Cristiano, Dios se complace en perdonarte

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English: Christian, God Is Glad to Forgive You

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Por Dan Cruver sobre Santificación y Crecimiento

Traducción por Silvia Griselda Buongiorne


En Él tenemos redención mediante Su sangre, el perdón de nuestros pecados según las riquezas de Su gracia que Él derramó sobre nosotros. (Efesios 1:7–8, )

John Owen una vez describió el perdón de Dios de una manera que puede parecer casi irreal. Escribió que el perdón de Dios no es estrecho ni reticente como el nuestro, sino “pleno, libre, ilimitado, insondable, absoluto” (Obras de John Owen, 6:499). Nosotros a menudo perdonamos de maneras que reflejan nuestra condición caída: con vacilación, parcialmente, de mala gana. El punto de Owen, sin embargo, es simple: Dios perdona de manera generosa y completa, de una forma que refleja su propia naturaleza (Éxodo 34:6–7) y que muestra la gloria de su gracia (Efesios 1:6, 12, 14).

Pero aun cuando escuchamos esto, a muchos de nosotros nos cuesta creer que Dios nos perdone de esta manera. Conocemos la doctrina. Sin embargo, cuando cometemos un pecado habitual o enfrentamos la vergüenza de uno nuevo, podemos suponer que Dios está cansado de nosotros. Imaginamos que perdona porque decide hacerlo, no porque desea hacerlo. En esos momentos, tratamos silenciosamente su gracia como si fuera reticente. Y sin embargo, en Cristo, Dios no se cansa de recibirte, porque su perdón no sube ni baja con tu desempeño. Descansa en el valor inmutable de su Hijo, cuya intercesión nunca falla (Romanos 8:34).

Esta sospecha—que la postura fundamental de Dios hacia nosotros cambia según nuestra estabilidad espiritual—crea distancia donde más necesitamos cercanía. Pero el evangelio muestra algo mejor: Dios perdona con disposición y con gozo. Su perdón gozoso es una expresión de su deseo de ser glorificado en el gozo de los pecadores perdonados (Salmo 32:1–2, 10–11).

La trampa transaccional

Para ver cuán radical es el perdón gozoso de Dios, necesitamos reconocer la mentira que a menudo moldea nuestros instintos. Una imagen útil proviene de la antigua Éfeso. En Hechos 19, Pablo encontró personas cuyo sistema religioso, centrado en la diosa Artemisa y en fórmulas mágicas, era completamente transaccional. Hechizos y pergaminos costosos eran herramientas para manipular a los dioses. Cuando nuevos cristianos quemaron estos libros, no estaban rechazando solo objetos, sino todo un marco para relacionarse con lo divino (Hechos 19:18–20).

En su cosmovisión, los dioses eran impredecibles; podían ser influenciados, pero nunca confiables. La vida espiritual se construía sobre esfuerzo constante y se sostenía mediante un mantenimiento ansioso. La idea de un Dios que perdona libremente y conforme a su propio carácter no solo era desconocida; era incompatible con su manera de pensar. En su raíz, la mentalidad transaccional exalta el esfuerzo humano y disminuye la gloria de la misericordia de Dios.

Este mismo instinto—ganar primero, recibir después—todavía aparece en nuestra vida. Rechazamos la religión pagana en teoría, pero a menudo vivimos como efesios espirituales. Creemos que la salvación es por gracia, pero actuamos como si el perdón continuo tuviera que ganarse. Nos detenemos de orar hasta sentirnos dignos otra vez. En nuestra mente, Dios se convierte en un juez reticente que debe ser persuadido, en lugar de un Padre que se complace en perdonar. La gracia se convierte en una transacción que creemos que debemos administrar.

Siempre que esperamos acercarnos a Dios hasta sentirnos dignos, revelamos el problema más profundo: confiamos más en nuestra dignidad que en Cristo.

Desmantelando el pensamiento transaccional

Pablo aborda este pensamiento en Efesios 1. Escribiendo a los mismos creyentes que quemaron sus pergaminos mágicos, describe la obra de Dios de una manera que no deja espacio para el mérito humano. Comienza:

“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo” (Efesios 1:3).

