazar un tejón, y perseguir a un zorro, pero no puedes descubrir a un hombre. Él tiene muchos repliegues y escondites: sin embargo, la Palabra de Dios lo sacará de su madriguera, y se apoderará de él. Cuando el Espíritu de Dios trabaja con el Evangelio, el hombre podrá escabullirse, y dar la vuelta, pero la predicación va a su corazón y a su conciencia, y es conducido a sentirla, y a someterse a su fuerza.

Muchas veces, no lo dudo, queridos hermanos, han encontrado consuelo en el poder de discernir de la Palabra. Labios poco amables han encontrado grandes fallas en ustedes; han esta intentando hacer lo que podían por el Señor, y un enemigo los ha calumniado, y entonces ha sido un deleite recordar que el Señor discierne sus motivos. La Santa Escritura les ha dado seguridad de ello por la forma en que los entendió y los distinguió. Discierne el verdadero objetivo de su corazón, y no los malinterpreta nunca; y esto los ha inspirado con la firme resolución de ser siervos fieles de un Señor tan justo. Ninguna calumnia sobrevivirá el trono del juicio de Cristo. No vamos a ser juzgados por las opiniones de los hombres, sino por la Palabra imparcial del Señor; y, por tanto, estamos tranquilos.

II. He estado hablando durante todo este tiempo sobre la primera parte del sermón. Me quedan un par de minutos simplemente para mostrar UNA O DOS LECCIONES QUE DEBEMOS APRENDER DE LAS CUALIDADES DE LA PALABRA DE DIOS que he descrito.

La primera es esta. Hermanos y hermanas, reverenciemos grandemente la Palabra de Dios. Si es todo esto, leámosla, estudiémosla, valorémosla, y hagámosla nuestro brazo derecho. Y a ustedes que son inconversos, les ruego que traten la Biblia con un santo amor y con reverencia, y la lean con el propósito de encontrar a Cristo y Su salvación. Agustín solía decir que las Escrituras son los paños de tela que formaban los pañales del niño Cristo Jesús: mientras los están desenrollando, confío que se encontrarán con Él.

A continuación, queridos amigos, siempre que nos sintamos muertos, y especialmente en la oración, acerquémonos a la Palabra de Dios, pues la Palabra de Dios está viva. Yo no encuentro que los hombres que tienen la gracia oren siempre de la misma manera. ¿Quién podría hacerlo? Cuando no tienen nada que decirle a su Dios, dejen que Él les diga algo. La mejor devoción privada está compuesta por dos mitades: la primera escudriñando la Escritura en la que Dios nos habla, y la otra orando y alabando, en la que nosotros hablamos a Dios. Cuando estés muerto, vuélvete de esa muerte, a esa Palabra que vive.

Además, siempre que nos sintamos débiles en nuestros deberes vayamos a la Palabra de Dios, y al Cristo en la Palabra, para recibir poder; y este será el mejor poder. El poder de nuestras habilidades naturales, el poder de nuestro conocimiento adquirido, el poder de nuestra experiencia acumulada, todo esto puede ser vanidad, pero el poder que radica en la Palabra comprobará ser eficaz. Levántate de la cisterna de tu fortaleza menguada a la fuente de la omnipotencia; pues quienes beben de allí, mientras los muchachos se fatigan y se cansan, y los jóvenes flaquean y caen, ellos correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán.

Además, si como ministros u obreros, ustedes necesitan algo que pueda compungir de corazón a sus oyentes, vayan a este Libro. Digo esto porque he conocido predicadores que tratan de usar palabras propias muy incisivas. ¡Dios nos libre de eso! Cuando nuestros corazones se calientan y nuestras palabras tienden a ser filosas como una navaja, recordemos que la ira del hombre no obra la justicia de Dios. No tratemos de continuar la guerra de Cristo con las armas de Satanás. No hay nada tan incisivo como la Palabra de Dios. Apégate a ella. Yo creo también que una de las mejores formas de convencer a los hombres del error no es tanto denunciar el error como proclamar la verdad más claramente. Si un palo está muy torcido, y deseas demostrar que lo está, consigue uno recto, y tranquilamente ponlo al lado del otro, y cuando los hombres miren, seguramente verán la diferencia. La Palabra de Dios tiene un filo muy agudo, y todas las palabras incisivas que necesites, es mejor que las tomes prestadas de allí.

