El Aceite y las Vasijas

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English: The Oil and the Vessels

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Por Charles H. Spurgeon sobre El Previo Conocimiento de Dios
Una parte de la serie Metropolitan Tabernacle Pulpit

Traducción por Allan Aviles


"Cuando las vasijas estuvieron llenas, dijo a un hijo suyo: Tráeme aún otras vasijas. Y él dijo: No hay más vasijas. Entonces cesó el aceite." 2 Reyes 4: 6.

En tanto que hubo vasijas que llenar, el milagroso chorro de aceite continuó, y sólo cesó cuando ya no hubo más cántaros que lo recibieran. El profeta no pronunció una sola palabra para detener el proceso multiplicador, y el Señor no puso ningún límite al prodigio de abundancia. La pobre viuda no se vio restringida en Dios, sino en su provisión de tinajas vacías. Ninguna otra cosa en el universo redujo el flujo del aceite. Sólo la ausencia de recipientes para guardar el aceite, detuvo el flujo al instante. Las vasijas escasearon primero que el aceite; nuestros poderes receptores se agotarán primero que el poder proveedor de Dios.

Esto es cierto en referencia a NUESTRAS CIRCUNSTANCIAS PROVIDENCIALES. En tanto que tengamos necesidades, tendremos provisiones, y encontraremos que nuestras necesidades se agotan mucho antes que la liberalidad divina. En el desierto caía más maná del que las tribus podían comer, y corría más agua de la que los ejércitos podían beber, y mientras estuvieron en tierra desértica y requirieron de esta provisión, se les otorgó de continuo. Cuando llegaron a Canaán y se alimentaron del fruto de la tierra, las provisiones especiales cesaron, pero sólo hasta ese momento. De la misma manera, también, el Señor alimentará a Su pueblo hasta que no lo necesite más.

La aparente fuente de suministro de la viuda, era tan sólo una vasija de aceite, que permaneció derramando en abundancia mientras se ponía una vasija tras otra debajo de ella. De la misma manera, lo poco que el Señor otorga a Su pobre pueblo, continuará proveyendo lo suficiente día con día, hasta que el último día de vida, como la última vasija, haya sido llenado. Algunos no se contentan con esto, sino que quisieran que el aceite abundara más allá de la última vasija, aun después de su muerte, no descansando nunca hasta haber atesorado sus miles, y haber enterrado sus corazones en medio de polvo de oro. Si el aceite corre hasta que la última tinaja esté llena, ¿qué más necesitamos? Si la providencia nos garantiza alimento y vestido hasta que acabemos nuestra vida mortal, ¿qué más podríamos requerir?

Sin duda, en la dispensación de riqueza y de otros talentos a Su siervos, el Señor considera sus capacidades. Si tuvieran más vasijas, tendrían más aceite. El Dios infinitamente sabio, sabe que es mejor que algunos hombres sean pobres y no ricos; no podrían soportar la prosperidad, y por eso el aceite no fluye, porque no hay una vasija que llenar. Si somos capaces de recibir un don terrenal, entonces será algo bueno para nosotros, y el Señor ha declarado que no negará ningún bien a aquellos que caminen rectamente; pero un talento que no pudiéramos recibir para un uso adecuado, sólo sería una maldición para nosotros, y por ello, el Señor no nos abruma con eso. Tendremos todo lo que podamos absorber: todo lo que realmente necesitamos, todo lo que vayamos a emplear con seguridad para Su gloria, todo lo que ministre para nuestro más elevado bien, Dios lo verterá de Su plenitud inextinguible, y sólo cuando ve que los dones serían desperdiciados al convertirse en superfluidades, o en responsabilidades abrumadoras, o en ocasiones de tentación, Él restringirá Su poder, y el aceite cesará. Puedes estar seguro que la munificencia de Dios se mantendrá a la par de tu verdadera capacidad, y "te apacentarás de la verdad."

El mismo principio es válido en relación AL CONFERIMIENTO DE LA GRACIA SALVADORA. En una congregación, el Evangelio es como la vasija de aceite, y quienes reciben de ella son almas necesitadas, deseosas de la gracia de Dios. Contamos siempre con muy pocas de estas personas en nuestras asambleas. Muchas son las vasijas de aceite, rellenas hasta el borde e inamovibles: el fariseo saciado, el profesante satisfecho consigo mismo, y el mundano arrogante son así: para estos, el milagro de la gracia no tiene un poder multiplicador, pues están listos a derramarse en cualquier momento. Un Cristo lleno es para pecadores vacíos, y únicamente para pecadores vacíos, y en tanto que haya una alma realmente vacía en una congregación, siempre saldrá una bendición con la palabra, y no más. No es nuestro vacío, sino nuestra plenitud, lo que puede obstaculizar las salidas de la gracia inmerecida. Mientras haya un alma consciente de pecado y ávida de perdón, la gracia manará; sí, mientras haya un corazón cansado de la indiferencia y ansioso de ser herido, la gracia brotará.

