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Por Tony Reinke sobre Santificación y Crecimiento

Traducción por Pamela Amaranti


Contenido

Cinco razones por las que Dios nos creó para recrearnos

Los niños se ríen y juegan con cachorros y hámsteres. Los niños y niñas dan vueltas y bailan en la lluvia, gritan en el lodo, se zambullen en piscinas públicas en el verano y en montones de nieve en invierno. Juegan a pillarse y a la escondida. Corren y se escapan y salen a buscar.

A menudo para jugar se necesita tan solo una pelota de fútbol, de fútbol americano, una pelota y un bate de béisbol o una pelota de tenis. Nuestros niños juegan deportes organizados. Y para entretenernos miramos a deportistas aficionados y profesionales en grandes estadios o en la televisión pública.

El juego no es solo para niños. Los adultos tienen sus propios juegos en piscinas, lagos y océanos, y en las ligas de softbol de lanzamiento lento. La cacería y la pesca se consideran deportes por una razón. Y los esposos y esposas en relaciones saludables regularmente “se acarician” y ríen juntos (Génesis 26:8).

El juego no es producto de una cultura en particular. Dios nos programó para jugar, en todas las sociedades y culturas, como el impulso intrínseco de correr, dar vueltas y reír que aprendemos a expresar antes de aprender a hablar o a leer. Todas estas risas, vueltas y bailes expresan de forma natural el diseño creativo de Dios en sus criaturas.

Los animales, los niños y los adultos fuimos creados para jugar. Los animales salvajes retozan en los bosques (Job 40:20). El Leviatán juega en las aguas (Salmos 104:26). David se movía durante la adoración de maneras que nunca verías en nuestros cultos dominicales menos expresivos en la iglesia (2 Samuel 6:14). Y Sión se llenará “de muchachos y muchachas que jugarán en sus calles”, y cuando se aburran de las calles, jugarán en los campos y molestarán a las serpientes (Zacarías 8:5; Isaías 11:8).

Dando vueltas desde el principio

Sospecho que la evidente liviandad del juego evita una reflexión más seria sobre la materia, y eso es lamentable, porque cuando hablamos de jugar, hablamos de algo que está profundamente arraigado en el mundo que Dios creó.

Cuando al mar puso sus límites
para que las aguas no transgredieran su mandato,
cuando señaló los cimientos de la tierra,
yo estaba entonces junto a Él, como arquitecto;
y era su delicia día en día,
regocijándome en todo tiempo en su presencia,
regocijándome en el mundo, en su tierra
y teniendo mis delicias con los hijos de los hombres. (Proverbios 8:29–31, LBLA)

Este intervalo poético nos lleva a la obra trina de la creación en el regocijo del juego, mejor traducido como dar vueltas o girar.

Aquí encontramos a dos personajes: “Él”, una figura paterna (el SEÑOR) que crea, y "Yo", un hijo a sus pies; tal vez un coartífice y, de seguro, el objeto del deleite del padre. Hay dos maneras de ver al hijo dando vueltas.

¿El Cristo preencarnado o una niña?

¿Es el personaje de la sabiduría que aparece aquí una manifestación de Cristo? Hay cuatro puntos a considerar que apuntan en esta dirección.

Primero, algunos comentaristas como Roland Murphy reconocen un doble “Yo soy" (o "Yo era") en el versículo 30, lo que sugiere que este personaje niño es divino. Segundo, los comentaristas ven que el deleite de Dios en el personaje de la sabiduría hace eco del deleite entre Padre e Hijo que vemos en los evangelios. Tercero, muchos comentaristas han sugerido que Proverbios 8:22–31 es el telón de fondo para la cristología de Pablo en Colosenses 1:15–17. Cuarto, los comentaristas también conectan a la sabiduría personificada aquí con el logos personificado en Juan 1:1–5, que es Cristo.

En su acto creador en Proverbios, esta figura semejante al Cristo preencarnado está en la presencia de su Padre mientras juntos llevan a cabo la creación en una mezcla de destreza, arte y juego. Si esto es así, si el Cristo preencarnado está presente en el principio del cosmos, él participa en la historia, no solo como un observador, sino como arquitecto, trabajando a medida que canta y baila de alegría como un niño dando vueltas, emocionado con las maravillas de la creación que tienen lugar, todo lo cual lleva a que se deleite grandemente en el diseño de las personas que creó.

