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Por Charles H. Spurgeon sobre Santificación & Crecimiento
Una parte de la serie Metropolitan Tabernacle Pulpit

Traducción por Allan Aviles


"Y Esaú respondió a su padre: ¿No tienes más que una sola bendición, padre mío? Bendíceme también a mí, padre mío. Y alzó Esaú su voz, y lloró." Génesis 27: 38.

Ustedes conocen la historia de Esaú y Jacob. Esaú era el mayor de los dos hijos gemelos de Isaac y Rebeca. La primogenitura era suya por derecho, pero él la menospreció. Esaú era una persona profana que no valoró el privilegio hereditario que era realmente suyo pues vendió de hecho su derecho a la primogenitura a su hermano menor, Jacob, por un plato de guisado de lentejas.

El tiempo transcurrió, e Isaac, sintiendo que las debilidades de la edad se iban apoderando él, resolvió dar a Esaú la bendición a la que tenía derecho como su hijo mayor. Rebeca quería que la bendición fuera otorgada a su hijo menor y por eso recurrió a una estratagema con el fin de hacer creer al pobre padre ciego que Jacob era Esaú, y de esa manera Jacob ganó la bendición por fraude. Cuando Esaú entró, y descubrió que la bendición había sido dada a Jacob, y que no podía ser revocada, lloró amargamente, y suplicó a su padre que le diera "una sola bendición."

Toda esta historia no refleja ningún crédito para ninguna de las personas involucradas. Ciertamente no le concede ningún crédito a Isaac. Él era un verdadero creyente en Dios, pero era un hombre de un espíritu bonachón y blando, que no controlaba su hogar como debía haberlo hecho; y nos da la impresión que, en su años postreros, apetecía platillos refinados que tentaran su apetito: "un guisado" tal como el que pidió que le trajera Esaú. Además, no esperó en Jehová para recibir dirección en cuanto al otorgamiento de su bendición paternal; sino que, en directa oposición al propósito divino, determinó dar la bendición al hijo que Dios no había elegido.

Era algo malo que la familia estuviera divida de la manera que estaba: el esposo y la esposa tenían propósitos encontrados, pues Rebeca buscaba la bendición para su hijo favorito, pero Isaac prefería el espíritu más intrépido del hombre indómito.

Yo no puedo excusar ni a Rebeca ni Jacob pues actuaron muy perversamente al tratar de obtener la bendición de Isaac mediante fraude y falsedad. Tampoco puedo justificar a Esaú, pues estaba tratando de retener lo que había vendido a su hermano, y que había menospreciado, y que llamó desdeñosamente "la primogenitura".

Una cosa es cierta: la providencia de Dios, no obstante su pecado, realizó el propósito de Dios. No era asunto de su incumbencia, como tampoco es de la nuestra, tratar de cumplir los decretos de Dios. Dios habría manejado mucho mejor todo el asunto sin la interposición impertinente de Rebeca, y la insensata madre no habría tenido que ver partir de su casa a su amado hijo, ni Jacob habría tenido que irse como un exiliado para soportar todo lo que tuvo que soportar de manos del codicioso Labán. A pesar de ello, Dios suprimió el mal, y Su propósito fue cumplido como siempre ha sido y como siempre será.

Mi meta especial, en este momento, es tomar este llanto sumamente amargo del desilusionado Esaú, y usarlo con dos propósitos: primero, a manera de advertencia; y, segundo, a manera de estímulo, tomándolo entonces fuera de su contexto inmediato.

I. Primero, voy a usar el llanto de Esaú A MANERA DE ADVERTENCIA.

Tengan cuidado, mis queridos lectores, de no renunciar jamás a los beneficios espirituales a cambio de cualquier cosa que sea carnal, o permutar las bendiciones eternas por algo temporal. Esaú regresó hambriento y desfallecido de la cacería; el plato del guiso rojo tenía un olor exquisito para él, y cuando pidió comer del guiso de la manera que un hombre hambriento ansía la comida, su astuto hermano se lo vendió a cambio de la primogenitura que le correspondía a Esaú como hijo mayor de Isaac. El pecado de Esaú consistió en su resolución de vender la bendición del pacto a un precio como ese; sin embargo, ¡cuántas personas hoy en día, están vendiendo sus almas tan barato como el precio en que Esaú vendió su primogenitura!