Alguno dirá: "yo me siento completamente inepto para ser salvado." Tú estás evidentemente vacío, y, por tanto, hay espacio en ti, para el aceite de la gracia. "Ay," clama otro, "yo no siento absolutamente nada. Incluso mi propia ineptitud me deja impasible." Esto únicamente muestra cuán enteramente vacío estás, y en ti también, el aceite encontrará espacio para su fluir. "Ah," suspira un tercero, "me he vuelto escéptico, la incredulidad me ha endurecido como una solera de un molino." En ti también hay gran capacidad de almacenamiento para la gracia. Sólo estén dispuestos a recibir. Permanezcan como una vasija de aceite con su boca abierta, esperando que el aceite sea derramado del recipiente milagroso. Si el Señor ha puesto en ti el deseo de recibir, no tardará mucho en darte gracia sobre gracia.

¡Oh, que nos pudiéramos encontrar con más almas vacías! ¿Por qué habrían de interrumpirse los prodigios del Señor por falta de personas que necesitan que esas maravillas sean obradas en ellas? ¿No hay almas necesitadas a nuestro alrededor? ¿Acaso todos los hombres se han vuelto ricos, o es sólo una vana presunción que se apodera de muchos corazones? Hay almas verdaderamente vacías, escondidas en rincones donde lloran hasta agotar todas sus lágrimas y quedarse sin llanto, y tratan de quebrantar sus corazones inquebrantables, y claman delante del Señor porque sienten que no pueden orar, o sienten y odian el pecado; escondidas en los rincones, digo, hay almas verdaderamente vacías, y para ellas el aceite celestial está manando todavía, está manando ahora. "Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados." No se objetó a ninguna vasija en nuestra narración, en tanto que estuviera vacía; sólo había un requisito, y únicamente uno: que pudieran ser llenadas debido a que estaban vacías. Vengan, entonces, almas necesitadas, acudan a la fuente eterna y reciban abundantes bendiciones, otorgadas inmerecidamente, simplemente porque las necesitan, y porque el Señor Jesús se agrada en otorgarlas.

Lo mismo es válido con relación a OTRAS BENDICONES ESPIRITUALES. En nuestro Señor Jesús habita toda plenitud, y, puesto que no necesita gracia para Sí, está almacenada en Él para brindarla a los creyentes. Los santos confiesan a una voz: "De su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia." El límite de Su efusión es nuestra capacidad de recibir, y ese límite con frecuencia está reducido por nuestras estrechas oraciones: "No tenemos lo que deseamos, porque no pedimos, o porque pedimos mal." Si nuestros deseos estuvieran expandidos, nuestras raciones serían mayor tamaño. Dejamos de traer vasijas vacías, y por tanto, el aceite cesa. No vemos suficientemente nuestra pobreza, y por tanto, no estiramos nuestros anhelos. Oh, que tuviéramos un corazón insaciable para Cristo, una alma más codiciosa que la tumba misma, que no conoce la saciedad: entonces correrían ríos del aceite celestial hacia nosotros, y estaríamos llenos con la plenitud de Dios.

Con frecuencia nuestra incredulidad limita al Santo de Israel. Nada obstaculiza tanto la gracia, como este vicio empobrecedor. "No hizo allí muchos milagros, a causa de la incredulidad de ellos." La incredulidad declara que es imposible que salga más aceite de la vasija, y por tanto, se niega a traer más vasijas bajo pretexto de tenerle un miedo humilde a la presunción, robando así al alma y deshonrando al Señor. ¡Qué vergüenza, madre del hambre, que secas las fuentes brotantes! ¡Qué habremos de hacer contigo, traidor mentiroso! ¿Qué carbones de enebro serán lo suficientemente voraces para ti, incredulidad perversa? Lamentamos que nuestro gozo haya partido, que nuestras gracias languidezcan, que nuestra utilidad esté restringida. ¿De quién es la culpa de todo esto? ¿Se ha acortado el Espíritu de Jehová? ¿Son estas Sus acciones? No, en verdad, nosotros mismos hemos tapado las botellas del cielo. Que la infinita misericordia nos salve de nosotros mismos, y nos induzca a traer ahora "Vasijas vacías, no pocas."

