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English: Two Choice Benedictions

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Por Charles H. Spurgeon sobre Santificación & Crecimiento
Una parte de la serie Metropolitan Tabernacle Pulpit

Traducción por Allan Aviles


“Habla a Aarón y a sus hijos y diles: Así bendeciréis a los hijos de Israel, diciéndoles: Jehová te bendiga, y te guarde; Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia; Jehová alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz. Y pondrán mi nombre sobre los hijos de Israel, y yo los bendeciré”. Números 6: 23-27.
“La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén”. 2 Corintios 13: 14.

Dado que ésta es la última noche de jueves del año que termina y en este año ya no me veré más con algunos que sólo asisten los jueves por la noche, me pareció apropiado que cerremos el año así como nuestro Maestro concluyó Su vida sobre la tierra: con una bendición; y, ¡oh!, sería un delicioso gozo en el año entrante si, por la gracia de Dios, somos capaces de asir y de apropiarnos de las cosas preciosas que son expuestas aquí para toda la familia redimida del Dios viviente. Por tanto, comenzaré primero con:

I. La bendición aarónica.

Esta era pronunciada al concluir el servicio público del tabernáculo, cuando la gente estaba a punto de separarse de sus compañeros. Los rabinos comentan que sólo era repetida en el sacrificio matutino y no en el vespertino, porque dicen algunos que la antigua fe de unos pocos les otorgaba la bendición temprana. Pero faltaba todavía que Cristo viniese al atardecer del mundo, al final del tiempo, para darnos la bendición nocturna, la bendición del Sacrificio eterno y magnífico de la noche.

Es digno de notarse que la palabra ‘Jehová’, que está escrita en mayúsculas en nuestra versión en inglés, ocurre tres veces -tres bendiciones- y la palabra tiene cada vez un acento diferente en el original hebreo. Los rabinos, aunque desconocían el significado de eso, o pretendían desconocerlo, están de acuerdo en que hay en ello un misterio significativo. La palabra no sería acentuada de manera diferente a menos que se pretendiera algún distinto matiz de significado.

Yo creo que tenemos aquí al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. “Jehová te bendiga, y te guarde”. ¿Es la bendición del Padre? “Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia”. ¿Es la bendición del Hijo? “Jehová alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz”. ¿Es la bendición del grandioso Santo Espíritu perdonador? Yo creo que eso es muy probable. De cualquier manera, queremos que esta triple bendición de Jehová, cuyo nombre es mencionado tres veces, dirija nuestros pensamientos a la gloriosa Trinidad, la Trinidad en unidad, a quien no podemos entender pero en quien descansa nuestra fe y en quien encuentra deleite y reposo nuestro amor.

Consideremos estas tres bendiciones. “Jehová te bendiga, y te guarde”. Cuando bendecimos a Dios, no hay otra cosa sino palabras cordiales y buenos deseos. En cambio, cuando Dios nos bendice, nos llena de bien. Nosotros no podemos bendecir a Dios en el sentido de darle algo que pudiera aumentar Sus riquezas o Su gloria, pues Él es el infinitamente grandioso, es el inconcebiblemente glorioso, y nada que hagamos podría proporcionarle nada. Sólo podemos bendecirle expresándole nuestro agradecimiento y brindándole nuestro amor reverente. “Viva Jehová, y bendita sea mi roca”. “Desde el nacimiento del sol hasta donde se pone, sea alabado el nombre de Jehová”.

Pero cuando Dios nos bendice, -yo digo- son bendiciones palpables. Él nos bendice en nuestra creación misma, y nos bendice mucho más en nuestra nueva creación. Nacer es algo bendito pero es algo mucho más bendito nacer de nuevo. Él nos bendice con nuestro alimento y nos bendice mucho más dándonos a Cristo, que es el pan que guarda y nutre la mejor vida de nuestra alma. Somos bendecidos cuando recibimos vestido, pero somos infinitamente más bendecidos cuando somos cubiertos por la justicia de nuestro Señor Jesucristo. Es una bendición ser miembro de una familia amable, amorosa y feliz; pero es una indecible bendición ser un miembro de la familia de Cristo y ser adoptado en la familia de Dios.