Algunos venden sus almas por lo que ellos llaman "placer". Afirman que desean ser salvos, pero una pequeña diversión pasajera ejerce mayor fascinación en sus mentes, que todas las eternas dichas o los deleites de la presente comunión con Dios.

Llegará el tiempo cuando deploren su fatal elección y se consideren mil veces insensatos; pero, precisamente ahora, miran con desprecio cualquier cosa que tenga tintes de abnegación con miras a alcanzar la bendición eterna, y consideran sabio al hombre que hace que los momentos vuelen de la manera más dichosa, y que está satisfecho con el "placer" pasajero de la hora.

¡Necias criaturas del día; bueno sería que fueran únicamente criaturas del día, y que murieran como los insectos en una tarde de verano! Pero es una verdadera insensatez que almas inmortales como las suyas truequen la felicidad eterna por las dichas presentes.

Hemos conocido a algunos que venden sus almas por alguna ganancia. Están haciendo dinero de una manera deshonesta y deshonrosa. Para convertirse en cristianos, deben renunciar a su negocio; y ellos afirman francamente que no podrían afrontarlo. ¡Su tienda nunca "pagaría" si estuviera cerrada los domingos; su negocio nunca "prosperaría" si fuera manejado sobre la base de principios cristianos! Posiblemente se trate de un negocio sucio, y la ganancia provenga de los vicios de los hombres. Existen negocios de esa naturaleza; ¡Dios nos libre a todos nosotros de tener algo que ver con ellos!

Pero para muchos, el brillo de las treinta piezas de plata es más fascinante que el Cristo de Dios; y, a la manera de Judas, toman la plata, rechazan deliberadamente al Salvador, y así cometen un suicidio espiritual.

Hemos conocido a algunos que venden sus almas por causa del amor de sus amigos. Se reían de ti porque tú frecuentabas un lugar de adoración, y expresabas alguna ansiedad por tu bienestar eterno, y porque hiciste alguna pequeña reforma en tu vida exterior; y debido a esa burla, tú te has vuelto atrás como un cobarde. ¡Has dado tu espalda al cielo, y estás descendiendo al infierno, simplemente para escapar de las mofas y de las burlas de pecadores semejantes a ti!

Tal conducta es indigna de cualquiera que se llame hombre; y tal conducta atraerá seguramente la justa condenación de Dios sobre cualquiera que fuera culpable de actuar así. Sin embargo, ¡cuántos echan mano del plato de guiso y apartan de sí las bendiciones celestiales por temor de que alguna persona u otra los llame metodistas o puritanos, y se burle de ellos por su rectitud de carácter!

¡Ay!, algunos han llegado a vender sus almas por la copa del ebrio. La copa intoxicante, que raramente es un beneficio para alguien, -si es que pudiera serlo alguna vez aun cuando fuera tomada, según se dice, con moderación-, conduce a la certera condenación de muchos que tomen una sola gota de ella. Ha atraído a miles a las fauces del infierno; no pudieron resistir su embrujo una vez que fue ingerida. ¡Ay!, es demasiado cierto que algunos hombres que una vez fueron honorables y amantes esposos y padres, se volvieron bestias y monstruos; es más, yo calumnio a las bestias cuando las comparo con muchos hombres que he visto que parecían haberse convertido en demonios encarnados gracias al fuerte licor.

Aquí está el "río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero", y allá está el aguardiente, que tiene su procedencia entre las llamas del infierno; y, sin embargo, cuando se deja la elección a los hombres, muchos de ellos prefieren el aguardiente por sobre aquella agua que sería en ellos "una fuente de agua que salte para vida eterna." Algunos de esos hombres que venden sus almas por la copa están con nosotros aquí; ¡oh, que Dios les diera la suficiente gracia para que se vieran cómo son realmente a Sus ojos, para que entonces pidieran la gracia que los convertiría en nuevas criaturas en Cristo Jesús!

Otros han vendido sus almas por la concupiscencia; concupiscencia que no he de describir ahora, para no sonrojar la mejilla de la modestia. ¡Ay! ¡Ay!, hemos conocido a algunos que han sido encumbrados en la estima de sus semejantes, y algunos que se han atrevido a entrar a la iglesia visible de Dios, pero que, todo el tiempo, han preferido a su "amante" que al Mesías; y si continuaran haciendo esto, ciertamente el día vendrá en que lo lamentarán. ¡Oh, que tuvieran la gracia para lamentarlo ahora, y que escaparan de sus Dalilas! Se necesitará algo más que fortaleza humana para sacudirse de esta Hidra mortal, cuyos crueles tentáculos se han enroscado muy apretadamente a su alrededor.