Y a continuación, la Palabra de Dios es muy penetrante. Cuando no podemos alcanzar a la gente por la verdad de Dios, no podremos alcanzarla del todo. He oído de predicadores que han pensado que deberían adaptarse un poco a cierta gente, y dejar fuera porciones de la verdad que pudieran ser desagradables. Hermanos, si la Palabra de Dios no penetra, nuestras palabras no lo harán, pueden estar seguros de eso. La Palabra de Dios es como la espada de Goliat, que había sido guardada en el santuario, de la cual David dijo: "Ninguna como ella; dámela." ¿Por qué le gustaba tanto? Yo pienso que le gustaba mucho porque había sido colocada en el Lugar Santo por los sacerdotes. Esa es una razón. Pero yo pienso que la prefería más que nada, porque tenía las manchas de sangre sobre ella: la sangre de Goliat. Me gusta mi propia espada porque está cubierta de sangre hasta la propia empuñadura: la sangre de los pecados muertos, y de los errores y de los prejuicios, la ha vuelto, como la espada de Don Rodrigo "de un tinte púrpura y oscuro." Los muertos de Jehová por el Evangelio, han sido muchos. Distinguimos a muchos conquistados por esta verdadera hoja de espada de Jerusalén.

Algunos desean que use una nueva. No la he probado. ¿Qué tengo que ver yo con un arma que no ha visto ningún servicio? He probado la Espada del Señor, y de Gedeón, y pretendo guardarla. ¡Mis queridos camaradas en armas, cíñanse esta espada, y desdeñen las armas de madera con las que sus enemigos quieren engañarlos! Usemos esta hoja de espada de acero, bien templada en el fuego, contra los más obstinados, pues no pueden resistir contra ella. Podrán aguantar por un tiempo, pero tendrán que someterse. Es mejor que hicieran preparativos para rendirse; pues si el Señor sale contra ellos con Su propia Palabra, tendrán que ceder, y clamar a Él pidiendo misericordia.

Además, si queremos distinguir en cualquier momento entre el alma y el espíritu, y las coyunturas y los tuétanos, vayamos a la Palabra de Dios para la distinción. Necesitamos usar la Palabra de Dios en este preciso momento en varios temas. Está ese asunto de la santidad, sobre el cual uno dijo una cosa y otro otra. Que no les preocupe lo que digan todos ellos, sino que vayan al libro, pues este es el árbitro en todos los debates. En medio de las controversias del día acerca de miles de temas, adhiéranse estrictamente a este Libro infalible, y les guiará infaliblemente.

Y, por último, puesto que este Libro tiene el propósito de ser un discernidor o un crítico de los pensamientos e intenciones del corazón, que el Libro nos critique. Cuando hayan sacado un nuevo libro de la imprenta, cosa que hacen cada día, pues cada día hay un nuevo tratado de la imprenta de la vida, llévenlo a este grandioso crítico, y que la Palabra de Dios lo juzgue. Si la Palabra de Dios los aprueba, están aprobados; si la Palabra de Dios los desaprueba, están desaprobados. ¿Te han alabado tus amigos? Al hacerlo, podrían ser tus enemigos. ¿Te han ultrajado otros observadores? Pueden estar en lo cierto o no: que el Libro lo decida. El hombre de un Libro (si ese Libro es la Biblia), es un hombre, pues es un hombre de Dios. Aférrense a la Palabra viva, y que el Evangelio de sus padres, el Evangelio de los mártires, el Evangelio de los reformadores, el Evangelio de la multitud lavada con sangre delante del trono de Dios, el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, sea su Evangelio, y ninguna otra cosa sino eso, los salvará y los hará instrumentos para salvar a otros para alabanza de Dios.

Porción de la Escritura leída antes del sermón: Salmo 119: 105-20.


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