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Por Charles H. Spurgeon sobre Santificación & Crecimiento
Una parte de la serie Metropolitan Tabernacle Pulpit

Traducción por Allan Aviles


“Sabed, pues, esto, varones hermanos: que por medio de él se os anuncia perdón de pecados, y que de todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo aquel que cree”. Hechos 13: 38, 39.

La predicación apostólica difería ampliamente del típico sermonear de nuestra época. Cuando los apóstoles se dirigían a las asambleas de creyentes, indudablemente seleccionaban temas definidos y se apegaban a ellos, y abrían y exponían las verdades específicas que tenían a la vista. Pero cuando se dirigían al mundo exterior, y cuando hacían sus llamamientos a los incrédulos, no tenemos la impresión de que seleccionaran alguna doctrina especial como tópico. La manera en la cual ellos predicaron no consistía tanto en la inculcación de alguna doctrina específica acompañada de la demostración de las inferencias provenientes de ella, sino más bien en la declaración de ciertos hechos de los cuales habían sido testigos presenciales. Habían sido elegidos para dar su testimonio de esos hechos a los demás. Vean el sermón de Pedro en Pentecostés, o el sermón del mismo apóstol dirigido a Cornelio, o el registro de la predicación de Pablo en Perge o en Antioquía, y encontrarán que esos discursos eran un argumento tomado de las Escrituras que declaraba que, como Dios había prometido desde tiempos antiguos enviar a un Salvador, entonces Jesucristo vino al mundo, vivió una vida santa, fue muerto después de ser falsamente acusado y fue puesto en el sepulcro, resucitó de nuevo al tercer día y después ascendió al cielo, de conformidad al testimonio de los profetas. De Él dijeron que todo aquel que creyera en este hombre -que era Dios verdadero- sería salvado por Él. Ésta es la declaración que hicieron. Por lo general no los descubro exponiendo la doctrina de la elección en asambleas promiscuas con incrédulos presentes; no los veo argumentando los sutiles temas del libre albedrío y de la predestinación, o disputando sobre palabras sin ningún provecho para menoscabo de los oyentes. Su firme propósito era declarar aquellas cosas directamente vinculadas con la salvación del alma, que era el asunto de fundamental importancia al cual querían que todos los hombres prestaran su atención. Es así que exhortaban a todos los que los oían -con peligro de sus almas si dejaban de hacerlo- a que aceptaran la revelación y abrazaran la fe del Evangelio.

Escuchen al apóstol Pablo en el famoso capítulo quince de la primera Epístola a los Corintios, que es leída usualmente en los funerales. Dice allí: “Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado”. Ahora, ustedes esperarían que comenzara con una larga lista de doctrinas pero, en lugar de eso, dice: “Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras”. Eso es lo que Pablo describe enfáticamente como ‘el Evangelio’. Aseverar estos hechos, exhortar a los hombres a creerlos y a poner su confianza en el Hombre que así vivió, y murió y resucitó, fue la predicación del Evangelio que antaño sacudió a los vetustos sistemas de superstición -aunque parecieran estar establecidos sobre sus tronos de manera muy segura- que iluminó las tinieblas del paganismo, y que hizo que en esas primeras etapas del cristianismo, el mundo entero quedara asombrado con la luz y la gloria de Cristo.

Entonces, debemos esforzarnos por imitar a los apóstoles y debemos procurar predicar un sencillo sermón evangélico, si no con la habilidad de ellos o con su inspiración, sí al menos con su empeño y con el mismo deseo que ardía en sus pechos, para que por su medio lo hombres sean salvados. De conformidad con eso, vamos a tratar, primero, con la historia de Jesús, a quien exponemos como un Salvador; en segundo lugar, con las demandas de Jesús; y, en tercer lugar, con las bendiciones que Jesús proporciona. Con respecto a:

I. LA HISTORIA DE JESÚS, si hacen el favor de buscar en sus Biblias, encontrarán que el apóstol comenzó su sermón notando aquí que muchos profetas hablaron de la venida de Jesús. En el versículo veintitrés, Pablo menciona especialmente la promesa hecha a David: que de su simiente Dios levantaría a un Príncipe y Salvador para la casa de Israel. Hermanos, permítanme recordarles que con suma frecuencia han aparecido sabios en la historia del mundo que han reclamado tener una inspiración divina, cuyos anuncios fortalecieron la esperanza de la venida de un hombre que habría de redimir de la esclavitud al mundo, y que se convertiría en el Salvador de nuestra raza. Todos los videntes cuyos ojos fueron ungidos por Dios para mirar al futuro, anunciaban con antelación el advenimiento de un grandioso Profeta, de un Príncipe y Salvador, que reclamaría que se le rindiera homenaje y que sería muy peligroso y absurdo rechazarlo. Estos profetas han aparecido en varios tiempos y en diversos lugares, y sin ninguna connivencia han proclamado al unísono lo mismo. La mayoría de ellos selló con su sangre su testimonio. “¿A cuál de los profetas no persiguieron vuestros padres?” Con todo, pese al extremo sufrimiento o a la muerte violenta, parecieran haber sido impelidos por un divino furor interno para proclamar, incluso hasta el fin, que vendría Uno que destronaría al antiguo reino de terror y al antiguo orden de ceremonias externas, para introducir un reino espiritual y para redimir al mundo de sus pecados y aflicciones.

Esa refulgente estrella de esperanza resplandeció de manera sumamente brillante en la tierra favorecida de Judea, a través de la noche oscura de largos años y lúgubres vigilias. Finalmente apareció un notable individuo que había sido anunciado con antelación por algunos de aquellos profetas. Ellos habían dado a entender que antes de que llegara el Hombre prometido, el Mesías, habría un precursor, alguien como Elías. Elías vendría primero. Ahora, el Tisbita, cuya carrera había sido tan memorable en Israel, era un hombre de mucha santidad pero de poco refinamiento. Su vestimenta era tosca, su dieta frugal, su porte austero, y su forma de expresión era enfática e incluso vehemente. Parecía ser un fuego personificado, si pudiera darse tal cosa, pues así de fuerte era su pasión y así de audaz era su valor. Puso el hacha a la raíz de todo pecado, y no se acobardó delante del rostro de ningún hombre, sin importar su alta posición o sus elevadas pretensiones. Bastaba que detectara un mal y lo denunciaba con todo su poder.

Dieciocho siglos han transcurrido desde que apareció en el desierto, cerca del río Jordán, otro hombre cuyo vestido era de pelo de camello, y cuya comida era langostas y miel silvestre. Un hijo del desierto, asceta en sus hábitos, con un ministerio que le pertenecía específicamente, censuraba los vicios de la época con aire desafiante, y llamaba a los hombres al arrepentimiento con clangores de trompeta, hasta que toda Judea se sorprendió con el fenómeno, y las multitudes provenientes de ciudades y aldeas se agolpaban para oír su predicación: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado”. El punto culminante de sus exhortaciones fue éste: “He aquí el Cordero de Dios”. Búsquenlo, mírenlo, recurran a Él pues Él quita el pecado del mundo. Su misión era enderezar calzada en la soledad para la venida del Señor, de quien se declaró indigno de desatar la correa de su calzado.

Finalmente llegó el Salvador, el Salvador prometido desde hacía mucho tiempo. De la privacidad de Su hogar en Nazaret, donde había sido criado, llegó al río Jordán. Me abstengo de hablar de Su nacimiento milagroso y de Su infancia. Apareció en el desierto donde Juan ministraba junto a los vados del Jordán y solicitó el bautismo; y cuando salía del agua, el Espíritu Santo descendió sobre Él como paloma, y muchos testigos oyeron una voz que decía: “Este es mi Hijo amado. A él oíd”. Este hombre, este portentoso individuo que ahora se había vuelto abiertamente manifiesto, vivió una vida pública de extraordinaria benevolencia, en la que había una mezcla de humildad profunda y de poder divino, la vida más memorable que haya sido registrada. La imaginación no ha soñado nunca algo que la iguale. Quienes han reflexionado mucho sobre la virtud, han sido totalmente incapaces de construir, partiendo de su invención, la historia de una vida que pudiera asemejársele o compararse con ella en pureza o simetría, una vida en la que no había tanto una virtud prominente como todas las virtudes divinamente mezcladas. Manso como un cordero, intrépido como un león, severo en contra de la hipocresía, siempre tierno para con el pecador, especialmente cuando las gotas de las lágrimas del arrepentimiento relucían en sus ojos. Un hombre que rasgó en pedazos todas las antiguas formalidades, que denunció el conocimiento de los rabinos, y que vino sólo con Su propia fuerza de carácter y el testimonio de Dios para decir verdades que, como la luz, son evidentes en sí mismas, verdades que soportan la prueba del tiempo y que resisten los cambios de las circunstancias; verdades que habrán de soportar incólumes cuando el viejo mundo haya pasado; verdades que han liberado a las mentes de los hombres de los grilletes de la superstición; verdades que han alegrado a las hijas de la desesperación; verdades que han sido siempre sumamente aceptables para los pobres y los necesitados; verdades que han elevado a la humanidad desde la misma primera hora en que fueron proclamadas por primera vez; verdades que han atraído discípulos a lo largo de las edades, y han llenado el cielo con sus admiradores que se postran delante del glorioso Hijo de Dios y lo adoran; verdades que todavía harán brillar a este mundo con la luz del cielo.