A continuación, tengan cuidado de nocontentarse con una bendición secundaria. A Esaú no parecía preocuparle que Jacob tuviera la bendición espiritual; como no podía obtenerla, parecía dispuesto a contentarse con una bendición temporal; y muchos hombres dicen: "a mí denme un próspero negocio, o abundancia de alimento y bebida; quiero divertirme, y vivir mi vida a plenitud; en cuanto a esos gozos de los que hablan los cristianos, me importan un bledo. Ellos se pueden quedar con su excelente país arriba en medio de las estrellas; en lo que a mí respecta, me basta con disfrutar de mis cosas buenas aquí abajo."

Sí, yo sé que así es como hablan ustedes, amigos míos, pero yo exhorto a todo hombre sensible aquí presente a que no hable ni actúe de esa manera. Aun si pudieran vender su alma a cambio de cincuenta años de intenso deleite físico o mental, ¿qué sería de su alma cuando los cincuenta años llegaran a un fin? Y si pudiesen lograr que los cincuenta años se extendieran a setenta, o incluso hasta cien años, ¿qué sería de su alma al fin de ese siglo? ¿Y qué sería de su alma para siempre? Es para siempre, sin importar lo que los hombres digan. "E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna." "El castigo" tiene la misma duración que "la vida": eternamente y para siempre.

¿Vale la pena hacer un convenio como ese: comprar un plato de guiso rojo al precio de su alma inmortal? Exhorto a cada de uno de ustedes a que compren la verdad, y no la vendan, sino que hagan para ustedes tesoros en el cielo, que tengan a Cristo, que alcancen la paz y el perdón, que reciban la aceptación de Dios, que alcancen el cielo de la manera que este Libro les dice que lo alcancen.

Si sólo consiguiesen obtener extensos acres de campos fértiles, todos han de quedar atrás; si acumularan una gran cantidad de oro y plata, todo ha de quedarles a sus herederos, que probablemente se reirán ante el pensamiento del necio que acumuló tanto para que ellos lo dispersaran. ¡No actúen tan insensatamente, sino busquen alcanzar la bendición principal; que Dios en Su gracia los capacite para obtenerla en esta misma hora!

Recuerden que si ustedes abandonaran este mundo sin haber recibido esta bendición, al igual que Esaú, no encontrarían un espacio para el arrepentimiento, aunque lo buscaran ávidamente con lágrimas. Isaac no podía recordar qué había dicho, y Dios no alterará nunca lo que ha dicho.

La idea de la salvación universal se ha estado extendiendo en este país y también en otras tierras; y, fíjense bien, doquiera que esa doctrina se extienda, el vicio ha de extenderse y se extenderá como su consecuencia natural e inevitable. Cuando se les enseña a los hombres a creer en la salvación universal definitiva, su inferencia inmediata y legítima es, "entonces podemos vivir como queramos, pues todo saldrá bien al final"; y ellos van a vivir como quieren, pero ¡todo no saldrá bien al final!

Quienes enseñan esa doctrina mentirosa son embajadores del diablo, y tendrán que responder por ello ante el tribunal de Dios. Yo no les presento una falsedad como esa. Yo les digo lo que el Libro de la Verdad de Dios me dice, y es que si viven y mueren sin arrepentimiento, sin fe, y sin santidad, con la misma seguridad que los justos vivirán para siempre en el cielo, ustedes vivirán para siempre en el infierno. Yo les imploro que puesto que valoran su alma inmortal, no pongan en peligro sus intereses eternos confiando en estos sueños y ficciones, pues eso es lo que son.

El que es justo al morir, será justo eternamente, y el que es inicuo al morir, será impío eternamente; así que, si no desean tener que llorar y crujir los dientes en angustia y en ira por su propia estupidez, vuelen ahora, se los imploro, a la esperanza que está puesta delante de ustedes en el Evangelio, y aférrense de Jesús, que es el único que puede salvarlos.

No es un placer para mí tener que pronunciar este solemne mensaje; lo entrego proveniente de un corazón adolorido, como la carga del Señor; y habiéndoles dado la advertencia, lo dejo con ustedes para pasar a la segunda parte de mi tema.