El orgullo tiene también un horrible poder para cortar el suministro del aceite divinamente provisto. Cuando estamos de rodillas, no sentimos ninguna necesidad apremiante, ninguna escasez urgente, ningún peligro especial. Al contrario, nos sentimos ricos y con abundancia de bienes, y no necesitamos nada. ¿Nos sorprende, entonces, que no seamos refrescados y no sintamos deleite en los santos ejercicios? ¿No hemos oído decir al Señor: "Tráeme aún otras vasijas"? Y como hemos respondido: "No hay más vasijas," ¿debería sorprendernos que el aceite cese? Que el Señor nos libre de la influencia abrasadora de la arrogancia. Convertirá a un Edén en un desierto. La pobreza del alma conduce a la plenitud, pero la seguridad carnal crea infecundidad. El Espíritu Santo se deleita en consolar a todo corazón hambriento, pero el alma llena desprecia el panal de Sus consuelos, y es abandonada a sí misma hasta que se está muriendo de hambre y clama pidiendo el pan celestial. Estemos seguros de esto, que hay abundancia de gracia que puede ser obtenida en tanto que tengamos hambre y sed de ella, y jamás un solo corazón dispuesto será forzado a clamar: "el aceite ha cesado," mientras traiga una vasija vacía.

La misma verdad será demostrada en referencia a LOS PROPÓSITOS DE GRACIA EN EL MUNDO. La plenitud de la gracia divina corresponderá a cada requerimiento de ella hasta el final de los tiempos. Los hombres no serán salvados jamás aparte de la expiación de nuestro Señor Jesús, pero el precio del rescate nunca será considerado insuficiente para redimir a las almas que confían en el Redentor.

"Amado Cordero agonizante, Tu sangre preciosa
No perderá nunca su poder,
Hasta que toda la iglesia rescatada por Dios
Sea salvada para no pecar más."

Tampoco Su intercesión a favor de aquellos que vienen a Dios por Él, dejará de prevalecer. Hasta la última hora en el tiempo, no se dirá nunca que un solo pecador buscó Su rostro en vano, o que al final fue encontrada una vasija vacía porque Jesús no pudo llenarla.

El poder del Espíritu Santo para convencer de pecado, para convertir, consolar y santificar, permanecerá siendo el mismo hasta el fin de la edad. No se encontrará nunca un penitente que llore, que no sea alentado por Él con una esperanza viva, y conducido a Jesús para eterna salvación, ni se encontrará a ningún creyente que luche que no sea guiado por Él a una victoria cierta y total. Él obrará al final la perfección misma en todos los santos, dándonos una idoneidad para su santa herencia de arriba. Ninguno de nosotros se abatirá cuando descubramos de nuevo nuestra propia incapacidad y nuestra condición de muertos. Nuestra esperanza no está basada nunca en un poder creado; una esperanza viva tiene su cimiento en la omnipotencia del Espíritu Santo, que no está sujeta a cuestionamiento o cambio. La sagrada Trinidad obrará conjuntamente para la salvación de todos los elegidos hasta que todo sea cumplido.

Cualquier cosa que esté pendiente en lo referente a los propósitos de Dios, Él tiene el poder de alcanzarla. Si está frente a nosotros toda una fila de vasijas vacías, llevando los nombres de Babilonia vencida, los judíos convertidos, las naciones evangelizadas, los ídolos abolidos, y cosas semejantes, de ninguna manera debemos sentirnos descorazonados, pues todas estas vasijas de la promesa serán llenadas a su debido tiempo. La iglesia del presente día es débil, y sus provisiones son muy inadecuadas para la empresa que le espera, sin embargo, así como muchas vasijas fueron llenadas de un solo recipiente de aceite, aun siendo mucho más grandes que él, así, por medio de Su pobre y despreciada iglesia, el Señor cumplirá sus augustos designios y llenará el universo de alabanza, mediante la necedad de la predicación. "No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino." Con esta garantía, los creyentes pueden salir valerosamente entre los paganos. Las naciones son vasijas vacías, y no son pocas; Dios ha bendecido nuestra tinaja de aceite, y todo lo que tenemos que hacer es verterla y continuar vertiéndola hasta que no haya ninguna otra vasija. Estamos muy lejos todavía de esa consumación. No todos son salvos en nuestras congregaciones; incluso en nuestras familias, muchos no son convertidos. Por tanto, no podemos decir: "No hay más vasijas," y, bendito sea Dios, no debemos sospechar tampoco que cesará el aceite. Con entrega esperanzada traigamos las vasijas vacías debajo del sagrado chorro, para que puedan ser llenadas.

¡Cuán gloriosa será la consumación cuando todos los elegidos sean reunidos! Entonces ningún alma que busque quedará sin ser salvada, ni ningún corazón que ore esperará ser consolado, ni ninguna oveja descarriada tendrá que ser buscada. No se encontrará ninguna vasija que necesite ser llenada a lo largo de todo el universo, y entonces el aceite de la misericordia cesará de fluir, y la justicia tendrá sola su juicio. Ay de los impíos en aquel día, pues entonces las vasijas vacías serán rotas en pedazos; como no recibieron el aceite del amor, cada una de ellas será llena del vino de la ira. Que la gracia infinita nos preserve a cada uno de nosotros de esta terrible condenación. Amén.


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