Las Últimas Palabras de Cristo en la Cruz

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English: The Last Words of Christ on the Cross

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Por Charles H. Spurgeon sobre La Muerte de Cristo
Una parte de la serie Metropolitan Tabernacle Pulpit

Traducción por Allan Aviles


“Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró”. Lucas 23: 46.
“En tu mano encomiendo mi espíritu; tú me has redimido, oh Jehová, Dios de verdad”. Salmo 31: 5.
“Y apedreaban a Esteban, mientras él invocaba y decía: Señor Jesús, recibe mi espíritu”. Hechos 7: 59.

Esta mañana, queridos amigos, hablé sobre las primeras palabras registradas como pronunciadas por nuestro Señor Jesús, cuando les preguntó a Su madre y a José: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?” Vamos a considerar ahora, con la ayuda del bendito Espíritu, las últimas palabras de nuestro Señor Jesús antes de entregar el espíritu y, juntamente con ellas, examinaremos otros dos pasajes en los que se utilizan expresiones similares.

Las palabras, “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, si las juzgáramos como las últimas pronunciadas por nuestro Salvador previo a Su muerte, deberían ser vinculadas con aquellas otras palabras: “Consumado es”, que algunos han pensado que fueron realmente las últimas palabras expresadas por Él. Yo creo que no fue así; pero, de cualquier manera, ambas expresiones deben de haberse sucedido muy rápidamente, y podemos armonizarlas, y luego hemos de ver cuán similares son a Sus primeras palabras, tal como lo explicamos esta mañana. Tenemos el clamor: “Consumado es”, que es posible considerarlo en conexión con la traducción de nuestra Versión Autorizada: “¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?” Todos esos negocios habían sido consumados; toda Su vida había estado dedicado a ellos y ahora que se aproximaba al fin de Sus días, no quedaba nada pendiente y podía decirle a Su Padre: “He acabado la obra que me diste que hiciese”. Luego, si toman la otra expresión de nuestro Señor en la cruz: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, comprueben cuán bien se acopla a la otra lectura del texto usado esta mañana: “¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?” Jesús se pone en las manos del Padre porque siempre había deseado estar allí, en la casa del Padre con el Padre; y ahora entrega Su espíritu en las manos del Padre, como un depósito sagrado, para partir y estar con el Padre, para morar en Su casa y no salir jamás.

La vida de Cristo es de una sola pieza, tal como el alfa y la omega son letras de un mismo alfabeto. No encontramos que fuera algo al principio, que fuera diferente después, y que posteriormente fuera de una tercera manera; “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos”. Hay una portentosa similitud en torno a todo lo que Cristo dijo e hizo. Nunca se necesita escribir el nombre de “Jesús” al pie de alguno de Sus dichos, como es necesario poner los nombres de los demás escritores al pie de sus dichos, pues no es posible confundir una sola frase expresada por Él.

Si hay algo registrado como habiendo sido hecho por Cristo, un hijo creyente podría juzgar si es auténtico o no. Esos detestables evangelios falsos que han sido publicados, han hecho muy poco o ningún daño, porque nadie que poseyera jamás un verdadero discernimiento espiritual, habría podido ser embaucado como para hacerle creer que fueran genuinos. Es posible fabricar una moneda falsificada que, durante algún tiempo, pase por legítima; pero no es posible hacer ni siquiera una imitación pasable de lo que Jesucristo hizo o dijo. Todo lo relacionado con Cristo es como Él mismo; en todo hay una semejanza a Cristo que es inconfundible.

Por ejemplo, estoy seguro de que esta mañana, cuando prediqué acerca del Santo Niño Jesús, ustedes deben de haber sentido que no hubo nunca otro niño como Él; y en Su muerte fue tan único como lo fue en Su nacimiento, en Su niñez y en Su vida. Nunca hubo otro que muriera como Él murió, y nunca hubo otro que viviera enteramente como Él vivió. Nuestro Señor Jesucristo ocupa una posición única. Algunos tratamos de imitarlo, ¡pero cuán débilmente podemos seguir Sus pasos! El Cristo de Dios ocupa una posición única y no hay ningún posible rival para Él.

Les he indicado ya que voy a usar tres textos en mi sermón, pero después de haber hablado sobre los tres, ustedes verán que son tan semejantes entre sí, que podría haberme contentado con uno solo de ellos.