¡Cuán grande bendición es, hermanos y hermanas míos, que nuestro pecado sea perdonado, que la justicia nos sea imputada, que la santificación sea obrada en nosotros, y que podamos gozar de todos los privilegios y bendiciones del nuevo pacto! Ahora, yo creo que algunos de nosotros podemos decir: “¡Oh, cuán ricamente nos ha bendecido Dios!” Nos ha bendecido algunas veces sin que percibamos la bendición pues muchas misericordias entran, por decirlo así, por la puerta trasera de nuestra casa. No vemos las misericordias y cuando las vemos, somos ingratos y las olvidamos con suma frecuencia. Cuántas bendiciones hemos recibido en la tribulación que nos han sostenido en medio de ella y también en la liberación de la tribulación. ¡Oh, cuántas bendiciones hemos recibido! Algunos de ustedes, tal vez, han recibido notables misericordias durante el año.

Entonces, mientras esta bendición es pronunciada: “Jehová te bendiga”, tu respuesta deberá ser: “Jehová me ha bendecido”, y esto te ha de animar a esperar que continuará bendiciéndote. Y, ¿cuántas bendiciones, mis queridos amigos, podríamos esperar que estén reservadas para nosotros durante el año venidero? Muchas aflicciones, no me cabe duda, están reservadas para nosotros. Si tuviéramos un telescopio aquí esta noche, y pudiéramos mirar al futuro través de él, serían muy necios aquellos que miraran. Sería sabio el hombre que dijera:

“Esto hará descansar a mi corazón:
Lo que mi Dios determine es lo mejor”.

Pues si ese telescopio estuviera aquí, y tú estuvieras tratando de mirar a través de él, con seguridad exhalarías sobre el cristal tu cálido aliento y en tu ansiedad, no verías nada sino nubes y oscuridad, en tanto que, muy probablemente, no habría nada parecido a eso allí. Confía ese asunto a Dios. El futuro, aunque posiblemente traiga aflicciones y problemas, será bendecido si eres un siervo de Dios. Hay algo en lo que puedes estar muy confiado: Él ha dicho: “No te desampararé, ni te dejaré”. Además, otra cosa se cumplirá también: “Como tus días serán tus fuerzas”.

Tú eres muy pobre, ¿no es cierto? Sin embargo, nadie podría robarte esta seguridad: “Se te dará tu pan, y tus aguas serán seguras”. Si estás temiendo muchas aflicciones, esta promesa es tu tónico especial: “Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti”. Cuentas con la palabra de Dios para ello: “No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios”. Si durante el año que viene se decreta que mueras, aun así puedes decir: “Sí, aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento”.

“Jehová te bendiga”. Al decir eso a cada creyente presente, sabiendo que el Señor les bendecirá así, sus almas deben mirar al futuro, no con horror, sino con esperanza. “Jehová te bendiga” era el deseo del sacerdote bajo la antigua ley, y siempre es la naturaleza de Dios confirmar aquello que pide que Sus siervos deseen. “Jehová te bendiga”.

Ahora, observen la bendición que se dice que proviene de eso: “Jehová te bendiga, y te guarde”. No es una pequeña misericordia ser guardado por Dios. ¿Dónde estaríamos si Él no nos guardara desde un punto de vista moral y espiritual, así como desde un punto de vista natural? Es Dios quien guarda nuestras vidas de la muerte y nuestros cuerpos de perecer. Tal vez, durante el año pasado, algunos de ustedes fueron guardados en medio de tormentas en el mar, o cuando viajaban en tren, o mientras atravesaban lugares plagados de enfermedades. No es un pequeño privilegio oír decir al Señor: “A sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden en todos tus caminos. En las manos te llevarán, para que tu pie no tropiece en piedra”.

El Señor nos ha bendecido y nos ha guardado en ese sentido durante el año pasado. ¡Oh, hermanos, qué gran privilegio es ser guardado de caer en pecado! Quien se guarda a sí mismo está mal guardado, quien tiene a su hermano por guarda está peor guardado, pero quien tiene a Dios como escudo en su diestra, y lo tiene como su gloria y como su defensa, está espléndidamente guardado.

Durante el año pasado vimos a algunos excelsos profesantes apagarse como velas y la fetidez de su caída llenó a la iglesia de náusea y depresión. Conocimos a unos que eran como rutilantes estrellas, pero resultaron ser únicamente meteoros y su brillantez, una vez deslumbrante, se desvaneció súbitamente hasta convertirse en una mayor lobreguez. ¿Por qué nosotros somos guardados todavía? Hemos tenido suficiente tentación para abatirnos, suficiente yesca aquí, dentro de nuestros corazones, para haber producido una gran hoguera; ¿cómo, entonces, es que todavía no hemos sido quemados y caminamos en los senderos de la justicia? ¿No tenemos que decir: “El Señor nos ha bendecido, y nos ha guardado”? Entonces, tenemos que entregar a Él nuestras almas en el futuro sin reservas. No imaginemos que no caeremos. ¡Oh!, ése es un pensamiento que tiende a enroscarse en torno nuestro como una serpiente.

