“El Cantar de mi Amado.”

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English: A Song of My Beloved

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Por Charles H. Spurgeon sobre Santificación & Crecimiento
Una parte de la serie Metropolitan Tabernacle Pulpit

Traducción por Allan Aviles


“Mi amado es mío, y yo suya; él apacienta entre lirios. Hasta que apunte el día, y huyan las sombras, vuélvete, amado mío; sé semejante al corzo, o como el cervatillo sobre los montes de Beter.” Cantar de los Cantares 2: 16, 17.

Bien se ha dicho que si hay un versículo venturoso en la Biblia es este: “Mi amado es mío, y yo suya: él apacienta entre lirios.” Es tan apacible, tan lleno de seguridad, desborda tanta felicidad y dicha, que muy bien pudiera haber sido escrito por la misma mano que escribió el Salmo veintitrés: “Jehová es mi pastor; nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará descansar; junto a aguas de reposo me pastoreará.” El versículo tiene el sabor de quien, justo antes de ir a Getsemaní, les dijo a Sus discípulos: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da… En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.” Toquemos nuevamente la campana de plata de este versículo, pues sus notas son exquisitamente dulces: “Mi amado es mío, y yo suya: él apacienta entre los lirios.”

Con todo, hay una sombra en la segunda parte del texto. El panorama es sumamente hermoso y atractivo; la tierra no puede mostrar nada superior; pero no se trata de un paisaje enteramente iluminado por el sol. Hay una nube en el cielo que proyecta una sombra en la escena; no disminuye su brillo, pues todo es claro y se destaca viva y refulgentemente: “Mi amado es mío, y yo (soy) suya.” Eso está muy claro, aunque, repito, no todo es luz de sol; hay sombras también: “Hasta que apunte el día, y huyan las sombras.” Hay también una mención de “los montes de Beter”, los montes de la división, y cualquier cosa semejante a una división es amargura.

Yo veo aquí un cordero pascual, pero veo hierbas amargas con él. Veo al lirio, pero me parece que le veo todavía entre las espinas. Veo el hermoso y encantador paisaje de segura confianza, pero una sombra, apenas una sombra leve, le arrebata algo de su gloria; y el espectador tiene que buscar algo que está todavía más allá: “Hasta que apunte el día, y huyan las sombras.”

Me parece que el texto indica justo este estado mental y, tal vez, algunos de ustedes podrían ejemplificarlo en este momento: no dudan de su salvación; saben que Cristo es suyo y están seguros de ello, aunque tal vez no estén gozando en el presente de la luz del semblante de su Salvador. Ustedes saben que Él les pertenece, pero no se están alimentando de ese hecho precioso. Reconocen su interés vital en Cristo, al punto que no tienen ni una sombra de duda de que son Suyos, y de que Él les pertenece; pero, aún así, Su izquierda no está debajo de su cabeza, ni Su derecha los está abrazando. Una sombra de tristeza se proyecta sobre su corazón, posiblemente por la aflicción, seguramente por la ausencia temporal de su Señor; de tal manera que, aunque exclaman: “Mi amado es mío, y yo suya”, se ven forzados a caer de rodillas y orar: “Hasta que apunte el día, y huyan las sombras, vuélvete, amado mío; sé semejante al corzo, o como el cervatillo sobre los montes de la división.”

Podemos ocupar provechosamente el tiempo hablando de estos asuntos, si Dios, el Espíritu Santo, nos habilita. Tenemos aquí, primero, a un alma que goza de un interés personal en el Señor Jesucristo, o, un interés personal asegurado. Tenemos, a continuación,a un alma que toma el más profundo interés en Cristo, y que anhela saber dónde está Él, o, el más profundo interés evidenciado; y luego, tenemos a un alma que desea ansiosamente una comunión presente con Cristo, o una comunión visible, una comunión consciente que es buscada.

I. Tenemos aquí, primero, UN INTERÉS PERSONAL ASEGURADO EN EL SEÑOR JESUCRISTO.

No pretendo intentar predicar esta noche; me gustaría que fuera mi texto el que predique, y la manera en que me gustaría que predicara sería ver en qué medida podemos asirnos a él; cómo podríamos tomarlo, palabra por palabra, y beberlo; llegar a cada palabra como a un pozo, y sentarse en el brocal, y tomar un trago refrescante; llegar a cada palabra como a una palmera, y comer de su fruto.

