Pobreza y Riquezas

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English: Poverty and Riches

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Por Charles H. Spurgeon sobre Santificación & Crecimiento
Una parte de la serie Metropolitan Tabernacle Pulpit

Traducción por Allan Aviles


“Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos”. 2 Corintios 8: 9.

Estoy muy extenuado esta noche ya que he tenido que hacer un supremo esfuerzo casi ininterrumpidamente, día tras día, para dirigirme a grandes auditorios. Pensé, por tanto, que el único tema que podría manejar sería algo apacible, que no requiriese de grandes pensamientos, ni de parte del predicador ni de sus oyentes. Necesito darme un baño y descansar mientras les hablo a ustedes y, por ventura no les dañe a ustedes tampoco, pues no dudo de que se cansen a menudo con las preocupaciones cotidianas. Así que no vamos a considerar ningún problema difícil, ni ninguna doctrina misteriosa en estos momentos; antes bien, sólo hablaremos de cosas que conocemos.

El texto comienza así: “Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo”. Ustedes conocen eso, pues lo creen. No guardan ninguna duda de que hubo una maravillosa gracia en el corazón del Señor Jesucristo. La gracia es un atributo del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo; y ustedes saben que hubo infinita gracia, favor y compasión en el corazón del Señor Jesucristo; y fue eso, y no los méritos de ustedes, lo que le indujo a abandonar las prerrogativas reales del cielo y soportar los sufrimientos y las aflicciones de nuestra condición moral. “Ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo”.

Ustedes conocen también esta gracia porque han aprendido a percibir su resultado. No sólo la conocen como una semilla, sino que conocen las benditas flores que han brotado de ella porque, en Su gracia, Él se hizo pobre para que ustedes fuesen enriquecidos; y, al tomar de esas riquezas que Él ha conseguido para ustedes, no sólo han bebido de Su amarga copa, sino que han bebido del vino adobado de Sus granadas, de tal manera que ahora conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo por su fruto y su resultado.

Yo pienso que el apóstol quiso decir aquí que conocemos también la gracia de nuestro Señor Jesucristo por medio de lo que Él ha hecho por nosotros. Podríamos haber sabido, en realidad, que Jesús era misericordioso; pero no habríamos podido verlo ni conocerlo en la práctica si Él, habiendo sido rico, no se hubiese hecho pobre para que nosotros, con Su pobreza, fuésemos enriquecidos. La manera en que el apóstol muestra esa verdad es justamente así.

El apóstol estaba exhortando a los cristianos corintios a la liberalidad. Ellos constituían una comunidad mucho más rica que la iglesia de Filipos; pero Pablo les dice que las iglesias de Macedonia, de su pobreza habían sido a menudo muy generosas con los pobres, y persuade a esos corintios, que gozaban de mayor prosperidad, a no verse superados por los filipenses. Después de que Pablo les hubo citado ese ejemplo, sintió que podía recurrir a un argumento mucho más sólido. Parecía decirles: “¿Cómo he de conocer la gracia que poseen si no es por sus obras? ¿Cómo he de saber que tienen a Cristo en sus corazones si no es por lo que dan de gracia para ayudar a sus amigos más pobres? Luego proporciona este versículo como la prueba de que hemos de ver la gracia por los resultados que produce: “Ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos”.

La misma ley que dice que la gracia interna debe ser manifestada por la acción externa, se aplica a Cristo y a nosotros. Si Él no se hubiera hecho pobre para hacernos ricos, ¿cómo habríamos conocido plenamente Su gracia? Y si ustedes y yo no diéramos, de nuestro dinero y de nuestros talentos, a los pobres y a la causa de Cristo, ¿cómo sabríamos y cómo sabrían los demás que hay alguna gracia dentro de nuestros corazones?

Amados, tal como lo he dicho antes, ustedes conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo no solamente porque han oído de ella, sino porque la han visto, porque han gustado y han experimentado la gracia de nuestro Señor Jesucristo. Su esperanza del cielo descansa en esa gracia y su consuelo cotidiano descansa allí. Si Cristo no fuera misericordioso, ustedes estarían sin la gracia. Si no conocieran Su gracia, con toda seguridad no tendrían ninguna gracia propia, pues es de Él, como de una fuente que fluye perennemente, de quien todas las corrientes de gracia les vienen a ustedes. Bienaventurados los hombres y bienaventuradas las mujeres que, en el momento en que leo este texto: “Ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo”, pueden decir: “¡Sí, en verdad yo la conozco, gloria sea dada a Dios!”