-“Yo no soy tan voluble como otras personas; yo no soy para nada propenso a hacer lo que algunos jóvenes han hecho, y cometer este y aquel pecado. He tenido tanta experiencia que seré capaz de resistir”. Ése es precisamente el hombre propenso a caer. Nunca somos tan débiles como cuando pensamos que somos fuertes, y nunca somos tan fuertes como cuando sabemos que somos débiles, y miramos fuera de nosotros hacia nuestro Dios. Entonces, desconfía de ti mismo. No habría una suplicación como: “Jehová te bendiga, y te guarde”, si no necesitaras ser guardado. Confía en Dios para recibir ayuda. Si tienes miedo a la tentación, ésta ha de ser tu oración: “No nos metas en tentación”, y si confiaras en Dios orarías: “Líbranos del mal”. Serás tentado durante el año que está por llegar, pero Él dará una vía de escape para la tentación. No permitirá que seas tentado más allá de lo que puedas soportar. Irás a través del desierto apoyándote en tu Amado, y no resbalarás aunque el camino sea siempre áspero, ni tropezarás aunque el camino no sea siempre llano. Serás sostenido, pues Dios puede sostener en perfecta seguridad a quienes se apoyan en Él. “Jehová te bendiga, y te guarde”.

-Padre santo, musitamos una oración a Ti al leer esta bendición, y te pedimos que pronuncies esa bendición sobre nosotros ahora, por boca de Tu propio amado Hijo, y que seamos guardados por el poder de Dios ahora y hasta la última hora de nuestra vida, por medio de la fe para salvación.

Ahora, tomen la siguiente bendición concedida al pueblo a través de Aarón. “Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia”. Yo entiendo por la expresión: “Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti”, que Él está completamente reconciliado con nosotros. Como dirían en el hebreo, el rostro de un hombre se fruncía y su semblante decaía cuando sentía enemistad o ira contra otro; pero cuando era su amigo y era afable con él, entonces su rostro lo revelaba y comenzaba a alumbrar o a brillar.

Ahora esta es la bendición de nuestro Señor Jesucristo. Es por medio de Él que el rostro de Dios resplandece sobre nosotros. El Señor no tendría una consideración favorable hacia un pecador como tal, mientras sus pecados estén sobre él por causa de la impenitencia y de la falta de fe. El amor del Señor podría venir a él como una criatura elegida, pero viéndole simplemente como un pecador, tiene que ser objeto de la divina desaprobación.

Pero cuando el pecador es lavado en la sangre de Cristo, cuando el pecador es justificado por medio de la justicia de Jesús, entonces el Señor le mira con agrado. Ese mismo hombre que era un heredero de la ira se convierte en un hijo del amor; y aquél que debía ser echado de la presencia de Dios con un “Apartaos de mí, malditos”, es establecido en el corazón de Cristo con “Venid, benditos”.

Ahora, queridos amigos, yo espero que muchos de nosotros hayamos recibido ya, durante el año pasado, esta gran bendición, “Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti”. ¿Acaso no sienten que han de buscar a Dios esta noche sin sentir ningún miedo? Saben que Él no les mira con enojo. Está reconciliado con ustedes y ustedes están reconciliados con Él. Podrían decir: “Mira, oh Dios, escudo nuestro, y pon los ojos en el rostro de tu ungido”, y están persuadidos de que cuando Dios mira a Cristo y los mira a ustedes en Cristo, son bienamados en Él.

Bien, ahora, como ha sido, así será, pues si Dios hace resplandecer Su rostro en el sentido de Su favor, no les quitará nunca ese favor. Podrían no verlo; podrían pensar que Él está enojado con ustedes, y en otro sentido podría estarlo; pero legalmente, y en lo concerniente a la ley y su poder de condenación, no hay un solo pensamiento de ira en la mente, ni sentimiento de desagrado en el corazón de Dios para con cualquiera de los que descansan en Jesús.

Ustedes son aceptos en el Amado. Dios no nota iniquidad en Jacob, ni ve perversidad en Israel. Los ve en Su Hijo, y los ve sin mancha ni arruga o nada semejante.

“Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti”. Bien, y ¿qué proviene de eso? Pues esto: “y tenga de ti misericordia”. Pues Dios es de tal manera favorable hacia nosotros por medio de Su amado Hijo, que la gracia nos llega. ¡Y qué palabra grandiosa e incluyente es ésa! ¡Gracia! Tiene muchos significados e incluye un universo entero de bendición. La gracia es el libre e inmerecido favor de Dios. La gracia es la poderosa operación de ese favor obrando eficazmente en aquellos que creen. La gracia es lo que nos ilumina para ver nuestra condición perdida, lo que nos conduce a ver la toda-suficiencia de Cristo. La gracia obra fe en nosotros y nos da amor hacia Dios, genera nuestra esperanza, continúa la obra en nuestras almas y también la completa. Gracia es un término tan incluyente que necesitaría la noche entera, sí, y más tiempo todavía, para enumerar el poderoso catálogo incluido y contenido aquí, por decirlo así, en este cofre de oro que es la palabra ‘gracia’. “Jehová tenga de ti misericordia”. Bien, ahora, amados, Él ha sido misericordioso para con nosotros en el pasado. ¡Oh, la gracia de Dios para conmigo!

“¡Oh, cuán gran deudor de la gracia,
Diariamente estoy constreñido a ser!”

¿Podrías decir tú lo mismo? Mira lo pecador que has sido, y, sin embargo, cuán favorecido eres. Mira tus rebeliones; mira tu ingratitud, y, sin embargo, Su misericordia no cesa.

“¡Oh, cuán gran deudor soy de la gracia!”

Aunque sus labios no lo digan que sus corazones lo digan. Y ahora, amados, Él será misericordioso con ustedes en el futuro, como lo ha sido en el pasado. Cada misericordia recibida es una prenda de más misericordias que vendrán. Él sabía a lo que se metía cuando comenzó con nosotros, y por tanto no abandonará la obra. Si hubiera tenido el propósito de destruirnos, no nos habría mostrado tales cosas como éstas. El grandioso Arquitecto no habría construido la casa hasta ahora, si no tuviera el propósito de terminarla. Toda Su gloria y gracia previas serían desperdiciadas y se evaporarían si no completara Su obra redentora. Por tanto, estoy seguro de que después de avanzar tanto en Su glorioso propósito, lo acabará, y si fuese necesario, lo hará pese a los hombres y a los demonios. Él ha comenzado y Su diestra, que siempre acompaña a Su gracia, lo completará seguramente hasta el final. “Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia”.

Pero ahora, en tercer lugar, “Jehová alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz”. ¿Es esta la voz del Espíritu Santo? Si es o no es, no es muy significativo para nosotros esta noche. “Jehová alce sobre ti su rostro”. ¿Acaso no significa esto: “que el Señor te proporcione un sentido consciente y deleitable de Su favor”? Deseando ver una diferencia –no insistiré en ello- deseando ver alguna diferencia, hago que la segunda bendición signifique que Dios está reconciliado pero que la tercera bendición significa que Dios manifiesta esa reconciliación y proporciona a Sus hijos el disfrute de Su favor.

Ahora, el pueblo de Dios no siempre tiene eso, no siempre brilla el sol. “Y fue la tarde y la mañana un día”, y también hay noche al igual que mañana, en el día del pueblo de Dios. Dios ama siempre a Su pueblo, pero Su pueblo no siempre lo reconoce. Debido a sus pecados no siempre tienen ese gozo. ¡Oh, qué gran bendición es cuando el Espíritu Santo derrama abundantemente el amor de Dios en el alma!, cuando podemos decir: “Nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo”. Cuando salimos de estas brumas y nieblas y cuando podemos ver, una vez más, al sol brillando con claridad y resplandor, amados, es el cielo en la tierra para nosotros; es el verdadero gusto anticipado del cielo arriba, cuando el Señor alza sobre ti Su rostro.

No tengo ninguna duda de que la alusión original sea a un padre cuyo hijo ha actuado mal, y le dice: “ahora, jovencito, apártate de mi vista, pues tú me has afligido y me has vejado; tú no verás mi rostro”. El muchacho sube las escaleras y se retira a su cama o a cualquier lugar fuera de la vista de su padre. Y después de un tiempo, cuando el padre se entera de que ha sido penitente y ve sus lágrimas, le sonríe de nuevo, le da un beso y lo estrecha contra su corazón.

¡Que Dios el Espíritu Santo nos conceda justo eso! ¡Que cada uno de nosotros lo reciba! Algunos lo hemos recibido durante el año pasado. Nos aflige confesar que nos rebelamos, pero cuando nos arrepentimos de nuevo le encontramos justo tan dispuesto a recibirnos como al principio, y alza sobre nosotros Su rostro una vez más. Nosotros dijimos: “Vuélveme el gozo de tu salvación”, y Él lo hizo. Le pedimos que apartara de nosotros Su ira y descubrimos que “un momento será su ira”. Cuando el llanto nos llegó por una noche, el júbilo apareció en la mañana. Nos sucederá exactamente lo mismo durante el año que viene. Si transgredimos y nos arrepentimos y retornamos a Él, tenemos una promesa real de que nos perdonará.