El texto comienza con las palabras: “mi amado”. Vamos, alma, ¿puedes aventurarte a llamar a Cristo: tu amado? Ciertamente Él debería ser amado por ti, pues, ¿qué no ha hecho por ti? Favores copiosos y extraordinarios han sido los dones de Su mano, dones comprados por Su propia sangre, sumamente preciosa. Si tú no le amas, corazón mío, eres, en verdad, la cosa más ingrata. Engañoso, putrefacto, despreciable por sobre todas las cosas, y desesperadamente perverso eres tú, oh, corazón mío, si, siendo Jesús tu Salvador, tú no le amas. Él debería ser amado por la mayoría aquí presente, pues ustedes profesan haber sido redimidos por Su sangre, y adoptados en la familia de Dios a través Suyo. Ustedes profesaron, cuando fueron bautizados, estar muertos con Él; y cuando vengan a esta mesa de la comunión esta noche, profesarán que Él es el alimento y la bebida, la vida, el sostén y el consuelo de su alma; entonces, si ustedes no le aman, ¿qué les podría decir? Dejaré que se lo digan a ustedes mismos:

“¡Señor, yo demostraría ser un ser muy despreciable!,
Si no sintiera amor por Ti:
Antes que no amar a mi Salvador,
¡Oh, que cese de existir!”

“Mi amado.” Debe serlo, y lo ha sido. Hubo un tiempo en el que ni tú ni yo le amábamos, pero ese tiempo ya pasó. Recordamos el dichoso momento cuando vimos Su rostro por primera vez, por medio de la fe, y le oímos decir: “Con amor eterno te he amado.” ¡Oh, la dicha del día de la conversión! Tú no la has olvidado. ¡Cuán activos y entusiastas eran entonces algunos de ustedes! En aquellos primeros meses cuando fueron llevados a la casa de misericordia, y fueron lavados y vestidos, y todas sus necesidades fueron satisfechas por la plenitud atesorada en Cristo Jesús, verdaderamente le amamos. Ustedes no eran hipócritas, ¿no es cierto? Y solían cantar con mucha potencia de voz y de corazón:

“Jesús, yo amo Tu nombre encantador,
Es música para mi oído;
Ansío hacerlo resonar tan fuerte
Que la tierra y el cielo lo oigan.”

Sí, en verdad le amábamos, pero no podemos detenernos en eso; nosotros, en verdad, le amamos. A pesar de todas nuestras fallas, flaquezas e imperfecciones, el Señor, que sabe todas las cosas, sabe que, en verdad, le amamos. Hermanos, algunas veces no es fácil saber si en verdad aman a Cristo, o no. He oído muchos comentarios acerca del himno que contiene esta línea:

“¿Amo al Señor, o no?”

Pero yo creo que todo cristiano honesto se hace algunas veces esa pregunta, y pienso que una buena manera de responderla es ir y escuchar a un ministro fiel. El domingo pasado por la mañana, me senté en una capilla wesleyana para escuchar a un predicador que tenía una mente muy sencilla; era un wesleyano sumamente heterodoxo, pero era a la vez un hermano calvinista completamente ortodoxo; y cuando comenzó a predicar acerca del amor de Jesucristo, las lágrimas rodaron por sus mejillas. No pude evitar, estando sentado allí, que mis lágrimas se derramaran sobre el piso arenoso; pensé: “bien, ahora, yo en verdad amo al Salvador.” Había pensado que, tal vez, no le amaba; pero cuando oí hablar de Él, y el predicador comenzó a tocar en las cuerdas de mi corazón, la música llegó; tan pronto Cristo fue expuesto ante de mí, eso despertó a mi alma, si es que en verdad hubiese estado dormida antes. Cuando oí hablar de Él, aunque sólo fuera con acentos entrecortados, no pude sino sentir que en verdad le amaba, y que le amaba más que a la vida misma. Confío en que es verdad, en relación a muchas personas presentes, que Cristo es nuestro “amado”.