Esta noche tengo que hablar de dos cosas; ambas son muy simples, y están en la superficie del texto. La primera es: la pobreza de nuestro Señor Jesucristo; y la segunda es: las riquezas de Sus santos.

I. Primero, hemos de pensar en LA POBREZA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO: “Por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico”.

Esta pobreza fue voluntariamente asumida por nuestra causa. No había ninguna necesidad de que Cristo fuera pobre, excepto por causa nuestra. Algunas personas nacen pobres, y pareciera como si, a pesar de todas sus luchas, no pudieran nunca salir de la pobreza; pero puede decirse verdaderamente de nuestro Señor Jesucristo que “era rico”. ¿He de llevarlos en el pensamiento a las glorias de la eternidad cuando, como Dios verdadero de Dios verdadero, moraba en el seno del Padre? Era tan rico que todo lo que poseía era como nada para Él. No dependía de ninguno de los ángeles que había creado, ni Su gloria estaba sujeta a ninguna de las obras de Sus manos. Verdaderamente el cielo era Su morada; pero habría podido crear diez mil cielos si hubiera querido hacerlo. Todos los más grandes portentos que realizó no eran sino muestras de lo que podía hacer. Dentro de Su poder estaba toda la posibilidad de tener una riqueza inconcebible e inmensurable; sin embargo, hizo a un lado todo eso, se privó del poder de enriquecerse y descendió a la tierra para ayudarnos. Su pobreza era plenamente voluntaria; había una necesidad impuesta sobre Él, pero esa única necesidad era Su propio amor. No había ninguna necesidad, en lo que a Él concierne, para que nunca fuera pobre; la única necesidad era que nosotros estábamos necesitados, y Él nos amó de tal manera que quiso rescatarnos de la pobreza y hacernos eternamente ricos.

La pobreza de nuestro Señor fue también muy enfática. Yo creo que es muy cierto que nadie sabe tanto lo que significa ser pobre como la persona que fue rica una vez. Quien conoce verdaderamente la mendicidad es el emperador caído que tiene que mendigar. Quien sabe verdaderamente en qué consiste la pobreza es el hombre que una vez poseyó abundantes acres y que al final tiene que rentar un alojamiento en un desván.

Así sucedió con el Salvador; Él era enfáticamente rico. No se puede comprimir dentro la palabra “rico” todo lo que Jesús fue; se siente que ‘rico’ es una palabra muy pobre, aunque sea rica, para describir Su condición celestial. Él era enfáticamente rico; y así, cuando descendió a la pobreza, fue una pobreza con un énfasis puesto en ella, ya que el contraste era muy grande. La diferencia entre el hombre más rico y el más pobre no es nada simplemente comparada con la diferencia entre Cristo en la gloria de Su Deidad y Cristo en Su humillación, pues el abatimiento fue inmensurable. No podrían describir Sus riquezas, y no podrían describir Su pobreza. Ustedes no han tenido nunca la menor idea de cuán alto estaba, como Dios; y no podrían imaginar nunca cuán bajo se abatió cuando clamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”

Su pobreza, entonces, fue asumida voluntariamente, y fue enfatizada por el contraste con las riquezas que antes poseía. Ahora tratemos de examinar algunos de los detalles de esta pobreza.

