Es posible que no veas el fruto de tu ministerio
De Libros y Sermones BÃblicos
Por Greg Morse sobre Santificación y Crecimiento
Traducción por Adriana Blasi
Pocas veces me siento tentado a quejarme a cerca de la salvación de una persona, pero en ocasiones, murmuro a mi mismo: ¿Es en serio?
Spurgeon estaba probando la acústica en los magníficos Surrey Gardens donde estaba preparando para predicar al día siguiente. Él gritaba a viva voz a una habitación que pensaba estaba vacía: “¡Contempla al Cordero de Dios que quita todos los pecados del mundo!” Un obrero, alzando la mirada con perplejidad, fue finalmente salvo por aquella expresión. En las propias palabras de Spurgeon:
Un día o dos previos a predicar en el Palacio fui para decidir dónde se debía amplificar, y, para poder probar las propiedades acústicas del edificio, grité a viva voz: “Contempla al cordero de Dios que quita todos los pecados del mundo”. En una de las galerías, un trabajador, que no sabía nada de lo que se estaba haciendo, escuchó las palabras que llegaron como un mensaje del cielo a su alma. Fue herido a raíz de su convicción de pecado, dejó sus herramientas, regresó a su casa, y allí, luego de una temporada de lucha espiritual, encontró la paz y la vida al contempla al Cordero de Dios. Años más tarde contó esta historia a alguien que lo visitó en su lecho de muerte. (C.H. Spurgeon: The Early Years, 534)
Eso es bueno para él, pensé, sarcásticamente (para mi propia vergüenza). El “él” de mi pensamiento no era el hombre que oyó la voz como del cielo, sino el propio Spurgeon. Allí estaba practicando para predicar para su gran público (23 654 personas), totalmente ajeno a que alguien lo estaba escuchando, y un hombre fue salvo. Esa no fue mi experiencia. Aquí me encontraba, en un tiempo de aferrarme al fruto, casi suspendido de él, pero aun así ninguno caía. Los pies de Spurgeon estaban sepultados en el fruto solo por pronunciar unas pocas palabras de la Escritura. Bien por él.
¿Qué hace uno cuando sirve al Señor y poco sucede? ¿Cuándo has pasado toda una noche pesando en vano? ¿Cómo te sientes cuando ves el barco de otro discípulo llenándose y hundiéndose de tantos peces? Ruegas, oras y observas —poco o nada sucede. Al principio, sigues adelante con paciencia, esperanza y expectación. Pasan los meses. Los años. ¿No quiere Jesús que yo produzca frutos? ¿Estoy perdiendo el tiempo?
Hermano o hermana: la distinción que hace Jesús entre sembradores y segadores puede ayudarle a mantener su esperanza en él, al mismo tiempo que trabajas en temporadas duras y aparentemente infructuosas.
Abre tus ojos
Observa la distinción vital que hace Cristo en Juan 4:35-38.
“¿No dicen ustedes: “Todavía faltan cuatro meses para la cosecha?” Miren yo les digo: ¡Abran los ojos y miren los campos sembrados! Ya la cosecha está madura Ya mismo el segador recibe su salario y recoge el fruto para vida eterna. Ahora, tanto el sembrador como el segador se alegran juntos. Porque como ciertamente dice el refrán: “Uno es el que siembra y otro el que cosecha”. Yo los he enviado a ustedes a cosechar lo que no les costó ningún trabajo. Otros se han fatigado trabajando y ustedes han cosechado el fruto de ese trabajo.
Primero, reconoce que Jesús sí confronta una razón real de la falta de fruto: la falta de urgencia. En este punto del relato, sus discípulos están preocupados por el almuerzo, mientras que Jesús está preocupado por la cosecha. Ellos dejan que él se ocupe de la comida, pero él tiene una comida que ellos no conocen los suficiente: hacer la voluntad de su padre. —Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y terminar su obra (Juan: 4:34). Los ojos de ellos estaban cerrados, pero Jesús se los abriría para elevarlos a la gran oportunidad que tenían por delante: ¿No dicen ustedes: “Todavía faltan cuatro meses para la cosecha”? Miren yo les digo: ¡Abran los ojos y miren los campos sembrados! Ya la cosecha está madura”.
¿No lo ven? —les pregunta. Alguno de nosotros no vemos más resultados porque no elevamos nuestros ojos para ver todas las almas que se reúnen en el reino. Vivimos en un tiempo para cosechar, pero no observamos cómo el Señor ha estado trabajando en los familiares, amigos y vecinos.
Paradójicamente, una mujer samaritana menospreciada, que acababa de dejar a Jesús, mientras llegaban los discípulos, se va con los ojos en alto, fijos en las almas de su pueblo. Conoce al Salvador, se maravilla, e inmediatamente se dirige a los campos listos para cosechar en Samaria. Se olvida su jarra de agua en el pozo. —Vengan —dice ella—, vean a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será este el Cristo? (Juan 4:29).