Ahora, ¿qué dice el texto? “Jehová alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz”. No hay paz como la paz que tenemos con Dios, y no hay paz con Dios como la paz que proviene de un sentido de Su amor garantizado. Y la fe en Cristo para perdón del pecado nos proporciona la bendición de la no condenación. “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”. Pero este sentido de no condenación puede ser destruido, algunas veces, por causa de la debilidad de la fe. Podemos ser muy abatidos, y nuestra paz podría verse turbada, pero cuando regresamos de nuevo a la cruz, y lo miramos una vez más a Él, que murió allí, Él es nuestra paz, y vemos en Él que nuestra paz es establecida con Dios, y entonces nuestra paz se vuelve como un río y nuestra justicia como las olas del mar. Pienso que sería imposible que pudiera describir la paz. Para conocerla tienen que sentirla. La paz con Dios es como esa clara iluminación que vemos algunas veces después de un fuerte aguacero. Con los truenos y los rayos nos parecía como si el cielo fuera a hacerse pedazos y que toda la tierra se sacudiera, y luego, súbitamente, todo termina, y el sol brilla de nuevo. Hay un arcoíris con sus muchos colores sobre las nubes, y todas las flores alzan sus cabezas inclinadas, cada una de ellas cargada con una radiante bendición, y toda la tierra está fragante y sonriente y pareciera exhalar el incienso de la gratitud.

Ahora, después de la tormenta de la convicción del pecado, cuando el Espíritu de Dios viene, todo está así de tranquilo y pacífico; y después de una tormenta de aflicción -y yo sé lo que eso significadespués de un huracán de tribulación, podemos tomar todas nuestras turbaciones y cuidados y colocarlos a los pies de Dios, y sentir que no necesitamos preocuparnos más por ellos.

Pero si mi Padre no los asumiera, yo no lo haría, pues no podría. Él ha prometido que lo hará, si echo mis cuidados sobre Él. Tú sales a veces de este lugar cuando Dios ha bendecido tu alma, y sientes: “Ahora, yo no sé qué pudiera pasar, y realmente no me importa qué sea. Mi corazón descansa en mi Dios: lo he dejado todo en Él, y estoy seguro de que estará bien sin importar lo que venga”.

Como Jonás, podrías perder tu calabacera, pero no podrías perder a tu Dios. Podrías contemplar delante de ti un clima que no es propicio, pero aun así, puedes acudir a Aquel que no podría fallarte, y allí tu alma encontrará reposo. Ahora, esa es la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento, y por tanto, tiene que sobrepasar toda expresión. La paz de Dios que sólo puede ser conocida por el hombre que la goza: una paz que el mundo no da, y que no puede destruir, pero que el cielo mismo puede obrar en el alma. Que podamos tener ahora esta bendición, “Jehová alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz”.

Aunque nos detuviéramos aquí esta noche y no prosiguiéramos, con tal que recibiéramos estas bendiciones y nos alimentáramos de ellas, eso sería más que suficiente. Sólo permítanme leer ese texto de nuevo claramente. “Jehová bendiga” (la siguiente palabra es precisamente su médula y tiene que ser leída ahora a cada uno de ustedes, mis buenas hermanas y hermanos, a ustedes, que son jóvenes en edad y jóvenes en gracia, sin importar quiénes sean, en tanto que descansen en Cristo) Jesús, el grandioso Sumo Sacerdote, habla desde la eterna gloria, y dice: “Jehová te bendiga”.

-“¡Oh!, pero yo no lo merezco”. Justamente así es, pero que “Jehová te bendiga”.

-“Yo soy tan indigno, yo me rebelo tanto”. Sí, pero el Señor Jesucristo sabe todo y lo cubre todo.

Lo leeremos, entonces: “Jehová te bendiga, a ti, y te guarde; Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia; Jehová alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz”. ¡Oh!, ¿han experimentado que eso ha sido obrado en sus propios corazones? Será como un manojo de mirra que pueden guardar en su pecho, y endulzará su alma durante todo el año, conduciéndolos a que conozcan que son bendecidos en y por el Señor que hizo el cielo y la tierra.