Primero, esta pobreza de Cristo fue vista en Su condición. Ser hombre constituía para Él una gran pobreza. La condición humana es una pobre cosa cuando se la compara con la Deidad. Cuán estrecho espacio llena el hombre; pero Dios es infinito. Cuán poco puede hacer el hombre; sin embargo, Dios es omnipotente. Cuán poco, en verdad, sabe el hombre; pero Dios es omnisciente. Cuán confinado está el hombre a un solo lugar; pero Dios es omnipresente. Yo no digo que Jesús cesó nunca de ser Dios, pero nosotros recordamos en verdad que se hizo hombre, y al hacerse hombre, se volvió pobre en comparación con Su condición como Dios. Pero entonces, como hombre, fue también un hombre pobre. Él podría haber nacido en salones de mármol, blandir el cetro del imperio universal y recibir desde Su nacimiento el homenaje de toda la humanidad. Pero en vez de eso, ustedes lo saben, fue conocido como el hijo del carpintero; Su madre fue sólo una humilde doncella judía, y su lugar de nacimiento fue un establo, una pobre posada para el Príncipe de los reyes de la tierra. La primera etapa de Su vida la pasó en un taller de carpintero, y después, Sus compañeros fueron mayormente unos pobres pescadores. No se le encuentra frecuentando la compañía de senadores ni de filósofos ni de los grandes de la tierra; antes bien, va de un humilde hogar a otro, y para Su sustento depende de las dádivas de Sus seguidores. Ciertas mujeres le ministraban de sus bienes. Él estuvo toda Su vida familiarizado con la pobreza, al punto que podía decir: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza”. Ustedes recuerdan ese pasaje que está dividido de manera que un nuevo capítulo da comienzo en el punto en que no debería haber ninguna división: “Cada uno se fue a su casa; y Jesús se fue al monte de los Olivos”, pues Él no tenía una casa; Su único hogar estaba entre los olivos donde imploraba a Su Dios.

Luego recuerden que Cristo, mientras estuvo aquí, fue un siervo; era el siervo del Padre. No estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse y tomó forma de siervo. Ha sido bien llamado por los ‘Latinos’ “Servus servorum”, el siervo de los siervos; y lo ven en ese carácter cuando se levanta de la cena, se quita Su manto, toma una toalla, se la ciñe, y poniendo agua en un lebrillo, comienza a lavar los pies de Sus discípulos. Bien dijo: “Yo estoy entre vosotros como el que sirve”. Aquel, ante quien el refulgente serafín vela su rostro y yace abatido en humilde adoración, lava los pies de Sus discípulos. Pueden entender, entonces, cómo es contado entre los pobres, en Su condición.

Tal vez la pobreza de Cristo, en cuanto a Su condición, es vista más claramente en Su asociación no sólo con discípulos pobres, sino con los despreciados de la humanidad. Los fariseos dijeron verazmente: “Este a los pecadores recibe, y con ellos come”. Ésta fue la ocasión cuando Lucas escribió: “Se acercaban a Jesús todos los publicanos y pecadores para oírle”. Se hizo su compañero para su bien, pues había venido a buscar y a salvar lo que se había perdido. Él condescendió a estar en medio de los más viles; es más, Él no se inclinaba hacia ellos algunas veces, sino que siempre parecía estar en medio de ellos, siempre escarbando en el cieno para encontrar las joyas que se habían perdido allí. Entonces, amados, ustedes verán que como hombre, como un hombre pobre, como un siervo, y asociándose con los más viles de los hombres por su bien, Cristo, en verdad, se volvió pobre en Su condición.

El segundo punto de Su pobreza fue en Su reputación. Toda la gloria le pertenecía a Cristo, y las alabanzas de todo el ejército celestial le eran ofrecidas a Él gozosamente, pero se despojó a Sí mismo. A menudo, cuando todavía estaba aquí, los hombres lo trataban con todo el escarnio y el desprecio que podían expresar. Permítanme citar despacio estas palabras: “Entonces le escupieron en el rostro”. Le vendaron los ojos; le golpeaban el rostro; le pegaban con las palmas de sus manos, diciendo: “Profetiza, Cristo, ¿quién es el que te golpeó?” Le llamaban: “Este es un hombre comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos y de pecadores”. Lo despojaron de Su reputación; algunos incluso llegaron tan lejos como para decir que obraba Sus milagros por medio de Beelzebú, el príncipe de los demonios. No era posible que lo pudieran degradar más abajo de lo que lo hicieron; el escarnio de ellos llegó al límite máximo en contra de este bendito y adorable Hijo de Dios. Incluso quienes tenían la reputación de ser hombres buenos, a veces lo tenían en poca consideración. Su madre y Sus hermanos procuraban entramparlo, porque evidentemente juzgaban que estaba loco; y en el momento de su más terrible necesidad, todos Sus discípulos huyeron de Él y lo dejaron solo. En Su mayor apuro ningún hombre le rindió homenaje, sino que todos tenían un comentario hiriente que hacerle. En este sentido fue pobre: en que se despojó a Sí mismo.