I. Primero los invito a considerar LAS PALABRAS DE NUESTRO SALVADOR JUSTO ANTES DE SU MUERTE: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Observen aquí, primeramente, cómo Cristo vive y muere en la atmósfera de la Palabra de Dios. Cristo fue un grandioso pensador original, y siempre hubiera podido darnos palabras propias. Nunca careció del lenguaje apropiado, pues “¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!” Habrán notado ustedes, sin embargo, cuán continuamente citaba de la Escritura: la gran mayoría de Sus expresiones pueden ser rastreadas al Antiguo Testamento. Incluso en los casos en que no se trata de citas exactas, Sus palabras adoptan una figura y una forma Escriturales. Se comprueba que la Biblia fue Su único Libro. Evidentemente estaba familiarizado con él desde su primera página hasta la última, y no solamente con su letra, sino con el alma más íntima de su más recóndito sentido; y, por tanto, al morir, era muy natural que usara un pasaje tomado de un Salmo de David para decir Sus postreras palabras antes de expirar. En Su muerte no fue conducido más allá del poder del pensamiento apacible, y no estuvo inconsciente ni murió de debilidad. Tenía muchas fuerzas incluso estando a punto de morir. Es cierto que dijo: “Tengo sed”; pero después de ser refrescado un poco, clamó a gran voz, como sólo un hombre fuerte podría hacerlo: “Consumado es”. Y ahora, antes de inclinar Su cabeza en el silencio de la muerte, pronuncia Sus palabras finales: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Nuestro Señor habría podido pronunciar, lo digo de nuevo, un discurso original como Su declaración antes morir; Su mente estaba lúcida, tranquila y apacible; de hecho, era perfectamente feliz, pues ya había dicho: “Consumado es”. Entonces Sus sufrimientos habían concluido y ya comenzaba a gozar del sabor de las dulzuras de la victoria; sin embargo, a pesar de esa claridad mental y de esa frescura intelectual, y con la fluidez de palabras que le era posible, no pronunció una nueva frase sino que recurrió al Libro de los Salmos, y tomó esta expresión del Espíritu Santo: “En tus manos encomiendo mi espíritu”.

¡Cuán instructiva es para nosotros esta gran verdad de que la Palabra Encarnada vivía en la Palabra Inspirada! La Palabra era alimento para Él así como lo es para nosotros; y, hermanos y hermanas, si Cristo vivió de la Palabra de Dios de tal manera, ustedes y yo, ¿no deberíamos hacer lo mismo? En algunos aspectos, Él no necesitaba tanto de este Libro como nosotros lo necesitamos. El Espíritu de Dios descansaba en Él sin medida y, sin embargo, Él amaba la Escritura, acudía a ella, la estudiaba y usaba sus expresiones continuamente.

¡Oh, que ustedes y yo pudiéramos adentrarnos en el propio corazón de la Palabra de Dios para absorber esa Palabra! Así como he visto al gusano de seda comerse la hoja y consumirla, así deberíamos hacer con la Palabra del Señor. No deberíamos deambular sobre su superficie, sino que debemos adentrarnos en ella hasta absorberla en nuestras partes más íntimas. Resulta ocioso dejar que el ojo contemple simplemente las palabras, o que recuerde las expresiones poéticas, o los hechos históricos; pero es bienaventurado adentrarse en la propia alma de la Biblia hasta que, al fin, lleguen ustedes a hablar en un lenguaje escritural, y su propio estilo sea configurado sobre los modelos de la Escritura y, lo que es mejor aún, que su espíritu esté condimentado con las palabras del Señor.

Quisiera citar a John Bunyan como un ejemplo de lo que quiero decir. Lean cualquier escrito suyo y verán que ese ejercicio casi se parece a la lectura la Biblia misma. Bunyan estudió nuestra Versión Autorizada que, a mi juicio, no será mejorada nunca hasta la venida de Cristo; la leyó hasta que su propia alma quedó saturada de la Escritura; y, aunque sus escritos están encantadoramente llenos de poesía, es incapaz de darnos su Progreso del Peregrino –el más dulce de todos los poemas en prosa- sin hacernos sentir y decir continuamente: “¡Vamos, este hombre es una Biblia viviente!” Pínchenlo en cualquier parte y verán que su sangre es ‘Biblina’: la propia esencia de la Biblia fluye de él. No puede hablar sin citar un texto bíblico, pues su alma misma está llena de la Palabra de Dios.

Yo les recomiendo su ejemplo, amados, y les recomiendo todavía más el ejemplo de nuestro Señor Jesús. Si el Espíritu de Dios está en ustedes, Él los llevará a amar la Palabra de Dios; y si alguno de ustedes se imagina que el Espíritu de Dios lo inducirá a prescindir de la Biblia, tal persona estaría bajo el influjo de otro espíritu que no es el Espíritu de Dios en absoluto.

Yo confío que el Espíritu Santo los conducirá a encariñarse con cada una de las páginas de este Registro Divino, de tal manera que se alimenten de él y después les hablen de él a las demás personas. Pienso que es muy digno que recuerden constantemente que, incluso en la muerte, nuestro bendito Maestro nos mostró la pasión que gobernaba Su espíritu, al punto de que Sus últimas palabras fueron citas de la Escritura.