Ahora, voy a pedirles su atención por unos instantes a la segunda bendición, esa bendición dicha en el nombre de Dios por el apóstol Pablo en la segunda Epístola a los corintios. “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén.” Aquí tenemos:

II. La bendición del Nuevo Testamento

Esta segunda bendición es semejante precisamente en cuanto a su esencia y sustancia, pero hay una pequeña diferencia en cuanto a la expresión y a la circunstancia. Lo primero que me llama la atención al leerla de principio a fin, como casi siempre sucede cuando la pronuncio, es esto: notan que comienza con el Señor Jesucristo. El Señor Jesús es la segunda persona de la bendita unidad divina: Padre, Hijo y Espíritu Santo, pero esta bendición comienza con el Hijo de Dios. ¿Por qué es así? En el orden de la doctrina y del hecho, todas las infinitas bendiciones comienzan con el Padre. Él es el manantial de la creación; Él es la fuente; Cristo es el canal y el Espíritu Santo produce los grandes resultados. El Padre primero, el Hijo después y el Espíritu Santo en tercer lugar.

Pero en el orden de la experiencia –el orden en el que viene la bendición- el Hijo siempre es primero. “Nadie viene al Padre, sino por mí”. El Padre no viene primero, sino que el Hijo viene primero. Lo que el pecador aprende que le consuela primero no es que el Padre le ama. No. Él aprende, antes que nada, que Jesucristo murió por los pecadores porque Dios le ama y entonces pone su confianza en Él. Lo primero que un pobre creyente obtiene, entonces, es la gracia por medio de Jesucristo. Después de eso, podría pensar algunas veces que Dios el Padre no siente amor hacia Él; pero cuando comienza a leer su Biblia y a experimentar más de la gracia en su corazón, descubre que Dios el Padre está lleno de amor. Así, entonces, sigue adelante y obtiene el amor de Dios el Padre, y cuando sabe esto, tal vez se pregunte con frecuencia con quién tiene comunión y con quién tiene el compañerismo. Y cuando oye algunos de esos deleitables himnos que cantamos con motivo de la Cena del Señor piensa que nunca tendrá acceso a esto: hablar con Dios, y tener comunión con Cristo; pero, poco a poco, conforme el Señor lo guía hacia delante, de ser un bebé pasa a ser un hombre, y entra en comunión con el Espíritu Santo. Los bebés en la gracia conocen “La gracia de nuestro Señor Jesucristo”, pero conforme crecen, descubren “el amor de Dios nuestro Padre”, y cuando crecen todavía más, llegan a “la comunión del Espíritu Santo”. Las tres cosas son colocadas en el orden de la experiencia, no en el orden de los hechos, ni en el orden de la doctrina.

Habiendo notado eso, sólo observen las tres bendiciones según nos llegan. “La gracia de nuestro Señor Jesucristo”. “Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos”. Ustedes conocen Su gran pobreza; ustedes conocen Su grande gracia que le trajo desde aquellos cielos estrellados para yacer en un pesebre y vivir en la oscuridad durante treinta años, y morir en la cruz en medio de dolores indecibles.

Ahora, la gracia nos llega por medio de Cristo, y por tanto se dice: “por su gracia”. Él es el conducto de oro a través del cual fluye todo. Creyendo en Él, recibimos la misericordia de Dios. Viniendo por medio de Él al propiciatorio, obtenemos favores incontables en virtud de nuestra unión con Él. Así como el pámpano extrae savia y de aquí extrae el fruto de la vid, así nosotros extraemos gracia de Él. Él es para nosotros el canal de todos los buenos dones de nuestro Padre celestial. “Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos vosotros”. Sea con todos vosotros. No está en singular. No es a cada uno, sino que es “con todos vosotros”, porque el genio del Evangelio es expansivo. Ustedes notan la oración del Redentor. No es Padre mío, no, sino “Padre nuestro que estás en los cielos”. Y la bendición del Evangelio, aunque es personal -bendito sea Dios por ello- también es expansiva: “sea con todos vosotros”. Debemos pensar en todos nuestros hermanos y hermanas y cuando recibamos una bendición, tenemos que considerarnos como parte de la familia divina. Cuando nos reunimos para partir el pan, ninguno de nosotros llega solo, como si hubiera Cena del Señor aunque sólo un hombre estuviera allí, sino que llegamos allí en humilde comunión los unos con los otros. “Comed, bebed, todos, de esto”, dijo Cristo; “Tomad, comed; esto es mi cuerpo”. Él quiere que todos Sus discípulos vayan allí y participen; y lo mismo con esta gracia de Jesucristo: que sea con todos ustedes.