Yo no sé si alguno de ustedes ha tenido que hacer nunca lo que les ha tocado hacer a unos cuantos; después de gozar de buena reputación entre sus hermanos, deliberadamente, sabiendo lo que hacían, han tenido que hacer aquello que habría de sujetarlos a una mala interpretación, y al escándalo, y al escarnio, y han tenido que hacerlo por la causa del Señor y sufrir todas las consecuencias sin respingar. Puedo decirles que para un espíritu sensible es pobreza, en verdad, ser despojado del respeto que uno ha gozado por largo tiempo; sin embargo, el Salvador, por amor a nosotros, se quitó cada uno de Sus vestidos de honor que tenía el derecho de vestir, y se volvió despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto. Ésta fue una parte de Su pobreza: la pobreza de la reputación.

Luego, en tercer lugar, había una pobreza en operación, pues el Señor Jesucristo en Su propia condición natural era capaz de hacer lo que quisiera; no había nada que Él deseara hacer que no pudiera hacer. Bastaba que Él juzgara recto crear o destruir y todo estaba en Su poder; pero cuando vino a esta tierra por causa nuestra, se hizo pobre. Fue necesario entonces que pusiera una limitación a Su propia omnipotencia. Tiene hambre; pero es una tentación del maligno la que le sugiere que debería convertir las piedras en pan. Tiene sed, y a Su palabra, el agua hubiera saltado del pozo; pero tiene que rogarle a una mujer de Samaria, y decirle: “Dame de beber”. Él nunca obra un milagro en Su propio beneficio. Se hace tan pobre en cuanto a Sus operaciones, tan incapaz de ayudarse, como el más incapaz entre nosotros; y ésto lo hace, fíjense, por una continua determinación de Su voluntad que permanecería siendo pobre porque así lo había determinado; con un solo deseo Él habría podido convocar legiones de ángeles para que vinieran del cielo en Su auxilio. ¿Cómo podría yo admirar suficientemente esta voluntaria pobreza de operación? Nuestro Señor Jesucristo quiso restringirse a perder, y a sufrir incluso la muerte, cuando naturalmente poseía el poder de librarse de todas esas pruebas.

El siguiente tipo de pobreza que veo en Cristo es en la comunión. Aunque un hombre fuera muy pobre, si pudiera asociarse siempre con personas de educación y de refinamiento, suponiendo que fuera un hombre de esa clase, la pobreza para él sería algo sin importancia. “Nosotros cultivamos” -decían los estudiantes de Edimburgo- “nosotros cultivamos la literatura con un poco de cereal de avena”, y nadie parece compadecerlos. Nadie necesita compadecerse de ellos; están muy dispuestos a tomar cereal de avena si pueden tener la literatura. Si se asocian con hombres pensantes y hombres de posición, tienen un festín de la razón, y un desfogue del alma, y están contentos con un poco de cereal de avena, si ese fuera el costo que tienen que pagar.

Pero nuestro Salvador nunca convivió con alguien que pudiera ser llamado Su igual ni por un instante; Él no aprendió de nadie. Había un discípulo a quien Jesús amaba; todos sabemos por qué amaba a Juan: porque era el más cercano a su Maestro; pero ¡qué diferencia de altura había entre Jesús y Juan! Cuando un hombre crece por encima de sus semejantes, eso le conduce a sentir una terrible soledad. Tú podrías ambicionar esa posición, jovencito, y anhelar alcanzar el pico más elevado del monte; pero hace frío allá arriba y hay desolación y soledad. Yo creo que cuando eres igual a tus semejantes disfrutas de un gozo mucho mayor y puedes asociarte con ellos como tal.