II. Ahora he de hacer un trabajo más placentero y es que voy a usar mi texto A MANERA DE ESTÍMULO.

Yo quisiera que, en este mismo momento, se alzara de muchos corazones este grito de Esaú, aunque dándole un significado mucho más elevado: "¿No tienes más que una sola bendición, padre mío? Bendíceme también a mí, padre mío."

Y, primero, hombres y mujeres inconversos, ¿acaso no es tiempo de que fueran bendecidos por Dios? ¿No se preguntará cada uno de ustedes: "¿no es tiempo de que sea bendecido por Dios? Tantas personas allegadas a mí han sido bendecidas; mi madre hace mucho tiempo que está en el cielo; mi hermana es miembro de la iglesia; algunos que se sientan a mi lado en esta banca han creído en Jesús; ¿cuándo me vendrá la bendición? El aguacero ha caído a todo mi alrededor; ¿y yo he de quedarme seco para siempre? La gran marea de la gracia ha parecido barrer hasta mis pies; ¿y no arrojará nunca su agraciada espuma sobre mí? Estoy avanzando en años, y fui traído aquí cuando era un niño, y ahora yo traigo a mi propio hijo; pero todavía no soy salvo. Muchos de mis amigos han muerto desde que oí por primera vez el Evangelio, y he asistido a sus funerales; he perdido a un pariente y luego a otro; si yo hubiera sido el que fue llevado, ¡ay, ay, en qué abatimiento estaría sumida mi alma en este momento! He oído muchos sermones sobre el Evangelio sencillo. Nuestro ministro no procura hacer un despliegue de oratoria; siempre tiene por objetivo predicar a nuestros corazones. Yo sé que quiere llevarme a Jesús, y que estaría encantado si oyera que alguna palabra suya, o de alguien más, me condujo a confiar en Cristo como mi Salvador. No es un pequeño privilegio oír el Evangelio fielmente predicado y en algunos momentos he sentido el poder de ese Evangelio, y he decidido arrepentirme, y luego he dado la vuelta, y heme aquí, todavía sin ser salvo. Parecería algo extraño que algunos que eran moralmente peores que yo, han sido llevados a entrar en el reino de los cielos, mientras que yo he permanecido fuera; y que algunos, que no oyeron el Evangelio ni la mitad del tiempo que yo lo he escuchado, lo aceptaron, mientras que yo lo he rechazado."

Yo desearía que continuaran reflexionando en ese tono, tanto aquí como en su casa; tal vez Dios bendecirá ese monólogo, y especialmente si le agregan esta oración: "oh Señor, ya es tiempo de que tenga Tu bendición. ¡Bendíceme, sí, bendíceme también a mí, oh Padre mío! ¡No me hagas a un lado, oh Tú, Dios amante, lleno de gracia y perdonador, ten misericordia de mí, y sálvame!

La siguiente pregunta que debo hacerles es la siguiente. ¿Acaso no te estimula la plenitud de Dios, quienquiera que seas, a buscar Su bendición? Esaú sólo le pudo preguntar a su padre: "¿No tienes más que una sola bendición?" Y, verdaderamente, su padre sólo tenía una bendición que valiera la pena tener; pero tú no les estás hablando a Isaac, sino que le estás hablando a Jehová; y cuando te acerques a Él para buscar Su bendición, tú sabes que Él puede bendecir a tantos como quiera, y que, si retuviera Su bendición, no sería un ápice más rico, y si la proporcionara, no sería ápice más pobre, pues Él es un Dios infinito, capaz de conceder a todos aquellos que se acerquen a Él todo lo que necesitan.

Dios tiene innumerables hijos e hijas; ¿por qué no habrías de contarte entre ellos? Él tiene una bendición para cada uno de ellos, pues de Sus hijos se puede decir en verdad: "si hijos, también herederos", herederos todos ellos; entonces, ¿por qué no habrías de estar entre ellos? Si yo supiera que sólo tres o cuatro personas podrían ser salvas, no descansaría hasta saber que yo era una de ellas; pero puesto que Dios tiene un gran familia, seguramente tengo una esperanza al venir a Él, si me diera la gracia de decir: "Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: he pecado."