En segundo lugar, noten ahora que nuestro Señor reconoció a un Dios personal en el momento de Su muerte: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Para algunas personas, Dios es un Dios desconocido. “Pudiera haber un Dios”, eso dicen, pero sin acercarse más a la verdad fuera de eso. “Todas las cosas son Dios”, dice otro. “Nosotros no podemos estar seguros de que haya un Dios”, -dicen algunos otros, “y, por tanto, no sirve de nada que pretendamos creer en Él y ser entonces influenciados por una suposición”. Otras personas dicen: “¡Oh, hay un Dios, ciertamente, pero está muy lejos! Él no se acerca a nosotros, y no nos es posible concebir que interfiera en nuestros asuntos.”

¡Ah!, pero nuestro bendito Señor Jesucristo no creía en un Dios impersonal, panteísta, soñador y lejano, sino en Uno a quien le dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Su lenguaje muestra que Él se daba cuenta de la personalidad de Dios, de la misma manera que yo estaría reconociendo la personalidad de un banquero si le dijera: “señor, entrego este dinero en sus manos”. Yo sé que no debo decirle una cosa así a un mero maniquí, o a un ‘algo’ abstracto o a la ‘nada’; pero sí se lo puedo decir a un hombre que vive, y sólo se lo debo decir a un hombre viviente.

Entonces, amados, los hombres no entregan sus almas a la guarda de ‘nadas’ impalpables; en la muerte, no sonríen al tiempo de entregarse al infinito desconocido, al nebuloso Padre de todo quien podría ser, Él mismo, nada o todo. No, no; nosotros sólo confiamos en lo que conocemos; y así, Jesús conocía al Padre, y sabía que es una Persona real que posee manos, y en esas manos encomendó Su espíritu al partir. Fíjense bien que no estoy hablando ahora materialmente, como si Dios tuviese manos como las nuestras; pero Él es un Ser real, que tiene poderes de acción, que es capaz de tratar con los hombres según le plazca, y que está anuente a tomar posesión de sus espíritus y a protegerlos por los siglos de los siglos. Jesús habla como alguien que creía eso; y ruego que, tanto en la vida como en la muerte, ustedes y yo tratemos siempre con Dios de la misma manera.

Nosotros tenemos demasiada ficción en la religión, y una religión de ficción sólo brindará un consuelo ficticio a la hora de la muerte. Apoyémonos en hechos sólidos, hombre. ¿Es tan real Dios para ti como lo eres tú para ti mismo? Vamos, ¿hablas con Él “como habla cualquiera a su compañero”? ¿Puedes confiar en Él y descansar en Él, como confías y descansas en la íntima compañera de tu pecho? Si tu Dios es irreal, entonces tu religión es irreal. Si tu Dios es un sueño, entonces tu esperanza será también un sueño; y, ¡ay de ti cuando salgas de ese sueño y despiertes! Jesús no confiaba de esa manera. “Padre”, -dijo- “en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Pero, en tercer lugar, aquí tenemos todavía un mejor punto. Adviertan cómo Jesucristo nos enseña la Paternidad de Dios. El Salmo citado no dice: “Padre”. David no llegó tan lejos en sus palabras, aunque, en espíritu, sí lo hizo a menudo; pero Jesús tenía el derecho de alterar las palabras del Salmista. Él puede mejorar la Escritura, pero ustedes y yo no lo podemos hacer. Él no dijo: “Oh Dios, en tu mano encomiendo mi espíritu”, sino que dijo: “Padre”. ¡Oh, esa dulce palabra! Esa fue la joya que atrajo a nuestro pensamiento esta mañana, que Jesús dijera: “¿No sabíais que me es necesario estar con Mi Padre, que me es necesario estar en la casa de Mi Padre?”

¡Oh, sí!, el Santo Niño sabía que Él era el Hijo del Altísimo en un sentido especial y peculiar y, por tanto, dijo: “Padre mío”; y, al morir, Su agonizante corazón fue sostenido y consolado por el pensamiento de que Dios era Su Padre. Fue debido a que dijo que Dios era Su Padre que lo mataron y, sin embargo, lo sostuvo incluso en la hora de Su muerte, diciendo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

¡Qué bendición es también para nosotros, hermanos míos, morir conscientes de que somos hijos de Dios! Oh, en la vida y en la muerte, cuán dulce es sentir en nuestra alma el espíritu de adopción por el cual clamamos: “¡Abba, Padre!” En un caso como ése:

“No es la muerte morir”.