Pero en cuanto a nuestro Señor y Maestro, siempre parece estar sobre el pináculo del templo o en la cumbre de la montaña. Yo sé que en Su condescendencia Él nunca está allí; se inclina hacia la gente, pero, aun así, es una inclinación, e inclinarse, ustedes lo saben, es una acción que provoca dolor en la espalda; quiero decir que tener que inclinarse siempre y no tener a nadie que sea tu camarada y tu socio es una acción que aflige al corazón.

Jesús se privó de la compañía más selecta que podría haber gozado, tomada del senado de los cielos, de las asambleas de los perfectos, de la multitud de ángeles. Los seres celestiales pueden ir y venir casualmente con encomiendas de lo alto; pero Jesús vino aquí principalmente para asociarse con los pecadores, para que Su mente perfecta estuviera en contacto constante con los ignorantes, y para que Su espíritu instruido, culto y santo fuera vejado por seres frívolos y volubles en quienes no se puede confiar. Qué pobreza debe de haber sentido el fiel, el justo, el veraz y sabio Salvador, cuando Sus discípulos no podían entenderle; y cuando, conforme develaba algunas de las más profundas verdades que había venido a revelar, “Muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él”. Fue una mayor pobreza aún cuando, en el huerto, levantándose de la agonía y del sudor sangriento, encontró durmiendo a los tres discípulos que le eran más cercanos, y les dijo: “¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora?” Ah, entonces se encontraba en las profundidades de la pobreza en cuanto a la comunión de Su espíritu.

Pienso que todavía no hemos alcanzado las más hondas profundidades de la pobreza del Salvador mientras no lleguemos al hecho de que cargó con el pecado. Un hombre puede ser muy pobre en cuanto a bienes materiales, y puede ser capaz de soportarlo. Pudiera haber asumido las deudas de otro, las cuales podrían abrumarlo seriamente; sin embargo, la carga no puede quebrantarlo; pero cuando pierde su carácter sin ninguna culpa propia y sólo porque desea liberar a otro, y cuando tiene que entrar en contacto con el pecado de otro y no puede evitar entrar en contacto con él, si su mente es pura e inocente, eso es una terrible pobreza para él.

Hermanos, el mayor milagro del que me he enterado es que el Cordero de Dios cargara con el pecado de los hombres, y que cargara con el pecado de tal manera que lo quitara, porque, recuerden, no había en Cristo ninguna mancha de pecado de ningún tipo. No había ninguna inclinación al pecado en Él; y sin embargo, oigan estas inspiradas palabras: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado”. Por supuesto que el Salvador no podía ser pecador nunca, y no usaremos ninguna palabra que pudiera sugerir siquiera un pensamiento así; repudiaríamos con indignación tal idea; empero, Él ocupó en verdad el lugar del pecador; Él soportó la maldición del pecador: “(porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero)”. Es más, incluso me voy a atrever a decir que, delante del Señor Dios, Él estuvo como el único pecador, aunque no era ningún pecador; pero el Señor hizo que se encontrara en Él la iniquidad de todos nosotros. Jesús respondió a la citación de la ley, y se presentó allí como el Sustituto de Su pueblo, “el Justo por los injustos”, y todavía más, se presentó allí por los injustos: “Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero”. Permítanme citarles esas palabras de nuevo: “Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero”. Para Él, que era “Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos”, para Él, sin quien no se hizo nada de lo que fue hecho, para Él, ante quien los querubines y serafines continuamente claman: “Santo, santo, santo”, ésta ha de ser en verdad una pobreza abyecta, pues aunque era rico en santidad, por nuestra causa se hizo pobre al llevar nuestro pecado.

