Cómo entrenar a sus dragones

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English: How to Train Your Dragons

© Desiring God

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Por Greg Morse sobre Santificación & Crecimiento

Traducción por Carlos Diaz


Contenido

MATANDO LOS PECADOS DOMESTICADOS ANTES DE QUE NOS MATEN

“Discúlpeme, ¿puede repetir lo que acaba de decir?”

Estaba seguro de haberlo escuchado mal mal.

“ . . . ”

“Así que está diciendo que si estamos teniendo problemas constantes con el pecado sexual, ¿deberíamos deshabituarnos de eso pecando con moderación? Si estamos cometiendo ese pecado seis veces a la semana, ¿nos está diciendo que lo limitemos a cinco a la semana durante un tiempo, luego cuatro, tres, dos, y así hasta cero?”

El líder de un programa altamente recomendado para la pureza cristiana masculina reiteró esta creencia, mientras todos a mi alrededor cabeceaban asintiendo a las palabras del sabio. Al fin y al cabo, acabábamos de escuchar el testimonio en vídeo de Jimmy sobre cómo pasó de pecar varias veces al día a sólo pecar, bueno, varias veces al mes. La estrategia debía funcionar.

El amigo que me trajo, se puso en guardia.

“Con todo el debido respeto, no puede hablar en serio. ¿Sabe lo que es el pecado?

A medida que continuaba hablando, era evidente que no lo sabía.

Para él, hacer provisión para la carne varias veces a la semana era, a la postre, beneficioso para nuestra santidad. Para él, un par de rebanadas de fruta prohibída no era en realidad tan malo. Para él, el pecado era manejable, domesticable, controlable. Para él, amputarse algún miembro era una reacción exagerada — era preferible desacostumbrarse suavemente al pecado.

Para él, el pecado no era:

Tampoco era,

El desafío a la justicia de Dios, la violación de su misericordia, la burla a su paciencia, el menosprecio a su poder, y el desprecio a su amor. (John Bunyan)

Para él, el pecado era como romper el límite de velocidad — nada personal.

No era una afrenta a la Persona que más nos ama, una traición a nuestro Amigo más verdadero, una deshonra a nuestro Padre celestial, un acto de guerra en contra de nuestro poderoso Rey, la criatura escupiendo a su Todopoderoso Creador.

Uno de estos pecados fue suficiente para maldecir al mundo entero. Pero permitir varios por semana estaba aparentemente bien. El pecado era una mascota de la cual acabaríamos deshaciéndonos, pero mientras tanto, podíamos rascar su panza y enseñarla a fingir estar muerta.

El pecado no es una mascota

El pecado no es una mascota que deba sacarse a pasear varias veces a la semana. Es un león, un lobo, un oso. Muerde y caza a voluntad. Ataca como una piraña. Es una maldad incansable encendida por los fuegos del infierno. El pecado no puede ser entrenado, embridado, o domesticado. No puede ser rescatado, rehabilitado, o redimido. El pecado nunca usará un collar, se mantendrá en su perrera, ni dejará de dar zarpazos buscando nuestra garganta.

El pecado nos marca como objetivos para la gran artillería de la ira de Dios (Colosenses 3:5–6). El pecado nos hace dignos de la muerte (Romanos 1:32). El pecado será hallado y odiado (Salmos 36:1–2). Nunca hacemos la paz con él, nunca hacemos provisión para él, nunca lo marcamos en nuestros calendarios. El pecado debe ser destruido por el Espíritu si queremos vivir (Romanos 8:13).

Es más seguro tener como mascota a un tigre macho, que a un pecado.

La lagartija roja sobre el hombro

Pero muchos lo han intentado. C.S. Lewis describe la filosofía mencionada anteriormente en El gran divorcio. En el libro, un Fantasma que ha sido alejado del cielo intenta mantener su mascota de pecado, una lagartija roja. En la escena, el Fantasma reprende constantemente a la mascota que está sobre su hombro. Un ángel le pregunta al Fantasma si le gustaría que hiciese callar a la lagartija.

