Mejor que nuestros pensamientos más amargos
De Libros y Sermones BÃblicos
Traducción por Débora Ester Baigorri
Por Greg Morse
sobre Santificación y Crecimiento
¿Cuál es la diferencia entre los que son recibidos en el cielo y los que son echados al infierno? ¿Podríamos pensar en una pregunta más relevante o acuciante? Jesús hace una representación del juicio final por medio de una parábola y a la vez nos da una respuesta sorprendente: sus pensamientos.
“Lo que nos viene a la mente cuando pensamos en Dios es los más importante de nosotros” escribió A.W. Tozer (El conocimiento del Dios Santo, 1). Jesús muestra esta verdad sobre el siervo malo en la parábola de los talentos (Mateo 25:14–30). En la parábola, Jesús nos hace ver una de las diferencias entre los recibidos en el cielo y los hechados al juicio: las convicciones de ellos sobre la bondad de Dios. Al analizar las acciones de este hombre malo nos introducimos en su psicología, una ventana que exhibe lo torcido que se ha gestado en su vida desobediente.
Mientras pensamos en él, hágase estas preguntas: ¿Qué viene a la mente cuanto pienso en Dios? ¿Quién creo que es él? ¿Qué ama? ¿Qué odia? ¿Qué clase de persona gobierna el mundo? ¿Es bueno? ¿Es feliz y está dispuesto a dar gratuitamente o no? Lo que creemos sobre su bondad puede conducirnos a una vida fructífera con la mirada en el cielo o a una vida vana con el infierno alcanzándonos.
Contenido |
Al final del viaje
El señor finalmente regresa de su viaje largo para encontrarse con sus tres siervos “y [arreglar] cuentas con ellos” (Mateo 25:19). Antes de irse, él les había confiado sus bienes, a cada uno conforme a su capacidad. Al más capaz le dio cinco talentos, a otro le dio dos, y a otro le dio uno. En esta parábola Jesús pone el foco en el informe de los siervos sobre la adminstración de esos bienes en su ausencia. ¿Habían estado velando esperando el regreso de su señor y ocupados en los negocios de su señor (versículo 13)?
Los dos primeros se regocijaron junto al señor al informar que, como fruto de sus negociaciones, habían logrado el doble de lo que su señor les había dejado. Examinemos ahora al tercer siervo. «Pero llegando también el que había recibido un talento» (versículo 24).
¿Se había activado para conseguir un resultado de gozo como los dos primeros siervos? No. El enterró el tesoro en el patio. Pero ¿por qué? Por la misma razón que muchos lo hacen hoy: él no conocía la bondad de su señor.
El Dios que él creía conocer
Prestemos atención a las primeras palabras que salieron de la boca del siervo: «Señor, yo sabía que eres un hombre duro». ¡Qué valoración diferente de la que tenían los dos primeros siervos! y ¡qué conclusión tan peculiar según lo que leemos en la palabra. ¿Hay muchos señores que confían sus bienes valiosos al cuidado de sus siervos? El faraón retiene la paja para hacer ladrillos, pero este señor entrega joyas valiosas de sus bóvedas. Un talento no es una simple moneda; es un cofre de tesoro de riqueza valiosa: son veinte años de salarios. Teniendo en cuenta salarios actuales, diríamos que el señor le da un millón de dólares y después simplemente se va. ¿Qué siervo administraría semejante suma?
Para justificarse por no haber aprovechado esta oportunidad increíble, el siervo tuerce la interpretación presentando una excusa para su ingratitud. «Señor, yo sabía que eres un hombre duro, que siegas donde no sembraste, y recoges donde no esparciste», (Mateo 25:24). El creía que conocía aun señor exigente, improvisado y fundamentalmente severo.
A su señor, aparentemente generoso entre todos los amos de la tierra, realmente le gustaba retener pero no dar, sacar pero no invertir, extorsionar pero no enriquecer a otros. Podría escucharse una acusación contra este señor por ser perezoso y no querer ensuciarse las manos. ¿Algunas veces proyectamos nuestros pecados en Dios, así como hizo este siervo «negligente» (versículo 26)?
El vio a su señor como una mosca gigante que frotaba sus manos avaras esperando su ganancia, a la que no le importaba quiénes construían su casa. ¿Debía este siervo encorvarse para ser montado como si fuera un burro? ¿Era solo un buey usado para hollar granos? El yugo de este señor no era fácil y su carga no era liviana.