Pero el texto no solamente dice: “amado”, sino dice: “mi amado es mío”, como si lo esposa lo tomara todo para sí. Monopolizar, ustedes lo saben, es la naturaleza del amor. Hay un pasaje notable en el tercer capítulo de la profecía de Oseas, que no necesito citar excepto a manera de bosquejo, en el que se le pide al profeta que tome a una mujer que había sido inmunda e incasta, y se le ordena que le diga: “Tú serás mía durante muchos días; no fornicarás, ni tomarás otro varón; lo mismo haré yo contigo.” Eso tenía el propósito de servir de tipo de lo que Cristo hace por Su Iglesia. Nuestro amor anda correteando en pos de veinte objetos hasta que Cristo viene y, entonces, dice: “ah, insensato, ahora no volarás lejos ya más. Ven, paloma, y no te extraviarás más de nuevo. Seré completamente tuya, y tú serás completamente mía; habrá un monopolio entre nosotros; yo estaré casado contigo, y tú estarás casada conmigo. Habrá una comunión entre nosotros. Yo seré tuyo, pecador errante, como tu Esposo, y tú serás mío.”

Cada corazón que ha sido sometido por la gracia soberana, hace de Jesucristo el principal objeto de su amor. Nosotros amamos a nuestros hijos, y amamos a todos nuestros seres queridos; Dios no quiera que alguna vez dejemos de amarlos; pero por encima de todos ellos hemos de amar a nuestro Señor. No hay ninguno entre nosotros, yo pienso, que tendría que preguntarse de quién prescindiría primero; sería una melancólica experiencia tener que seguir a la pareja amada a la tumba; pero si se tratase de una elección entre la esposa y el Salvador, no deliberaríamos ni un instante. Y en cuanto a los hijos de nuestro amor, a quienes esperamos ver crecer hasta convertirse en hombre y mujeres, sería un triste golpe para nosotros tener que depositarlos en la tumba, pero no nos tomaría ni un segundo decidir si hemos de perder a nuestros Isaacs o hemos de perder a nuestro Jesús. Es más, no sentiríamos que los perdimos si Dios se los llevó de nosotros, pero no podríamos permitirnos pensar ni por un solo instante en perderlo a Él, que es nuestro sempiterno Todo en todo.

Entonces, el cristiano convierte a Cristo en su amado por sobre todo lo demás. Otras personas pueden amar lo que les plazca; pero el cristiano ama a su Salvador. Se queda al pie de la cruz, y dice: “Este madero, una vez maldito, es ahora el baluarte de mi confianza.” Vuelve su mirada al Salvador, y dice: “Muchas personas no ven ninguna belleza en Él como para llegar a desearle, pero, para mí, Él es señalado entre diez mil, y todo Él codiciable.” Que el académico tome a sus clásicos, y que el guerrero tome sus armas de guerra, que el amante tome sus tiernas palabras y sus cantos amorosos; pero el cristiano toma al Salvador, toma al Señor Jesús para que sea para él, el Alfa y la Omega, el principio, el fin, el medio y el Todo en todo, y en Él encuentra el solaz de su alma.

Algunas personas han pensado que hay una tautología en el texto cuando se afirma: “Mi amado es mío.” Claro, por supuesto, si es mi amado, Él es mío, ¿qué necesidad hay de decir eso? Bien, aquellos que conocen la experiencia del cristiano saben que, todos los creyentes están sujetos a muchas dudas y temores, y que sienten que no pueden hacer que su seguridad sea mayor, de tal manera que gustan de duplicar sus expresiones de seguridad cuando pueden, y así, cada uno de ellos dice: “Mi amado es mío.” No hay tautología alguna; el que habla sólo está dando dos golpes de martillo para meter el clavo en el lugar de destino. Se expresa de tal manera que no haya error al respecto, así que la esposa quiere decir lo que dice, y tiene la intención de que los demás lo entiendan también: “Mi amado es mío.”

Pero yo pienso que podría significar algo más que eso, porque nosotros podríamos amar algo que, sin embargo, podría no ser nuestro. Un hombre podría llamar al dinero su amado, y con todo, pudiera no llegar a alcanzarlo nunca; podría perseguirlo, aunque pudiera no ser capaz de alcanzarlo. El amante de la erudición podría cortejar el saber que ambiciona en todas las academias del mundo, aunque pudiera ser incapaz de lograr la consecución de sus deseos. Los hombres podrían amar, y sobre sus lechos de moribundos pudieran tener que confesar que su amado no es suyo; pero todo cristiano tiene aquello en lo que está puesto su corazón. El cristiano tiene a Cristo, le ama, y lo posee también.