¿Ha estado con todos nosotros durante el año pasado? No hay tantos asistentes aquí esta noche como sería lo usual; ¿puedo, entonces, hacer la pregunta a cada uno personalmente? ¿Ha estado contigo, y contigo y contigo? ¿Han conocido ustedes, mis oyentes, la gracia de nuestro Señor Jesucristo? ¿Han estado por fe al pie de la cruz, y han sentido que se apoyaban completamente en Él? Si es así, yo sé que ustedes poseen Su gracia. Él es quien les ha dado poder para confiar en Él plena y absolutamente. Toda la gracia que hay en Su mente y corazón grandiosos les pertenecen:

“Abundante gracia se encuentra en Él,
Gracia para cubrir todos nuestros pecados;
Que abunden las corrientes sanadoras,
Que nos hagan y nos guarden puros internamente”.

¡Que sea con todos ustedes!

A continuación viene “el amor de Dios”. Es del amor de Dios que brota toda bendición y todo lo que es bendecido. No hemos de imaginar que Jesucristo murió para inducir a Su Padre a amarnos: esa es una idea muy necia y perniciosa. Dios el Padre eterno amó siempre a Su pueblo, y Cristo ha quitado el pecado que restringía los resplandores de las más gloriosas manifestaciones de ese amor; pero Él amó, antes de que Cristo muriera. Tú sabes que puedes jactarte de que:

“No fue para confirmar el amor del Padre
Hacia Su pueblo,
Que Jesús vino de los dominios de lo alto;
No fueron los dolores que soportó
Los que procuraron el amor eterno de Dios,
Pues Dios era Amor desde antes”.

Esa fuente manó eternamente. Era un pozo que no necesitaba excavación. ¡Oh, queridos amigos!, confío que conozcamos lo que significa el amor de Dios. ¿No ha sido derramado abundantemente en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos es dado? Lo sabremos en años venideros, pues del lugar donde toma posesión una vez no se va nunca. Una vez en Cristo, para siempre en Cristo. En el amor de Cristo han comenzado un banquete que no acabará nunca. “Que el amor de Dios sea con todos vosotros” está dirigido a todo el pueblo de Dios. Pero, ¿está ese amor con todos los presentes? Si no han gustado del amor de Dios, ustedes no saben lo que significa la vida, la verdadera vida. El gozo más rico, el más celestial, el más embelesador que pueda conocer la mente mortal es la plena seguridad del amor de Dios.

Querido oyente, ¿amas tú a Cristo? ¿Puedes responder a la pregunta: “Simón, hijo de Jonás, me amas?” Entonces, si sientes amor por Cristo, amor y confianza puros y verdaderos; si es el fruto del amor de Dios por ti, entonces ten buen ánimo. ¡Que el amor del Padre sea contigo todos tus días!

Luego viene “la comunión del Espíritu Santo”. ‘Fantasma’ es una palabra muy fea. Una mejor traducción de la palabra en el griego original sería “Espíritu”. “Espíritu Santo”, y yo desearía a veces que lo llamáramos por ese nombre. Es mucho más expresivo. La palabra ‘fantasma’ conlleva ahora un significado tan extraño y fantástico, que sería mejor abandonarla enteramente en este contexto. La palabra “comunión” significa, no únicamente que el Espíritu Santo viene a nosotros y conversa con nosotros, sino que ‘comunión’ significa ‘coparticipación’. Cuando las iglesias en Macedonia hicieron una colecta para la iglesia pobre de Judea, Pablo llamó a la colecta “comunión”, porque por dar dinero a la iglesia de Judea tenían comunión, algo como tener todas las cosas en común, esto es, en perfecta comunión.

Ahora, el Espíritu Santo, si se me permitiera usar la expresión, tiene todas las cosas en común con el pueblo de Dios. Él les da a ellos todas las cosas. “Él os guiará a toda la verdad”. Lo que el Espíritu sabe y nos enseña a nosotros, eso somos capaces de absorber. Él conoce la mente de Dios. Él nos concede participar de todo lo que Él posee. El Espíritu Santo es el espíritu de paz. Él nos da paz. Él es el espíritu de santidad y de santificación; más bien, Él es el espíritu de luz; Él enciende la luz en nuestras almas. Él es un fuego sagrado; Él bautizó a la iglesia en fuego. Todo lo que el Espíritu Santo es y tiene, lo es y lo tiene para la iglesia de Dios y en común con la iglesia de Dios.