Pensar en la plenitud que hay en Jesucristo, el Hijo de Dios, debe estimularlos a que busquen la bendición de Dios. El mérito de Cristo fue infinito; las ovejas, por las que entregó Su vida, son innumerables como las estrellas del cielo y como la arena de las playas. Todos los que han creído en Él, y todos los que todavía han de creer en Él, pertenecen a ese rebaño redimido; por tanto, ¿por qué no habrías de estar en medio de ellos? "Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo", pues "puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios."

También han de ser estimulados a buscar la bendición de Dios por la plenitud y el poder del Espíritu Santo. Él es capaz de ablandar el corazón más empedernido, y someter a la voluntad más obstinada. No hay ni un solo hábito pecaminoso que Él no pueda vencer. Él les da la gracia que los capacita para resistir la tentación más fuerte, y para vencer al pecado más fiero que esté asediando. Hay un poder omnipotente en el eternamente bendito Espíritu, de tal forma que no hay límites para Su obra regeneradora y santificadora.

Bien, entonces, con el Padre infinito, y el Redentor infinito, y el Espíritu infinito, no necesitas preguntar: "¿No tienes más que una sola bendición?", sino que puedes abrir ampliamente tu boca, para que Dios la llene. Todavía estamos autorizados por el Dador del grandioso festín evangélico a clamar: "Aún hay lugar." Las provisiones del banquete real no son meramente para unos cuantos que pertenezcan a un pequeño grupo insignificante, o que se consideren ellos mismos ser todos los elegidos del Señor.

Por fe, yo puedo ver enormes mesas cargadas con novillos y animales engordados que han sido matados, pues el grandioso Rey ha preparado una gran cena, en honor de las bodas de Su Hijo, y ha invitado a muchos comensales para que vengan. Yo sé que el cielo no está preparado sólo para un grupo pequeño y selecto de santos, pues Juan vio allí "Una gran multitud la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas," que "estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas, y con palmas en las manos; y clamaban a gran voz, diciendo: La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero."

Entonces, ¿por qué no habrías de estar tú entre ellos? Hazte esta misma pregunta estando de rodillas delante de Dios. Si yo estuviese enfermo, y hubiera sólo un médico en toda la ciudad de Londres, trataría de buscarlo, pero no tendría muchas esperanzas de ser sanado por él. Pero el hospital de la gracia tiene espacio disponible para todos los pacientes que vengan a él en cualquier momento; y los porteros nunca han tenido que cerrar la puerta, y decir: "ya no hay espacio para nadie." Ese no puede ser nunca el caso. Dios "se deleita en misericordia". Hay tal plenitud de gracia en Cristo Jesús que quienquiera que venga a Él no le echará fuera. Entonces, ¿no debería esto estimular a cada uno de ustedes a creer en Jesucristo, y así, vivir para siempre, pues "el que cree en el Hijo tiene vida eterna"?

Además, queridos amigos, ¿hay algunas razones válidas por las que no habrían de ser bendecidos? ¿Realmente quieren ser bendecidos por Dios? Alguien dirá: "¡oh, que mis pecados fueran perdonados! ¡Oh, que tuviera un nuevo corazón y un espíritu recto! Deseo vehementemente poder encontrar al Salvador." ¿Hay alguna razón por la que no puedas encontrarlo? "He sido un pecador muy grande." Esa no es ninguna razón, pues muchos grandes pecadores han encontrado a Cristo; entonces, ¿por qué no habrías de encontrarlo tú? "Pero es que yo tengo un corazón muy duro." Esa no es una razón para que no puedas ser salvado, pues muchos corazones muy duros han sido ablandados por el Espíritu Santo; y cuando tienes una redención que es de infinito valor, y un Espíritu Santo con un infinito poder para renovar el corazón, la gravedad del pecado pasado o la profundidad de la depravación presente, no pueden ser una razón para que la misericordia infinita no les pueda ser mostrada.

¿Podrían encontrarme algún texto de la Biblia donde esté escrito que no pueden ser salvados? He escuchado algunas veces a un alma ansiosa que dice: "yo sé que nunca seré salva." Pero, ¿cómo sabes eso? Yo creo que no es así. El mismo Cristo dijo que "Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres", e incluso bajo la antigua dispensación, Dios dijo, por boca del profeta Isaías: "Venid luego… y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana." No podrían poner su dedo sobre ningún pasaje de la Escritura que pruebe que estarán perdidos, así que no crean que así será mientras no lo hayan oído de la propia boca de Dios. No se imaginen nunca que están excluidos de Su misericordia perdonadora hasta que Él mismo diga que lo están; y Él no ha dicho eso todavía.