El límite de Su pobreza y su clímax fue cuando al final murió. Tal vez nunca hemos comprendido la maravilla que es que Él, “el único que tiene inmortalidad” haya muerto en realidad. Su espíritu partió, entregó el espíritu, ese espíritu que había sido un huésped dentro de Su cuerpo, Él entregó ese huésped y Su cuerpo quedó sin huésped, como una casa vacía. ¡Qué espectáculo es ese (no me sorprende que grandes pintores hayan tratado de pintarlo), el descenso de la cruz, la envoltura de Su cuerpo magullado en un lienzo de lino blanco cubierto de especias preciosas! ¿Puede ser éste realmente el Hijo de Dios, el Redentor de los hombres? ¿Lo envuelven en una sábana, y los hombres y las mujeres santos en realidad lo llevan a un sepulcro? Sí, y a una tumba prestada; pues así como había yacido en una cuna prestada, ahora duerme en un sepulcro prestado. Lo colocan allí, pues está muerto; Sus ojos están firmemente cerrados igual que los de cualquier otro muerto, y Sus manos están igual de frías e inmóviles, pues la muerte de Cristo no fue una muerte imaginaria. El Señor de la vida y de la gloria murió en realidad, y allí, en el sepulcro de José, fue enterrado, y de allí se levantó al tercer día. Cuando tiembla la tierra y el ángel rueda la piedra del sepulcro, díganse a ustedes mismos: “Ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre”, tan pobre que realmente yació muerto por algún tiempo en el sepulcro de José.

Aquí dejo este primer punto; ¡que Dios el Espíritu Santo nos ayude a entender la pobreza de nuestro Señor Jesucristo!

II. Pero ahora, queridos amigos, muy rápidamente, pero, aun así, confío que concienzudamente, quisiera mostrarles LAS RIQUEZAS DE LOS CREYENTES. Esas riquezas son exactamente paralelas a la pobreza de Cristo. Nuestro Señor Jesucristo no vino al mundo para hacerse pobre en relación al dinero para que ustedes y yo pudiéramos volvernos ricos con una riqueza mundana, pues muchos de los mejores elementos de Su pueblo son tan pobres como la pobreza misma, en lo concerniente a este despreciable metal; antes bien, así como Él vino para soportar la verdadera pobreza, también vino para darnos verdaderas riquezas.

He presentado ante su atención una pobreza que no radicaba tanto en la escasez de Sus vestidos, o en la austeridad de Su comida, como en otros asuntos. Entonces, las riquezas que Cristo proporciona no radican en que nos vistamos con escarlata y lino fino, y en comer suntuosamente cada día, sino que son similares en carácter a los distintivos de la pobreza de nuestro Señor.

Primero, entonces, Él hizo a Su pueblo rico en condición. Hermanos y hermanas, somos siervos, como Cristo lo fue; pero lo que era un abatimiento para Él, es una elevación para nosotros. Para nosotros no hay mayor honor que ser llamados siervos del Señor Jesucristo; y servir a los siervos de Dios, ser servus servorum (siervo de siervos), es un privilegio que cualquier de nosotros ambicionaría. Lavar los pies de los discípulos es ahora un honor para nosotros, y sentimos que así es. Si al siervo se le permite ser como su Señor, eso es una gran exaltación para él. Por la pobreza de Cristo nosotros somos hechos ricos en nuestra condición, de tal manera que hoy somos hijos de Dios; hoy tenemos acceso al propiciatorio; hoy, Él oye atentamente la voz de un hombre; hoy, Jesús nos ha hecho reyes y sacerdotes para Dios, y reinaremos por los siglos de los siglos. La condición del creyente es de elevada exaltación en la proporción en que la condición de Cristo fue de humillación y pobreza.

Lo mismo sucede con el creyente en su reputación. ¡Oh hermanos, qué reputación nos ha dado Cristo ahora! Él nos ha dado la reputación que Él desechó, pues ahora somos justos en Su justicia; somos agradables con el encanto que Él pone en nosotros; tenemos un nombre y un lugar, mejores que el de hijos e hijas. Ahora no estamos considerados dentro de los culpables, sino entre los piadosos; no somos contados entre los rebeldes extranjeros, sino entre los hijos obedientes. ¡Oh, bendito sea el nombre de Jesús, porque nos ha revestido de honor cuando se vistió de vergüenza!