Además, queridos amigos, ustedes saben que hay un tiempo en el que los hombres son incapaces de decir que sus amados son suyos. Aquel que ha sido sumamente rico o sumamente sabio, no puede llevarse con él, ni su riqueza ni su sabiduría, a la tumba; y para el pecador que muere, y es enterrado, cuando se despierta en otro mundo, la realidad es que Creso será tan pobre como Lázaro; y el hombre más sabio, sin Cristo, se descubrirá a sí mismo desprovisto de toda sabiduría cuando despierte en el día de la resurrección. Extenderán sus manos pero sólo asirán el vacío, y tendrán que clamar: “Nuestro amado no es nuestro.”

Pero cuando nosotros despertemos y seamos a imagen de Cristo, le veremos –ya sea que nos quedemos dormidos o seamos cambiados, en cualquiera de los casos, estaremos presentes con Él- entonces cada creyente dirá: “Sí, Él es mío, todavía es mío. Yo lo poseo, verdaderamente lo poseo: ‘Mi amado es mío’.” Estoy inclinado a pensar que, si un hombre puede decir esto, en verdad, puede decir la cosa más grandiosa que algún hombre hubiere dicho jamás: “Mi amado es mío.” “Mira”, -pregunta el hombre rico- “¿puedes mirar allá lejos, más allá de aquellos majestuosos robles? ¿Ves allá, donde está aquella aguja de una iglesia? Bien, hasta donde alcances a mirar, todo eso es mío.” “¡Ah!”, -dice Muerte- al tiempo que pone su mano huesuda sobre el hombre-, “dos metros de tierra, eso es lo tuyo.” “Mira”, -dice el erudito, al tiempo que señala todos los volúmenes sobre sus estantes. “He investigado todos estos volúmenes, y todo el conocimiento que está allí me pertenece.” “¡Ah!”, -dice Muerte otra vez, al tiempo que le golpea con su fría mano-, “¿quién podría explicar la diferencia entre la calavera de un sabio y la calavera de un ignorante, una vez que el gusano hubiere limpiado ambas?”

Pero cuando el cristiano puede señalar hacia arriba y decir: “yo amo a mi Salvador”, tiene una posesión que es, con certidumbre, suya para siempre. Puede venir Muerte, y vendrá, incluso por él; pero todo lo que puede hacer Muerte es abrir la puerta y admitir al cristiano al más pleno gozo de aquello que ya era suyo. “Mi amado es mío”. Entonces, aunque sólo posea poco, estaré satisfecho con ello; y aunque fuera tan pobre que el mundo pase sin mirarme, y no me advierta nunca, viviré muy contento en la más humilde oscuridad posible porque “mi amado es mío”, y Él es más que todo el mundo para mí. “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra.”

Ahora quiero hacer un alto y comprobar si realmente hemos cubierto la distancia hasta este punto. ¿Cuántos de nosotros hemos dicho: “Mi amado es mío”? Me temo que podría haber algún pobre cristiano que comente: “¡Ah!, yo no podría decir eso”. Ahora, mi querido oyente, te haré una pregunta: ¿Estás asido de Cristo? ¿Es Él tu única esperanza? Si es así, entonces Él es tuyo. Cuando baja la marea, ¿has visto alguna vez esos moluscos, llamadas lapas, aferrarse a las rocas, o sostenerse firmemente pegadas, tal vez, al muelle? Ahora, ¿es eso lo que tu fe hace con Cristo? ¿Te aferras a Él? ¿Es Él toda tu confianza? ¿Descansas en Él? Bien, entonces, si haces eso, no necesitas ninguna otra marca o señal; esa es sumamente suficiente; si te estás asiendo de Cristo, entonces Cristo es tuyo. Aquella mujer que sólo tocó el borde de Su manto, recibió el poder que salió de Él. Si puedes asirte de Él y, desechando cualquier otra confianza y renunciando a cualquier otro apoyo, dices: “Sí, aunque perezca, me asiré únicamente de Cristo”, entonces no permitas que entre ni una sola duda para quitarte el consuelo de tu alma, pues tu amado es tuyo.

