Por el amor de Dios, volumen 1/26 de febrero
De Libros y Sermones BÃblicos
Por D.A. Carson
sobre Vida Devocional
Capítulo 59 del Libro Por el amor de Dios, volumen 1
Traducción por Oscar Felipe Núñez Alfaro
26 DE FEBRERO
Éxodo 9, Lucas 12, Job 27, 1 Corintios 13
Han visto la calcomanía de parachoques que dice: “la persona con la mayor cantidad de juguetes gana”. ¿Qué es lo que gana? La persona con la mayor cantidad de juguetes saca el mismo provecho de esta vida que el resto de los demás. Unos mil millones de años aproximadamente en la eternidad en comparación con cuantos juguetes acumulemos durante nuestros setenta años de vida no parecerán tan exageradamente importantes.
Aún en una cultura materialista, es sencillamente espantoso empezar a reconocer lo habitual que es la avaricia, como se filtra en todo tipo de prioridades y relaciones. En Lucas 12:13-21, Jesús se enfrenta con alguien que le ruega: “Maestro, dile a mi hermano que divida la herencia conmigo” (LBLA). No sabemos si esta persona tenía simplemente una queja o no. Desde la perspectiva de Jesús, no importaba, ya que estaba en juego un problema más fundamental. Para esta persona, era más importante una parte de la herencia que una relación divina con su hermano. Jesús no solo insiste que no venía a ser juez en asuntos de tan poca importancia (12:14), Él advierte: “Estad atentos y guardaos de toda forma de avaricia; porque aun cuando alguien tenga abundancia, su vida no consiste en sus bienes” (12:15, LBLA). Quizás la persona con la mayor cantidad de juguetes no gane después de todo.
Esto impulsa la parábola del granjero rico cuyo crecimiento de los almacenes de grano lo anima a construir graneros más y más grandes (12:16-20). En nuestra cultura, podríamos fácilmente cambiar un constructor o un creador de software o un agente de bienes raíces por un granjero. En una cultura que se obsesiona en los bienes presentes, es angustiosamente fácil para los creyentes dejarse atrapar por la misma espiral de la avaricia. Lo que empieza como un compromiso completamente adecuado a dar lo mejor de sí mismo por el amor de Dios, se deteriora en una competencia egoísta y una ambición desmedida. Planeas tu retiro con mucho trabajo, después de todo, te dices: “tienes muchos bienes depositados para muchos años” (12:19, LBLA). Debido a que todos te dicen lo bien que lo haces, no escuchas la voz de Dios: “¡Necio! Esta misma noche te reclaman el alma; y ahora, ¿para quién será lo que has provisto?” (12:20, LBLA).
El problema no es la riqueza en sí. La biblia da testimonio de algunas personas ricas que usaban su riqueza para Dios, personas que no estaban tan apegadas a su riqueza que la convirtiesen en un Dios sustituto. Incluso, uno duda en señalar este hecho porque la mayoría de nosotros somos tan buenos para engañarnos que es inevitable pensar que este permiso nos libra de responsabilidad. Otros son codiciosos o tacaños, pero yo soy trabajador y ahorrativo. Otros son materialistas y hedonistas; en cambio, yo soy realista y creo que un corazón alegre hace bien como un buen remedio. Por lo tanto, reflexiona la palabra de Lucas 12:21.
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