Citando las palabras del Salvador: “Consumado es”, y confiando en Su Padre y en nuestro Padre, podemos llegar incluso hasta las fauces de la muerte sin tener los “labios trémulos” según acabamos de cantar. Gozosos, con toda la fuerza que poseemos, nuestros labios cantan confiadamente, retando a la muerte y al sepulcro a que acallen nuestra música que siempre se eleva y se intensifica. ¡Oh Padre mío, Padre mío, si yo estoy en Tus manos, puedo morir sin miedo!

Sin embargo, hay otro pensamiento que es, tal vez, el más importante de todos. De este pasaje aprendemos que nuestro Divino Señor entregó alegremente Su alma a Su Padre cuando le llegó el tiempo de morir: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Ninguno de nosotros podría usar esas palabras con estricta propiedad. Tal vez pudiéramos expresarlas cuando lleguemos a la hora de nuestra muerte y Dios las acepte. Antes de morir, estas fueron las propias palabras de Policarpo, de Bernardo, de Lutero, de Melancton, de Jerónimo de Praga, de Juan Huss y de una lista casi interminable de santos: “En tus manos encomiendo mi espíritu”.

La versión del Antiguo Testamento de ese pasaje o, alternativamente, la propia versión del Señor, han sido convertidas en una oración en latín, y son comúnmente usadas entre los católicos romanos casi como un ensalmo; al morir, han repetido esas palabras en latín o, si no eran capaces de hacerlo, el sacerdote las repetía por ellos, asignando una suerte de poder mágico a esa fórmula particular.

Pero ninguno de nosotros podría usar plenamente estas palabras en el sentido en que nuestro Salvador las pronunció. Nosotros podemos entregar o encomendar nuestro espíritu a Dios; sin embargo, hermanos, recuerden que, a menos que el Señor venga primero, hemos de morir; y morir no es un acto que esté bajo nuestro control. Tenemos que ser pasivos en el proceso, porque no está en nuestro poder retener nuestra vida. Yo supongo que si un hombre pudiera tener tal control de su vida, podría ser cuestionable cuándo debería renunciar a él, porque el suicidio es un crimen, y a ningún hombre se le puede exigir que se mate. Dios no demanda tal acción de la mano de ningún hombre; y, en un cierto sentido, eso es lo que pasaría siempre que un hombre se entregara a la muerte. Pero no había necesidad de que nuestro bendito Señor y Maestro muriera, excepto la necesidad que Él asumió al convertirse en el Sustituto de Su pueblo. No había ninguna necesidad para Su muerte incluso en el último momento sobre la cruz, pues, tal como les he recordado, Él clamó a gran voz cuando la debilidad natural le habría forzado a susurrar o suspirar. Pero Su vida interna era vigorosa; si hubiera querido hacerlo, habría podido desclavarse y descender en medio de la multitud que lo escarnecía. Él murió por Su propia y libre voluntad, “el Justo por los injustos, para llevarnos a Dios”.

Un hombre puede renunciar justamente a su vida por el bien de su país, y por la seguridad de los demás. Ha habido frecuentemente oportunidades para que los hombres hagan ésto, y ha habido sujetos valerosos que lo han hecho dignamente; pero todos esos hombres habrían tenido que morir en algún momento u otro. Ellos sólo estaban anticipando ligeramente el pago de la deuda de la naturaleza; pero, en el caso de nuestro Señor, Él estaba entregando al Padre el espíritu que habría podido guardar si así lo hubiera resuelto. “Nadie me la quita” –dijo concerniente a Su vida- “sino que yo de mí mismo la pongo”; y hay aquí una alegre disposición a encomendar Su espíritu en las manos de Su Padre.

Es más bien notable que ninguno de los evangelistas describa a nuestro Señor como: ‘muriendo’. Él murió, en verdad, pero todos ellos hablan de Él como: entregando el espíritu, como cediendo Su espíritu a Dios. Ustedes y yo morimos pasivamente; pero Él entregó activamente Su espíritu a Su Padre. En Su caso, la muerte fue un acto, y Él realizó ese acto por el glorioso motivo de redimirnos de la muerte y del infierno; entonces, en este sentido, Cristo es único en Su muerte.

Pero, oh, amados hermanos y hermanas, si no podemos encomendar nuestro espíritu como Él lo hizo, cuando nuestra vida sea tomada de nosotros tenemos que estar perfectamente dispuestos a entregarla. Que Dios nos lleve a tal estado de mente y corazón que no realicemos ningún forcejeo para mantener nuestra vida, antes bien que tengamos una dulce disposición para que sea como Dios quiera, una renuncia de todo en Sus manos sintiéndonos seguros de que, en el mundo de los espíritus, nuestra alma estará muy segura en las manos del Padre, y que, hasta el día de la resurrección, el germen de vida del cuerpo estará a salvo bajo Su custodia, y seguros de que, cuando la trompeta resuene, espíritu, alma y cuerpo –esa trinidad de nuestra humanidad- serán reunidos en la absoluta perfección de nuestro ser para contemplar al Rey en Su hermosura, en la tierra que está muy distante.