O tal vez, para decirlo de otra forma, podría preguntarte: ¿amas a Jesús? ¿Despierta Su nombre los ecos de tu corazón? Mira al niñito en brazos de su madre. Quieres cargarlo por unos momentos, pero no, él no quiere apartarse de su madre; y si insistes en cargarlo, pone sus bracitos alrededor del cuello de su madre, y se aferra allí. Podrías arrancarlo de ese lugar, tal vez, pero no tendrías corazón para hacerlo. Se aferra a su madre, y esa es tu evidencia de que ella es su madre. ¿Te aferras a Cristo de esa manera, y aunque sientas que el demonio querría arrancarte de Cristo si pudiera, todavía te aferras a Él como mejor puedas? ¿Recuerdas lo que dice John Bunyan acerca del prisionero a quien Gran-corazón rescató de las garras del Gigante-Mata-lo-Bueno? El señor Mente-Débil dijo: “Cuando me recluyó en su guarida, como no fui con él voluntariamente, pensé que no saldría vivo otra vez.”

¿Es ése tu caso? ¿Estás dispuesto a tener a Cristo, si puedes tenerle? ¿Estás dispuesto a renunciar a Él? Entonces nunca renunciarás a Él; Él es tuyo. No pienses que Cristo quiere un alto grado de fe para establecer una unión entre Él y un pecador, pues la fe del tamaño de un grano de mostaza basta para la salvación, aunque, ciertamente, no lo es para alcanzar el grado más elevado de consuelo. Si confías en Cristo y amas a Cristo, no dejes que Satanás te impida decir, en las palabras del texto: “Mi amado es mío”.

Bien, hemos llegado hasta este punto, pero debemos recordar las siguientes palabras: “y yo suya”. Ahora, esto es válido para todo cristiano. Yo soy Suyo ya que Cristo me ha hecho Suyo. Yo soy Suyo por elección; Él me eligió. Yo soy Suyo por un don de Su Padre; Dios me dio a Él. Soy Suyo por una compra; Él me compró con Su sangre. Soy Suyo por poder, pues Su Espíritu me ha ganado. Yo soy Suyo por mi propia dedicación, pues me he consagrado a Él. Soy Suyo por profesión, pues me he unido a Su pueblo. Soy Suyo ahora por mi propia elección deliberada de Él, siendo movido por Su gracia para elegirle. Cada cristiano aquí presente sabe que esto es cierto, que Cristo es suyo, y que ustedes son de Cristo. Ustedes son ovejas de Su pasto. Ustedes son los socios de Su amor. Ustedes son miembros de Su cuerpo. Son ramas de Su tronco. Ustedes le pertenecen.

Pero hay algunas personas que alcanzan un significado más práctico de esta frase: “yo soy suyo”, que otras personas. Ustedes saben que, en la Iglesia de Roma, se cuenta con ciertas órdenes de hombres y mujeres que se dedican a diversas obras de benevolencia, de caridad o de superstición, que llegan a ser considerados especialmente como los siervos del Señor Jesús. Ahora, nosotros nunca hemos admirado esa forma de hermandades masculinas o femeninas, pero ese espíritu es justo lo que debería penetrar en el corazón de cada cristiano y de cada cristiana. Ustedes, miembros de iglesias cristianas, si fueran lo que deberían ser, estarían enteramente consagrados al Salvador. “La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre” ha de ser practicada por la Iglesia entera de Cristo, no meramente por ciertas “órdenes” que son llamadas por eso “religiosas”. Cada mujer cristiana es “una hermana de la caridad”. Nos enteramos de hombres que pertenecen a la orden de los ‘pasionistas’, pero todo creyente debería ser de la orden de los ‘pasionistas’, movido por la pasión del Salvador para consagrarse a sí mismo a la obra del Salvador.