¿Hay alguien que se interponga en su camino? Yo sé que el diablo se interpone, pero entonces, Cristo es el Señor del demonio, y Él puede permitirles que lo venzan. ¿Saben acerca de algún ministro del Evangelio que les impidiera avanzar si los viera viniendo al Salvador? Yo conozco a uno que con gusto les daría una mano de ayuda, y los atraería a Cristo si pudiera. ¿Acaso tu piadosa madre se afligiría si oyera que has sido convertido? ¿Está orando alguien (con la excepción de Satanás) para que no seas salvado? Yo no he escuchado nunca acerca de una oración de esa naturaleza, y nunca lo haré; más bien, día y noche los elegidos del Señor claman a Él: "¡recoge a los descarriados! Que vea Jesús el fruto de la aflicción de Su alma, y quede satisfecho."

¿Alguna vez me oyeron predicar un sermón que intentara demostrar que no tenían ningún derecho a alcanzar la vida eterna? He oído acerca de sermones muy desalentadores predicados por algunos ministros, que parecían tener miedo de que demasiadas personas entraran al cielo: como si fuese "un distrito cerrado" para unos cuantos favorecidos especiales en la muy pequeña congregación de "Rehoboth" o "Jireh". Eso está desapareciendo, y bendigo a Dios porque eso no se ha oído aquí. Les predicamos un gran Evangelio, y un Evangelio libre, y nuestros corazones anhelan vehementemente con un intenso deseo que ustedes puedan ser salvos.

¿Puedes señalar algún atributo de Dios, o alguna acción de parte de Dios, que semeje malevolencia hacia ti? Tú me dices que ha tratado severamente contigo en Su providencia. Si así fuera, fue para conducirte a Él. ¿Ha destrozado tus ídolos? Si así fuera, es para que adores al único Dios vivo y verdadero. ¿Eres muy pobre? Tal vez sea lo mejor que pudiera ocurrirte. ¡Cuán pocos ricos individuos entran jamás al reino de los cielos!

¿Acaso puedes ver algo en Jesucristo que impida a los pecadores venir a Él? Mira Sus heridas; ¿acaso dicen: "pecador, mantente lejos de Mí"? Mira Sus sienes coronadas de espinas; ¿acaso dicen: "no quiero que vengas a Mí"? Mira Sus brazos ampliamente extendidos sobre la cruz; ¿acaso te repelen ellos? De ninguna manera; más bien, ¿no son mantenidos abiertos para que los peores pecadores puedan llegar a Su corazón, y encuentren paz y perdón allí?

Piensa en el Espíritu Santo, y lee acerca de lo que ha hecho; y luego ve si hay algo en Él que muestre que no quiere que vengas a Cristo. Vamos, Él es el bendito Espíritu que atrae a los pecadores a Cristo; no los aleja de Cristo. Si el Espíritu te convence de pecado, no es para hacer que te desesperes, excepto para hacer que te desesperes de salvarte a ti mismo, y esa es una buena obra, pues te conducirá a mirar a Jesús, para que encuentres la vida eterna en Él. Me atrevo a decir que no hay nada en el Padre, que no hay nada en el Hijo, y que no hay nada en el Espíritu Santo, que hiciera que el pecador verdaderamente arrepentido y creyente pudiera decir: "la misericordia no es para mí." Por el contrario, hay una gran atracción inherente a cada Persona de la Divina Trinidad para atraer a los pecadores a la Trinidad.

Ahora, permítanme sugerir una o dos razones por las que han de encontrar misericordia, si la buscan a la manera de Dios; y la manera de Dios es que crean en Su Hijo Jesucristo: que confíen su alma a Su preservación eterna. Si hacen eso, hay muchas razones por las que pueden encontrar misericordia de Sus manos.

Primero, sería una respuesta a las oraciones del pueblo de Dios. Es un hecho que Dios oye las oraciones de Su pueblo. Así que la salvación tuya les confirmaría que sus oraciones fueron escuchadas, y en verdad, eso es lo que a Dios le agrada hacer. No sería correcto que te fiaras de las oraciones de otras personas para tu salvación; pero te pido que te sirva de consuelo el pensamiento que, verte salvado, alegraría a los santos de Dios. Las reuniones más dichosas de la iglesia que hemos celebrado jamás son aquellas en las que muchos convertidos pasan al frente para contar lo que el Señor ha hecho por sus almas.