Cuando Dios nos llame a morir, sería una dulce manera de morir si pudiéramos hacerlo como nuestro Señor, con un texto de la Escritura en nuestros labios, con un Dios personal dispuesto a recibirnos, con ese Dios reconocido claramente como nuestro Padre, y así, morir gozosamente, rindiendo enteramente nuestra voluntad a la dulce voluntad del Ser siempre bendito, y diciendo: “Es el Señor”, “mi Padre”, “haga de mí lo que bien le pareciere”.

II. Mi segundo texto está en el Salmo 31, y en el versículo 5; y es, evidentemente, el pasaje que nuestro Señor tenía en mente justo entonces: “En tu mano encomiendo mi espíritu; tú me has redimido, oh Jehová, Dios de verdad”. Me parece que ÉSTAS SON PALABRAS QUE HAN DE SER USADAS EN VIDA, pues este Salmo no concierne tanto a la muerte del creyente, como a su vida.

¿No es muy singular, queridos amigos, que las palabras que Jesús dijo en la cruz, puedan seguir siendo utilizadas por ustedes? Pueden alcanzar a oír su eco, y no sólo cuando lleguen al punto de morir, sino que esta noche, mañana por la mañana, y mientras estén aquí, pueden repetir todavía el texto que el Maestro citó, y decir: “En tus manos encomiendo mi espíritu”.

Es decir, primero, hemos de encomendar alegremente nuestras almas a Dios, y sentir que están muy seguras en Sus manos. Nuestro espíritu es la parte más noble de nuestro ser. Nuestro cuerpo es únicamente la envoltura. Como nuestro espíritu es el núcleo vivo, entonces, pongámoslo bajo la custodia de Dios. Algunos de ustedes no han hecho eso nunca hasta ahora, por lo que yo los invito a que lo hagan ahora. Es el acto de fe lo que salva al alma, ese acto que el hombre lleva a cabo cuando dice: “Yo me confío a Dios según Él mismo se revela en Cristo Jesús; yo no puedo guardarme a mí mismo, pero Él sí puede guardarme; por la preciosa sangre de Cristo Él puede limpiarme, de tal manera que tomo mi espíritu y lo pongo en las manos del grandioso Padre”. No vivirás nunca realmente mientras no hagas eso; todo lo que viene antes de ese acto de plena entrega es muerte; pero cuando confías una vez en Cristo, entonces has comenzado realmente a vivir. Y cada día, en tanto que vivas, pon atención en repetir este proceso y entrégate alegremente en las manos de Dios, sin ninguna reserva; es decir, entrégate a Dios: entrega tu cuerpo, entrega estar sano o estar enfermo, ser longevo o ser cortado súbitamente; tu alma y tu espíritu entrégalos también a Dios, entrega tu felicidad o tu tristeza, tal como Él quiera. Entrégale tu ser entero a Él y dile: “Padre mío, hazme rico o hazme pobre, dame buena visión o hazme ciego, permíteme tener todos mis sentidos o quítamelos, hazme famoso o déjame en la oscuridad; yo me entrego a Ti únicamente; en Tu mano encomiendo mi espíritu. No quiero ejercer más mi propia elección, sino que Tú has de elegir mi herencia por mí. Mis tiempos están en Tus manos”.

Ahora, queridos hijos de Dios, ¿hacen eso siempre? ¿Lo han hecho alguna vez? Me temo que hay algunas personas incluidas entre quienes profesan ser seguidores de Cristo, que dan coces contra la voluntad de Dios; y hasta cuando le dicen a Dios: “Hágase tu voluntad”, lo arruinan todo al agregar, en su propia mente: “y mi voluntad, también”. Esas personas oran así: “Señor, haz que mi voluntad sea tu voluntad”, en lugar de decirle: “Haz que Tu voluntad sea mi voluntad”. Cada uno de nosotros debe elevar esta oración cada día: “En tu mano encomiendo mi espíritu”.

En nuestra oración familiar, a mí me gusta en la mañana ponerme junto con todo lo que tengo en las manos de Dios, y luego, en la noche, me gusta simplemente mirar entre Sus manos, y ver cuán seguro he estado, y luego decirle: “Señor, enciérrame otra vez esta noche; cuídame a lo largo de todas las vigilias de la noche. ‘En tus manos encomiendo mi espíritu.’”

Noten, queridos amigos, que nuestro segundo texto contiene al final estas palabras: “Tú me has redimido, oh Jehová, Dios de verdad”. ¿No es ésa una buena razón para que se entreguen enteramente a Dios? Cristo los ha redimido, y por tanto, ustedes le pertenecen. Si yo soy un hombre redimido y le pido a Dios que me cuide, no estoy sino pidiéndole al Rey que cuide a una de Sus propias joyas, a una joya que le costó la sangre de Su corazón.