“Yo soy suyo”. Yo quisiera que adoptaran esto como su lema, ustedes, cristianos profesantes, si honestamente pueden hacerlo. Cuando se despierten cada mañana, musiten una breve oración mientras se visten y aún antes de ponerse de rodillas, sintiendo: “yo soy de Cristo, y lo primero, cuando me despierto, ha de ser una palabra con Él, y para Él.” Cuando salen a hacer sus quehaceres, quiero que sientan que no pueden hacer sus negocios como los hacen otros hombres; que no pueden imitar sus timos y prácticas mañosas porque algo susurra dentro de su corazón: “¡yo soy Suyo! ¡Yo soy Suyo! Soy diferente de otros hombres. Ellos pueden hacer lo que quieran, pues su juicio ha de venir todavía; pero yo soy diferente a ellos, pues yo soy un hombre de Cristo.” Yo quisiera que todos los cristianos sintieran que la vida que viven les es dada para que glorifiquen a Cristo por medio de ella. Oh, si la riqueza que hay en la iglesia cristiana fuera dedicada a la causa de Dios, no habría nunca alguna falta de fondos para sostener las misiones, o para construir casas de oración en los oscuros barrios de Londres. Si algunos ricos dieran para la causa de Cristo como lo hacen algunos pobres, hombre y mujeres que conozco, no habría nunca ninguna carencia en el tesoro.

Algunas veces me he gozado por causa de algunos de ustedes; he tenido que bendecir porque he visto en esta iglesia una piedad apostólica. He conocido hombres y mujeres que, de lo poco que poseen, han dado casi todo lo que tenían, y cuyo único objetivo en la vida ha sido gastar lo suyo y aun gastarse ellos mismos por Cristo, y yo me he regocijado por causa de ellos.

Pero hay otras personas entre ustedes que no han dado un diezmo, es más, ni siquiera una pequeña fracción de lo que poseen, para la causa de Cristo; sin embargo, tal vez, se ponen de pie, y cantan:

“Amo a mi Dios con tan grande celo
Que podría darle todo.”

¡Dejen de cantar eso! No canten mentiras, pues saben muy bien que no le darían todo, y que no le dan todo; y también saben muy bien que considerarían la cosa más absurda del mundo si fueran a darle a Él todo, o siquiera soñar hacerlo. ¡Oh, necesitamos una mayor consagración! Nosotros estamos, la mayoría de nosotros, hasta nuestros tobillos en nuestra religión, y sólo unos cuantos de nosotros estamos hundidos hasta las rodillas; pero, ¡oh, necesitamos al hombre que nada en la religión, que se ha despegado de la tierra por completo y ahora nada en consagración, viviendo enteramente para Aquel que le amó, y se entregó a Sí mismo por él!

Me temo que tendré que detenerme aquí, y hacer la pregunta sin recibir ninguna respuesta a ella: ¿cuán lejos podemos llegar en cuanto a esta segunda frase: “Mi amado es mío, y yo suya”? ¿Sienten como si no pudieran decir eso? ¿Sienten que no deben decirlo? Entonces que esta sea su oración: “¡Señor, si no he hecho todavía todo lo que puedo hacer, si ha quedado algo que podría haber hecho por Ti, y que no he hecho, dame gracia para que haga todo lo que puedo hacer por Ti, y darte todo lo que pueda!” No debería haber ni un solo cabello que no hubiere sido consagrado en la cabeza de un cristiano, ni una sola gota de sangre sin consagrar en sus venas. Cristo se entregó enteramente por nosotros; Él merece que nos entreguemos enteramente a Él. Allí donde comienza la reserva, allí comienza el dominio de Satanás, pues lo que no es de Cristo, es propiedad de la carne, y la propiedad de la carne es la propiedad de Satanás. ¡Oh, que la consagración espiritual sea perfecta en cada uno de nosotros para que, si vivimos, vivamos para Cristo; o, si morimos, que también sea para Él! Espero que, aunque tengamos que hacer muchas confesiones graves, que todavía podamos decir: Mi amado es mío, y yo suya.”

Si Él estuviera aquí en este momento, si pudiéramos dejar un espacio libre, y viniera repentinamente, y se pusiera en nuestro medio, con Sus heridas visibles todavía, sería muy dulce poder decir entonces: “Mi amado es mío, y yo suya”. Pero me temo que, en Su presencia, tendríamos que decir: “¡Jesús, perdónanos; somos Tuyos, pero no hemos actuado como si lo fuéramos; hemos robado de Ti aquello que compraste y que tienes el derecho de guardar; a partir de este día, que llevemos en nuestro cuerpo las marcas del Señor Jesús, y que seamos enteramente Tuyos!”

