No puedes convertir limones en limonada

De Libros y Sermones Bíblicos

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Todos conocemos el dicho: "Cuando la vida te da limones, haz limonada". De alguna manera esto se ha convertido en una especie de mantra para manejar las decepciones de la vida. Cuando la vida no va a tu manera, sácale algo bueno. Cuando estás decepcionado por la forma en la que están las cosas, sácale lo mejor. Cuando algo malo te pase, no dejes que te deprima.

Ahora, ¿es esta la mejor manera de manejar las decepciones? ¿Poner una sonrisa en nuestros rostros y pretender que lo amargo es realmente azúcar disfrazada?

No sé tú, pero yo no puedo hacer esto.

Sombras de la caída

Todos enfrentaremos decepciones. Ya sea el fracasar en entrar al equipo de cheerleaders por dos años consecutivos (confesión real), o no conseguir el trabajo que siempre soñaste, las decepciones empiezan temprano y continuarán hasta llegar a la tumba.

Si vives lo suficiente, experimentarás decepciones de una forma u otra. Eso es un hecho. Pero, ¿hay alguna manera de pensar teológicamente sobre nuestras decepciones? Creo que sí.

Como cristianos, vemos todo a través de estos lentes tri-focales: fuimos creados a la imagen de Dios, vivimos en un mundo caído, y confiamos en la redención de Cristo. Este paradigma nos ayuda en nuestras decepciones. Recuerdo haber escuchado a Tim Keller decir que cada día es un "Lea". Al igual que en el ejemplo de Lea en el Antiguo Testamento, cada día nos recuerda que la vida no resultará exactamente como lo esperábamos.

En Génesis, Lea enfrentó grandes decepciones. Si vivir bajo la sombra de la hermosura de su hermana no hubiera sido suficiente para desalentarla, ella sería entregada en matrimonio a un hombre que no la amaba. Imagínate despertar cada día sabiendo que ninguna cantidad de cuidado, esfuerzo o maternidad, hará que tu esposo te ame más que el día anterior.

Igualmente, cada día enfrentamos circunstancias que destruirán nuestras expectativas y nos llevarán a la desilusión. Otros pecadores nos hieren o defraudan. Nuestros cuerpos están quebrados y devastados con la enfermedad o infertilidad. Los niños nos confunden y nos abruman. Los cónyuges no nos entienden ni nos aprecian. Las ofertas de trabajo se caen. Tu techo necesita ser remplazado justo en Navidad.

Entonces, cuando estás decepcionado, ¿simplemente sacas lo mejor de las circunstancias y esperas por algo mejor la próxima vez?

Gracias a Dios, la Biblia nos da otro camino.

Mejor que limonada

Lidiar con las desilusiones, cualquiera que sean, es más que solo verle lo positivo a las cosas. Inténtalo durante un tiempo y te darás cuenta que es imposible.

Considera la historia de José, otra figura del Antiguo Testamento cuya vida estuvo envuelta en decepciones. Él fue despreciado por sus hermanos y vendido a la esclavitud (Génesis 37:12-36), luego fue incomprendido y falsamente acusado por seguir la Ley de Dios (Génesis 39). Él fue un extraño en tierra extranjera sin familia a quien llamar. Aun cuando fue finalmente vindicado ante sus hermanos, él exhibió una gran confianza, no en sus propias habilidades de sacar lo bueno de su mala situación, sino en Dios que llevaba cada desilusión a bien (Génesis 50:20). José entendió que Dios estaba trabajando todo el tiempo.

Dios no está en el negocio de "sacar lo mejor de esto" cuando las cosas no van a nuestra manera. Él no solo barre y recoge los pedazos después de que nuestros planes se desmoronan. Él siempre está trabajando, incluso en nuestras decepciones, y usa esas pruebas para propósitos mayores. Por tanto, no lidiamos con las decepciones escogiendo nosotros mismos en nuestras propias fuerzas, o cambiando nuestro ceño fruncido. Por el contrario, confiamos en Dios que siempre está haciendo que las cosas cooperen para nuestro bien.

La vida sin duda nos da limones. Pero necesitamos más que una dulce limonada para remplazar la acidez de los limones circunstanciales. Cada día decepcionante nos recuerda que este no es nuestro hogar. Cuando las cosas no van a nuestra manera, anhelamos una vida mejor, donde no hayan más lágrimas, decepciones, penas y sufrimientos. Una vida en la que Dios fielmente prometió que nos llevará hasta el final y enjugará toda lagrima de decepción para siempre. Y eso, mis amigos, es mucho mejor que la mejor limonada.


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