Lo mismo es cierto en cuanto a nuestra operación. Yo les mostré cómo Cristo estrechó y limitó voluntariamente Su poder; pero ¡miren cómo ha ampliado nuestro poder! Hay un texto que con frecuencia miro y admiro. Jesús dijo: “El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre”. Él hace que tengamos un poder casi ilimitado; no somos nada excepto unos pobres hombres débiles y, sin embargo, ¡cuán maravillosamente usa Dios a los hombres! ¿No han notado nunca en la Epístolas de Pablo, cómo representa al ministro de Cristo como siendo tanto un padre como una madre para un alma recién nacida? Al escribir a Filemón, le dice: “Te ruego por mi hijo Onésimo, a quien engendré en mis prisiones”. Y a los gálatas les escribe: “Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros”. ¿Acaso no es algo muy maravilloso que seamos llamados: “Colaboradores de Dios”, es decir, nuestra debilidad colaborando lado a lado con la omnipotencia misma?

Hermanos y hermanas míos, tal vez ustedes no sepan cuán grandemente Cristo los ha enriquecido. ¿Han comprobado alguna vez cuán ricos los ha hecho en el poder de la oración? “Abre tu boca, y yo la llenaré”. “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho”. Nosotros no usamos lo suficiente el grandioso nombre de Cristo, pero si lo hiciéramos, obraríamos milagros; quiero decir, no en el mundo material, sino que los milagros espirituales estarían a nuestra entera disposición. Por Su pobreza de operación, nuestro grandioso Señor Jesús nos ha enriquecido con un portentoso poder de gracia.

Dije también que se había hecho pobre en comunión, y les mostré cuán estrecho era el círculo de hombres con quienes Él se asociaba; pero nos ha enriquecido portentosamente en comunión, de tal manera que hemos ido “a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos”. He aquí, Él nos ha dado tal comunión consigo mismo que afirma de nosotros, los que creemos: “ése es mi hermano, y hermana, y madre”. Nosotros tenemos comunión con Dios también: “Nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo”. ¡Qué riquezas nos ha dado aquí!

A continuación, ustedes recordarán, hablé acerca del hecho de que Cristo cargó con el pecado y dije que es un terrible ejemplo de Su pobreza; pero por Su sustitución tenemos aceptación con Dios. Vean cuán ricos nos ha hecho, pues somos “aceptos en el Amado”. “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios”. Éste es un pasaje maravilloso en la profecía de Jeremías: “Este será su nombre con el cual le llamarán; Jehová, justicia nuestra”. Cómo, ¿la iglesia misma es llamada: “Jehová, justicia nuestra”? Sí, ella toma el nombre del esposo; la Iglesia tiene el propio título de Cristo conferido a ella. Cristo se hizo pobre, en verdad, cuando estuvo en nuestro lugar; pero nos ha fijado en un lugar amplio y rico, dándonos completa aceptación con el Padre por medio de Su justicia.

Luego, al completar la historia, presenté a nuestro Señor yaciendo en el sueño de la muerte del sepulcro; pero piensen, oh amados, que ahora nos ha dado, en consecuencia de esa muerte, vida eterna. Sus propias palabras son: “El que cree en mí, tiene vida eterna”. “Todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?” Porque Cristo murió, nosotros vivimos; porque Él murió, nosotros no moriremos nunca. La pena capital ha sido ejecutada en nuestro Sustituto, y no puede ser ejecutada nunca más. El castigo no puede ser infligido primero sobre la Fianza sangrante, y luego sobre aquéllos cuyo lugar ocupó esa Fianza; por tanto, nosotros vivimos por Su muerte y la segunda muerte no tiene ningún poder sobre nosotros.

La muerte no es una aniquilación; ninguna persona sensata se imagina nunca que lo sea. La muerte es la separación del alma y del cuerpo; la muerte, en su sentido más elevado, es la separación del alma, de Dios. Nosotros podremos conocer la primera muerte, la separación del alma del cuerpo; pero la segunda muerte, la separación del alma, de Dios, ésa nunca la conoceremos, pues Jesús la conoció por nosotros cuando dijo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Pero ahora, “sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive”. ¡Oh, cuán ricos nos ha hecho en la sempiterna vida indestructible que nos ha conferido por medio de Su muerte expiatoria y de Su gloriosa resurrección!

Concluyo sólo con estas dos o tres observaciones que el tema nos sugiere.