Sin embargo, esta interpretación cristológica no es concluyente. Otros comentaristas, más cautos en este punto, sostienen que "Él” es Dios, pero que “yo” debería verse solo como un personaje femenino: una forma de sabiduría infantil personificada, y nada más.

Cinco maneras en las que jugamos

Podemos discutir esto, pero menos discutible es la proximidad del juego en este relato de la creación de Proverbios 8:29–31. Esto lo vemos al menos de cinco maneras.

1. El juego es un acto creativo

El carácter juguetón halla su lugar en el acto mismo de la creación. La creación es lo simulado que se vuelve real; es un juego que construye. La naturaleza holística del juego pocas veces se describe mejor que en el himno de Gregorio de Nacianzo, quien retoma la relación entre sabiduría y logos cuando escribe: “El Logos en lo alto juega, moviendo a todo el cosmos de un lado para otro en todo tipo de formas, según su voluntad".

El juego no es mera liviandad, es un acto creativo.

2. El juego es productivo

Al recordar la repetición de lo declarado por Dios como "bueno" en Génesis 1, mientras echa un vistazo a lo que creó, y a la luz de Proverbios 8, podemos imaginar que lo dice en un tono juguetón. Este no es un inexpresivo trabajador de control de calidad al final de una correa transportadora que busca aparatos defectuosos. Es el Creador de todas las cosas que observa con deleite.

Sí, nuestro trabajo ahora está bajo la maldición del pecado, y el trabajo que Dios hizo entonces no. Pero los adultos tendemos a separar lo que hacemos en nuestro trabajo de nuestro juego, y al principio de la creación los vemos estrechamente ligados en lo que Dios hace. Esta realidad hace que como adultos debamos preguntarnos si nuestra responsabilidad de producir ha perdido su fuerza porque ya no podemos jugar a medida que lo hacemos. ¿Somos demasiado serios para crear como Dios creó?

3. El juego es relacional

La interacción entre “él” y “yo”, independiente de cómo interpretemos a esas personas al final, revela una relación que se logra en el juego. Es el contexto de la relación a medida que se lleva a cabo la creación.

Desde el comienzo, el juego ha sido un poderoso conector social entre las personas, aun a nivel divino, en el Dios trino o en su relación con la sabiduría personificada. Y cuando Dios se deleita en ti, ¿cómo puedes no jugar delante de él?

4. El juego tiene que ver con límites

Los límites instan al juego. Dejar de lado el infantilismo no significa dejar de lado el juego; significa dejar de lado la imprudencia (1 Corintios 13:11–12). Ser totalmente sabio, o personificar la sabiduría, es transformarse de manera fácil en alguien debidamente juguetón.

Los límites éticos de la sabiduría dan rienda suelta al juego. Los deportes se disfrutan más cuando las reglas y límites están claramente definidos y se hacen cumplir de manera justa. En el fútbol americano, observar a un receptor abierto corriendo a toda velocidad atrapar la pelota con una sola mano y con un pie dentro del límite y los dedos de su otro pie deslizándose en el césped a medida que su cuerpo cae fuera de los límites es emocionante debido a las restricciones impuestas.

El juego florece dentro de límites simples. Es por esto que, según observa G.K. Chesterton: “los niños siempre juegan al límite de algo". Los necios son hipócritas que aparentan fuera de los límites. El alma sincera es sabia porque sabe que el mejor juego se encuentra dentro de los parámetros de la voluntad de Dios. Nadie está mejor preparado para jugar que la sabiduría.

5. El juego es eterno

Cuando comenzó el tiempo, el juego ya había comenzado. El juego comenzó en la presencia de Dios, tal vez en el Dios trino. El juego es anterior al tiempo y a la creación. Si existe el dar vueltas y las risas en nuestros deportes y parques, y el correr en el barro bajo la lluvia, no es porque la situación haya creado el juego, sino porque las situaciones de vida dieron expresión al deseo primordial de jugar que Dios mismo programó en todos nosotros y en nuestro mundo.

El juego puede volverse trivial, pero no es trivial en sí mismo. El juego es divino. Dios no solo creó el juego, sino que podemos decir que el acto de creación fue, en cierto sentido, un juego en sí mismo. El juego es un acto creativo, es productivo, relacional, tiene que ver con los límites y es eterno. El cosmos se creó como un juego, y fue creado para jugar, un magnífico teatro para que disfrutemos. Y tú verdaderamente fuiste creado para jugar.



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