Fundadas en la acción previa de Dios, estas bendiciones no dependen de nuestro esfuerzo.

De hecho, Pablo remonta estas bendiciones antes de la creación:

“Nos escogió en Él antes de la fundación del mundo… en amor nos predestinó para adopción como hijos” (Efesios 1:4–5).

La decisión llena de gracia de Dios no esperó nuestro arrepentimiento ni nuestra obediencia. Vino antes de que existiéramos, antes de que pecáramos y antes de que el mundo comenzara. Nuestra adopción descansa en su elección eterna, no en nuestro desempeño espiritual. Y esa elección eterna es el desbordamiento del amor divino diseñado para mostrar la gloria de su gracia (Efesios 1:6).

Esta es la lógica de la gracia: Dios escogió, amó y bendijo a su pueblo antes de que ellos contribuyeran en algo. La gracia no comienza como respuesta de Dios a nuestro esfuerzo, sino como el fluir de su propósito eterno. Y Pablo muestra que esta iniciativa es claramente trinitaria: el Padre planea, el Hijo cumple y el Espíritu aplica y sella. Nuestro perdón descansa en la obra unida del Dios trino, no en la inestabilidad de nuestra vida espiritual. Y debido a que cada persona de la Deidad obra para asegurar nuestro perdón, este no es reticente. Es el desbordamiento gozoso de la gloria de Dios (Efesios 1:14).

El punto de contacto gozoso del amor eterno

Con la elección eterna de Dios como fundamento, el perdón es el punto donde su gracia nos alcanza personalmente, donde el propósito divino se encuentra con nuestra culpa real y nuestra conciencia turbada. El perdón no solo limpia nuestro registro; también nos asegura que Dios nos recibe con gozo. Expresa su deleite en restaurarnos. Dios recibe con gozo a los pecadores perdonados porque esto magnifica el valor de Cristo.

La cruz no fue la respuesta reticente de Dios al pecado. Fue el momento que Él escogió para revelar su gracia mediante la sangre de su Hijo (Efesios 1:7). Nuestra conciencia necesita un ancla concreta, y la cruz la provee: el perdón asegurado por la vida derramada de Cristo. Dios planeó el perdón desde la eternidad, sabiendo que solo la sangre de Cristo sería suficiente. Nada muestra con mayor claridad la gloria de su gracia que el Hijo que derramó su sangre para concederla.

Pablo lo declara maravillosamente:

“En Él tenemos redención mediante Su sangre, el perdón de nuestros pecados según las riquezas de Su gracia, que ha hecho abundar para con nosotros” (Efesios 1:7–8).

Pablo usa la palabra ha hecho abundar porque quiere que sintamos la magnitud del dar de Dios. Expresa generosidad, no obligación. Y no es sorprendente, porque este perdón nos llega en Cristo. Dios no nos entrega el perdón como un regalo separado; nos da a Cristo, y con Cristo, todo lo que es suyo. Derrama su gracia abundantemente para que los pecadores perdonados puedan compartir el gozo de conocerlo como su Dios que perdona con gozo.

Pablo añade después que los creyentes han sido:

“Sellados con el Espíritu Santo de la promesa” (Efesios 1:13).

El sello del Espíritu garantiza que lo que Cristo compró será aplicado y preservado. Cuando surgen dudas sobre la disposición de Dios para perdonar, el Espíritu testifica que pertenecemos al Padre y estamos seguros en Cristo. Y como Cristo ahora reina e intercede por su pueblo (Efesios 1:20–23), el perdón que Él obtuvo es sostenido por su mediación continua.

Nuestra confianza no descansa en la estabilidad de nuestro desempeño, sino en la presencia del Espíritu dentro de nosotros y en la permanencia de la intercesión de Cristo por nosotros.

Una salvación así no deja lugar para un perdonador reticente. Dios no perdona de manera cautelosa o parcial. Para los que están en Cristo, su gracia es abundante, dada con gozo y eternamente segura. Cuando te acercas a Él, no te encuentras con un contador de méritos. Te encuentras con un Padre que, por causa de Cristo, te recibe con gozo. Esta es la plenitud de su perdón. Este es el corazón gozoso de Dios.


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