Ahora, ¡qué indecible bendición es entrar en una sagrada ‘coparticipación’ con Dios el Espíritu Santo; hablar con Él, vivir con Él, festejar con Él, tenerlo como nuestro y que seamos Suyos! Ahora, ¡que una comunión como ésta sea con nosotros! Yo me pregunto si alguna vez nos elevamos a la plenitud de esto. Me parece que les conté la otra noche la historia de una buena mujer que estaba un poco turbada en su mente y que, al leer el pasaje “tu marido es tu Hacedor”, dijo: “ahora, ya no estaré más turbada; cuando mi esposo vivía, tuve cuidado de vivir conforme a mi ingreso, y ahora tendré cuidado de vivir conforme al ingreso de mi esposo celestial”. ¡Oh, yo deseo apegarme a vivir conforme al ingreso de Dios, pues todo lo que Él tiene le es dado a Su pueblo! Cuán ricas vidas deberíamos tener si hubiéremos de participar en todo lo que Él tiene. Deberíamos estar sintiendo continuamente Su poder en nuestras almas. ¿Hemos hecho esto? Cada uno de ustedes debe decir: “¡Señor, hazme conocer la comunión del Espíritu Santo en todos mis días, hasta que sea llevado a lo alto a morar donde Dios se revela sin que un velo se interponga!”

Ahora, para concluir, noten que la diferencia entre las dos bendiciones es ésta: la segunda bendición es realmente exhibida, mientras que la primera es un poco velada; algo parecido a Moisés, que cuando su rostro resplandecía demasiado cuando la gente lo miraba, se ponía un velo que cubría su rostro. Así la bendición que Aarón pronunció no es tan distinguible o clara como la bendición apostólica.

Noten, además, que las bendiciones contenidas en la segunda bendición son más profundas; son detectadas hasta su fuente en la Deidad trina, “gracia, amor y comunión”. La una es profunda, la otra es un gran abismo. Noten, prosiguiendo, que son más amplias. Las bendiciones del Antiguo Testamento son individuales y personales; “te” es el sujeto de las bendiciones del Antiguo Testamento y “con todos vosotros”, son el sujeto de las bendiciones para la iglesia de Corinto y para todas las iglesias.

En el primer caso había una confirmación, y en el segundo caso hay también una confirmación: “Amén”, que es la confirmación divina de esta bendición.

Pero yo noto que en la bendición apostólica hay algo que no hay en la primera, es decir, la comunión; esto es, el privilegio: el privilegio que le es otorgado a un hijo de Dios en esta época de bienaventuranza, cuando Cristo es revelado plenamente. ¿Notaron alguna vez que cuando Juan nació, un ángel apareció a su padre, Zacarías, para anunciar que Cristo había venido? Tan pronto como la campana comenzó a anunciar que Cristo había venido, ¿qué pasó entonces? La mayor bendición estaba a punto de ser pronunciada, y por tanto, la menor bendición tenía que ser silenciada. Cuando Zacarías salió, se esperaba que bendijera al pueblo, pero, ¿qué fue lo que hizo? No podía decir palabra; estaba mudo, y hacía señas con la mano, y aquella mañana la asamblea regresó a casa sin la bendición. El sacerdote no podía pronunciarla. Ahora, me atrevo a decir que se decían unos a otros: “qué cosa extraña ha sucedido; antes siempre recibimos la bendición: ‘Jehová te bendiga, y te guarde’, pero esta mañana el sacerdote no pudo decir palabra”.

Ustedes y yo sabemos lo que eso significa. Tenía que detenerse aquella bendición porque nos llega una mejor. Parecía que Dios, por decirlo así, daba la noticia a Su pueblo: “estoy a punto de silenciar la voz de Aarón porque Melquisedec está en camino; estoy a punto de poner un alto al sonido de lo simbólico, porque el Sacerdote real está en camino: estoy a punto de silenciar la voz de Zacarías, porque el Hijo de Dios debe aparecer ahora y declarar que la más plena bendición de Jehová descenderá sobre Su pueblo”.

Ahora, prosiga cada quien su camino esta noche, guiados a casa, así confío, segura y rectamente, y alimentémonos de esos dos preciosos textos analizados y convirtámoslos en pan para nuestra alma, y no tengo miedo de que no se asemejen a aquellos que salieron a recoger el maná: cada uno tendrá lo suficiente. Quien necesite mucho tendrá en abundancia, y aquel que requiera poco, no sufrirá ninguna carencia.

Concluyamos cantando la bendición y sigamos nuestro camino convirtiendo a nuestra vida en un cántico de gratitud por las ricas bendiciones de Dios. Amén.


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