Finalmente, su maldad lo hace encorvar como en posición fetal. «Tuve miedo, y fui y escondí tu talento en la tierra» (versículo 25). Así que el conocía a un Dios a quien debía temer, pero no obedecer. Este hombre conocía la voluntad de su señor y pensó que sin esfuerzo alguno podía esconderse del fracaso al intento y de este modo fracasó al desobedecer. El envió su talento a las bóvedas de lo natural. Creyó que era mejor que su señor perdiera su ganancia antes que quedar en bancarrota. «Mira, aquí tienes lo que es tuyo» (versículo 25).
El Dios que no conocía
Ese era el Dios que el creía conocer: un señor duro y severo cuya generosidad era un pretexto para obtener ganancia, un señor que alimantaba bien a su ganado. El no concía al señor que estimuló el trabajo de los otros dos siervos.
1. El no conocía al señor dispuesto a elogiarte.
El pasaje remarca que los dos siervos fieles se fueron «enseguida» a hacer el trabajo que su señor les había encomendado (versículos 16–17). Me los imagino yendo con entusiasmo. ¿Ese soy yo? ¿Le sirvo a mi Señor de esta manera? Ese mismo entusiasmo trajeron para mostrar al señor el fruto de sus negociaciones hechas con fe, como niños con su Padre: «Me entregaste cinco talentos; mira, ¡he ganado otros cinco talentos!»
¿Y cómo respondió el señor? Con ese brillo en los ojos que tienen los padres satisfechos, no iba a dejar que hicieran más cosas sin mostrarles su satisfacción: «¡Bien, siervos buenos y fieles!” (versículos 21, 23).
2. El no conocía al Dios que da el sustento.
Podemos concluir que las meditaciones de este siervo sobre un Dios miserable eran falsas y tontas. Maravíllense conmigo al pensar que el señor no les dio cinco talentos para obtener su propia ganancia, si no para la ganancia de ellos. El proveyó para el sustento. Este Señor había pensado en hacer que sus administradores fieles conservaran sus talentos y sus beneficios.
El siervo inútil aprendió esta lección de la manera más difícil: «Por tanto, quitadle el talento y dádselo al que tiene los diez talentos» (Mateo 25:28). El no dijo «Dádselo al siervo que me consiguió cinco talentos». Los talentos ahora pertenecían al siervo, como se confirma en la línea que sigue: «Porque a todo el que tiene más se le dará, y él tendrá en abundancia» (versículo 29). Desde antes del viaje, su señor les dio los talentos con la intención de hacerlos ricos. El gozo del señor al decir «Bien, siervo bueno y fiel» no estaba puesto en lo que él obtendría como ganancia, sino en lo que ellos obtendrían como ganancia para ellos mismos. ¿Así es tu Dios? ¿Duro y mezquino?
3. El no conocía al señor que da para dar más.
«En lo poco fuiste fiel», les dijo a los siervos buenos. «Sobre mucho te pondré» (Mateo 25:21, 23). No dejemos que esta humilde palabra poco pase desapercibida. El siervo de los cinco talentos ganó otra vida de valor gracias a sus negociaciones. A esta administración Jesús la llama poco
comparada con lo mucho que hay en el camino.
¿Has dejado tu vida y todo lo que posees en el altar de Dios? ¿Has dejado tu familia y tu destino por el evangelio? ¿Has aborrecido tu vida en este mundo, con la vista puesta en la patria venidera? A pequeña negociación, gran ascenso. Permanece firme, así como José estaba al mando mientras estuvo en prisión, y pronto serás el segundo a cargo en los cielos nuevos y en la tierra nueva; él te pondrá sobre mucho. Nuestro mayor trabajo para Cristo en este mundo no es más que el pequeño comienzo de nuestro trabajo real para Cristo en el mundo por venir.