II. No puedo decir gran cosa sobre la segunda parte del tema, pues nuestro tiempo casi se ha ido. EL ALMA, ESTANDO SEGURA DE SU INTERÉS PERSONAL EN CRISTO, ANHELA SABER DÓNDE ESTÁ.

“¿Dónde está?”, pregunta el alma, y la respuesta nos llega del texto: “Él apacienta entre lirios.” Al mundano no le importa dónde está Cristo, pero ese es el único tema de pensamiento del cristiano.

“Quisiera saber dónde se ha ido,
Para poder buscarlo y encontrarlo también.”

Jesús se ha ido, entonces, entre los lirios, entre esos santos, blancos como la nieve, que florecen en el huerto del cielo, esos lirios de oro que están alrededor del trono. Él está allí en:

“La Jerusalén de oro
Bendecida con leche y miel”.

Esto nos hace anhelar estar allí, para poder apacentar con Él entre los lirios.

Pero, todavía hay muchos lirios aquí abajo, esas almas vírgenes que:

“Doquiera que el Cordero las guíe
De Sus pisadas nunca se apartan.”

Si queremos encontrar a Cristo, tenemos que tener comunión con Su pueblo, debemos participar de las ordenanzas con Sus santos; pues, aunque Él no apacienta de los lirios, Él apacienta entre ellos; y allí, quizá, podremos reunirnos con Él. Ustedes están aquí esta noche, queridos amigos, y muchos son miembros de esta iglesia, y algunos son miembros de otras iglesias, y han venido al sitio en que Cristo apacienta a Su rebaño. Ahora que Él apacienta entre los lirios, búsquenlo. En la mesa de la comunión, no participen meramente de los elementos, sino búsquenlo a Él. Miren a Su carne y Su sangre a través del pan y del vino, de los que son el símbolo. No se preocupen por mis pobres palabras, sino por Él; y en lo tocante a cualquier otra cosa en la que han estado pensando, vayan más allá de eso hasta Él. “Él apacienta entre lirios”, entonces, búsquenlo allí donde los santos se congregan en Su nombre.

Si quieren reunirse con Él, miren, también, en los benditos lechos de lirios de la Escritura. Cada Libro de la Biblia pareciera estar lleno de lirios; pero ustedes nunca han de estar satisfechos meramente con la Escritura, sino deben llegar al Cristo de la Escritura, la Palabra de Dios, la suma y sustancia de la revelación del Altísimo. “Él apacienta entre lirios”. Allí es donde ha de ser encontrado. ¡Señor Jesús, ven y apaciéntanos entre los lirios esta noche; ven y apacienta nuestras almas hambrientas y nosotros bendeciremos Tu santo nombre!

III. Debo dejar inconclusa esa parte del tema porque quiero hablar del ALMA, QUE POSEYENDO EL AMOR DE CRISTO, DESEA SU PRESENCIA CONSCIENTE: “Hasta que apunte el día, y huyan las sombras, vuélvete, amado mío; sé semejante al corzo, o como el cervatillo sobre los montes de Beter.”

Ustedes observan que el alma habla aquí del despuntar del día. Todos los que amamos al Señor, tenemos que buscar un despuntar del día, pero el pecador tiene una noche que le espera. Pecador, este es tu día; y cuando tú mueras, esa será tu larga y terrible noche, desprovista de cualquier estrella de esperanza.

Pero, cristiano, esta es tu noche, el período más oscuro que tendrás alguna vez; pero tu día despuntará. Sí, el Señor vendrá en Su gloria, o de lo contrario, tú dormirás en Él, y entonces tu día despuntará. Cuando la trompeta de la resurrección resuene, el día del Señor será tinieblas y no luz para el pecador, pero para ti será un eterno amanecer. Quizá, en el momento presente, tu vida está envuelta en sombras. Eres pobre y la pobreza proyecta una sombra. Tienes un enfermo en casa, o, tal vez, tú mismo tengas un cuerpo enfermizo; esa es una sombra para ti. Y el recuerdo de tu pecado es otra sombra; pero, cuando el día despunte, las sombras se disiparán. No habrá pobreza entonces; no habrá pecado entonces, lo cual es mejor todavía; y:

“No habrán gemidos que se mezclen con los cánticos
Que entonan las lenguas inmortales.”