Y yo puedo esperar que Él lo hará, todavía de una manera más especial, debido al título que le es otorgado aquí: “Tú me has redimido, oh Jehová, Dios de verdad”. ¿Sería Él el Dios de la verdad, si comenzara la redención pero la terminara en destrucción; si comenzara por entregar a Su Hijo a la muerte por nosotros, pero luego retuviera otras misericordias que necesitamos diariamente para llevarnos al cielo? No; el don de Su Hijo es la garantía de que Él salvará a Su pueblo de sus pecados, y los llevará al hogar en la gloria; y Él lo hará.

Entonces, acudan cada día a Él con esta declaración: “En tu mano encomiendo mi espíritu”. Es más, háganlo no sólo cada día, sino a lo largo de todo el día. ¿Acaso un caballo te arrastra consigo? Entonces no puedes hacer nada mejor que decir: “Padre, en tu mano encomiendo mi espíritu”. Y si el caballo no te arrastra, no puedes hacer nada mejor que decir esas mismas palabras. ¿Tienes que entrar en una casa donde hay fiebre; quiero decir, es tu deber entrar ahí? Entonces anda y di: “Padre, en tu mano encomiendo mi espíritu”. Yo te recomendaría que hicieras eso cada vez que camines por la calle, o incluso cuando estés dentro de tu propia casa.

El doctor Gill, mi famoso predecesor, pasaba muchísimo tiempo en su estudio y, un día, alguien le dijo: “Bien, de cualquier manera, el hombre estudioso está a salvo de la mayoría de los accidentes de la vida”. Sucedió que, una mañana, cuando el buen hombre se levantó momentáneamente del sofá familiar, vino una fuerte ráfaga de viento que derribó una buena cantidad de chimeneas que fueron a estrellarse contra el techo de su casa, perforándolo y cayendo exactamente en el lugar donde habría estado sentado si la providencia de Dios no le hubiera apartado de ahí; y él dijo: “Compruebo que necesitamos que la divina providencia nos cuide en nuestros estudios de la misma manera que lo hace en las calles”. “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

He notado a menudo que, cuando alguno de nuestros amigos sufre accidentes y problemas, lo hace usualmente cuando anda de vacaciones; es algo curioso, pero lo he observado con frecuencia. Salen llenos de salud, y regresan enfermos; nos dejan y se van con todas sus extremidades sanas, y regresan lisiados a nosotros; por tanto, debemos pedirle a Dios que cuide especialmente a los amigos que están en el campo o junto al mar, y hemos de encomendarnos en Sus manos dondequiera que estemos. Si tuviéramos que ir a un lazareto, ciertamente le pediríamos a Dios que nos protegiera de la lepra mortal; pero deberíamos buscar igualmente la protección del Señor cuando estemos en el lugar más sano o cuando nos encontremos en nuestros hogares.

David le dijo al Señor: “En tu mano encomiendo mi espíritu”; pero permítanme pedirles que agreguen aquella palabra que nuestro Señor insertó, “Padre”. David es frecuentemente un buen guía para nosotros, pero el Señor de David es mucho mejor guía; y si lo seguimos, lograremos mejoras en comparación a David.

Entonces, cada uno de nosotros debe decir: “Padre, Padre, en tu mano encomiendo mi espíritu”. Esa es una dulce manera de vivir cada día, encomendando todo en la mano de nuestro Padre Celestial, pues esa mano sólo puede ser benigna con Su hijo. “Padre, tal vez no sea capaz de confiar en Tus ángeles, pero puedo confiar en Ti”. El Salmista no dice: “En la mano de la providencia encomiendo mi espíritu”. ¿Han advertido cómo los hombres tratan de deshacerse de Dios diciendo: “La providencia hizo esto”, y “la providencia hizo aquello”, y “la providencia hizo eso otro”? Si les preguntaras: “¿qué es la providencia?”, probablemente te responderían: “pues bien, la providencia es… la providencia”. Eso es todo lo que te pueden decir. Hay muchísimas personas que hablan muy confiadamente acerca de reverenciar a la naturaleza, de obedecer las leyes de la naturaleza, de notar los poderes de la naturaleza y así sucesivamente. Acércate a ese conferencista elocuente y dile: “¿Serías tan amable de explicarme qué es la naturaleza?”. Él te responde: “Vamos, la naturaleza… bien, es… la naturaleza”. Precisamente es eso, amigo; pero, entonces, ¿qué es la naturaleza? Y él dice: “Bien, bien, es la naturaleza”; y eso es todo lo que podrías sacarle.

