¿Quién necesita escuchar tus palabras duras?

De Libros y Sermones Bíblicos

Saltar anavegación, buscar

Recursos Relacionados
Leer más Por Scott Hubbard
Indice de Autores
Leer más sobre Santificación y Crecimiento
Indice de Temas
Recurso de la Semana
Cada semana enviamos un nuevo recurso bíblico de autores como John Piper, R.C. Sproul, Mark Dever, y Charles Spurgeon. Inscríbete aquí—es gratis. RSS.

Sobre esta Traducción
English: Who Needs to Hear Your Hard Words?

© Desiring God

Compartir esto
Nuestra Misión
Esta traducción ha sido publicada por Traducciones Evangelio, un ministerio que existe en internet para poner a disponibilidad de todas las naciones, sin costo alguno, libros y artículos centrados en el evangelio traducidos a diferentes idiomas.

Lea más (English).
Como Puedes Ayudar
Si tú puedes hablar Inglés bien, puedes ofrecerte de voluntario en traducir

Lea más (English).

Por Scott Hubbard sobre Santificación y Crecimiento

Traducción por Adriana Blasi


Exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado (Hebreos 3:13).

Ya conoces la experiencia. Alguien de tu iglesia o de entre tus amigos dice algo desagradable, hace algo preocupante. Una pequeña alarma suena dentro de ti, pero decides no decir nada. Seguramente es una anomalía.

Pero luego pasa de nuevo —y tal vez otra vez. Otro comentario chismoso. Otra reunión dominical a la que no asistes con una excusa poco convincente. Otro comentario brusco hacia su esposo o una pulla a su esposa. Otro aparente compromiso con el pecado.

Ahora estás bastante seguro de que deberías decir algo. Pero también estás ocupado. O piensas que otra persona podría estar en mejor posición para sacar el tema. O detestas las conversaciones incómodas. (O todo lo anterior). Así que te convences a ti mismo de quedarte callado.

Mientras tanto, el pecado de tu hermano o hermana no se queda callado. Sigue hablando y tentando, seduciendo y engañando. Y muy lentamente, el corazón de tu amigo se endurece.

Contenido

Anatomía de una exhortación

Conozco esa experiencia. Al recordar mis años como cristiano, recuerdo demasiadas preocupaciones que no expresé. Demasiadas palabras duras que me guardé. Demasiadas veces en las que me quedé callado por comodidad en lugar de hacer caso a las palabras de Hebreos:

Exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado (Hebreos 3:13).

Ese versículo, que muchos conocemos, merece una lectura atenta. «Exhortaos los unos a los otros», nos dice. ¿Qué significa eso?

La palabra sugiere un discurso que despierta y conmueve. Cuando exhortamos, instamos a otros a actuar —a veces alejándose del pecado (Hebreos 3:13), a veces hacia las buenas obras (Hebreos 10:24–25), siempre más cerca de Dios. «Presta mucha más atención» (Hebreos 2:1). «Levanta tus manos caídas» (Hebreos 12:12). «No rechaces a quien habla» (Hebreos 12:25). Así es el lenguaje de la exhortación.

Si nos guiamos por Hebreos en su conjunto —que el autor llama una «palabra de exhortación» (Hebreos 13:22)—, la estructura de una exhortación se vuelve aún más clara. Las exhortaciones tratan los detalles específicos de los pecados y las tentaciones de una persona. Se basan en la palabra de Dios como su autoridad. Entrelazan sabiamente consuelos, promesas y advertencias al mismo tiempo. Consideran al pecado como el enemigo y la obediencia que agrada a Dios como el objetivo.

Lo más importante es que las exhortaciones establecen la supremacía de Jesús. «Él es mejor», dice Hebreos, una y otra vez (véase Hebreos 7:19, 22; 8:6; 9:23; 10:34; 11:16; 12:24). Y eso es lo que nos repetimos los unos a los otros. «Hermano, él es mejor»; «Hermana, él es mejor» —mejor que el chisme y la calumnia, mejor que la ira y la lujuria, mejor que cualquier cosa a la que tengamos que desprendernos.

El poder de proteger

Una exhortación bien dada tiene un poder espiritual tremendo. Pero muchos de nosotros todavía dudamos, y encontramos un montón de razones para no exhortar. Así que, además del qué de la exhortación, Hebreos también nos insiste en el quién, el cuándo y el porqué.