Ahora, ese Hombre vivió una vida perfectamente intachable, tan irreprochable que cuando Sus enemigos buscaron Su muerte, no encontraron nada que pudieran imputarle y, por tanto, tuvieron que acusarlo y condenarlo por medio de falsos testigos. El punto culminante de Su historia, para el cual les pedimos siempre su más devota atención y del cual los apóstoles dieron siempre el más vehemente testimonio, fue éste: que fue crucificado. Algunos suponen que sería prudente ocultar eso. Este grandioso Maestro, este Ser Prometido, este Hombre Divino -pues fue hombre, y sin embargo Dios, Dios perfecto y hombre perfecto- en realidad murió la muerte de un criminal. Fue tomado por manos impías, azotado, obligado a cargar Su cruz, y luego fue clavado al madero en el Calvario, y allí murió. Pero debemos decirles la interpretación que presta un encanto a esta información. Murió allí en sustitución del hombre. No tenía ninguna culpa propia, pero fue designado por Dios para cargar con todos los pecados de Su pueblo, de hecho, con el pecado de todos los hombres que creen en Él. Él fue castigado para que ellos no fueran castigados. Llevó el castigo que correspondía a todos los creyentes, para que ellos fueran liberados del espantoso castigo que la justicia exigía de ellos. De hecho, subió a ese madero con la carga de toda la culpa de todos los que habían creído y de todos los que habrían de creer, hacinada sobre Sus hombros; y debido a la excelencia de Su naturaleza, siendo Dios, Sus sufrimientos hicieron expiación por toda la culpa de toda esa vasta multitud. Fue una vindicación de la justicia de Dios, de tal magnitud, como si todos esos millones de millones hubiesen sido arrojados en el infierno para siempre. Aquí estaba el hecho. El castigo debido a todas esas almas fue colocado en una copa amarga, y Jesús, sobre el madero, llevó esa copa a Sus labios y

“En un trago enorme de amor,
Consumió toda la condenación”.

Bebió hasta las heces toda la ira que Dios tenía contra Su pueblo ofensor, pecador, culpable y condenado, y por ello el pueblo fue absuelto. Ésta es la grandiosa doctrina de la Cruz. “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados”. Cuando fue bajado de la cruz, fue puesto en el sepulcro. Allí permaneció Su cuerpo sagrado durante tres días, pero en la mañana del tercer día, por Su propio eterno poder y Deidad, resucitó del sepulcro puesto que no podía ser retenido por las ataduras de la muerte, y ahora vive, y en adelante vive para siempre. En este instante, el Hombre que nació de la Virgen en Belén, que fue muerto en debilidad por Poncio Pilato pero que fue resucitado en poder, habiendo ascendido a lo alto después de Su resurrección, se sienta a la diestra del Padre, donde como hombre, aunque siendo Dios, intercede con Dios incesantemente por nosotros, y por Su eterno mérito salva a todos los que ponen su confianza en Él. Éstos son hechos históricos expuestos por el Evangelio para ser creídos con seguridad. Algunos los consideran fábulas de ancianas. Que piensen lo que quieran; se pierden del beneficio que la fe básica seguramente les proporcionaría. Sobre sus propias cabezas recaiga la culpa, pues sobre sus propias almas vendrá la aflicción. Muchos de nosotros podemos aseverar, con nuestras manos sobre el pecho, que hemos probado la verdad de todo lo que está escrito en el Libro. Estas preciosas verdades han ejercido una poderosa fascinación en nuestras propias vidas. Creer en ellas nos ha capacitado para vencer a nuestras pasiones, y ha sido la palanca que nos ha levantado y sacado de nuestra depravación. Estas verdades son nuestro indefectible solaz mientras como criaturas estemos sujetos a la vanidad, y en la hora de la muerte serán nuestro socorro y apoyo tal como decenas de miles de personas antes que nosotros han comprobado que lo son. Con la historia de Jesús tan claramente ante nuestra vista, preguntemos ahora:

II. ¿Cuáles son las exigencias de Jesús?

Él demanda, como el Ser que vive eternamente, que aceptemos que es lo que profesa ser si queremos obtener cualquier beneficio de Él. Profesa ser el Mesías, ungido y comisionado de Dios. ¿Crees tú eso? Leyendo las profecías concernientes a Él, ¿ves tú cuán exactamente encaja como la llave encaja en las guardas de la cerradura? Si ves eso, me alegro. Además, Él exige que lo recibas como Dios. Ésta es Su profesión: que Él es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos, Dios encarnado. Él caminó sobre las olas del lago de Genesaret; resucitó a los muertos; sanó a los enfermos; multiplicó los panes y los peces; detuvo a los vientos; calmó a la tormenta. Él ha hecho todas las cosas que sólo Dios puede hacer. Él fue omnipotente incluso aquí abajo como hombre. Acéptalo, entonces, como Dios verdadero. Si tú lo haces inteligentemente y sinceramente, me alegro.

¿Y lo aceptarás ahora como tu Sacerdote, y no aceptarás a nadie más en la tierra? Para tenerlo a Él, debes renunciar a todo lo demás, pues has de saber con toda seguridad que nuestro Sumo Sacerdote no estará junto a ningún otro sacerdote. Recurre únicamente a Él para la expiación, para la intercesión y para la bendición. Él se ofreció a Sí mismo como un sacrificio; se entregó por los pecados de Su pueblo. Cree en Él como tu Sacerdote, y cree en Sus sufrimientos y muerte como tu sacrificio. ¡Lárguense ustedes, sacerdotes de Roma! ¡Váyanse también ustedes, sacerdotes de cualquier otro orden! ¡Que se marche cualquier vano pretendiente al sacerdocio! A quien ha entrado al lugar santísimo no hecho con manos, le pertenece el privilegio exclusivo del sacerdocio. Nuestro Señor Jesucristo es el único Sacerdote de la casa de Dios. Los miembros de Su pueblo se convierten en sacerdotes a través de Él, cada uno de ellos. Sí, reyes y sacerdotes según el orden de Melquisedec, pero ahora no reconocemos ninguna superchería sacerdotal. La religión de Jesús desaprueba y denuncia todas las pretensiones prelaticias. Proclama para siempre el derrumbe de la jerarquía de los hombres, con todo su vacío engreimiento y su inflada arrogancia; sus sotanas y sus vestimentas, sus roquetes de mangas estrechas y sus gorros, su vana jactancia y sus mojigatos juegos con los dedos, con toda su influencia preternatural que se supone que emana de las manos de un obispo. Jesús es el único Sacerdote. ¿Lo recibirás como tal? Entonces yo me regocijo de que seas iluminado así.

Sin embargo, has de saber que Él reclama ser tu Rey. Tienes que hacer lo que te pida. Debes ser Su súbdito, debes observar Sus estatutos y debes guardar Sus mandamientos. ¿Eres Su súbdito? Entonces Él es tu amigo. Tú serás incluso Su hermano, y vivirás cerca de Él como alguien muy amado para Él, en afectuosa comunión con Él. Aunque esté en el cielo, se revelará a ti en la tierra. Ahora, ¿estás dispuesto a aceptarlo como tal? Como tu Profeta, de tal manera que has de creer todo lo que te enseña; como tu Sacerdote, de tal manera que habrás de confiar en Su mediación; como tu Rey, de tal manera que le servirás. Y, ¡oh, con qué acentos de ternura Jesús demanda que confiemos en Él! Éste es un bendito mensaje para algunos de ustedes que tal vez no hayan escuchado antes. Si confiaran en este Hombre glorioso, en este Dios bendito, serán salvados en este instante.