Ahora, yo creo en la naturaleza, y yo creo en la providencia; pero, detrás de todo, yo creo en Dios, y en el Dios que tiene manos; no en un ídolo que no tiene manos, y que no puede hacer nada, sino en el Dios a quien le puedo decir: ‘“Padre, en tu mano encomiendo mi espíritu’”. Me alegro porque soy capaz de ponerme allí, pues me siento absolutamente seguro al confiarme a Tu guarda”. Entonces, vivan, amados, y vivirán segura y felizmente, y tendrán esperanza en su vida y esperanza en su muerte.

III. Mi tercer texto no nos retendrá muchos minutos; tiene el propósito de explicarnos EL USO DE LAS PALABRAS AGONIZANTES DE NUESTRO SALVADOR PARA NOSOTROS MISMOS. Vayamos al relato de la muerte de Esteban, en el capítulo 7 de Hechos, y en el versículo 59, y verán ustedes allí, cuán lejos se puede atrever a ir un hombre de Dios en sus últimos momentos al citar a David y al Señor Jesucristo: “Y apedreaban a Esteban, mientras él invocaba y decía: Señor Jesús, recibe mi espíritu”.

Entonces, aquí tenemos un texto para usarlo en la hora de nuestra muerte: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”. Les he explicado que, estrictamente, difícilmente podemos hablar de entregar nuestro espíritu, pero podemos afirmar que Cristo lo recibe, y decir, con Esteban: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”.

¿Qué significa esta oración? Debo darles apresuradamente dos o tres pensamientos al respecto, y así concluir mi discurso. Yo pienso que esta oración quiere decir que, si pudiéramos morir como murió Esteban, moriremos con una certeza de inmortalidad. Esteban oró: Señor Jesús, recibe mi espíritu”. No dijo: “Tengo miedo de que mi pobre espíritu va a morir”. No; el espíritu es algo que existe todavía después de la muerte, algo que Cristo puede recibir y, por tanto, Esteban le pide que lo reciba. Ustedes y yo no vamos a subir las escaleras para morir como si fuéramos únicamente gatos y perros; vamos allá para morir como seres inmortales que se quedan dormidos en la tierra, y abren sus ojos en el cielo. Entonces, al sonido de la trompeta del arcángel, nuestro propio cuerpo ha de resucitar para morar otra vez con nuestro espíritu; no tenemos ninguna duda al respecto.

Creo que les he mencionado lo que un infiel le dijo una vez a un cristiano: “Algunos cristianos sienten un gran miedo de morir porque ustedes creen que hay otro estado que ha de seguirle a éste. Yo no tengo el menor miedo, pues creo que voy a ser aniquilado, y por eso estoy libre de todo miedo a la muerte”. “Sí”, -respondió el cristiano- “y en ese respecto me parece a mí que estás en los mismos términos que ese buey que está pastando allá, que, como tú, está libre de cualquier miedo a la muerte. Amigo, te ruego que me permitas hacerte una simple pregunta. ¿Tienes alguna esperanza? “¿Esperanza, amigo? No, no tengo ninguna esperanza; por supuesto que no tengo ninguna esperanza, amigo”. “¡Ah!, entonces”, -replicó el otro- “no obstante los miedos que les sobrevienen a veces a los creyentes débiles, ellos tienen una esperanza a la que no quisieran renunciar ni podrían hacerlo”. Y esa esperanza es que nuestro espíritu, ese espíritu que encomendamos en las manos de Jesucristo, estará “eternamente con el Señor”.

El siguiente pensamiento es que, para un hombre que puede morir como murió Esteban, hay una certeza de que Cristo está cerca, tan cerca, que el hombre le habla y le dice: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”. En el caso de Esteban, el Señor Jesús estaba tan cerca que el mártir pudo verle, pues dijo: “He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios”.

Muchos santos moribundos han ofrecido un testimonio similar; para nosotros no es algo extraño oírles decir, antes de morir, que podían ver adentro de las puertas de perla; y nos han dicho ésto con tan evidente veracidad, y con tal arrobamiento, o a veces, tan calmadamente, en un tono de voz tan comedido, que estábamos seguros de que no estaban engañados ni nos decían una falsedad. Decían lo que sabían que era verdad, pues Jesús estaba allí con ellos. Sí, amados, antes de que puedan reunir a sus hijos en torno a su lecho de muerte, Jesús ya estará allí, y en Sus manos pueden encomendar su espíritu.

Además, tenemos la certeza de que estamos muy seguros en Sus manos. Por inseguros que estemos en cualquier otra parte, si le pedimos que reciba nuestro espíritu, y Él lo recibe, ¿quién podría hacernos daño? ¿Quién podría arrancarnos de Sus manos? ¡Despierten, ustedes, infierno y muerte! ¡Pasen al frente, todos ustedes, poderes de las tinieblas! ¿Qué podrían hacer ustedes cuando un espíritu ya se encuentra en las manos del Redentor omnipotente? Estamos a salvo allí.