QUIÉN

Exhortaos los unos a los otros... para que ninguno de vosotros se endurezca.

Más adelante en Hebreos, el autor insistirá en lo mismo: «Cuidaos de que nadie se quede sin la gracia de Dios» (Hebreos 12:15). Hebreos nos presenta una visión de la comunidad cristiana en la que todos están preparados para exhortar a cualquiera, para que nadie se aleje. Somos los guardianes de nuestros hermanos —y tenemos muchos hermanos.

Es cierto que algunos cristianos (como los de nuestra familia o nuestro grupo pequeño) están más directamente dentro de nuestra esfera de responsabilidad. Pero si vemos a un cristiano que conocemos descarriándose, y si no vemos a nadie más acercándose a él, entonces sabemos quién debe dar el primer paso: nosotros.

CUÁNDO

Exhortaos los unos a los otros cada día, en la medida que se denomine «hoy».

El «hoy» de este versículo (Salmo 95:7) abarca todos nuestros días mientras aún no gozamos del descanso celestial (Hebreos 4:1). Como peregrinos en el desierto, todavía no hemos alcanzado la tierra prometida ni cruzado nuestro Jordán. Hasta tanto eso ocurra vivimos vidas en constante batalla.

Si ya estuviéramos en casa, si ya estuviéramos fuera del alcance de nuestro enemigo, entonces las advertencias y las exhortaciones resultarían extrañas. Pero aún hay tierras peligrosas entre nosotros y la casa de nuestro Padre; como dice John Bunyan, «aún no estamos fuera del alcance del diablo» (El progreso del peregrino, 101). Entonces, necesitamos exhortaciones si queremos evitar acabar en una tumba prematura en el desierto. Y necesitamos darlas.

Cuanto más comprendamos nuestra actual situación de peligro, más normales nos parecerán las exhortaciones, y más nos daremos cuenta de por qué Jesús y los apóstoles hablaban así con mucha frecuencia. En este lado del cielo, las exhortaciones no son extrañas; son algo de todos los días.

POR QUÉ

Exhortaos los unos a los otros cada día... para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado.

Bajo la guía de Dios, las palabras amorosas, sabias y valientes de un hermano cristiano protegen nuestros corazones contra la dureza. Son una de las principales formas en que Dios nos ayuda a mantenernos firmes hasta llegar al cielo.

¿Ves el potencial que Dios ha puesto en tus palabras? Tu hermano puede parecer atrincherado en la desobediencia. Pero por el diseño de Dios y el poder del Espíritu, tus palabras pueden romper el hechizo del engaño del pecado. Tus palabras pueden humillar el orgullo destructivo, disipar la pasión lujuriosa, mantener un corazón blando en medio del sufrimiento. Y en algunas situaciones, tus palabras pueden ser el medio principal que Dios pretende usar en la vida de una persona. Como dijo el apóstol Santiago acerca de la oración («No tenéis porque no pedís»; véase Santiago 4:2), así podríamos decir acerca de algunas exhortaciones: Esa persona no cambia porque tú no hablas.

Querido hermano o hermana; Dios quiere usarte para evitar que otros se aparten.

¿Quién necesita escuchar?

Así que piensa un momento en los cristianos de tu iglesia o entre tus amigos- ¿El pecado de quién has estado evitando? ¿Qué corazón parece haberse endurecido más que antes? ¿Quién necesita escuchar tu exhortación?

Por supuesto, ora y piensa cuál es la mejor manera de abordarlo. Reflexiona sobre cómo aplicar la palabra de Dios con sabiduría y cómo presentar a Jesús como la mejor opción. Planea un buen momento para hablar. Y luego, en la conversación misma, tal vez haz preguntas sobre lo que has observado: por qué él ha estado actuando así, por qué ella ha dicho cosas como esas.

Pero luego abre la boca y habla. Nombra el pecado que has notado. Comparte con honestidad tu preocupación. Alaba a Cristo, quien satisface plenamente. Y observa si Dios no toma tus palabras y las usa para derretir la dureza del corazón de este hermano o hermana.


Vota esta traducción

Puntúa utilizando las estrellas