Cristo exige que confiemos en Él. Dice: “Yo soy Dios; confíen incuestionablemente en Mí. Yo soy un Hombre perfecto; por amor a ellos morí por mis enemigos. Todo poder me ha sido dado en el cielo y en la tierra, y con mi sangre rociada sobre el trono de mi Padre, reino supremamente en el dominio de la misericordia. Sólo confía en Mí, y Yo te salvaré, te salvaré de la culpa del pasado, te salvaré del poder de la pasión en tu alma, te salvaré del dominio del pecado, y en el futuro te cambiaré, te haré un hombre nuevo. Te daré un corazón nuevo y un espíritu recto. Toda mi gracia será tuya, si confías en Mí”. Jesús mismo nos da incluso el poder de confiar, pues todo es por Su gracia de principio a fin, y todo aquél que confíe en Él será salvo. Mi Señor tiene el derecho a ésto, y no aceptará nada que no sea ésto, pues estas son Sus propias palabras: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado”. Él no admite ningún término medio. O crees o no crees; y si no crees, Su ira cae sobre ti. “El que no cree a Dios, le ha hecho mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo, Jesucristo”. “El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado”. “El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida”. Yo en verdad espero estar expresándome claramente. Mi ferviente deseo y la oración de mi corazón son que todos ustedes conozcan el Evangelio si es que no lo han conocido antes. Si lo han conocido antes, quisiera que pudieran discernirlo más claramente. Si lo rechazaran, la falla no sería mía. Dios es mi testigo de que he tratado de evitar cualquier idea de tratar de ser elocuente o declamatorio en mi predicación. No me importa para nada el espectáculo llamativo de elaborar discursos. Yo sólo quiero decirles simplemente estas verdades contenidas en un mensaje sin adornos. Pudiera ser que despierten prejuicios, y ustedes que las escuchan, digan tal vez que son aburridas y trilladas. Esas verdades trilladas y manoseados, sin embargo, contienen la propia médula y el meollo del Evangelio por el que pueden ser guiados al cielo. Por aburridas que las consideren, si las rechazaran, negra y terrible sería la ruina de sus almas.

Los exhorto, por tanto, delante de Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos, a que recuerden estas pocas cosas elementales, viendo que involucran su esperanza o su desesperación, su salvación o su perdición, por toda la eternidad. No hay otra puerta al cielo fuera de ésta; no hay ningún otro portón de entrada al Paraíso fuera de éste. “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación”. Él ha diseñado para nosotros un camino de redención. Confiando en Él, seremos salvos; rechazándolo, estaremos perdidos.

Jesús exige de ustedes que no confíen en ustedes mismos; que no piensen que son lo suficientemente buenos; que no imaginen que alguna vez puedan ser lo suficientemente buenos por ustedes mismos; que no confíen en ninguna ceremonia; que no dependan de ningún hombre; que no alienten alguna esperanza del cielo por medio de algún razonamiento o resolución propios, sino que justo ahora pongan toda su confianza en Él. Aunque pareciera ser demasiado bueno para ser cierto, con todo, es cierto que si tú fueras el peor de los pecadores, contaminado con las más viles lascivias y degradado con los crímenes más horrendos, y aunque tus pecados fueran de un tinte escarlata, y su recuerdo te persiguiera como espectros fantasmales, si tú confías en Jesús, a quien Dios ha puesto como propiciación, recibirás un perfecto perdón de Dios, el Padre eterno, y se te dará poder para vencer esas mismas transgresiones a las cuales estás inclinado, para que no caigas en ellas de nuevo. ¡Oh, glorioso Evangelio del siempre bendito Dios! ¡Quisiera que los hombres tuvieran corazones para recibir y dar la bienvenida a sus provisiones de gracia!

