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Por Marshall Segal sobre Santificación & Crecimiento

Traducción por Susana Belvedere

Este mundo nos ha enseñado a tener que ganar.

Hemos sido condicionados a tener que ganar desde que tenemos uso de razón, ganarnos la admiración y afirmación de nuestros padres, ganarnos las calificaciones de nuestros maestros, ganarnos el poder jugar de nuestros entrenadores, ganarnos la atención de los varones o de las chicas y eventualmente el salario de nuestros jefes. Nosotros aprendemos a ganar antes de que aprendamos a hablar y aun a caminar.

Pero nuestra tendencia a querer ganar nos paraliza ante el ofrecimiento de Dios de la verdadera gracia. Nosotros no sabemos cómo recibir sin trabajar por ello. Por lo tanto lentamente (o no tan lentamente) canjeamos el verdadero evangelio porque preferimos trabajar y servir a Dios como esclavos (por lo menos como empleados), y no como hijos. No nos sentimos seguros dejándolo a él hacer todo el trabajo, en cambio ganando nos da algún aspecto de control. Simplemente no podemos concebir que seguridad y vida eterna puedan ofrecerse como un regalo.

Tres promesas para los hijos de la gracia

Gálatas en general nos muestra que seremos tentados a canjear y negar el evangelio tratando a Dios como un Amo impersonal, y no como un padre. Trataremos de esforzarnos ante él para ganarnos su amor cuando él ya nos amó enviando a su hijo por nosotros.

Pero cuando vino la plenitud (el cumplimiento) del tiempo, Dios envió a Su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, a fin de que redimiera a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos la adopción de hijos. Y porque ustedes son hijos, Dios ha enviado el Espíritu de Su Hijo a nuestros corazones, clamando: “¡Abba! ¡Padre!” Por tanto, ya no eres siervo, sino hijo; y si hijo, también heredero por medio de Dios (Gálatas 4:4-7)

Tres hermosas promesas poco comunes descansan en estos cuatro versículos para los hijos e hijas preciosas de Dios. Primero, cuando Dios redime, él nos sujeta para siempre. Él nunca se olvida o abandona a sus hijos. Con Cristo contamos con seguridad eterna. Segundo, tenemos intimidad, una profunda, personal y placentera relación con nuestro Padre, quien nos conoce completamente, quien nos ama constantemente, quien promete protegernos y proveer para nosotros. Tercero, con Cristo somos herederos de todas las cosas, todas. Seguridad. Intimidad. Y la verdadera y abundante prosperidad.

1. Estamos a salvo

La gran amenaza en nuestras vidas es nuestro propio pecado, porque cada pecado merece la ira de Dios. El Dios a quien ofendemos, a quien nos rebelamos, nos cubrió de su total justo y merecido castigo cuando clavó su hijo a la cruz. (Isaías 53:6, 10). No deberíamos preguntarnos si somos suficientemente buenos. No lo somos. Pero Cristo sí. Y estando en él por la fe, somos contados por justos en él. Dios nos puede disciplinar como un buen padre (Hebreos 12:6-7), peor no nos castigará una segunda vez porque el ya castigó a su Hijo (Romanos 8:1). Estamos a salvo y seguros bajo el cuidado del Padre.

Cada momento de cada día anteriormente a que nos rindiéramos a Cristo, estábamos bajo un horrible peligro eterno. Cada segundo que lo resistíamos nos poníamos en un peligro más grande y más grande, no teniendo idea hacia dónde íbamos y lo que pagaríamos por nuestro pecado.

Pero Dios nos rescató en Cristo (en la cruz). El pagó nuestra deuda, pagó nuestro perdón y libertad, y clavó nuestra seguridad bajo el valor de su hijo. “A fin de que redimiera a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos la adopción de hijos” (Gálatas 4:5). Como hijos de Dios estamos a salvo y seguros de un horror que no podemos imaginar. Estamos a salvo. Tenemos un Padre que vela por nosotros, quien conoce nuestras necesidades, quien venció a la muerte por nosotros. Quien promete llevarnos hacia él seguros.