Después de que Jesús se queda unos días en Samaria, los habitantes del pueblo le dicen a la mujer: —Ya no creemos solo por lo que tú dijiste, porque nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que verdaderamente este es el Salvador del mundo (Juan 4:42). Ella se movió con urgencia en la tarea y recogió el fruto para la vida eterna tan pronto como la encontró. Los dudosos y perezosos nunca la verán tal fruto.
Sembradores y segadores
Mientras tanto, hay otra razón por la cual no vemos el fruto esperado. Algunos de nosotros somos sembradores. ¿Notaste la distinción que hace Jesús? Porque como ciertamente dice el refrán: “Uno es el que siembra y otro el que cosecha. Yo los he enviado a ustedes a cosechar lo que no les costó ningún trabajo. Otros se han fatigado trabajando y ustedes han cosechado el fruto de ese trabajo”.
Una persona siega. Eso sucede luego que se ha labrado, la tierra, se ha sembrado las semillas y el cultivo se ha segado y protegido. Los segadores aseguran la cosecha cuando está lista. Da la impresión de que a ellos les toca la mejor parte. Participan del trabajo ajeno y cosechan sus frutos. El segador es como el soldado que viene a juntar el botín en el campo del enemigo, pero justo se libró de la batalla en sí. Estos segadores suelen ser los héroes anónimos, aquellos a quienes Dios usa poderosamente para obtener resultados visibles y duraderos. Predican a una generación cultivada, o simplemente a una habitación vacía, y los hombres se salvan.
Otros siembran. Este es el tipo que a menudo hace todo el trabajo duro antes de la siega. Es el que labra con esperanza sin manipular jamás el cultivo. Las manos del sembrador están cubiertas de suciedad, no de trigo. Sus manos empuñan el arado, no la cosecha. Tiene sudor en su frente y dolor en su espalda. El otro hombre también trabaja, pero este no tiene la misma recompensa que lo ayude en su labor tediosa. A menudo prepara el terreno para los demás. La palabra con la cual trabaja es “algún día”.
Tenemos nuestros sembradores, ¿no? La madre que vierte sus mejores años en sus hijos sin ver por décadas en qué se convertirán, si es que alguna vez sucede. Docentes universitarios que trabajan con los estudiantes por solo unos pocos años, plantando las semillas y regándolas sin ver su propio crecimiento en la vida venidera. Un grupo pequeño de santos fieles que rezan por el avivamiento que nunca verán. Misioneros que trabajan en las fronteras, sembrando sus vidas para aprender sustantivos y verbos extranjeros para poder algún día traducir la palabra de Dios a una nueva lengua y compartir la historia de Jesús con aquellos que nunca la han escuchado.
Estos podrían ver a hijos crecer y seguir al Cordero, a estudiantes enviados para Cristo, a aldeas o países postrarse ante el Rey, pero a menudo sus ojos nunca lo ven. Los segadores llegan en las generaciones siguientes y se benefician de la labor que ellos comenzaron.
El fruto es mejor cuando se comparte
Entonces, ¿qué le podemos decir a los segadores y los sembradores que hay entre nosotros?
Segadores: continúen cosechando. No dejen campo alguno sin recoger. Alcen sus ojos y miren los campos blancos para la siega. Se los graneros se llenan, construyan otros para albergar toda la cosecha espiritual. Pero, al recibir un anticipo de la recompensa eterna, recuerden lo que a menudo es cierto: “Yo los he enviado a ustedes a cosechar lo que no les costó ningún trabajo”. Otros se han fatigado trabajando y ustedes han cosechado el fruto de ese trabajo”. No seas arrogantes, pero mas bien agradecido hacia los sembradores.
Sembradores, continúen sembrando, labrando y preparando la tierra. Sembradores, continúen sembrando, labrando y preparando la tierra. Tú también lo hará algún día. Aquello en lo que trabajas es más grande que ti mismo. No alcanzas a ver la plenitud, pero Jesús no te la oculta: “El que siega ya está recibiendo su salario y recogiendo el fruto para vida eterna, para que tanto el sembrador como el segador se alegren juntos”.
Te gozarás junto con el segador por la cosecha que comparten. Oh, ver la sorpresa en algunas de sus caras cuando alcance la gloria con lo que piensan que es una sola ciruela, solo para descubrir una huerta entera que creció con lo que habían sembrado. “No nos cansemos de hacer el bien, porque a su debido tiempo cosecharemos si no nos damos por vencidos.” (Gálatas 6:9). La palabra del segador es “ahora”, la del sembrador es “algún día”, pero la del cielo es “todos juntos”.
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