III. LAS BENDICIONES QUE JESUCRISTO OTORGA A TODOS LOS QUE CONFÍAN EN Él.

Nuestro poder para enumerar esas bendiciones se ve sobrepasado con creces. “Por medio de él se os anuncia perdón de pecados”. No es indulgencia, sino perdón, el perdón de todos los pecados. Los pecados de ochenta años desde tu niñez hasta tu vejez, si has vivido todos esos años, tus delitos menores públicos, tus transgresiones privadas, tus actos visibles, tus pensamientos secretos, tus palabras expresadas, tus deseos reprimidos, el catálogo enrollado de tus transgresiones y desviaciones completamente desenrollado será borrado de inmediato del libro del recuerdo de Dios, si confías en Jesucristo. No serás inculpado por ellos. Por negra que sea la lista o por largo que sea el inventario, sólo confía en este Hombre, y todos tus pecados te serán perdonados. Quien confiesa su pecado, y viene a Jesús, encontrará misericordia, y encontrará misericordia de inmediato. ¿Hay alguien aquí que se sienta culpable? ¡Qué buenas nuevas han de ser éstas para su doliente corazón! Yo deseo que todos ustedes sepan cuán culpables han sido, y cuán profundamente manchados están. Un pecador de corazón realmente quebrantado es una joya en dondequiera que te lo encuentres. No hay música en el mundo como las notas de perdón para el pecador que experimenta un remordimiento de conciencia y un convencimiento de su culpabilidad. Jesús otorga perdón para todo pecado. Para quienes creen en Él, les otorga un perdón inmediato, no un perdón en potencia, no un perdón que ha de ser revelado cuando estés a punto de morir, sino un perdón ahora, un perdón que alcanza a los pecados que han de venir todavía, un perdón que comprende la totalidad de tu vida de pecado, puesto en tu mano para ser leído por el ojo de tu fe, y para ser conocido tan claramente como si te fuera entregado en un pergamino escrito por la mano de un ángel y sellado con la sangre del Salvador. Cristo Jesús otorga un perdón que nunca será revocado, un perdón que no puede ser cancelado en lo sucesivo. Dios no juega nunca al estira y encoge con los hombres. No condena nunca al que ya fue perdonado una vez. Si declara que un hombre es perdonado, es perdonado y será perdonado cuando el mundo esté envuelto en llamas. ¡Qué gozo indecible habrá de llenar el alma de aquél que aclama en esta santa hora un perdón de los cielos! Su carga ha sido suprimida; sus esposas le son quitadas; sus grilletes soltados; la fiebre curada; su salud restaurada; cómo saltará de deleite, y danzará con placer, y cantará con santo júbilo.

Pobre pecador, cree en el Hijo de Dios que fue inmolado pero que vive eternamente, y te será dado este rapto celestial para que lo experimentes. Éste es un perdón de pura buena voluntad que no retiene residuos de animosidad. Un hombre perdona a su hijo y renuncia al uso de la vara, pero podría decirle: “No olvidaré tu conducta, pues en el futuro no podré confiar en ti”.

Pero cuando Dios perdona, no reprocha. Recibe al hijo pródigo en su pecho. No lo sienta en el extremo más lejano de la mesa para recordarle su descarrío, sino que mata al novillo engordado para convencerlo de que es bienvenido.

Pone tal confianza en algunos de nosotros, que éramos lo peores pecadores, que nos da una comisión de predicar a otros el Evangelio mediante el cual nosotros mismos somos salvados, y nos envía con el asunto que está más cerca de Su corazón, y que más concierne a Su propia gloria. ¡Oh, sí, es un bendito perdón que barre toda la extensión de la ruina humana y nos redime, y nos resarce de las pérdidas experimentadas por haber pecado! Y no sólo eso, sino que por Él, por Jesús, todos los que creen son justificados así como son perdonados; somos justificados de todas las cosas de las que no podríamos ser justificados por la ley de Moisés. Aquí tenemos una comparación, o más bien un contraste. ¿Qué significa ésto? Cuando los hombres venían, según la ley de Moisés, traían un novillo que ofrecían por su pecado. Hecho ésto, ¿con cuáles sentimientos se alejaban del altar? El hombre venía consciente de culpa y se marchaba convencido de que había cumplido con un estatuto. Pero su conciencia no estaba limpia. La mancha no se había quitado. Aunque la sangre de la bestia aquietaba algunos de sus escrúpulos y aliviaba algunos de sus terrores, no le daba una perfecta paz y no podía dársela. Debe de haber sabido que la sangre de los novillos y los machos cabríos, y las cenizas de una vaquilla no podían quitar el pecado, ni podían expiar su culpa o erradicar su veneno. En esa misma medida es superior el Evangelio de Cristo a la ley de Moisés. Si vinieran y confiaran en Cristo, sentirían que ya no son más culpables. Hasta ahora ustedes han vivido en la culpa y el pecado, pero a partir de ahora todo el peso del pecado sobre la conciencia se habría desvanecido. Tendrían paz con Dios por medio de Jesucristo nuestro Señor. Sentirían que el pasado está tan borrado que ya no lo cargan más en su conciencia. Podrían cantar:

“Estoy limpio por la sangre de Jesús”.