Ahora, el Señor Jesús ama muy profundamente a Su Iglesia; ella es Su esposa; y así como un buen esposo quiere agradar a su esposa, así Jesús se deleita en agradar a Su Iglesia; y nada puede agradar tanto a Su Iglesia que ver salvados a los pecadores. Así que pienso que esa es una buena razón por la que podemos esperar que Él salve a muchos de ustedes.

Además de eso, si eres salvado, ya sea que fueras un gran pecador o uno no tan grande, Cristo tendrá un nuevo siervo; y si has sido un grandísimo y negro pecador, Cristo tendrá un siervo especialmente bueno si te convirtiera del error de tus caminos. Cualquier cosa que hicieras, la harías de corazón; ahora persigues a los santos con todo el poder que tienes a tu alcance, pero si fueras convertido, amarías a Cristo como María Magdalena le amaba, o como Saulo de Tarso le amaba; ¡y nuestro Señor se deleita en tener a un siervo como el que serías tú! Confío, por tanto, en que serás estimulado por el pensamiento de que puesto que Él quiere tener muchos siervos así, seguramente te recibirá como uno de ellos.

Y, además, si fueras convertido, los ángeles se gozarían. Renovados aleluyas y hosannas resonarían a través del alto cielo si fueras nacido de nuevo, si fueras una nueva criatura en Cristo Jesús. Tocarían a vuelo todas las campanas con los carillones, porque otro pecador habría sido salvado de descender al abismo. Yo creo que Dios lo hará, pues le agrada oír las melodías de los santos ángeles y de los espíritus de los hombres justos hechos perfectos.

Además, sería para Su propia gloria arriba en el cielo y aquí abajo entre los hijos de los hombres. Oh, si el Señor convirtiera a algunos de los cardenales y sacerdotes de la Iglesia de Roma, y algunos de los grandes filósofos infieles de la presente época, y algunos miembros de la así llamada "nobleza" libertina, ¡cuán elevado honor sería conferido al nombre de Jesucristo!

No debo detenerlos más, pero debo exhortarlos, si quieren realmente la bendición de Dios en la forma del pecado perdonado y la aceptación en Cristo, que busquen obtenerla del Señor, tan denodadamente, como Esaú buscó la bendición de Isaac. Esaú la buscó en vano, pero ustedes no la buscarán en vano. Si crees en Jesucristo, serás salvado, seas quien fueras o lo que fueras. Tenemos para ello la Palabra de Dios: la Palabra de Dios que no miente. Esaú le suplicó lastimosamente a su padre: "Bendíceme también a mí, padre mío." Él era un hombre rudo e indómito, y, sin embargo, presentó quejumbrosamente delante de su anciano padre Isaac su petición: "bendíceme a mí, tu hijo mayor, tu Esaú, tu favorito." Luego, al final, rompió en llanto, apoyando sus súplicas con su lagrimoso plañido: "Bendíceme también a mí, padre mío." No buscarían en vano la bendición de Dios si la buscaran sinceramente y de todo corazón.

Sin Su bendición, ya están condenados. Sin Su bendición, serán condenados para siempre. Con Su bendición, hay un cielo para ustedes; sin ella, hay un infierno. Con Su bendición, hay paz y gozo; sin ella, hay un lóbrego futuro, que siempre se pone más y más oscuro hasta convertirse en una medianoche eterna.

Clamen ahora con fuerza a Dios pidiendo Su bendición; y mientras claman, miren a Jesús en la cruz, desangrándose hasta perder la vida por el culpable. Una mirada a Él con fe salva el alma para siempre. Otra vez cito las palabras de Pablo dichas al carcelero de Filipos: "Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo." No sé qué más pueda yo decir. Si he estado hablando a hombres sensibles que valoran su alma inmortal, y Dios bendice mi mensaje, habré dicho lo suficiente.

Si hablo a personas que están infatuadas con su pecado, y que están inclinadas a suicidarse espiritualmente, no podría decir lo suficiente aunque hablara hasta que sus oídos ya no pudieran oír, y mi lengua ya no pudiera hablar más.

Eterno Espíritu, obra sobre los elegidos de Dios en este momento, y condúcelos a verse tal cual son, y luego a ver a Cristo como su Salvador, y fuérzalos, a cada uno de ellos, a clamar: "Bendíceme también a mí, Padre mío." Amén.


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