Primero, si tal es el resultado de la pobreza de Cristo, “para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos”, ¿cuál habrá de ser el resultado de Sus riquezas? Si por Su muerte nosotros vivimos, ¿cuál ha de ser el resultado de Su vida? Si por Su humillación somos enriquecidos, ¿qué es lo que vendrá de Su gloria? Si por Su primera venida, cuando vino como una ofrenda del pecado, ha logrado todo ésto, ¿qué no habrá de esperarse cuando venga una segunda vez sin una ofrenda de pecado para salvación? Intenten resolver ese problema si pueden.

Aquí tenemos otra consideración. Si la pobreza de Cristo es tal como he tratado de describirla, ¿cuáles no serán las riquezas de Su pueblo? Si nuestras riquezas son proporcionales a Su pobreza, ¡cuán ricos somos! Él fue supremamente pobre; y nosotros, si creemos en Él, seremos supremamente ricos. Él se abatió muy bajo, y nosotros somos elevados en la misma proporción. Así es como actúan las balanzas del santuario; conforme Él se hunde, nosotros somos elevados. ¿Quisieran intentar ver cuán altos deben de estar de acuerdo a esta norma? ¡Cuántas riquezas han de pertenecerles cuando las juzgan por la pobreza de Cristo!

La siguiente pregunta es: si tales son nuestras riquezas, ¿por qué nos quejamos de pobreza? Allá está un hijo de Dios que no sabe si posee alguna gracia. Mete su mano en el bolsillo de su alma para ver si puede encontrar un centavo de gracia. Hermano mío, todas las cosas son tuyas si estás en Cristo, pues agradó al Padre que en Él habite toda la plenitud. Hay muchos hijos del Rey que tienen el derecho de reinar como príncipes, pero que continúan viviendo como mendigos. Ellos pesan cada onza que comen; pasan hambre espiritualmente hasta casi desfallecer. ¿Qué pretenden? ¿Por qué no habrían de alegrarse en el Señor ustedes, a quienes Dios les ha dado a Cristo, es decir, les ha dado todo, y por qué no habrían de regocijarse con un gozo indecible y lleno de gloria?

Concluyo con una pregunta más. Si tal fue Su pobreza, ¿por qué no habríamos de estar también dispuestos nosotros a ser pobres para Su gloria? Si Él quiso hacer de lado Su honor, ¿por qué no deberíamos hacer de lado el nuestro? Si Él renunció a Su tranquilidad, ¿por qué no renunciamos a la nuestra? Si Él estaba dispuesto a ser un siervo, ¿por qué no habríamos de ser siervos? Si Él se despojó a Sí mismo, ¿por qué no habríamos de hacer lo mismo? Eso es muy diferente de la acción de mi amigo que está allá, que dijo: “Bien, tú sabes, no puedo soportarlo; no creo que deba ser tratado así; realmente siento que debería ser más respetado”. ¡Ah, pobre alma, si te conocieras, no hablarías así! ¿Quién entre nosotros merece algún respeto? Nos llaman: “Reverendos”. Me enferma pensar que algún mortal deba ser considerado como un “reverendo”. ¿Qué reverencia nos podría ser debida, excepto aquélla que establece que cada mujer “respete a su marido”? Eso es escritural; pero nunca se dice que cada oyente debe reverenciar al predicador.

¡Oh, cuán pobres criaturas somos en nuestra mejor condición! Si Dios nos permitiera que sirviéramos de esteras para las puertas de la iglesia, sería un honor muy elevado para nosotros. He visto a veces una escoba fuera de una puerta donde los agricultores vienen a limpiar sus zapatos; es algo grandioso que un hombre sea justamente eso. Yo pienso que me estoy acercando bastante para alcanzar ese honor y esa gloria, pues muchas personas están limpiando sus botas contra mí, justo ahora; y yo estoy muy contento de que así sea si ellos pueden deshacerse de parte del lodo, y así no van a arruinar el piso de la casa de Dios. Cada uno de nosotros debe pensar que lo que le suceda, importa poco; debemos estar dispuestos a morir en una zanja en tanto que Jesús se siente en el trono y sea establecida en el mundo Su verdad grandiosa. “Conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre”. Vayan e imítenlo, y estén dispuestos a no ser nada en absoluto, en tanto que Él sea todo en todo. ¡Que Dios los bendiga! Amén.


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