¡Cuán grande misericordia es esta perfecta limpieza de la culpa en la conciencia! Quien venía al altar bajo la ley de Moisés no siempre sentía que podía venir a Dios. La sangre era rociada, y había un camino de acceso; pero sólo el Sumo Sacerdote pasaba detrás del velo una vez al año. La ley de Moisés no podía justificar a un hombre de tal manera que tuviera acceso al propiciatorio, pero Jesucristo justifica de tal manera a Su pueblo, que pueden ir directo a Dios y hablarle como un hijo le habla a su padre; le cuentan todas sus necesidades y debilidades, toda su gratitud y su gozo. Derraman a Sus propios oídos sus amantes corazones. ¡Cuán dulce es el acceso de la criatura humana a su Dios del pacto, una vez que conoce a Cristo! Yo en verdad declaro que algunos de nosotros hemos hablado con Dios tan verdaderamente como hablamos con los hombres; y hemos estado tan seguros que nos encontrábamos en la presencia de nuestro Padre celestial, y tan conscientes de estar bajo esa portentosa sombra como hemos estado conscientes de que hemos estado en comunión con cualquier hombre o mujer nacidos en este mundo. ¡Oh!, si lo supieran, Dios no parecería tan lejano de ustedes una vez que confiaran en Cristo. No pensarían de Él como el Dios del trueno guiando Su ruidoso carro por el cielo con una lanza centelleante de relámpago, sino que cantarían acerca de Él:

“El Dios que gobierna en lo alto,
Y truena cuando le place,
Que cabalga sobre el cielo de tormenta,
Y controla los mares.

Este terrible Dios es nuestro,
Nuestro Padre y nuestro Amor;
Él hará descender Sus poderes celestiales
Para llevarnos a lo alto”.

Lo verían por doquier en torno a ustedes con los ojos de su espíritu, y se regocijarían en Él.

Aquellos que venían al altar por la ley de Moisés, no eran justificados de aprensiones del futuro; cuando cada adorador regresaba a casa, después de todos los sacrificios de corderos, y carneros y novillos, tenía miedo de morir. Pero quien confía en Jesús siente que, en lo concerniente al futuro, está perfectamente seguro. “Ahora” –dice- “Dios ha prometido salvar a quienes confían en Cristo. Yo en verdad confío en Cristo; Dios ha de salvarme. Él está obligado a hacerlo, por Su justicia”. Sobre el león de la justicia cabalga la hermosa doncella de la fe, y no tiene ningún temor. En tanto que Dios sea justo, ningún discípulo de Jesús podría ser destruido. ¿Qué pasa si la Justicia me acusara de ser un pecador? Yo respondería: “Es cierto que lo soy, y sin embargo no soy alguien que debiera ser sometido a juicio, pues todos los pecados me fueron quitados. Fueron colocados sobre mi bendita Fianza. No me queda ni uno solo. Cristo ha sido castigado por mi pecado; ¿acaso podrían ser castigados dos por una ofensa? ¿Habría de morir mi Sustituto, y también yo? ¿Seríamos condenados Cristo y yo también, por la mismísima ofensa? Dios no es injusto como para castigar primero al Sustituto y luego al hombre en cuyo lugar estuvo el Sustituto”. ¡Oh!, esto es algo sobre lo que uno se puede apoyar. Esta es una almohada para una cabeza que experimenta dolores; este es un bote seguro en el cual navegar en medio de las tormentas de la vida y a través de los mares de la muerte. Jesucristo, en mi lugar, derramó la sangre de Su corazón como la grandiosa Víctima de Dios fuera de las puertas de la ciudad. Yo confío en Él. Confiando en Él, no puedo perecer. Él ha jurado y no se arrepentirá. Por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, Él ha dado un sólido consuelo a quienes huyen en busca de refugio hacia la esperanza puesta ante ellos en el Evangelio. ¡Oh, amados!, ciertamente podemos vivir sobre esta promesa, y morir sobre esta promesa.

¡Quiera Dios que todos ustedes confíen en Él! Que muchísimos de ustedes confíen en Él por primera vez ahora. La predicación de este Evangelio es digna de confianza porque la promesa es digna de confianza. No me avergüenzo del Evangelio de Cristo, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree. ¿Crees tú? Di: “sí” o “no”, pues hay consecuencias que se hacen presentes en cualquiera de los casos. Di: “sí” y dilo ahora. Amén.


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