4. El no concía al Dios del gran gozo.
¿Cuáles fueron los pensamientos del siervo malo al oir lo último que el señor le dijo a los siervos fieles? «Entra en el gozo de tu Señor» (versículos 21 y 23). El siervo malo no sabía que el gozo de este Señor era una tierra de felicidad. Sino que pensó que este Señor era un hombre duro, un hombre triste, cuando en realidad él es el más feliz de los hombres. «¡Dejen el gozo de ustedes y entren en el mío!» O, «Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea perfecto» (Juan 15:11). Te presento al Dios para el cual poder trabajar. Te presento al Dios en el que puedes confiar. Te presento al Dios que puede hacer felices a sus siervos para siempre.
El esconde su cara sonriente
Si el siervo malo hubiera creído en la felicidad del corazón de su señor y en el hecho de que el señor realmente tenía intenciones de recompensarlo a su regreso, haciéndolo entrar en su propio gozo, ¡qué diferente habría sido todo! El problema no era su señor; el problema era el corazón del siervo. El problema no estaba en las habilidades del siervo, sino en su pereza. La evaluación que hizo el señor demostró que el siervo era malo, perezoso y no tenía justificativos (Mateo 25:26–27). Al final, es echado a las tinieblas. Los pecadores que se envuelven con mentiras quedan atrapados en redes.
Mi estimado lector ¿qué crees que es Dios? ¿Un Dios que nos da serpientes cuando le pedimos pan? ¿Que nos vigila de cerca para atacarnos cuando tropezamos? ¿Que es mezquino, despiadado y egoista? ¿Acaso cobra impuestos elevados y ofrece raciones escasas haciéndose más fuerte para esclavizarnos a futuro? ¿Qué respuesta das con tu vida?
Si pensamos que él es alto, él es más alto. Si pensamos que él es bueno, él es mejor. Si pensamos que él es poca cosa, no siempre va a corregirnos. Su justicia es provocada por creencias injustas que conducen a vidas injustas. «Con el benigno te muestras benigno, con el íntegro te muestras íntegro. Con el puro eres puro, y con el perverso eres sagaz» (Salmo 18:25–26).
Algunos de ustedes no están a su servicio porque no le conocen. Otros han permitido que las circunstancias duras y amagas les hayan hecho creer que él es duro y amargado. Los negocios no van según lo planeado. Acabas de enterarte de que has perdido a tu bebé otra vez. La vida debería haber sido diferente a estas alturas.
Es entonces cuando aparece esta pregunta directa: ¿Este es tu buen Señor? Amados santos, satanás está preguntándole a Dios por algunos de ustedes, justo ahora: «¿Este “siervo fiel" verdaderamente se mantiene en integridad? ¿Acaso él teme a Dios de balde? Toca su salud, toca su fertilidad, toca su dinero y verás si no te maldice en la misma cara».
Amados santos, el Señor es tan bueno, más allá de nuestros desiertos o de lo que imaginamos, y lo demostró para siempre. ¿Cómo? Al entregarnos lo que le pertenecía, al transitar el largo e interminable camino al Gólgota, y al morir en la cruz para pagar nuestras deudas, para que podamos acceder a sus bendiciones. El Señor no solo nos dio lo que era suyo, sino que también se ofreció a sí mismo por nosotros. Ahí en la cruz, Jesús exaltó la bondad de Dios sobre cualquiera de nuestras circunstacias terrenales. «Pero Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros». (Romanos 5:8).
Así que,
O santos ya valor mostrad;
Las nubes no temáis
Llenas están de gran bondad
Y bendiciones dan.
Sus fines Dios revelará,
Con todo esplendor;
Aunque amargo el botón
Más dulce es la flor. (William Cowper, “God Moves in a Mysterious Way”)1
Nota del traductor
1 El himno cristiano “God Moves in a Mysterious Way”, escrito en 1773 por el poeta inglés William Cowper, es conocido con el título «Con maravillas obra Dios» con letra adaptada para música que se ha transcripto en la presente traducción. El autor del presente artículo hace referencia al contenido de estas dos estrofas según un sentido más literal de la letra del himno, el que se transfiere a continuación para mejor comprensión. Ambas versiones son de uso público en internet.
Oh santos temerosos, tomad nuevo coraje;
las nubes que tanto teméis
están llenas de misericordia y se desatarán
en bendiciones sobre vuestras cabezas.
No juzguéis al Señor por vuestro débil sentido,
sino confiad en Él por Su gracia;
detrás de una providencia ceñuda,
Él esconde un rostro sonriente.
Vota esta traducción
Puntúa utilizando las estrellas