2. Nos conoce y nos ama

No solo somos salvos por Dios (en la cruz) y de Dios (su ira) sino que también somos salvos por Dios. Ser parte de la familia de Dios significa disfrutar de una relación Padre e hijo con él. “Y por cuanto ustedes son hijos, Dios envió a sus corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: « ¡Abba, Padre!» (Gálatas 4:6). Podemos venir a la misma presencia de Dios y hablar con él, adorarlo, y pedir ayuda. Si estamos en Cristo, tenemos un Protector y Proveedor poderoso y que cuida de nosotros.

Las palabras que Pablo usa cuando dice: “Dios envió a su Hijo” (Gálatas 4:4), es la misma palabra que el usa dos versículos más adelante: “Y por cuanto ustedes son hijos, Dios envió a sus corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: « ¡Abba, Padre!» (Gálatas 4:6). De la misma manera la cual Dios envía su hijo a nuestro mundo quebrantado así también su Espíritu es enviado a nuestro corazón pecaminoso para hacernos hijos e hijas.

Por su Espíritu Dios nos aferra a sí mismo como pertenencia, dándonos acceso a el ahora a través de la oración, y luego cara a cara en la eternidad. Tenemos intimidad con el único quien nos conoce verdaderamente y nos satisface (Salmo 16:11). Por nuestra fe, él vive en nosotros, nos escucha, nos ama; y está con nosotros en su Espíritu.

Su espíritu nos da confianza y libertad para clamar a Dios. Nos asegura que Dios realmente nos ama. El clamor que el inspira es el clamor a un papá: “¡Abba Padre!”. El espíritu dentro de nosotros ruega como un hijo, y no como un esclavo. Como hijos, nuestra intimidad con el Padre significa que su amor es profundo, persistente, y no decisivamente basado en nuestras acciones. Nos conoce completamente y nos ama profundamente. Somos suyos.

3. Somos ricos más allá de lo que imaginamos.

Por último, poseemos una herencia divina verdadera, diferente a la prosperidad del mundo. Así que ya no somos esclavos, sino hijos; y si somos hijos, también somos herederos de Dios por medio de Cristo (Gálatas 4:7).

No es un error cuando Pablo compara los hijos con los esclavos, él llama al hijo “dueño de todo” (Gálatas 4:1). Él está hablando de hijos en general, pero quiere que veamos lo que significa ser un hijo de Dios. Todo lo que posee, y que posee todo, él quiere compartir con sus redimidos e hijos adoptivos.

Pablo escribe, “Así que nadie debe vanagloriarse de los hombres, porque todo es de ustedes: sea Pablo, Apolos, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, lo presente o lo por venir, todo es de ustedes, y ustedes son de Cristo, y Cristo es de Dios.” (1ra Corintios 3:21-23). Esa promesa es tan espectacular que es imposible de contar o estimar lo que podría significar. Un día, lo obtendremos. Y aun lo más grande que pudiéramos poseer no es lo que Dios nos pueda dar sino él mismo. Él es lo más valioso, lo que más satisface, la realidad más gratificante que existe, y en Cristo, somos suyos y él es nuestro (Apocalipsis 21:3)

Nada más importante

Por último, si ya poseemos todo esto según el evangelio, entonces no nos desviemos, y no tratemos de ganarnos la salvación de Dios o buscar una satisfacción absoluta en este mundo. Nada en este mundo es digno de perder lo que Dios solamente puede dar a sus hijos. Cuando canjeamos el evangelio o lo abandonamos, corremos el riesgo de perderlo todo. Es imposible de describir lo que está en juego. No hay nada más importante para nosotros que estar bien y saber cómo estar bien con Dios.

Duplicamos las ofensas contra el cuando creemos que tenemos alguna habilidad para hacer todo bien en nuestras fuerzas. No tenemos que hacerlo, de hecho ni lo intentemos porque Dios ya ha hecho el trabajo por nosotros para que seamos parte de su familia. Y porque somos sus hijos poseemos seguridad eterna, intimidad profunda, e infinitas riquezas, y lo mejor de todo, lo tenemos a él.


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