Luego está la otra certidumbre: que Él está muy dispuesto a tomarnos en Sus manos. Pongámonos en Sus manos ahora; y, luego, no hemos de avergonzarnos de repetir la operación cada día, y podemos estar seguros de que no seremos rechazados al final.

A menudo les he comentado acerca de la buena anciana que se estaba muriendo, y a quien alguien le preguntó: “¿No tiene miedo de morir?” “Oh, no”; -replicó ella- “no hay nada que temer en absoluto. He hundido mi pie en el río de la muerte cada mañana antes de tomar mi desayuno, y no tengo miedo de morir ahora”.

Ustedes recuerdan a aquella amada santa que murió en la noche, y que había dejado escrito sobre un trozo de papel junto a su lecho estas líneas que, antes de quedarse dormida, se sintió con la suficiente fuerza para escribirlas:

“Puesto que Jesús es mío, no temeré desvestirme,
Sino que alegre me despojaré de este vestido de arcilla;
Morir en el Señor es una bendición del pacto,
Puesto que Jesús lideró el camino a la gloria, con Su muerte”.

¡Fue bueno que ella pudiera decirlo, y sería bueno que nosotros seamos capaces de decir lo mismo en el momento que el Señor nos llame para que ascendamos a lo alto! Queridos amigos, yo quiero que cada uno de nosotros tenga tanta disposición de partir como si se tratase de un asunto que dependiera de nuestra propia voluntad. Bendito sea Dios porque la fecha de nuestra muerte no queda a nuestra elección, ni a nuestra voluntad. Dios ha establecido el día, y ni diez mil demonios podrían consignarnos a la tumba antes de nuestro tiempo. No moriremos mientras Dios no lo decrete.

“Plagas y muerte vuelan a mi alrededor,
Pero si Él no lo quiere, no moriré;
Ni una sola saeta acierta en el blanco
Mientras el Dios de amor no lo consienta”.

Pero hemos de estar tan anuentes a partir como si se tratara realmente de un asunto de elección; pues, sabiamente, cuidadosamente, apaciblemente, consideren que si se nos permitiera elegir, ninguno de nosotros sería sabio si no eligiera partir. Aparte de la venida de nuestro Señor, lo más lamentable que conozco sería la sospecha de que no pudiéramos morir.

¿Saben ustedes lo que el pintoresco anciano Rowland Hill solía decir cuando se dio cuenta de que estaba volviéndose un anciano? Dijo: “En verdad tienen que estarme olvidando allá arriba”; y cada vez y cuando, si algún amado santo anciano moría, él le decía: “Cuando llegues al cielo, dale mi afectuoso saludo a Juan Berridge y Juan Bunyan, y a todos los demás ‘Juanes’ buenos, y diles que espero que en breve verán al pobre anciano ‘Rowly’ allá en lo alto”. Bien, había un sentido común en ese desear ir a casa y anhelar estar con Dios. Estar con Cristo es mucho mejor que estar aquí.

La propia sobriedad nos conduciría a elegir morir; bien, entonces, no hemos de tolerar retroceder, y volvernos completamente indispuestos, y luchar y esforzarnos e inquietarnos y estar furiosos por eso. Cuando me entero de creyentes a quienes no les gusta hablar de la muerte, me da miedo con respecto a ellos. Es sumamente sabio que nos familiaricemos con nuestro lugar de descanso.

Cuando fui, recientemente, al cementerio de Norwood para sepultar allí el cuerpo de nuestro amado hermano Perkins, por breve tiempo, sentí que era algo saludable para mí ponerme al borde de la tumba y caminar luego en medio de ese bosque de memoriales de la muerte, pues es allí donde yo también he de ir. Ustedes, hombres que gozan de vida, venga y vean el terreno donde muy pronto yacerán; y, como así ha de ser, démosle la bienvenida nosotros que somos creyentes.

Pero, ¿qué pasa si no son creyentes? ¡Ah!, Eso es un asunto completamente diferente. Si ustedes no han creído en Cristo, harían bien en tener miedo incluso de descansar en el asiento donde están sentados ahora. Me pregunto por qué la propia tierra no dice: “¡oh Dios, no voy a retener más tiempo a este desgraciado pecador! ¡Permíteme que abra mi boca y me lo trague!” Toda la naturaleza tiene que odiar al hombre que odia a Dios. Seguramente todas las cosas han de despreciar ministrar a la vida de un hombre que no vive para Dios. ¡Oh, que buscaran al Señor, y confiaran en Cristo, y encontraran la vida eterna! Si ya lo han hecho, no tengan miedo de enfrentarse a la vida o a la muerte, según agrade a Dios.


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