Hermanos, es tan dulce saber que nuestras mejores cosas están adelante. Oh, pecador, tú estás dejando tus mejores cosas atrás y te diriges hacia tus peores cosas; pero el cristiano va hacia sus mejores cosas. Su turno está llegando; él disfrutará de lo mejor en breve, pues las sombras se disiparán. Ya no será más vejado, ni afligido, ni turbado, sino estará eternamente en la luz, pues las sombras huirán.

Mientras permanezcan las sombras, tú percibes que el alma le pide a Jesucristo que se vuelva, como si hubiera apartado Su rostro de ella. El alma dice: “¿Te has apartado de mí, Señor mío? Entonces, vuélvete a mí otra vez. ¿Te he afligido y te he vejado volviéndome mundano, carnal, descuidado y atolondrado? Entonces, vuélvete a mí, Señor mío. ¿Has estado enojado conmigo? ¡Oh, ámame! ¿No has dicho Tú que Tu ira dura un instante, pero que Tu amor es eterno? En una pequeña ira Tú has escondido Tu rostro de mí; pero, ¡oh, ahora vuélvete a mí!”

Ustedes saben que el estado apropiado para un cristiano no es un estado en el que Cristo vuelve hacia otro lado Su rostro sonriente, sino el estado en el que el amor de Cristo está refulgiendo plenamente en Su rostro. Yo sé que algunos de ustedes piensan que es mejor estar en la sombra; pero, amados, no piensen así. No necesitan tener sombras para siempre, pues pueden tener la presencia de Cristo para su regocijo incluso ahora, y yo quisiera que se volvieran ambiciosos para alcanzar dos cielos: un cielo abajo y un cielo arriba; Cristo aquí, y luego Cristo allá; Cristo aquí, poniéndolos tan alegres como pueda serlo su corazón, y luego Cristo llenándolos para siempre con toda la plenitud de Dios. ¡Busquemos esa doble bendición, y esperemos poder alcanzarla!

Luego el alma dice: “Vuélvete, amado mío; sé semejante al corzo, o como el cervatillo sobre los montes de Beter.” El doctor Thomson, que escribió La Tierra y el Libro, nos informa que él cree que conoce los montes de Beter. Importa poco si los conoce o no, pero él ha visto los corzos y los cervatillos saltando sobre los precipicios. Ciertamente, esas criaturas indómitas, acostumbradas a las rocas escarpadas, van allí, donde las pisadas humanas no se atreven a seguir. Y así es el amor de Jesucristo. Nuestro amor es desviado fácilmente; si somos tratados con rudeza, pronto olvidamos a quienes fueron tan afectuosos con nosotros; pero Cristo es como un corzo o como un cervatillo y Él salta sobre los montes de nuestros pecados, y sobre todos lo montes de la desunión de nuestra incredulidad e ingratitud, que podrían mantenerle alejado. Como un cervatillo, salta sobre ellas como si no fuesen nada en absoluto, y así se apresura a tener comunión con nosotros. Hay la idea de ligereza aquí; el corzo va velozmente, casi como el relámpago, y lo mismo hace el Salvador para venir al alma necesitada. Él puede alzarte desde el estado más bajo de aflicción espiritual a la posición más excelsa de gozo espiritual; ¡esperemos que lo haga! ¡Oh, clama a Él; clama a Él! No hay nada que pueda ser más expresivo para una madre que la voz de su hijo, y no hay nada que pueda ser más expresivo con Cristo que la voz de Su amado pueblo; entonces clama a Él. Di: “Salvador, muéstrame Tu amor. Amado Salvador, no te ocultes de Tu propia carne. Yo te amo; no puedo vivir sin ti; me aflige pensar que hubiere hecho que te alejaras. Ven a mí; ven a mí; regresa a mí, y alégrame en Tu presencia.” Clama a Él de esta manera, y Él vendrá a ti. Y tú, pobre pecador, que no has visto nunca consoladoramente Su rostro, recuerda que hay vida en una mirada a Él. ¡Que Dios te dé gracia ahora para que puedas verle con gozo eterno en el más allá!


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