“Por cierto que sí”, dijo el fantasma. “Entonces la voy a matar”, dijo el ángel, avanzando un paso. “Oh — ah — ¡un momento! Me está quemando. No se acerque”, pidió el fantasma, apartándose. “¿No quiere que la mate?” “No dijo nada sobre matarla al principio. No tenía la intención de molestarle con algo tan drástico”. “Es la única manera”, replicó el ángel, cuyas quemantes manos estaban ahora muy cerca de la lagartija. “¿La mato?” “ . . . ” “Bueno, tenemos tiempo para discutirlo más adelante” “No hay tiempo. ¿Puedo matarla?” “Por favor, no quería causar tanta molestia. Por favor — de verdad — no se moleste. ¡Mire! Se ha quedado dormida. Estoy seguro de que todo irá bien ahora. Gracias, muchas gracias” “¿Puedo matarla?” “Honestamente, no creo que haya la menor necesidad. Estoy seguro de que ahora la tendré en orden. Me parece que un proceso gradual es mucho mejor que matarla” “El proceso gradual no sirve de nada

Se suceden las excusas, pero ahora logramos oír a la lagartija susurrar a su oído,

“Ten cuidado”, le decía. “Puede hacer lo que dice. Me puede matar. Bastaría una palabra tuya, fatal, ¡y lo haría! Y te quedarás sin mí para siempre. No es natural. ¿Cómo podrías vivir? Serías una especie de fantasma, no un hombre de verdad como eres ahora. El no comprende. Es sólo una cosa fría, sin sangre, abstracta. Puede que sea natural para él, pero no lo es para nosotros. Sí, sí. Sé que ahora no hay placeres verdaderos, solamente sueños. ¿Pero no es eso mejor que nada? Y han sido tan buenos. Acepto que en el pasado alguna vez fuimos demasiado lejos, pero prometo que no volverá a suceder. Sólo te daré sueños verdaderamente agradables — suaves, frescos, casi inocentes. Podría decir que inocentes por completo. . .”</blockquote>

Es fácil incurrir en patrones de entrenamiento de nuestro pecado en vez de matarlo.

Si nuestra razón más grande para luchar contra el pecado es que no queremos confesarlo de nuevo ante un grupo de corresponsabilidad, estamos entrenando nuestro pecado. Si sólo oramos acerca del pecado después de “hacerlo de nuevo”, estamos entrenando nuestro pecado. Si no buscamos la presencia de Cristo, si no nos comunicamos con él en oración y en su palabra, si no invitamos a otros creyentes a nuestra vida a clavar dagas en nuestro pecado, estamos entrenando nuestro pecado para que finja estar muerto, sin matarlo.

Vayan y no pequen más

Si tenemos un pecado domesticado, hemos de renunciar a él de inmediato. Nuestra salvación depende de ello.

Sólo aquellos que tengan una cadena de cadáveres de pecado tras de sí entrarán al cielo. Solo aquellos que “se ocupan de [su] propia salvación con temor y temblor” sabiendo que Dios está obrando en ellos “tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad” serán salvados (Filipenses 2:12–13).

¿Pero qué hay de lo de ser salvos sólo por la fe? No lo somos. Somos justificados solo por fe. La salvación final viene a través de la justificación y santificación, ambas iniciadas y sostenidas por la gracia de Dios.

Existe una santidad que, si no la tenemos, nos mantendrá alejados de ver al Señor (Hebreos 12:14). “Pero nosotros siempre tenemos que dar gracias a Dios por vosotros, hermanos amados por el Señor, porque Dios os ha escogido desde el principio para salvación mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad” (2 Tesalonisenses 2:13, LBLA).

No nos engañemos. Si sembramos para la carne, segaremos ruina (Gálatas 6:8). la paga del pecado es la muerte (Romanos 6:23). Muchos dirán ese día que lo conocieron, pero Él los despedirá a la oscuridad porque fueron “practicantes de iniquidad” (Mateo 7:21–23). Las advertencias están activas para los cristianos, y el Espíritu las utiliza para mantenernos temerosos de Dios y apartarnos del pecado.

El cristiano no entrena a sus dragones. No planificamos pecar cinco veces a la semana, luego cuatro, luego tres, hasta tener tiempos infrecuentes de rebelión. Después de perdonar al pecador, Jesús no dice vayan y pequen menos; dice: vayan y no pequen más. Matemos nuestras mascotas, o nuestras mascotas terminarán asesinándonos.


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